Mostrando las entradas con la etiqueta Carnavales. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Carnavales. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de febrero de 2024

- ¡Y Ajá! ¡Y Ajá! ¡Y Sacalapatalajá!

LOS FABULOSOS CARNAVALES DE 1928

Luis Barragán

Hoy, es martes de carnaval. Un referente de forzado asueto a favor del régimen que no tuvo que esperar a la consabida pandemia para intentar y realizar al país del inmovilismo perpetuo.

Un día después de la fecha aniversaria de la batalla de La Victoria, y antes del otro de las banalidades extremas que únicamente conjura Joaquín Sabina con una de sus canciones sobre los amores que matan y nunca mueren.  A las puertas de la Cuaresma, unos gritan la urgencia de romper el tedio al mismo tiempo que otros gozan del privilegio de recrearse al vaciar demasiadas veces sus bolsillos de enmudecido origen, en medio de la tragedia humanitaria de hondo calado. No obstante, luce pertinente recordar las carnestolendas de 95 largos años atrás, advertidos por algunos que empava su sola invocación.

Finalizando la primera semana de febrero de 1928, la coronación de Beatriz I (Peña Arreaza) en el Teatro Municipal, parte de la programación ucevista de la Semana del Estudiante, constituyó todo un acontecimiento en la Caracas de entonces, siendo notable la invitación cursada por El Nuevo Diario, órgano oficioso y marcador de la espeluznante dictadura.  En una crónica  tardía y más bien fotográfica, ya impresa y juzgada de inofensiva distribución por su director, el cauto Lucas Manzano, la edición de fecha 11 de mes de la revista Billiken, orientada al entretenimiento hogareño de un sector agradecido y cosmopolitano del gomecismo, reseñó la elección de la reina de los carnavales estudiantiles, quizá dándole un sello particular a la emergente clase media petrolera.

Epígono de la Asociación General de Estudiantes (AGE), cancelada como la universidad misma años atrás, la sagaz iniciativa correspondió a la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), presidida por el estudiante del último año de derecho, Raúl Leoni, completando la faena con una inusitada movilización hacia el Panteón Nacional, cuyo acto también trascendió como el otro realizado en el Teatro Rivolí, repletos de un ya inocultable mensaje de indignación y rebeldía.  El país pretendidamente rendido y adormecido, se enteró de la existencia de Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Pío Tamayo, Joaquín Gabaldón Márquez, Guillermo Prince Lara que, entre otros, prontamente fueron detenidos y enviados a La Rotunda, y, con la entrega voluntaria de muchísimos otros estudiantes, sumaron más de 200 las personas destinadas al Castillo de Puerto Cabello, a trabajar en las carreteras, al exilio y a la muerte, como Pío.

Los eventos planteados igualmente como una fórmula para recoger fondos para el gremio estudiantil, adquirieron prontamente una radical significación política que no sólo expresó el alzamiento del Cuartel San Carlos a la vuelta de pocos meses, sino que facilitó su interpretación como el acabado fenómeno generacional de una prolongadísima influencia, la que no tuvieron los muchos coetáneos de 1810 al sucumbir la llamada primera república, ni los de 1958, aunque se les reconoce la enormidad de su peso histórico tampoco igualado por los relevos más o menos recientes del presente siglo, con las excepciones de rigor. En todo caso, recordemos en la presente nota escolar sobre los fabulosos carnavales de 1928, el ciclo ortegueano de las generaciones preparatoria, histórica y delincuente  de hacer caso al mecánico esquema en boga por bastante tiempo en estas comarcas.

Sentida tímidamente la primera bonanza petrolera al iniciarse 1974, la versión teatral de Fiebre, la novela de Miguel Otero Silva alusiva a los sucesos de 1928, montada en la vieja sede del Ateneo de Caracas, causó un extraordinario impacto en el suscrito, otrora principiante del bachillerato. Cuatro años más tarde, supimos de la polémica cincuentenaria que impediría  a Betancourt pisar la Ciudad Universitaria para el magno aniversario, por el militante sectarismo de los supuestos defensores de la autonomía que, una vez en el poder, pasados veinte años, aún son quienes feroz y mórbidamente la conculcan.   

Paulatinamente, fuimos olvidando aquellas jornadas históricas, como cualesquiera otras del XX que todavía no caben en el imaginario artificioso y artificial del XXI, añadida la mismísima noción del liderazgo estudiantil y el necesarísimo testimonio histórico al que está obligado. Hecha añicos una tradición de luchas, ni siquiera por curiosidad nos asomamos a aquellos eventos, contaminados los actuales de un sentido vacuo, anodino, alegremente efímero, como ocurrió en aquél acto del 21 de noviembre de 2022, en un distante auditorio  al cual también fuimos invitados para escuchar al quinteto directivo de la Federación de Centros de la UCV, mientras el gobierno era dueño del acceso principal de la Ciudad de Villanueva gracias a una estridente tarima.

El quinteto se declaró ajeno a lo acaecido en 1928 y 1958, clamando por una capitulación frente al actual régimen, deseoso de la atención que pudiera dispensarle la llamada AN de 2020 que los sabe muy bien de los  abnegados diligenciantes y hasta tribunos de la AN de 2015. Ahora, pendientes por meses los comicios estudiantiles, la bulliciosa protesta es por lo servido en el comedor, como jamás lo hicieron con el precario presupuesto universitario y, mucho menos, por la violación del recinto y la autonomía por Nicolás Maduro y su gente, pero – eso, sí – el camión de las cerveza llega puntual a los federalísimos.

Posiblemente, los días más sobrios del año serán los de este carnaval. Demasiadas piruetas nos esperan del enmascarado gobierno que querrá postergar las presidenciales, porque ni con trampa ha de ganar.

13/02/2024:

https://www.elnacional.com/opinion/los-fabulosos-carnavales-de-1928/

https://newstral.com/es/article/es/1249598394/los-fabulosos-carnavales-de-1928

14/02/24:

https://eastwebside.com/luis-barragan-los-fabulosos-carnavales-de-1928.html

Los días más sobrios del presente año

SOBRANDO LOS DISFRACES

Guido Sosola

Cada quien que saque la cuenta de sus rumbas de carnaval, porque las mías están muy claras. Por lo general, ahorrábamos algo de plata, y nos acercábamos al hotel Ávila con la familia, o nos las inventábamos para bajar al Macuto Sheraton, aunque en las habitaciones más baratas del sótano, resonaban los pines estrellados en una cancha bolichera de cuatro líneas de no recordar mal, una rockola realmente rockera y un restaurant de motivos taurinos tan caro que resultaba más barato ir a la Tomaselli de Caraballeda, cuya mejor pizza era la de huevo en el medio, por no citar al Rey del Pescado Frito de todas nuestras delicias, cerca de la hoy fantasmal Carmen de Uria.

Antes, el ejercicio de la soltería nos llevaba a compartir con los amigos en San Agustín, por cierto, con rockolas de verdad-verdad y todos sus Lucho Gatica, Julio Jaramillo y el novísimo Trío Venezuela a cuestas, por supuestísimo, resonando la Billo´s frente a Los Melódicos, porque Chucho Sanoja y Aldemaro Romero me quedan como un recuerdo más remoto, parecido a los hermanos Matamoros (¡vaya apellido!), o Dámaso Pérez Prado para mi padre. O los amigos de Bello Monte en la que ya también se escuchaba con mucho ánimo a Bill Haley y sus Cometas, lejos todavía Los Beatles, en “lompleyes” traídos de fuera, arriesgados todos a las bombas de agua y hasta las latas de pintura, los gloriosos disfraces de negritas que produjo más de un chasco al atorado caballero; e, incluso, no he confirmado una leyenda del Pasapoga en el que un par de agentes encubiertos de la Seguridad Nacional lidió con el propio Miguel Silvio Sanz que no sabía de una operación acordada por el mismísimo Pedro Estrada.

Asocio el carnaval también con un comentario que escuchamos sin querer un amigo y yo, estudiando en nuestras sillas de extensión, por los lados de Stalingrado (¿la llamábamos ya, así?), en la UCV: 1961, cercanos a las carnestolendas, tramaba un grupo colarse como negritas en la fiestesota del Ávila para mitinear a la concurrencia en nombre de la revolución. No le dimos importancia, pero jamás supimos si la faena la ejecutaron, o se trataba de unos habladores de pistoladas que tanto proliferaron por aquellos días, disfrazados de revolucionarios y qué sé yo.

Tengo la idea de que los carnavales languidecieron poco a poco, ya finalizando los setenta, reducidos a una actividad escolar. Ni siquiera porque regalaban caramelos y ya había toda una industria de la distracción alrededor de varias escuelas de samba, se salvaron en la Caracas de los  aburridos recorridos de las carrozas baratas, de la representación ordenada por cada despacho ministerial y de las reinas que fueron más conocidas que las “mises venezuelas”, elegidas popularmente en las parroquias. Además, el ta´baratismo nos llevó a expedicionar allende las fronteras.

 Al carnaval caraqueño lo salvó Hugo Chávez con los niñitos disfrazados de paracaidistas a principios de los noventa, volviendo en presente siglo a los cauces del tedio. Valga acotar, esperando la política como un oficio digno de reivindicación, sobrando tantos disfraces.

13/02/2024:

https://www.lapatilla.com/2024/02/13/guido-sosola-sobrando-los-disfraces/

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...