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sábado, 21 de febrero de 2026

Homilía

TENER, PODER, APARENTAR: EL ROSTRO DEL EGO

(San Mateo, 4: 1-11)

Enrique Martínez Lozano

En la construcción de esta escena, sin testigos, la tradición escenificó un combate, a imagen de las disputas de escuela de los rabinos o maestros judíos; en ellas, se argumentaba y se replicaba con palabras de la Torá. Sobre ese modelo, la tradición presenta el relato de las tentaciones como una discusión sobre los "dos caminos": Satanás y Jesús, el mal y Dios.

Parece claro que el relato se construyó pensando en las propias tentaciones del pueblo, también en el desierto: los "cuarenta días" de que aquí se habla no solo son una correspondencia de los "cuarenta años" que duró la travesía del pueblo, sino también un "calco" de lo que hizo el propio Moisés –sabemos que Mateo tiene un marcado interés por presentar a Jesús como el "nuevo Moisés"-, tal como se lee en estos textos:

  • ·     "Moisés estuvo allí con Yhwh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua" (Libro del Éxodo 34,28);
  • ·    "Como la otra vez, estuve cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber" (Libro del Deuteronomio 9,18).

Por otro lado, al recibir esta tradición, es probable que Mateo piense en su propia comunidad, en particular en algunos responsables de la misma, que parecen seguir más el camino del tentador que el del propio Maestro y hacen pesar sobre el grupo su ambición económica (7,15), religiosa (7,22) y política (20,21).

La conexión con el episodio inmediatamente anterior, en el que se narraba el bautismo de Jesús, es explícita. Aquél terminaba con la proclamación de la voz del cielo: "Este es mi Hijo amado" (3,17). Este arranca con la insinuación: "Si eres Hijo de Dios...". Entre líneas, el lector queda avisado de que se le va a mostrar en qué consiste ser "hijo de Dios".

En efecto, tal como ha llegado a nosotros, la narración constituye una catequesis o enseñanza –un mensaje de sabiduría- sobre el recurrente tema de los "dos caminos", el de la vida y el de la muerte. ¿Cuál es la actitud y el comportamiento que hace vivir? ¿Cuál es el camino sabio y cuál es el engañoso?

El detonante de la tentación es, como siempre, el hambre; en concreto, el hambre de poder: económico, religioso o político, que se sintetiza en la triple tentación con la que tiene que lidiar todo ser humano: el tener (dinero), el aparentar (imagen, prestigio), el dominar (poder sobre otros).

Hambre es sinónimo de deseo. Y el deseo conecta con la primera realidad humana, en el orden de la evolución psicobiográfica. El niño es pura necesidad y, por tanto, puro deseo.

En cada caso, las experiencias infantiles –el modo como se haya respondido o no a su necesidad- marcarán el futuro de la persona, pero de lo que no cabe duda es que el hambre o deseo será permanentemente una característica del yo.

Eso significa que, mientras estemos identificados con nuestros deseos, lo estamos también con el yo. Y ello nos mantendrá encerrados en la ignorancia y el sufrimiento, escondidos en el mensaje característico del yo: "La felicidad está en el futuro".

Tal mensaje resulta tan fácilmente creíble como gravemente perjudicial. Lo creemos porque "encaja" perfectamente con la identidad del yo que, al ser vacío, siempre sueña con un futuro en el que su carácter "vacío" desaparecerá. De ahí que, mientras perdure la identificación con el yo, viviremos proyectados hacia el futuro soñado.

Pero nos perjudica porque, además de alejarnos del único lugar de la vida –el presente-, nos mantiene confundidos con respecto a nuestra verdadera identidad.

Según esto, parece claro que solo hay un modo de salir de la tentación: venir al presente. En el presente –en la atemporalidad o eternidad del "aquí y ahora"-, cae la ansiedad, no somos tiranizados por la expectativas de un futuro siempre inalcanzable y dejamos de identificarnos con el yo como si fuera nuestra identidad definitiva.

En esa dirección parecen apuntar, precisamente, las palabras puestas en boca de Jesús, y que están tomadas de las Escrituras judías (Deuteronomio 8,3; 8,16; 6,13): "Vivir de la palabra que sale de la boca de Dios", "no tentar a Dios", "adorarle solo a él"... significa haber descubierto el "eje" central de la propia vida y de la propia identidad, y vivir a partir de él. Es decir, significa haber experimentado el Misterio de la Presencia y haber descubierto que ahí se encierra todo.

En esa Presencia no-dual, plena e integradora, es donde nos reconocemos en quienes realmente somos. Se acaban tanto las separaciones establecidas por nuestra mente como la identificación con ella. En la Presencia se deshace la comparación y el enfrentamiento, para "reencontrarnos" en una "identidad compartida" que, sin negar las diferencias, las trasciende.

Y esto no está lejos de nosotros. La Torá judía dice que "no hay que subir al cielo..., ni cruzar al otro lado del mar; la Palabra del Señor está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica" (Deuteronomio 30,12-14). Por su parte, el Corán proclama que "Dios está más cerca de ti que tu propia yugular" (Sura 50,16).

Aquello que buscamos, está ya aquí. Basta detener todas las "historias mentales" que nos contamos, aceptar lo que hay en este momento, rendirnos a la realidad..., para que se abra paso el Misterio de la Presencia y la Quietud. Basta abrirnos al Silencio, que es la Fuente de la mente, para que entremos en contacto con nuestro verdadero yo: ése es el camino de la Vida.

Es lo que quiere expresar este cuento que narra la maestra Toni Roberson (Gangaji), en un libro recomendable:

Había un consumado ladrón de diamantes que solo quería robar las joyas más exquisitas. Este ladrón solía deambular por la zona de compraventa de diamantes con el fin de "limpiarle" el bolsillo a algún comprador incauto.

Un día vio que un comerciante de diamantes muy conocido había comprado la joya con la que él llevaba toda su vida soñando. Era el más hermoso, el más prístino, el más puro de los diamantes.

Pleno de alegría, siguió al comprador del diamante hasta que éste tomó el tren, y se hizo con un asiento en el mismo compartimento. Pasó tres días enteros intentando meter la mano en el bolsillo del mercader. Cuando llegó al final del trayecto sin haber sido capaz de dar con la gema, se sintió muy frustrado.

Aunque era un ladrón consumado, y aun habiéndose empleado a fondo, no había conseguido dar con aquella pieza tan rara y preciosa.

El comerciante bajó del tren, y el ladrón le siguió. De repente, sintió que no podía soportar por más tiempo aquella tensión, por lo que caminó hasta el mercader y le dijo:

— Señor, soy un famoso ladrón de diamantes. He visto que ha comprado un hermoso diamante y le he seguido en el tren. Aunque he hecho uso de todas las artes y habilidades de las que soy capaz, perfeccionadas a lo largo de muchos años, no he podido encontrar la gema. Necesito conocer su secreto. Por favor, dígame cómo lo ha escondido.

El comerciante replicó:

— Bueno, vi que me estabas observando en la zona de compraventa de diamantes y sospeché que eras un ladrón. De modo que escondí el diamante en el único lugar donde pensé que no se te ocurriría buscarlo: ¡en tu propio bolsillo!

A continuación metió la mano en el bolsillo del ladrón y extrajo el diamante.

(GANGAJI, El diamante en tu bolsillo. Descubre tu verdadero resplandor, Gaia, Madrid 2006, pp.37-38).

En este inicio del tiempo de Cuaresma, quiero traer también la palabra de otro maestro, para quienes, al escucharla, noten que produce una "resonancia" en su interior y se sientan internamente movidos a secundarla. Puede ser la mejor "práctica cuaresmal". He aquí el texto:

"El camino para llegar al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada...

Nos buscamos a nosotros mismos siempre que salimos de la nada, y por eso no llegamos jamás a la quieta y perfecta contemplación. Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás...

¡Oh, qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!...

Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio...

Por medio de esa nada has de morir en ti mismo de muchas maneras, en todos tiempos y a todas horas. Y cuanto más fueres muriendo, tanto más te irá el Señor elevando, y a sí mismo uniendo...

Anégate en esa nada y hallarás en ella sagrado asilo para cualquier tormenta...

Finalmente, no mires nada, no desees nada, no quieras nada, ni solicites saber nada, y en todo vivirá tu alma con quietud y gozo descansada.

Este es el camino para alcanzar la pureza del alma, la perfecta contemplación y la interior paz. Camina, camina por esta segura senda, y procura en esa nada sumergirte, perderte y abismarte si quieres aniquilarte, unirte y transformarte".

(Miguel de MOLINOS, Guía espiritual, libro III, capítulo 20, nn.187-195 (edición preparada por S. GONZÁLEZ NORIEGA), Editora Nacional, Madrid 1977, pp.247-249; citado en Ramón ANDRÉS, No sufrir compañía.

Escritos místicos sobre el silencio, Acantilado, Barcelona 2010, pp.384-386).

Miguel de Molinos (1628-1696) no era un maestro zen, ni un monje budista, sino un sacerdote y místico cristiano, turolense por más señas, nacido en el pequeño pueblo de Muniesa.

Él experimentó y enseñó el engaño que supone vivir para el yo... Engaño en el que permanecemos hasta que no descubrimos que ese yo es "nada". Y es precisamente al negar esa nada –no desear nada, no buscar nada...-, cuando acaba la confusión y el sufrimiento, y emerge brillante lo que somos.

El propio Maestro Eckhart (1260-1328, aproximadamente) lo habría experimentado cuando, de modo contundente, afirmó:

"No tener nada es tenerlo TODO".

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1273-tener-poder-aparentar-el-rostro-del-ego.html

Ilustración: Akiane Kramarik.



sábado, 25 de febrero de 2023

Susto

Domingo 1A(Mt) Cuaresma 26 febrero 2023

“No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 1-11)
(Diálogo sobre el Evangelio de hoy: Tentaciones)
José Martínez de Toda, S.J. (martodaj@gmail.com)
Este evangelio asusta: Jesús y el diablo frente a frente. ¿Qué pasó en realidad?
El relato evangélico de las tentaciones en el desierto no debe ser leído como una narración histórica, sino como un esquema teológico y un resumen, en tres momentos, de las principales pruebas que Jesús tuvo que superar a lo largo de toda su vida.
Según el evangelista Marcos, «el Espíritu empuja a Jesús al desierto». La vida de Jesús no va a ser un camino de éxito fácil; más bien le esperan pruebas, crisis, inseguridad y amenazas. Jesús necesita hablar con el Padre.
Y el «desierto» es el mejor lugar para escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios.
Hoy día el cristianismo está viviendo momentos difíciles... Tenemos crisissecularización, abandono de prácticas religiosas. <¿No será Dios quien nos está empujando a este «desierto»? ¿No necesitábamos algo de esto para liberarnos de tanta vanagloria, poder mundano, vanidad y falsos éxitos acumulados inconscientemente durante tantos siglos?... Sólo se nos pide rechazar con lucidez las tentaciones> (Pagola)
Estamos rodeados de tentaciones desde Adán y Eva.
¿Cuál fue la primera tentación?
El tentador ve a Jesús hambriento, y le dice: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.” Jesús responde al diablo: Escrito está: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Como diciendo: “El alimento es importante, pero es más importante obedecer la palabra de Dios.” Y parte de la palabra de Dios es no aprovecharse de su poder para hacerse milagros, saciar su hambre y vivir cómodamente a cuenta de ellos: como ‘el hijo de papá’, que usa el carro de su padre para cualquier cosa. Es la tentación del cuerpo, del hambre, del poder.
Le dice ‘Hijo de Dios’, aludiendo a aquella voz de Dios Padre en su Bautismo: “Éste es mi Hijo”. El diablo le quiere hacer dudar, y le reta a que demuestre su divinidad.
Pero para Jesús, ser Hijo no tiene nada que ver con vivir cómodamente a cuenta de sus milagros. Más bien, ser Hijo es fiarse de Dios y de su Palabra incondicionalmente. En el evangelio de Juan (4,34), Jesús les dice a sus discípulos: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y realizar su obra”. Es decir, no le alimenta alardear ni hacer valer sus derechos. No “le engorda” ser poderoso.
¿Por qué es más importante la Palabra de Dios?
Porque esa Palabra de Dios no habla de egoísmo, sino de amor, de servicio al prójimo, de fidelidad, de valores que no se marchitan, de preocuparse por otros y menos por sí mismo. Por ejemplo, Jesús multiplicó los panes, pero fue para alimentar a los hambrientos. Por cierto, las tentaciones que tientan más no son las grandes, sino las que vienen envueltas en un lenguaje que suena obvio: convertir la piedra en pan, simplemente porque tengo hambre y lo puedo hacer.
‘Cuál es la segunda tentación?
La tentación de la soberbia: El diablo lleva a Jesús a las almenas del templo de Jerusalén.
Abajo está la multitud. El diablo le susurra a Jesús: “¡Qué momento tan bueno para presentarte ante todo el pueblo como Mesías! Así apareces ante todos a lo grande, a lo espectacular, como caído del cielo. Échate. Y descenderás sobre ellos suavemente. Vienes a salvar el mundo. Así rápidamente podrás conseguir muchos seguidores”.
Pero la estrategia de Jesús para llevar adelante su misión es distinta: humildad, vivir con la gente, hablar con ella, decirle que Dios es su Padre, que Dios es amor. Él repetirá: “Ámense los unos a los otros. Sean humildes, no jactanciosos, porque la soberbia lleva a todos los males. El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo”. No usa recursos psicológicos impulsivos, que disminuyen la libertad y el raciocinio. Jesús deja a la gente en libertad. ‘El fin no justifica los medios’. Y Jesús le respondió al diablo:
No tentarás al Señor, tu Dios” (Deuteronomio 6,16).
¿Y cuál es la última tentación?
La tentación de la riqueza: el diablo lo sube a un monte muy alto, y le muestra todos los reinos del mundo, sus ejércitos, su poder, sus riquezas, sus monumentos.
Y le dice: “Todo esto te daré, si me adoras”.
Pero Jesús se presenta soberanamente libre, íntegro e insobornable. Jesús responde: “Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y á él solo servirás”.
Y he aquí que los ángeles llegaron y le servían.
Entonces, ¿son dos caminos distintos: el de Jesús y el del mundo?
S. Ignacio de Loyola pinta muy claramente estos dos caminos contrapuestos en sus “Ejercicios Espirituales” en la meditación de “Las dos Banderas”: la de Jesús y la del diablo (EE., 136-147).
El camino del mundo tiene tres pasos que nos enredan y nos deshumanizan: codicia de riqueza, búsqueda de honores y “crecida soberbia”, de la cual pueden venir todos los males. “La raíz de todos los males es el afán del dinero” (1 Timoteo 6,10).
El camino de Cristo, en cambio, es precisamente todo lo contrario:
Primero, la pobreza (o austeridad). Segundo, aceptar las humillaciones. Y, por fin, la humildad, que es la mejor disposición para todos los bienes, como el servicio y el amor.
Comenzamos la Cuaresma el pasado Miércoles de Ceniza. ¿Qué es la Cuaresma? - Tres pasos: 1. Arrepentimiento; 2. Cambio; 3. Seguir a Jesús. La Cuaresma es un período de 40 días para examinarnos si somos víctimas de las Tentaciones, que Jesús superó. Es un tiempo de conversión a los valores auténticamente humanos y cristianos.
La Cuaresma es el tiempo de cambiarme a mí, para cambiar este mundo de maldad.
La Cuaresma es como una vacuna. El niño tiene miedo a la aguja, porque no sabe que ese pinchazo le va a evitar muchas enfermedades. Nosotros estamos rodeados de antivalores y virus: a través de los MCS, de los egoísmos de la economía y de la política, etc.
Un periódico hizo esta pregunta a sus lectores: "¿Cuál es la causa de que haya tanto mal en el mundo?" Hubo miles de respuestas. G. K. Chesterton contestó: "Soy yo".
Ilustración: Ary Scheffer. 


Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY