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jueves, 4 de julio de 2024

... "Atravesa´o"

 EL DUELO

Jimeno Hernández

Siempre imaginé a los ilustres nacidos durante la Guerra Federal, madurados en el guzmancismo y envejecidos con el gomecismo, tales como César Zumeta, Pedro Manuel Arcaya, Laureano Vallenilla Lanz y Victorino Márquez Bustillos como individuos regidos por un carácter tranquilo, aunque de aquellos que nadie deseaba ver entrar en cólera o explotar irascibles, razón por la cual no debían tocarle determinadas teclas con interrupciones a la hora de trabajar en sus escritos.

Todos, sin excepción, se molestaban al rebosar la copa de su paciencia gracias a ruidos, murmullos, o incidencia capaz de truncar ideas, pensamientos y vocablos adecuados para encajar en párrafos. Vaya frustración. Cualquiera se ofusca cuando ciertos detallitos, por minúsculos o insignificantes que sean, entorpecen la inspiración, espantando musas. Sin embargo, ninguno de los anteriores borboteó con la furia vesubiana que caracterizaba a don José, quien, cuando perdía sus cabales, como buen toro de lidia, soltaba humo por las narices y hacía desastres, corneando al más recio e intrépido matador.         

Su peluquín engominado, peinado con raya en la mitad como libro abierto, frente amplia y ojos grandes, diminutos al comparase con la prominencia de su nariz y orejas, traje claro, rosa en la solapa del mismo color de la corbata, monóculo y pipa humeante, reflejan a la perfección lo que uno imagina como perfecto prototipo del intelectual decimonónico. El retrato es viva representación de un hombre apacible. De esos que aparentan ser incapaces de matar una mosca. 

La imagen es de 1932, a sus 71 años de edad. La seriedad de su rostro avejentado rinde tributo al elevado nivel cultural que lo llevó a convertirse en notable hombre de letras. En 1880, graduado de Bachiller en filosofía del colegio La Concordancia en el Tocuyo, dirigido por el profesor Egidio Montesinos, pasó a Caracas para estudiar derecho en la Universidad Central, donde, un lustro después, recibió doctorado en Ciencias Políticas. Así comenzó el doctor José Gil Fortoul a escribir su propia historia, carrera plagada de méritos y obras importantes que lo condujeron a ser miembro de la Academia Nacional de la Historia, así como uno de los fundadores de la Academia de Ciencias Políticas de Venezuela. 

En 1886, a principios de la “Aclamación”, último período del general Antonio Guzmán Blanco, fue nombrado cónsul de Venezuela en Burdeos. Su estadía en Francia duró diez años, para luego regresar a Caracas, urbe donde trabajó escribiendo en la revista “El Cojo Ilustrado”, e impartiendo conferencias en su Alma Mater sobre temas sociológicos y antropológicos. A finales de 1898, el entonces presidente Ignacio Andrade, firmó decreto suministrando honorarios profesionales para escribir “La Historia Constitucional de Venezuela”. 

Apenas rumiaba en cómo iniciar el proyecto y tomaba sus primeras notas, cuando, de repente, Cipriano Castro invadió Táchira por la frontera colombiana. Luego de cinco meses librando combates con sus guerrilleros, entró triunfante a la capital después de la huida de Andrade para incrustarse en el poder. En 1900, el propio Castro, sabiendo que Gil Fortoul era uno de los cerebros más brillantes entre la nómina, lo despachó en misión diplomática como cónsul, título que desempeñó en Trinidad, Liverpool y París.

Para ocupar los cargos de cónsul o embajador son requisitos la seriedad, agudeza mental, voluntad de conocer diversas sociedades y culturas, así como habilidades intrapersonales capaces de fecundar lazos de amistad, siempre orientados a posibilitar acuerdos. Don José poseía toda cualidad mencionada. Noble, jovial y sincero, era modelo adecuado de personalidad digna de ocupar tan importante puesto, especialmente cuando, gracias a la deuda externa, la planta insolente del extranjero amenazaba con profanar el sagrado suelo de la patria, bloqueando los principales puertos nacionales con el propósito de cobrar a la fuerza sus acreencias.  

En tan álgidas circunstancias, el peor enviado podía ser un personaje iracundo, y aunque sus biógrafos Tomás Polanco Alcántara, Juan Penzini Hernández y Lucía Raynero no resalten en sus textos un rasgo de personalidad que lo hizo famoso entre contemporáneos, resulta que el doctor Gil Fortoul era un malhumorado y cascarrabias de primera. De esos quienes al hervirle la sangre solía encerrarse en su biblioteca o estudio para arrojar objetos contra las paredes, rompiendo jarrones en mil pedazos al ritmo de improperios pintorescos. 

La verdad es que fueron varios los episodios provocados por peripecias del Cabito Castro, quien siempre borracho, bufonesco, altanero, belicoso y picapleitos, acumuló mala fama que le originó el mote de “Monito de Los Andes”. En bastantes oportunidades se avergonzó de representar un gobierno como el “Restaurador”, cuyo cabecilla era objeto de burla por oficiales extranjeros, que no entendían cómo un hombre tan instruido pudiese servir a un chimpancé amaestrado en el circo. El dicho “dime con quién andas y te diré quién eres” retumbaba en su cabeza, revolviéndole los sesos. El castigo lo sufrían papeles rasgados, el escritorio a puñetazos, o cualquier objeto a su vista que pudiese devastar para sosegar rabietas. Entre aquellos arrebatos hay uno en especial digno de traer a colación, tan sólo por curioso y original.       

Para 1908, mientras residía en la “Ciudad de la Luz” y culminaba su “Historia Constitucional de Venezuela”, fue protagonista de un episodio digno de película. Por esos días leyó que un afamado escritor guatemalteco llamado Enrique Gómez Carrillo convenció a Gumersindo Rivas, director del periódico “El Constitucional”, para influir sobre los ánimos de Cipriano Castro en el nombramiento de un comerciante de apellido Brook como cónsul en Hamburgo, principal puerto alemán en la desembocadura del Rin.

Castro designó al tal Brook como enviado en Hamburgo, pero Gil Fortoul, irritado con la decisión y haciendo valer su respeto ante el tren ministerial, sospechando que el nombramiento era ingrediente de algún guiso fétido y negocio sucio, engendrado por quienes embriagaban al general, colmando su copa de brandy, u organizando orgías en las cuales perseguía feliz las putas, danzando como un fauno hasta montarlas, se negó a solicitar el exequatur. 

El propio Gómez Carrillo, quien también vivía en París, osó presentarse en su residencia para intentar disuadirlo y la cosa terminó en discusión acalorada. El asunto escaló de tono al destellar elegantes agresiones verbales de parte y parte, regresando pelota a la cancha del contrario como en un partido de tenis, dedicándose insultos dignos de su erudición, así como ser hojeados en el diccionario por orden alfabético.

-Abanto… Adufe… Alfeñique… Artabán… Baladrón… Bellaco… Berzotas… Casquivano… Carcunda… Cenutrio…  Ceporro… Coprófago… Crapuloso… Disoluto… Echacantos… Energúmeno… Esputo… Estafermo… Fariseo… Fulastre… Gandul… Gaznápiro… Gorrino… Lechuguino… Lerdo… Mandilón… Mangante… Mangarrán… Móndrigue… Pazguato… Petimetre… Ruin… Sollastre… Tiralevitas…  Zascandil… Zurumbático. 

Aquel fogoso intercambio de injurias, alcanzando punto de ebullición, hasta pudo culminar con un clásico y añejo: -Vástago de meretriz, vaya usted a zullar en el lupanar donde labora su madre, doña Concha de la Cáscara.

Y me atrevo a imaginar ese calibre de vulgaridad porque aquella misma noche, luego de tan fascinante bombardeo de insultos, pactaron batirse a duelo de espadas, tal como hacían los caballeros chapados a la antigua. Enrique Gómez Carrillo arrastraba fama de ser diestro esgrimista, pero eso no evitó que Gil Fortoul aceptara el reto con estrechón de manos, metiéndole una calada a la pipa, dibujando una sonrisa en el rostro. 

La pluma es más poderosa que la espada, reza una frase acuñada por el autor inglés Edward Buwler-Lytton, defendiendo la teoría que hace más daño un escrito bien concebido y dirigido contra un punto débil del adversario que una estocada. Sin embargo, para defender el honor a veces uno debe, por obligación, empuñar el acero y derramar sangre. 

El guatemalteco, jactándose que lo dejaría frío y tieso del primer puntillazo, brindó la oportunidad de pedir perdón por sus agravios y salvarse de una muerte segura.

-Mejor que vaya confesado.

Don José tomó aquello como chiste que no daba risa, asegurándole a su rival que lo enfrentaría a la hora y sitio que más conviniera.

Acordaron una gélida y lluviosa mañana a finales del invierno de aquel año en Bois de Boulogne, bosque cercano a París. Con las primeras luces del alba, sus testigos, o padrinos, entregaron armas al explicar las reglas. 

-Gana el primero en acertar dos punzadas, o quedar de pie al ultimar a su adversario. 

El envite se resolvió en cuestión de minutos. El guatemalteco, ávido por mostrar su pericia con el florete, atacó primero, haciendo retroceder al venezolano, quien, a pesar de tener 47 años y ser dos décadas más viejo que su adversario, se movió con agilidad felina para girar la cintura, bajar el hombro izquierdo y evitar herida en el corazón, salvándose de milagro al escuchar la tela de su camisa rasgarse, sentir el metal rozar el hombro izquierdo y el líquido tibio teñir hilos. 

La mueca guasona del joven lo indignó. El mocito altanero e inexperto se las tira del peligroso sin saber con quién se ha metido. Impulsivo y errático en su embestida, delató su técnica y mejor movimiento de buenas a primeras. Entonces, tocó recibir merecida lección del rival. Si aún no había comprendido que sabía manejar el florete, terminaría por entenderlo en el segundo desafío. Lo que Gómez Carrillo ignoraba era que Gil Fortoul manejaba espada con la misma elegancia y destreza con las cuales empuñaba la pluma, pasiones combinadas que durante su juventud lo entusiasmaron a redactar un manual de esgrima. 

Intuyó que repetiría el mismo movimiento intentando pulirlo y así lo hizo. Nuestro protagonista, con vertiginoso golpe sorteó el filo, extendiendo el brazo con lo justo para dejar que su contrario sintiera puyazo en la panza, justo arriba del ombligo. Ha podido atravesarlo, pero no quiso deleitarse con el gusto de observarlo en el suelo, chillando, revolcándose en el barro como cerdo en domingo de matanza. Ya le cayó la locha, guerra avisada no mata soldado. El tercero es el de la victoria. El odio brotaba por los poros junto al sudor frío. La suerte está echada, juzgaron al regresar a sus puestos para disputar el último punto. 

-Es a muerte- masculló el guatemalteco. Él prefirió ser dueño de su silencio que esclavo de sus palabras. Perro que ladra no muerde, más bien aúlla aterrorizado pidiendo perdón cuando un jaguar saca garra para abrirle las tripas de un zarpazo.

-En guardia- anunciaron en francés. 

Chocaron aceros con rápido y reiterado sonido estridente. Mientras el joven avanzaba irreflexivo, su oponente jugó al agotamiento ajeno, calculando pasos en retroceso hasta encontrar oportunidad capaz de brindar corolario al lance. Una cosa es arrojar objetos, otra muy distinta es enviar un hombre a su tumba por tonto y soberbio. Con golpe magistral defensivo esquivó la punta del florete sacándole chispas al hierro. El resto fue calcular fuerza de masas e inercia en el movimiento, estirar de nuevo el brazo y tocar otra vez el estómago. Todo sin la bárbara necesidad de asesinar al insolente, cuando ha podido ensartarlo y ponerle fin a sus días, que ganas no le faltaban.

-Usted no es más que un muerto en vida don Enrique.

De la intensa y escalofriante jornada, dominada por la superioridad técnica, así como su templanza o sensatez al amarrar el instinto animal que lo empujó hasta un límite cuyo abismo era sentir placer o remordimiento engendrados por observar al enemigo retorcerse hasta expirar, dejó claro al imprudente que pollino no gana carrera contra purasangre. 

Ambos salieron heridos, con camisas nubladas de manchas escarlata, pero don José precisó sus alfilerazos haciéndose con el triunfo, sin necesidad de arrancar el alma del cuerpo a su contendor. Los padrinos, o testigos del espectáculo, dieron por terminado el combate y los duelistas se alejaron el uno del otro, viéndose de pies a cabeza con gesto despectivo. 

