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jueves, 8 de mayo de 2025

Lumpanario

DE LA HISTORICIDAD DE LA POBREZA

José Rafael Herrera

No siempre la verdad coincide con la certeza ni el tiempo histórico con el tiempo cronológico.  La Scienza Nuova, de Giambattista Vico, da cuenta de esta inadecuación de verdades y tiempos, a consecuencia de la cual, ubicados dentro de un mismo período de la historia; sin embargo, existen sociedades que presentan retardo respecto de otras. Unos viven a la altura de su tiempo. Otros muestran la disposición de alcanzarla. Pero hay otros que se mantienen en lo que Vico caracteriza como la barbarie ritornata, esa suerte de vuelta atrás -o ricorso– que afecta a las sociedades en su devenir histórico, que las hace retroceder objetivamente, no solo respecto de otras sino, incluso, respecto de sí mismas. Todo lo cual permite comprender el hecho de que el actual tiempo histórico venezolano no coincida con su tiempo cronológico y, más aún, que el uno y el otro hayan ido lenta y progresivamente disociándose sin que la mayor parte de sus actores cotidianos se hayan percatado de ello, porque el inicio de toda elaboración crítica, de toda autoconsciencia, resulta de lo que realmente se es. El socrático “conócete a ti mismo” es producto de la comprensión del proceso de la propia historia.

Mucha agua -¡y mucha sangre!- ha corrido desde los tiempos de “la gran Venezuela” de los años setenta, la del dólar “a 4,30” y la del “’tá barato”. Durante buena parte de esa década, en efecto, Venezuela vivió, si no su mayor época de esplendor, por lo menos, una de sus épocas de mayor gloria. Fue en aquellos años que se consolidó la clase media profesional y técnica venezolana. Por primera vez en la historia del país, una enorme cantidad de jóvenes ingresaron a los liceos, institutos tecnológicos y universidades. Miles pudieron hacer sus posgrados en el extranjero, en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, entre otros países. Los venezolanos se profesionalizaron masivamente y se especializaron como nunca antes en su historia. Se multiplicaron los que tenían un segundo y hasta un tercer idioma. 

No pocos se casaron en el exterior y regresaron con sus parejas al pujante país de las oportunidades. Venezuela se fue volviendo cosmopolita. El empleo creció, tanto como las urbanizaciones, la vialidad, la industria automotriz, las escuelas, los liceos, las universidades, los centros hospitalarios. El teatro, el cine, la danza clásica y la contemporánea, la plástica, la buena música -la clásica, el rock, el jazz, el blues o las manifestaciones de una música nacional y caribeña de vanguardia y ciertamente creativa-, las galerías de arte, las librerías especializadas y los cafés -también las cervecerías y los “centros nocturnos”- tuvieron su época de gloria. Profesores universitarios de las más variadas disciplinas, provenientes de otras latitudes, llegaban por docenas para formar el futuro del país. En fin, la envidia de una América Latina impotente, quebrada y militarizada, tradicionalmente acostumbrada a mirar con resentimiento al “Imperio” y sus “vástagos lacayos”. Venezuela se presentó ante el mundo como “un país para querer” y como “el más bello secreto del Caribe”. La Venezuela democrática se encaminaba a la conquista de la coincidencia viquiana de tiempo histórico y tiempo cronológico. País, por lo demás, tolerante, sin prejuicios, de mezclas y contrastes, con un solo, único e histórico antagonismo esencial: la ya casi centenaria rivalidad de Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes. La diferencia como sujeto y objeto de celebración. La democracia in der Praktischen.

Hasta que, a mediados de los años ochenta, con la abrupta caída de los precios del petróleo y el subsiguiente “viernes negro”, las momias de la barbarie decimonónica comenzaron a salir de sus tumbas bajo el ropaje de populismo. Su mirada siempre estuvo puesta sobre un grueso sector de la población: los habitantes de los marginados “cinturones de miseria” que, rezagados en relación con la pujante clase media “en ascenso”, anhelaban la llegada de un “vengador” para asaltar las instituciones y saquear el país. Manipulados primero y desencantados después, con ellos fue, poco a poco, creciendo el odio, el resentimiento social, las “ganas” contra aquellos a los que llamaban “los burguesitos”. Los desaciertos políticos de los “cogollos”, las ambiciones personalísimas, la prepotencia no exenta de zancadillas y golpes bajos, la imposición de “modelos” económicos absolutamente abstractos -llevados de la mano por la fe ciega en la ratio instrumental-, ajenos al contexto histórico, social, y cultural del país así como el amenazante crecimiento de la corrupción administrativa, sirvieron de gran “telón de fondo” de lo que terminó explotando aquel aciago 27 de febrero de 1989, al son del estribillo de «Por estas calles». El ricorso apenas iniciaba.

La mesa estaba servida para el resurgimiento de la peste militarista, esta vez entrelazada con el más primitivo y reaccionario de los izquierdismos, alimentado por el stalinismo y el maoísmo, es decir, por la negación del propio marxismo, dada la marcada inclinación totalitaria y autocrática que tanto le repugnaba al Marx de los Manuscritos de París, del Manifiesto o del XVIII de Brumario. Supieron, no obstante, aprovechar el momento de crisis. Estaban dadas las “condiciones” para capitalizar el descontento no solo del lumpen, sino también de una clase media decepcionada que veía, no sin desparpajo, cómo se hundían sus deseos de ascenso social. Una necesidad de ascenso rota que ahora se identificaba con el lumpen iracundo. Las fallidas intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre acrecentaron los deseos de liquidar el ejercicio democrático y mostraron a los golpistas como un grupo de enviados del cielo, como Ángeles en rebelión. Una vez más, el mito del “hombre fuerte” que iba a enderezar el camino y acabar con la corrupción, la inmoralidad y las “malas prácticas” de “los políticos”, se hizo carne viviente. Finalmente, el Robin Hood de Sabaneta fue electo por una mayoría contundente, sedienta de venganza social y de “mano dura”: “¡Que la tortilla se vuelva!”, dice una vieja canción suramericana, atravesada de cabo a rabo por el resentimiento transmutado en evangelio. Pues bien, los resultados están a la vista de todos.

De hecho, la “tortilla” se ha hecho una inmensa “torta”, y efectivamente fue volteada. La tripleta “caudillo, ejército y pueblo” de Ceresole devino lumpen armado: gansterato. La distancia entre el tiempo histórico y el cronológico presenta las características de abismo. El lado ‘crudo’ de la “tortilla” convirtió en carbón al lado ‘cocido’. Se “vive” para el día, amenazados por la barbarie ritornata descrita por Vico. Hoy por hoy, la creación, la producción, el “hacer”, son los “enemigos”. La estética que ahora impera carece de colorido y vivacidad. Es la del miserable ladrillo, el zinc y el reguetón. La verdad se confunde con la ficción y la moral es la venganza -la “culebra” del barrio-, inmanente a la malandritud de un abierto predominio lumpen-fascista. Una relación dialéctica, como se podrá observar, muy poco dialéctica, si por esta se comprende la oposición que, necesariamente y tras la cruenta confrontación, conquista el recíproco reconocimiento. En efecto, no lo hay. La dialéctica de «señorío y servidumbre» no consiste, como suele representarse el maniqueísmo, en que el señor se transforme en siervo y el siervo en señor, sino que tanto el uno como el otro sean “señor del señor y del siervo”. La “dialéctica de la tortilla” terminó por arrinconar a la “clase media en ascenso” hasta echarle en cara el epíteto zahiriente de “marginal”. La clase media ya no lo es y cada vez se extingue más. La actualmente exigua, sobreviviente, desesperanzada y moribunda clase media ha devenido evidencia patente de la inadecuación del presente con la historia.   

08/05/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/de-la-historicidad-de-la-pobreza/

Ilustración: Adrian Gruszecki}.

miércoles, 12 de octubre de 2022

¿Sólo genéricamente fascista?

DEL COMUNISMO AL GANSTERISMO: LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN DE MADURO

Humberto García Larralde 

Preocupación permanente del liderazgo opositor en su lucha por la democracia ha sido saber a qué nos enfrentamos. El aprendizaje ha sido duro. La ilusión de que el régimen bolivariano entraría en razón ante las protestas y denuncias de derechos violados, o que se deslegitimaría con la abstención electoral, se estrellaron contra la férrea determinación de Chávez de ignorar reglas de juego que consideraba de la “democracia burguesa”. Como “revolucionario”, estaba comprometido con la “refundación de la patria”, tarea histórica que no admitía concesiones al adversario –ahora enemigo— en respeto al juego político tradicional. Evitó ser desarmado en la prosecución de su misión desmantelando las instituciones de la democracia liberal y rompiendo con el orden constitucional que él mismo había prohijado al comenzar. Su carisma, el deterioro de los partidos tradicionales y las prácticas populistas que le permitió financiar la renta petrolera, lograron cautivar a amplios sectores de la población, galvanizados tras de sí por una retórica maniquea que proyectaba a quienes lo enfrentaban como enemigos del pueblo.

Resultó que Chávez no era sólo un líder heterodoxo, difícil de encasillar conforme a cánones conocidos.  No era demócrata. ¿Dónde ubicarlo, entonces? Su prédica populista, confrontacional, intolerante y militarista, junto a otros aspectos de su conducta, suscitaron la obvia tipificación de fascista. Pero, no en los términos denigratorios con que cierta izquierda descalifica a sus detractores, sino en atención a los rasgos fundamentales que caracterizan lo que algunos analistas (1) llaman “fascismo genérico”: la lucha política entendida como la guerra por otros medios, la invocación de épicas mitificadas que animan al “verdadero” pueblo –noble, puro y homogéneo— al combate contra sus enemigos, tanto internos como externos, la pasión por encima de la razón como fuerza movilizadora y un patrioterismo extremo. Ello se acompañó con la violencia callejera como medio de lucha, la regimentación partidaria en movimientos paramilitares “de camisa”, la militarización de la sociedad y el culto a la muerte -“Patria, socialismo o muerte”. Todo ello cobijado en una falsa realidad construida con base en un discurso maniqueo lleno de odios contra los adversarios, el cercenamiento de las libertades, el sometimiento de la población a la voluntad de un carismático líder, la discriminación de la disidencia y la imposición de una verdad única. Dada la distancia con respecto al fascismo clásico de los años 20 y 30 del siglo pasado, y en atención a las particularidades que le tocó vivir, cabe el uso del término “neofascista” en referencia a Chávez.

Pero con su alegre entrega a la tutela de Fidel Castro y el protagonismo de un núcleo de la vieja izquierda entre sus partidarios, Chávez asumió un porte filocomunista para su “revolución”. Le permitió heredar clichés e imaginarios de la mitología comunista, dándole mayor cuerpo a sus inflamas contra el “imperio”. Propuso implantar un “socialismo del siglo XXI”, con lo cual se granjeó simpatías entre sectores izquierdosos a nivel mundial. Dio pie a que se tildase a su régimen de comunista o “castrocomunista”. Sin embargo, salvando la deriva hacia categorías retóricas afines al marxismo, su comportamiento político cambió muy poco con respecto a la matriz fascista original. Puede argumentarse, al respecto, la similitud del comunismo con el fascismo en cuanto a su naturaleza proto-totalitaria.

Empero, hay una importante diferencia que incide en la calificación del régimen chavo-madurista actual. El fascismo no fue un movimiento doctrinario. Careció de una visión omnicomprensiva de la realidad a partir de la cual entresacar las claves de la conducta partidaria. Sus posturas ideológicas se construían en respuesta a los imperativos de lucha contra quienes identificaba como enemigos. El comunismo, al contrario, se cimentaba en una escolástica marxiana adosada con prescripciones políticas de Lenin en su lucha contra el régimen zarista, sistematizada por Stalin. Entre sus implicaciones doctrinarias, destaca un criterio de verdad que se define por su funcionalidad para con la revolución. Si la superación del capitalismo por el socialismo es inevitable, como pronostica el materialismo histórico, todo lo que facilita tal desenlace es, por tanto, verdad, impermeable a desmentidos empíricos independientes. Ello legitima la conducta y la moral comunista ante todo cuestionamiento externo. A despecho de las pretensiones “cientificistas” del propio Marx, la prédica comunista terminó siendo un asunto de fe. Esta confianza en una teleología inexorable llevó a la conformación de un poderosísimo instrumento de lucha política en la forma del Partido Comunista, tan útil a las ansias de dominio de Stalin. Horroriza la admisión de culpa de viejos bolcheviques ante las acusaciones fabricadas en su contra durante los juicios de Moscú (1937) –que llevaron a muchos a ser condenados a muerte—por no debilitar el rol histórico del Partido.

El disparate chavo-madurista no comulga en nada con tal disciplina bolchevique. No obstante, su criterio acomodaticio de “verdad” favorece la absolución y legitimación de la profunda y deliberada corrupción de cúpulas militares, jueces y de muchas policías, para convertirlos en cómplices del régimen de expoliación que resultó del desmantelamiento del ordenamiento constitucional y del Estado de Derecho. No olvidemos que Maduro se formó políticamente en la escuela de cuadros en Cuba. Se sostiene hoy gracias a una alianza entre cofradías mafiosas amparadas en las fuerzas más retrógradas y perniciosas del planeta –Putin, la teocracia iraní, Ortega, las narcoguerrillas colombianas y Cuba. Sus multimillonarias fortunas emergen a cada rato en las pesquisas de valiosos periodistas de investigación o a través de escándalos que estallan en la prensa internacional. Y, con la complicidad militar y la impunidad que otorga una justicia abyecta, ha podido activar prácticas de terrorismo de Estado para aplastar a sus detractores. El blindaje ideológico “absuelve” los tratos más crueles contra quienes luchan por sus derechos, recogidos en reportes de la ONU, la OEA y de respetadas ONG: persecuciones, detenciones, desapariciones, maltratos a familiares, robos, torturas y muertes. La responsabilidad directa de Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino en estos crímenes, atribuida en el último informe de la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, no es óbice para que personajes tan depravados se yerguen sobre un pedestal de pretendida “supremacía moral revolucionaria” para denostar a quienes los acusan por arremeter contra los “intereses del pueblo”. ¡El mundo al revés!

El menjurje de tan nefastos componentes –fascio-comunismo militarista y mafioso— dibuja un régimen en descomposición capaz, no obstante, de legitimarse a sí mismo y ante sectores muy primitivos de “izquierda” con su retórica “revolucionaria”. Su mejor calificativo es el de “gansteril”. Como se ha visto obligado a liberalizar aspectos de su manejo de la economía, se han producido reacomodos en su interior que podrían favorecer las posibilidades de cambio. Pero poco indica que el poder tan cruel que se ha atrincherado en Venezuela para conservar, como sea, sus privilegios, haya cambiado en su esencia.

Ello plantea la pregunta obligatoria: ¿Puede negociarse una salida basada en elecciones confiables con este poder? No hay más remedio que intentarlo. Pero la única esperanza de que sus personeros accedan a acuerdos que rescaten la democracia, es que se negocie desde una posición de fuerza. El canje reciente de los narcosobrinos presos en Estados Unidos por estadounidenses mantenidos como rehenes por Maduro indica que, de parte del gobierno de aquel país, predominan criterios e intereses que no coinciden, necesariamente, con los de la lucha por la democracia en Venezuela. Pone de manifiesto que la constitución de esa fuerza capaz de arrancarle al chavo-madurismo concesiones que faciliten el retorno a la democracia es, sobre todo, asunto de los propios venezolanos.

(1) Stanley Payne, A History of Fascism 1914-45, Routledge, London and New York, 1997; Robert Paxton, Anatomía del fascismo, Ediciones Península, Barcelona, España, 2005

11/10/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/columnista/del-comunismo-al-gansterismo-la-naturaleza-del-regimen-de-maduro/

jueves, 17 de marzo de 2022

Aula encubierta

AUTONOMÍA UNIVERSITARIA Y TOTALITARISMO

José Rafael Herrera 

Desde hace ya algún tiempo, se ha vuelto lugar común entre los venezolanos la afirmación según la cual las universidades nacionales o autónomas sólo han servido como puente de ingreso clandestino para la promoción y adoctrinamiento de las ideas y valores característicos del totalitarismo comunista, así como para albergar en sus aulas, bajo el cobijo de la autonomía universitaria, a la militancia comprometida con los movimientos de insurrección y subversión de izquierdas que, tarde o temprano, terminarían colocando “los puntos sobre las íes” en la lápida de la institucionalidad democrática del país. Tanto ha calado esta convicción en la opinión pública nacional que se ha llegado a afirmar que prácticamente, desde los inicios del siglo XX, esta ha sido la causa de los problemas que ha ocasionado la autonomía, al punto de que, por ejemplo, la llamada Generación del 28 no sería más que una generación formada mayoritariamente por comunistas, como también lo sería la Generación del 58, para no hacer obvias referencias de las subsiguientes, las cuales, en no poca medida, sirvieron de inspiración a la plataforma ideológica y estratégica, primero, del régimen de Hugo Chávez y, poco más tarde, al de Nicolás Maduro.

Se entrelazan, de este modo, dos términos que, en estricto sentido, no solo son recíprocamente incompatibles sino que, en última instancia, se puede afirmar con propiedad que, entre ellos, existe una profunda contradictio in terminis. Quizá sean lazos tejidos con la mejor de las intenciones. Y es indudable que tales presuposiciones encuentren sus fundamentos en una percepción de oídas o en las representaciones que se derivan de la mera experiencia, o incluso de cierto modo de conocimiento que concibe las causas y los efectos como el significado propiamente dicho de la verdad. Todo lo cual se lleva adelante con la mejor de las intenciones, pues se trata del contribuir con una solución definitiva, que corte por lo sano y coloque a los futuros egresados de las universidades lo más lejos de las ideologías políticas y lo más cerca de la verdadera formación y del verdadero conocimiento, porque la ciencia, en cualquiera de sus especializaciones, es neutra, impolítica, y nada tiene que ver con las malformaciones hechas por los políticos, y muy especialmente por los comunistas. Tómese en cuenta que la barbarie no es exclusiva de un determinado período de la historia, que retorna, en medio de los “corsi e ricorsi”.

Ya se sabe lo que dice el adagio: de buenas intenciones -y de buenos deseos- está hecho el empedrado que conduce directamente a las pailas del infierno. Y no cabe duda de que, como decía Platón, la mera opinión (la «doxa»), si bien puede ser fuente de la verdad, suele ser, la mayor parte de las veces, el fulcro de medias verdades o de verdades a medias, las cuales, tomadas como absolutas, cabe decir, como dogmas y leyes rígidas, contribuyen al fortalecimiento de los fanatismos, de los que surge la inclinación por la satanización y, con ella, los “santos oficios”, las idolatrías por los Torquemada y los Savonarola, expertos en la construcción de las “hogueras de la vanidades”.

Lo que en todo caso conviene comprender es que una universidad que carece de autonomía no es una universidad. Podrá tener cuantiosos recursos, un formidable plantel académico, o los mejores espacios, equipos e instrumentos técnicos de primer orden o de última generación. Pero no por eso será una universidad en sentido enfático. “¡Sapere Aude!: ten el valor de usar tu propia razón”, decía Kant. Lo que el lego repite infructuosamente, cual slogan, cual frase brusca y hueca, sin el menor esfuerzo de reconocimiento, identificando la vida universitaria con una “casa” que se ocupa de “vencer las sombras”, dista infinitamente de aquello que el Libertador supo comprender, por cierto, políticamente. No son “las sombras” que, técnica y metodológicamente, el entendimiento abstracto se afana en querer iluminar con sus tools box y sus linternas, ahí, entre las formas de la racionalidad instrumental, sea del derecho, la odontología, la medicina, las humanidades, las ciencias sociales o la ingeniería. Lo que sin duda es importante, aunque no suficiente y, mucho menos, adecuado. La “sombra” a la que se refería Bolívar, padre de la universidad autónoma y republicana, es la heteronomía, es decir, la dependencia de una voluntad impuesta, ajena, extraña, que pretende imponer sus formas y criterios muy por encima de las propias capacidades, del propio esfuerzo, de la propia racionalidad. Es, en suma, la imposición del totalitarismo sobre la inteligencia, sobre el estudio y la investigación, que van labrando el propio camino. Nada más sagrado que una universidad que no solo sea, desde el punto de vista técnico-instrumental, competente, sino que, sobre todo, sea capaz de formar auténticos ciudadanos, personas de bien, con clara consciencia civil de la necesidad. Y es que eso es, por cierto, la libertad: el tener el valor de asumir, madura y responsablemente, el propio camino, por más obstáculos que se le puedan presentar.

No es evitando la introducción en temas y problemas ideológicos, culturales, políticos y sociales como se construye un auténtico recinto universitario. Todo lo contrario, la función de la institución universitaria consiste, esencialmente, en contribuir con la resolución de los problemas fundamentales del país. Aislar la vida universitaria de la polis, separar la continua formación de la comunidad académica de los grandes debates constitutivos del horizonte problemático del presente, pretender que la discusión y la conformación de las propias convicciones perturban o enrarecen la forma mentis de su estudiantado, no solamente es un absurdo, es una aberración. Significa, además, la desnaturalización de aquello que le ha dado sentido y significado a la gesta independentista que echó las bases de la historia republicana de Venezuela. Más bien, convendría decir que todo lo que no es autonómico es totalitario. Por el contrario, uno de los grandes esfuerzos que debe emprender la universidad del presente consiste en recuperar plenamente la cultura de la autonomía. Quizá el más grande desafío de la universidad autónoma consista en hacer que la posverdad -neo-totalitaria por excelencia- declare su propia bancarrota. Una nueva ilustración está por nacer en medio de la crisis que agobia a este siglo de pandemias, populismos y veneraciones por lo privado. Frente al pensamiento débil, la defensa de la autonomía es la clave suprema para salir de la sombra.

Fotografías: LB (UCV, 08/02/2022).

17/03/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/autonomia-universitaria-y-totalitarismo/

domingo, 27 de febrero de 2022

Weltanschaunng caribeña

DE VILLANÍAS Y MEDIANÍAS

José Rafael Herrera 

No resulta fácil ponderar la profundidad de los daños que cierto tipo de telenovelas -obviamente, las más populares, las de mayor raiting- pudieron haber ocasionado sobre la consciencia social de los venezolanos. No hace mucho tiempo, la selección de fútbol venezolana -la “Vinotinto”- debía enfrentar a la selección chilena -la “roja”. Días previos a la confrontación deportiva, en Chile, los medios de comunicación anunciaban el partido bajo la siguiente premisa: “Ellos saben de telenovelas. Nosotros sabemos de fútbol”. A pesar de la dureza de la frase, e incluso, a pesar de que tampoco es que los chilenos sean precisamente los mayores exponentes del fútbol en América Latina, algo de verdad retumbaba en los intersticios de aquella mordaz, abigarrada y, sobre todo, vanidosa consigna de quienes finalmente terminarían aprendiendo a hablar -no sin ciertos bemoles- el idioma español gracias a don Andrés Bello.

Desde el comienzo de los años sesenta del siglo pasado, poco después de que comenzaran a llegar los primeros exiliados cubanos a Venezuela, Diego Cisneros fundó Venevisión, con lo cual una suerte de Weltanschaunng caribeña, heredera tropical de Corín Tellado, se fue abriendo espacio y tiempo en territorio venezolano. La primera novela que transmitió el canal se llamaba La cruz del diablo. Ya para 1965 la estación televisiva emitía 18 de los 20 espacios de mayor audiencia en Venezuela. Y en 1971, la telenovela Esmeralda, escrita por la cubana Delia Fiallo, protagonizada por Lupita Ferrer y José Bardina, se había convertido en un auténtico acontecimiento nacional. Como en su tiempo lo fue, sin duda, El derecho de nacer, de Felix Caignet, protagonizada por Conchita Obach y Raúl Amundaray -“Albertico Limonta”-, que comenzó a ser transmitida en 1965 por el canal de la competencia, RCTV. Una telenovela que duró, nada menos, que 600 capítulos. De ahí en adelante, y no sin razón, los jocosos caraqueños comenzarían a llamarlas “teleculebras”. Y no sólo por su longitud, por cierto, sino, además, por sus enredos, torciones, intrigas, “colmillos” punzantes y por el respectivo “veneno” administrado. Todo lo absolutamente extraño a un mínimo de buen sentido y, por supuesto, de sentido estético. Desde entonces, la gran industria de la pobreza espiritual fue marchando “a paso de vencedores”.

Con los años, las cosas se fueron empeorando, y el perfeccionamiento de la villanía como modo de ser fue concreciendo. Las “malas” o los “malos” se hicieron de un nombre, hasta transformarse en modelo de vida de todo aquel que aspirara a abrirse paso en la vida, no precisamente por las calles del medio sino por los atajos o los “caminos verdes”. Por fortuna, hubo toda una generación entera de escritores que, más que raiting, dejaron un mensaje de ciudadanía, ubicado muy por encima de los grotescos embrollos y la vulgaridad. Los trabajos dejados por José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia, César Miguel Rondón, César Bolívar, Pilar Romero, Julio César Mármol, Boris Izaguirre, Carolina Espada, Leonardo Padrón, entre muchos otros, dan cuenta de ese importante esfuerzo por salir de la interminable pesadilla sembrada, que en mucho afectó -y logró colmar de pasiones tristes- la idiosincrasia de los venezolanos.

Un ejercicio interesante consistiría en imaginarse a ciertos dirigentes políticos de hoy en su pubertad, sentados en el sillón frente a la tele, con su gorrita tricolor y sus “chancletas de la victoria”, viendo -¡y aprendiendo!- no del Rey Lear, Macbeth, Hamlet, y ni siquiera de la Doña Bárbara de Gallegos o del Boves el Urogallo de Herrera Luque, sino nada menos que del estribillo de trapisondas de Leonela, Topacio, Cristal o Paraíso. He ahí las “obras completas” de unos cuantos “líderes” del gansterato y de la llamada “oposición”, los mismos que no tienen ni la menor idea de lo que significa ese concepto de origen aristotélico, por cierto. ¿Alguien podría imaginarse a Nicolás Maduro o a Diosdado Cabello leyendo a Shakespeare, a Lope de Vega o a Goethe? ¿Alguien, en su sano juicio, podría representarse al “doctor” Bernal acariciando las páginas del Tratado sobre la tolerancia de François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, o el Tratado Teológico-Político de Spinoza?

Pareciera que la actual situación que padece Venezuela es asumida por su dirigencia política en clave de la peor telenovela. Su modelo puede instintivamente saltar desde la buena y humilde campesina -o campesino- venida -o venido- a la ciudad en busca de oportunidades y, por supuesto, del “amor verdadero”, hasta el papel de “la mala” -o el villano-, una “bicha” -o un “bicho”- intrínsecamente malvado. La maldad por naturaleza, generadora de la desgracia de sus potenciales rivales, capaz de hacer “lo que sea” para verlos arrastrados ante sus pies, suplicando piedad, mientras muerde el polvo. De ahí a arrojar a un concejal por la ventana de un décimo piso no hay, en el estricto sentido de la retorsión, mucha distancia. O presidir la resistencia estudiantil para terminar haciendo el papelazo de burócrata del gansterato en las medianías universitarias. Cosas de la concupiscencia telenovelezca, efímeras, propias de toda ficción de poder. Los unos porque son fascistas, pero se niegan a reconocerlo. Los otros porque también lo son, aunque no lo sepan. La conciencia dice lo que no sabe y sabe lo que no dice, observaba Hegel.

Caso de excepcional mención merecen los villanos de la oposición “radical”, los “puristas”, los managers profesionales de tribuna, liberales “desprendidos”, que imaginan formar parte esencial de una gran cruzada cívica y nacionalista, de una epopeya hecha de los retazos que brotan de las medianías espirales de sus teclados, al que conciben como núcleo central de una suerte de teodicea infinita. “Without merci!”. Inteligentes, sin duda. Pero hábilmente falaces. Son los expertos en “revelaciones”, los que sólo logran ver sombras, oscuridad y gatos pardos en la noche, los remedos de los Schelling,  los Schopenhauer y los Nietzsche del presente. Los mejores aliados del totalitarismo. Terroristas cómodos y a ratos ingenuos. Villanos snug, maniqueistas de papel maché, que ni por un instante se atreven a decir del régimen gansteril lo que gritan de viva voz contra quienes consideran como sus enemigos, a quienes califican de “oposición blandengue”. Forman, en suma, la villanía de la medianía. Cuando la visión del mundo de un país está mediada por la truculencia de sus peores telenovelas, las cosas sólo pueden llegar a tener un “final” de yeso, pero no de mármol. De ahí la necesidad de recomponer las ideas y los valores. ¡Vaya daño el de los mass media, sus ratings y sus “culebrones”!

Fotografía: Marina Baura y Raúl Amundaray, tomada de la red.

24/02/2022:

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY