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martes, 24 de marzo de 2026

Los agarraremos, pero también pueden agarrarnos en la bajadita

¿Y LOS LOCOS DE CARRETERA?

Luis Barragán

Algo más que una disciplina académica, la política es un hecho social ineludible. Incluso, valga la paradoja, aun negándola o combatiéndola, se hace política.

Ocupada del destino común y, a pesar de su mala e interesada fama, constituye la región más transparente de la sensatez, aunque no siempre notamos sus verdaderos disparates y solemos tardar en enmendar la plana. Por ello, la política requiere de una perspectiva estratégica que aspire a proyectarse históricamente. Sin embargo, en el complejo tránsito por la vida pública, quizá la principal confrontación se da entre los políticos cuerdos y los variopintos locos de carretera de acuerdo a la feliz expresión venezolana.

Los más juiciosos que entienden, asumen y aspiran a la política como vocación y especialidad, profesión y talento, imaginación y experiencia, deben soportar la desleal competencia de los más improvisados que, ahora, los azares digitales elevan a un olimpo de deidades de enfermiza rotación: la moda, simplemente la moda, tiende a marcar la pauta. Prolongándola, se agotan en la coyuntura, dependen de las presiones inmediatas, deciden antes de comprender porque no se explican en el marco de un proceso ni de las instituciones – al menos- necesarias, reduciendo lo estratégico a lo urgente y lo táctico a mera narrativa.

Observemos al Estado descarrilado como un modelador de conductas que irradia una perversa pedagogía: por ejemplo, por mucho tiempo la regla fue la de autorizar por vía parlamentaria y judicial los créditos públicos, siendo una excepción la de presupuestar sinceramente los recursos disponibles del país; soslayar la necesaria inversión en el complejo hidroeléctrico de El Guri, convirtiendo el colapso de los servicios en un mecanismo más de control social; subestimar la representación y rendición de cuentas, favorecida la participación como fetiche.  Fuera de la protección del Estado confundido con un partido, el de gobierno y sus organizaciones subsidiarias, el dirigente de oposición debe ser previsivo, capaz de corregir sus decisiones ante la más endiablada de las sorpresas, reivindicando los mecanismos colegiados que llevan a las decisiones acertadas, desconfiando de la iluminación mesiánica, generando una agenda de ideas y tareas, presumiendo y asumiendo los costos: el conductor político que espera el país que lo tuvo e hizo libre, democrático e independiente en dos siglos, no anda por la vía acelerando sin cálculo, ni cambia de canal arbitrariamente disparando a los cielos, no pone en peligro la vida ajena, ni funde el motor de una esperanza viva y manifiesta que sintetiza a las grandes mayorías.

El loco en cuestión, un vulgar apostador, jamás será el sujeto impredecible que valora estratégicamente un autor clásico como Thomas Schelling, quien versa sobre la racionalidad del riesgo que sabe gestionar y de las expectativas que no pierden el sentido de las realidades, concebido el conflicto como una negociación implícita. Por lo pronto, es necesario volantear bien el vehículo, con suficiente gasolina; pilotarlo y copilotarlo adecuadamente para cubrir - con paciencia - todo el itinerario; turnar a los conductores cuando sea conveniente, ya que todos pertenecen a la misma escudería; y no cantar victoria sino después de cruzar la meta, u otras tentaciones festivas.

Capturas de pantalla: Escenas de persecución tomadas de “One Battle After Another” de Paul Thomas Anderson (2025)

https://www.youtube.com/watch?v=h9Wh9sf2y-U

23 y 24/03/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44153-de-los-locos-de-carretera

https://www.elnacional.com/2026/03/y-los-locos-de-carretera/

25/03/2026:

https://americanuestra.com/luis-barragan-y-los-locos-de-carretera/

https://www.costadelsolfm.org/2026/03/25/luis-barragan-y-los-locos-de-carretera/

domingo, 3 de noviembre de 2024

"... El Estado eran ellos"

DE LA TRÁGICA VALENCIA DE ESPAÑA

Luis Barragán

España fue el país que estuvo atrás y, a veces, muy atrás en relación a buena parte del resto de Hispanoamérica, en términos políticos, económicos y sociales.  Y tanto que la emigración fue una constante de numerosas décadas y, sobre todo, después de la consabida guerra civil de consecuencias tales que todavía se hacen sentir hasta innecesariamente.

Muerto Franco, lució también importante el respaldo decidido de la democracia venezolana para la compleja y difícil transición ibérica, en tiempos que nuestros indicadores macroeconómicos fueron envidiables y, en contraste con otras épocas, hubo una mayor calidad de vida y una sustancial mejoría en relación a la equidad social.  Huelga comentarlo, en el presente siglo, el asunto se ha revertido dramática y radicalmente, despuntando la península, aunque – motivo de una profunda preocupación – todos sus avances y progresos amenazan con irse por el desagüe por las consabidas dislocaciones institucionales, la hondura cada vez más temeraria de la ideología de género y la posibilidad misma de una injusta y pronta desintegración del país.

Recientemente, sabemos de una gigantesca e increíble inundación de la Valencia de Iberia que ha suscitado la atención más allá de las fronteras y generado un vasto movimiento de espontánea solidaridad con la suerte de los miles de afectados, incluyendo la pérdida de vidas humanas y de los bienes indispensables que costará y, demasiado,  reponer. La población local ha protestado, insultado y rechazado a las autoridades del poder central que se apersonaron, incluyendo al rey que no sólo soportó los dicterios, sino que se plantó tolerantemente en el lugar para dar un vivo testimonio de su solidaridad.

Quizá haya la tentación de comparar la actual tragedia valenciana con la que padecimos acá, en el estado Vargas, bajo un completo deslave, y que no pudo votar el referéndum constitucional que continuó andando la Venezuela apenas asomada al novísimo siglo. Empero, lo cierto fue que produjo un vasto movimiento de identificación y solidaridad nacional e internacional con los habitantes del litoral central que frenó el poder central, siendo necesario destacar la presencia in situ del por entonces príncipe de Asturias.

Ciertamente, el escenario valenciano se ha convertido en motivo de una reyerta política indeseable, aunque tiene razones e intereses de fondo, y, aunque no sentimos una particular atracción por la fórmula monárquica, nos parece importante señalar al hoy Felipe VI, quien  metió los pies en el barro, conversado con las víctimas que le fueron posibles, en plena intemperie, y que no se distingue mucho del aquél joven que envió su padre a un viaje largo para caminar la devastación varguense, portador de la ayuda de su país.

Todo apunta al tardío auxilio madrileño, aumentando la severidad del cuestionamiento. Bastará con los titulares de la prensa, como el de Chapu Apaolaza para un reportaje de ABC, referido a los voluntarios (“El Estado eran ellos”); para el mismo diario, el columnista Ignacio Camacho cuestiona al liderazgo con una pregunta lapidaria (“¿Hay alguien al mando”, mientras que Joaquín Manso es directo para El Mundo (“El Estado ausente”), o la nota editorial de El País acusa a la jefatura de los populares, sin más (“El uso político del horror”).

A los más sonantes debates de la actualidad, se suma otro que está fondeando tan severo cuestionamiento del Estado para legos y especialistas. El marxismo indicó su desaparición, pero sospechamos que nunca del modo que la opinión pública organizada ya plantea.

