Alberto Navas (*)
Bastantes de nuestros colegas historiadores de hoy,
que ingresamos como estudiantes a la Escuela de Historia de la Universidad
Central de Venezuela, en la década de 1970, tuvimos la suerte de tener profesores
de máxima categoría académica, no solo por ser doctores y catedráticos
titulares en el escalafón, sino, principalmente, por su pulcritud académica y
por estar, muchos de ellos, en la plenitud de su madurez intelectual, siendo
extraordinarios transmisores de conocimientos sin necesidad de haber pasado por
los fastidiosos y actuales cursos de didáctica. Aquellos Profesores formados
entre las décadas de 1940 y 1960, se habían graduado antes en la UCV o en
universidades de los Estados Unidos, México, Argentina, Chile, Francia, Japón,
Inglaterra y España, ellos casi no necesitaban leer fichas para dar sus clases
verdaderamente magistrales. Entre ellos se destacaban los doctores Germán
Carrera Damas, Manuel Caballero, Víctor Sanz, Taide Zavarse, Tula Núñez, José
Eliseo López, Miguel Hurtado Leña, Eleazar Córdova Bello, Eduardo Camps,
Josefina Gavilá, Josefina Bernal, Pedro Cunill Grau, Gustavo Martín, María
Amtonieta Martínez, José Belda Planas, Oscar Abdala y muchos otros más, quienes
integraban una de las mejores Escuelas de Historia de América Latina.
Era la asignatura Teoría y Método de la Historia,
dictada por el entonces temido Dr. Carrera Damas (hoy un amigo lúcido de 94
años), aprendimos que esa cátedra era la piedra angular de la carrera, donde era
posiblemente terminar de entenderla, luego de varios años de ejercer el oficio
del historiador, como investigador, como profesor y como crítico de nuestra
propia obra. La Escuela contaba con una sólida Biblioteca propia, llamada:
“Mario Briceño Iragorry”, que tenía su personal profesional a cargo y una
amplia Sala de Lectura adyacente, donde se formaba el conocimiento, el ambiente
cultural y político de la Escuela y alguno que otro amor entre jóvenes
estudiantes. La mediocridad posterior de un Decano famoso por sus crímenes en
el Diván, eliminó de un plumazo nuestra Biblioteca y, una tarde, después de
vacaciones nos encontramos sin ese espacio que era el alma de nuestra comunidad
estudiantil.
Aprendí, junto a mis colegas estudiantes, Fernando
Oduber, Javier Castañon, Ramón Aizpurúa, Pedro Castro, Rosa Elena Cardona
(Mafalda), Lucila Anzola y muchos otros más, que la Historia era un proceso de
permanente transición, por lo que no podía haber etapas de transición separadas
de la propia historia y de su curso como proceso cultural, que los verdaderos
cambios en los procesos históricos radicaban en el profundo núcleo de las
estructuras socioculturales, lo que no evitaba la posibilidad de estudiar
procesos coyunturales, episódicos y personales (biografías), siempre y cuando
se tuviese en cuenta los niveles de la causalidad que influían en los procesos
desde la profundidad hacia la superficie; también que todo el conocimiento
histórico estaba necesariamente conectado a una realidad total como objeto de
estudio, tanto desde la superficie del investigador que recogía datos en sus
fichas (hoy en su Laptop), hasta la mayor complejidad propia de la
interpretación histórica, el conocimiento histórico y la Filosofía de la
Historia. Pero no todos ellos egresaron como Licenciados en Historia, algunos
se quedaron sin terminar la carrera, otros si bien graduados se desviaron por
necesidad a trabajos no propios de su formación profesional, otros, no tan
pocos, pudimos completar los estudios de postgrado y hacer carrera en el camino
de la investigación histórica, porque entonces el país nos permitía aún esa
senda, con trabajos, becas y apoyos institucionales que hoy ya no existen para
las personas con méritos reales.
Nuestros estudiantes de hoy, en lo que queda de la
Escuela de Historia, se nos quejan de la baja calidad y compromiso académico de
profesores, que aunque les pueden haber aumentado la dedicación, solo asisten a
clases una vez a la semana, señalan que en la importante asignatura de Teoría y
Método de la Historia, un punto fundamental de la carrera profesional del
historiador, según nuestros estudiantes el profesor es muy deficiente, estas
denuncias nos hacen recordar una canción de Carlos Gardel: con el “Profesor de
Cachiporra, Malandrín y Estafador”, quien les manda a hacer un trabajito para
evaluar la materia que nunca da. Yo les he podido contestar a ellos que, en
parte, la culpa es de los mismos estudiantes y no solamente de un posible “mal
profesor”, también mal remunerado, tal vez enchufado y mal formado desde la
escuela primaria, pues les advertí, que en nuestro tiempo de estudiantes éramos
contestatarios y enfrentábamos los problemas de cara a la Cátedra, el Consejo
de Escuela o el Consejo de Facultad. Pero siempre gana hoy la pasividad y el
miedo a ser el denunciante frente a directivos más pasivos aún, por no decir
otra cosa, ello mata cada día el espíritu crítico y la combatividad que una vez
tuvimos los estudiantes de los años sesenta y setenta.
La Universidad está enferma en un país enfermo, nos
hacen falta los criterios de un Juan Nuño, de un Carrera Damas, de un Antonio
Pascuali, de un García Bacca, quienes deberían reaparecer en las nuevas
generaciones para hacer revivir nuestras Humanidades en la UCV. Ello no es
imposible, solo basta una honestidad y ética básica, junto a una nueva
preocupación por el mérito del estudio superior. Así se acabarían o mejorarían
los malos profesores, los concursos de oposición ya preasignados hacia los
afines politiqueros, el retraso intencional de trámites académicos, los nombramientos
por emergencia sin otra emergencia que los intereses personales, el
incumplimiento e incompatibilidad de las dedicaciones, etc. Como ya antes fue
nuestra Escuela con profesores presentes y Directores de nivel humano y
académico.
De todos modos, ya dijimos que toda Historia es
siempre una transición, y que por ello, todo esto deberá de cambiar y, para
finalizar, tengo que recordar las palabras de un Alcaide de la Cárcel de la
Rotunda de Caracas, a quien le preguntaron un día del siglo XIX, que “por qué
no maltrataba a los presos políticos”, a lo que Eliseo Acosta contestó: que a
todos lo trataba bien pues: “Los perseguidos de hoy serán los perseguidores del
mañana” y, en consecuencia, hay que saber cuidarse de las vueltas que da la Historia.
(*) ANB Cronista de la UCV.
29/07/2026:
https://www.eluniversal.com/el-universal/238180/la-transicion-que-no-existe
