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lunes, 26 de junio de 2023

Transitología

DE UNA SOCIOLOGÍA DEL DESPLAZAMIENTO URBANO

Luis Barragán

Hemos reencontrado una vieja ilustración, por varios años, traspapelada, relacionada con el tráfico automotor.  La creemos atribuida a alguien de apellido “Bosé”, publicándola una revista de vieja data, como Momento (Caracas, n° 226 del 11/11/1960).

Gustamos mucho de la pieza al expresar muy bien la espesura del tráfico que inunda a una ciudad plena de edificios hechos de trazos limpios, según el imaginario de entonces.   A pesar de la densidad poblacional, probablemente la idea de la modernidad estuvo muy asociada al orden y la disciplina, más que la espontaneidad y libertad.

Y, en efecto, nunca olvidamos aquella lejana referencia a las principales arterias y sectores de una ciudad como la de Nueva York,  en la que el conferencista resaltaba la sola circunstancia, por indicar apenas una, en torno al funcionamiento real y palpable del teléfono en una impecable cabina pública en medio de la estridencia y el pausado andar de los automóviles que contrastaba con el acelerado paso de una inmensa variedad de personas.  Un breve ejercicio nos deprime: compararlo con el presente de las principales metrópolis venezolanas que, huelga comentar, son las de un inaudito deterioro.

De apartar el no menos inaudito fenómeno  de la diáspora, otro de los más visibles testimonios de desintegración social, lo vivenciamos al recorrer diariamente las calles bajo la interesada y militante displicencia del régimen, expuestos al predominio y arbitrio de los crueles generales que protagonizan una dura batalla vial con el derecho adquirido de amenazar la integridad física del resto de la humanidad y ejecutar maniobras que no se atreverían a probar los habituales de la pista de Indianapolis. Grandes funcionarios  y apalancados beneficiarios del régimen con sus no menos feroces escoltas, moviéndose confortablemente;  los motorizados que encaraman y aventuran a la propia prole desprovista de cascos protectores para garabatear el pavimento; los camioneteros que atraviesan sus peores intenciones para sobrevivir,  y toda la fauna que convierte la anomia en una credencial inatacable de los tiempos que padecemos.

Lo hemos observado en anteriores ocasiones, no se justifican las enormes colas en Caracas y otras urbes del país, con un parque automotor casi exclusivamente compuesto de modelos de muchos años atrás, y esto puede apreciarse en cualquier autopista, como en los estacionamientos residenciales y comerciales. La ciudad disfuncional, mal pavimentada y agujereada, semáforos inservibles, autoridades uniformadas que todos sabemos cómo se comportan con las honrosas excepciones del caso, reparaciones inoportunas a deshoras, entre los innumerables casos, perfilan una forzada y arriesgada coexistencia que afianza el mal común.

Las leyes venezolanas de tránsito terrestre anteceden a las constituciones de la más reciente contemporaneidad, dato inútil en relación a la realidad cotidiana actual. Por ejemplo, ya es derecho adquirido de todo motorizado el de emplear las vías en contrasentido, por muy señalizadas que se encuentren, peligrando la vida de los demás,  fuere o no autoridad pública, y  frecuentemente descascado como sus acompañantes.

Extrañaría bastante que no hubiese estudios serios, tesis de grado y afines, respecto al comportamiento del venezolano en el ámbito que todos los días cambia de reglas, asegurando el predominio de los más fuertes: sin dudas, es uno de los escenarios principales del socialismo del siglo XXI, dando razón de sus orígenes y, acaso, ejemplificando sus desenlaces. A modo de ilustración (o de la otra ilustración), organizando mejor el debate, una suerte de sociología del desplazamiento urbano, luce necesaria.

26/06/2023:

https://opinionynoticias.com/opinionnacional/39563-de-una-sociologia-del-desplazamiento-urbano

lunes, 24 de abril de 2023

Fuera de toda medida

DEL PEOR DE LOS CONTEXTOS

Luis Barragán

Los especialistas podrán corregirnos: entendemos que las tuberías y el cableado cursen subterráneamente y, por ello,  las deseablemente frecuentes cirugías del asfalto para garantizar una mejor y más cómoda prestación de los servicios.  Obviamente, los antiguos e  inevitables dispositivos de medición (electricidad, gas, telefonía, etc.), se encuentran en la superficie, requeridos de los más adecuados protectores para evitar cualquier accidente.  Sin embargo, no ocurre así y, por arriba , o por abajo, la ciudad capital es víctima de la militante displicencia de sus autoridades que sólo responden, acaso,  cuando es demasiado tarde.

En efecto,  los medidores solían protegerse antes, a través de cajas metálicas o plásticas,  y, en las viejas urbanizaciones, con un diseño sencillo y a tono con el paisaje, en piedra, bloque y cemento.  Por cualquier sitio de la metrópoli que es la del deterioro, se pueden avistar al aire libre, expuestos a la intemperie, prestos para el hurto de ocio, en el caso de que no tenga valor alguno para los anticuarios: los medidores que ya no sabemos de qué: aparentemente,  ya no hacen falta y forman parte de los desechos de esta suerte de guerra de baja intensidad que hemos sufrido.

Hay cajas que pitan permanentemente, aunque el ruido del medio ambiente no permite apreciar esa suerte de bomba de tiempo de pequeño o gran impacto en ciernes. Es un silbido quizá propio de las distintas tensiones que hasta ahora tramita el cableado que esconde tras las puertecitas, o las deja al desnudo al alcance de un incauto.

Increíble es que haya protectores que pierdan pronto las rejillas o puertas, desmoronándose inadvertidamente los bloques.  Ya no sirven para esconder las cosas personales de los cada vez más escasos mendigos de las calles que, valga la acotación, la pandemia terminó de diezmar, olvidados por el régimen, teniendo la delincuencia retos superiores al del raterismo.

Por un chipazo de la memoria volvemos a los buzones de IPOSTEL regados por la urbe hasta bien entrado el presente siglo que desaparecieron, arrastrado el óxido por las aceras.Antes de que llegase  la era digital, a golpes y porrazos, a medias mientras que en otras  latitudes saben de sus magníficos esplendores, ya el Estado había pulverizado el servicio postal por un radical e indecible abandono.

Hay detalles de la ciudad que subestimamos y olímpicamente ignoramos, presumiéndonos muy modernos al transitar esquivando las fracturas del asfalto, por las ya viejas autopistas, avenidas y calles,  levantados muchas décadas atrás. El modelo urbano del socialismo del siglo XXI se encuentra en La Habana, cuya mínima reconstrucción está orientada hacia los más inocentes turistas ideológicos que la suponen víctima de la maldad imperialista,  pero llena de franqueza por sus ruinas que hacia el interior del país debe rayar en lo más grotesco.

Por muy llenos de detalles y aunque fuese modesta la reflexión sobre nuestro hábitat,  exasperantemente resignados,  la creemos militantemente inútil al punto que nos aterroriza dejar registro en la memoria colectiva misma. No hay mudanza alguna de la ciudad reencaminada al  ahora desprestigiado progreso, sino el tránsito tenido por irremediable hacia el peor de los contextos.

Fotografías: LB, diferentes fechas y lugares. La inicial, recientemente tomada, al lado de la Casa Amarilla, Caracas. 

24/04/2023:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/39208-del-peor-de-los-contextos

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY