sábado, 31 de octubre de 2026

Cañones de tinta

¿UNA UNIVERSIDAD CONTRA LA REPÚBLICA?

José Rafael Herrera

La pretensión de implantar una nueva Ley de Universidades en Venezuela aparece en uno de los momentos más críticos de su historia contemporánea, justo cuando las instituciones republicanas se han vuelto prácticamente inexistentes, cuando la vida pública ha sido sometida a su mayor degradación y cuando la propia idea de nación parece haber perdido por completo su capacidad para orientar un destino común. A la sombra de semejante paisaje, no deja de ser significativo que un poder satrapizado pretenda redefinir la naturaleza y función de la universidad, especialmente cuando se trata de la institución que —para bien o para mal— ha sido nada menos que la artífice política, moral e intelectual del país, por lo menos desde 1810.

Que haya sido de la universidad que surgiera la Idea de la Nación venezolana, es decir, que de su seno surgiera la realidad objetiva del país en su totalidad, comprendido como el despliegue del Espíritu de su pueblo, no solo es un hecho absolutamente original sino, tal vez, inédito. Es la actio mentis, el saber autoconsciente y sistemáticamente comprendido, puesto al servicio de la construcción de la sociedad. Porque la cuestión no consiste únicamente en determinar quién gobierna sus instituciones o cómo se organizan sus estudios. Lo que está en juego acá es algo más profundo: se trata del lugar que ha ocupado históricamente el pensamiento en la constitución de la realidad efectiva, no del “estado 51”, sino de esta Tierra de Gracia.

La Universidad Central de Venezuela no fue solamente una institución destinada a preparar profesionales, técnicos o “especialistas”. A lo largo de su historia, constituyó uno de los espacios desde los cuales se elaboraron las ideas que hicieron posible imaginar, discutir, disputar, interpretar y hacer efectiva la existencia de Venezuela como comunidad política y social. Claro que su historia no está exenta de contradicciones, silencios o insuficiencias; pero precisamente por eso debe ser comprendida históricamente. La universidad no se encuentra fuera de la sociedad que ella produjo: participa, porque forma parte integrante de sus conflictos, expresa sus límites y, sin duda, puede contribuir a superarlos. Por lo demás, su responsabilidad republicana consiste, entre otras, en hacer inteligibles las contradicciones de su tiempo.

Reducirla a una corporación dedicada a suministrar técnicos al mercado de trabajo supone, por tanto, alterar su sentido y significado. Sin duda, la formación profesional es indispensable, pero no agota la misión universitaria. Un tecnológico es una cosa, una universidad es otra cosa. La sociedad necesita médicos, ingenieros, abogados, economistas, etc. Pero, además, necesita que quienes ejerzan esas profesiones comprendan, con conocimiento de causa, las condiciones históricas dentro de las cuales actúan, los fines a los que sirven y las consecuencias de sus decisiones. El conocimiento especializado no sustituye el juicio acerca de la sociedad. Y cuando se separa de él, puede convertirse fácilmente en un instrumento eficaz para dar cumplimiento a fines inconfesables, cuya naturaleza, no pocas veces, se ha prohibido examinar.

La universidad tiene una responsabilidad que no se confunde con la imposición de una determinada doctrina ideológico-política. Le corresponde contribuir a la formación del Ethos republicano: ese conjunto de disposiciones, convicciones y capacidades mediante las cuales una sociedad reconoce los asuntos comunes como propios y comprende que la vida pública no puede reducirse a la obediencia, al interés privado o a la administración de necesidades inmediatas. No se trata de adoctrinar ciudadanos, sino, todo lo contrario, de formar personas críticas y autónomas, capaces de juzgar, discutir y asumir responsabilidades. Una República que renuncia a esa formación termina entregando sus decisiones a quienes pretenden ejercer el poder sin tener que dar razón de él.

En este punto, por cierto, resulta decisiva la comprensión de la función de la autonomía universitaria. No se trata, como se ha pretendido hacer ver, de un privilegio gremial ni una simple prerrogativa administrativa. Es la condición sine qua non que permite a la universidad determinar qué problemas merecen ser investigados, someter a examen las verdades establecidas y cuestionar las decisiones del poder, incluidas aquellas que afectan a la sociedad y, por consiguiente, a la propia institución. Una universidad que no puede interrogar a la autoridad deja de ser plenamente una universidad: se convierte en una dependencia pasiva, encargada de ejecutar fines que otros han decidido. La heteronomía comienza cuando la institución pierde la capacidad de resolver las preguntas que ella misma ha formulado.

Es por eso que conviene distinguir entre un profesor universitario y quien ha quedado reducido a la función “docente”, o sea, la de transmitir contenidos. La docencia es sin duda una tarea fundamental, pero la vida universitaria exige la integración de investigación, docencia y extensión. El profesor investiga porque el conocimiento no es un depósito de preceptos o de fórmulas concluidas; gracias a lo que investiga enseña, porque el pensamiento debe exponerse, confrontarse y ponerse a prueba; y por esa razón se vincula con la sociedad, porque el saber no puede permanecer indiferente ante la realidad política, social e histórica que le da sentido. El conocimiento que no se extiende más allá de las aulas es un conocimiento impotente. Pero, además, separadas entre sí estas funciones se empobrecen. La docencia sin investigación corre el riesgo de repetir respuestas envejecidas; la investigación sin extensión se encierra en sí misma; y ambas, desvinculadas de los problemas colectivos, terminan convertidas en ejercicios propicios para la esterilidad. Un profesor universitario no es un teacher: es un professor.

La experiencia de las universidades creadas o impulsadas por el régimen chavista merece ser examinada desde esta perspectiva. No se trata de descalificar en bloque a sus profesores ni a sus egresados, sino de evaluar las condiciones institucionales de su funcionamiento, la calidad de la formación impartida, la libertad académica, la producción de conocimiento y la posibilidad efectiva de la crítica. Una política universitaria no se mide por el número de instituciones inauguradas ni por la cantidad de títulos expedidos, sino por su capacidad para formar profesionales competentes y ciudadanos moral e intelectualmente autónomos. Cuando la expansión de la matrícula no va acompañada de condiciones adecuadas para investigar, enseñar y evaluar con rigor, las cifras pueden ocultar una grave insuficiencia formativa.

La paradoja se vuelve aún más evidente ante el desarrollo de la inteligencia artificial. En un mundo donde numerosas tareas rutinarias de procesamiento de información podrán ser automatizadas, una universidad que se limite a transmitir contenidos y adiestrar ejecutantes estaría renunciando, precisamente, a aquello que más se necesita. La formación superior no puede consistir en preparar individuos para repetir operaciones que las máquinas realizan cada vez con mayor eficacia. Su tarea es formar capacidades de y para el juicio: la comprensión de problemas, el establecimiento de relaciones, la evaluación de consecuencias y la deliberación sobre los fines que deben orientar el uso del conocimiento. La inteligencia artificial no vuelve innecesaria a la universidad. Por el contrario, hace más urgente la necesidad de que no abdique ante la responsabilidad de seguir pensando, de generar ideas y valores.

Pero esa responsabilidad solo puede cumplirse donde existe libertad para pensar. No hay autonomía sin posibilidad de crítica, ni crítica sin la disposición a examinar, incluso, aquello que una autoridad presenta como indiscutible. Por eso las universidades le resultan tan incómodas a los promotores de la barbarie de la reflexión. El poder que teme ser examinado procura sustituir el juicio por la obediencia y la formación por el adiestramiento. De ahí que la disputa por la universidad no sea un asunto sectorial. Concierne en las condiciones en las que una sociedad se puede reconocer como comunidad política y reconstruir sus estructuras institucionales.

Una República no se sostiene únicamente mediante leyes, elecciones o estructuras administrativas. Requiere, además, de ciudadanos capaces de comprender el mundo común, instituciones que no se sometan a los intereses del poder y espacios donde las ideas puedan confrontarse libremente, sin recibir de antemano una sentencia. La universidad no garantiza por sí sola estas condiciones, pero su debilitamiento hace mucho más difícil poder alcanzarlas.

La pregunta decisiva, entonces, no es si Venezuela necesita reformar su Ley de Universidades, con el premeditado objetivo de mutilar la posibilidad de formar ciudadanos, gente pensante. Toda institución histórica debe examinar sus insuficiencias y transformar sus prácticas. La pregunta es si esa transformación pretende ampliar las capacidades para que la universidad pueda pensar el país o para reducirla a instrumento subordinado, es decir, enajenarla de sus propios fines. En una sociedad urgida de reconstrucción, trastocarla en una corporación de intereses para la formación técnica de individuos significaría desmantelar uno de los espacios desde los cuales esa reconstrucción podría concebirse. Nunca se debería olvidar que los griegos definían a quienes solo se interesaban por sus propios intereses como idiotas. Además de premeditado y alevoso, resulta ser muy triste el intento de convertir la institución que históricamente ha construido y reconstruido el país en una fábrica de idiotas.

Si Atenea nació de la cabeza de Zeus, Venezuela nació de la cabeza de Atenea. Tal vez sea por eso que el país posee ese fascinante aroma de mujer. Y quizá sea esa la razón que permite explicar por qué su gentilicio se siente tan orgulloso de sí, por qué es tan espléndido, a veces tan atrevido y, no pocas veces, un tanto pretensioso. La verdad sea dicha: sus motivos no son pocos. De ahí que cuando las Repúblicas pierden su capacidad de pensarse, de revisarse, la universidad tenga la obligación de ser el lugar desde donde esa capacidad se sostenga con sentido enfático. Si, por el contrario, se la obliga a renunciar a la crítica y a obedecer los planes que el poder le impone, la reforma puede terminar siendo un motivo para la transgresión de lo que se pretende organizar. La cuestión de fondo no consiste en saber qué tipo de universidad requiere Venezuela, sino si Venezuela podrá conservar las condiciones éticas y conceptuales necesarias para volver a ser una República.

Ilustración: lbIA.

31/10/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/una-universidad-contra-la-republica/

viernes, 30 de octubre de 2026

Claridad educativa

UNA HISTORIA VENEZOLANA

Ramón Guillermo Aveledo    

La Universidad Monteávila invita a jornada académica en homenaje a su Rector fundador, Enrique Pérez Olivares, escojo revisar su gestión como Ministro de Educación. Los venezolanos necesitamos repasar esa historia para afrontar con confianza en nosotros mismos los retos nuevos.

Cuando el Presidente Caldera lo designa tiene treinta y nueve años de edad y es Decano de Derecho en la UCV. Sustituye a Héctor Hernández Carabaño, a quien rinde homenaje en su Memoria y Cuenta de 1972 y califica de “ilustre antecesor” en la última. Justicia con una figura muy distinguida y respetada del siglo XX venezolano por su trayectoria pública, privada y académica.

Es complejo el cuadro político y social. Un gobierno sin mayoría parlamentaria, el primero democráticamente alcanzado por un partido desde la oposición. Su política de pacificación, apertura a la reconciliación y la incorporación a la democracia de sectores que se habían separado al tomar la lucha armada, trae en éstos secuelas de discusiones y desmembramientos. La mayoría decidida por la vía de la paz democrática, otros se resisten a cambiar. En 1966 del PCV se va el PRV-Ruptura. A su legalización en 1969, siguen debates internos. Se abre el MAS en 1971 y previo a las elecciones de 1973, Vanguardia Comunista. En el MIR, diferencias y sucesivas separaciones. Unos van al PRIN en 1968, en 1970 aparece Bandera Roja, OR-Liga Socialista y entre el MIR-Américo que muta en Nueva Alternativa y el MIR-Moleiro que se fusiona en el MAS.

Las universidades, escenario clave para la acción política de la izquierda, vivero de su creación intelectual serían también teatro de sus contradicciones. El Mayo Francés de 1968 y el pensamiento de Marcuse, inspiran la llamada “renovación académica”.

Sin rostro, en Caracas aparecen graffitti anarcoides del “Poder Joven” y se multiplican las protestas de una Federación de Estudiantes de Educación Media sin representatividad formal, dirigida por militantes de la JC (luego J-MAS). En la Ciudad Universitaria de Caracas y en las residencias estudiantiles de la ULA siguen reductos de la fracasada lucha armada. En octubre de 1969 el gobierno interviene la UCV, se reforma la Ley de Universidades, se designan autoridades provisionales. El conflicto pica y se extiende.

Pérez Olivares tiene doble mandato: lidiar con el difícil cuadro para recuperar la convivencia universitaria y llevar adelante el compromiso de una reforma educacional profunda. Capacidad de diálogo y vocación transformadora le ayudan a salir airoso de una y otra tarea.

Nada se improvisa en la reforma educativa. Pensamiento claro desde la promesa electoral y sentido de Estado del IV Plan de la Nación. Universalizar progresivamente el pre-escolar, llevar a nueve años el mínimo educativo nacional, ciclo básico común, ciclo diversificado, democratizar, diversificar y regionalizar la educación superior, transformar en la educación de adultos, disminuir la desigualdad en la educación rural, ampliar de la educación especial, programa nacional de lectura, teleducación, aprovechamiento de la cooperación internacional. Al final, más planteles, más docentes mejor atendidos, más estudiantes a todos los niveles y cada año más presupuesto. Leer las tres memorias y cuenta impresiona por la visión, el afán de servir y el rigor para pensar y hacer.

Gráfica: Enrique Pérez Olivares, tomada de la revista Semana, Caracas, 1969.

28/10/2025:

https://www.opinionynoticias.com/opinioneducacion/45145-una-historia-venezolana

martes, 27 de octubre de 2026

No-proyecto para la sí-ley de educación universitaria

UNIVERSIDAD, GOBERNABILIDAD Y GOBERNANZA TRANSICIONAL

Luis Barragán

A nadie debe asombrar la profunda y largamente sostenida irresponsabilidad gubernamental de todo el presente siglo respecto a la universidad, sobre todo en lo concerniente a la autonomía convertida en una bandera histórica tan traicionada como la del precio barato de la gasolina. Y no es casual la pretensión de una reforma de la ley de universidades encaminada a neutralizar u obstruir la transición democrática, por cierto, eludida como proceso, en el marco de una ya consabida “técnica” legislativa: aparentemente ausente el debido proyecto creyendo estúpidos a los destinatarios, sorpresivamente aparecerá y se impondrá en nombre de una constituyente tan universitaria como ha sido y aún lo es la laboral,  con la misma gente que ha prestado y presta su nombre para la vulgar maniobra.

Gobernar no es anunciar que se va a hacer lo que simplemente no se hizo en casi tres décadas, como si no fuese suficientemente clara e inequívoca la normativa constitucional y legal vigente, por lo que la reforma constituye un pretexto para eludir la transición política como proceso, intentando torpedearla. El deliberadamente crónico déficit financiero del aula superior y, además, civil en Venezuela; la desalarización y la precariedad de los ingresos reales del profesor universitario, que lo empujan a abandonar las aulas, incluso, porque no puede costear el transporte; la deserción estudiantil, la precariedad de la planta física, la vandalización de las casas de estudio y la pérdida sistemática de oportunidades académicas pudieron afrontarse con el ordenamiento jurídico vigente: vale decir, gobernando y, como no se hizo, los problemas alcanzan ahora tal gravedad que peligra la noción misma de universidad en Venezuela

A modo de ilustración, el debate inmediato que hoy está planteado para el sector universitario va en dos direcciones: por una parte, según lo establecido por la Constitución y las leyes en la materia, introducido el correspondiente proyecto de Ley de Presupuesto para el ejercicio fiscal de 2027, en fecha reciente, es necesario sincerarlo y revelarlo en toda su amplitud pública como no se ha hecho en los últimos años, propiciando la discusión, lo que fuerza a hacer y compartir un diagnóstico honesto de la realidad del sector, concebir y acertar con el financiamiento de una consensuada política pública, específica y concreta, en lugar de improvisar con la citada reforma legal como si se tratara de alcanzar una fórmula alquímica. Por la otra, la persistencia y agudización de los problemas comprometen inexorablemente la gobernabilidad y la gobernanza (G&G) universitarias, en sintonía con la crisis del país. De ahí que la transición democrática se plantee como la posibilidad de un proceso pacífico e histórico de cambio político.

Valga el ejemplo, el mismo día que sesionó y decidió el Consejo Nacional de Universidades la discusión de la reforma en cuestión,  debió adoptar una decisión que esperó la comunidad de la Universidad Simón Bolívar, cuyas autoridades interventoras ostentan un pésimo desempeño de cinco años consecutivos aun cuando debieron convocar a elecciones rectorales en 180 días contados a partir de su nombramiento; las autoridades interventoras no fueron reemplazadas ni siquiera por otros profesores de la órbita oficialista, lo que habría permitido - al menos -  presentar la decisión como una señal de humilde rectificación y una muestra de destreza política que solemos extrañar. Acotemos la circunstancia, la ministro de Educación Universitaria simultáneamente pertenece a la élite gobernante que se sienta en la mesa de diálogo o negociación que la presumimos orientada a resolver el generalizado, presente y futuro problema de G&G.

El esfuerzo por controlar políticamente todas nuestras casas de estudios, a la postre se tradujo en una mayor incapacidad política para procesar los conflictos, tomar decisiones, ejecutar políticas, alcanzar la legitimidad y la estabilidad tan indispensables. La represión y la violencia de Estado no han sido la solución correcta, careciendo de pautas para la distribución de responsabilidades, la participación de las comunidades universitarias, la transparencia, la rendición de cuentas, y teniendo por regla, procedimiento y relación las decisiones arbitrarias, sumada su negligencia manifiesta, que le hizo perder capacidad infraestructural.

Luego de permitir que las condiciones materiales, académicas e institucionales llegasen al quizá peor nivel histórico en nuestro país, aunque la presente centuria reportó una de sus más visibles bonanzas petroleras, el gobierno no puede presentarse ahora como el impecable y ejemplar reformador que fracasó con el Estado Comunal y el inolvidable propósito de una universidad tanto o más comunal. Fracaso que no es imputable al peregrino alegato de las sanciones internacionales como causal, comprensible únicamente a la luz de una propaganda de extemporáneo cuño leninista.

Aceptemos, nos encontramos en un período excepcional de la vida republicana que no debe perder de vista el aula venezolana gracias al no-proyecto para una sí-ley de universidades. Convengamos, la G&G durante la transición y, luego, con su consolidación, es la que contribuirá a salvar la universidad venezolana, evitándole las más ociosas tempestades.

Ilustraciones: IA/lb.

27/10/2026: 

https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/universidad-gobernabilidad-y-gobernanza-transicional/

https://www.costadelsolfm.org/2026/10/luis-barragan-universidad-gobernabilidad-y-gobernanza-transicional/

lunes, 26 de octubre de 2026

Caza de citas

“Echo en falta que el sector doctrinal que apoya la necesidad de crear un nuevo tipo de personalidad para los robots exponga de forma clara y detallada qué problemas en el ámbito jurídico podría solventar la atribución de personalidad jurídica a estos. No basta con dotar de personalidad un ente, sino que hay que dotar de contenido esa personalidad”

Ramón Herrera de las Heras

(“Aspectos legales de la inteligencia artificial. Personalidad jurídica de los robots, protección de datos y responsabilidad civil”, Editorial Dykinson, Madrid, 2022: 49)

Ilustración: Mark Bryan.

Vándalos

DE LA LOCALIDAD VANDALIZADA

Luis Barragán

Digamos que no hay ciudad, pueblo y caserío que no registre las huellas de la vandalización. Pudiera parecer redundante al calificarla de ociosa, pero la hay como un motivo accidental de distracción y como un oficio inadvertido de destrucción que bien sabrá distinguir el profesional de la psicología como travesura o manía perniciosa, ocurrencia o vocación.

Relativamente nuevas y fabricadas de material resistente a la intemperie y, a la vez,  flexible y de color variado y llamativo, las tanquillas de las empresas de transmisión digital constituyen un modesto detalle estético de la localidad venezolana que se incorpora a la interconectividad universal. No obstante, puede contribuir y contribuye a la fealdad de la ciudad capital cuando resultan no sólo destrozadas por los peatones que la patean y los indigentes que la escudriñan, sino que cuentan con la mirada negligente de las autoridades públicas.

Nada difícil de imaginar esas tanquillas de hebras deshilachadas, con tapas partidas, que le dan alcance a las bolsas de basura en las pugnas de menesterosos, igualmente destrozadas en la alcaldía del municipio Libertador, por ejemplo, la han convertido en paisaje emblemático de la Caracas de día y de noche.  Pueden pasar los días, semanas y hasta meses, sin que haya inteligencia policial alguna para evitar destrozos que, a veces, son sistemáticos de acuerdo a la ocurrencia o vocación expuesta y que jamás puede considerarse un talento creador en lo artístico o destructor en lo militar.

Por lo visto, el vandalaje (el término vandalidad no cuenta con registro académico en el DRAE), ya no es una excepción y un detallazo, sino parte del deterioro, la agresión, el desconcierto, la rebelión, la frustración, o la seña como expresión identitaria y colectiva del malestar urbano, de la escasa o nula calidad de vida de los antes vanidosos petrolandeses venezolanos. Incluso, aquel que deambula por las calles en busca de trabajo, es y dice ser portador de los valores de una clase media venida a menos, que tiene el “derecho” de robar la señal internetiana al vecino o pasearse por los bancos o taburetes de un supermercado de libre Wi-Fi, puede ser incapaz de destruir los bienes públicos, pero se siente algo o mucho reivindicado si alguien lo hace por él y todavía más si alguien puede hacerlo en una urbanización o barriada impenetrable y exclusiva por exceso o por defecto.

¿Nos acostumbramos al hábitat por siempre vandalizado y tolerado por un Estado que ya ha sido víctima del flagelo? ¿O nos rebelamos desde una perspectiva creadora, aceptándola como promesa de unasuperior calidad de vida a construir en el marco de la transición pacífica y democrática pendiente?

No todos los peatones, indigentes o autoridades públicas son culpables,pues, significaría una estigmatización injusta y cómoda. Hablamos de una cierta tendencia que puede crecer y, en efecto, crece.

El vandalismo no es la causa de nuestros males, sino uno de los síntomas más nítidos del fracaso. Y que sepamos, en la conducción del Estado no están representadas las grandes mayorías. 

Fotografías: LB, El Paraíso (Caracas, 25&10/26).

26/010/2026:

https://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/45136-de-la-localidad-vandalizada

Inculpar a terceros


https://www.youtube.com/watch?v=X6nTuqu5Rz4

domingo, 25 de octubre de 2026

Noticiero retrospectivo


- Joaquín Marta Sosa entrevista a Víctor Jara. Summa, Caracas, N° 54 del 20/07/1972.

- Federico Álvarez. “Caldera y la máscara” (Rafael Caldera en “Primer Plano”). Tribuna Popular, Caracas, 08/06/84.

- Primado católico de la China habla para América Latina. Qué Pasa en Venezuela, Caracas, N° 48 del 16/01/65.

- S/f. Entrevista a Luis Carlos Galán. Economía Hoy, Caracas,09/08/89.

- La crisis de COPEI es una reacción contra el ala betancurista. Clarín, Caracas,  N°86 del 14/05/62.

Reproducción: Votación del presupuesto en el parlamento. Gráfica para un texto de Mauricio García Araujo: "La economía venezolana en 1974". Resumen, Caracas, N° 67 del 16/02/1975.

Cañones de tinta

¿UNA UNIVERSIDAD CONTRA LA REPÚBLICA? José Rafael Herrera La pretensión de implantar una nueva Ley de Universidades en Venezuela aparece...