Algunos años atrás, visitamos una localidad
interiorana que estaba de aniversario fundacional. Además de las actividades
proselitistas que nos condujeron también a un foro sobre el problema
universitario, tuvimos ocasión de asistir a la misa católica dominical en la
que el párroco desarrolló una estupenda homilía alusiva a la festividad.
Le comentamos al presbítero la importancia de difundir
sus homilías por las redes, incluyendo la letra impresa. Empero, se disculpó de
no hacerlo frecuentemente, porque las prefería espontáneas para la feligresía
asistente, por supuesto, bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Por aquella época, acá, estuvimos empeñados en grabar
al sacerdote oficiante en la capilla de habitual concurrencia y, nos parece,
llegamos a publicar varias intervenciones en un canal de Youtube creado a tales
efectos para que no se confundiese con nuestras actividades parlamentarias y
políticas. Muy antes, tomamos nota disciplinadamente cada domingo, durante tres
años, en la Iglesia de San Francisco de Caracas, respecto a lo referido por los
distintos celebrantes que, por cierto, significó nuestro regreso definitivo a
la Eucaristía semanal a mediados de la primera década del siglo.
Gracias a Dios, hoy, las redes digitales también se
hacen litúrgicas y podemos sintonizar la misa por la previsión y el esfuerzo
voluntario de cada comunidad. Extraordinaria tarea, aunque aún lo creemos
insuficiente a objeto de transmitir la valiosa reflexión que puede hacer el
celebrante, cada vez más urgida la ciudadanía de una bocanada de inspirada sensatez
que contraste con la cultura dominante.
Inexperto en la materia, presumimos que la meditación
dominical de la palabra antes exigía una cuidadosa preparación como –
sospechamos – no se tiene ahora. Varias son las causas, dada las apremiantes
circunstancias sociales y económicas compartidas, sin que abundemos en el clima
prevaleciente de (auto)censura, pero lo cierto es que falta un poco más de
densidad.
Podemos conjeturar sobre la calidad de esa meditación,
como reflejo de una formación académica que se ha visto ahora resentida, pues,
a la escasez de seminaristas quizá la haya también de profesores y prelados que
tuvieron oportunidad de cursar estudios igualmente en el exterior que ya no
tienen los jóvenes. Y también suponer que la creciente desescolarización de la
población inexorablemente se refleja en una comunidad en la que no le parece
tan obvia una catequesis mínima, intensamente agobiada por el absurdo discurso
del poder establecido en todo el presente siglo.
Impresión personal la nuestra, la homilía urbana tiende
a parecerse o a versionar una cierta literatura de auto-ayuda y, raras veces,
alude a nuestras vicisitudes inmediatas y actuales. Digamos que se cuida de no
herir susceptibilidades, aunque extrañamos algún tratamiento teológico básico por
el temor de la incomprensión porque nuestro pensamiento se ha hecho cada vez
menos complejo, más esquemático, simplista y banal como obsceno y
(auto)degradante.
Sentimos que luce indispensable una masiva
recatequización de la feligresía y que, al elemento teológico, sumen una
adecuada interpretación de nuestra vida rutinaria en lo personal, familiar y
social, orientada al compromiso trascendente. Es fácil escribirlo en la
sociedad de una mera supervivencia que conjuga la pobreza material con la
espiritual, pero hay que empujar el barco con fuerza, determinación y esperanza
que, igualmente, esperan los no creyentes confiados en los valores y principios
occidentales.
Porque llevamos una sección regular del blog personal
sobre las homilías (apuntaje.blogspot.com),
constatamos un error demasiado recurrente en las misas venezolanas publicadas:
no colocan la fecha, no etiquetan las lecturas, no señalan al o los
celebrantes, no hay un registro técnico de las personas que colaboran y de la
locación. Los operadores digitales a lo mejor son muy jóvenes y creen que, por
muchos años, la gente tendrá la memoria intacta del evento: todo sabemos que no
será así, e, independientemente de la profundidad y alcance de la homilía,
siempre será útil registrarla al aspirar que trascienda por lustros y décadas; preocupante,
porque cuentas como la de la Arquidiócesis de Caracas, por lo menos, en
Youtube, falla al respecto y, a veces, apenas coloca la fecha.
Por último, permítannos observar que la anomia social
llegó también a la Iglesia y es importante una campaña pedagógica sobre la correcta
conducta de las personas en la misa. Esperamos un mínimo de urbanidad y también
de consciencia católica, pues, hasta los hay quienes se colean camino al
confesionario.
Nos parece fundamental que la recuperación de la vida
y de la vivencia comunitaria tenga un ejemplo vivo en las comunidades
religiosas, como no la tiene ni tendrá en el comunalismo que la ha falsificado,
partidizándola hasta la saciedad. Y la palabra cotidiana y orientadora de la
Iglesia Católica puede realizar grandes aportes, seamos o no creyentes.
Fotografía: LB, procesión del Viernes Santo, Iglesia de la Coromoto (Caracas, 03/04/2026).
1) Asesinado por Pilato; 2) Aplastado por una torre; 3) Negándonos a convertirnos.
