“Se oyó cómo unas lágrimas caían sobre el tatami. Era un sonido extrañamente exagerado. Por un momento, Junpei creyó que era él quien estaba llorando sin darse cuenta. Pero era Sayoko quien lloraba. Tenía el rostro sepultado entre las rodillas, sus hombros se estremecían en silencio”
Haruki Murakami
(“Después del terremoto”, Tusquets, Barcelona, 1999: 113)
Ilustración: Zalas Anderzak.

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