Todas las apariciones de
Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los
evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al
sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en
Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo
son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en
plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de
blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante
junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con
vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también
Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si
los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo,
lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el
del próximo domingo (Juan 20,19-31).
Las peculiaridades de este
relato de Juan
1. El miedo de los
discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece
el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han
condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el
peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en
Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la
calle.
2. El saludo de Jesús: «paz
a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más
lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres
veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal;
los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun».
Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se
encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más
frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea
(Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que
se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula
distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este
pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última
cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis
ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos,
el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su
vida y especialmente durante su pasión.
3. Las manos, el costado,
las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad
física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres
le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús
caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece
a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de
palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un
trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a
Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para
demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en
el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los
milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los
evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber
visto».
4. La alegría de los
discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este
evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y,
despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va
acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla
de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros
ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y
nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
5. La misión. Con diferentes
fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado
encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como
el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar
la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
6. El don de Espíritu Santo
y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día
de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en estemomento, vinculándolo con el poder de
perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece
que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En
todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente
relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los
pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la
preparación y disposición del que lo solicita.
“Dichosos los que crean a
pesar de lo que ven”
En este pasaje del evangelio
se da un importante cambio en los destinatarios. En la primera parte, Jesús se
dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión.
En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera
se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
Podríamos añadir: “Dichosos
los que crean a pesar de lo que ven”. Digo esto a propósito de lo ocurrido hace
pocos días en el accidente de Tarragona, donde perdieron la vida siete
muchachas italianas, estudiantes de Erasmus. El padre de una de ellas comentó,
hablando de él y de su esposa: “Antes creíamos en Dios; ahora no podemos creer.
No podemos creer que en un Dios que hace una cosa así”.
Las muertes ocurridas al día
siguiente en Bruselas pueden haber provocado la misma reacción en otras
personas. A menudo creemos en un Dios cuya misión principal es resolver
nuestros problemas. Olvidamos el mensaje de la Semana Santa: creemos en un Dios
que nos entrega a su propio hijo, y en un hijo dispuesto a morir por nosotros.
Como Tomás, debemos meter nuestros dedos en las llagas, en las huellas del
sufrimiento humano, para terminar confesando: “Señor mío y Dios mío”.
Uno de los más bellos y
famosos textos del evangelio de Juan. Es estupenda la escenificación, el
progreso del diálogo, los muchos detalles que ambientan perfectamente el
relato... Pero nos importa mucho más el significado. Jesús es el Agua Viva. El
cuarto evangelio lleva al límite el género "Evangelio", en el que los
sucesos se narran por su significado.
Parecen historias, narran
muy probablemente sucesos que ocurrieron, pero son sobre todo tratados de
teología.
El suceso es perfectamente
verosímil, bien ambientado en todos sus detalles. El paso de Jesús por Samaria
hacia Jerusalén no está atestiguado en ningún otro evangelio, pero no es
imposible: el pozo puede ser el "de Jacob", aunque la localización de
Sicar ha suscitado discusiones. El texto refleja también perfectamente la
posición religiosa de los samaritanos respecto a los judíos.
Sobre este relato, Juan
construye "la Teología del Agua viva". Parecería una invitación a
hablar del bautismo; el texto sin embargo tiene una connotación bautismal mucho
más amplia. Se toma el agua en el sentido más bíblico, como aparece en el Libro
del Éxodo, tal como lo vemos en la Primera Lectura de hoy. No se trata de
sumergirse, lavarse, sino de "beber". En este sentido, el texto
ilumina al bautismo, porque allí empezamos a beber del agua de Jesús.
En estos tres domingos de
Cuaresma (3º, 4º y 5º), vamos a leer tres narraciones del cuarto evangelio:
- Hoy, el de la Samaritana,
cuyo tema es "el agua viva".
- El domingo 4º, el ciego de
nacimiento, cuyo tema es "la luz".
- El domingo 5º, la
resurrección de Lázaro, cuyo tema es "la vida".
Los tres son símbolos
perfectos de Jesús y, a través de él, de Dios.
Jesús y la samaritana: un
mundo lleno de novedades. Jesús está cansado y sediento, y no puede sacar agua
porque el pozo es profundo. Nuestra fe no se basa en un Jesús mágico, exento de
cansancio o de debilidades. Nunca insistiremos demasiado en que creemos en ese
hombre.
Jesús habla con una mujer, y
una mujer samaritana, herética y extranjera, y además de mala fama. Hasta sus
discípulos se extrañan. Pero es que es el médico, viene a curar, a salvar,
tiene que estar con los enfermos.
Preciosa imagen de Dios. A
Jesús le interesa poco el Templo, el culto exterior, incluso "los
justos"; le interesa que la mujer arregle su vida. Jesús sueña con salvar
el mundo entero: pero necesita ayuda.
Esto define nuestra misión:
¿quieres ayudar a Dios a que sus hijos vivan como hijos?
Sí, lo de Jesús es
diferente.
El agua viva
Lo que es el agua para la
vida normal, eso es Jesús para la vida humana. Jesús es el Agua, Jesús es La
Palabra, Jesús es el que da el Espíritu. Jesús no es un pozo a donde se va a
beber de vez en cuando, es una fuente de espíritu: el que bebe de Jesús es
fuente. Él mismo siente brotar de dentro de sí el Agua que brota hasta la Vida
eterna, y no tiene más sed de otras aguas, porque Jesús quita la sed de todas
las otras cosas.
Es importante que adquiramos
la manera de hablar de la Biblia. Nosotros funcionamos siempre por conceptos, y
queremos abarcar con ellos la realidad precisa y clara. Pero estamos hablando
de Dios, y toda la Biblia, y los evangelios, nos hablan de Él con imágenes. Y
¡qué estupendas imágenes! La mayor parte de nuestro organismo es agua. Sin agua
no podemos vivir. El mayor tormento es la sed. Encontrar agua en el desierto es
un milagro increíble. Eso es Dios para nuestra vida, eso es el evangelio. Sería
magnífico que pudiéramos decir sin extrañeza, "vamos a beber en el
evangelio de Marcos".
Todos estos símbolos
expresan muy bien la condición de la vida humana, necesitada de alimento, luz,
agua... para caminar. Es una vez más la confirmación de la imagen de Dios que
Jesús nos da. Nosotros solemos preferir otros términos: Eterno, Creador, Señor,
Juez... Pero Jesús usa mucho más estos términos inmediatos: agua, luz, vida,
pan, pastor, puerta, médico, padre. Todos ellos subrayan una misma línea: Jesús
presenta a Dios como aliado, en la línea más antigua de la Revelación.
El hombre tiene que andar un
camino. Dios es su ayuda mejor en el camino. La Palabra de Jesús es la mejor
luz, el agua, el pan del camino, Dios es el pastor y el médico. Estamos
acostumbrados a dirigirnos a Dios diciendo "Dios mío". Llegamos hasta
a decirle "Padre mío". Sería magnífico que no nos disonara invocarle
diciendo "Agua mía".
Cuando la Samaritana
entiende que Jesús le ofrece más que el agua del pozo, pasa inmediatamente a
planteamientos religiosos habituales, que a Jesús no le interesan: el Mesías,
el templo en Jerusalén o en el Garizim.... Pero todo eso no es el agua de
Jesús. El agua de Jesús es que los verdaderos adoradores den culto en espíritu
y en verdad. Y esto no se limita a decir que hay que hacer en el templo un culto
verdadero, con entrega del espíritu a Dios, sino que hay que dar un verdadero
culto, que rebasa el templo y convierte toda la vida en culto.
Esta "novedad de
Jesús" estaba ya sembrada en el Antiguo Testamento, y el mismo Jesús cita
la frase del profeta Oseas "Misericordia quiero y no sacrificios".
Pero es en Jesús donde aparece con toda su fuerza y en su sentido más radical.
Dios no está en el Templo, como un Señor que reside en un palacio. Está en
todas partes y sobre todo en todos sus hijos los seres humanos; allí hay que
servir a Dios. Los templos y los lugares sagrados han sido para las religiones
lugares para encerrar a los dioses, para que no estén fuera de ellos.
Por eso, para los conceptos
religiosos tradicionales hay diferencia entre lo sagrado y lo profano. Con
Jesús, esto desaparece, porque no hay nada profano. Es más, si la vida no es
sagrada, el templo es profano, porque es inútil.
Una última consideración,
uniendo los dos temas que hemos enunciado. El mundo necesita agua, está
sediento. Está sediento de agua física, de pan físico, de vivienda física, y
está sediento de Agua Viva, de conocer a Dios, de saber quién es y cuál es su
Casa. Éste es el espacio sagrado de los que siguen a Jesús, éste es su culto,
ésta es La Palabra de que son portadores.
Demasiadas veces hemos
pensado que llevar a los pueblos La Palabra es predicarles la religión. Esto es
sólo una caricatura, y un empequeñecimiento de La Palabra. La Palabra no son
nuestras palabras: La Palabra es Jesús, un modo diferente de vivir, una manera
de situarse ante los demás, una nueva relación con Dios. Todo esto se explica
con palabras, pero solo se transmite con obras.
Por esta razón, el agua
vuelve a aparecer en la última "parábola", la del Juicio final. En
ella se diferencia lo válido de lo inválido, no por la predicación, ni por la
pertenencia jurídica a la Iglesia, sino por la mejor de todas las frases que
puede entender cualquiera:
"Porque tuve sed y me
disteis de beber"
Y es que Jesús lo cambia
todo: nuestra relación con Dios, el Agua Viva: nuestra relación con los demás,
con los que hemos de compartir nuestra Agua, el concepto mismo de religión, que
es el agua que hace fecunda la vida de los humanos.
"¿Está o no está el
Señor en medio de nosotros?"
Esta duda del pueblo de
Israel es quizá también la nuestra. ¿Dónde está tu Dios?. En un mundo lleno de
tanta miseria y tanta maldad ¿dónde está Dios? Hace falta un fe muy fuerte para
seguir hablando del Dios Padre de todos, para seguir afirmando que existe, que
se entera, que nos quiere ... ¿por qué sigue permitiendo tanto mal para sus
hijos?.
Jesús no nos ha explicado
este por qué. Jesús nos ha dicho lo que quiere hacer el Padre, y que nos
necesita para hacerlo. Jesús no ha hablado del Creador, ni nos ha explicado por
qué el Padre da permiso para que caiga cada uno de nuestros cabellos, y lo da
también para tanto mal. Jesús sí
nos ha dicho que en este
desierto, el Agua, la luz, la sal, el pan... es la Palabra de Dios.
Esta es nuestra fe. Y no es
fácil comunicarla. Pero es misión que se nos ha encomendado. Ofrecer agua en el
desierto. Ser agua en el desierto. Esto nos llevaría otra vez a "vosotros
sois la sal..."
De todo esto, Jesús es la
prueba. Nuestra fe en la divinidad de Jesús va a ser puesta a prueba al ver su
humanidad. Verle sufrir y morir es un escándalo. ¿Puede pasarle esto a al
"hijo predilecto"? "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz".
Y nos sucede lo mismo al ver
la cruz de tantos crucificados de la tierra. Es el desafío más fuerte para
nuestra fe. Si, después de la cruz, seguimos creyendo en Dios, es porque
sabemos que, precisamente por eso no bajó de la cruz.
Nuestra fe es en Jesús
crucificado, es decir: creemos en el Amor de Dios, a pesar del mal del mundo, a
pesar del desierto, porque hemos visto a Jesús dar la toda la vida, hasta la
misma muerte, por nosotros, los hijos pecadores, simplemente porque nosotros
necesitamos creer en el amor, a pesar de que vemos el mal, el odio.
Quizá por eso no ponemos
como señal del cristiano a Cristo Resucitado, sino a Jesús crucificado.
Recordemos la frase perfecta de Juan 3,16 : "Tanto amó Dios al mundo que
le entregó a su Hijo único", corroborada por Pablo en Romanos 8, 32
"el que no escatimó ni a su propio hijo sino que lo entregó por todos
nosotros".
Sé de quién me he fiado
Preguntaban los israelitas
en el desierto: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?". Es
la pregunta básica de la fe: ¿me puedo fiar?, ¿será verdad todo esto?. Leemos
el relato de la samaritana, y brota de nuestro interior la fuente de la fe en
Jesús. De éste sí me puedo fiar. No hay Maestro como éste, no hay Palabra como
ésta, no hay Religión como ésta. Si Dios es esto, esto es el Agua para mi vida,
de esto sí me puedo fiar ( de ÉSTE sí me puedo fiar).
Tras el relato del bautismo
–inicio de la actividad pública- y de las tentaciones en el desierto –como
marco simbólico de la misma-, Mateo sitúa a Jesús en Galilea, en concreto en
Cafarnaún, que va a constituir el "centro de operaciones" en la
primera etapa de la misión del maestro.
Según uno de sus objetivos
manifiestos –mostrar que en Jesús se cumplen las profecías judías-, el autor
del evangelio aplica a su maestro un bello texto de Isaías: es la "luz que
brilla en las tinieblas".
Parece que no podía haber
encontrado un pórtico mejor para iniciar el relato. Inmediatamente después, se
va a centrar en dos cuestiones decisivas: la proclamación condensada de su
mensaje (el llamado kerigma) y la llamada de los primeros discípulos.
Con respecto al mensaje, en
cuanto a la forma, llama la atención que sea exactamente igual que el de Juan
el Bautista (Mt 3,2), probablemente una señal más del interés de los primeros
cristianos por presentar a Juan como uno de ellos.
Por lo que respecta al
contenido, presenta un doble acento: el anuncio de la cercanía del Reino y la
correspondiente llamada a la "conversión" ("metanoia"): es
necesario convertirse porque está cerca el Reino. ¿Qué puede significar eso
para nosotros, hoy?
Sabemos la lectura que se
hace de esas palabras desde una consciencia mítica y desde el modelo mental,
subrayando el aspecto espiritualista e individualista, tanto de la conversión
como de la salvación.
El mensaje, sin embargo, en
inmensamente más rico y profundo: habla de novedad y de cambio.
La novedad radica en el
anuncio: la cercanía del Reino. Si por "Reino" entendemos, no una
especie de "territorio" mítico, sino el secreto último de lo real, lo
único capaz de responder a nuestro anhelo más profundo, porque constituye, en
definitiva, nuestra identidad, podremos entender la "urgencia" y el
"apremio" que se derivan de las palabras del sabio de Nazaret.
Y parece claro que es a esto
a lo que Jesús se refería: al "tesoro oculto" que, una vez
descubierto, hace que uno se llene de alegría y se desprenda de todo con tal de
lograrlo (Mt 13,44).
Ese "tesoro", el
único que realmente vale la pena –parece decir Jesús-, está ya a nuestro
alcance. Únicamente necesitamos "verlo"..., y para eso necesitamos
"convertirnos".
El significado de la
conversión se pone de manifiesto en el término griego utilizado:
"Metanoia" ("meta-nous" = "más allá de la
mente"). En contra de acepciones habituales en las predicaciones y los
catecismos, que parecían atribuirle connotaciones de mortificación,
remordimiento o incluso culpa, tal término apunta a algo más profundo.
Se trata de una invitación a
salir de la rutina de la mente –la inercia de lo ya conocido o la jaula de
nuestros pensamientos, prejuicios y etiquetas-, para ser capaces de "ver
de otra manera". Un "ver" que nos permita captar precisamente la
realidad del Reino, es decir, aquello que constituye el Secreto de lo Real y nuestro
Núcleo más profundo, aquello que las religiones han llamado "Dios" y
que no es sino el Misterio Uno de todo lo que es.
Al descubrirlo,
experimentamos la Plenitud. Porque no es "Algo" separado que debamos
lograr, sino nuestra identidad más profunda, el Fondo común y compartido con
todos y con todo. Al descubrirlo, se sale de la ignorancia, la confusión y el
sufrimiento. Pero únicamente podemos verlo si adoptamos la visión adecuada, es
decir, si desarrollamos la capacidad que late, con frecuencia "dormida",
en todos nosotros; a esa capacidad, que podemos llamar "inteligencia
espiritual", el evangelio la llamaba "metanoia" o conversión.
Al igual que los sinópticos,
también el autor del cuarto evangelio hace del bautismo de Jesús el
acontecimiento con el que se inicia su actividad pública. Un indicio más, no
solo de la historicidad de ese hecho, sino del papel decisivo que jugó en la
propia evolución humana/espiritual de Jesús.
Por otro lado, también en el
cuarto evangelio se advierte la polémica con los discípulos del Bautista, que
lleva al autor a subrayar la primacía del maestro de Nazaret y a convertir a
Juan en nada menos que un "cristiano", que "ha visto" y
"da testimonio" de que Jesús es "el Hijo de Dios".
Sabemos que "ver"
y "dar testimonio" constituyen dos expresiones típicamente joánicas,
que definen el ser y la misión del discípulo: este es alguien que "ha
visto" y, por ello mismo, puede "dar testimonio".
Así aparece en diferentes
lugares del evangelio e incluso en las Cartas de Juan: "Nosotros hemos
visto y damos testimonio" (Jn 19,35; 21,24; 1Jn 1,1-3).
¿Qué es lo que "ha
visto" Juan? A un hombre lleno de Espíritu. Es decir, al Espíritu
viviéndose en forma humana. Así me parece que hay que leer este relato, más
allá de la literalidad que se muestra en la imagen mítica de la
"paloma".
Es probable que Juan pudiera
verlo, gracias a la transparencia del propio Jesús. Pues, como dijera Jean
Sulivan, en una de las afirmaciones más bellas que, en mi opinión, se han dicho
de él, "Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un
hombre".
Siempre que tenemos la
fortuna de encontrarnos con una persona "transparente" –no
"perfecta", sino humilde-, resulta más fácil reconocer, apreciar,
"ver" el Misterio que la (nos) habita.
Pero parece que no es
suficiente encontrarnos con alguien así, sino que, habitualmente, se requiere
también haber desarrollado la propia "capacidad de ver", es decir un
"saber mirar", que trasciende lo puramente material y lo meramente
mental.
Si miramos solo desde la
mente, aunque sea al propio Jesús, no lograremos ver sino a un ser separado,
por más que lo proclamemos "divino". Porque la mente nos ofrece una
visión inexorablemente fragmentadora y, por tanto, distorsionada, de lo real.
Dado que para ella todo existe separado, nos hace caer en el engaño grosero de creer
que la realidad es tal como la propia mente la ve.
Sin embargo, lo que la mente
nos ofrece no es una "fotocopia" de lo real, sino únicamente su
"interpretación", completamente condicionada por sus filtros
limitantes. Es decir, lo que pensamos no tiene nada que ver con lo que es.
Los sabios siempre han sido
conscientes de que existían distintos niveles de realidad, a los que podíamos
acceder a través de diferentes órganos de conocimiento. Así, en una expresión
que sería definitivamente acuñada por san Buenaventura –aunque, antes que él,
en el siglo XII, fue utilizada por los monjes Hugo y Ricardo de San Víctor -,
hablaban del "ojo de la carne", el "ojo de la razón" y el
"ojo del espíritu" ("ojo de la contemplación" o "tercer
ojo"). (En nuestros días, Ken Wilber ha retomado esta cuestión en Los tres
ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona
1991; ID., El ojo del espíritu. Una visión integral para un mundo que está
enloqueciendo poco a poco, Kairós, Barcelona 1998).
Nos empobrecemos cuando nos
reducimos al "ojo de la carne" –en una especie de positivismo
cientificista- y también al "ojo de la razón". Como ha escrito el
psicólogo italiano Giorgio Nardone, "es una perversión de la inteligencia
creer que la razón lo solventa todo".
Necesitamos recuperar el
"tercer ojo". O dicho de otro modo: además de la "inteligencia
operativa", es urgente cultivar el desarrollo de la "inteligencia
espiritual". Nos jugamos en ello nada menos que la posibilidad de responder
adecuadamente a la pregunta "¿quién soy yo?".
Solo la "inteligencia
espiritual" –el "tercer ojo" de los clásicos- nos capacita para
"ver" la realidad en su dimensión más profunda, para advertir el
Misterio en todo lo que nos rodea, nosotros incluidos. Y, como Juan, solo si lo
vemos podremos "dar testimonio".
La calidad humana, el futuro
de la humanidad y del planeta depende de que sepamos "ver" de este
modo.
Cuando miramos a Jesús desde
ahí, lo que vemos –como el Bautista- es el Espíritu. Y eso sin ningún tipo de
separación, por lo que, al mismo tiempo, nos estamos viendo a nosotros mismos:
cada rostro es nuestro rostro. Porque, más allá de todos los vericuetos
anecdóticos de la existencia, lo que permanece es la certeza misma de que, tras
las confusiones de los egos, está el Espíritu que sonríe dulcemente al
encontrarse consigo mismo y sentirse Uno tras las aparentes marañas y
encrucijadas.
La verdad es que el tipo de
familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos, es muy probable que
no haya existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús, era el
patriarcal. La familia molecular era completamente inviable, tanto social como
económicamente.
Cuando el evangelio nos dice
que José recibió a María en su casa, no quiere decir que formaran una nueva
familia, sino que María dejó de pertenecer a la gran familia de su padre y pasó
a integrarse en la familia a la que pertenecía José. El relato de la pérdida
del Niño es impensable en una familia de tres.
El valor supremo de la
familia patriarcal, era el honor. En la honorabilidad estaban basadas todas las
relaciones sociales, desde las económicas hasta las religiosas. Si una persona
no pertenecía a un clan respetado, no era nadie. En consecuencia, el primer
deber de todo miembro de la familia, era el mantener y aumentar su
honorabilidad.
Esto explica las escenas
evangélicas donde se dice que su madre y sus hermanos vinieron a llevarse a
Jesús, porque decían que no estaba en sus cabales. Querían evitar a toda costa
el peligro del deshonor de toda la familia. Lo que pasó después confirmó sus
temores.
Las instituciones son entes
de razón, son medios que el hombre utiliza para regular sus relaciones
sociales. Son imprescindibles para su desarrollo como persona humana.
Como todo instrumento, ni
son buenas ni son malas en sí mismas. La bondad o malicia depende de su
utilidad para conseguir el fin. Todas las instituciones pueden ser mal utilizadas,
con lo cual, en vez de ayudar al ser humano a perfeccionarse, le impiden
progresar en humanidad. La familia debe estar al servicio de cada persona que
la integran y no al revés.
La familia también puede ser
utilizada para oprimir y someter a otros seres humanos.
En los evangelios no
encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el ya
existente. Más tarde se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas,
pues desde el punto de vista legal, era muy avanzado. No sólo se adoptó sino
que se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a
los defectos que conllevaba. Voy a señalar sólo tres:
No contaba para nada el
amor. El contrato era firmado por la familia según sus conveniencias materiales
o sociales. Una vez firmado por las partes, no había más remedio que cumplirlo,
sin tener en cuenta para nada a las personas.
La mujer quedaba anulada
como sujeto de derechos y deberes jurídicos. De un plumazo se reducían a la
mitad los posibles conflictos legales. Esto ha tenido vigencia prácticamente
hasta hoy. Hasta hace unos años, la mujer no podía abrir una cuenta corriente
sin permiso del marido.
El fin del matrimonio era
tener hijos. Al imperio romano lo único que le importaba es que nacieran muchos
hijos para nutrir las legiones romanas que eran diezmadas en las fronteras. Hoy
se sigue defendiendo esta ideología en nombre del evangelio. El número de hijos
no tiene por qué afectar a la calidad de una paternidad; siempre que la
ausencia de hijos no sea el fruto del egoísmo.
Aunque esos fallos no están
superados del todo, hoy son otros los problemas que plantea la familia. La
Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir
creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas. No conseguiremos nada
si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble,
aunque la estadística nos diga que el 50 % de ellos se separan.
Dos razones de esta mayor
exigencia son:
a) La estructura nuclear de
la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas
mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la
posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.
b) La mayor duración de esa
relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta o setenta años juntos.
En un tiempo tan prolongado, es más fácil que en algún momento surjan
diferencias insuperables.
Como cristianos, tenemos la
obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que
proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de
religión u organización política.
Lo que Jesús predicó no hace
referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres
humanos en sus relaciones con los demás. Jesús enseñó que todo ser humano debía
relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le
llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que potencie y
favorezca esta actitud humana, es válido y cristiano.
Es verdad que la familia
está en crisis, pero las crisis no tienen por qué ser negativas. Todos los
cambios profundos en la evolución de la humanidad vienen precedidos de una
crisis. La familia no está en peligro, porque es algo completamente natural e
instintivo.
Como cristianos tenemos la
obligación de colaborar con todos lo hombres en la búsqueda de soluciones que
ayuden a todos a conseguir mayores cotas de humanidad. Tenemos que demostrar,
no solo de palabra, sino con hechos, que el evangelio es el mejor instrumento
para conseguir una humanidad más justa, más solidaria, más humana.
Si tenemos en cuenta que
todo progreso verdaderamente humano es consecuencia de las relaciones con los
demás, descubriremos el verdadero valor de la familia. En efecto, la familia es
el marco en que se pueden desarrollar las más profundas relaciones humanas. No
hay ningún otro ámbito o institución que permita una mayor proximidad entre las
personas. En ninguna otra institución podemos encontrar mayor estabilidad, que
es una de las condiciones indispensables para que una relación se profundice.
Podemos estar seguros que
las primeras lecciones de humanidad las recibió Jesús en el entorno familiar.
Este entorno no se redujo a José y a María; comprendía también a sus hermanos
(si los tuvo), a sus primos, tíos y abuelos (sobre todo paternos).
En una familia
auténticamente israelita, la base de todo conocimiento y de todo obrar era la
Biblia. Sin este trasfondo sería impensable el despliegue de la figura del
hombre Jesús. Jesús fue mucho más allá que el AT en el conocimiento de Dios y
del hombre, pero allí encontró las orientaciones que le permitieron descubrir
al verdadero Dios.
Debemos olvidarnos de
espectacularidades externas y descubrir su infancia como la cosa más normal del
mundo. Fue una familia completamente normal. Nada de privilegios ni
protecciones especiales, ni ellos ni sus vecinos pudieron enterarse de lo que
ese niño iba a ser, porque también él fue completamente normal. Es en esa
absoluta normalidad donde tenemos que ver lo extraordinario, su vida interior y
su cercanía a Dios que era lo que les mantenía unidos y entregados unos a
otros, como soporte de la convivencia.
Jesús fue un ser humano,
aunque en esa humanidad se estaba manifestando la plenitud de la divinidad. Es
Dios el que se hace hombre, no Jesús el que se hace Dios. Si a Jesús le hacemos
Dios, nosotros quedamos al margen de ese acontecimiento. Si descubrimos que
Dios se hace hombre, podré experimentar que se está haciendo en mí. Este es el
verdadero mensaje del evangelio. Esta es la buena noticia que nos aportó Jesús.
Meditación-contemplación
Por encima de todo, el amor
que es el ceñidor de la unidad.
La familia es el marco más
íntimo de relaciones humanas.
Es, por tanto, el marco
privilegiado de humanización.
Ahí debe manifestarse y
potenciarse nuestra plenitud humana.
......................
El amor que nos pide el
evangelio es un amor efectivo.
Las teorías y las
ensoñaciones no llevan a ninguna parte.
Mi relación con los
'próximos' manifiesta el grado de mi amor.
Examinar esas relaciones en
la clave de todo progreso espiritual.
.......................
Dentro de mí, en lo hondo de
mi ser, debo descubrir esa necesidad de amar.
Los lazos familiares me
ayudan a salir de mí e ir al otro.
La familia es el mejor campo
de entrenamiento para hacerme más humano.
Si desaprovecho esa
oportunidad, no llegaré nunca a amar.
El evangelio del próximo
domingo nos recuerda la escena de la expulsión de los mercaderes del templo. La
cuentan los cuatro evangelios. Pero, como ocurre a menudo, hay algunas
diferencias entre ellos.
Preguntas para un concurso
1. ¿Cuándo tuvo lugar dicha
escena? ¿Al comienzo de la vida de Jesús o al final?
2. Esta escena ha sido
pintada por numerosos artistas, entre ellos el Greco. En todas ellas aparece
Jesús empuñando un azote de cordeles. Pero, de los cuatro evangelios, sólo uno
menciona dicho azote; en los otros tres Jesús no recurre a ese tipo de
violencia. ¿De qué evangelio se trata?
3. Sólo un evangelio dice
que Jesús prohibió transportar objetos por la explanada del templo. ¿Cuál?
4. ¿Qué evangelista cuenta
la escena de la forma más breve?
5. ¿Quién la cuenta con más
detalle, incluyendo una discusión con las autoridades judías?
Respuestas
1. Juan la sitúa al comienzo
de la vida de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas al final, pocos días antes de morir.
2. El único que menciona el
azote es Juan. Y ninguno dice que Jesús echase a la gente a latigazos.
3. Esa prohibición sólo se
encuentra en Marcos.
4. El más breve es Lucas.
5. Juan.
El relato de Juan (Jn
2,13-25)
El concurso anterior no se
debe a un capricho. Pretende recordar que los evangelistas no cuentan el hecho
histórico tal como ocurrió, sino transmitir un mensaje. Por eso alguno insiste
en un detalle, mientras otros lo omiten por no considerarlo adecuado para su
auditorio. Lucas, por ejemplo, reduce al mínimo la actitud violenta de Jesús,
mientras que Juan la subraya al máximo. El relato de Juan se divide en dos
partes: la expulsión de los mercaderes y la breve discusión con los judíos.
Un gesto revolucionario
A nuestra mentalidad moderna
le resulta difícil valorar la acción de Jesús, no capta sus repercusiones. Nos
ponemos de su parte, sin más, y consideramos unos viles traficantes a los
mercaderes del templo, acusándolos de comerciar con lo más sagrado. Pero, desde
el punto de vista de un judío piadoso, el problema es más grave. Si no hay
vacas ni ovejas, tórtolas ni palomas, ¿qué sacrificios puede ofrecer al Señor?
¿Si no hay cambistas de moneda, cómo pagarán los judíos procedentes del
extranjero su tributo al templo? Nuestra respuesta es muy fácil: que no
ofrezcan nada, que no paguen tributo, que se limiten a rezar. Esa es la postura
de Jesús. A primera vista, coincide con la de algunos de los antiguos profetas
y salmistas. Pero Jesús va mucho más lejos, porque usa una violencia inusitada
en él. Debemos imaginarlos trenzando el azote, golpeando a vacas y ovejas,
volcando las mesas de los cambistas.
Imaginemos la escena en
nuestros días. Jesús entra en una catedral o una iglesia. Comienza a ver todo
lo que no tiene nada que ver con una oración puramente espiritual, lo amontona
y lo va tirando a la calle: cálices, copones, candelabros, imágenes de santos,
confesionarios, bancos… ¿Cuál sería nuestra reacción? Acusaríamos a Jesús de
impedirnos decir misa, de poder comulgar, confesarnos, incluso rezar.
Juan intuye la gravedad del
problema y añade unas palabras que no aparecen en los otros evangelios: «Sus
discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora.»
El celo por la causa de Dios había impulsado a Fineés a asesinar a un judío y
una moabita; a Matatías, padre de los Macabeos, lo impulsó a asesinar a un
funcionario del rey de Siria. El celo no lleva a Jesús a asesinar a nadie, pero
sí se manifiesta de forma potente. Algo difícil de comprender en una época como
la nuestra, en la que todo está democráticamente permitido. El comentario de
Juan no resuelve el problema del judío piadoso, que podría responder: «A mí
también me devora el celo de la casa de Dios, pero lo entiendo de forma
distinta, ofreciendo en ella sacrificios». Quienes no tendrían respuesta válida
serían los comerciantes, a los que no mueve el celo de la casa de Dios sino el
afán de ganar dinero.
La reacción de las
autoridades
En contra de lo que cabría
esperar, las autoridades no envían la policía a detener a Jesús (como le
ocurrió siglos antes al profeta Jeremías, que terminó en la cárcel por mucho
menos). Se limitan a pedir un signo, un portento, que justifique su conducta.
Porque en ciertos ambientes judíos se esperaba del Mesías que, cuando llegase,
llevaría a cabo una purificación del templo. Si Jesús es el Mesías, que lo
demuestre primero y luego actúe como tal.
La respuesta de Jesús es
aparentemente la de un loco: “Destruid este templo y en tres días lo
reconstruiré”. El templo de Jerusalén no era como nuestras enormes catedrales,
porque no estaba pensado para acoger a los fieles, que se mantenían en la
explanada exterior. De todas formas, era un edificio impresionante. Según el
tratado Middot medía 50 ms de largo, por 35 de ancho y 50 de alto; para
construirlo, ya que era un edificio sagrado, hubo que instruir como albañiles a
mil sacerdotes. Comenzado por Herodes el Grande el año 19 a.C., fue consagrado
el 10 a.C., pero las obras de embellecimiento no terminaron hasta el 63 d.C. En
el año 27 d.C., que es cuando Juan parece datar la escena, se comprende que los
judíos digan que ha tardado 46 años en construirse. En tres días es imposible
destruirlo y, mucho menos, reconstruirlo.
Curiosamente, Juan no cuenta
cómo reaccionaron las autoridades a esta respuesta de Jesús. (Resulta más
lógica la versión de Marcos: los sumos sacerdotes y los escribas no piden
signos ni discuten con Jesús; se limitan a tramar su muerte, que tendrá lugar
pocos días después.) Pero el evangelista sí nos dice cómo debemos interpretar
esas extrañas palabras de Jesús. No se refiere al templo físico, se refiere a
su cuerpo. Los judíos pueden destruirlo, pero él lo reedificará.
Cuaresma y resurrección
Esto último explica por qué
se ha elegido este evangelio para el tercer domingo. En el segundo, la Transfiguración
anticipaba la gloria de Jesús. Hoy, Jesús repite su certeza de resucitar de la
muerte. Con ello, la liturgia orienta el sentido de la Cuaresma y de nuestra
vida: no termina en el Viernes Santo sino en el Domingo de Resurrección.
Jesús, nuevo templo de Dios
Hay otro detalle importante
en el relato de Juan: el templo de Dios es Jesús. Es en él donde Dios habita,
no en un edificio de piedra. Situémonos a finales del siglo I. En el año 70 los
romanos han destruido el templo de Jerusalén. Se ha repetido la trágica
experiencia de seis siglos antes, cuando los destructores del templo fueron los
babilonios (año 586 a.C.). Los judíos han aprendido a vivir su fe sin tener un
templo, pero lo echan de menos. Ya no tienen un lugar donde ofrecer sus sacrificios,
donde subir tres veces al año en peregrinación. Para los judíos que se han
hecho cristianos, la situación es distinta. No deben añorar el templo. Jesús es
el nuevo templo de Dios, y su muerte el único sacrificio, que él mismo ofreció.
Portentos y sabiduría (1
Corintios 1,22-25)
En la segunda lectura
aparece también el tema de los prodigios. Pablo, judío de pura cepa, pero que
predicó especialmente en regiones de gran influjo griego, debió enfrentarse a
dos problemas muy distintos. A la hora de creer en Cristo, los judíos pedían portentos,
milagros (como se ha contado en el evangelio), mientras los griegos querían un
mensaje repleto de sabiduría humana. Poder o sabiduría, según qué ambiente.
Pero lo que predica Pablo es todo lo contrario: Cristo crucificado. El colmo de
la debilidad, el colmo de la estupidez. Ninguna universidad ha dado un
doctorado “honoris causa” a Jesús crucificado; lo normal es que retiren el
crucifijo. Pero ese Cristo crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Quien sienta la tentación de considerar el mensaje cristiano una doctrina muy
sabia humanamente, digna de ser aceptada y admirada por todos, debe recordar la
experiencia tan distinta de Pablo.
El texto se sitúa en la
última semana de Jesús, en Jerusalén y en el Templo, donde se produce la última
predicación de Jesús, continuamente hostigado por los Fariseos, Doctores y
Sacerdotes.
Es llamativa y significativa
la semejanza de los Sinópticos en estos relatos. Los exponemos esquemáticamente
a continuación.
Los tres evangelistas
presentan el mismo relato, y los tres en el mismo contexto:
Nuestro texto de hoy se
inscribe por tanto en un contexto polémico: "La última y definitiva"
polémica de Jesús con las autoridades político-religiosas. Después de esto,
viene el complot para prender a Jesús y los relatos de la Pasión.
Ya ha se han dado los
enfrentamientos de Jesús con los fariseos (el tributo al César). Ahora viene el
ataque de los saduceos.
Los saduceos son ante todo
miembros de la aristocracia sacerdotal, y forman una corriente tanto religiosa
como política. Dominan el Sanedrín y entre ellos se elige al Sumo Sacerdote.
Defienden una conducta más libre y mundana que los fariseos, y están abiertos a
colaborar con los poderes extranjeros.
En su teología no entra la
inmortalidad. Por eso, el caso que presentan es un tanto cínico. Jesús lo
advierte y (como tantas veces) no contesta directamente a lo que le preguntan
sino a lo esencial, a lo que deberían haber preguntado.
Cuando los saduceos se
retiren, atacarán los escribas (el primer mandamiento). Los escribas son los
"sabios", los doctores, encargados de la custodia, interpretación y
enseñanza de "La Ley". Suelen ejercer su función en la Sinagoga o en
el Templo. Haciendo un paralelo con nuestro tiempo, se les podría llamar
"los teólogos" de la época.
En ambos casos, se propone a
Jesús una prueba. En varios lugares del evangelio aparece la expresión
"para tentarle". Los "Sabios" de Israel o bien intentan
desprestigiarle ante el pueblo, o bien comprobar simplemente su sabiduría.
Jesús se muestra invencible, incluso bajando al terreno de la increíble
casuística rabínica a que dan lugar los innumerable preceptos de la Ley.
La prueba es, en este caso,
sobre quisicosas legales. Otras veces en cambio las preguntas afectan a la
esencia de la Ley. En el caso presente, Jesús no entra en el tema. Dice, casi
expresamente, que "el cielo es otra cosa".
Es importante tener en cuenta
que, en este y otros casos, Jesús emplea la terminología, los conceptos y
creencias habituales en el mundo que le rodea, sin que esto signifique que los
avale. (Así, en las nociones de "premio-castigo", "el fin de los
tiempos"... y otros muchos).
Para un lector poco
informado puede resultar complicado distinguir entre el mensaje de Jesús y su
utilización de los conceptos y modos acostumbrados en su entorno. Pero es,
naturalmente, el conjunto del mensaje de Jesús el que define el valor y la
importancia de cada afirmación concreta. (Aplicable igualmente al diverso valor
de cada parte del A.T.)
Jesús se muestra invencible
en lo dialéctico, en el terreno preferido de sus adversarios: la casuística
acerca de la Ley. Es sorprendente que los doctores y los sacerdotes le llamen
"Maestro", a él, el "inculto" carpintero de Nazaret (¿pura
ironía malintencionada?).
El tema concreto es la vida
eterna, llamada "resurrección", pero, por encima de él, hay en estos
capítulos un mensaje global claro y más importante: Jesús es la Nueva Ley, el
Nuevo Templo. Se ha cumplido la Promesa, termina la Antigua Alianza. El que vea
que su cumplimiento es Jesús entrará en lo Nuevo.
A propósito de tres temas
concretos, se está planteando el rechazo de Jesús por parte de los jefes del
pueblo. Las tinieblas rechazarán la luz. (Y éste será tema fundamental en
Marcos y en Juan).
Jesús aprovecha la
oportunidad que le brindan los Saduceos para entrar en el tema de fondo, la
"resurrección", la vida después de la muerte, que importa mucho más
que la casuística presentada.
Es un ejemplo típico, y una
denuncia. Aquellos hombres han invertido el sentido de la Palabra de Dios. En
vez de estudiarla como un mensaje de salvación, la utilizan para su propio
prestigio y para satisfacción de curiosidades intelectuales que poco o nada
tienen que ver con su verdadero sentido.
Utilizar la Palabra. Es una
tentación ancestral de Israel: usar la Palabra para mis propios fines, para mi
Ciencia, para mi Prestigio, para mi Consuelo, para sentirme Privilegiado. Utilizar
la Palabra es utilizar a Dios para mis intereses.
La Palabra se nos ha dado
para exigirnos más que a nadie y para transformarnos en Palabra viviente, para
que los hombres puedan creer. No se puede transmitir la Palabra más que siendo
fieles a sus exigencias.
Israel se apoderó de Dios. Y
el mensaje último de estos relatos es:"El Templo será destruido", es
decir, no hay "Dios-para-vosotros", no es "vuestro Dios",
no "reside entre vosotros" en sentido exclusivo. Dios no está con
Israel para Israel, sino para el mundo, y si Israel lo "utiliza" para
sí mismo, Dios no está con Israel.
"El Templo será
destruido" es la mayor blasfemia que se puede decir a un Israelita que ha
entendido que Dios está ahí como seguridad del pueblo.
La aplicación a la Iglesia y
a nuestra espiritualidad es evidente. Nosotros y la Palabra. Solemos tener dos
tentaciones:
1. Inventar la Palabra. No
podemos ir alegremente a la Escritura para ver qué se me ocurre. Ni jugar con
la Palabra. La Escritura tiene un sentido, y en eso, en lo que dice el autor,
está (o puede estar) la Palabra.
No pocas veces acudimos a la
lectura de la Escritura como a un libro mágico, a través de cuyas frases Dios
me dirige un mensaje oportuno para el momento en que vivo. El cristiano es un
"oyente de la Palabra" habitual, no ocasional, vive de la Palabra
siempre, no simplemente acudiendo a ella como a un recetario para casos de
emergencia.
2. Dios de vivos. No
caigamos en los mismos errores que acabamos de denunciar. La Palabra de Dios no
nos ha dicho "cómo" es la inmortalidad, la Resurrección, el Cielo.
La misma palabra
"resurrección" es engañosa: dada la evidencia de la muerte corporal,
y la nebulosa de aquella cultura sobre el compuesto humano
(cuerpo-mente-alma-espíritu), la palabra "resurrección" evoca una
imagen física del cuerpo, nuevamente animado por el "espíritu" (el
soplo de Dios), que se levanta, por la fuerza de Dios, después de morir.
Son imágenes, maneras de
visibilizar las creencias. Tampoco hoy tenemos ideas claras sobre el ser
completo del hombre; recurrimos a Pitágoras y Platón y hablamos de cuerpo-alma,
pero esto no es Palabra de Dios sino una teoría filosófica con muchos
problemas, y con la ventaja de que no tenemos otra mejor.
Pero lo que se nos ha
comunicado es un mensaje religioso, no antropológico: "no morirás"
significa que la vida humana es más que la vida visible, material, temporal.
"Cómo puede ser
eso", no se nos ha comunicado. Y recurrimos a los símbolos. Pablo lo
define como una gestación: aún no hemos sido dados a luz. La muerte como parto,
como liberación, como llegada a la Vida. Otra imagen es el Pueblo Peregrino en
el desierto, que camina hacia la Patria, hacia la Casa del Padre. Y lo que
importa es llegar.
Todas las imágenes son
buenas, aunque todas insuficientes. ("Ni ojo vio, ni oído oyó, ni
naturaleza alguna puede imaginar lo que Dios reserva para sus elegidos"
Romanos 8,18.)
No puede concebirse siquiera
la enseñanza de Jesús sin una referencia expresa a "la vida eterna".
Creo que a veces se hace una lectura muy reductiva de la
"escatología" de Jesús, limitándola a "la llegada inminente del
fin de los tiempos".
Lo que está más claramente
presente en Jesús es la llegada cierta del fin del tiempo de cada persona y,
como consecuencia, el valor de esta vida para La Vida.
Para explicar esto hemos
construido muchas imágenes, pero la mejor imagen de la relación entre esta vida
y La Vida está sin duda en las "parábolas vegetales" de Jesús: la
relación entre la semilla y la cosecha. Se siembra en la tierra, parece que la
semilla muere, pero germina y da fruto centuplicado.
Por esto, la relación entre
esta vida y la otra de ninguna manera destruye el valor de esta vida. Al revés,
esta vida queda revalorizada, puesto que el resultado de lo que hacemos en esta
vida es definitivo, es para siempre. Pablo lo dijo muy bien:
"cuando esto
corruptible se revista de incorruptibilidad, y esto mortal se revista de
inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: "¿Dónde está,
muerte, tu victoria...?" (1 Cor. 15,53)
Todo esto tiene aplicación a
la persona y a la humanidad. Sembrar vida eterna no es simplemente un tema
individual; construir la humanidad aquí es sembrar la humanidad eterna.
Dar de comer al hambriento,
atender al que fue asaltado por ladrones... es decir, crear aquí una humanidad
liberada de males no es el final, porque todo esto acaba en la muerte, pero es
la siembra, que florecerá en cosecha definitiva.
¿Cómo puede ser eso?
Volvamos a la fidelidad a la Palabra y al reconocimiento de que solamente
sabemos lo que la Palabra nos ha dicho. "No se puede ver a Dios sin
morir" significa que solamente en La Vida contemplaremos la verdad entera.
En palabras de Juan:
"Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste
seremos semejantes a Él, porque le veremos cara a cara" (I Jn. 3,2)
Pero la esencia del mensaje
es más profunda. ¿Por qué creemos en la vida más allá de la muerte? Porque
creemos en Abbá. Como siempre, como todo, esta es la fuente de toda la fe. Si
creemos en Jesús aceptamos, ante todo, su mensaje sobre Dios. Dios no es el
ingeniero todopoderoso que crea una máquina y cuando se estropea la tira, sin
más.
Dios es la Madre que
engendra hijos por amor y por amor trabaja por sacarlos adelante. A nuestras
madres, se les mueren los hijos. A nosotros se nos mueren los padres, los
amigos... porque no somos todopoderosos. Si lo fuéramos, no se nos morirían.
Pero nosotros creemos en Abbá, todopoderoso.
Creemos en el Amor
Todopoderoso. Y al amor todopoderoso no se le mueren los hijos.
Cuando recitamos el Credo
decimos: "creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la
tierra". Y no lo decimos bien, porque esto, con la mentalidad de Jesús,
significa: "Creo que el Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra es
mi papá".
Nuestra fe en la vida
después de la muerte es sencillamente confianza en Abbá.