REINO Y CONVERSIÓN: ¿SABEMOS VER?
(San Mateo, 4: 12-23)
Enrique Martínez Lozano
Tras el relato del bautismo
–inicio de la actividad pública- y de las tentaciones en el desierto –como
marco simbólico de la misma-, Mateo sitúa a Jesús en Galilea, en concreto en
Cafarnaún, que va a constituir el "centro de operaciones" en la
primera etapa de la misión del maestro.
Según uno de sus objetivos
manifiestos –mostrar que en Jesús se cumplen las profecías judías-, el autor
del evangelio aplica a su maestro un bello texto de Isaías: es la "luz que
brilla en las tinieblas".
Parece que no podía haber
encontrado un pórtico mejor para iniciar el relato. Inmediatamente después, se
va a centrar en dos cuestiones decisivas: la proclamación condensada de su
mensaje (el llamado kerigma) y la llamada de los primeros discípulos.
Con respecto al mensaje, en
cuanto a la forma, llama la atención que sea exactamente igual que el de Juan
el Bautista (Mt 3,2), probablemente una señal más del interés de los primeros
cristianos por presentar a Juan como uno de ellos.
Por lo que respecta al
contenido, presenta un doble acento: el anuncio de la cercanía del Reino y la
correspondiente llamada a la "conversión" ("metanoia"): es
necesario convertirse porque está cerca el Reino. ¿Qué puede significar eso
para nosotros, hoy?
Sabemos la lectura que se
hace de esas palabras desde una consciencia mítica y desde el modelo mental,
subrayando el aspecto espiritualista e individualista, tanto de la conversión
como de la salvación.
El mensaje, sin embargo, en
inmensamente más rico y profundo: habla de novedad y de cambio.
La novedad radica en el
anuncio: la cercanía del Reino. Si por "Reino" entendemos, no una
especie de "territorio" mítico, sino el secreto último de lo real, lo
único capaz de responder a nuestro anhelo más profundo, porque constituye, en
definitiva, nuestra identidad, podremos entender la "urgencia" y el
"apremio" que se derivan de las palabras del sabio de Nazaret.
Y parece claro que es a esto
a lo que Jesús se refería: al "tesoro oculto" que, una vez
descubierto, hace que uno se llene de alegría y se desprenda de todo con tal de
lograrlo (Mt 13,44).
Ese "tesoro", el
único que realmente vale la pena –parece decir Jesús-, está ya a nuestro
alcance. Únicamente necesitamos "verlo"..., y para eso necesitamos
"convertirnos".
El significado de la
conversión se pone de manifiesto en el término griego utilizado:
"Metanoia" ("meta-nous" = "más allá de la
mente"). En contra de acepciones habituales en las predicaciones y los
catecismos, que parecían atribuirle connotaciones de mortificación,
remordimiento o incluso culpa, tal término apunta a algo más profundo.
Al descubrirlo,
experimentamos la Plenitud. Porque no es "Algo" separado que debamos
lograr, sino nuestra identidad más profunda, el Fondo común y compartido con
todos y con todo. Al descubrirlo, se sale de la ignorancia, la confusión y el
sufrimiento. Pero únicamente podemos verlo si adoptamos la visión adecuada, es
decir, si desarrollamos la capacidad que late, con frecuencia "dormida",
en todos nosotros; a esa capacidad, que podemos llamar "inteligencia
espiritual", el evangelio la llamaba "metanoia" o conversión.
Fuente:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/4559-reino-y-conversion-sabemos-ver.html
Ilustración:https://benofcommonprayer.substack.com/p/sermon-the-real-world
Fotografías: LB, Iglesia de El Recreo. Freddy Marcano, monseñor Héctor Maldonado (CCS, 25/01/26).
Papa León: https://www.youtube.com/watch?v=5iaQnlKgPzA





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