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domingo, 12 de julio de 2026

La mirada

 DIOS ES ASÍ

(San Mateo, 13: 1-23)

Enrique Martínez Lozano

De los cinco grandes discursos en los que Mateo condensa el mensaje de Jesús, el tercero ocupa el capítulo 13 de su evangelio y es conocido como el "discurso parabólico", porque en él se han reunido las parábolas del Maestro.

Se trata de siete narraciones, tomadas de la tradición y agrupadas en un solo bloque: el sembrador, la cizaña en el trigo, la mostaza, la levadura, el tesoro en el campo, el mercader de perlas y la red.

El objetivo que pretende el evangelista, en este tercer discurso, es mostrar a Jesús como maestro: de hecho, empieza el mismo insistiendo –por dos veces- en que "Jesús se sentó": sentarse equivale a enseñar (o, en otros contextos, a juzgar: quien se "sienta" es el maestro o el juez).

Tal como ha llegado a nosotros, en el relato completo pueden distinguirse claramente tres partes: una parábola breve, una explicación más extensa y un "intermedio" en el que se intenta explicar por qué el mensaje se Jesús, el maestro, no fue acogido por el pueblo judío.

Una lectura atenta, que observa fácilmente la diferencia de estilo y de acentos, busca dar razón de cada una de esas tres partes.

De toda la narración, habría que atribuir al propio Jesús probablemente la parábola original (13,3-9), sin más explicaciones. La parábola es un relato provocativo y abierto, que espera una respuesta del propio oyente o lector.

Lo característico de la parábola parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de una cosecha sobreabundante. Por una parte, el relato muestra un interés manifiesto por subrayar el comportamiento del sembrador que, sin importarle el resultado, siembra por doquier, incluso en lugares donde se sabe que la semilla no podrá germinar, como los caminos o las zarzas...

La parábola original habla, antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche... Podemos adivinar, entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: "Dios es así". ¡Tantas veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo "de los nuestros", reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o incluso crueles...!

Dios es Donación permanente y gratuita: sólo sabe y sólo puede dar. Eso es lo que "constituye" su ser: no es un "Individuo" separado, creado a nuestra imagen; es un "Darse" permanentemente –más verbo que sustantivo-, que en todo se manifiesta.

Me gusta contar una anécdota entrañable y sabia. En una ocasión, en el grupo de catequesis, una niña preguntó a la catequista: "Señorita, ¿por qué Dios es siempre Dios, y no podemos serlo una cada semana?". (Cuando uno ha crecido con una imagen antropomórfica de Dios, y lo imagina como un "Ser separado", es inevitable que aparezcan interrogantes como los que plantean los adolescentes en clase de religión: "¿Y a Dios quién lo creó?; ¿cómo nació?; ¿quién le puso ese nombre?; ¿por qué lo llamamos así?...").

Pues bien, aquella catequista, tras el "susto" inicial, contestó a la niña: "El día en que tú seas amor, y nada más que amor, serás Dios". No podía haber dado una respuesta mejor. Dios es "ser-donación" –todos nuestros conceptos y palabras se quedan irremediablemente muy pobres-, Dinamismo sabio, luminoso y amoroso, Fuente de todo lo que es y en quien somos, sin ninguna distancia, separación ni costura.

Este es, a mi parecer, el Dios del que habla Jesús. Un Dios que es "siembra" permanente: ésta es la Buena Noticia, el "evangelio" del Maestro de Nazaret.

El segundo rasgo que acentúa la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha del siete por uno era considerada excelente, hablar de un rendimiento del treinta, sesenta o cien, equivalía a desbordar la previsión más optimista, una "exageración" conscientemente provocativa.

Para que eso se dé –parece concluir la parábola-, sólo hace falta "oír": "el que tenga oídos, que oiga". Hace falta abrir los ojos, caer en la cuenta... Tomar un poco de distancia de nuestra mente, venir al presente... y reconocer la Quietud y el Misterio de todo lo que es.

Es indudable que, dentro de cada uno de nosotros, sigue habiendo "caminos" endurecidos, "terrenos pedregosos" con apenas fondo, "zarzas" asfixiantes y reductoras... Empecemos por reconocerlo y aceptarlo, reconciliémonos con toda nuestra realidad interior, abrazándola con humildad. De ese modo, al crecer en unificación –integrando también los aspectos más oscuros y vulnerables de nuestra propia sombra-, se estará disponiendo un buen "humus", la "tierra buena" –que no está hecha de perfeccionismos, sino de humildad-, en la que la semilla brotará por sí misma.

En la tercera parte de su relato (13,18-23), lo que hace Mateo es "aplicar" la parábola a la situación de su propia comunidad. De este modo, se modifica en cierto sentido el acento: de ser prioritariamente "buena noticia", anuncio gozoso de la Realidad de Dios y afirmación de confianza incondicional, se transforma en "exhortación moral" dirigida a cada discípulo.

Este modo de hacer, no sólo es legítimo, sino que resulta imprescindible cuando una persona o comunidad trata de "aplicarse" a sí misma una determinada enseñanza. Pero me parece importante no olvidar que eso tiene un "coste": la parábola se transforma en alegoría, desplazando el sentido original, que nunca deberíamos olvidar.

Finalmente, la segunda parte (13,10-17) constituye una especie de "intermedio", en el que se aborda una cuestión candente para una comunidad judeocristiana, como la de Mateo: ¿Cómo es posible que nuestro propio pueblo, el "pueblo elegido", pueblo de las promesas de Dios, no haya aceptado a Jesús? Sin duda, fue uno de los mayores enigmas para aquellas primeras comunidades.

En búsqueda de una respuesta, encontraron, entre otros, el texto de Isaías 6,9-10, que cita expresamente Mateo. Usando un recurso familiar en toda la tradición bíblica –"miran y no ven; oyen y no entienden; tienen el corazón endurecido"-, se achaca al "endurecimiento" del propio pueblo su incapacidad para acoger el evangelio.

Y ahí se introduce un dicho usual en la época: "Al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene". Más allá del significado original de esas palabras, en una cultura diferente a la nuestra, para nosotros encierran una sabiduría, que se convierte en invitación a estar atentos.

El "Exceso" o "Derroche" de todo lo que es nos alcanzará en la medida en que nos abramos a él. En tanto en cuando nos abrimos a la verdad de quienes somos, más allá de las "etiquetas" y "sueños" de nuestra mente, percibiremos la sobreabundancia del Misterio ("tendremos de sobra"). Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra existencia.

De ese modo, para concluir, me parece ver en todo el relato la proclamación de una Buena Noticia que se convierte en Invitación vital: todo está ya; sólo necesitamos "verlo". Ven al presente, acalla la mente y reconoce quién eres, cuando no te "piensas".

Venimos de un pasado que había reducido nuestra identidad a la mente ("pienso, luego existo", según la fórmula acuñada por el padre de la filosofía moderna). Necesitamos experimentar que no todo acaba ahí: ¡hay vida después de la mente!

Más allá del pensamiento –aunque, evidentemente, asumida e integrada la razón crítica como uno de los grandes regalos de la modernidad, que nos previene contra la irracionalidad-, se halla un "No-lugar" –más allá de los "mapas", el "Territorio"-, que constituye nuestra verdadera identidad.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/915-dios-es-as%C3%AD.html

Ilustraciones: Greta Lesko. 

Padre S. Martín: ¿HACIA un NUEVO cisma? ¿Está APOYANDO Roma el Camino SINODAL? 

https://www.youtube.com/watch?v=Q6W7aMz2Wtw

Monseñor Munilla: 

https://www.youtube.com/watch?v=ftq41rKMwSk

sábado, 4 de julio de 2026

Dios nos sostiene

CÓMO PIENSA Y ACTÚA JESÚS

(San Mateo, 11: 25-30)

José Enrique Galarreta

Es un pasaje recogido por Mateo y Lucas, con algunas connotaciones diferentes. Tiene tres ideas, yuxtapuestas por el redactor de forma más bien artificial:

- La exclamación de gozo de Jesús por la revelación a los sencillos.

- La declaración sobre el Padre y el Hijo

- La invitación a tomar el suave yugo de Jesús.

En nuestra reflexión vamos a centrarnos en la primera, por lo que insinuamos aquí alguna vía de comentario de las otras dos. La declaración sobre el Padre y el Hijo muestra bien que las primeras comunidades tenían una clara conciencia de que Dios hablaba por Jesús.

La conciencia misma de Jesús parece reflejada aquí. Estos versos, que hacen recordar tanto algunas expresiones del cuarto evangelio, lo muestran claramente. Es muy de señalar, sin embargo, que hemos insistido quizá demasiado en el carácter trinitario de estas expresiones. Cuando Jesús se refiere a "el Hijo", se refiere sin más a sí mismo, a su conciencia filial y a su relación con Abbá, aspecto mucho más importante que una mera especulación metafísica sobre las Personas Divinas.

La tercera parte es una prolongación natural del mensaje del domingo pasado. Todos los humanos estamos fatigados y sobrecargados, en toda vida humana hay cruz; se nos invita a llevar la cruz con él, con su misma disposición, con su mismo corazón, para que la vida sea mucho más llevadera, para que la cruz de la vida tenga más sentido.

Mateo constata simplemente que Jesús "tomó la palabra y dijo...". Lucas lo expresa así: "Lleno del júbilo del Espíritu Santo, dijo...".

Jesús siente este sobrenatural júbilo al constatar que la Palabra es bien recibida y entendida por la gente sencilla, mientras que los grandes, los ricos, los poderosos, los sabios, no la entienden, no la aceptan. Jesús siente júbilo por ello.

Una vez más, los criterios y valores de Jesús chocan con los normales del mundo. Si los ricos, sabios y poderosos no aceptan la palabra de Jesús, parece evidente que toda su labor está destinada al fracaso; no será más que una doctrina popular sin influencia, sin futuro. Jesús no lo cree así: se alegra de que la gente normal se entere y se alegra también de que los poderosos se cierren. Una vez más, nos encontramos ante el desafío de aceptar los criterios y los valores de Jesús.

Ante todo, para Jesús los poderosos, ricos, sabios... no son más que los sencillos. Si miramos detenidamente las relaciones de Jesús con las personas, advertimos que para él no tiene ninguna importancia el status social. Jesús atiende a todos, sin importarle nunca su dinero, su sabiduría, su rango. Con una distinción: sus relaciones con los poderosos y con los sabios de Israel suelen ser tensas, incluso cuando está invitado a comer en sus casas, mientras que sus relaciones con la gente normal son cariñosas, cercanas, sobre todo cuando se trata de gente especialmente necesitada, enfermos, rechazados, marginados ...

Que sean precisamente éstos los que mejor reciben la Palabra es una enorme alegría para Jesús. Y que los sabios y poderosos no la acepten, también, porque muestra a las claras que Dios es justo y bueno, no se deja comprar, y que el dinero y el poder no pueden cambiar a Dios. Jesús se alegra de que Dios es de todos, sobre todo del que más lo necesita, y especialmente de que no es patrimonio del saber, del poder, del poseer.

Los ricos, los sabios, los poderosos... los sencillos, los pobres, los necesitados. Jesús sabe que serán éstos los que reciban la palabra. Jesús sabe que aquellos difícilmente la recibirán. Estamos ante el mismo mensaje de otros mensajes de los evangelios, en que Jesús desconfiaba del dinero y constataba que nadie sirve bien a dos señores.

