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martes, 9 de septiembre de 2025

Senderos resbalosos

CICLISMO PARA INCAUTOS

Luis Barragán

La vuelta ciclística de España se ha visto afectada por la recurrente protesta contra la participación del equipo israelí, a raíz de los consabidos sucesos de Gaza. Son varias las interrupciones sufridas por el prestigioso evento en sus etapas de Figueres (27 de agosto), Bilbao (3 de septiembre), Laredo (4) y Angliru (5), con una profusa exhibición de pancartas y banderas palestinas, bloqueo de carreteras, susceptible de agravar toda noticia de acuerdo a los riesgos y peligros que igualmente corren manifestantes, manifestados y terceros inocentes.

Notable la coincidencia de Izquierda Unida y Podemos en la tentativa de boicot de la representación de Israel, al igual que la gran sensibilidad de regiones por la causa palestina, como la del País Vasco y Navarra. Parece demasiado obvio que nada espontánea es la campaña, la vasta campaña que le da sentido al ultraísmo de izquierda, provocando y aguijoneando al otro ultraísmo, el de derecha, forzando de nuevo la polarización, mientras siguen su curso los más variados y fundamentales problemas del país y del mundo, resistidos a la burda esquematización.

Suelen acusar a los pedalistas judíos de ejercer una directa y personal representación del premier Netanyahu, y, en todo caso, gozar del financiamiento de su cercano Sylvan Adams; o de fungir de cómplices silentes del nada más y nada menos que genocidio y literal limpieza étnica de miles de gazatíes, promotores de hambrunas trastocados en expertos lavadores de imagen. Se ha dicho, la pretendida expulsión de los israelíes tiene como precedente la que se hizo efectiva de los rusos (Gazprom-Rus Velo), después de la invasión de Ucrania, según la modesta indagación que nos permitimos hacer sobre el tema; agreguemos la conformación de sendas plataformas, como Gernika Palestina, para coordinar las pacíficas actividades de protesta en las vistosas jornadas deportivas, permitiéndonos - ¿por qué no? – sospechar de otras iniciativas que le dan, pudieran o pudieron dar visos de sofisticación a la barbarie, pues, la idea mínima es la de generar una descomunal confusión, malentendido y falsificación de los hechos de no tratarse propiamente de los actos terroristas.

Hemos fijado con anterioridad nuestra postura en la materia, pero importa reiterar algunas observaciones, por ejemplo: en un sentido, el occidente europeo es un escenario confiable y seguro para la movilización y la protesta por la causa palestina, aun tratándose de estelares sucesos deportivos (sumemos el giro de Italia y el tour de Francia este mismo año), sin que nunca los gazatíes hayan tenido oportunidad de apenas quejarse y reclamar, mucho menos protestar, a Hámas y a otras potencias y organizaciones terroristas que los condujeron a la actual situación; valga la paradoja, con o sin razón, el propio gobierno israelí ha sido objeto de las más encendidas manifestaciones en casa. En otro sentido, al lado de la más genuina y sentida indignación frente a los excesos del ejército de   inevitable ocupación que ha bombardeado también capillas o iglesias católicas en la Franja, tampoco existe el testimonio real y sostenido de las autodenominadas fuerzas progresistas para comprender y aceptar que hubo un Pearl Harbor judío en octubre de 2023 (como lo llamó recientemente Eduardo Inda, columnista del diario español La Razón), con todas las ya sabidas consecuencias; esto es, persistentemente evaden la discusión a fondo, apelan y apelan cómodamente a la terribilísima noción de limpieza étnica, demasiado escasamente documentada, a manos de un pueblo que padeció el Holocausto, por cierto, frecuentemente negado por algunas de esas fuerzas.

Lo que ocurre en el Medio Oriente, no debe contentar a nadie. Sin embargo, reparemos en la perversa hondura de una propaganda que hace estragos y toma desprevenidos, incluso, a probados intelectuales como Pedro García Cuartango: entrevistado por Ricardo Cayuela para The Objective, tras condenar el genocidio, por lo menos, tuvo ocasión de aclarar que, antes, Hámas pretendió hacer lo mismo con los israelíes a los que les reconoce el derecho a defenderse de tan insólita agresión.

Entonces, luce recomendable que siempre se aclaren las posturas dado el inaudito beneficio que versiones sesgadas o incompletas prestan al terrorismo. Valorados como escenarios ideales para la agitación, el ciclismo tiene importantes citas pendientes en Quebec, Montreal y Lombardía, aunque nada casual que todas las perturbaciones políticas referidas resulten radical y significativamente imposibles para el Tour de Guangxi (China), el venidero mes de octubre.

Por definición, hechos semejantes no ocurren en el oriente totalitario y fundamentalista, pero hay sectores políticos e ideológicos que se creen de una irrefutable superioridad moral que el resto de la humanidad – simplemente – no tiene. Sobre todo, por estas latitudes de un wokismo aún más arbitrario y absurdo, devenido Estado.

Ilustración: Marcelo Hepp. 

Fotografía: Miguel Oses, La Razón (Madrid, 04/09/25).

Cfr.

https://x.com/Anonymous_TA/status/1964948087514013814

09/09/2025:

https://www.elnacional.com/2025/09/ciclismo-para-incautos/

jueves, 14 de agosto de 2025

La ojiva simbólica

Ensayo | Lo último

DESCIFRANDO LA INTENCIÓN EN LA GUERRA IRREGULAR: LECCIONES DE VENEZUELA, IRÁN Y EL USO ESTRATÉGICO DE LA AMBIGÜEDAD

Ron MacCammon

Introducción

La naturaleza de la guerra en el siglo XXI ha cambiado. Las confrontaciones abiertas han sido reemplazadas por presiones no convencionales y una autoridad difusa. Los actores estatales recurren cada vez más a intermediarios, redes criminales, desinformación y asimetrías tecnológicas para debilitar a sus adversarios —socavando la estabilidad política, la cohesión social y la confianza institucional— sin desencadenar respuestas convencionales. El resultado es un campo de batalla definido menos por la geografía y más por la narrativa, la influencia y la legitimidad.

En este contexto, la intención se ha convertido en una señal central —aunque a menudo pasada por alto— en la guerra irregular. A diferencia del conflicto convencional, donde las capacidades y las declaraciones suelen preceder a la acción, la guerra irregular exige que los analistas y los responsables políticos infieran la intención a partir de patrones, alineamientos y comportamientos que rara vez se manifiestan con claridad. Pero, al analizarlos a lo largo del tiempo, estos actos conforman una estrategia coherente.

Este artículo argumenta que la intención en la guerra irregular puede identificarse mediante una tríada analítica: comportamientos repetidos, alineamiento con los resultados estratégicos y el uso sistemático de medios irregulares. Se basa en la práctica operativa y fuentes doctrinales, incluyendo el Anexo de Guerra Irregular del Pentágono y el trabajo de David Kilcullen. Este marco se aplica posteriormente a Venezuela y su alineamiento con Irán, cuyo uso compartido de intermediarios, redes criminales y guerra de información ilustra cómo los Estados instrumentalizan la ambigüedad para avanzar en sus agendas sin activar los umbrales tradicionales de conflicto.

Estos elementos no son incidentales, sino deliberados. Expresan explícitamente lo que a menudo se deja implícito: la ambigüedad no es la ausencia de intención, sino la táctica utilizada para enmascararla. Reconocer este patrón permite comprender —y cuestionar— amenazas que antes parecían difusas o negables.

Definiendo la intención en la guerra irregular

La intención, en este contexto, no depende de una declaración formal. Puede evaluarse a través de tres elementos interrelacionados: comportamientos repetidos, alineamiento estratégico y el uso sistemático de medios irregulares. Estos componentes forman una tríada: un marco sólido que refleja cómo surge la intención en la guerra irregular.

Rodeando esta tríada se encuentra un cuarto elemento: el uso calculado de la ambigüedad. Si bien no es en sí misma una forma de intención, la ambigüedad es la táctica que la oculta. Permite que las campañas irregulares se desarrollen bajo el umbral de la represalia, utilizando la negación y la dispersión para enmascarar la coherencia. En ese sentido, la ambigüedad es el velo operativo que cubre la tríada; no un pilar de la intención, sino su camuflaje.

Esta estructura analítica permite una evaluación disciplinada de las campañas irregulares en entornos donde se niega deliberadamente la claridad. No se revela a través de un manifiesto o un discurso, sino mediante la acumulación de acciones. Un solo despliegue de terceros, una alianza criminal o un acto de ciberdisrupción pueden no tener significado por sí solos. Pero cuando estos actos se repiten, cuando sirven de forma fiable al mismo conjunto de intereses estratégicos y cuando se basan en mecanismos irregulares, la intención se hace visible.

En primer lugar, los comportamientos repetidos indican persistencia. Un evento aislado puede ser oportunista o accidental; una serie de ellos, especialmente cuando varían en su forma pero son consistentes en su efecto, sugiere un diseño. Este es un elemento fundamental en el análisis de inteligencia militar, y su relevancia en las zonas grises de la guerra irregular es aún más aguda.

En segundo lugar, la alineación estratégica se refiere a la coherencia entre las acciones de un régimen y sus objetivos políticos a largo plazo. Si un Estado se beneficia sistemáticamente —política, económica o geopolíticamente— de actos ambiguos y negables, estos actos deben considerarse parte de una estrategia, no aberraciones.

En tercer lugar, el uso sistemático de medios irregulares marca el método de ejecución. La guerra irregular moderna se caracteriza por su dependencia de métodos indirectos y no convencionales, como intermediarios criminales, herramientas cibernéticas, redes financieras clandestinas o la explotación de crisis humanitarias. Permite al Estado difuminar las fronteras entre atribución y legitimidad.

En conjunto, estos tres indicadores forman un marco para evaluar la intención en un entorno donde las herramientas tradicionales de atribución resultan insuficientes. Sin embargo, interpretar la intención en la guerra irregular no está exento de peligros. La misma ambigüedad que enmascara la estrategia también abre espacio para la distorsión. Los analistas pueden destacar incidentes que respaldan una narrativa preferida, mientras que ignoran otros que la complican.

Por supuesto, identificar la intención en entornos ambiguos es arriesgado. Los analistas pueden interpretar demasiado actos aislados o crear patrones donde no existen. La respuesta es la disciplina: centrarse en la repetición, verificar la alineación y mantenerse firme en lo observable. No hay que perseguir sombras, pero tampoco ignorar lo que estas sugieren.

El caso de Venezuela

El régimen de Maduro en Venezuela ofrece un caso de prueba revelador. Carece de sofisticación estratégica en el sentido tradicional. Ha gestionado mal la economía, ha supervisado el colapso de su industria petrolera y ha desmantelado sus propias instituciones. Sin embargo, la guerra irregular no exige una gobernanza de alta capacidad. Premia la adaptación, la negación y la explotación del deterioro sistémico.

El régimen ha aprendido a convertir el colapso en una herramienta de presión: externalizando el control, instrumentalizando la migración y forjando alianzas opacas que contribuyen a su supervivencia. Esto no es una gran estrategia. Es una estrategia de Estado improvisada en la zona gris, y funciona.

Tres elementos son sobresalientes: la migración forzada, la delincuencia por delegación y la alineación extranjera.

En conjunto, estos tres comportamientos revelan una campaña irregular en su método, coherente en su objetivo y deliberada en su diseño. La intención no reside en un solo acto, sino en la consistencia con la que el régimen de Maduro combina el colapso con el control. La ambigüedad que rodea a cada elemento forma parte de la arquitectura; no es un síntoma de desorden, sino una herramienta del arte de gobernar. Sus actividades durante la última década no pueden entenderse como el caos de un Estado fallido. Reflejan una estrategia coherente de preservación del régimen, ventaja asimétrica y disrupción externa.

La característica más visible de esta estrategia es la migración forzada de más de 7,7 millones de venezolanos. Lo que comenzó como un éxodo humanitario se ha convertido en una herramienta de disrupción geopolítica. El régimen, por negligencia o intencionalmente, facilitó este movimiento sin considerar las consecuencias regionales.

Los estados vecinos se han visto sometidos a tensiones, las fronteras se han desestabilizado y las tensiones políticas se han exacerbado. El gobierno de Maduro, mientras tanto, permanece aislado, protegido en parte por el caos que ha contribuido a desatar.

Este desplazamiento masivo no es un acto aislado. Forma parte de un comportamiento recurrente: la tolerancia, o la orquestación, del colapso estructural que persigue un propósito mayor. Dicho propósito incluye desestabilizar a los adversarios, extraer remesas y generar poder de negociación con actores internacionales. En 2023, los migrantes venezolanos enviaron más de 5 mil millones de dólares en remesas a su país (aproximadamente el 6 % del PIB del país), a menudo canalizadas a través de intermediarios financieros vinculados al régimen que desvían ingresos para el gobierno. Estos canales informales, complementados con mecanismos de tipo de cambio fijo y comisiones por servicios impuestas por mercados monetarios paralelos, implican que el régimen de Maduro se beneficia directamente, convirtiendo la migración de venezolanos al exterior en una fuente recurrente de divisas. Esto se alinea con el interés del régimen en debilitar el consenso regional y desbaratar las iniciativas lideradas por Estados Unidos.

El segundo componente clave es el despliegue estratégico, o al menos la tolerancia estratégica, de las redes criminales. El Tren de Aragua (TdA), una violenta banda transnacional arraigada en el sistema penitenciario venezolano, opera ahora en Sudamérica y ha establecido una presencia dentro de Estados Unidos. Su crecimiento no parece haber sido significativamente opuesto por el régimen de Maduro.

La evidencia sugiere un entorno permisivo —la ausencia de medidas represivas significativas— incluso cuando prisiones como Tocorón quedaron bajo control de pandillas antes de ser retomadas con escasa transparencia. El grupo no solo genera ingresos, sino que también sirve como un brazo informal de influencia estatal, sancionado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos en julio de 2024 por su actividad criminal transnacional.

Sin embargo, es importante señalar que existe debate sobre el nivel de cooperación. Una evaluación del Consejo Nacional de Inteligencia no encontró coordinación de alto nivel entre el Tren de Aragua y el gobierno de Maduro, aunque reconoció tolerancia hacia las actividades de la pandilla en Venezuela.

Su presencia ya no es especulativa. El 27 de junio, la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, anunció el arresto de más de 2700 miembros del Tren de Aragua en Estados Unidos desde enero. Tanto ella, como el secretario de Estado, Marco Rubio, y el presidente Donald Trump han advertido públicamente sobre la amenaza que representa la pandilla para las comunidades estadounidenses, lo que subraya que lo que comenzó como una pandilla carcelaria venezolana se ha convertido en un desafío de seguridad transnacional con implicaciones directas para la defensa del territorio nacional estadounidense.

La tolerancia del régimen hacia el grupo se asemeja a patrones históricos: Estados que utilizan fuerzas irregulares para hostigar a sus enemigos mientras niegan su responsabilidad. Venezuela participa en la diplomacia internacional como actor soberano, al tiempo que facilita el caos criminal. Este contraste es deliberado. Es la estrategia.

La tercera dimensión se refiere a las alianzas externas, especialmente con Irán. Venezuela ha acogido a personal militar iraní, ha profundizado los lazos de inteligencia y, según se informa, ha participado en entrenamiento de drones y transferencias de tecnología. Estos desarrollos no existen en el vacío. Reflejan comportamientos recurrentes, persiguen objetivos estratégicos claros y se basan en medios irregulares: transferencias encubiertas, desinformación y camuflaje institucional.

Imágenes recientes y órdenes de compra filtradas sugieren que Venezuela produce aproximadamente 50 drones ANSU-100 al año.

Un Patrón Ignorado: La Intención de Irán y el Precio de la Demora

El uso estratégico por parte de Irán de fuerzas subsidiarias —Hezbolá, Hamás, los Hutíes— ha sido reconocido durante años. Los servicios de inteligencia estadounidenses y aliados comprendieron las conexiones, rastrearon el flujo de armas y observaron la coordinación. Lo que faltó no fue concienciación, sino respuesta. El error residió en tratar a cada grupo como una amenaza localizada o compartimentada, en lugar de reconocer la lógica compartida que los sustentaba.

Irán estaba ejecutando una campaña regional de guerra irregular, lenta, metódica y con una negación plausible. Pero reconocer sin respuesta no es un desafío. Al no confrontar la estrategia detrás de las fuerzas subsidiarias, Occidente permitió que la ambigüedad se convirtiera en una ventaja.

Identificar y actuar sobre el patrón con anterioridad —considerando los comportamientos repetidos, la alineación estratégica y el uso de medios irregulares— podría haber cambiado la política de contención a disrupción. Podríamos haber interceptado las rutas de contrabando, presionado la infraestructura subsidiaria e incentivado a los gobiernos anfitriones a rechazar el atrincheramiento iraní. Una disuasión más fuerte, campañas de información más tempranas y esfuerzos multilaterales más coordinados podrían haber limitado la capacidad de Irán para escalar con impunidad. En cambio, la ausencia de un desafío estratégico contribuyó a crisis como los ataques de junio de 2025 contra la infraestructura nuclear iraní y posiblemente sentó las bases para la masacre de Hamás del 7 de octubre en Israel.

Que el 7 de octubre fuera una sorpresa táctica es menos relevante que el hecho de que no debería haber sido estratégica. Los indicadores —armamento almacenado, coordinación renovada, creciente incitación— estaban presentes. Lo que no se reconoció fue la intención: conmocionar, provocar y reajustar la narrativa regional a favor de Irán.

Aclarar la intención en la guerra irregular no es un ejercicio académico; es una herramienta de prevención. Transforma la política de la reacción a la anticipación. La doctrina estadounidense advierte explícitamente que los adversarios “continuarán utilizando la guerra irregular como parte de su estrategia para desafiar a Estados Unidos y sus intereses” (Anexo de Guerra Irregular, p. 2), y que “los actores podrían no revelar abiertamente sus intenciones, recurriendo en cambio a fuerzas indirectas, desinformación y negación” (JP 3-24, p. I-6). El desafío radica en considerar estas advertencias como una guía operativa, no solo como teoría.

Implicaciones Estratégicas

Si la ambigüedad es la táctica, la intención es la señal. Reconocer esto cambia la forma en que se deben analizar y contrarrestar las amenazas irregulares.

Con demasiada frecuencia, los actos irregulares se perciben como síntomas de disfunción interna. Una ola migratoria se trata como una crisis de refugiados. El surgimiento de la TdA se percibe como un problema de aplicación de la ley. Un programa de drones se etiqueta como una curiosidad. Lo que esto pasa por alto es la posibilidad de que estos eventos, en conjunto, formen un patrón de comportamiento estratégico.

Las respuestas de Estados Unidos y sus aliados han fallado con frecuencia en este ámbito. La ambigüedad se confunde con desorden, y los incidentes tácticos se tratan como si no estuvieran relacionados. Esto resulta en una postura reactiva, que lucha por conectar los puntos y casi nunca cuestiona la arquitectura subyacente al comportamiento.

En cambio, analizar la intención a través del comportamiento repetido, la alineación estratégica y los medios irregulares ofrece una manera de ver la arquitectura. Permite a los responsables políticos pasar de responder a los síntomas a cuestionar la lógica de la propia campaña.

La estrategia de defensa del Pentágono insta a un enfoque de todo el gobierno para abordar las amenazas irregulares. Hace hincapié en la interacción persistente, la facilitación de los socios y la competencia narrativa. Pero lo que no desarrolla plenamente es cómo evaluar la intención en condiciones de ambigüedad. Aquí es donde más se necesita el rigor analítico.

Los escritos de David Kilcullen, incluyendo Counterinsurgency y Out of the Mountains, argumentan que la guerra irregular se trata de manipular los sistemas en lugar de mantener el terreno. Los actores explotan la densidad urbana, los efectos de red y las brechas institucionales. Pero detrás de esta disrupción se esconde la intención: el deseo de debilitar, sobrevivir y desorientar al adversario.

Cuando un régimen como el venezolano recurre repetidamente a métodos irregulares que se alinean con sus objetivos estratégicos, ya no debemos considerarlo simplemente disfuncional. Debemos entenderlo como la ejecución de una campaña irregular.

De la doctrina a la práctica

Identificar la intención no es un ejercicio especulativo. Esta base se basa en la misma lógica que impulsa el análisis de patrones de vida en el contraterrorismo o la selección de objetivos en la acción encubierta. El desafío en la guerra irregular radica en que los "objetivos" no siempre son personas o lugares, sino comportamientos, alianzas y narrativas. Y el objetivo no es la eliminación, sino la neutralización: negar al adversario la capacidad de avanzar a través de la ambigüedad.

Esto requiere un tipo diferente de recopilación de inteligencia, que privilegie el material de código abierto, los flujos migratorios, el análisis forense financiero y la dinámica de las redes sociales. También exige herramientas políticas calibradas para abordar las amenazas indirectas (legales, económicas e informativas) tanto como las cinéticas.

Con Venezuela, Estados Unidos y sus aliados deberían tratar los comportamientos repetidos como indicadores de estrategia, no como ruido. El Tren de Aragua no es solo una pandilla; es un agente indirecto. La migración masiva no es solo un resultado humanitario; es un arma estratégica. La cooperación militar entre Irán y Venezuela no es solo simbólica, sino también estratégica.

Agentes iraníes han ingresado a Latinoamérica en vuelos directos de Teherán a Caracas, donde, según informes, se les emiten pasaportes venezolanos, lo que les permite circular libremente por la región sin levantar sospechas. Ya entre 2008 y 2009, un exfuncionario de inmigración venezolano del entonces vicepresidente Tarek El Aissami estimó que unos 10.000 ciudadanos de Oriente Medio recibían dichos documentos al año. Fuentes de inteligencia sugieren que esta práctica se ha expandido en los últimos años.

Las operaciones de financiación y logística del terrorismo vinculadas a Irán también se han extendido más allá de la conocida Triple Frontera (Brasil-Argentina-Paraguay), incluyendo lugares como el puerto chileno de Iquique, la Isla de Margarita en Venezuela y Colón, Panamá.

Las implicaciones se extienden más allá de Venezuela y Latinoamérica. La tríada propuesta aquí permite evaluar otras amenazas ambiguas, desde empresas militares privadas rusas en África hasta operaciones de influencia china en el Sudeste Asiático. Lo importante no es si estos actores encajan en nuestras categorías existentes, sino si su comportamiento revela intencionalidad.

Conclusión

Venezuela no está a la deriva, sino maniobrando. Lo que parece desorden puede ser, en realidad, control deliberado. El régimen sobrevive no restaurando el Estado, sino explotando su colapso, convirtiendo la ambigüedad en ventaja.

Esta es una guerra irregular. Prospera en el espacio entre categorías: doblegando el humanitarismo, explotando la legalidad y enmascarando la agresión. Persiste no porque sea invisible, sino porque su intención pasa desapercibida.

Los responsables políticos deben aprender a interpretar las señales. La intención se revela mediante la repetición, la coherencia y la irregularidad. Una vez comprendida, la máscara se cae.

La ambigüedad es la táctica. La intención es el mensaje. Venezuela e Irán lo están diciendo. Es hora de escuchar. 

Traducción: Google.

Essay| The Latest

DECODING INTENT IN IRREGULAR WARFARE: LESSONS FROM VENEZUELA, IRAN AND THE STRATEGIC USE OF AMBIGUITY

Ron MacCammon

Introduction

The nature of warfare in the 21st century has changed. Open confrontations have been replaced by unconventional pressure and blurred authority. State actors increasingly rely on proxies, criminal networks, disinformation, and technological asymmetries to weaken adversaries—undermining political stability, social cohesion, and institutional trust—without triggering conventional responses. The result is a battlespace defined less by geography and more by narrative, influence, and legitimacy.

In this context, intent has become a central—but often overlooked—signal in irregular warfare. Unlike conventional conflict, where capabilities and declarations often precede action, irregular warfare demands that analysts and policymakers infer intent from patterns, alignments, and behaviors that rarely announce themselves clearly. But when viewed over time, these acts form a coherent strategy.

This article argues that intent in irregular warfare can be identified through an analytical triad: repeated behaviors, alignment with strategic outcomes, and the systematic use of irregular means. It draws from operational practice and doctrinal sources, including the Pentagon’s Irregular Warfare Annex and the work of David Kilcullen. This framework is then applied to Venezuela and its alignment with Iran, whose shared use of proxies, criminal networks, and information warfare illustrates how states weaponize ambiguity to advance their agendas without triggering traditional conflict thresholds.

These elements are not incidental—they are deliberate. They explicitly state what is often left implied: ambiguity is not the absence of intent; it is the tactic used to mask it. Recognizing this pattern allows threats that once seemed diffuse or deniable to be understood—and challenged—for what they are.

Defining Intent in Irregular Warfare

Intent, in this context, does not depend on a formal declaration. It can be assessed through three interlocking elements: repeated behaviors, strategic alignment, and the systematic use of irregular means. These components form a triad—a grounded framework that reflects how intent emerges in irregular warfare.

Surrounding this triad is a fourth element: the calculated use of ambiguity. While not itself a form of intent, ambiguity is the tactic that obscures intent. It allows irregular campaigns to unfold beneath the threshold of retaliation, using deniability and dispersion to mask coherence. In that sense, ambiguity is the operational veil cast over the triad—not a pillar of intent, but its camouflage.

This analytical structure enables a disciplined assessment of irregular campaigns in environments where clarity is deliberately denied. It is not revealed through a manifesto or a speech, but through the accumulation of action. A single proxy deployment, or a criminal alliance, or an act of cyber disruption may not carry meaning on its own. But when these acts repeat, when they reliably serve the same set of strategic interests, and when they rely on irregular mechanisms, intent becomes visible.

First, repeated behaviors signal persistence. An isolated event may be opportunistic or accidental; a series of them—especially when varied in form but consistent in effect—suggests design. This is a foundational element in military intelligence analysis, and its relevance in the gray zones of irregular warfare is even more acute.

Second, strategic alignment refers to the coherence between a regime’s actions and its long-term political objectives. If a state consistently benefits—politically, economically, or geopolitically—from ambiguous and deniable acts, those acts should be considered part of a strategy, not aberrations.

Third, systematic use of irregular means marks the method of execution. Modern irregular warfare is characterized by its reliance on indirect, unconventional methods, such as criminal proxies, cyber tools, clandestine financial networks, or the exploitation of humanitarian crises. It allows the state to blur lines of attribution and legitimacy.

Taken together, these three indicators form a framework for assessing intent in an environment where the traditional tools of attribution fall short. Interpreting intent in irregular warfare, however, is not without danger. The same ambiguity that masks strategy also opens space for distortion. Analysts may highlight incidents that support a preferred narrative while ignoring others that complicate it.

Of course, identifying intent in ambiguous environments is risky. Analysts may read too much into isolated acts or build patterns where none exist. The answer is discipline: focus on repetition, check the alignment, and stay grounded in what can be observed. Don’t chase shadows—but don’t ignore what those shadows suggest.

