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sábado, 20 de diciembre de 2025

Dios-con-nosotros

EL SENTIDO TEOLÓGICO DEL RELATO

(San Mateo, 1: 18-24)

Enrique Martínez Lozano

Hoy se acepta con normalidad que los evangelios no son crónicas históricas, en el sentido moderno del término, sino catequesis elaboradas por creyentes, que buscan comunicar, compartir y alentar la fe de las primeras comunidades. No se niega su base histórica, pero ésta –de acuerdo también con los usos de la época- ha sido "elaborada" en función del mensaje que se quería transmitir.

Si ese principio es válido para el conjunto de los relatos evangélicos –y los estudiosos se hallan empeñados en la ardua tarea de discriminar la "historicidad" de cada perícopa-, mucho más para los así llamados "relatos de la infancia".

En estos relatos, particularmente, que encontramos sólo en los evangelios de Mateo y de Lucas, no hay que ir a buscar historia, sino teología, es decir, contenidos de fe.

En Lucas, es María quien recibe directamente el anuncio del ángel –la anunciación-; en Mateo, por el contrario, el destinatario del mensaje angélico es José. En ambos casos, lo que se busca transmitir es exactamente lo mismo: Jesús nace todo de Dios.

Si nos ceñimos al relato de Mateo, que estamos comentando, la exégesis actual parece inclinarse a pensar que el evangelista está utilizando unos temas que ha recibido de la tradición; si bien otros insisten en que, atendiendo al vocabulario empleado, él mismo los habría reelaborado de un modo muy personal.

Empecemos reconociendo una obviedad. El tema del nacimiento sin intervención de un padre se encuentra a menudo en relatos egipcios y helenísticos, que hablan de la generación divina de reyes, héroes, sabios...: desde Horus, hasta Attis de Frigia, pasando por Dionisos y Mitra, y llegando incluso a Platón –de quien su sobrino Espeusipo, en el discurso pronunciado al año de la muerte del filósofo, afirmó que éste había sido engendrado directamente por Apolo- y, por supuesto, a los emperadores romanos... También en contextos mas alejados, como la India, se dice de Krishna, que nació de la virgen Devaki.

En una cultura en la que se pensaba que la mujer jugaba únicamente el papel de "receptor" y "nido" de la nueva vida, que se creía provenía en exclusividad de la figura paterna –el semen contenía la totalidad de la vida que iba a nacer-, parece claro que, al eliminar la intervención masculina, se estaba diciendo que el niño que nacía era hijo de Dios en su totalidad. La madre no era sino el receptáculo que lo acogía.

La idea, sin embargo, era desconocida en el judaísmo de Palestina. El texto de Isaías que cita Mateo –"la virgen concebirá..."-, aparte de referirse a un hecho concreto de la historia del pueblo, no parece que hable originalmente de "virgen", sino sencillamente de "doncella" o "joven": así es como, según los expertos, habría que traducir el término hebreo "almâh".

El que fuera una idea inexistente en Palestina, podría ser un indicio de que pudo haberse fraguado en alguna comunidad judeo-helenística-cristiana, donde hubiera encontrado fácil receptividad.

Probablemente, el relato forme parte del intento de ciertas comunidades de mostrar a Jesús como "Hijo de Dios según el Espíritu", tal como se expresaba Pablo en la carta a los Romanos (1,4). El relato del nacimiento virginal sería entonces una forma de dar cauce a aquella convicción.

Eso significa que, antes que una afirmación que se refiera a la biología, es un relato teológico. No se está hablando de la virginidad biológica de María, sino del carácter divino de Jesús: el recurso para hacerlo –en línea con la costumbre egipcia y helenística- era mostrarlo como nacido sin intervención de varón.

En cualquier caso, en el relato bíblico, el Espíritu Santo no reemplaza al elemento masculino que hace posible el engendramiento. Se trata, más bien, del poder creador de Dios, siempre actuante, y no de un intervencionismo mítico, que rivalizara con lo humano.

Si miramos el evangelio de Mateo en su conjunto, quizás hayamos de concluir que lo que más le interesa al autor es el nombre "Emmanuel", con el que entiende la persona y la obra de Jesús: para este evangelista, Jesús es, antes que nada, "Dios-con-nosotros".

Tanto es así que va a hacer con ese nombre una gran inclusión, que abraza a todo su escrito. La primera parte de la misma corresponde al relato que estamos comentando, en el capítulo primero; la segunda aparecerá en el último, puesta entonces en boca del propio Jesús, como cierre de todo el evangelio: "Yo-soy-con-vosotros todos los días hasta el final del mundo" (28,20). Al principio y al final, el mismo nombre, que define la persona y la misión de Jesús entre los suyos: Emmanuel.

Esto es lo decisivo para Mateo, la certeza sobre la que apoya su fe: han descubierto en Jesús la cercanía completa de Dios. Para insistir en que es todo de Dios, recurre al relato, común en su entorno, de un "nacimiento virginal".

¿Cómo hablar entonces de la "virginidad de María"? Soy consciente de que este tema –donde se entrelazan lo religioso, lo cultural y lo psicológico, en una mezcla en la que intervienen poderosos elementos inconscientes e incluso arcaicos o ancestrales, relativos a la sexualidad y a la figura de la mujer- toca fibras muy sensibles en la piedad católica.

Una anécdota puede ilustrar, mejor que otra cosa, lo que quiero decir. No hace muchos años, en una romería a un santuario mariano, un hombre me comentaba: "Yo no sé si creo en Dios; pero que a nadie se le ocurra tocarme a la Virgen..."

Con todo el respeto al modo que cada cual tenga de expresar e incluso vivir sus creencias, me parece que podríamos empezar por ponernos de acuerdo en algo elemental: más importante que la virginidad biológica es la virginidad espiritual.

Esta última podría entenderse como "disponibilidad", la actitud abierta y dócil de quien se deja hacer por Dios, sin límite ni medida. Una persona virgen es aquélla cuyo corazón no está "ocupado" por ninguna otra cosa que la voluntad de Dios.

Si queremos expresarlo de un modo aún más radical, podemos decir que virgen es la persona que se ha desindentificado o desapropiado de su yo y, por tanto, ya no vive para él. Es "virgen" –apertura, disponibilidad, donación...- quien no está identificado con su ego ni vive para él, sino que ha descubierto-experimentado la Identidad-sin-límites (transegoica o transpersonal, no-dual) que todo lo abraza. Una identidad, por lo demás, que únicamente puede percibirse en el presente.

En ausencia de identificación con el yo, la persona es cauce o canal a través del cual Dios puede fluir con entera libertad. Por eso, puede cantar como María: "El Poderoso ha hecho en mí obras grandes". No hay sentido alguno de apropiación; hay únicamente un "dejarse vivir", asintiendo a la Vida que se expresa en la forma del momento presente.

La virginidad, por tanto, así entendida, puede considerarse como el horizonte hacia el que caminamos..., porque en realidad ya lo somos. Al comprender la Unidad que somos y trascender la conciencia egoica –en la desapropiación del yo- nuestro corazón se "desocupa" y nos descubrimos conteniendo en nosotros al universo entero.

En ese camino nos hallamos. En María, acogemos y celebramos a una mujer que lo ha vivido; por eso, también en ella nos reconocemos.

Fuente: 

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1480-el-sentido-teol%C3%B3gico-del-relato.html

Ilustración: Tana Anand para un texto de Lauren Michele Jackson (“The Case That Being Poor and Black Is Bad for Your Health”), publicado por The New Yorker (https://www.newyorker.com/books/page-turner/the-case-that-being-poor-and-black-is-bad-for-your-health). 

Fotografías: LB, Iglesia de Lourdes, av. San Martín (Caracas, 21/12/25).

