VÉRTIGO TRANSICIONAL
Hay un evidente agotamiento del ciclo autoritario en
Venezuela que no debemos confiar ingenuamente a una automática respuesta
democratizadora y, menos, al voluntarismo extremo que la promueve en nombre de
sus particulares vivencias opositoras. Pocos logran apreciar y asumir las
magnitudes de un cambio que tiende a sobrepasarnos política, intelectual y anímicamente,
trastocado en un complejo proceso, una empresa de alto riesgo y un enorme
desafío luego de casi treinta años de desaprendizaje cívico, polarización,
confrontación y deterioro institucional.
La transición nos remite a un proceso de procesos y a una
experiencia cargada de amenazas y peligros de índole incluso personal,
configurándose definitivamente como una oportunidad imperdible. Además, impone retos que someten a una dura
prueba la capacidad de conducción y exponiendo las vulnerabilidades de los
actores que actúan en un escenario naturalmente controversial, estos deben
lidiar con el vértigo políticamente entendido a través de sus elementos en la
medida que no se tiene certeza alguna de lo que ocurrirá (cognitivo),
desconociendo cuán correctas son o no las decisiones adoptadas (moral), y la
consistencia o no de las instancias empleadas o por emplearse (institucional), aunque
el decisor sepa o diga saber la real incidencia en la correlación de fuerzas
que pugnan por continuar o emerger (estratégico).
Ha sido fácil enunciarla, pero una transición no es
algo ya dado, un producto preelaborado, un manual y tampoco un recetario, sino
un esfuerzo históricamente creador, cargado de responsabilidades y
determinaciones que pueden intimidar, desorientar, descolocar o desestabilizar
a la dirigencia que está obligada a acertar, probando aptitudes que no se
improvisan. Más allá o más acá de su dimensión emocional o psicológica, el
vértigo político entraña una profunda incertidumbre y una inevitable y mutua
desconfianza entre propios y extraños, equipos negociadores, añadida la población
misma, tras la formalización de un tránsito que procura garantías para evitar
retroceder.
Nada casual, Adam Przeworski
sostiene que la incertidumbre no es un episodio accidental del proceso
democratizador, sino uno de sus requisitos constitutivos. Precisamente, no
existiendo protagonista ni espectador que predigan el desenlace y la propia
permanencia de los acuerdos alcanzados, la transición exige prudencia,
aprendizaje y una excepcional capacidad política.
La apertura del proceso sincera la resistencia
militante de las llamadas áreas marrones (brown
areas), útil categoría de análisis aportada por Guillermo O´Donnell
respecto a los territorios donde no llegan la autoridad estatal ni la legalidad
democrática, que nos sirve para metaforizar un imaginario de cínica
victimización e idealización del oficialismo y de sus intereses vitales,
generalmente patrimoniales. La obstinada propaganda gubernamental siembra
percepciones, emociones, actitudes y comportamientos generadores de confusión
entre adversarios, aliados y medios de opinión, distorsionando los hechos.
Inaceptable, aunque comprensible, la angustia de los
elencos del poder apunta a la posibilidad de ser juzgados, despojados de
privilegios, extraditados o desplazados inmediatamente de sus posiciones y
jerarquías, aspirando a algún salvoconducto; y, en el caso de los opositores,
existen temores de un nuevo engaño, y la probabilidad de padecer una persecución
o retaliación no convencional, dividirse por la más modesta diferencia, o
sufrir directa o indirectamente las consecuencias de la traición. Angustias o
temores que, en alguna medida, modifica la presencia estadounidense. Sin
embargo, el mejor aval de una transición duradera sigue siendo el liderazgo
dispuesto al sacrificio, representativo de una población pacífica y desarmada,
consciente de la política como compromiso y servicio, mas no como una profesión
narcisista de asegurado éxito, riqueza y estrellato.
Diferente al de la década de los ochenta, el “último” O´Donnell, el de los noventa,
versó sobre dos transiciones consecutivas que hoy podemos concebirlas como
etapas de una sola que nos permite augurar el largo período que está pendiente
para nuestro país: el que va de la apertura hasta la celebración de las
elecciones convincentemente pulcras y democráticas, y de éstas a su
consolidación. Entonces, por una parte, resulta indispensable el intenso y
constante debate de las direcciones políticas con el propósito de incurrir en
el menor número posible de errores (cual 1958, por entonces, una transición
insegura);y, por otra, en reclamo de
humildad, una necesarísima madurez y rectitud ante la megalomanía y las
tentaciones mesiánicas (frenéticamente digitalizadas).
Antes de discutir sobre programas, instituciones o
liderazgos, conviene reconocer el vértigo y comprender la naturaleza
excepcional de la empresa que se abre —o que luchamos por abrir— en Venezuela.
De lo contrario, perderemos el tren.
Ilustraciones: Bobby Baker y The Zairul.
07/07/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/vertigo-transicional/
https://www.eastwebside.com/luis-barragan-vertigo-transicional.html








