LA LECCIÓN DE BUGS BUNNY
José Rafael
Herrera
Una parte considerable de la llamada "clase
política" contemporánea ya no lee. No se trata de una novedad. Cualquier
persona con cierta formación lo percibe con facilidad. Pero lo verdaderamente
preocupante es que algunos parecen haber convertido semejante carencia en una
virtud. La poderosa industria cultural les ha inculcado que el pasado es una
especie de almacén de objetos inútiles, una acumulación de cosas definitivamente
superadas por la velocidad del presente. Todo envejece rápidamente, todo es
sustituible, todo puede ser arrojado al basurero de la historia antes, incluso,
de haber llegado a comprenderse. Es muy de mediocres, por cierto, la
representación de la historia como la de un "periódico de ayer".
Como resultado de semejante formación social, la
recomendación de la lectura de Homero a un político del presente puede parecer
una extravagancia. ¿Qué podría aprender un hombre ocupado en campañas electorales,
conspiraciones palaciegas, encuestas y redes sociales de un poema compuesto
hace casi tres mil años? Pues no lo sabe, pero podría aprender mucho más de lo
que imagina. Mucho antes de que Maquiavelo escribiera El príncipe, mucho antes
de que la filosofía política descubriera conceptualmente las complejas
relaciones entre la coerción y consenso, aquella extraordinaria escuela de
bardos a la que Giambattista Vico llamó "Homero" había creado una de
las figuras más profundas de la inteligencia política occidental: Odiseo. No se
trata simplemente de un guerrero. Para eso estaba Aquiles. Odiseo representa
otra cosa. Representa la astucia. La fuerza puede destruir un obstáculo. La
astucia sabe cómo evitarlo. La fuerza enfrenta al enemigo. La astucia procura
comprender sus movimientos antes de que éstos se produzcan. La fuerza golpea.
La astucia anticipa. Y, sobre todo, el astuto sabe que en determinadas
circunstancias avanzar consiste en retroceder y que, en otras, la única manera
de escapar consiste en huir hacia adelante. La astucia es el fundamento
principal de la llamada "guerra asimétrica" desarrollada durante el
presente siglo.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno vieron en Odiseo
una de las figuras fundamentales de la constitución del sujeto occidental. La Odisea
no era para ellos una simple narración de aventuras lejanas, sino uno de los
textos originarios de la civilización europea. Odiseo aparece allí enfrentado a
potencias míticas, pero su enfrentamiento no consiste en destruirlas. Consiste
en sobrevivirlas, en "ganar tiempo". Pero para ello tiene que
calcular, sacrificar, engañar e, incluso, desaparecer. Cuando Polifemo le
pregunta su nombre, Odiseo responde: Nadie. Esa es, quizá, una de las grandes
lecciones políticas que contiene el poema homérico. Hay momentos en los cuales
conservarse exige renunciar transitoriamente a lo que se es. Hay circunstancias
en las que el nombre se convierte en una trampa. Un momento en el que el sujeto
tiene que saber desaparecer si quiere regresar. Por eso Odiseo se convierte en
Nadie. Frente a una determinada relación de fuerzas, ser Nadie puede resultar
ser más inteligente que insistir heroicamente en ser Odiseo.
La astucia no es, en consecuencia, un vulgar engaño.
Como tampoco es una simple habilidad de tramposo. Es una forma de concebir la
actio mentis, esa capacidad de comprender una situación concreta, anticipar sus
contradicciones y actuar dentro de ellas. Maquiavelo lo formularía, siglos
después, con una claridad que todavía incomoda a los espíritus bienpensantes. El
príncipe tiene que saber ser hombre y bestia. Y, entre las bestias, debe
aprender especialmente de dos: del león y la zorra. El león no sabe defenderse
de las trampas; la zorra no puede defenderse de los lobos. Por eso, quien
quiera gobernar tiene que conocer ambas naturalezas: la fuerza que intimida y
la astucia que descubre las trampas. Se puede decir que "la zorra"
que describe Maquiavelo ya se hallaba, de algún modo, navegando por el
Mediterráneo: atendía al nombre de Odiseo. Y quizá ésta sea una de las razones
por las cuales la tradición política occidental nunca pudo reducirse
simplemente a la fuerza. Un Estado no se sostiene exclusivamente mediante la
coerción. Necesita consentimiento, mediaciones, inteligencia, capacidad de
persuasión. La sociedad política no existe sin la sociedad civil, así como la
fuerza no puede sustituir indefinidamente al consenso. El problema comienza
cuando quienes poseen la fuerza creen que ya no necesitan inteligencia. Son los
que peligrosamente semejan a Polifemo: son enormes, poderosos y torpes. Pero,
sobre todo, han sido enceguecidos por la estaca de la vanidad.
Vico lo comprendió al preguntar por "el verdadero
Homero". Detrás del nombre del poeta aparece una experiencia histórica
colectiva, una imaginación popular capaz de crear aquellos grandes caracteres
poéticos en los cuales una civilización se reconoce a sí misma. Odiseo es uno
de ellos. Es la inteligencia que se mueve en un mundo peligroso, la capacidad
de prever, la prudencia que sabe esperar, la astucia que no confunde la
retirada con la derrota y, quizá, la capacidad de hacer que el adversario crea
aquello que necesita creer para terminar haciendo exactamente lo que no quería
hacer. Para no pocos políticos de hoy, Homero es demasiado antiguo, una pieza
anacrónica. Vico es "demasiado difícil". Y, por si fuera poco, Adorno
y Horkheimer son "demasiado filosóficos". Maquiavelo, en cambio,
todavía conserva algún prestigio entre ellos. No porque, en realidad, se le
haya leído a fondo, sino porque resulta útil mencionar su nombre cuando alguien
quiere dar la impresión de parecer inteligente. Alguien que se parece mucho a
la sopa en el invierno, diría: "¡Qué manguangua!", una expresión que,
entre los venezolanos, tiene el significado de algo muy fácil o sin mayores
dificultades. No obstante, existe la posibilidad de que los políticos del
momento llegaran a aprender la lección de Odiseo sin la necesidad de tener que
leer La Odisea. Pero ¿cómo podrían haber hecho eso? Muy sencillo: desde que
eran niños, sentados frente a la TV, viendo los dibujos animados de la Warner
Bros. Y es que la industria cultural hizo algo verdaderamente sorprendente.
Tomó la antiquísima sapiencia de la astucia y —a la manera de Esopo— la
convirtió en un personaje capaz de entrar en millones de hogares. No tenía
espada, ni llevaba armadura. No navegaba hacia Ítaca, pero tenía las orejas
largas. Además, con una tranquilidad desconcertante, decía: "ಾಸ¿Qué hay de nuevo, viejo?". ¿Sí aprendieron de
Bugs Bunny, "el conejo de la suerte" de la Warner, que no vence por
ser más fuerte que sus adversarios, sino todo lo contrario? Su rival tiene la
escopeta de la autoridad, la fuerza bruta o la ventaja inicial. Pero Bugs tiene
algo mucho más importante: la comprensión de la situación.
Su adversario cree perseguirlo. Y, de pronto, descubre
que está siendo conducido. Cree haber preparado una trampa y termina cayendo en
ella. Cree saber dónde se encuentra Bugs y descubre que el mundo entero ha
cambiado de lugar. En eso consiste la astucia. No consiste solo en saber escapar,
sino en transformar la persecución en una situación estrictamente dialéctica:
el perseguidor termina siendo perseguido y el cazador termina siendo cazado.
Quien parecía huir descubre que, en realidad, lleva la delantera. Durante
décadas, millones de niños aprendieron esta elemental pedagogía de la astucia
sin haber abierto jamás un libro de filosofía política. Crecieron viendo cómo
Elmer el Gruñón perseguía obstinadamente al conejo. Aquellos niños crecieron.
Algunos se hicieron políticos. Y quizá decidieron experimentar la política a la
luz de las lecciones aprendidas en aquellas "tardes felices" frente
al televisor.
Claro que no todos eligieron ser como Bugs. Muchos no
tuvieron más opción que asumir el rol de Elmer. Porque Elmer —al igual que el
gran Aloysius Bartholomew Sam, mejor conocido como "Sam Bigotes"—
siempre tuvo un arma y siempre percibió al otro como enemigo. Y, lo peor,
siempre estuvo seguro de que la próxima vez atraparía al conejo. Por eso
siempre dispara, aunque siempre termina preguntándose qué le habrá fallado esta
vez. La fuerza —especialmente la bruta— tiene una extraordinaria capacidad para
convencerse de que la realidad permanecerá fija, inmóvil, mientras ella actúa.
Solo que, al decir de Galileo, Eppure si muove. Y, así como la historia se
mueve, el adversario también. Tiberio o Sam parecen haber elegido el papel
equivocado. Persiguen con la seguridad del cazador que cree tener acorralada a
su presa. Tal vez debieron aprender algo de la primera lección de Odiseo —o de
Maquiavelo o, incluso, del mismísimo Bugs Bunny—: quien solo sabe perseguir
termina dependiendo de los movimientos de lo que persigue. Escopeta o
six-shooters en mano, creen decidir, sin comprender que están siendo
conducidos. Al final, terminan perdiendo la partida. No porque Bugs sea más
fuerte, sino porque comprendió los detalles del terreno donde se jugaba la
partida.
Es seguro que ni Tiberio ni Elmer ni Sam tengan idea
de quién fue Homero. Es probable que lo confundan con Mr. Homero Simpson.
Afirmación ésta que resulta ser perfectamente comprensible en tiempos de
racionalidad instrumental. Pero es aún más improbable la posibilidad de que
tuviesen noticias de Vico, Adorno o Horkheimer. Eso sí: debieron haber prestado
un poco más de atención a la lectio de Bugs, cosa que con toda seguridad sí
hicieron los siameses perversos. Razón por la cual Elmer, Sam o Tiberio, al
final, siempre terminan perdiendo la partida.
12/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/la-leccion-de-bugs-bunny/