lunes, 17 de agosto de 2026

Equilibrio para tomar impulso

DEL TSJ EN EL EXILIO Y LOS ALREDEDORES DE LA TRANSICIÓN

Luis Barragán

Únicamente lo niegan los beneficiarios del actual orden de cosas: las grandes mayorías aspiran a un cambio político y también social, frustrado en distintas circunstancias del pasado, al que la violencia abierta y descarnada ha pretendido responder con una suerte de extorsión a perpetuidad. Empero, el poder despótico se degrada y, cuando advierte la proximidad de su agonía, procura prolongarla a costa de los demás.

No es una peculiaridad venezolana, sino que expone una experiencia universal: la del cambio resistidos, cuyos costos políticos suelen intentar compensarse con los de la vida y la integridad de los inocentes; acumuladas demasiadas amarguras que alimentan el revanchismo, una ruptura precipitada puede traer riesgos inimaginables, incluso con el mantenimiento o regreso del régimen desplazado. De allí la gravísima responsabilidad que recae sobre la conducción política de la oposición, obligada a procurar el cambio sin convertirlo en una nueva fuente de frustración e inestabilidad.

Afortunadamente, la academia estudió desde los años ochenta del siglo pasado las experiencias de cambio producidas en distintos continentes, delimitó su naturaleza, identificó características y fases, y hasta se aventuró a promediar su duración bajo una denominación que pudo ser cualquier otra: transición política. Las ciencias sociales ofrecen perspectivas para aproximarse al éxito o al fracaso, a la tentativa o a la frustración, pero ninguna ha conseguido inventar una receta infalible ni garantizar que pensar una transición equivalga a hacerla.

No otro es el contexto del inmenso problemario judicial que recibirá Venezuela, después de haber sacrificado la noción más elemental de justicia y comprometido la honestidad, competencia y eficacia de sus operadores, desde el magistrado hasta el bedel del despacho. Ya se ha llegado, incluso, a generalizar la desconfianza y el temor en los condominios hacia la figura de los jueces de paz para resolver el pleito vecinal que alguna vez encontró salida, quizá con mayor sencillez y eficiencia, en la antiguas jefaturas civiles.

Ya está fijada la oportunidad para afrontar —o pretender afrontar— la indispensable renovación que ojalá sea integral del Tribunal Supremo de Justicia, y diremos que peor es nada, particularmente después de tantos fracasos en los que la oposición no dispuso de la fuerza que ahora impone Estados Unidos, como tampoco la tuvo cuando pudo invocarse oportunamente el TIAR, tardíamente diligenciado durante el anterior interinato, el de Juan Guaidó.  Esta circunstancia no debería hacernos olvidar a los magistrados que la mayoría de la legítima Asamblea Nacional electa en 2015 designó oportunamente y que, por aceptar aquel nombramiento y juramentarse ante la plenaria, sufrieron persecución e injusto exilio.

Conviene aclarar que la fracción parlamentaria a la que pertenecía quien suscribe no formó parte del comité que procesó, postuló y promovió aquel conjunto de juristas, y ni siquiera participó directa o indirectamente en la consulta políticamente aconsejable de sus nombres; tampoco tenía relación de vista, trato y comunicación con ninguno de ellos, y nuestra posición fue la de una prudente abstención. Precisamente por ello, sin afán de postulación alguna, y menos aún cuando no tenemos influencia directa sobre las negociaciones, parece justo recordar a quienes no abandonaron sus responsabilidades bajo las inclemencias del destierro y continuaron aportando a la causa venezolana.

Por ejemplo, señalemos a Luis Manuel Marcano Salazar, a quien conocimos personalmente en la sede de la embajada de Chile donde encontró refugio y desde la cual, junto a otros compatriotas, pudo salir hacia ese gran país del sur que tan generosamente lo acogió; jamás se desprendió de la tragedia venezolana y, con un extraordinario testimonio académico, contribuyó a pensar su reconstrucción. Su exigente bibliografía que combina inquietudes jurídicas y literarias, nos condujo primero al entonces novedoso principio de la responsabilidad de proteger (R2P), cuyo libro fundamentó nuestras intervenciones a cámara plena, y luego a una muy pertinente investigación sobre la transición política venezolana este mismo año; ahora, en fecha recentísima, tenemos  El paradigma de la disolución judicial, obra de enorme trascendencia prologada por Luis Almagro y Jörg Alfred Stippel, que llevamos a medio camino. Por eso, cuando se hable del llamado “TSJ en el exilio”, conviene recordar que no se trata de una abstracción ni de una instancia judicial completa, sino de personas concretas que pagaron muy caro aquel juramento y que, más allá de cualquier decisión sobre la futura integración del Tribunal, merecen no ser olvidadas.

Reproducciones: empleo de la IA a partir de “Mundial de levantamiento de pesas juvenil se vive en el Panam Sport Channell” (21/05/2024);

https://www.panamsports.org/noticias-deportivas/el-mundial-de-levantamiento-de-pesas-juvenil-se-vive-en-el-panam-sports-channel/

17/08/2025:

domingo, 16 de agosto de 2026

Caza de citas

 


“Y me escabullo a una velocidad inapropiada, como si huyera de los estragos de mi propia borrachera. Fuera, en los jardines de Gli Antenati, un hermoso día de primavera subraya lo improcedente de la embriaguez. Después de hablar de cisnes negros y del Autobús de la Inmortalidad, rindo sincera pleitesía al sol, a la larga nube que amenaza con taparlo, al agua fétida pero envolvente que un día alumbró y permitió este milagro llamado Venecia. Viajo hacia Ca’ Barbarigo investido en el traje nada solemne de mi gratitud por el hecho de estar vivo, de que mi tiempo se encuentre medido en algún reloj invisible que desconozco”

Ricardo Menéndez Salmón

(“Arca”, Seix Barral, Barcelona, 2026: 195)

Ilustración: Arterias Virtuales.

Noticiero retrospectivo

- José Giacopini Zárraga. “Gómez militar”. Resumen, Caracas, N° 101 del 12/10/1975.

- Frank Briceño Fortique. “Ideas para una política hotelera” (I). Economía Hoy, Caracas, 01/08/89.

- Entrevista a Carmelo Lauría: “Venezuela se está convirtiendo en un país socialista”. Élite, Caracas, 04/02/72.

- Radamés Larrazábal. “Las maniobras en torno a los ascensos militares”. Tribuna Popular, Caracas, 22/06/84.

- María Eugenia Díaz. “Guyana venció a Venezuela en un juego estratégico”. El Diario de Caracas, 03/06/81.

Reproducción: Pedro José Muños. IZQUIERDA (MIR), Caracas,  N° 2 del 20/05/1960.

Trapos al sol

LA 2015 EN LOS ALREDEDORES DE UNA TRANSICIÓN

Luis Barragán

Curiosa historia parlamentaria la del siglo XXI, rápidamente contrastable con la del anterior, de mayor estabilidad democrática y genuina dinámica política, pues no fue por casualidad que algunas dictaduras apelaran antes a un artefacto legislativo de simulación: alguien dirá que hasta supersticiosamente. La unicameralidad terminó restándole eficacia a tan fundamental órgano del Poder Público, si se le compara con el extinto Congreso de la República, mientras la Asamblea Nacional de 1999 no tardó en descubrir que Miraflores quería la corporación legislativa como un artefacto dócil, llamado además a competir con un tal poder popular que el constituyente jamás previó.

Ahora, el asunto no estriba en la superior bicameralidad, expresión histórica del pluralismo político e ideológico de la Venezuela democrática, sino en la suerte corrida durante esta centuria por una Asamblea Nacional concebida bajo otros parámetros. Y particularmente curiosa resulta la circunstancia de que una representación de los diputados electos en 2015, mediante unos comicios abiertamente reconocidos, haya debido sentarse con otra surgida de las cuestionadas elecciones de 2025, evidentemente arbitrarias a la luz del decisivo acontecimiento del año anterior, cuyos resultados fueron obscenamente desconocidos por la autoridad electoral.

En la búsqueda de soluciones para la prolongada crisis, a la 2015 —como popularmente se le conoce— le ha correspondido aportar delegados de dos partidos, ahora con la asistencia política de la Plataforma Democrática, a una negociación que aspiramos sea seria y convincentemente orientada hacia una transición a la que el gobierno estadounidense se ha comprometido en darle soporte. La paradoja no es pequeña: aquella Asamblea perseguida, desconocida y despojada de sus atribuciones reaparece en los alrededores de una solución política que nadie habría podido anticipar cuando se instaló.

Patente testimonio de ello, la 2015 fue escenario irreprimible de la pluralidad y de la disidencia de las propias fuerzas opositoras que, juntas, debieron enfrentar los designios miraflorinos de una abierta violencia contra los parlamentarios y la peregrina tesis del “desacato”, todo un artificio imborrable en los anales judiciales de la antirrepública. Habrá ocasión para estudiar las incidencias y vicisitudes de aquella corporación ante los abusos de la minoría oficialista que no aceptó simplemente la manifestación popular expresada en las urnas (un decir para las sospechosas máquinas electorales), recurriendo a toda suerte de terrorismo político.

Nos tocó actuar en aquel parlamento no sólo para bregar contra los usos y abusos del poder establecido, sino también para discrepar con la franqueza necesaria y la razón indispensable de los demás partidos de oposición. Utilizamos la tribuna con respeto, determinación y enérgica actitud, siendo partidarios de la extensión del mandato constitucional asambleario que hoy interpretamos como una pragmática prolongación destinada a conseguir una fórmula que permita recobrar plenamente las libertades públicas.

La situación actual dista de ser la ideal, al menos de aquella que el suscrito habría deseado, pero es tal la profundidad de esta crisis multidimensional que la mesa de negociaciones que va fijando metas de corto y mediano plazo para la actualización institucional del país constituye una opción que esperamos no fracase, contando con la decisiva intermediación estadounidense reconocida por justos y pecadores. Otros diálogos estuvieron destinados al fracaso por el propósito y el modo en que fueron concebidos y desarrollados, como igualmente lo señalamos en el hemiciclo y en la opinión pública durante esta ya larga década, pero – ojalá sea aprendida la lección - es tiempo de demostrar una fortísima convicción venezolanista y una limpia destreza para abrir las puertas a un futuro diferente.

Hay roles que unos y otros jamás imaginamos cumplir en este presente de angustias y expectativas, y a una delegación de la 2015 le toca ahora una misión que no queremos que falle, especialmente cuando una parlamentaria como Dinorah Figuera ha asumido una responsabilidad que tampoco debió prever. Así transcurre la historia de una Asamblea que, sin dejar de ser la que fue, termina desempeñando una función en los alrededores de una transición que pugna por comenzar definitivamente.

Ilustración: Joana Avillez.

16/08/2026:

https://lapatilla.com/2026/08/16/luis-barragan-la-2015-en-los-alrededores-de-una-transicion/

La conversión de Jesús

DEJAR CAER LAS ETIQUETAS

(San Mateo 15, 21-28)

Enrique Martínez Lozano

Los estudiosos judíos que se han acercado a la figura de Jesús (Joseph Klausner, Schalom Ben Chorim, Pinchas Lapide, Geza Vermes, David Flusser, Jacob Neusner, Mario Javier Saban…) insisten, con razón, en el carácter judío del Maestro de Nazaret. Denuncian la des-judaización a que lo sometió la teología cristiana y se rebelan contra la pretensión de esa misma teología cuando afirma una supuesta superioridad ética del cristianismo con respecto al judaísmo. A quien le interese toda esta cuestión, le recomiendo la lectura del libro de M.J. SABAN, El judaísmo de Jesús. Las enseñanzas éticas de la Torá y de la tradición israelita de Yeshua de Nazaret, edición del autor, Buenos Aires 2008. (www.mariosaban.com).

Y algunos de ellos se apoyan en este texto para mostrar la reacción de Jesús como la propia de un rabino judío de la época. Su mensaje se dirigía únicamente al pueblo de Israel, por lo que ignora la súplica de la mujer cananea. Más aún, ante la insistencia, Jesús se dirige a ella con el despectivo término (“perros”) que usaban los judíos para referirse a los gentiles.

Nos encontramos, por tanto, ante un rabí judío, fiel a la tradición de su pueblo, aunque en tantos otros puntos ofreciera una interpretación novedosa de aquella misma tradición, en la línea del rabino Hillel, el Anciano.

¿En qué consiste la novedad de la situación que se refleja en este relato? Parece claro que en la flexibilidad de Jesús, que no duda en modificar su perspectiva en cuanto, gracias a la actitud de la mujer cananea, se abre a un horizonte mayor.

No parece exagerado decir que Jesús vivió aquí una experiencia de “conversión”. De pronto, se dejó “salir” de un esquema preestablecido, sancionado por la tradición de su pueblo, abriéndose a la novedad desconcertante que rompía las barreras nacionales y religiosas.

Gracias a esa nueva perspectiva, cayó la etiqueta con la que un judío miraba a los gentiles (“perros”) y fue posible una relación sencillamente humana, más allá de barreras o fronteras artificialmente construidas.

En realidad, “pensar” equivale a poner etiquetas. Por eso, creemos que, pensando, nos acercamos a la verdad, pero bien pudiera ocurrir justamente lo contrario. Porque, en el hecho mismo de pensar, lo que hacemos es sobreimponer nombres y formas a cualquier realidad, acontecimiento o persona que aparece ante nosotros. Por eso mismo, más que “ver”, lo “interpretamos” desde nuestros juicios previos.

Cuando eso ocurre –y es lo más habitual mientras estamos en la mente-, no solo no vemos con limpieza, sino que desfiguramos y falseamos la realidad. Es decir, con frecuencia, el pensamiento nos aleja de la verdad. Hasta el punto de que tomamos como “verdad” lo que no es sino una convención social, sostenida por nuestros esquemas mentales.

Ese es el funcionamiento típico del ego. Dado que el ego no es otra cosa que nuestra identificación con la mente, solo sabe moverse a partir de las etiquetas que esta le muestra. Con un añadido: coloreará todas ellas con un “me gusta” o “no me gusta”, y hará de este juicio su única ley.

El ego es rígido, porque se ve obligado a una búsqueda afanosa y ansiosa de seguridad. Por ello, rechazará cualquier “novedad”, y exigirá que la realidad se acomode invariablemente a sus propios criterios.

Hace falta mucho valor y mucha humildad para asumir un cambio como el que, en este relato, percibimos en Jesús. Sin embargo, no es menos cierto que no es posible el crecimiento humano si no ponemos en cuestión nuestras supuestas “verdades” –que no suelen ser otra cosa que rutina aceptada-, y nos abrimos a la Realidad sin etiquetas que la disfrazan.

«La verdad ­–decía Krishnamurti- está en la observación de lo que es. Verse a uno mismo tal como es, es el principio y final de toda búsqueda”. La Verdad no está en la mente, sino que es una con la Realidad. Y, para verla, necesitamos serla, lo cual requiere aprender a silenciar la mente, para tomar distancia de sus esquemas y etiquetas.

14/08/2014:

https://www.feadulta.com/dejar-caer-las-etiquetas/

Reproducción: Annibale Carracci y  Ally Barrett (“The One with the Crumby Dog”).

Padre S. Martín. ¿Por qué no hay funeral para los masones? El obispo alemán que se rebeló contra Roma:

https://www.youtube.com/watch?v=Q-VZ-IuLQng


Papa León: 

https://www.youtube.com/watch?v=AQgiQyDu7fE

Cardenal Porras:

https://www.youtube.com/watch?v=TI-tFU_1YUg

Padre Guzmán:

https://www.youtube.com/watch?v=P7jGSqjDjkA

Padre J. Martín:

https://www.youtube.com/watch?v=iDJEnKVnGig

Padre J. Martín: 

https://www.youtube.com/watch?v=19BLoKw5_lE

Monseñor Munilla:

https://www.youtube.com/watch?v=CQHgjWB_M2k

sábado, 15 de agosto de 2026

Estructuralidad política del crimen

POLÍTICA Y CRIMINALIDAD

José Rafael Herrera

Durante un largo período de la historia, la violencia fue la medida de todas las cosas. Los más fuertes imponían su voluntad, mientras los más débiles, resignados, soportaban y aprendían a sobrevivir. No existía todavía lo que se conoce como civilidad, solo individuos con instintos, necesidades, temores y deseos, siempre bajo la sombría amenaza de la barbarie. De hecho, la civilización comenzó cuando la violencia dejó de ser destino para devenir problema. Porque, en realidad, la violencia nunca desaparece del todo, por más que los individuos comprendan que, para poder vivir juntos, se hace necesario el establecimiento de límites, costumbres, normas, leyes e instituciones. Intentan evitar el golpe antes de que sea asestado. Es esta la razón del nacimiento de la política.

Así, lo que fue creado para contener la violencia termina administrándola. La ciudad que se levanta contra la selva lleva la selva en sus entrañas. El Estado, nacido para sustituir la fuerza desnuda por la fuerza regulada, deviene violencia en derecho, procedimiento, burocracia, razón de Estado. Por eso la barbarie no necesita introducirse en las instituciones desde afuera. Aprendió a vestirse con sus ropajes. Maquiavelo comprendió lo que la tradición moralizante de la política se empeñaba en ocultar: la política no acontece en un mundo de hombres buenos perturbados por hombres malos. Acontece en el conflicto atravesado por intereses, ambiciones, temores y deseos de poder. Quien quiera pensar, la política tiene que comenzar por concebir a los hombres tal y como son, no como deberían ser.

La existencia de la política prueba que los hombres no son ángeles. Por eso, en Maquiavelo, la relación entre virtù y fortuna posee una profundidad que suele extraviarse cuando se la reduce a una simple disyunción lúdica o esquemática, situada entre la habilidad y el azar. La fortuna es la virtù objetivada que irrumpe porque ya no depende de la voluntad. La virtù, en cambio, es la capacidad de poder intervenir en esa objetivación para reordenarla y liberarse de su sometimiento. En términos ontológicos, subjetividad objetivada y objetividad subjetivada. El zoon politikón no elimina la contingencia: aprehende a habitarla. No existe historia que pueda ser contemplada ab extra. La historia la hacen los hombres mientras son hechos por ella.

Es por eso que la política no puede reducirse a la administración de un orden previamente establecido. Ella es esencialmente lucha, decisión, conflicto, creación. Es, en sentido estricto, praxis. Pero toda praxis lleva consigo un riesgo. Quien pretenda transformar el mundo tiene que enfrentarse con la resistencia del mundo. Y cuando esa resistencia se vuelve insoportable, la acción puede comenzar a buscar su justificación en cualquier medio capaz de garantizar el resultado. Pero justo en este punto la política puede llegar a deslizarse, no sin cierta facilidad, hacia la criminalidad.

La violencia no constituye un accidente de la vida política, sino un momento de la realidad histórica en el que la libertad se propone conquistar su propio reconocimiento. La sociedad civil, la sociedad política, el Estado, el derecho, no son jarrones chinos colocados sobre los hombros de la sociedad, sino formas históricas de la libertad. La humanidad no nace libre: aprende a ser libre a la luz de las formas concretas que ella misma produce. Las instituciones son el resultado del hacer, de la actividad sensitiva humana. Las leyes no son normas que se imponen desde arriba, sino modos de la objetivación de la historia, huellas objetivas de una voluntad que ha aprendido a reconocerse en un mundo común. Por eso, la verdadera institucionalidad no está reñida con la libertad. Más bien, es su realización.

El problema comienza cuando esa forma se enajena y separa de la vida que la produjo. Entonces, la institución deja de ser expresión de libertad y comienza a presentarse como una instancia exterior, independiente e indiferente de la sociedad en la que debería reconocerse. Lo que nace de la praxis toma vida propia y se vuelve contra la praxis. La criatura se independiza del creador. En ese momento, comienza una nueva forma de barbarie. Pero no ya la barbarie que destruye instituciones, sino la que las conserva vaciándolas de contenido.

Hay algo particularmente inquietante en esta segunda forma de violencia. El bárbaro de la selva no necesita justificar sus agresiones. Agrede porque quiere y puede, pero la violencia institucional necesita palabras, necesita justificación, procedimientos, documentos, sellos y discursos. Necesita convencer a quienes la padecen —y a quienes la ejercen— de que no proceden con violencia, sino “cumpliendo órdenes”. La fuerza se vuelve más peligrosa cuando ha logrado dejar de parecer fuerza, entonces el crimen aparece como una necesidad. La arbitrariedad es ahora una decisión de la racionalidad instrumental. La exclusión se autodefine como seguridad. La obediencia se confunde con responsabilidad. Y la razón, reducida a instrumento, calcula con admirable eficacia las múltiples formas de la reproducción del sometimiento.

Esta es la forma más refinada de la barbarie contemporánea: no se trata de suprimir la razón, sino de conservarla después de haberle arrancado su dimensión crítica. Ahora la razón calcula, no pregunta. Se concentra en el medio, no en el fin, y cuando todo deviene medio, también el hombre. Aquí comienza la inversión histórica. Los hombres construyen instituciones para contener la violencia, pero cuando las instituciones se separan de la voluntad que las anima, terminan produciendo formas de violencia mucho más poderosas y sofisticadas que aquellas de las cuales pretendían protegerse. La está adentro. Está en la pobreza del lenguaje y del espíritu; en la administración que confunde a las personas con expedientes y números; en la política que transforma al adversario en enemigo; en la ideología que convierte al semejante en un desecho; en la techné que, orgullosa de su eficiencia, olvida preguntar por la razón de su propia eficiencia.

No basta con defender instituciones. Las instituciones pueden ser civilizadoras, pero también pueden ser la forma civilizada de la barbarie. Por eso la política es una de las experiencias más difíciles de la existencia: porque no se trata de escoger entre el orden y el caos, entre la ley y la violencia, entre la civilización y la barbarie. Se trata de mantener vivo el movimiento mediante el cual la comunidad se da a sí misma sus propias formas y, al mismo tiempo, puede reconocer cuándo esas formas han dejado de ser expresión de la libertad. La política es la lucha contra la entropía institucional que ella misma produce.

Toda generación recibe un mundo que no ha construido y que, sin embargo, tiene la responsabilidad de conservar y superar. Hereda leyes, costumbres, instituciones, prejuicios, lenguajes y formas de poder. Pero también la posibilidad de objetar, modificar y sobrepasar. Nada humano está concluido. La historia no es un museo. Es un campo de batalla. La libertad no consiste en permanecer fuera de ese combate, sino en comprender que la propia acción forma parte de lo que se pretende transformar. Maquiavelo y Hegel, separados por siglos y por lenguajes filosóficos distintos, terminan encontrándose en una intuición decisiva: la humanidad no dispone de una historia exterior a sí misma. Tiene que actuar dentro de ella. La virtù de Maquiavelo y el Geist hegeliano se pueden leer, desde su propio horizonte, como respuestas a una misma pregunta: ¿cómo puede la humanidad hacerse cargo de un mundo que no eligió, pero del que forma parte inmanente?

La respuesta no consiste en huir de la realidad, a la manera del estoico. Consiste en participar. Cuando la política se vuelve crimen, no lo hace porque la civilización desaparece: lo hace porque la civilización ha construido mecanismos tan complejos y sofisticados que permiten que la violencia se oculte. El verdadero peligro no consiste en volver a la selva, sino en el hecho de que la selva aprendiera a gobernar desde el interior de la ciudad. Quizá el reto más urgente de la política actual consista en impedir que esto siga ocurriendo. Ninguna institución vale por sí misma, ninguna ley puede sustituir la libertad que le da sentido, ninguna razón merece llamarse racional si ha dejado de reconocerse en su otredad. Civilización no es haber vencido la barbarie. Es haber aprendido a reconocerla al oírla balbucear el lenguaje que ha secuestrado a la ciudad.

Ilustración: lb/IA.

15/08/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/politica-y-criminalidad-2/

Una perspectiva

EL LIDERAZGO QUE VENEZUELA NECESITA CONSTRUIR (II)

Emilio Venuti

La transformación del país exige evolucionar desde el poder concentrado hacia un liderazgo capaz de liberar el talento, la iniciativa y la responsabilidad de millones de venezolanos.

En mi artículo anterior, Venezuela necesita volver a ver, recurrí a la poderosa metáfora de José Saramago en Ensayo sobre la ceguera, para reflexionar sobre uno de nuestros grandes desafíos colectivos: recuperar la capacidad de ver con claridad dónde estamos, reconocer nuestros errores, descubrir nuestras posibilidades y comprender el mundo que está emergiendo ante nosotros. Planteaba entonces que Venezuela necesitará formar una nueva generación de líderes capaces de mirar más lejos, preparados para ayudar a reconstruir el país, posicionarlo dentro de una realidad geopolítica profundamente diferente y, algún día, convertir nuevamente a Venezuela en una nación capaz de proyectar luz más allá de sus fronteras.

Aquella reflexión conduce hacia una segunda pregunta: ¿qué hacemos cuando finalmente podemos ver? Recuperar la visión representa el comienzo. El siguiente desafío consiste en convertir esa visión en capacidad colectiva para transformar la realidad. Podemos reconocer nuestros problemas, identificar oportunidades, comprender las transformaciones que están ocurriendo en el mundo y formar personas extraordinariamente preparadas para conducir los cambios. La magnitud de la tarea venezolana nos invita, además, a revisar una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: nuestra manera de entender el liderazgo.

Una nueva manera de ejercer el poder

Durante buena parte de nuestra historia hemos asociado liderazgo con poder. Admiramos figuras fuertes, decididas y carismáticas. Esperamos que alguien señale el camino, tome decisiones, resuelva problemas y conduzca a los demás hacia un destino mejor. Esta concepción ha colocado enormes expectativas sobre quienes ocupan las posiciones más altas y ha contribuido a desarrollar una cultura donde la autoridad y la capacidad de decisión tienden a concentrarse.

La Venezuela que aspiramos a construir ofrece la oportunidad de evolucionar hacia una concepción diferente. En Leading Through: Activating the Soul, Heart, and Mind of Leadership (Liderar a través de las personas: activando el alma, el corazón y la mente del liderazgo), Kim B. Clark, Jonathan R. Clark y Erin E. Clark proponen precisamente una transformación de esta naturaleza. Los autores contrastan dos paradigmas: power over (poder sobre las personas) y leading through (liderar a través de las personas).

El primer paradigma concentra la autoridad y la capacidad de decisión. Las decisiones descienden desde los niveles superiores y las estructuras privilegian el control, la supervisión y el cumplimiento. El segundo propone ejercer el liderazgo a través de las personas, creando las condiciones para que puedan desplegar su conocimiento, iniciativa, creatividad y capacidad para resolver problemas alrededor de un propósito compartido.

En este segundo modelo, el trabajo del líder evoluciona: además de orientar y tomar decisiones, debe desarrollar capacidades, generar confianza, compartir información, crear espacios para la iniciativa y movilizar el talento colectivo. Esto forma parte de las propuestas de transformación que he planteado en Bienvenidos al futuro. Estoy convencido de que uno de los mayores recursos disponibles para transformar Venezuela ya existe. Está en nuestra gente.

El alma, el corazón y la mente del liderazgo

Los Clark utilizan tres dimensiones para explicar su nuevo paradigma: alma, corazón y mente. El alma del liderazgo proporciona propósito, visión, significado y disciplina moral. Toda transformación nacional necesita una idea suficientemente clara acerca del destino que pretende alcanzar. Una sociedad requiere algo más profundo que una colección de proyectos, inversiones y políticas públicas; necesita construir una visión compartida acerca del país que quiere llegar a ser.

¿Qué Venezuela queremos construir dentro de veinte o treinta años? ¿Qué principios deberían sostenerla? ¿Qué oportunidades queremos ofrecer a nuestros hijos? ¿Qué posición aspiramos a ocupar en el mundo? Estas preguntas pertenecen al alma del liderazgo porque obligan a conectar las decisiones del presente con un propósito superior y una perspectiva de largo plazo.

El corazón representa nuestra capacidad para conectar con las personas, comprenderlas, cuidarlas y ayudarlas a crecer. Venezuela necesitará reencontrarse después de décadas de polarización, migración, dificultades económicas y deterioro institucional que han dejado profundas heridas. Recuperar infraestructura será una tarea inmensa; recuperar confianza exigirá también tiempo, coherencia y una enorme capacidad para reconocernos nuevamente como parte de una misma sociedad. El liderazgo tendrá que generar espacios donde las personas puedan sentirse partícipes de un proyecto común y percibir que sus capacidades, experiencias y aspiraciones tienen un lugar dentro de él.

Finalmente está la mente. Allí el propósito y el compromiso se convierten en acción. La mente representa conocimiento, aprendizaje, innovación, capacidad para resolver problemas y disposición para adaptarnos continuamente. La Venezuela del futuro tendrá que aprender muchísimo y hacerlo rápidamente, porque deberá reconstruirse mientras simultáneamente se adapta a transformaciones tecnológicas, económicas, energéticas y geopolíticas que avanzan a una velocidad extraordinaria.

Una sociedad capaz de producir liderazgo

La consecuencia más importante de este paradigma para Venezuela es que la transformación requerirá liderazgo distribuido por toda la sociedad. El futuro dependerá de dirigentes nacionales capaces, pero también de miles de personas ejerciendo liderazgo desde los espacios donde pueden producir cambios concretos. Esto cambia el rol del ciudadano, de ser un simple espectador a convertirse en protagonista de su propia sociedad.

Un maestro que transforma su escuela ejerce liderazgo. También lo hace un médico que mejora la atención de su hospital, un empresario que crea empleos dignos, un funcionario que simplifica un proceso y recupera la confianza del ciudadano, un alcalde que moviliza a su comunidad, un científico que convierte conocimiento en soluciones o un emprendedor que transforma una necesidad en una empresa. Un venezolano de la diáspora que conecta conocimiento, inversión, tecnología o relaciones internacionales con su país forma parte igualmente de esa red de liderazgo.

Cuando el liderazgo deja de concentrarse únicamente en quienes ocupan posiciones de autoridad y se convierte en una responsabilidad compartida, la escala de nuestros desafíos comienza a encontrar correspondencia con la escala de nuestras capacidades.

Libertad, unidad y responsabilidad

Una de las ideas más interesantes de Leading Through (Liderar a través de las personas) consiste en combinar dos conceptos fundamentales: freedom and unity (libertad y unidad). Las personas necesitan espacio para actuar, decidir, experimentar y mejorar. Al mismo tiempo, necesitan compartir propósito, información, principios y objetivos. La libertad de acción adquiere así mayor potencia cuando existe claridad sobre el destino y responsabilidad sobre los resultados.

Esta combinación puede resultar especialmente importante para Venezuela. Un país moderno necesita instituciones fuertes y ciudadanos capaces de actuar; reglas claras y espacio para la iniciativa; una visión nacional y miles de soluciones locales; coordinación y creatividad. La fortaleza institucional y la libertad responsable pueden alimentarse mutuamente cuando existe un propósito compartido.

El liderazgo distribuido no diluye responsabilidades: acerca la capacidad de decisión, el conocimiento y la iniciativa a los lugares donde pueden generar mayor valor. Quien recibe mayor libertad para actuar asume también una responsabilidad mayor por las consecuencias de sus decisiones. De esta forma, autonomía y responsabilidad avanzan juntas. Cuando eso ocurre, el liderazgo trasciende la posición y comienza a convertirse en cultura.

De la visión a la acción

Saramago nos ayudó a plantear una primera pregunta: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de ver? Los Clark nos permiten avanzar hacia la siguiente: ¿qué hacemos con nuestra capacidad cuando recuperamos la visión?

La respuesta puede definir una parte importante del futuro venezolano. Necesitaremos personas capaces de ver más lejos, comprender un mundo cada vez más complejo y señalar caminos posibles. Su mayor contribución llegará cuando consigan que otros descubran también su propia capacidad para transformar la realidad.

Allí se encuentra la evolución que debemos perseguir: ver, liderar y reconstruir. Primero recuperar nuestra capacidad de ver; después desarrollar una nueva manera de liderar; y finalmente convertir millones de capacidades individuales en una extraordinaria fuerza colectiva de transformación.

Venezuela posee petróleo, gas, minerales, tierras, costas, biodiversidad y una ubicación geográfica privilegiada. Posee también algo cuyo verdadero potencial apenas hemos comenzado a dimensionar: millones de venezolanos, dentro y fuera del país, capaces de aprender, crear, emprender, servir y transformar. Nuestro futuro dependerá en buena medida de nuestra capacidad para liberar ese potencial.

Quizás allí encontremos una de las definiciones más importantes del liderazgo que Venezuela necesitará: un liderazgo que ilumine el camino y, al mismo tiempo, encienda la luz en los demás.

Ilustración: Gergely Bacsa.

15/08/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/el-liderazgo-que-venezuela-necesita-construir-ii/

Breve nota LB: La segunda ilustración es la que le colocó El Nacional. Obviamente convencional y creada con IA. 

Equilibrio para tomar impulso

DEL TSJ EN EL EXILIO Y LOS ALREDEDORES DE LA TRANSICIÓN Luis Barragán Únicamente lo niegan los beneficiarios del actual orden de cosas: ...