Solo hay una
"tarea" que realizar: favorecer la vida. Sin embargo, tal tarea no es
algo "añadido" a lo que somos.
El ego piensa que tiene que
hacer porque se ve como un "alguien" separado que se define, entre
otras cosas, por su capacidad hacedora. Y ve la acción, como todo lo demás,
desde una perspectiva dual: yo, delimitado o encerrado en mí mismo, hago algo
que, en cierto modo, me enriquece o enriquece a otros.
El ego, consciente o
inconscientemente, se define como carencia: de ahí que busque fuera aquello que
le permitiría "completarse" y experimentarse más pleno.
Sin embargo, "dar
vida" no es algo que el ego pueda hacer. La Vida se da a sí misma.
Necesitamos únicamente reconocernos en ella, de un modo cada vez más consciente
y, por tanto, desapropiado para, de ese modo, permitir que fluya y se exprese a
través de nosotros, en modos concretos.
En este sentido se puede
entender la imagen de la "puerta", en cuanto espacio abierto que
permite que la Vida fluya.
Porque la Vida es, antes que
nada, espaciosidad, amplitud ilimitada que todo lo contiene y que se expresa en
infinidad de formas, todas ellas habitadas por la misma y única Vida.
Por eso, quien se percibe
así, no puede sino vivir el cuidado con todos y con todo. Un cuidado que Jesús
expresa en la imagen del "pastor", imagen que resulta anacrónica para
la mayoría de nuestros contemporáneos, pero que encerraba una extraordinaria
riqueza, histórica y metafórica, en el contexto en que Jesús la utilizaba.
Todos nosotros
"conocemos la voz" de la Vida. Por eso, cada vez que vemos, oímos o
leemos algo preñado de vida, se produce una resonancia en nuestro interior. Es
una voz que nos "suena", aunque haya podido estar muy apagada durante
mucho tiempo.
En nuestro mundo hay muchas
voces de todo tipo. Tantas, que corremos el riesgo de terminar aturdidos.
Algunas de ellas pueden resultarnos especialmente atractivas porque parecen
encajar perfectamente con lo que son las necesidades del ego. Hay voces que
prometen, voces que compensan, voces que entretienen, voces que distraen, voces
que seducen, voces que inflan, voces que asustan, voces que amenazan, voces que
nos dan la razón, voces que nos rechazan... Tantas voces que no es extraño que,
en algún momento, las sigamos. Sin embargo, si no son la genuina voz de la
Vida, no nos alimentarán; su encanto habrá resultado pasajero y, con
frecuencia, frustrante.
Jesús habla desde la Vida, o
mejor aún, como la Vida: porque es esta la que habla a través de él.
Solo puede hablar desde la
Vida quien se reconoce en ella, quien ha descubierto que la Vida es su
verdadera identidad. Se comprende que quien dijo: "yo soy la puerta",
"yo soy el pastor", "yo he venido para que tengan vida"...,
dijera también: "Yo soy la Vida". No puede ser de otro modo.
Lo admirable es que esta
afirmación del maestro de Nazaret es válida para todos nosotros: la Vida es
nuestra identidad. Únicamente necesitamos reconocerla y vivirnos en la
consciencia de ser ella.
Nos sirve maravillosamente
para entender la situación anímica de los discípulos después de la tragedia del
viernes, y para renovar nuestra fe.
"Nosotros esperábamos
que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas,
llevamos ya tres días desde que esto pasó ... ".
Nos encontramos en presencia
de "el escándalo de la cruz". La muerte de Jesús ha dado al traste
con las esperanzas puestas en El. Los dos discípulos de Emaús representan perfectamente
la crisis de fe de aquella primera comunidad, motivada por la muerte de Jesús.
Cabría pensar que ellos
también podrían haber dicho, como otros, a Jesús crucificado: "Si eres el
Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos". Están aplicando a Jesús las
categorías humanas y judaicas. Para ellos, la muerte es el final. Y la
ejecución como criminal, el fracaso.
Es más, están fiándose de su
propia interpretación de la Palabra de Dios. Esperaban un Mesías triunfante. No
ha triunfado, luego no lo es. Los dos de Emaús representan la situación de los
discípulos: "se acabó; nosotros pensábamos que Él sería... pero... se
acabó".
