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domingo, 14 de septiembre de 2025

Dos lecturas para hoy

LA CRUZ DE JESÚS: NI MAGIA NI MITO

(San Juan, 3: 13-17)

Enrique Martínez Lozano

Para comprender mejor el texto, quizás sea útil alguna puntualización previa acerca de este capítulo tercero del evangelio de Juan.

Lo primero que hay que señalar es que, desde un punto de vista literario, este capítulo es un auténtico rompecabezas. El lector aprecia saltos de la primera persona del plural (“nosotros”) a la tercera del singular, así como repeticiones y añadidos forzados que, en conjunto, constituyen una especie de galimatías, en una monotonía de temas reiterados, que se yuxtaponen sin llegar a alcanzar un conjunto bien trabado.

Todo ello indica algo evidente: este texto no es producto de una redacción momentánea, ni es obra de un único autor. Durante un tiempo prolongado, se han ido añadiendo reflexiones que surgían en medio de la comunidad, y que algún nuevo glosador yuxtaponía al texto original.

Estas anotaciones tienen que servir al lector para que no intente acercarse a este capítulo como si se tratara de algo bien elaborado, en torno a un tema o hilo conductor claramente definido. Tendrá que verlo, más bien, como una serie de reflexiones simplemente yuxtapuestas, provenientes de momentos diferentes de la vida de la comunidad.

En segundo lugar, todo este capítulo expresa el diálogo de las comunidades joánicas con el judaísmo, representado en la figura de Nicodemo. Este aparece como un hombre honesto y buscador, que va al encuentro de Jesús. Por eso, es precisamente a Nicodemo (al judaísmo) a quien se le va a insistir en la necesidad de “nacer de nuevo”, tema que constituye el eje vertebrador de todo ese capítulo.

En el texto que leemos hoy, aparece la imagen de Moisés levantando la serpiente en el desierto. Para el pueblo judío, la imagen de la serpiente recordaba, a la vez, las quejas del pueblo y la misericordia de Yhwh. Tal como se narra en el Libro de los Números (21,4-9), ante la dureza de la marcha a través del desierto, el pueblo empezó a murmurar contra Moisés y contra Yhwh, que envió serpientes venenosas cuya mordedura les provocaba la muerte. Tras el arrepentimiento y la intercesión de Moisés, este recibió el encargo de colocar una serpiente de bronce sobre un asta: bastaba mirarla, para quedar curado del veneno mortal.

Cuando este texto se lee de una manera literalista –propia de una consciencia mítica-, se concluye fácilmente en una idea mágica de la salvación. De hecho, esto fue lo que ocurrió en la historia del cristianismo: la idea de la expiación marcaría dolorosamente la consciencia colectiva cristiana durante más de un milenio.

Pero esa es solo una lectura, hecha desde un determinado nivel de consciencia. Así como el pueblo judío pudo creer que bastaba mirar a una serpiente de bronce para quedar curado de la mordedura venenosa, de un modo similar, durante siglos, muchos cristianos pensaron que la salvación venía producida por la muerte de Jesús en la cruz.

Quiero insistir en el hecho de que, mientras alguien se halla en ese nivel de consciencia, tal lectura es asumida sin dificultad. Lo cual no quiere decir que no contenga consecuencias sumamente peligrosas, entre las que habría que apuntar las siguientes:

· imagen de un dios ofendido y vengativo hasta el extremo;

· idea de un intervencionismo divino, arbitrario y desde "fuera";

· idea de una pecaminosidad universal, previa incluso a cualquier decisión personal (creencia en el "pecado original");

· instauración de un sentimiento de culpabilidad, hasta alcanzar límites patológicos;

· creencia en una salvación "mágica", producida desde el exterior.

Sin embargo, es posible otra lectura que, reconociendo el carácter “situado” y, por tanto, inevitablemente relativo de los textos sagrados, accede a un nivel de mayor comprensión y libera al creyente de tener que seguir aferrado a un pensamiento mágico o mítico que, por la propia evolución de la consciencia le resulta ya, no solo insostenible, sino perjudicial.

Desde esta nueva lectura, el cristiano sigue fijando su mirada en Jesús, y en Jesús crucificado. Pero ya no es una mirada infantil ni infantilizante. Ahora ve en Jesús y en su destino –provocado por la injusticia de la autoridad de turno- lo que es el paradigma de una vida completamente realizada: fiel y entregada hasta el final. Por ese motivo, el hecho de “mirar la cruz” empieza a ser ya salvador: nos hace descubrir en qué consiste ser persona.

