HEDONISMO Y PODER
Luis Barragán
En los siglos
precedentes, el poder siempre fue una promesa fundada e infundada de
sacrificio, competencia y sobriedad que, ahora, ni siquiera es demandada como
un deber moral. Simplemente, es fruto de
un forzado aprendizaje que necesitamos contrarrestar y superar con urgencia.
Inolvidable, por el castigo
cotidiano de aquellas cadenas radiotelevisivas nacionales, un buen día Chávez
Frías tuvo el descaro de hablar en nombre de los hambrientos niños de la calle
para justificar la venta del “camastrón”, entendida como la demostración de su infinito
desprendimiento respecto al estorbo del extremadamente lujoso avión
presidencial que heredó de las administraciones anteriores. Poco después, el
personaje adquirió un flamante Airbus de muchísimos millones de dólares, sin
que obviamente resolviera el problema de nuestra infancia abandonada,
agravándolo hasta lo imposible, para deleitarse con sus grandilocuentes y
repetidas incursiones extranjeras.
Así, quedó sellada una perversa
pedagogía de quien(es) no se daba(n) por aludido(s), en las profundidades de
nuestra memoria latente. Impactado el
imaginario colectivo, abonó a una novísima tradición política en repudio de la
más vieja y sostenida que institucionalizó un modo de ser y de proceder,
legando una permanente y caprichosa ruptura
que nunca tuvo ni tendrá solución de continuidad.
Hemos tenido también a mandatarios democráticos muy
austeros en nuestra historia, e, incluso, cumplido el período constitucional, murieron
empobrecidos; y hasta feroces dictadores
militares que procuraron administrar y minimizar el efecto público de sus
excesos. Todavía recordamos las quejas
del sabaneteño por las prendas de vestir (y otras), que tanto le impresionaron
al posesionarse de Miraflores y La Casona, aunque lució otras de prodigiosa
confección y marca, atacando duramente a los predecesores que, por cierto, hicieron públicas sus declaraciones de bienes,
al ocupar y desocupar el solio presidencial, y pagaban el boleto aéreo de la
esposa que acompañaba en un viaje de Estado.
Explotan los reprimidos deseos de la infancia, imponiéndose por encima de las responsabilidades de conducción que pronto se delegan en sus facetas más aburridas, complicadas y hasta tenebrosas, revolviendo las más elementales nociones de gobierno, gobernabilidad y gobernanza para fundirlas en un ilimitado narcisismo que ha de darle identidad a la vasta clientela política cultivada. Opera el mito de una insostenible superioridad ética, a través de un populismo cínico y extremo que llama a la resignación, aceptación y silencio, explicándose como un fenómeno demasiado natural de reconocimiento al trepamiento económico y arribismo social de un alguien que no lo era en el inmenso paisaje de la pobreza pretérita del país que, por supuesto, versiona la maquinaria propagandística y publicitaria de la usurpación.
Muy
antes, se hizo común el llamado a evitar o frenar la concupiscencia del poder, con
sus placeres y bienestares inmediatos y sensoriales que lo aspiran como un
ejercicio inagotable, por cuenta ajena: celebrada la tentación, hoy, la
catástrofe humanitaria es el más elevado e inaudito costo que todavía pagamos,
sin precedente alguno en nuestra biografía republicana, añadidas las escaramuzas
y guerras intestinas que la marcaron. El renovado patrimonialismo de Estado
permite conocer y ser conocido por las celebridades allende las fronteras,
con satisfacción por las imágenes,
videos y titulares de la prensa que especulan en torno a una naciente amistad;
pasearse por festivales de cine, estrechando la mano de los famosos, o
recibiendo en palacio la sugestiva visita de una beldad; la privilegiada asistencia a los grandes
eventos deportivos, artísticos e, igualmente, gastronómicos, degustando un puro
al mismo tiempo que el exquisito plato en un ambiente de humos encontrados;
pagar para que los homenajeé los más cotizados cantantes del exterior,
propagando el testimonio de las deidades del espectáculo, o, habituado al
protocolo, hacer de sí una deidad que quedará sólo para sí y los síes que le
acompañan, se ofrecen como ejemplo de lo lejos que hemos llegado, aunque tenemos
la impresión de que, en el fondo, no hay vocación, sino lascivia económica de
poder.
[*] “El
populismo quiliástico en Venezuela. La satisfacción de los deseos y la
mentalidad orgiástica”, en: Alfredo Ramos Jiménez (editor) “La transición venezolana. Aproximación al
fenómeno Chávez”, Centro de Investigaciones de Política Comparada – ULA,
Mérida, 2002: 47-76.
Fotografías: Tomadas de la red. La segunda gráfica, aportada por Patricia Molina, coordinadora de las páginas de opinión de El Nacional, es de Prensa / Miraflores. La última es de Harold Escalona (EPA /REX/Shutterstock, 2008).
22/11/2022:
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