EL PERDÓN QUE NACE DE LA COMPRENSIÓN
(San Mateo, 18: 21-35))
En el libro del Génesis
(4,24), se dice que si «Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta
veces siete», introduciendo así una espiral de venganza sin límite. «Sin
límite»: ésa podría ser la traducción del bíblico «setenta veces siete». Pues
bien, frente a la «espiral de la venganza», Jesús promueve la «espiral del perdón»…
El perdón radical nace de la
comprensión y se vive como compasión, dos rasgos básicos de la personalidad de
Jesús y dos pilares fundamentales del mensaje del evangelio.
Podemos entender la
comprensión como la capacidad de saber o de ver la verdadera naturaleza de lo
real, más allá de tópicos, ideas hechas, creencias… y (también) engaños
mentales.
Los místicos nos advierten
de que la identificación con la mente constituye un velo que desfigura la
realidad, haciéndonos tomar como real lo que únicamente es una ilusión. Por
eso, sólo cuando aprendemos a tomar distancia de la mente, al acallarla,
podemos «ver».
¿Cuál es la causa de que la
mente nos confunda? La inevitable separatividad que establece en todo lo real,
al objetivar todo lo existente y contraponerlo al «sujeto» que ella cree ser.
Esa distinción primera sujeto/objeto será el germen de separaciones interminables,
así como de un dualismo omnipresente.
Cuando la mente se
absolutiza –como ha ocurrido, particularmente, en la tradición occidental-, el
conocimiento se reduce a la razón o al pensamiento, y se olvida (se niega)
cualquier otra forma de conocer que no sea la mental.
Sin embargo, pensar no es lo
mismo que conocer. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está
pensando. En este segundo caso, ya no hay identificación con la mente. Se trata
de un «saber silencioso», preconceptual, anterior a la razón.
Un saber al que los propios
místicos han denominado «No-saber», dada la identificación que la cultura
occidental había establecido entre «pensar» y «saber». Frente a la
absolutización de la razón, los místicos han invitado siempre a descansar en el
«no-saber»: así lo proponía el anónimo autor de La Nube del no saber, en el
siglo XIV; y así lo proclamaba san Juan de la Cruz, en su sabio verso: «entréme
donde no supe / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo».
Este no-saber del que hablan
no es otra cosa que tener la mente abierta para percibir lo que no puede ser
percibido por el pensamiento.
En ese no-saber, cuando el
pensamiento se aquieta, lo que queda es conciencia. Y al atenderla, lo que se
produce es que la conciencia se hace consciente de sí misma. Y, cuando eso
acontece, se deshace la ilusión de la separación entre el perceptor y lo
percibido. Conocedor y conocido se descubren fundidos en la Unidad, o mejor,
abrazados en la No-dualidad: ha emergido la comprensión.
En síntesis, la comprensión
nos hace ver toda la realidad inextricablemente interconectada, en una
totalidad en la que todo se halla en todo.
Interconexión y holismo son
dos características fundamentales de lo real, que la mente nos oculta (y que,
sin embargo, hoy reconoce ya incluso la física cuántica, a partir de sus
experimentos con partículas subatómicas): no hay nada que pueda existir
desconectado.
No existe un mundo «ahí
fuera», separado de nosotros; eso es sólo una construcción mental. Y, como
escribe Marià Corbí, «el mundo de nuestras construcciones no está ahí fuera,
está en nuestra mente individual y colectiva… Todo viviente se interpreta en
esta dualidad fundamental [como un «yo» separado frente al mundo como campo
donde sobrevivir].
Nosotros estamos sometidos a
esta ley. Pero esa dualidad no es lo que realmente hay, es sólo lo que los
vivientes necesitamos ver, es sólo lo que los vivientes nos vemos precisados a
construir. Lo que realmente hay es «no dos», «eso no-dual»». (M. CORBÍ,
Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.12).
Pues bien, la comprensión
que nace de la conciencia nos aporta una doble luz, de donde brotan la
compasión y el perdón.
Por un lado, la certeza de
que los otros son no-separados de mí; por otro, la certeza de que el mal que
hacemos –como el mal que me hacen- es fruto de la ignorancia.
Si el otro «forma parte» de
«mí», y si ha obrado por ignorancia, ¿qué me impide perdonar? Sólo una cosa: mi
identificación con el ego que se ha podido sentir agraviado y la creencia
ilusoria de la separación en la que me mantiene la identificación con la mente.
Todo ello puede apreciarse
en lo que llamamos «runruneo mental». Cuando el ego se ha sentido agraviado, es
probable que empiece a construir historias mentales en torno a lo sucedido,
adoptando el papel de víctima que reclama venganza.
Sin embargo, ese runruneo
mental no es otra cosa que remover cadáveres: estamos dando vueltas a lo que ya
ha pasado, agravando innecesariamente el sufrimiento y alimentando mecanismos
tan nefastos como el victimismo, la queja y el resentimiento.
Gracias a ella, como decía
más arriba, dejamos de «remover cadáveres», nos ejercitamos en el aprendizaje
de venir al presente y nos abrimos a reconocer la Unidad que somos, más allá de
los comportamientos de cada cual. Al mismo tiempo, dejamos de alimentar el ego
–y de mantener actitudes egocentradas-, para reconocernos en nuestra identidad
más profunda, estable y compartida.
Todo resulta admirablemente
coherente: acallar la cháchara mental, venir al presente, salir del ego,
reconocer nuestra identidad más profunda… son movimientos que se dan a la vez
y, como resultado, producen la vivencia de la compasión: la capacidad de sentir
como propio lo que le ocurre al otro –la capacidad de «vibrar» o de
«estremecernos en las entrañas» ante su sufrimiento-, para poner más amor donde
vemos más dolor.
Todo esto puede ayudarnos a
ver hasta qué punto Jesús fue el hombre de la comprensión y de la compasión.
Bien consciente de su Identidad más profunda, se supo y se vivió como
no-separado de nadie ni de nada, hasta el punto de poder afirmar: «El Padre y
yo somos uno» y «Lo que hicisteis a cada uno de estos más pequeños, me lo
hicisteis a mí».
*****
A propósito de la sabiduría
de venir al presente –que hace posible la Comprensión profunda-, sin quedarnos
atrapados en «historias» que nuestra mente construye sobre el pasado, quiero
traer una anécdota de la vida del Budha -«el atentado de Devadatta»- y
compartir humildemente lo aprendido –regalado- en una experiencia personal.
El Budha y el perdón
El Budha fue el hombre más
despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y
desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el
perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e
incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Budha
estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca
desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin
embargo, la roca sólo cayó al lado del Budha y Devadatta no pudo conseguir su
objetivo. El Budha se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin
perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Budha se
cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta
preguntó:
— ¿No estás enfadado, señor?
— No, claro que no.
Sin salir de su asombro,
inquirió:
— ¿Por qué?
Y el Budha dijo:
— Porque ni tú eres ya el
que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
El Maestro dice: Para el que
sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.
Conciencia transpersonal y perdón
El yo no puede perdonar. Es
inútil esperarlo de él. Así como tampoco puede no juzgar. Como resultado de
nuestra identificación con la mente, el yo vive gracias al pensamiento, que no
es otra cosa que juicio. Su objetivo es autoperpetuarse, por medio de los dos
mecanismos que le otorgan una sensación de existir: la apropiación y la
identificación. De ahí que su funcionamiento sea necesariamente egocéntrico.
Con esas características, no
es difícil comprender que las lecturas que el yo hace de las situaciones
resulten confusas, generen sufrimiento inútil y conduzcan, finalmente, a
callejones sin salida. Eso es exactamente lo que ocurre, de un modo más
patente, en aquellas circunstancias en las que el yo se ha sentido
especialmente agraviado.
Cuando una situación del
presente despierta heridas dolorosas del pasado, el malestar suele ocupar toda
la escena. Y el yo herido hace lecturas de la misma, necesariamente
egocentradas, que bloquean la posibilidad de perdón auténtico. En el mejor de
los casos, puede llegar a una resignación más o menos «tolerada», pero no podrá
perdonar a quien piensa que lo hirió.
El perdón sólo es posible en
la medida en que trascendemos el yo. Con frecuencia, ello requiere tiempo,
paciencia… y todo un ejercicio de toma de distancia de él. Sin ésta, no
logramos salir de su ámbito y permanecemos sometidos a su dominio: no podremos
ver las cosas sino como el propio ego las ve. No hay camino de salida.
Tomar distancia del yo
significa desarrollar nuestra capacidad de observarlo como un «objeto» dentro
de lo que realmente somos. Al hacerlo, empezamos a reconocer que no somos ese
yo -ni las «historias mentales» que él mismo se ha fabricado-, sino Eso que
observa, el Espacio consciente e ilimitado, desde el que todo es percibido de
un modo radicalmente nuevo.
Ese Espacio consciente es
nuestra identidad más profunda, transpersonal (transegoica y transmental),
no-dual y compartida. Mientras permanecemos en ella, la preocupación por
nuestro ego disminuye hasta el extremo; sus «historias mentales» de
sufrimiento, venganza o resentimiento se evaporan en la Conciencia
transpersonal, y empiezan a fluir, lúcida y mansamente, la bondad, la compasión
y el perdón.
Y venimos a descubrir que el
perdón no es algo que dependa de la voluntad, sino del «lugar» donde nos
situamos. Desde el yo, es imposible; desde el Espacio consciente que somos,
fluye sereno sin dificultad porque, para la Conciencia transpersonal, ha
«desaparecido» incluso el motivo mismo que lo mantenía agraviado. En su lugar,
se hace presente la Comprensión.
Lo que ha ocurrido es que,
al «pasar» de la identidad del yo a quien realmente somos, nos hemos liberado
nada menos que de las necesidades que atenazan al ego. Gracias a esa
liberación, se amplía y purifica nuestra mirada, a la vez que se ensancha y
ablanda nuestro corazón. Si no hay «yo», ¿quién se sentirá agraviado?; si no
hay «yo», ¿quién habría de perdonar?
El «paso» del yo al «Espacio
consciente» que somos (Eso no-dual) se experimenta como rendición sabia y se
vive como regalo de liberación. Caen las resistencias, porque «ha caído» el ego
que vivía esclavo de sus necesidades.
Con la rendición, no es que
el perdón sea posible; es que no hay nada que perdonar: ha desaparecido quien
se había sentido herido y exigía reparación. Sólo queda liberación y deseo
profundo de bien para la persona hacia la que antes vivíamos resentimiento.
Quizás la relación no pueda
restablecerse «formalmente», porque hay otros factores que tener en cuenta,
pero ha desaparecido todo resto de exigencia o de reproche. Todo está bien.
Es así de simple; tanto, que
cuesta entender cómo uno pudo haber quedado atrapado en la espiral egocentrada
del yo. Pero requiere vivir el «paso», para ver las cosas, no desde el yo, que
sólo busca afirmarse y exige respuestas acordes a sus necesidades, sino desde
el «Espacio consciente» que nada necesita y nada le afecta.
Ese paso se ve obstaculizado
por la identificación con el yo, particularmente cuando se despiertan heridas
pendientes, carencias no resueltas, miedos atávicos, experiencias de soledad y
abandono… Por eso, puede hacer falta tiempo de maduración. Con todo, aun respetando
ese tiempo, es posible intentarlo…, para experimentar cómo se modifica
radicalmente la perspectiva, en cuanto tomamos distancia del yo.
A partir de ese momento, sin
embargo, no está todo hecho. Siguen pesando las viejas inercias del ego. Por eso,
cuando reaparezcan los mensajes egoicos, con sus necesidades, miedos,
exigencias, resentimientos y reproches, hay que «volver» decididamente a
situarse en la verdadera identidad, el «Espacio consciente» que somos, para
volver a constatar que, desde él, la visión se modifica y se hace presente la
libertad interior y la Comprensión sin límites. Realmente, no hay nada que
perdonar ni «nadie» que perdone.
Para «aterrizar» todo lo que
estoy diciendo, deseo ejemplificarlo con un caso concreto, que viví hace un
tiempo. Tras un hecho grave e inesperado, que me resultó agudamente doloroso,
afloró mi yo herido y desconcertado, abandonado y hundido, resentido y
exigente…, negándose a vivir hasta que las cosas no fueran como él deseaba: se
veía literalmente incapaz de aceptar lo sucedido.
Todo quedó impregnado de
sufrimiento y sinsentido, que se intensificaba con el mero recuerdo de lo
ocurrido; un recuerdo que no hacía sino fortalecer las demandas del yo. Tuvo
que pasar tiempo para que, finalmente, pudiera «rendirme» a la verdad, sin
condiciones.
Pero esa rendición
únicamente fue posible cuando se me regaló situarme de un modo más estable en
la identidad o conciencia transpersonal: la rendición fue sinónimo de
liberación definitiva, desegocentración, serenidad ecuánime, comprensión sin
exigencias, amor y deseo de bien sin restricciones…
Todo ello lo viví como uno
de los mayores regalos de mi vida, como la Gracia que marcaba un punto de
inflexión, un antes y un después, en mi modo de ser, de situarme y de percibir.
Decididamente, en ese nivel, todo está bien; ningún miedo tiene sentido.
Y queda como una voz
resonando en mi interior: «No te reduzcas al yo ni te entretengas en sus
«historias mentales», en su modo de ver las cosas; no sigas ni un minuto su
«discurso»; al contrario, míralo siempre como un «objeto» dentro de la
Conciencia que eres; reconócete como el Espacio consciente o Conciencia
transpersonal que trasciende el yo, y experimenta la comprensión y la
liberación que te aporta». Brevemente: «No olvides nunca quién eres». Hoy sé
por experiencia que todo lo demás depende de ello.
08/09/2011:
https://www.feadulta.com/el-perdon-que-nace-de-la-comprension-conciencia-transpersonal-y-perdon/
https://www.youtube.com/watch?v=Ep6MyTnPWnU
Papa León:
https://www.youtube.com/watch?v=cJZrP2pMCjg
Cardenal Porras:
https://www.youtube.com/watch?v=U1aK807wG0A
Padre S. Martín:
https://www.youtube.com/watch?v=o4CvM2HmA24
Monseñor Munilla:


