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lunes, 14 de abril de 2025

Profesión de fe

UN PAR DE LOCOS EN EL ORIENTE  ASIÁTICO

Luis Barragán

En el curso de la Semana Mayor, luce pertinente el recentísimo libro de un título comercialmente impactante que, además, bajo el sello de Random House, le ha facilitado al autor una febril promoción. Los entendidos lo refieren como una novela de no ficción cual rompecabezas del viaje papal a Mongolia, quien – quizá sin saberlo – cumplió un itinerario adicional trazado por Javier Cercas hacia sí mismo y una enigmática profesión de fe que consiste en no tenerla; valga del detalle, “una confesión obligatoria: soy escritor porque perdí la fe” (pág. 27).

Se dirá que dos locos anduvieron por el extremo asiático entre septiembre y agosto de 2023, y, uno de ellos, que reivindicó de nuevo su oficio con el testimonio susceptible de una maliciosa interpretación lacaniana antes que balance noticioso de una difícil tarea pastoral: “De modo que aquí estoy yo, ateo y anticlerical, laicista militante, racionalista contumaz e impío riguroso, volando en dirección a Mongolia con el anciano vicario de Cristo en la Tierra, esperando que termine de saludar a los vaticanistas y que llegue mi turno para poder interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna, para que me diga si mi madre verá a mi padre más allá de la muerte, para escuchar su respuesta y llevársela a mi madre. He aquí un loco sin Dios persiguiendo al loco de Dios hasta el fin del mundo” (221).

Tratamos de una singular perspectiva que adquiere la fe, por razones enteramente culturales, ya que procedemos simultáneamente de Atenas y Jerusalén, manifestándose por una suerte de catolicismo no cristiano, o sin Cristo, aunque parezca un disparate. Nada casual, la España natal de Cercas encabeza el índice europeo de secularización, reseñado días atrás por el conocido padre Santiago Martín, exponiendo un escenario más de lidia con los principios y valores occidentales de una presunta decadencia.

Faltan mayores respuestas eclesiales a la sostenida interpelación de quienes, en el fondo, desean fervientemente creer, pero las urgencias de la vida cotidiana las impiden fluidas y consistentes. Sentimos que, en Venezuela, por ejemplo, hemos vuelto a las devociones que flaquearon entre finales del siglo anterior y un buen trecho del presente, dado el sincretismo interesado del discurso del poder. No obstante, en medio de la denominada crisis humanitaria compleja, la Iglesia se ha hecho más misionera y cercana, competida – a veces, deslealmente – por otras creencias organizadas y sectas, aunque ha mermado su aporte respecto a la importantísima inquietud y reflexión teológica, cada vez más encarecida la formación académica dentro y fuera del país.

Si se quiere, Javier  responde a una particular tradición religiosa resueltamente franquista que lo hace hipotéticamente más anticlerical que antifranquista. Por ello, en un sentido, podemos hacerle una observación semejante al reparo que le hizo a Bertrand Russell impedido de apreciar la época de la “insurrección conceptual de Cristo” en cuanto al respeto y afecto que merecen todos los seres humanos (41), pues, el mayor de los peligros es que la Iglesia naufrague en la confusión generalizada de las sociedades crecientemente despersonalizadas; y, en otro, al asumir que Francisco I actúa como un cura y misionero en lugar de la altísima prelatura que representa, como si fuesen términos incompatibles.

En este lado del mundo, precisamente, echamos de menos al conductor universal, porque siendo tan enfático en su crítica respecto a los países bajo la democracia liberal, ha guardado un ya imprudente silencio en relación a las consabidas experiencias de Nicaragua, Cuba y Venezuela, como la matanza de cristianos en África por no hablar de lo que ocurre en los países de un radical islamismo. Y, por este exceso de moderación, compartiendo la idea del burdo esquematismo izquierda-derecha, o de que su peronismo fue ambiental y contrastante con los inconvenientes que tuvo con los  Kirchner (50 s., 481), hay un malestar inocultable con posturas que tienen una inevitable proyección política, no otras que las de de Jorge Mario Bergoglio.

Celebramos que, junto a los setenta periodistas que hicieron el viaje papal, haya sido invitado el escritor que entrega ahora una pieza de magistral combinación de la crónica y el ensayo, de lo biográfico y lo autobiográfico; el país desconocido, asimismo se ve reflejado en la ilustración de portada realizada por José David Morales. Y es que, Javier Cercas, bien lo ha expresado: “…Antes de emprender el viaje a Mongolia yo no era consciente de su significado geopolítico, y que fue el propio papa quien terminó de persuadirme de la importancia de éste con su cabriola final en la misa del Steppe Arena” (428)“.

15/04/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/un-par-de-locos-en-el-oriente-asiatico/

16/04/25:

https://www.costadelsolfm.org/2025/04/16/luis-barragan-un-par-de-locos-en-el-oriente-asiatico/

sábado, 12 de abril de 2025

Desconcierto

 PREGUNTAS ANTE LA MUERTE DE JESÚS

(San Lucas, 22: 14-23, 56)

Fray Marcos (Rodríguez)

La liturgia de este domingo es sencillamente desconcertante. Empieza celebrando una entrada "triunfal", y termina recordando una muerte de lo más ignominiosa. Es francamente difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Escuetamente podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte.

Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en la ciudad santa es considerada como la meta última de toda su vida; "... porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén" (Lc 13,33).

En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo: paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Para Jesús, llegar a Jerusalén era acercarse a la muerte (pascua, paso), por tanto a la glorificación definitiva. Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre, manifestado en el servicio hasta la muerte.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? La respuesta es sencilla: Por lo mismo que fracasaría hoy si volviera con la misma propuesta. La salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos.

Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro "ego".

Nuestra pretensión es que Dios se acomode a nuestras apetencias. Para nada nos interesa acomodarnos a la "voluntad" de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios "quiere" para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en la individualidad está nuestro futuro.

No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera, porque no tiene "voluntad" a nuestra manera. Lo que Dios quiere es la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas.

Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no le libró del dolor ni de la muerte.

Cómo podemos interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios, sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Mucho menos, si lo consideramos como imprescindible condición por parte de Dios para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús.

Murió por nuestro pecado. El pecado del mundo es la opresión. Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio, incluida la vida.

La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió, era completamente lógico que lo eliminaran por insoportable. Su idea de Dios era diametralmente opuesta a la que tenía el estamento oficial.

Dios no está sólo en la resurrección, está siempre en el hombre, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios.

Es ésta una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Otra clave para orientarnos en estas fechas es esta: Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal el ser narración estricta de los que pasó, sino el trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos.

Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo.

Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lucas elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir, hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó.

Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona.

No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

La pregunta que se hacían era esta: ¿era Jesús el profeta, como creían algunos de los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le llevaba fuera de la religión judía?

La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él.

El desconcierto de los discípulos ante la condena y muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban un blasfemo?

¿Por qué murió? Sólo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su propia muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir, que Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le acarrearía la muerte.

Sabía perfectamente que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle y punto. Pero también sabía que los detentadores del poder no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabía como se las gastaban con aquellos que disentían de su programa. Sabiendo todo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén, donde estaba el verdadero peligro.

Que le importara más ser fiel a sí mismo y a Dios, que salvar la vida, es lo que nosotros debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el verdadero revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era Jesús. "Os conviene que yo me vaya..."

Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior y un conocimiento vivencial. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo... En esto consistió la experiencia pascual.

Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior. No hay explicación racional posible ante los acontecimientos que vamos a celebrar.

Meditación-contemplación

Muerte (por amor) = Vida.

Jesús, con su muerte, manifestó que la VIDA estaba en él.

Si la VIDA (Dios) estaba en él

¿qué podía temer de la muerte fisiológica?

La muerte ni añade ni quita nada a su verdadero SER.

La muerte no le puede arrebatar un ápice de VIDA

................................

La verdadera Vida está ya en mí.

Lo único que tengo que hacer es descubrirla.

Toda "muerte" (entrega, servicio) es signo de Vida.

Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de "muerte".

..........................

La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.

No la encontraré en lo superficial y accidental.

Sólo entrando dentro de mí, muy adentro, más adentro;

descubriré lo esencial de mí mismo.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1958-preguntas-ante-la-muerte-de-jes%C3%BAs.html

Ilustración:  Eleanor Dickinson, Crucifixion of Dountes, 1988: 

https://mocra.wordpress.com/tag/contemporary-art/

Fotografía: Al finalizar la Misa, el Padre Jimmy de nuevo bendice las palmas en la Iglesia de la Coromoto de El Paraíso (CCS, 13/04/25).

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/1046913144161367

Padre S. Martín: Papa Francisco, sin sotana, san Pío X, anti-modernidad, Marcel Lefrebvre, índice de secularización, 

https://www.youtube.com/watch?v=_a1RJBpq9CM

Respuesta al Padre Sosa en torno a la indisolubilidad del matrimonio (2017) : 

https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=28669

Monseñor Biord: https://www.youtube.com/watch?v=7DfYjOB8PBc






Monseñor Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=cP3qSFQDkkc

Para la coincidencia y la discrepancia

  https://www.youtube.com/watch?v=3x0NBgVr4gk