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sábado, 4 de julio de 2026

Dios nos sostiene

CÓMO PIENSA Y ACTÚA JESÚS

(San Mateo, 11: 25-30)

José Enrique Galarreta

Es un pasaje recogido por Mateo y Lucas, con algunas connotaciones diferentes. Tiene tres ideas, yuxtapuestas por el redactor de forma más bien artificial:

- La exclamación de gozo de Jesús por la revelación a los sencillos.

- La declaración sobre el Padre y el Hijo

- La invitación a tomar el suave yugo de Jesús.

En nuestra reflexión vamos a centrarnos en la primera, por lo que insinuamos aquí alguna vía de comentario de las otras dos. La declaración sobre el Padre y el Hijo muestra bien que las primeras comunidades tenían una clara conciencia de que Dios hablaba por Jesús.

La conciencia misma de Jesús parece reflejada aquí. Estos versos, que hacen recordar tanto algunas expresiones del cuarto evangelio, lo muestran claramente. Es muy de señalar, sin embargo, que hemos insistido quizá demasiado en el carácter trinitario de estas expresiones. Cuando Jesús se refiere a "el Hijo", se refiere sin más a sí mismo, a su conciencia filial y a su relación con Abbá, aspecto mucho más importante que una mera especulación metafísica sobre las Personas Divinas.

La tercera parte es una prolongación natural del mensaje del domingo pasado. Todos los humanos estamos fatigados y sobrecargados, en toda vida humana hay cruz; se nos invita a llevar la cruz con él, con su misma disposición, con su mismo corazón, para que la vida sea mucho más llevadera, para que la cruz de la vida tenga más sentido.

Mateo constata simplemente que Jesús "tomó la palabra y dijo...". Lucas lo expresa así: "Lleno del júbilo del Espíritu Santo, dijo...".

Jesús siente este sobrenatural júbilo al constatar que la Palabra es bien recibida y entendida por la gente sencilla, mientras que los grandes, los ricos, los poderosos, los sabios, no la entienden, no la aceptan. Jesús siente júbilo por ello.

Una vez más, los criterios y valores de Jesús chocan con los normales del mundo. Si los ricos, sabios y poderosos no aceptan la palabra de Jesús, parece evidente que toda su labor está destinada al fracaso; no será más que una doctrina popular sin influencia, sin futuro. Jesús no lo cree así: se alegra de que la gente normal se entere y se alegra también de que los poderosos se cierren. Una vez más, nos encontramos ante el desafío de aceptar los criterios y los valores de Jesús.

Ante todo, para Jesús los poderosos, ricos, sabios... no son más que los sencillos. Si miramos detenidamente las relaciones de Jesús con las personas, advertimos que para él no tiene ninguna importancia el status social. Jesús atiende a todos, sin importarle nunca su dinero, su sabiduría, su rango. Con una distinción: sus relaciones con los poderosos y con los sabios de Israel suelen ser tensas, incluso cuando está invitado a comer en sus casas, mientras que sus relaciones con la gente normal son cariñosas, cercanas, sobre todo cuando se trata de gente especialmente necesitada, enfermos, rechazados, marginados ...

Que sean precisamente éstos los que mejor reciben la Palabra es una enorme alegría para Jesús. Y que los sabios y poderosos no la acepten, también, porque muestra a las claras que Dios es justo y bueno, no se deja comprar, y que el dinero y el poder no pueden cambiar a Dios. Jesús se alegra de que Dios es de todos, sobre todo del que más lo necesita, y especialmente de que no es patrimonio del saber, del poder, del poseer.

Los ricos, los sabios, los poderosos... los sencillos, los pobres, los necesitados. Jesús sabe que serán éstos los que reciban la palabra. Jesús sabe que aquellos difícilmente la recibirán. Estamos ante el mismo mensaje de otros mensajes de los evangelios, en que Jesús desconfiaba del dinero y constataba que nadie sirve bien a dos señores.

Una vez más, constatamos la singularidad de Jesús. Las religiones se instauran siempre desde el poder, el poder sagrado que se origina en la posesión de la palabra sagrada y la condición sagrada de sus dirigentes, y atraen inmediatamente la riqueza, que da a sus miembros respetabilidad social. Las religiones se instalan confortablemente entre sabios, santos, poderosos: construyen maravillosos monumentos, asesoran a reyes, gobiernan, cobran...

Y Jesús no es así: ni él ni su movimiento es así. Teme al dinero como a un peligro, desconfía de la sabiduría humana, no idolatra la ley, no aprecia gran cosa a los santos oficiales, no tiene buenas relaciones con el poder, no da mucho valor al templo y sus actos de culto... Pero valora enormemente a la gente sencilla, su compasión, a su solidaridad, a la limosna de la viuda, al que visita enfermos, al que pelea por la justicia...

Es éste un despiadado espejo en que hemos de mirarnos nosotros, la Iglesia. La Iglesia como institución tiene el peligro constante de convertirse en una religión como todas: poseedora de la palabra, prestigiosa, rica, constructora de maravillas costosísimas para el honor de Dios, instalada en las capas superiores de la sociedad...

Es una tentación, y no podemos afirmar que no hayamos caído en ella. Y cada uno de nosotros estamos tentados a apreciar más al rico, al sabio, al influyente, al triunfador, y a sus criterios y valores: el éxito, la respetabilidad inaccesible, la influencia social...

Estamos tentados a valorar poco al más sencillo y a sus valores: la sinceridad, la colaboración, la capacidad de sacrificio, la predisposición a compartir.

¿Dónde está tu Dios? es una pregunta inquietante. ¿en el Templo, en el palacio, en los bancos, en la fama, en la erudición, en el prestigio, en la influencia? Jesús se muestra feliz, lleno de júbilo, porque encuentra a Dios en el corazón de la gente.

Dejemos que la palabra de Jesús desnude nuestra religión, que la limpie de todos los añadidos, de todos los vestigios de "carne", de tierra.

Si hemos manchado a Jesús con extrañas religiosidades llenas de poder y dinero, de prestigio y vanas sabidurías, reconozcámoslo.

Si en nuestra vida personal nos sentimos más religiosos en el templo que cuidando a un enfermo, si damos más gracias a Dios por ser ricos que por ser compasivos, si nos sentimos mejor en compañía de ricos poderosos que con gente sencilla... pidamos a Dios fervientemente que nos cambie el corazón: que haga que nuestros sentimientos sean los de Jesús. Porque es posible que toda nuestra religiosidad sea un gran error.

El domingo pasado celebramos la fiesta que llamamos "el Corpus". Lo más significativo de su celebración es la fastuosa procesión, el desfile de autoridades civiles y militares (aunque no sean creyentes) la formidable custodia de plata y oro, los valiosísimos ornamentos del clero. ¿Es el estilo de Jesús?

Pronto celebraremos el aparatoso evento del JMJ, espectacular, carísimo, financiado por el Estado y por la gente más rica del país. ¿Es el estilo de Jesús?

Cada uno ha de pensarlo, ya somos adultos como para esperar siempre que otros nos lo digan.

Ilustración: https://www.etsy.com/

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/931-c%C3%B3mo-piensa-y-act%C3%BAa-jes%C3%BAs.html

Padre S. Martín. CISMA: lefebvrianos declaran hereje a la Iglesia y el Papa responde excomulgando a los lefebvrianos:



Papa León:


Cardenal Porras: 

Monseñor Biord:

Padre S. Martín: 

Monseñor Munilla:

sábado, 28 de marzo de 2026

Lo que ve la gente y lo que ve Jesús

UNA PROCESIÓN CAMINO DE LA CRUZ

(San Mateo, 27: 11-54)

José Enrique Galarreta

La celebración de hoy tiene dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no solo los sucesos son un todo sino el mensaje es único.

Nuestra tendencia es celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos sino a convertir los corazones a Dios.

Aunque los rasgos de la entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura).

El cuarto evangelio subraya mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.

Es por tanto importante que nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales aclamaciones triunfalistas. Los mismos textos, y especialmente la profunda elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su mesianismo.

Como siempre, los evangelios se preocupan de subrayar que los discípulos no se han enterado de gran cosa, y siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y la izquierda del Rey. No podemos caer en la misma tentación, sino atender al mensaje de Jesús.

Y para eso están ahí las dos primeras lecturas de la Eucaristía, que nos darán un contexto estupendo en el que enmarcar toda la celebración.

Ver textos y comentario de las lecturas

En contraposición con estas lecturas, los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46) parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior.

Deberemos cuidar de que nuestras aclamaciones a Cristo Señor no hagan olvidar que, al decidirse a entrar en Jerusalén, Jesús está subiendo a la cruz, precisamente por el rechazo de los jefes, el olvido del pueblo y la cobardía de los discípulos. Serían perfectamente aplicables a esta celebración las consideraciones que solemos hacer al celebrar la fiesta de Cristo Rey.

Los relatos de la Pasión, que son sin duda desarrollo de las más antiguas tradiciones orales y escritas sobre Jesús, constituyen el núcleo del Kerygma primitivo, y una de las pruebas más importantes de dos aspectos básicos de nuestra fe en Jesús:

· Son un argumento irrefutable de la historicidad básica de los evangelios. La dificultad que suponía para las primeras comunidades predicar la fe en el ajusticiado muestra bien que no inventan sus relatos a su conveniencia, sino que repiten el mensaje recibido por muy molesto que este sea.

Ejemplos evidentes de esto son por ejemplo la unanimidad de los textos en no ocultar (al revés, en insistir en) las negaciones de Pedro y la desbandada de los Once, más el mismo hecho de los sufrimientos, Getsemaní etc., etc.

· El anuncio de Jesús no tiene ningún matiz mítico. Jesús no es un mito sagrado que se viste luego con narraciones realistas para consumo popular. Esta es precisamente la vía errada de los Apócrifos, y la razón de su rechazo por las comunidades.

Si en otros momentos de los evangelios los aspectos simbólicos o las citas de los profetas hacen casi irreconocible la historia, aquí el mensaje es la historia, lo que pasó, y los añadidos interpretativos o simbólicos son pocos y sirven para señalar el valor y sentido de la historia, de lo que vieron los ojos.

La entrada de Jesús en Jerusalén, en vísperas de la Pascua, entrada pública, no a escondidas, fue una imprudencia y un desafío. Le buscan para matarle y han puesto a precio su cabeza. Hasta este momento, Jesús se ha ocultado, se ha alejado del peligro. La gente piensa que no se va a atrever a venir a la ciudad por Pascua. Pero Jesús toma la decisión de subir a Jerusalén y entra en la ciudad públicamente.

Es posible que sus discípulos aprovecharan la ocasión para hacer de esa entrada una manifestación triunfal, incluso con signos mesiánicos. Es claro que las comunidades posteriores vieron en ese suceso la entrada del Mesías en su ciudad, y así la interpretaron.

Los datos de los evangelios permiten adivinar los hechos: los galileos que han subido a la fiesta aclaman a Jesús. La gente de Jerusalén se extraña, preguntan qué pasa, y algunos se juntan a la fiesta.

Jesús estropea la fiesta y entra en la ciudad llorando. Jesús convierte los signos de triunfo davídico en signos de mesianismo inverso: el pollino (no caballo regio), el llanto sobre Jerusalén... Jesús sabe que entra en la ciudad a morir, y que ese, no las aclamaciones de la multitud, será su triunfo.

Los discípulos no se dieron cuenta entonces de lo que estaba pasando. Solamente comprendieron más tarde... como tantas veces. Como nosotros, cuando celebramos esta fiesta como un triunfo davídico, con palmas y cánticos de gloria, sin pensar en que Jesús llora por Jerusalén y se dirige, consciente y decidido, hacia la muerte.

Lo que ve la gente y lo que ve Jesús

La gente de Jerusalén ven un espectáculo un tanto sorprendente, a algunos les parece ridículo: un puñado de galileos aclamando a su líder, un carpintero sin cualificación del que dicen – insensatos – que es el Mesías. Como tantos otros, como tantas veces.

Los escribas, los doctores, los sacerdotes, ven un posible peligro: fue un predicador dudoso, de doctrina y costumbres nada ortodoxas. Llamó la atención por presuntas curaciones, tiene algunos discípulos. Pero tiene la osadía de presentarse en el Templo, le aclaman como Mesías. Esto se puede ir de las manos, provocar la reacción de los romanos. Esto se tiene que acabar.

Los discípulos ven el triunfo definitivo de Jesús Mesías. Ha llegado el momento, Jesús se instalará en el Templo, el Altísimo lo respaldará con algún prodigio cósmico, los doctores y los sacerdotes se postrarán ante él, los romanos serán expulsados. Comienza el Reinado de Israel sobre las Naciones, que vendrán a adorar a Dios en su (de Israel) santo Templo.

Jesús ve la ciudad engalanada para la fiesta. Ve la Fiesta de la Pascua, un gran negocio para Jerusalén. Ve Escribas y Doctores ciegos, que impiden que el pueblo crea en Dios. Ve Sacerdotes dueños del Templo y de la conciencia de la gente. Ve gente aclamando a otro, porque él no es como el que aclaman. Ve discípulos galileos sin convertir.

Jesús ve el camino de la muerte. Adivina el Gólgota al otro lado de las murallas del Templo. Ve el esplendor del Templo, sabe que de todo eso no quedará nada... Y SE ECHA A LLORAR. Llora porque Jerusalén no va a aceptar la Buena Noticia, no va a entrar en el Reino, no va a conocer al Padre.

Como dice, tan sabiamente, nuestro villancico popular: "todo el mundo sonríe, solo Dios llora".

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1203-una-procesi%C3%B3n-camino-de-la-cruz.html

Ilustración: Charles Aldrich 

(https://masartepordios.blogspot.com/2016/07/charles-aldrich.html).

Padre S. Martín: León ante: Tradicionalistas que desafían su autoridad y Progresistas que buscan cambiar la doctrina.

https://www.youtube.com/watch?v=hS24VD3jijw


León XIV:


Cardenal Porras:


sábado, 7 de febrero de 2026

Dos preciosos símbolos

SAL Y LUZ EN SU JUSTA MEDIDA

(San Mateo, 5: 13-16)

José Enrique Galarreta

El Evangelio de Mateo nos ha presentado hasta ahora a Jesús enviado de Dios, lleno del Espíritu, la invitación a la conversión y "la mentalidad" de Jesús, las Bienaventuranzas. Inmediatamente después se nos señala nuestra misión, bajo dos signos: la sal y la luz.

El significado es tan sencillo como profundo: la sal sirve para que los alimentos tengan su sabor; la luz sirve para que se pueda ver lo que ya existe. Ambos tienen una sola función: servir para que otras cosas sean válidas, para que sean lo que son.

El tema de la luz entronca con una larga tradición en la Escritura. Es una de las líneas fuertes de la revelación: Dios se presenta desde el principio, como luz.

o Su primera obra (Génesis 1) es la luz.

o Para el pueblo en marcha (Exodo) Dios es la columna de luz que le guía de noche.

o Los salmos recogen incesantemente la imagen de Dios, nuestra luz.

o Es uno de los temas repetidos en Isaías. Recordemos:

§ Is.9. "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz"

§ Is.60. "Levántate, resplandece, Jerusalén, porque viene tu luz"

(Textos utilizados en la liturgia de Navidad y Epifanía)

Todo esto se recoge ampliamente en todo el NT. hasta culminar siendo uno de los preferidos de Juan para presentar a Jesús: "La Palabra era la luz verdadera.." (Jn.1), "Yo soy la luz del mundo"(Jn.8).

De la misma manera, la luz se utiliza como manifestación de la divinidad, de la "Gloria del Señor", desde el Sinaí hasta el nacimiento en Belén, la Transfiguración y la conversión de San Pablo.

El signo de la luz adquiere además otras tres connotaciones importantes a lo largo de la Escritura.

En primer lugar, el pecado como tinieblas, en los dos sentidos que ya conocemos: tinieblas porque son un alejamiento de la luz, una ignorancia de Dios, una ausencia de la luz que es Dios; y tinieblas como hostilidad a la luz, tema obsesivo en Juan que plantea el Principio de su evangelio como Dios-luz rechazado por las tinieblas. (Recordemos el "es vuestra hora y el poder de las tinieblas"(Luc.22,53)

En segundo lugar, los justos como luz. Israel es constituido como luz para los gentiles, tema también querido para Isaías, que constituye una de las líneas de evolución de la "elección". El Pueblo es elegido no para privilegiarlo sino para que sea luz para las naciones. Se le ha dado la luz para iluminar. Esta es la línea que entronca directamente con "La Misión". "Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros. Id y enseñad a todas las gentes...."

Pero hay una tercera acepción, que completa definitivamente el mensaje, que empieza a aparecer - más bien tímidamente - en el salmo responsorial, y enlaza con otra línea profunda de la revelación ("Misericordia quiero y no sacrificios").

Dios resplandece en sus obras. Dios es luz para nosotros, ilumina nuestra vida porque es el Salvador. Nosotros tendemos muchas veces a identificar "luz" con "palabra que nos ilumina" o, peor aún, con resplandores celestiales. La luz es Jesús, no simplemente sus palabras, su mensaje, sino todo Jesús, sum manera de actuar, sus criterios, sus valores, sus comportamientos: en eso "resplandece" el Espíritu.

Por esta misma razón, el pueblo es luz porque vive en la luz, porque vive las obras de la luz, porque vive libre del pecado, porque vive como hijo. Y por tanto, la luz que ofrecemos a los hombres no es ante todo un mensaje de palabras sino una manera de vivir que convence, que salva, que es capaz de mostrar a todos el sabor de la vida.

Esta misma acepción aparece en la lectura de Isaías. El justo resplandece como luz por sus buenas obras, y aquí se señalan ya como buenas obras no precisamente las que hacen relación al culto, sino las que se refieren al prójimo.

Es curioso mostrar también cómo el texto mezcla la pureza de este mensaje con una simbología que parece decir que es entonces cuando Dios te escuchará siempre y te dará salud. Evidentemente son símbolos de la amistad con Dios, tomados de una larga tradición anterior.

A diferencia del término "luz", el término "sal" no representa en la Escritura una línea especialmente fuerte. Aparece muchas veces, porque la sal es alimento habitual e importante, y también como signo de muerte, pero no forma parte de ninguna línea especialmente cuidada. De hecho, en los evangelios apenas aparece más que en este contexto, y Juan ni siquiera la usa. Es pues un término "nuevo" en esta acepción, podríamos pensar que "inventado" por Jesús.

Aunque su paralelo con "luz" en cuanto al significado del mensaje es profundo, nos parece advertir el "sello" de Jesús, esa capacidad suya de entender todas las cosas principalmente por su referencia al Padre, al Reino. Jesús es el más extraordinario creador de parábolas, símbolos, imágenes. El que más increíblemente ha sido capaz de hablar de Dios y del hombre y del Reino utilizando las cosas cotidianas.

Esto es más profundo de lo que parece. Las cosas cotidianas, visibles y habituales, tienen una realidad normal, la que conocemos y usamos normalmente, pero son -todas- más en el fondo y con mayor importancia, palabra de Dios. Y Jesús lo ve. Jesús es un auténtico contemplativo en la acción, porque es capaz de ver a Dios en todas las cosas, porque está recibiendo la palabra de Dios habitualmente, por sus sentidos, porque ve al Padre en todas las cosas, y en todas sus acciones le responde.

El simbolismo de la sal aquí es extraordinario. Diríamos que no vale para nada por sí sola. Es para añadirse a otro alimento, es para resaltar su sabor. La humilde sal hecha para otros, para que los otros sean ellos mismos, nos parece un signo aún mejor que la luz, que puede parecer más pretencioso.

Dos preciosos símbolos, un mensaje de fuerte calado.

Pensemos en la luz de la humilde lámpara casera, o mejor aún, de la vela, del cirio. El cirio: un poco de cera y una mecha: inútil y feo, de poco valor. Encendido, es una maravilla. Sirve para saber dónde está cada cosa, por dónde moverme... La oscuridad me paraliza: todo está ahí, pero no puedo ni moverme... Esa pequeña luz "pone las cosas en su sitio", me hace capaz de valerme. Es como una creación.

Pero, de todo lo que es el cirio, la luz es, precisamente, lo que no es suyo, lo que recibido de fuera: ha de ser encendido en otra llama. Precioso símbolo nuestro: inútiles y feos si no estamos encendidos en la luz de Jesús. Y la luz nos consume: el cirio da la vida para ser luz: nuestra vida es, entera, para ser luz. "Vosotros sois la luz de la tierra" puede ser un mensaje pedante (¡soy la luz!). Puede ser la definición de nuestra misión ("Si no me consumo en ser luz, no valgo para nada").

La sal sólo se nota si falta o sobra. Un mundo sin Dios no tiene sabor. La fe, la Palabra, ponen el sabor. Pero su sabor, no un sabor añadido. La fe, la palabra "descubren" el propio sabor de las cosas, como la luz no pone nada, sino que hace ver lo que cada cosa es. Si sobre la sal, todo se hace incomestible.

Su sabor, que ni falte ni sobre.... ¡el genio de Jesús!. Podemos reflexionar en nosotros la Iglesia, quizá velas apagadas o sal sin sabor que para nada sirve; quizá sal que quiere dar su propio sabor de sal a las cosas... sin reconocer que las cosas tienen su sabor, que solamente hace falta iluminarlas para que luzcan sus colores, aderezarlas un poco para que surja su sabor.

Pero, completando a Isaías, todo esto no se hace con palabras, con ritos, con ceremonias, con ayunos, con sacrificios... Se hace simplemente siendo austeros, limpios de corazón, misericordiosos, trabajadores por la justicia... Sobran palabras sobre la luz, faltan cirios. Sobran tratados de cocina sobre la sal. Falta poner sal en mi propia vida. Sobra predicar la palabra, falta ser palabra; sin gritar, que nos pasamos de sal, pero dejando que mi vida se consuma en ser luz.

Ningún texto del Evangelio muestra a Jesús en grandes ceremonias del Templo, en sacrificios rituales. Terminado su ayuno en el Monte de la Tentación, no se le muestra como un asceta espectacular. Ora por las noches en soledad, pero está constantemente hablando al padre y del Padre. Cura constantemente, rompe ritos y leyes y tabúes por curar y consolar, desprecia cumplimientos... pero actúa, constantemente: no solo oímos de sus labios palabras estupendas sino que - sobre todo - vemos actuar en Él la Fuerza del Espíritu.

Jesús sí que es para nosotros cirio encendido, que se quema para iluminar. Jesús sí que es la sal que da sabor a todo, a vivir, trabajar, descansar, triunfar y fracasar, estar sano y enfermo, morir... a todo: toda nuestra vida tiene sabor por Jesús, nuestra sal.

Sobre la pedantería de "creerse luz de los demás". Puede ser realmente molesto para cualquier persona sentirse así, y más aún para el considerado "tinieblas". ¿Cómo puede una persona normal ir por la vida "creyéndose luz" de los otros? Me parece que existe esta mentalidad en algunos cristianos, y que es muy desagradable.

El enfoque correcto es muy diferente. En primer lugar, porque nuestra luz no es propia. No tiene sentido creerse algo por haber recibido la luz. Somos como un cirio: cera y mecha: completamente inútiles si no se enciende: y la luz no es del cirio, es recibida.

Además, no nos han dado la luz sino porque hace falta en el mundo: haber recibido una misión no nos hace mejores, sino que nos compromete a más. El complemento de esta imagen de la luz está en las parábolas de los Talentos y del fariseo y el publicano. Si alguien tiene cualquier cosa, cualidad, don, propiedad... Dios lo ha puesto en él porque es la manera de dar esas cosas a los hombres. Sólo por eso. Por tanto, la postura correcta es ofrecer con sencillez lo que hemos recibido.

Pero hay más. Nadie lo ha recibido todo, y de todos recibimos. Nadie es "La Luz", sino que tiene un poco de luz. Y todos, creyentes y no creyentes nos damos la luz de Dios.

Sólo así, dando lo que tenemos y recibiendo lo que nos dan, podemos ser hermanos en el caminar, revelándonos mutuamente a Dios. Pero es muy peligrosa esa "raza" de personas "religiosas" que dan gracias a Dios por ser como son. Deberíamos leer muchas veces la parábola del Fariseo y el Publicano: es una de las interpretaciones más logradas de "psicología religiosa", y, leída a fondo, nos interpela profundamente.

Pero es extraordinariamente importante descubrir, bajo estos signos, la revelación de Dios. Luz y Sal: Dios es luz y sal. Luz y sal es resaltar y potenciar todo lo positivo de la vida humana. ¿Quién ha dicho que Dios limita, impide, coarta...? Dios revela, potencia, ilumina, da sabor. La vida humana tiene color y sabor, y con Dios se ve mejor y sabe más. O entendemos así la Revelación de Jesús o estamos estropeando la buena noticia.

Y disfrutar con el estilo de Jesús. Ante todo, me gusta Jesús porque no define a Dios, porque no lo expresa en conceptos, sólo con metáforas, porque Dios no cabe en la razón, pero el ser humano es capaz de captarlo mejor que si lo entendiera.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1350-sal-y-luz-en-su-justa-medida.html

Ilustración: Tyrone Whitehorse:

https://www.sltrib.com/religion/2024/01/25/thats-not-jesus-lds-artists-team/

Padre S. Martín: Iglesia: Dos cismas, un mismo peligro: lefebvrianos y Alemania, que caminan sin Roma: https://www.youtube.com/watch?v=5uiEVOv0z24




sábado, 12 de abril de 2025

Desconcierto

 PREGUNTAS ANTE LA MUERTE DE JESÚS

(San Lucas, 22: 14-23, 56)

Fray Marcos (Rodríguez)

La liturgia de este domingo es sencillamente desconcertante. Empieza celebrando una entrada "triunfal", y termina recordando una muerte de lo más ignominiosa. Es francamente difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Escuetamente podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte.

Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en la ciudad santa es considerada como la meta última de toda su vida; "... porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén" (Lc 13,33).

En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo: paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Para Jesús, llegar a Jerusalén era acercarse a la muerte (pascua, paso), por tanto a la glorificación definitiva. Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre, manifestado en el servicio hasta la muerte.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? La respuesta es sencilla: Por lo mismo que fracasaría hoy si volviera con la misma propuesta. La salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos.

Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro "ego".

Nuestra pretensión es que Dios se acomode a nuestras apetencias. Para nada nos interesa acomodarnos a la "voluntad" de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios "quiere" para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en la individualidad está nuestro futuro.

No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera, porque no tiene "voluntad" a nuestra manera. Lo que Dios quiere es la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas.

Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no le libró del dolor ni de la muerte.

Cómo podemos interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios, sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Mucho menos, si lo consideramos como imprescindible condición por parte de Dios para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús.

Murió por nuestro pecado. El pecado del mundo es la opresión. Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio, incluida la vida.

La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió, era completamente lógico que lo eliminaran por insoportable. Su idea de Dios era diametralmente opuesta a la que tenía el estamento oficial.

Dios no está sólo en la resurrección, está siempre en el hombre, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios.

Es ésta una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Otra clave para orientarnos en estas fechas es esta: Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal el ser narración estricta de los que pasó, sino el trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos.

Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo.

Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lucas elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir, hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó.

Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona.

No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

La pregunta que se hacían era esta: ¿era Jesús el profeta, como creían algunos de los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le llevaba fuera de la religión judía?

La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él.

El desconcierto de los discípulos ante la condena y muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban un blasfemo?

¿Por qué murió? Sólo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su propia muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir, que Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le acarrearía la muerte.

Sabía perfectamente que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle y punto. Pero también sabía que los detentadores del poder no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabía como se las gastaban con aquellos que disentían de su programa. Sabiendo todo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén, donde estaba el verdadero peligro.

Que le importara más ser fiel a sí mismo y a Dios, que salvar la vida, es lo que nosotros debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el verdadero revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era Jesús. "Os conviene que yo me vaya..."

Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior y un conocimiento vivencial. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo... En esto consistió la experiencia pascual.

Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior. No hay explicación racional posible ante los acontecimientos que vamos a celebrar.

Meditación-contemplación

Muerte (por amor) = Vida.

Jesús, con su muerte, manifestó que la VIDA estaba en él.

Si la VIDA (Dios) estaba en él

¿qué podía temer de la muerte fisiológica?

La muerte ni añade ni quita nada a su verdadero SER.

La muerte no le puede arrebatar un ápice de VIDA

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La verdadera Vida está ya en mí.

Lo único que tengo que hacer es descubrirla.

Toda "muerte" (entrega, servicio) es signo de Vida.

Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de "muerte".

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La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.

No la encontraré en lo superficial y accidental.

Sólo entrando dentro de mí, muy adentro, más adentro;

descubriré lo esencial de mí mismo.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1958-preguntas-ante-la-muerte-de-jes%C3%BAs.html

Ilustración:  Eleanor Dickinson, Crucifixion of Dountes, 1988: 

https://mocra.wordpress.com/tag/contemporary-art/

Fotografía: Al finalizar la Misa, el Padre Jimmy de nuevo bendice las palmas en la Iglesia de la Coromoto de El Paraíso (CCS, 13/04/25).

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/1046913144161367

Padre S. Martín: Papa Francisco, sin sotana, san Pío X, anti-modernidad, Marcel Lefrebvre, índice de secularización, 

https://www.youtube.com/watch?v=_a1RJBpq9CM

Respuesta al Padre Sosa en torno a la indisolubilidad del matrimonio (2017) : 

https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=28669

Monseñor Biord: https://www.youtube.com/watch?v=7DfYjOB8PBc






Monseñor Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=cP3qSFQDkkc

Para la coincidencia y la discrepancia

  https://www.youtube.com/watch?v=3x0NBgVr4gk