“Los documentos reviven no solo
acontecimientos olvidados o las palabras exactas de cartas que solo se
recuerdan de forma vaga, sino también
sentimientos que se detuvieron en el tiempo, sentimientos que dieron paso a
otros. A Daniel lo expulsarían del programa terapéutico en el bosque que empezó
aquel septiembre. Pero cuando escribí la carta, la esperanza seguía viva en mí.
Nunca repetiría esas palabras banales de que sobrevivir al sufrimiento te hace
mejor. No lo creo. En aquel momento, lo creía o quería creerlo desesperadamente.
El sufrimiento suele dejar cicatrices”
Siri
Hustvedt
(“Historia
de fantasmas”, Seix Barral, Barcelona, 2026: 154)
Fotografía:
LB sobre una obra de Víctor Valera rasgada por la sombra (GAN, 22/12/24)
- Vladimir Gessen. “El Sargento Full Chola”. El Diario
de Caracas, 09/10/82.
- Ramón Losada Aldana. “El petróleo y la Venezuela
invertebrada”. Últims Noticias, Caracas, 11/12/88.
- Germán Acedo Payarez. “Temas jurídicos: Lo
confidencial y el petróleo”. El Universal, Caracas, 11/05/77.
- Moisés Moleiro. “Los adecos y el poder”. El Globo,
Caraca, 27/05/93.
- Eduardo Pozo. “Realidades alternativas”. Punto
Semanal, Caracas, 26/04/90.
Reproducción: A raíz de los sucesos del 22/05/1969,
Tribuna Popular inició una campaña de descalificación de los jóvenes
demócrata-cristiano que fueron a la UCV dizque para matar. La gráfica,
procesada a través de IA, publicada por el medio oficial del PCV (Caracas,
29/05/69), dice identificar a los integrantes de la JRC que llegaron a la
universidad para violentarla: los comunistas dicen identificar a: Delfín
Sánchez, Elías López, Gustavo Tarre, Germán López Méndez, Naudy Suárez, Walter
Jaffe de Biología, Luis Zambrano de Química, Peter Félix de Física, Alexis
Arenas de Biología, José Graterol de Derecho, Rafael Martínez de periodismo y
Gerardo Bernal, presidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería.
Nada tiene de banal la trayectoria y la consabida suerte del
llamado Niño Guerrero que, por cierto, nos asoma a una de las características del
siglo XXI venezolano. Quizá nunca antes la delincuencia organizada había llegado
a un desarrollo tan eficaz como prolongado entre nosotros, incluso,
transnacionalizándose.
Diez años atrás, pasamos por un ciclo aún no agotado
de lecturas e interpretaciones suscitadas por Luigi Ferrajoli gracias al
préstamo amistoso de algunas de sus obras honradas con la oportuna
devolución.Nos impresionó tanto que
hasta la más espontánea intervención parlamentaria o el ponderado texto de
opinión, llevaban las huellas del jurista florentino para asumir la compleja y
dura realidad creada por el socialismo de esta centuria.
La noción de los poderes salvajes nos permitió apuntar
a la naturaleza y a caracterizar al único gobierno que hemos tenido por casi
tres décadas. Sin dudas, ya era evidente la existencia de poderes de hecho por
encima de cualesquiera controles policiales y judiciales: no era necesaria una
aguda imaginación para detectarlos bajo la protección directa e indirecta de la
dirección política del Estado.
Hablamos de poderes extralegales e ilegales de ámbito
público y privado que alcanzan magnitudes considerables abarcando desde las
corporaciones económicas y financieras a las organizaciones francamente
criminales, los aparatos clandestinos de persecución y represión del Estado al
sofisticado dispositivo de contrabando, etc. Aprovechan los espacios no
regulados o deficientemente regulados por la ley u optan por la violarla con
total impunidad. Y si aceptamos que surgen y crecen ante la relativa
indiferencia de la ciudadanía con la pérdida del sentido cívico y, propiamente,
la despolitización incentivada por los regímenes iliberales, como sostiene
Ferrajoli (*), es evidente que una definitiva solución ha de llevarnos a un
desafío que pisa holgadamente los terrenos de la transición política de cara a
la actual coyuntura.
La noción en cuestión, nos permitió distinguir los
usos y abusos episódicos del poder
establecido de aquellos que abonaban a su estructuración y durabilidad, totalmente
contrarios a la más mínima aspiración de una democracia profundamente
garantista. Las diferentes y caprichosas
habilitaciones legislativas reforzaban la idea de un ordenamiento jurídico
funcional explicado por las interesadas modificaciones normativas si fuere el
caso, varias veces muy puntuales, o, permaneciendo las normas, igualmente
sorprendía la interpretación dada por los tribunales.
Por supuesto, la perspectiva ferrajoliana de los
poderes salvajes es útil para identificarlos por encima o al margen de las
garantías constitucionales. Empero, una exclusiva calibración jurídica luce
insuficiente para explicar la compleja reproducción del poder en los regímenes
iliberales que toleran aquellos poderes ilegales y extralegales, articulando
los recursos políticos, ideológicos, económicos y militares que los fusionan y
se expresan a través del mismísimo orden
estatal.
Luego, los procesos de transición que pueden derivarse
de una negociación epicéntrica, deben internarse en el lado obscuro de la Luna,
pues, de lo contrario, tropezaremos por siempre con la misma piedra.Resulta inevitable preguntarse en qué medida
la dirigencia clara y específicamente política, tiene la capacidad de afrontar
el inmenso reto.
(*) “Poderes
salvajes. La crisis de la democracia constitucional”, Editorial Trotta, Madrid:
2011: 75).
El "no tengáis
miedo", que hoy hemos escuchado una y otra vez en el evangelio, está
encuadrado en el contexto de la misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores
que les perseguirán y les encarcelarán.
Sin embargo, está claro que
la advertencia podemos aplicarla a todas las situaciones de miedo paralizante
que podemos encontrar en la vida. No sólo porque Jesús dice lo mismo en otros
contextos, sino porque así lo insinúan las bellísimas imágenes de los gorriones
y los cabellos.
El miedo es un sentimiento
que surge en el hombre ante un estímulo que interpreta como peligroso para su
subsistencia. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto
primero es defendernos; sea huyendo, sea dando energía para enfrentarse a la
amenaza.
Pero el ser humano puede ser
presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar su
humanidad. Este miedo artificial, en lugar de defender, aniquila. Este miedo es
lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.
¿Por qué tenemos miedo?
Anhelamos lo que no podemos conseguir y surge en nosotros el miedo de no
alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo bueno que creemos tener y
surge el temor. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos.
Creemos ser lo que no somos
y quedamos enganchados a ese falso "yo". No hemos descubierto lo que
realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente.
Jesús dijo: "La verdad
os hará libres". Todos los miedos son causa de la ignorancia. Si
conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para el miedo que nos
impide ser nosotros mismos. Si no experimentamos por nosotros mismos la
realidad que nos fundamenta, estaremos siempre intranquilos y surgirán los
miedos.
Si Jesús nos invita a no
tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. No se trata de
confiar en que no me pasará nada desagradable, o de que si algo malo sucede,
alguien me sacará las castañas del fuego.
Se trata de una seguridad
que permanece intacta en medio de las dificultades, sabiendo que los
contratiempos no pueden anular tu ser. Dios no es la garantía de que todo va a
ir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso.
La confianza no surge de un
voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es
para nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas
posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza.
La confianza es la primera
consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no depende de
mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí, no es una pérdida, sino una
ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado
es Dios mismo, mi futuro es también Dios; mi presente está en manos de Dios y
no tengo nada que temer.
Sólo el afán de seguridades
y de controlar mi propio ser, es el que me mete por ese callejón sin salida que
es la zozobra, el malestar, la inseguridad, en una palabra, el miedo.
Hablar de una verdadera
confianza en Dios es meternos en un terreno muy peligroso, porque nos obliga a
salir de las falsas imágenes que tenemos de Dios.
Confiar en Dios es confiar
en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de
confiar en un ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera,
aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento
de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro
de sí.
Por grande que sea el motivo
para temer, siempre será mayor el motivo para confiar. Confiar en Dios es
aceptar la realidad que Él quiso, tal como la quiso. Confiar en Dios no es
esperar su intervención desde fuera para que rectifique la creación. Es entrar
en la dinámica de la creación y no violentarla.
Es dejarse llevar por la
energía de la vida que sabe perfectamente a donde tiene que llevarme. Es dejar
que la vida fluya por los cauces que le ha preparado su creador, y no por los
que una criatura, que se cree la reina de la creación, quiere llevarle.
El miedo no sólo es
explotado por empresas que se dedican a toda clase de seguros, sino también por
las religiones, que explotan a sus seguidores vendiéndoles seguridades, después
de haberles infundido un miedo irracional a lo sagrado.
Creo que todas las
religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de
intereses egoístas. El miedo inducido es el instrumento más eficaz para dominar
a los demás. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir la
docilidad de sus súbditos.
En nuestra religión, el
miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La misma jerarquía ha
caído en la trampa. La causa de la falta de actualización de doctrinas, ritos y
normas morales, es el miedo.
La institución se ha
dedicado a vender, muy baratas por cierto, seguridades de todo tipo, y ahora
ella misma está sustentada en las seguridades externas que ha vendido, y no en
la confianza en Dios, que sería la verdadera fe bíblica.
Hay que tener mucho cuidado,
porque a veces los hombres están en contra nuestra, no porque seguimos a Jesús,
sino por habernos apartado del evangelio.
Las religiones siguen
necesitando un Dios que sea todopoderoso, y que ese poder omnímodo lo ponga al
servicio de nuestros intereses. Dios es nadapoderoso, porque todo su poder ya
lo ha desplegado, mejor dicho lo está desplegando constantemente, por lo tanto
no puede en un momento determinado actuar con un poder puntual.
Por eso mismo, tenemos que
confiar totalmente en él, porque nada puede cambiar de su amor y compromiso con
los hombres. La causa de Dios es la causa del hombre.
No nos engañemos, ponerse de
parte de Jesús es ponerse de parte del hombre, sobre todo del marginado. Dios
no está desde fuera manejando a capricho su creación. Está implicado en ella
inextricablemente. Su voluntad es eterna e inmutable, pero no es algo añadido a
la creación, sino la misma creación.
Si de verdad nos creemos que
Dios es creador; es decir que en este momento Él está creándome y está
involucrado en mi existencia. Si de verdad me creo que vistas desde Dios, las
criaturas no se distinguen del creador, entonces surgirá en mí un sentimiento
de total seguridad, de total confianza en mí, en lo que soy y en lo que yo
significo para Dios. Descubriré lo que Dios significa para mí.
Esta experiencia no tiene
nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo
para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos
porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no
confiamos en Dios, sino en nosotros mismos.
Jesús nos invita a no tener
miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de ti
mismo. El miedo a no ser suficientemente bueno, es la tortura de los más
religiosos.
Todos los miedos se resumen
en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte,
seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la
muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida.
La muerte sólo nos arrebata
lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de egoísmo.
Temer la muerte es temer perder todo eso. Es un contrasentido intentar alcanzar
la plenitud y seguir temiendo la muerte.
En el evangelio está hoy muy
claro. Aunque te quiten la vida, ¿qué te quitan en realidad? Lo que te
arrebatan es lo que no eres.
Meditación-contemplación
¡No tengas miedo!
Si analizas detenidamente
tus miedos, descubrirás dos cosas:
que no has hecho tuya la
salvación que Jesús te ofrece
y que sigues buscando la
salvación donde no está.
.................
Si has conseguido no temer a
los hombres,
pero sigues temiendo a Dios,
en vez de avanzar en tu
liberación,
te has metido por un
callejón oscuro y sin salida.
...............
Jesús deja muy claro en el
evangelio
que no debes temer a nada ni
a nadie.
Ni a los hombres, ni a Dios,
ni a ti mismo.
Esto último es lo más difícil,
porque supone desapego total.
Un doble acontecimiento editorial estremeció
temporalmente a la Venezuela saudita de cinco décadas atrás al desatar una
amplia polémica pública de desmitificación: Carlos Rangel y Teodoro Petkoff
publicaron con pocos meses de diferencia, respectivamente, “Del buen salvaje al
buen revolucionario. Mitos y realidades de América Latina”, en su primera
edición en lengua hispana (Monte Avila Editores, Caracas), y “Proceso a la
izquierda (o de la falsa conducta revolucionaria” (Editorial Planeta,
Barcelona).Desmitificadores que
terminaron convertidos en mitos, plantearon caminos distintos y, a veces,
complementarios para arribar a un porvenir que existió como una ilusión,
posibilidad real y propuesta personal y colectiva de un optimismo náufrago en
el presente siglo.
Importa señalar que no eran los íconos liberal y
democrático de ahora, pues Rangel hizo una pasantía como militante o
simpatizante de Acción Democrática, siendo aspirante a parlamentario y
efectivamente concejal antes de dedicarse a tiempo completo al periodismo, y
Petkoff, un entusiasta de la lucha armada integrante del Partido Comunista que
ayudó a dividir por razones que escandalizaron al Kremlin. Los textos canónicos
coincidieron en cuestionar los relatos justificatorios que eximían de
responsabilidad a los actores políticos latinoamericanos, ora revisando los
mitos antioccidentales y antiliberales de América Latina, ora revisando los
mitos revolucionarios de la izquierda continental. E, incluso, recordaba
recientemente Elizabeth Burgos en el Papel Literario de El Nacional, que Le
Monde llegó a calificar a Rangel de socialdemócrata; y, además, escuchamos con
frecuencia por estos años que Petkoff combatió a la democracia con las armas y
al chavismo con los votos.
Ayer, el marxismo era una tradición organizada de
cierta variedad política y académica que, en su momento, disparó abiertamente a
los dos ensayistas, pero – ahora – hay una más ordenada red liberal que ha
celebrado un libro dejando al margen el otro, aunque los dos revelaron un
ecosistema político y cultural que los visó a mediados de los setenta, como lo
intuyó temprana y acertadamente Gustavo Coronel al participar en la mesa de
redacción que convocó la revista Resumen, dirigida por Jorge Olavarría, con uno
y otro autor.
El notable entrevistador de la televisión local que,
por cierto, escribió una impecable obra posterior sobre el tercermundismo,
derivó a la postre en un símbolo del antisistema que se acentuó entre las
décadas de los ochenta y noventa, trastocado en el referente por excelencia del
liberalismo que ni siquiera lo alcanzó a ser Arturo Uslar, el implacable
moralista de finales de siglo, ni tuvo equivalencia con los esfuerzos de
reflexión económica y filosófica al igual que de divulgación realizados por
Emeterio Gómez.Y el carismático dirigente
político que trillaba recurrentemente la imprenta, cuestionó con argumentada
contundencia el leninismo prevaleciente, recibiendo respuestas también feroces
de Rafael José Cortés y Moisés Moleiro que, a juzgar por el siglo cursante,
ponen de relieve la terrible orfandad de los herederos políticos que no tienen
aún noticias de la caída del muro de Berlín.
Impensable un debate semejante en los días que cursan,
con el interés y la trascendencia que suscitaron las ediciones en cuestión, en
un excepcional país democrático de la América Latina bañada por dictaduras, con
una convincente pluralidad y libertad de expresión palpable en la prensa,
partidos, gremios, universidades, órganos deliberantes del Poder Público. Los
polemistas lograron romper los efectos anestésicos de una Venezuela que ya
gozaba de las iniciales bonanzas en medio de la discutidísima nacionalización
del petróleo, gracias a un ecosistema político y cultural que ya olvidamos.
Tendemos a repetir planteamientos y soluciones en el
marco de una crisis que es la de la memoria histórica que no cabe en los
coloridos caracteres de un dispositivo digital para afrontar las circunstancias
actuales, y, por ello, padecimos fenómenos como el del arribo al poder de una
izquierda para más señas militarista que obvió el rotundo fracaso de la
subversión armada de los sesenta y, mirando de nuevo a Cuba, ignoró
olímpicamente la discusión que rubricó su derrota.Un ejemplo específico está en las actuaciones
de un periodista como Eleazar Díaz Rangel, divisor del Partido Comunista y
fundador del MAS, activísimo líder gremial, que claudicó frente al único
gobierno que hemos ostentado en tan larga época para redondear parte de
nuestras ironías.
Hoy, son otros los retos que esperan para pasar de la
nacionalización petrolera a la plena recuperación de nuestras capacidades
energéticas, del Estado desarrollista a lo que comprendemos como la
reestatización del propio Estado, de la democracia social a una verificable
transición, gobernabilidad y gobernanza democrática. Hubo un futuro anterior,
sistemáticamente expuesto por Carlos Rangel y Teodoro Petkoff medio siglo
atrás, que importa reivindicar y, aún más, superar frente a la indócil realidad
de hoy, necesitada de una cultura política capaz de sostener las libertades
demandadas; en otros términos, con capacidad de producción política.
Ilustración: Sempé.
Gráfica: Procesada a través de Chat GPT a partir de:
Mediados del bachillerato en el país que prosiguió con
la intensa discusión de la nacionalización petrolera, habituado a la dura
competencia de los programas de opinión a primera hora de la mañana en la radio
y la televisión. Pacientemente habíamos leído “Venezuela, política y petróleo”
de Betancourt gracias al préstamo de la biblioteca del liceo, aunque no lo
entendíamos a cabalidad, y adquiríamos, cuando se podía, las revistas SIC y
Resumen seguramente de más difícil entendimiento.
Hubo gran alboroto por la incineración del libro “Del
buen salvaje al buen revolucionario” y todavía está en nuestra memoria la
condena que hizo Héctor Mujica del hecho por mucho desacuerdo que tuviera con
la tesis, siendo entrevistado por Carlos y Sofía Rangel. Y, después, la ultraizquierda
propagandizaba su rechazo agregando otro título como “Proceso a la izquierda”
Nos pusimos a ahorrar para comprar los ejemplares de
autores de nombres ya familiares para el muchacho que fuimos, como Carlos
Rangel y Teodoro Petkoff. Todavía los conservamos en casa adquiridos entre
abril y mayo de 1976, completado el pago de uno de los dos por un préstamo
oportuno del hermano menor.
Nos metimos en camisa de once varas para leer con absoluta
calma, retrocediendo muchas veces las páginas, los planteamientos de ambos
actores de la vida política y opinática de una Venezuela que ya comenzaba
tímidamente a tener a Miami por capital. Tardamos en entenderlos ciertamente y, aunque
ya cursábamos derecho en la Católica, tuvimos la certeza total cuando nos tocó
auxiliar a una querida amiga que hacía estudios políticos y administrativos en
la Ucevé con la tarea de hacer precisamente un trabajo alusivo a ambas obras:
obtuvo la máxima nota de un exigente profesor que les aseguró a sus alumnos que
la polémica tardaría en disiparse como, en efecto, ocurrió.
Así sería el impacto de los dos ensayos que permeó
hasta un modesto estudiante de secundaria admirado por la polvareda levantada,
esforzándose en saber por su cuenta de los asuntos que se debatían por
entonces. Habría que preguntarse sobre las condiciones por entonces imperantes
en Venezuela para que se produjera ese fenómeno irrepetible que sepamos, aun
cuando supusimos ingenuamente en esta centuria que la sola declaración marxista
de Hugo Chávez encendería los motores de la discusión generalizada, por lo
menos, entre los sectores de la oposición.
Por cierto, valga el detalle, en esa lejana época se
creía que forrar los libros con el llamado papel
contac transparente tan en boga como costoso, los preservaría en buen
estado. Después de 50 años, nuestros ejemplares han estado propensos a ataques
continuos de hongos por el pegamento, el calor poco a poco ha contraído el
forraje tendiendo a deshojarlos, intentando conservarlos con el encapsulamiento
en bolsas de plástico.
Finalmente, pocos recuerdan aquellos encuentros y
desencuentros públicos con Rangel y Petkoff y nos percatamos que menos
interesará el testimonio de alguien que los invoca con un dejo de nostalgia. En
definitiva, se trata del olvido que seremos como estupendamente intituló Héctor
Abad una de sus novelas.