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domingo, 26 de abril de 2026

Caza de citas


“Mi repetición del verbo recordar cuando hablo de economía no se debe a mi limitado vocabulario, ni es fruto de la nostalgia. Pretendo insinuar que todo el conocimiento, la experiencia y la inspiración que necesitamos ya están ahí, en el pasado y en el mundo actual. Lo que todos necesitamos es la voluntad de dar el paso y el conocimiento de qué es suficiente”

Ece Temelkuran

(“Juntos. Un manifiesto contra el mundo sin corazón”, Anagrama, Barcelona, 2022: 108)

Ilustración: Guy Billout.

miércoles, 9 de abril de 2025

Superar la muralla

LA LECCIÓN DE BOASBERG

Luis Barragán

En el siglo pasado venezolano, se hizo frecuente el (re)conocimiento público de los jueces, incluso, por decisiones propias de la vida cotidiana. Éste, por ejemplo, fue el caso de los jueces de instrucción de acuerdo a la antigua legislación procesal penal, haciéndose inmediatamente célebres en los tiempos que las páginas rojas o de sucesos de la prensa escrita contaban con una enorme audiencia; huelga comentarlo, el contraste es evidente respecto a la presente centuria.

Muy natural, en Estados Unidos vuelve a la escena pública, el juez federal  James E. Boasberg, pues, la Suprema Corte de Justicia, con un voto de diferencia, anuló las órdenes de restricción temporal que aquél emitiera, a propósito de la consabida deportación de los venezolanos fundada en una ley de finales del siglo XIX, la de Enemigos Extranjeros. Por supuesto, la elevada instancia no fue al fondo del asunto, sino que, entendemos, por una parte, la sentencia determinó que la detención y expulsión de los inmigrantes debió impugnarla la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU) en la jurisdicción correspondiente al lugar de los hechos (Texas), en lugar de Washington D.C.; y, por otra, quedó muy claro que la medida faltó al debido proceso, y, es de suponer, lo creemos modestamente, la correspondiente reposición de la causa con la devolución de los afectados a territorio estadounidense para tratar de comprobar que no son integrantes de una banda criminal, al menos.

Igualmente, El Nuevo Herald (08/04/25) observa que la decisión del máximo tribunal coincide con la consideración en ciernes del juez federal para procesar por desacato a los altos funcionarios del ejecutivo federal por haber ordenado el traslado aéreo de los detenidos antes de producirse su sentencia; al parecer, una cuestión todavía pendiente. Un día antes, The Wall Street Journal (07/04/25), señaló los varios casos que tiene agendados Boasberg respecto a la administración Trump, asignados por sorteo, como su fama de mesurado y ecuánime, precisando que ascendió a juez principal en el Distrito de Columbia gracias al presidente Bush y, luego, juez federal gracias al presidente Obama.

Referidos a los que se encuentran en Estados Unidos de una precaria situación legal, presumimos que hay mucho temor entre los venezolanos para tratar públicamente el problema de las deportaciones. Sin embargo, dicho problema u otros de trascendencia, deben irremediablemente ventilarse, entre otros, por dos motivos: porque – es la lección del caso tratado por Boasberg – son susceptibles de generar sendos y favorables precedentes judiciales, actualizando el Estado de Derecho, al igual que luce obvia la necesidad de organizarse socialmente para afrontar aún las más difíciles circunstancias, mancomunando las responsabilidades en una tarea de reencuentro con una mínima y solidaria venezolanidad.

Que sepamos, no hay planteamientos e iniciativas encaminadas a un mínimo entendimiento de nuestros paisanos localizados en el norte del continente, ni hemos visto que los expertos del patio ayuden a orientar a nuestros migrantes, apelando al altruismo. A falta de dirigentes sociales, bien pueden contribuir los dirigentes políticos que están más allá de nuestras fronteras, asumiendo deberes que solo  la vocación de servicio puede canalizar.

Referencias: The Wall Street Journal, 07/04/25; y El Nuevo Herald 08/04/25: https://www.elnuevoherald.com/noticias/inmigracion/article303731966.html

Ilustración: Guy Billout.

Fotografía: Le Figaro, 22/03/25.

09/04/2025:

https://guayoyoenletras.net/2025/04/09/la-leccion-de-boasberg/

Breve nota LB: De un lado, el artículo se fue con un gazapo: la Ley es del siglo XVIII; y, por el otro, resultan insuficientes y elementales los análisis suscitados por la decisión judicial (https://www.elnacional.com/mundo/que-cambia-para-los-migrantes-venezolanos-tras-la-decision-de-la-corte-suprema-sobre-la-ley-de-enemigos-extranjeros/).

domingo, 31 de diciembre de 2023

Caza de citas







"Corrieron las tazas de vino los panes de maíz y la alegría, y la patrona se olvidó por unos segundos de su tenaz soledad, del dolor del abandono, del ronroneo de los cotilleos y de las moscas negras"

Sonsoles Ónega

("Las hijas de la criada",  Planeta, Barcelona, 2023: 234)

Ilustración: Guy Billout. 

domingo, 17 de diciembre de 2023

Caza de citas




“La carga de la prueba recae sobre las grandes empresas tecnológicas. Son ellas las que tendrán que demostrar que sus productos no solo no son nocivos para la salud de nuestros hijos en periodo de desarrollo, sino que presentan efectos beneficiosos que superan con mucho los perjuicios. Y lo tienen difícil, porque la evidencia disponible precisamente apunta a lo contrario. En definitiva, volviendo a nuestra analogía, deben demostrar que el agua que embotellan y comercializan no está contaminada yes nutritiva”

Francisco Villar Cabeza

(“Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos”, Herder Editorial, Barcelona, 1923: 32)

Ilustración: Guy Billout. 

martes, 16 de mayo de 2023

Las feas orugas del exilio

UNA DIÁSPORA TAMBIÉN ENLUTADA

Luis Barragán

De nuevo, venezolanos fallecen en el Darién: esta vez, dos niños y un adulto, tragados por la ferocidad de la selva y aún más la del coyotaje que pareciera una rentabilísima creación del Foro de São Paulo y no, consecuencia de una política implementada, ejemplificada e irradiada desde la capital provisoria del socialismo del siglo XXI. Huyendo del país hambreado y desescolarizado, con demasiados kilómetros hechos a pie y durmiendo a la intemperie, encuentran una muerte prematura e injusta al mismo tiempo que los prohombres del poder celebran acá cualquier ocurrencia, todo gesto, alguna infidencia, o una mirada de satisfacción a través del retrovisor.

Ciudad Juárez y Brownsville,  también constituyen dos recientes y desgraciados referentes de incineración y atropello automovilístico hacia los nuestros que habla de la incomprendida  causa venezolana por la libertad y la democracia, alzándose un importante desafío para la dirigencia política y social forzada al exilio. Nadie está a salvo de atravesar por una experiencia crudelísima, como la nuestra, expuestos a todos los riesgos y peligros,  al igual que los cubanos que luchan por salir y salen de la cárcel isleña, incursionando en el vastísimo territorio extranjero para salvar o intentar salvar a la familia, llevándola o no consigo.

Reconocemos el testimonio de solidaridad de los pueblos que acogen a los coterráneos, ayudándolos, entendiéndolos, tratándolos como hermanos, tendiéndoles una mano en las circunstancias más duras y difíciles, pero – también – digamos de las minorías que vejan, enardecen, repelen, burlándose de aquellos que fielmente ejemplifican al país que serán de votar por los aliados locales de Maduro Moros.  Aceptemos que es el resultado de las manipulaciones consistentes de esos aliados locales orientados por el escaso funcionariado diplomático o consular venezolano que va quedando, o de la incompetencia de los líderes opositores obligados al exilio que no logran neutralizarlos, pero lo cierto es que hay una marcada tendencia a la indiferencia por la suerte de otros pueblos, otras naciones, otros países jurando que jamás será la propia, propendiendo a banalizar el infortunio de Sudán o Ucrania.

Peor ocurre en el territorio nacional, con los protagonistas y más altos personeros del régimen, añadidos los cuadros medios, tan insensibles, o excesivamente insensibles  frente a la trágica situación de los venezolana de acá y de allá, como si absolutamente nada tuvieran que ver con ellos, legándole a la prole un sentimiento de culpa varias veces postergado que tratará en revertir muchos años después el analista de turno. Pregonan amor y paz por las emisoras radiotelevisivas del Estado, inducidas las privadas a replicar el mensaje, pero las rosas del interesado jardín están blindadas soportando enteramente el peso de un tanque de guerra, cual ilustración del talentoso e irónico Guy Billout.

Por estos días, en una camioneta por-puestos, escuchamos sin querer la angustia manifiesta de una funcionaria del SENIAT de acuerdo a su obvia vestimenta, por la suerte de un hermano atascado en la frontera entre Perú y Chile, acompañado por la mujer e hijos.  Le confesó a su compañero de ruta haber pedido auxilio a su jefe inmediato de quien sabe con familiares que están afuera, pero él, simplemente, le respondió con un “que se joda”, ordenándole despachar inmediatamente los asuntos administrativos pendientes.

El oficialismo nada dice directa e inequívocamente respecto a la calamidad de los nuestros excepto flete un avión trastocándola en un magnífico negocio político y literalmente comercial, por la inversión publicitaria que acarrea. Apuesta por la densidad y definitiva solidez de una capa geológica: la de una  total insensibilidad ante sus crímenes que más de ocho millones de compatriotas regados por el mundo igualmente lo acreditan.

Más de veinte años después, respiramos la misma provisionalidad que desde el principio transpiró el único gobierno que hemos padecido, aunque ahora tenga diferente cachimbo, y ojalá más temprano que tarde lo superemos para evitar que otro venezolano  muera en las rudas circunstancias que incansablemente ocupan a los noticieros.  Ocupación que debemos evitar se haga rutina,  denunciando con terquedad el drama a través de todos sus ángulos.

Ilustración: Guy Billout. 

16/05/2023:

https://www.elnacional.com/opinion/una-diaspora-tambien-elutada/

lunes, 10 de abril de 2023

Un debate por siempre inconcluso

EL NACIONAL - Miércoles 10 de Abril de 2013 Opinión/9

¿QUÉ ES LA ANTIPOLÍTICA?

Aníbal Romero

Son numerosos los equívocos sobre la llamada antipolítica, quizás más de los que persiguen al término fascista, usado por unos y otros para descalificar a los adversarios de turno. En Venezuela los chavistas atacan a la oposición llamándola fascista, y la oposición, con frecuencia confusa en cuanto a la caracterización de su contrincante, sostiene que el régimen es fascista, que no es de izquierda y tampoco comunista; en fin, que la verdadera izquierda es la de Olaf Palme y demás despistados socialistas escandinavos. En cambio ­nos aseguran­ el Che Guevara, Fidel, Mao, Lenin y Stalin no eran la izquierda sino otra cosa, que nadie sabe de qué se trata. El enredo no pareciera tener escapatoria.

He escuchado y leído a dirigentes de la oposición y a columnistas que rompen sus lanzas en dogmática defensa de la MUD argumentar que los estudiantes que protestan contra la dominación cubana, o los articulistas que en ocasiones tenemos la osadía de sugerir que el actual liderazgo político de la oposición es falible, somos en realidad representantes de la famosa antipolítica.

De allí que convenga aclarar algunas cosas.

Para empezar, importa señalar que no toda política es necesariamente la de la democracia liberal y los partidos políticos de corte tradicional.

Ese es un modelo ideal contemporáneo, pero me temo que el mismo no agota la realidad histórica de la política. Recuerdo que cuando Hugo Chávez emergió al escenario político nacional, muchos le tildaron de típica expresión de la tal antipolítica.

Pues, obviamente no lo era, y dudo que a alguien ahora se le ocurra incluir ese fenómeno telúrico de la demagogia en el difuso club antipolítico.

Rechazo radicalmente a Chávez, su mensaje y su legado, pero debo admitir que fue un político hasta los tuétanos y que el impacto de su irrupción política sobre el país tiene escasos parangones.

Una cosa es que rechace sus ideas y ejecutorias públicas y otra muy distinta que las declare, con retorcida arrogancia, como antipolíticas.

Desde una perspectiva conceptual, por tanto, debemos cuidarnos del reduccionismo que presume que la única política que merece tal nombre es la que llevan a cabo los partidos políticos tradicionales, en el marco de una democracia de masas con instituciones representativas. Es más, para bien o para mal, seguramente lo segundo, esa política de los partidos y la democracia liberal ha sido, es y posiblemente será el ámbito minoritario en el que se ha expresado, expresa y expresará la lucha por el poder, así como los intentos de constituir un orden medianamente viable entre los seres humanos en diversas partes del mundo.

Lo creo de ese modo, pues, a decir verdad y dejando de lado las restantes dictaduras, autocracias y satrapías que aún existen, buena parte de las democracias de hoy ­como la venezolana­ no son sino caricaturas del modelo ideal. Ello, sin embargo, no las hace antipolíticas.

Los estudiantes que protestan no son antipolíticos, y tampoco lo somos quienes cuestionamos aspectos significativos de la estrategia, decisiones y acciones de los que tienen en sus manos la conducción política de la oposición democrática.

Sencillamente tenemos visiones distintas acerca de las líneas de avance que, en nuestra concepción del tema, deberían ser adelantadas por la dirigencia y seguidores de la oposición, para combatir al régimen traidor y a sus amos cubanos.

El epíteto de la antipolítica, en conclusión, es un cómodo estribillo para la polémica, utilizado a la ligera cuando ya no quedan otras armas para zaherir al adversario. 

domingo, 9 de abril de 2023

Regulación de las escaleras mecánicas

LEY DE EXTINCIÓN DE DOMINIO: UNA PROPUESTA DE CONTRATO COLECTIVO

Luis Barragán

De repente, incluso, quien no sabía de la nomenclatura técnica, ha de darse formal y completamente por enterado de la existencia de un proyecto de Ley Orgánica de Extinción de Dominio, resignada a su inmediata y unánime votación la llamada Asamblea Nacional de 2020, en espera de la definitiva sanción, sin dar ocasión al más modesto y libre intercambio  de ideas. Aprobada por unanimidad, sabe que los genuinos beneficiarios y privilegiados del poder escenifican una peligrosa reyerta que es la del reacomodo de los intereses al calor del Estado depredador, algo más que fallido, algo más que forajido.

Asegurándose tributario de un instrumento modelo de Naciones Unidas (Oficina Contra la Droga y el Delito),  concretado en Argentina mediante una ley que la aplica mediante la acción civil previa existencia de una sentencia penal definitivamente firme, acá, el proyecto en cuestión está orientado a convertir al Estado en titular y vendedor de los bienes  de las personas naturales o jurídicas vinculadas con actividades ilícitas. Sin embargo, surgen los detalles, pues, en el proyecto en cuestión,  el Estado puede logarlo aún antes de decidida la causa penal principal o de fondo,  con el pretexto de financiar actividades de interés público, a favor del Pueblo (en mayúscula para redundar con la fórmula populista).

