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viernes, 1 de agosto de 2025

Avaricia

COMPRENDER LA AVARICIA PARA PODER TRASCENDERLA

(San Lucas, 12: 13-21)

Enrique Martínez Lozano

En un interesante libro sobre el eneagrama, describiendo el eneatipo Cinco, puede leerse: "Avaricia significa codicia, un poderoso deseo de adquirir. El impulso de un Cinco es, por tanto, coleccionar, acumular y ahorrar recursos, basándose en una sensación interna de vacío deficiente..." Y, citando a Claudio Naranjo, continúa: "«Se trata de una avaricia temerosa que implica la fantasía de que dejar escapar algo causaría un catastrófico quedarse sin nada. Podemos decir que tras ese impulso de atesoramiento se esconde una experiencia de empobrecimiento». Este es el estado de retención anal, el alma que retiene las cosas en vez de dejarlas pasar. La lógica interna es que si almacena, como una ardilla, lo suficiente, ya no se sentirá nunca más vacío, pero al igual que todos los intentos de llenar los agujeros de nuestras almas que resultan de la desconexión con el Ser, ninguna cantidad de reservas será suficiente para aliviarle la experiencia interna de escasez" (Sandra MAITRI, La dimensión espiritual del eneagrama. Los nueve rostros del alma, La Liebre de Marzo, Barcelona 2004, p.215).

Me parece que estas palabras de Sandra Maitri nos ayudan a comprender en profundidad la sabiduría que contienen aquellas otras de Jesús, ya que señalan expresamente dos claves imprescindibles: de dónde viene la avaricia, y cómo se resuelve.

De dónde viene la avaricia

En el origen de la avaricia, parece haber un vacío afectivo, una experiencia temprana de inseguridad y, en último término, una desconexión de nuestra verdadera identidad.

El vacío afectivo "exige" ser llenado compulsivamente: es la fuente de la ansiedad, que se traduce en adicciones variadas –una de las cuales, puede ser el dinero o los bienes materiales-. En este sentido, la codicia o avaricia es el intento –estéril- de colmarlo.

Una experiencia temprana de inseguridad (económica), sin que necesariamente haya sido objetivamente real, ha podido desencadenar en el niño una angustia, de la que buscará protegerse a base del tener y del acaparar.

Más en profundidad, la avaricia, en cuanto necesidad ilimitada de acaparar, se explica –como todos los comportamientos egoicos- a partir de la desconexión de nuestra verdadera identidad. Lo que somos –en nuestra identidad profunda, compartida y no dual- es Plenitud. Pero, al haberlo olvidado, al ignorarlo, empezamos a vivirnos como seres separados y carentes, en lucha permanente y agotadora por paliar aquella carencia que creemos ser. Mendigamos migajas –"amasamos riquezas para nosotros mismos"-, sin reconocer que somos ya "ricos ante Dios". (¿Cómo no recordar aquí el libro de GANGAJI, El diamante en tu bolsillo, Gaia, Madrid 2006?).

Para liberarse y trascender la avaricia

Será necesario un trabajo psicológico para elaborar el dolor escondido tras aquellas experiencias de vacío y de inseguridad, así como para modificar los mensajes que se grabaron a partir de ellas.

Pero habrá que comprometerse, también, en un trabajo espiritual sobre sí mismo, que permita salir del sueño egoico y de la ignorancia acerca de nuestra verdadera identidad, hasta reconocernos, de fondo, en la Plenitud que somos.

Tanto en un caso como en otro, quizás necesitemos de la ayuda de alguna persona competente. Pero parece indudable que, mientras no se cumplan estas condiciones –curar el vacío y la inseguridad, y reconocer nuestra identidad profunda-, no será posible vivir la palabra de Jesús, es decir, no podremos experimentarnos "ricos ante Dios".

Porque "ser rico ante Dios" no significa haber "acumulado" méritos –de nuevo sale la palabra que le encanta al ego-, sino dejar caer nuestra falsa identidad, tomar distancia del ego y, acallada la mente, hacernos conscientes de la Plenitud que somos.

Cuando esto no se advierte, el voluntarismo por cumplir la palabra de Jesús conduce, no a lo que él vivía y anunciaba, sino justamente a un ego más inflado y separado, por más que ahora se autodenomine "religioso". La experiencia nos dice que una mayor "religiosidad" no coincide con una mayor verdad de lo que somos.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/3952-comprender-la-avaricia-para-poder-trascenderla.html

Ilustración: Titia (posiblemente, se refiere a Tiziano). Óleo sobre lienzo (las fotografías de rayos X muestra que Cristo fue pintado originalmente con un sombrero de jardinero); en: 

https://artandtheology.org/2016/04/05/she-mistook-him-for-the-gardener/

Padre Peraza: https://www.facebook.com/watch/live?ref=watch_permalink&v=604897886030448

Padre S. Martín: "Intrigas en el Cónclave". Desconfianza hacia León XUX:

https://www.youtube.com/watch?v=MY84HQ6L170


Monseñor Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=LKgn_FKmEX0

sábado, 30 de julio de 2022

Campanada

Domingo 18C TO 31 julio 2022

“Guárdense de toda clase de codicia” (Lc 12, 13-21)

 

(Diálogo sobre el Evangelio de hoy: Codicia)

José Martínez de Toda, SJ.                                             

A todos nos gusta el dinero. ¿Cuándo hay que decir ‘Basta’?

            Algunos dirán ‘Nunca’. Jesús nos hace pensar, cuando uno del público le dice:

- “Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia” (v. 13). 

Jesús lo remite directamente a los jueces y rabinos, encargados de dirimir esos casos legales: “¿Quién me puso por juez sobre ustedes?” (v. 14).

            Pero aprovecha esa oportunidad para enseñarle no sólo a aquel hombre, sino a todos los que le escuchan: “Miren, guárdense de toda avaricia” (v. 15). Ella es la raíz de muchos males, como la desunión entre hermanos, la explotación de los más débiles.

La avaricia le cierra los ojos a uno, y lo hace muy egoísta. “La avaricia rompe el saco”.

Y Jesús lo explica con el ejemplo de “El avaro de la gran cosecha”.

<Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y se dijo: "Construiré unos graneros más grandes, y me diré: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida". Pero Dios le dijo: "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?" >

Este hombre rico quizá obtuvo su riqueza de una forma honesta. Pero se le ve solo. Solo habla consigo mismo. En el evangelio usa la palabra “Yo” seis veces y la palabra “mi” cinco veces.  Sólo se fija en sí mismo.

Por ejemplo, no se le ocurre dar gracias a Dios por esta cosecha tan abundante. 

Tampoco piensa en ayudar con ella a los demás: dar un buen bono o una paga extra a su mano de obra, hacer un proyecto de servicio a la comunidad…

 No hace como José, el hijo de Jacob, que en Egipto ante una gran cosecha abre nuevos graneros y almacena el trigo para ayudar a los demás en tiempo de escasez.

Nuestro rico se parece al rico epulón que ignora al mendigo Lázaro.

            Sólo piensa en los “muchos años” (v. 19) que espera vivir, pero no sabe que le quedan ‘pocas horas’ de vida (v. 20). Hasta se olvidó del dicho: ‘Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.’ 

¿Esta parábola se refiere en general a los millonarios?

No se aplica solo a ellos,

            El problema no es ser rico, sino ser avaro y egoísta con su dinero. 

Y la pobreza no le hace a uno inmune a la avaricia. 

Uno puede manejar un lujoso carro y ser generoso con los demás, mientras que otro que sólo puede viajar en bus por ser pobre, se guarda avariciosamente sus galletas para sí, y no las comparte con ese niño hambriento.

            La cuestión aquí no es ser dueño de posesiones, sino que las posesiones no sean dueñas de nosotros.  La riqueza crea avaricia, y su mayor prioridad es ser más rico aún.  Todos pensamos encontrar seguridad en la riqueza. Pero la fe en las posesiones disminuye la fe en Dios.  Aquí está la “Historia de una obsesión”

<Un predicador, al comenzar un sermón, vio que una mujer comenzaba a llorar. Entusiasmado por su impacto, siguió predicando con más fervor. Y cuanto más predicaba, más lloraba la señora.

Terminó el sermón, y era el momento de dar los testimonios. El predicador señala a la señora, preguntándole qué parte del sermón le había impresionado más. Ella dudaba, pero el predicador insistía. Por fin la señora explicó:

- Mire, el año pasado se me murió el chivo, lo más importante que yo tenía. Lloré mucho por él, hasta que poco a poco me olvidé de él. Pero, de pronto, en la iglesia ví a usted que salía a predicar con esa barba, que se parece a la de mi chivo. Y todavía lloro, cuando me acuerdo de él. Pero no me acuerdo de nada de lo que usted dijo.>

Así le pasó al que está preocupado por la herencia no cobrada. Seguro que no recuerda nada de lo que dijo Jesús aquel día. Tiene los oídos sordos.

Y Jesús se siente descorazonado, porque después de predicar tanto y cosas superiores, la primera preocupación de este hombre sigue siendo cobrar la herencia, aunque pelee con su hermano.


Pero aquel hombre sólo pide justicia. ¿Es que el ‘Maestro’ no se preocupa de la justicia?


Por supuesto. Jesús no está en contra de que cobre la herencia ni apoya la injusticia del hermano.

Pero la avaricia puede venir bajo capa de justicia y equidad. Por eso Jesús nos advierte sobre todo tipo de avaricia: descarada o sutil, consciente o inconsciente, y sobre toda cola serpentina disfrazada de justicia y corrección.

He aquí otro caso de obsesión, causada por la avaricia.

“El oro adquirido sin esfuerzo”

<Cuentan que Buda tuvo que refugiarse en la cabaña de un pescador a causa de una tormenta. El pescador, que no sabía quién era su huésped, le ofreció una humilde cena y una cama. A la mañana siguiente, al despedirse, Buda le dijo quién era, le dio las gracias por la hospitalidad y le dijo que le pidiera lo que quisiera.

- "Quiero oro", le dijo el pescador. Preocupado, Buda le aconsejó:

- "El oro adquirido sin esfuerzo es una maldición, no una bendición. Te enseñaré por tanto la manera de adquirirlo. En la playa, en frente de tu casa, hay una piedra mágica. Si la encuentras y tocas con ella un trozo de acero, éste se convertirá en oro.

El pescador, que llevaba una pulsera de acero, se puso de inmediato a buscar la piedra mágica. Tocaba su pulsera con las piedras y las lanzaba al mar. El ansia del oro no le permitía descansar ni fijarse bien en lo que hacía. Y así fue lanzando todas las piedras al mar.

Finalmente, miró su pulsera y, oh sorpresa, se había convertido en oro. Pero, ¿dónde estaba la piedra mágica? La había lanzado al fondo del mar.> (Félix Jiménez, escolapio).

 

La piedra mágica se había perdido en el frenesí avaricioso de encontrarla y hacerse rico. La piedra que transforma la vida entera en el oro de la felicidad es vivir con y para los demás desde el único mandamiento de Dios, el del amor.

La seguridad verdadera viene de hacerse ‘rico ante Dios’.

¿Cómo se hace uno ‘rico ante Dios'? Dando a los más necesitados.

Fuente: Correo electrónico.

Ilustración: Andrew Osta.

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...