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domingo, 9 de agosto de 2026

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SALIR DE LA BARCA DEL EGO

(San Mateo, 14: 22-33)

Enrique Martínez Lozano

Este precioso relato resulta ser una hermosa metáfora de nuestra vida. Abandonada la lectura literalista que, además de no corresponder a la intención del redactor, lo empobrece y falsifica, hallamos en él una “descripción” de nuestro modo de funcionar cuando estamos instalados en el ego (en la lectura que nuestra mente hace de las circunstancias).

En la “barca” del ego, nos sentimos fácilmente sacudidos por todo tipo de olas, llenos de miedos y creyendo ver fantasmas alrededor.

Miedos y fantasmas, sin embargo, se disipan en cuanto salimos de las interpretaciones que nuestra mente hace de las cosas, y nos anclamos en el “Yo soy”, nuestra identidad última, aquella que compartimos con todos los seres.

En ella, aceptamos lo que acontece, la mente se silencia… y retorna la paz. Porque nuestra identidad más profunda se halla siempre a salvo. El “Yo soy” –la Consciencia de ser- no puede ser afectado negativamente por nada. Reconocerse en esa identidad y vivirse conectado a ella es el culmen de toda sabiduría.

En esto consiste toda la “destreza”, según lo expone Papaji: “Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que quede, déjalo estar; lo que se va, déjalo ir. Quédate callado y adora al Ser”. En el reconocimiento de que el “Ser” no es una realidad que corriera paralela a nosotros, que se hallara “fuera” o nos resultara extraña. El Ser es otro nombre de nuestra verdadera identidad, que se expresa en la personalidad que tenemos. Por eso, el mismo Papaji concluye: “Durante todas las actividades de la vida recuerda siempre que tú eres el Ser”.

Al identificarnos con nuestra personalidad (o yo), desconectamos de nuestra identidad, nos encerramos en la “barca” del ego, y ahí todo se vuelve oscuridad, oleaje, confusión, miedo y sufrimiento.

A veces, aun estando en la “barca”, notamos el impulso de ir “más allá”, de trascender ese pequeño encierro y lanzarnos al mar abierto del “Yo soy”. Tal impulso no es sino expresión de nuestra misma identidad que, en forma de Anhelo, clama en nosotros, a pesar incluso de nuestra ignorancia.

Algo nos dice que la Vida es más que los hábitos a los que la hemos reducido y la rutina a la que nos hemos acostumbrado; y que nosotros no somos el ego que nuestra mente piensa, por más que habitualmente nos hayamos vivido desde él. Nos fiamos de aquella “voz” que viene de no sabemos dónde y salimos de la estrechez que nos aprisionaba.

Sin embargo, suele ser tan grande la inercia de generaciones y de toda nuestra propia vida, que basta sentir la “fuerza del viento”, para que el miedo se apodere de nuevo de nosotros y pensemos que nos estamos hundiendo.

“¡Qué poca fe!”, dice Jesús a Pedro. Qué poca certeza en lo que somos. La mano que agarra a Pedro no es otra que el “Yo soy”, identidad en la que Jesús se reconocía y que todos compartimos con él. Para no ser víctimas del miedo, necesitamos cultivar el contacto y la conexión con quienes realmente somos: esa es la única plataforma donde es posible la paz y la sabiduría.

Por eso, puede venirnos bien la enseñanza de Nisargadatta: “Rechace todos los pensamientos excepto uno: «Yo soy». La mente se rebelará en el comienzo pero, con práctica, paciencia y perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma, las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin ninguna interferencia de su parte.

No se preocupe por nada que usted quiera, piense o haga; solo permanezca establecido en el sentimiento-pensamiento «Yo soy«, enfocando «Yo soy» firmemente en la mente. En el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y concebible es pasajero, y solo el «Yo soy» permanece. Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es de que «usted es». El «Yo soy» es seguro, el «Yo soy esto» no lo es”.

Ilustraciones:  Rembrandt e Ivan Aivazovsky.

Rembrandt van Rijn.

Fuente:

https://www.feadulta.com/salir-de-la-barca-del-ego/

Padre S. Martín: 

¿La misa tradicional divide la Iglesia? | La invasión de Ceuta es un aviso:

https://www.youtube.com/watch?v=9dEE2vM6vyE

Papa León:

Cardenal Porras:

Padre J. Martín: 

Padre S. Martín:

Padre Guzmán:

sábado, 12 de julio de 2025

"... La hipérbole busca provocar y descolocar al oyente"

TRASFONDO DE LAS ANTÍTESIS

(San Mato, 5: 17-37)

Enrique Martínez Lozano

Después de la proclamación de las Bienaventuranzas, que convierten en "sal" y "luz" a quien las vive, empieza propiamente el "cuerpo" del Sermón de la montaña, que se va a desarrollar en tres bloques:

       la "justicia nueva" del Reino, que regula la relación con los otros (5,21-48);

       la vivencia limpia de la religiosidad, evitando el riesgo siempre acechante de la hipocresía y el fariseísmo (6,1-18);

        y la invitación a una confianza radical en el Padre (6,19-7,11).

Como trasfondo de todo el primer bloque, no es difícil percibir la polémica –que había ocupado un primer lugar en las Cartas de Pablo y que constituyó una de las causas de mayor enfrentamiento en las primeras comunidades- entre la "ley" y el "evangelio".

A diferencia de la postura tajante de Pablo –tal como queda magníficamente reflejada en las Cartas a los Romanos y a los Gálatas-, Mateo parece querer contentar a todos; probablemente, porque su propia comunidad se hallaba dividida a partes iguales entre partidarios de ambas posturas.

En su escrito parece reflejarse la tensión entre los partidarios de seguir literalmente la ley y quienes creían que había quedado definitivamente superada. Pareciera incluso como si, en aquella comunidad, se estuviera viviendo un consenso bastante inestable.

Ese enfrentamiento puede explicar la actitud de Mateo para quien, por un lado, "tiene que cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley" y, por otro, es necesario "ser mejores que los letrados y fariseos" (es decir, parece exigirse la vivencia de una "justicia" que trasciende la ley).

Y es precisamente esa "justicia" –un término particularmente querido para Mateo, y que podría traducirse como "ajustarse a Dios"-, una justicia que es infinitamente superior a la "ley", la que va a ser descrita en cinco antítesis llamativas (en el texto de hoy se abordan las tres primeras).

Y resultan llamativas, no sólo por el contraste manifiesto, subrayado a veces incluso de forma hiperbólica –como veremos-, sino por el modo de presentar a Jesús, con una autoridad superior a la propia Ley, a la que radicaliza, remitiéndose únicamente a su propia persona: "Se os dijo..., pero yo os digo...".

Indudablemente, la autoridad –en el sentido más genuino de la palabra- que se desprende de esa actitud no tiene equivalente en toda la literatura bíblica. Acerquémonos ahora a las tres primeras antítesis.

1ª. ¿Sólo no matar?

Tras la cita correspondiente ("No matarás": Libro del Éxodo 20,13 y Deuteronomio 5,17), la palabra de Jesús enfatiza hasta el extremo el respeto al hermano.

No sólo porque quiera eliminar hasta el insulto más pequeño –los que la versión castellana traduce como "imbécil" (raka) o "renegado" (moros) eran bastante usuales e inocuos-, sino porque coloca la relación con los otros por encima incluso de la ofrenda religiosa, es decir, por encima del Templo.

Es patente cómo la religión queda "enmarcada" sanamente en una actitud amorosa hacia los demás.

2ª. ¿Sólo no adulterar?

Sin duda, la expresión de Jesús ("todo el que mira a una mujer...") suena a exageración; según el gusto oriental, la hipérbole busca provocar y descolocar al oyente.

Pero aparece cargada de sabiduría. Si la tendencia característica del yo es la posesión y la apropiación, la palabra del Maestro quiere situarnos en la sabiduría de la primera de las Bienaventuranzas: son felices quienes son "pobres de espíritu", quienes no giran en torno a las pretensiones del yo.

La alusión al ojo y a la mano que son "ocasión de pecado" hay que leerla, obviamente, en clave simbólica: son los deseos y las acciones que hacen daño los que tienen que ser "cortadas". (En la antropología semita, bien anclada en lo somático, las diferentes partes del cuerpo designan actitudes y acciones).

La referencia al divorcio parece reflejar también una problemática de la comunidad de Mateo, en la que ya se habría aceptado alguna causa para el mismo: la "porneia", que no se sabe bien cómo traducir: "prostitución", "fornicación", "unión ilegítima"... En cualquier caso, según los expertos, es discutible que este tema hubiera entrado en la enseñanza de Jesús.

3ª. ¿Sólo no jurar?

La insistencia de Jesús en la veracidad y transparencia de la palabra es admirable. Todos los maestros espirituales han valorado siempre el hecho de expresar con sencillez la propia verdad. Y entre muchos grupos humanos no se reconocía valor mayor que el de la "palabra dada".

Sí o no: el lenguaje de la verdad es indicio de la libertad interior de quien, de una manera u otra, ha trascendido su ego. Porque el ego tiene otros "valores" por encima de la verdad, aquéllos que lo sostienen y alimentan. De ahí que sea tan hábil en la racionalización, la justificación y tantos otros mecanismos de defensa.

Sin embargo, quien no tiene que "proteger" su yo (su imagen) puede mostrarse sencillamente en su verdad, con todos sus claroscuros. Y viene a descubrir que es precisamente el reconocimiento de la propia verdad la mayor fuente de descanso, paz y libertad interior... Y la actitud capaz de construir fraternidad en torno a sí, una fraternidad que sólo es posible desde la desegocentración.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1334-trasfondo-de-las-ant%C3%ADtesis.html

Ilustración: Caravaggiio, "Las siete obras de la misericordia".

UNA IGLESIA SAMARITANA

(San Lucas, 10: 25-37)

Enrique Martínez Lozano

Los letrados eran los "teólogos oficiales" del judaísmo. Este se acerca a Jesús, queriendo "ponerlo a prueba", con una pregunta característica del yo religioso: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?".

Como sabemos, el yo se define por su afán protagónico y alimenta su sensación de existir como entidad autónoma, a partir de los mecanismos de la identificación y de la apropiación. En la pregunta del letrado, es él quien tiene que hacer algo para conseguir un beneficio para sí mismo.

Por esa misma razón, la religión del yo no puede ser sino la del mérito y la recompensa, entendida además en clave individualista: hago "algo" para obtener "algo" para mí (aunque eso sea la salvación del alma).

Por otro lado, aquella pregunta denota también la ignorancia en la que el yo se mueve: considerar la "vida eterna" como un objeto que poder atrapar. El yo, al no poder conocer la felicidad, la proyecta siempre hacia el futuro, en la creencia (generalmente inconsciente) de que, por fin, algún día la alcanzará. Eso le hace vivirse proyectado hacia delante, víctima de la ansiedad que nace de su propio vacío.

Pues bien, acostumbrado a perseguir el futuro, no es extraño que se imagine la "vida eterna" como el futuro definitivo en el que, finalmente, él va a ser completamente feliz: ¿Cómo no hacer cualquier cosa para "heredarla"?

De entrada, Jesús se sitúa en el nivel de quien le pregunta y lo remite a algo que era totalmente familiar para un experto religioso: a la Ley.

En su contestación sobre lo que pide la Ley, el letrado combina dos textos: uno del libro del Deuteronomio (6,5) –"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser"- con otro del Levítico (19,18) –"Amarás a tu prójimo como a ti mismo"-.

Parece que la idea del amor al prójimo constituía un principio ético muy claro en el judaísmo anterior a Jesús. Y gracias al influjo de los judíos helenistas, poco a poco se había ido unificando la doble dimensión del amor –a Dios y a los otros-, de acuerdo a las dos reglas básicas del helenismo: la eusebia (adoración a Dios) y la dikaiosyne (el amor al prójimo).

A Jesús le agrada la contestación, le anima a vivirlo y parece así zanjar la cuestión: "Haz eso y tendrás la vida". Por un lado, el Maestro de Nazaret vincula estrechamente el amor y la vida; por otro, no habla ya de "vida eterna" como si fuera un "premio" a conseguir, sino de experimentar la vida. Eso es lo que ocurre precisamente cuando nos abrimos al amor, en un proceso creciente de desegocentración. Pareciera como si Jesús hubiera encontrado una puerta para ayudar a aquel hombre a salir del círculo de un yo que buscaba su "premio eterno".

Pero el letrado no da el diálogo por terminado. Más que "aparecer como justo", necesita "justificarse", es decir, intentar demostrar que su pregunta no había sido tan tonta. Pero, a pesar de haber caído en otro mecanismo propio del yo –la justificación-, su nueva intervención va a dar la ocasión para que contemos con esta admirable parábola, que resume el corazón mismo de todo el evangelio.

Se trata de un relato exclusivo de Lucas, aunque se remonta a una tradición anterior. Y refleja una cuestión viva en el judaísmo del siglo I, así como en las primeras comunidades cristianas: ¿a quiénes debemos considerar como prójimos? No pocos excluían de esa categoría a los extranjeros y a los samaritanos.

La parábola tiene bien elegidos los personajes: dos profesionales del templo –el sacerdote y el levita- y un hereje, a quien cualquier judío piadoso debía evitar.

De un modo provocativo, Jesús hace de este último –excluido de los círculos "honorables"-, el protagonista bueno, frente a los dos hombres religiosos, en un contraste que habría de resultar a su auditorio tan hiriente como polémico.

De esa manera, introduce un principio radicalmente revolucionario en el mundo de la religión: hay un camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo. El sacerdote y el levita imaginaban hallar a Dios en el templo; sin embargo, según Jesús, quien realmente se encuentra con Dios es el que atiende al hombre necesitado. Se trata de un criterio luminosamente claro, pero tan subversivo que la misma religión tiende a olvidarlo.

Dicho en otras palabras: lo que Dios nos pide –según Jesús- no es que seamos "religiosos", sino que seamos "humanos", viviendo la compasión hacia los otros.

Eso es precisamente lo que caracteriza al samaritano: su corazón compasivo. Compasión es la capacidad de "meterse" en la piel del otro, para ver las cosas como él las ve, y sentirlas como él las siente.

Pertenece a la misma familia semántica –aunque sea en griego- que la "simpatía" y la "empatía". Por eso, la compasión no es en absoluto un sentimiento superficial o efímero, como sería una lástima pasajera, sino tan profundo que conmueve a la persona y la lleva a una acción eficaz –sin esa acción no hay compasión, sino apenas "lástima" superficial y pasajera-, haciendo todo lo que está a su alcance para aliviar él la necesidad del otro que sufre.

Con la parábola –que critica a un sistema religioso de corazón endurecido-, Jesús hace ver que la pregunta del letrado era engañosa.

No se trata de preguntarse "¿cuál es mi prójimo?", sino "¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo?".

Y concluye dando respuesta a la cuestión primera: "¿qué tengo que hacer?". Jesús contesta: "Haz tú lo mismo". No debió resultar agradable para un letrado que le pusieran como modelo de comportamiento al detestado samaritano. Pero, más allá de la anécdota y de la ironía que el relato destila, el criterio sigue en pie. Lo que "hay que hacer" es vivir la bondad compasiva con quien se halla en necesidad. No hay criterio religioso por encima de éste.

Por eso producen tristeza no pocas reacciones de las autoridades eclesiásticas que parecen actuar más de acuerdo al propio establishment religioso que al mensaje de Jesús. La postura de L'Osservatore Romano, a raíz de la muerte del escritor y premio Nobel José Saramago, es un ejemplo de lo que, en nombre de Jesús, no deberíamos hacer jamás.

Reproduzco a continuación un breve artículo del periodista Manuel Alcántara, comentando el texto aludido del diario vaticano.

"El diario oficial de la Santa Sede ha aprovechado la muerte de Saramago para reprocharle su conducta, que aparte de haber sido ejemplar desde un punto de vista personal, estuvo siempre a favor de los más desamparados.

Con una escandalosa falta de piedad, que hace sospechar que quienes redactan las páginas del frecuentemente hirsuto diario no tienen a los Evangelios entre sus lecturas predilectas, acusan al gran escritor de profesar «una ideología antirreligiosa» y le piden cuentas póstumas por ser marxista. Una madre no debe despedirse así de uno de sus pobres hijos. Ni siquiera la Santa Madre Iglesia.

Saramago, que no es uno de mis escritores favoritos, ni siquiera entre los que más me han ayudado a vivir entre los que nacieron en su tierra, era un ser humano importante, o sea, alguien a quien le importaban los otros seres humanos. Estuvo siempre comprometido con la vida, a pesar de que nunca esperó nada de ella, y nunca disfrazó sus ideas.

Era muy callado, muy reservado, muy cortés. ¿Por qué aprovecharse para zaherirle su comportamiento a que la muerte le obligue a mantener una reserva aún mayor? Los muertos, sean quienes sean, quiero decir quienes hayan sido, merecen indulgencia. Ya lo saben todo, o siguen ignorándolo todo. Un respeto para ellos.

La falta de piedad mostrada por las páginas del diario vaticanista no sólo es sobrecogedora, sino que desmiente la teoría del perdón, que es lo único que nos permite rectificar el pasado. Repito que esa actitud es impropia de la madre misericordia, pero además aquella dignísima persona tenía derecho a sospechar la verisimilitud de algunos mitos que le fueron transmitidos.

Hay que ser o creyente o pensante, dijo Schopenhauer, pero eso ha sido desmentido en ocasiones. ¿Qué culpa pueden tener algunos de no creerse las promesas post mortem? La fe es un don, según dicen sus usuarios. No hay que reñirle a los muertos. Está muy mal que lo haga una madre. Todos somos hijos de Dios".

Finalmente, bajo la perspectiva de la parábola que venimos comentando, tiene razón el obispo Jacques Gaillot cuando afirma que "una Iglesia que no sirve, no sirve para nada" –es el titulo de un libro que publicó en 1995, en la editorial Sal Terrae-. Y es que la Iglesia que se remite a Jesús únicamente puede ser fiel al Maestro si es, en la práctica, "una Iglesia samaritana".

Pero, a su vez, sólo podrá ser esa Iglesia, cuando quienes la integramos vayamos creciendo en capacidad de amar, porque hayamos empezado a descubrir que el Amor es el núcleo de nuestra misma identidad.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1866-una-iglesia-samaritana.html

Ilustración:  Rembrandt. 

Brevísima nota LB: Nos equivocamos y, en lugar de san Lucas, colocamos a san Mateo. 

Padre S. Martín: Sinodalidad, clero agobiado: https://www.youtube.com/watch?v=gwR9CM0rxCw

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/1181385063757267

León XIV: https://www.youtube.com/watch?v=66gKiWNYfnA


Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=1rmE1h8BO2E&list=RD1rmE1h8BO2E&start_radio=1


Monseñor Biord:https://www.youtube.com/watch?v=e-Q7JSGRRBc&list=RDe-Q7JSGRRBc&start_radio=1



domingo, 7 de mayo de 2023

Camino, verdad, vida

San Juan 14, 1-12
¿SIGUES ESPERANDO VER A DIOS, COMO FELIPE?
Si no lo descubres en el hombre, nunca lo verás.
Marcos Rodríguez
Hoy podríamos desarrollar, no una homilía, sino todo un tratado desde cada una de las lecturas.
En la primera, descubrimos cómo los ministerios (diaconado) no fueron instituidos directamente por Jesús, sino que surgieron como exigencias de una comunidad que crece y tiene que organizarse.
"Escoged a siete de vosotros... y les encargaremos de esa tarea." (Hch 6,1-7)
En la segunda, nos encontramos con la idea del sacerdocio de los fieles, recuperada por el Vaticano II, pero escamoteada por los que han venido después.
“Vosotros sois: raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad...” (1 Pe 2,4-9)
Quiere decir que, como cristianos, cualquier simple fiel y Benedicto XVI, en lo esencial, son idénticos.
Todo cristiano es esencialmente sacerdote, porque participa del sacerdocio de Cristo. La diferencia con el sacerdocio ministerial es accidental, aunque sea importante. No se trata de quitarle importancia, pero no debemos establecer diferencias substanciales entre cristianos. Los ministros ordenados no son más ni menos cristianos.
El evangelio, aunque es una pequeña parte del discurso de despedida que Juan pone en boca de Jesús en la última cena, se trata de reflexiones pascuales. Lo que en el discurso es futuro, es ya presente para el que escribe y el que lee. Pero este presente deja entrever un nuevo futuro que el Espíritu irá realizando.
Se percibe la dificultad que tiene la comunidad de expresar su experiencia de salvación. Esta vivencia está anclada en la presencia de Jesús, del Espíritu y del Padre. El ambiente es de inquietud: la traición de Judas, el anuncio de la negación de Pedro, el anuncio de la partida. Todo es inquietante. Está justificada la invitación a la calma y a la confianza.
El tema central de este capítulo 14 es el Padre. La clave del mensaje de Jesús es su relación con el Padre y la de sus discípulos.
“Mantened vuestra adhesión a Dios y a mí” (pisteuete eis...). Juan utiliza esta construcción 30 veces, dirigida a Jesús. En 12,44 y aquí pone como término a Dios, indicando la identidad de ambas adhesiones.
Está en juego la relación de los discípulos con Dios. La opción por él y la opción por Dios son la misma cosa. Si de verdad buscan a Dios, están en el buen camino, porque están con él. No hay diferencia entre la adhesión a Dios y la adhesión a Jesús. Esta es la razón por la que no tienen nada que temer.
“En el hogar de mi Padre, hay sitio para todos”. “Oikia” = casa, pero también familia, intimidad. “Monai pollai” = muchas moradas. “Mone” se deriva de “ménô” = permanecer.
Significa la presencia del Padre en Jesús y de Jesús en el Padre. Jesús va al Padre, para procurarles un tipo de relación con Dios, similar a la suya.
No hay diferencia de rango en las moradas, sino multiplicidad. No se trata de un lugar, sino del ámbito del amor de Dios. En el corazón de Dios, todos tienen cabida. También podía traducirse: en la familia de Dios hay sitio para todos.
Todos los seres humanos están llamados a recorrer el mismo camino de Jesús, para entrar a formar parte de la familia (ámbito) del mismo Dios. Como Jesús está “en el seno del Padre”, así todo cristiano puede llegar allí.
La incomprensión de Tomás, es recurso literario, y da al autor  la oportunidad de aclararse.
Yo soy el camino, la verdad y la vida. Estamos ante uno de los textos más densos, referidos a la realidad de Jesús. La meta es el Padre. Él es el camino, pero también la verdad y la vida.
El concepto de “camino” presupone un término. El concepto de “verdad” presupone un contenido. El contenido es él. De los tres términos, el único absoluto es “vida”. Porque Jesús posee la Vida, es verdad y es camino.
Yo soy camino. Jesús es un proyecto realizado, porque recorrió el camino que le llevó a la plenitud humana. El camino es el amor hasta la muerte. El don total de sí mismos les realizará plenamente y hará brillar en ellos la presencia de Dios. Pero además de recorrer ese trayecto, me hago camino para que tú puedas recorrerlo también. En el Antiguo Testamento el camino era la Ley. Jesús sustituye la Ley, no con otra ley, sino con su persona.
Yo soy verdad, es decir, soy lo que tengo que ser, soy yo mismo, soy auténtico. No se trata de la verdad lógica, (la adecuación de un predicado a un sujeto), sino verdad ontológica que hace referencia al ser, no al conocer. Quiere decir que Jesús es plenamente hombre, autentico y verdadero. Es lo que tiene que ser un ser humano. Es verdad, porque la trayectoria de su vida es la que tiene que recorrer todo hombre. Lo contrario sería ser lo que no eres, ser falso, engañoso, pura apariencia, no ser uno mismo.
Yo soy vida, es decir, lo verdaderamente importante de mi ser está en la energía que hace que sea lo que soy. Recordad: "El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma, vivirá por mí." Está hablando de la misma Vida de Dios, que se le ha comunicado a él y que, a través de él, se nos comunica a nosotros.
“Nadie se acerca al Padre...” En el capítulo 6 había dicho: “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae”. Las dos ideas se complementan. Para el que nace del Espíritu, el Padre no es alguien lejano, su presencia es inmediata. Hacerse hijo es hacer presente al Padre. La identificación con Jesús, hace al discípulo participar de la misma vida de Dios.
Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre. Una vez más se refleja el “ya, pero todavía no” de la primera comunidad. El seguimiento de Jesús es un dinamismo constante. No se trata de progresar en el conocimiento, sino en la comunión por amor. El conocimiento vivencial de Jesús, hará que el Padre se manifieste en el discípulo. Lo que pide Felipe es una teofanía como las narradas en el Antiguo Testamento. Piensa que Jesús es un representante de Dios, no la presencia misma de Dios.
Quién me ve presente a mí, ve presente al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? Esta queja, puesta en boca de Jesús, es una clara reflexión pascual de los discípulos. En su vida pública no entendieron ni jota de lo que era realmente Jesús. Felipe sigue separando a Dios del hombre. No ha descubierto el alcance del amor de Dios ni su proyecto sobre el hombre. No se han enterado de que Dios sólo es visible en el “hombre”. Desde esta perspectiva, Jesús podía decir: quien me ve a mí, ve a mi Padre. Y al mismo tiempo: si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre porque el Padre es más que yo.
“Las exigencias que yo os propongo...” Las obras son la manifestación de que Dios está en Jesús. ¡Ojo a este dato! La presencia de Dios en Jesús es dinámica. El Padre ejerce su actividad creadora a través de Jesús. Él, a partir de su propia experiencia, propone las “exigencias” que Dios le pide a él.
A través de sus obras realiza el designio creador. El criterio para descubrir si el Padre está en Jesús serán siempre las obras. Lo que dice tendrá siempre un valor relativo. Lo verdaderamente válido son las obras. Si lo tenemos claro, descubriremos a Dios en las obras de Jesús a favor del hombre.
Pero la manifestación de Dios en las obras de Jesús no es una exclusiva suya. Dios actúa en él y seguirá actuando en todo aquél que siga sus pasos. Liberar al hombre será siempre obra de Dios, sea a través de Jesús sea a través de los seguidores. “Hará obras aún mayores”.No se trata de milagros, sino de la manifestación del amor en favor del hombre. La obra de Dios no termina en Jesús, empieza en él y se continuará siempre.
Meditación-contemplación
Yo soy camino, yo soy verdad, yo soy vida.
Ésta es la profunda experiencia de los cristianos de finales del siglo I.
En Jesús descubrieron, no sin dificultades, la presencia de Dios.
Mi tarea es descubrir también ese Dios de Jesús.
...................
Para encontrar ese Dios en Jesús, tengo que abandonar mis ídolos.
Dioses que tengo muy arraigados en lo más hondo de mí,
de los que no me quiero desprender porque son fabricación mía
y con los que me encuentro muy a gusto
porque responden a mis deseos.
..................
El Dios de Jesús, por ser amor, me exige amar.
Y eso es precisamente lo más contrario a mis deseos egoístas.
Para llegar al verdadero Dios sólo hay un camino:
el que recorrió Jesús amando hasta el extremo.
Ilustración: Rembrandt Harmenszoon van Rijn.
Fuente:

Caza de citas

“ Nadie se dio cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo...