LA VOZ DE LA VIDA
(San Juan, 10: 1-10)
Solo hay una
"tarea" que realizar: favorecer la vida. Sin embargo, tal tarea no es
algo "añadido" a lo que somos.
El ego piensa que tiene que
hacer porque se ve como un "alguien" separado que se define, entre
otras cosas, por su capacidad hacedora. Y ve la acción, como todo lo demás,
desde una perspectiva dual: yo, delimitado o encerrado en mí mismo, hago algo
que, en cierto modo, me enriquece o enriquece a otros.
El ego, consciente o
inconscientemente, se define como carencia: de ahí que busque fuera aquello que
le permitiría "completarse" y experimentarse más pleno.
Sin embargo, "dar
vida" no es algo que el ego pueda hacer. La Vida se da a sí misma.
Necesitamos únicamente reconocernos en ella, de un modo cada vez más consciente
y, por tanto, desapropiado para, de ese modo, permitir que fluya y se exprese a
través de nosotros, en modos concretos.
En este sentido se puede
entender la imagen de la "puerta", en cuanto espacio abierto que
permite que la Vida fluya.
Porque la Vida es, antes que
nada, espaciosidad, amplitud ilimitada que todo lo contiene y que se expresa en
infinidad de formas, todas ellas habitadas por la misma y única Vida.
Por eso, quien se percibe
así, no puede sino vivir el cuidado con todos y con todo. Un cuidado que Jesús
expresa en la imagen del "pastor", imagen que resulta anacrónica para
la mayoría de nuestros contemporáneos, pero que encerraba una extraordinaria
riqueza, histórica y metafórica, en el contexto en que Jesús la utilizaba.
Todos nosotros
"conocemos la voz" de la Vida. Por eso, cada vez que vemos, oímos o
leemos algo preñado de vida, se produce una resonancia en nuestro interior. Es
una voz que nos "suena", aunque haya podido estar muy apagada durante
mucho tiempo.
En nuestro mundo hay muchas
voces de todo tipo. Tantas, que corremos el riesgo de terminar aturdidos.
Algunas de ellas pueden resultarnos especialmente atractivas porque parecen
encajar perfectamente con lo que son las necesidades del ego. Hay voces que
prometen, voces que compensan, voces que entretienen, voces que distraen, voces
que seducen, voces que inflan, voces que asustan, voces que amenazan, voces que
nos dan la razón, voces que nos rechazan... Tantas voces que no es extraño que,
en algún momento, las sigamos. Sin embargo, si no son la genuina voz de la
Vida, no nos alimentarán; su encanto habrá resultado pasajero y, con
frecuencia, frustrante.
Jesús habla desde la Vida, o
mejor aún, como la Vida: porque es esta la que habla a través de él.
Solo puede hablar desde la
Vida quien se reconoce en ella, quien ha descubierto que la Vida es su
verdadera identidad. Se comprende que quien dijo: "yo soy la puerta",
"yo soy el pastor", "yo he venido para que tengan vida"...,
dijera también: "Yo soy la Vida". No puede ser de otro modo.
Lo admirable es que esta
afirmación del maestro de Nazaret es válida para todos nosotros: la Vida es
nuestra identidad. Únicamente necesitamos reconocerla y vivirnos en la
consciencia de ser ella.
Fuente:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/4940-la-voz-de-la-vida.html
Cfr.
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/18006-tener-vida-o-ser-vida.html
Ilustración:

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