Cfr. Giancarlo Pani:

https://www.laciviltacattolica.es/2025/12/19/el-anuncio-a-jose/

Padre S. Martín. Actualidad católica. Sinodalidad: la gran batalla de León XIV en el consistorio extraordinario:

https://www.youtube.com/watch?v=dfoEKf8CXtE

Papa León: https://www.youtube.com/watch?v=xnovsU4tXh0


Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=y12GgjeE_14


Padre Velasco: https://www.youtube.com/watch?v=7FjdvJcpMls

Padre S. Martín: https://www.youtube.com/watch?v=n0IzsV5EUDE

Monseñor Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=qyWABOGZzaU

domingo, 24 de agosto de 2025

El camino de la autenticidad

LA ETERNIDAD ES AHORA

(San Lucas, 13: 22-30)

Enrique Martínez Lozano

No resulta fácil en este texto, que "suena" como uno de los más duros de todo el evangelio, llegar a saber lo que procede de Jesús y lo que fue una elaboración posterior de la propia comunidad.

Pero hay un indicio claro que nos induce a pensar que nos hallamos ante un relato construido por la tradición, probablemente a partir de algunos dichos sueltos de Jesús. El indicio no es otro que el papel "extraño" que se atribuye a Jesús en el juicio, una idea más propia de la primera comunidad que del Maestro de Nazaret.

Paralelamente, parece lógico pensar que fuera la naciente comunidad cristiana, en su pugna con la sinagoga, quien se viera a sí misma compuesta por los que han llegado "de oriente y occidente, del norte y del sur", en contraposición con el pueblo judío que –según la lectura de aquella misma comunidad- ha sido "echado fuera".

Otras expresiones resultan bien conocidas.

  • La "puerta estrecha" hace alusión a la puerta más pequeña que daba acceso a las ciudades amuralladas;
  • el "esfuerzo" o la "lucha" (agon) constituía un término frecuentemente utilizado por los filósofos de la época para referirse a la acción humana;
  • la idea misma de los "pocos salvados" pertenecía a la tradición judía, tal como se recoge en el libro cuarto de Esdras: "Muchos han sido creados, pero pocos se salvarán".

En cualquier caso, y más allá del uso que de ellas hicieran las primeras comunidades, me parece claro que las palabras de Jesús no tendrían un carácter condenatorio, sino exhortativo. Y no podría ser de otro modo, porque quien "ha visto" no condena jamás; lo que hace es "advertir" de la ignorancia que nos lleva a "perdernos".

Sea lo que fuere, en último término, de la "autoría" del texto que nos ocupa, tratemos de abrirnos a los "ecos" que despierta en nosotros.

La pregunta inicial –"¿serán pocos los que se salven?"- es la pregunta más característica del yo religioso. Tenemos claro que el yo no busca otra cosa sino su propia autoafirmación. Debido a su carácter vacío y a su incapacidad de existir en el presente, busca constantemente aferrarse a algo, en la expectativa de un futuro que le traiga la "satisfacción" ansiada.

La ironía consiste en que ese futuro es tan inexistente como el propio yo que se proyecta en él. Pero, entre tanto, el yo sueña con llegar a ser feliz algún día, identificándose con diferentes señuelos –tener, poder, placer-, sin ser consciente de que es esa misma identificación la que hace imposible la felicidad. Dicho con más rotundidad: el único obstáculo para la felicidad es la identificación con el yo.

Sin embargo, mientras no se "despierta", esa trampa mortal no se ve. Y si el yo es "religioso", a su futuro definitivo lo llamará "salvación": buscará salvarse a toda costa, en una perpetuación "eterna" de la autoafirmación siempre imposible. ¿Podría imaginar una promesa mayor para su insaciable ambición?

Eso explica que la religión mítica –la religión del "yo"-, en la que todos nosotros hemos crecido, haya pivotado en torno a la cuestión de la "salvación del alma". No existía una preocupación mayor: ¿cómo salvarme?

Frente a esa inquietud del yo, la respuesta de Jesús anima a "entrar por la puerta estrecha". Pero el texto no nos dice en qué consiste exactamente.

Dentro de la lógica del propio "yo religioso", no sorprende que, a lo largo de la historia, se haya entendido como "sacrificio", "mortificación", "sumisión" incluso... El yo –cuya religión se basaba en el esquema del mérito y la recompensa- es amante del voluntarismo perfeccionista, con el que, en no pocos casos, trataba de saldar, sin darse cuenta, antiguas culpabilidades inconscientes.

Una lectura más serena de aquellas palabras, sin embargo, nos hace ver que no se puede confundir "puerta estrecha" con "carrera de méritos" –aunque fuera en forma de obstáculos-, sino que debe referirse a algo bien distinto.

Si caemos en la cuenta de que, por su propio carácter, el yo busca "inflarse", de un modo inevitable y compulsivo, nos resultará patente que es justamente el yo el que nunca podrá entrar por la "puerta estrecha".

Por tanto, la invitación para alcanzar la "salvación" –no la que espera el yo, sino el "despertar" de la ignorancia y del sufrimiento- pasa por desidentificarse del yo. "Entrar por la puerta estrecha" es desapropiación del yo.

Ahora bien, el trabajo de desapropiación no se consigue con voluntarismo –un voluntarismo que, una vez más, no haría sino seguir alimentando al yo-, sino que es fruto de la comprensión.

No buscamos desidentificarnos del yo por ningún motivo "ascético", sino sencillamente porque hemos empezado a comprender que ésa no es nuestra verdadera identidad. Por eso, en la medida en que crezcamos en esa comprensión, notaremos también un movimiento interior a poner en práctica los medios que nos capaciten para vivirla.

Los diferentes medios coincidirán en el hecho de que nos hacen crecer en consciencia de no ser el "yo" que nuestra mente piensa y nos hacen vivir de una manera desapropiada, sin sentirnos como "hacedores".

Aprenderemos progresivamente a observar a nuestro yo, en cualquiera de los "disfraces" que use –eufórico o deprimido, sumiso o airado...-, y a tomar distancia de él. Y cuidaremos, por encima de todo, venir al instante presente, como medio privilegiado de experimentar la Presencia que somos.

Desde la nueva percepción de nuestra identidad, todas las cuestiones quedan redimensionadas: se ha modificado la percepción de la realidad. Si el yo andaba buscando desesperadamente su "salvación" en un futuro que imaginaba "eterno", venimos a reconocer que la Presencia es ya la eternidad, en cuanto Plenitud atemporal.

Si era fácil identificar al insaciable yo con el chiste de Woody Allen –"¡qué feliz sería si fuese feliz!"-, desde la nueva comprensión, venimos a reconocer, con Ludwig Wittgenstein, que "para la vida en el presente, no existe la muerte".

Como ha escrito el lúcido filósofo ateo André Comte-Sponville,

"la muerte no me robará más que el futuro y el pasado, que no tienen existencia. Pero el presente y la eternidad (el presente, luego la eternidad) están fuera de su alcance. Sólo me arrebatará el yo. Por eso me desposeerá de todo y no me desposeerá de nada. La muerte sólo me despojará de mis ilusiones"

(A. COMTE-SPONVILLE, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, Barcelona 2006, p.194).

La "salvación" –según el texto- consiste en "sentarse a la mesa en el reino de Dios", una imagen festiva, convivencial y comensal, con la que en la Biblia se suele designar la Plenitud divina.

Esa "mesa" coincide también con la Presencia, es decir, con la atemporalidad o eternidad. La mesa ya está puesta –siempre lo ha estado-, pero sólo podremos "saborearla" si, trascendiendo la identidad egoica que anda buscando "migajas", en las que ha puesto sus expectativas de bienestar, venimos a la Presencia luminosa y eterna, nuestra identidad más profunda.

Al acceder a esa identidad, descubrimos que la pregunta inicial –"¿serán pocos los que se salven?"- nace únicamente de la mayor ignorancia. Porque, anclados en la Presencia que somos, descubrimos que ya estamos en el reino de Dios: la eternidad es Ahora. Y nos privamos de la felicidad, porque nos escapamos del Presente.

Comprendo bien que esto pueda sonar hiriente a quien dice estar envuelto en el sufrimiento y pueda sublevar a nuestra sensibilidad ante la constatación diaria de situaciones de injusticia.

No sé por qué el mundo es como es, ni creo que nuestra mente llegue a encontrar una respuesta a ello. Sólo sé –y no es una "creencia", sino algo que cada uno puede experimentar- que, más allá y a un nivel más "hondo" que el de nuestro "sueño cotidiano", en la Presencia que es nuestra identidad compartida, todo está bien.

Y que sólo creciendo en esa consciencia –que es comprensión- y desde ella, lo que brote será Vida. Porque, quizás, nuestro mayor problema es la incapacidad para reconocernos y vivirnos en la –como- Presencia.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1758-la-eternidad-es-ahora.html

Ilustración: Carlos Xavier Duque Rangel. 

Fotografías: LB, Iglesia de la Coromoto (CCS, 24/08/2025).

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/1944787026342671

Padre S. Martín: https://www.youtube.com/watch?v=ruW5JT7LI88


Padre J. Martín: https://www.youtube.com/watch?v=-XOuHtSsxOE


Monseñor Biord: 

https://www.youtube.com/watch?v=OjGIOWIzCgg&list=RDOjGIOWIzCgg&start_radio=1

Por cierto, hemos consignado nuestra observación por lo que respecta a la Iglesia: "Buenas tardes. De nuevo, nuestra modesta observación sobre la data del video que se ha orbitado. Por ejemplo, intitular y etiquetar con la fecha, la lectura de hoy, el nombre del oficiante, entre otros datos. Importante para que quede para la posteridad. He acá el argumento, por lo que respecta a la práctica digital de nuestra Iglesia: https://www.elnacional.com/2025/08/de-lo-politicamente-efimero/" (ello, en la cuenta de la arquidiócesis: https://www.youtube.com/watch?v=aMyUmPIC3a0&list=RDaMyUmPIC3a0&start_radio=1).


Padre Gálvez: https://www.youtube.com/watch?v=3dco-J3J0To&list=RD3dco-J3J0To&start_radio=1 (Colocamos una nota de reconocimiento por la correcta identificación de la fecha y el nombre del oficiante).


domingo, 4 de mayo de 2025

Relatos de fe

LA CONFIRMACIÓN DE PEDRO COMO PASTOR DE LA COMUNIDAD

(San Juan, 21 : 1-19)

José Enrique Galarreta

Se trata del capítulo 21, el último del cuarto evangelio, del que se han omitido los cinco últimos versículos, que son la conclusión. Sabemos que este capítulo es un añadido a todo lo anterior, pero que el añadido es tan antiguo como el resto del evangelio y que está escrito en el mismo entorno en que se escribió el resto del evangelio.

El texto presenta varios temas de interés. Ante todo, nos encontramos con la "tradición de Galilea". Ni Marcos ni Lucas hablan de apariciones en Galilea. Mateo y Juan sí, aunque en lugares completamente diferentes y con contenidos que no se parecen en nada.

Esta tradición de Galilea parece ser muy creíble, especialmente porque está al margen de la tradición "oficial" (la contradice de algún modo), que es la que presenta Lucas, en la que la iglesia nace, como no podía ser menos, en Jerusalén. De la misma manera, la tradición oficial coincide mal con el relato más antiguo acerca de la resurrección, el que se contiene en 1 Corintios 15:

"...yo os transmití lo que había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apareció a Cefas y después a los doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez, de los cuales la mayoría viven todavía, algunos han muerto; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles; por último se me apareció a mí...."

Esta divergencia de tradiciones nos recuerda la imposibilidad de reconstruir cronológicamente los hechos, y la necesidad de comprender los textos de la resurrección como relatos de fe, no como crónicas histórico/periodísticas de sucesos.

En el relato de Juan que hoy leemos nos encontramos ante todo con el repetido signo de la pesca milagrosa unido con la vocación personal de Pedro. Exactamente lo mismo que relata el evangelio de Lucas (5,6-11) al narrar la vocación de los primeros discípulos. Pedro y Juan gozan de un protagonismo especial en Hechos, predican juntos, curan juntos... Si este texto se escribe en el entorno de las comunidades joanneas parece claro que tiene la intención de recordar a esas comunidades (¡tan joanneas!) la importancia de Pedro.

Es fuertemente llamativo el paralelismo de este texto con los textos de las negaciones de Pedro. Tres negaciones <> tres preguntas de Jesús. "Aunque todos, yo no" <> "¿me amas más que estos?" Y es la humilde respuesta de Pedro "tú sabes que te quiero", la que es aceptada por Jesús.

Convertirse a Jesús, como Pedro, es algo tan fundamental como la relación entre la elección de Jesús y la condición de pecador. Un eje básico, una clave de nuestra fe.

La primera y más grave acusación contra Jesús fue: "Éste acepta a los pecadores y come con ellos". Y la conclusión fue que no era profeta, no era de Dios.

Los acusadores eran fariseos y su acusación nace de un profundo error teológico y antropológico. Para ellos, Dios acoge a los justos y rechaza a los pecadores. Para ellos, ellos mismos eran justos. Por eso, no necesitaban de Dios más como reconocedor de sus virtudes. Y por eso no necesitaban de Jesús. Los sanos no necesitan médico. Esta línea culmina en el episodio de la adúltera, en que Jesús muestra que todos son pecadores.

Por todo esto, la meta de los fariseos es la justicia y el cumplimiento de la ley. La meta de Jesús es la compasión y la liberación del pecado. Por eso no se pueden convertir, rechazan el Espíritu.

El primer contacto de Pedro con Jesús muestra esa misma mentalidad. En la barca, tras la pesca milagrosa, Pedro exclama: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador". Y esta mentalidad pervive en el cenáculo: "Aunque todos te nieguen, yo no". Mentalidad farisaica pura: Dios lejos de los pecadores y yo soy mejor que otros.

Entonces viene la prueba de la fe. Pedro es fanfarrón y demasiado seguro de sí, y niega a Jesús, le traiciona. ¿Dónde habrá quedado la promesa de Jesús de construir su iglesia sobre esa ROCA? La aparición de Tiberíades pone las cosas exactamente en su sitio. Los pecados de Pedro no cambian el corazón de Jesús. Pedro es el pecador confirmado: seguirá siendo pecador en el libro de los hechos y se comportará de forma ambigua en varias ocasiones; será increpado por Pablo por su conducta ... no importa nada de eso. Los pecados de Pedro están cubiertos por otra frase que es la clave: "Señor, tú sabes que te quiero".

Los dos personajes que son constituidos primeros testigos de la resurrección son María Magdalena y Pedro. Y de los dos consta que son pecadores y que se han distinguido en su amor a Jesús. En ellos, muy especialmente en Pedro, sus pecados son más fuertes incluso que su amor. Pero ante Jesús, su amor es más importante que sus pecados.

Todo esto nos hace situarnos en una posición correcta ante Dios. Pecadores queridos por Dios, elegidos por Dios, que cuenta con nosotros como somos para una misión tan grande como hacer presente en el mundo el mismo Espíritu de Jesús. Un espíritu de entrega, de exigencia, de servicio y de perdón, que cuenta con los pecados y los arrolla por la fuerza del amor.

La virtud de Pedro, aquella que le hace ser elegido y confirmado como pastor de la iglesia es su adhesión incondicional a Jesús. Ésta le confirmará, ésta le hará poner toda la vida al servicio de la iglesia, ésta le hará sentirse honrado y feliz cuando es perseguido, le llevará a aceptar humildemente las reprimendas de Pablo, hasta la meta: dar su vida por Jesús crucificado en la persecución de Nerón. Pedro, el pecador.

Fuente:
Ilustración: San Pedro, según Jacob Jordaens.

Padre J. Martín: Sucesión de Pedro, temario del próximo papoado, Sinodalidad.





Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY