Solo hay una
"tarea" que realizar: favorecer la vida. Sin embargo, tal tarea no es
algo "añadido" a lo que somos.
El ego piensa que tiene que
hacer porque se ve como un "alguien" separado que se define, entre
otras cosas, por su capacidad hacedora. Y ve la acción, como todo lo demás,
desde una perspectiva dual: yo, delimitado o encerrado en mí mismo, hago algo
que, en cierto modo, me enriquece o enriquece a otros.
El ego, consciente o
inconscientemente, se define como carencia: de ahí que busque fuera aquello que
le permitiría "completarse" y experimentarse más pleno.
Sin embargo, "dar
vida" no es algo que el ego pueda hacer. La Vida se da a sí misma.
Necesitamos únicamente reconocernos en ella, de un modo cada vez más consciente
y, por tanto, desapropiado para, de ese modo, permitir que fluya y se exprese a
través de nosotros, en modos concretos.
En este sentido se puede
entender la imagen de la "puerta", en cuanto espacio abierto que
permite que la Vida fluya.
Porque la Vida es, antes que
nada, espaciosidad, amplitud ilimitada que todo lo contiene y que se expresa en
infinidad de formas, todas ellas habitadas por la misma y única Vida.
Por eso, quien se percibe
así, no puede sino vivir el cuidado con todos y con todo. Un cuidado que Jesús
expresa en la imagen del "pastor", imagen que resulta anacrónica para
la mayoría de nuestros contemporáneos, pero que encerraba una extraordinaria
riqueza, histórica y metafórica, en el contexto en que Jesús la utilizaba.
Todos nosotros
"conocemos la voz" de la Vida. Por eso, cada vez que vemos, oímos o
leemos algo preñado de vida, se produce una resonancia en nuestro interior. Es
una voz que nos "suena", aunque haya podido estar muy apagada durante
mucho tiempo.
En nuestro mundo hay muchas
voces de todo tipo. Tantas, que corremos el riesgo de terminar aturdidos.
Algunas de ellas pueden resultarnos especialmente atractivas porque parecen
encajar perfectamente con lo que son las necesidades del ego. Hay voces que
prometen, voces que compensan, voces que entretienen, voces que distraen, voces
que seducen, voces que inflan, voces que asustan, voces que amenazan, voces que
nos dan la razón, voces que nos rechazan... Tantas voces que no es extraño que,
en algún momento, las sigamos. Sin embargo, si no son la genuina voz de la
Vida, no nos alimentarán; su encanto habrá resultado pasajero y, con
frecuencia, frustrante.
Jesús habla desde la Vida, o
mejor aún, como la Vida: porque es esta la que habla a través de él.
Solo puede hablar desde la
Vida quien se reconoce en ella, quien ha descubierto que la Vida es su
verdadera identidad. Se comprende que quien dijo: "yo soy la puerta",
"yo soy el pastor", "yo he venido para que tengan vida"...,
dijera también: "Yo soy la Vida". No puede ser de otro modo.
Lo admirable es que esta
afirmación del maestro de Nazaret es válida para todos nosotros: la Vida es
nuestra identidad. Únicamente necesitamos reconocerla y vivirnos en la
consciencia de ser ella.
Nos sirve maravillosamente
para entender la situación anímica de los discípulos después de la tragedia del
viernes, y para renovar nuestra fe.
"Nosotros esperábamos
que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas,
llevamos ya tres días desde que esto pasó ... ".
Nos encontramos en presencia
de "el escándalo de la cruz". La muerte de Jesús ha dado al traste
con las esperanzas puestas en El. Los dos discípulos de Emaús representan perfectamente
la crisis de fe de aquella primera comunidad, motivada por la muerte de Jesús.
Cabría pensar que ellos
también podrían haber dicho, como otros, a Jesús crucificado: "Si eres el
Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos". Están aplicando a Jesús las
categorías humanas y judaicas. Para ellos, la muerte es el final. Y la
ejecución como criminal, el fracaso.
Es más, están fiándose de su
propia interpretación de la Palabra de Dios. Esperaban un Mesías triunfante. No
ha triunfado, luego no lo es. Los dos de Emaús representan la situación de los
discípulos: "se acabó; nosotros pensábamos que Él sería... pero... se
acabó".