¿Cómo pasó aquel grupo
reducido del abatimiento y la sensación de fracaso que presenta este texto, a
la seguridad y el sentido misionero avasallador que hemos visto en la primera
lectura de hoy? ¿Cómo se convirtieron en valerosos pregoneros los asustados y
fracasados galileos? Tenemos que dar dos respuestas, situadas a distinto nivel.
En primer lugar, la
Resurrección de Jesús no parece que se pueda explicar simplemente por un
"convencimiento íntimo" de que sigue vivo tras la muerte, ni una
"experiencia interior".
Hubo algo que cambió su
depresión y su cobardía en entusiasmo y espíritu misionero, algo que les lleva
a anunciar a Jesús Vivo, aunque les cueste la vida, y a llevar el mensaje al
mundo entero. No creyeron en Jesús simplemente porque -a pesar de que había
muerto- le recordaban y le seguían admirando. Parece necesario "algo
más".
En segundo lugar, el
Espíritu. El Espíritu, el viento de Dios, hizo a Jesús como era. El Espíritu
hablaba en Jesús, curaba en Jesús. El Espíritu la hacía sabio y confundía a sus
adversarios. El Espíritu le hizo pasar del "¿por qué me has
abandonado?" al "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Ese Espíritu que Jesús
"sopló sobre ellos" (recordamos el evangelio del domingo pasado),
como Dios mismo sopló su espíritu en el muñeco de barro y lo hizo ser viviente
está haciendo diferentes a los que le siguieron en vida y siguen creyendo en él
después de muerto. Es la tesis básica de Hechos: el mismo espíritu de Jesús
sigue alentando en la Iglesia.
EL escándalo de la Cruz
Jesús "les explica las
escrituras", les explica "que era necesario que el Mesías padeciese y
muriese y entrase así en su gloria". Era necesario.
Porque era el Hijo de Dios,
no bajó de la cruz, precisamente porque era el Hijo de Dios. Si hubiera bajado
de la cruz, no sería más que una divinidad que se había vestido con apariencia
humana (y esa es la "fe" simplona de muchos). Pero era un hombre que
arrostraba su destino, su misión: fiel a la misión hasta la muerte.
La cruz es un escándalo, (y
la humanidad de Dios, también, y la divinidad del hombre también) sólo
superable por la fe en el Crucificado. No hay manera alguna de escapar del
escándalo del mal del mundo. El mal del mundo culmina por el rechazo de los
hombres a Dios. La crucifixión de Cristo es el mayor escándalo.
"En el mundo estaba, y
el mundo fue hecho por El
y el mundo no le conoció.
Vino a los suyos y los suyos
no le recibieron".
Pero la crucifixión actual
de tantos y tantos que contemplamos, en los males y en los pecados, son el mismo
escándalo: la aparente ausencia de Dios. De este escándalo no escapamos más que
por la fe en Jesús, el crucificado/resucitado.
Como casi siempre, la fe no
nos da explicaciones, sino motivos para creer a pesar de lo que vemos. En la
cruz no se cree. La cruz se ve. La resurrección no se ve. Se cree en ella,
porque se ven las obras del Espíritu.
Pero se puede dar un paso
más. No sólo creemos a pesar de la cruz; creemos por la cruz. A varios niveles:
· ver a un hombre que
arriesga la vida por proclamar sus valores y sus criterios hasta el final, sin
echar marcha atrás, sin arrugarse ante nada, sin escaparse, hasta arrostrar la
muerte ... es un fortísimo argumento para creer en él. Y así fue Jesús. "Obediente
hasta la muerte y muerte de cruz" admite otra traducción:
"consecuente hasta la muerte y muerte de cruz".
· reflexionando en quién
mató a Jesús volvemos a creer en él. A Jesús lo mató el Templo y sus
sacerdotes, los mayores agentes de opresión, los mayores deformadores de Dios.
A Jesús lo mató La Ley y sus doctores y sus purísimos cumplidores,
monopolizadores de la Palabra, despreciadores de la gente (podemos leer Mateo
21–23). Lo mataron los manejos políticos, el mesianismo nacionalista... La cruz
exige tomar partido: con todos esos o con Jesús.
· la elaboración teológica
de todo lo anterior lleva a decir: el Padre es capaz de dejar que su mejor hijo
se arriesgue por todos los demás: ¡mirad cómo ama el Padre, que no escatima ni
siquiera a Jesús, por el bien de todos!
Ser cristiano se define por
tanto como:
"el que cree en Dios,
el Padre,
por Jesús a pesar de la
cruz,
y por la cruz".
"Viendo y oyendo"
Nuestra resurrección es una
realidad interior. La vida del hombre no es más que signo, ropaje... de la
Vida. La Resurrección es tener ya La Vida.
La simple vida biológica es
el soporte de la vida intelectual. Y todo eso no es más que el soporte de LA
VIDA, la condición de Hijos. Nuestra fe es que en Jesús se mostró posible que
la humanidad "lleve dentro" la divinidad. Decía el catecismo que
estudiábamos de pequeños: "Sin dejar de ser Dios, quedó hecho hombre"
Y podemos invertir los términos: "Sin dejar de ser hombre, estaba lleno de
Dios". Éste es el sentido profundo, desmitologizado, de la Encarnación.
La Resurrección, la Vida, no
se ve. Pero sus frutos sí se ven. Los que participan de la Vida viven como
resucitados "buscando las cosas de arriba" "vestidos del hombre
nuevo". Su código moral son las Bienaventuranzas; su oración, el Padre
Nuestro; su culto a Dios, la vida; sus actos religiosos, las celebraciones
festivas del amor de Dios presente en todo, los sacramentos. Esta es la Vida
Nueva, manifestándose en la vida normal.
Vivir de otra manera es
"inútil y efímero". Nosotros vivimos la vida como El nos enseñó,
porque tenemos Fe en El y tenemos puesta en El nuestra esperanza.
Debido a sus propios
límites, la mente solo puede darnos respuestas reductoras. Para ella, nuestra
identidad es el yo, y la vida es algo que tenemos. Mientras permanezcamos
identificados con ella y queramos entender la realidad únicamente desde la
razón, no podremos superar el engaño.
Todo se modifica, sin
embargo, en cuanto salimos del modelo mental de conocer: la realidad deja de
aparecer como una suma de objetos separados –la separación, en realidad, es un
ilusión producida por la mente-, para mostrarse como el despliegue de la Vida
en infinidad de formas.
Todo es Vida, que puede
expresarse como vibración, conciencia, información, energía, materia... Lo cual
no es sino una "extensión" de la célebre fórmula de Einstein: E = mc2
("m" es masa, y "c" es la velocidad de la luz). Masa y
energía no son sino la misma y única realidad, aunque en
"condiciones" diferentes. ¡Con razón decía Max Planck, el padre de la
física cuántica y premio Nobel de física en 1918, que "la materia como tal
no existe"!
La vida no es algo que
tenemos, sino lo que somos. Lo que tenemos, lo podemos perder; lo que somos,
permanece.
Del mismo modo, mi identidad
real no es el yo, tal como la mente creía, sino –otro nombre de la Vida- la
Consciencia que me percibe. No soy nada de lo que puedo observar, sino Eso que
observa. Para quien realmente soy –la Consciencia-, el yo –la estructura
psicosomática, el organismo cuerpo-mente- no es nada más que un objeto, en el
que, de una forma transitoria, se expresa la Consciencia que soy.
En otro marco de referencia,
dentro de otras categorías culturales y religiosas, la fe cristiana en la
resurrección viene a afirmar, de fondo, lo mismo. La resurrección de Jesús es
la proclamación irrefrenable de que la muerte no es sino un "paso" en
el que, paradójicamente, despertamos a la Vida que somos. Ni el aparente
fracaso, ni la tortura, ni la muerte, ni la angustia de la cruz tienen la
última palabra. La Vida que somos no muere jamás.
No es necesario, por tanto,
esperar a la muerte física para morir, ni tampoco para resucitar. Si queremos
vivir como resucitados –tal como vivió Jesús, que llegó a afirmar: "Yo soy
la resurrección y la vida"-, necesitamos comprender la verdad de quienes
somos. En la medida en que lo comprendemos, dejamos de vivir para el yo –vamos
muriendo a él- y nos anclamos en nuestra verdadera identidad: la Consciencia
ilimitada y compartida.
De ese modo, nos
experimentamos conectados a la Fuente de todo lo que es y a la Vida que somos.
En esto consiste la sabiduría y la liberación: en la conexión consciente al
Misterio de la Vida, a Dios, sin ningún tipo de separación ni distancia; sin
costuras.
Y desde aquí podemos volver
al relato del evangelio de Juan. Se trata de un texto profundamente elaborado y
cargado de simbolismo. En realidad, los llamados "relatos de
apariciones" son, fundamentalmente, catequesis en torno a Jesús vencedor
de la muerte y a la resurrección.
María Magdalena es símbolo
de aquella comunidad que se movía entre la luz y la oscuridad. Todavía vive en
torno al sepulcro (muerte); por eso, "aún estaba oscuro". Pero, al
mismo tiempo, empezaba a clarear ("al amanecer") y "la losa
estaba quitada" (la losa de la duda y la resignación fatalista). Todo
parece anunciar algo definitivamente nuevo: es "el primer día de la
semana"; se trata, nada menos, que de una nueva creación.
En la tradición cristiana,
se ha presentado la resurrección como una "nueva creación" llevada a
cabo por el poder de Dios, que actúa en la muerte como había actuado, según el
relato del Génesis, en la creación del mundo. Desde un nivel de conciencia en
el que la identidad se reduce al yo y en una concepción lineal de la historia,
no podían expresarlo de otro modo: la vida es algo que nos espera más allá, en
el futuro, después de la muerte, gracias a una nueva intervención de Dios.
Desde un nivel de conciencia
transpersonal y desde un modelo no-dual de cognición, se nos hace evidente esta
afirmación: Todo es Ahora. Ahora es la Vida, Ahora es la
"resurrección"..., aunque todavía no lo hayamos descubierto. Pero basta
acallar la mente para, al menos, atisbar que Todo es.
La mente se queda en las
"formas", y hace una lectura en la que se espera un futuro mejor.
Pero ya somos conscientes también de que el único que desea el futuro es el
ego, por una doble razón: porque en el presente desaparece y porque, vacío como
es, sueña con un futuro imaginado en el que poder saciar finalmente su
inherente insatisfacción.
El ego corre, como los
discípulos, pensando que en el futuro se sentirá mejor. Con frecuencia, corre
tan deprisa que no repara en ninguna otra cosa que no sea su propia expectativa
(o su propia creencia). En ocasiones, parece recibir la gracia de poder ver
"las vendas" y de ver a través de ellas.
En realidad, para quien está
atento, todo son "vendas", signos, señales, aberturas, resquicios,
ranuras, grietas por donde se cuela la Vida. Todo puede ser oportunidad para ir
despertando a quienes realmente somos y reconocernos conectados a la Vida.
Pero, por lo general, para
poder ver el significado que las "vendas" contienen, se requiere
atención. Una atención que nos hace estar en el momento presente y acalla el
parloteo mental. En ese Silencio, podrá desvelarse ante nuestros ojos la Presencia
y reconocernos como la
Consciencia que somos y que
se despliega momentáneamente a través de lo que llamamos "nuestras
historias personales".
Sea cual la sea la historia
o el "papel" que se nos haya asignado, la clave radica en abrirnos a
nuestra verdadera identidad transmental y permanecer conectados conscientemente
a ella y a la Vida. Eso es vivir resucitados.
Hay situaciones necesarias
de esclarecer, porque no basta con correr la arruga. Sobre todo, tratándose de
la feligresía católica que deposita su confianza en el obispado.
Hija de Edmundo González, Mariana
González de Tudares denunció en su momento que intentaron extorsionarla para
liberar a su esposo Rafael implicando
los espacios (SIC) del arzobispado de
Caracas. Horas después, la diócesis arzobispal negó la especie a través de un
comunicado muy breve y, ciertamente, vago, sin contundencia.
Otras horas más tarde, sorprendió
a la opinión pública la fotografía tomada en una misión diplomática que incluye
al excarcelado Rafael Tudares y a su esposa. Y, en la escena, aparece monseñor
Raúl Biord, arzobispo de la ciudad capital.
Afortunadamente, en tres
días se produjo la liberación, pero
quedó un amargo sabor de los hechos que nos confunden todavía más sobre el papel
de monseñor en el curso absolutamente ineludible de los acontecimientos
políticos. Tiene un rol que desempeñar, nadie está pidiéndole hacer
proselitismo político, pero ese rol le toca cada día más definirlo; por cierto,
lejos estamos de sugerir siquiera que, directa o indirectamente, tenga que ver
con alguna intención o actividad delictiva, pero luce necesario y le rogamos
que se aclaren completamente las cosas para que tomenlas previsiones del caso, al menos.
En estas mismas páginas, saludamos
su designación arquiepiscopal, atendida la sugerencia del amigo Freddy Millán
Borges (https://lapatilla.com/2024/07/01/luis-barragan-biord-castillo/);e, incluso, una o dos semanas antes, acudimos
a una misa que dio Biord en un sector popular de la metrópoli con motivo de la
designación del novel sacerdote Jesús Herrera como administrador de la
parroquia. Suscribimos esta nota como católicos empeñados en ser practicantes y como ciudadanos que deseamos confíar en
nuestros pastores a plenitud, pues, es amarga la sensación que quedó luego de
la justa excarcelación del señor Tudores.
Imágenes: la inicial, tomada de la cuenta de Sergio Novelli (*) y, las otras, capturas de pantalla tomadas del video de la homilía de monseñor Biord, misa del 18/01/2026 (Artigas, Caracas).
Los relatos evangélicos
asocian el inicio de la actividad pública de Jesús al hecho de ser bautizado
por Juan. Como si ese acontecimiento marcara un punto de inflexión
significativo en la vida del maestro de Nazaret. Al mismo tiempo, tienen que
encontrar una explicación frente a los discípulos del Bautista que, apoyados en
este hecho, afirmaban la superioridad de su propio maestro con respecto a
Jesús.
Mateo se remite a algún
designio divino, no sin antes poner en boca del propio Juan su sumisión:
"Soy yo el que necesita que tú me bautices". Con esta aclaración,
inducida por la polémica entre los discípulos de uno y otro, el relato se
centra en la proclamación por la que Jesús es presentado como el enviado, el
"hijo amado".
La proclamación va
acompañada de rasgos característicos de una teofanía: el abrirse el cielo, la
imagen de la paloma y la voz de lo alto. Todo ello para indicar que es Dios
mismo quien irrumpe en la persona de Jesús, a quien presenta como hijo amado,
habitado por el Espíritu.
Si todo ello lo leemos desde
el nivel mental, no hay nada más que añadir: el Hijo de Dios viene a salvar
nuestras almas.
Pero la evolución de la
consciencia nos ha hecho percatarnos de nuevos datos que ya resulta imposible
ignorar. Entre ellos, por lo que se refiere a esta cuestión, dos:
1. El yo es únicamente una
ficción mental; nuestra confusión y sufrimiento se derivan del hecho de
habernos reducido a él; por tanto, no hay que "salvar al yo", sino
aprender a "liberarnos de él" (en el sentido de no considerarlo como
nuestra identidad).
2. Existe un modo de conocer
previo al mental y más rico que él: el modelo no-dual. Pues, como afirma el
psicólogo Giorgio Nardone –autor del libro "Pienso, luego sufro"-,
"es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa
todo". Leído el texto desde el modelo no-dual, el horizonte señalado en el
texto se amplía radicalmente: cada uno, cada una de nosotros somos, en
realidad, el "hijo amado" del que se habla ahí.
"Hijo/a amado/a":
he ahí uno de los nombres de nuestra identidad, aquella que compartimos con
todos los seres. Pero el término "hijo" no hace referencia a una
realidad supuestamente separada de otra a la que llamaríamos "padre"
–ese es el lenguaje mental-, sino que se trata de una Realidad única, en su
doble cara: de hecho, "padre" e "hijo" únicamente pueden
darse en una misma relación; cada uno de ellos "hace posible" al
otro.
Dicho de un modo más simple,
la palabra "Padre" quiere designar al Fondo invisible y único de todo
lo que es; la de "Hijo" alude a lo visible y manifiesto.
Por decirlo con palabras
poéticas de Javier Melloni, se trata de "la Profundidad originaria
(Padre-Madre) de las aguas dándose en el Hijo, el Hijo-Cuenco recibiéndose
desde el Fondo que lo engendra continuamente para retornar a él por flujo
incesante del Viento-Espíritu. No estamos sino en este único y mismo Fondo.
Participamos de él como oleaje experienciándose en nosotros. A través de
nuestra existencia retornamos a la Fuente que se vierte en el Mar de donde
proviene" (J. MELLONI, Sed de Ser, Herder, Barcelona 2013, p.20).
