26/08/2026:
https://www.youtube.com/watch?v=y7Qowwvmqw8&list=RDy7Qowwvmqw8&start_radio=1
DE LAS CATÁSTROFES
José Rafael Herrera
“El entendimiento
abstracto
separa lo que en la
realidad
concreta constituye una
totalidad”
G. W. F. Hegel
Las imágenes de pueblos
sepultados por deslizamientos de tierra, ciudades devastadas por terremotos o
comunidades enteras arrastradas por deslaves o inundaciones recorren el mundo
con vertiginosa y sorprendente inmediatez. La reacción, por cierto, no menos
inmediata suele ser, siempre, más o menos la misma: “la naturaleza ha vuelto a
ensañarse con los seres humanos” o, cosa similar, “es un castigo divino”. Y,
sin embargo, esa aparente evidencia oculta una problemática mucho más profunda.
Concluido el desastre material, quizá haya llegado el momento de abandonar las
presuposiciones y abrir la posibilidad de interrogarse por una expresión que se
repite una y otra vez, con harta frecuencia y casi mecánicamente, y que,
precisamente por ello, termina ocultando aquello que debería revelar. Y es que,
cuando las cosas son examinadas más detenidamente, sine ira et studio, tanto
desde la perspectiva ontológica como desde el punto de vista de los estudios
histórico-sociales, se logra obtener la sorprendente conclusión de que,
efectivamente, la naturaleza no produce las catástrofes y nada sabe de ellas.
En efecto, cada vez que una
montaña se desploma, un río se desborda de su cauce o la tierra se sacude con
violencia, la reacción suele ser la misma: “ha ocurrido una catástrofe
natural”. La expresión parece tan evidente que casi nadie se detiene a pensar
en ella. Pero solo basta examinarla con cierto detenimiento para advertir que
encierra una de las mayores mistificaciones del presente. Los terremotos forman
parte de la dinámica del planeta. Los volcanes existen desde mucho tiempo antes
de que apareciera el ser humano. Las lluvias torrenciales, los huracanes, las
sequías y los deslizamientos de tierra obedecen a procesos propios de la
geología, de la climatología o de la hidrología. Ninguno de ellos constituye,
por sí mismo, un evento catastrófico. La montaña no lamenta el desprendimiento
de sus laderas; el río no experimenta como desgracia el desbordamiento de sus
aguas; la corteza terrestre no sufre cuando las placas tectónicas liberan la
energía acumulada durante siglos. La verdadera tragedia comienza allí donde
esos procesos naturales irrumpen sobre el mundo construido por los seres
humanos.
No son las montañas las que
mueren bajo un alud. Son las personas. No son los edificios los que
experimentan “temor y temblor” ante un terremoto. Son quienes los habitan. No
es la naturaleza la que pierde sus bienes, sus recuerdos, sus proyectos de vida
o sus seres queridos. Todo ello pertenece exclusivamente al ámbito de la historia.
Quizá convenga, entonces,
invertir el modo habitual de formular el problema. Lo que suele llamarse
“desastre natural” es, en realidad, la manifestación de una vulnerabilidad
histórica. La diferencia puede parecer meramente terminológica, pero, ciertamente,
no lo es. Constituye un cambio radical de perspectivas. Un terremoto de
magnitudes semejantes puede ocasionar unos pocos muertos en Japón y decenas de
miles en otro país. La explicación no reside en el movimiento de las placas
tectónicas. Reside en la calidad de las construcciones, en la existencia de
normas rigurosas de ingeniería, en los sistemas de alerta temprana, en la
educación ciudadana, en la planificación urbana y en la capacidad de las
instituciones públicas para anticipar y responder a la emergencia.
La naturaleza produce el
fenómeno físico. La historia produce la catástrofe y la consecuente tragedia.
Lo mismo ocurre con las inundaciones. El agua sigue el curso que la gravedad le
impone. O como decían los antiguos caraqueños, habitantes de las faldas
majestuosas de El Ávila: “el agua siempre vuelve a su cauce”. Pero cuando los
cauces naturales han sido ocupados por asentamientos improvisados, cuando los
drenajes jamás fueron construidos o permanecen abandonados, cuando la
corrupción convierte las obras públicas en simples negocios privados, cuando la
planificación cede su lugar a la improvisación, la lluvia deja de ser un
episodio meteorológico para convertirse en una auténtica tragedia humana. En
rigor, no es el río el que mata. Matan décadas de irresponsabilidad acumulada.
Este “giro copernicano” de
perspectiva obliga a revisar la manera como se distribuyen las
responsabilidades. Mientras el desastre sea atribuido exclusivamente a la
naturaleza, los responsables históricos desaparecen del horizonte. La fatalidad
reemplaza a la política. La geología sustituye a la administración pública. El
azar ocupa el lugar de la planificación. El lenguaje mismo termina absolviendo
aquello que debería someterse al juicio de la sociedad. No deja de resultar significativo
que las comunidades más pobres sean, casi siempre, las más expuestas a estos
llamados “desastres naturales”. No porque la naturaleza ejerza algún tipo de
discriminación social, sino porque la pobreza obliga a ocupar quebradas,
laderas inestables, márgenes de los ríos o zonas donde jamás debieron
levantarse viviendas. La desigualdad no crea el fenómeno geológico, pero sí
determina quiénes cargarán con sus consecuencias. En una expresión, las
catástrofes son, esencialmente, sociales y, por esa misma razón, son políticas.
Cada sociedad decide
—consciente o inconscientemente— cuánto invierte en políticas de prevención,
cuánto protege sus ecosistemas, cuánto fortalece sus instituciones técnicas o
cuánto privilegia o no la inversión en conocimiento. Cada una de esas
decisiones permanece invisible durante años, hasta que la naturaleza actúa
conforme a sus propias leyes y deja al descubierto el modelo de facitura
histórica que los humanos han decidido ejecutar. Vico sostiene que el mundo de
la naturaleza ha sido hecho por Dios, mientras que el mundo civil ha sido hecho
por los hombres. De ahí se deriva una consecuencia extraordinaria: lo que los
hombres hacen, es lo que pueden comprender y transformar. Dos siglos después,
Hegel afirmará que el espíritu solo llega a conocerse en las obras que él mismo
produce. No existe historia sin responsabilidad.
Quizá haya llegado el
momento de aplicar esa enseñanza a nuestro modo de comprender las tragedias
contemporáneas. Ninguna sociedad puede impedir que tiemble la tierra o que
llueva con intensidad. Lo que sí puede impedir es que esos fenómenos se
conviertan en escenarios de muerte, destrucción y abandono. La naturaleza no
redacta códigos de construcción. Ni decide dónde se levantan las ciudades. No
elimina los organismos científicos. Ni desvía los recursos destinados a obras
públicas. No destruye la educación ni convierte la planificación en propaganda.
La naturaleza existe
conforme a sus propias leyes; la historia es el ámbito de la praxis, de la
libertad y de la responsabilidad. Confundir ambos órdenes equivale a
naturalizar lo que pertenece al mundo de las decisiones humanas. Allí donde el
entendimiento abstracto sólo ve un fenómeno geológico, la razón histórica
descubre una compleja trama de mediaciones sociales, políticas, económicas y
culturales que explican por qué un mismo acontecimiento físico produce
consecuencias radicalmente distintas según la sociedad en la que ocurre.
Es verdad que la naturaleza
se manifiesta. Pero lo que aparece bajo esa manifestación es la historia. Por
eso Hegel comprendió que la verdad nunca reside en la inmediatez, sino en las
mediaciones que la constituyen. Lo verdaderamente concreto no es el fenómeno
aislado, sino la totalidad de las relaciones que lo hacen inteligible. Por eso
las llamadas “catástrofes naturales” exigen ser pensadas desde la totalidad
concreta. Solo entonces dejan de ser simples episodios de geología para
convertirse en acontecimientos de la historia.
La catástrofe no acontece en
la primera naturaleza, que sigue obedeciendo a sus propias leyes, sino en esa
segunda naturaleza —el mundo histórico de instituciones, ciudades, técnicas y relaciones
sociales— que los seres humanos han construido y de cuya conservación son
responsables.
Fotografía: Para un reportaje de Víctor Amaya sobre el terremoto de Venezuela de título elocuente: "He visto más fusiles que palas". La Razón, Esp., 30/06/26.
18/07/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/de-las-catastrofes/
TERREMOTO EN VENEZUELA: CUATRO SIGLOS DE CIUDADES CAÍDAS, MIEDOS Y MEMORIA BAJO LA TIERRA
Luis Perozo Padua
La tierra comenzó a hablar
antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si
una carreta inmensa avanzara bajo las calles.
Después vino el
estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y
el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.
Venezuela, que muchas veces
se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones,
también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por
el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias
convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el
suelo con respeto.
No hubo siglo tranquilo.
Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque
hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una
advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se
concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la
Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria.
Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica.
Pero esa cifra, por sí sola,
no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó
desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde
en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche
caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con
el ruido de un terremoto.
El día que Caracas corrió
hacia las calles
El 11 de junio de 1641,
entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad
extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña,
de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que
organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de
siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores,
puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.
Entonces la tierra se movió.
El terremoto de San Bernabé
fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La
población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban,
los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se
extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación
científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal
sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del
cielo.
Caracas quedó gravemente
dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que
durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación
contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía
inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.
Aquella mañana de 1641 dejó
una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede
política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la
provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad
humana.
Cumaná bajo el amanecer de
1766
Más de un siglo después, el
21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor
terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas
comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una
magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados
Sucre y Nueva Esparta.
La tragedia tuvo su rostro
más severo en Cumaná.
La ciudad oriental, antigua,
marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las
casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una
nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las
poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los
habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; solo podían
contar ruinas, ausencias, grietas y campanas mudas.
En Caracas también hubo
estragos. La Catedral, San Pablo, San Lázaro y otros templos sufrieron daños
severos. El terremoto no respetó distancias ni jerarquías: estremeció pueblos,
ciudades, iglesias y haciendas. No se conoce con precisión el número de
muertos. En el siglo XVIII, las cuentas oficiales llegaban tarde, incompletas o
no llegaban nunca. Muchas víctimas quedaron sin nombre en los registros, pero
no sin lugar en la memoria.
El terremoto de 1766
confirmó que Venezuela era un territorio sísmico antes de que el país tuviera
conciencia moderna de esa condición. Las autoridades coloniales podían ordenar
reparaciones, levantar informes y reconstruir templos, pero no podían evitar
que el subsuelo continuara acumulando tensión.
El Jueves Santo que sacudió
la República
El 26 de marzo de 1812,
Venezuela estaba partida por la guerra. Apenas un año antes se había declarado
la Independencia y la Primera República trataba de sostenerse en medio de
conspiraciones, campañas militares, conflictos internos y una población profundamente
dividida entre patriotas y realistas. Era Jueves Santo. Las iglesias estaban
llenas. En Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras
poblaciones, la liturgia reunía a miles de fieles.
A esa hora, la tierra
intervino en la historia política.
El terremoto de 1812 no fue
únicamente un desastre natural. Fue también un golpe moral contra la causa
republicana. Su magnitud ha sido estimada entre 7,7 y 8,0. En algunos lugares
se habla de dos movimientos sísmicos que devastaron una parte importante del
territorio. Caracas perdió miles de habitantes. La Guaira quedó herida. Mérida
sufrió una mortandad considerable. Barquisimeto, Santa Rosa y San Felipe
quedaron entre las poblaciones más castigadas.
Los muertos se contaron por
millares. Algunas estimaciones hablan de 10 mil fallecidos en Caracas, 3 mil en
La Guaira, 5 mil en Mérida, entre 4 mil y 5 mil en Barquisimeto y 3 mil en San
Felipe. En total, varios historiadores han ubicado la cifra nacional alrededor
de 20 mil o incluso 26 mil víctimas. No todos los cuerpos pudieron ser
rescatados. Muchos cadáveres, atrapados bajo escombros y expuestos al calor,
fueron quemados en montones para contener la descomposición y el riesgo
sanitario.
En medio de aquella
devastación, algunos religiosos difundieron la idea de que el terremoto era un
castigo divino contra la sublevación patriota. La interpretación cayó sobre una
población aterrorizada y profundamente creyente. Los realistas encontraron en
la tragedia un argumento político: Dios, decían, había castigado la rebelión
contra Fernando VII.
La República, debilitada por
las armas, sufrió también el golpe del miedo.
En esa escena de ruinas se
ubica una de las frases más conocidas atribuidas a Simón Bolívar. Ante la
naturaleza desatada, habría dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos
contra ella y haremos que nos obedezca”. Más allá de las discusiones sobre el
contexto exacto de la expresión, la frase sobrevivió porque condensó una
voluntad: no rendirse ni ante la guerra ni ante la catástrofe.
Pero lejos de los grandes
nombres de la Independencia, el terremoto también tuvo una geografía íntima. En
Cabudare, según investigaciones del cronista Taylor Rodríguez García, la
tradición oral exageró durante años la destrucción del poblado. Para 1812 no
existía allí un casco urbano consolidado, sino apenas viviendas rurales
dispersas. La única edificación demolida por el sismo habría sido el oratorio
de Santa Bárbara, situado en la hacienda del mismo nombre, propiedad de Juan
José Alvarado de la Parra, alférez real del Cabildo de Barquisimeto.
Aquel oratorio tenía su
propia historia. En 1793, Alvarado de la Parra había solicitado permiso para
levantar una capilla pública en Cabudare, donde poseía haciendas de trapiche,
cacao y añil. La licencia eclesiástica fue concedida, pero la construcción se
demoró. En 1797 pidió nuevamente autorización, esta vez al obispo fray Juan
Antonio de la Virgen María Viana, y comenzó la fabricación del templo. La
capilla sirvió de consuelo espiritual a los habitantes de la zona hasta que el
terremoto la derribó.
En su testamento, Alvarado
de la Parra pidió que se rescataran los objetos sagrados, se removieran las
ruinas y se reconstruyera la casa de oración manteniendo, en lo posible, la
arquitectura anterior. También expresó su voluntad de ser sepultado allí. Murió
en 1819, cuando la obra no estaba concluida. Así, el terremoto de 1812 no solo
dejó muertos y ciudades destruidas; también interrumpió proyectos, devociones
familiares, capillas rurales y pequeñas historias que rara vez entran en los
manuales.
San Narciso y el presidente
que saltó del balcón
La madrugada del 29 de
octubre de 1900, Caracas volvió a despertar con violencia. El terremoto de San
Narciso sorprendió a la ciudad cuando aún no clareaba el día. La magnitud se ha
estimado entre 7,6 y 8,0. El movimiento afectó principalmente el noreste del
estado Miranda, Caracas y poblaciones como Macuto, Caraballeda, Naiguatá,
Carenero, Higuerote, Guatire y Guarenas.
La capital, que ya no era la villa colonial de 1641 ni la ciudad republicana de 1812, seguía siendo vulnerable. La Universidad Central, la Santa Capilla, las iglesias de San José, La Pastora, Las Mercedes, La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía sufrieron daños de consideración. También resultaron afectados edificios públicos y numerosas viviendas particulares. En Caracas se reportaron casas caídas, muertos y heridos. Algunas fuentes hablan de al menos 56 fallecidos en el área impactada; otras crónicas registran 21 muertos y más de 50 heridos en la capital.
El episodio dejó, además,
una imagen que la memoria popular conservó con una mezcla de tragedia y
sarcasmo político. Cipriano Castro, entonces presidente de Venezuela, fue
sorprendido por el terremoto en la Casa Amarilla. Presa del pánico, saltó desde
uno de los balcones y se fracturó un pie o una pierna, según las distintas
versiones repetidas por la tradición.
La escena tiene algo de
retrato nacional: el poder, que suele presentarse firme sobre los balcones,
descubierto de pronto como un cuerpo vulnerable frente a la tierra. En un
instante, el mandatario y el ciudadano común compartieron la misma intemperie.
No había uniforme, cargo ni escolta capaz de detener el movimiento.
El terremoto de San Narciso
ocurrió en un país que acababa de entrar al siglo XX con tensiones políticas,
caudillos armados y una institucionalidad frágil. La sacudida no cambió por sí
sola el curso del poder, pero recordó que la precariedad no estaba únicamente
en la vida pública. También estaba en las paredes, en los templos, en las
calles y en la forma en que las ciudades habían sido levantadas.
Cumaná volvió a caer frente
al mar
El 17 de enero de 1929,
Cumaná recibió otro golpe histórico. La ciudad que ya había sido arrasada en
1766 volvió a estremecerse bajo un terremoto de magnitud cercana a 7,0, con
epicentro en el golfo de Cariaco. Esta vez la tragedia tuvo un ingrediente
adicional: el mar.
El movimiento destruyó buena
parte de la ciudad y generó un tsunami con olas estimadas entre cuatro y cinco
metros. Para una población costera, acostumbrada a mirar el horizonte como
promesa de pesca, comercio y viaje, el mar se convirtió en amenaza. El agua
avanzó con violencia sobre una ciudad ya herida por el temblor.
En 1929 gobernaba Juan
Vicente Gómez. El país vivía bajo una dictadura férrea, centralizada, con una
modernización desigual impulsada por el petróleo y controlada por el poder
militar. Las noticias sobre los desastres circulaban con limitaciones,
filtradas por la estructura política del momento. Pero ningún control
informativo podía ocultar la magnitud de lo ocurrido en Cumaná. Había muertos,
damnificados, edificios destruidos y una ciudad nuevamente obligada a empezar.
El Tocuyo, la ciudad
demolida dos veces
El 3 de agosto de 1950, la
historia sísmica venezolana entró con violencia en el estado Lara. El Tocuyo,
llamada con frecuencia la Ciudad Madre de Venezuela, sufrió un terremoto que
partió su historia en dos.
Era una población de
profunda tradición colonial, con templos, casas antiguas y una identidad urbana
formada durante cuatro siglos. Sus habitantes vivían entre calles cargadas de
memoria, fachadas de otro tiempo y una religiosidad visible en la presencia de
sus siete templos. Aquel día, la tierra hizo un sonido que algunos
sobrevivientes compararían después con “una manada de toros bravos”.
El sismo tuvo una magnitud
estimada de 6,3 y duró aproximadamente 35 segundos. Bastó menos de un minuto
para afectar el 93 por ciento de las viviendas. De las casas restantes, apenas
una pequeña parte quedó en condiciones de ser habilitada. Los siete templos,
símbolos religiosos y arquitectónicos de la ciudad, se derrumbaron o quedaron
gravemente comprometidos. El saldo humano fue de 17 muertos y 80 heridos.
Pero la tragedia de El
Tocuyo no terminó cuando dejó de temblar.
Según testimonios y estudios
posteriores, entre ellos los del geólogo tocuyano Lermit Figueira Anzola, la
ciudad no fue destruida únicamente por el terremoto. La segunda demolición vino
después, de la mano del hombre. Tractores y cuadrillas terminaron de derribar
lo que aún permanecía en pie, incluyendo importantes testimonios
arquitectónicos coloniales. Lo que pudo ser restaurado o preservado fue, en
muchos casos, arrasado bajo la lógica de la reconstrucción.
El Tocuyo perdió entonces no
solo casas y templos. Perdió continuidad visual, memoria edificada, vínculos
materiales con su pasado. En nombre de la seguridad y de la modernización,
desaparecieron muros que habían sobrevivido a generaciones. El terremoto abrió
las grietas; la mano humana las convirtió en vacío.
Para Lara, aquel desastre
fue una herida territorial. No se trataba de una población cualquiera. El
Tocuyo había sido centro fundador, referencia histórica, ciudad de arraigo.
Después de 1950, sus habitantes no solo tuvieron que reconstruir viviendas.
Tuvieron que aprender a reconocerse en una ciudad distinta.
La crónica del terremoto
tocuyano es, por eso, una de las más dolorosas de la historia sísmica
venezolana: enseña que una ciudad puede morir por la naturaleza y volver a
morir por las decisiones que se toman después.
Caracas, 1967: la noche en
que se quebró la modernidad
Pasadas las ocho de la noche
del 29 de julio de 1967, Caracas vivía una de esas jornadas urbanas propias de
la Venezuela moderna. La ciudad crecía hacia el este, levantaba torres,
multiplicaba urbanizaciones y celebraba una idea de progreso asociada al
concreto, al automóvil, a las avenidas y a los edificios altos. Altamira, Los
Palos Grandes y otras zonas del este representaban una capital que se miraba a
sí misma como moderna, ascendente, segura.
Entonces tembló.
El terremoto tuvo una
magnitud estimada entre 6,5 y 6,7. Su epicentro se ubicó a unos 20 kilómetros
de Caracas. Duró entre 35 y 55 segundos, según distintos registros. No fue el
mayor terremoto de la historia venezolana, pero sí uno de los más impactantes
por su carácter urbano y por la forma en que golpeó a una capital que creía
haber dejado atrás la fragilidad colonial.
Varios edificios colapsaron.
Otros quedaron inhabitables. Las cifras oficiales registraron 236 muertos y
cerca de 2.000 heridos. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Seis edificios
resultaron destruidos, 40 fueron declarados no habitables y 180 sufrieron daños
graves. Las pérdidas materiales superaron los 10 millones de dólares.
En aquella noche hubo
gritos, carreras, polvo, vidrios rotos, llamadas desesperadas y familias que
bajaron a la calle sin saber si podrían volver a sus apartamentos. Pero también
quedó un documento sonoro extraordinario. En los estudios Sonomatrix se
realizaba un playback con la canción “Mi Navidad”, del coro Armonía Navideña. Como
las voces infantiles ya habían sido grabadas antes, en el estudio solo estaban
el organista y los técnicos encargados de efectos especiales. Cuando comenzó el
terremoto, el ruido de la sacudida quedó mezclado con la música.
Por eso en la cinta no se escuchan
gritos de niños. Se escucha algo más inquietante: la irrupción de la tierra
dentro de una canción. La Navidad, asociada a infancia, hogar y celebración,
quedó atravesada por el estruendo de un desastre. Es uno de los registros más
singulares de la memoria venezolana: un terremoto entrando, sin permiso, en una
grabación.
La Caracas de 1967 no volvió
a ser la misma. El sismo impulsó nuevas reflexiones sobre normas de
construcción, vulnerabilidad urbana y preparación ciudadana. También dejó una
marca emocional en quienes lo vivieron. Durante años, muchos caraqueños
recordaron exactamente dónde estaban cuando comenzó el movimiento: en la mesa,
en el cine, en una fiesta, en un ascensor, en la sala de un apartamento o
frente a un televisor que de pronto dejó de importar.
Cariaco, 1997: la escuela
bajo los escombros
El 9 de julio de 1997, a las
3:23 de la tarde, el estado Sucre volvió a ocupar el centro de la tragedia
sísmica venezolana. Un terremoto de magnitud cercana a 6,9 o 7,0 sacudió con
fuerza la zona de Cariaco y Cumaná. El movimiento ocurrió en horas de la tarde,
cuando la vida cotidiana estaba en pleno desarrollo: comercios abiertos,
estudiantes en actividades, familias en sus casas, calles bajo el calor
oriental.
Cariaco fue el nombre que quedó unido al desastre.
El sismo causó más de 70
muertes y graves daños en infraestructura. Entre las imágenes más dolorosas
estuvieron las de edificaciones escolares afectadas, con niños y jóvenes entre
las víctimas. La tragedia golpeó una fibra especialmente sensible: la infancia
sorprendida por el colapso, la escuela convertida en lugar de duelo, los padres
buscando respuestas entre concreto y polvo.
El terremoto de Cariaco
ocurrió en una Venezuela que ya contaba con instituciones sismológicas,
registros técnicos, medios de comunicación de alcance nacional y una ciudadanía
más consciente de la amenaza. Pero nada de eso eliminó el dolor esencial del
desastre. La ciencia podía explicar el movimiento; no podía consolar a una
madre ante una lista de fallecidos.
Cariaco recordó que la
vulnerabilidad no depende solo de la magnitud de un sismo. Depende también de
dónde ocurre, a qué hora, sobre qué edificaciones y en medio de qué condiciones
sociales. Un movimiento menor que otros grandes terremotos históricos puede
convertirse en tragedia si encuentra estructuras frágiles y comunidades
expuestas.
Desde entonces, el nombre de
Cariaco quedó inscrito en la memoria venezolana junto al de Cumaná, Caracas, El
Tocuyo y Barquisimeto. Cada ciudad herida agregó una página a ese archivo
subterráneo que el país revisa cada vez que vuelve a temblar.
Carabobo, 2009: el susto sin
luto nacional
El 12 de septiembre de 2009,
un sismo de magnitud 6,4 ocurrió frente a las costas del estado Carabobo. Se
sintió en buena parte del centro norte del país, incluyendo Carabobo, Aragua y
Caracas. No dejó víctimas mortales, pero sí daños en edificaciones y al menos
16 lesionados.
A diferencia de otros
episodios, el terremoto de Carabobo no pasó a la historia como una gran
tragedia nacional. Fue más bien un recordatorio. Una sacudida capaz de
interrumpir la rutina, sacar a la gente de edificios y viviendas, activar el
miedo colectivo y poner nuevamente sobre la mesa la pregunta de siempre:
¿estamos preparados?
El país ya conocía
suficientes antecedentes para no tomarlo a la ligera. San Bernabé, 1766, 1812,
San Narciso, Cumaná, El Tocuyo, Caracas y Cariaco componían una larga
advertencia. Sin embargo, la memoria de los terremotos suele debilitarse con el
tiempo. Cuando pasan años sin una gran tragedia, las ciudades vuelven a
confiarse. Se construye, se remodela, se improvisa, se olvida.
El sismo de 2009 no produjo
luto masivo, pero sí cumplió una función incómoda: recordó que la amenaza
seguía allí, activa, silenciosa, acumulando energía frente a las costas y bajo
las montañas.
2018: la Torre de David
inclinada sobre la memoria
El 21 de agosto de 2018,
Venezuela sintió uno de los sismos más fuertes del siglo XXI. La magnitud fue
reportada en 7,3 por algunas fuentes, aunque otros registros la ubicaron en
6,9. El movimiento se produjo en horas de la tarde y fue sentido en buena parte
del país y del Caribe.
No dejó fallecidos ni una
destrucción comparable con los grandes terremotos históricos. Pero sí produjo
una imagen poderosa: los últimos pisos del Centro Financiero Confinanzas,
conocido popularmente como la Torre de David, quedaron visiblemente inclinados.
La imagen tuvo una carga
simbólica difícil de ignorar. La Torre de David, rascacielos inconcluso y
abandonado, ya era para entonces una metáfora de la crisis urbana venezolana:
ambición financiera, obra paralizada, ocupación informal, abandono, ruina vertical.
El terremoto no la derribó, pero inclinó su parte superior como si subrayara
físicamente una fragilidad que el país ya conocía.
El ministro de Interior,
Justicia y Paz, Néstor Reverol, informó entonces que no se habían reportado
daños mayores ni hechos que lamentar. Hubo réplicas, alarma ciudadana y una
intensa circulación de imágenes por redes sociales. A diferencia de 1812 o
1900, el miedo ya no viajaba solo por rumores o cartas: viajaba por videos,
mensajes de WhatsApp, transmisiones en vivo y fotografías tomadas segundos
después del sacudón.
El terremoto de 2018 mostró
otra dimensión de la memoria sísmica contemporánea. La gente ya no solo corre a
la calle; también graba, comparte, compara magnitudes, busca reportes
oficiales, revisa mapas y espera réplicas mirando el teléfono. La tecnología
cambió la forma de narrar el miedo, pero no el miedo mismo.
2026: el país vuelve a mirar
hacia abajo
El 24 de junio de 2026, un
nuevo terremoto reavivó en Venezuela la pregunta por su historia sísmica. El
movimiento, reportado con magnitud 7,1 y ubicado en el municipio Montalbán,
estado Carabobo, con réplica de 7.5, llevó a miles de usuarios en redes sociales
a preguntarse cuáles habían sido los terremotos más potentes y devastadores del
país.
El dato técnico importaba,
desde luego. Pero lo que se activó ese día fue algo más profundo: la memoria.
Y mientras los organismos
venezolanos continúan el levantamiento de información en las zonas afectadas,
las primeras estimaciones internacionales reflejan la incertidumbre propia de
las horas posteriores al desastre. El Servicio Geológico de Estados Unidos
(USGS), mediante sus modelos automáticos de evaluación de impacto, proyecta un
escenario potencial de entre 10.000 y 100.000 víctimas mortales como
consecuencia de los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. De acuerdo con ese
análisis preliminar, existe un 42 % de probabilidad de que el número de
fallecidos se ubique dentro de ese rango, un 33 % de que oscile entre 1.000 y
10.000, y un 17 % de que supere las 100.000 personas.
Sin embargo, estas
proyecciones corresponden a cálculos probabilísticos elaborados en tiempo real
y no a un balance oficial de víctimas. De hecho, las autoridades venezolanas
informan un registro preliminar de 164 fallecidos y alrededor de un millar de
heridos, cifras que continúan en aumento y permanecen sujetas a revisión
conforme avanzan las labores de búsqueda, rescate y verificación en las áreas
más golpeadas.
Cada gran sacudida despierta
las anteriores. Cuando tiembla en Carabobo, vuelve Caracas 1967. Cuando se
menciona Sucre, aparecen Cumaná y Cariaco. Cuando Lara siente el movimiento,
regresan Barquisimeto, Santa Rosa, Cabudare y El Tocuyo. Los terremotos no son
episodios aislados en la conciencia colectiva venezolana; forman una cadena de
recuerdos que se enciende cada vez que el suelo pierde estabilidad.
Los científicos han
explicado que estos eventos se relacionan con el choque y desplazamiento
relativo entre la placa Sudamericana y la del Caribe. Pero para la población,
la experiencia inmediata sigue siendo corporal: la lámpara que se mueve, el
piso que ondula, el perro que ladra antes de tiempo, el ruido de vidrios, el mareo,
la puerta que no abre, el vecino que grita desde el pasillo, la madre que toma
a sus hijos y baja las escaleras sin mirar atrás.
Los terremotos devuelven al
ser humano a una verdad elemental: toda ciudad, por sólida que parezca, depende
de un suelo que no controla.
La memoria debajo de las
ciudades
Venezuela ha reconstruido
muchas veces sobre sus propios escombros. Caracas lo hizo después de 1641,
1812, 1900 y 1967. Cumaná después de 1766 y 1929. El Tocuyo después de 1950.
Cariaco después de 1997. Cada reconstrucción dejó decisiones, aciertos,
pérdidas y olvidos.
En algunos casos, la
tragedia impulsó aprendizajes. En otros, la urgencia borró patrimonios. A veces
se levantaron mejores edificaciones. Otras veces se repitieron
vulnerabilidades. La historia sísmica del país demuestra que el desastre
natural nunca es completamente natural: la magnitud del daño depende de la
calidad de las construcciones, de la planificación urbana, de la memoria
institucional, de la educación ciudadana y de la capacidad de actuar antes de
que vuelva a temblar.
Los terremotos son breves.
Sus consecuencias, no.
En Venezuela, la tierra ha
sido cronista severa. No escribe con tinta, sino con grietas. No firma
documentos, pero deja marcas en fachadas, cementerios, archivos parroquiales,
fotografías de damnificados, relatos familiares y silencios que pasan de una generación
a otra.
Quizás por eso cada
terremoto conmueve tanto al país. Porque no solo mueve el suelo: remueve la
memoria.
Y cuando todo pasa, cuando
vuelve el silencio y el polvo comienza a asentarse, queda siempre la misma
imagen: un país que mira hacia abajo, respira hondo y entiende que la tierra,
de vez en cuando, también exige ser escuchada.
28/06/2026:
- Entrevista a Jóvito Villalba de regreso del Territorio Delta Amacuro y del estado Bolívar. El Nacional, 06/09/43.
- Pedro Galán. Vásquez. “¿Qué busca la mafia en Venezuela?”. Últimas Noticias, Caracas, 02/12/84.
- Oswaldo Osio Canales. “Luis Herrera (Campíns) y el lenguaje popular”. El Universal, Caracas, 31/05/78.
- Moisés Moleiro. “¿Cuál 23 de Enero?”. El Diario de Caracas, 08/02/83.
Reproducción: El Nacional, Caracas, 25/10/1947. No precisamos bien el nombre del fotógrafo, ¿Scandía? María Teresa Acosta, procedente del barco Santa Paula, junto con Ricardo Espina, director de Radio Caracas y el reportero Escalona Oliver. Anuncia la presentación en la referida emisora y en Ondas Populares para viajar luego a Puerto Rico y a Canadá. Pieza tratada con IA.
SOBRE LA IDEA DE VENEZUELA 2026 (*)
Hay algo profundamente
latinoamericano —casi un rasgo de carácter— en la manera en que cada coyuntura
política se ve rodeada, de pronto, por una multitud de expertos sobrevenidos,
doctos de la noche a la mañana en las materias más complejas y disímiles. En
ese coro estridente, las voces más genuinas —las de los legos atentos y las de
los entendidos serios que día a día construyen la opinión pública— deben abrirse
paso entre improvisados que decretan transiciones donde no existe asomo alguno,
o apenas indicios de un largo y arduo camino por recorrer. Actúan como médicos
temerarios: diagnostican una enfermedad grave a partir de un síntoma menor y
prescriben, con gesto grandilocuente, una cura improvisada que promete milagros
inmediatos.
Por ello resulta especialmente
valioso el aporte de Luis Manuel Marcano al debate que suscita el caso
venezolano. Su intervención permite combatir una confusión tan generalizada
como interesada: la idea de que existe una transición en marcha cuando, en
rigor, se trata apenas de una transición sospechada, intuida, deseada, pero que
sencillamente no ha comenzado. Ese equívoco no es inocuo. Inyecta desencanto y
desesperación en una ciudadanía que espera un cambio auténtico, trascendente, definitivo
e histórico, y que corre el riesgo de ver frustrada su esperanza por el abuso
del lenguaje y la ligereza del diagnóstico político.
Cuenta con las herramientas
teóricas, la mirada acuciosa, la capacidad de reflexión, el talante político y el
sentimiento profundo para un ensayo orientador, preciso y contundente.
Calificado académico, corajudo magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, tan
injusta y largamente condenado al exilio por el régimen venezolano, aborda con
un enorme sentido de responsabilidad un asunto que siempre será novedad
mientras no deje de palpitar la vocación por la libertad en este lado del
mundo, llevándonos a una conclusión clara: las transiciones se hacen
haciéndolas, más allá del anuncio.
El texto no ofrece consuelos
fáciles ni proclamas vacías. Se inscribe, más bien, en una tradición seria del
pensamiento político latinoamericano que desconfía de las palabras solemnes
cuando no están acompañadas de actos fundacionales reales. En ese sentido, Venezuela 2026: la transición que necesitamos no es un ejercicio de futurología ni un
manifiesto de ocasión, sino una advertencia lúcida: sin decisiones, sin
rupturas verificables y sin construcción institucional sostenida, la transición
seguirá siendo un espejismo retórico.
La lección final es tan
sobria como exigente. No basta con nombrar la transición para que exista, ni
con desearla para que ocurra. Las transiciones no se proclaman: se edifican. Y
solo cuando ese proceso comience de verdad, Venezuela podrá decir que ha dejado
atrás la larga noche y ha comenzado, ahora sí, a escribir una página distinta
de su historia.
(*) Presentación del libro de Luis Manuel Marcano
Salazar: “Venezuela 2026: la transición que necesitamos”, Editorial Torres del Paine,
Santiago de Chile, 2026.
Cfr. https://www.elnacional.com/2026/01/la-transicion-que-necesitamos/
Ilustración: Ralph Steiner.
22/03/2026:
https://lapatilla.com/2026/02/22/luis-barragan-sobre-la-idea-de-venezuela-2026/
CULTIVAR NUESTRA
(San Juan, 1: 29-34)
Al igual que los sinópticos,
también el autor del cuarto evangelio hace del bautismo de Jesús el
acontecimiento con el que se inicia su actividad pública. Un indicio más, no
solo de la historicidad de ese hecho, sino del papel decisivo que jugó en la
propia evolución humana/espiritual de Jesús.
Por otro lado, también en el
cuarto evangelio se advierte la polémica con los discípulos del Bautista, que
lleva al autor a subrayar la primacía del maestro de Nazaret y a convertir a
Juan en nada menos que un "cristiano", que "ha visto" y
"da testimonio" de que Jesús es "el Hijo de Dios".
Sabemos que "ver"
y "dar testimonio" constituyen dos expresiones típicamente joánicas,
que definen el ser y la misión del discípulo: este es alguien que "ha
visto" y, por ello mismo, puede "dar testimonio".
Así aparece en diferentes
lugares del evangelio e incluso en las Cartas de Juan: "Nosotros hemos
visto y damos testimonio" (Jn 19,35; 21,24; 1Jn 1,1-3).
¿Qué es lo que "ha
visto" Juan? A un hombre lleno de Espíritu. Es decir, al Espíritu
viviéndose en forma humana. Así me parece que hay que leer este relato, más
allá de la literalidad que se muestra en la imagen mítica de la
"paloma".
Es probable que Juan pudiera
verlo, gracias a la transparencia del propio Jesús. Pues, como dijera Jean
Sulivan, en una de las afirmaciones más bellas que, en mi opinión, se han dicho
de él, "Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un
hombre".
Siempre que tenemos la
fortuna de encontrarnos con una persona "transparente" –no
"perfecta", sino humilde-, resulta más fácil reconocer, apreciar,
"ver" el Misterio que la (nos) habita.
Pero parece que no es
suficiente encontrarnos con alguien así, sino que, habitualmente, se requiere
también haber desarrollado la propia "capacidad de ver", es decir un
"saber mirar", que trasciende lo puramente material y lo meramente
mental.
Si miramos solo desde la
mente, aunque sea al propio Jesús, no lograremos ver sino a un ser separado,
por más que lo proclamemos "divino". Porque la mente nos ofrece una
visión inexorablemente fragmentadora y, por tanto, distorsionada, de lo real.
Dado que para ella todo existe separado, nos hace caer en el engaño grosero de creer
que la realidad es tal como la propia mente la ve.
Sin embargo, lo que la mente
nos ofrece no es una "fotocopia" de lo real, sino únicamente su
"interpretación", completamente condicionada por sus filtros
limitantes. Es decir, lo que pensamos no tiene nada que ver con lo que es.
Los sabios siempre han sido
conscientes de que existían distintos niveles de realidad, a los que podíamos
acceder a través de diferentes órganos de conocimiento. Así, en una expresión
que sería definitivamente acuñada por san Buenaventura –aunque, antes que él,
en el siglo XII, fue utilizada por los monjes Hugo y Ricardo de San Víctor -,
hablaban del "ojo de la carne", el "ojo de la razón" y el
"ojo del espíritu" ("ojo de la contemplación" o "tercer
ojo"). (En nuestros días, Ken Wilber ha retomado esta cuestión en Los tres
ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona
1991; ID., El ojo del espíritu. Una visión integral para un mundo que está
enloqueciendo poco a poco, Kairós, Barcelona 1998).
Nos empobrecemos cuando nos
reducimos al "ojo de la carne" –en una especie de positivismo
cientificista- y también al "ojo de la razón". Como ha escrito el
psicólogo italiano Giorgio Nardone, "es una perversión de la inteligencia
creer que la razón lo solventa todo".
Necesitamos recuperar el
"tercer ojo". O dicho de otro modo: además de la "inteligencia
operativa", es urgente cultivar el desarrollo de la "inteligencia
espiritual". Nos jugamos en ello nada menos que la posibilidad de responder
adecuadamente a la pregunta "¿quién soy yo?".
Solo la "inteligencia
espiritual" –el "tercer ojo" de los clásicos- nos capacita para
"ver" la realidad en su dimensión más profunda, para advertir el
Misterio en todo lo que nos rodea, nosotros incluidos. Y, como Juan, solo si lo
vemos podremos "dar testimonio".
La calidad humana, el futuro
de la humanidad y del planeta depende de que sepamos "ver" de este
modo.
Fuente:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/4538-cultivar-nuestra-capacidad-de-ver.html
Ilustración: David Zelenka.
Padre S. Martín: León, más de Benedicto que de Francisco. María M. Machado Venezuela:
https://www.youtube.com/watch?v=e6hwRrNBdzc
Jonatan Alzuru Aponte
Una frase del diputado socialista Daniel Manouchehri sobre “vino y empanada”, frente a “arepa y ron”, ha abierto en Chile un debate más grave que la xenofobia: la validación de una noción de “cultura nacional” cuya raíz es idéntica a la que sostuvo el ideal de raza pura del nazismo. Y en el plano político, el olvido de lo que Venezuela hizo por el socialismo chileno no solo agrava el agravio, sino que exhibe con nitidez la ignorancia supina del parlamentario.
Este artículo desmenuza la retórica de Daniel Manouchehri, que al oponer la “cultura del vino y la empanada” a la de la “arepa y el ron”, no solo reproduce discursos excluyentes, sino que evoca con total descaro ideas peligrosas de pureza cultural y desconoce la historia de solidaridad entre Venezuela y el socialismo chileno. Analizaremos cómo esta visión esencialista de la cultura deriva inevitablemente en exclusión política y mutila la riqueza de la diversidad latinoamericana.
Una aclaratoria para el pueblo chileno: no escribí un artículo contra George Harris, el comediante venezolano. Grabé un podcast en cuatro entregas titulado “Clase magistral: Mi respuesta a George Harris”, que suma tres horas con cuarenta y cinco minutos. En él, hice una crítica tajante y profunda a sus declaraciones, me opuse abiertamente a los venezolanos que lo defendían en redes sociales, y aproveché para examinar, sin anestesia, las complejidades y conflictos de la migración venezolana en Chile. Está disponible en YouTube desde el 4 de marzo de 2025. Lo aclaro para que nadie me confunda con un nacionalista emocional.
El diputado Daniel Manouchehri, del Partido Socialista, declaró hace pocos días: “Queremos una política con olor a vino tinto y empanada, no con arepa y ron. No queremos una Chilezuela. Esa es otra cultura”. Como si no bastara, propuso que los migrantes venezolanos sean excluidos del derecho al voto. Pocas veces un político progresista ha dicho tanto, tan rápido y con consecuencias tan graves.
Esto no es una torpeza aislada ni un arrebato de folclorismo mal calibrado. Lo que Manouchehri expresa es una estructura ideológica sólida y peligrosa: una concepción de la cultura y de la política que debe ser desmontada a fondo. Detrás de su “olor a vino” se oculta algo más rancio: la misma idea antropológica que en el siglo XX legitimó el proyecto de la raza pura, ahora con el maquillaje amable de una supuesta “identidad nacional”.
Cuando la cultura se convierte en frontera
Decir que “la política chilena debe oler a empanada y vino” y no a “arepa y ron” implica suponer que existe una cultura chilena original, cerrada, fija, que debe ser defendida de lo foráneo. Ese es el primer y más insidioso error. Las culturas no son esencias: son procesos. No hay culturas puras. Toda cultura es mezcla, cruce, incorporación, diálogo. Es, por definición, híbrida.
El vino y la empanada también fueron importaciones. Y la propia idea de “nación” en América Latina es un injerto: indígena, africano, español, italiano, alemán, palestino, judío, croata, haitiano, colombiano, venezolano. No hay identidad sin extranjería. Negar esto no protege lo chileno: lo petrifica.
Aún más grave que el error conceptual es su consecuencia política: usar la noción de “otra cultura” para justificar la exclusión de derechos ciudadanos. Si una comunidad migrante trabaja, tributa, convive y participa en la polis, negarle el voto es negarle humanidad cívica. Es decirle: puedes limpiar nuestras veredas, pero no opinar sobre ellas; puedes cuidar a nuestros enfermos, pero no decidir sobre el sistema de salud. Es una ciudadanía amputada. Una democracia que excluye por origen es una caricatura. Y quien siembra esas diferencias no defiende una nación: erige una oligarquía de sangre y suelo.
Lo idéntico: del nazismo al nacionalismo popular
El argumento de Manouchehri no es nuevo. Tiene una genealogía precisa y letal. Es exactamente el mismo supuesto antropológico que nutrió al régimen nazi: la creencia de que existe una comunidad originaria, auténtica, que debe protegerse de los cuerpos culturales invasores. Ayer fue el “judío errante”; hoy es el “venezolano invasor”. Cambia el nombre, no la estructura lógica.
Hitler hablaba de la sangre. Manouchehri del “olor” de una comida. Pero en ambos casos, el problema no es la diferencia real, sino la construcción simbólica de una amenaza: la alteridad, la mezcla, lo que no encaja. Es el viejo principio totalitario: lo que no soy yo, me contamina.
Este pensamiento esencialista y jerárquico ha sostenido todas las formas de exclusión sistemática: desde el apartheid sudafricano hasta las limpiezas étnicas en los Balcanes. Aquí se disfraza de cocina patria. Pero su lógica sigue intacta: hay una cultura verdadera, y el resto es estorbo.
Arepa y empanada: desmontando el fetiche de lo propio
La arepa y el ron no son exclusivos de Venezuela, ni el vino y la empanada lo son de Chile. Estos alimentos encarnan una cultura latinoamericana compartida, con variaciones y resonancias múltiples, pero con un tronco común y un diálogo permanente.
La arepa, ese disco de maíz cocido, es el eje de la cocina venezolana y colombiana, y parte central de la cultura mesoamericana. Como lo muestra Miguel Ángel Asturias en Hombres de maíz (1949), el maíz es mucho más que alimento: es cosmovisión, es tierra sagrada, es resistencia ancestral. Desde México hasta Bolivia, desde la tortilla al tamal, del pozole a la chicha andina, el maíz es una forma de humanidad. También en Chile, aunque con menor centralidad simbólica, el maíz tiene presencia: en el mote, en la patasca del norte, en los cultivos de las comunidades mapuche y andinas. La arepa no es solo venezolana: es pan americano.
El ron, hijo de la caña de azúcar colonial, se ha convertido en emblema del Caribe. En él habita la historia afrodescendiente, las fiestas populares, los rituales, y también la sofisticación del ron añejo. El vino, por su parte, se asocia al Cono Sur, a la herencia europea y al ritual del mantel. Pero ambos licores —ron y vino— coexisten en la historia de la región como expresiones complementarias de una identidad compartida. Ninguno es “más latinoamericano” que el otro.
La empanada, aunque emblema chileno con su pino y su forma, está presente en toda América Latina. Argentina, Bolivia, Colombia, Venezuela: todas tienen su versión. Todas vienen del mismo molde cultural y todas han sido recreadas en clave local. La cultura se transforma al cruzar fronteras. Y ese cruce es su única fuente de vitalidad.
Negar este mestizaje es traicionarse a sí mismo. La cultura no se defiende emparedándola: se expande al compartirla.
La ingratitud como política: escupir la mano que salvó
Pero hay un cuarto nivel de gravedad, quizás el más indigno: el de la desmemoria del Partido Socialista. Porque si algún país contribuyó a la sobrevivencia del socialismo chileno, fue Venezuela.
En 1975, el gobernador de Caracas, Diego Arria, por orden del presidente Carlos Andrés Pérez, del partido Acción Democrática, viajó personalmente a negociar con Pinochet la liberación de Orlando Letelier, preso en Isla Dawson. Fue Venezuela, no Francia ni Cuba, quien le ofreció asilo y espacio político. Desde Caracas, Letelier reorganizó su lucha hasta ser asesinado por la dictadura en Washington en 1976. ¿Quién repatrió su cuerpo? Venezuela. ¿Quién lo homenajeó como mártir? Venezuela. Tanto así, que en 1999, la propia Concertación le otorgó a Diego Arria la Gran Cruz de la Orden de Bernardo O’Higgins, la más alta distinción civil del país.
Isabel Allende vivió trece años en Caracas. Allí escribió La casa de los espíritus, trabajó, enseñó, sobrevivió. Miles de chilenos fueron acogidos con dignidad. Venezuela no les ofreció caridad, les ofreció pertenencia. ¿Y ahora el Partido Socialista pretende negar el voto a sus hijos y nietos? ¿Trazar una línea entre la empanada que protegió y la arepa que amenaza?
El olvido no es solo desmemoria: es traición.
¿Qué Chile queremos?
Desde la perspectiva estrictamente política, Chile no está hecho de platos ni de olores. Está hecho de decisiones éticas. La democracia no huele: se ejerce. Y si Manouchehri teme que el voto venezolano altere el mapa electoral, lo que debe preguntarse es qué dice eso de su propio proyecto político. Porque quien necesita excluir para ganar, ya ha perdido.
Decir “no queremos una Chilezuela” no es solo una frase torpe: es una rendición. Es adoptar el lenguaje de las derechas más xenófobas del continente, que inventan una “cultura ajena” para justificar su miedo. Pero esa patria mestiza —la real— solo se enriquece con lo nuevo. Con lo que llega. Con la arepa también.
Lo más inquietante no es que estas palabras las diga un extremista: las dice un socialista. Un heredero de Allende, de Letelier, del exilio. Pero ahí está: con su copa de vino, su empanada purista y su dedo acusador apuntando al que llegó tarde. Al que huele distinto.
Y no hay peor peste que la del miedo a compartir la mesa.
15/07/2025:
“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...