Será el Ejecutivo el que administrará y dispondrá, venderá, donará o cederá el derecho, dizque para financiar el gasto público en abierta contradicción con una correcta ley de presupuesto que ha de preverlo con todas las formalidades del caso (para la invocada protección social, derechos humanos, servicios públicos e infraestructura, atención a las víctimas del delito);  además, premiando a los informantes y cazadores en las artes de identificación, localización y recuperación de esos bienes, aunque no fueren precisamente artistas. Todo habrá de depender de la interpretación subjetiva que haga el Ministerio Público para iniciar un procedimiento especial, breve y simplificado en un Tribunal de Control,  respecto a los bienes de los que dispondrá el ente dependiente de Miraflores que, de promulgarse la ley orgánica, por si fuera poco, la reglamentará a su leal saber y entender, como suele ocurrir.

Luce demasiado obvio que, al tratarse de los corruptos del régimen, aún antes de juzgarlos y sentenciarlos definitivamente como tales, siendo tan abundantes, lo que importa es aprovechar y recolocar sus bienes y derechos de usufructo en el marcado lo más pronto posible, incluyendo aquellos sospechosos provenientes del tráfico ilícito de drogas y de capitales, por ejemplo. Caso éste que, en estricta lógica equivale a un lavado de recursos que los mismos delincuentes no podrían hacer a gran escala, como se apuesta haga el Estado en los términos en los que está redactada la propuesta legal. No es posible hacerse falsas ilusiones: en última instancia,  ella servirá para zanjar las diferencias entre los variados grupos de poder en constante rivalidad y tensión, pareciendo más una suerte de contrato o convenio colectivo entre esos grupos para dirimir sus intereses que puede también darle alcance a sectores falsos y genuinos de la oposición, susceptibles de extorsión por razones decidida y enteramente políticas; vale decir, intrínsecamente concebida la oposición por el socialismo del siglo XXI como una actividad típica de la delincuencia organizada y terrorista, procederán en consecuencia.



Parece natural que un proyecto de tan calculadas generalizaciones, incurra en deslices inconstitucionales, aunque es portador de disposiciones que expresa, directa y descaradamente violentan la Constitución. ¿Cómo disponer de los bienes de quien no ha sido condenado mediante una sentencia definitivamente firme, por ejemplo? ¿Tan sólo probando la materialidad de los hechos, sin hacerlo con su culpabilidad? Los ordinales 10 y 11 del artículo 8, otro ejemplo, implican los bienes de origen lícito equivalente a los ilícitos no recuperados, ¿acaso no afecta a sucesores e inocentes, gravitando los intereses de terceras personas que actúan de buena fe? ¿Será susceptible de un recurso de
habeas data aquello que concierna a la reserva bancaria,  cambiaria, bursátil y tributaria? ¿No configurará un burdo mecanismo para recuperar bienes y activos en manos de testaferros en franca rebeldía, atendiendo las exigencias de las autoridades públicas o de la banca en el extranjero?

Siendo en principio un proyecto que concierne sólo a los prohombres del poder, impuestas las reglas y condiciones de los más fuertes,  no es difícil imaginar su empleo  para aquellos opositores que desee aterrorizar y, aún más, con una reglamentación que aumentará el nivel de discrecionalidad de los funcionarios actuantes en la llamada extinción de dominio. De modo que poco se puede esperar en lo que concierne a la solución de los problemas de corrupción, narcotráfico, lavado de capitales, etc.

Instrumentos sobrevenidos en el contexto de la denominada y estridente trama de la corrupción de PDVSA, poco ayudan a un combate real y frontal contra la corrupción, cuyo éxito sólo es posible con la superación del régimen.  Nadie niega el valor de aquellas normas recomendadas por los organismos internacionales especializados en la materia, pero es necesario considerar que, por imperfectas que fuesen, existen otras de larga vigencia en Venezuela ampliamente burladas.

No constituye casualidad alguna que la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público haya sido derribada desde que principió el presente régimen, sustituida por otra de una clara y deliberada ineficacia que ha levantado los grandes monumentos de la corrupción tan inherentes al Estado depredador que, sostenemos, ha hecho un aporte fundamental en el modo de hacer el socialismo en un país que fue indiscutible potencia petrolera. No olvidamos la persistente y frustrada iniciativa opositora de actualizar la Ley de Anticorrupción, desde el período iniciado en 2010 en la Asamblea Nacional: hoy, en la Comisión Permanente de Contraloría de la legítima Asamblea Nacional, presidida por el diputado Macario González, existen denuncias e informes muy consistentes y convincentes en torno al saqueo del erario público y otros procedimientos administrativos irregulares que la censura y bloqueo informativo impiden que trasciendan. Incluso, recientemente, corroboramos en la sede de la Universidad Central de Venezuela los  hechos denunciados oportunamente en la mencionada comisión asamblearia: violación aparte de la autonomía, muy publicitado el plan “Universidad Bella” que un “protectorado” oficial adelanta, todavía hay baños dañados de céntricas escuelas, como la de psicología, o modificaciones estructurales, como en la de trabajo social, que añadimos a la desinformación técnica de las remodelaciones, las empresas y las extraordinarias inversiones que no supieron de un público proceso de licitación, y por montos largamente superiores al pírrico presupuesto universitario.

El “esnobismo” de la ley que autoriza al Estado a incautar y mercadear los bienes que ha decidido como ilícitos, constituye un fenómeno que únicamente se explica a  la luz de los más  fuertes que velan por el desarrollo lo más reglado posible del Estado depredador inexorablemente llamado a una radical descomposición y término. Realizado su propósito,  a la postre no tiene caso que aparezca un indiciado, reo o condenado, en última instancia, regulando las subidas y las bajadas de los agentes y grupos depredadores: esto es, un convenio colectivo que reconoce otra ley, la de gravitación universal para que los ascensos y las caídas sean la más confortables posibles, en lugar de estos estrépitos que también les asusta.

Ilustración: Guy Billout.

Video y fotografías: LB.

09/04/2023:

https://www.lapatilla.com/2023/04/09/ley-de-extincion-de-dominio-una-propuesta-de-contrato-colectivo-por-luis-barragan/

domingo, 2 de abril de 2023

Caza de citas

 

"El crítico matón sobresale en las críticas ad hominem, en los ataques personales, y considera un éxito que un escritor deje de escribir gracias a sus críticas. Al crítico matón nadie le chista, todos le tocan las palmas y le ríen las gracias, no vaya a ser que se enfade y se vuelva contra uno"

Javier Cercas

("No callar. Crónicas, ensayos y artículos 2000-20222, Tusquets Editores, Barcelona, 2023:  392)

Ilustración: Guy Billout.

jueves, 2 de marzo de 2023

Desastre

EL CASTIGO CAPITAL DE LA IZQUIERDA

Ricardo Hausmann 

En la distinción tradicional (y un tanto anticuada) entre izquierda y derecha, los partidos de izquierda representan a los trabajadores, mientras que los partidos de derecha representan a los dueños del capital. Según esta visión, cuando la izquierda está a cargo, tiende a usar su poder para reducir el porcentaje del ingreso nacional que va a manos del capital, ya sea aumentando los impuestos corporativos o gravando las ganancias de capital de las personas naturales.

Sin embargo, algunos políticos de izquierda intentan minimizar el porcentaje del capital regulando o nacionalizando las industrias intensivas en capital, como la electricidad y la infraestructura. Por ejemplo, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, recientemente anunció que no cumpliría con los términos de las concesiones viales y congelaría los peajes. Sin embargo, dadas las cláusulas contractuales, el Ministerio de Finanzas se vio obligado a compensar a los inversores, pero espantando a los inversores futuros. Petro también anunció su intención de asumir la responsabilidad de quitarle al regulador independiente la tarea de fijar los precios de los servicios públicos, de manera que él podría, personalmente, recortar la factura eléctrica.

En México, el presidente Andrés Manuel López Obrador (ampliamente conocido como AMLO) ha lanzado una reforma del mercado de la electricidad que consolidaría el monopolio de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), un organismo estatal, y desactivaría las reformas pro-mercado previas implementadas por su antecesor, Enrique Peña Nieto. Como consecuencia de ello, la inversión privada en el sector energético mexicano se ha desplomado.

Petro y AMLO deberían aprender las lecciones de Suráfrica y Venezuela, donde el intento de consolidar el monopolio estatal de la electricidad ha llevado a un colapso del sistema eléctrico y a cortes masivos de energía. Para superar el desastre, profundizado por la necesidad de una transición a energía limpia, ambos países tendrán que dar marcha atrás y recuperar la confianza de los inversionistas.

La ineficiencia del monopolio estatal de la electricidad en Suráfrica se hizo evidente en 2007, cuando una capacidad insuficiente generó apagones generalizados y obligó al gobierno a empezar a racionar la electricidad. La resistencia ideológica, junto con una corrupción descontrolada en el gobierno del presidente Jacob Zuma y en la empresa estatal Eskom, impidió que el gobierno liberalizara la generación de electricidad hasta hace 7 meses, cuando ya era demasiado tarde para impedir la catástrofe. El 10 de febrero, el presidente Cyril Ramaphosa declaró un estado de desastre nacional, anunció un rescate de Eskom de 254.000 millones de rands (13.900 millones de dólares) y prometió acelerar nuevos proyectos energéticos privados.

En Venezuela, la decisión de Hugo Chávez de nacionalizar el sector energético en 2007 llevó a apagones frecuentes y a una generación de electricidad marcadamente reducida en 2009, lo que culminó en un apagón nacional de una semana en marzo de 2019. A pesar de las enormes transferencias de capital público, la generación de electricidad del país sigue siendo una pequeña fracción de los niveles alcanzados en 2007.

La electricidad, las carreteras, el almacenamiento de baterías y la energía solar y eólica son industrias intensivas en capital, lo que significa que las empresas deben hacer grandes inversiones en activos fijos que esperan recuperar en un período prolongado de flujo de caja positivo. Esto les ofrece a los gobiernos un incentivo para hacer promesas poco realistas para atraer a los inversionistas y luego intentar expropiar sus activos o sus flujos de caja a través de la nacionalización o de controles de precios. En estas condiciones, los inversionistas exigirán aún mayores retornos sobre el capital a fin de protegerse de este riesgo, pero esto solo les dará a los gobiernos aún más incentivos para expropiar. En estas condiciones, los mercados no pueden funcionar bien.

Sin embargo, como demuestran Suráfrica y Venezuela, depender de monopolios estatales puede producir crisis energéticas de proporciones históricas. El control gubernamental da la ilusión de precios más bajos, pero a costa de dejar a las empresas sin los recursos financieros necesarios para modernizar y expandir sus redes o levantar capital nuevo, lo que genera escaseces crónicas y la necesidad de rescates financieros por parte del fisco. Asimismo, las empresas de servicios públicos estatales tienden a ser semilleros de corrupción.

Este dilema se puede resolver si se les permite a las empresas privadas aumentar su participación en la generación de electricidad y si se otorga poder a reguladores independientes para que supervisen y regulen al sector. Otorgar poder para regular el mecanismo de fijación de precios y realizar una supervisión regulatoria a una junta independiente, y no a funcionarios electos, aumenta la confianza, la rendición de cuentas, y genera mejores resultados a largo plazo.

El razonamiento económico es similar a la lógica subyacente en la independencia de los bancos centrales. Cuando los inversores compran bonos gubernamentales de largo plazo, se desprenden de dinero hoy, con la esperanza de recuperarlo con intereses después de un tiempo. Pero eso les da a los gobiernos un incentivo para erosionar el valor de los pagos futuros mediante un alza de la inflación. Previendo esto, los mercados exigirán tasas de interés más altas, lo que aumenta las expectativas de inflación y hace que el mercado termine siendo ineficiente. En este contexto, al otorgarle poder a los bancos centrales independientes, los gobiernos esperan ganar la confianza del mercado, obteniendo así mayor estabilidad de precios y menores costos de endeudamiento.

La combinación de proveedores privados de electricidad y de una supervisión regulatoria independiente ha ayudado a Chile, Colombia y Perú a superar las crisis energéticas que sufrieron en décadas pasadas. Al convencer a los mercados de que el riesgo de expropiación era bajo, Colombia logró grandes inversiones privadas y una electricidad más barata. Pero, ahora, Petro amenaza con revertir el progreso hecho por sus antecesores.

Parte del problema es que muchos en la izquierda todavía se oponen ideológicamente a los mercados. Como consideran que el capital es abusivo, piensan que el poder político debe ser el medio para restringirlo. Pero los políticos de izquierda como Petro y AMLO no entienden que esta lógica inevitablemente será contraproducente. Como las nuevas inversiones se hacen mirando al futuro, las expectativas de mayor coerción gubernamental hacen que el capital sea más escaso y más oneroso. Para asegurar sus necesidades de electricidad de sus economías en el contexto de la transición energética, muchos países, entre ellos Argentina, Colombia y México, tienen mucho para ganar si se abren a la inversión privada en materia de generación energética y si restablecen su credibilidad fijando reglas de juego claras y otorgándoles poder a reguladores independientes para hacerlas cumplir.

Desafortunadamente, como alguna vez observó el economista indio Montek Singh Ahluwalia, la credibilidad crece igual de lento que un cocotero y cae tan rápido como un coco. Mientras que los gobiernos de izquierda no adopten una estrategia más amigable con el capital, como lo ha hecho Uruguay, los mercados de capital seguirán castigándolos.

Ilustración: Guy Billout,

02/03/2023:

https://www.elnacional.com/opinion/el-castigo-capital-de-la-izquierda/

miércoles, 15 de febrero de 2023

Crisis epistémica

EL NACIONAL - Sábado 11 de Febrero de 2012     Opinión/7

A Tres Manos

Miradas múltiples para el diálogo

DÍA DEL SOCIÓLOGO

Francisco Rodríguez (*)

La sociología en el contexto de una sociedad subdesarrollada. La sociología es una ciencia que surge en Francia en el contexto de la consolidación del capitalismo industrial y de un colonialismo que dominaba buena parte del mundo que constituía la periferia del sistema. Algunos países ya industrializados, como Francia, confrontaban muchos problemas sociales derivados de la implantación de ese sistema social. Superexplotación de la fuerza de trabajo, surgimiento de un proletariado que vivía en la miseria, proliferación en las grandes ciudades industrializadas, como París, de toda clase de indeseables sociales: mendigos, vagabundos, locos, delincuentes, prostitutas, etc.

En estas condiciones era muy común la presencia de violencia, delincuencia, asesinatos, suicidios y pobreza; vale decir, todo un conjunto de desviaciones y desviantes sociales que presionaban fuertemente a las flamantes sociedades industrializadas hacia la disfunción social y la anomia. No obstante, ciertos elementos disfuncionales de este espectro social patológico eran paradójicamente funcionales al sistema.

La presencia masiva de muchos de esos "socialmente indeseables" formaban un "ejército industrial de reserva" de donde los patronos obtenían mano de obra barata en abundancia para el proceso de producción. Es en ese contexto socio-histórico que surge la sociología como ciencia, disciplina académica y oficio profesional.

