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lunes, 31 de agosto de 2026

Regreso al planeta

DE LA POLÍTICA EXTERIOR EN EL MARCO DE UNA ESTATALIDAD PERDIDA

Luis Barragán

Demasiado evidente resulta ya la discapacidad creciente del Estado venezolano en el contexto internacional, consecuencia de la pretendida autosuficiencia de un poder político devenido despótico y de la devastación de sus capacidades infraestructurales,  destacando las especializadas en política exterior. La pérdida progresiva de esa capacidad estatal ha comprometido a lo largo del presente siglo, la independencia republicana, fenómeno iniciado con el ascenso de Hugo Chávez y perfeccionado por sus sucesores – subrayemos – desde muy antes del consabido 3-E.

Siguiendo a Michael Mann, conviene distinguir entre el poder despótico del Estado, referido a la autonomía de quienes lo dirigen para adoptar decisiones, y su poder infraestructural, relativo a la capacidad de hacerlas efectivas de manera organizada y sostenida en la sociedad. El chavismo llevó a extremos la hipertrofia del primero mientras devastaba el segundo hasta convertir la voluntad política circunstancial en sustituto de las capacidades institucionales que requerían de especialización, continuidad y profesionalización.

En materia exterior, la política del Estado terminó haciéndose inseparable de la personalidad presidencial y de sus intereses políticos al mismo tiempo que se confundía adrede con las relaciones internacionales y se apelaba a fórmulas como la llamada “diplomacia de los pueblos”. De allí provinieron iniciativas insostenibles de integración continental, alianzas con actores extrahemisféricos y hasta compromisos contraproducentes en materia territorial, mientras la República perdía la posibilidad de sostener una política exterior propia, profesional y permanente.

Tamaño esfuerzo, ocupado el Ejecutivo en diligenciarlo todo, golpeó severamente las capacidades políticas y técnicas de la cancillería, partidizándola hasta desprofesionalizarla y desestabilizar la propia carrera diplomática. Bastaba así el activismo político del canciller para suplir lo que antes correspondía a una institucionalidad especializada, como puede ilustrarlo, con particular nitidez, la prolongada gestión de Nicolás Maduro al frente de la cartera.

No deja de resultar paradójico que algunos de quienes durante larguísimo tiempo ocuparon posiciones privilegiadas de poder clamen ahora a los cielos con estridencia contra la influencia extranjera, señalando casi exclusivamente hacia el norte. Más paradójico todavía es que semejante denuncia provenga de quienes, después de debilitar deliberadamente las capacidades republicanas, terminaron entregando importantes espacios de decisión precisamente a intereses externos que hoy dicen repudiar. Sin embargo, la cuestión no está en sustituir una dependencia por otra.

Así las cosas, resulta imposible que escurran sus responsabilidades quienes nos hicieron decididamente dependientes, colonizables y, en definitiva vulnerables: criticaron décadas muy atrás como vende-patrias a los que lograron nacionalizar la industria petrolera e hicieron de PDVSA una de las transnacionales más importantes del mundo, dejando como resultado de casi tres décadas e socialismo la desnacionalización práctica de una industria quebrada y endeudada. Importa reconocer, sobre todo, que un Estado sin capacidades propias queda expuesto a las presiones externas, cualquiera sea su procedencia, y pierde margen para defender con eficacia sus intereses nacionales, como la lección más dramática no nos arroja en la cara el interinato presidencial.

Nada ocioso sería, por ello, que legos y entendidos, en la opinión pública, los círculos gremiales y, esencialmente, los académicos, así como las direcciones partidistas, impulsen un debate abierto sobre la política internacional venezolana dentro de un proceso que conduzca finalmente a la transición. Recuperar la credibilidad republicana exige reequilibrar las complejas relaciones exteriores y fortalecer los mecanismos permanentes del Estado mediante un capital humano de calificada trayectoria y solvencia moral.

Deberá rescatarse la experiencia institucional que alguna vez permitió disponer de una cancillería confiable, junto con mecanismos como el Consejo Asesor de Relaciones Exteriores (CARE) y otras iniciativas susceptibles de actualización, sin caer por ello en nostalgias institucionales ni en la simple restauración del pasado. Por lo pronto, lucen prioritarias la despartidización de la política exterior, la recuperación de una diplomacia profesionalizada y la atención sostenida a la inmensa diáspora venezolana.

Una futura transición no puede limitarse a realinear a Venezuela con los principios y valores occidentales, por legítima que sea su recuperación, sino que debe reconstruir la capacidad del Estado para idear, diseñar e implementar una política exterior propia. Se trata, en definitiva, de recobrar la independencia republicana mediante instituciones capaces de sostener nuestros legítimos intereses, ejercer la soberanía y honrar responsablemente los compromisos internacionales contraídos.

Ilustración: IA/lb 

31/08/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44879-de-la-politica-exterior-en-el-marco-de-una-estatalidad-perdida

martes, 30 de junio de 2026

Eppur si muove

SISMICIDAD Y ESTADO

Luis Barragán

Frecuentemente, la supervivencia consciente a un desastre natural de regulares o extraordinarias dimensiones entraña una radical experiencia humana. Lo es tanto que no puede comprenderse sin una adecuada perspectiva del Estado y de sus capacidades, lejos de la tentación de una ciega defensa o ataque al gobierno, aunque es evidente que, en el caso reciente del estado Vargas, los efectivos de la Fuerza Armada han tardado o tardaron demasiado en actuar, como ejemplo de lo más o menos organizado que queda del Estado.

Una somera revisión de la vieja prensa nos muestra aquellos fenómenos naturales como el terremoto que vivimos de muy niños en julio de 1967, con particularidades como el temprano vaticinio hecho por mentalistas y otros oficiantes del sortilegio y la previa advertencia de los especialistas en torno a las consecuencias sociales, jurídicas y políticas para la ciudad que celebró el cuatricentenario de su fundación. Hubo errores y limitaciones de un Estado que cumplía con sus funciones más elementales, aunque respondió diligente e inmediatamente en términos de información y orientación pública, prevención y protección civil, coordinación y memoria institucional, normas de (re)construcción y rendición de cuentas a juzgar por el libre ejercicio de los medios y las exigencias de los cuerpos deliberantes parlamentarios y edilicios.

Casi sesenta años después, en un contexto completamente desfavorable, repetida la tragedia del litoral central de casi tres décadas atrás, nos azotan dos terremotos en el centro norte costero con las nefastas consecuencias para una población inocente, sorprendida y desentrenada para estos menesteres de la supervivencia que la sobrepasan material y anímicamente. Desde hace más de una década, de un modo u otro, estuvo planteada la posibilidad de un fortísimo movimiento telúrico, incluso, desde los órganos del Poder Público [1], pero – creyéndonos en una perpetua estabilidad – nos confiamos irresponsablemente y a esto contribuyó el poderoso imaginario de un estado Vargas de condiciones tan estables como para los nuevos desarrollos urbanos en lugares antes trágicamente afectados, susceptibles de una serísima investigación administrativa y penal.

Importa comprender cabalmente la situación para superarla, en relación a las capacidades estatales, los protocolos de seguridad, la inmediata búsqueda y hallazgo de las personas desaparecidas, y hasta la posibilidad de un debate público necesario, sereno y convincente en la materia. Mayor razón al tratarse de una eventual transición política que requiere de la recuperación efectiva del Estado democrático que está más acá y más allá de un relevo de sus elencos de conducción.

El problema no se resuelve con el solo desplazamiento del régimen autoritario y la celebración de los comicios democráticos y ni siquiera con una nueva Constitución, manteniéndose en pie la cultura de la fuerza, pues la reconstrucción institucional exige cambios en la praxis política, confianza en las instituciones y una relación alternativa entre la ciudadanía y el Estado. Por consiguiente, es urgente reconocer que necesitamos una transición cultural que escape a todo mesianismo clientelar tan arraigado en este siglo, al que pudieran aportar los actores políticos de un proceso no lineal de cambio previa revisión de aquel equipaje espiritual y ético que puede retardar la transición entre marchas y contramarchas, diagnósticos y correcciones, metas y prácticas de una ineludible competencia que la deseamos leal, honesta y constructiva.

Es significativo que un científico social, como Hugo Celso Felipe Mansilla, confirme nuestros supuestos, pues, aunque no escribió una obra abundante y directamente relacionada con la materia, en un breve y específico ensayo – criticando el enfoque exclusivamente institucional de las transiciones – insistió en que era insuficiente el empleo de la ingeniería política, los cambios institucionales y una economía de libre mercado, preservando prácticas cotidianas premodernas, particularistas y hasta irracionales. La urgencia es la de construir una cultura democrática que le dé una vigorosa sustentación al Estado de Derecho a mediano y largo plazo, fundado en el bien común [2].

Los desastres naturales no distinguen entre generaciones, posiciones ideológicas y regímenes político-económicos, sino entre la capacidad o incapacidad de una sociedad para protegerse, estabilizarse y rehacerse al emerger la ciudadanía por encima de la victimidad reductora de las autoridades. Venezuela necesitará reconstruir viviendas, infraestructuras y comunidades al igual que la confianza en un Estado dispuesto a prevenir y actuar, coordinar e informar, orientar y responder: tarea inseparable de la transición hacia una libre y duradera democracia. 

[1]  A modo de ilustración:

http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/6290-de-una-catastrofe-previa

https://lapatilla.com/2016/06/13/luis-barragan-sismicidad/

https://lapatilla.com/2016/06/28/diputado-barragan-la-mania-protagonica-de-maduro-se-impone-ante-las-emergencias-que-el-ha-creado/

[2] H.C.F. Mansilla (2000) “Los límites de la democracia contemporánea y de las teorías de la transición”, en: Nueva Sociedad, Caracas, N° 166 de marzo-abril: 62-75.

Reproducción: Portada de la revista Élite, Caracas, 1967.

Fotografía: Catia La Mar. Federico Parra (AFP). La Vanguardia 26/06/26.

30/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/sismicidad-y-estado/

Cfr.

https://encuentrociudadano.org/nacionales/delsa-solorzano-denuncia-incapacidad-estatal-tras-el-devastador-doble-terremoto/

¿Disparar a discreción?

Los enemigos de la transición Luis Barragán   Quizá pudiera parecer prematura una consideración en torno a los adversarios de la transic...