lunes, 29 de junio de 2026

Autoconstrucción cultural

CÓDIGO 

Hermann Alvino (*)

He leído con atención la reseña sobre tu llamado de alerta, efectuado hace años, acerca de las medidas que debían tomarse en caso de catástrofes como la de los terremotos. Es inútil insistir en que el país no está preparado, porque nunca lo estuvo. Recordemos El Limón, en Aragua, por ejemplo, en plena democracia.

Y no está preparado porque en el código cultural venezolano no existe el concepto de prevención ni de mantenimiento, aunque tampoco conviene autoflagelarnos, pues esa carencia está presente en casi todos los países no angloparlantes, España incluida. Si observas el estado de las carreteras o de las instalaciones urbanas básicas, verás algo muy similar a lo que se aprecia en Venezuela, especialmente cuando esa prevención y ese mantenimiento dependen de los gobiernos locales.

Yo estoy convencido de que la degradación de los partidos ha acelerado este descuido, porque, si la ciudadanía no participa en la vida partidista, terminan colándose los trepadores y los incompetentes, quienes al final serán los candidatos y, posteriormente, los gobernantes electos.

Pero, apartando ese tema, la misma degradación generalizada de la estructura pública venezolana, incluyendo la de la era democrática, se debe a la inexistencia de una cultura de prevención y mantenimiento. Yo puedo hablar de lo que recibimos de los adecos en 1979: el IMAU, el aeropuerto, el IMTC, los huecos de las calles, etc. Pero también puedo hablar de lo que encontramos cuando Pedro Pablo dejó la Secretaría General de COPEI y entramos al edificio de Zamuro con Dr. Díaz: una pocilga. Para sus usuarios aquello no era de nadie, exactamente igual que ocurre con la infraestructura venezolana.

Las empresas públicas caraqueñas, de las que me ocupé durante algunos años, daban vergüenza ajena, y ya sabemos cuánto se robaron. Lo mismo ocurría con las oficinas públicas: los escritorios, los baños, la iluminación, las escaleras... Todo estaba destrozado y deteriorado. Pero no creas que con LHC la situación mejoró mucho, porque el código cultural copeyano era el mismo que el del resto de los paisanos.

Un ejemplo sencillo de esa ausencia de prevención lo viví apenas me encargué del aeropuerto. Lo primero que hice fue revisar el sistema de emergencia, el cual descansaba sobre cinco enormes plantas eléctricas, algo apartadas de los edificios que todos conocen. No encendían porque no tenían baterías. Las compré por caja chica y, en dos horas, ya funcionaban. Pero no suministraban electricidad donde debían, porque los amigotes habían desviado el cableado hacia la farmacia, el banco, la librería y la hamburguesería, en lugar de llevarlo a la pista, a las correas de equipaje y a los sistemas de apoyo aéreo. De inmediato ordené restituir todo como era debido y, a los dos días, una tormenta con rayos reventó la central eléctrica de Catia La Mar. Toda la región quedó sin electricidad, menos los sistemas vitales del aeropuerto.

Por supuesto, la fama de brujo —similar a la tuya, reflejada en la reseña que enviaste— no era más que producto del sentido común y del deber. Ese aviso tuyo sobre lo que podría venir yo lo hice, más o menos de manera similar, en la Comisión de Administración y Servicios del Senado, cuando me tocó estar allí. En aquella oportunidad era con relación al Metro. Y mira cómo ha quedado ese pobre sistema de transporte bajo el mantenimiento del chavismo, al igual que CADAFE, el suministro de agua y la propia PDVSA. El fondo del problema es exactamente el mismo, y roguemos que no se repita la tragedia de la represa mirandina, aunque esta vez en grande, con las de Guayana.

El deterioro de lo público, entonces, se explica porque a nadie le importa, porque se piensa que eso no es de nadie. ¿Cómo pueden caerse las vigas del terminal aéreo? Pues porque durante cuarenta años nadie revisó las soldaduras ni el inevitable avance de la corrosión sobre las cabillas dentro del concreto, en un entorno con salitre, además. Y así podemos describir prácticamente todo lo que el país construyó desde los años cincuenta, pasando incluso por los pasillos de la UCV, que se derrumban solos.

Así que no solamente la corrupción y la irresponsabilidad causan muchas muertes al construir mal, al no revisar ni mantener debidamente las obras, mientras se cobra por servicios que nunca se prestan y se pagan completas construcciones defectuosas. Se trata también de un problema cultural que va desde ensuciar las calles arrojando cualquier cosa hasta robarse los tapones de los lavamanos públicos. ¿Cómo se puede destruir literalmente un camión del aseo urbano, por más que exista un mal uso del vehículo? Lo mismo ocurre con los ascensores y las escaleras mecánicas. Todo lo que tocamos lo convertimos en chatarra y, finalmente, en rancho.

Todo ese conjunto de problemas sale a relucir cuando ocurre un terremoto. Demasiado han resistido las torres de El Silencio y las de Parque Central, pese a casi medio siglo de abandono. Y, claro está, cuando esa ausencia del concepto de prevención se traslada a la organización y a la gobernanza, vemos cómo el Estado se paraliza por falta de recursos materiales y humanos, por no entrenar debidamente a los cuerpos especializados, por no educar a la población, etc.

No es de recibo que, en Hiroshima y Nagasaki, apenas dos días después de haber sufrido el lanzamiento de las bombas atómicas, ya circularan algunas líneas de autobuses por las zonas afectadas. Ni hablemos de la preparación frente a terremotos y maremotos. Japón y China, al igual que los países angloparlantes, Alemania y otros similares, tienen muy claro el valor de la prevención; también, en cierta medida, Francia. Pero, si recorres el ámbito hispanohablante, además de Italia, Grecia, Pakistán y otros países, encontrarás realidades muy parecidas a la venezolana: ahí están los deslaves en Colombia o los terremotos de Chile, México y Nicaragua.

Es nuestro destino, aunque, en buena medida, nosotros mismos lo hemos construido. Y solo queda esperar la próxima tragedia.

(*) Respuesta de H.A. a nuestro texto:

https://apuntaje.blogspot.com/2026/06/es-que-ya-estaban-prescritas-todas-las.html

Fotografías: The New York Times, NY, 28/06/2026.

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