Mostrando las entradas con la etiqueta San Lucas 15: 1-32. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta San Lucas 15: 1-32. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de septiembre de 2025

Dos lecturas para hoy

LA CRUZ DE JESÚS: NI MAGIA NI MITO

(San Juan, 3: 13-17)

Enrique Martínez Lozano

Para comprender mejor el texto, quizás sea útil alguna puntualización previa acerca de este capítulo tercero del evangelio de Juan.

Lo primero que hay que señalar es que, desde un punto de vista literario, este capítulo es un auténtico rompecabezas. El lector aprecia saltos de la primera persona del plural (“nosotros”) a la tercera del singular, así como repeticiones y añadidos forzados que, en conjunto, constituyen una especie de galimatías, en una monotonía de temas reiterados, que se yuxtaponen sin llegar a alcanzar un conjunto bien trabado.

Todo ello indica algo evidente: este texto no es producto de una redacción momentánea, ni es obra de un único autor. Durante un tiempo prolongado, se han ido añadiendo reflexiones que surgían en medio de la comunidad, y que algún nuevo glosador yuxtaponía al texto original.

Estas anotaciones tienen que servir al lector para que no intente acercarse a este capítulo como si se tratara de algo bien elaborado, en torno a un tema o hilo conductor claramente definido. Tendrá que verlo, más bien, como una serie de reflexiones simplemente yuxtapuestas, provenientes de momentos diferentes de la vida de la comunidad.

En segundo lugar, todo este capítulo expresa el diálogo de las comunidades joánicas con el judaísmo, representado en la figura de Nicodemo. Este aparece como un hombre honesto y buscador, que va al encuentro de Jesús. Por eso, es precisamente a Nicodemo (al judaísmo) a quien se le va a insistir en la necesidad de “nacer de nuevo”, tema que constituye el eje vertebrador de todo ese capítulo.

En el texto que leemos hoy, aparece la imagen de Moisés levantando la serpiente en el desierto. Para el pueblo judío, la imagen de la serpiente recordaba, a la vez, las quejas del pueblo y la misericordia de Yhwh. Tal como se narra en el Libro de los Números (21,4-9), ante la dureza de la marcha a través del desierto, el pueblo empezó a murmurar contra Moisés y contra Yhwh, que envió serpientes venenosas cuya mordedura les provocaba la muerte. Tras el arrepentimiento y la intercesión de Moisés, este recibió el encargo de colocar una serpiente de bronce sobre un asta: bastaba mirarla, para quedar curado del veneno mortal.

Cuando este texto se lee de una manera literalista –propia de una consciencia mítica-, se concluye fácilmente en una idea mágica de la salvación. De hecho, esto fue lo que ocurrió en la historia del cristianismo: la idea de la expiación marcaría dolorosamente la consciencia colectiva cristiana durante más de un milenio.

Pero esa es solo una lectura, hecha desde un determinado nivel de consciencia. Así como el pueblo judío pudo creer que bastaba mirar a una serpiente de bronce para quedar curado de la mordedura venenosa, de un modo similar, durante siglos, muchos cristianos pensaron que la salvación venía producida por la muerte de Jesús en la cruz.

Quiero insistir en el hecho de que, mientras alguien se halla en ese nivel de consciencia, tal lectura es asumida sin dificultad. Lo cual no quiere decir que no contenga consecuencias sumamente peligrosas, entre las que habría que apuntar las siguientes:

· imagen de un dios ofendido y vengativo hasta el extremo;

· idea de un intervencionismo divino, arbitrario y desde "fuera";

· idea de una pecaminosidad universal, previa incluso a cualquier decisión personal (creencia en el "pecado original");

· instauración de un sentimiento de culpabilidad, hasta alcanzar límites patológicos;

· creencia en una salvación "mágica", producida desde el exterior.

Sin embargo, es posible otra lectura que, reconociendo el carácter “situado” y, por tanto, inevitablemente relativo de los textos sagrados, accede a un nivel de mayor comprensión y libera al creyente de tener que seguir aferrado a un pensamiento mágico o mítico que, por la propia evolución de la consciencia le resulta ya, no solo insostenible, sino perjudicial.

Desde esta nueva lectura, el cristiano sigue fijando su mirada en Jesús, y en Jesús crucificado. Pero ya no es una mirada infantil ni infantilizante. Ahora ve en Jesús y en su destino –provocado por la injusticia de la autoridad de turno- lo que es el paradigma de una vida completamente realizada: fiel y entregada hasta el final. Por ese motivo, el hecho de “mirar la cruz” empieza a ser ya salvador: nos hace descubrir en qué consiste ser persona.

Pero no se trata solo de una mirada “externa”, que podría desembocar, en el mejor de los casos, en una conducta imitativa, que no dejaría de ser alienante. Desde una consciencia transpersonal y desde el modelo no-dual de conocer, la lectura se ve enriquecida hasta el extremo.

Al ver a Jesús, nos estamos viendo a nosotros mismos. Desde esta nueva perspectiva, Jesús no es un “mago” que nos salvara desde fuera; tampoco es un “ser celestial separado” diferente de nosotros. Es lo que somos todos…, aunque sigamos sin atrevernos a reconocerlo.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/5363-la-cruz-de-jesus-ni-magia-ni-mito.html

Ilustración: https://melaniejeanjuneau.wordpress.com/2016/02/14/modern-art-depicts-the-crucifixion-for-modern-eyes/

Ilustración posterior, Emily Tjomsland (https://emilytjomsland.com/blogs/articles/jesus-christ-face).

Breve nota LB: De acuerdo con la Santa Sede, la lectura de hoy corresponde a san Juan, pero en la Hoja Dominical y, efectivamente en la Misa, se leyó a san Lucas, como se apreciará: en la dirección electrónica y  la captura de pantalla, en un caso, y en la captura de la reflexión del hermano Naudy Mogollón, en el otro: https://www.vaticannews.va/es/evangelio-de-hoy/2025/09/14.html. Señaló el padre Peraza que, hoy, enmuchas partes del mundo es fiesta de la Cruz que nosotros celebremos en el mes de mayo, por lo que - acá -se sigue el tiempo ordinario. 


De acuerdo a la Hoja Dominical, tratamos de san Lucas:

LOS TRES PERSONAJES REPRESENTAN DISTINTOS ASPECTOS DE NOSOTROS MISMOS

Fray Marcos (Rodríguez)

[San Lucas, 15: 1-32]

La liturgia propone la parábola del "hijo pródigo" con la intención de que nos identifiquemos con el hijo pródigo. Pretende hacernos tomar conciencia de nuestros pecados, e invitarnos a la conversión.

Sin embargo, hay que tomar buena nota de que esta parábola no va dirigida a los publícanos y pecadores, sino a los fariseos y letrados que murmuraban de Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos.

Descalifica a los que se creen buenos y son incapaces de aceptar a los que no son como ellos.

Se trata de un relato ancestral que se encuentra en todas las culturas. Es un producto del subconsciente colectivo que expresa realidades escondidas de nuestro ser profundo. Es un prodigio de conocimiento psicológico de la persona humana, pero también, un alarde de experiencia religiosa.

Desde el punto de vista personal, la comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejada en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser.

Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros, aunque sea padre misericordioso, sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos y actuando desde dentro. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos y que se relaciona con nosotros desde nuestro centro.

Esa verdadera realidad que somos está siempre abierta y esperando abrazar a todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera abrazar y fundir todo el hielo que encuentra en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.

Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.

El hijo menor simboliza nuestro "yo", nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo "yo". Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle.

El hijo mayor representa también nuestro "ego", pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio.

Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El "yo" y el "ser verdadero" aún siguen separados. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano).

El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder el cariño del Padre y no es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre.

Todos tenemos que dejar de ser "hermano menor", y también tenemos que superar el estadio de "hermano mayor", para convertirnos finalmente en "Padre".

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera reduccionista. Es un error llamar a este relato la parábola del "hijo pródigo". Si nos fijamos en el contexto, veremos que el motivo de la narración es que los fariseos y letrados critican a Jesús porque acoge a los pecadores y come con ellos. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios.

Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para cada uno de nosotros, seamos "buenos" o "malos". En la manera de actuar con los dos hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios; de la misma manera que Jesús al acoger a los pecadores está haciendo presente a Dios.

Normalmente hemos considerado la parábola como dirigida a los "hijos pródigos". Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debía de ser objeto de una atención más cuidada.

Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado antes de haberlo merecido. Como el hijo menor, es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar, hemos traicionado a la familia, hemos renegado del entorno en que se había desarrollado nuestra existencia.

Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. El fallo estrepitoso del hijo menor de la parábola, y la situación desesperada a la que le ha llevado, facilita la toma de conciencia de que ha ido por el camino equivocado. Le hace entrar dentro de sí y descubrir que hay que rectificar.

Más complicado es el caso del hijo mayor. También está alejado del Padre, pero le será mucho más difícil descubrirlo. Había obedecido en todo, pero esa actitud externa no iba acompañada de una maduración interna. Es más difícil que descubramos en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos muchos más rasgos de éste que del menor.

Con frecuencia, no entendemos el perdón del Padre para con los pródigos, nos irrita y molesta que otras personas que se han portado mal, sean, a la postre, tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No sólo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos, por todos los medios, que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor.

Desde esa perspectiva tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense inquietante la respuesta del hermano mayor. No nos dice si el hijo hace caso al padre y se incorpora a la fiesta. Esto nos tiene que hacer pensar.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser motivo de alegría para uno y para otro.

El llegar a ser Padre, no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo, hay que saber convivir con lo que aún hay en nosotros de imperfecto. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre.

Tanto el hermano menor como el hermano mayor que hay en cada uno de nosotros, debe ser objeto del mismo amor. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y, la vez, somos el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es el Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (Aquí podemos descubrir un profundo significado de la frase de Jesús: "Yo y el Padre somos Uno").

Nuestra maduración personal tiene que encaminarse a reproducir la figura del Padre. "Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso". El relato nos tiene que hacer ver, que siempre habrá en nuestra vida, etapas que hay que superar por imperfectas.

Nuestra atención no debemos centrarla en la superación de la condición de hermanos sino en aproximarnos al Padre, que imita a Dios. Para Jesús, el que Dios sea Padre no significa que es una persona a la que se le puede aplicar la cualidad de padre. Se trata más bien de descubrir en la relación padre-hijo lo esencial de Dios. Podíamos decir que Dios no es un padre, sino la paternidad. Ser Padre-Amor, pertenece a la misma esencia de Dios.

Resumiendo: Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es alejarse de Dios y caminar en dirección opuesta a nuestra plenitud. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo e imitarlo, es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta, pero creyendo que caminamos hacia ella; lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Meditación-contemplación

Yo y el Padre somos UNO.

Es la mejor expresión de lo que fue Jesús.

Tú también eres UNO con Dios, pero todavía no te has enterado.

El día que lo descubras,

esa frase saldrá también de lo más hondo de tu ser.

.............................

Descubre lo que hay en ti de hermano menor:

me dejo llevar por el hedonismo individualista,

busco lo más fácil, lo más cómodo, lo que me pide el cuerpo...

Mi objetivo es satisfacer las exigencias de mi falso "yo".

...............................

Descubre lo que hay de hermano mayor:

busco la cercanía de Dios, pero fabrico un Dios a mi medida,

un Dios que me quiera, porque soy mejor que los demás

Y me debe ese amor que le exijo.

..........................

No busques modelos fuera, todos son falsos.

El único modelo debe ser Él,

que no está "en los cielos", (en las nubes)

sino en lo hondo de tu ser,

esperando ser descubierto y vivido y manifestado.

Fuente: 

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1967-los-tres-personajes-representan-distintos-aspectos-de-nosotros-mismos.html

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/751432864531280

Padre S. Martín: Asesinato de Charles Kirk, persecución interna en la Iglesia, martirio cristiano:


Padre Barron: https://www.youtube.com/watch?v=kZFBMti00Gk


sábado, 29 de marzo de 2025

Volver y encontrarlo

SENTIR QUE DIOS NOS QUIERE

(San Lucas, 15: 1-32)

José Enrique Galarreta

De las tres parábolas que se contienen en el capítulo 15, solamente la oveja perdida tiene un paralelo en los sinópticos (Mateo 18.12), y una amplificación en "El buen pastor" de Juan 10. La moneda perdida y el hijo pródigo están sólo en Lucas, y produce sorpresa que estos mensajes que nosotros consideramos tan reveladores de Jesús no aparezcan en ninguna otra parte. Los expertos más radicales llegan a afirmar que la parábola del Hijo Pródigo sea una amplificación redaccional lucana sobre la línea general del perdón expresada por Jesús. Pero esta teoría no ha tenido apenas aceptación.

Como todas las parábolas, están tomadas de la vida cotidiana y buscan la identificación del auditorio (¿quién de vosotros?). Su contexto vital es la permanente discusión con los fariseos y escribas, que reprochan a Jesús su trato con pecadores. En este sentido, la situación vital es la misma que la del banquete en casa de Leví, y su mensaje es el mismo de "no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos", con su velada ironía respecto a los "sanos".

Las dos pequeñas parábolas, de la oveja y de la moneda son paralelas, tienen el mismo mensaje. Llama la atención en ellas la pasividad del encontrado (la oveja, la moneda). No son parábolas de conversión sino revelaciones del corazón de Dios.

Son, por otra parte, parábolas paradójicas, especialmente para aquellos a quienes se dirigen - fariseos y letrados - porque ofrecen una imagen de Dios sorprendente para su mentalidad. Los escribas y fariseos que aparecen en los evangelios representan una religiosidad perfectamente razonable: Dios está con los buenos, los buenos son los que cumplen la ley de Dios, nosotros cumplimos la ley de Dios, nosotros somos los buenos, Dios está con nosotros. Lo más que se puede pedir de Dios es que esté dispuesto a recibir al que se convierte.

Jesús va más allá. El pastor y la mujer preocupados por lo que han perdido son una imagen de Dios más atrevida. No es que Dios esté dispuesto a recibir al pecador "si se convierte", sino que Dios es un activo buscador de algo suyo que ha perdido.

Una vez más, Jesús está desmontando la imagen de Dios-Juez. Nada más opuesto a la imagen del juez que la figura de la mujer pobre que se vuelve loca de alegría al encontrar su monedilla hasta el punto de hacer el ridículo alborotando a toda la vecindad por algo tan insignificante. Esto nos lleva a dos consideraciones.

En primer lugar. Nuestra fe se basa en la Palabra. Conocemos de Dios lo que Dios ha dicho de sí mismo. Pero nuestra mente es orgullosa, y se permite definir a Dios y especular sobre Dios. Puede hacerlo hasta cierto punto, pero puede engañarse y crear ídolos, dioses a su imagen y semejanza.

El problema está en que no comparamos las creaciones de nuestra mente con La Palabra, para verificar si acertamos, sino que sometemos la Palabra a las creaciones de nuestra mente. Y así llegamos a la definición de Dios como Juez Misericordioso (juez más bien blando).

Pero Jesús no habla de Dios juez en el sentido jurídico judicial. Las imágenes de estas dos parábolas lo dejan muy claro. Tampoco hace Jesús definiciones de Dios en sí, sino de cómo se porta Dios con nosotros. Pero nuestra razón investiga sin descanso la esencia de Dios, hasta el punto de que las mayores fracturas de la Iglesia se producen en este campo, y nos hemos rechazado como herejes ante todo por cuestiones de comprensión de la esencia divina. ¿No sería importante, quizá necesario, volver a una teología más evangélica y menos elucubrativa?

En segundo lugar. Jesús propone estas parábolas para defenderse de una acusación de los fariseos y letrados. Jesús justifica su propia actuación. Come con pecadores porque quiere rescatarlos. Toma la iniciativa del médico que se acerca al enfermo porque el enfermo le necesita, porque quiere curar.

Nosotros entendemos así muy bien el corazón de Jesús, sus sentimientos, su actitud ante las personas. Y nuestra fe consiste en subir desde ahí hacia Dios. No pensamos que Jesús es así simplemente porque es un buen hombre: creemos que Jesús es así porque está lleno del Espíritu de Dios.

Por eso, el que ve a Jesús ve cómo es Dios. Creemos que Dios es así porque lo vemos actuar en Jesús. Este es un pilar de la fe cristiana: Jesús revelación de Dios. Es al revés que el ingenuo planteamiento del libro del Éxodo, cuando Moisés aplaca a Dios airado, o el del Génesis, cuando Abrahán regatea con Dios por la salvación de los pocos justos de Sodoma. Dios es el bueno: Jesús es bueno porque el Espíritu de Dios estaba con él. El Padre es el Salvador: Jesús es salvador porque se parece a su padre. Jesús es capaz de dar la vida porque el padre es capaz de dar la vida, y no, desde luego, porque el Padre exija sangre para aplacarse.

Es de radical importancia que reflexionemos cómo nos sentimos ante Dios. En muchos de nosotros predomina la sensación de siervo de un Amo Poderoso a quien hay que obedecer. Si esto es así, no hemos recibido la Buena Noticia, la mejor de las noticias: Dios te quiere, y está dispuesto a cualquier cosa por ti. Toda la vida espiritual de un cristiano nace de aquí: sentirse querido por Dios, como nos sentíamos queridos por nuestra madre. Sin esta base, toda nuestra vida espiritual se ve falseada, y nuestra relación con los demás también.

Si el Primer Mandamiento es amar a Dios y al prójimo, esto significa que o fundamos todo, nuestra relación a Dios y a los demás, sobre el amor, o no hemos entendido nada. Pero cada cosa en su sitio: el amor de Dios, saber, sentir que Dios me quiere, es la fuente. De ahí nace todo lo demás.

El amor de Dios no es una evidencia, es un acto de fe; a esta fe no podemos llegar con argumentos, no es una deducción de la lógica. A esta fe llegamos por la contemplación de Jesús, sólo así. Y es la esencia de la fe: creo en Jesús significa que me fío de él y acepto a Dios como él lo muestra, en sus palabras y en sus acciones. Y nosotros, cristianos viejos, seguimos oyendo la invitación primera de Jesús: "convertíos", cambiad, cambiad de Dios, abrir el corazón al amor de vuestra Madre.

Esto es aún más importante en nuestras situaciones de fallo, lo que llamamos pecado. La reacción normal de un cristiano normal es ante todo apartarse, sentirse indigno de acudir a Dios. La reacción normal es también sentir la necesidad de pedir mil veces perdón a Dios, la necesidad de pagar, de expiar. Una vez más, convertíos, cambiad: si estás enfermo, acudes rápidamente al médico. Dios madre, médico, pastor que recorre el monte en busca de la oveja, mujer que se afana en buscar la moneda... Es fuerte decirlo, pero sentirse pecador es la situación privilegiada para acercarse a Dios.

Una aplicación importante es nuestra concepción del sacramento de la reconciliación. Hasta tal punto lo hemos entendido con categorías del Antiguo testamento que le llamábamos "sacramento de la penitencia", porque dábamos más importancia a nuestra penitencia. "Sacramento de la reconciliación" suena mejor, pero aún parece que los dos amigos estaban enfadados. Se podrían usar otras fórmulas: sacramento del encuentro, sacramento del abrazo, sacramento del regreso... Cualquier cosa que sirva para entender y expresar que Dios no está enfadado, ni ofendido, ni airado, ni cosas de esas que decía el Antiguo Testamento. Dios está preocupadísimo, buscando afanosamente cómo sacarme del mal paso en que me he metido.

Y el sacramento no es un acto judicial en que un juez blando pasa por encima de la justicia y me perdona sin pagar nada. Es que me vuelvo a Dios y le encuentro, que me quiere como siempre, o más que antes, porque le necesito más. Hemos de recordar que el sacramento de la reconciliación no es para que Dios me perdone, sino para celebrar que Dios me perdona. No es una condición para que Dios me perdone, sino una fiesta porque Dios es siempre así y mis pecados no le hacen quererme menos sino más.

Fuente: 

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1691-sentir-que-dios-nos-quiere.html

Ilustración: Egino Weinert.

Padre Peraza: https://www.facebook.com/871245462/videos/533150666558923

Monseñor Márquez: https://www.youtube.com/watch?v=WBluqMrH5H8

Monseñor Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=orWFBq7K4Cs&t=32s

sábado, 10 de septiembre de 2022

Fiesta de la Coromoto


Domingo 24C TO  
15 septiembre 2019

“Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”(Lc 15, 1-32 ó 15, 1-10)

 

(Diálogo sobre el Evangelio de hoy: Oveja perdida

José Martínez de Toda, SJ.

¿Quiénes acompañan a Jesús en sus correrías?

Y se llegaban a él todos los publicanos y pecadores a oírle (v. 1).  Jesús atrae grandes multitudes. Los publicanos y pecadores también suben con Él a Jerusalén (14:25).  Los publicanos son lacayos de los odiados romanos, a quienes sirven por dinero.

Por eso los fariseos y escribas los condenaban por antinacionalistas y egoístas.

Los publicanos saben que están equivocados, pero les atrae Jesús, tan santo pero tan misericordioso. Ellos están seguros de que Él puede arreglar su vida y su conciencia. Vienen a oír a Jesús, porque se sienten aceptados por Él – y sienten que Jesús se ALEGRA de su compañía. Algo bueno saldrá de Él.

¿Y qué decían los fariseos y los escribas?

            Ellos murmuraban: “Éste recibe a los pecadores, y come con ellos (v. 2b).  Acepta a los inaceptables. Y se acordaban de varios casos:

-        El publicano o recaudador de impuestos Leví le dio un banquete.

-        En otro banquete una pecadora le ungió los pies (7:36-50). 

- En otro banquete Jesús recomendó que invitaran sobre todo a los pobres, mancos, cojos, y ciegos (14:1-12), que eran precisamente los que, según la ley, ni podían servir en el Templo, por estar castigados por Dios, según ellos, por su pobreza y enfermedad.

-En la parábola de la gran cena (14:15-24) dijo que si los primeros invitados no venían, invitaría a los pobres, mancos, ciegos, y cojos – dando a entender que ellos, la élite religiosa, sería pasada de largo a favor de aquellos de religión sospechosa.

Pero, ¿no tienen algo de razón los fariseos?

Así es:

 ─ Los padres inteligentes recomiendan a sus hijos las buenas compañías.
            ─ Si Jesús come con los pecadores, se lo podrían interpretar como que para Él el pecado importa poco.

            ─ Pablo aconseja, “No se junten con los infieles: porque ¿qué compañía hace la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión hace la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6:14).

            Ciertamente los fariseos eran hombres religiosos, pilares de su comunidad.

Pero su preocupación por la observación ritual les ha cegado y les ha hecho olvidar el amor de Dios hacia los pecadores. 

Jesús, en cambio, pide amar a los pecadores y odiar el pecado, pide celebrar la redención, aunque sea de un solo pecador. Jesús va donde hay necesidad. Un médico que rehúsa tocar a una persona enferma no servirá de mucho. Un poco antes Jesús dice: “Los que están sanos no necesitan médico, sino los que están enfermos”. (Lucas 5:31-32).

¿Cómo dice Jesús que debemos tratar a los pecadores?

Jesús nos cuenta tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Todas tratan el mismo tema de la alegría por el pecador arrepentido.


<
Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y ¡cómo lo celebras con los amigos!>

La pérdida de una oveja rompe el corazón del Buen Pastor; así que deja las 99 ovejas al cuidado de otros pastores amigos, y va a buscarla y a gritar su nombre en el campo, porque ella conoce su voz. El Antiguo Testamento a menudo utiliza la metáfora del pastor para describir el cuidado de Dios por nosotros (Salmo 23; 28:9; 78:52; 80:1; 100:3; Jeremías 31:10; Zacarías 13:7; Ezequiel 34:11, 12b, 16). 

¿Cuál es la segunda parábola?

La de la moneda perdida. <Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: ¡Felicítenme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.>

            Las “diez dracmas” equivalen a diez salarios diarios. 

Finalmente está la parábola del Hijo Pródigo. Hay una progresión en estas tres parábolas. El pastor pierde una de cien ovejas (es el 1%).  La mujer pierde una de diez monedas (es el 10%).  El padre pierde uno de dos hijos (es el 50%).

¿Por qué se alegra tanto Dios por un pecador arrepentido?

Dios no da a nadie por desaparecido ni por muerto, aunque pasen los días y los años.

Dios no borra a nadie de su lista.

Para Dios no hay personas “no gratas”. Todos estamos en su corazón. En la justicia de Dios no hay silla eléctrica ni inyección letal. Sólo hay amor y perdón para el que se deja encontrar por Él. En las matemáticas de Dios “UNO” es tan valioso como el 99. 

¿Somos nosotros así?

            La Palabra del Evangelio nos invita a revisar nuestro corazón. ¿No somos muchas veces como los fariseos que se incomodaban porque Jesús acogía a los pecadores? Pensando que somos justos, en muchas ocasiones despreciamos a quienes Dios tiene preparada una misericordia inmensa. Nuestras Misas deberían ser momentos de gran alegría: El Padre Bueno recibe, abraza, levanta y envía a quienes buscamos su misericordia perdonadora.

            Nosotros nos conformamos, si se nos pierde algo pequeño.

-        Si a un vendedor de frutas se le cae un mango, y es difícil recuperarlo, lo abandona.

-        Un financista podrá sobrellevar la pérdida del uno por ciento, pero no la pérdida del 99%.

Pero el reino de Dios es un lugar donde las reglas normales de negocios no se aplican, y que refleja la naturaleza radical del amor de Dios.

 Fuente:  Correo de Román Mendoza, señalando que es la nota para el domingo, 11/09/2022.

Gráfica: Detalle de La oveja perdida, un grabado de 1864 de los hermanos Dalziel, en honor a Sir John Everett Millais Museo Metropolitano de Arte.

Misa Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=pxsjPh16y5Y


Homilía Obispo Munilla: https://www.facebook.com/groups/376815057371


Padre Peraza: https://www.facebook.com/groups/376815057371

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...