Una vez más, constatamos la singularidad de Jesús. Las religiones se instauran siempre desde el poder, el poder sagrado que se origina en la posesión de la palabra sagrada y la condición sagrada de sus dirigentes, y atraen inmediatamente la riqueza, que da a sus miembros respetabilidad social. Las religiones se instalan confortablemente entre sabios, santos, poderosos: construyen maravillosos monumentos, asesoran a reyes, gobiernan, cobran...

Y Jesús no es así: ni él ni su movimiento es así. Teme al dinero como a un peligro, desconfía de la sabiduría humana, no idolatra la ley, no aprecia gran cosa a los santos oficiales, no tiene buenas relaciones con el poder, no da mucho valor al templo y sus actos de culto... Pero valora enormemente a la gente sencilla, su compasión, a su solidaridad, a la limosna de la viuda, al que visita enfermos, al que pelea por la justicia...

Es éste un despiadado espejo en que hemos de mirarnos nosotros, la Iglesia. La Iglesia como institución tiene el peligro constante de convertirse en una religión como todas: poseedora de la palabra, prestigiosa, rica, constructora de maravillas costosísimas para el honor de Dios, instalada en las capas superiores de la sociedad...

Es una tentación, y no podemos afirmar que no hayamos caído en ella. Y cada uno de nosotros estamos tentados a apreciar más al rico, al sabio, al influyente, al triunfador, y a sus criterios y valores: el éxito, la respetabilidad inaccesible, la influencia social...

Estamos tentados a valorar poco al más sencillo y a sus valores: la sinceridad, la colaboración, la capacidad de sacrificio, la predisposición a compartir.

¿Dónde está tu Dios? es una pregunta inquietante. ¿en el Templo, en el palacio, en los bancos, en la fama, en la erudición, en el prestigio, en la influencia? Jesús se muestra feliz, lleno de júbilo, porque encuentra a Dios en el corazón de la gente.

Dejemos que la palabra de Jesús desnude nuestra religión, que la limpie de todos los añadidos, de todos los vestigios de "carne", de tierra.

Si hemos manchado a Jesús con extrañas religiosidades llenas de poder y dinero, de prestigio y vanas sabidurías, reconozcámoslo.

Si en nuestra vida personal nos sentimos más religiosos en el templo que cuidando a un enfermo, si damos más gracias a Dios por ser ricos que por ser compasivos, si nos sentimos mejor en compañía de ricos poderosos que con gente sencilla... pidamos a Dios fervientemente que nos cambie el corazón: que haga que nuestros sentimientos sean los de Jesús. Porque es posible que toda nuestra religiosidad sea un gran error.

El domingo pasado celebramos la fiesta que llamamos "el Corpus". Lo más significativo de su celebración es la fastuosa procesión, el desfile de autoridades civiles y militares (aunque no sean creyentes) la formidable custodia de plata y oro, los valiosísimos ornamentos del clero. ¿Es el estilo de Jesús?

Pronto celebraremos el aparatoso evento del JMJ, espectacular, carísimo, financiado por el Estado y por la gente más rica del país. ¿Es el estilo de Jesús?

Cada uno ha de pensarlo, ya somos adultos como para esperar siempre que otros nos lo digan.

Ilustración: https://www.etsy.com/

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/931-c%C3%B3mo-piensa-y-act%C3%BAa-jes%C3%BAs.html

Padre S. Martín. CISMA: lefebvrianos declaran hereje a la Iglesia y el Papa responde excomulgando a los lefebvrianos:



Papa León:


Cardenal Porras: 

Monseñor Biord:

Padre S. Martín: 

Monseñor Munilla:

sábado, 7 de febrero de 2026

Dos preciosos símbolos

SAL Y LUZ EN SU JUSTA MEDIDA

(San Mateo, 5: 13-16)

José Enrique Galarreta

El Evangelio de Mateo nos ha presentado hasta ahora a Jesús enviado de Dios, lleno del Espíritu, la invitación a la conversión y "la mentalidad" de Jesús, las Bienaventuranzas. Inmediatamente después se nos señala nuestra misión, bajo dos signos: la sal y la luz.

El significado es tan sencillo como profundo: la sal sirve para que los alimentos tengan su sabor; la luz sirve para que se pueda ver lo que ya existe. Ambos tienen una sola función: servir para que otras cosas sean válidas, para que sean lo que son.

El tema de la luz entronca con una larga tradición en la Escritura. Es una de las líneas fuertes de la revelación: Dios se presenta desde el principio, como luz.

o Su primera obra (Génesis 1) es la luz.

o Para el pueblo en marcha (Exodo) Dios es la columna de luz que le guía de noche.

o Los salmos recogen incesantemente la imagen de Dios, nuestra luz.

o Es uno de los temas repetidos en Isaías. Recordemos:

§ Is.9. "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz"

§ Is.60. "Levántate, resplandece, Jerusalén, porque viene tu luz"

(Textos utilizados en la liturgia de Navidad y Epifanía)

Todo esto se recoge ampliamente en todo el NT. hasta culminar siendo uno de los preferidos de Juan para presentar a Jesús: "La Palabra era la luz verdadera.." (Jn.1), "Yo soy la luz del mundo"(Jn.8).

De la misma manera, la luz se utiliza como manifestación de la divinidad, de la "Gloria del Señor", desde el Sinaí hasta el nacimiento en Belén, la Transfiguración y la conversión de San Pablo.

El signo de la luz adquiere además otras tres connotaciones importantes a lo largo de la Escritura.

En primer lugar, el pecado como tinieblas, en los dos sentidos que ya conocemos: tinieblas porque son un alejamiento de la luz, una ignorancia de Dios, una ausencia de la luz que es Dios; y tinieblas como hostilidad a la luz, tema obsesivo en Juan que plantea el Principio de su evangelio como Dios-luz rechazado por las tinieblas. (Recordemos el "es vuestra hora y el poder de las tinieblas"(Luc.22,53)

En segundo lugar, los justos como luz. Israel es constituido como luz para los gentiles, tema también querido para Isaías, que constituye una de las líneas de evolución de la "elección". El Pueblo es elegido no para privilegiarlo sino para que sea luz para las naciones. Se le ha dado la luz para iluminar. Esta es la línea que entronca directamente con "La Misión". "Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros. Id y enseñad a todas las gentes...."

Pero hay una tercera acepción, que completa definitivamente el mensaje, que empieza a aparecer - más bien tímidamente - en el salmo responsorial, y enlaza con otra línea profunda de la revelación ("Misericordia quiero y no sacrificios").

Dios resplandece en sus obras. Dios es luz para nosotros, ilumina nuestra vida porque es el Salvador. Nosotros tendemos muchas veces a identificar "luz" con "palabra que nos ilumina" o, peor aún, con resplandores celestiales. La luz es Jesús, no simplemente sus palabras, su mensaje, sino todo Jesús, sum manera de actuar, sus criterios, sus valores, sus comportamientos: en eso "resplandece" el Espíritu.

Por esta misma razón, el pueblo es luz porque vive en la luz, porque vive las obras de la luz, porque vive libre del pecado, porque vive como hijo. Y por tanto, la luz que ofrecemos a los hombres no es ante todo un mensaje de palabras sino una manera de vivir que convence, que salva, que es capaz de mostrar a todos el sabor de la vida.

Esta misma acepción aparece en la lectura de Isaías. El justo resplandece como luz por sus buenas obras, y aquí se señalan ya como buenas obras no precisamente las que hacen relación al culto, sino las que se refieren al prójimo.

Es curioso mostrar también cómo el texto mezcla la pureza de este mensaje con una simbología que parece decir que es entonces cuando Dios te escuchará siempre y te dará salud. Evidentemente son símbolos de la amistad con Dios, tomados de una larga tradición anterior.

A diferencia del término "luz", el término "sal" no representa en la Escritura una línea especialmente fuerte. Aparece muchas veces, porque la sal es alimento habitual e importante, y también como signo de muerte, pero no forma parte de ninguna línea especialmente cuidada. De hecho, en los evangelios apenas aparece más que en este contexto, y Juan ni siquiera la usa. Es pues un término "nuevo" en esta acepción, podríamos pensar que "inventado" por Jesús.

Aunque su paralelo con "luz" en cuanto al significado del mensaje es profundo, nos parece advertir el "sello" de Jesús, esa capacidad suya de entender todas las cosas principalmente por su referencia al Padre, al Reino. Jesús es el más extraordinario creador de parábolas, símbolos, imágenes. El que más increíblemente ha sido capaz de hablar de Dios y del hombre y del Reino utilizando las cosas cotidianas.

Esto es más profundo de lo que parece. Las cosas cotidianas, visibles y habituales, tienen una realidad normal, la que conocemos y usamos normalmente, pero son -todas- más en el fondo y con mayor importancia, palabra de Dios. Y Jesús lo ve. Jesús es un auténtico contemplativo en la acción, porque es capaz de ver a Dios en todas las cosas, porque está recibiendo la palabra de Dios habitualmente, por sus sentidos, porque ve al Padre en todas las cosas, y en todas sus acciones le responde.

El simbolismo de la sal aquí es extraordinario. Diríamos que no vale para nada por sí sola. Es para añadirse a otro alimento, es para resaltar su sabor. La humilde sal hecha para otros, para que los otros sean ellos mismos, nos parece un signo aún mejor que la luz, que puede parecer más pretencioso.

Dos preciosos símbolos, un mensaje de fuerte calado.

Pensemos en la luz de la humilde lámpara casera, o mejor aún, de la vela, del cirio. El cirio: un poco de cera y una mecha: inútil y feo, de poco valor. Encendido, es una maravilla. Sirve para saber dónde está cada cosa, por dónde moverme... La oscuridad me paraliza: todo está ahí, pero no puedo ni moverme... Esa pequeña luz "pone las cosas en su sitio", me hace capaz de valerme. Es como una creación.

Pero, de todo lo que es el cirio, la luz es, precisamente, lo que no es suyo, lo que recibido de fuera: ha de ser encendido en otra llama. Precioso símbolo nuestro: inútiles y feos si no estamos encendidos en la luz de Jesús. Y la luz nos consume: el cirio da la vida para ser luz: nuestra vida es, entera, para ser luz. "Vosotros sois la luz de la tierra" puede ser un mensaje pedante (¡soy la luz!). Puede ser la definición de nuestra misión ("Si no me consumo en ser luz, no valgo para nada").

La sal sólo se nota si falta o sobra. Un mundo sin Dios no tiene sabor. La fe, la Palabra, ponen el sabor. Pero su sabor, no un sabor añadido. La fe, la palabra "descubren" el propio sabor de las cosas, como la luz no pone nada, sino que hace ver lo que cada cosa es. Si sobre la sal, todo se hace incomestible.

Su sabor, que ni falte ni sobre.... ¡el genio de Jesús!. Podemos reflexionar en nosotros la Iglesia, quizá velas apagadas o sal sin sabor que para nada sirve; quizá sal que quiere dar su propio sabor de sal a las cosas... sin reconocer que las cosas tienen su sabor, que solamente hace falta iluminarlas para que luzcan sus colores, aderezarlas un poco para que surja su sabor.

Pero, completando a Isaías, todo esto no se hace con palabras, con ritos, con ceremonias, con ayunos, con sacrificios... Se hace simplemente siendo austeros, limpios de corazón, misericordiosos, trabajadores por la justicia... Sobran palabras sobre la luz, faltan cirios. Sobran tratados de cocina sobre la sal. Falta poner sal en mi propia vida. Sobra predicar la palabra, falta ser palabra; sin gritar, que nos pasamos de sal, pero dejando que mi vida se consuma en ser luz.

Ningún texto del Evangelio muestra a Jesús en grandes ceremonias del Templo, en sacrificios rituales. Terminado su ayuno en el Monte de la Tentación, no se le muestra como un asceta espectacular. Ora por las noches en soledad, pero está constantemente hablando al padre y del Padre. Cura constantemente, rompe ritos y leyes y tabúes por curar y consolar, desprecia cumplimientos... pero actúa, constantemente: no solo oímos de sus labios palabras estupendas sino que - sobre todo - vemos actuar en Él la Fuerza del Espíritu.

Jesús sí que es para nosotros cirio encendido, que se quema para iluminar. Jesús sí que es la sal que da sabor a todo, a vivir, trabajar, descansar, triunfar y fracasar, estar sano y enfermo, morir... a todo: toda nuestra vida tiene sabor por Jesús, nuestra sal.

Sobre la pedantería de "creerse luz de los demás". Puede ser realmente molesto para cualquier persona sentirse así, y más aún para el considerado "tinieblas". ¿Cómo puede una persona normal ir por la vida "creyéndose luz" de los otros? Me parece que existe esta mentalidad en algunos cristianos, y que es muy desagradable.

El enfoque correcto es muy diferente. En primer lugar, porque nuestra luz no es propia. No tiene sentido creerse algo por haber recibido la luz. Somos como un cirio: cera y mecha: completamente inútiles si no se enciende: y la luz no es del cirio, es recibida.

Además, no nos han dado la luz sino porque hace falta en el mundo: haber recibido una misión no nos hace mejores, sino que nos compromete a más. El complemento de esta imagen de la luz está en las parábolas de los Talentos y del fariseo y el publicano. Si alguien tiene cualquier cosa, cualidad, don, propiedad... Dios lo ha puesto en él porque es la manera de dar esas cosas a los hombres. Sólo por eso. Por tanto, la postura correcta es ofrecer con sencillez lo que hemos recibido.

Pero hay más. Nadie lo ha recibido todo, y de todos recibimos. Nadie es "La Luz", sino que tiene un poco de luz. Y todos, creyentes y no creyentes nos damos la luz de Dios.

Sólo así, dando lo que tenemos y recibiendo lo que nos dan, podemos ser hermanos en el caminar, revelándonos mutuamente a Dios. Pero es muy peligrosa esa "raza" de personas "religiosas" que dan gracias a Dios por ser como son. Deberíamos leer muchas veces la parábola del Fariseo y el Publicano: es una de las interpretaciones más logradas de "psicología religiosa", y, leída a fondo, nos interpela profundamente.

Pero es extraordinariamente importante descubrir, bajo estos signos, la revelación de Dios. Luz y Sal: Dios es luz y sal. Luz y sal es resaltar y potenciar todo lo positivo de la vida humana. ¿Quién ha dicho que Dios limita, impide, coarta...? Dios revela, potencia, ilumina, da sabor. La vida humana tiene color y sabor, y con Dios se ve mejor y sabe más. O entendemos así la Revelación de Jesús o estamos estropeando la buena noticia.

Y disfrutar con el estilo de Jesús. Ante todo, me gusta Jesús porque no define a Dios, porque no lo expresa en conceptos, sólo con metáforas, porque Dios no cabe en la razón, pero el ser humano es capaz de captarlo mejor que si lo entendiera.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1350-sal-y-luz-en-su-justa-medida.html

Ilustración: Tyrone Whitehorse:

https://www.sltrib.com/religion/2024/01/25/thats-not-jesus-lds-artists-team/

Padre S. Martín: Iglesia: Dos cismas, un mismo peligro: lefebvrianos y Alemania, que caminan sin Roma: https://www.youtube.com/watch?v=5uiEVOv0z24




Responsabilidad cívica

RECUPERACIÓN DE LA POLÍTICA Ovidio Pérez Morales El totalitarismo es una posición intelectual o una actitud personal que devalúa o silen...