La personalidad fanática
tiende a ver la realidad escindida completamente en dos: todo es blanco o
negro, verdadero o falso, bueno o malo, «trigo o cizaña»; para ella, no caben
otras tonalidades. Por eso, se convierte en juez implacable que «salva» o «condena».
Sabemos que, tras esa
apariencia de dureza e intransigencia, lo que se esconde es una inseguridad
amenazadora, aunque con frecuencia inconsciente para el propio individuo.
Precisamente, el fanatismo cumple la función de mantenerla a raya, aunque sea a
un precio excesivamente alto, por el desgaste y el sufrimiento que conlleva.
La intolerancia, nos
advertía el físico ruso Andrei Sájarov, no es sino «la angustia de no tener
razón». Pero imposibilita el descanso y la paz, porque se asienta en una no aceptación
de la realidad tal como es.
Algo similar ocurre en las
actitudes fundamentalistas: al identificar sus creencias con la verdad, y al
haber hecho de las mismas el sostén de su propia seguridad psicológica, no
queda otro remedio que condenar tajantemente todo aquello que pueda poner en
cuestión el «orden» que su propia mente ha establecido (y que, en el caso
religioso, intentará justificar remitiéndose a una autoridad divina).
Y aquí se unen todos esos
perfiles mentalmente autoritarios: aun sin pretenderlo, están cultivando la
semilla del fanatismo que siempre brota al adoptar una actitud de superioridad
moral.
Con un humor que no oculta
la tragedia, el escritor israelí Amos Oz escribe lo siguiente: «La esencia del
fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia
tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al
niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser.
El fanático es una criatura
de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más
interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte.
Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia
de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de
votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al
cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos
ser unos irredentos.
En cualquier caso,
topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular
es casi el mismo gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en
el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo
bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto» (A. OZ, Contra el fanatismo, Debolsillo,
Barcelona 2005, pp.28-29).
La tragedia puede formularse
de este modo: el trigo y la cizaña no se dan en campos diferentes, ni dividen a
las personas en dos grupos: buenos y malos, como el fundamentalismo quiere
hacer creer. Trigo y cizaña habitan juntos en cada corazón humano.
Más aún: en la medida en que
venimos a conocer el funcionamiento de la sombra, nos percatamos de que es
precisamente aquello que más nos crispa lo que –aunque reflejado en el vecino-
tenemos en nosotros mismos. La «cizaña» que más detestamos en el prójimo es
aquella que más escondida se halla en nuestro interior.
Por eso, la actitud sabia es
la de «dejarlos crecer juntos». Tal actitud remite precisamente a lo que
tenemos que hacer con la propia sombra: aceptarla, abrazarla, para poder
reconocerla como propia –con lo que, al dejar de proyectarla en los demás,
renunciaremos a juzgarlos-, sin reducirnos a ella.
El regalo que tal trabajo
esconde para quien lo emprende es un crecimiento en integración y en humildad.
Paradójicamente, la aceptación de la «cizaña» nos ha terminado humanizando,
bajándonos del pedestal egoico –hecho de exigencia, perfeccionismo y ciertas
ideas de «superioridad»- que sostenía el fanatismo, y acercándonos a nuestra
verdad completa.
El "no tengáis
miedo", que hoy hemos escuchado una y otra vez en el evangelio, está
encuadrado en el contexto de la misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores
que les perseguirán y les encarcelarán.
Sin embargo, está claro que
la advertencia podemos aplicarla a todas las situaciones de miedo paralizante
que podemos encontrar en la vida. No sólo porque Jesús dice lo mismo en otros
contextos, sino porque así lo insinúan las bellísimas imágenes de los gorriones
y los cabellos.
El miedo es un sentimiento
que surge en el hombre ante un estímulo que interpreta como peligroso para su
subsistencia. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto
primero es defendernos; sea huyendo, sea dando energía para enfrentarse a la
amenaza.
Pero el ser humano puede ser
presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar su
humanidad. Este miedo artificial, en lugar de defender, aniquila. Este miedo es
lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.
¿Por qué tenemos miedo?
Anhelamos lo que no podemos conseguir y surge en nosotros el miedo de no
alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo bueno que creemos tener y
surge el temor. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos.
Creemos ser lo que no somos
y quedamos enganchados a ese falso "yo". No hemos descubierto lo que
realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente.
Jesús dijo: "La verdad
os hará libres". Todos los miedos son causa de la ignorancia. Si
conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para el miedo que nos
impide ser nosotros mismos. Si no experimentamos por nosotros mismos la
realidad que nos fundamenta, estaremos siempre intranquilos y surgirán los
miedos.
Si Jesús nos invita a no
tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. No se trata de
confiar en que no me pasará nada desagradable, o de que si algo malo sucede,
alguien me sacará las castañas del fuego.
Se trata de una seguridad
que permanece intacta en medio de las dificultades, sabiendo que los
contratiempos no pueden anular tu ser. Dios no es la garantía de que todo va a
ir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso.
La confianza no surge de un
voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es
para nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas
posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza.
La confianza es la primera
consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no depende de
mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí, no es una pérdida, sino una
ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado
es Dios mismo, mi futuro es también Dios; mi presente está en manos de Dios y
no tengo nada que temer.
Sólo el afán de seguridades
y de controlar mi propio ser, es el que me mete por ese callejón sin salida que
es la zozobra, el malestar, la inseguridad, en una palabra, el miedo.
Hablar de una verdadera
confianza en Dios es meternos en un terreno muy peligroso, porque nos obliga a
salir de las falsas imágenes que tenemos de Dios.
Confiar en Dios es confiar
en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de
confiar en un ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera,
aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento
de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro
de sí.
Por grande que sea el motivo
para temer, siempre será mayor el motivo para confiar. Confiar en Dios es
aceptar la realidad que Él quiso, tal como la quiso. Confiar en Dios no es
esperar su intervención desde fuera para que rectifique la creación. Es entrar
en la dinámica de la creación y no violentarla.
Es dejarse llevar por la
energía de la vida que sabe perfectamente a donde tiene que llevarme. Es dejar
que la vida fluya por los cauces que le ha preparado su creador, y no por los
que una criatura, que se cree la reina de la creación, quiere llevarle.
El miedo no sólo es
explotado por empresas que se dedican a toda clase de seguros, sino también por
las religiones, que explotan a sus seguidores vendiéndoles seguridades, después
de haberles infundido un miedo irracional a lo sagrado.
Creo que todas las
religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de
intereses egoístas. El miedo inducido es el instrumento más eficaz para dominar
a los demás. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir la
docilidad de sus súbditos.
En nuestra religión, el
miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La misma jerarquía ha
caído en la trampa. La causa de la falta de actualización de doctrinas, ritos y
normas morales, es el miedo.
La institución se ha
dedicado a vender, muy baratas por cierto, seguridades de todo tipo, y ahora
ella misma está sustentada en las seguridades externas que ha vendido, y no en
la confianza en Dios, que sería la verdadera fe bíblica.
Hay que tener mucho cuidado,
porque a veces los hombres están en contra nuestra, no porque seguimos a Jesús,
sino por habernos apartado del evangelio.
Las religiones siguen
necesitando un Dios que sea todopoderoso, y que ese poder omnímodo lo ponga al
servicio de nuestros intereses. Dios es nadapoderoso, porque todo su poder ya
lo ha desplegado, mejor dicho lo está desplegando constantemente, por lo tanto
no puede en un momento determinado actuar con un poder puntual.
Por eso mismo, tenemos que
confiar totalmente en él, porque nada puede cambiar de su amor y compromiso con
los hombres. La causa de Dios es la causa del hombre.
No nos engañemos, ponerse de
parte de Jesús es ponerse de parte del hombre, sobre todo del marginado. Dios
no está desde fuera manejando a capricho su creación. Está implicado en ella
inextricablemente. Su voluntad es eterna e inmutable, pero no es algo añadido a
la creación, sino la misma creación.
Si de verdad nos creemos que
Dios es creador; es decir que en este momento Él está creándome y está
involucrado en mi existencia. Si de verdad me creo que vistas desde Dios, las
criaturas no se distinguen del creador, entonces surgirá en mí un sentimiento
de total seguridad, de total confianza en mí, en lo que soy y en lo que yo
significo para Dios. Descubriré lo que Dios significa para mí.
Esta experiencia no tiene
nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo
para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos
porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no
confiamos en Dios, sino en nosotros mismos.
Jesús nos invita a no tener
miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de ti
mismo. El miedo a no ser suficientemente bueno, es la tortura de los más
religiosos.
Todos los miedos se resumen
en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte,
seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la
muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida.
La muerte sólo nos arrebata
lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de egoísmo.
Temer la muerte es temer perder todo eso. Es un contrasentido intentar alcanzar
la plenitud y seguir temiendo la muerte.
En el evangelio está hoy muy
claro. Aunque te quiten la vida, ¿qué te quitan en realidad? Lo que te
arrebatan es lo que no eres.
Meditación-contemplación
¡No tengas miedo!
Si analizas detenidamente
tus miedos, descubrirás dos cosas:
que no has hecho tuya la
salvación que Jesús te ofrece
y que sigues buscando la
salvación donde no está.
.................
Si has conseguido no temer a
los hombres,
pero sigues temiendo a Dios,
en vez de avanzar en tu
liberación,
te has metido por un
callejón oscuro y sin salida.
...............
Jesús deja muy claro en el
evangelio
que no debes temer a nada ni
a nadie.
Ni a los hombres, ni a Dios,
ni a ti mismo.
Esto último es lo más difícil,
porque supone desapego total.
Todas las apariciones de
Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los
evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al
sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en
Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo
son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en
plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de
blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante
junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con
vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también
Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si
los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo,
lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el
del próximo domingo (Juan 20,19-31).
Las peculiaridades de este
relato de Juan
1. El miedo de los
discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece
el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han
condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el
peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en
Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la
calle.
2. El saludo de Jesús: «paz
a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más
lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres
veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal;
los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun».
Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se
encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más
frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea
(Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que
se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula
distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este
pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última
cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis
ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos,
el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su
vida y especialmente durante su pasión.
3. Las manos, el costado,
las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad
física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres
le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús
caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece
a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de
palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un
trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a
Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para
demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en
el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los
milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los
evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber
visto».
4. La alegría de los
discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este
evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y,
despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va
acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla
de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros
ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y
nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
5. La misión. Con diferentes
fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado
encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como
el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar
la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
6. El don de Espíritu Santo
y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día
de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en estemomento, vinculándolo con el poder de
perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece
que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En
todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente
relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los
pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la
preparación y disposición del que lo solicita.
“Dichosos los que crean a
pesar de lo que ven”
En este pasaje del evangelio
se da un importante cambio en los destinatarios. En la primera parte, Jesús se
dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión.
En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera
se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
Podríamos añadir: “Dichosos
los que crean a pesar de lo que ven”. Digo esto a propósito de lo ocurrido hace
pocos días en el accidente de Tarragona, donde perdieron la vida siete
muchachas italianas, estudiantes de Erasmus. El padre de una de ellas comentó,
hablando de él y de su esposa: “Antes creíamos en Dios; ahora no podemos creer.
No podemos creer que en un Dios que hace una cosa así”.
Las muertes ocurridas al día
siguiente en Bruselas pueden haber provocado la misma reacción en otras
personas. A menudo creemos en un Dios cuya misión principal es resolver
nuestros problemas. Olvidamos el mensaje de la Semana Santa: creemos en un Dios
que nos entrega a su propio hijo, y en un hijo dispuesto a morir por nosotros.
Como Tomás, debemos meter nuestros dedos en las llagas, en las huellas del
sufrimiento humano, para terminar confesando: “Señor mío y Dios mío”.
Uno de los más bellos y
famosos textos del evangelio de Juan. Es estupenda la escenificación, el
progreso del diálogo, los muchos detalles que ambientan perfectamente el
relato... Pero nos importa mucho más el significado. Jesús es el Agua Viva. El
cuarto evangelio lleva al límite el género "Evangelio", en el que los
sucesos se narran por su significado.
Parecen historias, narran
muy probablemente sucesos que ocurrieron, pero son sobre todo tratados de
teología.
El suceso es perfectamente
verosímil, bien ambientado en todos sus detalles. El paso de Jesús por Samaria
hacia Jerusalén no está atestiguado en ningún otro evangelio, pero no es
imposible: el pozo puede ser el "de Jacob", aunque la localización de
Sicar ha suscitado discusiones. El texto refleja también perfectamente la
posición religiosa de los samaritanos respecto a los judíos.
Sobre este relato, Juan
construye "la Teología del Agua viva". Parecería una invitación a
hablar del bautismo; el texto sin embargo tiene una connotación bautismal mucho
más amplia. Se toma el agua en el sentido más bíblico, como aparece en el Libro
del Éxodo, tal como lo vemos en la Primera Lectura de hoy. No se trata de
sumergirse, lavarse, sino de "beber". En este sentido, el texto
ilumina al bautismo, porque allí empezamos a beber del agua de Jesús.
En estos tres domingos de
Cuaresma (3º, 4º y 5º), vamos a leer tres narraciones del cuarto evangelio:
- Hoy, el de la Samaritana,
cuyo tema es "el agua viva".
- El domingo 4º, el ciego de
nacimiento, cuyo tema es "la luz".
- El domingo 5º, la
resurrección de Lázaro, cuyo tema es "la vida".
Los tres son símbolos
perfectos de Jesús y, a través de él, de Dios.
Jesús y la samaritana: un
mundo lleno de novedades. Jesús está cansado y sediento, y no puede sacar agua
porque el pozo es profundo. Nuestra fe no se basa en un Jesús mágico, exento de
cansancio o de debilidades. Nunca insistiremos demasiado en que creemos en ese
hombre.
Jesús habla con una mujer, y
una mujer samaritana, herética y extranjera, y además de mala fama. Hasta sus
discípulos se extrañan. Pero es que es el médico, viene a curar, a salvar,
tiene que estar con los enfermos.
Preciosa imagen de Dios. A
Jesús le interesa poco el Templo, el culto exterior, incluso "los
justos"; le interesa que la mujer arregle su vida. Jesús sueña con salvar
el mundo entero: pero necesita ayuda.
Esto define nuestra misión:
¿quieres ayudar a Dios a que sus hijos vivan como hijos?
Sí, lo de Jesús es
diferente.
El agua viva
Lo que es el agua para la
vida normal, eso es Jesús para la vida humana. Jesús es el Agua, Jesús es La
Palabra, Jesús es el que da el Espíritu. Jesús no es un pozo a donde se va a
beber de vez en cuando, es una fuente de espíritu: el que bebe de Jesús es
fuente. Él mismo siente brotar de dentro de sí el Agua que brota hasta la Vida
eterna, y no tiene más sed de otras aguas, porque Jesús quita la sed de todas
las otras cosas.
Es importante que adquiramos
la manera de hablar de la Biblia. Nosotros funcionamos siempre por conceptos, y
queremos abarcar con ellos la realidad precisa y clara. Pero estamos hablando
de Dios, y toda la Biblia, y los evangelios, nos hablan de Él con imágenes. Y
¡qué estupendas imágenes! La mayor parte de nuestro organismo es agua. Sin agua
no podemos vivir. El mayor tormento es la sed. Encontrar agua en el desierto es
un milagro increíble. Eso es Dios para nuestra vida, eso es el evangelio. Sería
magnífico que pudiéramos decir sin extrañeza, "vamos a beber en el
evangelio de Marcos".
Todos estos símbolos
expresan muy bien la condición de la vida humana, necesitada de alimento, luz,
agua... para caminar. Es una vez más la confirmación de la imagen de Dios que
Jesús nos da. Nosotros solemos preferir otros términos: Eterno, Creador, Señor,
Juez... Pero Jesús usa mucho más estos términos inmediatos: agua, luz, vida,
pan, pastor, puerta, médico, padre. Todos ellos subrayan una misma línea: Jesús
presenta a Dios como aliado, en la línea más antigua de la Revelación.
El hombre tiene que andar un
camino. Dios es su ayuda mejor en el camino. La Palabra de Jesús es la mejor
luz, el agua, el pan del camino, Dios es el pastor y el médico. Estamos
acostumbrados a dirigirnos a Dios diciendo "Dios mío". Llegamos hasta
a decirle "Padre mío". Sería magnífico que no nos disonara invocarle
diciendo "Agua mía".
Cuando la Samaritana
entiende que Jesús le ofrece más que el agua del pozo, pasa inmediatamente a
planteamientos religiosos habituales, que a Jesús no le interesan: el Mesías,
el templo en Jerusalén o en el Garizim.... Pero todo eso no es el agua de
Jesús. El agua de Jesús es que los verdaderos adoradores den culto en espíritu
y en verdad. Y esto no se limita a decir que hay que hacer en el templo un culto
verdadero, con entrega del espíritu a Dios, sino que hay que dar un verdadero
culto, que rebasa el templo y convierte toda la vida en culto.
Esta "novedad de
Jesús" estaba ya sembrada en el Antiguo Testamento, y el mismo Jesús cita
la frase del profeta Oseas "Misericordia quiero y no sacrificios".
Pero es en Jesús donde aparece con toda su fuerza y en su sentido más radical.
Dios no está en el Templo, como un Señor que reside en un palacio. Está en
todas partes y sobre todo en todos sus hijos los seres humanos; allí hay que
servir a Dios. Los templos y los lugares sagrados han sido para las religiones
lugares para encerrar a los dioses, para que no estén fuera de ellos.
Por eso, para los conceptos
religiosos tradicionales hay diferencia entre lo sagrado y lo profano. Con
Jesús, esto desaparece, porque no hay nada profano. Es más, si la vida no es
sagrada, el templo es profano, porque es inútil.
Una última consideración,
uniendo los dos temas que hemos enunciado. El mundo necesita agua, está
sediento. Está sediento de agua física, de pan físico, de vivienda física, y
está sediento de Agua Viva, de conocer a Dios, de saber quién es y cuál es su
Casa. Éste es el espacio sagrado de los que siguen a Jesús, éste es su culto,
ésta es La Palabra de que son portadores.
Demasiadas veces hemos
pensado que llevar a los pueblos La Palabra es predicarles la religión. Esto es
sólo una caricatura, y un empequeñecimiento de La Palabra. La Palabra no son
nuestras palabras: La Palabra es Jesús, un modo diferente de vivir, una manera
de situarse ante los demás, una nueva relación con Dios. Todo esto se explica
con palabras, pero solo se transmite con obras.
Por esta razón, el agua
vuelve a aparecer en la última "parábola", la del Juicio final. En
ella se diferencia lo válido de lo inválido, no por la predicación, ni por la
pertenencia jurídica a la Iglesia, sino por la mejor de todas las frases que
puede entender cualquiera:
"Porque tuve sed y me
disteis de beber"
Y es que Jesús lo cambia
todo: nuestra relación con Dios, el Agua Viva: nuestra relación con los demás,
con los que hemos de compartir nuestra Agua, el concepto mismo de religión, que
es el agua que hace fecunda la vida de los humanos.
"¿Está o no está el
Señor en medio de nosotros?"
Esta duda del pueblo de
Israel es quizá también la nuestra. ¿Dónde está tu Dios?. En un mundo lleno de
tanta miseria y tanta maldad ¿dónde está Dios? Hace falta un fe muy fuerte para
seguir hablando del Dios Padre de todos, para seguir afirmando que existe, que
se entera, que nos quiere ... ¿por qué sigue permitiendo tanto mal para sus
hijos?.
Jesús no nos ha explicado
este por qué. Jesús nos ha dicho lo que quiere hacer el Padre, y que nos
necesita para hacerlo. Jesús no ha hablado del Creador, ni nos ha explicado por
qué el Padre da permiso para que caiga cada uno de nuestros cabellos, y lo da
también para tanto mal. Jesús sí
nos ha dicho que en este
desierto, el Agua, la luz, la sal, el pan... es la Palabra de Dios.
Esta es nuestra fe. Y no es
fácil comunicarla. Pero es misión que se nos ha encomendado. Ofrecer agua en el
desierto. Ser agua en el desierto. Esto nos llevaría otra vez a "vosotros
sois la sal..."
De todo esto, Jesús es la
prueba. Nuestra fe en la divinidad de Jesús va a ser puesta a prueba al ver su
humanidad. Verle sufrir y morir es un escándalo. ¿Puede pasarle esto a al
"hijo predilecto"? "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz".
Y nos sucede lo mismo al ver
la cruz de tantos crucificados de la tierra. Es el desafío más fuerte para
nuestra fe. Si, después de la cruz, seguimos creyendo en Dios, es porque
sabemos que, precisamente por eso no bajó de la cruz.
Nuestra fe es en Jesús
crucificado, es decir: creemos en el Amor de Dios, a pesar del mal del mundo, a
pesar del desierto, porque hemos visto a Jesús dar la toda la vida, hasta la
misma muerte, por nosotros, los hijos pecadores, simplemente porque nosotros
necesitamos creer en el amor, a pesar de que vemos el mal, el odio.
Quizá por eso no ponemos
como señal del cristiano a Cristo Resucitado, sino a Jesús crucificado.
Recordemos la frase perfecta de Juan 3,16 : "Tanto amó Dios al mundo que
le entregó a su Hijo único", corroborada por Pablo en Romanos 8, 32
"el que no escatimó ni a su propio hijo sino que lo entregó por todos
nosotros".
Sé de quién me he fiado
Preguntaban los israelitas
en el desierto: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?". Es
la pregunta básica de la fe: ¿me puedo fiar?, ¿será verdad todo esto?. Leemos
el relato de la samaritana, y brota de nuestro interior la fuente de la fe en
Jesús. De éste sí me puedo fiar. No hay Maestro como éste, no hay Palabra como
ésta, no hay Religión como ésta. Si Dios es esto, esto es el Agua para mi vida,
de esto sí me puedo fiar ( de ÉSTE sí me puedo fiar).
Tras el relato del bautismo
–inicio de la actividad pública- y de las tentaciones en el desierto –como
marco simbólico de la misma-, Mateo sitúa a Jesús en Galilea, en concreto en
Cafarnaún, que va a constituir el "centro de operaciones" en la
primera etapa de la misión del maestro.
Según uno de sus objetivos
manifiestos –mostrar que en Jesús se cumplen las profecías judías-, el autor
del evangelio aplica a su maestro un bello texto de Isaías: es la "luz que
brilla en las tinieblas".
Parece que no podía haber
encontrado un pórtico mejor para iniciar el relato. Inmediatamente después, se
va a centrar en dos cuestiones decisivas: la proclamación condensada de su
mensaje (el llamado kerigma) y la llamada de los primeros discípulos.
Con respecto al mensaje, en
cuanto a la forma, llama la atención que sea exactamente igual que el de Juan
el Bautista (Mt 3,2), probablemente una señal más del interés de los primeros
cristianos por presentar a Juan como uno de ellos.
Por lo que respecta al
contenido, presenta un doble acento: el anuncio de la cercanía del Reino y la
correspondiente llamada a la "conversión" ("metanoia"): es
necesario convertirse porque está cerca el Reino. ¿Qué puede significar eso
para nosotros, hoy?
Sabemos la lectura que se
hace de esas palabras desde una consciencia mítica y desde el modelo mental,
subrayando el aspecto espiritualista e individualista, tanto de la conversión
como de la salvación.
El mensaje, sin embargo, en
inmensamente más rico y profundo: habla de novedad y de cambio.
La novedad radica en el
anuncio: la cercanía del Reino. Si por "Reino" entendemos, no una
especie de "territorio" mítico, sino el secreto último de lo real, lo
único capaz de responder a nuestro anhelo más profundo, porque constituye, en
definitiva, nuestra identidad, podremos entender la "urgencia" y el
"apremio" que se derivan de las palabras del sabio de Nazaret.
Y parece claro que es a esto
a lo que Jesús se refería: al "tesoro oculto" que, una vez
descubierto, hace que uno se llene de alegría y se desprenda de todo con tal de
lograrlo (Mt 13,44).
Ese "tesoro", el
único que realmente vale la pena –parece decir Jesús-, está ya a nuestro
alcance. Únicamente necesitamos "verlo"..., y para eso necesitamos
"convertirnos".
El significado de la
conversión se pone de manifiesto en el término griego utilizado:
"Metanoia" ("meta-nous" = "más allá de la
mente"). En contra de acepciones habituales en las predicaciones y los
catecismos, que parecían atribuirle connotaciones de mortificación,
remordimiento o incluso culpa, tal término apunta a algo más profundo.
Se trata de una invitación a
salir de la rutina de la mente –la inercia de lo ya conocido o la jaula de
nuestros pensamientos, prejuicios y etiquetas-, para ser capaces de "ver
de otra manera". Un "ver" que nos permita captar precisamente la
realidad del Reino, es decir, aquello que constituye el Secreto de lo Real y nuestro
Núcleo más profundo, aquello que las religiones han llamado "Dios" y
que no es sino el Misterio Uno de todo lo que es.
Al descubrirlo,
experimentamos la Plenitud. Porque no es "Algo" separado que debamos
lograr, sino nuestra identidad más profunda, el Fondo común y compartido con
todos y con todo. Al descubrirlo, se sale de la ignorancia, la confusión y el
sufrimiento. Pero únicamente podemos verlo si adoptamos la visión adecuada, es
decir, si desarrollamos la capacidad que late, con frecuencia "dormida",
en todos nosotros; a esa capacidad, que podemos llamar "inteligencia
espiritual", el evangelio la llamaba "metanoia" o conversión.
Al igual que los sinópticos,
también el autor del cuarto evangelio hace del bautismo de Jesús el
acontecimiento con el que se inicia su actividad pública. Un indicio más, no
solo de la historicidad de ese hecho, sino del papel decisivo que jugó en la
propia evolución humana/espiritual de Jesús.
Por otro lado, también en el
cuarto evangelio se advierte la polémica con los discípulos del Bautista, que
lleva al autor a subrayar la primacía del maestro de Nazaret y a convertir a
Juan en nada menos que un "cristiano", que "ha visto" y
"da testimonio" de que Jesús es "el Hijo de Dios".
Sabemos que "ver"
y "dar testimonio" constituyen dos expresiones típicamente joánicas,
que definen el ser y la misión del discípulo: este es alguien que "ha
visto" y, por ello mismo, puede "dar testimonio".
Así aparece en diferentes
lugares del evangelio e incluso en las Cartas de Juan: "Nosotros hemos
visto y damos testimonio" (Jn 19,35; 21,24; 1Jn 1,1-3).
¿Qué es lo que "ha
visto" Juan? A un hombre lleno de Espíritu. Es decir, al Espíritu
viviéndose en forma humana. Así me parece que hay que leer este relato, más
allá de la literalidad que se muestra en la imagen mítica de la
"paloma".
Es probable que Juan pudiera
verlo, gracias a la transparencia del propio Jesús. Pues, como dijera Jean
Sulivan, en una de las afirmaciones más bellas que, en mi opinión, se han dicho
de él, "Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un
hombre".
Siempre que tenemos la
fortuna de encontrarnos con una persona "transparente" –no
"perfecta", sino humilde-, resulta más fácil reconocer, apreciar,
"ver" el Misterio que la (nos) habita.
Pero parece que no es
suficiente encontrarnos con alguien así, sino que, habitualmente, se requiere
también haber desarrollado la propia "capacidad de ver", es decir un
"saber mirar", que trasciende lo puramente material y lo meramente
mental.
Si miramos solo desde la
mente, aunque sea al propio Jesús, no lograremos ver sino a un ser separado,
por más que lo proclamemos "divino". Porque la mente nos ofrece una
visión inexorablemente fragmentadora y, por tanto, distorsionada, de lo real.
Dado que para ella todo existe separado, nos hace caer en el engaño grosero de creer
que la realidad es tal como la propia mente la ve.
Sin embargo, lo que la mente
nos ofrece no es una "fotocopia" de lo real, sino únicamente su
"interpretación", completamente condicionada por sus filtros
limitantes. Es decir, lo que pensamos no tiene nada que ver con lo que es.
Los sabios siempre han sido
conscientes de que existían distintos niveles de realidad, a los que podíamos
acceder a través de diferentes órganos de conocimiento. Así, en una expresión
que sería definitivamente acuñada por san Buenaventura –aunque, antes que él,
en el siglo XII, fue utilizada por los monjes Hugo y Ricardo de San Víctor -,
hablaban del "ojo de la carne", el "ojo de la razón" y el
"ojo del espíritu" ("ojo de la contemplación" o "tercer
ojo"). (En nuestros días, Ken Wilber ha retomado esta cuestión en Los tres
ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona
1991; ID., El ojo del espíritu. Una visión integral para un mundo que está
enloqueciendo poco a poco, Kairós, Barcelona 1998).
Nos empobrecemos cuando nos
reducimos al "ojo de la carne" –en una especie de positivismo
cientificista- y también al "ojo de la razón". Como ha escrito el
psicólogo italiano Giorgio Nardone, "es una perversión de la inteligencia
creer que la razón lo solventa todo".
Necesitamos recuperar el
"tercer ojo". O dicho de otro modo: además de la "inteligencia
operativa", es urgente cultivar el desarrollo de la "inteligencia
espiritual". Nos jugamos en ello nada menos que la posibilidad de responder
adecuadamente a la pregunta "¿quién soy yo?".
Solo la "inteligencia
espiritual" –el "tercer ojo" de los clásicos- nos capacita para
"ver" la realidad en su dimensión más profunda, para advertir el
Misterio en todo lo que nos rodea, nosotros incluidos. Y, como Juan, solo si lo
vemos podremos "dar testimonio".
La calidad humana, el futuro
de la humanidad y del planeta depende de que sepamos "ver" de este
modo.
Cuando miramos a Jesús desde
ahí, lo que vemos –como el Bautista- es el Espíritu. Y eso sin ningún tipo de
separación, por lo que, al mismo tiempo, nos estamos viendo a nosotros mismos:
cada rostro es nuestro rostro. Porque, más allá de todos los vericuetos
anecdóticos de la existencia, lo que permanece es la certeza misma de que, tras
las confusiones de los egos, está el Espíritu que sonríe dulcemente al
encontrarse consigo mismo y sentirse Uno tras las aparentes marañas y
encrucijadas.