Los relatos evangélicos
asocian el inicio de la actividad pública de Jesús al hecho de ser bautizado
por Juan. Como si ese acontecimiento marcara un punto de inflexión
significativo en la vida del maestro de Nazaret. Al mismo tiempo, tienen que
encontrar una explicación frente a los discípulos del Bautista que, apoyados en
este hecho, afirmaban la superioridad de su propio maestro con respecto a
Jesús.
Mateo se remite a algún
designio divino, no sin antes poner en boca del propio Juan su sumisión:
"Soy yo el que necesita que tú me bautices". Con esta aclaración,
inducida por la polémica entre los discípulos de uno y otro, el relato se
centra en la proclamación por la que Jesús es presentado como el enviado, el
"hijo amado".
La proclamación va
acompañada de rasgos característicos de una teofanía: el abrirse el cielo, la
imagen de la paloma y la voz de lo alto. Todo ello para indicar que es Dios
mismo quien irrumpe en la persona de Jesús, a quien presenta como hijo amado,
habitado por el Espíritu.
Si todo ello lo leemos desde
el nivel mental, no hay nada más que añadir: el Hijo de Dios viene a salvar
nuestras almas.
Pero la evolución de la
consciencia nos ha hecho percatarnos de nuevos datos que ya resulta imposible
ignorar. Entre ellos, por lo que se refiere a esta cuestión, dos:
1. El yo es únicamente una
ficción mental; nuestra confusión y sufrimiento se derivan del hecho de
habernos reducido a él; por tanto, no hay que "salvar al yo", sino
aprender a "liberarnos de él" (en el sentido de no considerarlo como
nuestra identidad).
2. Existe un modo de conocer
previo al mental y más rico que él: el modelo no-dual. Pues, como afirma el
psicólogo Giorgio Nardone –autor del libro "Pienso, luego sufro"-,
"es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa
todo". Leído el texto desde el modelo no-dual, el horizonte señalado en el
texto se amplía radicalmente: cada uno, cada una de nosotros somos, en
realidad, el "hijo amado" del que se habla ahí.
"Hijo/a amado/a":
he ahí uno de los nombres de nuestra identidad, aquella que compartimos con
todos los seres. Pero el término "hijo" no hace referencia a una
realidad supuestamente separada de otra a la que llamaríamos "padre"
–ese es el lenguaje mental-, sino que se trata de una Realidad única, en su
doble cara: de hecho, "padre" e "hijo" únicamente pueden
darse en una misma relación; cada uno de ellos "hace posible" al
otro.
Dicho de un modo más simple,
la palabra "Padre" quiere designar al Fondo invisible y único de todo
lo que es; la de "Hijo" alude a lo visible y manifiesto.
Por decirlo con palabras
poéticas de Javier Melloni, se trata de "la Profundidad originaria
(Padre-Madre) de las aguas dándose en el Hijo, el Hijo-Cuenco recibiéndose
desde el Fondo que lo engendra continuamente para retornar a él por flujo
incesante del Viento-Espíritu. No estamos sino en este único y mismo Fondo.
Participamos de él como oleaje experienciándose en nosotros. A través de
nuestra existencia retornamos a la Fuente que se vierte en el Mar de donde
proviene" (J. MELLONI, Sed de Ser, Herder, Barcelona 2013, p.20).
Y continúa el mismo Javier
de una manera hermosa: "En cada acto verdadero damos a luz a Aquel que nos
ha dado a luz para que lo manifestemos. El Mar se expresa en sus olas. Las olas
hacen visible el Mar. Al dejar salir lo más genuino de nosotros, dejamos al mar
ser ola en nosotros" (Ibid. p.84).
En nuestras
"formas" concretas, históricas y temporales, somos manifestación y
expresión de aquel Fondo que, simultáneamente, constituye nuestra identidad más
profunda. Con razón se habla de "intimidad divina": no cabe ninguna
separación ni distancia; somos, a la vez, la ola y el Océano. Y así nos
percibimos en nosotros mismos: como "ola" cuando nos pensamos; como
"Océano" cuando, sencillamente, aquietamos la mente y atendemos en el
no-pensamiento.
Nos pensamos como
"hijos/as amados/as", permanente y amorosamente sostenidos en el
regazo de Aquel que nos vive –y al que podemos llamar "Padre/Madre" o
"Tú"- y que se vive a través nuestro.
Y nos re-conocemos –ya sin
apego egoico- como aquel mismo Fondo que identifica a todo lo que es. En esta
experiencia, saltan todas las barreras y separaciones y, con ellas, todo miedo
y toda soledad.
Para experimentarlo, solo se
requiere acallar la mente. Sin esto, veremos únicamente sombras, y seguiremos
sumidos en la ignorancia básica y, por tanto, en el sufrimiento.
Acostumbrados como estamos a
nombrar las escrituras sagradas como "Palabra de Dios", no resulta
difícil comprender que demos por supuesto que lo que allí leemos sea una
descripción literal –fotográfica- de lo ocurrido, sancionada además por la autoridad
divina.
Eso puede ocurrirnos incluso
con un texto tan simbólico (metafórico) como este Himno-Prólogo del cuarto
evangelio. Con frecuencia, ni siquiera somos conscientes del modo como nuestra
mente imagina rápidamente la escena: Antes de la creación del mundo, en un
supuesto "espacio" únicamente imaginado, estaría Dios Padre y, junto
a él, se hallaría la "Palabra" (el Hijo, que habría de encarnarse en
Jesús de Nazaret). He ahí cómo, en pocas líneas y aún en menos imágenes, hemos
querido "explicarnos" el origen de la creación y de la salvación.
Aprendidas y grabadas desde
niños, estas imágenes han pasado a formar parte de nuestro imaginario hasta
llegar a asumirlas de una forma prácticamente literal y, por ello mismo,
excluyente: dado que esta es la "verdad de lo ocurrido", cualquier
otra lectura o interpretación será descalificada como engaño o, al menos, como
"mitología" sin valor. Así se explica un hecho curioso e incluso
irónico: cada religión ha tendido a creer como literal su propio mito –todas
las religiones han afirmado que la suya era la auténtica palabra divina-,
desvalorizando o ridiculizando los ajenos..., ¡sin darse cuenta de que sus
propias afirmaciones se movían exactamente en aquel mismo nivel mítico!
"Mito" no es
sinónimo de "engaño", pero tampoco lo es de "literalidad".
El mito es una forma (figurada) de narrar algo de hondo valor humano, que
invita a mirar más allá de la mera superficie para hacernos conectar con lo
profundo. Ahí radica la sabiduría y la belleza de todas las mitologías.
Solo a partir de ese
reconocimiento inicial, será posible una lectura no equívoca del mito. En
nuestro caso, el término griego Logos –que se tradujo en latín como
"Verbum" y en castellano como "Verbo" o
"Palabra"- no se hallaría muy alejado del término chino Tao, con el
que los seguidores del taoísmo quieren evocar el Origen, la Fuente, la
Sabiduría y el Orden de todo. Más allá de las palabras, se está apuntando hacia
el Misterio último de Lo que es.
La especificidad cristiana
–tal como se subraya en este Prólogo- radica en haber identificado a aquel
"principio original" (Tao, Logos) con la persona de Jesús de Nazaret.
En una perspectiva mental
–que enfatiza la separación: una separación que no se corresponde con la
realidad, sino que es creada solo por la mente-, tal identificación lleva a
establecer una diferencia radical y absoluta entre Jesús y todos los demás
seres. En consecuencia, se "diviniza" a Jesús, convirtiéndolo en un
nuevo "Dios" dentro del mosaico de las religiones del mundo.
Cuando, por el contrario, leemos
ese mismo texto desde una perspectiva no-dual, se pone de manifiesto toda su
belleza, hondura y coherencia: el Logos –identidad última de todo lo que es- se
hace plenamente presente en Jesús, es decir, en todo lo manifiesto. Eso
significa que Jesús es "espejo" de todo lo real y que lo aplicado a
él vale igualmente para todos nosotros.
No existe nada separado de
nada: el "Logos" y "Jesús", lo Invisible y lo Manifiesto,
el Vacío y la Forma, el Tao y el Mundo..., son las dos caras de lo único Real,
abrazadas en la no-dualidad.
El Logos constituye el Fondo
que todos compartimos, nuestra identidad más profunda. Y cuando lo leemos así,
nos hacemos conscientes de que el texto nos está retratando.
La verdad es que el tipo de
familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos, es muy probable que
no haya existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús, era el
patriarcal. La familia molecular era completamente inviable, tanto social como
económicamente.
Cuando el evangelio nos dice
que José recibió a María en su casa, no quiere decir que formaran una nueva
familia, sino que María dejó de pertenecer a la gran familia de su padre y pasó
a integrarse en la familia a la que pertenecía José. El relato de la pérdida
del Niño es impensable en una familia de tres.
El valor supremo de la
familia patriarcal, era el honor. En la honorabilidad estaban basadas todas las
relaciones sociales, desde las económicas hasta las religiosas. Si una persona
no pertenecía a un clan respetado, no era nadie. En consecuencia, el primer
deber de todo miembro de la familia, era el mantener y aumentar su
honorabilidad.
Esto explica las escenas
evangélicas donde se dice que su madre y sus hermanos vinieron a llevarse a
Jesús, porque decían que no estaba en sus cabales. Querían evitar a toda costa
el peligro del deshonor de toda la familia. Lo que pasó después confirmó sus
temores.
Las instituciones son entes
de razón, son medios que el hombre utiliza para regular sus relaciones
sociales. Son imprescindibles para su desarrollo como persona humana.
Como todo instrumento, ni
son buenas ni son malas en sí mismas. La bondad o malicia depende de su
utilidad para conseguir el fin. Todas las instituciones pueden ser mal utilizadas,
con lo cual, en vez de ayudar al ser humano a perfeccionarse, le impiden
progresar en humanidad. La familia debe estar al servicio de cada persona que
la integran y no al revés.
La familia también puede ser
utilizada para oprimir y someter a otros seres humanos.
En los evangelios no
encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el ya
existente. Más tarde se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas,
pues desde el punto de vista legal, era muy avanzado. No sólo se adoptó sino
que se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a
los defectos que conllevaba. Voy a señalar sólo tres:
No contaba para nada el
amor. El contrato era firmado por la familia según sus conveniencias materiales
o sociales. Una vez firmado por las partes, no había más remedio que cumplirlo,
sin tener en cuenta para nada a las personas.
La mujer quedaba anulada
como sujeto de derechos y deberes jurídicos. De un plumazo se reducían a la
mitad los posibles conflictos legales. Esto ha tenido vigencia prácticamente
hasta hoy. Hasta hace unos años, la mujer no podía abrir una cuenta corriente
sin permiso del marido.
El fin del matrimonio era
tener hijos. Al imperio romano lo único que le importaba es que nacieran muchos
hijos para nutrir las legiones romanas que eran diezmadas en las fronteras. Hoy
se sigue defendiendo esta ideología en nombre del evangelio. El número de hijos
no tiene por qué afectar a la calidad de una paternidad; siempre que la
ausencia de hijos no sea el fruto del egoísmo.
Aunque esos fallos no están
superados del todo, hoy son otros los problemas que plantea la familia. La
Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir
creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas. No conseguiremos nada
si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble,
aunque la estadística nos diga que el 50 % de ellos se separan.
Dos razones de esta mayor
exigencia son:
a) La estructura nuclear de
la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas
mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la
posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.
b) La mayor duración de esa
relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta o setenta años juntos.
En un tiempo tan prolongado, es más fácil que en algún momento surjan
diferencias insuperables.
Como cristianos, tenemos la
obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que
proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de
religión u organización política.
Lo que Jesús predicó no hace
referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres
humanos en sus relaciones con los demás. Jesús enseñó que todo ser humano debía
relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le
llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que potencie y
favorezca esta actitud humana, es válido y cristiano.
Es verdad que la familia
está en crisis, pero las crisis no tienen por qué ser negativas. Todos los
cambios profundos en la evolución de la humanidad vienen precedidos de una
crisis. La familia no está en peligro, porque es algo completamente natural e
instintivo.
Como cristianos tenemos la
obligación de colaborar con todos lo hombres en la búsqueda de soluciones que
ayuden a todos a conseguir mayores cotas de humanidad. Tenemos que demostrar,
no solo de palabra, sino con hechos, que el evangelio es el mejor instrumento
para conseguir una humanidad más justa, más solidaria, más humana.
Si tenemos en cuenta que
todo progreso verdaderamente humano es consecuencia de las relaciones con los
demás, descubriremos el verdadero valor de la familia. En efecto, la familia es
el marco en que se pueden desarrollar las más profundas relaciones humanas. No
hay ningún otro ámbito o institución que permita una mayor proximidad entre las
personas. En ninguna otra institución podemos encontrar mayor estabilidad, que
es una de las condiciones indispensables para que una relación se profundice.
Podemos estar seguros que
las primeras lecciones de humanidad las recibió Jesús en el entorno familiar.
Este entorno no se redujo a José y a María; comprendía también a sus hermanos
(si los tuvo), a sus primos, tíos y abuelos (sobre todo paternos).
En una familia
auténticamente israelita, la base de todo conocimiento y de todo obrar era la
Biblia. Sin este trasfondo sería impensable el despliegue de la figura del
hombre Jesús. Jesús fue mucho más allá que el AT en el conocimiento de Dios y
del hombre, pero allí encontró las orientaciones que le permitieron descubrir
al verdadero Dios.
Debemos olvidarnos de
espectacularidades externas y descubrir su infancia como la cosa más normal del
mundo. Fue una familia completamente normal. Nada de privilegios ni
protecciones especiales, ni ellos ni sus vecinos pudieron enterarse de lo que
ese niño iba a ser, porque también él fue completamente normal. Es en esa
absoluta normalidad donde tenemos que ver lo extraordinario, su vida interior y
su cercanía a Dios que era lo que les mantenía unidos y entregados unos a
otros, como soporte de la convivencia.
Jesús fue un ser humano,
aunque en esa humanidad se estaba manifestando la plenitud de la divinidad. Es
Dios el que se hace hombre, no Jesús el que se hace Dios. Si a Jesús le hacemos
Dios, nosotros quedamos al margen de ese acontecimiento. Si descubrimos que
Dios se hace hombre, podré experimentar que se está haciendo en mí. Este es el
verdadero mensaje del evangelio. Esta es la buena noticia que nos aportó Jesús.
Meditación-contemplación
Por encima de todo, el amor
que es el ceñidor de la unidad.
La familia es el marco más
íntimo de relaciones humanas.
Es, por tanto, el marco
privilegiado de humanización.
Ahí debe manifestarse y
potenciarse nuestra plenitud humana.
......................
El amor que nos pide el
evangelio es un amor efectivo.
Las teorías y las
ensoñaciones no llevan a ninguna parte.
Mi relación con los
'próximos' manifiesta el grado de mi amor.
Examinar esas relaciones en
la clave de todo progreso espiritual.
.......................
Dentro de mí, en lo hondo de
mi ser, debo descubrir esa necesidad de amar.
Los lazos familiares me
ayudan a salir de mí e ir al otro.
La familia es el mejor campo
de entrenamiento para hacerme más humano.
Si desaprovecho esa
oportunidad, no llegaré nunca a amar.
Las relaciones entre los
discípulos de Juan y los de Jesús no parece que fueran fáciles. Quizás no tanto
porque presentaran "proyectos" demasiado diferentes, cuanto por la
necesidad (egoica) de ser "más importante" o, simplemente, de "tener
razón". Para los primeros, el Bautista era "superior" a Jesús,
porque había sido su maestro; para los segundos, Juan no era sino el
"precursor" del Mesías.
La polémica, que se
prolongaría durante varios decenios, debió de ser de tal envergadura que
aparece como trasfondo de todos los evangelios, siempre que se aborda esta
cuestión.
En el texto que leemos hoy,
Mateo parece que quiera mediar para "equilibrar" la discusión. Si
bien, por un lado, muestra a Jesús como Mesías, haciendo que Juan (sus
discípulos) se cuestione(n) sobre ello, por el otro, dedica uno de los mayores
elogios a la figura del Bautista.
El tema de la
"duda" acerca del mesianismo de Jesús le sirve a Mateo para un doble
fin. De una parte, para presentar a Juan interesándose por Jesús en cuanto el
Mesías esperado. De otra, para incidir expresamente en lo que caracterizaba el
mesianismo del maestro de Nazaret.
Parece indudable que el
comportamiento de Jesús suscitó reacciones escandalizadas, sobre todo del lado
de los judíos más religiosos, así como de sus autoridades. Frente a tales
reacciones, Mateo remite a los hechos: "Los ciegos ven y los inválidos
andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y
a los pobres se les anuncia la Buena Noticia". Con una advertencia significativa:
"¡Dichoso el que no se sienta defraudado [escandalizado] por mí!".
La respuesta de Jesús no
contiene ninguna explicación o justificación verbal; tampoco elabora ninguna
teología, sino que muestra, sencillamente, una acción liberadora, al servicio
de la vida y de las personas.
La alusión a los que se
sienten defraudados (escandalizados) parece decisiva. Es probable que el motivo
del escándalo fuera precisamente la imagen de Dios que presentaba Jesús. Una
persona religiosa se siente fácilmente defraudada cuando ve puestas en cuestión
sus creencias o su propia imagen de Dios.
Con la mejor intención, e
incluso de buena fe, la persona religiosa llega fácilmente a identificar a Dios
con el modo como ella lo entiende. Debido a esa identificación –que se produce
de modo inconsciente-, es frecuente que quien ve cuestionadas sus creencias
llegue a la conclusión de que el autor de tales cuestionamientos está
necesariamente en el error.
Los humanos tenemos una
tendencia tan espontánea como arraigada que nos lleva a creernos nuestros
pensamientos. De hecho, esa es una de las mayores causas de sufrimiento:
creernos lo que pensamos (creer que lo que pensamos es verdad).
Frente a semejante engaño,
creo advertir que se empieza a reconocer que los pensamientos no pueden ser
"verdaderos", sino únicamente "etiquetas" que coloca
nuestra mente sobre la realidad. Dicho con propiedad: los pensamientos son solo
"puntos de vista", que pretenden apuntar hacia lo Real, hacia la
Verdad, pero sin alcanzarla nunca.
El sabio tailandés Ajahn Chah
lo expresaba de este modo: "Tenéis un montón de puntos de vista y
opiniones sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo correcto y lo incorrecto,
sobre cómo deberían ser las cosas. Os aferráis a vuestros puntos de vista y
sufrís mucho. Solo son puntos de vista, ¿sabéis?".
La Verdad no puede pensarse;
únicamente, vivirse. Y es entonces, cuando eres verdad –no porque pienses que
posees la verdad-, cuando la conoces.
El relato termina, como
decía más arriba, con un encendido elogio de la figura del Bautista, de quien
se llega a decir que es "más que profeta", "el mayor nacido de
mujer". De hecho, en los textos evangélicos es fácil advertir una
tendencia a "cristianizar" a Juan, al que hoy la Iglesia venera como
santo.
Pero al letrado que es Mateo
le interesa subrayar la novedad del Reino, que constituye uno de sus temas
preferidos: "Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los
maestros de la ley y los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos"
(Mt 5,20). Por eso, tras el elogio al Bautista, se apresura a añadir que
"el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él". Con
estas palabras, quiere subrayar la inusitada novedad del mensaje de Jesús.
El último domingo del año
litúrgico se dedica a Jesús. Toda la liturgia tiene como principio y como fin
al mismo Jesús. En realidad los distintos tiempos litúrgicos son un proceso que
quiere recordar la trayectoria humana de Jesús. Comienza en Adviento con la
preparación a su nacimiento, y termina con la fiesta que estamos celebrando
como culminación más allá de su vida terrena.
Como todo ser humano nació
como un proyecto que se fue realizando durante toda su vida y que culminó con la
plenitud de ser que expresamos con el título de Rey. Pero Jesús respondió a
Pilato que su Reino no era de este mundo. Pues a pesar de ello nosotros no
estamos de acuerdo con lo que dijo Jesús y le proclamamos Rey del universo.
Claro, nosotros sabemos mucho mejor que él lo que es y lo que no es. Por
desgracia, ahora no está aquí para poder llevarnos la contraria.
Soy muy consciente de que el
sentido que quiero dar a esta fiesta no va a ser el que le dio Pío XI hace más
de ochenta años; ni siquiera el que hoy le dan la mayoría de los cristianos. No
pongo en duda el título, sino la manera de entenderlo.
Con el evangelio en la mano,
¿podemos seguir hablando de "Jesús rey del universo"?
Un Jesús que luchó contra
toda clase de poder.
Un Jesús que rechazó como tentación,
la oferta de poseer todos los reinos del mundo.
Un Jesús que dijo: Si no os
hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios.
Un Jesús que invitó a sus
seguidores a no someterse a nadie.
Un Jesús que dijo que no
venía a ser servido, sino a servir.
Un Jesús que dijo a los
Zebedeo: "El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera
ser primero que sea el último.
Un Jesús que cuando querían
hacerlo rey, se escabulló y se marchó a la montaña; por cierto, con gran cabreo
de los apóstoles que se fueron en la barca sin esperarlo.
Podríamos hacer más
referencias, pero creo que está claro el sentir de los evangelios.
Las palabras Rey, Padre,
Hijo, Mesías, Pastor, tienen gran riqueza de significados simbólicos, tanto en
el AT como en el Nuevo. Pero esos significados quedan pulverizados en cuanto
tomamos las palabras en su significado literal.
En todas las épocas, ha
habido grupos religiosos que se han empeñado en interpretarlas literalmente; y
eso ha llevado a la religión a callejones sin salida. Toda interpretación
fundamentalista del cristianismo que concluye con el uso de la fuerza, nace de
ahí; desde las cruzadas de la Edad Media, hasta los "Cruzados" de
ahora. No digamos nada de los "Guerrilleros de Cristo". Pero el sentido
metafórico o simbólico de esas palabras nos puede abrir un horizonte nuevo.
Si he escogido esas cinco
palabras como ejemplo, no ha sido por casualidad. Todas están relacionadas
entre sí y no se puede entender separando unas de otras.
La idea de un
"rey", en Israel, fue más bien tardía. Mientras fueron un pueblo
nómada no tenía sentido pensar en un rey. Sólo cuando llegaron a Canán y se
establecieron en las ciudades conquistadas, sintieron la necesidad de copiar
sus estructuras sociales y le pidieron a Dios un rey.
Esa petición de un rey fue
interpretada por los profetas como una apostasía, porque para el pueblo el
único rey debía ser Yahvé. Encontraron la solución convirtiendo al rey en un
representante de Dios.
Para erigir a una persona
como rey, se le ungía. Es lo que significa exactamente Mesías (Ungido). La
unción le capacitaba para una misión: conducir al pueblo en nombre de Dios. De
ahí que desde ese momento se le llamara hijo de Dios. Lo propio de un hijo es
actuar como el padre, en lugar del padre. También se le llamaba padre del
pueblo y pastor del pueblo. Lo mismo que Dios, era padre y pastor para su
pueblo. El que era elegido como rey era ungido, hijo, pastor y padre.
Una clave para entender la
fiesta de hoy las podemos encontrar en el mismo evangelio que acabamos de leer.
En primer lugar, el letrero que Pilatos puso sobre la cruz, era una manera de
mofarse, no de Jesús, sino de las autoridades judías que se lo habían
entregado. Es curioso que nosotros hayamos ampliado el ámbito de su realeza a
todo el universo. ¿Para escarnio de quien?
Los soldados también le
colocaron una corona y un cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera
encontrado más cómodo con una corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado
de piedras preciosas?
Las autoridades, el pueblo,
los soldados, uno de los ladrones, le piden que se salve; pero Jesús no bajó de
la cruz. Desde el desierto hasta la cruz, le acompaña la tentación de poder.
Jesús se salvó, pero no como esperaban los que estaban a su alrededor.
Hoy seguimos esperando, para
él y para nosotros, esa misma salvación que se negó a realizar. No queremos oír
hablar de la salvación que él consiguió muriendo y entregándose a los demás.
Nos negamos a admitir que nuestra salvación pueda consistir en dejarnos
aniquilar por los que nos odian.
La plenitud del hombre es el
servicio hasta la muerte. Si seguimos esperando la salvación externa, de
seguridad, de poder o de gloria, quedaremos decepcionados como ellos. Jesús
será Rey del Universo, cuando la paz y el amor reinen en todos los rincones de
la tierra. Cuando todos seamos testigos de la verdad.
Para entender correctamente
la fiesta que estamos celebrando, debemos partir de un hecho: el centro de la
predicación y actuación de Jesús fue "el Reino de Dios". Nunca se
predicó a sí mismo ni revindicó nada para él. Todo lo que hizo y todo lo que
dijo, hacía siempre referencia a Dios. Con esa proyección radical hacia su
Padre, hizo presente el "Reino que es Dios".
El Reino de Dios, el Reino
de Cristo, no es una realidad que haga referencia directa a Dios o a Cristo. El
Reino de Dios es una realidad que hace referencia a nosotros. Ni Dios ni Jesús
pueden hacer nada por implantar su Reino al margen de nuestra actuación. Somos
nosotros los que tenemos que hacerlo presente aquí y ahora, como Jesús lo hizo
presente mientras vivió entre nosotros.
Jesús de Nazaret se
identificó de tal manera con ese Reino, que pudo decir: "quien me ve a mí,
ve a mi Padre". Esto no lo decía como segunda persona de la Trinidad, sino
como ser humano que había llegado a la experiencia fundamental y había
descubierto que su auténtico ser y Dios eran uno.
Los primeros cristianos
descubrieron esta identificación, y muy pronto pasaron de repetir la
predicación de Jesús a predicarle a él como modelo.
Surge entonces la magia de
un nombre, Jesucristo. Jesús el Cristo, el Ungido. El soporte humano de esta
nueva figura queda determinado por la cualidad de Ungido, Mesías. Lo
determinante es que es "Ungido". Lo que Jesús manifiesta de Dios, es
más importante que el sustrato humano en el que se manifiesta lo divino.
Pero debemos tener siempre
muy claro que los dos aspectos son inseparables. No puede haber un Jesús que no
sea Ungido. Cristo no es exactamente Jesús de Nazaret, sino la impronta de Dios
en ese Jesús. El Reino que es Dios, es el Reino que se manifiesta en Jesús.
Desde esta perspectiva se puede hablar con toda propiedad de Cristo Rey.
Pero para poder aplicar a
Jesús ese título, debemos despojarlo de toda connotación de poder, fuerza o
dominación. Jesús condenó toda clase de poder. Pero no sólo condenó al que
somete, condenó con la misma rotundidad a aquel que se deja someter. Este
aspecto lo olvidamos y nos conformamos con acusar a los que dominan.
Jesús quiere seres humanos
completos, es decir, libres. Jesús quiere seres humanos ungidos por el Espíritu
de Dios, que sean capaces de manifestar lo divino a través de su humanidad.
Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de ser humano y se
aleja de lo divino.
Bien entendido que la más nefasta
de todas las opresiones es la que se hace en nombre de Dios. La opresión
religiosa es capaz de llegar a lo más profundo del ser.
Emplear términos militares,
como "guerrilleros de Cristo", "cruzados de Cristo", para
designar personas o asociaciones que pretenden estar muy vinculadas a Jesús, es
muestra evidente de una tergiversación del evangelio.
Cada vez que rezamos el
padrenuestro, decimos: "Venga tu Reino". No nos referimos a una
imposición por la fuerza, o que tenga que venir de alguna parte externa.
Queremos expresar un deseo de que cada uno de nosotros haga presente a Dios
como lo hizo Jesús, actuando como lo hubiera hecho él mismo si estuviera en
nuestro lugar.
Y todos sabemos
perfectamente como actuó Jesús: desde el amor, la comprensión, la tolerancia,
el servicio. Todo lo demás es palabrería. Ni programaciones ni doctrina, ni
ritos, sirven para nada si no entramos en la dinámica del Reino.
Jesús quiere que todos
seamos reyes, es decir que no nos dejemos esclavizar por nada ni por nadie.
Cuando responde a Pilatos, no dice "soy el rey", sino soy rey. Con
ello está demostrando que no es el único, que cualquiera puede descubrir su
verdadero ser y actuar según esa exigencia.
Dios, al crear no queda al
margen de lo creado, sino que sigue en la criatura como fundamento esencial,
arropando, envolviendo, consumiendo la escoria de cada criatura, hasta que sólo
quede de ella lo que hay de Dios.
Meditación-contemplación
"No es de este
mundo", no quiere decir que es un reino para el más allá.
Quiere decir que no es un
reino como los que conocemos aquí.
El reinado de Jesús, es el
reinado de Dios
es el reinado del amor, del
servicio a los demás, de la entrega total.
...................
Cristo es rey porque es
Señor de sí mismo.
Lo que hay de Dios en él,
gobierna todo su ser.
Nada de lo que él es, queda
fuera de la influencia divina.
De igual manera, estás
llamado a ser tú mismo, rey.
.................
Jesús le dice a Pilatos: Yo
he venido para ser testigo de la Verdad.
Porque es Verdad, porque es
auténtico, es Rey de sí mismo.
En él la parte espiritual
reina sobre la sicológica y la biológica.
Estamos en el penúltimo
domingo del año litúrgico. El próximo celebraremos la fiesta de Cristo Rey que
remata el ciclo. Como el domingo pasado, el evangelio nos invita a reflexionar
sobre el más allá.
El lenguaje apocalíptico y
escatológico tan común en la época de Jesús, es muy difícil de entender hoy.
Corresponde a otra manera de ver al hombre, a Dios y la realidad presente.
Desde aquella visión, es lógico que tuvieran también otra manera de ver lo
último, el "esjatón".
Una vez más los discípulos
están más interesados por la cuestión del cuándo y el cómo, que por el mensaje.
Tanto el pueblo judío en el
AT como los cristianos en el NT están volcados sobre el porvenir. Esta actitud
le distingue de los pueblos circundantes. Se encuentran siempre en tensión, esperando
una salvación que ha de venir.
Para ellos esa salvación
solo puede venir de Dios. Desde Noé, al que se le ofrece algo nuevo a través de
la destrucción de lo viejo. Abraham, al que se le pide salir de su tierra para
ofrecerle descendencia y una tierra propia. Pasando por el Éxodo, que fue la
experiencia máxima de salvación, desde la esclavitud hacia la tierra prometida.
Todos vivieron siempre con la esperanza de algo mejor, que Dios le iba a dar.
Los profetas se encargaron
de mantener viva esta expectativa de salvación definitiva. Pero también
introdujeron una faceta nueva: el día de esa salvación habría de ser un día de
alegría, de felicidad, de luz, pero a causa de las infidelidades del pueblo,
los profetas empiezan a anunciarlo como día de tinieblas; día en que Yahvé
castigará a los infieles y salvará al resto. El objetivo de este discurso era
urgir a la conversión.
Los cristianos no tienen
inconveniente en utilizar las imágenes que le proporciona la tradición judía y
el ámbito religioso en el que se desenvolvía. A primera vista parece que entra
en esa misma dinámica apocalíptica, muy desarrollada en la época anterior y
posterior a su vida terrena. El NT pone en boca de Jesús un lenguaje que se
apoya sobre el telón de fondo de los conocimientos y las imágenes que le
proporciona el AT.
En tiempo de Jesús se creía
que esa intervención definitiva de Dios iba a ser inminente. En este ambiente
se desarrolla la predicación de Juan Bautista y de Jesús. Las primeras
comunidades cristianas acentuaron aún más esta expectativa de final inmediato.
Pero en los últimos escritos del NT, es ya patente una tensión entre la espera
inmediata del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Ante la
ausencia de acontecimientos en los primeros años del cristianismo, las
comunidades se preparan para la permanencia.
Con los conocimientos que
hoy tiene el ser humano y el grado de conciencia que ha adquirido, no tiene
ninguna necesidad de acudir a la actuación de Dios, ni para destruir el mundo
para poder crear otro más perfecto (apocalíptica), ni para enderezar todo lo
malo que hay en él para que llegue a su perfección (escatología).
El Génesis nos dice que al
final de la creación, Dios "vio todo lo que había hecho y era muy
bueno". ¿Por qué, nosotros, lo vemos todo malo? Hemos exagerado incluso la
capacidad del ser humano para malear la creación. Para Dios todo está siempre
en total equilibrio.
La justicia de Dios no es un
trasunto de la justicia humana, sólo que más perfecta. La justicia humana es el
restablecimiento de un equilibrio perdido por una injusticia. Dios no tiene que
actuar para ser justo ni inmediatamente después de un acto, ni en un hipotético
último día donde todo quedaría definitivamente zanjado.
Dios no hace justicia. Él es
justicia. Todo acto, sea bueno, sea malo, en sí mismo lleva ya el premio o el
castigo, no se necesita por parte de Dios ninguna acción posterior. Ante Dios
todo es justo en cada momento.
Por fin podemos desistir de
aplicar a Dios nuestra justicia. Dios es justicia y toda la creación está
siempre de acuerdo con lo que Él es. Él ha querido nuestra contingencia como
criaturas que somos. El dolor, el pecado y la muerte no son en el hombre un
fallo, sino que pertenecen a su misma naturaleza. La salvación no consistirá en
que Dios nos libre de esas limitaciones, sino en darse cuenta de que Él está
siempre con nosotros, y todo hombre puede alcanzar plenitud de ser, a pesar de
ellas.
Lo que en el mundo creemos
que está mal y no depende del hombre, no es más que una falta de perspectiva.
Una visión que fuera más allá de las apariencias, nos convencería de que no hay
nada que cambiar en la realidad, sino que tenemos que cambiar nuestra manera de
interpretarla.
Lo que nos debería preocupar
de verdad es lo que está mal por culpa del hombre. Ese habría de ser nuestro
campo de operaciones. Ahí nuestra tarea es inmensa. El ser humano está causando
tanto mal a otros seres humanos y al mismo mundo que deberíamos estar
aterrados.
No nos debe extrañar la
referencia a la destrucción del templo. Este evangelio está escrito entre el
año 80 y el 90, por lo tanto ya se había producido esa catástrofe. Para un
judío, la destrucción del templo era el "fin del mundo". Era lógico
asociar la destrucción del templo al fin de los tiempos, porque para ellos el
templo lo era todo, la seguridad total. Para ellos era impensable la existencia
sin templo. De ahí la preocupación de la pregunta: ¿Cuándo va a ser eso? Poro
Jesús responde hablando del fin de los tiempos, no del templo. La única
preparación posible es la confianza total en lo que Dios nos está dando.
Sin embargo, Jesús introduce
elementos nuevos que cambian la esencia de la visión apocalíptica. En la
lectura de hoy podemos apreciar claramente estos matices. A Jesús no le
impresiona tanto el fin, como la actitud de cada uno ante la realidad actual
("antes de eso"). Es el presente del creyente lo que interesa a
Jesús. ¡Que nadie os engañe! (toda mi predicación se podía resumir en esta
idea). Ni el fin ni las catástrofes tienen importancia ninguna, si sabemos
mantener la actitud adecuada. La realidad no debe perturbarnos "no tengáis
pánico". Sabemos que la realidad material termina, pero lo esencial dura.
La seguridad no la puede dar
la falta de conflictos (siempre los habrá), ni la promesa de felicidad, sino la
confianza en Dios. Tampoco debemos seguir edificando "templos" que
nos den seguridades. Ni organigramas ni doctrinas ni un cristianismo
sociológico, garantizan nuestra salvación. Todo lo contrario, puede ser que la
desaparición de esas seguridades nos ayude a buscar nuestra verdadera
salvación. Decía ya San Ambrosio: "Los emperadores nos ayudaban más cuando
nos perseguían que ahora que nos protegen".
Lo esencial del mensaje de
hoy está en la importancia del momento presente frente a los miedos por un
pasado o las especulaciones sobre el futuro. Aquí y ahora puedo descubrir mi
plenitud. Aquí y ahora puedo tocar la eternidad. Hoy mismo puedo detener el
tiempo y llegar a lo absoluto. En un instante puedo vivir la totalidad, no solo
de mi ser individual, sino la TOTALIDAD de lo que ha existido, existe y
existirá.
Para el despierto, no hay
diferencia ninguna entre el pasado, el presente y el futuro. Si dependo de mi
falso yo, elegiré prolongar eternamente esta vida, y cortaría el acceso a mi
verdadero ser.
Jesús venció a la muerte,
muriendo. Pero no nos engañemos, su muerte no fue un paripé, aunque doloroso,
para recuperar la misma vida que perdió. Fue la aceptación total de su
limitación lo que le proyectó a lo absoluto. Solo descubriendo y aceptando
plenamente mi limitación, podré entrar en la dinámica de lo eterno que hay en
mí. El mayor peligro que nos acecha es que busquemos en la vida espiritual la
manera de potenciar lo material.
Meditación-contemplación
"Cuidado con que nadie
os engañe".
Con frecuencia nos convence
lo que halaga el oído.
Cuando la verdad nos exige
esfuerzo,
buscamos escapatorias más
fáciles de asimilar.
....................
Los predicadores de todos
los tiempos lo saben,
y tratan de aprovechar esa
debilidad para engañarnos.
Profundizar en la realidad
de nuestro propio ser,
es el único camino para
escapar de las voces de sirena.
.....................
Todas las promesas de futuro
que se hacen en nombre de Dios
son falsas, porque Dios no
tiene futuro.
Dios no promete, da. Y se da
desde siempre y para siempre.
En esa eternidad del don,
tenemos que entrar nosotros.