MI EXPERIENCIA DOCENTE CON LA IA
Este es el año en que sentí que la inteligencia
artificial (IA) llegó con más fuerza a mis aulas de clase. No soy de las
profesoras que prohíbe su uso; es absurdo intentar prohibir lo que no se puede
controlar y ya forma parte de nuestro día a día. Tampoco hablaría bien de mí ir
en contra de la tecnología. Sin embargo, creo firmemente que debemos aprender a
usarla como lo que es: una herramienta, nunca un sustituto de nuestra labor
intelectual.
He dedicado varias sesiones de clase a explicar su uso
correcto. La IA es un excelente recurso para pulir la redacción, corregir el
formato de las citas según los distintos métodos, hacer una revisión preliminar
de autores sobre un tema determinado o sintetizar ideas. Por supuesto, su
empleo debe ser debidamente acreditado, y la mayoría de los estilos
reconocidos, como las normas APA o Chicago, ya prevén reglas para ello. No
obstante, la búsqueda y validación de fuentes, la elaboración del esquema de
desarrollo y la formulación de una opinión crítica sobre un punto en particular
constituyen un trabajo intelectual insustituible.
En mis clases siempre advierto a los estudiantes que,
dado que los detectores de IA no son infalibles, si sospecho de un uso abusivo
o errado de la herramienta, les concederé la oportunidad de defender oralmente
su trabajo. Al momento de evaluar, tomo en consideración varios elementos más
allá del fondo del asunto: la participación en clase, la redacción y la
bibliográfica, entre otros. Si noto una escasa o nula participación en el aula,
pero me encuentro con un trabajo impecable, perfectamente fundamentado y
plagado de esas palabras cursis y rimbombantes propias de la IA,
definitivamente convocaré al alumno a una defensa oral.
Este año viví dos experiencias que me dejaron grandes
lecciones. Tuve ante mí dos trabajos formalmente buenos. Uno de ellos empleaba
un lenguaje poco común, utilizando expresiones como “la fractura de la
ontología del patrimonio”. Aunque un profesional puede escribir así, la
sofisticación del texto no se correspondía con el desempeño durante el
semestre. Quise comprobar si la estudiante, en la reunión que programamos por
Meet, sostendría el nivel de lo que había leído. Cuando le pregunté a qué se
refería con esa frase, no supo precisar el sentido, alegando que no tenía el
documento enfrente. Intenté facilitarle la tarea con una pregunta más básica y
directa: ¿qué es la ontología? Tampoco supo responder. La frase estaba bien
construida —tal vez demasiado bien para mi gusto—, pero el problema de fondo
era que la estudiante desconocía por completo el significado de lo que había
presentado como propio.
El otro trabajo citaba la obra más conocida de Robert
Nozick, Anarquía, Estado y Utopía. Salvo en un foro muy especializado en
filosofía política, este no es un libro que aparezca comúnmente citado. Al
principio pensé que podría tratarse de una maravillosa excepción —las he visto
en mi carrera—, pero como era una alumna que solo se había conectado dos o tres
veces durante el semestre, dudé. Durante la entrevista, demostró que hablaba
bastante bien y dominaba una parte de su entrega: aquella sección que ya había
sido (o podía ser) parte de un trabajo para otra materia. Sin embargo, carecía
por completo del componente filosófico de mi asignatura. Al preguntarle por qué
había citado ese libro en particular, recibí respuestas ambiguas, así que le
pregunté directamente qué entendía por anarquía. Su respuesta fue completamente
errada. La anarquía no es ilegalidad, anomia o caos, como comúnmente se suele
definir; la anarquía es la descentralización de la toma de decisiones.
En este segundo caso, el uso errado de la IA fue más
sutil, pues se enmascaró detrás de la experticia que otorgan otras disciplinas.
Pero ¿qué pensarían ustedes de un investigador que cita un libro, sin conocer
al autor ni el concepto de la palabra clave que define el título de la obra?
En ninguno de los dos escenarios se realizó la labor
intelectual mínima que exige un ensayo. Escribir implica un proceso de búsqueda
donde lo recomendable es acudir a las fuentes primarias, exige manejar los
textos, conocer al autor y su obra —no necesariamente de forma exhaustiva, pero
sí lo suficiente para integrarlo con coherencia— y, aunque parezca obvio, tener
plena consciencia de lo que se escribe.
Estamos en un momento de transición y aprendizaje en
el uso de estas tecnologías. Es un proceso de ensayo y error que nos exige
mucho más, tanto a docentes como a estudiantes. Siento que la enorme facilidad
que ofrece la IA nos presenta la tentación constante de abandonar el ejercicio
de nuestro músculo intelectual.
En mi caso, considero que el breve ensayo, aunque sea
una forma tradicional de evaluación, sigue siendo una herramienta sumamente
valiosa. La escritura es la expresión viva del pensamiento: permite incorporar
los elementos de la materia —ya sea para respaldarlos o para debatirlos— y
expone con claridad si el estudiante supo utilizar adecuadamente sus
herramientas metodológicas, incluida la propia IA.
La IA no es perfecta; de hecho, alucina. Sin embargo,
el mayor riesgo no es técnico, sino humano: que nos rindamos completamente ante
ella y desaparezcamos del proceso intelectual que supone investigar. Esa es,
hoy por hoy, mi mayor preocupación.
07/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/mi-experiencia-docente-con-la-ia/
Fotografía: LB, "Techno humanidad" de Josué Benjamin (Caracas, 31/05/2026).

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