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viernes, 26 de junio de 2026

Una verdad desnuda

VENEZUELA DESPUÉS DE LOS TERREMOTOS

Antonio de la Cruz

Hay catástrofes que destruyen ciudades y otras que, además, derriban ficciones. Los dos terremotos que han sacudido a Caracas y la costa norte de Venezuela pertenecen a esa segunda categoría. No solo han abierto grietas en edificios, carreteras y aeropuertos; han abierto también una grieta más profunda en el relato político chavista que durante un cuarto de siglo pretendió sustituir al Estado por una épica, la administración por la consigna y la realidad por la propaganda.

Durante años, Venezuela vivió bajo una ilusión trágica: la idea de que un país podía sobrevivir indefinidamente sin instituciones, siempre que conservara un aparato de control, una liturgia revolucionaria y una élite dispuesta a confundir la obediencia con la gobernabilidad. Esa ilusión se sostenía mientras el deterioro avanzaba de manera gradual. Se podía ocultar un apagón, maquillar una estadística, culpar a un enemigo externo, transformar la escasez en argumento ideológico. Pero una catástrofe natural tiene una virtud terrible: no negocia con los discursos.

Cuando la tierra tiembla, las palabras dejan de proteger. Lo que importa entonces no es la retórica del poder, sino la capacidad de rescatar a una persona bajo los escombros, despejar una pista de aterrizaje, restablecer una antena, coordinar ambulancias, distribuir agua, levantar refugios y decir la verdad sobre la magnitud del desastre. En ese instante, el Estado se mide por su función más elemental: proteger la vida.

La respuesta inicial de Estados Unidos revela mucho más que un gesto humanitario. Equipos de búsqueda y rescate urbano, apoyo logístico del Departamento de Guerra, imágenes aéreas y satelitales, coordinación diplomática, protección consular y movilización de ayuda internacional forman parte de una arquitectura de emergencia que expone, por contraste, la fragilidad venezolana. Allí donde el Estado nacional no alcanza, entran capacidades externas. Allí donde la infraestructura está rota, aparece la logística militar extranjera. Allí donde no hay información suficiente, llegan los ojos satelitales de otro país.

No se trata de una anexión ni de una pérdida formal de soberanía. La soberanía, sin embargo, no es solo una bandera, un himno o un asiento en Naciones Unidas. Es también la capacidad concreta de cumplir funciones básicas. Un país soberano no es únicamente aquel que proclama independencia, sino aquel que puede atender a sus ciudadanos cuando la desgracia cae sobre ellos. Por eso la emergencia venezolana muestra una paradoja dolorosa: cuanto más se invoca la soberanía en los discursos, más evidente resulta la dependencia operativa del exterior.

En términos políticos, el terremoto acelera una transición que ya estaba en marcha. La Venezuela posterior al chavismo no nacerá de una proclama solemne ni de una ceremonia perfecta. Nacerá, probablemente, entre ruinas, listas de desaparecidos, hospitales saturados y decisiones logísticas tomadas bajo presión. Las transiciones rara vez tienen la elegancia que les atribuyen los manuales. Suelen comenzar de manera confusa, en medio del miedo, la improvisación y la urgencia. Pero comienzan cuando la vieja legitimidad deja de servir y la nueva aún no ha terminado de formarse.

Ese es el interregno venezolano. Lo viejo no ha desaparecido del todo; lo nuevo todavía no gobierna plenamente. Entre ambos, la sociedad queda suspendida en una zona incierta donde cada decisión práctica adquiere un significado político. ¿Quién coordina la ayuda? ¿Quién decide dónde aterrizan los aviones? ¿Quién administra los refugios? ¿Quién informa a la población? ¿Quién garantiza que la asistencia no sea capturada por redes partidistas, militares o criminales? En una emergencia de esta magnitud, la política no desaparece: se vuelve logística.

Ese cambio es decisivo. Durante años, el debate venezolano estuvo prisionero de nombres propios: caudillos, candidatos, negociadores, jefes militares, mediadores extranjeros. Pero una tragedia nacional desplaza el centro de gravedad. Ya no se pregunta solo quién manda, sino quién funciona. Y esa pregunta es letal para cualquier régimen construido sobre el teatro del poder, porque obliga a sustituir la épica por la eficacia.

El chavismo fue, entre muchas otras cosas, una maquinaria narrativa. Prometió redención social, independencia nacional, justicia histórica y una patria nueva. Convirtió la política en religión civil y el Estado en instrumento de partido. Pero su ciclo histórico termina cuando deja de ofrecer respuestas a los problemas reales de la sociedad. No porque sus adversarios lo derroten en una discusión doctrinal, sino porque la vida cotidiana demuestra su agotamiento. Cuando una revolución no puede producir electricidad, seguridad, hospitales, agua, alimentos ni auxilio en una catástrofe, deja de ser revolución y se convierte en ruina administrativa.

Los terremotos revelan esa ruina con una claridad brutal. Frente a los escombros, no sirven los viejos reflejos de la propaganda. No basta denunciar conspiraciones, invocar al enemigo imperial o repartir culpas. La gente bajo los edificios colapsados no necesita consignas, necesita equipos de rescate. Las familias sin techo no necesitan discursos sobre resistencia, necesitan refugios. Las ciudades incomunicadas no necesitan épica antiimperialista, necesitan internet, telefonía, combustible y carreteras transitables.

De allí que la ayuda estadounidense tenga una dimensión estratégica inevitable. Puede presentarse como asistencia humanitaria —y en su núcleo lo es—, pero también reorganiza el mapa de poder. Estados Unidos no solo salva vidas; establece coordinación, provee información, habilita corredores logísticos y se convierte en un actor indispensable de la estabilización. La influencia no siempre llega con tanques. A veces llega con helicópteros de rescate, plantas eléctricas, equipos médicos y satélites.

Algunos llamarán a esto tutela. Otros lo verán como una necesidad. Probablemente sea ambas cosas. Venezuela entra en una etapa en la que necesitará apoyo externo para reconstruir capacidades esenciales del Estado. La cuestión no es si esa tutela existe, sino bajo qué reglas, con qué límites, con qué transparencia y con qué horizonte de salida. Una tutela sin institucionalidad puede convertirse en dependencia. Una tutela ordenada, en cambio, puede servir como puente hacia la recuperación.

La secuencia es clara: estabilización, recuperación y transición. Primero, salvar vidas y restablecer un mínimo de orden. Luego, reconstruir infraestructura crítica, comunicaciones, hospitales, viviendas y sistemas de distribución. Finalmente, devolver a los venezolanos un Estado capaz de organizar elecciones reales, garantizar derechos y administrar bienes públicos sin convertirlos en botín político.

La emergencia también reescribe el relato moral del país. El adversario principal ya no es un partido, un líder o una facción. Es el desastre mismo: la destrucción material, el aislamiento, el miedo, la intemperie, la incapacidad acumulada durante años. En esa nueva narración, los héroes no son necesariamente los políticos, sino los rescatistas, médicos, ingenieros, bomberos, voluntarios, diplomáticos y comunidades que logren convertir la ayuda en vida salvada.

Esa puede ser la oportunidad más importante de Venezuela: que la transición deje de ser una disputa abstracta por el poder y se convierta en una reconstrucción concreta del Estado. La libertad no se defiende solo con discursos; también con instituciones que funcionen. La democracia no se limita al voto; necesita carreteras, hospitales, tribunales, escuelas, electricidad, policía profesional y cuentas públicas auditables. Un país no se libera del autoritarismo únicamente cuando cae un régimen, sino cuando deja de necesitar caudillos para resolver lo que deberían resolver las instituciones.

Los terremotos han colocado a Venezuela frente a una verdad desnuda. El país no puede regresar al pasado, pero tampoco puede vivir eternamente en la provisionalidad. Entre las ruinas físicas aparece una pregunta histórica: ¿será esta tragedia apenas otro episodio de sufrimiento nacional o el comienzo de una reconstrucción más profunda?

La respuesta dependerá de la capacidad de convertir la ayuda en orden, el dolor en institucionalidad y la emergencia en transición. Porque hay momentos en que una nación no renace cuando deja de temblar la tierra, sino cuando empiezan a levantarse, sobre los escombros, las reglas de una vida común.

Ilustración: Alicja Kwade.

26/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/venezuela-despues-de-los-terremotos/

viernes, 8 de mayo de 2026

Atajos para un tablero eficaz

ALGUNAS SUGERENCIAS PARA ACORTAR EL TUTELAJE

Eddie Ramírez

Delcy Rodríguez fue impuesta por el presidente Trump, a pesar de ser corresponsable de los atropellos de Maduro y que su discurso antes del 3E siempre fue antiestadounidense, alineado con sus enemigos y, además, tolerante con el narcotráfico y con la guerrilla colombiana. Esta decisión de Trump debe cesar pronto, ya que los venezolanos presenciamos cómo continúan las violaciones a los derechos humanos y que cada día el régimen de Delcy toma acciones para afianzarse en Miraflores. Puede que a Trump no le interese nuestra democracia, sino los negocios, pero estamos en la obligación de preguntarnos si también puede ser que el tutor percibe que hay un vacío en la oposición que no garantiza la estabilidad. Si este es el caso, ¿qué debemos hacer?

Iniciativas recientes: el 12 de abril 2026, la Plataforma Unitaria Democrática, con participación por internet de María Corina, divulgó un documento titulado Hoja de ruta hacia la transición democrática. En el mismo plantea que debe ser mediante la realización de elecciones libres, verificables y competitivas, única vía legítima de cambio político. Para esto se requiere designación de nuevas autoridades del Consejo Nacional Electoral (CNE), garantías técnicas, auditorías y transparencia del sistema, observación internacional calificada, igualdad de condiciones para todos los actores políticos y restitución de derechos políticos, incluyendo habilitaciones. Además, respeto pleno a los derechos civiles y políticos, seguridad jurídica para ciudadanos y actores económicos. Como medidas políticas inmediatas, exige liberación de presos políticos, retorno de exiliados, devolución de partidos intervenidos, fin de la persecución política y funcionamiento autónomo de las instituciones públicas.

¿Es esto suficiente para inspirar confianza? No pareciera. Lo aprobado es lo mínimo que debe existir en un país civilizado y son derechos incluidos en nuestra Constitución. Es decir, son condiciones necesarias, pero no suficientes para garantizar estabilidad y reconstrucción económica. Debería complementarse con la adhesión de todos a un documento como el de Venezuela Tierra de Gracia, elaborado por distinguidos profesionales de diferentes ideologías. Desde luego, debe ser un compromiso que abarque por lo menos dos o tres períodos presidenciales. Eso es lo que daría confianza a los inversionistas y a los venezolanos en general.

Propuesta de 24 organizaciones de la sociedad civil: el 20 de abril, 24 organizaciones de la sociedad civil dirigieron una carta a Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, titulado Solo la transición democrática garantiza la estabilidad en Venezuela. Los firmantes aceptan el precio de que Venezuela siga, aun tutorada, en las manos de sus propios verdugos, pero no están conformes con que esta etapa inicial se prolongue más de lo necesario. Consignan la encuesta de Meganálisis que refleja que más de 70% de la población elegiría a María Corina Machado como presidenta, que Delcy Rodríguez tiene un respaldo de solo el 2.7 % de la población, que 88.1 % desea su salida inmediata y 73 % ve como urgente la celebración de una elección presidencial.

El comunicado añade que “la transición democrática en Venezuela representa el retorno a la justicia, al Estado de Derecho, a la estabilidad económica, al desarrollo y seguridad jurídica, lo que incorpora mejores condiciones, no solo para Venezuela, sino para América y el mundo, de manera particular para los Estados Unidos que tendría un socio confiable, honesto y respetuoso del Estado de Derecho”. Esta y otras ONG deben apoyar a los integrantes de la Plataforma Unitaria y contribuir a que los partidos políticos se fortalezcan.

¿Qué señales son negativas? Causa pésima impresión, no solo en el exterior, sino también entre muchos venezolanos, el hecho de que un día se aplauda a algunos de nuestros dirigentes y al poco tiempo se descalifiquen. Esto pareciera ser como en el deporte, ponemos por las nubes a quien mete un gol o batea un jonrón, pero cuando falla lo abucheamos. Recordemos algunos nombres, que sin duda muchos me reclamarán citarlos, pero que no aportan pruebas de que merecen ser satanizados. A Henry Ramos Allup, Rosales, Capriles, Guaidó y a Leopoldo López los aplaudimos por muchas de sus actuaciones, pero los descalificamos sin base. A veces solo por una declaración que no compartimos, por alguna falta o por una información, bien o mal intencionada, que nos llega incompleta o fuera de contexto. Se ha llegado a descalificar a dos distinguidos ciudadanos que lo han arriesgado todo sin buscar nada personal, como son Ramón Guillermo Aveledo y Gerardo Blyde. Lamentablemente, en nuestro equipo hay muchos destructores que descalifican, repitiendo lo que inventan seguidores del régimen, adversarios políticos de los citados o habladores de sandeces.

Conclusión:

Aplaudimos cualquier comunicado que exija elección presidencial, pero consideramos importante que nuestros partidos políticos firmen un acuerdo, comprometiéndose a ejecutar unos lineamientos básicos durante varios períodos presidenciales.

A los ciudadanos de a pie nos permitimos sugerirles que sean cuidadosos en no descalificar sin base a nuestros políticos. Los adversarios de la democracia son quienes están en el gobierno y aquellos que se dicen opositores como Timoteo, Bernabé Gutiérrez, Ecarri, Romero, José Brito, Pedro Veliz, José Gregorio Noriega, Miguel Salazar y Juan Carlos Alvarado, entre otros.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

Ilustración: Sandro DelPrete.

05/05/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/05/algunas-sugerencias-para-acortar-el-tutelaje/

domingo, 1 de febrero de 2026

Ironía histórica

HACIA UNA TRANSICIÓN TUTELADA: ANATOMÍA DEL PODER EN LA VENEZUELA DE 2026

Richard Casanova (*)

La captura de Nicolás Maduro y el ascenso del gobierno interino de Delcy Rodríguez configuran un escenario que pudiéramos llamar de «liberalización autocrática», caracterizado por la inocultable tutela externa de los Estados Unidos, algo que la “revolución” intenta disimular con la clara lógica de preservar sus fuerzas. El otro rasgo inocultable del momento es una irresponsable y muy peligrosa fragmentación de las fuerzas opositoras, algo realmente insólito.  Este cuadro plantea serias interrogantes sobre la viabilidad de una democratización plena frente a una mutación del autoritarismo hacia modelos de coexistencia pragmática.

La paradoja de la liberalización bajo tutela

El interinato oficialista procura manejar la coyuntura hacia lo que Andreas Schedler define como «autoritarismo competitivo», con la aspiración de inaugurar una nueva etapa de la revolución, sin Maduro, quien pasará a protagonizar al malo de la película.  Por eso el gobierno interino de Delcy Rodríguez sostiene un discurso como quien recién llega al poder y con los 500 millones de Dólares que ingresarán por concepto de petróleo, ahora prometen hacer lo que no hicieron en 25 años.  Repentinamente olvidaron que sólo entre 1999 y 2014, cuando no existían las malvadas sanciones, manejaron ingresos superiores a los 950.000 millones de Dólares. ¿Qué pasó? Los recursos se evaporaron, enriqueciendo obscenamente a la burocracia revolucionaria y empobreciendo dramáticamente a los venezolanos, dejando como resultado la ruina del país y una profunda crisis social de dimensiones humanitarias. 

Sin duda, un factor determinante será la tutela externa. El gobierno interino de Delcy Rodríguez apuesta a que la administración Trump sustituya el “cambio de régimen” por la «estabilización de intereses», priorizando la seguridad energética y el control migratorio. Y tal cosa pudiera suceder, si las fuerzas democráticas no recomponen la unidad y se convierten en un factor capaz de garantizar estabilidad política. La inversión norteamericana y los intereses geopolíticos de los EEUU, valoran la gobernabilidad futura como una condición imprescindible.  Algo que jamás podrá garantizar una oposición dividida y en conflicto.

Por otra parte, las contradicciones internas en el chavismo son evidentes y las acusaciones de traición son un secreto a voces en el PSUV, propiciando un escenario que guarda similitudes con la «Teoría de la Transición de Élites» de Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter. Para estos autores, las transiciones exitosas suelen iniciarse por fracturas en el bloque gobernante. En todo caso, por ahora no hay razones para generarse expectativas en tal sentido.  Lo cierto es que el oficialismo criollo, al intentar disimular su subordinación a los intereses de Washington, busca capitalizar la transición no como un fin hacia la democracia, sino como un medio para garantizar la supervivencia de su grupo político en un entorno de mayor apertura económica.

El dilema de la oposición: entre la institucionalidad y la ruptura

La fragmentación opositora venezolana refleja una tensión histórica entre dos rutas estratégicas. Por una parte, la “vía institucional”, asumida por la oposición moderada: su presencia en la Asamblea Nacional evoca el modelo de la Mesa Redonda en Polonia (1989). Al participar en instancias oficiales, este sector busca «ensanchar las grietas» del régimen desde adentro. Su apuesta es pragmática: la democracia no como un evento súbito, sino como una construcción incremental que garantice la sostenibilidad del proceso de reinstitucionalización.

Por la otra, la vía de la “imposición carismática” –si me permiten el término-  asumida por la oposición más radical: se fundamenta en la exigencia de una ruptura total e inmediata. Tiene un discurso maximalista, que arranca aplausos, pero profundiza las diferencias internas, estimula la fragmentación opositora y tiene serias limitaciones que derivan de su carencia de control territorial o militar, de su fracturada interlocución con el poder y de su dificultad para articular fuerzas internas desde el exterior.  El discurso “duro” es cautivador para las masas, pero políticamente ineficiente y en la práctica, inútil para un proceso de transición.

Lecciones comparadas: el espejo de la historia

Para el liderazgo político actual, un referente imprescindible son la experiencia polaca y la chilena, ampliamente conocida en Venezuela. Podríamos mencionar muchos otros, pero solo agreguemos dos precedentes cardinales. El primero, el Pacto de la Moncloa: la transición española demostró que la estabilidad depende de la capacidad de los herederos del régimen y de la oposición para renunciar a agendas extremas en favor de un consenso constitucional. El escenario de hoy minimiza las dudas sobre la disposición del oficialismo a adelantar reformas que implique su eventual salida del poder, algo que francamente les conviene como fuerza política, al margen de que no están en condiciones para perpetuarse.

El segundo, la Ley de Amnistía de 1978 (Brasil): un proceso de apertura lenta y controlada por los militares. Si la oposición moderada en la Asamblea Nacional no logra imprimir velocidad al cambio y la oposición radical no se dispone a articular con ella y a promover la unidad de las fuerzas democráticas, Venezuela podría quedar atrapada en una transición «infinita», donde se recupera el mercado, pero se posterga indefinidamente el cambio político, la alternancia en el poder. El éxito de la democratización real dependerá de la capacidad de la oposición para unificar la prudencia y el radicalismo, lo institucional con lo emotivo, la fuerza política con lo social. Las dos vertientes opositoras no son excluyentes por definición y pueden ser complementarias. ¡Ambas se necesitan! Sin esta síntesis, el país corre el riesgo de consolidar una «paz autoritaria» tutelada, donde la recuperación macroeconómica sirva de sedante para las demandas de justicia y libertad. ¡Dios bendiga a Venezuela!

(*) Arquitecto, Vicepresidente ANR del Colegio de Ingenieros de Venezuela.

Ilustración: Andrei Popov.

01/02/2026:

https://lapatilla.com/2026/02/01/hacia-una-transicion-tutelada-anatomia-del-poder-en-la-venezuela-de-2026-por-richard-casanova/

Para la coincidencia y la discrepancia

  https://www.youtube.com/watch?v=3x0NBgVr4gk