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sábado, 18 de julio de 2026

Sine ira et studio

DE LAS CATÁSTROFES

José Rafael Herrera

“El entendimiento abstracto

separa lo que en la realidad

concreta constituye una totalidad”

G. W. F. Hegel

Las imágenes de pueblos sepultados por deslizamientos de tierra, ciudades devastadas por terremotos o comunidades enteras arrastradas por deslaves o inundaciones recorren el mundo con vertiginosa y sorprendente inmediatez. La reacción, por cierto, no menos inmediata suele ser, siempre, más o menos la misma: “la naturaleza ha vuelto a ensañarse con los seres humanos” o, cosa similar, “es un castigo divino”. Y, sin embargo, esa aparente evidencia oculta una problemática mucho más profunda. Concluido el desastre material, quizá haya llegado el momento de abandonar las presuposiciones y abrir la posibilidad de interrogarse por una expresión que se repite una y otra vez, con harta frecuencia y casi mecánicamente, y que, precisamente por ello, termina ocultando aquello que debería revelar. Y es que, cuando las cosas son examinadas más detenidamente, sine ira et studio, tanto desde la perspectiva ontológica como desde el punto de vista de los estudios histórico-sociales, se logra obtener la sorprendente conclusión de que, efectivamente, la naturaleza no produce las catástrofes y nada sabe de ellas.

En efecto, cada vez que una montaña se desploma, un río se desborda de su cauce o la tierra se sacude con violencia, la reacción suele ser la misma: “ha ocurrido una catástrofe natural”. La expresión parece tan evidente que casi nadie se detiene a pensar en ella. Pero solo basta examinarla con cierto detenimiento para advertir que encierra una de las mayores mistificaciones del presente. Los terremotos forman parte de la dinámica del planeta. Los volcanes existen desde mucho tiempo antes de que apareciera el ser humano. Las lluvias torrenciales, los huracanes, las sequías y los deslizamientos de tierra obedecen a procesos propios de la geología, de la climatología o de la hidrología. Ninguno de ellos constituye, por sí mismo, un evento catastrófico. La montaña no lamenta el desprendimiento de sus laderas; el río no experimenta como desgracia el desbordamiento de sus aguas; la corteza terrestre no sufre cuando las placas tectónicas liberan la energía acumulada durante siglos. La verdadera tragedia comienza allí donde esos procesos naturales irrumpen sobre el mundo construido por los seres humanos.

No son las montañas las que mueren bajo un alud. Son las personas. No son los edificios los que experimentan “temor y temblor” ante un terremoto. Son quienes los habitan. No es la naturaleza la que pierde sus bienes, sus recuerdos, sus proyectos de vida o sus seres queridos. Todo ello pertenece exclusivamente al ámbito de la historia.

Quizá convenga, entonces, invertir el modo habitual de formular el problema. Lo que suele llamarse “desastre natural” es, en realidad, la manifestación de una vulnerabilidad histórica. La diferencia puede parecer meramente terminológica, pero, ciertamente, no lo es. Constituye un cambio radical de perspectivas. Un terremoto de magnitudes semejantes puede ocasionar unos pocos muertos en Japón y decenas de miles en otro país. La explicación no reside en el movimiento de las placas tectónicas. Reside en la calidad de las construcciones, en la existencia de normas rigurosas de ingeniería, en los sistemas de alerta temprana, en la educación ciudadana, en la planificación urbana y en la capacidad de las instituciones públicas para anticipar y responder a la emergencia.

La naturaleza produce el fenómeno físico. La historia produce la catástrofe y la consecuente tragedia. Lo mismo ocurre con las inundaciones. El agua sigue el curso que la gravedad le impone. O como decían los antiguos caraqueños, habitantes de las faldas majestuosas de El Ávila: “el agua siempre vuelve a su cauce”. Pero cuando los cauces naturales han sido ocupados por asentamientos improvisados, cuando los drenajes jamás fueron construidos o permanecen abandonados, cuando la corrupción convierte las obras públicas en simples negocios privados, cuando la planificación cede su lugar a la improvisación, la lluvia deja de ser un episodio meteorológico para convertirse en una auténtica tragedia humana. En rigor, no es el río el que mata. Matan décadas de irresponsabilidad acumulada.

Este “giro copernicano” de perspectiva obliga a revisar la manera como se distribuyen las responsabilidades. Mientras el desastre sea atribuido exclusivamente a la naturaleza, los responsables históricos desaparecen del horizonte. La fatalidad reemplaza a la política. La geología sustituye a la administración pública. El azar ocupa el lugar de la planificación. El lenguaje mismo termina absolviendo aquello que debería someterse al juicio de la sociedad. No deja de resultar significativo que las comunidades más pobres sean, casi siempre, las más expuestas a estos llamados “desastres naturales”. No porque la naturaleza ejerza algún tipo de discriminación social, sino porque la pobreza obliga a ocupar quebradas, laderas inestables, márgenes de los ríos o zonas donde jamás debieron levantarse viviendas. La desigualdad no crea el fenómeno geológico, pero sí determina quiénes cargarán con sus consecuencias. En una expresión, las catástrofes son, esencialmente, sociales y, por esa misma razón, son políticas.

Cada sociedad decide —consciente o inconscientemente— cuánto invierte en políticas de prevención, cuánto protege sus ecosistemas, cuánto fortalece sus instituciones técnicas o cuánto privilegia o no la inversión en conocimiento. Cada una de esas decisiones permanece invisible durante años, hasta que la naturaleza actúa conforme a sus propias leyes y deja al descubierto el modelo de facitura histórica que los humanos han decidido ejecutar. Vico sostiene que el mundo de la naturaleza ha sido hecho por Dios, mientras que el mundo civil ha sido hecho por los hombres. De ahí se deriva una consecuencia extraordinaria: lo que los hombres hacen, es lo que pueden comprender y transformar. Dos siglos después, Hegel afirmará que el espíritu solo llega a conocerse en las obras que él mismo produce. No existe historia sin responsabilidad.

Quizá haya llegado el momento de aplicar esa enseñanza a nuestro modo de comprender las tragedias contemporáneas. Ninguna sociedad puede impedir que tiemble la tierra o que llueva con intensidad. Lo que sí puede impedir es que esos fenómenos se conviertan en escenarios de muerte, destrucción y abandono. La naturaleza no redacta códigos de construcción. Ni decide dónde se levantan las ciudades. No elimina los organismos científicos. Ni desvía los recursos destinados a obras públicas. No destruye la educación ni convierte la planificación en propaganda.

La naturaleza existe conforme a sus propias leyes; la historia es el ámbito de la praxis, de la libertad y de la responsabilidad. Confundir ambos órdenes equivale a naturalizar lo que pertenece al mundo de las decisiones humanas. Allí donde el entendimiento abstracto sólo ve un fenómeno geológico, la razón histórica descubre una compleja trama de mediaciones sociales, políticas, económicas y culturales que explican por qué un mismo acontecimiento físico produce consecuencias radicalmente distintas según la sociedad en la que ocurre.

Es verdad que la naturaleza se manifiesta. Pero lo que aparece bajo esa manifestación es la historia. Por eso Hegel comprendió que la verdad nunca reside en la inmediatez, sino en las mediaciones que la constituyen. Lo verdaderamente concreto no es el fenómeno aislado, sino la totalidad de las relaciones que lo hacen inteligible. Por eso las llamadas “catástrofes naturales” exigen ser pensadas desde la totalidad concreta. Solo entonces dejan de ser simples episodios de geología para convertirse en acontecimientos de la historia.

La catástrofe no acontece en la primera naturaleza, que sigue obedeciendo a sus propias leyes, sino en esa segunda naturaleza —el mundo histórico de instituciones, ciudades, técnicas y relaciones sociales— que los seres humanos han construido y de cuya conservación son responsables.

Fotografía: Para un reportaje de Víctor Amaya sobre el terremoto de Venezuela de título elocuente: "He visto más fusiles que palas".  La Razón, Esp., 30/06/26.

18/07/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/de-las-catastrofes/

lunes, 29 de junio de 2026

La historia sísmica es también la historia del Estado y sus capacidades en Venezuela

TERREMOTO EN VENEZUELA: CUATRO SIGLOS DE CIUDADES CAÍDAS, MIEDOS Y MEMORIA BAJO LA TIERRA

Luis Perozo Padua  

La tierra comenzó a hablar antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si una carreta inmensa avanzara bajo las calles.

Después vino el estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.

Venezuela, que muchas veces se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones, también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el suelo con respeto.

No hubo siglo tranquilo. Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria. Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica.

Pero esa cifra, por sí sola, no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con el ruido de un terremoto.

El día que Caracas corrió hacia las calles

El 11 de junio de 1641, entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña, de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores, puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.

Entonces la tierra se movió.

El terremoto de San Bernabé fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban, los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del cielo.

Caracas quedó gravemente dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.

Aquella mañana de 1641 dejó una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad humana.

Cumaná bajo el amanecer de 1766

Más de un siglo después, el 21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados Sucre y Nueva Esparta.

La tragedia tuvo su rostro más severo en Cumaná.

La ciudad oriental, antigua, marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; solo podían contar ruinas, ausencias, grietas y campanas mudas.

En Caracas también hubo estragos. La Catedral, San Pablo, San Lázaro y otros templos sufrieron daños severos. El terremoto no respetó distancias ni jerarquías: estremeció pueblos, ciudades, iglesias y haciendas. No se conoce con precisión el número de muertos. En el siglo XVIII, las cuentas oficiales llegaban tarde, incompletas o no llegaban nunca. Muchas víctimas quedaron sin nombre en los registros, pero no sin lugar en la memoria.

El terremoto de 1766 confirmó que Venezuela era un territorio sísmico antes de que el país tuviera conciencia moderna de esa condición. Las autoridades coloniales podían ordenar reparaciones, levantar informes y reconstruir templos, pero no podían evitar que el subsuelo continuara acumulando tensión.

El Jueves Santo que sacudió la República

El 26 de marzo de 1812, Venezuela estaba partida por la guerra. Apenas un año antes se había declarado la Independencia y la Primera República trataba de sostenerse en medio de conspiraciones, campañas militares, conflictos internos y una población profundamente dividida entre patriotas y realistas. Era Jueves Santo. Las iglesias estaban llenas. En Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras poblaciones, la liturgia reunía a miles de fieles.

A esa hora, la tierra intervino en la historia política.

El terremoto de 1812 no fue únicamente un desastre natural. Fue también un golpe moral contra la causa republicana. Su magnitud ha sido estimada entre 7,7 y 8,0. En algunos lugares se habla de dos movimientos sísmicos que devastaron una parte importante del territorio. Caracas perdió miles de habitantes. La Guaira quedó herida. Mérida sufrió una mortandad considerable. Barquisimeto, Santa Rosa y San Felipe quedaron entre las poblaciones más castigadas.

Los muertos se contaron por millares. Algunas estimaciones hablan de 10 mil fallecidos en Caracas, 3 mil en La Guaira, 5 mil en Mérida, entre 4 mil y 5 mil en Barquisimeto y 3 mil en San Felipe. En total, varios historiadores han ubicado la cifra nacional alrededor de 20 mil o incluso 26 mil víctimas. No todos los cuerpos pudieron ser rescatados. Muchos cadáveres, atrapados bajo escombros y expuestos al calor, fueron quemados en montones para contener la descomposición y el riesgo sanitario.

En medio de aquella devastación, algunos religiosos difundieron la idea de que el terremoto era un castigo divino contra la sublevación patriota. La interpretación cayó sobre una población aterrorizada y profundamente creyente. Los realistas encontraron en la tragedia un argumento político: Dios, decían, había castigado la rebelión contra Fernando VII.

La República, debilitada por las armas, sufrió también el golpe del miedo.

En esa escena de ruinas se ubica una de las frases más conocidas atribuidas a Simón Bolívar. Ante la naturaleza desatada, habría dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Más allá de las discusiones sobre el contexto exacto de la expresión, la frase sobrevivió porque condensó una voluntad: no rendirse ni ante la guerra ni ante la catástrofe.

Pero lejos de los grandes nombres de la Independencia, el terremoto también tuvo una geografía íntima. En Cabudare, según investigaciones del cronista Taylor Rodríguez García, la tradición oral exageró durante años la destrucción del poblado. Para 1812 no existía allí un casco urbano consolidado, sino apenas viviendas rurales dispersas. La única edificación demolida por el sismo habría sido el oratorio de Santa Bárbara, situado en la hacienda del mismo nombre, propiedad de Juan José Alvarado de la Parra, alférez real del Cabildo de Barquisimeto.

Aquel oratorio tenía su propia historia. En 1793, Alvarado de la Parra había solicitado permiso para levantar una capilla pública en Cabudare, donde poseía haciendas de trapiche, cacao y añil. La licencia eclesiástica fue concedida, pero la construcción se demoró. En 1797 pidió nuevamente autorización, esta vez al obispo fray Juan Antonio de la Virgen María Viana, y comenzó la fabricación del templo. La capilla sirvió de consuelo espiritual a los habitantes de la zona hasta que el terremoto la derribó.

En su testamento, Alvarado de la Parra pidió que se rescataran los objetos sagrados, se removieran las ruinas y se reconstruyera la casa de oración manteniendo, en lo posible, la arquitectura anterior. También expresó su voluntad de ser sepultado allí. Murió en 1819, cuando la obra no estaba concluida. Así, el terremoto de 1812 no solo dejó muertos y ciudades destruidas; también interrumpió proyectos, devociones familiares, capillas rurales y pequeñas historias que rara vez entran en los manuales.

San Narciso y el presidente que saltó del balcón

La madrugada del 29 de octubre de 1900, Caracas volvió a despertar con violencia. El terremoto de San Narciso sorprendió a la ciudad cuando aún no clareaba el día. La magnitud se ha estimado entre 7,6 y 8,0. El movimiento afectó principalmente el noreste del estado Miranda, Caracas y poblaciones como Macuto, Caraballeda, Naiguatá, Carenero, Higuerote, Guatire y Guarenas.

La capital, que ya no era la villa colonial de 1641 ni la ciudad republicana de 1812, seguía siendo vulnerable. La Universidad Central, la Santa Capilla, las iglesias de San José, La Pastora, Las Mercedes, La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía sufrieron daños de consideración. También resultaron afectados edificios públicos y numerosas viviendas particulares. En Caracas se reportaron casas caídas, muertos y heridos. Algunas fuentes hablan de al menos 56 fallecidos en el área impactada; otras crónicas registran 21 muertos y más de 50 heridos en la capital.

El episodio dejó, además, una imagen que la memoria popular conservó con una mezcla de tragedia y sarcasmo político. Cipriano Castro, entonces presidente de Venezuela, fue sorprendido por el terremoto en la Casa Amarilla. Presa del pánico, saltó desde uno de los balcones y se fracturó un pie o una pierna, según las distintas versiones repetidas por la tradición.

La escena tiene algo de retrato nacional: el poder, que suele presentarse firme sobre los balcones, descubierto de pronto como un cuerpo vulnerable frente a la tierra. En un instante, el mandatario y el ciudadano común compartieron la misma intemperie. No había uniforme, cargo ni escolta capaz de detener el movimiento.

El terremoto de San Narciso ocurrió en un país que acababa de entrar al siglo XX con tensiones políticas, caudillos armados y una institucionalidad frágil. La sacudida no cambió por sí sola el curso del poder, pero recordó que la precariedad no estaba únicamente en la vida pública. También estaba en las paredes, en los templos, en las calles y en la forma en que las ciudades habían sido levantadas.

Cumaná volvió a caer frente al mar

El 17 de enero de 1929, Cumaná recibió otro golpe histórico. La ciudad que ya había sido arrasada en 1766 volvió a estremecerse bajo un terremoto de magnitud cercana a 7,0, con epicentro en el golfo de Cariaco. Esta vez la tragedia tuvo un ingrediente adicional: el mar.

El movimiento destruyó buena parte de la ciudad y generó un tsunami con olas estimadas entre cuatro y cinco metros. Para una población costera, acostumbrada a mirar el horizonte como promesa de pesca, comercio y viaje, el mar se convirtió en amenaza. El agua avanzó con violencia sobre una ciudad ya herida por el temblor.

El saldo fue devastador: aproximadamente 1.600 muertos, según recuentos históricos. Las casas colapsaron, los muelles quedaron afectados, las calles se llenaron de escombros y la ciudad antigua volvió a ver interrumpida su continuidad. Cumaná, una de las poblaciones más viejas del continente, parecía condenada a reconstruirse una y otra vez sobre los rastros de sus propias ruinas.

En 1929 gobernaba Juan Vicente Gómez. El país vivía bajo una dictadura férrea, centralizada, con una modernización desigual impulsada por el petróleo y controlada por el poder militar. Las noticias sobre los desastres circulaban con limitaciones, filtradas por la estructura política del momento. Pero ningún control informativo podía ocultar la magnitud de lo ocurrido en Cumaná. Había muertos, damnificados, edificios destruidos y una ciudad nuevamente obligada a empezar.

El terremoto y el tsunami de 1929 forman parte de los episodios más trágicos de la historia venezolana. También muestran que la amenaza sísmica del país no se limita al movimiento de la tierra. En las zonas costeras, la sacudida puede despertar al mar.

El Tocuyo, la ciudad demolida dos veces

El 3 de agosto de 1950, la historia sísmica venezolana entró con violencia en el estado Lara. El Tocuyo, llamada con frecuencia la Ciudad Madre de Venezuela, sufrió un terremoto que partió su historia en dos.

Era una población de profunda tradición colonial, con templos, casas antiguas y una identidad urbana formada durante cuatro siglos. Sus habitantes vivían entre calles cargadas de memoria, fachadas de otro tiempo y una religiosidad visible en la presencia de sus siete templos. Aquel día, la tierra hizo un sonido que algunos sobrevivientes compararían después con “una manada de toros bravos”.

El sismo tuvo una magnitud estimada de 6,3 y duró aproximadamente 35 segundos. Bastó menos de un minuto para afectar el 93 por ciento de las viviendas. De las casas restantes, apenas una pequeña parte quedó en condiciones de ser habilitada. Los siete templos, símbolos religiosos y arquitectónicos de la ciudad, se derrumbaron o quedaron gravemente comprometidos. El saldo humano fue de 17 muertos y 80 heridos.

Pero la tragedia de El Tocuyo no terminó cuando dejó de temblar.

Según testimonios y estudios posteriores, entre ellos los del geólogo tocuyano Lermit Figueira Anzola, la ciudad no fue destruida únicamente por el terremoto. La segunda demolición vino después, de la mano del hombre. Tractores y cuadrillas terminaron de derribar lo que aún permanecía en pie, incluyendo importantes testimonios arquitectónicos coloniales. Lo que pudo ser restaurado o preservado fue, en muchos casos, arrasado bajo la lógica de la reconstrucción.

El Tocuyo perdió entonces no solo casas y templos. Perdió continuidad visual, memoria edificada, vínculos materiales con su pasado. En nombre de la seguridad y de la modernización, desaparecieron muros que habían sobrevivido a generaciones. El terremoto abrió las grietas; la mano humana las convirtió en vacío.

Para Lara, aquel desastre fue una herida territorial. No se trataba de una población cualquiera. El Tocuyo había sido centro fundador, referencia histórica, ciudad de arraigo. Después de 1950, sus habitantes no solo tuvieron que reconstruir viviendas. Tuvieron que aprender a reconocerse en una ciudad distinta.

La crónica del terremoto tocuyano es, por eso, una de las más dolorosas de la historia sísmica venezolana: enseña que una ciudad puede morir por la naturaleza y volver a morir por las decisiones que se toman después.

Caracas, 1967: la noche en que se quebró la modernidad

Pasadas las ocho de la noche del 29 de julio de 1967, Caracas vivía una de esas jornadas urbanas propias de la Venezuela moderna. La ciudad crecía hacia el este, levantaba torres, multiplicaba urbanizaciones y celebraba una idea de progreso asociada al concreto, al automóvil, a las avenidas y a los edificios altos. Altamira, Los Palos Grandes y otras zonas del este representaban una capital que se miraba a sí misma como moderna, ascendente, segura.

Entonces tembló.

El terremoto tuvo una magnitud estimada entre 6,5 y 6,7. Su epicentro se ubicó a unos 20 kilómetros de Caracas. Duró entre 35 y 55 segundos, según distintos registros. No fue el mayor terremoto de la historia venezolana, pero sí uno de los más impactantes por su carácter urbano y por la forma en que golpeó a una capital que creía haber dejado atrás la fragilidad colonial.

Varios edificios colapsaron. Otros quedaron inhabitables. Las cifras oficiales registraron 236 muertos y cerca de 2.000 heridos. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Seis edificios resultaron destruidos, 40 fueron declarados no habitables y 180 sufrieron daños graves. Las pérdidas materiales superaron los 10 millones de dólares.

La tragedia reveló fallas de diseño, construcción y supervisión. El concreto, símbolo de modernidad, también podía ser mortal si no respetaba las exigencias sísmicas. La ciudad aprendió a mirar sus edificios con sospecha. Los ascensores, las escaleras, las columnas y los estacionamientos dejaron de ser elementos neutros. Se convirtieron en preguntas.

En aquella noche hubo gritos, carreras, polvo, vidrios rotos, llamadas desesperadas y familias que bajaron a la calle sin saber si podrían volver a sus apartamentos. Pero también quedó un documento sonoro extraordinario. En los estudios Sonomatrix se realizaba un playback con la canción “Mi Navidad”, del coro Armonía Navideña. Como las voces infantiles ya habían sido grabadas antes, en el estudio solo estaban el organista y los técnicos encargados de efectos especiales. Cuando comenzó el terremoto, el ruido de la sacudida quedó mezclado con la música.

Por eso en la cinta no se escuchan gritos de niños. Se escucha algo más inquietante: la irrupción de la tierra dentro de una canción. La Navidad, asociada a infancia, hogar y celebración, quedó atravesada por el estruendo de un desastre. Es uno de los registros más singulares de la memoria venezolana: un terremoto entrando, sin permiso, en una grabación.

La Caracas de 1967 no volvió a ser la misma. El sismo impulsó nuevas reflexiones sobre normas de construcción, vulnerabilidad urbana y preparación ciudadana. También dejó una marca emocional en quienes lo vivieron. Durante años, muchos caraqueños recordaron exactamente dónde estaban cuando comenzó el movimiento: en la mesa, en el cine, en una fiesta, en un ascensor, en la sala de un apartamento o frente a un televisor que de pronto dejó de importar.

La modernidad se había quebrado en menos de un minuto.

Cariaco, 1997: la escuela bajo los escombros

El 9 de julio de 1997, a las 3:23 de la tarde, el estado Sucre volvió a ocupar el centro de la tragedia sísmica venezolana. Un terremoto de magnitud cercana a 6,9 o 7,0 sacudió con fuerza la zona de Cariaco y Cumaná. El movimiento ocurrió en horas de la tarde, cuando la vida cotidiana estaba en pleno desarrollo: comercios abiertos, estudiantes en actividades, familias en sus casas, calles bajo el calor oriental.

Cariaco fue el nombre que quedó unido al desastre.

El sismo causó más de 70 muertes y graves daños en infraestructura. Entre las imágenes más dolorosas estuvieron las de edificaciones escolares afectadas, con niños y jóvenes entre las víctimas. La tragedia golpeó una fibra especialmente sensible: la infancia sorprendida por el colapso, la escuela convertida en lugar de duelo, los padres buscando respuestas entre concreto y polvo.

El terremoto de Cariaco ocurrió en una Venezuela que ya contaba con instituciones sismológicas, registros técnicos, medios de comunicación de alcance nacional y una ciudadanía más consciente de la amenaza. Pero nada de eso eliminó el dolor esencial del desastre. La ciencia podía explicar el movimiento; no podía consolar a una madre ante una lista de fallecidos.

Cariaco recordó que la vulnerabilidad no depende solo de la magnitud de un sismo. Depende también de dónde ocurre, a qué hora, sobre qué edificaciones y en medio de qué condiciones sociales. Un movimiento menor que otros grandes terremotos históricos puede convertirse en tragedia si encuentra estructuras frágiles y comunidades expuestas.

Desde entonces, el nombre de Cariaco quedó inscrito en la memoria venezolana junto al de Cumaná, Caracas, El Tocuyo y Barquisimeto. Cada ciudad herida agregó una página a ese archivo subterráneo que el país revisa cada vez que vuelve a temblar.

Carabobo, 2009: el susto sin luto nacional

El 12 de septiembre de 2009, un sismo de magnitud 6,4 ocurrió frente a las costas del estado Carabobo. Se sintió en buena parte del centro norte del país, incluyendo Carabobo, Aragua y Caracas. No dejó víctimas mortales, pero sí daños en edificaciones y al menos 16 lesionados.

A diferencia de otros episodios, el terremoto de Carabobo no pasó a la historia como una gran tragedia nacional. Fue más bien un recordatorio. Una sacudida capaz de interrumpir la rutina, sacar a la gente de edificios y viviendas, activar el miedo colectivo y poner nuevamente sobre la mesa la pregunta de siempre: ¿estamos preparados?

El país ya conocía suficientes antecedentes para no tomarlo a la ligera. San Bernabé, 1766, 1812, San Narciso, Cumaná, El Tocuyo, Caracas y Cariaco componían una larga advertencia. Sin embargo, la memoria de los terremotos suele debilitarse con el tiempo. Cuando pasan años sin una gran tragedia, las ciudades vuelven a confiarse. Se construye, se remodela, se improvisa, se olvida.

El sismo de 2009 no produjo luto masivo, pero sí cumplió una función incómoda: recordó que la amenaza seguía allí, activa, silenciosa, acumulando energía frente a las costas y bajo las montañas.

2018: la Torre de David inclinada sobre la memoria

El 21 de agosto de 2018, Venezuela sintió uno de los sismos más fuertes del siglo XXI. La magnitud fue reportada en 7,3 por algunas fuentes, aunque otros registros la ubicaron en 6,9. El movimiento se produjo en horas de la tarde y fue sentido en buena parte del país y del Caribe.

No dejó fallecidos ni una destrucción comparable con los grandes terremotos históricos. Pero sí produjo una imagen poderosa: los últimos pisos del Centro Financiero Confinanzas, conocido popularmente como la Torre de David, quedaron visiblemente inclinados.

La imagen tuvo una carga simbólica difícil de ignorar. La Torre de David, rascacielos inconcluso y abandonado, ya era para entonces una metáfora de la crisis urbana venezolana: ambición financiera, obra paralizada, ocupación informal, abandono, ruina vertical. El terremoto no la derribó, pero inclinó su parte superior como si subrayara físicamente una fragilidad que el país ya conocía.

El ministro de Interior, Justicia y Paz, Néstor Reverol, informó entonces que no se habían reportado daños mayores ni hechos que lamentar. Hubo réplicas, alarma ciudadana y una intensa circulación de imágenes por redes sociales. A diferencia de 1812 o 1900, el miedo ya no viajaba solo por rumores o cartas: viajaba por videos, mensajes de WhatsApp, transmisiones en vivo y fotografías tomadas segundos después del sacudón.

El terremoto de 2018 mostró otra dimensión de la memoria sísmica contemporánea. La gente ya no solo corre a la calle; también graba, comparte, compara magnitudes, busca reportes oficiales, revisa mapas y espera réplicas mirando el teléfono. La tecnología cambió la forma de narrar el miedo, pero no el miedo mismo.

2026: el país vuelve a mirar hacia abajo

El 24 de junio de 2026, un nuevo terremoto reavivó en Venezuela la pregunta por su historia sísmica. El movimiento, reportado con magnitud 7,1 y ubicado en el municipio Montalbán, estado Carabobo, con réplica de 7.5, llevó a miles de usuarios en redes sociales a preguntarse cuáles habían sido los terremotos más potentes y devastadores del país.

El dato técnico importaba, desde luego. Pero lo que se activó ese día fue algo más profundo: la memoria.

Y mientras los organismos venezolanos continúan el levantamiento de información en las zonas afectadas, las primeras estimaciones internacionales reflejan la incertidumbre propia de las horas posteriores al desastre. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), mediante sus modelos automáticos de evaluación de impacto, proyecta un escenario potencial de entre 10.000 y 100.000 víctimas mortales como consecuencia de los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. De acuerdo con ese análisis preliminar, existe un 42 % de probabilidad de que el número de fallecidos se ubique dentro de ese rango, un 33 % de que oscile entre 1.000 y 10.000, y un 17 % de que supere las 100.000 personas.

Sin embargo, estas proyecciones corresponden a cálculos probabilísticos elaborados en tiempo real y no a un balance oficial de víctimas. De hecho, las autoridades venezolanas informan un registro preliminar de 164 fallecidos y alrededor de un millar de heridos, cifras que continúan en aumento y permanecen sujetas a revisión conforme avanzan las labores de búsqueda, rescate y verificación en las áreas más golpeadas.

Cada gran sacudida despierta las anteriores. Cuando tiembla en Carabobo, vuelve Caracas 1967. Cuando se menciona Sucre, aparecen Cumaná y Cariaco. Cuando Lara siente el movimiento, regresan Barquisimeto, Santa Rosa, Cabudare y El Tocuyo. Los terremotos no son episodios aislados en la conciencia colectiva venezolana; forman una cadena de recuerdos que se enciende cada vez que el suelo pierde estabilidad.

Los científicos han explicado que estos eventos se relacionan con el choque y desplazamiento relativo entre la placa Sudamericana y la del Caribe. Pero para la población, la experiencia inmediata sigue siendo corporal: la lámpara que se mueve, el piso que ondula, el perro que ladra antes de tiempo, el ruido de vidrios, el mareo, la puerta que no abre, el vecino que grita desde el pasillo, la madre que toma a sus hijos y baja las escaleras sin mirar atrás.

Los terremotos devuelven al ser humano a una verdad elemental: toda ciudad, por sólida que parezca, depende de un suelo que no controla.

La memoria debajo de las ciudades

Venezuela ha reconstruido muchas veces sobre sus propios escombros. Caracas lo hizo después de 1641, 1812, 1900 y 1967. Cumaná después de 1766 y 1929. El Tocuyo después de 1950. Cariaco después de 1997. Cada reconstrucción dejó decisiones, aciertos, pérdidas y olvidos.

En algunos casos, la tragedia impulsó aprendizajes. En otros, la urgencia borró patrimonios. A veces se levantaron mejores edificaciones. Otras veces se repitieron vulnerabilidades. La historia sísmica del país demuestra que el desastre natural nunca es completamente natural: la magnitud del daño depende de la calidad de las construcciones, de la planificación urbana, de la memoria institucional, de la educación ciudadana y de la capacidad de actuar antes de que vuelva a temblar.

Los terremotos son breves. Sus consecuencias, no.

Un movimiento puede durar 35 segundos y alterar una ciudad durante décadas. Puede derribar un templo, pero también cambiar una legislación. Puede destruir una escuela, pero también despertar nuevas exigencias de seguridad. Puede inclinar una torre abandonada y convertirla en símbolo. Puede borrar un casco colonial y dejar una pregunta ética sobre cómo reconstruir sin destruir lo que queda.

En Venezuela, la tierra ha sido cronista severa. No escribe con tinta, sino con grietas. No firma documentos, pero deja marcas en fachadas, cementerios, archivos parroquiales, fotografías de damnificados, relatos familiares y silencios que pasan de una generación a otra.

Quizás por eso cada terremoto conmueve tanto al país. Porque no solo mueve el suelo: remueve la memoria.

Cuando la lámpara oscila y las paredes crujen, Venezuela entera recuerda que bajo sus ciudades hay una fuerza antigua, paciente, invisible. Recuerda a los muertos sin nombre de 1766, a los fieles atrapados en los templos de 1812, al presidente que saltó desde la Casa Amarilla, a Cumaná frente al tsunami, a El Tocuyo demolido dos veces, a la Caracas moderna quebrada en 1967, a los niños de Cariaco, a la Torre de David inclinada sobre el horizonte.

Y cuando todo pasa, cuando vuelve el silencio y el polvo comienza a asentarse, queda siempre la misma imagen: un país que mira hacia abajo, respira hondo y entiende que la tierra, de vez en cuando, también exige ser escuchada.

28/06/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionhistoria/44573-terremoto-en-venezuela-cuatro-siglos-de-ciudades-caidas-miedo-y-memoria-bajo-la-tierra

domingo, 24 de mayo de 2026

Noticiero retrospectivo


 - Rafael Baquedano. “El sacerdote ante el cambio social”. SIC, Caracas, N° 302 de 03/1968.

- Entrevista a Jóvito Villalba de regreso del Territorio Delta Amacuro y del estado Bolívar. El Nacional, 06/09/43.

- Pedro Galán. Vásquez. “¿Qué busca la mafia en Venezuela?”. Últimas Noticias, Caracas, 02/12/84.

- Oswaldo Osio Canales. “Luis Herrera (Campíns) y el lenguaje popular”. El Universal, Caracas, 31/05/78.

- Moisés Moleiro. “¿Cuál 23 de Enero?”. El Diario de Caracas, 08/02/83.

Reproducción: El Nacional, Caracas, 25/10/1947. No precisamos bien el nombre del fotógrafo, ¿Scandía? María Teresa Acosta, procedente del barco Santa Paula, junto con Ricardo Espina, director de Radio Caracas y el reportero Escalona Oliver. Anuncia la presentación en la referida emisora y en Ondas Populares para viajar luego a Puerto Rico y a Canadá. Pieza tratada con IA.


domingo, 22 de febrero de 2026

La cuadratura del círculo (y viceversa)

SOBRE LA IDEA DE VENEZUELA 2026 (*)

Luis Barragán

Hay algo profundamente latinoamericano —casi un rasgo de carácter— en la manera en que cada coyuntura política se ve rodeada, de pronto, por una multitud de expertos sobrevenidos, doctos de la noche a la mañana en las materias más complejas y disímiles. En ese coro estridente, las voces más genuinas —las de los legos atentos y las de los entendidos serios que día a día construyen la opinión pública— deben abrirse paso entre improvisados que decretan transiciones donde no existe asomo alguno, o apenas indicios de un largo y arduo camino por recorrer. Actúan como médicos temerarios: diagnostican una enfermedad grave a partir de un síntoma menor y prescriben, con gesto grandilocuente, una cura improvisada que promete milagros inmediatos.

Por ello resulta especialmente valioso el aporte de Luis Manuel Marcano al debate que suscita el caso venezolano. Su intervención permite combatir una confusión tan generalizada como interesada: la idea de que existe una transición en marcha cuando, en rigor, se trata apenas de una transición sospechada, intuida, deseada, pero que sencillamente no ha comenzado. Ese equívoco no es inocuo. Inyecta desencanto y desesperación en una ciudadanía que espera un cambio auténtico, trascendente, definitivo e histórico, y que corre el riesgo de ver frustrada su esperanza por el abuso del lenguaje y la ligereza del diagnóstico político.  

Cuenta con las herramientas teóricas, la mirada acuciosa, la capacidad de reflexión, el talante político y el sentimiento profundo para un ensayo orientador, preciso y contundente. Calificado académico, corajudo magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, tan injusta y largamente condenado al exilio por el régimen venezolano, aborda con un enorme sentido de responsabilidad un asunto que siempre será novedad mientras no deje de palpitar la vocación por la libertad en este lado del mundo, llevándonos a una conclusión clara: las transiciones se hacen haciéndolas, más allá del anuncio.

El texto no ofrece consuelos fáciles ni proclamas vacías. Se inscribe, más bien, en una tradición seria del pensamiento político latinoamericano que desconfía de las palabras solemnes cuando no están acompañadas de actos fundacionales reales. En ese sentido, Venezuela 2026: la transición que necesitamos no es un ejercicio de futurología ni un manifiesto de ocasión, sino una advertencia lúcida: sin decisiones, sin rupturas verificables y sin construcción institucional sostenida, la transición seguirá siendo un espejismo retórico.

La lección final es tan sobria como exigente. No basta con nombrar la transición para que exista, ni con desearla para que ocurra. Las transiciones no se proclaman: se edifican. Y solo cuando ese proceso comience de verdad, Venezuela podrá decir que ha dejado atrás la larga noche y ha comenzado, ahora sí, a escribir una página distinta de su historia.

(*)  Presentación del libro de Luis Manuel Marcano Salazar: “Venezuela 2026: la transición que necesitamos”, Editorial Torres del Paine, Santiago de Chile, 2026.

Cfr. https://www.elnacional.com/2026/01/la-transicion-que-necesitamos/

Ilustración: Ralph Steiner.

22/03/2026:

https://lapatilla.com/2026/02/22/luis-barragan-sobre-la-idea-de-venezuela-2026/

sábado, 17 de enero de 2026

"...Encontrarse consigo mismo y sentirse Uno tras las aparentes marañas y encrucijadas"

CULTIVAR NUESTRA 
CAPACIDAD DE VER

(San Juan, 1: 29-34)

Enrique Martínez Lozano

Al igual que los sinópticos, también el autor del cuarto evangelio hace del bautismo de Jesús el acontecimiento con el que se inicia su actividad pública. Un indicio más, no solo de la historicidad de ese hecho, sino del papel decisivo que jugó en la propia evolución humana/espiritual de Jesús.

Por otro lado, también en el cuarto evangelio se advierte la polémica con los discípulos del Bautista, que lleva al autor a subrayar la primacía del maestro de Nazaret y a convertir a Juan en nada menos que un "cristiano", que "ha visto" y "da testimonio" de que Jesús es "el Hijo de Dios".

Sabemos que "ver" y "dar testimonio" constituyen dos expresiones típicamente joánicas, que definen el ser y la misión del discípulo: este es alguien que "ha visto" y, por ello mismo, puede "dar testimonio".

Así aparece en diferentes lugares del evangelio e incluso en las Cartas de Juan: "Nosotros hemos visto y damos testimonio" (Jn 19,35; 21,24; 1Jn 1,1-3).

¿Qué es lo que "ha visto" Juan? A un hombre lleno de Espíritu. Es decir, al Espíritu viviéndose en forma humana. Así me parece que hay que leer este relato, más allá de la literalidad que se muestra en la imagen mítica de la "paloma".

Es probable que Juan pudiera verlo, gracias a la transparencia del propio Jesús. Pues, como dijera Jean Sulivan, en una de las afirmaciones más bellas que, en mi opinión, se han dicho de él, "Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un hombre".

Siempre que tenemos la fortuna de encontrarnos con una persona "transparente" –no "perfecta", sino humilde-, resulta más fácil reconocer, apreciar, "ver" el Misterio que la (nos) habita.

Pero parece que no es suficiente encontrarnos con alguien así, sino que, habitualmente, se requiere también haber desarrollado la propia "capacidad de ver", es decir un "saber mirar", que trasciende lo puramente material y lo meramente mental.

Si miramos solo desde la mente, aunque sea al propio Jesús, no lograremos ver sino a un ser separado, por más que lo proclamemos "divino". Porque la mente nos ofrece una visión inexorablemente fragmentadora y, por tanto, distorsionada, de lo real. Dado que para ella todo existe separado, nos hace caer en el engaño grosero de creer que la realidad es tal como la propia mente la ve.

Sin embargo, lo que la mente nos ofrece no es una "fotocopia" de lo real, sino únicamente su "interpretación", completamente condicionada por sus filtros limitantes. Es decir, lo que pensamos no tiene nada que ver con lo que es.

Los sabios siempre han sido conscientes de que existían distintos niveles de realidad, a los que podíamos acceder a través de diferentes órganos de conocimiento. Así, en una expresión que sería definitivamente acuñada por san Buenaventura –aunque, antes que él, en el siglo XII, fue utilizada por los monjes Hugo y Ricardo de San Víctor -, hablaban del "ojo de la carne", el "ojo de la razón" y el "ojo del espíritu" ("ojo de la contemplación" o "tercer ojo"). (En nuestros días, Ken Wilber ha retomado esta cuestión en Los tres ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona 1991; ID., El ojo del espíritu. Una visión integral para un mundo que está enloqueciendo poco a poco, Kairós, Barcelona 1998).

Nos empobrecemos cuando nos reducimos al "ojo de la carne" –en una especie de positivismo cientificista- y también al "ojo de la razón". Como ha escrito el psicólogo italiano Giorgio Nardone, "es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo".

Necesitamos recuperar el "tercer ojo". O dicho de otro modo: además de la "inteligencia operativa", es urgente cultivar el desarrollo de la "inteligencia espiritual". Nos jugamos en ello nada menos que la posibilidad de responder adecuadamente a la pregunta "¿quién soy yo?".

Solo la "inteligencia espiritual" –el "tercer ojo" de los clásicos- nos capacita para "ver" la realidad en su dimensión más profunda, para advertir el Misterio en todo lo que nos rodea, nosotros incluidos. Y, como Juan, solo si lo vemos podremos "dar testimonio".

La calidad humana, el futuro de la humanidad y del planeta depende de que sepamos "ver" de este modo.

Cuando miramos a Jesús desde ahí, lo que vemos –como el Bautista- es el Espíritu. Y eso sin ningún tipo de separación, por lo que, al mismo tiempo, nos estamos viendo a nosotros mismos: cada rostro es nuestro rostro. Porque, más allá de todos los vericuetos anecdóticos de la existencia, lo que permanece es la certeza misma de que, tras las confusiones de los egos, está el Espíritu que sonríe dulcemente al encontrarse consigo mismo y sentirse Uno tras las aparentes marañas y encrucijadas.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/4538-cultivar-nuestra-capacidad-de-ver.html

Ilustración: David Zelenka.

Padre S. Martín: León, más de Benedicto que de Francisco. María M. Machado Venezuela:

https://www.youtube.com/watch?v=e6hwRrNBdzc


León XIV: https://www.youtube.com/watch?v=cQXlhRj7z14










sábado, 19 de julio de 2025

Valiente e irrefutable respuesta


«AREPA Y RON» EL SABR AMARO DEL NACIONALISMO EN LA POLÍTICA CHILENA

Jonatan Alzuru Aponte

Una frase del diputado socialista Daniel Manouchehri sobre “vino y empanada”, frente a “arepa y ron”, ha abierto en Chile un debate más grave que la xenofobia: la validación de una noción de “cultura nacional” cuya raíz es idéntica a la que sostuvo el ideal de raza pura del nazismo. Y en el plano político, el olvido de lo que Venezuela hizo por el socialismo chileno no solo agrava el agravio, sino que exhibe con nitidez la ignorancia supina del parlamentario.

Este artículo desmenuza la retórica de Daniel Manouchehri, que al oponer la “cultura del vino y la empanada” a la de la “arepa y el ron”, no solo reproduce discursos excluyentes, sino que evoca con total descaro ideas peligrosas de pureza cultural y desconoce la historia de solidaridad entre Venezuela y el socialismo chileno. Analizaremos cómo esta visión esencialista de la cultura deriva inevitablemente en exclusión política y mutila la riqueza de la diversidad latinoamericana.

Una aclaratoria para el pueblo chileno: no escribí un artículo contra George Harris, el comediante venezolano. Grabé un podcast en cuatro entregas titulado “Clase magistral: Mi respuesta a George Harris”, que suma tres horas con cuarenta y cinco minutos. En él, hice una crítica tajante y profunda a sus declaraciones, me opuse abiertamente a los venezolanos que lo defendían en redes sociales, y aproveché para examinar, sin anestesia, las complejidades y conflictos de la migración venezolana en Chile. Está disponible en YouTube desde el 4 de marzo de 2025. Lo aclaro para que nadie me confunda con un nacionalista emocional.

El diputado Daniel Manouchehri, del Partido Socialista, declaró hace pocos días: “Queremos una política con olor a vino tinto y empanada, no con arepa y ron. No queremos una Chilezuela. Esa es otra cultura”. Como si no bastara, propuso que los migrantes venezolanos sean excluidos del derecho al voto. Pocas veces un político progresista ha dicho tanto, tan rápido y con consecuencias tan graves.

Esto no es una torpeza aislada ni un arrebato de folclorismo mal calibrado. Lo que Manouchehri expresa es una estructura ideológica sólida y peligrosa: una concepción de la cultura y de la política que debe ser desmontada a fondo. Detrás de su “olor a vino” se oculta algo más rancio: la misma idea antropológica que en el siglo XX legitimó el proyecto de la raza pura, ahora con el maquillaje amable de una supuesta “identidad nacional”.

Cuando la cultura se convierte en frontera

Decir que “la política chilena debe oler a empanada y vino” y no a “arepa y ron” implica suponer que existe una cultura chilena original, cerrada, fija, que debe ser defendida de lo foráneo. Ese es el primer y más insidioso error. Las culturas no son esencias: son procesos. No hay culturas puras. Toda cultura es mezcla, cruce, incorporación, diálogo. Es, por definición, híbrida.

El vino y la empanada también fueron importaciones. Y la propia idea de “nación” en América Latina es un injerto: indígena, africano, español, italiano, alemán, palestino, judío, croata, haitiano, colombiano, venezolano. No hay identidad sin extranjería. Negar esto no protege lo chileno: lo petrifica.

Aún más grave que el error conceptual es su consecuencia política: usar la noción de “otra cultura” para justificar la exclusión de derechos ciudadanos. Si una comunidad migrante trabaja, tributa, convive y participa en la polis, negarle el voto es negarle humanidad cívica. Es decirle: puedes limpiar nuestras veredas, pero no opinar sobre ellas; puedes cuidar a nuestros enfermos, pero no decidir sobre el sistema de salud. Es una ciudadanía amputada. Una democracia que excluye por origen es una caricatura. Y quien siembra esas diferencias no defiende una nación: erige una oligarquía de sangre y suelo.

Lo idéntico: del nazismo al nacionalismo popular

El argumento de Manouchehri no es nuevo. Tiene una genealogía precisa y letal. Es exactamente el mismo  supuesto antropológico que nutrió al régimen nazi: la creencia de que existe una comunidad originaria, auténtica, que debe protegerse de los cuerpos culturales invasores. Ayer fue el “judío errante”; hoy es el “venezolano invasor”. Cambia el nombre, no la estructura lógica.

Hitler hablaba de la sangre. Manouchehri del “olor” de una comida. Pero en ambos casos, el problema no es la diferencia real, sino la construcción simbólica de una amenaza: la alteridad, la mezcla, lo que no encaja. Es el viejo principio totalitario: lo que no soy yo, me contamina.

Este pensamiento esencialista y jerárquico ha sostenido todas las formas de exclusión sistemática: desde el apartheid sudafricano hasta las limpiezas étnicas en los Balcanes. Aquí se disfraza de cocina patria. Pero su lógica sigue intacta: hay una cultura verdadera, y el resto es estorbo.

Arepa y empanada: desmontando el fetiche de lo propio

La arepa y el ron no son exclusivos de Venezuela, ni el vino y la empanada lo son de Chile. Estos alimentos encarnan una cultura latinoamericana compartida, con variaciones y resonancias múltiples, pero con un tronco común y un diálogo permanente.

La arepa, ese disco de maíz cocido, es el eje de la cocina venezolana y colombiana, y parte central de la cultura mesoamericana. Como lo muestra Miguel Ángel Asturias en Hombres de maíz (1949), el maíz es mucho más que alimento: es cosmovisión, es tierra sagrada, es resistencia ancestral. Desde México hasta Bolivia, desde la tortilla al tamal, del pozole a la chicha andina, el maíz es una forma de humanidad. También en Chile, aunque con menor centralidad simbólica, el maíz tiene presencia: en el mote, en la patasca del norte, en los cultivos de las comunidades mapuche y andinas. La arepa no es solo venezolana: es pan americano.

El ron, hijo de la caña de azúcar colonial, se ha convertido en emblema del Caribe. En él habita la historia afrodescendiente, las fiestas populares, los rituales, y también la sofisticación del ron añejo. El vino, por su parte, se asocia al Cono Sur, a la herencia europea y al ritual del mantel. Pero ambos licores —ron y vino— coexisten en la historia de la región como expresiones complementarias de una identidad compartida. Ninguno es “más latinoamericano” que el otro.

La empanada, aunque emblema chileno con su pino y su forma, está presente en toda América Latina. Argentina, Bolivia, Colombia, Venezuela: todas tienen su versión. Todas vienen del mismo molde cultural y todas han sido recreadas en clave local. La cultura se transforma al cruzar fronteras. Y ese cruce es su única fuente de vitalidad.

Negar este mestizaje es traicionarse a sí mismo. La cultura no se defiende emparedándola: se expande al compartirla.

La ingratitud como política: escupir la mano que salvó

Pero hay un cuarto nivel de gravedad, quizás el más indigno: el de la desmemoria del Partido Socialista. Porque si algún país contribuyó a la sobrevivencia del socialismo chileno, fue Venezuela.

En 1975, el gobernador de Caracas, Diego Arria, por orden del presidente Carlos Andrés Pérez, del partido Acción Democrática, viajó personalmente a negociar con Pinochet la liberación de Orlando Letelier, preso en Isla Dawson. Fue Venezuela, no Francia ni Cuba, quien le ofreció asilo y espacio político. Desde Caracas, Letelier reorganizó su lucha hasta ser asesinado por la dictadura en Washington en 1976. ¿Quién repatrió su cuerpo? Venezuela. ¿Quién lo homenajeó como mártir? Venezuela. Tanto así, que en 1999, la propia Concertación le otorgó a Diego Arria la Gran Cruz de la Orden de Bernardo O’Higgins, la más alta distinción civil del país.

Isabel Allende vivió trece años en Caracas. Allí escribió La casa de los espíritus, trabajó, enseñó, sobrevivió. Miles de chilenos fueron acogidos con dignidad. Venezuela no les ofreció caridad, les ofreció pertenencia. ¿Y ahora el Partido Socialista pretende negar el voto a sus hijos y nietos? ¿Trazar una línea entre la empanada que protegió y la arepa que amenaza?

El olvido no es solo desmemoria: es traición.

¿Qué Chile queremos?

Desde la perspectiva estrictamente política, Chile no está hecho de platos ni de olores. Está hecho de decisiones éticas. La democracia no huele: se ejerce. Y si Manouchehri teme que el voto venezolano altere el mapa electoral, lo que debe preguntarse es qué dice eso de su propio proyecto político. Porque quien necesita excluir para ganar, ya ha perdido.

Decir “no queremos una Chilezuela” no es solo una frase torpe: es una rendición. Es adoptar el lenguaje de las derechas más xenófobas del continente, que inventan una “cultura ajena” para justificar su miedo. Pero esa patria mestiza —la real— solo se enriquece con lo nuevo. Con lo que llega. Con la arepa también.

Lo más inquietante no es que estas palabras las diga un extremista: las dice un socialista. Un heredero de Allende, de Letelier, del exilio. Pero ahí está: con su copa de vino, su empanada purista y su dedo acusador apuntando al que llegó tarde. Al que huele distinto.

Y no hay peor peste que la del miedo a compartir la mesa.

15/07/2025:

https://www.biobiochile.cl/noticias/opinion/tu-voz/2025/07/15/arepa-y-ron-veneno-puro-en-la-politica-chilena.shtml

Cfr. https://www.elnacional.com/2025/07/diputado-chileno-causa-polemica-por-sus-comentarios-sobre-los-venezolanos-no-queremos-que-nuestra-politica-sea-de-arepa-y-ron/

https://www.instagram.com/reel/DMGuvDqugEu/

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...