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viernes, 18 de abril de 2025

De una severa y oportuna advertencia (II)

VARGAS LLOSA,  EL PROFETA ARMADO

Luis Barragán

Nuestra generación creció familiarizada tempranamente con el polémico novelista, por lo que siempre nos fue fácil reconocer a los genuinos y consecuentes seguidores del peruano, independientemente de sus posturas políticas e ideológicas, en contraste con los esnobistas que secretamente amaban a Marcial Lafuente, o a Corín Tellado. Y es que la ligadura de Gabriel García Márquez con la Venezuela que él domicilió en los cincuenta del veinte, no fue la misma de Mario Vargas Llosa, quien nunca lo hizo, pero aún la habita ahora que está más allá del extranjero: viva y constante preocupación por nuestra suerte, le palpitaba desde el primer momento que lo vimos personalmente, desde lejos, asediado por las grandes y menores personalidades al autografiar numerosos ejemplares de una novela, con paciencia extrema y sonrisa casi parecida a la de Emilio Lovera, Freddie Mercury, Edgar Barrios, en la librería “Lectura” de la planta baja del caraqueñísimo Centro Comercial Chacaíto y sus Cinemas

La supuesta República de la Creole, empedernida y caprichosa agresora de la revolución cubana, le concedió el Premio Internacional Rómulo Gallegos en agosto de 1967, al autor de “La casa verde”, por entonces, entusiasta defensor de la dictadura isleña que también lo hizo su emblema hasta que el sonadísimo y, luego, tristemente olvidado caso Heberto Padilla desenmascaró completamente a La Habana. El gran público venezolano curioseó y trilló la senda de las innovaciones literarias y, un magazine de interés general, como Momento (Caracas, 16/07/1967), daba noticias de aquél que ganó el codiciado premio Biblioteca Breve de Seix-Barral, por 1962, festejándolo como después se hizo con Adriano González León, por 1968.

Temido por el discurso que daría el beneficiario en el acto de entrega del Gallegos, el presidente Leoni tuvo el coraje de asistir al teatro París y galardonar personalmente a Varguitas. La prensa libre e independiente de la época, hizo saber del galardonado, como no ha ocurrido en la presente centuria con la presea. A pesar del recentísimo y devastador terremoto de la ciudad capital, por citar el diario El Nacional, igualmente orientaba a sus lectores en torno a “La casa verde” y el idioma (Caracas, 01/08/67), Luis Serrano la vinculaba a la técnica de la novela de caballería (02/08), Miyó Vestrini entrevistaba al narrador con los trazos de RAS (03/08), lo puntualizaban Germán Arciniegas y Sanín (06 y 07/08), o Augusto Germán Orihuela lo asociaba al cine (11/08).

De modo que la recepción de Mario en Venezuela, es necesario acotarlo, fue tan extraordinaria como la del resto de los ganadores del siglo, en nada parecida a la de los beneficiarios del veintiuno. Y esto, porque - miles de años atrás, dirán los más jóvenes – los periódicos de mayor éxito fueron aquellos que desarrollaron distintas fuentes especializadas y un protagonista de la literatura, era tan conocido como el beisbolista, el jefe civil, el juez, el cantante, o el homicida reales y vivamente noticiosos.

Es fácil de imaginar las imprecaciones de la izquierda borbónica latinoamericana, obviamente, incluyendo a la nuestra, cuando el miraflorino no sólo asumió una firme y recia posición crítica ante el castrismo, o comenzó a acercarse al liberalismo como no se atrevieron otros intelectuales de la región (cfr. https://www.youtube.com/watch?v=quYg4PXwuic),  sino que, por 1977, visitó en la biblioteca de Pacairigua nada más y nada menos que al denostado Rómulo Betancourt. Sin embargo, muy densa, sostenida y creadora fue su mecanografía hasta hacerse acreedor del Nobel que tampoco le hacía falta para trascender, como ha trascendido, con excepción del ataque de vanidad senil con la Presley.

