PROCLAMAR EL REINO NO ES HACER PROSÉLITOS SINO AYUDAR, SERVIR, LIBERAR A TODOS
(San Mateo, 9: 36-10-6)
Fray Marcos [Rodríguez]
Las lecturas de hoy tienen
una gran variedad de temas: la elección, la salvación de Dios, el sacerdocio de
los fieles, la salvación de Cristo, la penuria de la gente, la compasión, la
vocación, la misión, la evangelización, el servicio, la curación, la
gratuidad...
Dios salva y quiere que su
salvación llegue a todos a través de los ya salvados. Este podía ser el resumen
del mensaje de este domingo.
Los israelitas vivieron la
liberación de los egipcios como la cima de su experiencia religiosa. Su Dios
les había salvado de la esclavitud. En el desierto les libró de la sed, del
hambre, de las serpientes. Después, en la tierra de Canaán sentían la presencia
de Dios cada vez que vencían a los enemigos o superaban una desgracia.
La experiencia de salvación
de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos
favorables. Cuando los acontecimientos eran adversos, los interpretaban como
castigo del mismo Dios.
En tiempo de Jesús se
sintieron liberados del demonio, de las enfermedades, de sus pecados. ¿Qué
liberación esperamos nosotros hoy? ¿Quién nos salva? ¿De qué nos tienen que
salvar?
Para la inmensa mayoría de
los cristianos, salvarse es evitar la condenación, una idea simplemente
negativa y un poco ingenua. Habría que tratar de buscar un concepto positivo y
no de mínimos, sino de máximos. Podía ser "plenificación", es decir
alcanzar la plenitud de ser a la que estamos destinados. Esa plenitud tenía que
dar sentido a mi vida entera, de la misma manera que el punto de destino da
sentido a todos los pasos que doy para llegar a él.
Dios no tiene que hacer
ningún acto para salvarme, porque me ha salvado de una vez por todas y desde
siempre. Tal como se entiende normalmente la salvación, da la impresión de que
a Dios le salió mal la creación y ahora sólo con parches y remiendos puede llevar
a feliz término su obra. ¿No os parece un poco ridícula esta idea? La Biblia
nos dice con toda claridad al final del relato de la creación que vio Dios todo
lo que había hecho, y era muy bueno.
Estamos en un error cuando
pretendemos que Dios nos libere de nuestra condición de criaturas, de nuestra
contingencia, de nuestras limitaciones, de la muerte. Todo eso es consecuencia
de nuestra condición de criaturas, y por lo tanto es intrínseco a nuestro ser.
Dios no puede evitarlo. La salvación hay que buscarla en otra parte.
En una ocasión Jesús dijo
"Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu
enviado Jesucristo." La salvación es pues, toma de conciencia,
descubrimiento de una realidad que ya está ahí. El tesoro escondido en el
campo.
No estamos acostumbrados a
pensar en lo que nos dice el evangelio como símbolo. Cuando habla de los doce
no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, sino el nuevo
Israel, sucesor del antiguo. También las doce tribus son un mito: el dios sol
rodeado de los signos del zodiaco.
Tomar hoy los doce como
número de personas investidas por Jesús de un poder especial, es ignorar el
trabajo de miles de exegetas y seguir leyendo los evangelios de una forma
fundamentalista.
No está claro en qué momento
aparece en la naciente comunidad la idea de "apóstol" (enviado), pero
es impensable que antes de la experiencia pascual estuviera constituido un
grupo especial de seguidores que llevaran ese nombre y que coincidiera con los
nombrados después por Mateo, Lucas y Marcos.
La figura de Pablo no encaja
en esa visión matemática del ministerio apostólico. Él mismo se da el nombre de
apóstol y designa con ese nombre a otras personas destacadas de la primera
comunidad.
Ni los apóstoles ni sus
"sucesores", son el fundamento de la nueva comunidad. Es la comunidad
la que necesita de representantes que sepan dar testimonio de Jesús siendo
seguidores más próximos del Maestro.
No podemos seguir
manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía.
La obligación de "proclamar" el evangelio es de todos los que forman
la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa
tarea.
En el Vaticano II se han
dicho cosas muy clarificantes sobre la misión de los laicos en la Iglesia de
hoy, pero la verdad es que no hemos sido capaces de llevar esta inquietud al
grueso de la comunidad.
Por el contrario tampoco
debemos dar a entender que no tiene importancia la existencia de personas
especialmente preparadas par dirigir y marcar pautas en esa tarea.
Pero no se habla hoy de la
vocación de cada persona sobre la base de sus aptitudes o preparación personal,
sino de una misión a la que todos estamos llamados. No se trata de la vocación
a especiales ministerios, (sacerdotes, obispos) que es para lo que algunos se
preparan, sino de la consecuencia lógica del ser de cristiano: llevar a todos
lo que él recibió.
No importa tanto el lugar
que ocupes en la comunidad, cuanto el desempeñar tu tarea como seguidor de
Jesús, es decir con actitud de servicio.
"Proclamar", no
significa ir por ahí dando voces, o realizando acciones espectaculares con
poderes divinos. Se trata simplemente de ayudar al que tengo cerca en todo lo
que pueda.
La misión no consiste en
predicar y hacer prosélitos, sino en ayudar a los hombres a soportar sus
penurias, sean las que sean; pero dejándoles en libertad para que sigan siendo
ellos mismos.
Sólo de esa manera les
convenceremos de que Dios está cerca del hombre. Sólo donde se libera a las
personas, se está anunciando a Dios.
Las misiones, tal como se
han planteado, no es un mandato del evangelio, más bien pone en guardia sobre
esa tentación cuando Jesús dice: "Vosotros que recorréis tierra y cielo
para conseguir un prosélito..."
La misión no debía ser un
ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia,
sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado.
Lo que nos dice el evangelio
es que el seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como
perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su
servicio. ¡Qué pocos cristianos han tenido esa actitud a través de los veinte
siglos que nos separan de Jesús!
Sólo la búsqueda del bien de
los demás, o por lo menos la disminución de sus carencias, debía ser el motivo
de nuestra predicación, sea de palabra o de obra. Una comunidad no es cristiana
si no está abierta a todos los hombres.
Termina el evangelio de hoy
con una frase tajante: "Gratis habéis recibido, dad gratis".
Necesitaríamos otra homilía para comentarla. Es fácil darse cuenta de que no
estamos por esa labor. La gratuidad tenía que ser la característica de toda
acción comunitaria.
Si en mi servicio a los
demás, busco cualquier clase de interés, estoy fuera del evangelio. Aunque ese
interés sea ir al cielo, ser más bueno, obedecer a Dios, etc.
Meditación-contemplación
"Gratis habéis
recibido, dad gratis".
La clave está en tomar
conciencia de lo que he recibido.
Sólo después de comprender
que no tengo nada mío,
puedo dar lo que tengo con
autenticidad.
................
Compasión y gratuidad
son las cualidades
específicamente humanas.
Egoísmo e interés son el
fruto de nuestra animalidad.
Dar el salto de una actitud
a otra,
es la tarea fundamental de
toda nuestra vida.
.................
Sólo cuando me decido a dar
lo que he recibido,
lleno de sentido el don que
se me ha regalado.
Cuando quiero acaparar lo
que soy y lo que tengo,
lo convierto en algo estéril para mí y para los demás.
Ilustraciones: Edward Burne-Jones y Nicolás Martínez Ortiz.
Fuente:
Padre S. Martin: Visita papal a España.
https://www.youtube.com/watch?v=i6OYX3KUkX0
Papa León:
https://www.youtube.com/watch?v=OnQe2N-iXXs
Cardenal Porras:
https://www.youtube.com/watch?v=tWKguXgGsTM
Monseñor Bravo:
https://www.youtube.com/watch?v=y3mNJGXyqTg
Monseñor Munilla: Visita papal.