The Case of Venezuela

The Maduro regime in Venezuela provides a revealing test case. It is not strategically sophisticated in the traditional sense. It has mismanaged the economy, overseen the collapse of its petroleum industry, and gutted its own institutions. But irregular warfare does not demand high-capacity governance. It rewards adaptation, deniability, and the exploitation of systemic decay.

The regime has learned to turn collapse into leverage—outsourcing control, weaponizing migration, and forging opaque alliances that serve its survival. This is not grand strategy. This is improvised statecraft in the gray zone, and it works.

Three elements are salient: forced migration, proxy criminality, and foreign alignment.

Taken together, these three behaviors reveal a campaign that is irregular in method, coherent in objective, and deliberate in design. Intent is not found in any one act, but in the consistency with which the Maduro regime blends collapse with control. The ambiguity surrounding each element is part of the architecture—not a symptom of disorder, but a tool of statecraft. Its activities over the past decade cannot be understood as the chaotic flailing of a failing state. They reflect a coherent strategy of regime preservation, asymmetric advantage, and external disruption.

The most visible feature of this strategy is the forced migration of over 7.7 million Venezuelans. What began as a humanitarian exodus has evolved into a tool of geopolitical disruption. The regime, by negligence or design, facilitated this movement without regard for regional consequences.

Neighboring states have been strained, borders destabilized, and political tensions inflamed. The Maduro government, meanwhile, remains insulated—shielded in part by the chaos it has helped unleash.

This mass displacement is not a singular act. It is part of a repeated behavior: a tolerance for, or orchestration of, structural collapse that serves a larger purpose. That purpose includes destabilizing adversaries, extracting remittances, and creating bargaining leverage with international actors.

In 2023, Venezuelan migrants sent over  $5 billion in remittances back home—about 6% of the country’s GDP—often routed through regime-linked financial intermediaries that siphon off revenue for the government. These informal channels—complemented by fixed exchangerate mechanisms and service fees imposed by parallel currency markets—mean the Maduro regime benefits directly, turning the outward migration of Venezuelans into a recurrent source of foreign currency. It aligns consistently with the regime’s interest in weakening regional consensus and disrupting US-led initiatives.

The second key component is the strategic deployment—or at least strategic tolerance—of criminal networks. The Tren de Aragua (TdA), a violent transnational gang rooted in Venezuela’s prison system, now operates across South America and has established a presence inside the United States. Its growth does not seem to have been meaningfully opposed by the Maduro regime.

Evidence suggests a permissive environment—an absence of significant crackdown—even as prisons like Tocorón fell under gang control before being retaken with limited transparency. The group not only generates revenue but also serves as an informal arm of state influence—sanctioned by the U.S. Treasury in July 2024 for its transnational criminal activity.

It’s important to note, however, there is debate about the level of cooperation. A National Intelligence Council assessment found no high-level coordination between TdA and the Maduro government—though it acknowledged tolerance of the gang’s activities within Venezuela.

Its presence is no longer speculative. On June 27, US Attorney General Pam Bondi announced the arrest of over 2,700 Tren de Aragua members in the United States since January. Both she, Secretary of State Marco Rubio, and President Donald Trump have publicly warned of the threat the gang poses to American communities—underscoring that what began as a Venezuelan prison gang has evolved into a transnational security challenge with direct implications for US homeland defense.

The regime’s tolerance of the group resembles historical patterns—states using irregular forces to harass enemies while denying responsibility. Venezuela takes part in international diplomacy as a sovereign actor while enabling criminal chaos. This contrast is deliberate. It’s the strategy.

The third dimension involves external partnerships, especially with Iran. Venezuela has hosted Iranian military personnel, deepened intelligence ties, and reportedly engaged in drone training and technology transfers. These developments do not exist in a vacuum. They reflect repeated behaviors, serve clear strategic goals, and rely on irregular means—covert transfers, disinformation, and institutional camouflage.

Recent imagery and leaked purchase orders suggest Venezuela produces approximately 50 ANSU-100 drones per year, with sub-kits for the stealthier ANSU-200 still in development. These systems, based on Iranian designs, were showcased during a 2022 military parade by Maduro. Their existence signals a maturing capacity for indigenous drone production with external support—demonstrating both technological diffusion and intent.

Additionally, Iran has supplied Venezuela with fast boats capable of carrying anti-ship missiles. These have been paired with Iranian-origin loitering munitions in recent Venezuelan saturation-strike exercises, consistent with IRGC-affiliated visions of building “Houthis of the Caribbean”—small, missile-armed craft designed to deny US or allied naval access to the southern Atlantic.

This pattern—forced migration, criminal proxy use, foreign alignment—is not ideological improvisation. None of these elements alone prove intent. But taken together—repeated actions, clear benefits, and use of irregular means—they show a pattern. What’s visible isn’t improvisation. It’s practiced behavior.

A Pattern Missed: Iran’s Intent and the Price of Delay

Iran’s strategic use of proxy forces—Hezbollah, Hamas, the Houthis—has been acknowledged for years. US and allied intelligence services understood the connections, tracked the weapons flows, and observed the coordination. What was lacking was not awareness, but response. The error was in treating each group as a localized or compartmentalized threat, rather than recognizing the shared logic behind them.

Iran was executing a regional irregular warfare campaign—slowly, methodically, and with plausible deniability. But recognition without response is not a challenge. By failing to confront the strategy behind the proxies, the West allowed ambiguity to become an advantage.

Identifying and acting on the pattern earlier—considering repeated behaviors, strategic alignment, and the use of irregular means—could have shifted policy from containment to disruption. We could have interdicted smuggling routes, pressured proxy infrastructure, and incentivized host governments to reject Iranian entrenchment.

Stronger deterrence, earlier information campaigns, and more coordinated multilateral efforts might have limited Iran’s ability to escalate with impunity. Instead, the absence of strategic challenge contributed to crises like the June 2025 strikes on Iran’s nuclear infrastructure, and arguably set the conditions for the October 7th Hamas massacre in Israel.

Whether October 7th was a tactical surprise is less relevant than the fact that it should not have been a strategic one. The indicators—stockpiled weapons, renewed coordination, rising incitement—were all present. What remained unacknowledged was the intent: to shock, to provoke, and to reset the regional narrative in Iran’s favor.

Clarifying intent in irregular warfare is not an academic exercise; it is a tool of prevention. It shifts policy from reaction to anticipation. US doctrine explicitly warns that adversaries “will continue to use irregular warfare as a component of their strategy to challenge the United States and its interests” (Irregular Warfare Annex, p. 2), and that “actors may not overtly reveal their intent, instead relying on proxy forces, disinformation, and deniability” (JP 3-24, p. I-6). The challenge lies in treating those warnings as operational guidance—not just theory.

Strategic Implications

If ambiguity is the tactic, intent is the signal. Recognizing this changes how irregular threats should be analyzed and countered.

Too often, irregular acts are viewed as symptoms of internal dysfunction. A migration wave is treated as a refugee crisis. TdA’s emergence is seen as a law enforcement problem. A drone program is labeled a curiosity. What this misses is the possibility that these events, together, form a pattern of strategic behavior.

US and allied responses have frequently faltered in this space. Ambiguity is mistaken for disorder, and tactical incidents are treated as unrelated. This results in a reactive posture, one that struggles to connect the dots and almost never challenges the architecture behind the behavior.

By contrast, analyzing intent through repeated behavior, strategic alignment, and irregular means offers a way to see the architecture. It allows policymakers to shift from responding to symptoms to challenging the logic of the campaign itself.

The Pentagon’s defense strategy urges a whole-of-government approach to addressing irregular threats. It emphasizes persistent engagement, partner enablement, and narrative competition. But what it does not fully develop is how to assess intent under conditions of ambiguity. This is where analytic rigor is most needed.

David Kilcullen’s writings, including Counterinsurgency and Out of the Mountains, argue that irregular warfare is about manipulating systems rather than holding ground. Actors exploit urban density, network effects, and institutional gaps. But beneath this disruption lies intent—the desire to undermine, outlast, and disorient the adversary.

When a regime like Venezuela repeatedly uses irregular methods that align with strategic goals, we should no longer consider it merely dysfunctional. We should understand it as executing an irregular campaign.

From Doctrine to Practice

Identifying intent is not a speculative exercise. This grounding is in the same logic that drives pattern-of-life analysis in counterterrorism, or target selection in covert action. The challenge in irregular warfare is that the “targets” are not always people or sites—they are behaviors, alliances, and narratives. And the goal is not elimination but neutralization: denying the adversary the ability to advance through ambiguity.

This requires a different kind of intelligence collection, one that privileges open-source material, migratory flows, financial forensics, and social media dynamics. It also demands policy tools that are calibrated to address indirect threats—legal, economic, and informational—as much as kinetic ones.

With Venezuela, the US and its allies should treat repeated behaviors as indicators of strategy, not noise. The Tren de Aragua is not just a gang; it is a proxy actor. Mass migration is not just a humanitarian outcome; it is a strategic weapon. Iran-Venezuela military cooperation is not just symbolic—it’s a strategic marker.

Iranian agents have entered Latin America on direct flights from Tehran to Caracas, where they are reportedly issued Venezuelan passports—allowing them to move freely across the region without drawing suspicion. As early as 2008–09, a former Venezuelan immigration official under then–Vice President Tarek El Aissami estimated that some 10,000 Middle Easterners per year were receiving such documents. Intelligence sources suggest this practice has expanded in recent years.

Iranian-linked terror finance and logistics operations have also spread beyond the well-known Tri-Border Area (Brazil–Argentina–Paraguay) to include locations such as the Chilean port of Iquique, Margarita Island in Venezuela, and Colón, Panama.

The implications extend beyond Venezuela and Latin America. The triad proposed here can assess other ambiguous threats, from Russian private military companies in Africa to Chinese influence operations in Southeast Asia. What matters is not whether these actors fit our existing categories, but whether their behavior reveals intent.

Conclusion

Venezuela is not drifting—it is maneuvering. What appears to be disorder may in fact be deliberate control. The regime survives not by restoring the state, but by exploiting its collapse, turning ambiguity into advantage.

This is irregular warfare. It thrives in the space between categories—bending humanitarianism, exploiting legality, and masking aggression. It persists not because it’s unseen, but because its intent goes unrecognized.

Policymakers must learn to read the signals. Intent reveals itself through repetition, coherence, and irregularity. Once understood, the mask falls away.

Ambiguity is the tactic. Intent is the message. Venezuela and Iran are speaking it. It’s time we listen. Ilustración: Enki Bilal.

12/08/2025:

https://smallwarsjournal.com/2025/08/12/decoding-intent-in-irregular-warfare/

Ilustración: Enki Bilal.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Requisitos

El Nacional, miércoles 14 de septiembre de 2011, A-7

CLAUSEWITZ Y EL 11-S

Aníbal Romero

En octubre de 2001, tres semanas después de los ataques terroristas en Nueva York y Washington, acompañé a mi esposa a un encuentro académico de su especialidad en Boston. Decidimos entonces, al concluir la reunión, viajar a Nueva York por unos días y comprobar los efectos de lo ocurrido. No olvidaremos jamás lo que observamos y sentimos. Avenidas desoladas, los teatros de Broadway cerrados, los restaurantes vacíos, la catedral de San Patricio rodeada por fuerzas especiales de la policía y el ejército. 

Se esperaba la continuación de los ataques, quizás en versiones aún más terribles y sangrientas, y de hecho en aquellos momentos la ciudad era presa de rumores acerca de una ofensiva terrorista con ántrax y otras armas químicas y biológicas, sobre la que presuntamente se tenían evidencias. 

Relato lo anterior para sostener lo siguiente: la llamada guerra contra el terrorismo, que comenzó en forma a raíz de los ataques de Al Qaeda en septiembre de 2001, ha resultado, hasta ahora, en una victoria para Estados Unidos. Esto no queda claro para algunos debido a tres razones: primero, a que lamentablemente, en medio del impacto, confusión y miedo de esos primeros momentos, no llegó a precisarse ante la ciudadanía estadounidense y ante el resto del mundo cuál era el fin político de la guerra, a pesar de que, en mi opinión, dicho fin estuvo presente desde un comienzo en las respuestas ejecutadas por la dirigencia civil y militar en Washington. Según Clausewitz, el fin político es producto de la pregunta ¿qué se quiere lograr con la guerra? y tal fin fue todo el tiempo el siguiente (y lo sigue siendo hasta ahora): impedir que tenga lugar un nuevo ataque con armas de destrucción masiva en territorio de Estados Unidos. 

La falta de nitidez conceptual y psicológica en cuanto a ese propósito fundamental fue oscurecido, en segundo lugar, porque el presidente Bush y sus principales asesores decidieron que para lograr tal meta, de manera más segura y permanente, era necesario "secar el pantano" en el que germinaba la voluntad criminal contra Estados Unidos, y no solamente atacar las bases de Al Qaeda en Afganistán, sino también deponer a Saddam Hussein en Irak y acabar con lo que se creía era un nutrido arsenal de armas de destrucción masiva en manos del tirano. Pero esto no fue todo: Bush quiso además generar, mediante un shock externo, un proceso de cambios políticos en el centro de la civilización islámica, ya que sus capacidades de cambio desde dentro parecían escasas. De modo pues que el fin político clave y esencial que hasta el presente ha sido logrado (cosa que no debiésemos perder de vista), se mezcló con otro también muy importante, y hoy en día la ciudadanía estadounidense no solamente ha olvidado que hace diez años estaba a la espera hasta de ataques nucleares contra sus ciudades, sino que tampoco percibe con la debida lucidez que la guerra de su país contra el terrorismo ha sido exitosa en su objetivo crucial. 

Lo anterior se ve aún más ensombrecido y confuso, en tercer lugar, por la extrema polarización que experimenta desde hace una década la política en Estados Unidos. La lucha implacable entre demócratas y republicanos, que se agudizó de modo casi demencial mediante el odio insensato y descabellado que promovieron los más importantes medios de comunicación del país contra el presidente Bush, y en comparación con el cual las actuales críticas a Obama son un juego de niños, esta polarización política, repito, ha afectado también la interpretación del 11-S y sus secuelas. El resultado es que Estados Unidos ha ganado, pero no lo sabe.

jueves, 21 de diciembre de 2023

Demandando sobriedad

BIZARRÍA Y CINISMO

Luis Barragán

Recientemente, hice algunas diligencias en el centro histórico de Caracas, y, al atravesar la Plaza Bolívar, es que se notó una cierta congregación de personas favorables a la causa palestina. Varias fotografías después, por supuesto, precavido, decidí salir del lugar y, al subir hacia la avenida Urdaneta, contadas personas de atuendo típico, posiblemente funcionarios diplomáticos acompañados de jóvenes con radiotransmisores en mano y mirada alerta, bajaban seguramente al evento que se prolongaba.

Las noticias, harto elocuentes, contundentes, irrefutables en torno al colosal acto terrorista de Hamas contra Israel. No obstante, el sesgo político e ideológico se ha impuesto, e, incluso, hay varias y lamentables escenas en las redes que versionan y justifican semejante hecho.

Tiene razón Julián Quirós, en reciente nota de primera plana para ABC de Madrid, al afirmar que “la izquierda española bizarra sólo llora a sus muertos”, tan “ajena a la Declaración Universal de los Derechos Humanos”. E, incluso, en la sesión de un parlamento autonómico, o quizá de un ayuntamiento, fue fácil apreciar la violación de las reglas de la cámara, cuando una parcialidad pidió guardar un minuto de silencio en tributo a las víctimas palestinas, levantándose de sus curules, y desafiando a la dirección de debates que apenas entraba a organizar la agenda de trabajo.

Interesado en pensar  un  poco más el problema para una inminente intervención pública, comencé a tomar notas partiendo del sentimiento y la convicción fundamentales generadas por los acontecimientos. Además, recordé una vieja obra actual de Aníbal Romero sobre la sorpresa en la guerra y la política de 1992, enhebrando impresiones e ideas que aportaran al tratamiento lo más sobrio posible de la materia, intentando alguna novedad, porque al tratarse de un debate respecto a tan delicado asunto, de nada valen las fáciles reiteraciones y estereotipos; por ello, como en una discusión cercana sobre el Esequibo, he preferido redactar lo más cuidadosamente un texto presto a su lectura en la sesión de la Asamblea Nacional de 2015.

Ciertamente, demasiado difícil inventar el agua tibia en un temario de tan larga data y densidad, hablando todavía y día por día los hechos, pero es necesario intentarlo en la medida de lo posible. A modo de ilustración, en la prensa extranjera todavía pesan las noticias, escasas otras perspectivas que las redes digitales aportan graneadas, aunque en La Razón de Caracas,  Domingo Alberto Rangel escribió sobre el Pearl Harbor israelí, así como otro recordó en el extranjero la consabida destrucción de las torres gemelas un 11-S, en un ejercicio creativo de interpretación que todavía expone sus límites.

Es importante observar hasta dónde puede llegar el socialismo del siglo XXI en su también bizarra versión de las personas, el mundo y las cosas. Sobre todo, por el compromiso con las lejanas teocracias a las que tan asombrosamente  les ha facilitado el desarrollo de un conjunto de intereses geopolíticos, geoestratégicos y comerciales en este lado del mundo.

Nos esperan toneladas métricas de propaganda oficialista, movilizaciones y manifestaciones pendientes que ocuparán a los empleados públicos requeridos en las formidables maniobras de distracción en torno a los trágicos problemas que confrontamos cotidianamente los venezolanos. Saltan de Saab Free, otra de las actividades en curso, a Palestina y viceversa, con increíble facilidad y cinismo para una completa bizarría.

Fotografías: LB, concentración de grupos oficialistas en la Plaza Bolívar de apoyo a la causa palestina (CCS, 12/10/23).

17/10/23:

https://guayoyoenletras.net/2023/10/17/bizarria-y-cinismo/

viernes, 12 de agosto de 2022

El otro millón de hectáreas en el aire

EL AVIÓN DEL INTERCAMBIO

William Anseume 

En Argentina hay un avión retenido legalmente. De esa aeronave nadie sabe a ciencia cierta si es venezolana o iraní.

Los iraníes, casualmente están muy de moda en Venezuela no solo por el pájaro metálico, sino porque les fueron entregadas sin pelos ni señales nada menos que un millón de hectáreas cultivables que nuestro país evidentemente se siente imposibilitado de poner a producir. El avión fue detenido en Buenos Aires por tener niños no muy buenos en su tripulación. Iraníes y venezolanos, también casualmente. 

En esta aventura que no termina aquí, se han visto involucrados varios países, a saber: Paraguay, Uruguay, Estados Unidos, Israel, Chile, Irán, Argentina y Venezuela. Recientemente a Nicolás Maduro le dio una pataleta de esas que el inventa para hacer ver que anda bravo. Al parecer se enfureció grandemente con el presidente argentino, por no cumplir con su orden de devolver el avión, y, suponemos, la tripulación.  La información que las fuentes de inteligencia manejaban al respecto consistía en que en ese aparato viajaba al menos un terrorista conocido por sus actuaciones y sus pertenencias grupales. También unos venezolanos que no destacan por sus actos religiosos, precisamente. 

Una vez comprobadas las identidades, por intermedio de la justicia argentina, por más que el presidente de ese país haya defendido a capa, espada y pitos a Maduro en la Cumbre de las Américas, se ordenó judicialmente su retención y la detención de los tripulantes. En un tira y encoje que no se ha detenido. La cuestión radica en que ahora, por la contundencia de las demostraciones, EEUU quiere hacerse cargo directo de la investigación allá, en su tierra, con el avioncito allá, en su tierra, para dilucidar bien lo que ya saben: las operaciones terroristas iraníes con los venezolanos. 

Argentina tiene dolores acumulados por actos terroristas contra judíos en su capital. Como dolores acumulados y múltiples tiene Israel al respecto, como es lógico. Uruguay y Paraguay no quieren ni dar gasolina, como tampoco Chile a unos bichos metálicos tan rayados como esos, tan sucios como esos. Identidades, fotos, rastreos e información va y viene entre todos esos países. En Venezuela organizaron una concentración pagada, de repudio, por la que me vi obligado a cruzar cuando venía de la protesta en la UCV, ya que me fui caminando hasta lo que era antes el centro de nuestra capital y tenían atarugada, para que creyeramos, una cuadra acaso de la avenida México, con su tarima como obstáculo y sus ruidos normales en estos casos, con gritos destemplados, como siempre y unos bebedores que no sabían ni como era el avión, pero se sumaron con chaquetas nuevas muy pintorescas y seguro con pago por medio. 

Por los convenios establecidos y respetados, el ave no plumífera irá a parar a EEUU, se develará toda la verdad de este entramado y llegará a saberse de las conexiones de nuestros país con esos otros grupos terroristas. Para determinar lo que todos sabemos. ¿La tierra otorgada a Irán por veinte años, nada menos, será para sembrarla o para sembrar iraníes y accionar iraní mayor en nuestro territorio Caribe? ¿Las farmacias, la comida iraní, el petróleo iraní, las refinerías cedidas a Irán, como El palito del cual expulsaron varios trabajadores, en número considerable son un amplio convenimiento de salvación de un Venezuela que ya se arregló, o son un convenimiento más bien militar, de penetración en Latinoamérica de fuerzas ocultas y otras no tanto? Debemos recordar que Irán participa de los juegos de la guerra encabezados por Rusia en un país como el nuestro que no tiene, según dicen, oficialmente, como hacer frente a los trabajadores en sus derechos laborales. ¿Fuera Irán de Venezuela y Latinoamérica pudiera ser la consigna? Pensemos. 

Fotografía: https://cactus24.com.ve/2022/08/11/la-justicia-argentina-ordeno-incautar-el-avion-venezolano-a-solicitud-de-eeuu/

12/08/2022:

http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/37766-intercambio

lunes, 8 de agosto de 2022

Absoluta desconfianza

EL AVIÓN DE UN MILLÓN DE HECTÁREAS

Luis Barragán

Viejos y endurecidos brochazos de barníz se ofrecen como empeñadura de unas relaciones incomprensibles para el venezolano promedio, fuera o dentro del país, con los iraníes.  Tratándose de una inconmovible teocracia de hábítos que nos son tan ajenos,  lejos están de la cercanía y familiaridad cotidiana que sostenemos con los “turcos”, expresión genérica para referirnos a cualesquiera personas de la más variada procedencia árabe y matices religiosos.

                                     Demasiado inevitable no asociar a los teócratas iraníes capaces de negociar con las más sórdidas dictaduras del mundo, con el avión todavía varado en Argentina de bandera venezolana, pero de procedencia persa. Las investigaciones judiciales adelantadas al sur del continente, no caracterizan precisamente la nave, sus tripulantes e itinerarios como parte de una programación recreativa e infantil en la que incurrieron en el desenfado de distribuir unos paquetes de cigarrillos o algunas piezas automovilísticas, sino perfilan un extraordinario movimiento de infiltración y estabilización terrorista extracontinental bajo un sello nada deportivo: Fuerzas Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.

                                     Por esos mismos días de junio del presente años, visitaba personalmente Maduro Moros a sus amigos persas, enunciando apenas algunos de los numerosos acuerdos comerciales, energéticos, ambientales, militares y de cualquier otra naturaleza que se conocen muy después, o nunca, y, a veces, resultan baladíes y, otras, exageradamente serios para haberlos callado. Ha sido tradición de la cancillería, al menos, la de este lado del mundo, la de silenciar o balbucear apenas numerosos trámites y diligencias que complementan la mudez y la ineficacia del parlamento que le sirve como resignada sucursal.

                                     A principios de julio, comenzó a rodar la especie en la prensa extranjera de la cesión de un millón de hectáreas por Venezuela, a favor de la República Islámica de Irán y periodistas, como Maryam Sinaee, quien – por cierto – desde finales del años pasado hace un seguimiento de los frutos iraníes rechazados en India o Rusia, o Simon Anquetil que ha calificado de movimiento geopolítico dramático los esfuerzos de Irán y Venezuela, ambos sancionados por Estados Unidos, nos revelaron aquello que algunos acá supusieron como una falsa noticia. Empero, los indicios eran más que suficientes, permitiéndonos ironizar en torno a los dependentólogos que le rezan todavía a Eduardo Galeano (https://apuntaje.blogspot.com/search?updated-max=2022-08-01T06:37:00-07:00&max-results=7), extendiéndose Ludmila Vinogradoff para un medio madrileño.

                                     Extraña fórmula de cultivo de ultramar para ahorrar los recursos hídricos persas, desconocidas las propuestas agroindustriales, los volúmenes de inversión, la proyección de mercados, y todo lo que implica nada más y nada menos que la cesión inconstitucional de un millón de hectáreas, donde todo, absolutamente todo cabe, incluyendo un avión de proporciones tan gigantescas que se dirá semejante al que está en el aeropuerto Internacional de Ezeiza,  para el reparto de algo más que cajetillas de cigarrillos.  En ese avión de formidables dimensiones, caben ejércitos, sistemas de armas, espías, prisioneros de guerra, plataformas de lanzamiento aeroespacial, y todo perol que ayude a la alianza antes inexplicable del socialismo con las más rigurosas teocracias con las que descubre y recrea afinidades.

                                     Un autor, Narges Bajoghli, cuyo título nos ha facilitado el amigo Guido Sosola, asegura que la revolución islámica ha perdido vigor, planteándose el reto de salvaguardar el nivel económico alcanzado, el estatus social de sus líderes y la atracción de los jóvenes, siendo tres las soluciones encontradas: ocultar los orígenes del régimen,  buscar  nuevas estrategias de distribución y apelar al nacionalismo (*),  aunque lucen insuficientes las “guerras de poder” por aquellos lejanos predios. El atrevido concurso en una América Latina que podría parecer tan lejana, como baldía,  incluso, para la expansión de la fe islámica, parece una extraordinaria bandera para las nuevas generaciones de aquel lado del mundo.

                                    Quizá, algún día, haya una contrapartida: los jóvenes conversos latinoamericanos pueden acometer una empresa semejante al otro lado del mundo.  El credo a defender, ya no es político ni ideológico.

(*)   "In the Islamic Republic, a revolutionary system has become the status quo, and now the Republic faces the question of how to keep its system “alive.” This question entails two main challenges: how to safeguard the socioeconomic and class status of its leaders and how to appeal to younger generations and their demands for political participation. The solutions that regime media producers have offered in Iran are threefold: to hide the origins of regime discourse through strategies of dissimulation, to create new distribution strategies, and to appeal to notions of nationalism as a unifying force beyond political ideology, especially in the face of growing sectarianism in the region, proxy wars with Saudi Arabia, and an understanding that Iran’s youth is no longer motivated by political Islam”, en:  Narges Bajoghli (2019) “Iran reframed. Anxieties of power in the Islamic Republic”, Stanford University Press,   California: 116.

09/08/2022:

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY