ESPÍRITU DE VERDAD, ESPÍRITU DE UNIDAD
(San Juan, 14: 15-21)
Para el cuarto evangelio, el
Espíritu es "otro Paráclito" porque aquellas comunidades de finales
del siglo I tienen claro que el "primer Paráclito" es el propio
Jesús.
El término griego
"Parakletos", que se suele traducir como "Defensor",
significa literalmente "el que está al lado", para defender, apoyar,
consolar, sostener... Por ese motivo, alguien ha insinuado que la traducción
más acorde sería, tanto la de "abogado defensor", como la de
"asistente social".
En la misma evolución de las
comunidades, se fue produciendo lo que los expertos denominan un "dualismo
eclesiológico": es decir, se marcaron cada vez más distancias entre la
propia comunidad y "los de fuera" (el "mundo"). El redactor
de esta época ya tardía no pierde ocasión para insistir en que el don de Jesús
se dirige únicamente a la comunidad de discípulos: "Lo conocéis vosotros
[la propia comunidad joánica]", pero "el mundo no lo conoce...";
"vosotros me veréis, pero el mundo no me verá"...
Se trata de una distancia,
característica de todo grupo sectario (no en el sentido peyorativo, sino
etimológico), que se suele ver agudizada –como era aquel caso- cuando la
comunidad se siente perseguida.
Más allá de las anécdotas
históricas, el Paráclito es llamado aquí "Espíritu de la verdad". Y
la verdad –parece añadir más adelante- es que "yo estoy en mi Padre,
vosotros en mí y yo en vosotros".
La verdad –no podía ser de
otro modo- tiene sabor de unidad. Nos faltan palabras para poder expresarlo
adecuadamente, pero unidad no es suma o yuxtaposición. La unidad tampoco es
algo que podamos producir, ni siquiera gracias al amor. No es, en fin, el
"resultado" de nada.
Es más bien al contrario: lo
primero es la unidad. Todo es Uno. Lo demás –amor, cercanía, equipo...- es
simplemente consecuencia de lo que ya es.
La unidad se puede percibir
como un sentimiento profundo de pertenencia o de vinculación, en un nivel
infinitamente más profundo que el psicológico.
Se trata de una vinculación
del orden del ser: no es que nos hagamos uno, ni siquiera que nos sintamos así.
Es que lo somos.
El Espíritu de la verdad
puede recibir otro nombre como Espíritu de la unidad. Pero no como una entidad
separada, tal como nuestra mente pensaría. Si se llama Espíritu de unidad es
porque se trata de ese Misterio único del que todos participamos, que todos
compartimos, en el que todos somos uno.
El resultado de esta
comprensión y vivencia no puede ser otro que el amor. No un amor entendido como
movimiento sensible o emocional, sino el que se percibe como consciencia clara
de no-separación de nada. Amor, por tanto, que se traduce en empatía y
compasión.
Pero tal comprensión va
necesariamente unida a una percepción adecuada de la propia identidad. Porque,
mientras yo siga pensando que el yo constituye mi identidad, me estaré cerrando
al amor, porque no podré percibir la unidad que somos. Desde el yo (ego) pondré
en marcha un comportamiento egocentrado.
Y aquí nos resuenan las
palabras sabias del propio Jesús, que brotaron sin duda de esta misma
comprensión: "El que quiera salvar su vida [psiché, ego] la perderá, pero
el que pierda su vida, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve a uno [al ego] ganar
todo el mundo si pierde su vida? ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida"
(Mc 8,35-36).
No son palabras de amenaza,
ni –en primer término- de exigencia o de mortificación. Son palabras de
sabiduría, que llaman a "despertar", a salir de los engaños en que
nos encerramos, como consecuencia de haber absolutizado la visión estrecha de
la mente, y a descubrir la luminosa verdad de que somos Unidad.
Ilustración: Alisha Sickler Brunelli, "Paraclete: Self Similarity, Being & Becoming".
10/05/2026:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/4990-espiritu-de-verdad-espiritu-de-unidad.html
Padre S. Martín:
https://www.youtube.com/watch?v=PaQoS0omUFs


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