Pero no se trata solo de una mirada “externa”, que podría desembocar, en el mejor de los casos, en una conducta imitativa, que no dejaría de ser alienante. Desde una consciencia transpersonal y desde el modelo no-dual de conocer, la lectura se ve enriquecida hasta el extremo.

Al ver a Jesús, nos estamos viendo a nosotros mismos. Desde esta nueva perspectiva, Jesús no es un “mago” que nos salvara desde fuera; tampoco es un “ser celestial separado” diferente de nosotros. Es lo que somos todos…, aunque sigamos sin atrevernos a reconocerlo.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/5363-la-cruz-de-jesus-ni-magia-ni-mito.html

Ilustración: https://melaniejeanjuneau.wordpress.com/2016/02/14/modern-art-depicts-the-crucifixion-for-modern-eyes/

Ilustración posterior, Emily Tjomsland (https://emilytjomsland.com/blogs/articles/jesus-christ-face).

Breve nota LB: De acuerdo con la Santa Sede, la lectura de hoy corresponde a san Juan, pero en la Hoja Dominical y, efectivamente en la Misa, se leyó a san Lucas, como se apreciará: en la dirección electrónica y  la captura de pantalla, en un caso, y en la captura de la reflexión del hermano Naudy Mogollón, en el otro: https://www.vaticannews.va/es/evangelio-de-hoy/2025/09/14.html. Señaló el padre Peraza que, hoy, enmuchas partes del mundo es fiesta de la Cruz que nosotros celebremos en el mes de mayo, por lo que - acá -se sigue el tiempo ordinario. 


De acuerdo a la Hoja Dominical, tratamos de san Lucas:

LOS TRES PERSONAJES REPRESENTAN DISTINTOS ASPECTOS DE NOSOTROS MISMOS

Fray Marcos (Rodríguez)

[San Lucas, 15: 1-32]

La liturgia propone la parábola del "hijo pródigo" con la intención de que nos identifiquemos con el hijo pródigo. Pretende hacernos tomar conciencia de nuestros pecados, e invitarnos a la conversión.

Sin embargo, hay que tomar buena nota de que esta parábola no va dirigida a los publícanos y pecadores, sino a los fariseos y letrados que murmuraban de Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos.

Descalifica a los que se creen buenos y son incapaces de aceptar a los que no son como ellos.

Se trata de un relato ancestral que se encuentra en todas las culturas. Es un producto del subconsciente colectivo que expresa realidades escondidas de nuestro ser profundo. Es un prodigio de conocimiento psicológico de la persona humana, pero también, un alarde de experiencia religiosa.

Desde el punto de vista personal, la comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejada en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser.

Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros, aunque sea padre misericordioso, sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos y actuando desde dentro. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos y que se relaciona con nosotros desde nuestro centro.

Esa verdadera realidad que somos está siempre abierta y esperando abrazar a todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera abrazar y fundir todo el hielo que encuentra en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.

Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.

El hijo menor simboliza nuestro "yo", nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo "yo". Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle.

El hijo mayor representa también nuestro "ego", pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio.

Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El "yo" y el "ser verdadero" aún siguen separados. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano).

El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder el cariño del Padre y no es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre.

Todos tenemos que dejar de ser "hermano menor", y también tenemos que superar el estadio de "hermano mayor", para convertirnos finalmente en "Padre".

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera reduccionista. Es un error llamar a este relato la parábola del "hijo pródigo". Si nos fijamos en el contexto, veremos que el motivo de la narración es que los fariseos y letrados critican a Jesús porque acoge a los pecadores y come con ellos. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios.

Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para cada uno de nosotros, seamos "buenos" o "malos". En la manera de actuar con los dos hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios; de la misma manera que Jesús al acoger a los pecadores está haciendo presente a Dios.

Normalmente hemos considerado la parábola como dirigida a los "hijos pródigos". Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debía de ser objeto de una atención más cuidada.

Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado antes de haberlo merecido. Como el hijo menor, es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar, hemos traicionado a la familia, hemos renegado del entorno en que se había desarrollado nuestra existencia.

Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. El fallo estrepitoso del hijo menor de la parábola, y la situación desesperada a la que le ha llevado, facilita la toma de conciencia de que ha ido por el camino equivocado. Le hace entrar dentro de sí y descubrir que hay que rectificar.

Más complicado es el caso del hijo mayor. También está alejado del Padre, pero le será mucho más difícil descubrirlo. Había obedecido en todo, pero esa actitud externa no iba acompañada de una maduración interna. Es más difícil que descubramos en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos muchos más rasgos de éste que del menor.

Con frecuencia, no entendemos el perdón del Padre para con los pródigos, nos irrita y molesta que otras personas que se han portado mal, sean, a la postre, tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No sólo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos, por todos los medios, que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor.

Desde esa perspectiva tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense inquietante la respuesta del hermano mayor. No nos dice si el hijo hace caso al padre y se incorpora a la fiesta. Esto nos tiene que hacer pensar.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser motivo de alegría para uno y para otro.

El llegar a ser Padre, no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo, hay que saber convivir con lo que aún hay en nosotros de imperfecto. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre.

Tanto el hermano menor como el hermano mayor que hay en cada uno de nosotros, debe ser objeto del mismo amor. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y, la vez, somos el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es el Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (Aquí podemos descubrir un profundo significado de la frase de Jesús: "Yo y el Padre somos Uno").

Nuestra maduración personal tiene que encaminarse a reproducir la figura del Padre. "Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso". El relato nos tiene que hacer ver, que siempre habrá en nuestra vida, etapas que hay que superar por imperfectas.

Nuestra atención no debemos centrarla en la superación de la condición de hermanos sino en aproximarnos al Padre, que imita a Dios. Para Jesús, el que Dios sea Padre no significa que es una persona a la que se le puede aplicar la cualidad de padre. Se trata más bien de descubrir en la relación padre-hijo lo esencial de Dios. Podíamos decir que Dios no es un padre, sino la paternidad. Ser Padre-Amor, pertenece a la misma esencia de Dios.

Resumiendo: Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es alejarse de Dios y caminar en dirección opuesta a nuestra plenitud. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo e imitarlo, es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta, pero creyendo que caminamos hacia ella; lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Meditación-contemplación

Yo y el Padre somos UNO.

Es la mejor expresión de lo que fue Jesús.

Tú también eres UNO con Dios, pero todavía no te has enterado.

El día que lo descubras,

esa frase saldrá también de lo más hondo de tu ser.

.............................

Descubre lo que hay en ti de hermano menor:

me dejo llevar por el hedonismo individualista,

busco lo más fácil, lo más cómodo, lo que me pide el cuerpo...

Mi objetivo es satisfacer las exigencias de mi falso "yo".

...............................

Descubre lo que hay de hermano mayor:

busco la cercanía de Dios, pero fabrico un Dios a mi medida,

un Dios que me quiera, porque soy mejor que los demás

Y me debe ese amor que le exijo.

..........................

No busques modelos fuera, todos son falsos.

El único modelo debe ser Él,

que no está "en los cielos", (en las nubes)

sino en lo hondo de tu ser,

esperando ser descubierto y vivido y manifestado.

Fuente: 

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1967-los-tres-personajes-representan-distintos-aspectos-de-nosotros-mismos.html

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/751432864531280

Padre S. Martín: Asesinato de Charles Kirk, persecución interna en la Iglesia, martirio cristiano:


Padre Barron: https://www.youtube.com/watch?v=kZFBMti00Gk


sábado, 30 de noviembre de 2024

Vuelve, pero no se ha ido

ESTAMOS SALVADOS, PERO NO NOS HEMOS ENTERADO TODAVÍA

(San Lucas, 21: 5-28 y 34-36)

Fray Marcos (Rodríguez)

Introducción

Con el primer Domingo de Adviento, comenzamos el nuevo año litúrgico que es una puesta en escena de los acontecimientos que dieron lugar al cristianismo. De la misma manera que en la vida normal, se inventó el teatro para escenificar las relaciones sociales y así poder comprenderlas mejor, así en el ámbito religioso, escenificamos las experiencias religiosas de nuestros antepasados. Para nosotros la figura clave es Jesús, por eso el año litúrgico se desarrolla en torno a su vida.

No tiene mayor importancia que Jesús haya nacido el 25 de diciembre o en cualquier otro día del año. Como tampoco la tiene que haya nacido en el año 1 ó en el año 5 antes de Cristo. Lo importante es descubrir que la esencia de nuestra religión tuvo su origen en la experiencia humana del hombre Jesús.

Empezamos con los cuatro domingos de Adviento, como preparación para celebrar el momento más importante de ese proceso que terminó en la religión cristiana. No nos debe extrañar la increíble riqueza de los textos litúrgicos de este tiempo de Adviento. Ello se debe a que el pueblo de Israel vivió toda su historia como tiempo de adviento, es decir, como una continua espera.

Pero también el pueblo cristiano, vive las expectativas de la llegada definitiva del Reino de Dios. Por eso, tanto el AT, como el NT, están plagados de textos bellísimos sobre este tema fundamental en toda la Escritura. Nosotros encontramos una dificultad a la hora de entender estos textos, porque están escritos desde unas expectativas completamente diferentes y en un lenguaje extraño. Sin embargo el mensaje es simple: Pase lo que pase, debemos tener total confianza en Dios que salva siempre.