Más nunca volvieron a dirigirse la palabra, como hacían los gentileshombres de la época. 

02/07/2024:

https://guayoyoenletras.net/2024/07/02/el-duelo/

lunes, 14 de noviembre de 2022

Maleza

EL EMBAJADOR DE COLOMBIA DEBE IRSE

William Anseume 

Para unos la diplomacia es una disciplina que se desprende de las ciencias políticas; para otros lo es en sí misma. De hecho, existe la carrera de Estudios Internacionales que, si bien es general, pareciera formar individuos destinados a incorporarse al espeso mundo de la Cancillería. Las vinculaciones con otros países suelen ser asuntos altamente delicados. Mucho más cuando la situación se encuentra también delicada entre ellos o en el país adonde se va a representar los intereses del propio. No cualquiera tiene talante diplomático. Así como hay y hubo embajadores y otros representantes, como agregados, que carecen de formación en ciencias políticas o como internacionalistas, pero que cumplen en sobredimensión la encomienda sin cortapisa. No hay recetas para un embajador.

Tal vez sí una: la discreción. En los corrillos populares diplomacia equivale a habilidades para el disimulo, al interrelacionarse con carencia de sinceridad, de manera hábil e interesada. Estar en el servicio exterior requiere de todas esas características profesionales y personales juntas. Esto sin profundizar en los conocimientos abundantes que se requieren. A lo que voy es que un embajador o alguien que se ocupa de un cargo en el servicio exterior no es un improvisado ser, carente de habilidades o de formación. Si se hace notar en demasía se hace peligroso y digno de mayor seguimiento que el habitual que deben tener agentes extranjeros establecidos en el país.

El señor Armando Benedetti es, apenas desde finales de agosto, embajador de una de las cancillerías que han resonado como de las más hábiles y cuidadosas de la América Latina. Pero cuyo país ha tomado el rumbo que conocemos. Tema en el que no me quiero adentrar hoy aquí. Con cerca de tres meses de estancia, este señor Benedetti, a quien no me sale de ningún lado llamar excelentísimo, como es el tratamiento habitual para extranjeros en tan dignos cargos, ha atraído de diversas malas maneras la atención sobre sí. Con su llegada, desde luego. Las relaciones con Colombia estuvieron rotas mucho tiempo, debido a que el excelentísimo presidente Duque no se la llevó nada bien con el régimen del terror, como es lógico. Como ha seguido hábilmente demostrando en el mundo.

Pero volvamos al embajador. Luego de su llegada llamativa por lo que antes dije, atrajo la atención por una presentación pública suya en el Táchira con evidencia de cargar encima cuando menos unos tragos de más. Tantos que hacían claramente ininteligible sus palabras acompañadas de sonsonetes. Sus maneras de reaccionar posteriormente al suceso dejaron más que desear. Con palabras malsonantes que bien conocemos los venezolanos. Ya había dejado maltrecho al discreto, al elegante gentilicio colombiano, de seguidas. Ahora se viene con insultos vulgares a dirigentes políticos opositores, lo que equivale a insultar y de ese modo grueso a bastante más de medio país en su territorio. La dipsomanía mostrada en un acto público oficial ya fue un irrespeto que quiso diplomáticamente enmendar. Pero la caterva de denuestos a los coterráneos y sus dirigentes electos, sí, electos, Benedetti, para la Asamblea Nacional se torna imperdonable. En circunstancias normales ya hubiera dejado el pelero por expulsión inmediata del país, luego de haberlo considerado persona non grata. Como corresponde.

¿Que hubiera ocurrido en Colombia si un embajador de cualquier nacionalidad hace lo mismo que el dipsómano soez? Aquí, desde el poder establecido, seguramente le ríen la «gracia» porque el sentido de la nacionalidad, del patriotismo, del ser gregario cultural, social o políticamente, la hermandad entre venezolanos, no es lo que les interesa como política. No juntan sino que estimulan la exclusión, la ida, la separación. Pero en Colombia, Petro debe entender y proceder. Entender que para la mayoría de los venezolanos Benedetti es persona non grata y proceder a su destitución pronta, así sea disimulada. Que le encomiende algo más adecuado a su «altura». Podrán decirme que se excusó, como un caballero. Pero esas excusas en ese terreno son inválidas, infantiles; mucho más del modo que las profirió, que el otro dijo y si hay que hacerlo… Nada. No se aceptan esas excusas y menos así. El ojo sacado y la santa Lucía bien valen también en Colombia. Si Petro envió a ese ser a curarse en Venezuela, le está embarrando el mandado. Maduro no hará el favor a la oposición expulsándolo, pero Petro sí puede llevarse su enfermo a sanar en otro sitio. Porque los venezolanos, del bando político que seamos, no podemos permitir insultos a nuestros connacionales en ningún lugar; mucho menos en nuestro lar: Benedetti debe abandonar cuanto antes  territorio venezolano. ¿Escuchaste, Petro?

12/11/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/el-embajador-de-colombia-debe-irse/

MILITANTES DEL SILENCIO

Ricardo Ciliberto Bustillos   

En política, la discreción, la mesura, la palabra y  la acción oportuna tienen valor y utilidad.

Eso de andar por allí como parlanchines de ocasión o de armar todo un alboroto  sobre tal o cual decisión gubernamental, no produce sino cansancio, malestar y peor aún, desinterés general. La política, por eso, es también la ciencia de la prudencia y la moderación.

Subrayamos, entonces, que la exageración a ultranza y el radicalismo pedestre también tienen sus nefastas consecuencias, y más cuando se trata de un silencio absoluto sobre hechos y conductas que por sí mismas resultan condenables o ajenas a toda justificación.

En estos días, el nuevo embajador de Colombia en Venezuela, señor Armando Benedetti, descargó toda una serie de agravios e improperios contra el ingeniero Juan Guaidó. Más allá de sus ofensivas palabras y del regaño de que fue objeto por parte del presidente Gustavo Petro, el hecho más notorio fue ese profundo silencio de los principales líderes de la oposición.

Nadie, salvo pocas pero honrosas excepciones, protestó ni contestó con la contundencia debida. Nadie -que se sepa-  levantó la mano en el seno de la Asamblea Nacional o en Comisión alguna, para dejar muy en claro la temeridad o la irresponsabilidad verbal del embajador. Y no es que se trate de Juan Guaidó, a quien muchos en la oposición quieren defenestrar inmisericordemente. En todo caso, se trata de un venezolano, con una posición política importante y que - -hay que reconocerlo – tiene años librando una dura batalla  contra del régimen. Además, resulta un exabrupto que un funcionario extranjero con la categoría de embajador y sobre todo representante del nuevo gobierno de Colombia, opine sobre política interna y haga señalamientos deplorables  a un destacado integrante de la oposición nacional. Nos guste o no, Juan Guaidó es un joven con una importante actuación política que no merece echarlo al pajón del olvido y mucho menos al fusilamiento mediante las armas de la indiferencia o el silencio.

Pero no es la primera vez. Al contrario, se ha hecho costumbre que nuestra oposición se quede callada frente a muchos atropellos del gobierno. Repetimos, a excepción de unos cuantos, la crítica popular es unánime al endilgarle cierta abulia o indolencia, cuestión muy grave para el país y para la democracia que debemos restaurar.

La palabra es importante y fundamental en política. Uno de los elementos más resaltantes del populismo es – precisamente -  el ofrecimiento precipitado e insensato mediante el cual el verbo, la expresión misma, pierde toda medida y valor. En 1998 fue la inauguración de esta manera de hacer política y que, como era  previsible, nos ha llevado a este estado  calamitoso y sin precedentes. Por el contrario, en  la actividad pública, como ya lo afirmamos, la mesura y la discreción juegan un papel excepcional, por lo que el silencio y la oquedad, ese “dejar hacer, dejar pasar” tienen un precio muy alto, cuyas nefastas consecuencias las vivimos a diario y que el régimen – obviamente -  va aprovechando. El cierre desmesurado de radios, el bloqueo de páginas por  internet y el silencio casi monástico de la oposición, son problemas  que urge superar y vencer. El caso del embajador es un claro ejemplo de este incomprensible mutismo, por demás consentido por  estos  militantes del silencio.

14/11/2022:

http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/38322-militantes-del-silencio

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY