El todavía llamado socialismo del siglo XXI jamás fue
objeto de una polémica seria y profunda en el país, tal como lo calcularon sus
promotores. Algo insólito, incluso, respecto a sectores de la oposición que no
tienen la reflexión precisamente por divisa y, mucho menos, saben de la útil
perspectiva de análisis del marxismo que se debe ejercitar así no profesemos la
escuela.
Aquella vieja y emblemática alianza bolchevique de
obreros y campesinos, dio paso en Venezuela a una yunta cívico-militar a la que
hoy suman las fuerzas policiales y los colectivos armados, reducida la fórmula
a las castas burocráticas del Estado. A pesar de evidenciarse cada vez más lo
contrario, toda la maquinaria gubernamental juró contar con el respaldo de una
mayoría apabulladora de la población y hasta un ministro del despacho ejecutivo
distinguió y proclamó a los cuatro vientos la existencia de una distinta vida
republicana inspirada por un célebre autor italiano, nacido en Cerdeña, mentado
Antonio Gramsci, el supuesto fiador teórico de la experiencia.
En efecto, el ilustre autor sardo apuntó a dos
nociones fundamentales como la hegemonía social y el bloque histórico: la
primera, refiere a la dirección cultural, moral y política irradiada por una
clase sobre otras, como el arraigo
profundo de una sensibilidad política compartida; y, la segunda, versa en torno
a la unidad orgánica de clases sostenida por un largo período, en nuestro caso,
también sustentada por la renta petrolera. Agreguemos que ambas facetas responden a una
relación recíproca, compleja y dinámica entre la superestructura, esto es, el
Estado, sus instituciones y la conciencia social, y el soporte material en modo
y correlación, o (infra)estructura, si se la identifica particularmente con la
producción y exportación del crudo que ya no sufre ninguna transformación
industrial significativa por la ruina de PDVSA.
Fundados en tales premisas, tiempo atrás, apelamos al
antiguo secretario general del Partido Comunista Italiano para replantear el
problema de las mayorías adeptas al chavismo, apreciando los carteles y pendones,
hoy desparecidos, colgados en lo que fue el edificio “Gustavo Zingg &
Asociados” y en “Galerías Qta. Crespo”, adyacentes al popular mercado de
víveres de la ciudad capital. Vistosos inmuebles de una privilegiada ubicación
(uno de ellos, enarboló por muchos años una muda bandera que el viento hizo
harapos), fueron objetos de la invasión y el establecimiento de grupos de
buhoneros bajo el amparo y la protección oficiales, y, a raíz de un incendio,
quizá ocurrido en 2013, por expresa recomendación de los bomberos, fue
completamente desalojado el comercio informal del lugar.
Pudimos observar la persistente demanda de
remodelación y generosa concesión o “liberación” de los edificios, o, al menos,
uno de ellos, para el regreso triunfal del mercado de los corotos, como fue
conocido, aduciendo los peticionarios que eran “326 hijos de Chávez” en
representación de dos mil votos, recurriendo en consecuencia a Nicolás Maduro
para solucionar el problema, no sin dictaminar en última instancia que ”Tenemos
derecho al trabajo” [*]. Cuales elefantes blancos, excepto la instalación de un
organismo policial en un pequeño local, los edificios en cuestión lucen aún
abandonados, desperdiciando el espacio de un sector de la metrópoli también
caracterizado por numerosas invasiones residenciales, permitiéndonos deducir
que los buhoneros fracasaron totalmente en sus reclamos, lograron colocarse en
otros ámbitos urbanos, abandonaron por razones de edad el oficio, se marcharon
de la ciudad o del país, y sufragaron inexorablemente por Edmundo González.
Así las cosas, tendemos a confundir la pretendida
hegemonía social con el obsceno monopolio de los medios públicos y de los
recursos simbólicos del Estado, la (auto)censura y la represión, aprovechándose
de las masas desclasadas que penosamente orbitan en la burocracia o, muy simple,
esperan concesiones de ella para sobrevivir, bajo un ya insufrible
sentimentalismo populista. Y, en reemplazo del bloque histórico desde muy antes
agotado, teniendo por eje el presupuesto público nacional, el régimen ha
propiciado un descomunal clientelismo que únicamente autorizaba la
sobreabundancia y la disposición discrecional de la renta.
Es demasiado obvio que los grupos sociales que
operaban en Quinta Crespo, por voluntariosos que fueren, no obraron como
agentes de ninguna transformación, sino dejaron notariado el resultado de un
fracaso histórico para explicarse como las pulgas
liberadoras según la ironía gramsciana: las pulgas no se mueven, porque
solo lo hace el asno que ellas cabalgan. Cabe preguntarse si hay grupos
sociales realmente estratégicos en esta hora venezolana, capaces de darle
soporte a una nueva, espontánea y consecuente mayoría, una hegemonía y un bloque
diferentes, distinguiendo lo orgánico de lo episódico, la suerte personal y la
del país, lo importante de lo urgente.
[*] https://apuntaje.blogspot.com/2023/11/demandas-maduristas-que-envejecen.html.
Ilustración: Sarah Jacoby.
Fotografías: LB, Quinta Crespo, Caracas (domingo, 09/07/2023), añadida la intervenida gracias a ChatGPT.
31/03/2026:
https://www.elnacional.com/2026/03/gramsci-y-las-pulgas-de-quinta-crespo/








