VENEZUELA DESPUÉS DE LOSTERREMOTOS
Antonio de la Cruz
Hay catástrofes que
destruyen ciudades y otras que, además, derriban ficciones. Los dos terremotos
que han sacudido a Caracas y la costa norte de Venezuela pertenecen a esa
segunda categoría. No solo han abierto grietas en edificios, carreteras y
aeropuertos; han abierto también una grieta más profunda en el relato político
chavista que durante un cuarto de siglo pretendió sustituir al Estado por una
épica, la administración por la consigna y la realidad por la propaganda.
Durante años, Venezuela
vivió bajo una ilusión trágica: la idea de que un país podía sobrevivir
indefinidamente sin instituciones, siempre que conservara un aparato de
control, una liturgia revolucionaria y una élite dispuesta a confundir la
obediencia con la gobernabilidad. Esa ilusión se sostenía mientras el deterioro
avanzaba de manera gradual. Se podía ocultar un apagón, maquillar una
estadística, culpar a un enemigo externo, transformar la escasez en argumento
ideológico. Pero una catástrofe natural tiene una virtud terrible: no negocia
con los discursos.
Cuando la tierra tiembla,
las palabras dejan de proteger. Lo que importa entonces no es la retórica del
poder, sino la capacidad de rescatar a una persona bajo los escombros, despejar
una pista de aterrizaje, restablecer una antena, coordinar ambulancias,
distribuir agua, levantar refugios y decir la verdad sobre la magnitud del
desastre. En ese instante, el Estado se mide por su función más elemental:
proteger la vida.
La respuesta inicial de
Estados Unidos revela mucho más que un gesto humanitario. Equipos de búsqueda y
rescate urbano, apoyo logístico del Departamento de Guerra, imágenes aéreas y
satelitales, coordinación diplomática, protección consular y movilización de
ayuda internacional forman parte de una arquitectura de emergencia que expone,
por contraste, la fragilidad venezolana. Allí donde el Estado nacional no
alcanza, entran capacidades externas. Allí donde la infraestructura está rota,
aparece la logística militar extranjera. Allí donde no hay información
suficiente, llegan los ojos satelitales de otro país.
No se trata de una anexión
ni de una pérdida formal de soberanía. La soberanía, sin embargo, no es solo
una bandera, un himno o un asiento en Naciones Unidas. Es también la capacidad
concreta de cumplir funciones básicas. Un país soberano no es únicamente aquel
que proclama independencia, sino aquel que puede atender a sus ciudadanos
cuando la desgracia cae sobre ellos. Por eso la emergencia venezolana muestra
una paradoja dolorosa: cuanto más se invoca la soberanía en los discursos, más
evidente resulta la dependencia operativa del exterior.
En términos políticos, el
terremoto acelera una transición que ya estaba en marcha. La Venezuela
posterior al chavismo no nacerá de una proclama solemne ni de una ceremonia
perfecta. Nacerá, probablemente, entre ruinas, listas de desaparecidos,
hospitales saturados y decisiones logísticas tomadas bajo presión. Las
transiciones rara vez tienen la elegancia que les atribuyen los manuales.
Suelen comenzar de manera confusa, en medio del miedo, la improvisación y la
urgencia. Pero comienzan cuando la vieja legitimidad deja de servir y la nueva
aún no ha terminado de formarse.
Ese es el interregno
venezolano. Lo viejo no ha desaparecido del todo; lo nuevo todavía no gobierna
plenamente. Entre ambos, la sociedad queda suspendida en una zona incierta
donde cada decisión práctica adquiere un significado político. ¿Quién coordina
la ayuda? ¿Quién decide dónde aterrizan los aviones? ¿Quién administra los
refugios? ¿Quién informa a la población? ¿Quién garantiza que la asistencia no
sea capturada por redes partidistas, militares o criminales? En una emergencia
de esta magnitud, la política no desaparece: se vuelve logística.
Ese cambio es decisivo.
Durante años, el debate venezolano estuvo prisionero de nombres propios:
caudillos, candidatos, negociadores, jefes militares, mediadores extranjeros.
Pero una tragedia nacional desplaza el centro de gravedad. Ya no se pregunta
solo quién manda, sino quién funciona. Y esa pregunta es letal para cualquier
régimen construido sobre el teatro del poder, porque obliga a sustituir la
épica por la eficacia.
El chavismo fue, entre
muchas otras cosas, una maquinaria narrativa. Prometió redención social,
independencia nacional, justicia histórica y una patria nueva. Convirtió la
política en religión civil y el Estado en instrumento de partido. Pero su ciclo
histórico termina cuando deja de ofrecer respuestas a los problemas reales de
la sociedad. No porque sus adversarios lo derroten en una discusión doctrinal,
sino porque la vida cotidiana demuestra su agotamiento. Cuando una revolución
no puede producir electricidad, seguridad, hospitales, agua, alimentos ni
auxilio en una catástrofe, deja de ser revolución y se convierte en ruina
administrativa.
Los terremotos revelan esa
ruina con una claridad brutal. Frente a los escombros, no sirven los viejos
reflejos de la propaganda. No basta denunciar conspiraciones, invocar al
enemigo imperial o repartir culpas. La gente bajo los edificios colapsados no
necesita consignas, necesita equipos de rescate. Las familias sin techo no
necesitan discursos sobre resistencia, necesitan refugios. Las ciudades
incomunicadas no necesitan épica antiimperialista, necesitan internet,
telefonía, combustible y carreteras transitables.
De allí que la ayuda
estadounidense tenga una dimensión estratégica inevitable. Puede presentarse
como asistencia humanitaria —y en su núcleo lo es—, pero también reorganiza el
mapa de poder. Estados Unidos no solo salva vidas; establece coordinación,
provee información, habilita corredores logísticos y se convierte en un actor
indispensable de la estabilización. La influencia no siempre llega con tanques.
A veces llega con helicópteros de rescate, plantas eléctricas, equipos médicos
y satélites.
Algunos llamarán a esto
tutela. Otros lo verán como una necesidad. Probablemente sea ambas cosas.
Venezuela entra en una etapa en la que necesitará apoyo externo para
reconstruir capacidades esenciales del Estado. La cuestión no es si esa tutela
existe, sino bajo qué reglas, con qué límites, con qué transparencia y con qué
horizonte de salida. Una tutela sin institucionalidad puede convertirse en
dependencia. Una tutela ordenada, en cambio, puede servir como puente hacia la
recuperación.
La secuencia es clara:
estabilización, recuperación y transición. Primero, salvar vidas y restablecer
un mínimo de orden. Luego, reconstruir infraestructura crítica, comunicaciones,
hospitales, viviendas y sistemas de distribución. Finalmente, devolver a los
venezolanos un Estado capaz de organizar elecciones reales, garantizar derechos
y administrar bienes públicos sin convertirlos en botín político.
La emergencia también
reescribe el relato moral del país. El adversario principal ya no es un
partido, un líder o una facción. Es el desastre mismo: la destrucción material,
el aislamiento, el miedo, la intemperie, la incapacidad acumulada durante años.
En esa nueva narración, los héroes no son necesariamente los políticos, sino
los rescatistas, médicos, ingenieros, bomberos, voluntarios, diplomáticos y
comunidades que logren convertir la ayuda en vida salvada.
Esa puede ser la oportunidad
más importante de Venezuela: que la transición deje de ser una disputa
abstracta por el poder y se convierta en una reconstrucción concreta del
Estado. La libertad no se defiende solo con discursos; también con
instituciones que funcionen. La democracia no se limita al voto; necesita
carreteras, hospitales, tribunales, escuelas, electricidad, policía profesional
y cuentas públicas auditables. Un país no se libera del autoritarismo
únicamente cuando cae un régimen, sino cuando deja de necesitar caudillos para
resolver lo que deberían resolver las instituciones.
Los terremotos han colocado
a Venezuela frente a una verdad desnuda. El país no puede regresar al pasado,
pero tampoco puede vivir eternamente en la provisionalidad. Entre las ruinas
físicas aparece una pregunta histórica: ¿será esta tragedia apenas otro
episodio de sufrimiento nacional o el comienzo de una reconstrucción más
profunda?
La respuesta dependerá de la
capacidad de convertir la ayuda en orden, el dolor en institucionalidad y la
emergencia en transición. Porque hay momentos en que una nación no renace
cuando deja de temblar la tierra, sino cuando empiezan a levantarse, sobre los
escombros, las reglas de una vida común.
Ilustración: Alicja Kwade.
26/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/venezuela-despues-de-los-terremotos/

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