Un modo de eludir, subestimar o decididamente
adversar la transición y el proceso cívico que genera, es el de simular el
normal desarrollo de los problemas políticos. Sin embargo, el período tan
excepcional que afrontamos los venezolanos permite dudar de la propia vigencia
de la Constitución, incumplida por razones de una emergencia institucional que
tiene de todo menos la gratuidad: los eventos del 3-E pusieron en evidencia el
dramático colapso de un sistema que, a pesar de los costos ocasionados,
pretendió prolongar la agonía.
Aceptemos que las adversidades y los
adversarios constituyen un fenómeno natural de resistencia al cambio, pero
también que un índice confiable de la inhabilidad política es dejar al
descubierto tamaña intención. Así las cosas, luce muy razonable que el solo
anuncio oficial de un proyecto de ley de universidades, provoque toda suerte de
sospechas, entre otras cosas, porque la titular del despacho ministerial del
ramo al mismo tiempo integra la consabida mesa de negociaciones; y, en
consecuencia, despunta como una táctica más que como una estrategia de distracción
sobre el objeto mismo que obligó a representantes del gobierno y de la
oposición a sentarse.
La primera constatación es que basta con
aplicar todas las previsiones constitucionales para iniciar el camino de
reconstrucción de la institucionalidad universitaria en nuestro país, por lo
que el asunto no estriba en una nueva ley por la claridad y precisión que caracterizaron
al constituyente de 1999 respecto a la autonomía universitaria, la
inviolabilidad del recinto, la libertad de cátedra, el régimen presupuestario,
entre otras facetas.Huelga comentar que
la violación sostenida de la Constitución en la materia ha contribuido a
suscitar la tragedia en nuestras casas de estudios, además de la pretendida
creación de la universidad comunal, cosa que no se resuelve con el dictado de
otra ley a destiempo.
A modo de ejemplo, el 16 de los corrientes
cumple cinco años en el ejercicio de sus responsabilidades rectorales el equipo
interventor de la Universidad Simón Bolívar que, originalmente, en 180 días
debió convocar a elecciones, pero no sólo permitió la destrucción del laberinto
cromo-vegetal, sino la ruina del galpón de biología, el déficit alarmante de
profesores (incluso, especialmente de matemáticas), hizo de la piscina olímpica
el hogar de un caimán, liquidó en la práctica el transporte estudiantil. El
bloqueo económico ha servido de pretexto para justificar la monumental crisis
de un siglo XXI que aún no comienza y, no faltaba más, ¿por qué no utilizarlo
para las universidades como la brillante contribución de las recurrentes
constituyentes universitarias que decretaban según el reporte meteorológico del
momento?
De tratarse de una ley para las universidades,
en los archivos de la Asamblea Nacional debe encontrarse el proyecto elaborado
años atrás por la ONG Aula Abierta que tuvimos a bien diligenciar e introducir,
pero el punto no es ese: el objetivo es el de retrasar la apertura convincente
de un proceso de transición para que devenga reacomodo, algo estratégico antes
que táctico. Significa comprar todo el
tiempo posible para operar políticamente la frustración de un cambio en casa,
pues, según las estimaciones de los aún más desavisados, sobrevivir a las próximas
elecciones presidenciales estadounidenses con una derrota republicana, supondrá
el retorno envalentonado de ese viejo chavismo con nuevos voceros para pasar
factura a propios y extraños, haciendo más duradera la debacle.
Concluyamos, por una parte, que toda
actualización legislativa habrá de explicar la dinámica transicional en marcha,
pero no al revés; y, por otra, no siendo cosa de un absurdo academicismo,
importa tener consciencia de la posibilidad, naturaleza, características y
alcances de la transición democrática aspirada por las grandes mayorías. Parece
imperdonable que la dirigencia política no sepa del momento histórico que
atravesamos a favor de las veleidades y el espectáculo digital que la consume.
Sobre todo, cuando no se tiene idea de la
competencia (pre)transicional, con el sabotaje político siempre rondando. Son
variopintos los adversarios del cambio, agregados los atosigados por el
silencio. ¿O prescindiremos del cambio como solución?
De la población desplazada
hacia el exterior en búsqueda de un refugio seguro y estable, no hay cifras
oficiales o confiables quizá por un problema de nomenclatura. El término
diáspora tiene otras connotaciones, no sólo más amables, sino que ampara a
quienes no necesariamente huyeron por razones exclusivamente políticas, aunque
hubo quienes las inventaron para intentar una rápida legalización, cuando la
inmensa mayoría tuvo fortísimos motivos socioeconómicos para irse al
extranjero.
Obviamente, deberíamos
contar también con cifras relacionadas con los desplazamientos dentro del
territorio nacional de grandes contingentes por distintas coordenadas, pero no
ocurre al reservarse el poder establecido las señas precisas de una realidad
que procura no se conozca en profundidad. Entre regiones, estados, municipios y
parroquias se ha producido una movilidad que no responde precisamente a las
mejores oportunidades laborales, como pudo ocurrir durante el siglo pasado y el
proceso de modernización, sino a la persecución y represión políticas, a las
condiciones de inseguridad personal provocadas por mafias y guerrillas, a la
literal hambruna, entre otras causas.
Puede hablarse entonces de
insilio, un neologismo todavía no admitido por el diccionario oficial de la
lengua española, que remite al exilio interior, a la experiencia de sentirse
desterrado en el propio país. No todo desplazamiento interno es, desde luego,
insilio, pero hay quienes, permaneciendo dentro de las fronteras nacionales, se
han visto obligados a abandonar su hogar, empleo, comunidad y hasta las
condiciones más elementales de su vida anterior.
Es una diferencia importante
respecto del siglo pasado, pues, por entonces, sin que faltaran los
desplazamientos impuestos por circunstancias políticas o económicas, grandes
contingentes se trasladaban hacia las ciudades, los centros industriales y los
grandes cultivos rurales porque allí estaban las oportunidades que ofrecía la
modernización. Ahora, con frecuencia, se cambia de lugar porque ya no están
allí las condiciones para permanecer: antes se iba hacia las oportunidades y,
ahora, también se huye cuando faltan.
Por lo que hemos podido
indagar, hay una crisis de desarraigo también significativa, aunque lógicamente
menor que la experimentada en el exterior: fragmentación de las familias, una
frágil estratificación social que poco rememora a la petrolera, diferencias
inflacionarias nada sutiles entre las regiones, desescolarización forzada y
otras consecuencias que apenas alcanzamos a registrar. Sin embargo, quien se
desplaza dentro del país conserva, si se quiere, una ventaja que no es poca
cosa: puede tener más a la mano a familiares y amigos probados a la hora de una
emergencia.
Posiblemente, el intercambio
poblacional o la movilización de un lugar mediana o considerablemente distante
a otro, alcance cifras que hoy desconocemos. Quizá las grandes líneas de
transporte público tengan números que sorprenderían acerca del insilio
venezolano, como seguramente lo sabe el gobierno: hace falta afirmar que sea
mayor que la población que ha viajado para quedarse en el exterior. Huelga
comentar que el fenómeno no encuentra cupo en la opinión pública ni en el
debate político.
Indagando, varias personas
nos comentaron que todo aquel que no dispuso de suficientes ahorros para irse,
hospedarse y buscar trabajo en el extranjero, o a quien le resultaba muy
forzado abandonar a familiares enfermos, hijos o padres de considerable edad,
se resignó a quedarse en el país, probar suerte con un empleo o desplazarse
como pudiera. La emigración tampoco está al alcance de todos, porque hay quienes
pueden pagar un pasaje, disponer de un lugar donde llegar y buscar trabajo con
alguna tranquilidad; otros apenas consiguen trasladarse a otra ciudad, a otro
estado, a otra parroquia, confiando en algún familiar o conocido.
Y así se produce una paradoja:
quien no pudo salir del país puede haber tenido que salir de su propio lugar, y
no cruza una frontera internacional, no aparece necesariamente en los registros
de la diáspora y tampoco adquiere la visibilidad del emigrante, pero carga
igualmente con una experiencia de pérdida. Pierde el arraigo, modifica sus
relaciones familiares, interrumpe la escolaridad de los hijos, abandona un
trabajo o una vivienda y comienza de nuevo en un sitio que tampoco escogió en
las mejores circunstancias.
Hay, por supuesto, una diferencia
con el venezolano que se marchó al exterior y que no debemos ignorar, aunque también existe una semejanza: ambos responden,
de maneras distintas, a una ruptura de las condiciones ordinarias de vida. Uno
cruza la frontera; el otro permanece dentro de ella, aunque ya no pueda
permanecer donde estaba.
Todos sufrimos las
condiciones en las que se encuentra el país, pero a ellos se les agrava por
razones demasiado lógicas. No sólo porque debieron desplazarse, sino porque
muchas veces tuvieron que hacerlo sin recursos suficientes, sin garantías y sin
la certeza de que el lugar de destino pudiera ofrecerles aquello que habían
perdido.
Quizá sea ésta la
particularidad del insilio que más convenga destacar: no requiere cruzar una
frontera para experimentar el destierro. Se puede seguir viviendo en Venezuela
dejando atrás el lugar donde se pertenecía. Y una sociedad que no registra
suficientemente a quienes viven esa experiencia corre el riesgo de
convertirlos, por segunda vez, en desplazados: primero de su territorio;
después, de la memoria pública.
“Nadie se dio
cuenta de este robo cuando publiqué la novela, quizá porque nadie leía a
Barker, de la misma manera que no leían a King. Solo se dio cuenta Elvio
Gandolfo. Recuerdo que reseñó la novela, uno de los pocos que lo hizo
seriamente, en revista Noticias,
y mencionaba la influencia de Barker. A esa altura, me dio más alivio que pavor
a ser descubierta. ¡Alguien había leído lo mismo que yo!”
Mariana
Enríquez
(“Archipiélago. Una
formación lectora en veintinueve islas”, Ampersand, Buenos Aires, 2025: 211)
- Joaquín Marta Sosa. “El enemigo más querido”. El
Diario de Caracas, 20/06/1984.
- Luis Buitriago Segura
entrevista a Rafael Naranjo Ostty: las detenciones ilegales basadas en los
prontuarios policiales. El Nacional, Caracas, 16/03/81.
- Germán Rodríguez Citraro:
“Ochoa Antich utilizó a comandantes del 4-F y los dejó en la estacada”. El
Nacional, 30/05/93.
- Luis Esteban Rey. “Los
puntos débiles de AD: un galimatías político”. Summa, Caracas, N° 51 del
28/05/72.
- Ildefonso Leal. “Mosaico
de noticias históricas de Venezuela”. El Nacional, 16/03/80.
Reproducción: Gabriel Puerta
Aponte; izquierda, tomada de El Universal(Caracas, 03/06/1971) al "comandante Ezequiel", plan
terrorista; y, derecha,lugarteniente
de Carlos Betancourt, tomada de Últimas Noticias (Caracas, 14/12/1973).
PRIMERO, LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA; DESPUÉS, LA LEY DE UNIVERSIDADES
Luis Barragán
Con casi treinta años de gobierno encima, ahora
anuncian un proyecto de Ley de Educación Superior como si fuese tan
indispensable para solventar la cantidad acumulada de problemas para la cual
han hecho un mérito innegable. La Constitución es suficientemente clara e
inequívoca sobre la autonomía universitaria, la inviolabilidad del recinto, el
régimen presupuestario, etc., y, siendo así, por lo pronto, bastará con
cumplirla como no la han hecho antes.
Esta y otras leyes que puedan ocurrírsele al despacho
ministerial del ramo tienen por objetivo generar una estupenda distracción en
torno al asunto fundamental que le concierne a todo el país: la transición
hacia la democracia. El mejor aporte que pueden hacer es no estorbar en una
dinámica que demasiado lenta, asumiendo a cabalidad la responsabilidad que
tienen en la destrucción de nuestras casas de estudios.
La mejor opción es colaborar con la reconstrucción
republicana, apartándose del camino. Seriedad alguna tiene que digan del
legendario bloqueo económico como causal del desastre, como se le ocurrió decir
al rector de la Universidad Simón Bolívar que ha arruinado académica y
materialmente. Y muy bien nos sirve como ejemplo: la universidad que borró el
laberinto cromo-vegetal de Cruz Diez, crió
un caimán nada más y nada menos que en la caricatura de la desastrosa piscina
olímpica, cuenta con un déficit alarmante de profesores, entre otros detalles.
Sin embargo, el mejor ejemplo de la acción es que ese equipo rectoral cumplirá
cinco largos años el 16 de los corrientes como autoridades interinas con
despacho en Sartenejas, cuando debieron convocar a elecciones en 180 días hace …
cinco años.El equipo rectoral permanece
a pesar de todo.
¿Para qué tiempo atrás el gobierno suscribió un
contrato colectivo con el sector universitario o, mejor, con un falso gremio,
esto es, suscribió un contrato consigo mismo, si no hubo ocasión de reclutar y
sacar siquiera a la pelea a las tales brigadas universitarias el 3-E. Y es que lo peor es que le hicieron
perder el tiempo al país por estas décadas, aunque – eso, sí – tardíamente tienen
por empeño una ley de universidades. Y ¿ya, para qué?
La prioridad de ahora mismo, no esa ley porque con
acatar la Constitución basta y, lo demás, es hacer posible la transición. En
los inicios de esta década, hicimos nuestro el proyecto de ley orgánica de
universidades que aportó Aula Abierta, y lo diligenciamos en la Asamblea Nacional,
cuyos ejemplares deben reposar en los archivos de la corporación legislativa.
Defendimos a la universidad venezolana en la calle, el
aula, el parlamento, en fin, en todos los escenarios posibles. Reconozcan que
la antigua defensa de la autonomía universitaria, como el precio bajo de la
gasolina, eran banderas del más rancio oportunismo: ¿qué hicieron en ambos
casos?
Se les dio cinco años de poder, pero no se contentaron
y trampearon para llegar a más de tres décadas. Por eso, la universidad misma
les pide: no estorben y dejen que avance la transición democrática.
En el libro del Génesis
(4,24), se dice que si «Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta
veces siete», introduciendo así una espiral de venganza sin límite. «Sin
límite»: ésa podría ser la traducción del bíblico «setenta veces siete». Pues
bien, frente a la «espiral de la venganza», Jesús promueve la «espiral del perdón»…
El perdón radical nace de la
comprensión y se vive como compasión, dos rasgos básicos de la personalidad de
Jesús y dos pilares fundamentales del mensaje del evangelio.
Podemos entender la
comprensión como la capacidad de saber o de ver la verdadera naturaleza de lo
real, más allá de tópicos, ideas hechas, creencias… y (también) engaños
mentales.
Los místicos nos advierten
de que la identificación con la mente constituye un velo que desfigura la
realidad, haciéndonos tomar como real lo que únicamente es una ilusión. Por
eso, sólo cuando aprendemos a tomar distancia de la mente, al acallarla,
podemos «ver».
¿Cuál es la causa de que la
mente nos confunda? La inevitable separatividad que establece en todo lo real,
al objetivar todo lo existente y contraponerlo al «sujeto» que ella cree ser.
Esa distinción primera sujeto/objeto será el germen de separaciones interminables,
así como de un dualismo omnipresente.
Cuando la mente se
absolutiza –como ha ocurrido, particularmente, en la tradición occidental-, el
conocimiento se reduce a la razón o al pensamiento, y se olvida (se niega)
cualquier otra forma de conocer que no sea la mental.
Sin embargo, pensar no es lo
mismo que conocer. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está
pensando. En este segundo caso, ya no hay identificación con la mente. Se trata
de un «saber silencioso», preconceptual, anterior a la razón.
Un saber al que los propios
místicos han denominado «No-saber», dada la identificación que la cultura
occidental había establecido entre «pensar» y «saber». Frente a la
absolutización de la razón, los místicos han invitado siempre a descansar en el
«no-saber»: así lo proponía el anónimo autor de La Nube del no saber, en el
siglo XIV; y así lo proclamaba san Juan de la Cruz, en su sabio verso: «entréme
donde no supe / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo».
Este no-saber del que hablan
no es otra cosa que tener la mente abierta para percibir lo que no puede ser
percibido por el pensamiento.
En ese no-saber, cuando el
pensamiento se aquieta, lo que queda es conciencia. Y al atenderla, lo que se
produce es que la conciencia se hace consciente de sí misma. Y, cuando eso
acontece, se deshace la ilusión de la separación entre el perceptor y lo
percibido. Conocedor y conocido se descubren fundidos en la Unidad, o mejor,
abrazados en la No-dualidad: ha emergido la comprensión.
En síntesis, la comprensión
nos hace ver toda la realidad inextricablemente interconectada, en una
totalidad en la que todo se halla en todo.
Interconexión y holismo son
dos características fundamentales de lo real, que la mente nos oculta (y que,
sin embargo, hoy reconoce ya incluso la física cuántica, a partir de sus
experimentos con partículas subatómicas): no hay nada que pueda existir
desconectado.
No existe un mundo «ahí
fuera», separado de nosotros; eso es sólo una construcción mental. Y, como
escribe Marià Corbí, «el mundo de nuestras construcciones no está ahí fuera,
está en nuestra mente individual y colectiva… Todo viviente se interpreta en
esta dualidad fundamental [como un «yo» separado frente al mundo como campo
donde sobrevivir].
Nosotros estamos sometidos a
esta ley. Pero esa dualidad no es lo que realmente hay, es sólo lo que los
vivientes necesitamos ver, es sólo lo que los vivientes nos vemos precisados a
construir. Lo que realmente hay es «no dos», «eso no-dual»». (M. CORBÍ,
Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.12).
Pues bien, la comprensión
que nace de la conciencia nos aporta una doble luz, de donde brotan la
compasión y el perdón.
Por un lado, la certeza de
que los otros son no-separados de mí; por otro, la certeza de que el mal que
hacemos –como el mal que me hacen- es fruto de la ignorancia.
Si el otro «forma parte» de
«mí», y si ha obrado por ignorancia, ¿qué me impide perdonar? Sólo una cosa: mi
identificación con el ego que se ha podido sentir agraviado y la creencia
ilusoria de la separación en la que me mantiene la identificación con la mente.
Todo ello puede apreciarse
en lo que llamamos «runruneo mental». Cuando el ego se ha sentido agraviado, es
probable que empiece a construir historias mentales en torno a lo sucedido,
adoptando el papel de víctima que reclama venganza.
Sin embargo, ese runruneo
mental no es otra cosa que remover cadáveres: estamos dando vueltas a lo que ya
ha pasado, agravando innecesariamente el sufrimiento y alimentando mecanismos
tan nefastos como el victimismo, la queja y el resentimiento.
Todo esto no significa que
no aprendamos de lo ocurrido, o incluso que no tomemos decisiones que, teniendo
en cuenta la situación en su conjunto, sean las más adecuadas –o menos
inadecuadas-, como puede ser el hecho de «poner distancia» o favorecer una
separación… Estas decisiones dependerán de diversos factores. Pero de lo que
aquí estamos hablando es de favorecer la actitud de perdón, fruto de la
comprensión.
Gracias a ella, como decía
más arriba, dejamos de «remover cadáveres», nos ejercitamos en el aprendizaje
de venir al presente y nos abrimos a reconocer la Unidad que somos, más allá de
los comportamientos de cada cual. Al mismo tiempo, dejamos de alimentar el ego
–y de mantener actitudes egocentradas-, para reconocernos en nuestra identidad
más profunda, estable y compartida.
Todo resulta admirablemente
coherente: acallar la cháchara mental, venir al presente, salir del ego,
reconocer nuestra identidad más profunda… son movimientos que se dan a la vez
y, como resultado, producen la vivencia de la compasión: la capacidad de sentir
como propio lo que le ocurre al otro –la capacidad de «vibrar» o de
«estremecernos en las entrañas» ante su sufrimiento-, para poner más amor donde
vemos más dolor.
Todo esto puede ayudarnos a
ver hasta qué punto Jesús fue el hombre de la comprensión y de la compasión.
Bien consciente de su Identidad más profunda, se supo y se vivió como
no-separado de nadie ni de nada, hasta el punto de poder afirmar: «El Padre y
yo somos uno» y «Lo que hicisteis a cada uno de estos más pequeños, me lo
hicisteis a mí».
*****
A propósito de la sabiduría
de venir al presente –que hace posible la Comprensión profunda-, sin quedarnos
atrapados en «historias» que nuestra mente construye sobre el pasado, quiero
traer una anécdota de la vida del Budha -«el atentado de Devadatta»- y
compartir humildemente lo aprendido –regalado- en una experiencia personal.
El Budha y el perdón
El Budha fue el hombre más
despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y
desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el
perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e
incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Budha
estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca
desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin
embargo, la roca sólo cayó al lado del Budha y Devadatta no pudo conseguir su
objetivo. El Budha se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin
perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Budha se
cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta
preguntó:
— ¿No estás enfadado, señor?
— No, claro que no.
Sin salir de su asombro,
inquirió:
— ¿Por qué?
Y el Budha dijo:
— Porque ni tú eres ya el
que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
El Maestro dice: Para el que
sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.
Conciencia transpersonal y perdón
El yo no puede perdonar. Es
inútil esperarlo de él. Así como tampoco puede no juzgar. Como resultado de
nuestra identificación con la mente, el yo vive gracias al pensamiento, que no
es otra cosa que juicio. Su objetivo es autoperpetuarse, por medio de los dos
mecanismos que le otorgan una sensación de existir: la apropiación y la
identificación. De ahí que su funcionamiento sea necesariamente egocéntrico.
Con esas características, no
es difícil comprender que las lecturas que el yo hace de las situaciones
resulten confusas, generen sufrimiento inútil y conduzcan, finalmente, a
callejones sin salida. Eso es exactamente lo que ocurre, de un modo más
patente, en aquellas circunstancias en las que el yo se ha sentido
especialmente agraviado.
Cuando una situación del
presente despierta heridas dolorosas del pasado, el malestar suele ocupar toda
la escena. Y el yo herido hace lecturas de la misma, necesariamente
egocentradas, que bloquean la posibilidad de perdón auténtico. En el mejor de
los casos, puede llegar a una resignación más o menos «tolerada», pero no podrá
perdonar a quien piensa que lo hirió.
El perdón sólo es posible en
la medida en que trascendemos el yo. Con frecuencia, ello requiere tiempo,
paciencia… y todo un ejercicio de toma de distancia de él. Sin ésta, no
logramos salir de su ámbito y permanecemos sometidos a su dominio: no podremos
ver las cosas sino como el propio ego las ve. No hay camino de salida.
Tomar distancia del yo
significa desarrollar nuestra capacidad de observarlo como un «objeto» dentro
de lo que realmente somos. Al hacerlo, empezamos a reconocer que no somos ese
yo -ni las «historias mentales» que él mismo se ha fabricado-, sino Eso que
observa, el Espacio consciente e ilimitado, desde el que todo es percibido de
un modo radicalmente nuevo.
Ese Espacio consciente es
nuestra identidad más profunda, transpersonal (transegoica y transmental),
no-dual y compartida. Mientras permanecemos en ella, la preocupación por
nuestro ego disminuye hasta el extremo; sus «historias mentales» de
sufrimiento, venganza o resentimiento se evaporan en la Conciencia
transpersonal, y empiezan a fluir, lúcida y mansamente, la bondad, la compasión
y el perdón.
Y venimos a descubrir que el
perdón no es algo que dependa de la voluntad, sino del «lugar» donde nos
situamos. Desde el yo, es imposible; desde el Espacio consciente que somos,
fluye sereno sin dificultad porque, para la Conciencia transpersonal, ha
«desaparecido» incluso el motivo mismo que lo mantenía agraviado. En su lugar,
se hace presente la Comprensión.
Lo que ha ocurrido es que,
al «pasar» de la identidad del yo a quien realmente somos, nos hemos liberado
nada menos que de las necesidades que atenazan al ego. Gracias a esa
liberación, se amplía y purifica nuestra mirada, a la vez que se ensancha y
ablanda nuestro corazón. Si no hay «yo», ¿quién se sentirá agraviado?; si no
hay «yo», ¿quién habría de perdonar?
El «paso» del yo al «Espacio
consciente» que somos (Eso no-dual) se experimenta como rendición sabia y se
vive como regalo de liberación. Caen las resistencias, porque «ha caído» el ego
que vivía esclavo de sus necesidades.
Con la rendición, no es que
el perdón sea posible; es que no hay nada que perdonar: ha desaparecido quien
se había sentido herido y exigía reparación. Sólo queda liberación y deseo
profundo de bien para la persona hacia la que antes vivíamos resentimiento.
Quizás la relación no pueda
restablecerse «formalmente», porque hay otros factores que tener en cuenta,
pero ha desaparecido todo resto de exigencia o de reproche. Todo está bien.
Es así de simple; tanto, que
cuesta entender cómo uno pudo haber quedado atrapado en la espiral egocentrada
del yo. Pero requiere vivir el «paso», para ver las cosas, no desde el yo, que
sólo busca afirmarse y exige respuestas acordes a sus necesidades, sino desde
el «Espacio consciente» que nada necesita y nada le afecta.
Ese paso se ve obstaculizado
por la identificación con el yo, particularmente cuando se despiertan heridas
pendientes, carencias no resueltas, miedos atávicos, experiencias de soledad y
abandono… Por eso, puede hacer falta tiempo de maduración. Con todo, aun respetando
ese tiempo, es posible intentarlo…, para experimentar cómo se modifica
radicalmente la perspectiva, en cuanto tomamos distancia del yo.
A partir de ese momento, sin
embargo, no está todo hecho. Siguen pesando las viejas inercias del ego. Por eso,
cuando reaparezcan los mensajes egoicos, con sus necesidades, miedos,
exigencias, resentimientos y reproches, hay que «volver» decididamente a
situarse en la verdadera identidad, el «Espacio consciente» que somos, para
volver a constatar que, desde él, la visión se modifica y se hace presente la
libertad interior y la Comprensión sin límites. Realmente, no hay nada que
perdonar ni «nadie» que perdone.
Para «aterrizar» todo lo que
estoy diciendo, deseo ejemplificarlo con un caso concreto, que viví hace un
tiempo. Tras un hecho grave e inesperado, que me resultó agudamente doloroso,
afloró mi yo herido y desconcertado, abandonado y hundido, resentido y
exigente…, negándose a vivir hasta que las cosas no fueran como él deseaba: se
veía literalmente incapaz de aceptar lo sucedido.
Todo quedó impregnado de
sufrimiento y sinsentido, que se intensificaba con el mero recuerdo de lo
ocurrido; un recuerdo que no hacía sino fortalecer las demandas del yo. Tuvo
que pasar tiempo para que, finalmente, pudiera «rendirme» a la verdad, sin
condiciones.
Pero esa rendición
únicamente fue posible cuando se me regaló situarme de un modo más estable en
la identidad o conciencia transpersonal: la rendición fue sinónimo de
liberación definitiva, desegocentración, serenidad ecuánime, comprensión sin
exigencias, amor y deseo de bien sin restricciones…
Todo ello lo viví como uno
de los mayores regalos de mi vida, como la Gracia que marcaba un punto de
inflexión, un antes y un después, en mi modo de ser, de situarme y de percibir.
Decididamente, en ese nivel, todo está bien; ningún miedo tiene sentido.
Y queda como una voz
resonando en mi interior: «No te reduzcas al yo ni te entretengas en sus
«historias mentales», en su modo de ver las cosas; no sigas ni un minuto su
«discurso»; al contrario, míralo siempre como un «objeto» dentro de la
Conciencia que eres; reconócete como el Espacio consciente o Conciencia
transpersonal que trasciende el yo, y experimenta la comprensión y la
liberación que te aporta». Brevemente: «No olvides nunca quién eres». Hoy sé
por experiencia que todo lo demás depende de ello.
Otra vez, esta semana, ahora con Delcy Rodríguez a la
cabeza, se reunió la comisión —¿cuántas habrá habido?— para que los
trabajadores, empresarios y el gobierno estudien las condiciones
socio-económicas que les permitan volver a evaluar, dimensionar, estudiar,
repensar —y paren de contar— lo que van a hacer con los sueldos y la protección
social de los trabajadores.
El tema laboral en Venezuela constituye un desastre
humanitario de marca mayor, sobre el que ya me he referido y lo seguiré
haciendo, hasta que se enfile a lograr las condiciones de dignidad y legalidad
que la población trabajadora y en general la familia venezolana se merecen. No
es un desastre nuevo. Es una tragedia humana deplorable que se arrastra desde
la propia presidencia del difunto "comandante eterno", quien comandó
el desastre contra los trabajadores. La debacle inocultable del trabajo en
Venezuela.
¿Es esclavitud moderna? Sin duda. Además que se ha
generado, con los bonos arbitrarios, con la congelación durante largos años del
salario mínimo, las jubilaciones, las pensiones y los sueldos una
discriminación inaceptable, de los más vulnerables: los ancianos ya retirados.
Una verdadera estafa que arruinó la vida de millones de personas a las que el
ordenamiento jurídico y las convenciones colectivas les garantizaban dignidad
absoluta para su vejez.
Pero la revisión y aplicación de ajustes no puede ser
azarosa. Debe haber —como también lo he planteado públicamente— un plan
económico donde se inserte como principalísimo el tema laboral: reconocimiento
del daño causado, correctivos en el tiempo, reducción del gasto público,
eliminación absoluta del clientelismo político laboral, eliminación de Patria,
descentralización, reducción de impuestos como el IVA, revisión de la nómina
pública —especialmente en las FFAA—, enderezamiento de todos los entuertos
económicos y laborales de la "revolución" malhadada.
Un simple ajuste no basta. Los empresarios
inescrupulosos que van a esas mesas de comisiones a atacar a los empleados
públicos, los jubilados y pensionados, deben ser neutralizados. El
planteamiento, que ha perdurado, de eliminar las prestaciones sociales o su
retroactividad, debe justificarse y plantearse algo muy preciso: ¿A cambio de
qué? ¿Que ganan los trabajadores y el país con eso? Hasta ahora esas posiciones
tienen congelados los ajustes en todas las comisiones, con OIT y sin OIT.
En fin, queremos ver resultados inmediatos, mediatos y
a largo plazo. Que permitan en un corto tiempo restablecer dignidad laboral y
verdaderas mejoras económicas. No son los gringos. Es el chavismo el que nos
arrojó a la miseria como país y como trabajadores. Así que dejen la habladera
de paja y actúen de una vez por todas para proteger la papa y no solo la papa
de quienes laboran y han sido también injustamente humillados desde el poder
por décadas rojas en Venezuela.