Explicación

Tal vez nos produzca una cierta confusión el hecho de que la liturgia apunta en una doble dirección. Por una parte, nos invita a estar en vela para la venida futura y definitiva de Cristo. Por otra, nos invita a prepararnos a celebrar dignamente la primera venida, es decir, su nacimiento como ser humano. Ambas perspectivas son hoy problemáticas. Celebrar el nacimiento de Jesús como acontecimiento histórico, no servirá de nada si no nos sentimos implicados en lo que significó su propia vida. Entender literalmente la segunda venida, será echar balones fuera por el otro extremo.

Esos dos extremos serán referencias importantes, solo si nos llevan a afrontar adecuadamente el presente. No tiene sentido hablar hoy del fin del mundo ni de catástrofes futuras. Ni siquiera de la "futura venida de Cristo". Lo importante no es que vino, ni que vendrá, sino que viene en este instante. Hablar hoy del futuro en cualquiera aspecto es ponerse fuera de juego y no aceptar el verdadero mensaje de las lecturas. Quedarse en la celebración de un hecho histórico, no cambiará nada en mi vida.

Debe hacernos pensar el hecho de que los Judíos esperaron durante dieciocho siglos la liberación. Y cuando llegó Jesús con su oferta de salvación, la rechazaron porque no era lo que ellos esperaban.

La venida del Mesías no fue suficiente para los judíos, porque no esperaban esa salvación, pero tampoco fue suficiente para los primeros cristianos, también judíos, que siguieron esperando la "segunda venida" en la que sí se realizará la verdadera salvación, porque entonces vendrá "con gran poder y gloria".

Aún hoy, seguimos esperando una salvación a nuestra medida, no la que realmente trajo Jesús, que es la que Dios quiere para nosotros. Si comprendiéramos que Dios ya nos ha dado todo lo que puede darnos, dejaríamos de esperar que Dios venga a "hacer" algo para salvarnos.

A todos nos resulta muy complicado abandonar una manera de ver a Dios que nos da seguridades, que es lo único que nos importa de verdad. Preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho, donde quiere, cuando quiere, y desde fuera. Solo requiere de nosotros que cumplamos, también externamente, sus mandamientos.

Desde esta perspectiva nos sentimos forzados a hacer lo que nos parece que le agrada y de otra, a esperar con miedo a que en el momento último nos coja confesados. De esa manera no hay forma de hacer presente el Reino de Dios que está dentro de nosotros. Y además, nos quedamos tan frescos, echando la culpa de que no estemos salvados, a Dios que es demasiado cicatero a la hora de concedernos lo que tanto deseamos.

Dios está viniendo siempre. Si el encuentro no se produce es porque estamos dormidos o, lo que es peor, con la atención puesta en otra parte. La falta de salvación se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no puede funcionar.

Da lo mismo que la esperemos aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Dios ni lo puede hacer otro hombre. Esta es la causa de nuestro fracaso. Esperamos que otro haga lo que solamente yo puedo hacer.

Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mí. Simplemente tengo que despertar y descubrirlo. Tengo que salir del engaño de creer que soy lo que no soy.

Esta vivencia me descentra de mí mismo y me proyecta hacia los demás; me identifica con todo y con todos. Mi falso ser, mi ego, mi individualidad se disuelve. Esa experiencia de salvación tendrá consecuencias irreversibles en mi comportamiento con los demás y con las cosas, que ahora, hecho el descubrimiento, forman parte de mí mismo. Dios no me salva como recompensa a mis actos. Mis obras serán la consecuencia de la salvación que Dios me da.

En las primeras comunidades cristianas se acuñó una frase, repetida hasta la saciedad en la liturgia: "Marañatha" = ¡Ven, Señor Jesús! Vivieron en la contradicción de una escatología realizada y una escatología futura.

"Ya, pero todavía no". Hay que tener mucho cuidado a la hora de entender estas expresiones. "Ya", por parte de Dios, que nos ha dado ya todo lo que necesitamos para esa salvación. Si no fuera así, se convertiría en un tirano. "Todavía no", por nuestra parte, porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto el alcance de la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque "todavía no" estamos salvados, tenemos que tratar de vivir el "ya". Eso nunca lo conseguiremos si nos dormimos en los laureles.

Jesús apunta hacia una salvación muy distinta de la que esperamos. "He venido para que tengan vida y la tengan abundante." ¿Cuál es la tierra prometida que nosotros esperamos hoy? Como los judíos, ¿esperamos una tierra que mane leche y miel, es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más? Seguimos apegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. Seguimos convencidos de que la felicidad está en el consumo. La liturgia nos propone cuatro domingos para prepararnos. Los comercios adelantan más cada año la oferta de productos navideños...

La confianza, la esperanza, la paz, la ilusión la tengo que mantener aquí y ahora, a pesar de todas las apariencias. No debemos esperar que el mundo cambie para alcanzar la verdadera salvación. Confiar, creer es ya cambiar el mundo. Si no es así, estoy confiando en el ídolo. Siempre tendemos a ver la presencia de Dios en los acontecimientos favorables, y pensar que Dios está alejado de nosotros cuando las cosas no van bien. Esa es la interpretación de la historia que hizo el pueblo judío. Jesús dejó muy claro que Dios está siempre ahí, pero se manifiesta con rotundidad en la cruz, aunque sea difícil descubrirlo.

El Adviento no me invita a mirar hacia fuera: pasado y futuro, sino a mirar hacia dentro. Si consigo que nada de lo que tengo me ate y me desligo de lo que creo ser, aparecerá mondo y lirondo mi verdadero SER. Solo ahí puedo encontrar la auténtica felicidad.

¡Qué nos está pasando! Celebramos con inmensa alegría el nacimiento de una nueva vida, pero seguimos despidiendo a nuestros muertos con un "funeral". Debemos atrevernos a no ver el fin de una vida como un fracaso. Al final del camino, nada de lo que eres en tu esencia, se ha truncado. Eso es lo que se desprende del evangelio. Eso es lo que Jesús predicó y vivió.

Meditación-contemplación

Dios viene, pero no de fuera.

Jesús vuelve, pero no se ha ido.

Hay que superar los conceptos de pasado y de futuro.

Solo así entrarás en la dinámica de una auténtica revelación.

................

Dios es siempre el mismo, no puede cambiar.

Está en la historia, y a la vez, más allá de la historia.

Descúbrelo en lo hondo de tu ser y aparecerá a través de ti.

No tienes nada que esperar de fuera.

................

No tiene nadie que venir a salvarte.

Tienes que descubrir que estás salvado desde siempre y para siempre.

Lo que te llegue de fuera ni aumenta ni disminuye esa salvación.

Pero puede ayudarte o impedir que la descubras y la vivas.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/3035-estamos-salvados-pero-no-nos-hemos-enterado-todav%c3%ada.html

Ilustración: Jae-Im Kim.

Padre Peraza: https://www.facebook.com/871245462/videos/1621013035464984

Padre S. Martín: https://www.youtube.com/watch?v=N1-mFkWXmXs


Monseñor R. Barron: https://www.youtube.com/watch?v=w065IAwxbyI


Monseñor Biord: https://www.youtube.com/watch?v=6DyYkQnwkZw






Monseñor García Cuerva: https://www.youtube.com/watch?v=5GE-x5RMWsI 



domingo, 7 de julio de 2024

La fe y sus caminos

CREER EN EL CARPINTERO

(San Marcos, 6: 1-6)

José Enrique Galarreta

Jesús en su pueblo, en Nazaret. Sus palabras en la sinagoga producen admiración. El carpintero, el hijo de María, con el que hemos convivido treinta años, nos sale ahora como maestro de Sabiduría... ¿dónde ha aprendido? ... Y se escandalizan de él. No le llevan a los enfermos para que los cure, no se fían de él. Es el reverso del domingo pasado, cuando Jairo y la mujer enferma sí se fían, y consiguen la curación.

Como tema marginal; aparecen "hermanos y hermanas" de Jesús. Antes se tenía por cierto que "hermanos y hermanas" era el nombre genérico de "primos". Es interpretación antigua, pero no antiquísima. Parece que los medios más cercanos a la redacción de estos escritos no dan pie para ella.

Hoy los autores especializados no se ponen muy de acuerdo, y sus soluciones dependen en gran manera de otros condicionamientos (su postura acerca de la virginidad de María y otros más). El tema es interesante, aunque no significativo para nuestra fe, y desde luego, no podemos desarrollarlo aquí.

Reflexión

No pocas veces envidiamos a los que convivieron con Jesús. Pensamos que conociéndole sería mucho más fácil creer en él. Hoy se nos invita a revisar esta opinión. Pongámonos en la piel de los vecinos de Nazaret. Han convivido treinta años con José, María, Jesús; le han conocido como el carpintero, hijo de carpintero. Hace unos meses se fue al Jordán, con el Bautista; y ahora reaparece enseñando como un rabí y dicen que cura enfermos ... La sorpresa está más que justificada: y la tendencia a rechazarlo: ¿quién se ha creído que es? ¡como sino lo conociéramos de toda la vida!

Pienso que lo tenían más difícil que nosotros. Porque había que creer en aquel hombre, y la evidencia de su humanidad, de su normalidad, les resultada un obstáculo insuperable. A veces simplificamos injustificadamente la fe en Jesús de su madre. Solucionamos el problema otorgándole a María una revelación más que especial, haciéndola tan consciente de la naturaleza de su hijo como hacemos a Jesús consciente y omnipotente ya en el seno de su madre. Debemos revisar seriamente nuestros "conocimientos". También para María era Jesús objeto de fe. Jesús creció como un niño normal, necesitado de su madre para todo. Y su madre también tuvo que creer.

Esto sitúa correctamente nuestro acto de fe e invita a revisar nuestros motivos. Sus vecinos escucharon sus palabras y contemplaron sus curaciones. Y, para muchos, no fue suficiente. Nosotros leemos o escuchamos esas palabras y curaciones. ¿Cómo saltamos del conocimiento a la admiración y de la admiración a la fe? Y ¿qué significa exactamente, más allá de admirar, "creer"?

Creer en Jesús significa admitir que en él está actuando el Espíritu, que sus dotes de sanador, sus estupendas palabras, no son simplemente fruto de un hombre genial, sino la obra de Dios mismo en él. Creer en Jesús significa aceptarlo como "hombre lleno del Espíritu", significa aceptar que "Dios estaba con él". Esto es lo que no podían entender sus convecinos, esto es lo que les producía escándalo. Para ellos, Dios había hablado por medio de Moisés, el gran milagro había sido el paso del mar; ahora tienen que aceptar que Dios habla por boca de su vecino Jesús el carpintero y sana por su medio. Tendrán que aceptar más: que Dios está con Jesús de una manera muy superior a la de Moisés. Jesús es El Hijo, el Predilecto, y hay que escucharle a él, incluso cuando sus palabras corrijan a Moisés.

Nuestra fe en Jesús significa pasar de la admiración por un hombre extraordinario a la aceptación de Dios presente en él. La humanidad de Jesús, Jesús hombre, nos plantea la pregunta que se hicieron también sus contemporáneos: ¿quién es éste?. Creer significa contestar: éste es el Hombre lleno del Espíritu, el Hijo Predilecto, la Palabra hecha carne.

Para nuestra oración

Son muchos los caminos hasta la fe. Algunos de nosotros nos encontramos quizá con que, por decirlo de alguna manera, "heredamos" la fe en Jesús. Cuando fuimos conscientes, nos dimos cuenta de que la fe en Jesús estaba en nosotros, incluso aunque no le conocíamos muy bien. Fue entonces cuando nos preguntamos por qué, movidos sin duda por la necesidad de personalizar, de hacer nuestra la fe que habíamos recibido.

En cualquier caso, el itinerario para una fe adulta siempre es el mismo: conocer, admirar, creer. El conocimiento lleva a la admiración, la admiración a la pregunta, la pregunta a la respuesta: "Tú eres el Ungido de Dios, el Hijo Predilecto". Llegar a esta respuesta es también obra de Dios, y es, sobre todo, invitación. No se cree en Jesús para disfrutarlo, sino para seguirle, para trabajar con él en las cosas del Padre.

En todos los problemas de Jesús con sus contemporáneos aparece un problema que hoy también nos afecta: la mayor dificultad de aquella gente para creer en Jesús era su propia religión. Consideraban "La Ley de Moisés", incluidas las interpretaciones de los rabinos, como Palabra de Dios inmutable para siempre. Y Jesús no pensaba así: Jesús era el vino nuevo, pero la gente se negaba a romper los odres viejos.

Pienso que éste es un peligro que está hoy presente en la Iglesia. Todas las tradiciones de la iglesia, incluso las que claramente no proceden de Jesús, e incluso son contrarias a lo de Jesús, se mantienen con un vigor extremo, incluso parece que tienen más fuerza que la fe en el mismo Jesús y la aceptación de su estilo, sus criterios, sus valores.

Por eso, cuando se oye hablar de "Nueva Evangelización" hay muchos que dudan de que se pretende una evangelización y sospechan que se trata de revitalizar las tradiciones mas inmediatas, es decir, no volver a Jesús ni aceptar la novedad de su vino, sino remendar el odre viejo.

Fuente: 


Ilustración: Gerardo Dottori.

Excomulgado arzobispo Carlo María Viganò:

Padre Martín: Actualidad Católica: https://www.youtube.com/watch?v=owxpHI8t4C8





Padre Barron: https://www.youtube.com/watch?v=8wCW0Uu7xk0





domingo, 26 de mayo de 2024

Aceptar la vida

LA MISIÓN DE JESÚS QUEDA EN NUESTRAS MANOS

(San Mateo: 28, 16-20)

José Enrique Galarreta

Repasemos el conjunto de los relatos y textos de la ascensión, para poder comprenderlos mejor.

MATEO

(Lo leemos hoy como evangelio del día)

La "despedida de Jesús" se produce en Galilea, en un monte. No se señala cuándo. El final es:

"Se me ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo."

Y no se hace ninguna mención de la Ascensión.

MARCOS

La despedida se hace en el Cenáculo, en Jerusalén, el mismo domingo de resurrección. Jesús les da un mensaje de misión semejante el de Mateo. El texto termina así:

"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que les acompañaban."

LUCAS

(Evangelio)

La despedida se hace en el camino de Betania, el domingo de Resurrección. El último párrafo es:

"Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios"

HECHOS

(La primera lectura de hoy)

La despedida se hace desde el Monte de los olivos, cuarenta días después de la resurrección. Hay un sermón de misión y una descripción de la subida de Jesús al cielo, por los aires, con la promesa de que volverá.

JUAN

(Primera conclusión de su evangelio)

La despedida se hace en el cenáculo, ocho días después del Domingo de Resurrección. El "discurso de despedida" se ha puesto ocho días antes, en la aparición sin Tomás. Dice:

"Paz a vosotros, como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros." Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a los que se los retengáis, les quedan retenidos."

En la aparición con Tomás no hay discurso de misión. No se hace mención alguna a la "partida" de Jesús.

En el añadido del cap. 21, no hay ninguna mención de la Ascensión.

Resumiendo las semejanzas y las diferencias:

· Marcos, Lucas y Hechos sitúan la acción en Jerusalén y sus alrededores, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) recogen la tradición de Galilea.

· Marcos, Lucas y Juan (1ª conclusión) terminan el mismo domingo de la resurrección, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) suponen un tiempo intermedio indefinido, y Hechos habla expresamente de cuarenta días.

· Los cuatro evangelios y los Hechos constatan un sermón de Misión como final del mensaje de Jesús.

· HECHOS describe la partida como un despegar hacia las nubes.

· Marcos y Lucas no describen la partida.

"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

"Y, mientras los bendecía, se separó de ellos."

· Mateo y Juan no mencionan la "partida" de Jesús.

Estas diferencias, tan notables, nos hacen reflexionar. No es creíble que un mismo autor cuente un suceso de dos formas que, aunque coinciden en lo esencial, presentan fuertes diferencias.

Ampliando esta idea, es sorprendente que los otros testigos lo cuenten de forma tan distinta, y que Juan no lo cuente.

Evidentemente, por todo ello, no nos encontramos ante la simple narración de un suceso, sino de algo más, del significado del suceso, de la fe en lo que sucede en el fondo de lo que se ve.

En este sentido, no debemos olvidar algunas conclusiones claras:

· No es posible la reconstrucción de una "cronología de la resurrección y ascensión del Señor". No lo dan los textos.

· No es posible ignorar el carácter de "relatos de los sucesos de aquel fin de semana" que tienen los primeros textos de la Resurrección (las mujeres en el sepulcro), y el carácter de "profesión de fe" que van adquiriendo los relatos siguientes.

· Los textos de la Ascensión son de género literario "Teofanía" y "profesión de fe", están escritos desde la intención de manifestar la Fe en Jesús Señor.

· En ellos encontramos elementos simbólicos frecuentes en el Antiguo Testamento, y usados por los evangelistas:

ARRIBA

SENTADO A LA DERECHA

LA NUBE

LAS VESTIDURAS BLANCAS

LA VOZ DEL CIELO.

(Relatos de este género, con símbolos semejantes son, entre otros, el Bautismo en el Jordán, la Transfiguración y algunos de los relatos de la infancia y nacimiento)

· El hecho de que Juan los omita - en paralelismo a la omisión del mismo Juan del pasaje de la institución de la Eucaristía - nos muestra a las claras que hay en los evangelistas varias maneras de proclamar la Fe en Jesús Resucitado Señor.

En conclusión. Nos encontramos en la transición del relato de historia - la muerte de Jesús en la cruz - a la proclamación de la Fe en Jesús Señor exaltado por Dios. Y todo ello, en la perspectiva de la Misión, y con la promesa del Espíritu.

Mientras que en los relatos de la Pasión lo central era el suceso, lo que vieron los ojos, en estos relatos lo central es lo que no ven los ojos, el triunfo definitivo de Jesús.

Así pues, las tres lecturas de hoy se mueven entre el simbolismo y el mensaje, y, juntos, nos ayudan a comprender la Ascensión del Señor. Demasiadas veces trivializamos la Ascensión como si fuera un episodio de la vida de Jesús, un "viaje final".

El nacimiento y la muerte en cruz son sucesos: hubo testigos, creyentes o no, que podrían atestiguarlos. La Encarnación, la Resurrección y la Ascensión no son sucesos que los ojos vieron. Son "sucesos de la fe". Y sus relatos no cuentan lo que vieron los ojos, sino lo que la fe creyó.

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es, con este relato "¿qué nos quiere decir el autor?".

El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

Mirándolos desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.

TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN

Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa "despojarse de su condición divina", "hacerse pecado", "humillarse hasta la muerte y muerte de cruz".

Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su entrega total a su misión, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

La humillación es presentada con la simbología básica del "descenso": "bajó del cielo", "descendió a los infiernos".... Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: "subió a los cielos". Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la "situación definitiva", "sentado a la diestra de Dios".

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado su misión hasta la muerte y muerte de cruz, que ahora ocupa "su lugar", el que le corresponde por naturaleza.

La Ascensión es "colocar a Jesús donde debe estar", y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque "aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara".

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del Evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN

Todos los evangelistas terminan su obra con la misión. Terminada su misión, Jesús "se va", y su misma misión queda en manos de los discípulos, de la Iglesia.

La aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es muy preciso: han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido.

Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.

CONCLUSIONES

La Ascensión no es un hecho físico. "Arriba" está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. "Abajo", pero ¿en qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur?

"Descendió a los infiernos" significa lo mismo que "subió a los cielos", es decir, que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosa que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

A nosotros no nos gusta este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos expresaron la Palabra.

Los relatos de la Ascensión son profesiones de fe. Se responde a la pregunta fundamental acerca de Jesús: ¿quién este hombre? Y se responde: es el hombre lleno del Espíritu, que le hace Hijo, que fue crucificado pero está Vivo por la fuerza de ese Espíritu, y ha sido "exaltado por Dios a su derecha". Se nos invita hoy a hacer nuestra esta fe. Es el día en que debemos reafirmar, de todo corazón, nuestra fe en Jesús.

La Ascensión es una invitación no sólo a reconocerle sino a seguirle; se nos invita a la misma misión de Jesús. Es también el día en que la tenemos que aceptar. Nuestra celebración de la Ascensión no puede terminar sin más en el gozo por el triunfo de Cristo. Es el día en que decimos a Jesús: "Te puedes marchar tranquilo; tu misión queda en nuestras manos; cuenta con nosotros."

En resumen:

Creo en Jesús, el Señor,

revelación de Dios y del sentido de la vida:

acepto la vida como misión recibida de El,

para que todos los hombres le conozcan y salven su vida.

Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en El.

O R A C I O N

Bendito sea Dios,

el Padre de Jesús, nuestro Padre,

que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones,

que nos ha mostrado en Jesús, su rostro, su corazón

y nos ha elegido para la misión más bella,

que toda la humanidad conozca la Buena Noticia de Jesús.

Bendito sea Jesús, el hombre lleno del Viento de Dios,

que ha hecho de nuestra vida algo nuevo, distinto,

nos ha devuelto la dignidad y la esperanza,

nos ha dado motivos para vivir y para creer.

Bendito sea el Viento de Dios,

el que animaba y arrastraba a Jesús,

al que sentimos presente en nuestra vida.

Bendito seas, Jesús,

que pasaste haciendo el bien

y curando a todos los oprimidos por el mal,

porque el Viento de Dios estaba contigo.,

Bendito seas, Jesús, nuestro Señor.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/987-la-misi%C3%B3n-de-jes%C3%BAs-queda-en-nuestras-manos.html

Ilustración: https://fr.123rf.com/photo_120365382_illustration-ou-dessin-dessin%C3%A9s-%C3%A0-la-main-du-visage-de-j%C3%A9sus-christ.html

Padre Peraza: https://www.facebook.com/871245462/videos/472660338545586

Padre Martín. Actualidad católica.: https://www.youtube.com/watch?v=Y57w9ppXVpc

Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=og1C_TUYlho


Padre Martín: https://www.youtube.com/watch?v=-Hg2RwcvSHI

Obispo Barron; https://www.youtube.com/watch?v=SscZDoI9YC0

Obispo Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=fJPQhrSfzss

Iglesia de la Coromoto, Caracas.


Breve nota LB: Magnifica homilía del padre Alí, Iglesia de la Coromoto, El Paraíso (CCS, 26/05/2024). 

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY