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jueves, 8 de mayo de 2025

Lumpanario

DE LA HISTORICIDAD DE LA POBREZA

José Rafael Herrera

No siempre la verdad coincide con la certeza ni el tiempo histórico con el tiempo cronológico.  La Scienza Nuova, de Giambattista Vico, da cuenta de esta inadecuación de verdades y tiempos, a consecuencia de la cual, ubicados dentro de un mismo período de la historia; sin embargo, existen sociedades que presentan retardo respecto de otras. Unos viven a la altura de su tiempo. Otros muestran la disposición de alcanzarla. Pero hay otros que se mantienen en lo que Vico caracteriza como la barbarie ritornata, esa suerte de vuelta atrás -o ricorso– que afecta a las sociedades en su devenir histórico, que las hace retroceder objetivamente, no solo respecto de otras sino, incluso, respecto de sí mismas. Todo lo cual permite comprender el hecho de que el actual tiempo histórico venezolano no coincida con su tiempo cronológico y, más aún, que el uno y el otro hayan ido lenta y progresivamente disociándose sin que la mayor parte de sus actores cotidianos se hayan percatado de ello, porque el inicio de toda elaboración crítica, de toda autoconsciencia, resulta de lo que realmente se es. El socrático “conócete a ti mismo” es producto de la comprensión del proceso de la propia historia.

Mucha agua -¡y mucha sangre!- ha corrido desde los tiempos de “la gran Venezuela” de los años setenta, la del dólar “a 4,30” y la del “’tá barato”. Durante buena parte de esa década, en efecto, Venezuela vivió, si no su mayor época de esplendor, por lo menos, una de sus épocas de mayor gloria. Fue en aquellos años que se consolidó la clase media profesional y técnica venezolana. Por primera vez en la historia del país, una enorme cantidad de jóvenes ingresaron a los liceos, institutos tecnológicos y universidades. Miles pudieron hacer sus posgrados en el extranjero, en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, entre otros países. Los venezolanos se profesionalizaron masivamente y se especializaron como nunca antes en su historia. Se multiplicaron los que tenían un segundo y hasta un tercer idioma. 

No pocos se casaron en el exterior y regresaron con sus parejas al pujante país de las oportunidades. Venezuela se fue volviendo cosmopolita. El empleo creció, tanto como las urbanizaciones, la vialidad, la industria automotriz, las escuelas, los liceos, las universidades, los centros hospitalarios. El teatro, el cine, la danza clásica y la contemporánea, la plástica, la buena música -la clásica, el rock, el jazz, el blues o las manifestaciones de una música nacional y caribeña de vanguardia y ciertamente creativa-, las galerías de arte, las librerías especializadas y los cafés -también las cervecerías y los “centros nocturnos”- tuvieron su época de gloria. Profesores universitarios de las más variadas disciplinas, provenientes de otras latitudes, llegaban por docenas para formar el futuro del país. En fin, la envidia de una América Latina impotente, quebrada y militarizada, tradicionalmente acostumbrada a mirar con resentimiento al “Imperio” y sus “vástagos lacayos”. Venezuela se presentó ante el mundo como “un país para querer” y como “el más bello secreto del Caribe”. La Venezuela democrática se encaminaba a la conquista de la coincidencia viquiana de tiempo histórico y tiempo cronológico. País, por lo demás, tolerante, sin prejuicios, de mezclas y contrastes, con un solo, único e histórico antagonismo esencial: la ya casi centenaria rivalidad de Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes. La diferencia como sujeto y objeto de celebración. La democracia in der Praktischen.

Hasta que, a mediados de los años ochenta, con la abrupta caída de los precios del petróleo y el subsiguiente “viernes negro”, las momias de la barbarie decimonónica comenzaron a salir de sus tumbas bajo el ropaje de populismo. Su mirada siempre estuvo puesta sobre un grueso sector de la población: los habitantes de los marginados “cinturones de miseria” que, rezagados en relación con la pujante clase media “en ascenso”, anhelaban la llegada de un “vengador” para asaltar las instituciones y saquear el país. Manipulados primero y desencantados después, con ellos fue, poco a poco, creciendo el odio, el resentimiento social, las “ganas” contra aquellos a los que llamaban “los burguesitos”. Los desaciertos políticos de los “cogollos”, las ambiciones personalísimas, la prepotencia no exenta de zancadillas y golpes bajos, la imposición de “modelos” económicos absolutamente abstractos -llevados de la mano por la fe ciega en la ratio instrumental-, ajenos al contexto histórico, social, y cultural del país así como el amenazante crecimiento de la corrupción administrativa, sirvieron de gran “telón de fondo” de lo que terminó explotando aquel aciago 27 de febrero de 1989, al son del estribillo de «Por estas calles». El ricorso apenas iniciaba.

La mesa estaba servida para el resurgimiento de la peste militarista, esta vez entrelazada con el más primitivo y reaccionario de los izquierdismos, alimentado por el stalinismo y el maoísmo, es decir, por la negación del propio marxismo, dada la marcada inclinación totalitaria y autocrática que tanto le repugnaba al Marx de los Manuscritos de París, del Manifiesto o del XVIII de Brumario. Supieron, no obstante, aprovechar el momento de crisis. Estaban dadas las “condiciones” para capitalizar el descontento no solo del lumpen, sino también de una clase media decepcionada que veía, no sin desparpajo, cómo se hundían sus deseos de ascenso social. Una necesidad de ascenso rota que ahora se identificaba con el lumpen iracundo. Las fallidas intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre acrecentaron los deseos de liquidar el ejercicio democrático y mostraron a los golpistas como un grupo de enviados del cielo, como Ángeles en rebelión. Una vez más, el mito del “hombre fuerte” que iba a enderezar el camino y acabar con la corrupción, la inmoralidad y las “malas prácticas” de “los políticos”, se hizo carne viviente. Finalmente, el Robin Hood de Sabaneta fue electo por una mayoría contundente, sedienta de venganza social y de “mano dura”: “¡Que la tortilla se vuelva!”, dice una vieja canción suramericana, atravesada de cabo a rabo por el resentimiento transmutado en evangelio. Pues bien, los resultados están a la vista de todos.

De hecho, la “tortilla” se ha hecho una inmensa “torta”, y efectivamente fue volteada. La tripleta “caudillo, ejército y pueblo” de Ceresole devino lumpen armado: gansterato. La distancia entre el tiempo histórico y el cronológico presenta las características de abismo. El lado ‘crudo’ de la “tortilla” convirtió en carbón al lado ‘cocido’. Se “vive” para el día, amenazados por la barbarie ritornata descrita por Vico. Hoy por hoy, la creación, la producción, el “hacer”, son los “enemigos”. La estética que ahora impera carece de colorido y vivacidad. Es la del miserable ladrillo, el zinc y el reguetón. La verdad se confunde con la ficción y la moral es la venganza -la “culebra” del barrio-, inmanente a la malandritud de un abierto predominio lumpen-fascista. Una relación dialéctica, como se podrá observar, muy poco dialéctica, si por esta se comprende la oposición que, necesariamente y tras la cruenta confrontación, conquista el recíproco reconocimiento. En efecto, no lo hay. La dialéctica de «señorío y servidumbre» no consiste, como suele representarse el maniqueísmo, en que el señor se transforme en siervo y el siervo en señor, sino que tanto el uno como el otro sean “señor del señor y del siervo”. La “dialéctica de la tortilla” terminó por arrinconar a la “clase media en ascenso” hasta echarle en cara el epíteto zahiriente de “marginal”. La clase media ya no lo es y cada vez se extingue más. La actualmente exigua, sobreviviente, desesperanzada y moribunda clase media ha devenido evidencia patente de la inadecuación del presente con la historia.   

08/05/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/de-la-historicidad-de-la-pobreza/

Ilustración: Adrian Gruszecki}.

jueves, 22 de febrero de 2024

A pie juntillas

SER SOCIALISTA HOY

José Rafael Herrera 

A mis distinguidos compañeros del Instituto de Filosofía y Teoría Política “Heinz Sonntag” del CEDES

Las cosas, como dice Aristóteles. se conocen por sus orígenes. Y los orígenes, es decir, los fundamentos históricos y conceptuales del ideario socialista son de hechura occidental. De hecho, forman parte inmanente de su ser y de su conciencia, de su hacer, de su pensar, de su decir. Es el hijo rebelde de la Ilustración francesa, de la economía política inglesa y del Idealismo alemán. De ahí que el socialismo represente la continuación y el resultado de las ideas y valores de las grandes conquistas sociales y políticas alcanzadas por Occidente, después de los ensayos republicanos hechos por la antigüedad clásica (Grecia y Roma), el Renacimiento italiano, el proceso revolucionario francés y las luchas por la Independencia en América, esa Artemisa de Occidente. Pero ese Frühsozialismus, heredero de la inteligencia liberal europea, el de Saint-Simon, Owen, Fourier, Cabet o Marx, nada tiene que ver con su versión y consecuente deformación despótica.

A diferencia de la civilización oriental, cuya característica esencial presupone una representación milenariamente autocrática del poder, la cultura occidental fue capaz de construir una sólida base civil de sustentación de sus instituciones, con base en la cual el consenso -y no la coerción- terminó por imponerse como la conditio sine qua non de la organización del Estado, su base real, el fundamento de las sobrestructuras jurídicas y políticas.

Maquiavelo, en Il Principe, da cuenta de esta diferencia sustancial entre Oriente y Occidente: “Los ejemplos de estas dos diversidades de gobierno son, en nuestro tiempo, el Turco y el Rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor. El rey de Francia está puesto en medio de una antigua multitud de señores reconocidos por sus súbditos y amados por ellos”. Esta diferencia fue advertida por Gramsci, al dar cuenta de las razones por las cuales el socialismo en Occidente no podía ser, en ningún caso, autoritario ni estar gobernado por un “Turco”, es decir, por un déspota. “En Oriente el Estado lo es todo, la sociedad civil es primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre el Estado y la sociedad civil existe una justa relación y en el trepidar del Estado pronto se percibe la robusta estructura de la sociedad civil”.

El “socialismo” oriental es un morbo, una suerte de Frankenstein que, en los últimos tiempos, ha mostrado su más genuino rostro: el de ser una organización criminal, un gansterato. Es, en el mejor de los casos, la praxis de una contradicción en sus propios términos. Es verdad que Lenin, Mao Tse-tung o Kim Il-sung, durante sus respectivas instancias en Occidente, llevaron a Oriente las ideas socialistas. Pero, al implementarlas, era inevitable que se impusiera el peso de sus milenarias tradiciones históricas y culturales. Marx fue revestido con la casaca de un zar, o con la toga de seda de los emperadores chinos. El socialismo se hizo “Turco”, diría Maquiavelo, autocrático, ajeno a las libertades civiles. En una expresión, dejó de ser socialismo, por lo menos tal como lo habían concebido sus fundadores europeos.

Hay algo patológico en quienes persisten en la ignorancia. En Alemania e Italia se intentó consolidar un modelo político autocrático, totalitario, de clara ascendencia orientalista. Se le denominó “nacional-socialismo”. Occidente tembló, y vino la guerra. Hubo sangre, sudor y lágrimas. Al final, el desquicio llegó a su fin, pero la amenaza de una renovada batalla de las Termópilas se hizo inminente.

En nuestros días, América Latina ha sido infestada por ese totalitarismo orientalista. Detrás de las baratijas chinas se ocultan estrategias y propósitos bien definidos. Por fortuna, en los últimos años, la sensatez se ha venido imponiendo. Y a pesar de la siembra populista, que solapa al despotismo, poco a poco se percibe el rechazo a las pretensiones de transmutar el quehacer político en un negocio de sindicatos criminales. En la historia, camino de la libertad es un pesado calvario.

Definir “lo que es” es la tarea principal de la filosofía. Parmenides, el penetrante filósofo de la antigua Grecia y primer exégeta del Ser, lo definió mediante lo que él no es. El Ser no nace ni muere; dice el eleata. No fue ni será; no tiene ni antes ni después; nada se puede pensar ni decir de él que ya no sea; no es divisible, ni heterogéneo, ni indefinido. Así, el ser se define en su identidad con el pensar por medio de su negación, dado que el Ser es en cuanto que el no-Ser no es. Siguiendo el ejemplo parmenídico, tal vez convenga intentar, por una vez, una redefinición del significado del Ser del socialismo por medio de lo que él no es.

Un ejemplo, quizá, permita comprender este entramado ontológico. Es natural pensar que no-Ser de izquierda es Ser, lógicamente, de derecha. Cuestiones de mera tautología, se dirá, o de exquisiteces lingüísticas. Pero, en realidad, no-Ser de izquierda es Ser intolerante, no concebir respeto ni por la diversidad ni por el disentimiento. No-Ser de izquierda es ser inflexible, rígido como las piedras, disecador profesional de ideas o, más bien, la negación misma de toda idea. De ahí su constante deseo de querer que nada cambie, su reaccionaria añoranza de la permanencia, su irrefrenable inclinación por el conservatismo y por los cuadernos cuadriculados, como reflejo fidedigno de sus disecadas bóvedas craneanas.

No-Ser de izquierda es creer que la justicia y el derecho los dicta -lo impone- el sagrado interés del jefe-único, indiscutible y absoluto, ya que Él y sólo Él es la expresión del poder en cuanto tal, la sustancia-atributo devenida persona, el sujeto-objeto resurrecto, el ungido en carne y sangre. Ni el consenso, ni la democracia, ni la pluralidad, ni la participación cuentan, a menos que semejantes derechos sean decretados -¡oh!- como un acto caritativo, una gracia de su suprema majestad, lo que para toda tiranía resulta insostenible.

Decía Octavio Paz que “las cosas estarían mejor si Marx hubiera leído a Hölderlin”. Sin duda, el gran poeta alemán fue un hombre de progreso. En su Hyperión, Hölderlin hace afirmar a uno de sus personajes: “¡que cambie todo a fondo!”. El cambio, no la forzada quietud –y aquí cabe pensar más en Heráclito que en Parménides- es sinónimo del “Ser de izquierda”. Muchos creen serlo, a pie juntillas. Pero, como dicen las Escrituras, “por sus hechos los conoceréis”.

22/02/2024:

https://www.elnacional.com/opinion/ser-socialista-hoy/

viernes, 13 de mayo de 2022

Lumpanario

DEL  LUMPEN

José Rafael Herrera  

“Those who do not remember the past 

are condemmed to repeat it” 

George Santayana

(Life and Reason)

La palabra “lumpen” tiene su origen en la voz alemana Lumpenproletariat. Su traducción literal al español es “proletariado en harapos”. Se trata de un término acuñado por Karl Marx, primero, en la Ideología alemana y, más tarde, en el Dieciocho de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte. El lumpen es definido por Marx como ese grupo social que, aunque proviene del campo, vive en los márgenes de la ciudad, en las que intenta mejorar su suerte. Y en ellas va formando los llamados “cinturones de miseria” que las circundan. De hecho, son individuos socialmente degradados, carentes de formación, que viven del día a día, a la espera de un afortunado zarpazo. Su subsistencia depende o de la caridad, pública o privada, o de labores genéricas puntuales o de la prostitución o del crimen. Carentes de medios de producción e incapacitados para asumir los requerimientos técnico-instrumentales que impone el mercado laboral, su conciencia social, ciudadana, resulta inexistente. Ha sido reducido al instinto primitivo de sobrevivencia. Sus móviles son el resentimiento y la venganza. Estas son las palabras de Marx: “vástagos degenerados y aventureros, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, caldereros, mendigos”. Fueron ellos los que marcaron la pauta durante el mandato de “el sobrino del tío”, Luis Napoleón Bonaparte. Y son quienes hoy hacen las delicias del “ahijado de Il Padrino”, Nicolás Maduro.

La cuestión de la educación estética no es cosa de “segundo plano”, aunque muchos no lo comprendan y, por eso mismo, le resten importancia. Como dicen las Escrituras, “conocimiento implica dolor”, porque mientras más se sabe más se sufre. Es bien conocido el papel preponderante del Pathos en la teoría platónica del conocimiento. Hegel, pensador de la libre voluntad como resultado de la historia, retoma las pulsaciones del mundo clásico antiguo cuando sostiene que “las cosas vivas tienen, respecto de las no vivas, el privilegio del dolor”. De ahí proviene el hecho de que el saber implique responsabilidad. La condición adulta del saber es propia del compromiso de todo ciudadano libre. El saber se identifica con la libertad. Pero la libertad es el resultado de una ardua y dolorosa conquista, que implica la necesidad de asumir un alto grado de responsabilidad, del estar consciente y en plena posesión de la necesaria madurez que, no obstante, muchos nunca llegan a alcanzar, precisamente a consecuencia de la ignorancia que, no pocas veces, es inducida por quienes sustentan el poder. Y así como ocurre con los individuos ocurre con las sociedades. Es por eso que el populismo prende tan fácilmente entre quienes no han sabido cultivar su espíritu. Y a medida que aumenta la pobreza espiritual el lumpen gana terreno y se va sintiendo a sus anchas.

La pretensión de sustituir el saber por las meras representaciones es sinónimo de osadía pueril, de volubilidad y maleabilidad, pero, sobre todo, de servil heteronomía. Son esos los infantes, sargentones cuarteleros, dispuestos -al modo de Eichman- a obedecer “cumpliendo instrucciones”, sin razón que los asista, a no ser la exclusiva “razón” que dan los billetes verdes manchados de sangre. Son los que “se las saben todas”: los sabihondos sin estudio ni formación, los repetidores de frases hechas sin causa ni fundamento; o los que lanzan políticos al vacío y disparan a discreción con macabra frialdad, con absoluta indiferencia. Son los que llegan a creer que “el pueblo” son los cuatro o cinco compinches del barrio, los mal-andros (hombres de mal), alegres cómplices de sus felonías. La ignorancia es cándida, “feliz”, precisamente porque no sabe. Poner el destino de lo que fue un país en manos de los “más alegres”, los más indiferentes ante el dolor, los “milicianos” del régimen -¡oh, vergüenza!-, para formar el “coro de vicios” al que pomposamente osan llamar “Estado”, produce, más que preocupación, un profundo dolor, una profunda indignación.

Las mamarrachadas no pueden ser fundamento más que de la ridiculez. Venezuela no merece seguir en manos de semejantes bufones impíos. Si es verdad que “se saca el pasajero por la maleta”, bastará con soportar alguna de las insufribles alocuciones de Maduro o de Cabello para caer en cuenta de la estrecha relación que existe entre conocimiento y dolor. Hace algunos años, un tal “Cara’e Mango” -salido de las inmarcesibles filas del lumpanato- se ofrecía como ministro para recomponer “los motores” de la economía. Su “logos” consistía en que llegasen completas al barrio las trescientas bolsas “clap” que el régimen enviaba y no las ciento cincuenta que, al final, terminaban llegando. Nel mezzo del camin, Dante dixit, misteriosamente se desaparecía la mitad de la carga. Pero gracias a las gestiones “anti-robo” de las bolsas de alimentos que “Cara’e Mango” ofrecía, no sin conocimiento de causa, el barrio superaría “todos” sus problemas. “Barriga llena, corazón contento”. Primum vivere, deinde philosophari. Después de conocer tales argumentos, se comienza a sospechar que el grave problema que padece Venezuela es, esencialmente, de pobreza espiritual. ¡¿Y quién sabe?! Tal vez “Cara’e Mango”, en virtud de tan arduas gestiones macroeconómicas, pudiese llegar a ser postulado por el gansterato madurista como candidato al premio Nobel de Economía.

Claro que, además de los “Cara’e Mango” y los “Cara’e Tabla” que pululan en las filas del narco-régimen, hay muchos otros de similar tenor y valía, que se proponen decretar el cese de la “guerra económica” y, con ella, de la astronómica estanflación que, como se sabe, provocaron los dueños de los abastos y panaderías -¡esos “grandes burgueses” vinculados con las transnacionales imperialistas!-, con el fin de destruir el “aparato productivo”, el comercio y la banca. El régimen nada tuvo que ver con eso. Un día, Venezuela amaneció sin papel higiénico, sin que todavía se tenga noticia de lo que pasó. Y de ahí en adelante los productos de consumo comenzaron a ser devorados por algún hoyo negro, tal vez puesto sobre la geografía venezolana por el imperialismo. No fue Chávez, ni Maduro ni sus secuaces. Simplemente, “alguien” -el “enemigo externo”- destruyó la economía del país. Y menos lo son de la más escalofriante y aterradora corrupción que haya tenido el ex-país en toda su historia. ¡No señor!, fueron los tenderos, los panaderos, los fruteros, los ferreteros, los farmacéuticos, para no decir de los mecánicos, entre otros, quienes, junto con “el Pelucón”, y su macabro plan terrorista de desabastecimiento, crearon toda esa “sensación de crisis” inflacionaria que, en realidad, muy en el fondo, nunca existió. Y menos ahora que “Venezuela se arregló”. Porque la verdad es que la hubo, pero, en realidad, nunca la hubo. Y si la hubo, a consecuencia de la “guerra económica”, ¿cuál es el problema? ¿Cuántos países se pueden dar el lujo de tener como presidente a “Superbigote”? A la larga, todo se resolverá, desde los problemas del robo de los cables del “ferro”, pasando por “el tema” de la gasolina, las comunicaciones y la interconexión, el “sabotaje eléctrico”, el suministro de agua, la aprobación del “salario único”, la industria del secuestro, la definitiva desaparición de esa chocante meritocracia y de la autonomía universitaria, la dotación de medicamentos para los hospitales, la repartición de lo que queda de propiedad, la recolección de la basura en todas las ciudades y pueblos, el transporte público, la potabilización del río Güaire, el golpismo mediático que aún persiste, los cráteres en calles y aceras, el olor a orine. O sea, todo, “hasta el infinito y más allá”. Y, por supuesto, finalmente tendrá lugar el fin de la historia, el último gran episodio de la última y definitiva satrapía de la historia patria. Parafraseando Kant: “del lumpanato que nos libre Dios, que del populismo me libro yo”.

Fotografía: https://panampost.com/sabrina-martin/2019/04/01/maduro-colectivos/

12/05/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/del-lumpen/

jueves, 17 de marzo de 2022

Aula encubierta

AUTONOMÍA UNIVERSITARIA Y TOTALITARISMO

José Rafael Herrera 

Desde hace ya algún tiempo, se ha vuelto lugar común entre los venezolanos la afirmación según la cual las universidades nacionales o autónomas sólo han servido como puente de ingreso clandestino para la promoción y adoctrinamiento de las ideas y valores característicos del totalitarismo comunista, así como para albergar en sus aulas, bajo el cobijo de la autonomía universitaria, a la militancia comprometida con los movimientos de insurrección y subversión de izquierdas que, tarde o temprano, terminarían colocando “los puntos sobre las íes” en la lápida de la institucionalidad democrática del país. Tanto ha calado esta convicción en la opinión pública nacional que se ha llegado a afirmar que prácticamente, desde los inicios del siglo XX, esta ha sido la causa de los problemas que ha ocasionado la autonomía, al punto de que, por ejemplo, la llamada Generación del 28 no sería más que una generación formada mayoritariamente por comunistas, como también lo sería la Generación del 58, para no hacer obvias referencias de las subsiguientes, las cuales, en no poca medida, sirvieron de inspiración a la plataforma ideológica y estratégica, primero, del régimen de Hugo Chávez y, poco más tarde, al de Nicolás Maduro.

Se entrelazan, de este modo, dos términos que, en estricto sentido, no solo son recíprocamente incompatibles sino que, en última instancia, se puede afirmar con propiedad que, entre ellos, existe una profunda contradictio in terminis. Quizá sean lazos tejidos con la mejor de las intenciones. Y es indudable que tales presuposiciones encuentren sus fundamentos en una percepción de oídas o en las representaciones que se derivan de la mera experiencia, o incluso de cierto modo de conocimiento que concibe las causas y los efectos como el significado propiamente dicho de la verdad. Todo lo cual se lleva adelante con la mejor de las intenciones, pues se trata del contribuir con una solución definitiva, que corte por lo sano y coloque a los futuros egresados de las universidades lo más lejos de las ideologías políticas y lo más cerca de la verdadera formación y del verdadero conocimiento, porque la ciencia, en cualquiera de sus especializaciones, es neutra, impolítica, y nada tiene que ver con las malformaciones hechas por los políticos, y muy especialmente por los comunistas. Tómese en cuenta que la barbarie no es exclusiva de un determinado período de la historia, que retorna, en medio de los “corsi e ricorsi”.

Ya se sabe lo que dice el adagio: de buenas intenciones -y de buenos deseos- está hecho el empedrado que conduce directamente a las pailas del infierno. Y no cabe duda de que, como decía Platón, la mera opinión (la «doxa»), si bien puede ser fuente de la verdad, suele ser, la mayor parte de las veces, el fulcro de medias verdades o de verdades a medias, las cuales, tomadas como absolutas, cabe decir, como dogmas y leyes rígidas, contribuyen al fortalecimiento de los fanatismos, de los que surge la inclinación por la satanización y, con ella, los “santos oficios”, las idolatrías por los Torquemada y los Savonarola, expertos en la construcción de las “hogueras de la vanidades”.

Lo que en todo caso conviene comprender es que una universidad que carece de autonomía no es una universidad. Podrá tener cuantiosos recursos, un formidable plantel académico, o los mejores espacios, equipos e instrumentos técnicos de primer orden o de última generación. Pero no por eso será una universidad en sentido enfático. “¡Sapere Aude!: ten el valor de usar tu propia razón”, decía Kant. Lo que el lego repite infructuosamente, cual slogan, cual frase brusca y hueca, sin el menor esfuerzo de reconocimiento, identificando la vida universitaria con una “casa” que se ocupa de “vencer las sombras”, dista infinitamente de aquello que el Libertador supo comprender, por cierto, políticamente. No son “las sombras” que, técnica y metodológicamente, el entendimiento abstracto se afana en querer iluminar con sus tools box y sus linternas, ahí, entre las formas de la racionalidad instrumental, sea del derecho, la odontología, la medicina, las humanidades, las ciencias sociales o la ingeniería. Lo que sin duda es importante, aunque no suficiente y, mucho menos, adecuado. La “sombra” a la que se refería Bolívar, padre de la universidad autónoma y republicana, es la heteronomía, es decir, la dependencia de una voluntad impuesta, ajena, extraña, que pretende imponer sus formas y criterios muy por encima de las propias capacidades, del propio esfuerzo, de la propia racionalidad. Es, en suma, la imposición del totalitarismo sobre la inteligencia, sobre el estudio y la investigación, que van labrando el propio camino. Nada más sagrado que una universidad que no solo sea, desde el punto de vista técnico-instrumental, competente, sino que, sobre todo, sea capaz de formar auténticos ciudadanos, personas de bien, con clara consciencia civil de la necesidad. Y es que eso es, por cierto, la libertad: el tener el valor de asumir, madura y responsablemente, el propio camino, por más obstáculos que se le puedan presentar.

No es evitando la introducción en temas y problemas ideológicos, culturales, políticos y sociales como se construye un auténtico recinto universitario. Todo lo contrario, la función de la institución universitaria consiste, esencialmente, en contribuir con la resolución de los problemas fundamentales del país. Aislar la vida universitaria de la polis, separar la continua formación de la comunidad académica de los grandes debates constitutivos del horizonte problemático del presente, pretender que la discusión y la conformación de las propias convicciones perturban o enrarecen la forma mentis de su estudiantado, no solamente es un absurdo, es una aberración. Significa, además, la desnaturalización de aquello que le ha dado sentido y significado a la gesta independentista que echó las bases de la historia republicana de Venezuela. Más bien, convendría decir que todo lo que no es autonómico es totalitario. Por el contrario, uno de los grandes esfuerzos que debe emprender la universidad del presente consiste en recuperar plenamente la cultura de la autonomía. Quizá el más grande desafío de la universidad autónoma consista en hacer que la posverdad -neo-totalitaria por excelencia- declare su propia bancarrota. Una nueva ilustración está por nacer en medio de la crisis que agobia a este siglo de pandemias, populismos y veneraciones por lo privado. Frente al pensamiento débil, la defensa de la autonomía es la clave suprema para salir de la sombra.

Fotografías: LB (UCV, 08/02/2022).

17/03/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/autonomia-universitaria-y-totalitarismo/

domingo, 27 de febrero de 2022

Weltanschaunng caribeña

DE VILLANÍAS Y MEDIANÍAS

José Rafael Herrera 

No resulta fácil ponderar la profundidad de los daños que cierto tipo de telenovelas -obviamente, las más populares, las de mayor raiting- pudieron haber ocasionado sobre la consciencia social de los venezolanos. No hace mucho tiempo, la selección de fútbol venezolana -la “Vinotinto”- debía enfrentar a la selección chilena -la “roja”. Días previos a la confrontación deportiva, en Chile, los medios de comunicación anunciaban el partido bajo la siguiente premisa: “Ellos saben de telenovelas. Nosotros sabemos de fútbol”. A pesar de la dureza de la frase, e incluso, a pesar de que tampoco es que los chilenos sean precisamente los mayores exponentes del fútbol en América Latina, algo de verdad retumbaba en los intersticios de aquella mordaz, abigarrada y, sobre todo, vanidosa consigna de quienes finalmente terminarían aprendiendo a hablar -no sin ciertos bemoles- el idioma español gracias a don Andrés Bello.

Desde el comienzo de los años sesenta del siglo pasado, poco después de que comenzaran a llegar los primeros exiliados cubanos a Venezuela, Diego Cisneros fundó Venevisión, con lo cual una suerte de Weltanschaunng caribeña, heredera tropical de Corín Tellado, se fue abriendo espacio y tiempo en territorio venezolano. La primera novela que transmitió el canal se llamaba La cruz del diablo. Ya para 1965 la estación televisiva emitía 18 de los 20 espacios de mayor audiencia en Venezuela. Y en 1971, la telenovela Esmeralda, escrita por la cubana Delia Fiallo, protagonizada por Lupita Ferrer y José Bardina, se había convertido en un auténtico acontecimiento nacional. Como en su tiempo lo fue, sin duda, El derecho de nacer, de Felix Caignet, protagonizada por Conchita Obach y Raúl Amundaray -“Albertico Limonta”-, que comenzó a ser transmitida en 1965 por el canal de la competencia, RCTV. Una telenovela que duró, nada menos, que 600 capítulos. De ahí en adelante, y no sin razón, los jocosos caraqueños comenzarían a llamarlas “teleculebras”. Y no sólo por su longitud, por cierto, sino, además, por sus enredos, torciones, intrigas, “colmillos” punzantes y por el respectivo “veneno” administrado. Todo lo absolutamente extraño a un mínimo de buen sentido y, por supuesto, de sentido estético. Desde entonces, la gran industria de la pobreza espiritual fue marchando “a paso de vencedores”.

Con los años, las cosas se fueron empeorando, y el perfeccionamiento de la villanía como modo de ser fue concreciendo. Las “malas” o los “malos” se hicieron de un nombre, hasta transformarse en modelo de vida de todo aquel que aspirara a abrirse paso en la vida, no precisamente por las calles del medio sino por los atajos o los “caminos verdes”. Por fortuna, hubo toda una generación entera de escritores que, más que raiting, dejaron un mensaje de ciudadanía, ubicado muy por encima de los grotescos embrollos y la vulgaridad. Los trabajos dejados por José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia, César Miguel Rondón, César Bolívar, Pilar Romero, Julio César Mármol, Boris Izaguirre, Carolina Espada, Leonardo Padrón, entre muchos otros, dan cuenta de ese importante esfuerzo por salir de la interminable pesadilla sembrada, que en mucho afectó -y logró colmar de pasiones tristes- la idiosincrasia de los venezolanos.

Un ejercicio interesante consistiría en imaginarse a ciertos dirigentes políticos de hoy en su pubertad, sentados en el sillón frente a la tele, con su gorrita tricolor y sus “chancletas de la victoria”, viendo -¡y aprendiendo!- no del Rey Lear, Macbeth, Hamlet, y ni siquiera de la Doña Bárbara de Gallegos o del Boves el Urogallo de Herrera Luque, sino nada menos que del estribillo de trapisondas de Leonela, Topacio, Cristal o Paraíso. He ahí las “obras completas” de unos cuantos “líderes” del gansterato y de la llamada “oposición”, los mismos que no tienen ni la menor idea de lo que significa ese concepto de origen aristotélico, por cierto. ¿Alguien podría imaginarse a Nicolás Maduro o a Diosdado Cabello leyendo a Shakespeare, a Lope de Vega o a Goethe? ¿Alguien, en su sano juicio, podría representarse al “doctor” Bernal acariciando las páginas del Tratado sobre la tolerancia de François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, o el Tratado Teológico-Político de Spinoza?

Pareciera que la actual situación que padece Venezuela es asumida por su dirigencia política en clave de la peor telenovela. Su modelo puede instintivamente saltar desde la buena y humilde campesina -o campesino- venida -o venido- a la ciudad en busca de oportunidades y, por supuesto, del “amor verdadero”, hasta el papel de “la mala” -o el villano-, una “bicha” -o un “bicho”- intrínsecamente malvado. La maldad por naturaleza, generadora de la desgracia de sus potenciales rivales, capaz de hacer “lo que sea” para verlos arrastrados ante sus pies, suplicando piedad, mientras muerde el polvo. De ahí a arrojar a un concejal por la ventana de un décimo piso no hay, en el estricto sentido de la retorsión, mucha distancia. O presidir la resistencia estudiantil para terminar haciendo el papelazo de burócrata del gansterato en las medianías universitarias. Cosas de la concupiscencia telenovelezca, efímeras, propias de toda ficción de poder. Los unos porque son fascistas, pero se niegan a reconocerlo. Los otros porque también lo son, aunque no lo sepan. La conciencia dice lo que no sabe y sabe lo que no dice, observaba Hegel.

Caso de excepcional mención merecen los villanos de la oposición “radical”, los “puristas”, los managers profesionales de tribuna, liberales “desprendidos”, que imaginan formar parte esencial de una gran cruzada cívica y nacionalista, de una epopeya hecha de los retazos que brotan de las medianías espirales de sus teclados, al que conciben como núcleo central de una suerte de teodicea infinita. “Without merci!”. Inteligentes, sin duda. Pero hábilmente falaces. Son los expertos en “revelaciones”, los que sólo logran ver sombras, oscuridad y gatos pardos en la noche, los remedos de los Schelling,  los Schopenhauer y los Nietzsche del presente. Los mejores aliados del totalitarismo. Terroristas cómodos y a ratos ingenuos. Villanos snug, maniqueistas de papel maché, que ni por un instante se atreven a decir del régimen gansteril lo que gritan de viva voz contra quienes consideran como sus enemigos, a quienes califican de “oposición blandengue”. Forman, en suma, la villanía de la medianía. Cuando la visión del mundo de un país está mediada por la truculencia de sus peores telenovelas, las cosas sólo pueden llegar a tener un “final” de yeso, pero no de mármol. De ahí la necesidad de recomponer las ideas y los valores. ¡Vaya daño el de los mass media, sus ratings y sus “culebrones”!

Fotografía: Marina Baura y Raúl Amundaray, tomada de la red.

24/02/2022:

jueves, 17 de febrero de 2022

De sí y de los demás


ACERCA DEL AMOR Y LA MISMIDAD 

José Rafael Herrera  

 A mis buenos amigos, José Luis Villacañas, Alexander Carrodeguas y Esteban Higueras.

“¿Qué es el infierno? Yo sostengo que es

el sufrimiento de ser incapaz de amar”.

Fiodor Dostoyevski

Los tiempos que corren parecen inclinarse hacia la exigencia de la hegemonía de los derechos individuales por encima de los ideales de una comunidad cada vez menos constatable y etérea. El “amor propio” se revela como el desamor hacia los demás. “Los otros” son, de hecho, una masa informe e intangible, apenas un recuerdo de los tiempos pre-virtuales y pospandémicos, que amenaza con su pesado fardo de deberes y compromisos, que no solo limitan las -ahora- inmensas potencialidades individuales sino que, además, representan una auténtica perturbación para la mismidad, una potencial forma de sometimiento y aplastamiento del yo privado, de eso que los psicólogos no dudan en llamar la “autoestima”. Es verdad que, en más de un sentido, la lucha por la preservación de los derechos individuales es hija legítima de la cultura occidental, toda vez que surgió, precisamente, como rechazo consciente a la ciega obediencia y consecuente sumisión que caracterizan al difuso “hombre-masa” propio de las ancestrales tiranías orientalistas. Precisamente, en su simplicidad -en su abstracción- se funden las más diversas y complejas apetencias y voliciones de los individuos, devenidos una masa genérica y uniforme, oprimida e impotente, sobre la cual se erige la exclusividad del “uno libre”, el déspota, el autócrata, el emperador asiático o el zar ruso. De ahí que pareciera estar plenamente justificada la exigencia posmoderna de cultivar “lo privado” y concentrar la inclinación, más que el amor hacia los demás, en la mismidad como garantía de las libertades individuales. El resto es “liquidez”, al decir de Bauman.

La mal comprendida relatividad de todo parece olvidar que mientras menos absoluto sea el amor hacia el otro más relativo terminará siendo hacia el sí mismo. En el siglo de las formas vaciadas de todo contenido, la palabra amor, al ser pronunciada, tiene el sonido de una moneda de cartón. Think different, el lema creado por Steve Jobs para promocionar el uso de los procesadores Apple, tuvo como objetivo central representar la lucha abierta y directa de los individuos frente a las pretensiones totalitarias de “unificar el pensamiento”, incluso antes de la efectiva llegada -ya anunciada por Orwell- del emblemático 1984. Resultado del triunfo y consolidación del principio de reproductividad técnica como sistema central de las nuevas relaciones sociales de producción en la era de la industrialización avanzada, Jobs advertía la pretensión, por parte de los grandes monopolios comunicacionales, de conducir a la humanidad entera hacia el callejón sin salida de la “purificación de la información”, creando “por primera vez en la historia” el “jardin de la ideología pura”, en el que “cada trabajador puediera florecer protegido de verdades contradictorias y confusas”. Pues bien, paradójicamente, el propósito de Jobs no sólo terminó siendo presa sino, además, formando parte transustanciada del gran sistema universal de dominio de la era digital. Pronto el “yo” se hizo “nosotros”. La “gran aldea”, creada por el nada imaginario Big Brother, terminaría devorando las exigencias de toda posible libertad individual, de toda mismidad.

El desafiante “verás como 1984 no será como 1984”, concluyó en el más absoluto control de un todo abstracto sobre las partes infinitamente abstractas y cada vez más fragmentadas. Un “tiro por la culata”. El viejo Zenón parece haber tenido razón en la formulación de sus aporías: al cobijo del entendimiento abstracto, y por más que lo intente, Aquiles -el de “los pies ligeros”- nunca podrá remontar a la tortuga, porque a cada paso suyo esta seguirá exponencialmente aumentando la distancia. Cuestiones de matemática infinitesimal. Creer que el poner en manos de cada individuo su “propio destino” será la clave para conquistar la autonomía e independencia absolutas, tiene su remate en la no comprensión del significado concreto de destino, como Bestimmung. Al final, con atónita mirada, se termina constatando el más grande control global al servicio de un poder omnívoro, gansteril. No es “liberándose” de lo público como se consolidan los derechos individuales; ni es desechando el amor hacia el otro como se alcanza el amor propio.

Advertía Schiller, siguiendo a Kant, que la entrega amorosa -premisa de toda vida comunitaria- tiene el riesgo de la enajenación de la propia autonomía. Desde la perspectiva política y social, se trata de la contraposición de comunitarismo y liberalismo. Y, para el entendimiento, se trata de una confrontación insalvable: o se aceptan las consecuencias del amor -y se impone la preservación del todo sobre las partes- o se acepta la preservación de la mismidad -y se impone la preservación de las partes sobre el todo. Y sin embargo, más allá de semejantes fijaciones, en el amor ya se siente la unión -no la unificación, puesto que lo unificado ha sido puesto por la reflexión- de sujeto y objeto. La unión no se sustenta en una unidad estática, originaria, previa, sino que ella es la unidad en movimiento continuo, por lo cual se escinde infinitamente, se particulariza, se determina: crece y concrece, se reconoce y reconcilia consigo misma. Como afirmara Hegel, en el amor “la vida se reencuentra con una duplicación y como unidad concordante de sí misma”. El amor sólo puede reafirmarse como amor al multiplicarse. Sólo así puede producir su más plena unidad diferenciada. Lo unido por oposición tiene que ser comprendido en virtud del todo, pero el todo no lo precede, porque el todo es su desarrollo. Ni el amor ni la mismidad se deducen ni son compartimientos estancos. Tampoco se trata de entes inamovibles. Más bien, se trata del Espíritu, comprendido como una “comunidad de seres libres”. Cuanto más se da sin pedir nada a cambio más se tiene, decía Shakespeare.

No se pueden comprender amor y mismidad sino en virtud de su devenir, de la recíproca oposición de los amantes entre sí, como unidad orgánica, diferenciada, de cada uno de los términos. Una unidad que ni es anterior ni es exterior a los amantes, porque los opuestos, para poder ser opuestos, tienen necesariamente que estar en relación de unidad. Cada amante es una parte y es un todo. Es lo finito y lo infinito, lo relativo y lo absoluto, la unidad y la no unidad. Lo que la historia de la filosofía define como “amor” deviene Espíritu, precisamente porque los términos de la oposición que constituyen la relación conforman la inseparable unidad de la unidad y de la no-unidad. Lo positivo y lo negativo, siendo términos opuestos, están determinados por su otredad. Por eso incluyen en su seno el concepto de su recíproca relación. Como afirma Spinoza, “toda determinación es una negación”. Ni el amor propio excluye el amor al prójimo ni el amor al prójimo excluye el amor propio. No se trata de la alternatividad de los términos, que responden a la exigencia de una unificación prestablecida y fijada por la sociedad de consumo, a través de un tercer término, un “ser” abstracto e indeterminado. Más bien, se trata del desarrollo, del venir-en, del devenir, del infinito desplegarse de todas sus determinaciones.

17/02/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/acerca-de-amor-y-mismidad

jueves, 3 de febrero de 2022

De la (anti) política, lo (anti) político y los (anti) políticos

¿QUÉ ES LA ANTIPOLÍTICA? 

José Rafael Herrera 

En el conocido Prólogo a la Contribución para la crítica de la economía política, Karl Marx sostiene que “el modo de producción de la vida material determina el proceso de la vida social, política y espiritual en general”. Lo que se es se identifica con lo que se hace y con el modo como se hace. Ser es hacer. La vida es un hacer continuo y las formas como los hombres conciben su modo de vida depende de lo que ellos mismos sean capaces de hacer. Una frase compendia sus conclusiones: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia”. Esa es la razón por la cual el ser sin más, en su simplicidad, el ser a secas, no es, porque todo ser es en cuanto que es social, en cuanto que es hacer, es decir, en cuanto que es histórico, político. Verum et factum convertuntur reciprocatur, al decir de Vico.

“Todo es político”, advertía Gramsci en sus Quaderni, incluso lo es el no ser político, el  concebir-se (o creer-se) a sí mismo en la no-politicidad o en la anti-politicidad. Ya lo había advertido el mismísimo Shakespeare, al referirse a aquellos artistas que, no sin cierta vanidad, creían poder mantenerse ajenos al quehacer político de su tiempo, presos -como diría sir Francis Bacon, autor del Novum Organum– de los “idola theatri”: “Todo arte que pretenda ser auténtico tiene que ser la necesaria expresión de lo político”. En suma, el ser social, históricamente considerado, por razones inherentes a su propio devenir, a su naturaleza histórica, no puede prescindir de esa su condición sustancial: la de ser zoon politikón, un “animal político”. El resto es imaginatio: son “el cazador o el pescador solos y aislados”, que “pertenecen a las imaginaciones desprovistas de fantasía que produjeron las robinsonadas diesiochescas” y su malentendido ‘retorno a la vida natural’. “Nadie -cita Hemingway a John Donne- es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra”. Y todavía más: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Más interesante todavía pareciera ser el camino del recorrido inverso, cabe decir, el camino de aquel que, al mejor estilo positivista o nihilista -da lo mismo-, convencido del preponderante y superior papel de la política en y para la vida de los hombres, y presuponiendo, como todo auténtico “especialista”, que la política sólo puede ser el producto de la exclusiva labor de la techné, propia de la dirigencia partidista, considera que quien tenga el atrevimiento de opinar sobre una determinada situación política sin ser “político” es, para decir lo menos, un estulto, un ignorante, un perturbador del «orden natural de las cosas» y que debería, por el bien general, guardar las distancias, o más específicamente, mantenerse alejado de este tan especial y supremo oficio.

Sorprende sobremanera cómo el muy diligente detractor de la «antipolítica» acostumbre mostrar hasta “las costuras” los graves inconvenientes que, a lo largo de estos años, ha venido causando la intromisión de esta suerte de “irresponsables” que, «sin conocer las hierbas», se consideran en plena capacidad de hacer los más osados “hechizos” de toda posible tonalidad, como si fuesen auténticos expertos en las «esotéricas» artes de la Politeia. El profesor Albus Dumbledore, maestro de “el elegido” Harry Potter, se quedaría pasmado ante semejante atrevimiento. En síntesis, y según la opinión de estos expertos, son ellos, los «antipolíticos», esos irresponsables detractores del oficio político, los genuinos culpables de que, hasta la fecha, la “oposición” al régimen gansteril no haya podido concretar el triunfo en sus intentos por instaurar un régimen de libertades, democrático, justo y próspero en Venezuela.

Tal vez, en estos argumentos haya algo -o incluso mucho- de razón. “Zapatero a su zapato”, como dice el refrán. Nadie podría cuestionar el hecho de que, así como para dedicarse a la medicina o a la ingeniería es menester aprender al detalle las técnicas propias del oficio, de igual modo quien se dedica exclusivamente al conocimiento de la praxis política debe ser el más indicado para ejercer la difícil tarea de confrontar el gansterismo, esa fase superior del totalitarismo, revestido de una extravagante ideología de neo-izquierda y experto, por demás, en la manipulación de los más cándidos sentimientos de las clases desposeídas. Son ellos, en consecuencia, los llamados a diseñar la carta de navegación que haga posible el reencuentro del país consigo mismo. Pero, precisamente por ello, no se comprende bien cómo es que pudo surgir la antipolítica, no solamente la que hizo posible la llegada del lumpen al poder, sino también la que ha venido generando esa inconveniente e irracional «perturbación» a lo interno de la llamada “oposición”.

Pareciera necesario, pues, hacer algunas consideraciones que contribuyan a la comprensión del cómo y por qué pudo haber irrumpido en la escena pública la antipolítica, cuál es su origen y cuál es la razón de su caprichosa y extravagante presencia, tomando en cuenta el hecho de que antes del secuestro perpetrado por el cartel, se supone, los políticos venían ejerciendo sus funciones, y que durante el presente no pocos han sido los intentos de construcción de un gran movimiento político de unificación de las más diversas tendencias y militancias partidistas, verdaderos «mosaicos» -o piezas de un rompecabeza- con los cuales se pretende generar el «efectivo» movimiento de cambio que requiere el país. Es como si en un hospital en el que sobraran médicos de las más variadas especialidades se incrementaran irrefrenablemente las patologías. Cosa extraña, que debería llamar la atención de las autoridades del hospital en cuestión.

En otros términos: ¿será que la antipolítica surgió de la nada? Pero, por una vez: ¿no fue Aristóteles quien afirmó que de la nada no surge más que la nada? O, para decirlo en clave estrictamente ontológica: ¿no será la antipolítica la hija legítima del tradicional modelo de hacer política? Da la impresión de que la posición asumida por los “especialistas” en política es tan antipolítica como la de sus detractores. De hecho, la antipolítica bien puede ser definida como la inversión reflexiva -abstracta- de la política, su contra-cara. Y quizá eso explique, en parte, los saltos de “talanquera”, la “fuga” de los “alacranes” o la deserción de los pobres de Espíritu. Y es que los políticos de oficio, al negarse a reconocer la cada vez mayor -y más preocupante- consistencia de la antipolítica, terminan asumiendo la misma función que ejercen los antipolíticos en su contra. De suerte tal que el uno queda sorprendido como el claroscuro del otro. Cada uno se devela como “el otro del otro”, en el que el uno y el otro devienen idénticos. Sin reconocimiento no hay conocimiento, decía Hegel. Para que el país se reconozca, se requiere, en primer lugar, que la llamada “oposición” se reconozca a sí misma, que deje de lado los prejuicios, los viejos hábitos, y construya una novedosa red hegemónica que ponga fin al secuestro hamponil. Para ser una auténtica oposición es indispensable comprenderse como lo distinto de la criminalidad. Sin ideas «claras y distintas» no hay ni técnicas ni especializaciones que valgan de mucho, ni políticos ni antipolíticos que resuelvan el grave escollo en el que se encuentra inmerso lo que va quedando de país. La construcción de un nuevo modo de ser y pensar (que es un nuevo modo de hacer) es la verdadera prioridad. La formación cultural -esa que trasciende los límites de la política en minúscula- pareciera ser, de hecho, la tarea primordial.

03/02/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/que-es-la-antipolitica/ 

Breve nota LB: Fotografías, LB.  Recuerdo aquél enfoque sobre la #Antipolítica de un amigo, años atrás: es como una biblioteca de libros en uso, amontados, repleta de razones a discutir, pero que disgusta a quienes la desean ordenada, inútil, vistosa, ajustada al Feng-shui de sus banales existires.

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY