CÓDIGO
Hermann Alvino (*)
He leído con atención la
reseña sobre tu llamado de alerta, efectuado hace años, acerca de las medidas
que debían tomarse en caso de catástrofes como la de los terremotos. Es inútil
insistir en que el país no está preparado, porque nunca lo estuvo. Recordemos
El Limón, en Aragua, por ejemplo, en plena democracia.
Y no está preparado porque
en el código cultural venezolano no existe el concepto de prevención ni de
mantenimiento, aunque tampoco conviene autoflagelarnos, pues esa carencia está
presente en casi todos los países no angloparlantes, España incluida. Si
observas el estado de las carreteras o de las instalaciones urbanas básicas,
verás algo muy similar a lo que se aprecia en Venezuela, especialmente cuando
esa prevención y ese mantenimiento dependen de los gobiernos locales.
Yo estoy convencido de que
la degradación de los partidos ha acelerado este descuido, porque, si la
ciudadanía no participa en la vida partidista, terminan colándose los
trepadores y los incompetentes, quienes al final serán los candidatos y,
posteriormente, los gobernantes electos.
Pero, apartando ese tema, la
misma degradación generalizada de la estructura pública venezolana, incluyendo
la de la era democrática, se debe a la inexistencia de una cultura de
prevención y mantenimiento. Yo puedo hablar de lo que recibimos de los adecos en
1979: el IMAU, el aeropuerto, el IMTC, los huecos de las calles, etc. Pero
también puedo hablar de lo que encontramos cuando Pedro Pablo dejó la
Secretaría General de COPEI y entramos al edificio de Zamuro con Dr. Díaz: una
pocilga. Para sus usuarios aquello no era de nadie, exactamente igual que
ocurre con la infraestructura venezolana.
Las empresas públicas
caraqueñas, de las que me ocupé durante algunos años, daban vergüenza ajena, y
ya sabemos cuánto se robaron. Lo mismo ocurría con las oficinas públicas: los
escritorios, los baños, la iluminación, las escaleras... Todo estaba destrozado
y deteriorado. Pero no creas que con LHC la situación mejoró mucho, porque el
código cultural copeyano era el mismo que el del resto de los paisanos.
Un ejemplo sencillo de esa
ausencia de prevención lo viví apenas me encargué del aeropuerto. Lo primero
que hice fue revisar el sistema de emergencia, el cual descansaba sobre cinco
enormes plantas eléctricas, algo apartadas de los edificios que todos conocen.
No encendían porque no tenían baterías. Las compré por caja chica y, en dos
horas, ya funcionaban. Pero no suministraban electricidad donde debían, porque
los amigotes habían desviado el cableado hacia la farmacia, el banco, la
librería y la hamburguesería, en lugar de llevarlo a la pista, a las correas de
equipaje y a los sistemas de apoyo aéreo. De inmediato ordené restituir todo
como era debido y, a los dos días, una tormenta con rayos reventó la central
eléctrica de Catia La Mar. Toda la región quedó sin electricidad, menos los
sistemas vitales del aeropuerto.
Por supuesto, la fama de
brujo —similar a la tuya, reflejada en la reseña que enviaste— no era más que
producto del sentido común y del deber. Ese aviso tuyo sobre lo que podría
venir yo lo hice, más o menos de manera similar, en la Comisión de
Administración y Servicios del Senado, cuando me tocó estar allí. En aquella
oportunidad era con relación al Metro. Y mira cómo ha quedado ese pobre sistema
de transporte bajo el mantenimiento del chavismo, al igual que CADAFE, el
suministro de agua y la propia PDVSA. El fondo del problema es exactamente el
mismo, y roguemos que no se repita la tragedia de la represa mirandina, aunque
esta vez en grande, con las de Guayana.
El deterioro de lo público,
entonces, se explica porque a nadie le importa, porque se piensa que eso no es
de nadie. ¿Cómo pueden caerse las vigas del terminal aéreo? Pues porque durante
cuarenta años nadie revisó las soldaduras ni el inevitable avance de la
corrosión sobre las cabillas dentro del concreto, en un entorno con salitre,
además. Y así podemos describir prácticamente todo lo que el país construyó
desde los años cincuenta, pasando incluso por los pasillos de la UCV, que se
derrumban solos.
Así que no solamente la
corrupción y la irresponsabilidad causan muchas muertes al construir mal, al no
revisar ni mantener debidamente las obras, mientras se cobra por servicios que
nunca se prestan y se pagan completas construcciones defectuosas. Se trata
también de un problema cultural que va desde ensuciar las calles arrojando
cualquier cosa hasta robarse los tapones de los lavamanos públicos. ¿Cómo se
puede destruir literalmente un camión del aseo urbano, por más que exista un
mal uso del vehículo? Lo mismo ocurre con los ascensores y las escaleras
mecánicas. Todo lo que tocamos lo convertimos en chatarra y, finalmente, en
rancho.
Todo ese conjunto de
problemas sale a relucir cuando ocurre un terremoto. Demasiado han resistido
las torres de El Silencio y las de Parque Central, pese a casi medio siglo de
abandono. Y, claro está, cuando esa ausencia del concepto de prevención se
traslada a la organización y a la gobernanza, vemos cómo el Estado se paraliza
por falta de recursos materiales y humanos, por no entrenar debidamente a los
cuerpos especializados, por no educar a la población, etc.
No es de recibo que, en
Hiroshima y Nagasaki, apenas dos días después de haber sufrido el lanzamiento
de las bombas atómicas, ya circularan algunas líneas de autobuses por las zonas
afectadas. Ni hablemos de la preparación frente a terremotos y maremotos. Japón
y China, al igual que los países angloparlantes, Alemania y otros similares,
tienen muy claro el valor de la prevención; también, en cierta medida, Francia.
Pero, si recorres el ámbito hispanohablante, además de Italia, Grecia, Pakistán
y otros países, encontrarás realidades muy parecidas a la venezolana: ahí están
los deslaves en Colombia o los terremotos de Chile, México y Nicaragua.
Es nuestro destino, aunque,
en buena medida, nosotros mismos lo hemos construido. Y solo queda esperar la
próxima tragedia.
(*) Respuesta de H.A. a
nuestro texto:
https://apuntaje.blogspot.com/2026/06/es-que-ya-estaban-prescritas-todas-las.html
Fotografías: The New York Times, NY, 28/06/2026.


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