jueves, 6 de agosto de 2026

Novedad transicional

LOS LÍMITES DEL MODELO DE TRANSICIÓN PACTADA APLICADO A VENEZUELA

Douglas C. Ramírez Vera

1. Introducción: La paradoja de la “transitología” en contextos no convencionales

El debate contemporáneo sobre los procesos de democratización suele recurrir al marco conceptual expuesto en reflexiones como «Transiciones pactadas, arquitectos grises» (https://tinyurl.com/22nembmd). Esta perspectiva sostiene que las salidas institucionales a regímenes autoritarios no son fruto de gestas épicas ni de insurrecciones espontáneas, sino del pragmatismo de élites políticas, económicas y castrenses que negocian costos, garantías y cuotas de poder.

Casos paradigmáticos como la Mesa Redonda en Polonia (entre Solidaridad y el Partido Comunista), el proceso CODESA en Sudáfrica (Mandela y De Klerk), el plebiscito de 1988 en Chile, o las aperturas graduales en Brasil y Portugal fundamentan esta tesis: la movilización popular gatilla la crisis, pero son los «arquitectos grises» quienes redactan el pacto de gobernabilidad.

Sin embargo, la extrapolación lineal de este modelo al caso venezolano tropieza con severas distorsiones analíticas. La transitología clásica presupone la existencia de un "desgaste acumulado" que impacta de forma transversal tanto a la sociedad civil como al bloque hegemonizado en el poder. Un análisis riguroso de la dinámica venezolana exige examinar las condiciones de entrada de este esquema, demostrando que la profunda asimetría en la distribución de los costos de la crisis altera de manera determinante la viabilidad de una negociación pactada.

2. Anatomía comparada: Chile 1982 vs. Venezuela contemporánea

El caso chileno se cita recurrentemente como el estándar de la transición negociada bajo tutela militar. En Chile, la dictadura de Augusto Pinochet terminó aceptando una hoja de ruta electoral que incluía mecanismos de protección institucional para el estamento militar (senadores designados, autonomía presupuestaria y blindaje legal). No obstante, el verdadero catalizador de dicha apertura fue la crisis económica de 1982. El colapso del modelo neoliberal de los Chicago Boys, el desempleo masivo y la quiebra del sistema financiero no solo castigaron a la ciudadanía, sino que fracturaron la cohesión de la élite empresarial que sostenía al régimen y erosionaron la estabilidad de los ingresos reales en los mandos militares intermedios.

En Venezuela, por el contrario, la hiperinflación, la severa contracción del PIB y la destrucción sistemática del salario real no han producido un efecto análogo sobre la cúpula gobernante. La diferencia estructural radica en los mecanismos de externalización del costo desplegados por el régimen:

  • · Militarización de la renta: Los altos mandos militares no dependen del presupuesto público ni del salario formal, sino del control directo sobre empresas estatales, la explotación minera, la administración portuaria, la importación de alimentos y los mercados paralelos.
  • ·       Desconexión del rendimiento macroeconómico: La élite gobernante capta renta en divisas o bienes de alto valor, aislando sus ingresos personales del impacto inflacionario que devasta al ciudadano asalariado.
  • ·       Cooptación y represión selectiva: La combinación de transferencias clientelares dirigidas a sectores vulnerables con una estructura de represión preventiva eleva el costo individual de la protesta a niveles catastróficos.

A la militarización interna de la renta se le suma una dimensión geopolítica insoslayable: la presencia e influencia de actores militares de escala internacional en el entorno estratégico nacional (desde operaciones de seguridad del Comando Sur en áreas costeras como La Guaira hasta alianzas de inteligencia exógenas). Mientras que en Chile la presión geopolítica estadounidense buscaba canalizar la salida mediante el plebiscito, en el caso venezolano el factor militar externo opera como una variable que altera los cálculos de disuasión, el control de infraestructuras críticas y los costos de oportunidad del núcleo duro del régimen.

3. Matriz comparativa de la dinámica de transición

 A continuación, se sintetizan las divergencias estructurales entre el modelo clásico de transición pactada y la realidad del conflicto venezolano:



4. Coincidencias teóricas y el rol inevitable del estamento castrense

A pesar de las marcadas diferencias en la distribución de costos, existe una coincidencia analítica insoslayable entre la teoría de las transiciones pactadas y la realidad venezolana: la inevitabilidad del factor militar en la ecuación de gobernabilidad. Tanto en el esquema clásico como en la eventual resolución del conflicto venezolano, cualquier ventana de oportunidad requerirá el diseño de incentivos institucionales y garantías de seguridad para el estamento castrense.

Pretender una restauración democrática que desconozca la capacidad de veto de las Fuerzas Armadas resulta inviable. La redacción de marcos de amnistía, la definición de áreas de preservación institucional y la reestructuración gradual del sistema de justicia constituyen requisitos técnicos indispensables. La coincidencia radica en la forma de la negociación; la divergencia, en el momento en que dicha negociación se vuelve realmente atractiva para quienes ostentan la fuerza.

5. Conclusión: El umbral real del cambio institucional

El examen honesto del modelo de transición pactada demuestra que el "sentido de oportunidad" de la clase política no debe medirse por la profundidad del sufrimiento social, sino por el nivel de afectación de los actores con capacidad de veto. El régimen venezolano no resiste las crisis; las redistribuye. Mientras el diseño institucional permita proteger al núcleo duro militar y político mediante la asignación de rentas exógenas, el umbral donde negociar resulta preferible a resistir continuará desplazándose.

El marco analítico de las transiciones pactadas mantiene su valor heurístico, pero su aplicación al caso venezolano exige abandonar las lecturas voluntaristas. La posibilidad de un acuerdo negociado no surgirá del colapso del bienestar ciudadano, sino del momento preciso en que las variables económicas internacionales, el agotamiento de los mecanismos de evasión rentística o las tensiones internas fracturen la capacidad de la cúpula para seguir externalizando el costo de la crisis.

Ilustración: Burt Lewis. 

05/08/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44751-los-limites-del-modelo-de-transicion-pactada-aplicado-a-venezuela

Una postura preventiva

LA CONTROVERSIA DEL ESEQUIBO NO DEBE SER PARTE DE LAS NEGOCIACIONES PARA UNA TRANSICIÓN

Reconocido por la persistente  defensa de la reclamación venezolana sobre el Esequibo como diputado a la Asamblea Nacional, electo en 2010 y reelecto en 2015, Luis Barragán sugiere descartar el  tratamiento del diferendo territorial en una eventual mesa de negociación entre el gobierno y la oposición bajo la tutela de la administración del presidente Donald Trump.

“La demanda interpuesta por Guyana (Arbitral Award of 3 October 1899 – Guyana v. Venezuela) sigue su curso en la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya, y ha requerido toda nuestra atención y continúa requiriéndola. Sin embargo, el proceso ya se encuentra en la fase de deliberación. Pendiente una sentencia que no tardará demasiado en dictarse, resulta evidente que el asunto escapa a la consideración de un eventual entendimiento entre el gobierno y la oposición. Y no solo porque se trata de un ámbito estrictamente judicial, sino porque lo actuado por la representación venezolana ya está consumado y no hay vuelta atrás en términos procesales. Cualquier referencia al tema en una mesa de negociación no incidirá en una decisión que será definitiva y jurídicamente vinculante para las partes”, afirmó.

Barragán sostuvo además que tampoco tendría sentido incorporar el diferendo a un eventual proceso de transición política que aún no ha comenzado y que estaría acompañado por la administración estadounidense.

“Paradójicamente —señala—, Estados Unidos ha respaldado a Guyana frente a nuestra legítima e histórica reclamación, pero el caso no puede ser materia de ese tutelaje porque se encuentra en sede judicial. Una vez que se dicte la sentencia, Washington y otros países amigos de ambas partes podrán contribuir a su ejecución, si la Corte declara la nulidad por vicios del Laudo Arbitral de 1899”.

El dirigente expresó su confianza en el resultado del proceso al sostener que “los alegatos de Venezuela son de una solidez y una contundencia extraordinarias, herencia de la era democrática del siglo XX, que compensarán las torpezas del gobierno venezolano y su actuación procesal durante estos años”.

Finalmente, Barragán, miembro del comité político nacional de Encuentro Ciudadano, consideró que “no es procedente tratar un asunto tan específico una vez abiertas las negociaciones sobre la transición. Lo que sí corresponde es fortalecer la capacidad del Estado para defender la integridad territorial, reivindicando las instituciones competentes, especialmente una Cancillería que requiere una urgente reprofesionalización, así como el desarrollo de una política exterior y de fronteras sustentada en el consenso nacional”.

06/08/2026:

https://www.opinionynoticias.com/noticiasnacionalesyglobales/44755-exdiputado-luis-barragan-pide-excluir-el-esequibo-de-eventuales-negociaciones-para-una-transicion

https://tenemosnoticias.com/politica/lapatilla-com/luis-barragan-la-controversia-del-esequibo-no-debe-ser-parte-de-las-negociaciones-para-una-transicion-lapatilla-com/

🌎 | EL ESEQUIBO NO DEBE FORMAR PARTE DE UNA NEGOCIACIÓN POLÍTICA, AFIRMA LUIS BARRAGÁN.

El dirigente político Luis Barragán sostuvo que la controversia territorial sobre el Esequibo no debería ser incorporada a una eventual mesa de negociación entre el gobierno y la oposición venezolana, al considerar que el caso ya se encuentra en la fase de deliberación ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

Barragán argumentó que el proceso judicial iniciado por Guyana sigue su curso en La Haya y que cualquier discusión sobre este tema dentro de un eventual proceso de transición política no tendría efectos sobre la decisión que adopte el tribunal internacional.

Asimismo, señaló que, aunque Estados Unidos ha respaldado la posición de Guyana, el diferendo territorial no debe formar parte de un eventual proceso de negociación acompañado por la administración del presidente Donald Trump, debido a que se trata de un asunto sometido a la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia.

El también miembro del comité político nacional de Encuentro Ciudadano afirmó que, una vez se conozca el fallo, corresponderá fortalecer las instituciones del Estado encargadas de la política exterior y de la defensa de la integridad territorial, con una estrategia basada en el consenso nacional.

📍Lugar: Venezuela

📅 Fecha: 6 de agosto de 2026

#Visión24Televisión #Noticias #Venezuela #Esequibo #Política

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Esgrima

 

EL PAÍS, Madrid, 03/08/2026.



https://x.com/cayetanaAT/status/2084227704165958081


https://x.com/Dirandera/status/2084233414966685768




LA RAZÓN, 19/10/2025:

martes, 4 de agosto de 2026

Aula abierta

LA CONFIANZA HACE ESTADO

Luis Barragán

Todo parece caber y, al mismo tiempo, sobrar y faltar en una transición que dice haber comenzado al compás de varios episodios que requieren un tiempo razonable para que las partes lleguen a ser definitivamente representativas. Después del reciente y doble terremoto que irradió su dolor a todo el país, quedó demasiado claro que no bastarán los acuerdos políticos, la legitimación de los negociadores o el relevo parcial o total de los elencos del poder, siendo indispensable la recuperación de la noción misma del Estado y de sus capacidades.

La fortaleza del Estado depende de las capacidades institucionales que logra desarrollar para ejercer cabalmente sus funciones, aunque - aleccionados por todo el recorrido que hemos hecho en la presente centuria - reparamos en otra dimensión que ha sido menos visible: su capacidad civilizatoria. Y ésta no se refiere a la propaganda ni al adoctrinamiento forzado, el tozudo empeño de imponer la ideología oficial, o el enfermizo propósito de actualizar el pasado a través del aparato estatal.

En efecto, se trata de la aptitud de las instituciones para formar ciudadanos, transmitir normas compartidas de convivencia, sostener una inevitable y perfectible tradición republicana, generar confianza en el orden jurídico y en la realización de un destino venezolanísimamente compartido. Hablamos de un Estado cuya pedagogía nos hace pertinentemente históricos y diferenciados, capaz de resistir al poder despótico que ha desconocido los esenciales principios y valores constitucionales, presentes desde hace más de 200 años debidamente reinterpretados.

Pierre Bourdieu llamó la atención sobre el poder simbólico del Estado al recordar que éste concentra buena parte del reconocimiento que hace legítimas a las instituciones; vale decir, tiene un monopolio legítimo de la violencia simbólica. La Constitución, la escuela, la universidad, la justicia, los documentos públicos, las estadísticas, los símbolos nacionales o las ceremonias republicanas no manifiestan simples afanes protocolares, sino devienen recursos que generan una indispensable sobriedad, credibilidad, confianza, sentido de pertenencia y cohesión social.

La capacidad civilizatoria se ejerce precisamente mediante esos recursos materiales y simbólicos. Un Estado capaz no sólo administra, recauda impuestos o garantiza la seguridad, sino que también difunde una memoria a compartir, preserva el sentido del servicio público y convierte la ley en una referencia cotidiana antes que en una amenaza eventual.

La crisis venezolana consiste en que el deterioro del Estado no ha sido únicamente administrativo, económico o coercitivo, sino que también ha afectado su capacidad para producir confianza pública. Numerosas instituciones fueron vaciadas de sentido, la Constitución perdió autoridad práctica, la opacidad de las estadísticas oficiales hizo de la incertidumbre un maligno recurso político, la escuela perdió el protagonismo como formadora de ciudadanía y la promoción justa del crecimiento personal y social.

Al mermar las capacidades materiales del Estado, el poder despótico intenta compensar la pérdida con una creciente exhibición e inflación de los recursos simbólicos que pronto pierden valor, consistencia y validez. Ninguna condecoración, despliegue protocolar u oropel de ocasión logra reemplazar la genuina y absolutamente reconocible eficacia institucional, como nos aleccionó la tragedia  del estado Vargas.

Importa revertir esa desconfianza que se convierte en epicentro del desastre político y social, abandonando los hábitos republicanos, adulterando la cultura constitucional, trastocando la legitimidad en ciega obediencia exigida con o sin motivo. La confianza constituye el principal patrimonio político del Estado: una transición fiable es aquella que tiende firmemente a reivindicarla junto al ciudadano y a la ciudadanía, transmitiéndola sin imposiciones ni artificios como una tradición perfectible de generación en generación para la convivencia nacional.

Las transiciones no se definen por sus enunciados, sino por sus resultados.  La capacidad del Estado no se reduce a imponer la obediencia legítima, sino que consiste en inspirar confianza, pues, sin ella, no hay República y solo queda el poder al desnudo.

Fotografía: Inicial, tomada de la red, vista del Palacio de Miraflores a principios del siglo XX, procesada a través de ChatGPT.

04/08/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/la-confianza-hace-estado/

lunes, 3 de agosto de 2026

Un mínimo peritaje

DEL RIESGO TRANSICIONAL

Luis Barragán

Convengamos en que el fenómeno no siempre fue llamado transición. Cambios políticos hubo desde siempre en la historia de la humanidad y América Latina no escapó a esa tendencia, pero llegaron a multiplicarse las mudanzas aparentes, las reformas simuladas y las continuidades disfrazadas de novedad, haciendo indispensable estudiar con rigor la naturaleza, los procesos, los procedimientos y las condiciones que distinguen una verdadera transición de una simple sustitución de élites o de una prolongación del autoritarismo.

Un problema de semejante magnitud reclamó una reflexión igualmente seria, desarrollada principalmente por la academia. En la década de los ochenta del siglo pasado, Guillermo O'Donnell, Philippe C. Schmitter y Laurence Whitehead contribuyeron decisivamente a sistematizar un campo de estudios que luego se enriqueció con numerosos especialistas, mientras en Venezuela destacados politólogos e historiadores empleaban y renovaban esas herramientas de análisis, sobresaliendo, a nuestro juicio, John Magdaleno como el más visible de los expertos contemporáneos, especialmente cuando el tema apenas encontraba eco en la opinión pública.

Cultivados en otras disciplinas, inevitablemente nos aproximamos a esta materia con la cautela propia de todo aprendiz, aunque las responsabilidades políticas y parlamentarias obligaban a comprender mejor los desafíos del cambio institucional. Nadie está obligado a convertirse en especialista para participar en la vida pública, pero resulta injustificable que un aspirante a conducir el Estado ignore una valiosa tradición intelectual capaz de evitar errores de apreciación que, repetidos una y otra vez, terminan llevando ala catástrofe.

Hay un país nacional que observa con radical escepticismo el reciente anuncio y la realización, por vía telefónica y bajo coordinación estadounidense, de un diálogo entre el gobierno y la oposición, después de una larga y frustrante experiencia de negociaciones inconclusas. Son comprensibles las expectativas que el hecho despierta en el país político, pero también está la necesidad de debatir con seriedad las condiciones de una transición confiable y competente, consciente de que estos procesos rara vez son lineales y casi nunca transcurren sin accidentes ni retrocesos.

Adam Przeworski ha insistido en que la incertidumbre constituye un elemento inherente a toda transición democrática, y el caso venezolano difícilmente será una excepción por amplio que resulte el acompañamiento internacional. A ello se agregan riesgos muy específicos, como la persistente confusión entre Estado, gobierno y partido; la presencia de organizaciones armadas irregulares; las migraciones interna y externa masivas; la polarización social como un recurso desesperado; la prolongada crisis económica; los intereses antioccidentales foráneos y, desde luego, la necesidad de un liderazgo democrático consistente, creíble y creador.

 No es aconsejable alimentar ilusiones simplistas sobre procesos que, por definición, son complejos y contradictorios. La transición no depende únicamente de la voluntad de sus actores ni de los buenos oficios de la comunidad internacional, sino también de la capacidad de construir instituciones legítimas, generar confianza recíproca y ofrecer garantías suficientes para que el cambio político resulte estable, fructífero y duradero.

Ojalá el proceso venezolano fuese expedito, transparente y eficaz, pero la experiencia comparada demuestra que cada transición encuentra su propio ritmo y afronta pruebas inesperadas. Gregorio Morán, severo crítico de la transición española desde una perspectiva de izquierda, observó provocadoramente que la rapidez suele favorecer a las fuerzas más conservadoras, mientras la lentitud puede abrir mayores oportunidades para las reformistas; sin necesidad de compartir enteramente esa apreciación, conviene recordar que la verdadera discusión no consiste en la velocidad del tránsito, sino en la calidad democrática del destino.

Ensayo gráfico: Partiendo de un detalle gráfico de El Nacional, Caracas, 14/07/2014, con empleo de ChatGPT. 

03/08/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44742-del-riesgo-transicional

¿Y lo que jamás hubo?

  https://www.youtube.com/watch?v=LcysXbnSjZA