EL ESCOMBRO Y LA ESPERANZA: LA SOCIOLOGÍA DE UN PAÍS QUE APRENDIÓ A SALVARSE A SÍ MISMO
Vanessa Carolina Rodríguez
Lupo / MiamiNews24
El reciente desastre natural
que sacudió a Venezuela no solo ha dejado una huella física imborrable en el
territorio, sino que ha desnudado, con una claridad casi brutal, la anatomía de
una sociedad que, ante el colapso de sus instituciones, ha aprendido a
reconfigurarse orgánicamente. Lejos de la parálisis que el caos suele inducir,
el país vivió una respuesta colectiva inédita: una coreografía de voluntades
que actuaron con precisión, sin manuales ni directrices estatales.
Para comprender este
fenómeno desde el rigor académico, conversamos con el profesor Samuel J. Pérez
Hermida, sociólogo, docente de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Jefe
del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología de la
FaCES-UCV, y Representante Profesoral Principal ante el Consejo de la Facultad
de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV. Su análisis nos invita a ver este
despliegue de solidaridad no como un hecho anecdótico, sino como un objeto de
estudio clásico de la sociología de la crisis y la acción colectiva.
El orden emergente: La
sociedad como nodo decisorio
Contrario a la creencia
popular de que el desastre desencadena el descontrol, el profesor Pérez Hermida
señala que fuimos testigos de la «emergencia de la comunidad altruista». En un
contexto, donde la estructura institucional estuvo ausente, el sistema social
no se detuvo; simplemente cambió su lógica de jerárquica a reticular. El
especialista sostiene que el venezolano ha desarrollado un habitus de
autogestión tras años de convivir en la incertidumbre. “Ante la ausencia de un
mando central, la sociedad activó lo que denomina capital social compensatorio».
Es decir, «cuando los ciudadanos sienten que el Estado ha dejado de proveer
seguridad o dirección, se activa el capital social de la comunidad», explica el
académico.
En este sentido, destaca
que, en esta dinámica no existió un «gran plan», sino miles de micro-planes
coordinados por la necesidad y una identidad compartida donde cada individuo se
transformó en un nodo decisorio. La legitimidad, en esos días aciagos, no
provino de cargos oficiales, sino del reconocimiento práctico de la utilidad de
la acción en el terreno.
Solidaridad global:
Venezuela dejó de ser un país lejano
La respuesta ante la
tragedia trascendió las fronteras, logrando una movilización de ayuda
internacional y de rescatistas voluntarios que superó las expectativas. Según
Pérez Hermida, esto fue resultado de una convergencia de factores: la diáspora
y la globalización de la empatía.
Por un lado, la migración
masiva ha funcionado como una red transnacional de «embajadores sentimentales».
La tragedia no llegó a un país abstracto, sino a un territorio que el mundo ya
reconoce gracias a los millones de venezolanos que hoy forman parte del tejido
social en otras latitudes. Asimismo, el ruido político de las últimas décadas
situó a Venezuela en el radar global, facilitando que el sufrimiento fuera
comprendido de inmediato.
En la era del conocimiento
en tiempo real, la distancia física ha cedido ante un imperativo ético
cosmopolita donde la viralización del dolor se traduce, inevitablemente, en
acción solidaria.
La fe como refugio cuando todo
se derrumba
En medio de la devastación,
una frase se volvió omnipresente: “gracias a Dios”. No como resignación, sino
como afirmación de vida. Incluso quienes perdieron familiares, casas o medios
de subsistencia encontraron en la fe un punto fijo en un mundo que se volvió
líquido.
Pérez Hermida lo llama
teodicea de la supervivencia: la fe como mecanismo cognitivo para sostener el
sentido cuando la realidad amenaza con destruirlo. «Dar gracias a Dios en medio
de la calamidad es una forma de declarar que, a pesar de la destrucción, el
sentido de la existencia del individuo no ha sido aniquilado». Es un acto de
resistencia cognitiva. En un entorno donde las instituciones racionales y
políticas han fallado constantemente, la fe se ha erigido como el lenguaje
capaz de articular la esperanza.
La religión opera aquí como
un capital social de consuelo, donde las comunidades de fe suplen las carencias
de un Estado desarticulado, convirtiéndose en redes de contención
fundamentales.
La síntesis del sociólogo es
clara: Venezuela sobrevivió gracias a dos fuerzas simultáneas.
La red global, activada por
la diáspora y la solidaridad internacional, que sostuvo la supervivencia material.
La fe, que sostuvo la
supervivencia emocional y espiritual.
Para el académico, ambas
surgieron porque el país lleva años viviendo en desinstitucionalización
profunda. Cuando el Estado no provee futuro, la sociedad se inventa uno. Sin
embargo, destaca que quedan preguntas abiertas: “¿Qué pasará con este ethos de
sobrevivencia cuando la emergencia pase?”, y “¿Esta capacidad de articularse en
redes globales y refugiarse en la fe será el cimiento de una nueva
institucionalidad, o viviremos en un estado de excepción permanente?”. La
respuesta no está escrita. Venezuela demostró que puede sostenerse sola. La
pregunta es si podrá reconstruirse sin que esa sobrevivencia se convierta en
destino.
En tal sentido, el terremoto
reveló algo que estaba allí, escondido bajo años de crisis: la capacidad de los
venezolanos para autogobernarse cuando las estructuras formales fallan. La
emergencia mostró que el país tiene músculo social, inteligencia colectiva y
una resiliencia que desafía cualquier teoría.
La reconstrucción dependerá
de si ese músculo se convierte en institución o si seguirá siendo la respuesta
permanente a un Estado ausente.
Fotografía: Mario Flores (Miamio News 24).
Video: LB, Las Fuentes (CCS, 10/07/26).
13/07/2026:







