Todas las apariciones de
Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los
evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al
sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en
Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo
son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en
plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de
blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante
junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con
vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también
Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si
los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo,
lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el
del próximo domingo (Juan 20,19-31).
Las peculiaridades de este
relato de Juan
1. El miedo de los
discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece
el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han
condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el
peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en
Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la
calle.
2. El saludo de Jesús: «paz
a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más
lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres
veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal;
los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun».
Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se
encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más
frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea
(Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que
se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula
distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este
pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última
cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis
ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos,
el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su
vida y especialmente durante su pasión.
3. Las manos, el costado,
las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad
física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres
le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús
caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece
a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de
palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un
trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a
Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para
demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en
el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los
milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los
evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber
visto».
4. La alegría de los
discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este
evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y,
despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va
acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla
de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros
ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y
nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
5. La misión. Con diferentes
fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado
encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como
el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar
la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
6. El don de Espíritu Santo
y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día
de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en estemomento, vinculándolo con el poder de
perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece
que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En
todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente
relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los
pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la
preparación y disposición del que lo solicita.
“Dichosos los que crean a
pesar de lo que ven”
En este pasaje del evangelio
se da un importante cambio en los destinatarios. En la primera parte, Jesús se
dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión.
En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera
se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
Podríamos añadir: “Dichosos
los que crean a pesar de lo que ven”. Digo esto a propósito de lo ocurrido hace
pocos días en el accidente de Tarragona, donde perdieron la vida siete
muchachas italianas, estudiantes de Erasmus. El padre de una de ellas comentó,
hablando de él y de su esposa: “Antes creíamos en Dios; ahora no podemos creer.
No podemos creer que en un Dios que hace una cosa así”.
Las muertes ocurridas al día
siguiente en Bruselas pueden haber provocado la misma reacción en otras
personas. A menudo creemos en un Dios cuya misión principal es resolver
nuestros problemas. Olvidamos el mensaje de la Semana Santa: creemos en un Dios
que nos entrega a su propio hijo, y en un hijo dispuesto a morir por nosotros.
Como Tomás, debemos meter nuestros dedos en las llagas, en las huellas del
sufrimiento humano, para terminar confesando: “Señor mío y Dios mío”.
El evangelio del próximo
domingo nos recuerda la escena de la expulsión de los mercaderes del templo. La
cuentan los cuatro evangelios. Pero, como ocurre a menudo, hay algunas
diferencias entre ellos.
Preguntas para un concurso
1. ¿Cuándo tuvo lugar dicha
escena? ¿Al comienzo de la vida de Jesús o al final?
2. Esta escena ha sido
pintada por numerosos artistas, entre ellos el Greco. En todas ellas aparece
Jesús empuñando un azote de cordeles. Pero, de los cuatro evangelios, sólo uno
menciona dicho azote; en los otros tres Jesús no recurre a ese tipo de
violencia. ¿De qué evangelio se trata?
3. Sólo un evangelio dice
que Jesús prohibió transportar objetos por la explanada del templo. ¿Cuál?
4. ¿Qué evangelista cuenta
la escena de la forma más breve?
5. ¿Quién la cuenta con más
detalle, incluyendo una discusión con las autoridades judías?
Respuestas
1. Juan la sitúa al comienzo
de la vida de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas al final, pocos días antes de morir.
2. El único que menciona el
azote es Juan. Y ninguno dice que Jesús echase a la gente a latigazos.
3. Esa prohibición sólo se
encuentra en Marcos.
4. El más breve es Lucas.
5. Juan.
El relato de Juan (Jn
2,13-25)
El concurso anterior no se
debe a un capricho. Pretende recordar que los evangelistas no cuentan el hecho
histórico tal como ocurrió, sino transmitir un mensaje. Por eso alguno insiste
en un detalle, mientras otros lo omiten por no considerarlo adecuado para su
auditorio. Lucas, por ejemplo, reduce al mínimo la actitud violenta de Jesús,
mientras que Juan la subraya al máximo. El relato de Juan se divide en dos
partes: la expulsión de los mercaderes y la breve discusión con los judíos.
Un gesto revolucionario
A nuestra mentalidad moderna
le resulta difícil valorar la acción de Jesús, no capta sus repercusiones. Nos
ponemos de su parte, sin más, y consideramos unos viles traficantes a los
mercaderes del templo, acusándolos de comerciar con lo más sagrado. Pero, desde
el punto de vista de un judío piadoso, el problema es más grave. Si no hay
vacas ni ovejas, tórtolas ni palomas, ¿qué sacrificios puede ofrecer al Señor?
¿Si no hay cambistas de moneda, cómo pagarán los judíos procedentes del
extranjero su tributo al templo? Nuestra respuesta es muy fácil: que no
ofrezcan nada, que no paguen tributo, que se limiten a rezar. Esa es la postura
de Jesús. A primera vista, coincide con la de algunos de los antiguos profetas
y salmistas. Pero Jesús va mucho más lejos, porque usa una violencia inusitada
en él. Debemos imaginarlos trenzando el azote, golpeando a vacas y ovejas,
volcando las mesas de los cambistas.
Imaginemos la escena en
nuestros días. Jesús entra en una catedral o una iglesia. Comienza a ver todo
lo que no tiene nada que ver con una oración puramente espiritual, lo amontona
y lo va tirando a la calle: cálices, copones, candelabros, imágenes de santos,
confesionarios, bancos… ¿Cuál sería nuestra reacción? Acusaríamos a Jesús de
impedirnos decir misa, de poder comulgar, confesarnos, incluso rezar.
Juan intuye la gravedad del
problema y añade unas palabras que no aparecen en los otros evangelios: «Sus
discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora.»
El celo por la causa de Dios había impulsado a Fineés a asesinar a un judío y
una moabita; a Matatías, padre de los Macabeos, lo impulsó a asesinar a un
funcionario del rey de Siria. El celo no lleva a Jesús a asesinar a nadie, pero
sí se manifiesta de forma potente. Algo difícil de comprender en una época como
la nuestra, en la que todo está democráticamente permitido. El comentario de
Juan no resuelve el problema del judío piadoso, que podría responder: «A mí
también me devora el celo de la casa de Dios, pero lo entiendo de forma
distinta, ofreciendo en ella sacrificios». Quienes no tendrían respuesta válida
serían los comerciantes, a los que no mueve el celo de la casa de Dios sino el
afán de ganar dinero.
La reacción de las
autoridades
En contra de lo que cabría
esperar, las autoridades no envían la policía a detener a Jesús (como le
ocurrió siglos antes al profeta Jeremías, que terminó en la cárcel por mucho
menos). Se limitan a pedir un signo, un portento, que justifique su conducta.
Porque en ciertos ambientes judíos se esperaba del Mesías que, cuando llegase,
llevaría a cabo una purificación del templo. Si Jesús es el Mesías, que lo
demuestre primero y luego actúe como tal.
La respuesta de Jesús es
aparentemente la de un loco: “Destruid este templo y en tres días lo
reconstruiré”. El templo de Jerusalén no era como nuestras enormes catedrales,
porque no estaba pensado para acoger a los fieles, que se mantenían en la
explanada exterior. De todas formas, era un edificio impresionante. Según el
tratado Middot medía 50 ms de largo, por 35 de ancho y 50 de alto; para
construirlo, ya que era un edificio sagrado, hubo que instruir como albañiles a
mil sacerdotes. Comenzado por Herodes el Grande el año 19 a.C., fue consagrado
el 10 a.C., pero las obras de embellecimiento no terminaron hasta el 63 d.C. En
el año 27 d.C., que es cuando Juan parece datar la escena, se comprende que los
judíos digan que ha tardado 46 años en construirse. En tres días es imposible
destruirlo y, mucho menos, reconstruirlo.
Curiosamente, Juan no cuenta
cómo reaccionaron las autoridades a esta respuesta de Jesús. (Resulta más
lógica la versión de Marcos: los sumos sacerdotes y los escribas no piden
signos ni discuten con Jesús; se limitan a tramar su muerte, que tendrá lugar
pocos días después.) Pero el evangelista sí nos dice cómo debemos interpretar
esas extrañas palabras de Jesús. No se refiere al templo físico, se refiere a
su cuerpo. Los judíos pueden destruirlo, pero él lo reedificará.
Cuaresma y resurrección
Esto último explica por qué
se ha elegido este evangelio para el tercer domingo. En el segundo, la Transfiguración
anticipaba la gloria de Jesús. Hoy, Jesús repite su certeza de resucitar de la
muerte. Con ello, la liturgia orienta el sentido de la Cuaresma y de nuestra
vida: no termina en el Viernes Santo sino en el Domingo de Resurrección.
Jesús, nuevo templo de Dios
Hay otro detalle importante
en el relato de Juan: el templo de Dios es Jesús. Es en él donde Dios habita,
no en un edificio de piedra. Situémonos a finales del siglo I. En el año 70 los
romanos han destruido el templo de Jerusalén. Se ha repetido la trágica
experiencia de seis siglos antes, cuando los destructores del templo fueron los
babilonios (año 586 a.C.). Los judíos han aprendido a vivir su fe sin tener un
templo, pero lo echan de menos. Ya no tienen un lugar donde ofrecer sus sacrificios,
donde subir tres veces al año en peregrinación. Para los judíos que se han
hecho cristianos, la situación es distinta. No deben añorar el templo. Jesús es
el nuevo templo de Dios, y su muerte el único sacrificio, que él mismo ofreció.
Portentos y sabiduría (1
Corintios 1,22-25)
En la segunda lectura
aparece también el tema de los prodigios. Pablo, judío de pura cepa, pero que
predicó especialmente en regiones de gran influjo griego, debió enfrentarse a
dos problemas muy distintos. A la hora de creer en Cristo, los judíos pedían portentos,
milagros (como se ha contado en el evangelio), mientras los griegos querían un
mensaje repleto de sabiduría humana. Poder o sabiduría, según qué ambiente.
Pero lo que predica Pablo es todo lo contrario: Cristo crucificado. El colmo de
la debilidad, el colmo de la estupidez. Ninguna universidad ha dado un
doctorado “honoris causa” a Jesús crucificado; lo normal es que retiren el
crucifijo. Pero ese Cristo crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Quien sienta la tentación de considerar el mensaje cristiano una doctrina muy
sabia humanamente, digna de ser aceptada y admirada por todos, debe recordar la
experiencia tan distinta de Pablo.
El texto se sitúa en la
última semana de Jesús, en Jerusalén y en el Templo, donde se produce la última
predicación de Jesús, continuamente hostigado por los Fariseos, Doctores y
Sacerdotes.
Es llamativa y significativa
la semejanza de los Sinópticos en estos relatos. Los exponemos esquemáticamente
a continuación.
Los tres evangelistas
presentan el mismo relato, y los tres en el mismo contexto:
Nuestro texto de hoy se
inscribe por tanto en un contexto polémico: "La última y definitiva"
polémica de Jesús con las autoridades político-religiosas. Después de esto,
viene el complot para prender a Jesús y los relatos de la Pasión.
Ya ha se han dado los
enfrentamientos de Jesús con los fariseos (el tributo al César). Ahora viene el
ataque de los saduceos.
Los saduceos son ante todo
miembros de la aristocracia sacerdotal, y forman una corriente tanto religiosa
como política. Dominan el Sanedrín y entre ellos se elige al Sumo Sacerdote.
Defienden una conducta más libre y mundana que los fariseos, y están abiertos a
colaborar con los poderes extranjeros.
En su teología no entra la
inmortalidad. Por eso, el caso que presentan es un tanto cínico. Jesús lo
advierte y (como tantas veces) no contesta directamente a lo que le preguntan
sino a lo esencial, a lo que deberían haber preguntado.
Cuando los saduceos se
retiren, atacarán los escribas (el primer mandamiento). Los escribas son los
"sabios", los doctores, encargados de la custodia, interpretación y
enseñanza de "La Ley". Suelen ejercer su función en la Sinagoga o en
el Templo. Haciendo un paralelo con nuestro tiempo, se les podría llamar
"los teólogos" de la época.
En ambos casos, se propone a
Jesús una prueba. En varios lugares del evangelio aparece la expresión
"para tentarle". Los "Sabios" de Israel o bien intentan
desprestigiarle ante el pueblo, o bien comprobar simplemente su sabiduría.
Jesús se muestra invencible, incluso bajando al terreno de la increíble
casuística rabínica a que dan lugar los innumerable preceptos de la Ley.
La prueba es, en este caso,
sobre quisicosas legales. Otras veces en cambio las preguntas afectan a la
esencia de la Ley. En el caso presente, Jesús no entra en el tema. Dice, casi
expresamente, que "el cielo es otra cosa".
Es importante tener en cuenta
que, en este y otros casos, Jesús emplea la terminología, los conceptos y
creencias habituales en el mundo que le rodea, sin que esto signifique que los
avale. (Así, en las nociones de "premio-castigo", "el fin de los
tiempos"... y otros muchos).
Para un lector poco
informado puede resultar complicado distinguir entre el mensaje de Jesús y su
utilización de los conceptos y modos acostumbrados en su entorno. Pero es,
naturalmente, el conjunto del mensaje de Jesús el que define el valor y la
importancia de cada afirmación concreta. (Aplicable igualmente al diverso valor
de cada parte del A.T.)
Jesús se muestra invencible
en lo dialéctico, en el terreno preferido de sus adversarios: la casuística
acerca de la Ley. Es sorprendente que los doctores y los sacerdotes le llamen
"Maestro", a él, el "inculto" carpintero de Nazaret (¿pura
ironía malintencionada?).
El tema concreto es la vida
eterna, llamada "resurrección", pero, por encima de él, hay en estos
capítulos un mensaje global claro y más importante: Jesús es la Nueva Ley, el
Nuevo Templo. Se ha cumplido la Promesa, termina la Antigua Alianza. El que vea
que su cumplimiento es Jesús entrará en lo Nuevo.
A propósito de tres temas
concretos, se está planteando el rechazo de Jesús por parte de los jefes del
pueblo. Las tinieblas rechazarán la luz. (Y éste será tema fundamental en
Marcos y en Juan).
Jesús aprovecha la
oportunidad que le brindan los Saduceos para entrar en el tema de fondo, la
"resurrección", la vida después de la muerte, que importa mucho más
que la casuística presentada.
Es un ejemplo típico, y una
denuncia. Aquellos hombres han invertido el sentido de la Palabra de Dios. En
vez de estudiarla como un mensaje de salvación, la utilizan para su propio
prestigio y para satisfacción de curiosidades intelectuales que poco o nada
tienen que ver con su verdadero sentido.
Utilizar la Palabra. Es una
tentación ancestral de Israel: usar la Palabra para mis propios fines, para mi
Ciencia, para mi Prestigio, para mi Consuelo, para sentirme Privilegiado. Utilizar
la Palabra es utilizar a Dios para mis intereses.
La Palabra se nos ha dado
para exigirnos más que a nadie y para transformarnos en Palabra viviente, para
que los hombres puedan creer. No se puede transmitir la Palabra más que siendo
fieles a sus exigencias.
Israel se apoderó de Dios. Y
el mensaje último de estos relatos es:"El Templo será destruido", es
decir, no hay "Dios-para-vosotros", no es "vuestro Dios",
no "reside entre vosotros" en sentido exclusivo. Dios no está con
Israel para Israel, sino para el mundo, y si Israel lo "utiliza" para
sí mismo, Dios no está con Israel.
"El Templo será
destruido" es la mayor blasfemia que se puede decir a un Israelita que ha
entendido que Dios está ahí como seguridad del pueblo.
La aplicación a la Iglesia y
a nuestra espiritualidad es evidente. Nosotros y la Palabra. Solemos tener dos
tentaciones:
1. Inventar la Palabra. No
podemos ir alegremente a la Escritura para ver qué se me ocurre. Ni jugar con
la Palabra. La Escritura tiene un sentido, y en eso, en lo que dice el autor,
está (o puede estar) la Palabra.
No pocas veces acudimos a la
lectura de la Escritura como a un libro mágico, a través de cuyas frases Dios
me dirige un mensaje oportuno para el momento en que vivo. El cristiano es un
"oyente de la Palabra" habitual, no ocasional, vive de la Palabra
siempre, no simplemente acudiendo a ella como a un recetario para casos de
emergencia.
2. Dios de vivos. No
caigamos en los mismos errores que acabamos de denunciar. La Palabra de Dios no
nos ha dicho "cómo" es la inmortalidad, la Resurrección, el Cielo.
La misma palabra
"resurrección" es engañosa: dada la evidencia de la muerte corporal,
y la nebulosa de aquella cultura sobre el compuesto humano
(cuerpo-mente-alma-espíritu), la palabra "resurrección" evoca una
imagen física del cuerpo, nuevamente animado por el "espíritu" (el
soplo de Dios), que se levanta, por la fuerza de Dios, después de morir.
Son imágenes, maneras de
visibilizar las creencias. Tampoco hoy tenemos ideas claras sobre el ser
completo del hombre; recurrimos a Pitágoras y Platón y hablamos de cuerpo-alma,
pero esto no es Palabra de Dios sino una teoría filosófica con muchos
problemas, y con la ventaja de que no tenemos otra mejor.
Pero lo que se nos ha
comunicado es un mensaje religioso, no antropológico: "no morirás"
significa que la vida humana es más que la vida visible, material, temporal.
"Cómo puede ser
eso", no se nos ha comunicado. Y recurrimos a los símbolos. Pablo lo
define como una gestación: aún no hemos sido dados a luz. La muerte como parto,
como liberación, como llegada a la Vida. Otra imagen es el Pueblo Peregrino en
el desierto, que camina hacia la Patria, hacia la Casa del Padre. Y lo que
importa es llegar.
Todas las imágenes son
buenas, aunque todas insuficientes. ("Ni ojo vio, ni oído oyó, ni
naturaleza alguna puede imaginar lo que Dios reserva para sus elegidos"
Romanos 8,18.)
No puede concebirse siquiera
la enseñanza de Jesús sin una referencia expresa a "la vida eterna".
Creo que a veces se hace una lectura muy reductiva de la
"escatología" de Jesús, limitándola a "la llegada inminente del
fin de los tiempos".
Lo que está más claramente
presente en Jesús es la llegada cierta del fin del tiempo de cada persona y,
como consecuencia, el valor de esta vida para La Vida.
Para explicar esto hemos
construido muchas imágenes, pero la mejor imagen de la relación entre esta vida
y La Vida está sin duda en las "parábolas vegetales" de Jesús: la
relación entre la semilla y la cosecha. Se siembra en la tierra, parece que la
semilla muere, pero germina y da fruto centuplicado.
Por esto, la relación entre
esta vida y la otra de ninguna manera destruye el valor de esta vida. Al revés,
esta vida queda revalorizada, puesto que el resultado de lo que hacemos en esta
vida es definitivo, es para siempre. Pablo lo dijo muy bien:
"cuando esto
corruptible se revista de incorruptibilidad, y esto mortal se revista de
inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: "¿Dónde está,
muerte, tu victoria...?" (1 Cor. 15,53)
Todo esto tiene aplicación a
la persona y a la humanidad. Sembrar vida eterna no es simplemente un tema
individual; construir la humanidad aquí es sembrar la humanidad eterna.
Dar de comer al hambriento,
atender al que fue asaltado por ladrones... es decir, crear aquí una humanidad
liberada de males no es el final, porque todo esto acaba en la muerte, pero es
la siembra, que florecerá en cosecha definitiva.
¿Cómo puede ser eso?
Volvamos a la fidelidad a la Palabra y al reconocimiento de que solamente
sabemos lo que la Palabra nos ha dicho. "No se puede ver a Dios sin
morir" significa que solamente en La Vida contemplaremos la verdad entera.
En palabras de Juan:
"Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste
seremos semejantes a Él, porque le veremos cara a cara" (I Jn. 3,2)
Pero la esencia del mensaje
es más profunda. ¿Por qué creemos en la vida más allá de la muerte? Porque
creemos en Abbá. Como siempre, como todo, esta es la fuente de toda la fe. Si
creemos en Jesús aceptamos, ante todo, su mensaje sobre Dios. Dios no es el
ingeniero todopoderoso que crea una máquina y cuando se estropea la tira, sin
más.
Dios es la Madre que
engendra hijos por amor y por amor trabaja por sacarlos adelante. A nuestras
madres, se les mueren los hijos. A nosotros se nos mueren los padres, los
amigos... porque no somos todopoderosos. Si lo fuéramos, no se nos morirían.
Pero nosotros creemos en Abbá, todopoderoso.
Creemos en el Amor
Todopoderoso. Y al amor todopoderoso no se le mueren los hijos.
Cuando recitamos el Credo
decimos: "creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la
tierra". Y no lo decimos bien, porque esto, con la mentalidad de Jesús,
significa: "Creo que el Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra es
mi papá".
Nuestra fe en la vida
después de la muerte es sencillamente confianza en Abbá.
‒ Voy a contaros una historia. Un partido político
tenía un administrador que aprovechaba las donaciones para aumentar su cuenta
personal en Suiza. Enterado de que sospechaban de su gestión, se dijo: “Me van
a echar del partido, incluso es posible que me denuncien. En la oposición no me
darán trabajo, los bancos tampoco. ¿Qué puedo hacer? Iré anotando en una
libreta todos los datos que puedan inculpar a los jefes del partido, amenazaré
con publicarlos en la prensa, y ante el miedo de que se conozcan me dejarán
tranquilo. Luego me iré a una isla del Caribe a disfrutar el resto de mi vida.
Se les quedó mirando y les preguntó.
‒ ¿Qué os parece ese administrador?
‒ Que es un…
Pedro se cortó a tiempo, pero era claro lo que seguía.
‒ Depende del partido al que robase ‒ comentó irónico
Bartolomé.
‒ Eso lo hacen casi todos ‒ opinó Tomás.
‒ ¿Alguien está a favor del administrador?
Ninguno parecía de acuerdo y Jesús continuó.
‒ Voy a contaros ahora otra historia, pero esta vez de
un terrateniente. Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia
de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso
que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas
despedido." El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy
a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas;
mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de
la administración, encuentre quien me reciba en su casa." Fue llamando uno
a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi
amo?" Éste respondió: "Cien barriles de aceite." Él le dijo:
"Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a
otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" Él contestó: "Cien fanegas de
trigo." Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta."
Jesús hizo una pausa y les preguntó:
‒ ¿Sabéis cuál fue la reacción del terrateniente?
‒ Lo denunció para que lo metieran en la cárcel. Los
ricos son unos…
‒ Te equivocas, Felipe. Alabó lo astuto que había
sido.
Felipe lo miró incrédulo.
‒ ¿Y a ti te parece bien?
‒ Me parece estupendamente. Es un ejemplo para todos.
Pedro se rascó la cabeza y comentó escéptico.
‒ ¿Quieres que nos dediquemos a robar?
‒ Quiero que os dediquéis a utilizar el dinero con
astucia. ¿Por qué hizo el administrador esas trampas? ¿Qué pretendía?
‒ Encontrar trabajo cuando lo echaran ‒ sugirió Sara.
‒ Algo parecido ‒ respondió Jesús‒. Cuando os conté la
historia usé una expresión distinta: lo que quiere es que alguien me reciba en
su casa. ¿Os dais cuenta de por dónde voy?
‒ No.
Jesús suspiró hondo. No acababa de acostumbrarse a la
poca inteligencia de sus discípulos.
‒ Vosotros sois como el administrador. Más pronto o
más tarde, tendréis que dar cuenta de cómo habéis administrado el dinero.
‒ El dinero, no. Nuestro dinero ‒ se atrevió a
corregir Leví.
‒ Vuestro dinero, no. El dinero de Dios. Todo lo que
tenemos es de Dios, y nos lo confía para que lo administremos. Podemos
derrocharlo alegremente, y nos pedirá cuentas por ello. Y podemos darlo a
otros, como el administrador del terrateniente, y nos ganaremos amigos que nos
paguen un viaje al Caribe.
‒ El Caribe es el cielo, ¿verdad? ‒ bromeó María.
‒ Efectivamente. Y para pagar ese viaje no se puede
ahorrar. Al contrario, hay que gastarse el dinero entregándolo al que lo
necesita.
‒ Yo prefiero pagarme el viaje por mi cuenta.
‒ Imposible. Son otros los que tienen que pagar por
ti.
‒ Lo que yo no entiendo ‒cortó Felipe‒ es eso de que
el dinero no es mío. La panadería le costó a mi padre muchos años de trabajo y
sacrificio.
‒ La panadería de tu padre, la furgoneta de Judas,
todo, son cosas pequeñas, sin valor. Lo verdaderamente valioso es disfrutar de
una habitación en el hotel del Caribe. Pero si no administras bien los bienes
que te encomiendan en esta vida, no se fiarán de ti, y no te permitirán entrar en
el hotel.
Pedro se acarició la barba.
‒ Muy complicado todo eso, maestro.
‒ ¿Es que no lo entiendes, o que no quieres
entenderlo?
La ironía de la parábola
La segunda de las dos parábolas anteriores, que
reproduce literalmente el texto del evangelio de Lucas, escandaliza a mucha
gente porque Jesús termina alabando al administrador sinvergüenza. Pero las
dificultades para entenderla parten de otros presupuestos en los que se basa
Jesús, y que van en contra de nuestra forma de ver:
1. Nosotros no somos propietarios sino
administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro
trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo
usemos rectamente.
2. Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos
que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en
las moradas eternas” (el hotel del Caribe).
3. Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es
aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.
La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando
das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que
es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo
que interceda por ti en el momento decisivo.
La idolatría del dinero
El evangelio de este domingo termina con unas palabras
muy famosas: Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a
uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo.
No podéis servir a Dios y al dinero.
Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo,
donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la
experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente
opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre
entre Dios y el dinero.
Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la
lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento ("no tendrás
otros dioses frente a mí"). El AT es en gran parte una condena de los
dioses paganos y de los ídolos, que aparecían como rivales del único Dios
verdadero. Al principio, los israelitas pensaban que los únicos rivales de Dios
eran los dioses de los pueblos vecinos (Baal, Astarté, Marduk, etc.). Pero los
profetas les hicieron caer en la cuenta de que los rivales de Dios pueden darse
en cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede
convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría.
Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o
una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los
banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idolatría del
dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de
tres formas:
1) mediante la injusticia directa (robo, fraude,
asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por
encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la
primera lectura, tomada del profeta Amós.
2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que
no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus
necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos
el próximo domingo.
3) mediante el agobio por los bienes de este mundo,
que nos hacen perder la fe en la Providencia.
Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7
Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó
duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes
que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:
1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado,
equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les
impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede
servir a Dios y al dinero”.
2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la
medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (el paso de la peseta al euro
fue un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.
3) El comercio
humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio
ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se dan casos de auténtica esclavitud
(como los chinos traídos para trabajar a escondidas en fábricas de sus
compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos de Almería;
salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).
El político que
comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los
impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si
encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quede
completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún que ésta. Para
ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno
mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico es pensar que
Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo discípulos. ¿Ocurrió
así?
El problema
El evangelio de hoy
comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús sin ser
discípulos suyos. Es posible que por la mente de alguno de ellos pasase la idea
de entrar a formar parte del grupo de los discípulos. Jesús, adelantándose a
cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.
Primera condición:
renuncia a lo más querido
En el Antiguo
Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las
Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:
Dijo a sus padres: No
os hago caso;
a sus hermanos: No os
reconozco;
a sus hijos: No os
conozco.
Cumplieron tus
mandatos
y guardaron tu
alianza
(Deuteronomio 33,9)
Para los levitas, el
cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos
e hijos.
En línea parecida,
pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a
su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas.
La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado
(mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el
mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero
Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de
los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.
Segunda condición: arriesgar la fama y la vida
Esta exigencia ya ha
aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero
que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz
cada día y venga conmigo (9,23).
La imagen, durísima,
equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica
y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es
transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar
donde iba a morir.
El hecho de que se
hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar
dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más
cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la
sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición
de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la
muerte.
Una pausa para
reflexionar y desanimar
Lo dicho basta para
desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús
propone dos comparaciones (la construcción de una torre y dar la batalla) que
invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento.
«Antes de querer
convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y
hagas el ridículo.» Evidentemente, Jesús no se parecía en nada a esos
directores espirituales que animaban a los y las jóvenes a entrar en el
seminario o el noviciado sin pensarlo seriamente.
Tercera condición:
renuncia a los bienes materiales
A la renuncia a los
grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la
renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al joven rico (aunque Lucas lo
presenta como un jefe): Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás
un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo.
En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron”
(5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).
¿Exigencias para
todos los cristianos?
En el libro de los
Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no
designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes
sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican
a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los
cristianos actuales?
El caso que conocemos
mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales.
Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se
quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad,
pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados
a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro
que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había
que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades
fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los
necesitados.
Las dos primeras
exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente sí tuvieran que vivirlas
bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes
persecuciones, y en la que los cristianos eran ridiculizados e insultados como
criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús supuso en muchos
casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima
social, e incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes
comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que
supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.
El misterio
Jesús no se quedó sin
discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más
eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los
años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que
desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y
vulgaridad de quienes lo seguimos.
Fotografía: LB,
Iglesia de la Coromoto, El Paraíso (Caracas, 07/09/2025). Comenzando la Misa,
se cayó la conexión eléctrica del altar y sus alrededores, no así el equipo de
sonido. Sirvió para tomar la gráfica sin la luminosidad artificial que la
impide cercana al altar, pues, sólo entraba la luz natural.