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viernes, 24 de marzo de 2023

Un puñetazo todavía de alta cotización

LOS GENIOS

Jaime Bayly

Hace muchos años, allá por 1982, un joven alto, delgado, de barba negra y mirada penetrante de intelectual, se presentó en un periódico conservador en el centro de Lima, “La Prensa”, y pidió trabajo. Dijo que se llamaba Álvaro Vargas Llosa, era el hijo mayor del famoso escritor y había abandonado sus estudios en la universidad de Princeton, en Nueva Jersey, porque quería ser periodista y escritor, como su padre. También dijo que era de izquierdas y simpatizaba con la revolución sandinista y la revolución cubana. El director del periódico lo fichó de inmediato.

Contrariado porque su hijo mayor había suspendido sus estudios en Princeton, una de las mejores universidades del mundo, Mario Vargas Llosa le exigió que se retirase de la casa familiar en Barranco, Lima, y volviese de inmediato a Nueva Jersey para reanudar su vida académica. Álvaro se negó a seguir estudiando. Después de vivir unas semanas en casa del pintor Fernando de Szyszlo, se mudó al apartamento en el centro de Lima de un fotógrafo del periódico, Jorge Seoane, Coco Seoane. Siendo Coco homosexual y Álvaro heterosexual, encontraron la manera de cohabitar sin intercambiar besos ni caricias.

Álvaro era extraordinariamente inteligente, aún más que su padre, y hacía gala de una prosa lúcida y aguerrida cuando escribía editoriales en el periódico. Yo era columnista de ese diario. No tardamos en hacernos amigos. Curiosamente, ambos decíamos estar enamorados de la actriz Brooke Shields: Álvaro la había conocido en el campus de Princeton, yo solo la había visto en sus películas.

Por esos días Álvaro me contó que su padre estaba en Lima y lo había citado a conversar en un parque de Miraflores. No sabía si debía reunirse con él. Mario era estricto: si su hijo quería disfrutar de su protección económica, debía retomar sus estudios en Princeton y abandonar la bohemia periodística en Lima. Por su parte, Álvaro era porfiado: quería ser un periodista, y decía que eso no se aprendía en Princeton ni en ninguna universidad, sino en la vibrante redacción de un periódico como “La Prensa”. Como Mario, en su juventud, había sido reportero de un periódico y luego jefe de noticias de una radio, temía que el ejercicio del periodismo hundiera en la mediocridad intelectual y la ruina económica a su hijo mayor, que, de sus tres hijos, era ciertamente quien más se le parecía, por su curiosidad intelectual, su pasión por la política y su familiaridad con las ideas, las palabras y las historias.

Álvaro salió una tarde del periódico, tras decirme que se reuniría con su padre donde este lo había citado: no en la casa familiar de Barranco, ni en la del pintor de Szyszlo en San Isidro, sino en un parque de Miraflores. Le aconsejé que hablase con su padre, tal vez porque yo no hablaba con mi padre, a quien no quería ver más. Unas horas después, Álvaro regresó al periódico ofuscado, tembloroso y con el ojo morado. Me dijo que su padre y él habían discutido acaloradamente en el parque, que él se había negado a volver a Princeton y que Mario, en un momento de amargura y frustración, le había dado un puñetazo.

Recordé entonces que seis años atrás, en 1976, en un teatro de la capital mexicana, Vargas Llosa le había dado una trompada a Gabriel García Márquez, dejándolo nocaut, inconsciente, con el ojo morado, después de decirle:

-Esto es por lo que le hiciste a Patricia.

Yo había leído los libros de Vargas Llosa. Sus mejores novelas me parecían “Conversación en La Catedral” y “La guerra del fin del mundo”. Sabía que había tenido un padre, Ernesto Vargas, que lo insultaba y le pegaba, como hizo mi padre conmigo. Sabía que había aprendido a pelear a golpes en el colegio militar: mi padre amenazó con meterme en ese colegio, pero no lo hizo. Sabía por qué le había pegado a su hijo Álvaro, por no volver a la universidad de Princeton, pero no por qué le había dado una trompada a García Márquez. Por supuesto, se lo pregunté a Álvaro, quien me dijo, sin entrar en detalles, replegándose, ensimismándose, que Gabo le había hecho una cosa muy fea a Mario y por eso Mario lo había derribado de un puñetazo en un evento público en el DF.