Todo comienza con el deseo de tenderle a Jesús una trampa. ¿Cómo reaccionará él, que es galileo, ante el asesinato de otros galileos por orden del procurador romano? La trampa es muy astuta: nadie le pregunta qué piensa de este hecho; se limitan a contarle el caso. Si responde airadamente, se enemistará con las autoridades; si se calla la boca, se revelará como un mal galileo y un mal israelita.
Para quienes han venido a contarle el caso, todo se juega entre unos galileos muertos, Pilato y Jesús. Ellos se limitan a informar, como la prensa; el caso no les afecta personalmente. Y aquí es donde Jesús va a cazarlos en su propia trampa. Con una ironía muy sutil da por supuesto que sus informadores no le piden una declaración de tipo político (Pilato es un asesino, muerte a los romanos) sino de tipo religioso (esos galileos han muerto por ser pecadores). De hecho, la mayoría de los judíos de la época (y muchos cristianos actuales), consideran que una desgracia es consecuencia de un pecado.
Pero Jesús toma un rumbo completamente distinto. Los importantes no son los galileos muertos, Pilato y Jesús. Los importantes son ellos, los que preguntan, que no pueden considerarse al margen de los acontecimientos. Si piensan que esos galileos eran más pecadores que ellos, se equivocan. También se equivocaron quienes pensaron que los dieciocho aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé eran más pecadores que los demás.
La muerte no solo la provocan políticos injustos y criminales (Pilato) o desgracias naturales evitables (la torre). Hay otra amenaza mucho más grave: la que tramamos contra nosotros mismos cuando nos negamos a convertirnos.
Dios pide higos a la higuera, no pide peras al olmo
La historia de los galileos y de la torre la ha utilizado Jesús para avisar seriamente, y por dos veces: “Si no os convertís, todos pereceréis”. Quienes conciben a Jesús como un hippy de los años 80 del siglo pasado, repartiendo flores y besos, no han leído nunca el evangelio. Él no hay traído paz sino espada.
Pero la invitación tan seria a convertirse, con la amenaza de perecer en caso contrario, no debe interpretarse de forma equivocada. Dios no va a caer sobre nosotros como una torre ni va a mandar a sus ángeles con espadas desenvainadas. Mediante una breve parábola Lucas cuenta cómo nos va a tratar: como un agricultor sensato, realista y paciente.
Sensato, porque solo nos pide lo que podemos dar naturalmente, sin especial esfuerzo. De la higuera solo espera que dé higos, no plátanos ni melones. Lo que espera de nosotros es algo que cada uno debe pensar teniendo en cuenta sus circunstancias familiares y laborales, pero nunca esperará nada que exceda nuestra capacidad.
Realista, porque no se deja engañar. La higuera lleva tres años sin dar fruto. Con él no valen las excusas del mal estudiante que asegura haber trabajado mucho cuando no ha dado golpe en todo el curso. A nosotros podemos engañarnos diciendo que damos fruto; a Dios, no.
Paciente, porque ha esperado ya tres años, y todavía está dispuesto a conceder uno más.
Pero la parábola no habla solo del dueño de la viña. El gran protagonista es el viñador, el que intercede por la higuera y se compromete a cavarla y echarle estiércol. Ya que la higuera nos representa a cada uno de nosotros, el viñador tiene que ser Jesús. Se espera que la higuera produzca fruto no solo por ella misma sino también gracias a su acción.
En definitiva, la parabolita final matiza bastante la dureza de la primera parte del evangelio. Pero matizar no significa anular. Si nos empeñamos en no dar fruto, si no mejora nuestra relación con Dios y con el prójimo, por más que Jesús cave y trabaje, la higuera será cortada.
Nosotros no somos distintos ni mejores (lecturas 1ª y 2ª)
En el evangelio, Jesús advierte a los presentes que no deben considerarse mejores que los asesinados por Pilato o muertos por el derrumbe de la torre. Las dos primeras lecturas nos recuerdan que nosotros no somos mejores que el pueblo de Israel, para que nadie se sienta seguro y termine cayendo, como indica Pablo.
La lectura del Éxodo nos habla de la preocupación de Dios por su pueblo esclavizado en Egipto. La vocación de Moisés será el primer acto de su liberación. Por eso, el estribillo del Salmo repite: “El Señor es compasivo y misericordioso”.
Pero la carta a los Corintios recuerda que, a pesar de tantos beneficios divinos (paso del Mar, maná, agua que brota de la roca), muchos israelitas no agradaron a Dios y terminaron pereciendo en el desierto. Y añade que esto debe servirnos de ejemplo y escarmiento. Nos puede ocurrir lo mismo si nos comportamos igual que ellos. Dicho con las palabras del evangelio. “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.”
SOMOS "BIENAVENTURADOS" AL DESCUBRIR QUIÉNES SOMOS
(San Lucas, 6: 20-26)
Enrique Martínez Lozano
El más conocido "sermón de la montaña", que en el evangelio de Mateo ocupa tres capítulos (5, 6 y 7), se convierte, en Lucas, en el "sermón de la llanura", a la vez que se reduce considerablemente (6, 17-49).
Apreciamos, una vez más, la libertad de los autores para enmarcar las narraciones que circulaban sobre Jesús, según el objetivo que cada uno de ellos pretendía.
Mateo, que presenta a Jesús como el "nuevo Moisés" –liberador y legislador-, lo sitúa enseñando –ofreciendo la "nueva ley"- en un monte, que recuerda al Sinaí, en el que la Escritura dice que Moisés recibió las tablas de la Ley. Por otro lado, si la tradición creía que Moisés era el autor de los cinco libros de la Torá –el llamado "Pentateuco"-, Mateo hará girar todo su evangelio en torno a cinco grandes discursos de Jesús: el de la Montaña es el primero de ellos.
Lucas no tiene ese objetivo, por lo que no busca agrupar dichos de Jesús en un único momento; ésa es la razón por la que su "sermón de la llanura" –tampoco tiene interés en hablar de Jesús sobre el trasfondo de la figura de Moisés- es sensiblemente más breve.
Por otro lado, si bien es cierto que ambos discursos empiezan con la proclamación de las Bienaventuranzas, también en este punto las divergencias son notables: desde el número –ocho en Mateo, cuatro en Lucas-, hasta la forma –Mateo habla de actitudes: "felices los que eligen ser pobres"; Lucas, de situaciones: "felices vosotros, los pobres"-.
Eso no significa que haya oposición entre ambas –resultan complementarias-, pero pone de relieve la libertad de los evangelistas, a la que me refería más arriba.
Lucas, pues, ofrece cuatro bienaventuranzas, tres de las cuales tienen como destinatarios a los discípulos que se encuentran en situación de pobreza: los pobres, los que tienen hambre y los que lloran conforman el mismo grupo de gente. Se trata de una misma situación dolorosa, vista desde perspectivas diferentes. A ellos se les proclama "felices", en la promesa de lo que recibirán.
El hecho de situar la "bienaventuranza" en el futuro es característico de una conciencia mítica o, en todo caso, egoica. El ego no puede ver esta tierra sino como un "valle de lágrimas", y únicamente puede pensar en la felicidad, si la proyecta hacia un futuro imaginado.
Sabemos bien que la identificación con el yo es sinónimo de sufrimiento y que el propio yo no puede vivir en el presente. No es extraño, entonces, que la bienaventuranza posponga la dicha para un futuro, y que "suene" a nuestros oídos como "resarcimiento".
Este modo de pensar, como decía, no sólo es característico del yo, sino que, desde ese nivel de conciencia, es visto como "justicia definitiva": al fin, cada cual va a recibir lo merecido; o dicho desde cierta filosofía del siglo XX, "los verdugos no terminarán triunfando sobre las víctimas".
En esa misma clave, se leían las "malaventuranzas" que Lucas coloca a continuación, en el texto que estamos comentando, y que no aparecen en Mateo. Se trata del reverso exacto de las cuatro situaciones previamente descritas, y comienzan con un "¡ay!", que era un lamento funerario.
De ese modo, las situaciones se invierten y todo parecía quedar en su sitio: los pobres son recompensados; los que han disfrutado de la vida conocerán la desgracia. El lector sabe que se trata de un planteamiento frecuente en Lucas: el "más allá" es presentado como reverso de la situación presente, tal como ocurre en la parábola del rico y el pobre Lázaro (Lucas 16, 19-31).
Sin embargo, y por más que ese mensaje "suene bien" a nuestros oídos, desde el nivel de conciencia transpersonal, no se sostiene. El giro decisivo se produce porque es la misma identidad egoica la que es trascendida. Si el yo no es nuestra identidad definitiva, ¿quién es el objeto de las promesas?
Llegamos también a la misma conclusión cuando tomamos distancia del "modelo mental" de conocer –inevitablemente dualista-, y adoptamos la perspectiva no-dual, en la que nada está separado de nada.
¿Significa esto que todo resulta indiferente? Evidentemente, no. Pero el cambio no vendrá como consecuencia de la promesa de un premio o de la amenaza de un castigo, sino porque se incremente nuestro nivel de comprensión.
En ese sentido, las bienaventuranzas de Lucas apuntan en la dirección correcta: todos compartimos la situación de todos. Pero no porque, en un futuro, se cambien los papeles, sino ya ahora en el presente. Nuestro problema es que no lo reconocemos.
Sólo creciendo en esta comprensión, es decir, sólo a través de la transformación de la conciencia, nuestro comportamiento con respecto a los otros se modificará, porque habrá cambiado nuestra percepción de la realidad.
Pero hay más todavía. Pobres y ricos, los que tienen hambre y los que están saciados, los que ríen y los que lloran..., ¿quiénes son, en último término? Visto desde el yo –el nivel egoico o mental de conciencia-, son "identidades definitivas". Por eso mismo, lo que está en juego es también "definitivo".
Sin embargo, desde la perspectiva no-dual, son "expresiones transitorias" de la Realidad última, "papeles" que adopta la Conciencia en su manifestación dual.
Así las cosas –y aunque el yo no pueda admitirlo de ningún modo-, cae definitivamente toda idea de mérito y de culpabilidad. Somos "expresiones" de la Conciencia –de Dios-, en camino de reencontrar nuestra verdadera identidad.
No somos el "yo" que nuestra mente piensa que somos, sino la Conciencia que en ese yo se expresa. La ignorancia y el sufrimiento continuarán mientras perdure la identificación con el yo; la liberación acontece al descubrir quiénes somos. El que lo descubre es "bienaventurado"..., aunque cuando lo descubra, "él" ya no esté como una identidad separada.
«Penetra en tu propio interior y descubre lo que no eres.
Ninguna otra cosa tiene importancia.
Te basta con saber lo que no eres.
No necesitas saber lo que eres; porque lo que eres no puede ser descrito más que como la negación de todo.
Todo lo que puedes decir es: "no soy esto, no soy aquello".
No eres nada imaginable...
No eres el cuerpo, ni los pensamientos, ni los sentimientos, ni las opiniones, ni el tiempo y el espacio, ni ser o no ser, ni esto o aquello.
No eres un fenómeno entre otros.
No eres objeto ni sujeto.
No te busques en la identificación o en la oposición a algo.
Eres una dimensión diferente...
Abandona la idea de que eres lo que piensas ser y no habrá un foso entre ti y la Realidad. Has creado ese foso al creerte separado, porque te crees "algo".
No tienes que atravesar ese foso, te basta con no crearlo.
Todo eres tú, todo es tuyo.
Cuando "yo soy una individualidad" se va, "yo soy todo" llega».
La liturgia nos propone hoy la familia de Nazaret como punto de reflexión. No sabemos casi nada de esa familia, pero teniendo en cuenta el refrán: "De tal palo tal astilla", debemos suponer que fue una familia ideal.
No obstante, tenemos que dejar claro que el modelo de familia de aquella época tenía muy poco que ver con el nuestro. Los estudios sociológicos que se han hecho sobre la familia en tiempo de Jesús, no dejan lugar a duda. Si no tenemos en cuenta los resultados de esos estudios será imposible entender nada del ambiente en que se desarrolla la infancia de Jesús.
El tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos, no ha existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús, era el patriarcal. La familia molecular era completamente inviable, tanto por motivos sociológicos como económicos.
Cuando el evangelio nos dice que José recibió en su casa a María, no quiere decir que fueran a vivir a una nueva casa. María dejó de vivir en la casa de su padre y pasó a integrarse en la familia de José. Esto no quiere decir que no tuvieran su intimidad y sus relaciones más estrechas los tres. El relato de la pérdida del Niño en Jerusalén es impensable en una familia de tres. Pero cobra su verosimilitud si tenemos en cuenta que es todo el clan el que hace la peregrinación y vuelven a casa todos juntos.
El relato evangélico que acabamos de leer, es muy rico en enseñanzas teológicas. Está escrito sesenta o setenta años después de morir Jesús. Lucas quiere dejar claro, desde el principio de su evangelio, que la vida de Jesús estuvo insertada plenamente en las tradiciones judías. Su persona y su mensaje no son realidades caídas del cielo, sino surgidas desde el fondo más genuino del judaísmo tradicional.
Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte. Sus relaciones, aunque se hayan desarrollado en un marco familiar distinto, pueden servirnos como ejemplo de valores humanos que desarrollamos, cualquiera que sea el modelo donde tenemos que vivirlos.
Jesús predicó lo que vivió. Si predicó el amor, es decir, la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió él. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para todo ser humano. Todo ser humano nace como proyecto que tiene que ir desarrollándose a lo largo de toda la vida con la ayuda de los demás.
Debemos tener mucho cuidado de no sacralizar ninguna institución. Las instituciones son instrumentos que tienen que estar siempre al servicio de la persona que es el valor supremo. Las instituciones no son santas ni sagradas. Nunca debemos poner a las personas al servicio de la institución, sino al contrario.
Con demasiada frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos de ellas con uñas y dientes. Claro que no son las instituciones las que tienen la culpa. Son algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para conseguir sus propios intereses a costa de los demás.
No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer en mi verdadero ser, me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano; ni siquiera cuando me reporte ventajas o seguridades egoístas.
La familia sigue siendo el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no sólo durante los años de la niñez o juventud, sino que debe ser el campo de entrenamiento durante todas las etapas de nuestra vida. El ser humano sólo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás.
La familia es el marco insustituible para esas relaciones profundamente humanas. Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo. En cada una de esas situaciones la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana. Los lazos de sangre o de amor natural deberían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio.
Las relaciones familiares tendrían que enseñarnos a dejar nuestro individualismo y egoísmo. Si en la familia superamos la tentación del egoísmo amplificado, aprenderemos a tratar a todos con la misma humanidad: exigir cada día menos y darse cada día más.
No tenemos que asustarnos de que la familia esté en crisis. El ser humano está siempre en constante evolución, si no fuera así, hubiera desaparecido hace mucho tiempo.
En el evangelio no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el existente. Mas tarde, como el cristianismo se extendió por el imperio romano, se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal era muy avanzado. Los cristianos de los primeros siglos hicieron muy bien en adoptar ese modelo. Lo malo es que se sacralizó y se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba.
Con el evangelio en la mano, debemos intentar dar respuesta a los problemas que plantea la familia hoy. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas.
No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble, aunque la estadística nos diga que el 50% se separan. No se trata de que hoy las personas sean peores que hace cincuenta años. Hoy para mantener un matrimonio se necesita una madurez mucho mayor. Al no darse esa madurez, los matrimonios fracasan.
Dos razones de esta mayor exigencia son:
a) La estructura nuclear de la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.
b) La mayor duración de la relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta años juntos. Es más fácil que en algún momento, surjan dificultades.
Como cristianos tenemos la obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política.
Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que deberían tener los seres humanos en sus relaciones con los demás. Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que permita esta relación plenamente humana, puede ser cristiana.
No debemos identificar un matrimonio roto con una infidelidad al evangelio. La falta de amor puede ser sustituida durante mucho tiempo por intereses mutuamente satisfechos. Cuando ese equilibrio de intereses se rompe, no queda más remedio que reconocer la falta de amor.
No solo no es malo que se separen dos personas que no se aman. Es completamente necesario que se separen, porque no hay cosa más inhumana que obligar, por decreto, a vivir juntas a dos personas que no se aman. Esto no contradice en nada la indisolubilidad del matrimonio, porque lo único que demostraría es la falta de amor que ha hecho nulo, de todo derecho, lo que hemos llamado matrimonio.
Si hay sacramento ciertamente es indestructible. Pero para que haya sacramento, no es suficiente que hagamos el signo. Es imprescindible que se dé la realidad significada, el amor.
Meditación-contemplación
El niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría.
Éste es el Jesús que nos interesa de verdad.
Un ser humano que recorre nuestro propio camino,
y de esa manera, nos puede indicar la dirección a nosotros.
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No nos debe asustar que no hayamos llegado a la meta.
Siempre nos quedará un gran trecho para llegar.
Como el horizonte, la meta se verá más lejos,
aunque nos estemos acercando a ella.
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En nuestra vida espiritual
lo importante es no instalarse ni apoltronarse.
Paso a paso debemos avanzar, aunque sea en la oscuridad.
Mientras sigas dando pasos, estás en el buen camino.
Todos los exegetas están de acuerdo en que el Reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que podamos ir intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión aparentemente simple.
Podríamos decir que es un ámbito que abarca a la vez lo humano y lo divino. Todo el follón que se armó en el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es, a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad terrena que consistiría en su manifestación en nuestra existencia terrena. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.
No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: "no está aquí ni está allí". Tampoco puede estar solamente dentro de cada uno de vosotros, porque si está dentro, se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.
Me habéis oído decir muchas veces que las parábolas no se pueden explicar. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada parábola. Como la postura espiritual de cada uno va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que voy profundizando en mi camino.
Creo que tampoco los elementos que constituyen las dos del evangelio de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y cómo se desenvuelve en su desarrollo hasta producir la planta completa. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Tal vez por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino, que tampoco se puede percibir.
La planta que va apareciendo lentamente no viene de fuera sino que es consecuencia de una evolución interna de los elementos que ya estaban ahí. Este aspecto es muy importante, porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no puede tener fin, porque su meta es el mismo Dios.
El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez, pero su manifestación tiene que ir produciéndose paulatinamente a través del tiempo y del espacio. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.
Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar desde las increíbles posibilidades con las que nace hasta la plenitud que tiene que ir consiguiendo a través de su vida. Y también se puede aplicar a la humanidad en su conjunto.
Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de la evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar en nuestro caminar hacia una vida cada vez más humana. La advertencia para nosotros hoy es que no debemos conformarnos con un progreso material sino aspirar a mayor humanidad.
Otra reflexión interesante es que no podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a dónde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a los condicionamientos del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.
En cada una de las dos parábolas que hemos leído, se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella sale. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible, surja, en muy poco tiempo una planta de gran altura. En ambos casos, lo único que necesita la semilla es un ambiente adecuado para desplegar su vitalidad.
Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia fuerza. Si aún no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra, por impedírselo de alguna manera. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita un mínimo de humedad, de luz y de temperatura para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno. Solo espera una oportunidad.
Con demasiada frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer, lo que hacemos es desarraigarla. O damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar.
También puede hundirnos en la miseria el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. También la vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos de nuestro esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos descubrir el fruto, aunque nos parezca que no llega nunca.
El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios mismo. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. Ella es la que tiene que desarrollarse y hacerse visible externamente. El Reino de Dios no es nada que podamos ver ni tocar. Es una realidad espiritual. Ahora bien, si está o no está en nosotros lo tenemos que descubrir a través de las obras. Si actuamos de una manera, demostramos que el Reino está en nosotros. Si actuamos de otra demostramos que el Reino aún no se ha desarrollado.
Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida diaria. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero sin descubrirlo. Jesús hace referencia a esa realidad constantemente. Creo que aún hoy, nos empeñamos en identificar el Reino de Dios con situaciones externas. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos. Solo cuando lo hayamos dejado crecer dentro, se manifestará al exterior a través nuestro.
Estas dos parábolas desbaratan el afán moralizante que ya enseña la oreja en muchas partes de los evangelios. No nos dicen lo que tenemos que hacer, y mucho menos lo que no tenemos que hacer. Parece más bien que nos invita a no hacer y dejar que otro haga. Este aspecto me encanta, porque creo que nadie tiene derecho a decir a otro lo que tiene que hacer o dejar de hacer. Lo importante está en descubrir lo que somos y actuar o dejar de actuar según las exigencias de nuestro verdadero ser. Decían los escolásticos que el obrar sigue al ser. Ser más y aparentar menos. Tal vez debemos olvidarnos de muchas normas que hemos cumplido mecánicamente y tratar de que lo que nos hace más humano surja de lo hondo de nuestro ser y no de las programaciones recibidas de fuera.
Meditación- contemplación
El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes crearlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre original.
..........................
El Reino nunca será el fruto de una programación.
No surgirá por muchas doctrinas que atesores.
No lo encontrarás en los ritos litúrgicos.
Tampoco es producto del cumplimiento de unas normas morales.
........................
Surgirá de una intuición de lo que en realidad eres,
Repasemos el conjunto de los relatos y textos de la ascensión, para poder comprenderlos mejor.
MATEO
(Lo leemos hoy como evangelio del día)
La "despedida de Jesús" se produce en Galilea, en un monte. No se señala cuándo. El final es:
"Se me ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo."
Y no se hace ninguna mención de la Ascensión.
MARCOS
La despedida se hace en el Cenáculo, en Jerusalén, el mismo domingo de resurrección. Jesús les da un mensaje de misión semejante el de Mateo. El texto termina así:
"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que les acompañaban."
LUCAS
(Evangelio)
La despedida se hace en el camino de Betania, el domingo de Resurrección. El último párrafo es:
"Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios"
HECHOS
(La primera lectura de hoy)
La despedida se hace desde el Monte de los olivos, cuarenta días después de la resurrección. Hay un sermón de misión y una descripción de la subida de Jesús al cielo, por los aires, con la promesa de que volverá.
JUAN
(Primera conclusión de su evangelio)
La despedida se hace en el cenáculo, ocho días después del Domingo de Resurrección. El "discurso de despedida" se ha puesto ocho días antes, en la aparición sin Tomás. Dice:
"Paz a vosotros, como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros." Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a los que se los retengáis, les quedan retenidos."
En la aparición con Tomás no hay discurso de misión. No se hace mención alguna a la "partida" de Jesús.
En el añadido del cap. 21, no hay ninguna mención de la Ascensión.
Resumiendo las semejanzas y las diferencias:
· Marcos, Lucas y Hechos sitúan la acción en Jerusalén y sus alrededores, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) recogen la tradición de Galilea.
· Marcos, Lucas y Juan (1ª conclusión) terminan el mismo domingo de la resurrección, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) suponen un tiempo intermedio indefinido, y Hechos habla expresamente de cuarenta días.
· Los cuatro evangelios y los Hechos constatan un sermón de Misión como final del mensaje de Jesús.
· HECHOS describe la partida como un despegar hacia las nubes.
· Marcos y Lucas no describen la partida.
"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
"Y, mientras los bendecía, se separó de ellos."
· Mateo y Juan no mencionan la "partida" de Jesús.
Estas diferencias, tan notables, nos hacen reflexionar. No es creíble que un mismo autor cuente un suceso de dos formas que, aunque coinciden en lo esencial, presentan fuertes diferencias.
Ampliando esta idea, es sorprendente que los otros testigos lo cuenten de forma tan distinta, y que Juan no lo cuente.
Evidentemente, por todo ello, no nos encontramos ante la simple narración de un suceso, sino de algo más, del significado del suceso, de la fe en lo que sucede en el fondo de lo que se ve.
En este sentido, no debemos olvidar algunas conclusiones claras:
· No es posible la reconstrucción de una "cronología de la resurrección y ascensión del Señor". No lo dan los textos.
· No es posible ignorar el carácter de "relatos de los sucesos de aquel fin de semana" que tienen los primeros textos de la Resurrección (las mujeres en el sepulcro), y el carácter de "profesión de fe" que van adquiriendo los relatos siguientes.
· Los textos de la Ascensión son de género literario "Teofanía" y "profesión de fe", están escritos desde la intención de manifestar la Fe en Jesús Señor.
· En ellos encontramos elementos simbólicos frecuentes en el Antiguo Testamento, y usados por los evangelistas:
ARRIBA
SENTADO A LA DERECHA
LA NUBE
LAS VESTIDURAS BLANCAS
LA VOZ DEL CIELO.
(Relatos de este género, con símbolos semejantes son, entre otros, el Bautismo en el Jordán, la Transfiguración y algunos de los relatos de la infancia y nacimiento)
· El hecho de que Juan los omita - en paralelismo a la omisión del mismo Juan del pasaje de la institución de la Eucaristía - nos muestra a las claras que hay en los evangelistas varias maneras de proclamar la Fe en Jesús Resucitado Señor.
En conclusión. Nos encontramos en la transición del relato de historia - la muerte de Jesús en la cruz - a la proclamación de la Fe en Jesús Señor exaltado por Dios. Y todo ello, en la perspectiva de la Misión, y con la promesa del Espíritu.
Mientras que en los relatos de la Pasión lo central era el suceso, lo que vieron los ojos, en estos relatos lo central es lo que no ven los ojos, el triunfo definitivo de Jesús.
Así pues, las tres lecturas de hoy se mueven entre el simbolismo y el mensaje, y, juntos, nos ayudan a comprender la Ascensión del Señor. Demasiadas veces trivializamos la Ascensión como si fuera un episodio de la vida de Jesús, un "viaje final".
El nacimiento y la muerte en cruz son sucesos: hubo testigos, creyentes o no, que podrían atestiguarlos. La Encarnación, la Resurrección y la Ascensión no son sucesos que los ojos vieron. Son "sucesos de la fe". Y sus relatos no cuentan lo que vieron los ojos, sino lo que la fe creyó.
Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es, con este relato "¿qué nos quiere decir el autor?".
El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.
Mirándolos desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.
TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN
Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa "despojarse de su condición divina", "hacerse pecado", "humillarse hasta la muerte y muerte de cruz".
Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su entrega total a su misión, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.
La humillación es presentada con la simbología básica del "descenso": "bajó del cielo", "descendió a los infiernos".... Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: "subió a los cielos". Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la "situación definitiva", "sentado a la diestra de Dios".
Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado su misión hasta la muerte y muerte de cruz, que ahora ocupa "su lugar", el que le corresponde por naturaleza.
La Ascensión es "colocar a Jesús donde debe estar", y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque "aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara".
Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del Evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.
TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN
Todos los evangelistas terminan su obra con la misión. Terminada su misión, Jesús "se va", y su misma misión queda en manos de los discípulos, de la Iglesia.
La aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es muy preciso: han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido.
Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.
CONCLUSIONES
La Ascensión no es un hecho físico. "Arriba" está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. "Abajo", pero ¿en qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur?
"Descendió a los infiernos" significa lo mismo que "subió a los cielos", es decir, que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosa que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.
A nosotros no nos gusta este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos expresaron la Palabra.
Los relatos de la Ascensión son profesiones de fe. Se responde a la pregunta fundamental acerca de Jesús: ¿quién este hombre? Y se responde: es el hombre lleno del Espíritu, que le hace Hijo, que fue crucificado pero está Vivo por la fuerza de ese Espíritu, y ha sido "exaltado por Dios a su derecha". Se nos invita hoy a hacer nuestra esta fe. Es el día en que debemos reafirmar, de todo corazón, nuestra fe en Jesús.
La Ascensión es una invitación no sólo a reconocerle sino a seguirle; se nos invita a la misma misión de Jesús. Es también el día en que la tenemos que aceptar. Nuestra celebración de la Ascensión no puede terminar sin más en el gozo por el triunfo de Cristo. Es el día en que decimos a Jesús: "Te puedes marchar tranquilo; tu misión queda en nuestras manos; cuenta con nosotros."
En resumen:
Creo en Jesús, el Señor,
revelación de Dios y del sentido de la vida:
acepto la vida como misión recibida de El,
para que todos los hombres le conozcan y salven su vida.
Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en El.
O R A C I O N
Bendito sea Dios,
el Padre de Jesús, nuestro Padre,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones,
que nos ha mostrado en Jesús, su rostro, su corazón
y nos ha elegido para la misión más bella,
que toda la humanidad conozca la Buena Noticia de Jesús.
Bendito sea Jesús, el hombre lleno del Viento de Dios,
que ha hecho de nuestra vida algo nuevo, distinto,
VIVE EN TU FAMILIA, LA GRANDEZA DE SER PLENAMENTE HUMANO
Fray Marcos (Rodríguez)
Lc 2, 22-40
La liturgia nos propone hoy la familia de Nazaret como punto de reflexión. No sabemos casi nada de esa familia, pero teniendo en cuenta el refrán: "de tal palo tal astilla", debemos suponer que fue una familia ideal. No obstante, tenemos que dejar claro desde el principio que el modelo de familia de aquella época tenía muy poco que ver con el nuestro. Los estudios sociológicos que se han hecho sobre la familia en tiempo de Jesús, no dejan lugar a duda.
Si no tenemos en cuenta los resultados de esos estudios será imposible entender nada del ambiente en que se desarrolla la infancia de Jesús y no saldremos nunca de las artificialidades que se nos han querido enseñar como hechos reales. La verdad es que el tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos, no ha existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús, era el patriarcal. La familia molecular era completamente inviable, tanto por motivos sociológicos como económicos.
Cuando el evangelio nos dice que José recibió en su casa a María, no quiere decir que formaran una nueva familia, sino que María dejó de pertenecer a la familia de su padre y pasó a integrarse en la familia a la que pertenecía José. Esto no quiere decir que no tuvieran su intimidad y sus relaciones más estrechas, los tres; pero no debemos pensar en una casita separada donde vivían los tres con autonomía de todos sus familiares.
El relato de la pérdida del Niño en Jerusalén es impensable en una familia de tres. Pero cobra su verosimilitud si tenemos en cuenta que es todo el clan el que hace la peregrinación y vuelven a casa todos juntos. Lo mismo cuando el evangelio nos cuenta que su madre y sus hermanos vinieron a llevárselo porque decía que no estaba en sus cabales. Los representantes de la familiar querían evitar un descalabro para todo el clan.
El pasaje evangélico que acabamos de leer, es muy rico en enseñanzas teológicas. Está escrito sesenta o setenta años después de morir Jesús. Lucas quiere dejar claro, desde el principio de su evangelio, que la vida de Jesús estuvo insertada plenamente en las tradiciones judías. Su persona y su mensaje no son realidades caídas del cielo, sino surgidas desde el fondo más genuino del judaísmo tradicional.
Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte.
Sus relaciones, aunque se hayan desarrollado en un marco familiar distinto, pueden servirnos como ejemplo a nosotros, en nuestro propio modelo de familia. Lo importante no es el modelo de familia, sino los valores humanos que desarrollamos, cualquiera que sea el modelo donde tenemos que vivirlos.
Jesús predicó lo que vivió. Si predicó el amor, es decir, la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió él. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para todo ser humano. Todo ser humano nace como proyecto que tiene que ir desarrollándose a lo largo de toda la vida con la ayuda de los demás.
Debemos tener mucho cuidado de no sacralizar ninguna institución. Las instituciones son instrumentos que tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo. Las instituciones ni son santas ni sagradas. Nunca debemos poner a las personas al servicio de la institución, sino al contrario.
Con demasiada frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos de ellas con uñas y dientes. Claro que no son las instituciones las que tienen la culpa. Son algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para conseguir sus propios intereses a costa de los demás.
No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer en mi verdadero ser, me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano; ni siquiera cuando me reporte ventajas o seguridades egoístas.
La familia sigue siendo el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no sólo durante los años de la niñez o juventud, sino que debe ser el campo de entrenamiento durante todas las etapas de nuestra vida.
El ser humano sólo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco insustituible para esas relaciones profundamente humanas.
Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo, en cada una de esas situaciones la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana si todo encuentro con el otro lo aprovechamos para desplegar nuestra capacidad de amar.
Los lazos de sangre o de amor natural deberían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio. Las relaciones familiares tendrían que enseñarnos a dejar nuestro individualismo y egoísmo. Si en la familia superamos la tentación del egoísmo amplificado, aprenderemos a tratar a todos con la misma humanidad: exigir cada día menos y darnos cada día más.
No tenemos que asustarnos de que la familia esté en crisis. El ser humano está siempre en constante evolución, si no fuera así, hubiera desaparecido hace mucho tiempo.
En el evangelio no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el existente. Mas tarde, como el cristianismo se extendió por el imperio romano, se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal era muy avanzado. Los cristianos de los primeros siglos hicieron muy bien en adoptar ese modelo. Lo malo es que se sacralizó y se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba.
Con el evangelio en la mano, debemos intentar dar respuesta a los problemas que plantea la familia hoy. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas.
No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble; aunque la estadística nos diga que el 50% se separan.
No se trata de que hoy las personas sean peores que hace cincuenta años. Hoy para mantener un matrimonio se necesita una madurez mucho mayor. Al no darse esa madurez, los matrimonios fracasan.
Dos razones de esta mayor exigencia son:
a) La estructura nuclear de la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.
b) La mayor duración de esa relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta años juntos. Es más fácil que en algún momento, surjan dificultades insuperables.
Como cristianos tenemos la obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política. Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres humanos en sus relaciones con los demás.
Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que permita esta relación plenamente humana, puede ser cristiana.
No debemos identificar un matrimonio roto con una infidelidad al evangelio. La falta de amor puede ser sustituida durante mucho tiempo por intereses mutuamente satisfechos. Cuando ese equilibrio de intereses se rompe, no queda más remedio que reconocer la falta de amor.
No sólo no es malo que se separen dos personas que no se aman. Es completamente necesario que se separen, porque no hay cosa más inhumana que obligar, por decreto, a vivir juntas dos personas que no se aman.
Creo que con el tiempo debería aparecer una ley que prohíba tajantemente vivir juntos a dos personas que no se aman. Esto no contradice en nada la indisolubilidad del matrimonio, porque lo único que demostraría es que la falta de amor ha hecho nulo de todo derecho lo que hemos llamado matrimonio.
Estamos muy acostumbrados a oír que el estado de perfección se da entre los que deciden no casarse. Esto necesitaría también una pequeña revisión. Creo que el verdadero estado de perfección es el de unos padres que sean, de verdad, modelos para sus hijos; es decir, que les ayuden a desplegar plenamente su humanidad caminando delante de ellos con su humanidad desplegada. Es muy difícil ser padres si no se conforman con enseñar de palabra un evangelio que no se vive personalmente. Muchas veces se lo he oído a los religiosos que se han casado.
Meditación-contemplación
El niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría.
Éste es el Jesús que nos interesa de verdad.
Un ser humano que recorre nuestro propio camino,
y de esa manera, nos puede indicar la dirección a nosotros.
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No nos debe asustar que no hayamos llegado a la meta.
Siempre nos quedará un gran trecho para llegar.
Como el horizonte, la meta se verá más lejos,
aunque nos estemos acercando a ella.
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En nuestra vida espiritual
lo importante es no instalarse ni apoltronarse.
Paso a paso debemos avanzar, aunque sea en la oscuridad.
Mientras sigas dando pasos, estás en el buen camino.