ABC. Madrid, 03/07/2026.
viernes, 3 de julio de 2026
jueves, 2 de julio de 2026
martes, 30 de junio de 2026
El poder despótico es el único que no está de emergencia
GOBIERNO SIN ESTADO
Los terremotos del pasado 24 de junio no solo
destruyeron edificios. También revelaron una realidad que Venezuela lleva años
arrastrando: el progresivo debilitamiento del Estado. Frente a la fuerza de la
naturaleza desaparecen las consignas, la propaganda y las explicaciones
ideológicas. Solo permanece una pregunta decisiva: ¿está el Estado en
condiciones de proteger eficazmente a sus ciudadanos?
No sorprende, entonces, que The Economist, en su
edición del 25 de junio de 2026, titulara su análisis “Venezuela sufre el peor
terremoto de un siglo”. En ese mismo artículo resumió la principal lección
institucional con una frase elocuente: “La debilidad del Estado se hace
dolorosamente visible”. Las catástrofes naturales revelan en pocos segundos
aquello que los discursos oficiales pueden ocultar durante años: la calidad de
las instituciones, la eficacia de los servicios públicos y la eficiencia del
Estado frente a las emergencias.
Los terremotos no distinguen entre oficialistas y opositores,
entre simpatizantes del gobierno y sus críticos. Todos experimentan el mismo
temor y todos esperan que las instituciones funcionen. Por eso la propaganda,
las consignas y los lugares comunes pierden toda utilidad. Lo que importa es
que los hospitales permanezcan operativos, que existan equipos de rescate
preparados, que las comunicaciones funcionen, que la población reciba
información oportuna y confiable y que la libertad no se convierta en una
víctima más de la tragedia.
Existe, sin embargo, una diferencia importante con la
tragedia de Vargas de 1999. En aquella ocasión el gobierno rechazó buena parte
de la ayuda internacional ofrecida por los Estados Unidos. Ahora,
afortunadamente, decidió aceptarla, junto con la de otros países que han
expresado su solidaridad con Venezuela. Ningún Estado moderno debería
considerar la cooperación internacional como un signo de debilidad cuando la
protección de la vida exige sumar experiencia y conocimientos.
Pero aceptar ayuda no basta. La verdadera fortaleza de
un Estado reside en disponer de instituciones capaces de prevenir, coordinar y
responder eficazmente antes de que la ayuda exterior resulte indispensable.
Durante años se privilegió la expansión de los
aparatos de control político, la concentración del poder y el fortalecimiento
de las estructuras militares y policiales, mientras se debilitaban los
hospitales, las universidades, la infraestructura, la investigación científica
y los organismos de protección civil. Los terremotos pusieron dolorosamente de
manifiesto el resultado de esas prioridades. La fortaleza de un Estado no se
mide por el poder que concentra para reprimir, sino por la protección que
ofrece a sus ciudadanos. Un gobierno puede conservar el poder; solo un Estado puede
proteger a la sociedad.
La experiencia de estos días deja otra enseñanza. La
legitimidad de un Estado no depende únicamente de su capacidad para ejercer
autoridad, sino, sobre todo, de su eficacia para proteger a la población cuando
más lo necesita. Cuando las instituciones conservan su independencia y
fortaleza, los conflictos políticos encuentran cauces institucionales. Si las
instituciones venezolanas hubiesen mantenido esas condiciones, probablemente
muchos de los episodios más críticos de nuestra historia reciente —entre ellos
los acontecimientos del 28 de julio de 2024— habrían tenido un desenlace
distinto.
Esa reflexión conduce inevitablemente a una evaluación
del modelo político de las últimas décadas. Más allá de las diferencias
ideológicas, los hechos invitan a una conclusión difícil de eludir: la
revolución bolivariana no fue capaz de construir un Estado con instituciones
independientes, servicios públicos eficientes y mecanismos eficaces para
proteger a los ciudadanos. El terremoto no creó esa realidad; simplemente la
hizo visible.
La historia venezolana demuestra, además, que existe
otra manera de actuar. Tras el terremoto de Caracas de 1967, el presidente Raúl
Leoni —con la autoridad que le daba su prestigio— encomendó la coordinación de
las operaciones de rescate a un civil, el ingeniero Leopoldo Sucre Figarella,
ministro de Obras Públicas, cargo que desempeñaba desde el gobierno de Rómulo
Betancourt. La respuesta fue rápida y eficiente. Como recordó recientemente un
editorial de El Nacional, aquella decisión expresó una concepción republicana
del Estado: en las grandes emergencias, el interés general exige convocar a los
mejores, estén o no en el gobierno.
Esa lección conserva hoy plena vigencia. Venezuela
dispone todavía de un extraordinario capital humano. Las academias nacionales,
las universidades, los colegios profesionales, las organizaciones humanitarias
y numerosas asociaciones científicas reúnen a ingenieros, médicos, geólogos,
arquitectos, urbanistas y especialistas en gestión de riesgos cuya única
preocupación consiste en proteger a la población. Sobre ese capital humano debe
apoyarse la cooperación internacional, para que el esfuerzo conjunto responda a
criterios técnicos y al interés general.
Esa tarea exige también un clima de libertad. En una
catástrofe, la información constituye uno de los principales instrumentos de
protección civil. Una sociedad bien informada identifica mejor los riesgos,
facilita las labores de rescate, combate la desinformación y permite que la
ayuda llegue con mayor rapidez a quienes la necesitan.
De ahí que el gobierno deba levantar la censura que
pesa sobre los medios de comunicación nacionales e internacionales y facilitar
el trabajo de periodistas, organizaciones humanitarias y especialistas. En una
emergencia, la censura deja de ser únicamente un problema de libertad de
expresión. También se convierte en un problema de protección civil.
Sin embargo, la reconstrucción de Venezuela exige
también un nuevo pacto republicano. No un acuerdo para distribuir cuotas de
poder ni un entendimiento circunstancial entre dirigentes políticos. El país
necesita un consenso sobre las funciones esenciales del Estado y sobre aquellas
instituciones que ninguna mayoría política debería volver a debilitar.
Ese nuevo pacto debería colocar en el centro la
independencia de la justicia, la educación, la salud, la investigación
científica, la protección civil, la libertad de información, la
profesionalización de la administración pública, la recuperación de la infraestructura
y la subordinación de la Fuerza Armada al poder civil.
Pero también debería asumir una convicción más
profunda: el Estado existe para servir a la sociedad, no para someterla.
Ilustración: Alfred Kubin.
30/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/gobierno-sin-estado/
https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44582-gobierno-sin-estado
Eppur si muove
SISMICIDAD Y ESTADO
Frecuentemente, la supervivencia consciente a un desastre natural de regulares o extraordinarias dimensiones entraña una radical experiencia humana. Lo es tanto que no puede comprenderse sin una adecuada perspectiva del Estado y de sus capacidades, lejos de la tentación de una ciega defensa o ataque al gobierno, aunque es evidente que, en el caso reciente del estado Vargas, los efectivos de la Fuerza Armada han tardado o tardaron demasiado en actuar, como ejemplo de lo más o menos organizado que queda del Estado.
Una somera revisión de la vieja prensa nos muestra
aquellos fenómenos naturales como el terremoto que vivimos de muy niños en
julio de 1967, con particularidades como el temprano vaticinio hecho por
mentalistas y otros oficiantes del sortilegio y la previa advertencia de los
especialistas en torno a las consecuencias sociales, jurídicas y políticas para
la ciudad que celebró el cuatricentenario de su fundación. Hubo errores y
limitaciones de un Estado que cumplía con sus funciones más elementales, aunque
respondió diligente e inmediatamente en términos de información y orientación
pública, prevención y protección civil, coordinación y memoria institucional,
normas de (re)construcción y rendición de cuentas a juzgar por el libre
ejercicio de los medios y las exigencias de los cuerpos deliberantes
parlamentarios y edilicios.
Casi sesenta años después, en un contexto
completamente desfavorable, repetida la tragedia del litoral central de casi
tres décadas atrás, nos azotan dos terremotos en el centro norte costero con
las nefastas consecuencias para una población inocente, sorprendida y
desentrenada para estos menesteres de la supervivencia que la sobrepasan
material y anímicamente. Desde hace más de una década, de un modo u otro,
estuvo planteada la posibilidad de un fortísimo movimiento telúrico, incluso,
desde los órganos del Poder Público [1], pero – creyéndonos
en una perpetua estabilidad – nos confiamos irresponsablemente y a esto
contribuyó el poderoso imaginario de un estado Vargas de condiciones tan
estables como para los nuevos desarrollos urbanos en lugares antes trágicamente
afectados, susceptibles de una serísima investigación administrativa y penal.
Importa comprender cabalmente la situación para
superarla, en relación a las capacidades estatales, los protocolos de seguridad,
la inmediata búsqueda y hallazgo de las personas desaparecidas, y hasta la
posibilidad de un debate público necesario, sereno y convincente en la materia.
Mayor razón al tratarse de una eventual transición política que requiere de la
recuperación efectiva del Estado democrático que está más acá y más allá de un
relevo de sus elencos de conducción.
El problema no se resuelve con el solo desplazamiento
del régimen autoritario y la celebración de los comicios democráticos y ni
siquiera con una nueva Constitución, manteniéndose en pie la cultura de la
fuerza, pues la reconstrucción institucional exige cambios en la praxis
política, confianza en las instituciones y una relación alternativa entre la
ciudadanía y el Estado. Por consiguiente, es urgente reconocer que necesitamos
una transición cultural que escape a todo mesianismo clientelar tan arraigado
en este siglo, al que pudieran aportar los actores políticos de un proceso no
lineal de cambio previa revisión de aquel equipaje espiritual y ético que puede
retardar la transición entre marchas y contramarchas, diagnósticos y
correcciones, metas y prácticas de una ineludible competencia que la deseamos
leal, honesta y constructiva.
Los desastres naturales no distinguen entre
generaciones, posiciones ideológicas y regímenes político-económicos, sino
entre la capacidad o incapacidad de una sociedad para protegerse, estabilizarse
y rehacerse al emerger la ciudadanía por encima de la victimidad reductora de
las autoridades. Venezuela necesitará reconstruir viviendas, infraestructuras y
comunidades al igual que la confianza en un Estado dispuesto a prevenir y
actuar, coordinar e informar, orientar y responder: tarea inseparable de la
transición hacia una libre y duradera democracia.
[1] A modo de ilustración:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/6290-de-una-catastrofe-previa
https://lapatilla.com/2016/06/13/luis-barragan-sismicidad/
[2] H.C.F. Mansilla (2000) “Los límites de la democracia contemporánea y
de las teorías de la transición”, en: Nueva Sociedad, Caracas, N° 166
de marzo-abril: 62-75.
Reproducción: Portada de la revista Élite, Caracas, 1967.
Fotografía: Catia La Mar. Federico Parra (AFP). La Vanguardia 26/06/26.
30/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/sismicidad-y-estado/
lunes, 29 de junio de 2026
Autoconstrucción cultural
CÓDIGO
Hermann Alvino (*)
He leído con atención la
reseña sobre tu llamado de alerta, efectuado hace años, acerca de las medidas
que debían tomarse en caso de catástrofes como la de los terremotos. Es inútil
insistir en que el país no está preparado, porque nunca lo estuvo. Recordemos
El Limón, en Aragua, por ejemplo, en plena democracia.
Y no está preparado porque
en el código cultural venezolano no existe el concepto de prevención ni de
mantenimiento, aunque tampoco conviene autoflagelarnos, pues esa carencia está
presente en casi todos los países no angloparlantes, España incluida. Si
observas el estado de las carreteras o de las instalaciones urbanas básicas,
verás algo muy similar a lo que se aprecia en Venezuela, especialmente cuando
esa prevención y ese mantenimiento dependen de los gobiernos locales.
Yo estoy convencido de que
la degradación de los partidos ha acelerado este descuido, porque, si la
ciudadanía no participa en la vida partidista, terminan colándose los
trepadores y los incompetentes, quienes al final serán los candidatos y,
posteriormente, los gobernantes electos.
Pero, apartando ese tema, la
misma degradación generalizada de la estructura pública venezolana, incluyendo
la de la era democrática, se debe a la inexistencia de una cultura de
prevención y mantenimiento. Yo puedo hablar de lo que recibimos de los adecos en
1979: el IMAU, el aeropuerto, el IMTC, los huecos de las calles, etc. Pero
también puedo hablar de lo que encontramos cuando Pedro Pablo dejó la
Secretaría General de COPEI y entramos al edificio de Zamuro con Dr. Díaz: una
pocilga. Para sus usuarios aquello no era de nadie, exactamente igual que
ocurre con la infraestructura venezolana.
Las empresas públicas
caraqueñas, de las que me ocupé durante algunos años, daban vergüenza ajena, y
ya sabemos cuánto se robaron. Lo mismo ocurría con las oficinas públicas: los
escritorios, los baños, la iluminación, las escaleras... Todo estaba destrozado
y deteriorado. Pero no creas que con LHC la situación mejoró mucho, porque el
código cultural copeyano era el mismo que el del resto de los paisanos.
Un ejemplo sencillo de esa
ausencia de prevención lo viví apenas me encargué del aeropuerto. Lo primero
que hice fue revisar el sistema de emergencia, el cual descansaba sobre cinco
enormes plantas eléctricas, algo apartadas de los edificios que todos conocen.
No encendían porque no tenían baterías. Las compré por caja chica y, en dos
horas, ya funcionaban. Pero no suministraban electricidad donde debían, porque
los amigotes habían desviado el cableado hacia la farmacia, el banco, la
librería y la hamburguesería, en lugar de llevarlo a la pista, a las correas de
equipaje y a los sistemas de apoyo aéreo. De inmediato ordené restituir todo
como era debido y, a los dos días, una tormenta con rayos reventó la central
eléctrica de Catia La Mar. Toda la región quedó sin electricidad, menos los
sistemas vitales del aeropuerto.
Por supuesto, la fama de
brujo —similar a la tuya, reflejada en la reseña que enviaste— no era más que
producto del sentido común y del deber. Ese aviso tuyo sobre lo que podría
venir yo lo hice, más o menos de manera similar, en la Comisión de
Administración y Servicios del Senado, cuando me tocó estar allí. En aquella
oportunidad era con relación al Metro. Y mira cómo ha quedado ese pobre sistema
de transporte bajo el mantenimiento del chavismo, al igual que CADAFE, el
suministro de agua y la propia PDVSA. El fondo del problema es exactamente el
mismo, y roguemos que no se repita la tragedia de la represa mirandina, aunque
esta vez en grande, con las de Guayana.
El deterioro de lo público,
entonces, se explica porque a nadie le importa, porque se piensa que eso no es
de nadie. ¿Cómo pueden caerse las vigas del terminal aéreo? Pues porque durante
cuarenta años nadie revisó las soldaduras ni el inevitable avance de la
corrosión sobre las cabillas dentro del concreto, en un entorno con salitre,
además. Y así podemos describir prácticamente todo lo que el país construyó
desde los años cincuenta, pasando incluso por los pasillos de la UCV, que se
derrumban solos.
Así que no solamente la
corrupción y la irresponsabilidad causan muchas muertes al construir mal, al no
revisar ni mantener debidamente las obras, mientras se cobra por servicios que
nunca se prestan y se pagan completas construcciones defectuosas. Se trata
también de un problema cultural que va desde ensuciar las calles arrojando
cualquier cosa hasta robarse los tapones de los lavamanos públicos. ¿Cómo se
puede destruir literalmente un camión del aseo urbano, por más que exista un
mal uso del vehículo? Lo mismo ocurre con los ascensores y las escaleras
mecánicas. Todo lo que tocamos lo convertimos en chatarra y, finalmente, en
rancho.
Todo ese conjunto de
problemas sale a relucir cuando ocurre un terremoto. Demasiado han resistido
las torres de El Silencio y las de Parque Central, pese a casi medio siglo de
abandono. Y, claro está, cuando esa ausencia del concepto de prevención se
traslada a la organización y a la gobernanza, vemos cómo el Estado se paraliza
por falta de recursos materiales y humanos, por no entrenar debidamente a los
cuerpos especializados, por no educar a la población, etc.
No es de recibo que, en
Hiroshima y Nagasaki, apenas dos días después de haber sufrido el lanzamiento
de las bombas atómicas, ya circularan algunas líneas de autobuses por las zonas
afectadas. Ni hablemos de la preparación frente a terremotos y maremotos. Japón
y China, al igual que los países angloparlantes, Alemania y otros similares,
tienen muy claro el valor de la prevención; también, en cierta medida, Francia.
Pero, si recorres el ámbito hispanohablante, además de Italia, Grecia, Pakistán
y otros países, encontrarás realidades muy parecidas a la venezolana: ahí están
los deslaves en Colombia o los terremotos de Chile, México y Nicaragua.
Es nuestro destino, aunque,
en buena medida, nosotros mismos lo hemos construido. Y solo queda esperar la
próxima tragedia.
(*) Respuesta de H.A. a
nuestro texto:
https://apuntaje.blogspot.com/2026/06/es-que-ya-estaban-prescritas-todas-las.html
Fotografías: The New York Times, NY, 28/06/2026.
La improvisación como sistema
DE LOS CABLES METROPOLITANOS
Muy antes, en la diaria jerga de las mesas de
redacción, el término hacía referencia a
los cablegramas noticiosos y, si de reparación vehicular se trataba, al
auxiliar para la batería, cuando no al tendido eléctrico y telefónico. E, incluso, expresiones como “comerse un
cable” o de alguien con el “cable pelao”, se equiparaban al bolsillo vacío o
mísero, y a la dudosa lucidez de una persona. Agreguemos otro término asociado
a la falta de soberanía, pues, el cable submarino es por excelencia el que
extendió el chavismo con la dictadura habanera y de cuya suerte no se ha
hablado más.
El cable de la más numerosa variedad de formatos,
propiedades, características y usos, explicará aún por largo tiempo nuestra
vida cotidiana, aunque distintas aplicaciones prometen la interconexión con prescindencia del
magnífico recurso. Con la llegada de la electricidad, su prestigio alcanzó
extraordinarios niveles, sobre todo en las ciudades tejidas a simple vista para
el iluminado progreso que alcanzaban. No obstante, llegó la etapa en la que
estéticamente representaba un retroceso, porque el flexible cableado de
disímiles grosores, al igual que la tubería (la otra versión del cable), debía
esconderse en el subsuelo, reduciendo los peligros de una exposición aérea con
el azote constante del viento y demás elementos naturales.
En efecto, hay testimonios de la vieja prensa respecto a la progresiva sustitución del tendido eléctrico a la vista de todos los caraqueños, alguna vez festejado por sus grandes postes de madera de los que la siderurgia dio cuenta sobre todo a partir de los años cincuenta. Los sótanos de la ciudad explicaban ese otro paisaje libre de las grandes telarañas, siendo las crecientes áreas marginales, después consolidadas, las que todavía las tienen para dar cuenta de una agigantada y peligrosa improvisación.
Por estos años, las telarañas han vuelto, esta vez, prometiendo cumplida e incumplidamente el servicio internetiano. No hay rincón de cualquier localidad que no haya recibido el propósito de las múltiples empresas de servicios de todo pelaje, desde las más serias hasta las más descaradas, que no tomen la calle, la siembren de postes y festejen un cableado aéreo de nudos impresionantes y también endebles.
¿Para qué esforzarse por una instalación sotanera,
algo que es más costoso y que tampoco
cuenta con los debidos planes municipales que la integre adecuada y
promisoriamente? ¿Acaso, los nichos de un material plástico en superficie que
revelan una instalación de fibras en el subsuelo, no son objeto de sendos e
impunes actos vandálicos?
La rutina citadina significa ahora lidiar con esos mal
rebobinados cables aéreos que ponen en peligro nuestra pisada, por decir lo
menos. Un motivo más para esta fallida interconectividad venezolana, por
cierto.
Fotografías: LB (CCS, 28/06/2026).
30/06/2026:
https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44581-de-los-cables-metropolitanos
La historia sísmica es también la historia del Estado y sus capacidades en Venezuela
TERREMOTO EN VENEZUELA: CUATRO SIGLOS DE CIUDADES CAÍDAS, MIEDOS Y MEMORIA BAJO LA TIERRA
Luis Perozo Padua
La tierra comenzó a hablar
antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si
una carreta inmensa avanzara bajo las calles.
Después vino el
estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y
el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.
Venezuela, que muchas veces
se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones,
también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por
el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias
convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el
suelo con respeto.
No hubo siglo tranquilo.
Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque
hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una
advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se
concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la
Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria.
Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica.
Pero esa cifra, por sí sola,
no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó
desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde
en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche
caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con
el ruido de un terremoto.
El día que Caracas corrió
hacia las calles
El 11 de junio de 1641,
entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad
extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña,
de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que
organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de
siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores,
puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.
Entonces la tierra se movió.
El terremoto de San Bernabé
fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La
población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban,
los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se
extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación
científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal
sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del
cielo.
Caracas quedó gravemente
dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que
durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación
contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía
inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.
Aquella mañana de 1641 dejó
una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede
política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la
provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad
humana.
Cumaná bajo el amanecer de
1766
Más de un siglo después, el
21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor
terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas
comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una
magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados
Sucre y Nueva Esparta.
La tragedia tuvo su rostro
más severo en Cumaná.
La ciudad oriental, antigua,
marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las
casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una
nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las
poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los
habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; solo podían
contar ruinas, ausencias, grietas y campanas mudas.
En Caracas también hubo
estragos. La Catedral, San Pablo, San Lázaro y otros templos sufrieron daños
severos. El terremoto no respetó distancias ni jerarquías: estremeció pueblos,
ciudades, iglesias y haciendas. No se conoce con precisión el número de
muertos. En el siglo XVIII, las cuentas oficiales llegaban tarde, incompletas o
no llegaban nunca. Muchas víctimas quedaron sin nombre en los registros, pero
no sin lugar en la memoria.
El terremoto de 1766
confirmó que Venezuela era un territorio sísmico antes de que el país tuviera
conciencia moderna de esa condición. Las autoridades coloniales podían ordenar
reparaciones, levantar informes y reconstruir templos, pero no podían evitar
que el subsuelo continuara acumulando tensión.
El Jueves Santo que sacudió
la República
El 26 de marzo de 1812,
Venezuela estaba partida por la guerra. Apenas un año antes se había declarado
la Independencia y la Primera República trataba de sostenerse en medio de
conspiraciones, campañas militares, conflictos internos y una población profundamente
dividida entre patriotas y realistas. Era Jueves Santo. Las iglesias estaban
llenas. En Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras
poblaciones, la liturgia reunía a miles de fieles.
A esa hora, la tierra
intervino en la historia política.
El terremoto de 1812 no fue
únicamente un desastre natural. Fue también un golpe moral contra la causa
republicana. Su magnitud ha sido estimada entre 7,7 y 8,0. En algunos lugares
se habla de dos movimientos sísmicos que devastaron una parte importante del
territorio. Caracas perdió miles de habitantes. La Guaira quedó herida. Mérida
sufrió una mortandad considerable. Barquisimeto, Santa Rosa y San Felipe
quedaron entre las poblaciones más castigadas.
Los muertos se contaron por
millares. Algunas estimaciones hablan de 10 mil fallecidos en Caracas, 3 mil en
La Guaira, 5 mil en Mérida, entre 4 mil y 5 mil en Barquisimeto y 3 mil en San
Felipe. En total, varios historiadores han ubicado la cifra nacional alrededor
de 20 mil o incluso 26 mil víctimas. No todos los cuerpos pudieron ser
rescatados. Muchos cadáveres, atrapados bajo escombros y expuestos al calor,
fueron quemados en montones para contener la descomposición y el riesgo
sanitario.
En medio de aquella
devastación, algunos religiosos difundieron la idea de que el terremoto era un
castigo divino contra la sublevación patriota. La interpretación cayó sobre una
población aterrorizada y profundamente creyente. Los realistas encontraron en
la tragedia un argumento político: Dios, decían, había castigado la rebelión
contra Fernando VII.
La República, debilitada por
las armas, sufrió también el golpe del miedo.
En esa escena de ruinas se
ubica una de las frases más conocidas atribuidas a Simón Bolívar. Ante la
naturaleza desatada, habría dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos
contra ella y haremos que nos obedezca”. Más allá de las discusiones sobre el
contexto exacto de la expresión, la frase sobrevivió porque condensó una
voluntad: no rendirse ni ante la guerra ni ante la catástrofe.
Pero lejos de los grandes
nombres de la Independencia, el terremoto también tuvo una geografía íntima. En
Cabudare, según investigaciones del cronista Taylor Rodríguez García, la
tradición oral exageró durante años la destrucción del poblado. Para 1812 no
existía allí un casco urbano consolidado, sino apenas viviendas rurales
dispersas. La única edificación demolida por el sismo habría sido el oratorio
de Santa Bárbara, situado en la hacienda del mismo nombre, propiedad de Juan
José Alvarado de la Parra, alférez real del Cabildo de Barquisimeto.
Aquel oratorio tenía su
propia historia. En 1793, Alvarado de la Parra había solicitado permiso para
levantar una capilla pública en Cabudare, donde poseía haciendas de trapiche,
cacao y añil. La licencia eclesiástica fue concedida, pero la construcción se
demoró. En 1797 pidió nuevamente autorización, esta vez al obispo fray Juan
Antonio de la Virgen María Viana, y comenzó la fabricación del templo. La
capilla sirvió de consuelo espiritual a los habitantes de la zona hasta que el
terremoto la derribó.
En su testamento, Alvarado
de la Parra pidió que se rescataran los objetos sagrados, se removieran las
ruinas y se reconstruyera la casa de oración manteniendo, en lo posible, la
arquitectura anterior. También expresó su voluntad de ser sepultado allí. Murió
en 1819, cuando la obra no estaba concluida. Así, el terremoto de 1812 no solo
dejó muertos y ciudades destruidas; también interrumpió proyectos, devociones
familiares, capillas rurales y pequeñas historias que rara vez entran en los
manuales.
San Narciso y el presidente
que saltó del balcón
La madrugada del 29 de
octubre de 1900, Caracas volvió a despertar con violencia. El terremoto de San
Narciso sorprendió a la ciudad cuando aún no clareaba el día. La magnitud se ha
estimado entre 7,6 y 8,0. El movimiento afectó principalmente el noreste del
estado Miranda, Caracas y poblaciones como Macuto, Caraballeda, Naiguatá,
Carenero, Higuerote, Guatire y Guarenas.
La capital, que ya no era la villa colonial de 1641 ni la ciudad republicana de 1812, seguía siendo vulnerable. La Universidad Central, la Santa Capilla, las iglesias de San José, La Pastora, Las Mercedes, La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía sufrieron daños de consideración. También resultaron afectados edificios públicos y numerosas viviendas particulares. En Caracas se reportaron casas caídas, muertos y heridos. Algunas fuentes hablan de al menos 56 fallecidos en el área impactada; otras crónicas registran 21 muertos y más de 50 heridos en la capital.
El episodio dejó, además,
una imagen que la memoria popular conservó con una mezcla de tragedia y
sarcasmo político. Cipriano Castro, entonces presidente de Venezuela, fue
sorprendido por el terremoto en la Casa Amarilla. Presa del pánico, saltó desde
uno de los balcones y se fracturó un pie o una pierna, según las distintas
versiones repetidas por la tradición.
La escena tiene algo de
retrato nacional: el poder, que suele presentarse firme sobre los balcones,
descubierto de pronto como un cuerpo vulnerable frente a la tierra. En un
instante, el mandatario y el ciudadano común compartieron la misma intemperie.
No había uniforme, cargo ni escolta capaz de detener el movimiento.
El terremoto de San Narciso
ocurrió en un país que acababa de entrar al siglo XX con tensiones políticas,
caudillos armados y una institucionalidad frágil. La sacudida no cambió por sí
sola el curso del poder, pero recordó que la precariedad no estaba únicamente
en la vida pública. También estaba en las paredes, en los templos, en las
calles y en la forma en que las ciudades habían sido levantadas.
Cumaná volvió a caer frente
al mar
El 17 de enero de 1929,
Cumaná recibió otro golpe histórico. La ciudad que ya había sido arrasada en
1766 volvió a estremecerse bajo un terremoto de magnitud cercana a 7,0, con
epicentro en el golfo de Cariaco. Esta vez la tragedia tuvo un ingrediente
adicional: el mar.
El movimiento destruyó buena
parte de la ciudad y generó un tsunami con olas estimadas entre cuatro y cinco
metros. Para una población costera, acostumbrada a mirar el horizonte como
promesa de pesca, comercio y viaje, el mar se convirtió en amenaza. El agua
avanzó con violencia sobre una ciudad ya herida por el temblor.
En 1929 gobernaba Juan
Vicente Gómez. El país vivía bajo una dictadura férrea, centralizada, con una
modernización desigual impulsada por el petróleo y controlada por el poder
militar. Las noticias sobre los desastres circulaban con limitaciones,
filtradas por la estructura política del momento. Pero ningún control
informativo podía ocultar la magnitud de lo ocurrido en Cumaná. Había muertos,
damnificados, edificios destruidos y una ciudad nuevamente obligada a empezar.
El Tocuyo, la ciudad
demolida dos veces
El 3 de agosto de 1950, la
historia sísmica venezolana entró con violencia en el estado Lara. El Tocuyo,
llamada con frecuencia la Ciudad Madre de Venezuela, sufrió un terremoto que
partió su historia en dos.
Era una población de
profunda tradición colonial, con templos, casas antiguas y una identidad urbana
formada durante cuatro siglos. Sus habitantes vivían entre calles cargadas de
memoria, fachadas de otro tiempo y una religiosidad visible en la presencia de
sus siete templos. Aquel día, la tierra hizo un sonido que algunos
sobrevivientes compararían después con “una manada de toros bravos”.
El sismo tuvo una magnitud
estimada de 6,3 y duró aproximadamente 35 segundos. Bastó menos de un minuto
para afectar el 93 por ciento de las viviendas. De las casas restantes, apenas
una pequeña parte quedó en condiciones de ser habilitada. Los siete templos,
símbolos religiosos y arquitectónicos de la ciudad, se derrumbaron o quedaron
gravemente comprometidos. El saldo humano fue de 17 muertos y 80 heridos.
Pero la tragedia de El
Tocuyo no terminó cuando dejó de temblar.
Según testimonios y estudios
posteriores, entre ellos los del geólogo tocuyano Lermit Figueira Anzola, la
ciudad no fue destruida únicamente por el terremoto. La segunda demolición vino
después, de la mano del hombre. Tractores y cuadrillas terminaron de derribar
lo que aún permanecía en pie, incluyendo importantes testimonios
arquitectónicos coloniales. Lo que pudo ser restaurado o preservado fue, en
muchos casos, arrasado bajo la lógica de la reconstrucción.
El Tocuyo perdió entonces no
solo casas y templos. Perdió continuidad visual, memoria edificada, vínculos
materiales con su pasado. En nombre de la seguridad y de la modernización,
desaparecieron muros que habían sobrevivido a generaciones. El terremoto abrió
las grietas; la mano humana las convirtió en vacío.
Para Lara, aquel desastre
fue una herida territorial. No se trataba de una población cualquiera. El
Tocuyo había sido centro fundador, referencia histórica, ciudad de arraigo.
Después de 1950, sus habitantes no solo tuvieron que reconstruir viviendas.
Tuvieron que aprender a reconocerse en una ciudad distinta.
La crónica del terremoto
tocuyano es, por eso, una de las más dolorosas de la historia sísmica
venezolana: enseña que una ciudad puede morir por la naturaleza y volver a
morir por las decisiones que se toman después.
Caracas, 1967: la noche en
que se quebró la modernidad
Pasadas las ocho de la noche
del 29 de julio de 1967, Caracas vivía una de esas jornadas urbanas propias de
la Venezuela moderna. La ciudad crecía hacia el este, levantaba torres,
multiplicaba urbanizaciones y celebraba una idea de progreso asociada al
concreto, al automóvil, a las avenidas y a los edificios altos. Altamira, Los
Palos Grandes y otras zonas del este representaban una capital que se miraba a
sí misma como moderna, ascendente, segura.
Entonces tembló.
El terremoto tuvo una
magnitud estimada entre 6,5 y 6,7. Su epicentro se ubicó a unos 20 kilómetros
de Caracas. Duró entre 35 y 55 segundos, según distintos registros. No fue el
mayor terremoto de la historia venezolana, pero sí uno de los más impactantes
por su carácter urbano y por la forma en que golpeó a una capital que creía
haber dejado atrás la fragilidad colonial.
Varios edificios colapsaron.
Otros quedaron inhabitables. Las cifras oficiales registraron 236 muertos y
cerca de 2.000 heridos. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Seis edificios
resultaron destruidos, 40 fueron declarados no habitables y 180 sufrieron daños
graves. Las pérdidas materiales superaron los 10 millones de dólares.
En aquella noche hubo
gritos, carreras, polvo, vidrios rotos, llamadas desesperadas y familias que
bajaron a la calle sin saber si podrían volver a sus apartamentos. Pero también
quedó un documento sonoro extraordinario. En los estudios Sonomatrix se
realizaba un playback con la canción “Mi Navidad”, del coro Armonía Navideña. Como
las voces infantiles ya habían sido grabadas antes, en el estudio solo estaban
el organista y los técnicos encargados de efectos especiales. Cuando comenzó el
terremoto, el ruido de la sacudida quedó mezclado con la música.
Por eso en la cinta no se escuchan
gritos de niños. Se escucha algo más inquietante: la irrupción de la tierra
dentro de una canción. La Navidad, asociada a infancia, hogar y celebración,
quedó atravesada por el estruendo de un desastre. Es uno de los registros más
singulares de la memoria venezolana: un terremoto entrando, sin permiso, en una
grabación.
La Caracas de 1967 no volvió
a ser la misma. El sismo impulsó nuevas reflexiones sobre normas de
construcción, vulnerabilidad urbana y preparación ciudadana. También dejó una
marca emocional en quienes lo vivieron. Durante años, muchos caraqueños
recordaron exactamente dónde estaban cuando comenzó el movimiento: en la mesa,
en el cine, en una fiesta, en un ascensor, en la sala de un apartamento o
frente a un televisor que de pronto dejó de importar.
Cariaco, 1997: la escuela
bajo los escombros
El 9 de julio de 1997, a las
3:23 de la tarde, el estado Sucre volvió a ocupar el centro de la tragedia
sísmica venezolana. Un terremoto de magnitud cercana a 6,9 o 7,0 sacudió con
fuerza la zona de Cariaco y Cumaná. El movimiento ocurrió en horas de la tarde,
cuando la vida cotidiana estaba en pleno desarrollo: comercios abiertos,
estudiantes en actividades, familias en sus casas, calles bajo el calor
oriental.
Cariaco fue el nombre que quedó unido al desastre.
El sismo causó más de 70
muertes y graves daños en infraestructura. Entre las imágenes más dolorosas
estuvieron las de edificaciones escolares afectadas, con niños y jóvenes entre
las víctimas. La tragedia golpeó una fibra especialmente sensible: la infancia
sorprendida por el colapso, la escuela convertida en lugar de duelo, los padres
buscando respuestas entre concreto y polvo.
El terremoto de Cariaco
ocurrió en una Venezuela que ya contaba con instituciones sismológicas,
registros técnicos, medios de comunicación de alcance nacional y una ciudadanía
más consciente de la amenaza. Pero nada de eso eliminó el dolor esencial del
desastre. La ciencia podía explicar el movimiento; no podía consolar a una
madre ante una lista de fallecidos.
Cariaco recordó que la
vulnerabilidad no depende solo de la magnitud de un sismo. Depende también de
dónde ocurre, a qué hora, sobre qué edificaciones y en medio de qué condiciones
sociales. Un movimiento menor que otros grandes terremotos históricos puede
convertirse en tragedia si encuentra estructuras frágiles y comunidades
expuestas.
Desde entonces, el nombre de
Cariaco quedó inscrito en la memoria venezolana junto al de Cumaná, Caracas, El
Tocuyo y Barquisimeto. Cada ciudad herida agregó una página a ese archivo
subterráneo que el país revisa cada vez que vuelve a temblar.
Carabobo, 2009: el susto sin
luto nacional
El 12 de septiembre de 2009,
un sismo de magnitud 6,4 ocurrió frente a las costas del estado Carabobo. Se
sintió en buena parte del centro norte del país, incluyendo Carabobo, Aragua y
Caracas. No dejó víctimas mortales, pero sí daños en edificaciones y al menos
16 lesionados.
A diferencia de otros
episodios, el terremoto de Carabobo no pasó a la historia como una gran
tragedia nacional. Fue más bien un recordatorio. Una sacudida capaz de
interrumpir la rutina, sacar a la gente de edificios y viviendas, activar el
miedo colectivo y poner nuevamente sobre la mesa la pregunta de siempre:
¿estamos preparados?
El país ya conocía
suficientes antecedentes para no tomarlo a la ligera. San Bernabé, 1766, 1812,
San Narciso, Cumaná, El Tocuyo, Caracas y Cariaco componían una larga
advertencia. Sin embargo, la memoria de los terremotos suele debilitarse con el
tiempo. Cuando pasan años sin una gran tragedia, las ciudades vuelven a
confiarse. Se construye, se remodela, se improvisa, se olvida.
El sismo de 2009 no produjo
luto masivo, pero sí cumplió una función incómoda: recordó que la amenaza
seguía allí, activa, silenciosa, acumulando energía frente a las costas y bajo
las montañas.
2018: la Torre de David
inclinada sobre la memoria
El 21 de agosto de 2018,
Venezuela sintió uno de los sismos más fuertes del siglo XXI. La magnitud fue
reportada en 7,3 por algunas fuentes, aunque otros registros la ubicaron en
6,9. El movimiento se produjo en horas de la tarde y fue sentido en buena parte
del país y del Caribe.
No dejó fallecidos ni una
destrucción comparable con los grandes terremotos históricos. Pero sí produjo
una imagen poderosa: los últimos pisos del Centro Financiero Confinanzas,
conocido popularmente como la Torre de David, quedaron visiblemente inclinados.
La imagen tuvo una carga
simbólica difícil de ignorar. La Torre de David, rascacielos inconcluso y
abandonado, ya era para entonces una metáfora de la crisis urbana venezolana:
ambición financiera, obra paralizada, ocupación informal, abandono, ruina vertical.
El terremoto no la derribó, pero inclinó su parte superior como si subrayara
físicamente una fragilidad que el país ya conocía.
El ministro de Interior,
Justicia y Paz, Néstor Reverol, informó entonces que no se habían reportado
daños mayores ni hechos que lamentar. Hubo réplicas, alarma ciudadana y una
intensa circulación de imágenes por redes sociales. A diferencia de 1812 o
1900, el miedo ya no viajaba solo por rumores o cartas: viajaba por videos,
mensajes de WhatsApp, transmisiones en vivo y fotografías tomadas segundos
después del sacudón.
El terremoto de 2018 mostró
otra dimensión de la memoria sísmica contemporánea. La gente ya no solo corre a
la calle; también graba, comparte, compara magnitudes, busca reportes
oficiales, revisa mapas y espera réplicas mirando el teléfono. La tecnología
cambió la forma de narrar el miedo, pero no el miedo mismo.
2026: el país vuelve a mirar
hacia abajo
El 24 de junio de 2026, un
nuevo terremoto reavivó en Venezuela la pregunta por su historia sísmica. El
movimiento, reportado con magnitud 7,1 y ubicado en el municipio Montalbán,
estado Carabobo, con réplica de 7.5, llevó a miles de usuarios en redes sociales
a preguntarse cuáles habían sido los terremotos más potentes y devastadores del
país.
El dato técnico importaba,
desde luego. Pero lo que se activó ese día fue algo más profundo: la memoria.
Y mientras los organismos
venezolanos continúan el levantamiento de información en las zonas afectadas,
las primeras estimaciones internacionales reflejan la incertidumbre propia de
las horas posteriores al desastre. El Servicio Geológico de Estados Unidos
(USGS), mediante sus modelos automáticos de evaluación de impacto, proyecta un
escenario potencial de entre 10.000 y 100.000 víctimas mortales como
consecuencia de los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. De acuerdo con ese
análisis preliminar, existe un 42 % de probabilidad de que el número de
fallecidos se ubique dentro de ese rango, un 33 % de que oscile entre 1.000 y
10.000, y un 17 % de que supere las 100.000 personas.
Sin embargo, estas
proyecciones corresponden a cálculos probabilísticos elaborados en tiempo real
y no a un balance oficial de víctimas. De hecho, las autoridades venezolanas
informan un registro preliminar de 164 fallecidos y alrededor de un millar de
heridos, cifras que continúan en aumento y permanecen sujetas a revisión
conforme avanzan las labores de búsqueda, rescate y verificación en las áreas
más golpeadas.
Cada gran sacudida despierta
las anteriores. Cuando tiembla en Carabobo, vuelve Caracas 1967. Cuando se
menciona Sucre, aparecen Cumaná y Cariaco. Cuando Lara siente el movimiento,
regresan Barquisimeto, Santa Rosa, Cabudare y El Tocuyo. Los terremotos no son
episodios aislados en la conciencia colectiva venezolana; forman una cadena de
recuerdos que se enciende cada vez que el suelo pierde estabilidad.
Los científicos han
explicado que estos eventos se relacionan con el choque y desplazamiento
relativo entre la placa Sudamericana y la del Caribe. Pero para la población,
la experiencia inmediata sigue siendo corporal: la lámpara que se mueve, el
piso que ondula, el perro que ladra antes de tiempo, el ruido de vidrios, el mareo,
la puerta que no abre, el vecino que grita desde el pasillo, la madre que toma
a sus hijos y baja las escaleras sin mirar atrás.
Los terremotos devuelven al
ser humano a una verdad elemental: toda ciudad, por sólida que parezca, depende
de un suelo que no controla.
La memoria debajo de las
ciudades
Venezuela ha reconstruido
muchas veces sobre sus propios escombros. Caracas lo hizo después de 1641,
1812, 1900 y 1967. Cumaná después de 1766 y 1929. El Tocuyo después de 1950.
Cariaco después de 1997. Cada reconstrucción dejó decisiones, aciertos,
pérdidas y olvidos.
En algunos casos, la
tragedia impulsó aprendizajes. En otros, la urgencia borró patrimonios. A veces
se levantaron mejores edificaciones. Otras veces se repitieron
vulnerabilidades. La historia sísmica del país demuestra que el desastre
natural nunca es completamente natural: la magnitud del daño depende de la
calidad de las construcciones, de la planificación urbana, de la memoria
institucional, de la educación ciudadana y de la capacidad de actuar antes de
que vuelva a temblar.
Los terremotos son breves.
Sus consecuencias, no.
En Venezuela, la tierra ha
sido cronista severa. No escribe con tinta, sino con grietas. No firma
documentos, pero deja marcas en fachadas, cementerios, archivos parroquiales,
fotografías de damnificados, relatos familiares y silencios que pasan de una generación
a otra.
Quizás por eso cada
terremoto conmueve tanto al país. Porque no solo mueve el suelo: remueve la
memoria.
Y cuando todo pasa, cuando
vuelve el silencio y el polvo comienza a asentarse, queda siempre la misma
imagen: un país que mira hacia abajo, respira hondo y entiende que la tierra,
de vez en cuando, también exige ser escuchada.
28/06/2026:
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