Y continúa el mismo Javier
de una manera hermosa: "En cada acto verdadero damos a luz a Aquel que nos
ha dado a luz para que lo manifestemos. El Mar se expresa en sus olas. Las olas
hacen visible el Mar. Al dejar salir lo más genuino de nosotros, dejamos al mar
ser ola en nosotros" (Ibid. p.84).
En nuestras
"formas" concretas, históricas y temporales, somos manifestación y
expresión de aquel Fondo que, simultáneamente, constituye nuestra identidad más
profunda. Con razón se habla de "intimidad divina": no cabe ninguna
separación ni distancia; somos, a la vez, la ola y el Océano. Y así nos
percibimos en nosotros mismos: como "ola" cuando nos pensamos; como
"Océano" cuando, sencillamente, aquietamos la mente y atendemos en el
no-pensamiento.
Nos pensamos como
"hijos/as amados/as", permanente y amorosamente sostenidos en el
regazo de Aquel que nos vive –y al que podemos llamar "Padre/Madre" o
"Tú"- y que se vive a través nuestro.
Y nos re-conocemos –ya sin
apego egoico- como aquel mismo Fondo que identifica a todo lo que es. En esta
experiencia, saltan todas las barreras y separaciones y, con ellas, todo miedo
y toda soledad.
Para experimentarlo, solo se
requiere acallar la mente. Sin esto, veremos únicamente sombras, y seguiremos
sumidos en la ignorancia básica y, por tanto, en el sufrimiento.
Hoy se acepta con normalidad
que los evangelios no son crónicas históricas, en el sentido moderno del
término, sino catequesis elaboradas por creyentes, que buscan comunicar,
compartir y alentar la fe de las primeras comunidades. No se niega su base histórica,
pero ésta –de acuerdo también con los usos de la época- ha sido
"elaborada" en función del mensaje que se quería transmitir.
Si ese principio es válido
para el conjunto de los relatos evangélicos –y los estudiosos se hallan
empeñados en la ardua tarea de discriminar la "historicidad" de cada
perícopa-, mucho más para los así llamados "relatos de la infancia".
En estos relatos,
particularmente, que encontramos sólo en los evangelios de Mateo y de Lucas, no
hay que ir a buscar historia, sino teología, es decir, contenidos de fe.
En Lucas, es María quien
recibe directamente el anuncio del ángel –la anunciación-; en Mateo, por el
contrario, el destinatario del mensaje angélico es José. En ambos casos, lo que
se busca transmitir es exactamente lo mismo: Jesús nace todo de Dios.
Si nos ceñimos al relato de
Mateo, que estamos comentando, la exégesis actual parece inclinarse a pensar
que el evangelista está utilizando unos temas que ha recibido de la tradición;
si bien otros insisten en que, atendiendo al vocabulario empleado, él mismo los
habría reelaborado de un modo muy personal.
Empecemos reconociendo una
obviedad. El tema del nacimiento sin intervención de un padre se encuentra a
menudo en relatos egipcios y helenísticos, que hablan de la generación divina de
reyes, héroes, sabios...: desde Horus, hasta Attis de Frigia, pasando por
Dionisos y Mitra, y llegando incluso a Platón –de quien su sobrino Espeusipo,
en el discurso pronunciado al año de la muerte del filósofo, afirmó que éste
había sido engendrado directamente por Apolo- y, por supuesto, a los
emperadores romanos... También en contextos mas alejados, como la India, se
dice de Krishna, que nació de la virgen Devaki.
En una cultura en la que se
pensaba que la mujer jugaba únicamente el papel de "receptor" y
"nido" de la nueva vida, que se creía provenía en exclusividad de la
figura paterna –el semen contenía la totalidad de la vida que iba a nacer-,
parece claro que, al eliminar la intervención masculina, se estaba diciendo que
el niño que nacía era hijo de Dios en su totalidad. La madre no era sino el
receptáculo que lo acogía.
La idea, sin embargo, era
desconocida en el judaísmo de Palestina. El texto de Isaías que cita Mateo
–"la virgen concebirá..."-, aparte de referirse a un hecho concreto
de la historia del pueblo, no parece que hable originalmente de
"virgen", sino sencillamente de "doncella" o
"joven": así es como, según los expertos, habría que traducir el
término hebreo "almâh".
El que fuera una idea
inexistente en Palestina, podría ser un indicio de que pudo haberse fraguado en
alguna comunidad judeo-helenística-cristiana, donde hubiera encontrado fácil
receptividad.
Probablemente, el relato
forme parte del intento de ciertas comunidades de mostrar a Jesús como
"Hijo de Dios según el Espíritu", tal como se expresaba Pablo en la
carta a los Romanos (1,4). El relato del nacimiento virginal sería entonces una
forma de dar cauce a aquella convicción.
Eso significa que, antes que
una afirmación que se refiera a la biología, es un relato teológico. No se está
hablando de la virginidad biológica de María, sino del carácter divino de
Jesús: el recurso para hacerlo –en línea con la costumbre egipcia y
helenística- era mostrarlo como nacido sin intervención de varón.
En cualquier caso, en el
relato bíblico, el Espíritu Santo no reemplaza al elemento masculino que hace
posible el engendramiento. Se trata, más bien, del poder creador de Dios,
siempre actuante, y no de un intervencionismo mítico, que rivalizara con lo
humano.
Si miramos el evangelio de
Mateo en su conjunto, quizás hayamos de concluir que lo que más le interesa al
autor es el nombre "Emmanuel", con el que entiende la persona y la
obra de Jesús: para este evangelista, Jesús es, antes que nada,
"Dios-con-nosotros".
Tanto es así que va a hacer
con ese nombre una gran inclusión, que abraza a todo su escrito. La primera
parte de la misma corresponde al relato que estamos comentando, en el capítulo
primero; la segunda aparecerá en el último, puesta entonces en boca del propio
Jesús, como cierre de todo el evangelio: "Yo-soy-con-vosotros todos los
días hasta el final del mundo" (28,20). Al principio y al final, el mismo
nombre, que define la persona y la misión de Jesús entre los suyos: Emmanuel.
Esto es lo decisivo para
Mateo, la certeza sobre la que apoya su fe: han descubierto en Jesús la
cercanía completa de Dios. Para insistir en que es todo de Dios, recurre al
relato, común en su entorno, de un "nacimiento virginal".
¿Cómo hablar entonces de la
"virginidad de María"? Soy consciente de que este tema –donde se
entrelazan lo religioso, lo cultural y lo psicológico, en una mezcla en la que
intervienen poderosos elementos inconscientes e incluso arcaicos o ancestrales,
relativos a la sexualidad y a la figura de la mujer- toca fibras muy sensibles
en la piedad católica.
Una anécdota puede ilustrar,
mejor que otra cosa, lo que quiero decir. No hace muchos años, en una romería a
un santuario mariano, un hombre me comentaba: "Yo no sé si creo en Dios;
pero que a nadie se le ocurra tocarme a la Virgen..."
Con todo el respeto al modo
que cada cual tenga de expresar e incluso vivir sus creencias, me parece que
podríamos empezar por ponernos de acuerdo en algo elemental: más importante que
la virginidad biológica es la virginidad espiritual.
Esta última podría entenderse
como "disponibilidad", la actitud abierta y dócil de quien se deja
hacer por Dios, sin límite ni medida. Una persona virgen es aquélla cuyo
corazón no está "ocupado" por ninguna otra cosa que la voluntad de
Dios.
Si queremos expresarlo de un
modo aún más radical, podemos decir que virgen es la persona que se ha
desindentificado o desapropiado de su yo y, por tanto, ya no vive para él. Es
"virgen" –apertura, disponibilidad, donación...- quien no está
identificado con su ego ni vive para él, sino que ha descubierto-experimentado
la Identidad-sin-límites (transegoica o transpersonal, no-dual) que todo lo
abraza. Una identidad, por lo demás, que únicamente puede percibirse en el
presente.
En ausencia de
identificación con el yo, la persona es cauce o canal a través del cual Dios
puede fluir con entera libertad. Por eso, puede cantar como María: "El
Poderoso ha hecho en mí obras grandes". No hay sentido alguno de
apropiación; hay únicamente un "dejarse vivir", asintiendo a la Vida
que se expresa en la forma del momento presente.
La virginidad, por tanto,
así entendida, puede considerarse como el horizonte hacia el que caminamos...,
porque en realidad ya lo somos. Al comprender la Unidad que somos y trascender
la conciencia egoica –en la desapropiación del yo- nuestro corazón se
"desocupa" y nos descubrimos conteniendo en nosotros al universo
entero.
En ese camino nos hallamos.
En María, acogemos y celebramos a una mujer que lo ha vivido; por eso, también
en ella nos reconocemos.
Las relaciones entre los
discípulos de Juan y los de Jesús no parece que fueran fáciles. Quizás no tanto
porque presentaran "proyectos" demasiado diferentes, cuanto por la
necesidad (egoica) de ser "más importante" o, simplemente, de "tener
razón". Para los primeros, el Bautista era "superior" a Jesús,
porque había sido su maestro; para los segundos, Juan no era sino el
"precursor" del Mesías.
La polémica, que se
prolongaría durante varios decenios, debió de ser de tal envergadura que
aparece como trasfondo de todos los evangelios, siempre que se aborda esta
cuestión.
En el texto que leemos hoy,
Mateo parece que quiera mediar para "equilibrar" la discusión. Si
bien, por un lado, muestra a Jesús como Mesías, haciendo que Juan (sus
discípulos) se cuestione(n) sobre ello, por el otro, dedica uno de los mayores
elogios a la figura del Bautista.
El tema de la
"duda" acerca del mesianismo de Jesús le sirve a Mateo para un doble
fin. De una parte, para presentar a Juan interesándose por Jesús en cuanto el
Mesías esperado. De otra, para incidir expresamente en lo que caracterizaba el
mesianismo del maestro de Nazaret.
Parece indudable que el
comportamiento de Jesús suscitó reacciones escandalizadas, sobre todo del lado
de los judíos más religiosos, así como de sus autoridades. Frente a tales
reacciones, Mateo remite a los hechos: "Los ciegos ven y los inválidos
andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y
a los pobres se les anuncia la Buena Noticia". Con una advertencia significativa:
"¡Dichoso el que no se sienta defraudado [escandalizado] por mí!".
La respuesta de Jesús no
contiene ninguna explicación o justificación verbal; tampoco elabora ninguna
teología, sino que muestra, sencillamente, una acción liberadora, al servicio
de la vida y de las personas.
La alusión a los que se
sienten defraudados (escandalizados) parece decisiva. Es probable que el motivo
del escándalo fuera precisamente la imagen de Dios que presentaba Jesús. Una
persona religiosa se siente fácilmente defraudada cuando ve puestas en cuestión
sus creencias o su propia imagen de Dios.
Con la mejor intención, e
incluso de buena fe, la persona religiosa llega fácilmente a identificar a Dios
con el modo como ella lo entiende. Debido a esa identificación –que se produce
de modo inconsciente-, es frecuente que quien ve cuestionadas sus creencias
llegue a la conclusión de que el autor de tales cuestionamientos está
necesariamente en el error.
Los humanos tenemos una
tendencia tan espontánea como arraigada que nos lleva a creernos nuestros
pensamientos. De hecho, esa es una de las mayores causas de sufrimiento:
creernos lo que pensamos (creer que lo que pensamos es verdad).
Frente a semejante engaño,
creo advertir que se empieza a reconocer que los pensamientos no pueden ser
"verdaderos", sino únicamente "etiquetas" que coloca
nuestra mente sobre la realidad. Dicho con propiedad: los pensamientos son solo
"puntos de vista", que pretenden apuntar hacia lo Real, hacia la
Verdad, pero sin alcanzarla nunca.
El sabio tailandés Ajahn Chah
lo expresaba de este modo: "Tenéis un montón de puntos de vista y
opiniones sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo correcto y lo incorrecto,
sobre cómo deberían ser las cosas. Os aferráis a vuestros puntos de vista y
sufrís mucho. Solo son puntos de vista, ¿sabéis?".
La Verdad no puede pensarse;
únicamente, vivirse. Y es entonces, cuando eres verdad –no porque pienses que
posees la verdad-, cuando la conoces.
El relato termina, como
decía más arriba, con un encendido elogio de la figura del Bautista, de quien
se llega a decir que es "más que profeta", "el mayor nacido de
mujer". De hecho, en los textos evangélicos es fácil advertir una
tendencia a "cristianizar" a Juan, al que hoy la Iglesia venera como
santo.
Pero al letrado que es Mateo
le interesa subrayar la novedad del Reino, que constituye uno de sus temas
preferidos: "Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los
maestros de la ley y los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos"
(Mt 5,20). Por eso, tras el elogio al Bautista, se apresura a añadir que
"el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él". Con
estas palabras, quiere subrayar la inusitada novedad del mensaje de Jesús.