Fotografía: https://www.elespanol.com/corazon/casas-reales/20241103/significativo-video-casa-real-difundido-visita-felipe-vi-letizia-valencia-empatia-abrazos-lagrimas/898410209_0.html

04/11/2024: 

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/42054-de-la-tragica-valencia-de-espana

A los palmeros

 

LA RAZÓN, 03/11/24.

Dirigencia fracasada

NO FALLA EL ESTADO. FALLAN ELLOS

Francisco Sierra  

Escribo estas líneas mientras la dramática cifra de personas fallecidas por la DANA en Valencia sigue creciendo y supera ya los doscientos. Desgraciadamente, todos los indicios apuntan a que la cifra de víctimas mortales no va a dejar de crecer y de forma acelerada según se vaya avanzando en las tareas de búsqueda. Hemos visto localidades destruidas como en la guerra, pero solo las fotos desde el cielo de la NASA nos permiten comprender la enorme extensión de territorio afectado.

La lluvia de un año concentrada en unas pocas horas. Son muchos los factores que aumentaron ya en tierra la peligrosidad de unas descargas de agua que al final incluso triplicaron hasta las previsiones de la Aemet. La mañana del miércoles, del día después, ya se avisaba desde Valencia que el infierno que habían provocado las riadas de agua era mucho peor de lo que hasta ese momento se conocía. Daban igual las noticias. Para el gobierno y sus socios era más importante aprobar urgentemente el asalto a RTVE que el respeto a los muertos. Una infamia que estoy seguro de que muchos valencianos y castellanos manchegos no olvidarán en muchos años.

Pero lo peor no lo habíamos visto llegar. Lo peor ha sido ver a los dirigentes de un estado moderno y democrático, de la decimocuarta economía del mundo, fracasando en algo tan sencillo como prestar inmediata ayuda a sus ciudadanos. Esta vez no era un desastre natural en el otro extremo del mundo. No. Es en Valencia. Hemos sido incapaces de prestar ayuda a miles de personas afectadas a menos de cien kilómetros de la capital valenciana. Incapaces de llevarlos en estos primeros días ni agua, ni alimentos, ni de garantizar su seguridad. No voy a entrar en si las alertas de la Comunidad Valenciana llegaron tarde. La justicia tendrá que determinar si se hizo en tiempo o no. Y lo mismo para un gobierno que además de «sopesar», tuvo la ocasión de haber declarado el estado de emergencia ante una durísima emergencia nacional y no lo hizo.

Una vez conocida la realidad del infierno desencadenado es todavía difícil de entender que el gobierno nacional no decidiera ofrecer y usar todos sus recursos, medios y personal para hacer frente inmediatamente a las necesidades de los miles de ciudadanos abandonados a su suerte. Es también difícil de entender que el presidente valenciano tardara tanto tiempo en pedir una mayor presencia del Ejército, más allá de la petición inicial de la UME, que sí fue solicitada el mismo día. Dicen desde el gobierno que, por protocolo, hasta que no lo pidiera el gobierno autónomo ellos no lo podían enviar. Lo increíble es que el mismo protocolo, exactamente el mismo, es el que tiene la UE y lo mismo está haciendo ahora el propio Sánchez con las ayudas ofrecidas por Bruselas. No quiere pedirlas. Tampoco ha aceptado las ayudas internacionales. Ni los 200 bomberos especializados en rastreos que Francia ofrece ni las ayudas ofrecidas por Alemania, Portugal o Marruecos entre otros países. Una actitud no explicable y que llega al punto de que el Gobierno español ni siquiera ha puesto en marcha todavía los mecanismos de ayuda existentes y ofrecidos por la Unión Europea. La duda es si es se hace por soberbia, por ineficacia, por estulticia o por las tres razones a la vez.

Volviendo a España, pareciera que la polarización y enfrentamiento políticos de dos administraciones de distinto signo les hubiera hecho jugar a un ajedrez de la muerte. En pocas horas, y pese a las fotos de Mazón y Sánchez, se cruzaban ya acusaciones. Mientras tanto, todavía ahora, cuando lee usted estas líneas, hay personas que llevan cuatro días conviviendo en su casa con el cadáver de algún familiar. Todavía hay decenas y decenas de garajes, de sótanos, de pisos bajos, de coches volcados y cruzados en los que nadie ha mirado, pero en los que tememos que haya muchos más fallecidos.

Casi tres días ha tardado el presidente valenciano en pedir la presencia del Ejército y más de tres días ha tardado la responsable de defensa en enviar solo a 500 militares. La incomprensión de la racanería ha hecho que en apenas unas horas se haya aumentado la cifra con otros 500 militares más. Es inexplicable todo. Dice que por cuestiones de logística. Puede ser, y serían muy lentos, por el traslado de maquinaria pesada, pero no es justificable en el caso de la distribución de agua y alimentos. Cualquier país hubiera enviado desde la primera hora de conocer el alcance, a miles de soldados para tareas de desescombro, de suministro de agua, comida, energía y comunicaciones a unos ciudadanos que han perdido todo en horas. Ahora se acelera el envío de legionarios, de paracaidistas, de marines. Ellos no van a fallar pero también ellos saben que llegan tarde.

Se dice ahora, a los dos lados del espectro ideológico, que el estado ha fallado. Se cuestiona el estado de las autonomías. El estado no ha fallado. Los hombres que trabajan para el Estado no han fallado. Los militares de la UME no han fallado. Los agentes de la Guardia Civil no han fallado. Tampoco los de la Policía Nacional. Ni los esforzados miembros de las distintas policías locales. Los bomberos no han fallado. El personal de Protección Civil no ha fallado. No han fallado los servicios médicos. Ni los judiciales. Ellos han vuelto a dar a todos una lección de sacrificio y heroísmo en su objetivo de ayudar a salvar vidas y ayudas a los ciudadanos.

Han fallado los políticos. Han fallado los responsables de las distintas administraciones. Han fallado en usar bien los mecanismos de coordinación. Se ha hecho otras veces. Ahora no. Habrá tiempo para ver la graduación de las responsabilidades de cada uno. Tengo claro que por encima de todo está la obligación de un gobierno nacional de decretar el estado de emergencia cuando estamos ante la mayor tragedia que ha vivido España en décadas. Escudarse ahora en supuestos respetos al poder autonómico es bastante miserable y cobarde. Y el haber tardado tanto por parte de los responsables autonómicos en pedir la ayuda al gobierno central ha sido bastante ingenuo y también peligroso.

Los hombres y mujeres que trabajan en servicios públicos del Estado están dando lo máximo. Como siempre. Me consta el malestar en cuarteles y en comisarías porque no se les haya permitido acudir antes a la zona cero a ayudar. Esas órdenes políticas tendrán que ser explicadas. Es muy probable que en las zonas afectadas se hubiera necesitado desde el primer momento la presencia de militares y de una ley marcial que hubiera impedido el miedo e indefensión que han vivido muchos valencianos en algunas localidades durante dos noches en las que se han producido saqueos de negocios e incluso robos en viviendas.

No falla el estado, no fallan los eficientes hombres y mujeres que trabajan para todos los ciudadanos. Y por supuesto, una vez más, no fallan los españoles. Las riadas de valencianos que han andado decenas de kilómetros con sus picos y palas, con mochilas llenas de alimentos, con bicicletas con bidones de agua, con fregonas o simplemente con su espíritu de ayuda es un peregrinaje de solidaridad que conmueve, emociona y nos da esperanzas de que no todo está perdido. No solo en Valencia. Toda España se moviliza en la ayuda con donativos, comida y todo tipo de material.

No. Ni el Estado, ni los españoles han fallado. Han sido ellos. Otra vez.

Fotografía: Europa Press.

03/11/2024:

DANA y Estado

 

EL MUNDO, 03/11/2024.

Sociedad civil

 ABC, Madrid, 03/11/24.

Estado que se desestatiza


ABC, Madrid, 02/1/2024.

martes, 4 de junio de 2024

Calibraciones pendientes

TRADICIÓN DE FUTURO

Luis Barragán

Cierto, un tsunami desinstitucionalizador ha anegado el siglo XXI venezolano. Todo es intrascendente, provisorio y banal para un Estado multiplicador de sus cada vez más inútiles instancias, bajo la poderosa abstracción del llamado poder popular, con la excepción precisa, inequívoca y aplastante del continuismo gubernamental absolutamente fulanizado.

Después arteramente implementada, recordemos que la frustrada reforma constitucional de 2007 alentó la masiva transferencia de los problemas aún más graves y seculares a las comunidades de limitadísimas posibilidades y recursos, desocupando así al poder central.  Propósito éste de difícil alcance, la duplicación y el congestionamiento de entidades y competencias definitivamente son dirimidas por el probado uso de la fuerza e influencia de tendencias, grupos, corrientes e individualidades oficiales y oficiosas,  inevitables bajo esta larga experiencia socialista; por ello, el ejercicio real del derecho administrativo resulta un estupendo marcador, tratándose de una disciplina académica y una práctica forense que muy antes expuso importantes avances, ahora relegadas a una retórica soporífera de viejos manuales.

Llamada institucionalmente a reivindicar la unidad, será tarea fundamental de la oposición la de reordenar al país de acuerdo a lo pautado por la Constitución, obligada la dirigencia democrática a soportar estoicamente la aspérrima reacción de los adversarios, dando respuestas estratégicamente acertadas y maceradas por toda la vocación, experiencia y talento político que sea posible. Significa el desmontaje crítico y eficaz del sistema de representaciones simbólicas de encubrimiento, como lo ha planteado el profesor Luis Ricardo Dávila, por cierto, autor de dos títulos que inspiran la presente nota: “El Estado y las instituciones en Venezuela (1936-1945)” [Caracas, 1988] y “Venezuela: La formación de las identidades políticas” [Mérida, 1996].

En efecto, por una parte, recuperemos una valiosa tradición que hizo posible la aparición de sendas instituciones en el país muy antaño caracterizado por terribles montoneras, guerras y escaramuzas civiles. A pesar de la animadversión expresa y frontal de puntuales intereses políticos y económicos por entonces organizados, macerados con el tiempo, surgieron las Fuerzas Armadas, el Banco Central, o PDVSA, ahora requeridos de una importante e inexorable actualización en atención a la vibrante y también peligrosa realidad y transformación planetaria de cuyo debate somos increíblemente ajenos.

Parir la institucionalidad de una transición democrática, por otra,  necesita del avenimiento sólido, mínimo y estable que igualmente estimule y autorice la propia actualización y superación ideológica de los diferenciados factores, movimientos y partidos políticos tan urgidos de redescubrir e interpretar la contemporaneidad. Apelamos a una expresión atribuida a Heidegger que a lo mejor descontextualizamos: “el futuro es el origen de la historia”, por lo que ya no hay vuelta atrás y son otros los sentidos, afiliaciones e identidades que se asoman, además, esperando por la más adecuada y justa medida,  calibración y orientación ética, en el curso de una realidad limpia y sucia a la vez.  

Fotografías: LB (CCS, 29/05/24). 

04/06/2024:

https://www.elnacional.com/opinion/tradicion-de-futuro/

lunes, 18 de marzo de 2024

Oeste

DEL PATRIMONIO ANTI-CIUDADANO

Luis Barragán

Por muchísimos años, tuvimos grandes piezas artísticas  en los espacios públicos que soportaron muy bien la intemperie, porque recibían los necesarios y oportunos cuidados del Estado que las auspiciaba. Algunas, como el “Abra solar” de Alejandro Otero, en Plaza Venezuela, cuenta ya con una intervención complementaria y artesanal de alambre para evitó el pillaje de las mafias del aluminio que devastaron la ciudad, aunque presumimos la literal desaparición y el olvido de obras enteras con varias de las remodelaciones o remiendos urbanos del presente siglo.

Recordamos el justificado celo de Diana López, por entonces, eficaz y comprometida directora de Cultura de la Alcaldía de Chacao, respecto a las obras expuestas a cielo abierto, pertenecientes a la municipalidad. Llegará también el tiempo para hacer un completo balance del patrimonio pictórico y escultural de la nación, bajo la guarda y custodia de todas las instituciones oficiales.

Situación contraria a la pieza de Rafael Barrios expuesta en el este de la ciudad capital, comentada anteriormente, hacia el oeste encontramos la ruindad de otra que, en plena vía pública, parece obvio que está bajo la responsabilidad de la municipalidad de Libertador, del gobierno del Distrito Capital, del ministerio de Cultura, o de cualesquiera de las instancias cambiantes del Estado. Quienes gobiernan, son gente del PSUV, o, al menos, lo hace Nicolás Maduro en su nombre, aunque después pueda decirse que la escultura es responsabilidad de la comuna o del consejo comunal.

Desde Plaza Bonalde hasta Gato Negro, pasando por Plaza Sucre, transitamos un bulevar que está copado por los agentes del hormigueante comercio informal, o supuestamente informal. A lo lejos divisamos a Barrios, previendo encontrarnos con una columna de cubos, si mal no recordamos, rosada, que se hallaba en Parque Central, pero conseguimos y fotografiamos otra referencia: literalmente cubos superpuestos de marrón asediado por el óxido, cuales heces sordas, en lugar de los cubos de láminas moduladas que le extienden una mejor emboscada a la luz tropical.

Al oeste de la aún más deteriorada metrópoli, constatamos la displicencia, negligencia y completo olvido de la obra que es propiedad pública, sin que distinguiéramos alguna placa alusiva. Quizá desaparezca, y nadie la extrañará por el enorme descuido, estorbo, y, perdonen, hasta fetidez visual que pudiera provocar. Al concluir esta nota, nos viene a la memoria un busto de Mauro Pérez Pumar que finalmente desapareció entre la densa buhonería ubicada por las inmediaciones del otrora cine Ayacucho, bajando por la esquina de La Bolsa, en el temido centro histórico de Caracas. 

Fotografías: LB (CCS, 29/02/2024). 

18/03/24:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/40910-del-patrimonio-anti-ciudadano


martes, 7 de noviembre de 2023

¿Cuánto nos queda de Estado?

ÍNDICE DE ESTATALIDAD

Luis Barragán

Luce demasiado evidente la debilidad del Estado venezolano aún para las más modestas tareas que jura monopolizar, desprestigiándose irremediablemente.  Ladra con afanosa persistencia, perdiendo cada vez más decibeles, colmado por una paradoja que alecciona: la superestatización conduce a la desestatización, sobreviviéndole la población como mejor puede en un territorio en el cual es difícil preservar el hogar y transitar libremente, bajo el asedio y desprecio del poder establecido. 

Recordemos, las consecutivas crisis políticas italianas demostraron cuan consistente era el Estado que sobrevivía a las más inverosímiles circunstancias.  Hubo una mayor fortaleza de las instituciones capaces de soportar los sismos de un parlamentarismo que, en este lado del mundo, siempre nos desconcertaba, con una burocracia estable y eficiente al igual que unas fuerzas armadas prudentes y sagaces en un exigente y delicado contexto internacional.

Hoy, España está corriendo un inmenso riesgo bajo la conducción de Pedro Sánchez, si por tal entendemos una obsesión trastocada en oficio: mantenerse en la cima a cualquier precio, bajando dramáticamente el índice de estatalidad. En la práctica, cerrado el Congreso de los Diputados, obligado a cumplir formalmente con los deberes que impone la política exterior, el pretendido esfuerzo y ensamblaje de un nuevo gobierno al que se atreverá el PSOE, bajo las extorsiones del separatismo, encuentra un amortiguador en una corona responsable y ojalá acertadamente diligente,  como podría reconocer algún convencido republicano.

La confusión con el principal partido de gobierno, convierte al Estado en un prescindible complejo de oficinas subalternas. E, incluso, dato frecuentemente olvidado, el Partido Comunista auspició la existencia ornamental de otros de prefabricada y diminuta oposición en la Unión Soviética, todo un modelo para el PSUV y sus entidades subsidiarias que completan el pésimo histrionismo de un fingido pluralismo político.

Prosigue el curso del juicio incoado en La Haya por la vecina Guyana, pendiente un  acto incidental a mediados del presente mes respecto a las medidas provisionales solicitadas por Georgetown, sin que aún sepamos de las nuestras. No hay mejor e inmediato baremo de estatalidad, sentido responsable de permanencia y trascendencia inherente, que el litigio en cuestión.

Ya conocemos la pretensión de una intensa movilización populista del oficialismo que reincide, por su propia naturaleza y encaje, en sendas prácticas, racionalidades y técnicas que hacen la gubernamentalización del Estado, según la nomenclatura foucaultiana. Un discurso y una discursividad que actualiza cada período electoral, resignados luego a una tecnología que es más de la burda propaganda que de la publicidad política.

Intimidación y hábito resignado, la enfermiza lírica socialista de los muros dice aliviar el inmediato contraste con una realidad imposible de ocultar. El erario público destila en pintura y mensajes antiquísimos importados del artificio guevarista del Caribe, como lo constatamos pocos días atrás en las adyacencias de El Helicoide: en verdad, ¿cuánto nos queda de Estado?

Fotografía: LB, Caracas (27/10/2023).

07/11/2023:

https://www.elnacional.com/opinion/indice-de-estatalidad/

lunes, 27 de febrero de 2023

Un viejo empeño estratégico

LAS CLASES MEDIAS EN EL SUELO

Luis Barragán

Por remoto y genuino, desde el instante más original del presente régimen, estuvo bien trazada la meta estratégica de acabar con las clases medias venezolanas que le dieron soporte a la otrora democracia representativa, con especial énfasis en las ilustradas.  El barril petrolero de cien constantes y sonantes dólares, le permitió financiar una versión propia y temporal que, por cierto,  huyó precursoramente del país para asegurar sus bienestares en otras latitudes, abandonando las campañas plebiscitarias del barinés que le dieron una notoriedad ahora indeseable.

            Arruinar e inutilizar a las cajas de ahorro de los trabajadores del sector público, en su más amplia acepción, requirió de la paciencia y del tiempo necesario para cumplir con tamaño objetivo político.   Al igual que tres años atrás, por lo  menos, todavía circula la queja de los dirigentes de la entidad que las agremia, por la desviación de los recursos patronales y suponemos que el Ministerio Público ya ha abierto la correspondiente investigación y tan sólo necesitamos indagar en torno a sus resultados.

            Es de esperar, en el curso de la ejecución presupuestaria de la que poco se sabe, como del mismo presupuesto público y real de la nación, la comisión de supuestos delitos que quedan en la densa obscuridad de los órganos independientes que no controlan, debiendo hacerlo, como de la (auto) censura y el bloqueo informativo.  Valga acotar, existen retenciones que elevan esa tormentosa suposición delictiva, porque el sistema Patria lo ha hecho por mucho tiempo con los aportes autorizados de los miembros de la Asociación de Profesores de la Universidad Simón Bolívar (APUSB), a modo de ilustración, con la intención de amilanarla.

            Lo cierto es que, al asestarle tan duro golpe a las cajas de ahorro de ministerios, universidades, municipios, institutos de previsión, etc., lo hacen con las relativamente viejas clases medias sobrevivientes, y, por ironía, con la que ha podido emerger limpiamente aun siendo partidaria del régimen. Ocurriendo hasta principios de la presente centuria, hoy no pueden obtener un crédito para adquirir una vivienda, un vehículo, o un móvil celular;  solventar un problema de salud, realizar estudios de pregrado o posgrado, desarrollar algún emprendimiento, viajar, siendo políticamente deliberada la quiebra de todo legítimo mecanismo o dispositivo de mejoramiento de la calidad de vida, tratándose de los propios servidores del Estado.

            Todos conocemos a personas competentes y honradas, por distintas circunstancias forzadas a trabajar para el Estado. Tratamos de quienes no desean perder su jubilación, aunque fuese precaria la ulterior pensión, y,  asimismo, noveles o no, del abogado que no encuentra donde litigar, o del médico que no puede equipar un consultorio, por no mencionar a los técnicos medios o superiores que sólo el libre mercado puede salvarlos.

            Los servicios de (contra)  inteligencia seguramente saben que buena parte de las nóminas oficiales simulan su adhesión al régimen, forzadas a asistir a los actos proselitistas, varias veces perseguidas por las incursiones digitales de una clara simpatía hacia la oposición. Sin embargo, por el cumplimiento responsable de sus labores, resultan indispensables en los despachos donde un determinado porcentaje del personal cumple actividades del principal partido gubernamental y sus subsidiarias.

            Las clases medias están en el suelo, faltándole el oxígeno de una economía sana, abierta y competitiva, como las libertades públicas tan indispensables, aunque todavía vivas y dispuestas, atentas a los acontecimientos provenientes de cualquier dirección, cual pieza de Daniel Sanseviero, Las que están al servicio del Estado, sabiéndose despreciadas  por la lumpemburguesía que ha surgido a su sombra, honestas y capaces, conocedoras silentes de las más íntimas realidades, aguardan con paciencia la celebración y los resultados de las elecciones primarias para liberar a Venezuela y, así,  realizarse personal, familiar, social y profesionalmente.

Fotografía: LB, pieza de Daniel Sanseviero (Centro Plaza, 2022).

28/02/2023:
https://www.elnacional.com/opinion/las-clases-medias-en-el-suelo/

sábado, 14 de enero de 2023

Un siglo de varios siglos

FUNDACIÓN Y REFUNDACIONES DEL ESTADO EN VENEZUELA DURANTE EL SIGLO XIX

Elena Plaza 

Lo que sigue es una apretada síntesis de los hitos más importantes en la historia del Estado venezolano durante el siglo XIX; en particular, el proceso que llevó a su fundación y las distintas refundaciones que sufrió a lo largo de ese siglo.

Hemos dividido este ensayo en tres partes: en la primera describiremos sucintamente los usos del concepto de Estado en el período inmediatamente previo a la emancipación, es decir, las últimas décadas del siglo XVIII y la primera del siglo XIX, durante las cuales los territorios de la Capitanía General de Venezuela se insertaron en la estructura del Estado español. En la segunda analizaré la fundación del Estado a partir de un breve análisis del Acta del 5 de julio de 1811; y en la tercera, las tres refundaciones que sufrió el Estado en el siglo XIX: 1819-21, 1830 y 1863. Abordaremos esta exposición a partir de las premisas básicas de la historia conceptual[1].

El concepto de Estado en el pasado español (XVIII-XIX)

Cómo se insertó lo que hoy entendemos por Venezuela en el ordenamiento político institucional del Estado español, conformado durante el despotismo ilustrado borbónico en el siglo XVIII e inicios del XIX, nos lleva a considerar el desarrollo de un espacio territorial que va del ámbito restringido de la Provincia de Caracas o Venezuela, dentro del Virreinato de la Nueva Granada, hasta un territorio más grande que incluía, además de Caracas, a las provincias de Cumaná, Guayana y Maracaibo, e islas de Margarita y Trinidad[2]. Ese territorio se integró en la Capitanía General de Venezuela: un espacio territorial determinado por necesidades militares, independiente de las delimitaciones gubernativas, judiciales o hacendísticas de la monarquía española en sus dominios ultramarinos y dependiente directamente del Consejo de Indias. Este proceso, ocurrido entre 1776 y 1803, definió el territorio en el cual, poco después, las provincias de Caracas, Cumaná, Barcelona, Margarita, Barinas, Mérida y Trujillo declararían la Independencia absoluta de la monarquía española el 5 de julio de 1811 para formar un nuevo Estado[3].

Durante ese período coexistieron en el ámbito venezolano diversos usos del concepto de Estado. Usos estamentales propios de la sociedad ordenada como una pluralidad de status, ordo, o conditio: grados y ordenaciones corporativas estructurados jerárquicamente, junto a la concepción absolutista del Estado español, entendido como “La sociedad civil de un reino o de muchos unidos bajo unas mismas leyes, y gobernados por un solo Príncipe” (Villanueva, 1793). En cuanto a los primeros usos, derivaban de una concepción del concepto de Estado como status, en el cual se entendía que los estamentos de la sociedad tenían una condición estática en su situación, a través del mantenimiento de privilegios derivados de su condición y honorabilidad, lo que les reservaba el monopolio de un conjunto de actividades políticas, administrativas, sociales y económicas, siendo particularmente importantes estas últimas en la medida en que, al tratarse de bienes que eran sustraídos del mercado, permitían asegurar el status económico privilegiado de una manera fija y permanente (García Pelayo, 1991, III, 2179). En cuanto a los segundos, son usos vinculados al proceso de creación y desarrollo del Estado español desplegado en los reinados de los primeros Borbones españoles, particularmente Felipe V y Carlos III, durante los cuales se da la sustitución progresiva del régimen polisinodal por el régimen de secretarías y ministerios. El Estado entendido como el cuerpo político de la nación; el Estado y sus dependencias administrativas; las decisiones tomadas en bien o según la necesidad y ocurrencia del Estado; el crimen y los reos de Estado -un delito grave contra el soberano y aquellas personas que lo llevaban a cabo- son usos visibles del concepto presentes en el lenguaje empleado por los funcionarios de la Capitanía General de Venezuela en su correspondencia con distintas dependencias de la monarquía española.

El uso del término es frecuente en el contexto venezolano, tanto en las manifestaciones de disconformidad ocurridas entre 1795 y 1810, como en la gran cantidad de representaciones, acciones legales, informes, etc., que realizaron las autoridades de la Capitanía y enviaron a la Secretaría del Estado para el conocimiento de las autoridades.

En el contexto planteado por los sucesos del 19 de abril de 1810 la utilización del concepto es múltiple. Por una parte, encontramos un conjunto de usos referidos al Estado español: además del lenguaje administrativo, expresiones que aluden a la necesidad de salvar, defender, conservar el Estado y la nación española de la tiranía que la oprime. Estos usos son muy frecuentes tanto en las noticias sobre la situación política y las comunicaciones de la Junta Suprema Gubernativa del Reino, que eran publicadas regularmente en la Gaceta de Caracas, como en la argumentación que conduce a la creación de la Junta de Caracas con el objetivo de contribuir a “la conservación general del Estado” (Proclama, Caracas, 24.04.1810. A.N.H., MXCLIX, 1, I, 109). Por otra parte, en la respuesta que la Junta de Caracas envía al Comisario Regio Ignacio de Cortavarría, nombrado por la Regencia a raíz de los sucesos, ésta se queja de que sus acciones hayan sido catalogadas por este funcionario como un “crimen de Estado” (Ibídem., 267).

Junto a estos usos encontramos otros más abstractos, o al menos no explícitamente referidos a España, en textos más teóricos en los cuales se discurre sobre el Estado en tanto que tema de reflexión política como, por ejemplo, las secciones sobre Política del Semanario de Caracas, escritas por Miguel José Sanz, desde su aparición, el 4 de diciembre de 1810, hasta fines del mes de Julio de 1811. Allí se ventilaron temas como el orden público, la felicidad pública, la subordinación civil, la soberanía, la legislación, el gobierno etc (Semanario de Caracas, A.N.H., MCMLIX, 9).

La fundación del Estado venezolano

1811

El concepto de Estado transitará por una inflexión esencial con la declaración de la Independencia absoluta de Venezuela el 5 de julio de 1811. En el Acta redactada por el Doctor Juan Germán Roscio, verdadera partida de nacimiento del Estado venezolano, las provincias representadas en el Congreso, “en uso de los imprescriptibles derechos que tienen los pueblos para destruir todo pacto, convenio o asociación que no llena los fines para que fueron instituidos los gobiernos”, consideraban que no debían seguir unidas al destino de España ni depender de otra autoridad que no fuera la de ellas. En nombre y con la autoridad que les había conferido el pueblo de Venezuela declaraban que  “son y deben ser desde hoy de hecho y de derecho Estados libres, soberanos e independientes” y que, como tal “Estado libre e independiente”, tenían  pleno poder para “darse la forma de gobierno que sea conforme a la voluntad general de sus pueblos: declarar la guerra, hacer la paz, formar alianza, arreglar tratados de comercio, límites y navegación; hacer y ejecutar todos los demás actos que hacen y ejecutan las naciones libres e independientes” (“Acta de la Declaración de la Independencia”, Gazeta de Caracas, N° 41, 16-VII-1811).

La declaración de la Independencia colocó a los Diputados del Congreso frente a tres problemas jurídico-políticos: el primero, de derecho de gentes, relacionado con la fundamentación jurídica y política de la Independencia absoluta; el segundo, de derecho político, relacionado con la adopción de la forma de gobierno republicana en contraposición a la monarquía; y el tercero, de derecho constitucional, relacionado con la fundación y organización del nuevo Estado (Garrido Rovira, 2000, 21).

En la Proclama del Congreso, dirigida al pueblo de Caracas, el concepto de Estado quedará indisolublemente ligado al de la Independencia absoluta y a la apropiación definitiva de la soberanía. Dice así:

“¡Caraqueños!: Podrá anunciaros el Supremo Poder Ejecutivo que el Supremo Congreso de Venezuela ha acordado en este día la Independencia absoluta. […] Estado independiente y soberano es aquél que no está sometido a otro: que tiene su Gobierno, que dicta sus leyes, que establece sus magistrados y que no obedece sino los mandatos de las autoridades públicas constituidas por él según la Constitución y reglas que se dan para su existencia política” (Gaceta de Caracas, Caracas, 9-VII-1811).

El concepto de Estado se concreta en una doble vertiente: su nueva identidad denota la Confederación de las Provincias Unidas de Venezuela y los supuestos que la nutren son el lenguaje y la forma republicana, el constitucionalismo liberal y el federalismo.

Los actos jurídicos que concretaron el nacimiento del Estado venezolano fueron la declaración de la Independencia el 5 de julio;  la aprobación del Acta el 7 de julio; el traslado de la soberanía del Rey legítimo al pueblo, quién la ejercerá a través de sus representantes, el 10 de julio mediante la reforma del artículo 35 del Reglamento Orgánico Provisorio sobre División de los Poderes; y, finalmente, la organización y forma del Estado al sancionarse la Constitución federal el 21 de diciembre del mismo año. La forma de gobierno republicana, en contraposición a la monarquía, fue el resultado gradual de un proceso que se inició con el establecimiento del Reglamento de elecciones, el 10 de junio de 1810, y la separación de los poderes por parte del Congreso al día siguiente de su instalación, el 3 de marzo de 1811, hasta culminar con el traslado de la soberanía del Rey al pueblo, el 10 de julio (Garrido, 23). El Reglamento sobre división de poderes constituye, en la visión del autor que venimos citando, “el puente jurídico-institucional entre la monarquía y la república” (Garrido, 2005, I, 42).

Entre la decisión de “no depender de otra autoridad que no sea la nuestra” y la entrada en vigencia de la Constitución Federal para los Estados de Venezuela de 1811 transcurrieron seis meses, un período peligrosamente largo que indica la dificultad enfrentada para alcanzar los acuerdos que harían posible el pacto de la confederación, descrito por Francisco Xavier Yanes como “un pacto oneroso que se celebra entre Estados o Provincias libres, soberanas e independientes”. Para Yanes se había disuelto la constitución antigua del Estado, pero no había sido posible establecer la nueva; por lo que define la situación como un “Estado inconstituido”.

Una vez acordado el pacto federativo, todas las partes deberían sujetarse a él “en bien de la felicidad del Estado” (El Publicista de Venezuela n° 20, Caracas, 14-XI-1811. En ANH, mcmlix, 8, edición facsimilar). La Constitución Federal para los Estados de Venezuela asentaba el territorio del nuevo Estado en las provincias representadas en el Congreso: Caracas, Cumaná, Barcelona, Barinas, Margarita, Mérida y Trujillo. Las provincias unidas formaron la Confederación Americana de Venezuela y la Constitución en su Art. 128 previó la posibilidad de aumentar el territorio del Estado con la anexión de las provincias de Coro Maracaibo y Guayana, una vez que estas quedaran “libres de la opresión que sufren” (Constitución Federal de Venezuela de 1811 y documentos afines. A.N.H., MCMLIX, 6, 186). La división del territorio provincial a los efectos de su administración fue variable según las provincias (Cfr. Las Constituciones Provinciales, A.N.H. MCMLIX, 7), pero las municipalidades en todas ellas se constituyeron en la piedra angular del esquema federal. Según Garrido, “(…) Las Municipalidades no eran tanto, como ocurre hoy día, divisiones del territorio sino los cuerpos electivos de las ciudades y villas y aún de los pueblos que por Constitución Provincial tuvieren Municipalidad. (…)” (Op. Cit., 116-17). El derecho territorial fue el uti possidetis iuris, i.e., “una sucesión en la posesión” respecto al espacio territorial que se tenía durante el pasado español (Ibídem., 123). La forma política fue, como hemos dicho, la republicana, y la forma de gobierno el gobierno representativo. Estos pasos consumaron las condiciones existenciales de un Estado: territorio, población y poder vinculados al derecho.

La guerra colocó a las autoridades venezolanas frente a la necesidad de concentrar el poder para la defensa del Estado bajo la premisa de que la salud de la patria es la suprema ley de la república. Se nombró al general Francisco de Miranda General en Jefe de las armas de la Confederación Venezolana delegando en él facultades absolutas. Miranda capituló ante el comandante de las tropas realistas Domingo de Monteverde, el 25 de julio de 1812, restableciéndose con ello el orden realista en el territorio que había ocupado el recién fundado Estado venezolano.

Con la restauración del orden realista en la provincia de Caracas se inicia una etapa de disgregación del poder en el territorio de la antigua Capitanía. No había integración política en ninguna de sus manifestaciones, ni territorio, población, ni poder integrados bajo la unidad estatal.

Refundaciones del Estado durante el siglo XIX

1819-21

Finalizada la toma de la provincia de Guayana (1816-1817) por el Libertador Simón Bolívar, éste publicó una Proclama (22-X-1818) convocando al Segundo Congreso de Venezuela a reunirse en la ciudad de Angostura. En la justificación se planteaban dos problemas vinculados al Estado en ciernes: la representación política que surgía de unas elecciones hechas en condiciones que limitaban severamente su calidad y el nacimiento de un Estado resultado de la unión de dos, Nueva Granada y Venezuela, fundados con anterioridad e independencia jurídica el uno del otro, pero que habían concurrido juntos a la guerra. El Estado se refunda por primera vez, y el concepto transitará entre 1819 y 1821 hacia una nueva concreción, tanto en la delimitación de su territorio, como en la organización del poder y la identidad de su población asentada en una nueva nación.

La Constitución de la República de Colombia de 1821 no recogió la concepción bolivariana del Estado. Si bien acogió la unión territorial y la identidad nacional, la forma de gobierno y la organización del poder tenían importantes diferencias. El nuevo Estado ocupaba los antiguos territorios del Virreinato de la Nueva Granada, Capitanía General de Venezuela y Audiencia de Quito. La legitimidad de la unión quedó desde el inicio seriamente cuestionada, así como también la aceptación sin discusión de la visión bolivariana del Estado, a excepción del carácter unitario. La forma de gobierno era el popular representativo y el poder se dividió en tres para su administración, legislativo, ejecutivo y judicial, sin aceptarse la proposición del poder moral hecha por Bolívar en Angostura. El legislativo era bicameral, pero el Senado estaba compuesto por senadores electos que duraban ocho años en sus funciones, lo cual desechó también la idea expuesta por Bolívar en Angostura de un senado vitalicio y hereditario. El poder ejecutivo no tenía la exigencia censitaria para ser presidente de la república y la duración del período presidencial era de cuatro años sin poder ser reelegido más de una vez sin intermisión. Las funciones del presidente tenían mayores limitaciones que en el caso del proyecto constitucional de Angostura. El poder judicial estaba depositado en la Corte Suprema de Justicia. Era un Estado unitario en donde había más protección a las libertades individuales y mayor limitación a la autoridad del presidente.

El Estado se refunda por primera vez, y el concepto transitará entre 1819 y 1821 hacia una nueva concreción, tanto en la delimitación de su territorio, como en la organización del poder y la identidad de su población asentada en una nueva nación.

La Constitución de 1821 eliminó nominalmente la división de los ciudadanos en activos y pasivos, aunque mantuvo las restricciones capacitarias y censitarias que definían el concepto de la ciudadanía. Por último, merece la pena mencionar la eliminación de la facultad del presidente de suspender el imperio de la constitución en situaciones de emergencia, y sólo se le autorizaba a dictar las medidas indispensables para regular la emergencia previa autorización del Congreso (Art. 128).

La Constitución preveía su reforma a los diez años, pero tuvo que adelantarse para 1828 en una convención a instalarse en la ciudad de Ocaña. Fue una constituyente que no cumplió con el objeto para el cual había sido convocada: reformar la Constitución. El vacío institucional que provocó lo llenó el último régimen personalista del Libertador Simón Bolívar, que impuso la transformación del Estado bajo la figura del poder supremo. En el Estatuto Provisional que lo organizó se definía al régimen como una dictadura, aunque la oposición lo consideró una tiranía por tratarse de una usurpación. En el mismo Estatuto se previó la convocatoria del poder constituyente en 1829.

A medida que se hacían los preparativos para instalarlo comenzaron a cobrar forma distintas posturas en relación con la concepción del Estado. Una proposición de transformación en una monarquía limitada, una que aspiraba a mantener la forma republicana llamada en el lenguaje del momento el “partido constitucional” porque defendía los principios del texto de 1821, y la de Bolívar que planteaba, en una decisión tardía respecto a las dos primeras, la adopción del gobierno vitalicio como única vía de salvación del Estado. Paralelamente a esto se abría paso la aspiración de la oposición del departamento de Venezuela de disolver el Estado colombiano y separar los territorios de la “Antigua Venezuela” para formar un Estado independiente.

1830

La refundación del Estado de Venezuela en 1830 fue resultado de un conjunto de acciones jurídicas, políticas y militares en respuesta a la Circular (16-10-1829) que solicitaba el pronunciamiento de los pueblos de Colombia de cara a la instalación del poder constituyente. Si bien la Circular no puso en cuestión la unidad del Estado colombiano, la repuesta que tuvo en los departamentos de la “Antigua Venezuela” sí lo hizo.  

En efecto, “los pueblos” de la “Antigua Venezuela” se pronunciaron, y lo hicieron afirmando que no querían ni debían continuar unidos a la Nueva Granada y Quito, por lo cual, ejerciendo el derecho de petición que tiene todo hombre para procurar su felicidad, solicitaban: la separación del gobierno de Bogotá; el desconocimiento de la autoridad del Jefe Supremo; el rechazo a los intentos de transformar las instituciones de la república en una monarquía; que se entregara el Acta del pronunciamiento al General José Antonio Páez a quién se le pedía, a su vez: que convocara asambleas primarias en todo el territorio según las reglas conocidas; que se escogieran electores y  representantes para instalar una convención venezolana que procediera a establecer un gobierno venezolano, republicano, representativo, responsable y alternativo; que la convención extendiera sus decisiones a Colombia y al resto del mundo reconociendo los compromisos contraídos con las naciones extranjeras; y que, mientras tenían lugar todos esos actos, S.E. el benemérito General José Antonio Páez asumiera la jefatura de los departamentos para mantener el orden público y la recta administración bajo las formas existentes (Acta del Pronunciamiento de la ciudad de Caracas, 29.11.1829. Ibídem., XIII, 714-722).

El congreso constituyente venezolano se instaló en la ciudad de Valencia (6-05-1830) y en uno de sus primeros actos legislativos sancionó la separación de la unión colombiana, ratificó al General José Antonio Páez como presidente provisional y nombró la comisión que debía preparar el proyecto de constitución. Abordó problemas tales como la necesidad de normar el funcionamiento del gobierno provisional y la aprobación de un conjunto de leyes orgánicas que sentaran las bases del nuevo Estado y su posterior organización. Con esos actos legislativos se regresaba a una concepción del Estado que, en lo que respecta a su territorio, lo ubicaba en la Capitanía General de Venezuela basándose en la doctrina del uti possidetis juris y, en lo que respecta a la organización del poder, mantenía importantes similitudes con la de 1821.

La Constitución del Estado de Venezuela fue sancionada el 22 de septiembre de 1830 en términos bastante similares al proyecto que se presentó. Consta de 228 artículos divididos en 28 Títulos. Establecía las bases del gobierno en tanto que republicano, popular, representativo, responsable y alternativo, con lo cual se confirmaba el rechazo, tanto a la monarquía limitada como a la visión bolivariana de la presidencia vitalicia en una república.  Además de esta precisa caracterización de la forma política escogida, se establecía la división del poder en tres, también en abierto contraste con la visión bolivariana del Estado. El Poder Legislativo era bicameral, hecho que ha sido señalado en la historiografía venezolana como un rasgo que indica el carácter centro-federal de esta Constitución. El Poder Ejecutivo estaba organizado en un Presidente, un Vice-presidente y los Secretarios del despacho. El Poder Judicial se componía de la Corte Suprema de Justicia, Cortes Superiores, de Primera Instancia y otros tribunales a ser determinados por la Ley orgánica del Poder Judicial. Los períodos presidenciales eran de cuatro años y no se permitía la re-elección inmediata. La concepción de la ciudadanía, cónsona con el gobierno por procuración de la época, distinguía el principio de la igualdad ante la ley del derecho a votar. Según esta concepción, en el primer ámbito estaban comprendidos los derechos civiles que englobaban al conjunto de la sociedad, mientras que en el segundo se incluían los derechos políticos, reservados a los ciudadanos activos que cumplían con los requisitos establecidos por la Constitución. Los supuestos que nutren esta concepción del Estado partían del pensamiento liberal. El Estado era unitario con una relativa descentralización administrativa.

La consolidación del nuevo orden y la reinstitucionalización de la sociedad se constituyeron en los objetivos centrales de las administraciones que se sucedieron entre 1831 y 1847. La organización del aparto estatal se tomó, aproximadamente, los primeros diez y seis años de la vida de la República y se hizo a través de distintas leyes orgánicas en un conjunto de áreas consideradas prioritarias: organización política y político-territorial de la nación, organización de la hacienda pública nacional, organización de la diplomacia, organización del poder judicial y del nuevo modelo de legislación, y organización de las Fuerzas Armadas nacionales (Pérez Perdomo: 1982).

Entre 1831 y 1857 el concepto de Estado se mantuvo vinculado al lenguaje del constitucionalismo liberal: la constitución política del Estado; la presidencia del Estado; las secretarías del Estado; la importancia del orden y obediencia a las leyes en un Estado; la prosperidad del Estado; el Estado entendido como el concierto de todos los elementos sociales, son expresiones frecuentes en boca de intelectuales y políticos de la época. También se habla de un “golpe de Estado” –la toma violenta de uno de los poderes del Estado usurpando a los demás–, señalado como posible jugada del general José Tadeo Monagas para conjurar la crisis política del momento (González, 2-X-1847).

1863

En 1863 se firmó el Pacto de Coche (22-05-1863), que terminó formalmente la Guerra Federal. El general Juan Crisóstomo Falcón, máximo caudillo de las triunfantes fuerzas federales, convocó un congreso constituyente con el objeto de refundar el Estado bajo las premisas de la federación. En su Mensaje pronunciado en el acto de instalación el General la describía, acudiendo a la metáfora corporal, como un cuerpo en donde debían distribuirse armónicamente los diversos intereses y necesidades locales con un vínculo común que los uniera. Si eso no se lograba surgiría “un monstruo cuyo modelo no existe en la naturaleza” (cit. González Guinán, 1910, 8, 232).

La concreción del Estado se plasma en la Constitución de los Estados Unidos de Venezuela de 22 de abril de 1864, la cual tiene una estructura federal. Las 20 provincias que existían desde 1856 se declararon “Estados independientes” y procedieron a unirse para formar una nación libre y soberana. Los Estados miembros se declararon iguales en entidad política y conservaron la soberanía no delegada expresamente en la Constitución. En una concepción de la soberanía compartida, los Estados miembros se obligaban a defenderse contra toda violencia que dañara su independencia, pero también a defender la integridad de la Unión (Constitución de los Estados Unidos de Venezuela, Titulo II, Art. 12. En: ACPS, 1982, 4, 345).

La entrada en vigencia de la nueva Constitución conllevó a su vez a un complejo proceso de organización política desplegado, entre 1864 y 1870, en cada uno de los veinte Estados miembros de la federación con miras a fijar su territorio, elegir los diputados a una asamblea constituyente estatal, organizar el poder mediante la redacción de la constitución del Estado miembro y, finalmente, escoger las autoridades estatales definitivas. Lo describió con precisión matemática un lúcido texto publicado en 1865 en El Federalista: “[…] Veinte Asambleas: 20 presidentes: 20 establecimientos del Poder Judicial: 20 legislaciones distintas: 20 administraciones: 20 soberanías […]” (cit. González Guinán, 8, 384). A este procedimiento le siguió en paralelo la adecuación de todos aquellos campos de la administración a la nueva realidad estatal, lo cual se hizo mediante leyes orgánicas en aquellas áreas políticas y administrativas consideradas como prioritarias. Ambos procedimientos, pero en especial el primero, fueron particularmente complejos y generaron gran inestabilidad política, en la medida en que las autoridades estatales no entendían ni sabían practicar la nueva realidad organizativa del Estado. No se comprendía el concepto de soberanía y la repartición de las competencias en la administración del Estado que, en el caso de la nueva Constitución, seguía el régimen de competencias residuales. La situación era tan complicada que ya para 1867 se hablaba de la necesidad de reformar la Constitución en lo tocante al número de los Estados miembros y a las Bases de la Unión.

La anarquía en los Estados miembros y en el debate político nacional provocó la suspensión de la actividad parlamentaria el 30 de abril de 1868 y la separación del General Falcón del Ejecutivo Nacional, el 4 de mayo, para conducir en persona una negociación con la nueva revolución en ciernes, la cual se calificó a sí misma de “Revolución Azul”. Todo este conjunto de problemas terminó generando una situación política que no dudamos en calificar de anárquica, la cual culminó con la deposición del Presidente de la República y la instalación en el poder del ya octogenario General José Tadeo Monagas, máximo caudillo de la “Revolución Azul”, el 26 de junio de 1868. El 28 formó el General Monagas un nuevo gobierno, pero esta, su última presidencia, duraría poco, ya que el General Monagas murió el 18 de noviembre del mismo año. Su muerte provocó un vacío de poder y la división en el seno de la familia Monagas por el derecho a suceder al General y, en el seno del Partido Liberal, por la necesidad de encontrar un digno sucesor del presidente que respondiera al ideario liberal y federal.

Durante un año se sucedieron como encargados de la presidencia distintos funcionarios y miembros del Poder Ejecutivo, junto a quienes se consideraban herederos del legado familiar, José Ruperto Monagas y José Domingo Monagas, en una lucha por el poder que profundizó aún más, si es posible pensarlo, la anarquía política. En esta situación, el 27 de abril 1870, el General Antonio Guzmán Blanco tomó el poder por las armas. Como jefe de facto y caudillo de una nueva revolución, la “Revolución de Abril”, Guzmán Blanco inauguraría una nueva etapa en la historia del país.

Epílogo

Entre 1870 y el final del siglo, época conocida como “liberalismo amarillo”, el Estado federal venezolano sufrirá diversas reformas (1874, 1881, 1892-93). Ninguna de ellas llevó a nuevas refundaciones, sino fueron, más bien, consecuencia del voluntarismo personalista de los presidentes del turno, todos ellos provenientes de la generación de caudillos y miembros del Partido Liberal que apostaron al triunfo de la “Federación”.

No será sino hasta las primeras décadas del siglo XX cuando el Estado volverá a cambiar en su concepción y estructura como consecuencia de continuas reformas constitucionales desplegadas a lo largo de los regímenes Castro-Gómez. Ninguna de ellas aspiró a ser una refundación, sino, más bien, respondieron a diversas necesidades: atender a distintas crisis generadas por el personalismo político de estos gobernantes; adaptar la hacienda pública nacional a la nueva realidad que planteaba la renta petrolera; crear una estructura legal e  institucional que permitiera absorber la renta petrolera y “regresarla” a la sociedad venezolana; reorganizar las fuerzas armadas nacionales para garantizar con ello una base militar y política para estos regímenes y proceder a derrotar con éxito a la oposición, son las más importantes. Reforma tras reforma se fue finiquitando sin prisa, pero sin pausa, la concepción y estructura del Estado liberal que estos gobernantes heredaron del siglo XIX.

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Notas

[1] Al respecto, véase: Fernández Sebastián, Javier (Director): Diccionario político y social del mundo Iberoamericano, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2009,1422 p.

[2] La provincia de Barinas se creó en 1886 y Trinidad se perdió en 1897.

[3] Caracas:1576, Cumaná 1568, Barcelona 1810, Margarita 1525, Barinas 1786, Mérida 1810 y Trujillo 1810.

(*) Elena Plaza (1952), es Licenciada en Sociología, Magister en Ciencias Políticas y Doctor en Historia. Es profesora titular de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la Universidad Central de Venezuela. Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia. Sus líneas de investigación son la historia política del siglo XIX venezolano, historia de las ideas políticas venezolanas, historia de las formas de gobierno, e historia conceptual en la Venezuela del siglo XIX. Ha publicado, entre otros, El 23 de enero de 1958 y el proceso de consolidación de la democracia representativa en Venezuela: ensayo de interpretación sociopolítica (Garbizu & Todtmann, 1978); Versiones de la tiranía en Venezuela: el último régimen del general José Antonio Páez, 1861-1863 (Universidad Central de Venezuela, 2000); Procesos constituyentes y reformas constitucionales en la historia de Venezuela: 1811-1999 (Universidad Central de Venezuela, 2005), Venezuela: 1830-1850, la construcción de la República (Fundación Rómulo Betancourt, 2011).

Reproducciones: Miranda en La Carraca, Arturo Michelena, colección Galería de Arte Nacional; boceto del cuadro de la firma del Acta de la Independencia, Martín Tovar y Tovar; y Juan Crisóstomo Falcón, s/f y s/a.

12/12/2020:

https://tropicoabsoluto.com/2020/12/12/fundacion-y-refundaciones-del-estado-en-venezuela-durante-el-siglo-xix

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY