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domingo, 17 de agosto de 2025

Noticiero retrospectivo

- “Cómo habló en la Plaza Bolívar de Valencia el Presidente de la Junta Revolucionaria”. La Esfera, Caracas, 01/04/1946.

- Enrique Prieto Silva. “¿Militares o civiles?”. El Globo, Caracas, 07/02/2000.

- José Ramón Díaz. “36 militares del 27-N leyeron sus actas procesales”. El Globo, 30/03/1994.

- Luis Felipe Ramón y Rivera. “Trabajo para nuestros artistas”. El Nacional, Caracas, 20/10/1965.

- Radamés Larrazábal. “La oposición neoliberal a Caldera”. El Globo, 12/10/95.

Reproducción: Jesús Sanoja Hernández según Luis Noguera. El Globo, Caracas, 14/02/2000.

sábado, 19 de abril de 2025

Historia matria

UNA APROXIMACIÓN A LA VALENCIANIDAD

José Alfredo Sabatino Pizzolante

Hablar del tema es una responsabilidad porque el término, ciertamente, no es unívoco. No solo es un concepto sobre el que se ha escrito muy poco, sino también uno que despierta sentimientos encontrados entre quienes sobre el tema han escrito y, en otros casos, interpretaciones a priori o poco elaboradas. Por tal razón, se impone ensayar más bien una aproximación desde el ángulo historiográfico, para tratar de comprender su alcance. Desde el punto de vista etimológico la palabra valencianidad no requiere mayor análisis, pues se trata de una que está referida a  la «cualidad o carácter de lo que es valenciano», según el diccionario de la RAE. Pero no es éste el significado que nos interesa abordar, por el contrario, deseamos ahondar sobre su utilización y connotación en el contexto regional.

¿Cuán antiguo es el uso de este sustantivo femenino entre nosotros? En una rápida búsqueda bibliográfica no hemos podido localizar su uso en los trabajos y libros de los autores de antaño. Ninguna mención de ella conseguimos, por citar algunos, en autores como Francisco González Guinán, Telasco A. Macpherson, Pacífico Marvez, Rafael Saturno Guerra, Rafael Zerpa y José María Godoy Fonseca. Tampoco en otros autores más recientes, tales como Luis Taborda, María Clemencia Camarán, Francisco Polo Castellanos, Luisa Galíndez, Rafael Clavo López, Felipe Herrera Vial, Flor Gornés y Gallegos, Alfonso Marín, Guillermo Mujica Sevilla y José R. Izquierdo. En una suerte de editorial titulado «Regionalismo», aparecido en el periódico local El Cronista del 15 de julio de 1941, leemos: «Ya la costumbre de decir que Valencia es una ciudad que no cuenta con nada agradable está arraigada en el alma de los valencianos y tanto lo dicen que dolorosamente se está extendiendo hacia los demás venezolanos…». El texto en ninguna parte hace alusión a la expresión que, por cierto, hubiese venido muy bien al tema. La palabra valencianidad ni siquiera fue utilizada en el marco de las celebraciones con ocasión del Cuatricentenario de la ciudad (1955), como se deduce de la revisión que hemos hecho de las numerosas publicaciones que entonces vieran luz. Nuevamente, no la encontramos en el lujoso y casi libro oficial titulado 1955 Valencia 1955, como tampoco la emplea el recordado Enrique Bernardo Núñez en sus trabajos publicados aquel año. 

Resulta curioso, además, que cuando en 1950 se funda la Sociedad “Amigos de Valencia” en el Acta Constitutiva no se haga mención a la valencianidad, ya que exaltarla debería haber sido uno de sus fines. De hecho, al pronunciarse la asamblea sobre la creación de aquélla manifestó que los objetivos primordiales que la animaban era «el progreso material y moral de esta tierra, que tiene historia heroica y porvenir halagüeño».    

Lo anterior sugiere la idea de que la valencianidad no es un constructo de vieja data. En el pasado la valencianidad simplemente se ejercía o practicaba. La utilización del término, sin importar de momento la connotación que se le asigne, pareciera ser posterior a los años sesenta del siglo pasado, esto es, coincidente con el proceso de industrialización que vivía la ciudad. Su uso, y se trata solo de una hipótesis de quien escribe, podría estar asociado a la necesidad por parte de los lugareños de hacer frente (Y definitivamente una distinción) a la avalancha de gentes y culturas venidas de otras regiones para incorporarse a la universidad y las nacientes industrias. 

Cabe preguntarse, entonces, ¿Qué es la valencianidad? Como lo dijimos anteriormente es una palabra que encierra varias interpretaciones; y en abono de nuestro aserto creemos útil traer aquí algunas ideas de quienes han escrito al respecto. Don Alfonso Marín, el recordado cronista de la ciudad, escribió (1965) acerca de la valencianidad que: «… es lo que ha contribuido a salvaguardar con mayor eficacia la tradición cultural e histórica de Valencia…» Para él se trata de un atributo propio de los hombres arraigados a la vida de la ciudad, atributo encarnado, por ejemplo –decía aquél– en don Rafael Saturno Guerra. Fernando Castillo Orduz, en su discurso de incorporación como Miembro Correspondiente del entonces Centro de Historia (1984), escribía: «La valencianidad es algo sutil que flota en el ambiente, en el espacio geográfico que constituye la ciudad, algo espiritual que determina una conducta peculiar, que singulariza al habitante de la ciudad con respecto a las otras ciudades venezolanas, lo hace más recatado y reservado en su trato con los demás, educado pero algo distante, como guardando intimidad; conversación comedida sin revelar ante el extraño sus problemas particulares, religioso y practicante sin ostentación, observa buenas costumbres y trato, que aplica a todas las personas, sin distinción…». Oswaldo Angulo, Individuo de Número de nuestra Academia, al referirse a la valencianidad afirma: «Es y ha sido como una fuente vivencial de arraigo y de esencialismo por la ciudad natal o de origen./ Yo me atrevería a decir –continúa– que es un sentimiento de amor propio y de un apego soterrado en el hondón de su espíritu, venido tal cual lo quería “Nietzsche”, “de lo más profundo de la sangre del corazón…». Para Carlos Cruz, Ex-Presidente de la Academia regional de historia, al señalar que la valencianidad es historia y tradición, agrega: «La “valencianidad” es la manifestación del don de gente de quienes nacimos aquí y de quienes adoptaron esta tierra como suya. Para pertenecer a ella lo único que se requiere es que sea una persona decente, progresista, con visión de futuro, trabajadora, demócrata, amante de la academia, cristiana y familiar…».

A las voces arriba citadas se suman otras, definitivamente imbuidas del materialismo histórico, como las de Armando Martínez, quien también formara parte de nuestra Academia, para quien: «La Valencianidad es una elaboración ideológica esencial que favorece al bloque de clases dominantes, ya que es un factor de unidad de las aspiraciones individuales en torno a los objetivos y proyectos económicos de estos sectores privilegiados…». Vale la pena recordar que Armando Martínez y María de Castro Zumeta, en su obra La Región Valenciana. Un estudio histórico-social (2000), sostienen que desde el siglo XVI al XVIII se fue consolidando en la región una burguesía criolla con base en la agroexportación con intereses propios, que se fue «consolidando como una estructura clasista, a la cual se conoce con el nombre de valencianidad». Le reconoció sí Armando Martínez a la valencianidad el cumplimiento de una labor positiva al frente de ciertas instituciones de la región valenciana, así como el rescate de la información histórica sobre la región en cuestión. Aun cuando desde el punto de vista ideológico, resulta compresible la asociación que el historiador Armando Martínez hace entre la burguesía criolla, las clases dominantes y los factores de poder, no encontramos elementos de peso que vinculen a la valencianidad con la discusión, a no ser la mera construcción de su discurso histórico. Se trata de un tema que requiere un análisis más profundo, desde luego, que escapa al ámbito de estas líneas. 

Simón García, por otra parte, observa en la valencianidad «una élite informal; que por lo general guarda distancia con la estructura regional de poder, pero que la influye y a veces puede condicionar sus decisiones, apoyados en una narrativa que asume a los integrantes de las élites como valores locales y protagonistas de una acción persistente para contribuir a mejorar, en algún ámbito de actividad, la vida de la ciudad y de su gente…». De hecho, Simón García habla sobre la nueva valencianidad, una «que debe ser socialmente integradora, sustentada más en la imaginación que en la memoria, más en la innovación que en la tradición, en el compromiso, activo y consciente, de ir rescatando instituciones y espacios públicos donde podamos volver a estar juntos y con agrado». Finalmente, le pedimos a don Arquímedes Román que nos definiera la valencianidad, respondiéndonos así: «La valencianidad para mí es simplemente un conjunto de valores, de conocimientos, de actitudes, de conductas que son productos naturalmente de la historia de la ciudad, de sus características económicas, de sus características geográficas, de su interacción con otras ciudades, otras culturas y que forman ese conjunto intangible de valores y de características culturales». 

Puede que se esté o no de acuerdo con las opiniones arriba citadas, pero si debemos identificar en la mayoría de ellas algún elemento aglutinador es, sin duda alguna, el arraigo. En otras palabras, ese sentimiento de pertenencia que vincula al lugareño con su terruño, bajo el influjo de su gente, el entorno, la cultura y la historia misma. Así las cosas, la valencianidad como sentimiento de ninguna manera es un valor exclusivo de esta ciudad. ¿Quién puede dudar, por ejemplo, de que igual sentimiento se alberga en la caraqueñidad, la zulianidad o la porteñidad? 

El historiador mexicano Luis González y González, desde hace tiempo, viene insistiendo en la necesidad de hablar de la historia matria, la historia de la patria chica o la microhistoria, la misma que en nuestra opinión se potencia en la medida que ese sentimiento de pertenencia, de arraigo, se manifiesta sin reservas. Sin embargo, como también nos lo recordaba Arquímedes Román, la valencianidad como ese conjunto intangible de valores no es un grupo de personas que se reúnen en un club, autoerigiéndose en su mejor o más digno representante, aunque es verdad que dentro de ese grupo pueden existir personas que comparten esos valores y pueden convertirse en sus abanderados. Tampoco –agregamos nosotros– es el mero espectador poco dispuesto a involucrarse y comprometerse, o el que convencido de sus raíces ancestrales o privilegiada heredad cree que la valencianidad es su exclusivo coto. Tales actitudes son las que tanto daño le ha hecho a la expresión valencianidad en los últimos tiempos, asociándola a prácticas excluyentes y elitescas, por demás chocantes. A la demonización o uso despectivo de la palabra, también podría haber contribuido el discurso marxista propio de los años sesenta y siguientes, y que impregnara a nuestros estudios históricos, asociándola indefectiblemente a un sector burgués y dominante.  

Afortunadamente, vemos con mucho interés un renacer en la sociedad valenciana, sobre todo en los jóvenes, sin distingo de ningún tipo y apoyados en las redes sociales, que se viene organizando en muchos grupos para el rescate de esos valores perdidos, y que cada día se preocupan más por indagar sobre la pequeña historia, los personajes locales, el patrimonio arquitectónico de la ciudad, los viejos papeles y las tradiciones. Son todos ellos dignos representantes de la nueva valencianidad, para lo que conviene recordar los versos del insigne José Rafael Pocaterra, en la Admonición de su monumental Valencia, la de Venezuela: «Tus ricos y tus pobres son hermanos/ aunque a veces se ignoren/; y que piensen en tí, junten las manos/ y juntos luchen y trabajen y oren».

De manera tal que urge rescatar la valencianidad bien entendida, una más inclusiva, tarea en la que la Universidad de Carabobo, la Iglesia, la Sociedad Amigos de Valencia, el Ateneo de Valencia, nuestra Academia de Historia y la Asociación de Ejecutivos del Estado Carabobo, entre otras, tienen un rol importantísimo que jugar.

Gráfica: Palacio de los Iturriza

18/04/2025;

domingo, 3 de noviembre de 2024

"... El Estado eran ellos"

DE LA TRÁGICA VALENCIA DE ESPAÑA

Luis Barragán

España fue el país que estuvo atrás y, a veces, muy atrás en relación a buena parte del resto de Hispanoamérica, en términos políticos, económicos y sociales.  Y tanto que la emigración fue una constante de numerosas décadas y, sobre todo, después de la consabida guerra civil de consecuencias tales que todavía se hacen sentir hasta innecesariamente.

Muerto Franco, lució también importante el respaldo decidido de la democracia venezolana para la compleja y difícil transición ibérica, en tiempos que nuestros indicadores macroeconómicos fueron envidiables y, en contraste con otras épocas, hubo una mayor calidad de vida y una sustancial mejoría en relación a la equidad social.  Huelga comentarlo, en el presente siglo, el asunto se ha revertido dramática y radicalmente, despuntando la península, aunque – motivo de una profunda preocupación – todos sus avances y progresos amenazan con irse por el desagüe por las consabidas dislocaciones institucionales, la hondura cada vez más temeraria de la ideología de género y la posibilidad misma de una injusta y pronta desintegración del país.

Recientemente, sabemos de una gigantesca e increíble inundación de la Valencia de Iberia que ha suscitado la atención más allá de las fronteras y generado un vasto movimiento de espontánea solidaridad con la suerte de los miles de afectados, incluyendo la pérdida de vidas humanas y de los bienes indispensables que costará y, demasiado,  reponer. La población local ha protestado, insultado y rechazado a las autoridades del poder central que se apersonaron, incluyendo al rey que no sólo soportó los dicterios, sino que se plantó tolerantemente en el lugar para dar un vivo testimonio de su solidaridad.

Quizá haya la tentación de comparar la actual tragedia valenciana con la que padecimos acá, en el estado Vargas, bajo un completo deslave, y que no pudo votar el referéndum constitucional que continuó andando la Venezuela apenas asomada al novísimo siglo. Empero, lo cierto fue que produjo un vasto movimiento de identificación y solidaridad nacional e internacional con los habitantes del litoral central que frenó el poder central, siendo necesario destacar la presencia in situ del por entonces príncipe de Asturias.

Ciertamente, el escenario valenciano se ha convertido en motivo de una reyerta política indeseable, aunque tiene razones e intereses de fondo, y, aunque no sentimos una particular atracción por la fórmula monárquica, nos parece importante señalar al hoy Felipe VI, quien  metió los pies en el barro, conversado con las víctimas que le fueron posibles, en plena intemperie, y que no se distingue mucho del aquél joven que envió su padre a un viaje largo para caminar la devastación varguense, portador de la ayuda de su país.

Todo apunta al tardío auxilio madrileño, aumentando la severidad del cuestionamiento. Bastará con los titulares de la prensa, como el de Chapu Apaolaza para un reportaje de ABC, referido a los voluntarios (“El Estado eran ellos”); para el mismo diario, el columnista Ignacio Camacho cuestiona al liderazgo con una pregunta lapidaria (“¿Hay alguien al mando”, mientras que Joaquín Manso es directo para El Mundo (“El Estado ausente”), o la nota editorial de El País acusa a la jefatura de los populares, sin más (“El uso político del horror”).

A los más sonantes debates de la actualidad, se suma otro que está fondeando tan severo cuestionamiento del Estado para legos y especialistas. El marxismo indicó su desaparición, pero sospechamos que nunca del modo que la opinión pública organizada ya plantea.

Fotografía: https://www.elespanol.com/corazon/casas-reales/20241103/significativo-video-casa-real-difundido-visita-felipe-vi-letizia-valencia-empatia-abrazos-lagrimas/898410209_0.html

04/11/2024: 

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/42054-de-la-tragica-valencia-de-espana

A los palmeros

 

LA RAZÓN, 03/11/24.

Dirigencia fracasada

NO FALLA EL ESTADO. FALLAN ELLOS

Francisco Sierra  

Escribo estas líneas mientras la dramática cifra de personas fallecidas por la DANA en Valencia sigue creciendo y supera ya los doscientos. Desgraciadamente, todos los indicios apuntan a que la cifra de víctimas mortales no va a dejar de crecer y de forma acelerada según se vaya avanzando en las tareas de búsqueda. Hemos visto localidades destruidas como en la guerra, pero solo las fotos desde el cielo de la NASA nos permiten comprender la enorme extensión de territorio afectado.

La lluvia de un año concentrada en unas pocas horas. Son muchos los factores que aumentaron ya en tierra la peligrosidad de unas descargas de agua que al final incluso triplicaron hasta las previsiones de la Aemet. La mañana del miércoles, del día después, ya se avisaba desde Valencia que el infierno que habían provocado las riadas de agua era mucho peor de lo que hasta ese momento se conocía. Daban igual las noticias. Para el gobierno y sus socios era más importante aprobar urgentemente el asalto a RTVE que el respeto a los muertos. Una infamia que estoy seguro de que muchos valencianos y castellanos manchegos no olvidarán en muchos años.

Pero lo peor no lo habíamos visto llegar. Lo peor ha sido ver a los dirigentes de un estado moderno y democrático, de la decimocuarta economía del mundo, fracasando en algo tan sencillo como prestar inmediata ayuda a sus ciudadanos. Esta vez no era un desastre natural en el otro extremo del mundo. No. Es en Valencia. Hemos sido incapaces de prestar ayuda a miles de personas afectadas a menos de cien kilómetros de la capital valenciana. Incapaces de llevarlos en estos primeros días ni agua, ni alimentos, ni de garantizar su seguridad. No voy a entrar en si las alertas de la Comunidad Valenciana llegaron tarde. La justicia tendrá que determinar si se hizo en tiempo o no. Y lo mismo para un gobierno que además de «sopesar», tuvo la ocasión de haber declarado el estado de emergencia ante una durísima emergencia nacional y no lo hizo.

Una vez conocida la realidad del infierno desencadenado es todavía difícil de entender que el gobierno nacional no decidiera ofrecer y usar todos sus recursos, medios y personal para hacer frente inmediatamente a las necesidades de los miles de ciudadanos abandonados a su suerte. Es también difícil de entender que el presidente valenciano tardara tanto tiempo en pedir una mayor presencia del Ejército, más allá de la petición inicial de la UME, que sí fue solicitada el mismo día. Dicen desde el gobierno que, por protocolo, hasta que no lo pidiera el gobierno autónomo ellos no lo podían enviar. Lo increíble es que el mismo protocolo, exactamente el mismo, es el que tiene la UE y lo mismo está haciendo ahora el propio Sánchez con las ayudas ofrecidas por Bruselas. No quiere pedirlas. Tampoco ha aceptado las ayudas internacionales. Ni los 200 bomberos especializados en rastreos que Francia ofrece ni las ayudas ofrecidas por Alemania, Portugal o Marruecos entre otros países. Una actitud no explicable y que llega al punto de que el Gobierno español ni siquiera ha puesto en marcha todavía los mecanismos de ayuda existentes y ofrecidos por la Unión Europea. La duda es si es se hace por soberbia, por ineficacia, por estulticia o por las tres razones a la vez.

Volviendo a España, pareciera que la polarización y enfrentamiento políticos de dos administraciones de distinto signo les hubiera hecho jugar a un ajedrez de la muerte. En pocas horas, y pese a las fotos de Mazón y Sánchez, se cruzaban ya acusaciones. Mientras tanto, todavía ahora, cuando lee usted estas líneas, hay personas que llevan cuatro días conviviendo en su casa con el cadáver de algún familiar. Todavía hay decenas y decenas de garajes, de sótanos, de pisos bajos, de coches volcados y cruzados en los que nadie ha mirado, pero en los que tememos que haya muchos más fallecidos.

Casi tres días ha tardado el presidente valenciano en pedir la presencia del Ejército y más de tres días ha tardado la responsable de defensa en enviar solo a 500 militares. La incomprensión de la racanería ha hecho que en apenas unas horas se haya aumentado la cifra con otros 500 militares más. Es inexplicable todo. Dice que por cuestiones de logística. Puede ser, y serían muy lentos, por el traslado de maquinaria pesada, pero no es justificable en el caso de la distribución de agua y alimentos. Cualquier país hubiera enviado desde la primera hora de conocer el alcance, a miles de soldados para tareas de desescombro, de suministro de agua, comida, energía y comunicaciones a unos ciudadanos que han perdido todo en horas. Ahora se acelera el envío de legionarios, de paracaidistas, de marines. Ellos no van a fallar pero también ellos saben que llegan tarde.

Se dice ahora, a los dos lados del espectro ideológico, que el estado ha fallado. Se cuestiona el estado de las autonomías. El estado no ha fallado. Los hombres que trabajan para el Estado no han fallado. Los militares de la UME no han fallado. Los agentes de la Guardia Civil no han fallado. Tampoco los de la Policía Nacional. Ni los esforzados miembros de las distintas policías locales. Los bomberos no han fallado. El personal de Protección Civil no ha fallado. No han fallado los servicios médicos. Ni los judiciales. Ellos han vuelto a dar a todos una lección de sacrificio y heroísmo en su objetivo de ayudar a salvar vidas y ayudas a los ciudadanos.

Han fallado los políticos. Han fallado los responsables de las distintas administraciones. Han fallado en usar bien los mecanismos de coordinación. Se ha hecho otras veces. Ahora no. Habrá tiempo para ver la graduación de las responsabilidades de cada uno. Tengo claro que por encima de todo está la obligación de un gobierno nacional de decretar el estado de emergencia cuando estamos ante la mayor tragedia que ha vivido España en décadas. Escudarse ahora en supuestos respetos al poder autonómico es bastante miserable y cobarde. Y el haber tardado tanto por parte de los responsables autonómicos en pedir la ayuda al gobierno central ha sido bastante ingenuo y también peligroso.

Los hombres y mujeres que trabajan en servicios públicos del Estado están dando lo máximo. Como siempre. Me consta el malestar en cuarteles y en comisarías porque no se les haya permitido acudir antes a la zona cero a ayudar. Esas órdenes políticas tendrán que ser explicadas. Es muy probable que en las zonas afectadas se hubiera necesitado desde el primer momento la presencia de militares y de una ley marcial que hubiera impedido el miedo e indefensión que han vivido muchos valencianos en algunas localidades durante dos noches en las que se han producido saqueos de negocios e incluso robos en viviendas.

No falla el estado, no fallan los eficientes hombres y mujeres que trabajan para todos los ciudadanos. Y por supuesto, una vez más, no fallan los españoles. Las riadas de valencianos que han andado decenas de kilómetros con sus picos y palas, con mochilas llenas de alimentos, con bicicletas con bidones de agua, con fregonas o simplemente con su espíritu de ayuda es un peregrinaje de solidaridad que conmueve, emociona y nos da esperanzas de que no todo está perdido. No solo en Valencia. Toda España se moviliza en la ayuda con donativos, comida y todo tipo de material.

No. Ni el Estado, ni los españoles han fallado. Han sido ellos. Otra vez.

Fotografía: Europa Press.

03/11/2024:

DANA y Estado

 

EL MUNDO, 03/11/2024.

Sociedad civil

 ABC, Madrid, 03/11/24.

Estado que se desestatiza


ABC, Madrid, 02/1/2024.

domingo, 23 de abril de 2023

Noticiero retrospectivo

 

- "Latifundismo ejidal en Valencia". El Universal, Caracas, 06/09/1938.

- Edgar Gabaldón. "La ideología en la formación del novelista venezolano". El Nacional, 06/09/48.

- Armando Coll. "No sólo de rock vive el hombre". El Nacional, 22/07/90.

- Miguel Acosta Saignes. "Betijoque". El Nacional, 12/01/56.

- Alexis Márquez Rodríguez. "América:  realidad barroca, estilo barroco". El Nacional, 13/07/80. Papel Literario. 

Reproducción: Acto militar encabezado por Eleazar López Contreras, seguido de Isaías Medina Angarita.

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...