SISMICIDAD Y ESTADO
Frecuentemente, la supervivencia consciente a un desastre
natural de regulares o extraordinarias dimensiones, entraña una radical
experiencia humana. Y lo es tanto que no puede comprenderse sin una adecuada
perspectiva del Estado y de sus capacidades, lejos de la tentación de una ciega
defensa o ataque al gobierno, aunque es evidente que, en el caso reciente del
estado Vargas, los efectivos de la Fuerza Armada han tardado o tardaron
demasiado en actuar, como ejemplo de lo más o menos organizado que queda del
Estado.
Una somera revisión de la vieja prensa nos muestra
aquellos fenómenos naturales como el terremoto que vivimos de muy niños en
julio de 1967, con particularidades como el temprano vaticinio hecho por
mentalistas y otros oficiantes del sortilegio; la previa advertencia de los
especialistas en torno a las consecuencias sociales, jurídicas y políticas para
la ciudad que celebró el cuatricentenario de su fundación. Hubo errores y
limitaciones de un Estado que cumplía con sus funciones más elementales, aunque
respondió diligente e inmediatamente en términos de información y orientación
pública, prevención y protección civil, coordinación y memoria institucional,
normas de (re)construcción y rendición de cuentas a juzgar por el libre
ejercicio de los medios y las exigencias de los cuerpos deliberantes
parlamentarios y edilicios.
Casi sesenta años después, en un contexto
completamente desfavorable, repetida la tragedia del litoral central de casi
tres décadas atrás, nos azotan dos terremotos en el centro norte costero con
las nefastas consecuencias para una población inocente, sorprendida y
desentrenada para estos menesteres de la supervivencia que la sobrepasan
material y anímicamente. Desde hace más de una década, de un modo u otro,
estuvo planteada la posibilidad de un fortísimo movimiento telúrico, incluso,
desde los órganos del Poder Público [1], pero – creyéndonos
en una perpetua estabilidad – nos confiamos irresponsablemente y a esto
contribuyó el poderoso imaginario de un estado Vargas de condiciones tan
estables como para los nuevos desarrollos urbanos en lugares antes trágicamente
afectados, susceptibles de una serísima investigación administrativa y penal.
Importa comprender cabalmente la situación para
superarla, en relación a las capacidades estatales, los protocolos de seguridad,
la inmediata búsqueda y hallazgo de las personas desaparecidas, y hasta la
posibilidad de un debate público necesario, sereno y convincente en la materia.
Mayor razón al tratarse de una eventual transición política que requiere de la
recuperación efectiva del Estado democrático que está más acá y más allá de un
relevo de sus elencos de conducción.
El problema no se resuelve con el solo desplazamiento
del régimen autoritario y la celebración de los comicios democráticos y ni
siquiera con una nueva Constitución, manteniéndose en pie la cultura de la
fuerza, pues la reconstrucción institucional exige cambios en la praxis
política, confianza en las instituciones y una relación alternativa entre la
ciudadanía y el Estado. Por consiguiente, es urgente reconocer que urgimos de
una transición cultural que escape a todo mesianismo clientelar tan arraigado
en este siglo, al que pudieran aportar los actores políticos de un proceso no
lineal de cambio previa revisión de aquel equipaje espiritual y ético que puede
retardar la transición entre marchas y contramarchas, diagnósticos y
correcciones, metas y prácticas de una ineludible competencia que la deseamos
leal, honesta y constructiva.
Los desastres naturales no distinguen entre
generaciones, posiciones ideológicas y regímenes político-económicos, sino
entre la capacidad o incapacidad de una sociedad para protegerse, estabilizarse
y rehacerse al emerger la ciudadanía por encima de la victimidad reductora de
las autoridades. Venezuela necesitará reconstruir viviendas, infraestructuras y
comunidades al igual que la confianza en un Estado dispuesto a prevenir y
actuar, coordinar e informar, orientar y responder: tarea inseparable de la
transición hacia una libre y duradera democracia.
[1] A modo de ilustración:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/6290-de-una-catastrofe-previa
https://lapatilla.com/2016/06/13/luis-barragan-sismicidad/
[2] H.C.F. Mansilla (2000) “Los límites de la democracia contemporánea y
de las teorías de la transición”, en: Nueva Sociedad, Caracas, N° 166
de marzo-abril: 62-75.
Reproducción: Portada de la revista Élite, Caracas, 1967.
Fotografía: Catia La Mar. Federico Parra (AFP). La Vanguardia 26/06/26.
30/06/2026:


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