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domingo, 7 de junio de 2026

Comunión

PAN PARA CELEBRAR LA FIESTA

(San Juan, 6: 51-58)

José Enrique Galarreta

Dando por comentado en anteriores homilías el tema central de este capítulo 6º de Juan, atendemos a aspectos complementarios.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, es una pregunta demasiado lógica. No nos cabe en la cabeza que nadie haya pensado nunca en masticar la carne física de Jesús, ni en chupar físicamente su sangre, ni que sus interlocutores lo pensaran. Sin duda, el evangelista está haciendo una pregunta retórica, para tener ocasión de insistir en el mensaje.

Es significativa la repetición de la expresión "comer mi carne y beber mi sangre" (cuatro veces en tres versículos, más otras expresiones semejantes en el contexto inmediato).

Se está iniciando el final del episodio: el rechazo de los interlocutores y la insistencia de Jesús en que él es el alimento y la bebida enviados por el Padre. Éste será el tema del próximo domingo.

El que se alimenta de este pan tiene vida eterna

"No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron". Alimentos para la vida, alimentos para la muerte. Cebar la carne para que se pudra más materia, alimentar el espíritu para que todo sea eterno.

Es un acto de fe en el ser humano lo que se nos pide al creer en Jesús. Es un acto de fe en que el ser humano es mucho más que carne, que posesión, que placer, que venganza, que poder ...

Desde el capítulo 2 del libro del Génesis se proclama que el ser humano es barro, pero con espíritu de Dios, que tiene el mismo aliento con que Dios respira.

Jesús viene a alimentar el Espíritu. Jesús viene a que vivamos con Espíritu, alentados, elevados por el Viento de Dios muy por encima de las permanentes insatisfacciones de nuestro barro.

Se alimenta de Jesús "el espíritu", no "la carne". El espíritu es lo que tira para arriba, la carne lo que tira para abajo. "Arriba y abajo" tienen el mismo significado que en la fiesta de la Ascensión; en definitiva, hacia la plenitud en Dios o hacia el fracaso vital.

Espíritu significa siempre viento, volar, ascender, navegar, alentar, animar.... Carne significa siempre corrupción, provisionalidad, pesadez, conformismo, gravedad, peso.

La carne de Jesús

El cuarto evangelio, que a tantos (incluso de los mejores teólogos de la iglesia) ha inducido – por leer mal – a un docetismo alarmante, haciendo concebir a Jesús como un ser divino con apariencia humana, es sumamente explícito y cuidadoso en afirmar su humanidad verdadera, real, indispensable. La carne y la sangre son la humanidad, la carne y la sangre hacen evidente la realidad humana, carnal, sólida, tocable, mortal.

La carne y la sangre son la fiabilidad de nuestra fe en Jesús. Si no fuera carne y sangre sería mentira. Si no fuera carne y sangre sería mito. La carne vaciada de sangre que exhibe Jesús muerto, tan cruelmente reseñada por el mismo cuarto evangelio, y tantas veces comentada desde delirios místicos, es ante todo la proclamación clamorosa de la fe en la humanidad. Es esta fe en la humanidad el punto de partida de toda fe. Si no tragamos enteramente la humanidad jamás nos alimentaremos de la divinidad.

Muchos han vuelto a Calcedonia para volver a insistir en divinidad. Muchos hoy creen alimentarse de Cristo olvidando la carne y la sangre. Muchos han vuelto a descubrir la carne y la sangre, la humanidad de Jesús, como alimento de su fe, como sustento de lo divino de Jesús. Pero solo tiene vida eterna el que se traga la carne y la sangre, la humanidad real de Jesús.

Comer su carne, beber su sangre

¿Habrá alguien todavía tan tonto como para hacer la misma pregunta que el evangelio atribuye a los judíos? ¿Habrá alguien todavía que se imagine que le pasa algo a su espíritu dando un mordisco a Jesús o bebiéndole la sangre? ¿Habrá alguien todavía tan influido por la magia ancestral y el residuo de los mitos primitivos?

Comulgar es todavía para bastantes personas tragarse algo que parece pan pero es Dios. Y desde el estómago o desde cualquier rincón físico de su cuerpo, ese Dios que parece pan actúa, como una tableta de medicina efervescente que en el tubo parece inerte, pero puesta en agua empieza a soltar un sorprendente flujo de burbujas curativas.

Para muchas personas esto es ya simple magia superada, pero para algunas (¿muchas?) otras, todavía es la creencia habitual. Si las líneas anteriores nos han sobresaltado o escandalizado, quizá sea porque necesitamos revisar nuestro concepto de comunión.