También se lo pregunté, en aquellos años, a un periodista peruano de origen vasco, Francisco Igartua, Paco Igartua, director de la revista “Oiga”, donde yo colaboraba como columnista, tras la quiebra del diario “La Prensa”. De bigotes y con ponchos de colores que le daban un aire sacerdotal, Igartua era un periodista culto, valeroso, insobornable. Había estado con Vargas Llosa, en el teatro de la capital mexicana, en febrero de 1976, cuando este le dio el puñetazo a García Márquez. Luego del incidente, cenó esa misma noche con Mario y Patricia Llosa, la esposa del escritor. Paco Igartua creía saber qué había pasado entre los dos talentosos escritores para que uno hubiese acusado al otro de traidor, dándole a continuación un derechazo fulminante. Paco Igartua me contó su versión, que en cierto modo reivindicaba el honor de Vargas Llosa y dejaba mal parado a García Márquez.

Yo tenía entonces solo dos versiones, y ambas se parecían bastante: la de Paco Igartua y la de Álvaro. Conocía ya a Vargas Llosa, pero no me atrevía a preguntarle por qué se había peleado con Gabo. Se lo mencioné tímidamente una vez, a mediados de los ochenta, en su auto BMW dorado, manejando por las playas de Paracas, al sur de Lima, pero sonrió con gran elegancia y me dijo que no hablaría nunca de ese tema, que eso debían averiguarlo sus biógrafos, y enseguida me contó que García Márquez había enfermado de cáncer. Unos años después, entrevisté a Patricia Llosa en la televisión, pero no encontré valor para preguntarle por qué su esposo le había pegado a García Márquez y por qué eran enemigos irreconciliables desde entonces. No quise incomodar a Patricia, una señora elegante y reservada, que ya bastante se arriesgó dándome una entrevista en la televisión.

A García Márquez lo conocí unos años más tarde, en Washington DC, cuando Clinton era presidente. Clinton había leído varias novelas de Gabo y era capaz de citar párrafos de memoria. Con frecuencia invitaba a cenar a Gabo y a Carlos Fuentes, que hacía de traductor, porque Gabo no hablaba en inglés, aunque había tratado de aprenderlo en Londres. Me lo presentó un amigo, César Gaviria, expresidente colombiano, un político raro, sensible al arte, a la cultura, a las novelas. Cuando le pregunté a Gabo, en un aparte, por qué se había peleado con Vargas Llosa, sonrió con aires de mago magnánimo y me dijo:

-Yo no me peleé con él. Él se peleó conmigo.

Luego le pregunté cuál había sido el origen de la pelea. Astuto, evasivo, encantador, me dijo que había comprado mi novela “No se lo digas a nadie” en una librería en París y le había gustado mucho. Nos reímos. Después me sugirió que hablase con sus amigos, porque él no me diría nada. Le tomé la palabra. Invité a mi programa de entrevistas en Miami, todos los gastos pagados, incluyendo hotel cinco estrellas y limusina, a algunos de sus mejores amigos, tres escritores de gran talento: el colombiano afincado en el DF, Álvaro Mutis; el profesor argentino en Nueva Jersey, Tomás Eloy Martínez; y el colombiano itinerante, varias veces embajador de su país, Plinio Apuleyo Mendoza. A los tres los leí, los entrevisté en la televisión y después, en el hotel, tomando unos tragos, les pregunté, off the record, por qué Vargas Llosa le había pegado a García Márquez en 1976, dando por terminada una amistad que había sido legendaria, una amistad que duró nueve años, una amistad que los tuvo casi como vecinos en Barcelona, pues vivían a una cuadra de distancia, y que hizo de Gabo el padrino de Gonzalo Vargas Llosa, el segundo hijo de Mario y Patricia. Escuchando las versiones de Mutis, de Tomás Eloy y de Plinio, que no siempre coincidían, pero que dejaban bien parado a García Márquez, empecé a armar el rompecabezas.

También me ayudó conversar con el gran escritor chileno Jorge Edwards, quien, como Plinio Apuleyo Mendoza, había obrado el milagro de seguir siendo amigo de Mario y de Gabo al mismo tiempo, sin que ninguno desconfiara de él ni lo acusara de desleal: a Edwards lo invité a mi programa de televisión en Miami y después escuché su versión caballerosa y diplomática sobre el pleito entre los genios literarios, una cuidadosa narración que me obsequió tanto en el vestíbulo de un hotel en Miami, como en el restaurante de un hotel en Santiago de Chile, donde cenamos tiempo después.

Fue entonces, hace veinticinco años, cuando comprendí que estaba fatalmente condenado a escribir una novela sobre los tiempos gloriosos en que Vargas Llosa y García Márquez fueron amigos, vecinos y compadres, mucho antes de que ambos ganaran el premio Nobel, y sobre las circunstancias íntimas que envenenaron aquella relación que parecía inquebrantable y dieron origen al puñetazo que Mario le dio a Gabo, dejándolo nocaut y sepultando para siempre la amistad, pues nunca más se vieron ni se hablaron, a pesar de los esfuerzos de su agente literaria Carmen Balcells para reconciliarlos.

La novela se titula “Los genios” y saldrá en los próximos días en España y América, editada por Galaxia Gutenberg. En ella he armado por fin el rompecabezas, he postulado mi visión literaria de los años en que los genios fueron amigos, he descrito los hechos más o menos íntimos que Vargas Llosa entendió como una traición y he tratado de explicar por qué se jodió lo que nunca debió joderse: la amistad entre los genios.

19/03/2023:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/los-genios-nid19032023/

Brevísima nota LB: Coincidiendo en nuestra apreciación sobre el autor, agradecido con Hermann Alvino por la remisión del artículo.

viernes, 17 de febrero de 2023

Sonreír con los ojos y exhibir dientes desprovistos de maldad

EL Nacional, Caracas, 15 de enero de 1982

VARGAS LLOSA: SIENTO UN ANGUSTIOSO VACÍO CUANDO TERMINO UNA NOVELA

José Pulido (*)

Una bala pasó cerca de la cara de Mario Vargas Llosa, quien se lanzó al suelo exactamente en medio del estruendo de la guerra de Canudos. El cabello liso se le fue a la frente cuando levantó la cabeza y vio cuando los cangaceiros y unas mujeres descalzas disparaban, cargaban las armas, corrían, gritaban, contra un bosque de soldados que se hincaba y disparaba, se levantaba y disparaba, se lanzaba a tierra y disparaba.

Mario Vargas Llosa en la ráfaga de un salto observó a Joao Abade y más allá en una trinchera a una mujer delgadísima que casi cargaba a cuestas con un hombre de lentes rotos; entre una maraña de heridos, muertos y gente en retroceso vio un lomo que andaba, una melena sucia que se escondía tras los montones de cadáveres: “es el León de Natuba”, pensó Mario. Sintió húmedas las manos y al detallarlas se percató de que a su lado se desangraba un caballo.

—¿Cómo dice?— preguntó Vargas Llosa mirando con fruición casi infantil las plantas ornamentales goteadas con lluvia del hotel Tamanaco.

—¿Cuál ha sido el cambio más importante registrado en su estilo de escribir con La guerra del fin del mundo? —esa fue la pregunta.

—Para mí, el hecho de escribir una novela con personajes brasileños del siglo XIX, significó algo distinto en relación con mis otras novelas… no sólo eran personajes de otra época sino que hablaban un portugués del siglo XIX. Es un libro despersonalizado, los otros surgieron en base a experiencias directas, éste no. Hay cosas personales que ni yo mismo capto, pero no en el plano anecdótico. El viaje en el tiempo, el espacio y lo concerniente a la lengua fueron tres desafíos que desconocía hasta ahora. La guerra del fin del mundo es una novela que me costó empezar y me dio un trabajo enorme, pero me resultó más exaltante, más emocionante… era algo que quería escribir: la historia de Canudos me fascinó.

—¿Investiga mucho antes de escribir?

—En este caso sí, por ser un hecho histórico… —responde. Se sonríe con los ojos y los dientes completamente desprovistos de maldad o de pedantería.
Cuando se queda en silencio esperando una interrogante que haga continuar la conversación, da la impresión de estar inmerso en una nueva trama o de hallarse apresado en los movimientos de Canudos.

—Después de lograr una novela que parece marcar una nueva y exitosa etapa ¿cuál es la meta más deseada de Mario Vargas Llosa?

—Tengo tantos proyectos para escribir —dice— que no voy a tener vida suficiente para llevarlos todos a cabo, aunque tenga muchos años de existencia… no voy a tener vida suficiente para escribir lo que quiero, no voy a tener tiempo suficiente. Mi proyecto inmediato es hacer una obra de teatro, una cosa distinta, una farra, una obra de humor grueso, truculento, algo de exageración, como el humor latinoamericano. He descubierto la posibilidad del teatro… pensaba que en la novela se podía hacer todo, pero en un escenario tan reducido puede caber todo lo que se quiera expresar. Creo, por otra parte, que no hay motivos para sentirme exaltado o agotado: lo importante es no sentirse importante, darse uno cuenta que está en pleno proceso.

—Hay muchos personajes inventados en su novela, que se funden con los verdaderos: ¿cuál de esos personajes le emocionó más poner en acción?

La pregunta pasa sobre una taza de café que se enfría. “Yo quiero un cortico”, había dicho Vargas Llosa.

—Primero se me apareció Antonio El Consejero, un personaje que existió. Decidí tratarlo a distancia porque cuando intenté hacerlo desde adentro, íntimamente, lo mataba. En la primera versión, el personaje que me estimulaba era el coronel Moreira César. En la segunda versión los lugartenientes: Pajeú, Joao Abade… luego fue el León de Natuba. Llegué a tener tres referencias superficiales sobre el León de Natuba: una aseguraba que había un escriba que anotaba todo lo que decía o hacía el Consejero; un personaje así donde había más del 90 por ciento de analfabetismo me interesó mucho. Otra referencia fue que su nombre era León de Natuba, de un sitio llamado Natuba; y la tercera que era un monstruo con deformaciones físicas. Poco a poco se convirtió en una obsesión para mí, me conmovía muchísimo ese personaje, en ese mundo tan primitivo y analfabeta. Representa algo así como lo más patético que tiene el intelectual, la confusión, lo indefenso, la impotencia de esa pluma rasgando el papel… Después me interesaron el periodista miope que es Euclides Da Cunha, sin cuya historia se habría olvidado casi enteramente lo de Canudos. También el Barón de Cañabrava toma fuerza luego y llega a entender el malentendido general que fue Canudos… a Galileo, el extranjero, lo tenía para otra obra, pero encontró en La guerra del fin del mundo su lugar.

De improviso desea explicar que investigó bastante antes de escribir la novela “no por fidelidad sino para mentir con conocimiento de causa”. Cuenta que uno de los Vilanova sobrevivió y ya anciano fue entrevistado por un periodista, que escribió un libro muy relativo porque Vilanova estaba demasiado anciano.

—¿Sabe? estuve en un poblado brasileño llamado Bon Jesús y allí se conserva intacta la iglesita que construyó Antonio Consejero. Tenía aún el letrero que él ponía a sus iglesias: “Deus es grande”. Ahí entramos en una casita donde estaba una ancianita limpiando maíz. Hablé con ella sobre Canudos y me sorprendió, porque estaba completamente convencida de que Antonio Consejero todavía vive —“espero verlo”— me dijo la viejecita.

Vargas Llosa disfruta esa experiencia. La viejecita le sirvió para crear al personaje que al final de la novela dice que a Joao Abade se lo había llevado un ángel.

LA FAMA

—¿Qué tipo de tristeza le ha traído la fama?

—Sobre todo —explica— complicaciones, pérdida de libertad, de privacidad, tienes siempre que tratar de defender tu tiempo. Quisiera quedarme viviendo en Lima, pero debo irme a Europa para poder escribir. La televisión lo convierte a uno en un objeto público, invadido, asediado por cosas diversas, unas importantes y otras tontas pero que me quitan tiempo. La fama crea enemigos, los amigos de repente se vuelven enemigos y no sabes por qué. Te odian a muerte… el ser figura pública es algo muy mediatizador. Yo deseo libertad para romperme la cabeza si quiero… la fama te petrifica a la larga, si no luchas y sobre todo si no te convences de que lo importante es no sentirse importante. Pienso que si mis libros no hubiesen sido editados en el momento justo y por una editorial importante, tal vez habrían pasado desapercibidos.

Más adelante, hablando un poco de política, dijo que la situación polaca le parece muy trágica. Los obreros crearon un movimiento que no es antisocialista, quieren un socialismo en libertad y aun así han sido reprimidos en contra de los planteamientos marxistas originales.

Él participó en una marcha que se hizo en Lima como protesta contra la represión hacia los obreros polacos, y señala que la izquierda peruana mostró un cambio positivo en su mentalidad, al participar en esta acción.

Sin embargo, manifiesta que “el socialismo en libertad parece cada vez más remoto”.

Como vicepresidente del Pen Club, apunta que es una cosa terrible la lista de escritores y poetas presos que hay en muchos países de todo el mundo.

“Ningún país tiene el monopolio de la barbarie” asegura, refiriéndose al hecho de que en el capitalismo y el socialismo hay creadores presos o sometidos a la represión constante.

“Me parece una aberración incomprensible denunciar lo de Pinochet y silenciar lo de Polonia”, dice.

MIEDO DE ESCRITOR

La lluvia amenaza a Caracas y unas gotas pulverizadas comienzan a mojar el exterior.

—¿A qué le teme Vargas Llosa?

El escritor confiesa: —Quizás a la esterilidad intelectual… Si en algún momento quedara privado de eso, que es lo más importante, realmente sería peor que quitarme la vida. Las cosas que escribo son mi manera de vivir, temo al apolillamiento en vida… me asusta. Uno descubre que hacerse famoso escribiendo no es lo importante sino el tránsito hacia el libro, escribir un libro, el ejercicio en sí mismo es lo que te hace vivir.

Se calla y luego repite:

-Me asusta. Escribir es mi orden vital, es lo que me organiza la vida. El momento más horrible llega cuando termino un libro… siento un vacío muy angustioso, pero cuando me embarco en otra novela se me organiza el mundo: es como un centro de gravedad.

—¿Cuál de sus libros se ha vendido más?

—No llevo estadísticas, pero creo que Pantaleón y las visitadoras.

—¿Nota algo de Carpentier en La guerra del fin del mundo?

—No. Yo admiro muchísimo Los pasos perdidos y El siglo de las luces, pero el mundo carpenteriano es muy frío, casi glacial, la prosa de Carpentier es petrificante, congela totalmente todo lo que toca con su perfección formal y su erudición libresca… es un mundo estatuario. La acción es el eje de mi novela, el acto prevalece en ella, la cronología es casi lineal y la estructura es simple y transparente: Es una novela de aventuras.

Vargas Llosa dice que, probablemente en septiembre de este año, se montará en Venezuela su obra teatral La señorita de Tacna, que ha sido bien recibida en Lima y Madrid por el público y la crítica.

El silencio parece envolverlo con un celofán a través del cual Caracas se esfuma. Antes había dicho que trata de no recordar Canudos, la historia, la novela. Ahora parece irse hacia aquella trama que revivió y lanzó al mundo. Oye los balazos, los gritos, los vivas a Dios y los mueras a la República. Miles de balazos le lanzan tierra en la cara. Se esconde detrás de un árbol de pocas hojas y tronco achatado.

Una pelota de tenis cae y con un diminuto tamborileo blanco se detiene cerca de los pies de Mario Vargas Llosa. Unas piernas doradas y suaves, y una cabellera casi albina, dan un paso hacia la pelota. Dos ojos verdes, con centros negros, observan al escritor con asombro y esas pupilas reflejan a dos Vargas Llosa tomando la pelotita con temor ¿una bala? Una mano se agranda en el video tape de los ojos femeninos. La tenista da las gracias en inglés y un tanto confundida se va hacia las canchas pese a la amenaza de lluvia. La faldita blanca se detiene en un ángulo de la escalera, como una banderita que ondea demasiado. Vuelve el rostro y sonríe.
(*)  Una entrevista que le hice a Vargas Llosa en 1982. En la foto aparece con su hijo Álvaro.
17/02/2023:

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY