jueves, 25 de junio de 2026
miércoles, 24 de junio de 2026
Un largo trecho
DE CARABOBO A FUERTE TIUNA
Jesús Rondón Nucete
El 24 de junio se conmemoraba la victoria
obtenida en Carabobo (1821) por las tropas de Colombia-La-Grande, conducidas
por El Libertador-Presidente, sobre las del Imperio Español del Capitán General
Miguel de la Torre. Selló la independencia del gran Estado suramericano y
permitió su reconocimiento internacional. En 1949 se fijó como día del Ejército
de Venezuela, aunque este realmente no fuera –¡y no es!– sucesor de quienes en
aquel campo consolidaron la emancipación política. Lo demostró su conducta
insólita el 3 de enero pasado en Fuerte Tiuna. En verdad, sus soldados
–“chavistas y antimperialistas”– no tienen motivo para celebrar este día.
Más de 90% de los
venezolanos aplaudieron la acción de fuerzas norteamericanas que, en una
operación ejecutada con precisión de reloj (que supuso la muerte de agentes
cubanos y venezolanos de seguridad), se apoderaron del “usurpador” del mando (y
de su esposa, con funciones importantes) y los trasladaron a territorio de
Estados Unidos para que fueran juzgados por graves delitos (algunos definidos
por el Derecho Internacional) en un Tribunal de Nueva York. Una acción de ese
tipo no es siempre contraria al derecho, como comúnmente se cree. Está prevista
–bien que excepcionalmente– ante determinadas circunstancias. Más recientemente,
encuentra sustento en la tesis del deber de proteger que corresponde a todos
los estados ante los crímenes cometidos contra una población civil, así como en
aquella otra de la jurisdicción internacional, ya admitida no solo en la
doctrina sino en la legislación de al menos once estados (Argentina, entre
ellos).
La mayoría de los
venezolanos también ha manifestado su oposición al ejercicio del poder por
oficiales de Estados Unidos. Nada lo justifica. A la intervención militar ha
seguido el establecimiento de un protectorado de facto, sin fundamento
jurídico. Se desconoce la soberanía del país: no solo se imponen desde
Washington decisiones que corresponden a las autoridades locales, sino que
dentro del territorio nacional se cumplen actos que les son propios (incluso de
tipo militar). Pareciera que (aunque no formalmente) se ha agregado a la
Constitución (1999) una enmienda (similar a la de Platt en la constitución
cubana de 1901), según la cual “Estados Unidos puede ejercitar el derecho de
intervenir” para “estabilizar la situación, recuperar la producción económica y
restablecer la democracia”. Los venezolanos, por su parte, se sienten
capacitados para asumir la administración de su país y recuperar su régimen de
democracia y libertades. Lo hicieron en ocasiones anteriores.
En esta columna se ha
recordado que los venezolanos han sabido superar graves crisis, sin recurrir a
“protectores” que cumplieran esas tareas. También pudieron, en el siglo
anterior, llevar adelante dos procesos de transición de regímenes dictatoriales
hacia sistemas democráticos (en 1936 y 1958) que sirvieron de referencia para
experiencias similares en otros lugares. Precisamente, con el último se inició
uno de los períodos de mayores éxitos en su historia: era por entonces la democracia
más estable y dinámica de América Latina. Eso dio enorme prestigio al país, no
solo en la región sino en otras, incluso lejanas. Conviene decir también que en
todos sus años de independencia solo ha sido invadida por tropas extranjeras en
dos oportunidades: breve y escandalosamente durante el bloqueo de los puertos
(1902-1903) por Inglaterra, Alemania e Italia y, sigilosamente, por efectivos
cubanos en apoyo de guerrillas comunistas (1966-1967) y al gobierno
chavista-madurista (desde 2003).
Sin embargo, el sistema
democrático venezolano no supo enfrentar algunas viejas tendencias internas que
a la larga causarían su ruina. Dotó al país de una infraestructura muy
completa, extendió los servicios de salud y educación abiertos a todos (lo que
permitió mejorar las condiciones de vida), afianzó la igualdad social y recibió
millones de inmigrantes que se integraron plenamente. Promovió el desarrollo
económico: el PIB llegó a ser el 4.º de la región. La pobreza disminuyó (aunque
en los años finales volvió a aumentar). Pero, la voluntad republicana de los
inicios se debilitó con la riqueza fácil (derivada del petróleo). El espíritu
de partido sustituyó a la idea del servicio, el populismo se impuso como
instrumento de control social, el intervencionismo estatal invadió las áreas
propias de la iniciativa privada y dio mayor poder a los órganos públicos. En
tales condiciones, floreció la corrupción que animó el militarismo nunca
calmado.
Después de la dictadura
militar de M. Pérez Jiménez las Fuerzas Armadas se transformaron. Antes había
comenzado su modernización, visible en la formación de sus oficiales, la
adquisición de nuevos equipos, la construcción de instalaciones adecuadas.
Pero, a partir de 1958 dejaron de ser soporte de un caudillo. Se institucionalizaron.
Fueron el brazo armado de la República (no de partido o persona). Y se
comprometieron con la voluntad democrática del pueblo. Su doctrina de acción se
modificó y su preparación mejoró. Fueron equipadas para atender la seguridad
interna y externa, sin pretender entrar en el juego de las potencias.
Derrotaron la insurrección promovida desde Cuba. Tuvieron el reconocimiento de
la comunidad internacional: participaron en varias misiones de paz, bajo la
bandera de las Naciones Unidas. En India y Paquistán (1966), Namibia (1989),
Centro-América (1990), Iraq y Kuwait, Sahara Occidental y El Salvador (1991) y
Croacia y Bosnia Herzegovina (1992).
Desde comienzos de los años
80 algunos advirtieron señales de una crisis política mayor (sistémica), pero
el asunto no se discutió en los ambientes en los que correspondía. Los
dirigentes (especialmente de partidos) estaban más interesados en las
pequeñeces inmediatas y pensaban que las reformas (que pedían los adelantados)
podían limitarse (a elecciones regionales) o esperar. Sin embargo, el tema si
interesó mucho en los cuarteles y en los grupos económicos. También en la
Iglesia. Por su parte, al finalizar la lucha armada, algunos de sus promotores
concluyeron que para lograr sus objetivos debían contar con apoyo entre los
oficiales: decidieron incorporar militantes “revolucionarios” en unidades
militares para difundir ideas y captar partidarios. Las Fuerzas Armadas fueron,
así, penetradas lentamente. Al comienzo fueron pocos los comprometidos (solo 4
en 1982), luego su número aumentó. En verdad, la mayoría mantuvo su formación y
talante democráticos. En 1992 derrotaron a los infiltrados.
Durante décadas los cuerpos
militares –a los que se agregaron la aviación (1920) y la guardia nacional
(1937)– se presentaron como herederos de aquellos que lograron en los campos de
batalla la independencia decretada por los congresos de varios pueblos
americanos. Se decían “forjador(es) de libertades”. No era exacto desde el
punto de vista histórico. El Ejército Libertador –como se le llamó en la
epopeya– integrado desde 1813 por venezolanos y neogranadinos, a los que
posteriormente se sumaron quiteños, peruanos y argentinos (y oficiales de
origen europeo), se disolvió al final del proceso emancipador. Después,
especialmente desde el asalto de J.T. Monagas (1848), cada caudillo hacía de
las tropas o “montoneras” (normalmente de su mismo origen regional) con las que
había conquistado o se sostenía en la capital, el instrumento armado del poder
nacional. Los presidentes de Estado hacían lo propio en el interior. No había,
pues, ejército único y permanente.
Fue así hasta que Juan
Vicente Gómez creo un verdadero ejército nacional a partir de 1910 (apertura de
la Escuela Militar en La Planicie), con asesoría del chileno Samuel McGill
(nombrado Instructor General), experimentado y aventurero, de formación
prusiana. Comprendió el Benemérito, veterano de guerras, la necesidad de
preparar a los oficiales y equipar a las tropas para asegurar la tranquilidad
de la Patria. Comenzó entonces un proceso de mejoramiento, crecimiento y
modernización, en el que un paso importante ocurrió (1958) cuando las fuerzas
armadas se convirtieron en institución al servicio del Estado (y no de persona
o parcialidad), sujeta a la Ley. Ese proceso se interrumpió cuando Hugo Chávez,
“caudillo” de una revolución atrasada, utilizó aquella institución para
sustentar su poder, le confió tareas impropias y toleró su corrupción. El
resultado fue el desprestigio y su incapacidad para responder a las exigencias
de los tiempos. ¡Como en Guyana o Fuerte Tiuna!
El futuro de las fuerzas
militares en Venezuela es un tema tabú. Su conexión con el régimen chavista les
hizo perder la confianza de los ciudadanos: 74,77% siente ahora (febrero.2026)
“vergüenza y disgusto” hacia ellos. De otro lado, las condiciones impuestas por
las nuevas circunstancias exigen cambios, como en muchos países. Las guerras
recientes (en Ucrania o Irán), muestran la necesidad de adaptarse. Sobreviven
los más inteligentes, no los más fuertes. En nuestro caso, debe prohibirse su
participación en las luchas partidistas, así podrán dedicarse a las tareas que
les encomienda la Constitución, que no son pocas.
Fotografía: Venezuela se prepara con antelación para una invasión estadounidense:
Cfr. Texto de Paola Badaracco sobre el autor:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/humanista-y-catedratico/
24/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/de-carabobo-a-fuerte-tiuna/
martes, 23 de junio de 2026
Memorandum
LA FUERZA ARMADA AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA
Ramón Escovar León
“Calma y cordura” es la
expresión acuñada por el general Eleazar López Contreras que evoca la serenidad
y la prudencia en momentos cruciales de nuestra historia política. El general
de Tres Soles enseñó que la principal contribución de la Fuerza Armada a la
vida nacional consiste en favorecer una transición ordenada hacia la
institucionalidad.
Conviene recordarlo hoy, a
propósito de las palabras pronunciadas por el Ministro de la Defensa durante la
condecoración de más de 240 oficiales con tres décadas de servicio, al sostener
que los militares son “los custodios de la doctrina y del legado del comandante
fallecido Hugo Chávez”. Esta afirmación trasciende el protocolo militar y
obliga a abrir una reflexión serena sobre la naturaleza republicana de la institución
armada.
Conviene promover un debate
amplio y respetuoso sobre la misión de la Fuerza Armada en una república. ¿Debe
custodiar la doctrina y el legado de un líder político o los valores
constitucionales que pertenecen a toda la nación? ¿Debe identificarse con una
corriente ideológica determinada o situarse por encima de las diferencias
partidistas para preservar su carácter institucional?
Toda nación necesita que su
Fuerza Armada sea fuerte, profesional y respetada. Pero el respeto no se impone
mediante la adhesión a una doctrina política determinada, se conquista cuando
la institución militar es percibida por todos los ciudadanos como garante de la
soberanía, la integridad territorial y el orden constitucional.
La historia de Venezuela
ofrece una lección clara. Desde los primeros años de la República, el
desequilibrio entre lo civil y lo militar ha sido una de las causas recurrentes
de nuestras crisis políticas. Por ello, los constituyentes de 1811
establecieron un principio que conserva plena vigencia: el poder militar debe
permanecer subordinado a la autoridad civil.
Ese principio histórico
encuentra hoy una formulación inequívoca en el artículo 328 de la Constitución.
La norma define a la Fuerza Armada Nacional como una institución “esencialmente
profesional, sin militancia política”, organizada para garantizar la
independencia y la soberanía de la Nación, y establece que está “al servicio
exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política
alguna”.
No se trata de una cláusula
meramente declarativa. La prohibición de realizar actividades políticas no
disminuye la importancia de la Fuerza Armada; por el contrario, preserva su
unidad interna, fortalece su legitimidad y garantiza que pueda ser reconocida
por todos los ciudadanos como una institución común, por encima de las
diferencias ideológicas.
El sector castrense no
existe para custodiar la doctrina de un gobierno, de un partido o de un líder.
Su misión es más alta y más exigente: custodiar el legado republicano que dio origen
a Venezuela.
Ese legado no pertenece a
una parcialidad política. Está integrado por los valores de la independencia,
la soberanía popular, la separación de poderes, la alternancia democrática y el
respeto a la Constitución. Es el legado de Juan Germán Roscio, Francisco Javier
Yanes, Miguel José Sanz y de tantos civiles y militares que comprendieron que
la República solo puede existir cuando la fuerza se somete al derecho.
La experiencia comparada
demuestra que las democracias sólidas son aquellas en las que los militares
renuncian expresamente a toda función arbitral en la vida política. Su
prestigio nace, precisamente, de esa renuncia.
La experiencia reciente de
Colombia ofrece una lección valiosa. En vísperas de la segunda vuelta
presidencial de 2026, el comandante de las Fuerzas Militares, general Hugo
López Barreto, recordó que la misión de la institución está definida
exclusivamente por la Constitución y la ley. Frente a las controversias
surgidas en torno al proceso electoral, afirmó que cualquier actuación de las
Fuerzas Militares debía orientarse a garantizar la soberanía nacional, la
integridad territorial, la independencia del Estado y la preservación del orden
constitucional. La validación de los resultados —subrayó— corresponde a las autoridades
electorales y no a la institución militar.
Sus declaraciones
constituyen un recordatorio oportuno: la mayor contribución de las Fuerzas
Armadas a la democracia no consiste en intervenir en el debate político, sino
en garantizar que ese debate pueda desarrollarse en libertad y dentro del marco
constitucional.
La propia historia
contemporánea de Venezuela ofrece un ejemplo elocuente. Durante las décadas de
los sesenta y setenta, la Fuerza Armada Nacional desempeñó un papel decisivo en
la defensa de la democracia frente a las amenazas insurreccionales y a las
incursiones promovidas desde el exterior, como la invasión de Machurucuto. Lo
hizo bajo la conducción del poder civil y en cumplimiento de su deber
constitucional. Esa actuación le granjeó el respeto de amplios sectores de la
sociedad venezolana y demostró que el prestigio militar alcanza su mayor
expresión cuando las armas de la República se ponen al servicio de la libertad
y del orden constitucional, y no de una parcialidad política.
Los acontecimientos
recientes vividos por Venezuela obligan, además, a una reflexión autocrítica.
Cuando una nación atraviesa episodios traumáticos que comprometen su soberanía
y su estabilidad, la primera obligación de sus instituciones no es reafirmar
certezas ideológicas, sino examinar con honestidad qué errores permitieron
llegar a esa situación.
La politización de las
instituciones debilita la capacidad del Estado para proteger eficazmente la
soberanía nacional. La grandeza de una institución no reside en su capacidad
para negar sus fallas, sino en su disposición para aprender de ellas.
Venezuela necesita una
Fuerza Armada unida, profesional y respetada por todos los ciudadanos. Una
institución que sea motivo de encuentro y no de división, que recupere el
prestigio ganado durante las décadas en que defendió la democracia frente a las
amenazas externas y la violencia insurreccional, una Fuerza Armada cuyos
integrantes sean reconocidos por todos los venezolanos, sin distinción
política, como servidores de la República.
Las democracias necesitan
militares comprometidos con la República; los regímenes personalistas necesitan
militares comprometidos con un líder. La diferencia entre una y otra lealtad
define, en gran medida, el destino de las naciones.
La historia demuestra que la
Fuerza Armada venezolana ha sabido estar a la altura de los grandes desafíos
nacionales cuando han actuado como instituciones de todos y no de una
parcialidad.
Cabe esperar que, una vez
más, el sector castrense sepa honrar esa tradición republicana.
Fotografía:
https://spanish.xinhuanet.com/20260320/da067c59f8234a20a7ff05451d54255c/c.html
23/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/la-fuerza-armada-al-servicio-de-la-republica/
Padelirium
Luis Barragán
Convengamos, la proliferación de clubes de pádel comporta
también un fenómeno cultural. Allí se ha paseado un nuevo imaginario del éxito
que ya no pasa necesariamente por las aulas, apartando la mención de la
indumentaria de una prestigiosa marca comercial.
Una de las grandes e insuperadas conquistas históricas
de la era democrática, importa y mucho reconocerlo, fue la de ofrecer y
materializar una alternativa para el ascenso personal y social que no fuese
delictivo. La educación desde temprana edad hasta sus últimas consecuencias bien
lo ilustra, siendo un hecho tan irrefutable como irrepetible de compararlo con
la presente centuria.
Por muchos problemas que hubiese, ejemplificado con la
falta de presupuesto universitario por el que se podía lidiar, protestar y
recibir respuesta oficial, u otro de distinta naturaleza, inmediatamente el
asunto remitía a los propios de un vertiginoso crecimiento cuantitativo del
aula en Venezuela sin correspondencia con el decidido mejoramiento cualitativo
tan obligado antes de finalizar el siglo anterior, añadida una revisión
profunda del régimen financiero del Estado. Respuesta que nunca se dio,
silenciado y arrodillado el otrora combativo y respetado magisterio nacional,
la cuestión no encontró cupo en el socialismo del siglo XXI.
Ahora, se han cerrado todavía más los medios para una
legítima promoción individual y familiar, quedando como opción el intento de
flotar en un cuadro generalizado de supervivencia, la migración interna y
externa hasta el lugar donde sea posible sobrevivir, o la criminalidad de la
más variada estirpe, escala y estilo. Contrario a lo que ocurría antes, la
tendencia creciente en buena parte de la población es la de asumir que los estudios
formales e informales no sirven absolutamente para nada, resultando un gasto
inútil y – agregaríamos – pendenciero.
Cierto, sobre todo a partir de los años setenta del
XX, importaba y mucho tener un hijo “dotol” y concebir las aulas como una
masiva manufacturadora de “dotoles”, equivalente al ascenso rápido del
diplomado y de toda su familia. En nuestro imaginario social, sobre todo
respecto al médico antes que al abogado o ingeniero, se le creyó automático
portador de un encumbramiento que podía ser de clase y con clase gracias a las
clases.
A ese imaginario contribuyó inmensamente la novela
radiada y televisada, porque los Alberticos Limontas o las Rafaelas de ocasión,
estelares de Radio Caracas y Venevisión, poco o nada hubiesen logrado de no
gozar de la debida colegiación profesional o, al menos, contar con una
certificación de Douglas León Natera, el eterno presidente de la Federación
Médica. Parece que la cosa viene de muy atrás, pues, tenemos que hacia 1926 se
presentó en el teatro Ayacucho de Caracas una obra de Florencio Sánchez llamada
“M´hijo el dotor”, por la compañía Villalona: aunque desconocemos el libreto,
es de suponer el motivo de la obra.
Lo cierto es que la realización de toda suerte de
estudios en el país de antes fue bien recibida y hasta saludada en los medios
escritos de la prensa, tratándose de un secretariado comercial, médico,
mecánico automotriz, ingeniero electrónico, maestro de la construcción,
psicólogo, contabilista u otras ramas del saber y del hacer, siendo festejada
la graduación en los hogares. Este otro
imaginario que arrolló principalmente la televisión, en el que bastaba cualquier
oficio o profesión útil para una vida decente y hasta holgada, lo canceló el
socialismo añadiendo el fracaso de las llamadas misiones que, al fin y al cabo,
no eran políticas públicas tal como universalmente se les entiende.
El idearium educativo
de esta hora es otro y quizá prevalezca aún el convencimiento de que no hace
falta estudiar para ser alguien y, muchísimo menos, para tener bastantísimo
dinero ostentando una envidiable posición gracias a las grandes y pedagógicas hazañas
de los boliburgueses y pranes. “Habrá maneras de comprar un título, si es que
me lo piden para entrar en el club de pádel”, argüirá alguno.
La transición no es solamente un cambio de gobierno o
de régimen, como pueden sugerir los transitólogos de todo momento. Apunta a la
reconstrucción de las más nobles expectativas de mérito y movilidad, educación
y esfuerzo, sacrificio y recompensa frente al padelirium.
Ilustración: Jacek Yerka.
Composición gráfica basada en:
Ilustración: David Nemietz:
https://padel-magazine.es/la-contenci%C3%B3n-del-p%C3%A1del-por-david-niemietz/
Reproducción: Aviso de El Universal, Caracas, 12/01/1926.
21/05/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/idearium-educativo-y-padel/
lunes, 22 de junio de 2026
El proceso histórico
EL PUENTE NECESARIO: UNA TRANSICIÓN A LA LIBERTAD RESPONSABLE
Luis Manuel Marcano
En la reflexión actual sobre
el eventual desmoronamiento de este sistema criminal, colofón del llamado
socialismo del siglo XXI, que no solo profundizó, sino que maximizó muchos de
los errores políticos, económicos e institucionales que Venezuela venía
acumulando desde hacía décadas, resulta inevitable formular dos interrogantes
fundamentales. Más allá de la caída de un régimen o del agotamiento de un
modelo, la verdadera discusión gira en torno a qué hacer después y cómo evitar
que la tragedia vuelva a repetirse bajo nuevas formas.
Por ello, deseo centrar esta
reflexión en responder dos preguntas que considero esenciales como aporte a ese
futuro necesario.
¿Es posible conducir a
Venezuela desde un modelo socialista hacia un orden liberal en medio de una
pobreza extendida, corrupción estructural y una profunda dependencia ciudadana
del Estado, sin vulnerar los derechos humanos ni sacrificar los principios
democráticos?
Si ello fuera posible, ¿cuál
podría ser el modelo de transición que sirva de puente entre un sistema
socialista y un orden liberal mientras se construyen gradualmente las
condiciones institucionales, económicas y sociales necesarias para su
consolidación?
Estas preguntas no son meros
ejercicios académicos. Constituyen probablemente el problema político más
importante que enfrentará Venezuela en las próximas décadas. Porque el desafío
no será únicamente desplazar a una élite gobernante o recuperar la legalidad
constitucional. El verdadero reto consistirá en reconstruir una nación cuyos mecanismos
de producción de riqueza, sus instituciones, sus incentivos sociales e incluso
buena parte de su cultura política han sido moldeados durante años por la
dependencia estatal, la destrucción de la autonomía ciudadana y la erosión
progresiva de la confianza en las reglas del juego democrático.
La historia enseña que las
sociedades no pasan de un extremo a otro mediante decretos ni mediante
consignas ideológicas. Ningún país abandona exitosamente un sistema
profundamente intervencionista para convertirse de la noche a la mañana en una
democracia liberal plenamente funcional. Las transformaciones sostenibles son
procesos históricos complejos que requieren tiempo, liderazgo político,
reconstrucción institucional y, sobre todo, una comprensión realista de las
condiciones materiales y culturales de la población. Precisamente por ello, la
respuesta a estas preguntas exige abandonar tanto las ilusiones revolucionarias
como las fantasías de una liberalización instantánea.
La primera respuesta es
afirmativa. Sí, es posible transitar desde un modelo socialista hacia un modelo
liberal sin violar los derechos humanos ni sacrificar los principios
democráticos. De hecho, cualquier transición que aspire a ser legítima debe
realizarse precisamente sobre la base del respeto irrestricto a los derechos
fundamentales. El error de muchos procesos históricos ha consistido en asumir
que la libertad económica puede construirse mediante mecanismos autoritarios o
que la eficiencia puede sustituir a la democracia. La experiencia demuestra
exactamente lo contrario. Allí donde la libertad política fue sacrificada en
nombre de reformas económicas, surgieron nuevas formas de exclusión y
concentración del poder. Y allí donde la democracia fue preservada, aun en
medio de dificultades, las transformaciones tendieron a consolidarse con mayor
estabilidad y legitimidad.
Sin embargo, reconocer que
la transición es posible no significa ignorar la magnitud de los obstáculos. Un
país donde ocho de cada diez ciudadanos viven en condiciones de pobreza no
puede ser sometido a experimentos ideológicos ni a terapias de choque
concebidas desde laboratorios académicos alejados de la realidad social. La
pobreza genera dependencia, incertidumbre y miedo. Quien no sabe si podrá
alimentar a sus hijos mañana difícilmente puede asumir los riesgos que exige
una economía competitiva. Por ello, el primer deber de cualquier transición
responsable consiste en comprender que la libertad económica no puede
edificarse sobre el sufrimiento de los más vulnerables. Una sociedad devastada
necesita primero recuperar condiciones mínimas de estabilidad para poder
emprender el camino hacia mayores niveles de autonomía. Construir la base
racional de emprendimiento que facilite capacitar nuevos emprendedores como
futuros comerciantes.
Por ello, el problema se
vuelve todavía más complejo cuando la pobreza se combina con corrupción
estructural. La corrupción no constituye simplemente un fenómeno moralmente
reprochable; representa una forma de organización del poder. Cuando la
corrupción se convierte en sistema, las instituciones dejan de servir al
interés público y pasan a funcionar como instrumentos de extracción de riqueza.
En tales circunstancias, las leyes pierden credibilidad, la justicia se
transforma en una ficción y la confianza social desaparece. Ningún proyecto
liberal puede prosperar sobre semejante terreno porque los mercados requieren
reglas estables, tribunales independientes y protección efectiva de los
derechos de propiedad. Antes de hablar de crecimiento económico es necesario
reconstruir el Estado de derecho y para que ello genere credibilidad social
deben castigarse ejemplarmente quienes por acción u omisión contribuyeron a
dañar el sistema de credibilidad judicial.
Un tercer elemento
particularmente delicado es la dependencia cultural del Estado. Décadas de
paternalismo político ha generado en amplios sectores de la sociedad la
percepción de que el bienestar depende exclusivamente de decisiones
gubernamentales. Esta realidad no puede ignorarse ni despreciarse. Quienes reducen
este fenómeno a una supuesta falta de voluntad individual desconocen la
profundidad de los procesos históricos. Las personas actúan dentro de los
incentivos y estructuras que encuentran. Cuando durante años se castiga la
iniciativa privada, se persigue la autonomía económica y se recompensa la
subordinación política, terminan desarrollándose hábitos de dependencia que
sobreviven incluso cuando el sistema comienza a derrumbarse.
Por esta razón aparece la
segunda pregunta, quizás aún más importante que la primera. ¿Cuál es el puente
intermedio entre el socialismo y el liberalismo? La respuesta es que dicho
puente no puede ser ni la continuidad del modelo socialista ni la implantación
inmediata de un liberalismo absoluto. El puente debe ser una etapa de transición
institucional basada en una economía social de mercado, una democracia
constitucional robusta y un proceso progresivo de empoderamiento ciudadano.
Las grandes transiciones
exitosas de la historia moderna rara vez fueron producto de saltos al vacío.
España después de Franco, los países de Europa Central tras la caída del
comunismo y diversas experiencias latinoamericanas demostraron que los cambios
duraderos suelen construirse mediante fórmulas intermedias que combinan
estabilidad política, apertura económica gradual y protección social. El
objetivo no consiste en destruir de inmediato todo lo existente, sino en
transformar progresivamente las estructuras heredadas mientras se construyen
nuevas capacidades sociales.
En la Venezuela que pronto
habrá de surgir, ese puente de transición deberá comenzar por una profunda
reconstrucción institucional y por la recuperación de las carreras públicas
como fundamento de un Estado moderno y profesional. Por ello, la convocatoria a
concursos públicos de oposición, así como la restitución de aquellos concursos
que fueron desconocidos o arbitrariamente desestimados por razones políticas o
criterios ajenos al mérito, resultarán indispensables para restablecer la
confianza ciudadana y para convertir la capacidad, la experiencia y la
excelencia profesional en los verdaderos indicadores del cambio que se avecina.
Como reza el viejo
proverbio, “zapatero a su zapato”. La nueva Corte Suprema deberá estar
integrada por juristas de reconocida trayectoria, con sólida experiencia
judicial, preferiblemente provenientes de la carrera de juez o de las más altas
instancias jurisdiccionales, dotados de la formación técnica y la solvencia
ética necesarias para asumir la complejidad de la función judicial. Del mismo
modo, cada institución del Estado deberá ser ocupada por quienes acrediten las
competencias, conocimientos y experiencia requeridos para el ejercicio de sus
responsabilidades. La reconstrucción de la República exigirá que el mérito
sustituya definitivamente a la lealtad política como criterio de selección,
evitando que los cargos públicos se conviertan nuevamente en mecanismos de
recompensa partidista o de distribución de cuotas de poder. No existe
transición económica posible sin independencia judicial, sin recuperación de la
separación de poderes y sin restablecimiento de la seguridad jurídica. Durante
años el país ha vivido bajo una lógica donde la ley fue subordinada a la
voluntad política. El resultado ha sido devastador: destrucción de la
inversión, fuga de talento humano, pérdida de confianza nacional e
internacional y erosión de la legitimidad estatal. La reconstrucción de la
República debe comenzar precisamente allí donde fue más gravemente herida: en
sus instituciones.
Paralelamente, el Estado
tendría que abandonar gradualmente su papel de controlador absoluto de la
economía para asumir una función distinta: la de garante de oportunidades. Esto
implica desmontar monopolios, eliminar privilegios, facilitar la iniciativa
privada y abrir espacios para la inversión nacional e internacional. Pero
también implica garantizar educación, salud y protección básica para quienes
enfrentan mayores dificultades durante el proceso de adaptación. La diferencia
es fundamental. Un Estado paternalista administra la dependencia; un Estado
liberal crea condiciones para la autonomía.
La educación desempeña aquí
un papel decisivo. Ninguna transición será sostenible si las nuevas
generaciones continúan reproduciendo esquemas de dependencia política y
económica. La verdadera riqueza de una nación no se encuentra en sus recursos
naturales ni en sus reservas financieras, sino en la capacidad de sus
ciudadanos para crear, innovar y emprender. Por ello, la educación debe
convertirse en la gran política de Estado de la transición. No una educación
orientada al adoctrinamiento ideológico, sino al pensamiento crítico, la
responsabilidad individual, la ciudadanía democrática y la formación para el
trabajo productivo.
Del mismo modo, la sociedad
civil deberá recuperar espacios que durante años fueron absorbidos por el
aparato estatal. Universidades, gremios, asociaciones vecinales, organizaciones
profesionales, sindicatos independientes y organizaciones comunitarias tendrán
que desempeñar un papel central en la reconstrucción nacional. La democracia no
se limita al acto electoral; requiere una ciudadanía organizada capaz de
participar activamente en la vida pública y de ejercer control sobre quienes
gobiernan.
La transición también
exigirá un cambio profundo en la cultura política. Durante demasiado tiempo la
política venezolana ha oscilado entre el mesianismo y el personalismo. La
expectativa recurrente de encontrar un salvador providencial ha debilitado la
construcción institucional. Sin embargo, los países no se reconstruyen mediante
hombres providenciales sino mediante instituciones sólidas. El futuro de
Venezuela dependerá menos de la figura concreta que ocupe temporalmente el
poder y más de la capacidad colectiva para establecer reglas estables que
sobrevivan a los gobiernos.
Todo ello conduce a una
conclusión esencial. La verdadera discusión no es entre socialismo y
liberalismo entendidos como dogmas irreconciliables. La discusión real gira en
torno a cómo construir una sociedad donde la libertad y la justicia social
dejen de presentarse como objetivos contrapuestos. Una sociedad donde el Estado
proteja sin asfixiar, donde el mercado genere prosperidad sin excluir, donde la
democracia garantice gobernabilidad sin sacrificar el pluralismo y donde los
ciudadanos recuperen progresivamente la confianza en sus propias capacidades.
El puente entre el
socialismo agotado y el liberalismo consolidado no será el resultado de un
decreto, una elección o una reforma aislada. Será, ante todo, una obra
colectiva de reconstrucción nacional, un proceso histórico que exigirá la
participación de todos los venezolanos desde el ámbito de sus capacidades,
conocimientos y responsabilidades. Solo a través del concurso de nuestra
honestidad, nuestro trabajo eficiente, nuestro compromiso con las instituciones
y nuestra disposición a servir al bien común será posible edificar una
República más libre, más justa y más próspera. Un proceso que exige paciencia,
liderazgo, visión estratégica y, sobre todo, una comprensión profunda de que
las sociedades no cambian únicamente cuando modifican sus leyes, sino cuando
transforman la relación entre el ciudadano, el poder y la libertad. Venezuela
necesitará reconstruir simultáneamente sus instituciones, su economía y su
cultura política. Solo entonces podrá emerger una República donde la libertad
deje de ser una aspiración retórica para convertirse en una experiencia
cotidiana.
La gran tarea del futuro no
consistirá únicamente en desmontar las estructuras de la llamada revolución del
siglo XXI, sino en construir un modelo de país tangible, sostenible y capaz de
generar confianza. Un orden político donde el ciudadano vuelva a ser
protagonista de su destino, una economía que produzca prosperidad sin
privilegios, instituciones donde la ley esté por encima de los gobernantes y
una democracia que comprenda que la dignidad humana nace de la libertad
responsable y no de la dependencia del poder. Ese camino exigirá paciencia,
trabajo y perseverancia, porque los frutos de la reconstrucción no serán
inmediatos, pero solo así podrá edificarse el puente entre el país que se
extingue y la Venezuela que está por nacer. Ánimo que la tarea aún no comienza
y es hasta el final.
Ilustración: Agim Sulaj.
11/06/2026:
Casualidad alguna
DE UNA METÁFORA HISTÓRICA
"Los males que nacen se curan pronto
cuando se los prevé de lejos; pero cuando,
por no haberlos advertido, se les
deja
crecer, ya no tienen remedio."
Maquiavelo
Por supuesto, cuesta admitirlo, el gobierno de Rómulo Gallegos cayó por una manifiesta incompetencia política a pesar de haber acumulado
una importante experiencia años atrás al lidiar con Gómez, ocupar una curul
parlamentaria e integrar el gabinete de López Contreras. Además, permitió que
las tensiones llegasen a niveles insoportables para el país que, embargado por
el miedo y el hastío, no reaccionó con la caída del 24 de noviembre de 1948,
fluyendo rápidamente otras fuerzas acordes a las circunstancias.
El presidente se refugió por entero en la autoridad
moral que legítimamente ostentó en el país por sus extraordinarios aportes intelectuales
catapultado por el reciente y abrumador triunfo electoral obtenido, pero no
resultó suficiente la virtud moral cuando no se explicó a través de la
capacidad y eficacia política al tratarse de un jefe de Estado. Debió
comprender y gestionar adecuadamente las relaciones efectivas de poder apenas
iniciado el tan novedoso ensayo democrático que, valga acotar, requería de asesores
o de una dirección partidista, no otra que la de AD, actuando como el príncipe moderno de Gramsci.
La inicial mediación de José
Giacopini Zárraga derivó en una negociación de condiciones que involucró a
Gallegos y Rómulo Betancourt, así como a Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez
Jiménez, respectivamente, ministro de la Defensa y jefe del Estado Mayor,
ejerciendo la vocería de los cuarteles soliviantados por el intervencionismo adeco
en la corporación castrense. La diligente actuación del ahora negociador
fracasó estrepitosamente porque Gallegos interpretó el solo planteamiento de
las diferencias como un acto de sedición militar aferrándose al poder formal y que la relación cuasi filial con Delgado
Chalbaud podía detener.
Quizá
desconfió del mensajero, mediador o negociador, creyéndolo parte de la
conspiración que Gallegos confrontaría y doblegaría desde su absoluta pureza
moral, mientras la compleja vida política del país y sus múltiples expresiones
continuaban su curso. Quizá se rindió de antemano, sabiéndose políticamente
impotente, prefiriendo el martirologio, sin bregar los hechos exponiendo las habilidades
necesarias para abortar, sobrellevar o reconducir la asonada hasta restablecer
el orden constitucional, como ocurrió entre 1945 y 1947 con varias escaramuzas.
Por fortuna, a nadie se le ocurrió
seriamente plantear la continuidad del frustrado período constitucional de
Gallegos en 1958.
Recordamos
aquellos hechos aclarando que cualquier parecido con la actualidad, sea en los
predios del oficialismo o de la oposición, no es casual. Además, porque está en
la estructura narrativa de las cosas.
Reproducción: Procesada por IA, portada de la revista Élite, Caracas, N° 1168 del 21/02/1948.
22/06/2026:
https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44545-de-una-metafora-historica
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