Ya hemos tratado en los domingos anteriores sobre lo esencial del tema. Expondremos aquí un aspecto complementario, inducido por la primera lectura y muy central en los evangelios: el banquete, el Reino como banquete, Jesús como banquete. No simplemente como comida, alimento, sino como fiesta y abundancia.

Es un tema que recorre horizontalmente todos los demás de la Buena Noticia, y que olvidamos con demasiada frecuencia. Una nueva Ley, más exigente aún que la anterior no es una noticia demasiado buena. Una renuncia a todo lo que nos atrae para merecer el premio eterno (más aún si es para evitar el eterno castigo) tampoco lo es.

Pero Jesús centra su predicación en dos expresiones similares: la Buena Noticia / el Reino. Y lo expresa en acciones festivas: los discípulos no ayunan "porque están con el novio"; el ministerio de Jesús se inicia en el cuarto evangelio con una boda en que Jesús ofrece el vino en abundancia, significativas parábolas tienen al banquete como clímax... no repetiremos todos los pasajes en que aparece esta idea. Sí insistiremos en el profundo paralelismo de estas expresiones con la parábola del Tesoro, tan medular en el mensaje de la Buena Noticia, y en lo significativo de la primera palabra de cada "bienaventuranza": dichosos.

Lo de Jesús es una fiesta; es de gente bien alimentada, que dispone de agua abundante y vino a discreción, a plena luz, en medio de amigos, disfrutando de la invitación y la presencia del Padre. Esto es una imagen del mundo definitivo, y Jesús alude a ese Banquete definitivo en varias ocasiones, pero es también una imagen de la situación interior de los que siguen a Jesús.

Tener la vida llena de sentido, sentirse liberado de tantas necesidades que no hacen más que encadenarnos, sentirse estimulado por el amor, no por el miedo, saberse querido, útil, necesario, atender a valores válidos para la humanidad entera, vivir comprometido, compartiendo, humanizando y humanizándose, fundar la esperanza de vida eterna en el amor de un Padre...

Y, por encima de todo, conocer a Dios, y liberarse así de todo miedo, al juicio, al pecado, a la muerte, a la propia debilidad.... Vivir así es un regalo indescriptible, estupendamente calificado por Jesús como Tesoro, como Fiesta, como boda con abundancia del mejor vino, como Banquete, como Reino.

A veces, nuestra pequeñez mental pide de Dios simplemente parches para los dolores pasajeros o, peor aún, que nos ayude a conseguir bienes de tierra, de los que esclavizan el corazón y nunca producen felicidad. Si desnudamos nuestras oraciones de petición, probablemente encontraremos en el fondo de todas ellas el deseo de disfrutar de este mundo, de no comprometernos con nadie, de vivir bien aquí sin dolor ni muerte...

Somos desgraciados deseando todo esto y más aún porque Dios no nos lo da. Cambiemos a Jesús. Vivimos para construir el reino, como ciudadanos de la Ciudad Definitiva. Nuestros valores no son de tierra ni para la tierra, aceptamos la misión: y entonces –y solamente entonces– experimentaremos que lo de Jesús es una Estupenda Noticia, un modo de vivir fascinante, satisfactorio, aquí y para siempre.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1440-pan-para-celebrar-la-fiesta.html

Ilustración: Juan de Juanes: 

https://www.ncregister.com/blog/corpus-christi-scriptures-and-art

Breve nota LB: Curioso que Vatican News señale otra lectura, como san Marcos 12, 28b-34.

Padre S. Martín: León CIV en España:

https://www.youtube.com/watch?v=Dbs-TSZPDMI

Monseñor Munilla:

https://www.youtube.com/watch?v=Lw3XSyWhyUs

sábado, 17 de agosto de 2024

Una realidad significada

COMER ES FÁCIL, ASIMILAR ES UN PROCESO COMPLCADO Y DIFÍCIL

(San Juan, 6: 51-58)

Marcos Rodríguez 

A pesar de formar parte de la más antigua tradición, la eucaristía es una realidad muy profunda y compleja; tal vez la realidad cristiana más difícil de comprender y de explicar. No pretendo ni explicarla ni agotar todos los aspectos, sería imposible. Seguiremos el proverbio oriental: “No es preciso que alcances la verdad, basta que salgas de tus errores”.

1º.- La eucaristía no es magia.

Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una  eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía: Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras “mágicas”, obliga a Dios a producir un cambio, “cambio sustancial”, en una realidad material como es el pan y el vino.

Cuando se piensa y se dice, que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

Trento afirma: “La Iglesia designa con el término muy adecuado de transustanciación esta conversión eucarística”. Pero debemos advertir que “sustancia” y “accidente” son conceptos metafísicos; no hacen referencia a ninguna realidad física. Además, esos conceptos no se emplean ya nunca con sentido metafísico.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión.

La comunión es sólo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto.

Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. ¿Qué pensaríais de una persona que ha sido invitada a un banquete y que sentada a la mesa, se queda sin probar bocado?

Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, sino buscando una religiosidad intimista, es un engaño.

3º.- No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo.

En las palabras de la consagración, “cuerpo” no significa cuerpo; “sangre” no significa sangre. Me explico: En la antropología judía, el ser humano no está compuesto por alma y cuerpo (concepción griega).

El hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu.

Hombre-cuerpo, para los judíos del tiempo de Jesús, es el ser humano en cuanto sujeto de relaciones con los demás. El concepto más cercano hoy, sería lo que nosotros llamamos persona.

Cuando Jesús dice: “esto es mi cuerpo”, está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer.

En el caso de la sangre: para los judíos la sangre era la vida. ¡Ojo! No se trata de que fuese símbolo de la vida. No, era la vida misma. Por eso tenían terminantemente prohibido comer la sangre de los animales, porque sólo Dios puede disponer de la vida.

Cuando Jesús dice: “esto es mi sangre, que se derrama”, está diciendo que su vida, no su muerte, está entregada a los demás. Todo lo que él es, está al servicio de todos.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad.

El cura puede decir misa. Sólo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que es lo que significa el sacramento. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro.

5º.- La comunión nos es un premio.

La comunión nos es un premio para los buenos “que están en gracia”, sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios.

Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.

6º.-Lo significado en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don.

El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el verdadero significado que yo tengo que hacer mío.

Queda claro que la eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades a cambio de nada.  Podemos oír misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa como si no hubiera pasado nada.

Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito.

7º.-“Haced esto” no se refiere a que perpetuemos un acto de culto.

Jesús no dio importancia a las ceremonias cultuales. Jesús nos está diciendo que repitamos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer... Haced también vosotros esto. Entregad la propia persona y la propia vida a los demás.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. El concilio de Trento dice: “Es común, por cierto, a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símbolo o significación de una cosa sagrada”. Se produce un sacramento cuando el signo (una realidad que entra por los sentidos) está conectado con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar.

Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar de verdad. La hacemos presente por medio del signo, (no se puede hacer presente de otra manera). Pero las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

El primer signo de la eucaristía no es el pan, sino el pan partido (preparado para ser comido). Durante siglos, se llamó a la eucaristía “la fracción del pan”.

No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, está haciendo presente a Dios, porque Dios es amor, don infinito, entrega total a todos y siempre.

Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: “esto es mi sangre”, está diciendo esto es mi vida que se está “derramando”, consumiendo, en beneficio de todos.

Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Tenéis que vivir la misma vida que yo he vivido.

Nos está diciendo que nuestra vida sólo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás. En la Eucaristía estamos confesando que ser cristiano es ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas.

Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.

Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de armonía, de amor, de paz.

La eucaristía concentra todo el mensaje de Jesús. El ser humano no tiene que salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad, sino liberarse de su "ego" que es precisamente lo contrarío. Sólo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo.

Imaginad una habitación llena de globos; si los pinchamos todos descubriremos que lo que parecía ser la diferencia, la fina película de caucho coloreado, no era prácticamen­te nada. Todos eran sustancialmente lo mismo, aire, el mismo aire.

Meditación-contemplación

El que come mi carne y bebe mi sangre

habita en mí y yo en él.

No se trata sólo de comer, sino de asimilar lo comido.

Si como sin asimilar, se producirá indigestión.

Si comulgo y no me identifico con lo que ES Cristo, me engaño.

...................

Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.

Si me quedo en el signo, no hay contenido espiritual.

Realizado el signo, que entra por los sentidos,

queda por hacer lo importante: vivir lo significado.

......................

Jesús dijo con toda claridad:

“El que viene a mí, no pasará hambre,

el que me presta su adhesión, nunca pasará sed”.

La verdadera comunión no está en el signo

sino en vivir la unidad con Dios, como hizo él.

.............................

Fuente:

https://www.feadulta.com/anterior/Ev-jn-06-51-59.htm 

Ilustración: Steven Barnhoorn. 

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/902120341954184

Padre Yépes. Actualidad Católica: https://www.youtube.com/watch?v=LoL5ghWIyck 


Padre Martín. Actualidad Católica: https://www.youtube.com/watch?v=R9DjsBwqrOs


Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=abPlpobKHxc







sábado, 10 de junio de 2023

Sacramento

DARSE A LOS DEMÁS, SIN TRUCOS DE MAGIA

Fray Marcos (Rodríguez)

La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más difícil de comprender y de explicar. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza.

Para que veáis que no exagero, voy a contar dos anécdotas que me han sucedido en mi relación con dos representantes de la jerarquía.

El primero me dice: "te exigimos que no metas ninguna morcilla en la celebración de la eucaristía". Todos sabéis lo que es un "morcilla", además de un embutido, claro. El diccionario dice: "añadido que hace por su cuenta el actor de teatro cuando representa un papel". Da por supuesto que estoy haciendo teatro y lo que se me pide es que represente bien mi papel. No le contesté.

El otro me dice: "tienes que ser como el farmacéutico, que reparte pastillas al cliente sin contarle el proceso del laboratorio". Aquí si hubo comentario, porque le dije: "la aspirina produce su efecto automáticamente, aunque el paciente no sepa nada del ácido acetilsalicílico; pero la comunión está a años luz de ese pretendido automatismo. Si el comulgante no se entera de lo que está haciendo, no le servirá de nada".

Lo grave no es que dos vicarios piensen eso de la eucaristía. Lo gravísimo es que todos hemos pensado –y algunos siguen pensando- así de los sacramentos.

Debemos superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía:

Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras "mágicas", obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material como es el pan y el vino.

Cuando se piensa y se dice, que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

Trento afirma: "La Iglesia designa con el término muy adecuado de transubstanciación esta conversión eucarística". Pero debemos advertir que "substancia" y "accidente" son conceptos metafísicos; no hacen referencia a ninguna realidad física. Además, esos conceptos no se emplean ya nunca con sentido metafísico.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es sólo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, sino buscando una religiosidad intimista, es un autoengaño.

Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos en la cena y Juan en el discurso del pan de vida que hemos leído. Juan dice hace referencia al alimento, pero fíjate bien, alimentarse lo identifica con, el que cree en mí, el que viene a mí.

3º.- En las palabras de la consagración, "cuerpo" no significa cuerpo; "sangre" no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo.

Me explico. En la antropología judía, el ser humano no está compuesto por alma y cuerpo (concepción griega). El hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu.

Hombre-cuerpo, para los judíos del tiempo de Jesús, es el ser humano en cuanto sujeto de relaciones con los demás. El concepto más cercano hoy, sería lo que nosotros llamamos persona. Cuando Jesús dice: "esto es mi cuerpo", está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer.

En el caso de la sangre: Para los judíos la sangre era la vida. ¡Ojo! No se trata de que fuese símbolo de la vida. No, era la vida misma. Cuando Jesús dice: "esto es mi sangre, que se derrama", está diciendo que su vida, no su muerte, está entregada a los demás. Todo lo que él es, está al servicio de todos.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Sólo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento.

Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mateo: "donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".

5º.- La comunión nos es un premio para los buenos "que están en gracia", sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento.

Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.

6º.- Lo significado en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el verdadero significado que yo tengo que hacer mío.

Queda claro que la eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades a cambio de nada. Podemos oír misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa lo mismo que se entró, es decir, como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.

7º.-Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que repitamos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer... Haced también vosotros esto. Entregad la propia persona y la propia vida a los demás como he hecho yo.

8ª.- los signos de la eucaristía no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía "la fracción del pan". No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer.

Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esto es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos.

Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Tenéis que vivir la misma vida que yo vivo.

Nuestra vida sólo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás. En la Eucaristía estamos confesando que ser cristiano es ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas.

Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.

Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de armonía, de amor, de paz.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. El concilio de Trento dice: "Es común a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símbolo o significación de una cosa sagrada".

Se produce un sacramento cuando el signo (una realidad que entra por los sentidos) está conectado con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar de verdad.

La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Pero las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

La eucaristía concentra todo el mensaje de Jesús.

El ser humano no tiene que salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del "ego" que es precisamente lo contrarío. Sólo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente del resto de la creación.

Imaginad una habitación llena de globos; si los pinchamos todos descubriremos que lo único que marcaba la diferencia, la fina película de caucho coloreado, no era prácticamen­te nada. Todos eran sustancialmente lo mismo, aire, el mismo aire.

Meditación-contemplación

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

No se trata sólo de comer, sino de asimilar lo comido.

Si como sin asimilar, se producirá indigestión.

Si comulgo y no me identifico con lo que ES Cristo, me engaño.

Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.

Si me quedo en el signo, no hay contenido espiritual.

Realizado el signo, que entra por los sentidos,

queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.

Jesús dijo con toda claridad: "El que viene a mí, no pasará hambre,

el que me presta su adhesión nunca pasará sed".

La verdadera comunión no está en el signo

sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.

Pieza; Werner Hofmeister.

Fuente: 

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/943-darse-a-los-dem%C3%A1s-sin-trucos-de-magia.html

Cfr.

https://www.feadulta.com/es/evangelios-y-comentarios/390-juan.html

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/186657334039737

Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=XYsHi6dr0dw


Obispo Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=sjoAQRBQciQ

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...