¿Cómo pasó aquel grupo
reducido del abatimiento y la sensación de fracaso que presenta este texto, a
la seguridad y el sentido misionero avasallador que hemos visto en la primera
lectura de hoy? ¿Cómo se convirtieron en valerosos pregoneros los asustados y
fracasados galileos? Tenemos que dar dos respuestas, situadas a distinto nivel.
En primer lugar, la
Resurrección de Jesús no parece que se pueda explicar simplemente por un
"convencimiento íntimo" de que sigue vivo tras la muerte, ni una
"experiencia interior".
Hubo algo que cambió su
depresión y su cobardía en entusiasmo y espíritu misionero, algo que les lleva
a anunciar a Jesús Vivo, aunque les cueste la vida, y a llevar el mensaje al
mundo entero. No creyeron en Jesús simplemente porque -a pesar de que había
muerto- le recordaban y le seguían admirando. Parece necesario "algo
más".
En segundo lugar, el
Espíritu. El Espíritu, el viento de Dios, hizo a Jesús como era. El Espíritu
hablaba en Jesús, curaba en Jesús. El Espíritu la hacía sabio y confundía a sus
adversarios. El Espíritu le hizo pasar del "¿por qué me has
abandonado?" al "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Ese Espíritu que Jesús
"sopló sobre ellos" (recordamos el evangelio del domingo pasado),
como Dios mismo sopló su espíritu en el muñeco de barro y lo hizo ser viviente
está haciendo diferentes a los que le siguieron en vida y siguen creyendo en él
después de muerto. Es la tesis básica de Hechos: el mismo espíritu de Jesús
sigue alentando en la Iglesia.
EL escándalo de la Cruz
Jesús "les explica las
escrituras", les explica "que era necesario que el Mesías padeciese y
muriese y entrase así en su gloria". Era necesario.
Porque era el Hijo de Dios,
no bajó de la cruz, precisamente porque era el Hijo de Dios. Si hubiera bajado
de la cruz, no sería más que una divinidad que se había vestido con apariencia
humana (y esa es la "fe" simplona de muchos). Pero era un hombre que
arrostraba su destino, su misión: fiel a la misión hasta la muerte.
La cruz es un escándalo, (y
la humanidad de Dios, también, y la divinidad del hombre también) sólo
superable por la fe en el Crucificado. No hay manera alguna de escapar del
escándalo del mal del mundo. El mal del mundo culmina por el rechazo de los
hombres a Dios. La crucifixión de Cristo es el mayor escándalo.
"En el mundo estaba, y
el mundo fue hecho por El
y el mundo no le conoció.
Vino a los suyos y los suyos
no le recibieron".
Pero la crucifixión actual
de tantos y tantos que contemplamos, en los males y en los pecados, son el mismo
escándalo: la aparente ausencia de Dios. De este escándalo no escapamos más que
por la fe en Jesús, el crucificado/resucitado.
Como casi siempre, la fe no
nos da explicaciones, sino motivos para creer a pesar de lo que vemos. En la
cruz no se cree. La cruz se ve. La resurrección no se ve. Se cree en ella,
porque se ven las obras del Espíritu.
Pero se puede dar un paso
más. No sólo creemos a pesar de la cruz; creemos por la cruz. A varios niveles:
· ver a un hombre que
arriesga la vida por proclamar sus valores y sus criterios hasta el final, sin
echar marcha atrás, sin arrugarse ante nada, sin escaparse, hasta arrostrar la
muerte ... es un fortísimo argumento para creer en él. Y así fue Jesús. "Obediente
hasta la muerte y muerte de cruz" admite otra traducción:
"consecuente hasta la muerte y muerte de cruz".
· reflexionando en quién
mató a Jesús volvemos a creer en él. A Jesús lo mató el Templo y sus
sacerdotes, los mayores agentes de opresión, los mayores deformadores de Dios.
A Jesús lo mató La Ley y sus doctores y sus purísimos cumplidores,
monopolizadores de la Palabra, despreciadores de la gente (podemos leer Mateo
21–23). Lo mataron los manejos políticos, el mesianismo nacionalista... La cruz
exige tomar partido: con todos esos o con Jesús.
· la elaboración teológica
de todo lo anterior lleva a decir: el Padre es capaz de dejar que su mejor hijo
se arriesgue por todos los demás: ¡mirad cómo ama el Padre, que no escatima ni
siquiera a Jesús, por el bien de todos!
Ser cristiano se define por
tanto como:
"el que cree en Dios,
el Padre,
por Jesús a pesar de la
cruz,
y por la cruz".
"Viendo y oyendo"
Nuestra resurrección es una
realidad interior. La vida del hombre no es más que signo, ropaje... de la
Vida. La Resurrección es tener ya La Vida.
La simple vida biológica es
el soporte de la vida intelectual. Y todo eso no es más que el soporte de LA
VIDA, la condición de Hijos. Nuestra fe es que en Jesús se mostró posible que
la humanidad "lleve dentro" la divinidad. Decía el catecismo que
estudiábamos de pequeños: "Sin dejar de ser Dios, quedó hecho hombre"
Y podemos invertir los términos: "Sin dejar de ser hombre, estaba lleno de
Dios". Éste es el sentido profundo, desmitologizado, de la Encarnación.
La Resurrección, la Vida, no
se ve. Pero sus frutos sí se ven. Los que participan de la Vida viven como
resucitados "buscando las cosas de arriba" "vestidos del hombre
nuevo". Su código moral son las Bienaventuranzas; su oración, el Padre
Nuestro; su culto a Dios, la vida; sus actos religiosos, las celebraciones
festivas del amor de Dios presente en todo, los sacramentos. Esta es la Vida
Nueva, manifestándose en la vida normal.
Vivir de otra manera es
"inútil y efímero". Nosotros vivimos la vida como El nos enseñó,
porque tenemos Fe en El y tenemos puesta en El nuestra esperanza.
Todas las apariciones de
Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los
evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al
sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en
Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo
son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en
plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de
blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante
junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con
vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también
Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si
los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo,
lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el
del próximo domingo (Juan 20,19-31).
Las peculiaridades de este
relato de Juan
1. El miedo de los
discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece
el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han
condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el
peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en
Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la
calle.
2. El saludo de Jesús: «paz
a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más
lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres
veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal;
los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun».
Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se
encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más
frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea
(Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que
se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula
distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este
pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última
cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis
ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos,
el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su
vida y especialmente durante su pasión.
3. Las manos, el costado,
las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad
física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres
le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús
caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece
a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de
palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un
trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a
Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para
demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en
el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los
milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los
evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber
visto».
4. La alegría de los
discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este
evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y,
despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va
acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla
de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros
ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y
nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
5. La misión. Con diferentes
fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado
encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como
el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar
la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
6. El don de Espíritu Santo
y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día
de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en estemomento, vinculándolo con el poder de
perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece
que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En
todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente
relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los
pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la
preparación y disposición del que lo solicita.
“Dichosos los que crean a
pesar de lo que ven”
En este pasaje del evangelio
se da un importante cambio en los destinatarios. En la primera parte, Jesús se
dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión.
En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera
se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
Podríamos añadir: “Dichosos
los que crean a pesar de lo que ven”. Digo esto a propósito de lo ocurrido hace
pocos días en el accidente de Tarragona, donde perdieron la vida siete
muchachas italianas, estudiantes de Erasmus. El padre de una de ellas comentó,
hablando de él y de su esposa: “Antes creíamos en Dios; ahora no podemos creer.
No podemos creer que en un Dios que hace una cosa así”.
Las muertes ocurridas al día
siguiente en Bruselas pueden haber provocado la misma reacción en otras
personas. A menudo creemos en un Dios cuya misión principal es resolver
nuestros problemas. Olvidamos el mensaje de la Semana Santa: creemos en un Dios
que nos entrega a su propio hijo, y en un hijo dispuesto a morir por nosotros.
Como Tomás, debemos meter nuestros dedos en las llagas, en las huellas del
sufrimiento humano, para terminar confesando: “Señor mío y Dios mío”.
La celebración de hoy tiene
dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un
único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola
de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no solo los sucesos son
un todo sino el mensaje es único.
Nuestra tendencia es
celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey
terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una
entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino
del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos
sino a convertir los corazones a Dios.
Aunque los rasgos de la
entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para
mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la
modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a
conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura).
El cuarto evangelio subraya
mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada
con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.
Es por tanto importante que
nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales
aclamaciones triunfalistas. Los mismos textos, y especialmente la profunda
elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados
por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su
mesianismo.
Como siempre, los evangelios
se preocupan de subrayar que los discípulos no se han enterado de gran cosa, y
siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y
la izquierda del Rey. No podemos caer en la misma tentación, sino atender al
mensaje de Jesús.
Y para eso están ahí las dos
primeras lecturas de la Eucaristía, que nos darán un contexto estupendo en el
que enmarcar toda la celebración.
Ver textos y comentario de
las lecturas
En contraposición con estas
lecturas, los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46)
parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior.
Deberemos cuidar de que
nuestras aclamaciones a Cristo Señor no hagan olvidar que, al decidirse a
entrar en Jerusalén, Jesús está subiendo a la cruz, precisamente por el rechazo
de los jefes, el olvido del pueblo y la cobardía de los discípulos. Serían
perfectamente aplicables a esta celebración las consideraciones que solemos
hacer al celebrar la fiesta de Cristo Rey.
Los relatos de la Pasión,
que son sin duda desarrollo de las más antiguas tradiciones orales y escritas
sobre Jesús, constituyen el núcleo del Kerygma primitivo, y una de las pruebas
más importantes de dos aspectos básicos de nuestra fe en Jesús:
· Son un argumento
irrefutable de la historicidad básica de los evangelios. La dificultad que
suponía para las primeras comunidades predicar la fe en el ajusticiado muestra
bien que no inventan sus relatos a su conveniencia, sino que repiten el mensaje
recibido por muy molesto que este sea.
Ejemplos evidentes de esto
son por ejemplo la unanimidad de los textos en no ocultar (al revés, en
insistir en) las negaciones de Pedro y la desbandada de los Once, más el mismo
hecho de los sufrimientos, Getsemaní etc., etc.
· El anuncio de Jesús no
tiene ningún matiz mítico. Jesús no es un mito sagrado que se viste luego con
narraciones realistas para consumo popular. Esta es precisamente la vía errada
de los Apócrifos, y la razón de su rechazo por las comunidades.
Si en otros momentos de los
evangelios los aspectos simbólicos o las citas de los profetas hacen casi
irreconocible la historia, aquí el mensaje es la historia, lo que pasó, y los
añadidos interpretativos o simbólicos son pocos y sirven para señalar el valor
y sentido de la historia, de lo que vieron los ojos.
La entrada de Jesús en
Jerusalén, en vísperas de la Pascua, entrada pública, no a escondidas, fue una
imprudencia y un desafío. Le buscan para matarle y han puesto a precio su
cabeza. Hasta este momento, Jesús se ha ocultado, se ha alejado del peligro. La
gente piensa que no se va a atrever a venir a la ciudad por Pascua. Pero Jesús
toma la decisión de subir a Jerusalén y entra en la ciudad públicamente.
Es posible que sus
discípulos aprovecharan la ocasión para hacer de esa entrada una manifestación
triunfal, incluso con signos mesiánicos. Es claro que las comunidades
posteriores vieron en ese suceso la entrada del Mesías en su ciudad, y así la
interpretaron.
Los datos de los evangelios
permiten adivinar los hechos: los galileos que han subido a la fiesta aclaman a
Jesús. La gente de Jerusalén se extraña, preguntan qué pasa, y algunos se
juntan a la fiesta.
Jesús estropea la fiesta y
entra en la ciudad llorando. Jesús convierte los signos de triunfo davídico en
signos de mesianismo inverso: el pollino (no caballo regio), el llanto sobre
Jerusalén... Jesús sabe que entra en la ciudad a morir, y que ese, no las
aclamaciones de la multitud, será su triunfo.
Los discípulos no se dieron
cuenta entonces de lo que estaba pasando. Solamente comprendieron más tarde...
como tantas veces. Como nosotros, cuando celebramos esta fiesta como un triunfo
davídico, con palmas y cánticos de gloria, sin pensar en que Jesús llora por
Jerusalén y se dirige, consciente y decidido, hacia la muerte.
Lo que ve la gente y lo que ve Jesús
La gente de Jerusalén ven un
espectáculo un tanto sorprendente, a algunos les parece ridículo: un puñado de
galileos aclamando a su líder, un carpintero sin cualificación del que dicen –
insensatos – que es el Mesías. Como tantos otros, como tantas veces.
Los escribas, los doctores,
los sacerdotes, ven un posible peligro: fue un predicador dudoso, de doctrina y
costumbres nada ortodoxas. Llamó la atención por presuntas curaciones, tiene
algunos discípulos. Pero tiene la osadía de presentarse en el Templo, le
aclaman como Mesías. Esto se puede ir de las manos, provocar la reacción de los
romanos. Esto se tiene que acabar.
Los discípulos ven el
triunfo definitivo de Jesús Mesías. Ha llegado el momento, Jesús se instalará
en el Templo, el Altísimo lo respaldará con algún prodigio cósmico, los
doctores y los sacerdotes se postrarán ante él, los romanos serán expulsados.
Comienza el Reinado de Israel sobre las Naciones, que vendrán a adorar a Dios
en su (de Israel) santo Templo.
Jesús ve la ciudad
engalanada para la fiesta. Ve la Fiesta de la Pascua, un gran negocio para
Jerusalén. Ve Escribas y Doctores ciegos, que impiden que el pueblo crea en
Dios. Ve Sacerdotes dueños del Templo y de la conciencia de la gente. Ve gente
aclamando a otro, porque él no es como el que aclaman. Ve discípulos galileos
sin convertir.
Jesús ve el camino de la
muerte. Adivina el Gólgota al otro lado de las murallas del Templo. Ve el
esplendor del Templo, sabe que de todo eso no quedará nada... Y SE ECHA A
LLORAR. Llora porque Jerusalén no va a aceptar la Buena Noticia, no va a entrar
en el Reino, no va a conocer al Padre.
Como dice, tan sabiamente,
nuestro villancico popular: "todo el mundo sonríe, solo Dios llora".
En el capítulo 9 del cuarto
evangelio, se ofrece una catequesis cristológica, que trata de señalar todo el
proceso de adhesión a la persona de Jesús, según los parámetros de las primeras
comunidades joánicas.
Los elementos básicos de
dicha catequesis parecen ser los siguientes:
• "ungido" =
bautizado;
• Jesús, luz para las
personas, "luz del mundo" (Jn 8,12);
• el hombre reconoce a Jesús
como "profeta";
• persecución por parte de
la autoridad judía y riesgo de excomunión (es lo que vivieron los miembros de
la comunidad joánica, a partir de los años 80);
• discusión –catequética o
apologética- con la autoridad judía;
• Jesús se vuelve a hacer
presente en esa circunstancia de persecución;
• proclamación de fe:
"Creo, Señor".... "Y se postró ante él";
• Conclusión: el problema
consiste en que, estando ciegos, pensamos que vemos.
El tema de la luz –y todos
los relacionados con él: iluminación, visión, despertar...- ocupa un lugar
absolutamente central en la literatura espiritual.
El motivo es simple: todo el
proceso de crecimiento y transformación de la persona arranca con la
comprensión de quienes somos. Solo a partir de esta claridad, es posible vivir
coherentemente.
Así entendida, la
comprensión –o la visión- es lo opuesto a la creencia. Esta última es apenas un
"objeto mental" que, en el mejor de los casos, sirve únicamente para
apuntar o señalar hacia la verdad mayor, que siempre escapará a cualquier
razonamiento.
Con frecuencia, sin embargo,
todavía es peor: la creencia –cualquier idea que podamos tener- se absolutiza
y, de ese modo, se interpone e impide abrirse a la verdad.
La "visión"
permanece oculta a la mente. Esta no es herramienta adecuada para tal fin. Su
enorme capacidad funciona adecuadamente en el mundo de los objetos, pero se
ciega ante todo lo que es inobjetivable, es decir, las realidades más
importantes de la vida.
La mente puede acometer aún
con éxito otra tarea: la de poner a prueba e incluso desenmascarar
planteamientos o posturas irracionales y/o nocivos. Hablamos entonces de la
"razón crítica", como un logro irrenunciable que necesitaremos
cultivar.
Sin embargo, cuando se habla
de "visión", no se está propugnando la irracionalidad, sino –es algo
muy distinto- la transracionalidad. Se valora toda la función de la mente, pero
se ha descubierto que existe otro modo de conocer que es previo y más
"fundamental" que la razón. Es el conocimiento inmediato,
experiencial, intuitivo... Lo que se ha llamado el "conocimiento
místico".
Característica de esa forma
de conocer es la no-dualidad. La mente es separadora; el conocimiento místico
"ve" la no-separación de todo, advirtiendo la naturaleza última,
común y compartida, de todo lo que es.
En esa visión, la persona
capta el núcleo de lo real y, simultáneamente, comprende su verdadera
identidad. A partir de ahí, podrá decir como decía Jesús en el cuarto evangelio
–y como dice el propio ciego-: "Yo Soy". Nos hemos reencontrado en la
Verdad de lo que somos, más allá de las ideas, creencias o juicios de cada
cual. Por decirlo en lenguaje cristiano, hemos sido "ungidos", somos
"otros Cristos", compartimos la misma visión de Jesús. Hemos pasado
de "tener creencias" a "ver".
Sin embargo, a la autoridad
religiosa únicamente le importa una cosa: que se actúe conforme a la ley. El
relato de la investigación que llevan a cabo con el ciego y con sus padres pone
de manifiesto un comportamiento patético: han perdido todo el interés por la
persona del ciego, no les interesa si ve o no ve; se aferran solo a la posible
alteración de la legalidad.
No es difícil advertir,
detrás de ese comportamiento, la necesidad de mantener el poder, gracias a un
control férreo sobre la norma. Suele ser el modo de funcionar autoritario:
desinterés hacia las personas, exigencia legalista a ultranza.
Jesús se había situado justo
en el extremo opuesto: "No es el hombre para el sábado, sino el sábado
para el hombre" (Mc 2,27). Este es, sin duda, el "juicio para el que
he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se
queden ciegos".
No se trata de una amenaza,
sino de una constatación: quienes creen ver, porque han identificado las cosas
con sus pensamientos, en realidad permanecen ciegos; se pierden la verdad de lo
que es. Por el contrario, quienes quieren ver, porque son conscientes y sufren
a causa de su "ceguera", encuentran el camino de la visión.
Uno de los más bellos y
famosos textos del evangelio de Juan. Es estupenda la escenificación, el
progreso del diálogo, los muchos detalles que ambientan perfectamente el
relato... Pero nos importa mucho más el significado. Jesús es el Agua Viva. El
cuarto evangelio lleva al límite el género "Evangelio", en el que los
sucesos se narran por su significado.
Parecen historias, narran
muy probablemente sucesos que ocurrieron, pero son sobre todo tratados de
teología.
El suceso es perfectamente
verosímil, bien ambientado en todos sus detalles. El paso de Jesús por Samaria
hacia Jerusalén no está atestiguado en ningún otro evangelio, pero no es
imposible: el pozo puede ser el "de Jacob", aunque la localización de
Sicar ha suscitado discusiones. El texto refleja también perfectamente la
posición religiosa de los samaritanos respecto a los judíos.
Sobre este relato, Juan
construye "la Teología del Agua viva". Parecería una invitación a
hablar del bautismo; el texto sin embargo tiene una connotación bautismal mucho
más amplia. Se toma el agua en el sentido más bíblico, como aparece en el Libro
del Éxodo, tal como lo vemos en la Primera Lectura de hoy. No se trata de
sumergirse, lavarse, sino de "beber". En este sentido, el texto
ilumina al bautismo, porque allí empezamos a beber del agua de Jesús.
En estos tres domingos de
Cuaresma (3º, 4º y 5º), vamos a leer tres narraciones del cuarto evangelio:
- Hoy, el de la Samaritana,
cuyo tema es "el agua viva".
- El domingo 4º, el ciego de
nacimiento, cuyo tema es "la luz".
- El domingo 5º, la
resurrección de Lázaro, cuyo tema es "la vida".
Los tres son símbolos
perfectos de Jesús y, a través de él, de Dios.
Jesús y la samaritana: un
mundo lleno de novedades. Jesús está cansado y sediento, y no puede sacar agua
porque el pozo es profundo. Nuestra fe no se basa en un Jesús mágico, exento de
cansancio o de debilidades. Nunca insistiremos demasiado en que creemos en ese
hombre.
Jesús habla con una mujer, y
una mujer samaritana, herética y extranjera, y además de mala fama. Hasta sus
discípulos se extrañan. Pero es que es el médico, viene a curar, a salvar,
tiene que estar con los enfermos.
Preciosa imagen de Dios. A
Jesús le interesa poco el Templo, el culto exterior, incluso "los
justos"; le interesa que la mujer arregle su vida. Jesús sueña con salvar
el mundo entero: pero necesita ayuda.
Esto define nuestra misión:
¿quieres ayudar a Dios a que sus hijos vivan como hijos?
Sí, lo de Jesús es
diferente.
El agua viva
Lo que es el agua para la
vida normal, eso es Jesús para la vida humana. Jesús es el Agua, Jesús es La
Palabra, Jesús es el que da el Espíritu. Jesús no es un pozo a donde se va a
beber de vez en cuando, es una fuente de espíritu: el que bebe de Jesús es
fuente. Él mismo siente brotar de dentro de sí el Agua que brota hasta la Vida
eterna, y no tiene más sed de otras aguas, porque Jesús quita la sed de todas
las otras cosas.
Es importante que adquiramos
la manera de hablar de la Biblia. Nosotros funcionamos siempre por conceptos, y
queremos abarcar con ellos la realidad precisa y clara. Pero estamos hablando
de Dios, y toda la Biblia, y los evangelios, nos hablan de Él con imágenes. Y
¡qué estupendas imágenes! La mayor parte de nuestro organismo es agua. Sin agua
no podemos vivir. El mayor tormento es la sed. Encontrar agua en el desierto es
un milagro increíble. Eso es Dios para nuestra vida, eso es el evangelio. Sería
magnífico que pudiéramos decir sin extrañeza, "vamos a beber en el
evangelio de Marcos".
Todos estos símbolos
expresan muy bien la condición de la vida humana, necesitada de alimento, luz,
agua... para caminar. Es una vez más la confirmación de la imagen de Dios que
Jesús nos da. Nosotros solemos preferir otros términos: Eterno, Creador, Señor,
Juez... Pero Jesús usa mucho más estos términos inmediatos: agua, luz, vida,
pan, pastor, puerta, médico, padre. Todos ellos subrayan una misma línea: Jesús
presenta a Dios como aliado, en la línea más antigua de la Revelación.
El hombre tiene que andar un
camino. Dios es su ayuda mejor en el camino. La Palabra de Jesús es la mejor
luz, el agua, el pan del camino, Dios es el pastor y el médico. Estamos
acostumbrados a dirigirnos a Dios diciendo "Dios mío". Llegamos hasta
a decirle "Padre mío". Sería magnífico que no nos disonara invocarle
diciendo "Agua mía".
Cuando la Samaritana
entiende que Jesús le ofrece más que el agua del pozo, pasa inmediatamente a
planteamientos religiosos habituales, que a Jesús no le interesan: el Mesías,
el templo en Jerusalén o en el Garizim.... Pero todo eso no es el agua de
Jesús. El agua de Jesús es que los verdaderos adoradores den culto en espíritu
y en verdad. Y esto no se limita a decir que hay que hacer en el templo un culto
verdadero, con entrega del espíritu a Dios, sino que hay que dar un verdadero
culto, que rebasa el templo y convierte toda la vida en culto.
Esta "novedad de
Jesús" estaba ya sembrada en el Antiguo Testamento, y el mismo Jesús cita
la frase del profeta Oseas "Misericordia quiero y no sacrificios".
Pero es en Jesús donde aparece con toda su fuerza y en su sentido más radical.
Dios no está en el Templo, como un Señor que reside en un palacio. Está en
todas partes y sobre todo en todos sus hijos los seres humanos; allí hay que
servir a Dios. Los templos y los lugares sagrados han sido para las religiones
lugares para encerrar a los dioses, para que no estén fuera de ellos.
Por eso, para los conceptos
religiosos tradicionales hay diferencia entre lo sagrado y lo profano. Con
Jesús, esto desaparece, porque no hay nada profano. Es más, si la vida no es
sagrada, el templo es profano, porque es inútil.
Una última consideración,
uniendo los dos temas que hemos enunciado. El mundo necesita agua, está
sediento. Está sediento de agua física, de pan físico, de vivienda física, y
está sediento de Agua Viva, de conocer a Dios, de saber quién es y cuál es su
Casa. Éste es el espacio sagrado de los que siguen a Jesús, éste es su culto,
ésta es La Palabra de que son portadores.
Demasiadas veces hemos
pensado que llevar a los pueblos La Palabra es predicarles la religión. Esto es
sólo una caricatura, y un empequeñecimiento de La Palabra. La Palabra no son
nuestras palabras: La Palabra es Jesús, un modo diferente de vivir, una manera
de situarse ante los demás, una nueva relación con Dios. Todo esto se explica
con palabras, pero solo se transmite con obras.
Por esta razón, el agua
vuelve a aparecer en la última "parábola", la del Juicio final. En
ella se diferencia lo válido de lo inválido, no por la predicación, ni por la
pertenencia jurídica a la Iglesia, sino por la mejor de todas las frases que
puede entender cualquiera:
"Porque tuve sed y me
disteis de beber"
Y es que Jesús lo cambia
todo: nuestra relación con Dios, el Agua Viva: nuestra relación con los demás,
con los que hemos de compartir nuestra Agua, el concepto mismo de religión, que
es el agua que hace fecunda la vida de los humanos.
"¿Está o no está el
Señor en medio de nosotros?"
Esta duda del pueblo de
Israel es quizá también la nuestra. ¿Dónde está tu Dios?. En un mundo lleno de
tanta miseria y tanta maldad ¿dónde está Dios? Hace falta un fe muy fuerte para
seguir hablando del Dios Padre de todos, para seguir afirmando que existe, que
se entera, que nos quiere ... ¿por qué sigue permitiendo tanto mal para sus
hijos?.
Jesús no nos ha explicado
este por qué. Jesús nos ha dicho lo que quiere hacer el Padre, y que nos
necesita para hacerlo. Jesús no ha hablado del Creador, ni nos ha explicado por
qué el Padre da permiso para que caiga cada uno de nuestros cabellos, y lo da
también para tanto mal. Jesús sí
nos ha dicho que en este
desierto, el Agua, la luz, la sal, el pan... es la Palabra de Dios.
Esta es nuestra fe. Y no es
fácil comunicarla. Pero es misión que se nos ha encomendado. Ofrecer agua en el
desierto. Ser agua en el desierto. Esto nos llevaría otra vez a "vosotros
sois la sal..."
De todo esto, Jesús es la
prueba. Nuestra fe en la divinidad de Jesús va a ser puesta a prueba al ver su
humanidad. Verle sufrir y morir es un escándalo. ¿Puede pasarle esto a al
"hijo predilecto"? "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz".
Y nos sucede lo mismo al ver
la cruz de tantos crucificados de la tierra. Es el desafío más fuerte para
nuestra fe. Si, después de la cruz, seguimos creyendo en Dios, es porque
sabemos que, precisamente por eso no bajó de la cruz.
Nuestra fe es en Jesús
crucificado, es decir: creemos en el Amor de Dios, a pesar del mal del mundo, a
pesar del desierto, porque hemos visto a Jesús dar la toda la vida, hasta la
misma muerte, por nosotros, los hijos pecadores, simplemente porque nosotros
necesitamos creer en el amor, a pesar de que vemos el mal, el odio.
Quizá por eso no ponemos
como señal del cristiano a Cristo Resucitado, sino a Jesús crucificado.
Recordemos la frase perfecta de Juan 3,16 : "Tanto amó Dios al mundo que
le entregó a su Hijo único", corroborada por Pablo en Romanos 8, 32
"el que no escatimó ni a su propio hijo sino que lo entregó por todos
nosotros".
Sé de quién me he fiado
Preguntaban los israelitas
en el desierto: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?". Es
la pregunta básica de la fe: ¿me puedo fiar?, ¿será verdad todo esto?. Leemos
el relato de la samaritana, y brota de nuestro interior la fuente de la fe en
Jesús. De éste sí me puedo fiar. No hay Maestro como éste, no hay Palabra como
ésta, no hay Religión como ésta. Si Dios es esto, esto es el Agua para mi vida,
de esto sí me puedo fiar ( de ÉSTE sí me puedo fiar).