Hoy, la sociología en Europa y Estados Unidos ha adquirido un estatus de institucionalización bastante significativo que la convierten en una ciencia, una disciplina académica y una profesión respetable. Este desarrollo la ha llevado a convertirse, incluso, en una ciencia experimental.

En el caso particular de Estados Unidos, con Parsons, Merton y Mills, entre otros, esta ciencia "se puso los pantalones largos" a causa de la sistematización adquirida en cuanto al desarrollo de su infraestructura teórica y metodológica de gran envergadura. Prácticamente no hay problema o patología social en la cual no intervenga la sociología como metodología para dar cuenta de estos fenómenos y, por consiguiente, como herramienta útil en la intervención y búsqueda de soluciones.

Contrariamente, en nuestros países subdesarrollados, la sociología es una ciencia y una profesión exóticas que vegetan en los "oscuros parajes" universitarios y en algunos recónditos lugares de la burocracia de la administración pública. En estos "tristes trópicos" no sólo la gente común no sabe en qué consiste la ciencia de la sociología, sino también los gobernantes y planificadores del Estado para quienes la disciplina se reduce brutalmente a una materia en liceos y universidades.

Cualquier problema o patología humano-social es abordado desde la psicología o la psiquiatría. Cuando se habla de un enfoque multidisciplinario se mencionan disciplinas como la psiquiatría, la psicología, la medicina y el trabajo social.

Así vemos cómo en el campo de la salud no aparece el sociólogo por ninguna parte en la estructuración de los grupos de trabajo. Esto constituye un grave error y una omisión insoportable porque es la salud, en tanto salud pública, un campo de fuerzas, relaciones, tendencias y escenarios de discursos y actores sociales, por excelencia. Igualmente podemos trasladar esta situación a otras áreas de la vida social en conflictividad: la violencia.

En este último caso vimos cómo en el recién creado Ministerio de los Servicios Penitenciarios se crearon comisiones de trabajo multidisciplinarias para abordar la crisis penitenciaria y, sin embargo, no aparece el sociólogo por ninguna parte. A menos que se esté confundiendo al sociólogo con el trabajador social, que es una profesión muy útil y digna pero es de muy mal gusto la confusión.

Es por ello que en el aniversario del Día del Sociólogo y el Antropólogo proponemos llevar adelante una campaña de información y sensibilización orientada a dar a conocer qué somos y cómo podríamos ayudar a resolver los problemas fundamentales del país.

Felicidades, colegas, en la semana y el Día del Sociólogo y el Antropólogo.

EL NACIONAL - Domingo 12 de Febrero de 2012     Opinión/9

A Tres Manos

Miradas múltiples para el diálogo

LA SOCIOLOGÍA QUE VIENE

Rigoberto Lanz

"Mi perspectiva consiste en hacer transitar las ciencias humanas y las ciencias sociales de los paradigmas cientistas hacia los paradigmas ético-estéticos".

Félix Guattari: Chaosmose, p. 24

Por estos días muchos amigos se han empeñado en realizar actividades (foros, seminarios, encuentros) a propósito del Día del Sociólogo. Son variados los lugares donde me hubiese gustado compartir (incluidos los colegas de Barinas que tienen una programación muy animada). Vayan estas notas como testimonio solidario para tantas amigas y amigos que se esfuerzan día a día por salir del tremedal y colocar su talento en sintonía con los dilemas trascendentes de este tiempo histórico.

Los desafíos son muchos y los problemas abundan. Padecemos el mismo síndrome de la universidad reseca: formación precaria de los enseñantes, ambientes rutinarios que rayan en el hastío, ausencia de vitalidad intelectual para encarar los grandes debates, resignación a los oficios profesionales tan aburridos como inocuos. Normalmente desde allí es poco lo que puede esperarse. Algún estremecimiento ha de ocurrir para sacudir esta pereza intelectual tan acomodada a la decadencia de casi todo.

Por fuera soplan otros vientos que pueden resonar en aquellos núcleos críticos que persisten en todos lados. Hay gente pensando, resistiendo, experimentando, empujando la carreta. El núcleo duro de la crisis epistémica de esta civilización en tránsito está siendo pensado por gladiadores de la reflexión como Edgar Morin, Michel Maffesoli, Alain Touraine. ¿Por qué no estamos a la altura de esta agenda en cada rincón del mundo? Pensadores como Immanuel Wallerstein, Pablo González Casanova, Martín Hopenhayn, Roberto Follari y tantos otros y otras han marcado la pauta de las grandes preguntas de este tiempo en América Latina. ¿Por qué el mundo académico permanece al margen de estas búsquedas con tanta negligencia? En Venezuela se desarrolla de la misma manera una lucha tesonera por elevar el debate y propiciar el encuentro en torno a los grandes desafíos teóricos de esta coyuntura. Es amplia la lista de investigadores e investigadoras que no se resignan a la mediocridad imperante, al aldeanismo intelectual que trivializa todo, al empirismo que termina remplazando los grandes vacíos de una reflexión trascendente en medio de la crisis. Colegas de esta talla están esparcidos en varias tribus intelectuales colocando su contribución al servicio de una recomprensión del presente, de un diálogo competente con las redes mundiales de intelectuales de primera línea, de una apuesta fuerte por el conocimiento de nuestra realidad que se muestra siempre esquiva y sorprendente. ¿Por qué no vibra nuestro mundo académico con las reflexiones de punta que tantos colegas están formulando? Pregunta inquietante si añadimos el pobre desempeño profesional que ha de esperarse de promociones salidas de aquellas fábricas de títulos, con un mercado ocupacional errático y un gremialismo decimonónico. ¿Qué culpa tienen los jóvenes sociólogos de estos extravíos? Pero no es para achicopalarse.

Mire usted el portento de investigación que nos legó el colega Pierre Bourdieu (La miseria del mundo). ¿Por qué no hacen algo parecido los colegas que tanto gustan del trabajo de campo? Según su sensibilidad y experticia se abren diferentes campos para poner a prueba la creatividad y el rigor intelectuales. Otro Oficio del sociólogo está por escribirse. No se cruce de brazos.

¿Qué está esperando? ¿Que venga Max Weber a cantarle la cartilla? Una sociología orgiástica (Maffesoli) anda por allí licuando las viejas solideces. Una sociología vagabunda se enfrenta a los rituales de los contadores de pobres. No se deje enredar por los cantos disciplinarios de una ingeniería social tan "útil" como vacua. No caiga en la tentación mercantil-instrumental de hacerse pasar por "publicista" para cumplir con el ritual del "ascenso social".

La sociología no se estudia para conseguir trabajo. Tampoco para ser "útil a la patria". Uno estudia por el placer del pensamiento, por las meras ideas (Miguel Ron Pedrique), por la pasión del texto, por la obsesión de preguntar.

Esa es la sociología que vale la pena.

Ilustraciones: Guy Billout.

domingo, 2 de octubre de 2022

Caza de citas

 







"... Tú no padezcas por él. Allá en la Corte no se velan los muertos como aquí. La política es más importante que cualquier mortaja —le respondió don José"

María Reig

(“Los mil nombres de la libertad”, Penguin Random House, Barcelona, 2022: 337)

Ilutración: Guy Billout.


miércoles, 27 de julio de 2022

Caza de citas





"Cuando las cosas van bien y las personas tienen el bolsillo lleno, son solidarias. En momentos complicados, en cambio, la solidaridad baja. Lo que cuenta es el detalle, es verdad, pero que un pobre sea solidario y dé un euro está muy bien, pero no es significativo; lo importante es que el multimillonario sea solidario. En momentos complicados, la solidaridad baja, a no ser, cuidado, que tras esa solidaridad haya unos intereses de imagen, y esto es además una cuestión fiscal"

Santiago Niño-Becerra

("Futuro, ¿qué futuro?  Claves para sobrevivir más allá de la pandemia", Ariel, Barcelona, 2022:  138).

Ilustración: Guy Billout. 

jueves, 21 de julio de 2022

Vivencias de la imaginación,

CONMISERACIÓN

José Rafael Herrera  

La conmiseración o compasión es definida por Spinoza como “la tristeza acompañada de la idea de un mal que sucedió a otro, al que imaginamos semejante a nosotros”. Como tristeza que es, es mala en sí misma; pero el bien que de ella se sigue, es decir, el esfuerzo por liberar de sus miserias a otro hombre, es un dictamen de la razón y sólo en virtud de ese dictamen es posible hacer “algo que se sabe con certeza que es bueno”. De lo cual se sigue que quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza, cuanto puede, en lograr no ser tocado por la conmiseración. Y es por eso, además, que “quien haya conocido rectamente que todas las cosas se siguen de la necesidad de la naturaleza divina y se hacen según las leyes y reglas eternas de la naturaleza, sin duda, no hallará nada que sea digno de odio, risa o desprecio, ni se compadecerá de nada, sino que, en cuanto lo permite la humana virtud, se esforzará por obrar bien y, como dicen, estar alegre. A esto se añade que aquel que fácilmente es tocado por el afecto de la conmiseración y por la miseria o las lágrimas de otro, con frecuencia hace algo de lo que después se arrepiente; tanto porque por afecto no hacemos nada que sepamos con certeza que es bueno, como porque fácilmente somos engañados por las falsas lágrimas. Hablo aquí expresamente del hombre que vive bajo la guía de la razón. Pues el que ni por la razón ni por la conmiseración se mueve a prestar auxilio a otros, con razón se llama inhumano” (Eh., pro. 51, al).

El saber racional, reconstructivo, comprendido como re-conocimiento -cabe decir, como crítica de la razón histórica-, es capaz de liberarnos de las pasiones, de esas vivencias de la imaginación definidas por el autor de la Ethica como “afecciones de la opinión” o expresiones de la pasividad humana, las mismas que hoy conforman el universo de la llamada posverdad y que necesariamente conducen a la enajenación y la esclavitud. Tómese en cuenta que la palabra pasión viene del latín passio y este del verbo pati o patior, que significa padecer o sufrir y que es lo contrario a la acción, por lo que toda passio comporta pasividad, conformismo, resignación y entrega. Latinoamérica entera la lleva a cuestas como si fuese un orgulloso estandarte, un rosario de virtudes. De ahí que la conmiseración (o com-pasión) sea, ella misma, la fiel representación de la aceptación de la derrota continua. A esto se opone la máxima spinoziana: “Nec ridere, nec lugere”. En efecto, según Spinoza, tal es el modo adecuado de comprender y superar los límites de quienes viven presos en la miseria de sus pequeñas pasiones, especialmente de las tristes, que son el resultado de la ignorancia que termina por separarlos del bienestar y de la libertad. Es cierto que nunca se podrá salir por completo de la ignorancia y, por ende, de las pasiones. Pero el “verdadero bien” consiste, justamente, en el esfuerzo continuo por salir de ella y, como consecuencia, de ellas. Para lo cual, es indispensable la reconstrucción del Ethos, la más humana y al mismo tiempo sublime obras de arte de la humanidad. Si la posmodernidad hizo de la pars destruens su razón última de ser, ha llegado el momento de hacer las cuentas con ella, porque toda negación es una determinación y, por eso mismo, después del desastre provocado, ha llegado el tiempo de la pars costruens, si es que se aspira a salir de una vida de fragmentos y manipulaciones infinitas, que han arrastrado a lo que va quedando de Occidente al abismo de la barbarie populista y al imperio de los totalitarismos autocráticos orientalistas.

No se puede eliminar lo que no se conoce. En menester encaminar las emociones por el sendero de lo que aumenta la potencia de la creación, de la realización de los objetivos concretos en y para el ser social, con el firme propósito de reconquistar -Aufheben- la condición ciudadana y sus instituciones correspondientes. Los escándalos, a decir verdad, las pequeñas miserias que cotidianamente presenta la existencia de una población espiritualmente empobrecida, son distracciones, diminutas piedras en el camino de la larga jornada que aún queda por delante. Lo que contrasta, por cierto, con una de las más fidedignas exhortaciones hechas por el pensamiento dialéctico: “nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”. La diferencia es, en este sentido, esencial, y, parafraseando a Hegel, hasta se podría afirmar que, todo lo contrario, nada grande se ha hecho en el mundo con las pequeñas pasiones, ni con los destemplados y grises apasionamientos.

Es tiempo de revisarse, de cambiar de ruta y asumir -¡por una vez!- un compromiso que trascienda la magnificación de las nimiedades, los detalles superfluos transmutados en grandes escándalos de tres días o una semana a lo sumo, hasta “el próximo capítulo” de una interminable teleculebra, llena de “bichitos”: usurpadores, tenientuchos, sargentones, psiquiatras pervertidos, barraganas y jineteras, presidentes de cupón salidos de la caja “premiada” de algún detergente, gobernadores con complejo de vampiro y autoridades académicas, sin vergüenza en el rostro, que gustan servirles cual minions. Entre tropelías y villanías, candidatos presidenciales sin espacio ni tiempo, pero, sobre todo, frente los cuales toda eventual conmiseración queda sorprendida en su hipócrita banalidad, porque pronto se pone de manifiesto, bajo la piel del ovejo, la hiena sinvergüenza, el negociante de pulpería que reclama su “ñapa” sin importarle en lo más mínimo el desangramiento entero de una población que en algún momento tuvo una vida digna, decente. La expresión criolla “pobrecito” podría ser infinitamente repetida por Spinoza, para referirse a una clase política que se ha extraviado a sí misma, y que con el único objetivo de conquistar honores inmerecidos, riquezas mal habidas y una existencia entregada al lujo y la lujuria han vendido los valores e ideas que, alguna vez, brindaron decoro a la praxis política de la actual ex-república. Por una vez, como ya se ha dicho, por el Amor intellectualis dei y el espíritu auténticamente democrático y republicano. Pero, sobre todo, por los asesinados, los presos políticos, los millones de exiliados y las víctimas de Darién, convendría dar un giro, marchar con la frente en alto y por todo el medio de la calle.

21/07/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/conmiseracion/

miércoles, 29 de junio de 2022

La desigualdad y sus balances

EL FANTASMA DE LAS ÉLITES

El sentimiento político de nuestro tiempo es el odio a las élites. Los Estados deben disponer de recursos para dividir el poder de sus grupos dominantes. Si las élites parecen inamovibles y ensimismadas, la democracia corre peligro.

Víctor Lapuente (*)

Para muchos, un fantasma recorre Europa (y Occidente en general): el fantasma de las élites. Y es que, más que corpóreas, las élites que atemorizan a nuestras ciudadanías son espectrales: a diferencia del pasado, cuesta identificarlas. Quizás por eso nos dan tanto miedo.

Pertenecer a la élite no da más rendimiento hoy que en otros momentos de la historia, pero sí genera más resentimiento que nunca. Es curioso, porque, para empezar, es difícil saber en la actualidad quién pertenece a la élite. No llevan togas purpuradas ni sotanas ni van a caballo con espadas al cinto, como ocurría en las sociedades tradicionales. Pero es que las élites tampoco están tan definidas como en las economías industriales que hemos conocido hasta hace pocos años. Y no es que los millonarios ahora vistan bermudas y camiseta en lugar de traje y corbata. Es que la complejidad socioeconómica ha fragmentado en cientos, miles, de categorías laborales lo que antaño fue la distinción entre patrones y obreros. Ya no hay una o dos jerarquías inamovibles. Las grandes pirámides sociales, en cuya cúspide se aposentaban unas élites muy definidas, han desaparecido. Sin embargo, en la historia reciente de las democracias nunca el sentimiento antielitista ha estado tan extendido. Cuando más difusas y fantasmagóricas son las jerarquías sociales, más terrores nos despiertan.

Durante décadas, había una estrecha coincidencia entre élite económica y cultural. Las personas con estudios superiores tenían claramente más ingresos. De hecho, el crecimiento de la desigualdad hasta más o menos el año 2000 quedaría explicado porque los graduados universitarios cobraban cada vez más que aquellas personas que solo tenían la educación obligatoria. Pero, como señala Paul Krugman, la desigualdad ha seguido aumentando desde principios de siglo a pesar de que el premio por ir a la universidad apenas se ha modificado. De hecho, muchos estadounidenses con educación superior han perdido poder adquisitivo.

Otra señal de que las élites se han vuelto líquidas es su desintegración política. Durante el consenso de posguerra y hasta la crisis financiera de 2008, los partidos de derechas se nutrían de los votantes con mayor nivel educativo y más ingresos. La CDU-CSU en Alemania, los tories en el Reino Unido, la democracia cristiana en Italia, los Moderados en Suecia o Republicanos en Estados Unidos eran los partidos de los patricios frente a unas formaciones políticas de izquierdas –SPD, laboristas, socialistas, socialdemócratas o demócratas– que recogían el voto plebeyo, las personas con menos dinero y menos educación. Pero esta identificación se rompió hace más de una década. Los partidos de derechas se mantienen como los partidos de los ricos, pero ya no lo son de las personas con mayor nivel educativo. Quien tiene dinero vota a la derecha, aunque hay ya algunas excepciones notables, como Italia, o parciales, como Estados Unidos. Y, quien tiene estudios, hoy vota a la izquierda. Esto ya no va de patricios contra plebeyos, sino de patricios económicos (la derecha) contra patricios educativos (la izquierda).

La descomposición de las élites ha venido paradójicamente acompañada de una mayor presencia de las élites en la discusión pública. El sentimiento político de nuestro tiempo es el odio a las élites. Y es la fuerza motriz de los movimientos populistas que sacuden a las democracias de todo el planeta. Inicialmente, los populismos más exitosos eran de izquierdas, como Syriza en Grecia o Podemos en España. Pero, como en los años treinta del siglo pasado, cuando fascistas y nacionalsocialistas acabaron imponiéndose en las democracias occidentales a los comunistas, los populismos que han acabado triunfando han sido los de derechas.

Los partidos de la llamada derecha radical o nacional-populista cosechan más del 50% de los votos en Polonia y Hungría, más del 20% en Eslovenia, Letonia, Italia o Francia, y más del 15% (y con perspectivas de crecer) en Suecia, Finlandia o España. Por no hablar de los dos grandes hitos del nacional-populismo de Occidente en esta década: la victoria del Brexit en el Reino Unido y de Donald Trump en Estados Unidos en 2016. Estos son dos casos paradigmáticos de cómo una protesta que se inició sobre todo contra las élites financieras, responsables de la crisis de 2008, y que llevó al Occupy Wall Streeto Occupy London, se fue tornando en una impugnación contra las élites urbanas y educadas, que desembocó en el triunfo político del UKIP–movimiento que transformó al Partido Conservador británico, el más antiguo y con más solera de las democracias modernas, en un animal político fervientemente populista– y del Tea Partyy el trumpismo –que ha parasitado al Partido Republicano en Estados Unidos, convirtiéndolo en un sombra siniestra del que fuera el partido de Abraham Lincoln. Una sombra enorme, y que posiblemente crecerá en las elecciones de noviembre.

Aunque pocos ejemplos ilustran mejor el viaje de izquierda a derecha que ha hecho el antielitismo que España: del 15m al “Vox siembra”. De la ciudad al campo. La extrema derecha se ha llevado el descontento al huerto. Los populismos de izquierdas –tanto Podemos a nivel nacional como el independentismo de izquierdas en las periferias– mecen el árbol del odio a las élites tras la Gran Recesión, pero quienes recogen las nueces son los de derechas: Vox roza el 20% de los sufragios en todos los comicios y, en Cataluña, el separatismo irredento está dominado por la derecha que representan Junts y Puigdemont.

Este cambio tiene una explicación biológica de fondo. La evolución nos programó para responder a los miedos de forma tribal. La manera de sobrevivir en la sabana, frente a ataques de depredadores u otras tribus, era arrimarte a los tuyos. Con lo que nuestros cerebros vienen con un interruptor de serie: si alguien nos mete el miedo (por ejemplo, a unas élites hostiles), se nos activa ese tribalismo irracional, identificándonos con los “nuestros”, despreciando a los “otros”, y entregándonos a un líder fuerte. Resulta irónico que los urdidores de las nuevas izquierdas que surgieron al calor del 15m, conocedores muchos de ellos de estas dinámicas, corrieran a pulsar los interruptores tribales de los ciudadanos.

Es cierto que, recientemente, la desigualdad ha crecido dentro de muchos países. Entre países, las naciones pobres se han acercado a las ricas. Pero, dentro de nuestras sociedades, ha crecido la brecha entre los más y menos favorecidos en términos de ingresos. Cuando los escalones –en la jerarquía económica– se vuelven más altos, aumenta la competición por el estatus social. Pero el problema no es que los escalones se hayan vuelto más infranqueables objetivamente –de hecho, no está claro que la movilidad intergeneracional haya disminuido–, sino que son vistos como más infranqueables. La evidencia en psicología indica que, cuando a los sujetos de un estudio se les dice que la desigualdad ha aumentado, tienden a adoptar actitudes más irracionales, autoritarias y de extrema derecha.

Eso es lo que ha ocurrido: las percepciones sobre los abusos de las élites, ciertos o no, se han extendido por todo el mundo. De Líbano a Bolivia y Chile, pasando por Francia o Estados Unidos, la desigualdad objetiva en 2019 no difería de la existente una década antes, pero en esos y otros países se produjo una movilización de las percepciones ciudadanas que alimentó protestas y revueltas antielitistas. Según el experto en psicología política Michael Bang Petersen, esta agitación está facilitada por tres recursos muy abundantes en nuestros tiempos. En primer lugar, la moralización del discurso. Hemos sustituido los debates factuales con nuestros adversarios por la estrategia de descalificar su postura como inmoral. Un estudio que analiza el léxico en los libros publicados, de ensayo y ficción, descubrió que, desde aproximadamente 1980, el lenguaje se ha vuelto menos racional, con menos palabras ligadas a las argumentaciones basadas en hechos, como “determinar” o “conclusión”, y más términos con carga emocional, como “sentir” o “creer”. Segundo, las redes sociales y medios online permiten compartir más rumores que en el pasado, azuzando el pensamiento conspirativo y tribal. Y, tercero, han proliferado emprendedores del descontento, que se aprovechan de la crisis de las viejas instituciones de intermediación, como los medios de comunicación tradicionales y los partidos, y se encumbran con mensajes más directos e inmediatos.

Ante este diagnóstico, ¿qué podemos hacer? Dada la naturaleza parcialmente subjetiva del problema, impregnado de prejuicios y estereotipos, el primer paso sería que todos los ciudadanos nos demos un baño de realidad. Que interioricemos que las élites son inevitables. Como recuerda la economista Deirdre McCloskey, no ha habido civilización en el planeta sin algún tipo de desigualdad. Lo cual no quiere decir que debamos tolerar una desigualdad extrema o una surgida del robo o la coerción. Pero, desde los inicios de las democracias modernas, que implicaban una igualdad política, la aceptación de (cierta) desigualdad ha sido difícil de digerir para muchos. Los trabajos de Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels, que teorizaron sobre la inexorabilidad de las élites en los albores de la democracia en Europa, resultaron incómodos para sus contemporáneos. Pero si, por ejemplo, hubiéramos tenido más presente la “ley de hierro de la oligarquía” de Michels, según la cual toda organización democrática acaba ineludiblemente en manos de una oligarquía tanto por necesidades tácticas como técnicas, no nos habría sorprendido tanto la transformación de movimientos inicialmente asamblearios, como Podemos, en disciplinadas jerarquías controladas por el líder. La paradoja de pasar de los círculos de Podemos a la pirámide de Unidas Podemos.

El segundo paso sería que intelectuales y científicos sociales nos enfrascáramos más en el análisis de datos sobre las élites. Siguiendo el ejemplo de Martin Gilens y Benjamin Page para Estados Unidos, deberíamos examinar su poder efectivo: ¿cuánto poder tienen realmente las élites?, ¿y está creciendo o decreciendo? Gilens y Page observan si la evolución de las opiniones de los ciudadanos estadounidenses –en infinidad de políticas, de la edad de jubilación al aborto, pasando por la posesión de armas o la inmigración– que recogen las encuestas en un periodo determinado se traducen, poco después, en cambios legislativos. Su principal hallazgo es que, si una clara mayoría de estadounidenses ricos –el 10% o el 2% con más ingresos– desea una modificación normativa –la legalización de la marihuana o la eliminación del impuesto de sucesiones–, esta probablemente se llevará a cabo. Esto no sucede con las opiniones de los estadounidenses medios. Por mucho que una inmensa mayoría esté a favor de la política X, la posibilidad de que x se adopte no aumenta significativamente. Quedan muchos interrogantes por contestar. Para empezar, ¿se reproduce este patrón fuera de Estados Unidos? La democracia estadounidense puede estar particularmente dominada por el dinero, dada la financiación privada de las campañas de los políticos. En otro conocido experimento en el que fueron contactados 191 representantes del Congreso, Joshua Kalla y David Broochman mostraron que una organización política cuyos miembros se identificaban como contribuidores a la campaña electoral tenía tres o cuatro veces más probabilidades de conseguir un encuentro con el parlamentario que las que no.

El tercer paso concierne a los políticos, que deben lanzarse al agua con medidas valientes para evitar la concentración de poder en las élites de cualquier ámbito, del sector bancario a la universidad. Desmantelar el excesivo dominio del que unos individuos gozan en un determinado terreno se puede hacer a través de medidas antimonopolio, que, para el erario público, son más baratas que las costosas políticas redistributivas de las que solemos hablar para luchar contra la creciente desigualdad, como dar 120.000 euros a cada ciudadano cuando cumple veinticinco años (la propuesta del economista Thomas Piketty) o una renta básica universal de 1.000 a todas las personas durante toda la vida (la eterna propuesta de muchos idealistas). Estas iniciativas son interesantes y merecen discusión, pero son tremendamente onerosas. Más eficientes son las medidas que intenten romper el poder de las élites –aunque, eso sí, políticamente son más costosas, porque nuestros representantes se enfrentan a los intereses establecidos.

Es por eso que, en cualquier ámbito, desde el teóricamente más altruista mundo de la ciencia y la educación a los teóricamente más avariciosos mercados financieros o de las telecomunicaciones, los gobiernos deben garantizar una continua competencia y evitar la creación de élites oligopólicas. Porque incluso los más fervientes defensores de la libre competencia han sido advertidos, desde Adam Smith, de que los productores de un bien intentarán proteger sus rentas con prácticas monopolísticas. Lo que es menos conocido es que la misma lógica se aplica también a cualquier servicio público, desde una facultad de filosofía a un cuerpo de policía local. En cualquier esfera de interacción hay que buscar medios para evitar que quienes ocupan la cúspide bloqueen el acceso a la misma.

Y esta lógica se debe aplicar con particular fuerza a los poderes públicos. Los Estados deben disponer de resortes automatizados para dividir a sus élites dominantes –ya sean los partidos gobernantes o los cuerpos de funcionarios autónomos– porque, a diferencia de lo que ocurre en el mercado de los teléfonos móviles o los pepinos, en el Estado no hay un “árbitro externo” que vele contra los monopolios. El árbitro es el propio Estado. Con lo que si una élite, como los miembros del partido político en el gobierno, ocupa puestos de responsabilidad en todas las instituciones públicas de relieve, incluyendo los órganos de control formal e informal, como la televisión pública, es muy difícil evitar su enquistamiento. Nadie puede destronar a quien se entroniza en todos los tronos del país. Como destaca uno de los mejores conocedores de la historia política mundial, Francis Fukuyama, la decadencia de todas las grandes civilizaciones, de Egipto a China, pasando por el Imperio otomano, está asociada con la incrustación en las capas dirigentes de una élite que se autorreproduce de forma nepotista y corrupta.

La solución pasa por inyectar dosis elevadas del que, en estos momentos, es probablemente el producto intelectual más denostado en Occidente: la meritocracia. Es decir, normalizar mecanismos que aseguren que los altos cargos de las instituciones públicas estén ocupados por las personas más cualificadas, y no por quienes tienen los contactos políticos o personales adecuados. Es difícil mantener los sistemas meritocráticos, pues incluso los más longevos, como los exámenes para entrar en la administración imperial china, que llegaron a celebrarse durante dos mil años de forma casi consecutiva, acabaron torciéndose, porque muchos mandarines intentaron perpetuar a sus estirpes familiares en el poder. Este dato es interesante, porque mientras solemos hablar de cómo China sigue, o no, la evolución política occidental, olvidamos cómo quizás somos nosotros quienes estamos siguiendo la senda administrativa china, transitando de manera lenta pero segura de la meritocracia al nepotismo. Debemos recordarnos que, si sus élites administrativas se herrumbran, un Estado deja de tomar medidas para dinamizar el desarrollo social, económico y cultural, y el país entero se oxida.

Pero mientras sea posible tener sistemas meritocráticos de acceso a la función pública, generaremos dentro de las administraciones del Estado una competencia entre la élite burocrática, que asciende por meritocracia, y la élite política, elegida por democracia. Cuando ambas élites están equilibradas, y una élite no se impone a la otra, los países tienen mejores resultados en políticas públicas, en desarrollo económico, en estabilidad democrática y en la lucha contra la corrupción, tal y como mostramos Carl Dahlström y servidor en Organizando el Leviatán (Deusto, 2018).

Utilizando la expresión de Fukuyama, el “fin de la historia”, entendido como meta deseable a alcanzar por la humanidad, no es un mundo sin élites, pues eso es imposible, sino un mundo con élites en permanente competición, entre sí y dentro de sí mismas. Si se extiende la percepción de que las élites son monopolios inamovibles, su espectro seguirá atormentando a nuestras democracias. 

(*)  Profesor de ciencia política en la Universidad de Gotemburgo.

ILustración: Guy Billout.

 01/06/2022:

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