Cuestionado el terco modelo de desarrollo propugnado en este lado del mundo, motivo de una ilimitada crisis estructural, predicador de las plenas libertades económicas como el secreto a voces para reencontrarnos con el bienestar, empleando la palabra como única arma, decidió Vargas Llosa aspirar  la presidencia de su natal Perú,  perdiendo en la segunda vuelta con Alberto Fujimori hacia junio de 1990. Toda una ironía, porque – sintetizando – la derrota fue por decir la verdad, mientras el triunfador apeló a la mentira para derivar posteriormente en una terrible dictadura denunciada militantemente y a pulmón lleno por Mario; valga la acotación, semejantes circunstancias vivió Eduardo Fernández en 1988, quien tuvo por varios años una gráfica en su oficina con el limeño, frente a Carlos Andrés Pérez que, contrariando su oferta electoral, implementó y, además, inadecuadamente el programa de ajustes y reforma estructural, trastocado a la vuelta de pocos años en lo que tenemos para esta centuria.

Simultáneamente a sus afanes profesionales, tuvo la mirada puesta en la Venezuela que cedió enteramente a la tentación, siendo mucha la angustia experimentada por el novelista respecto a nuestro futuro y, mientras el país hizo de la constituyente una fiesta irresponsable, compendio de todas las promesas luego incumplidas, cual profeta bíblico, clamó a los cielos y publicó un artículo de opinión decididamente histórico en El País (Madrid, 08/08/99), replicado una semana después por El Nacional, cuyo título fue excesivamente lúcido y contundente: “El suicidio de una nación”. Muy pocos se atrevieron a contestarle y con un gesto ritual, y ninguno a refutar al aguafiesta de entonces que no dejó de testimoniar su solidaridad con la causa democrática; e, incluso, junto a Enrique Krauze y Jorge Castañeda, aceptó el reto estridentemente formulado por Hugo Chávez para un debate, en una emisión de “Aló, presidente” (29/05/2009), sobre liberalismo, socialismo, economía y democracia; Vargas Llosa reiteró su disposición a debatir, pero el mandatario arrugó. Y, para nuestro infortunio, la profecía se cumplió.

Cfr. Texto del artículo referido de 1999: https://apuntaje.blogspot.com/2025/04/de-una-severa-y-oportuna-advertencia-i.html

Fotografías: El juego inicial, tomado de la cuenta facebookeana de Vasco Szinetar. La posterior, tomada de la red.

18/04/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/vargas-llosa-el-profeta-armado/

19/04/25:

https://www.costadelsolfm.org/2025/04/19/luis-barragan-vargas-llosa-el-profeta-armado/

https://www.youtube.com/watch?v=zK5B9zlYbeM

viernes, 21 de marzo de 2025

Justo homenaje

NABOR, EL AMIGO

Óscar Hernández Bernalette 

No es un expediente fácil escribir sobre un amigo, vivo y coleando. Además que uno  lo quiere y le da gracias  a la vida por darnos la oportunidad de tenerlo. Ese es un gocho formidable al que le debemos tanto en un trajinar de vida de no menos de cincuenta años. No somos pocos los que nos hemos aprovechado de su verbo, de su paciencia, de su meticulosidad por la cultura, por las imágenes, por el saber y por el arte. Por allí está el hijo de Expedita y José Eduviges Zambrano, con el nombre de Nabor y a pesar de sus setenta y cinco años anda a cuestas    con la cámara sobre el hombre, dejando testimonio del arte en Venezuela. En este conglomerado con silueta de  país, en donde la crisis política ha minimizado casi todo y los intelectuales “desaparecieron”,  agazapados en sus trincheras o también emigraron con sus talentos en el alma, allí está este buen amigo fruto de Tovar, ofreciendo con disciplina sus imágenes e historias de lo que ha sido la cultura en Venezuela en las ultimas décadas.

Tantas publicaciones por donde ha pasado la pluma de Nabor. Tantas imágenes y audios con su verbo. Recuerdo las revistas Escena, Buen Vivir y Libros al día especialmente. Nuestro punto de contacto con la cultura de la década de los setenta. Allí coincidíamos con  Pablo Antillano, quien era el epicentro de una muchachada  soñadora que tenía en el periodismo cultural, vanguardista y rebelde su campo de acción. Nabor se lució en el diario El Nacional como uno de los periodistas estrella de la sección cultural, bajo la lupa de Miguel Otero Silva y la dirección, una vez más, de Pablo.  La televisión lo lanzó al estrellato. Cuando  Venezolana de Televisión (VTV) era el canal de los venezolanos, Nabor se convirtió en la imagen periodística de la cultura venezolana. Más de veinte años en ese medio le permitió resumir la intensa actividad cultural del país, labor incesante que no lo detiene hasta estos tiempos.

El Nabor que conocí de muchacho ha cambiado poco, las canas lo delatan, pero su personalidad es la misma, tranquilo, buen escucha, conciliador, memoria pródiga, humor sin ser negro, que se confunde, se  recuerda de los detalles  de los tiempos, de los paisajes y de los olores que se impregnan en el alma en la medida que nos cuenta historias. Es un cuenta cuento de los buenos. A veces pienso que me miente, recuerda cosas de nuestros frecuentes encuentros y en varias partes del mundo que ya no retengo  con tantos detalles como él  nos  los presenta, nobles, graciosos, adornados y siempre recordando los nombres de amigos y mis colegas diplomáticos que los borré en el tiempo. Pienso que inventa cosas para empalagarme, cita amigos y situaciones del pasado con tanta precisión que a veces dudo que pasaron de verdad. Me ha evocado novias que ya no las tengo en los registros, pero con picardía siempre está a flor de labios recordar una mujer que alguna vez nos trastornó los sentidos. Los de Nabor siempre trastocados. Un enamoradizo sin excepciones, sin racismo, ni concesión a los fenotipos. Se me olvidan cuantas novias le conocí. Eso sí, cuando apareció la propia, Marisela, hasta allí llegaron sus andanzas  picarescas, el F16 de la cultura venezolana,  siempre  floreando como buen andino y usando con amabilidad  el verbo inspirador.

No tengo dudas de que a Nabor Zambrano lo inventó Pablo Antillano. Nos encontramos en la vida gracias a Pablito. Trato de recordar y sin suerte la primera vez que lo vi. Solo recuerdo su chaqueta de cuero, estaba pegada a su cuerpo, de día y de noche. Creo que la primera vez que supe de su existencia fue cuando llegue de la mano de Antillano a la revista Escena. Allí estaban muchos talentos que serían importantes   en el debido tiempo para la cultura venezolana. Yo, disruptivo, venía de una Academia Militar, además con una insignia del curso de cazadores, donde aprendí sobre guerrillas y anticomunismo para caer como en  paracaídas en las manos de Pablo, Nabor, Ibsen Martínez, Argenis Martínez, Vicenzina Marotta, Isaac Chocrón, Miro Popic,  César Miguel Rondón, Juan Carlos Palenzuela, entre tantos otros, todos zurdos como diría Milei, militantes del MAS y  con la experiencia del proyecto  frustrado del gobierno de Allende en Chile.

Pablo, con escasos 25 años, nos dirigía y Nabor era el secretario de redacción. En apariencia parecía un periodista de las  redacciones de los tabloides ingleses, hasta que le oías el tono de los rincones andinos. Ante todo el hombre es gocho. Un don para la escritura como él solo. Pablo siempre tachaba o corregía  las notas de sus  colaboradores, pero  escasamente las de Nabor. El Tovareño  conocía ya su oficio y la vida, sin pasar por la escuela de periodismo, lo graduó de reportero. En sus inicios fue periodista de radio y era corresponsal para alguna emisora andina en el Chile de Allende.

Entre tantos escritores, periodistas y poetas que rondaban las oficinas de Pablo y su emporio cultural, allí en la avenida Andrés Bello, sede del Colegio Nacional de Periodistas, no recuerdo  por qué me enganché particularmente con nuestro personaje. No sé si  por las chicas, las tertulias o sus cuentos sobre  su  experiencia chilena, que siempre me cautivaban. Hace poco le pedí que me repitiera su cuento de cuando estuve preso en el  Estadio Nacional  de Santiago de Chile, a raíz del golpe de estado encabezado por los militares, que puso fin al gobierno del Salvador Allende. Días de angustias compartiendo celda con personajes que incluía hasta el mismo Arturo Jirón, ex ministro de salud y médico de Allende. Eran parte de los episodios que nos contaba Nabor quien, en algún momento, entendía que iba al paredón de fusilamiento, hasta que gracias al gobierno de Rafael Caldera y la dedicación de Pompeyo Márquez, muchos venezolanos fueron rescatados y deportados hacia Venezuela. Historia que está por escribirse, homenajes pendientes a diplomáticos venezolanos que dieron su aporte y salvaron la vida de muchos perseguidos. La lista era larga, allí también estaban Pablo Antillano y Pastor Heydra, entre otros tantos. Mozos rebeldes y soñadores. Les quedó la experiencia. Con el tiempo descubrieron que esos proyectos socialistas son al final la excusa para la barbarie.

Por aquel entonces la camaradería con Nabor seguía de la mano con los proyectos de Pablo. De la revista  Escena pasamos a  Buen Vivir y a Libros al día. El amigo  Nabor enfilado hacia la prensa mayor y yo iniciándome en los caminos de la diplomacia. De la manada de Pablo, Nabor parecía el más disciplinado. Sabía administrar los reales y hacer negocios. Siempre le hacíamos bromas por sus capacidades mercantilistas. Una vez nos sorprendió con la historia de haber comprado su primer apartamento. Preocupación no compatible con ese hatajo de  soñadores que navegábamos por la cultura de aquel entonces. Recuerdo que un día  le cuento que iba cambiar mi Volkswagen 1300 de 1965, que hoy tanto añoro, por una camioneta Brasilia y que me acompañara al concesionario. El cuento corto es que se empeña Nabor en comprar una similar, no tenía problema de adquirirla y pagarla en cómodas cuotas de 430 bolívares, pagaderos en 30 letras. Como buen andino  y meticuloso Nabor pagó su inicial, escogió el color  y cuando el vendedor le entregó las llaves de su cero kilómetros, made in Brasil, nos  advierte que tenía un pequeño  problema: no sabía manejar.

No fueron pocas las aventuras, los viajes y paseos que de muchachos disfrutamos. Su amabilidad y disposición para la parranda siempre estaba presente. Nadie le ganaba con su capacidad de absorción de las bebidas espirituosas y de hacer sus comidas a la hora. Llegamos a pensar que más que estómago tenía un reloj. Bebía como un cosaco y siempre era el sobrio del grupo.

Por allá en 1977 fuimos a los Médanos de Coro con Pablo y Sergio Antillano. Los cuatros íbamos a presenciar un acontecimiento, el vuelo de un platillo volador. Pablito era el invitado, nosotros dos y Sergio Antillano, sus acompañantes. El encuentro era secreto. Se trataba de la historia de un científico zuliano.  Ibrain López, que había desarrollado un artefacto  que, según su inventor, revolucionaría la manera de volar en el mundo, lo que lo hacía vulnerable, toda vez el interés que generaría entre las potencias extranjeras su invención.

Lo cierto es que hasta allá llegamos. Una madrugada vimos el aparato levantarse sobre la arena de los Médanos. Con el tiempo, la historia cambió de matices, hasta el punto de que Nabor, fascinado por unos camellos que habían llegado desde Arabia Saudita y rondaban por ese desierto criollo se perdió el incipiente despegue que Pablo, Sergio y yo testimoniamos. Nuestra historia, al igual que la del capitán  Kenneth Arnold, quien aseguró haber visto en 1947, mientras volaba, nueve objetos brillantes, y de allí los primeros “flying saucer”, quedará bajo sospecha hasta que el propio  Nabor nos las verifique.

Encuentro en El Cairo

Nabor me visitó en varios de mis destinos diplomáticos. Debieron haber sido más porque sus visitas eran una carga de alegría. Se apareció en El Cairo, mi primera embajada. Su emoción era de tal magnitud por llegar  a la tierra de las pirámides, que las dos semanas de su visita se convirtieron en una oxigenación para la “tripulación” venezolana acreditada en esa compleja capital. Me lo llevé a Chipre en un viaje estupendo con parte del cuerpo diplomático latinoamericano. Nabor se convirtió en el centro de atención  por su humanidad y buena vibra, como decía el embajador Jorge Daher al referirse a Nabor. Dejó amigos y fue testigo de la complejidad de aquella nación en la que estábamos inmersos. Por esos tiempos de su visita nos pasaron cosas asombrosas, el asesinato de Sadat y el nacimiento de mi primer hijo.

Nabor, quien hubiese sido un estupendo agregado cultural de este país, nos siguió visitando. Lo recuerdo en Grenada y en Bogotá. Siempre muy pendiente de promocionar la cultura venezolana, apoyar a nuestra Cancillería. Más de una vez  fue invitado a un cargo en una embajada, tema que me emocionaba mucho. Al final algún percance terminaba con la oportunidad ofrecida.

Nos dejó sin la novela

El amigo me había prometido dos cosas: que su primer hijo se llamaría Oscar y su primera novela. La segunda no la cumplió. De ese grupo de muchachos de los setenta, Nabor era el candidato a escritor, por ser bueno con la pluma y su gran capacidad de narración. Dejó en el tintero su amenaza literaria. Dice que le pasó el testigo a Oscar, su hijo, quien ya escribió su segunda novela, reconocida por la Universidad Federativa de Río de Janeiro. Su primera novela fue La serpiente C. Su padre le abrió la vena literaria.

Imposible resumir a Nabor. Su Formato Libre, con miles de imágenes, su amor por la libertad sin formato, su vida periodística que  lo llevó a  narrar desde el Chile de Allende, el trágico 4 de febrero desde el Palacio de Miraflores y sus miles de crónicas culturares, lo hacen indispensable para entender lo que hemos sido. Sin duda,  quien fue Premio Nacional de Periodismo ha demostrado su vocación por la cultura de este país. Ya tiene  un espacio en la historia y es ejemplo para futuras generaciones de periodistas. Para quien escribe estas líneas seguirá siendo un hermano entrañable.

21/03/2025 (Papel Literario / El Nacional):
Fotografía inicial: NZ, según Vasco Szinetar. Las siguientes: Inauguración en la Sala Mendoza y retrato de NZ, tomadas de la cuenta facebookeana de NZ; NZ y Marisela, tomada de la cuenta facebookeana e José Pulido; botón del Colegio de Arquitectos, cuenta FB de NZ. Retrato de NZ de Eder Cepeda. 

jueves, 14 de julio de 2022

Noticiero retrospectivo

- L. F. Ramón y Rivera. "Las viejas canciones". El Nacional, 02/03/1980. 

. Rhazés Hernández López. "Sonido, hermano del alma:  dos maestros soviéticos" (Prokófiev y Shostakóvich). El Nacional, Caracas, 11/11/79.

- Blanca Elena Pantin se pregunta sobre Antonio Estéves y la música contemporánea, a propósito de una tesis de Aurora Marina Ortega. El Nacional, 18/06/83. 

- Israel Peña. "Universo y música: Proximidad de la Orquesta de Bomberg". El Nacional, 16/03/62.

. Rhazés Hernández López. "La piedra y el sonido: Brillante pianista" (Alba Acone). El Nacional, 02/05/82. 

Fotografía: Vasco Szinetar y Oscar de León, años ochenta (https://www.facebook.com/photo/?fbid=465975348480&set=a.418903993480).

domingo, 1 de mayo de 2022

Noticiero retrospectivo

- Elías Rodríguez Azpúrua. "Grado académico: Preescolar". El Nacional, Caracas, 21/08/1978. 

- Alfredo Alvarez. "El MAS enfrenta el serio dilema de renovar discurso y liderazgo". El Nacional, 03/06/90. 

- Gustavo Machado en el mitín de UPA en Maracaibo: Betancourt violó la constitución, por lo que solicitarán copia  del discurso del 07/10/63 a la CSJ, donde se hace responsable personal del encarcelamiento de los parlamentarios. El Nacional, 09/06/68.

- Adán Febres Cordero. "Tiempo de reflexión: El domicilio conyugal". El Nacional, 07/04/82. 

- Luis Herrera Campins. "Política: Testimonio de fidelidad". El Universal,  Caracas, 06/10/74 (Democracia Cristiana). 

Fotografía: Armando Coll, Sergio Dahbar, Eduardo Liendo, Nelson Rivera Prato, Alejandro Reig, Rafael Arráiz Lucca, Leonardo Padrón, Yolanda Pantin, Bárbara Piano, Blanca Strepponi, Rafael Castillo Zapata, María Elena Ramos, Igor Barreto y Vasco Szinetar /Caracas, 1984) @ Ricardo Jiménez. Tomado de la cuenta facebookeana de Vasco Szinetar (https://www.facebook.com/photo?fbid=10158859139048481&set=a.10150592385733481). 

lunes, 28 de febrero de 2022

Soto

BLACAMÁN, EL COLECCIONISTA 

José Pulido (*)

Blacamán contempla el Orinoco y trata de oír sus aguas, sus aleteos, sus chapoteos, sus tripas oscuras y prehistóricas. Aguza la mirada, como lo hace todos los días en la mañana, creyendo que alguna vez tendrá ante sus ojos la revelación de una sirena. En el fondo de su corazón reposa la certeza de que ha recorrido medio mundo buscando una sirena para probarse realmente y saber hasta dónde llega su poder hipnótico.

Duerme leones, amansa caimanes, emboba a las culebras y con sólo pasarle una mano por encima a una gallina la convierte en un plumero inmóvil, pero ¿podrá con una sirena? ¿resistirá el gran Blacamán la atracción de una mujer semidesnuda, de un pez medio vestido cantando una canción tan antigua como el aire y con una voz que debe ser completamente distinta a todo lo que el ser humano ha escuchado?.

La camisa de algodón que hace poco sacó del baúl se pega a su piel, está empapada en sudor, revela el pelero del hombre; sus axilas parecen nacimientos de río. Un barco ha llegado y decenas de caleteros presurosos descargan mercancía.

Blacamán se siente fascinado ante el hormiguero humano que reparte los cargamentos en grandes carretas jaladas por bueyes y por burros. Largas caravanas de carromatos con barandas hechas con yagrumos y palmeras se balancean a orillas del río y se esfuman en la ruta que lleva hacia El Callao.

Ese nombre le inquieta, le produce comezón espiritual. Quisiera ir a El Callao en busca de oro, como todos los hombres silenciosos que llegan a Ciudad Bolívar y se largan inmediatamente rumbo a la selva cargados de herramientas, pero él desea con más intensidad recorrer metro a metro este continente caliente y extraño. Cierra los ojos y queda como enmantillado en un capullo rojizo, en una cúpula que cambia de tonos a medida que aprieta o afloja los párpados.

Blacamán sueña con ciudades extraordinarias, lugares donde encontrará elefantes con cinco trompas, tigres diminutos que caben en una mano, sirenas de río que hacen el amor con los hombres y buscan el orgasmo en las profundidades de las aguas. También ansía regresar un día a Italia con un barco lleno de esos seres fabulosos, todos ellos pendientes de sus órdenes. “El circo más maravilloso del mundo...” pronuncia y recostado a una baranda de hierro colado mira venir a Isidoro.

Isidoro se preocupa por él, hay una remembranza indefinible que se traga con la saliva, de pirata cuidando a su capitán. Como Isidoro es de Ciudad Bolívar consigue todo más barato. “Ya podemos comer”, dice Isidoro y Blacamán comienza a caminar con él y a descender hacia el mercado donde los pescadores llegan y las mujeres transforman en humo fragante lo que sus redes han atrapado.

A Blacamán le gusta ese desayuno, pero siempre espera a que Isidoro le avise. Isidoro se siente un ser privilegiado. Toda la población le pregunta cómo es Blacamán. Aunque lo han visto en el circo y le pasan a un lado, no se atreven a dirigirle la palabra porque lo consideran un verdadero mago, un brujo misterioso. Isidoro inventa. Dice que lo ha visto hacer desaparecer una cotúa, que en una ocasión sacó un diamante del interior de un pescado frito.

Blacamán come lentamente, saboreando aquellos pescados y aquel pan de maíz caliente. A veces siente nostalgia dolorosa por las pastas, los espaguetis, los macarrones.

-Hay un problema, señor Blacamán...-interrumpe Isidoro.

-¿Problema? ¿Cuál problema?

Blacamán pregunta sin levantar la cabeza. Isidoro mira la gran cabeza peluda clavada en el plato y oyendo el sonido de “¿problema? ¿qué problema?” lo percibe como una bestia mitológica, que disfruta ese mundo pequeño, de detalles, olores, sabores. Una escama, unas vértebras, unas espinas casi transparentes.

-El muchacho de los letreros lo denunció ante la Ley del Trabajo...es una ley nueva. Él dice que usted no le quiere pagar lo que valen su arte y su tiempo.

-¿Ese muchacho?- pregunta destemplado Blacamán. Tiene todos los dientes de plata, pero no se ríe mucho. Su cabellera es gris y parece la mota de un africano. Las barbas le cubren la mitad de la cara y son grises también. Aunque de vez en cuando se mira en el espejo, no se había dado cuenta perfecta de que su apariencia es tan exótica como la magia que pretende poseer. Se percató de ello cuando vio el retrato que le hizo aquel muchacho. Deseaba un retrato así para su circo y cuando le dijeron que aquel adolescente sabía pintar fue hasta allá y le pidió el trabajo.

-Ese muchacho es un pintor de carteles de cine...no debería quejarse...-dice Blacamán.

Isidoro coloca la mano izquierda como un toldo sobre su labio superior y por debajo mete un palillo. Jurunga sus dientes.

-Hace los carteles para los tres cines de Ciudad Bolívar y pinta uno cada cinco minutos porque tiene que hacer cincuenta todos los días. Ese muchacho es muy serio señor Blacamán. Trabaja mucho.

Blacamán recuerda que el muchacho flaquísimo y desgarbado se quedó mirándolo detenidamente el día que se conocieron y le dijo que sí lo pintaría. “Yo lo he visto durmiendo una gallina” le comentó el muchacho y Blacamán salió tieso del lugar pensando que el retrato no iba a ser de su gusto.

Cuando el joven artista terminó el retrato se quedó asombrado por la expresión, la atmósfera y por lo fuera de lugar que parecía su rostro en todo aquel universo. Blacamán le entregó cuarenta bolívares al muchacho pensando en que era una pequeña fortuna para un jovencito así. El pintor le dijo que no:

-Usted me debe ochenta bolos...eso es lo que vale el tiempo invertido en ese cuadro.

Blacamán sonrió con ferocidad y se llevó el cuadro dejando los cuarenta bolívares. Ahora Isidoro le dice que está metido en un problema legal, de justicia y nada menos que en una tierra extranjera.

-Todo el mundo le dice al muchacho “¿cómo vas a pelear con Blacamán que duerme animales, que desaparece las cosas, que carga un león para todas partes?” pero él no hace caso y repite “tiene que pagarme mis ochenta bolívares”.

-Sí...voy a pagárselos...¿Dónde queda lo de la Ley del Trabajo?

-La cita es por la tarde. Yo lo llevo. Ahí van a preguntarle cosas a los dos y entonces usted paga y ya está- afirma satisfecho Isidoro. Blacamán termina de comerse su pescado y ya Isidoro sabe que debe pedir el otro, que no le basta con uno ni con dos y que ahora va a preguntar por el aguacate.

-Traiga otro con aguacate, señora Luisa- exige orgulloso de ser el intermediario. Blacamán tararea una canción en italiano. Es hermosa la melodía. Isidoro sabe que Blacamán está ahora en un lugar distante. También vibra con las preguntas que él le hará esa mañana sobre las sirenas. Isidoro inventará y contará historias de sirenas que rodean las piedras del río y muestran senos arropados por collares de algas y oro; sirenas bellísimas que también han comenzado a tomarlo a él por asalto en sueños espectaculares.

-¿Cómo se llama ese muchacho?

-¿Qué dice?

-¿Cómo se llama el pintor?- pregunta Blacamán.

Isidoro se llena de miedo, cree que Blacamán usará su magia contra el jovencito y si se niega a darle el nombre también le puede lanzar un mal de ojo a él con todo y el gran azabache que lleva en su pecho. Sin embargo, Blacamán lo mira sonriente. Sus dientes de plata hacen que el sol ardiente atraviese las breñas de los bigotes y las barbas, dientes que ahora están cargados con hilachas de pescado y son los dientes de un animal viejo y triste.

-¿Está bravo con él?- pregunta.

-No. Es casi un niño... ¿cómo se llama?

Isidoro suspira y se resigna a responder:

-Jesús Rafael Soto...se llama Jesús Soto.

-Soto...-murmura Blacamán y contempla el río otra vez mientras se traga el ojo delicioso de un pescado gris.  

(*) Esta historia me la contó Jesús Soto a orillas del Orinoco.  

Fotografía: Vasco Szinetar.

Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=10228497270357901&set=a.4673512116907

viernes, 18 de febrero de 2022

La otra izquierda

SE FUE EL LÍDER DE LA AD DE IZQUIERDA

Héctor Alonso López

Era yo un adolescente cuando en una esquina veía cómo unos jóvenes pegaban afiches con las letras ADI y dibujos o siluetas de rebeldes muchachos cuya característica más resaltante era la boina negra ladeada. Por supuesto, en mí no había -por razones de edad- ninguna posibilidad de darle explicación a ese mundo desconocido, pero, a pesar de mi ignorancia, no escondía  la curiosidad. Esa curiosidad me llevó a enterarme sobre un mitin que se realizaría  en Maracaibo.

Eran las 6 de la  tarde y en una radio -de onda corta o larga, no lo sé-, muy de costumbre en mi casa, casi a escondidas o disimulando, sintonicé la emisora que dijeron trasmitiría el mitin. Allí supe por primera vez de los nombres de quienes fueron oradores. Domingo Alberto Rangel, Gumersindo Rodríguez y Américo Martín . Si hubo otros, no los recuerdo.

Hoy, por la circunstancia dolorosa ante la despedida de una figura como la de Américo 
Martin, de quien no fui estrecho amigo, sino admirador. Quiero recordar episodios que en cierta forma permiten a mi memoria nunca dejar de estar presentes.

Cuando recordaba lo del afiche que pagaban con almidón, lo asociaba con que unos meses atrás, en la Universidad de Los Andes, se habían realizado las elecciones para escoger los  directivos de la FCU, elecciones que había ganado Acción Democrática con el bachiller Jairo Páez González, el que a los meses pasó a ser militante de esa ADI, movimiento que después se transformó en el MIR.

El MIR se sembró en Mérida y Américo fue uno de sus iconos. Desde esa remota fecha hasta 1986 AD, con un militante suyo,  no había vuelto a la Presidencia de la Federación de Centros de la ULA. Fue Rafael Mora Ramírez quien, después de haber sorteado una elección entre 5000 estudiantes que concurrieron a la consulta en la base militante de los universitarios de AD, conquista la mayoría de los miles de estudiantes de la Universidad de Los Andes. Más de un cuarto de siglo tuvo que pasar, y demasiados acontecimientos ocurrir, para darnos cuenta de las incidencias y consecuencias de este largo pasaje de nuestra historia contemporánea. El MIR y sus aliados no dejaron respirar a AD en ese largo tiempo de nuestra historia contemporánea en el ámbito universitario.

Otra razon que permite recordar la significación política de Américo Martín es que, cumpliendo con las instrucciones del ex Presidente de la República Carlos Andrés Pérez, se me asignó la tarea de ir a la casa de habitación de Américo Martin a explicar la situación del larguísimo juicio a que era sometido CAP por el _affaire_ del barco del "Sierra Nevada". Después de escucharnos y manifestar sus puntos de vista, concluyó diciendo: digan al Presidente Pérez que por mí no se preocupe, que nunca nos prestaríamos para una maniobra política como esa.

Al final, el juicio político que era la competencia del Congreso de la República fue rechazado, y allí estuvieron los votos de Américo Martín y "el ronco" Moisés Moleiro.  CAP fue salvado por un voto y cualquiera de los que alli estuvimos y votamos pudiéramos alegar que nuestro voto fue decisivo, pero sera imposible negar que los votos del MIR salvaron a CAP.

Caracas, 17 de febrero de 2022.
Fotografía: Vasco Szinetar (https://talcualdigital.com/teodoro-petkoff-frente-al-espejo-por-vasco-szinetar/teodoro-americo-martin-vaco-szinetar/).  Teodoro Petkoff,  Miguel Henrique Otero, Manuel Poblete y Américo Martín. 
Breve nota LB:  El texto de HAL lo tomamos de la mensajería de WhatsApp.

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY