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domingo, 6 de septiembre de 2026

Noticiero retrospectivo


- Alberto Arteaga Sánchez. “Antejuicio de mérito, habeas corpus y lucha contra la corrupción”. El Diario de Caracas,  09/06/1984.

- Moisés Moleiro. “Los adecos y el poder”. El Globo, Caracas, 27/05/93.

- Ignacio Burk. “El universitario culto”. El Nacional, Caracas, 13/05/84.

- “Terremotos, la eterna amenaza mundial”. El Nacional, 16/03/81.

- Ignacio Iribarren Borges. “Crónica de la ciudad”. El Nacional, 06/03/80.

Reproducción: En la fotografía de Veneziano, el reportero Luis Arismendi conversa con Clarisa Sanoja, Juez Segundo de Menores del Distrito Federal. El Universal, Caracas, 21/01/1971.

domingo, 26 de julio de 2026

Oremos

 

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A PROPÓSITO DE LA SIMÓN BOLÍVAR DEL LITORAL CENTRAL

Luis Barragán

Afortunadamente se trata de una minoría, pues existen individualidades de muy trastocados valores, erigidos en implacables jueces morales, que incurren en los más vulgares y asombrosos dislates. Y, por curiosidad, nos acercamos a la sede del litoral de la Universidad Simón Bolívar para comprobar si, como algunos insinuaban, la destrucción obedecía más a los refugiados que al doble terremoto.

Nos hemos enterado que miembros de la comunidad de Sartenejas e igualmente de Vargas se oponen a la ocupación del núcleo litoralense por las familias sísmicamente afectadas, tratándolo de “invasores”, e importándoles poco que hayan perdido sus casas y enseres domésticos. Ocurrió que la edificación más grande y confiable del lugar pertenece a la citada casa de estudios y, ahí, disciplinadamente, han conseguido protección transitoria niños de todas las edades, personas muy adultas, como el resto de las víctimas del desastre natural, con atención médica, seguridad y alimentación. De hecho, bajamos a ayudar a una persona amiga que hizo entrega de una donación significativa de comestibles y productos de higiene personal, cerciorándonos de las condiciones en las que se encuentra el sitio.

Lo curioso es que la gente que no se pone en los zapatos de los más vulnerables, también se dicen de “oposición”, pero jamás les he leído o escuchado la más modesta denuncia contra el gobierno nacional o, en su defecto, el gobierno universitario. Ni pío dicen frente a las autoridades interventoras desde hace añales en la Universidad Simón Bolívar: estos “opositores” que aseguran que los refugiados les van a destruir el inmueble, tampoco dieron cuenta pública y expresa de la ruina de la tan emblemática escultura cromovegetal, del desastre de la piscina olímpica con caimán y todo, o de los niveles de contaminación del galpón de biología, por no mencionar del déficit de profesores de matemáticas en la universidad.

Indudable, hay una concepción de la vida, del mundo y de las cosas en aquellos que se creen de la élite académica que nunca se compadecerá con los cambios más urgidos del aula superior en Venezuela, cuyo nivel de retroceso todavía está por saberse a falta de confiables estadísticas oficiales. Porque la reconstrucción material del país exige, antes, una reconstrucción moral e institucional que empiece por reconocer al otro como ciudadano y no como un intruso.

La historia de los terremotos es también la historia del Estado que atiende o desatiende sus consecuencias, pero igualmente la de una sociedad que, en la desgracia ajena, pone al descubierto lo mejor y lo peor de sí misma. Atentos con esto que no es poca cosa, por cierto.

Fotografía: LB, reflejo de la ventana. Universidad Simón Bolívar sede del litoral (18/03/2018). LB,  Universidad Simón Bolívar sede del litoral (23/07/26).

26/07/2026:

https://lapatilla.com/2026/07/26/luis-barragan-a-proposito-de-la-simon-bolivar-del-litoral-central/

lunes, 20 de julio de 2026

Pedagogía de la crisis

DEL AULA DE EMERGENCIA

Luis Barragán

Concluye tan accidentadamente este año escolar y, por supuesto, las trágicas consecuencias del doble sismo acaparan la atención pública, quedando incomprensiblemente relegado el problema político. Y esto, muy a pesar de evidenciarse la inmensa debilidad o ausencia de un Estado que sea tal en Venezuela, como la necesidad de una profunda reflexión, discusión y transición democrática.

En medio de estas difíciles circunstancias, la dirección del Estado procura una mayor recaudación fiscal que le evite en lo posible comprometer los ciertos e inciertos ingresos extraordinarios provenientes del sector petrolero o de las multilaterales y, al mismo tiempo, preserva los medios y mecanismos de represión interna al mantener viva la noción de enemigo interno (disidente u opositor), procurando la población obtener un mínimo de seguridad personal inherente al mandato de supervivencia impuesto en el presente siglo. Sin embargo, inspirados en Charles Tilly, puede asegurarse la desarticulación histórica del Estado respecto a sus capacidades extractivas y coercitivas, e incluso respecto a la función protectora, lesionando gravemente su legitimidad.

La construcción del pretendido Estado Comunal terminó reforzando el poder central y agotando las referidas capacidades que los terremotos recientes hicieron patente. Son muchas las limitaciones para ampliar las tareas administrativas, fiscales y coercitivas, ralentizando en todo lo posible el desarrollo de los acontecimientos, y esto afecta su función integradora y de socialización cívica permitiéndose postergaciones que antes o muy antes eran imposibles.

Por ello, nuevamente, no habrá cifras oficiales precisas sobre el desempeño del aula civil en Venezuela, los niveles de desescolarización, etc., que puedan dar lugar a alguna inquietud, ni siquiera al debate en un ambiente generalizado de autocensura. El solo hecho de que no haya prácticamente muchachos que repitan el año, no es un indicador de la excelsa calidad de la enseñanza en Venezuela y tiene sus causas muy bien intuidas o consabidas en Venezuela.

Luego, hay un significativo deterioro de la misión educativa y civilizatoria del Estado que ha perdido su más básica articulación, que ya no forma o no le interesa formar ciudadanos libres y responsables, integrar territorial y socialmente al país, dándole soporte a lo que puede denominarse la vida estatal. Legitimidad es comprensión, consenso y aceptación, transmitiendo el aula valores, sentido de pertenencia e institucionalidad. Sin embargo, las vacaciones escolares, probablemente prolongadas por la emergencia, ofrecen un respiro para atender las necesidades más urgentes, aunque debemos reconocer que los terremotos han terminado por convertirse en una lección devastadora sobre la deslegitimación, la desintegración y la desinstitucionalización del Estado venezolano.

Por supuesto que urge dar inicio a un cambio histórico, pero – mientras llega- recojamos todo el sentido de solidaridad que hemos desplegado y también vamos a traducirlo en un vasto voluntariado educativo con el empuje de los partidos y de las organizaciones de la sociedad civil para transmitir a niños y a jóvenes los conocimientos más elementales que ha olvidado la escuela y el liceo, con la promoción de los más elevados valores republicanos. No vamos a reemplazar esas labores que son propias del Estado y de sus magníficos recursos, recordando que debemos conquistar democráticamente su dirección para que efectivamente cambie, pero sí contribuir a la superación de las actuales dificultades llevando los conocimientos fundamentales y la formación cívica a los niños y jóvenes: reconstruir escuelas será indispensable, pero reconstruir ciudadanía lo decisivo.

Los terremotos han sido un aula inesperada en la que el país ha aprendido, dolorosamente, las consecuencias de la fragilidad estatal. La lección más urgente no está solo en levantar edificios, sino todavía más en recobrar las capacidades estatales que permiten a una sociedad reconocerse como comunidad política y, por ello, la prioritaria atención hacia los más jóvenes entre los jóvenes.

Imágenes: Salón principal de clases del Liceo Caracas en 1917 (https://lbarragan.blogspot.com/2019/12/noticiero-retrospectivo_22.html). Versiones del salón destruido y del cinético. Planos para la reconstrucción de Venezuela a través de ChatGPT. 

20/07/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44680-del-aula-de-emergencia


sábado, 18 de julio de 2026

Sine ira et studio

DE LAS CATÁSTROFES

José Rafael Herrera

“El entendimiento abstracto

separa lo que en la realidad

concreta constituye una totalidad”

G. W. F. Hegel

Las imágenes de pueblos sepultados por deslizamientos de tierra, ciudades devastadas por terremotos o comunidades enteras arrastradas por deslaves o inundaciones recorren el mundo con vertiginosa y sorprendente inmediatez. La reacción, por cierto, no menos inmediata suele ser, siempre, más o menos la misma: “la naturaleza ha vuelto a ensañarse con los seres humanos” o, cosa similar, “es un castigo divino”. Y, sin embargo, esa aparente evidencia oculta una problemática mucho más profunda. Concluido el desastre material, quizá haya llegado el momento de abandonar las presuposiciones y abrir la posibilidad de interrogarse por una expresión que se repite una y otra vez, con harta frecuencia y casi mecánicamente, y que, precisamente por ello, termina ocultando aquello que debería revelar. Y es que, cuando las cosas son examinadas más detenidamente, sine ira et studio, tanto desde la perspectiva ontológica como desde el punto de vista de los estudios histórico-sociales, se logra obtener la sorprendente conclusión de que, efectivamente, la naturaleza no produce las catástrofes y nada sabe de ellas.

En efecto, cada vez que una montaña se desploma, un río se desborda de su cauce o la tierra se sacude con violencia, la reacción suele ser la misma: “ha ocurrido una catástrofe natural”. La expresión parece tan evidente que casi nadie se detiene a pensar en ella. Pero solo basta examinarla con cierto detenimiento para advertir que encierra una de las mayores mistificaciones del presente. Los terremotos forman parte de la dinámica del planeta. Los volcanes existen desde mucho tiempo antes de que apareciera el ser humano. Las lluvias torrenciales, los huracanes, las sequías y los deslizamientos de tierra obedecen a procesos propios de la geología, de la climatología o de la hidrología. Ninguno de ellos constituye, por sí mismo, un evento catastrófico. La montaña no lamenta el desprendimiento de sus laderas; el río no experimenta como desgracia el desbordamiento de sus aguas; la corteza terrestre no sufre cuando las placas tectónicas liberan la energía acumulada durante siglos. La verdadera tragedia comienza allí donde esos procesos naturales irrumpen sobre el mundo construido por los seres humanos.

No son las montañas las que mueren bajo un alud. Son las personas. No son los edificios los que experimentan “temor y temblor” ante un terremoto. Son quienes los habitan. No es la naturaleza la que pierde sus bienes, sus recuerdos, sus proyectos de vida o sus seres queridos. Todo ello pertenece exclusivamente al ámbito de la historia.

Quizá convenga, entonces, invertir el modo habitual de formular el problema. Lo que suele llamarse “desastre natural” es, en realidad, la manifestación de una vulnerabilidad histórica. La diferencia puede parecer meramente terminológica, pero, ciertamente, no lo es. Constituye un cambio radical de perspectivas. Un terremoto de magnitudes semejantes puede ocasionar unos pocos muertos en Japón y decenas de miles en otro país. La explicación no reside en el movimiento de las placas tectónicas. Reside en la calidad de las construcciones, en la existencia de normas rigurosas de ingeniería, en los sistemas de alerta temprana, en la educación ciudadana, en la planificación urbana y en la capacidad de las instituciones públicas para anticipar y responder a la emergencia.

La naturaleza produce el fenómeno físico. La historia produce la catástrofe y la consecuente tragedia. Lo mismo ocurre con las inundaciones. El agua sigue el curso que la gravedad le impone. O como decían los antiguos caraqueños, habitantes de las faldas majestuosas de El Ávila: “el agua siempre vuelve a su cauce”. Pero cuando los cauces naturales han sido ocupados por asentamientos improvisados, cuando los drenajes jamás fueron construidos o permanecen abandonados, cuando la corrupción convierte las obras públicas en simples negocios privados, cuando la planificación cede su lugar a la improvisación, la lluvia deja de ser un episodio meteorológico para convertirse en una auténtica tragedia humana. En rigor, no es el río el que mata. Matan décadas de irresponsabilidad acumulada.

Este “giro copernicano” de perspectiva obliga a revisar la manera como se distribuyen las responsabilidades. Mientras el desastre sea atribuido exclusivamente a la naturaleza, los responsables históricos desaparecen del horizonte. La fatalidad reemplaza a la política. La geología sustituye a la administración pública. El azar ocupa el lugar de la planificación. El lenguaje mismo termina absolviendo aquello que debería someterse al juicio de la sociedad. No deja de resultar significativo que las comunidades más pobres sean, casi siempre, las más expuestas a estos llamados “desastres naturales”. No porque la naturaleza ejerza algún tipo de discriminación social, sino porque la pobreza obliga a ocupar quebradas, laderas inestables, márgenes de los ríos o zonas donde jamás debieron levantarse viviendas. La desigualdad no crea el fenómeno geológico, pero sí determina quiénes cargarán con sus consecuencias. En una expresión, las catástrofes son, esencialmente, sociales y, por esa misma razón, son políticas.

Cada sociedad decide —consciente o inconscientemente— cuánto invierte en políticas de prevención, cuánto protege sus ecosistemas, cuánto fortalece sus instituciones técnicas o cuánto privilegia o no la inversión en conocimiento. Cada una de esas decisiones permanece invisible durante años, hasta que la naturaleza actúa conforme a sus propias leyes y deja al descubierto el modelo de facitura histórica que los humanos han decidido ejecutar. Vico sostiene que el mundo de la naturaleza ha sido hecho por Dios, mientras que el mundo civil ha sido hecho por los hombres. De ahí se deriva una consecuencia extraordinaria: lo que los hombres hacen, es lo que pueden comprender y transformar. Dos siglos después, Hegel afirmará que el espíritu solo llega a conocerse en las obras que él mismo produce. No existe historia sin responsabilidad.

Quizá haya llegado el momento de aplicar esa enseñanza a nuestro modo de comprender las tragedias contemporáneas. Ninguna sociedad puede impedir que tiemble la tierra o que llueva con intensidad. Lo que sí puede impedir es que esos fenómenos se conviertan en escenarios de muerte, destrucción y abandono. La naturaleza no redacta códigos de construcción. Ni decide dónde se levantan las ciudades. No elimina los organismos científicos. Ni desvía los recursos destinados a obras públicas. No destruye la educación ni convierte la planificación en propaganda.

La naturaleza existe conforme a sus propias leyes; la historia es el ámbito de la praxis, de la libertad y de la responsabilidad. Confundir ambos órdenes equivale a naturalizar lo que pertenece al mundo de las decisiones humanas. Allí donde el entendimiento abstracto sólo ve un fenómeno geológico, la razón histórica descubre una compleja trama de mediaciones sociales, políticas, económicas y culturales que explican por qué un mismo acontecimiento físico produce consecuencias radicalmente distintas según la sociedad en la que ocurre.

Es verdad que la naturaleza se manifiesta. Pero lo que aparece bajo esa manifestación es la historia. Por eso Hegel comprendió que la verdad nunca reside en la inmediatez, sino en las mediaciones que la constituyen. Lo verdaderamente concreto no es el fenómeno aislado, sino la totalidad de las relaciones que lo hacen inteligible. Por eso las llamadas “catástrofes naturales” exigen ser pensadas desde la totalidad concreta. Solo entonces dejan de ser simples episodios de geología para convertirse en acontecimientos de la historia.

La catástrofe no acontece en la primera naturaleza, que sigue obedeciendo a sus propias leyes, sino en esa segunda naturaleza —el mundo histórico de instituciones, ciudades, técnicas y relaciones sociales— que los seres humanos han construido y de cuya conservación son responsables.

Fotografía: Para un reportaje de Víctor Amaya sobre el terremoto de Venezuela de título elocuente: "He visto más fusiles que palas".  La Razón, Esp., 30/06/26.

18/07/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/de-las-catastrofes/

lunes, 13 de julio de 2026

Íes y puntos

EL ESCOMBRO Y LA ESPERANZA: LA SOCIOLOGÍA DE UN PAÍS QUE APRENDIÓ A SALVARSE A SÍ MISMO

Vanessa Carolina Rodríguez Lupo / MiamiNews24

El reciente desastre natural que sacudió a Venezuela no solo ha dejado una huella física imborrable en el territorio, sino que ha desnudado, con una claridad casi brutal, la anatomía de una sociedad que, ante el colapso de sus instituciones, ha aprendido a reconfigurarse orgánicamente. Lejos de la parálisis que el caos suele inducir, el país vivió una respuesta colectiva inédita: una coreografía de voluntades que actuaron con precisión, sin manuales ni directrices estatales.

Para comprender este fenómeno desde el rigor académico, conversamos con el profesor Samuel J. Pérez Hermida, sociólogo, docente de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Jefe del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología de la FaCES-UCV, y Representante Profesoral Principal ante el Consejo de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV. Su análisis nos invita a ver este despliegue de solidaridad no como un hecho anecdótico, sino como un objeto de estudio clásico de la sociología de la crisis y la acción colectiva.

El orden emergente: La sociedad como nodo decisorio

Contrario a la creencia popular de que el desastre desencadena el descontrol, el profesor Pérez Hermida señala que fuimos testigos de la «emergencia de la comunidad altruista». En un contexto, donde la estructura institucional estuvo ausente, el sistema social no se detuvo; simplemente cambió su lógica de jerárquica a reticular. El especialista sostiene que el venezolano ha desarrollado un habitus de autogestión tras años de convivir en la incertidumbre. “Ante la ausencia de un mando central, la sociedad activó lo que denomina capital social compensatorio». Es decir, «cuando los ciudadanos sienten que el Estado ha dejado de proveer seguridad o dirección, se activa el capital social de la comunidad», explica el académico.

En este sentido, destaca que, en esta dinámica no existió un «gran plan», sino miles de micro-planes coordinados por la necesidad y una identidad compartida donde cada individuo se transformó en un nodo decisorio. La legitimidad, en esos días aciagos, no provino de cargos oficiales, sino del reconocimiento práctico de la utilidad de la acción en el terreno.

Solidaridad global: Venezuela dejó de ser un país lejano

La respuesta ante la tragedia trascendió las fronteras, logrando una movilización de ayuda internacional y de rescatistas voluntarios que superó las expectativas. Según Pérez Hermida, esto fue resultado de una convergencia de factores: la diáspora y la globalización de la empatía.

Por un lado, la migración masiva ha funcionado como una red transnacional de «embajadores sentimentales». La tragedia no llegó a un país abstracto, sino a un territorio que el mundo ya reconoce gracias a los millones de venezolanos que hoy forman parte del tejido social en otras latitudes. Asimismo, el ruido político de las últimas décadas situó a Venezuela en el radar global, facilitando que el sufrimiento fuera comprendido de inmediato.

En la era del conocimiento en tiempo real, la distancia física ha cedido ante un imperativo ético cosmopolita donde la viralización del dolor se traduce, inevitablemente, en acción solidaria.

La fe como refugio cuando todo se derrumba

En medio de la devastación, una frase se volvió omnipresente: “gracias a Dios”. No como resignación, sino como afirmación de vida. Incluso quienes perdieron familiares, casas o medios de subsistencia encontraron en la fe un punto fijo en un mundo que se volvió líquido.

Pérez Hermida lo llama teodicea de la supervivencia: la fe como mecanismo cognitivo para sostener el sentido cuando la realidad amenaza con destruirlo. «Dar gracias a Dios en medio de la calamidad es una forma de declarar que, a pesar de la destrucción, el sentido de la existencia del individuo no ha sido aniquilado». Es un acto de resistencia cognitiva. En un entorno donde las instituciones racionales y políticas han fallado constantemente, la fe se ha erigido como el lenguaje capaz de articular la esperanza.

La religión opera aquí como un capital social de consuelo, donde las comunidades de fe suplen las carencias de un Estado desarticulado, convirtiéndose en redes de contención fundamentales.



Los pilares que sostuvieron al país: la red global y la fe local

La síntesis del sociólogo es clara: Venezuela sobrevivió gracias a dos fuerzas simultáneas.

La red global, activada por la diáspora y la solidaridad internacional, que sostuvo la supervivencia material.

La fe, que sostuvo la supervivencia emocional y espiritual.

Para el académico, ambas surgieron porque el país lleva años viviendo en desinstitucionalización profunda. Cuando el Estado no provee futuro, la sociedad se inventa uno. Sin embargo, destaca que quedan preguntas abiertas: “¿Qué pasará con este ethos de sobrevivencia cuando la emergencia pase?”, y “¿Esta capacidad de articularse en redes globales y refugiarse en la fe será el cimiento de una nueva institucionalidad, o viviremos en un estado de excepción permanente?”. La respuesta no está escrita. Venezuela demostró que puede sostenerse sola. La pregunta es si podrá reconstruirse sin que esa sobrevivencia se convierta en destino.

En tal sentido, el terremoto reveló algo que estaba allí, escondido bajo años de crisis: la capacidad de los venezolanos para autogobernarse cuando las estructuras formales fallan. La emergencia mostró que el país tiene músculo social, inteligencia colectiva y una resiliencia que desafía cualquier teoría.

La reconstrucción dependerá de si ese músculo se convierte en institución o si seguirá siendo la respuesta permanente a un Estado ausente.

Fotografía: Mario Flores (Miamio News 24). 

Video: LB, Las Fuentes (CCS, 10/07/26). 

13/07/2026:

https://www.miaminews24.com/2026/07/13/entre-el-escombro-y-la-esperanza-la-sociologia-de-un-pais-que-aprendio-a-salvarse-a-si-mismo/

domingo, 12 de julio de 2026

Caza de citas


  Se oyó cómo unas lágrimas caían sobre el tatami. Era un sonido extrañamente exagerado. Por un momento, Junpei creyó que era él quien estaba llorando sin darse cuenta. Pero era Sayoko quien lloraba. Tenía el rostro sepultado entre las rodillas, sus hombros se estremecían en silencio”

Haruki Murakami

(“Después del terremoto”, Tusquets, Barcelona, 1999: 113)

Ilustración: Zalas Anderzak.

Reciedumbre

SOLIDARIDAD EDIFICADA SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA

Luis Barragán

Podemos aseverar la existencia de un patrón recurrente de irregularidades en torno al manejo de la ayuda humanitaria en nuestro país, sobre todo a la luz del tristemente célebre deslave del estado Vargas a finales de 1999. Ahora, está generalizada la sospecha a propósito de las consecuencias del poderoso impacto del doble sismo que enlutó a la ciudad capital y al litoral central semanas atrás.

El nefasto precedente de casi tres décadas en la costa, naturalmente contribuye a la desconfianza hacia el Estado y, específicamente, a su dirección política. Por entonces, fue masivo el auxilio internacional, llegaron millones de dólares en donaciones, ayuda material y equipos rescatistas, pero jamás hubo una rendición convincente de cuentas y Hugo Chávez decididamente partidizó la tragedia convirtiéndose en el benefactor de todos los benefactores para adjudicarse – junto a su sucesor – la aparente reconstrucción de una entidad federal que desgraciadamente se vino abajo otra vez.

De nuevo hay descontento con la actuación del sector oficial, incluyendo la tardía de la Fuerza Armada Bolivariana. La encargada presidencial aseguró la existencia de una campaña de desprestigio, palabras más, palabras menos, que olvida el dato del otro y no menos célebre sismo del 3 de enero del presente año que sorprendió al país entero: ni una pedrada le lanzaron a los drones como respuesta. Sin embargo, ojalá no desaparezcan las imágenes, las redes digitales están colmadas por el video testimonial de quienes afrontaron inmediatamente la realidad varguense, lamentaron la ausencia del funcionariado y reprocharon con coraje la conducta asumida por las autoridades públicas.

Hacia el estado Monagas llegó injustificadamente el cargamento de ayuda para Vargas enviado por Mayer Mizrachi, alcalde panameño, quien ordenó la colocación de un pequeño dispositivo de rastreo para asegurarse del éxito de la operación de solidaridad. Y, entre otros señalamientos más, como el saqueo selectivo de los llamados colectivos, se ha dicho de las bolsas de agua potable de distribución gratuita en Vargas, ahora vendidas en Caracas.

El gobierno debe saber que la reconciliación, la concordia, la armonía entre los venezolanos pasa por el respeto a la verdad, la radical honestidad,  la solidaridad construida sobre la dignidad de la persona humana. Los varguenses fueron muy claros en cada instante de la tragedia sísmica, denunciando con coraje los hechos que desmientieron a la encargada presidencial (https://x.com/la_patilla/status/2073748770819285379), el descarado robo de los bienes de las familias afectadas (https://x.com/_Provea/status/2072834656307995049),  el reclamo encendido de una ciudadanía activa, esforzada y muy firme, ante los impasibles efectivos armados que ni balbucearon (https://x.com/AlertaMundoNews/status/2071373596757315634).

Reproducción: Reclamo a Nicolás Maduro Guerra:

https://x.com/contrapuntovzla/status/2075626741742059852/photo/1 

Cfr.

https://x.com/ImpactoVE/status/2075593156507394087

https://x.com/InformeOrwell/status/2075573536782209240

https://x.com/la_patilla/status/2076292944626151832

12/07/2026:

https://lapatilla.com/2026/07/12/luis-barragan-solidaridad-edificada-sobre-la-dignidad-humana/

lunes, 6 de julio de 2026

Pudo haber ocurrido ...

DE UNA CIERTA DISTOPÍA SÍSMICA

Luis Barragán

Demasiado evidente, desde un primer instante de la tragedia sísmica se hizo notable la ausencia del Estado. Huelga comentar al respecto, aunque importa señalar el elevado consenso sobre el diagnóstico inmediato de los acontecimientos.

De un modo u otro, el doble terremoto nos impone de las tensiones geológicas interesadamente ocultas entre los partidarios y realmente beneficiarios de larga data del mismo gobierno que hemos ostentado en el siglo. Demasiada cautela quizá al interior del oficialismo que permite toda suerte de conjeturas, las que facilitan precisamente la (auto)censura. Sin embargo, si de conjeturas se trata, no es tampoco difícil imaginar la situación inmediatamente posterior de haber ocurrido el evento natural antes de comenzar el presente año.

La única posibilidad para discutir y arribar a la conclusión de una omisión o devastación estatal, manifestándola, hubiese sido el de encontrarse en el exilio y contar con la familia como compañía inmediata. La sola suposición y expresión de una abstención así fuese culposa del gobierno, seguramente hubiese levantado la ira de los más altos funcionarios con las consecuencias del caso.

Igualmente, es de presumir una descomunal campaña propagandística a favor del oficialismo y de su enorme como exclusiva sensibilidad social, frente al guerrerismo imperialista y sus infaltables lacayos venezolanos. Aprovecharían de enlazar las imágenes presidenciales de 1999 con la de 2026, por supuesto, militarizadas con el rechazo obsesivo de toda ayuda estadounidense.

Y tampoco hubiesen llamado internacionalismo proletario la agradecidísima y desinteresadísima colaboración de cubanos, iraníes, rusos, chinos y hasta vietnamitas de los que absolutamente nadie se atrevería a indagar sobre la cantidad de sus contingentes esparcidos en el territorio nacional. Y, el resto de los venezolanos, tendrían que hacer acrobacias e ingeniárselas para saber de sus familiares en el siquitrillado litoral central.

Ilustración: LB/IA.

06/07/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44612-de-una-cierta-distopia-sismica

domingo, 5 de julio de 2026

Sismografía

REPÚBLICA Y TERREMOTO, UNIVERSIDAD E INDEPENDENCIA

Luis Barragán

Consabido, fueron muy duros nuestros inicios republicanos al añadir una doble circunstancia: la inmediata y literal  desaparición de la promoción generacional que ideó y declaró la independencia, como el terrible sismo propagandizado como castigo de los cielos. Se dirá que son cosas de la guerra, pero lo cierto es que perdimos a la vuelta de la esquina la deliberación más cercana a nuestras precursoras prácticas democráticas y ganamos en confusión más por la confiscación militar de la conducción del naciente Estado que por los asuntos de la fe.

Puede aseverarse que la patria nació también en las aulas universitarias donde esa generación hizo de la inquietud una ilusión y ésta devino proyecto histórico a desarrollar, quedando medianamente sepultado en las perdurables ruinas del terremoto, pues Caracas las exhibió por largas décadas en fiel testimonio de las estrecheces económicas del país que fuimos. Formalmente independizados, pero jamás encapsulados, trillamos los más duros caminos y 200 años más, cuando creímos profundamente que vivíamos lo peor de lo peor históricamente, nos hicimos resueltamente bolivarianos según el canon.

Ahora, otro 5 de julio, doblemente terremoteados, experimentamos la natural desdicha, el desconcierto, la desesperanza que definen nuestros dolores. En un prolongadísimo instante, recogimos todos los sismos que partieron de aquella movilización de los tanques cuando Simón Alberto Consalvi era el encargado presidencial por el viaje al exterior de Jaime Lusinchi, pasando por El Caracazo, los golpes fracasados y toda la era que parió el corazón de Silvio Rodríguez una lejanísima tarde de concierto en la Concha Acústica de Bello Monte a veinte bolos la entrada: el socialismo del siglo XXI.

Entre los escombros, buscamos la libertad e independencia perdida desde hace un buen rato porque las actuales generaciones ya no tienen - en casi treinta años continuos - las aulas de antes para formarse: ¿acaso no fue devastación el impune saqueo vandálico que padeció la Universidad de Oriente (UDO) por largo tiempo?, y, además, que sepamos, no hay soldados estadounidenses ni siquiera pidiéndoles la cédula de identidad a los muchachos en la calle, como acontecía  con las guerrillas colombianas y vaya usted a saber cuáles más, aparentemente hoy neutralizadas,  con un asombroso dominio y provecho  territorial de Venezuela, no de la Nueva Granada ni de Teherán, por dar un modesto ejemplo.  Entonces, ¿a quiénes les piden la cédula de identidad?

Por supuesto, debemos bregar por una transición independiente e independentista, aunque los términos causen temor, asumiendo la más adecuada perspectiva de la irrenunciable  responsabilidad que tenemos de protegernos. Es necesario aceptarlo, la cuestión no se puede despachar con la comodidad de las consignas.

Ilustración: LB/IA.

05/07/2026:

https://lapatilla.com/2026/07/05/luis-barragan-republica-y-terremoto-universidad-e-independencia/

sábado, 4 de julio de 2026

Pieza de antología

¡COÑO, ADRIANA!

María Elena Lavaud

¡Qué te puedo decir, Adriana! Ya debes saber que el video de tu rescate ha recorrido el mundo, que ese diálogo en medio de los escombros que dejaron los dos terremotos en Venezuela, le ha sacado lágrimas de impotencia, pero también una sonrisa inesperada a todo aquel que lo ha visto. Porque me atrevo a decir que para la mayoría, ese intercambio con tu gordo, tu negro o tu flaco, no sé cómo lo llames y no importa, —porque gracias a Dios allá eso no es pecado—; ese diálogo, es como un espejo de lo que somos, hombres y mujeres que amamos con fiereza, pero con una lealtad profunda hasta en las situaciones más extremas.

—No me quites... no me quites, no me quites la respiración… —tartamudeaba él, sabiendo que estaba contra reloj.

—¡Yo sé lo que hago, nojoda! Estoy más cerca de ti de lo que tú te imaginas, ¿oíste? decía con el corazón a mil.

—Cuidado se viene la pared —alertabas tú como si nada, pero yo sé que has debido estar aterrada.

—¡No se va a venir, Adrianaaaa… coñoooo! —jadeaba él alumbrado apenas con un teléfono.

—Cuidado con esto de aquí... pero es que... —insistías con una naturalidad brutal en medio de tu claustrofobia.

—¡Cooño, Adrianaaa! Yo estoy aquí arriba, mami, ¡tengo todo bajo control!

—Es que aquí hay una cosa...

—¡Tápate la cara, tápate la cara, tápate la cara, ahí! ¡Tápate la caaraaaa! —decía con frenesí y a toda velocidad sin dejar de martillar.

— ¿Me viste? —preguntó luego sin aflojar ni un segundo.

—¡Síí!

—¡¿Entonces qué haces tapándote la cara, pues?! 

—¿Y yo voy a pasar por debajo? —preguntaste no muy convencida con el panorama.

—¡Ya va! Yo te voy a sacar por aquí —te prometía con toda la seguridad del planeta.

—Noo, pero...

—¡Te voy a sacar por aquíiii, nojodaaa!

Y lo hizo. Supongo que se abrazaron, que lo regañaste por cualquier otra cosa, porque así somos las mujeres cuando alguien nos importa de verdad. Aunque ya sabes lo que dicen ellos, que mujer que no jode es hombre, pero nos adoran y nos cuidan, porque saben que la mujer venezolana es así, molestosa y amorosa a la vez, ruidosa, imperfecta y terca, coqueta, muy mujer y siempre heroica. Sobre todo eso, heroica.

Ya debes saber que mientras estabas atrapada y tratabas de controlar la situación, otras mujeres, envalentonadas —como siempre que hace falta—, pusieron a temblar a unos policías, simplemente porque tienen muy claro que la dignidad no tiene precio, aun en las peores circunstancias. Los amenazaron con romper una paca de dólares que encontraron entre las ruinas y ellos terminaron entregándolos. Luego los pusieron presos. Porque cuando una venezolana se impone, ya sabemos lo que pasa. Tú lo sabes.

Te habrás enterado también de las muchas mujeres que han encontrado sin vida, abrazadas a sus hijos convertidas en escudo para salvarles la vida. Es desgarrador y luminoso al mismo tiempo, como la escena de tu rescate. ¡Cómo es posible tanta paradoja!

El cielo amaneció de un rojo degradado pocos días después de los terremotos, mientras la tierra se ha seguido moviendo y uno no sabe si admirar aquello o asustarse. Así estamos todos. Aquí y allá, donde sea, todos estamos atrapados hace décadas, entre luces y sombras, entre lamento y esfuerzo también.

Te cuento que yo tengo 12 años en Miami y todavía siento que llegué ayer. No me acostumbro al silencio de las calles, de la gente. A la prudencia absurda de no expresar ese cariño natural que nos define, que me refrescó tu video, pues es mejor tragárselo para no meterse en problemas.

Hace 12 años también que terminó mi carrera periodística en los medios. Le puse un candado a esa parte de mi vida, con mucha nostalgia y con mucho dolor. Ahora soy editora de libros y mentora de escritura. Y si decidí aceptar esta posibilidad de escribir en El Nacional, que agradezco profundamente, fue porque la única instrucción que me dieron fue que debía mandar una foto. Nada más. Entonces me sentí libérrima y lo primero que me provocó fue escribirte, Adriana, para darte las gracias. Porque ese video de tu rescate me sacó del estupor que he sentido desde la tarde de los terremotos. Me sacó una sonrisa.

En este Armagedón que vivimos hace décadas, ese video, esa vivencia tuya se hizo viral debido a que, gracias a Dios, las redes se han convertido en nuestro sistema nervioso. Lo he visto mil veces y siempre descubro algo nuevo, escucho mejor una frase, y me vuelvo a sonreír con los ojos aguados, porque también me muestra lo rotos y enteros que estamos al mismo tiempo. Entonces desgarra que no hayamos podido rescatar de una buena vez la libertad y el derecho que tenemos a vivir en paz, sin abusos, hasta en medio de una tragedia.

Gracias de verdad, Adriana, por recordarme que a pesar del odio y el resentimiento que quisieron sembrar entre nosotros en este tiempo infinito, seguimos siendo una gente aguerrida y con temple que no se rinde, aunque el mundo se le caiga encima; una gente amorosa, noble y dispuesta a salvarse mutuamente, aunque duela.

Gracias por ese minuto de felicidad y esperanza que nos diste a todos los que, entre quejas y esfuerzo, seguimos luchando por salir de nuestros propios escombros.

Siempre luz,

@Lalavaud

Mira el video de Adriana aquí:

https://www.instagram.com/reel/DaL0p7pRwFi/?igsh=YTlsZ3pqcm81d2o5

04/07/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/cono-adriana/

martes, 30 de junio de 2026

El poder despótico es el único que no está de emergencia

GOBIERNO SIN ESTADO

Ramón Escovar León

Los terremotos del pasado 24 de junio no solo destruyeron edificios. También revelaron una realidad que Venezuela lleva años arrastrando: el progresivo debilitamiento del Estado. Frente a la fuerza de la naturaleza desaparecen las consignas, la propaganda y las explicaciones ideológicas. Solo permanece una pregunta decisiva: ¿está el Estado en condiciones de proteger eficazmente a sus ciudadanos?

No sorprende, entonces, que The Economist, en su edición del 25 de junio de 2026, titulara su análisis “Venezuela sufre el peor terremoto de un siglo”. En ese mismo artículo resumió la principal lección institucional con una frase elocuente: “La debilidad del Estado se hace dolorosamente visible”. Las catástrofes naturales revelan en pocos segundos aquello que los discursos oficiales pueden ocultar durante años: la calidad de las instituciones, la eficacia de los servicios públicos y la eficiencia del Estado frente a las emergencias.

Los terremotos no distinguen entre oficialistas y opositores, entre simpatizantes del gobierno y sus críticos. Todos experimentan el mismo temor y todos esperan que las instituciones funcionen. Por eso la propaganda, las consignas y los lugares comunes pierden toda utilidad. Lo que importa es que los hospitales permanezcan operativos, que existan equipos de rescate preparados, que las comunicaciones funcionen, que la población reciba información oportuna y confiable y que la libertad no se convierta en una víctima más de la tragedia.

Existe, sin embargo, una diferencia importante con la tragedia de Vargas de 1999. En aquella ocasión el gobierno rechazó buena parte de la ayuda internacional ofrecida por los Estados Unidos. Ahora, afortunadamente, decidió aceptarla, junto con la de otros países que han expresado su solidaridad con Venezuela. Ningún Estado moderno debería considerar la cooperación internacional como un signo de debilidad cuando la protección de la vida exige sumar experiencia y conocimientos.

Pero aceptar ayuda no basta. La verdadera fortaleza de un Estado reside en disponer de instituciones capaces de prevenir, coordinar y responder eficazmente antes de que la ayuda exterior resulte indispensable.

Durante años se privilegió la expansión de los aparatos de control político, la concentración del poder y el fortalecimiento de las estructuras militares y policiales, mientras se debilitaban los hospitales, las universidades, la infraestructura, la investigación científica y los organismos de protección civil. Los terremotos pusieron dolorosamente de manifiesto el resultado de esas prioridades. La fortaleza de un Estado no se mide por el poder que concentra para reprimir, sino por la protección que ofrece a sus ciudadanos. Un gobierno puede conservar el poder; solo un Estado puede proteger a la sociedad.

La experiencia de estos días deja otra enseñanza. La legitimidad de un Estado no depende únicamente de su capacidad para ejercer autoridad, sino, sobre todo, de su eficacia para proteger a la población cuando más lo necesita. Cuando las instituciones conservan su independencia y fortaleza, los conflictos políticos encuentran cauces institucionales. Si las instituciones venezolanas hubiesen mantenido esas condiciones, probablemente muchos de los episodios más críticos de nuestra historia reciente —entre ellos los acontecimientos del 28 de julio de 2024— habrían tenido un desenlace distinto.

Esa reflexión conduce inevitablemente a una evaluación del modelo político de las últimas décadas. Más allá de las diferencias ideológicas, los hechos invitan a una conclusión difícil de eludir: la revolución bolivariana no fue capaz de construir un Estado con instituciones independientes, servicios públicos eficientes y mecanismos eficaces para proteger a los ciudadanos. El terremoto no creó esa realidad; simplemente la hizo visible.

La historia venezolana demuestra, además, que existe otra manera de actuar. Tras el terremoto de Caracas de 1967, el presidente Raúl Leoni —con la autoridad que le daba su prestigio— encomendó la coordinación de las operaciones de rescate a un civil, el ingeniero Leopoldo Sucre Figarella, ministro de Obras Públicas, cargo que desempeñaba desde el gobierno de Rómulo Betancourt. La respuesta fue rápida y eficiente. Como recordó recientemente un editorial de El Nacional, aquella decisión expresó una concepción republicana del Estado: en las grandes emergencias, el interés general exige convocar a los mejores, estén o no en el gobierno.

Esa lección conserva hoy plena vigencia. Venezuela dispone todavía de un extraordinario capital humano. Las academias nacionales, las universidades, los colegios profesionales, las organizaciones humanitarias y numerosas asociaciones científicas reúnen a ingenieros, médicos, geólogos, arquitectos, urbanistas y especialistas en gestión de riesgos cuya única preocupación consiste en proteger a la población. Sobre ese capital humano debe apoyarse la cooperación internacional, para que el esfuerzo conjunto responda a criterios técnicos y al interés general.

Esa tarea exige también un clima de libertad. En una catástrofe, la información constituye uno de los principales instrumentos de protección civil. Una sociedad bien informada identifica mejor los riesgos, facilita las labores de rescate, combate la desinformación y permite que la ayuda llegue con mayor rapidez a quienes la necesitan.

De ahí que el gobierno deba levantar la censura que pesa sobre los medios de comunicación nacionales e internacionales y facilitar el trabajo de periodistas, organizaciones humanitarias y especialistas. En una emergencia, la censura deja de ser únicamente un problema de libertad de expresión. También se convierte en un problema de protección civil.

Sin embargo, la reconstrucción de Venezuela exige también un nuevo pacto republicano. No un acuerdo para distribuir cuotas de poder ni un entendimiento circunstancial entre dirigentes políticos. El país necesita un consenso sobre las funciones esenciales del Estado y sobre aquellas instituciones que ninguna mayoría política debería volver a debilitar.

Nuestra historia ofrece referencias valiosas. El Programa de Febrero de 1936 comprendió que la modernización del país exigía fortalecer la salud pública, la educación, la infraestructura y la administración civil. El Pacto de Punto Fijo de 1958 hizo posible la convivencia democrática mediante reglas compartidas para la alternancia en el poder. Hoy el desafío es distinto, pero igualmente trascendental: reconstruir un Estado profesional, capaz de proteger a todos los venezolanos, cualquiera que sea su posición política.

Ese nuevo pacto debería colocar en el centro la independencia de la justicia, la educación, la salud, la investigación científica, la protección civil, la libertad de información, la profesionalización de la administración pública, la recuperación de la infraestructura y la subordinación de la Fuerza Armada al poder civil.

Pero también debería asumir una convicción más profunda: el Estado existe para servir a la sociedad, no para someterla.

Ilustración: Alfred Kubin.

30/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/gobierno-sin-estado/

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44582-gobierno-sin-estado

Eppur si muove

SISMICIDAD Y ESTADO

Luis Barragán

Frecuentemente, la supervivencia consciente a un desastre natural de regulares o extraordinarias dimensiones entraña una radical experiencia humana. Lo es tanto que no puede comprenderse sin una adecuada perspectiva del Estado y de sus capacidades, lejos de la tentación de una ciega defensa o ataque al gobierno, aunque es evidente que, en el caso reciente del estado Vargas, los efectivos de la Fuerza Armada han tardado o tardaron demasiado en actuar, como ejemplo de lo más o menos organizado que queda del Estado.

Una somera revisión de la vieja prensa nos muestra aquellos fenómenos naturales como el terremoto que vivimos de muy niños en julio de 1967, con particularidades como el temprano vaticinio hecho por mentalistas y otros oficiantes del sortilegio y la previa advertencia de los especialistas en torno a las consecuencias sociales, jurídicas y políticas para la ciudad que celebró el cuatricentenario de su fundación. Hubo errores y limitaciones de un Estado que cumplía con sus funciones más elementales, aunque respondió diligente e inmediatamente en términos de información y orientación pública, prevención y protección civil, coordinación y memoria institucional, normas de (re)construcción y rendición de cuentas a juzgar por el libre ejercicio de los medios y las exigencias de los cuerpos deliberantes parlamentarios y edilicios.

Casi sesenta años después, en un contexto completamente desfavorable, repetida la tragedia del litoral central de casi tres décadas atrás, nos azotan dos terremotos en el centro norte costero con las nefastas consecuencias para una población inocente, sorprendida y desentrenada para estos menesteres de la supervivencia que la sobrepasan material y anímicamente. Desde hace más de una década, de un modo u otro, estuvo planteada la posibilidad de un fortísimo movimiento telúrico, incluso, desde los órganos del Poder Público [1], pero – creyéndonos en una perpetua estabilidad – nos confiamos irresponsablemente y a esto contribuyó el poderoso imaginario de un estado Vargas de condiciones tan estables como para los nuevos desarrollos urbanos en lugares antes trágicamente afectados, susceptibles de una serísima investigación administrativa y penal.

Importa comprender cabalmente la situación para superarla, en relación a las capacidades estatales, los protocolos de seguridad, la inmediata búsqueda y hallazgo de las personas desaparecidas, y hasta la posibilidad de un debate público necesario, sereno y convincente en la materia. Mayor razón al tratarse de una eventual transición política que requiere de la recuperación efectiva del Estado democrático que está más acá y más allá de un relevo de sus elencos de conducción.

El problema no se resuelve con el solo desplazamiento del régimen autoritario y la celebración de los comicios democráticos y ni siquiera con una nueva Constitución, manteniéndose en pie la cultura de la fuerza, pues la reconstrucción institucional exige cambios en la praxis política, confianza en las instituciones y una relación alternativa entre la ciudadanía y el Estado. Por consiguiente, es urgente reconocer que necesitamos una transición cultural que escape a todo mesianismo clientelar tan arraigado en este siglo, al que pudieran aportar los actores políticos de un proceso no lineal de cambio previa revisión de aquel equipaje espiritual y ético que puede retardar la transición entre marchas y contramarchas, diagnósticos y correcciones, metas y prácticas de una ineludible competencia que la deseamos leal, honesta y constructiva.

Es significativo que un científico social, como Hugo Celso Felipe Mansilla, confirme nuestros supuestos, pues, aunque no escribió una obra abundante y directamente relacionada con la materia, en un breve y específico ensayo – criticando el enfoque exclusivamente institucional de las transiciones – insistió en que era insuficiente el empleo de la ingeniería política, los cambios institucionales y una economía de libre mercado, preservando prácticas cotidianas premodernas, particularistas y hasta irracionales. La urgencia es la de construir una cultura democrática que le dé una vigorosa sustentación al Estado de Derecho a mediano y largo plazo, fundado en el bien común [2].

Los desastres naturales no distinguen entre generaciones, posiciones ideológicas y regímenes político-económicos, sino entre la capacidad o incapacidad de una sociedad para protegerse, estabilizarse y rehacerse al emerger la ciudadanía por encima de la victimidad reductora de las autoridades. Venezuela necesitará reconstruir viviendas, infraestructuras y comunidades al igual que la confianza en un Estado dispuesto a prevenir y actuar, coordinar e informar, orientar y responder: tarea inseparable de la transición hacia una libre y duradera democracia. 

[1]  A modo de ilustración:

http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/6290-de-una-catastrofe-previa

https://lapatilla.com/2016/06/13/luis-barragan-sismicidad/

https://lapatilla.com/2016/06/28/diputado-barragan-la-mania-protagonica-de-maduro-se-impone-ante-las-emergencias-que-el-ha-creado/

[2] H.C.F. Mansilla (2000) “Los límites de la democracia contemporánea y de las teorías de la transición”, en: Nueva Sociedad, Caracas, N° 166 de marzo-abril: 62-75.

Reproducción: Portada de la revista Élite, Caracas, 1967.

Fotografía: Catia La Mar. Federico Parra (AFP). La Vanguardia 26/06/26.

30/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/sismicidad-y-estado/

Cfr.

https://encuentrociudadano.org/nacionales/delsa-solorzano-denuncia-incapacidad-estatal-tras-el-devastador-doble-terremoto/

Caza de citas

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