sábado, 26 de septiembre de 2026

Carujo siglo XXI

DELCY VA, DELCY VIENE

William Anseume

No creo que desde el 3 de enero todo esté igual. Es irreal un planteamiento como ese. ¿Queremos más? Sí. ¿Queremos todo? Sí. La paciencia es enemiga del desespero.

Hay menos presos políticos tras las rejas. Faltan muchos. Uno es mucho. Sigue habiendo miles de libertades condicionales que no son libertad. Han liberado del bloqueo varios medios. Pocos medios. Los necesitamos a todos libres. Para que circule sin miedo la información, la opinión, la expresión. Necesitamos libres a los partidos y todos sus dirigentes habilitados para operar en función de la democracia y la libertad.

Hay una mesa de "entendimiento" tutelada. Hay propuestas de renovación del Tribunal Supremo de Justicia y del Consejo Nacional Electoral. El poder judicial, el poder electoral, deben ser liberados, claro está. Delcy fue y habló. Se tomó la foto. Se reunió con Trump, con Rubio. Con algunos otros líderes mundiales. Todo eso es innegable.

Delcy Eloína ofreció justicia y elecciones. Se careó con el guyanés por nuestro Esequibo. Delcy  y sus acompañantes en el interinato representan un pasado de crueldad innegable. No es impoluta, no lo son impolutos, por más que quieran ocultar un pasado y un presente que ladra su ahogamiento. Nada de eso es ocultable tampoco. ¿La charla es creíble? Creo que lo es, en cierto modo, no más.

Habrá elecciones. No de inmediato, como algunos pretenden. Está claro. Las perderían ahora. Las perderán después. Porque ese pasado resulta indeleble como el hambre de cuando las sardinas, los magos y las lentejas. Indeleble. Como las bolsas de los gorgojos. ¿Habrá Justicia? Ver para creer, según santas palabras.

Pero: entran toneladas de dólares por petróleo que nadie ve. Tampoco vemos reducción de gastos superfluos ni del gasto público. Ofrecen mejoras salariales que hasta ahora charla son. Joden a los jubilados. Maltratan a los pensionados. Esclavizan a los trabajadores, más y más.

Los servicios peores en sus deficiencias. Podemos dividirnos en la Venezuela de la charla y la de la realidad. Sin concreciones, las ofertas son de aire.

El interinato, los tutores, la mesa de diálogo, tienen la obligación de aterrizar en la realidad de la ciudadanía. Sí. De esa que clama transformación que bien puede llamarse transición hacia ella. No importa. Pero sí: quiere justicia, paz, tranquilidad económica, y tranquilidad social y política,  estabilidad, que darán los tribunales, el CNE, todos los poderes y, para ello las elecciones. Charla conocemos, de más. Efectividad es lo que falta, que llegue a la ciudadanía. Que dejemos de ser el país más corrupto del mundo. Para poder ser menos despoblado por emigrantes hartos de las persecuciones y la esclavitud. ¿Vamos hacia allá o es charla de ida y vuelta?

26/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/ex-pana-o-el-regocijo-frente-al-ocaso/

EL SOLDADITO Y EL PROFESOR UNIVERSITARIO. ¿CARUJADA?

William Anseume

Unas aclaratorias primigenias: no tengo nada contra la gente de uniforme, especialmente si son amables bomberos. Admiro lo admirable de Bolívar, todo lo del grande Sucre, me derrito por Miranda y sí, creo que fue una gesta heroica, militar e intelectual, relevante la del siglo XIX. Considero que algunos militares posteriores han hecho secuencia de aquella fundación de la patria, no siempre tan cercanos al humanismo del Gran Mariscal. Todos tenemos algún familiar o amigo uniformado a quien querer y reclamar cuando viene el caso.

Expresado esto, intento ir a lo central de mis planteamientos. Conocí muy recientemente, para mi asombro económico, a un soldadito de reciente ingreso a alguna de las Fuerzas Armadas. En sus bisoños veinte añitos notables, me habló de sus necesidades y las de su pueblerina –como yo— familia. Hasta ahí lo comprendí, empaticé y me solidaricé con él. No me cae mal —aclaro—, seguramente le daremos continuidad a este atisbo de amistad. El quiebre acudió a mí cuando me dijo su sueldo: 700 de los verdes, con uniforme y comida. Redondeé los 1000, de inmediato. Más del doble de lo que dice la ministra que están ganando los profesores universitarios, casi, según. Calculé mis inamovibles, hasta ahora 241 y me cayó la humillación. Fue él quien, entonces, empatizó, se solidarizó y casi lloró conmigo. "Tanto estudiar", dijo, él ni bachiller... "Y la experiencia de más de treinta años", acoté.

¿Carujada?

Si revisamos, a casi nueve meses, un parto, del 3 de enero, nuestras Fuerzas Armadas se llevan más de 80% del "gasto" nominal de la Administración Pública. Muchos militares dirigen empresas del Estado y están al frente, en cargos relevantes de distintos ministerios. ¿El triunfo es de los valientes o de los justos y honrados?

Se supone que en estos momentos se discute sesudamente en mesa la problemática laboral. Insisto en que quienes allí se sientan —por parte de la OIT, la CTV, Fedecámaras y el gobierno interino— revisen a profundidad no solo los números generales, sino también los temas que he puesto sobre el tapete recientemente: el daño laboral y su resarcimiento paulatino; la esclavitud moderna (un líder empresarial se jactaba recientemente de los casi 300 dólares mensuales en promedio que eroga como sueldo la empresa privada, por no hablar de chinos y árabes y su explotación de los más jóvenes); y el comunismo laboral, que nos hace cobrar a todos lo mismo, sin importar rangos, experiencia, formación, conocimiento o méritos. Esto se ha querido subsanar recientemente arrojándole a algunos unos bonos de formación y corresponresponsabilidad que en su mayoría rondan menos de 50 dólares, mientras la canasta alimentaria ya superó los 800.

No dudo de que para el soldadito imberbe los 700 sean poco, más la comida y su vestimenta oficial. Sin embargo, a menos que Carujo y su "valentía" continúen primando —a pesar de Páez— sobre la de Vargas, el profesor universitario y otros profesionales (médicos, periodistas, ingenieros y más), se debe recuperar la dignidad laboral arrebatada desde que el Carujo más reciente trastornó la vida cívica del país. Aunque debo reconocerle que sabía retroceder cuando veía perdida una batalla de las suyas, escandalosas todas.

La carujada debemos desmontarla de plano. La OIT habla de dignidad laboral como derecho humano que es y de trabajo decente. Así, devolvamos la decencia al trabajo en Venezuela.

19/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/el-soldadito-y-el-profesor-universitario-carujada/

Júbilo patético

LA RISA DEL VASALLO Y LA  AGONÍA DE LA PLAZA PÚBLICA

Jonatan Alzuru Aponte

La tarea esencial de la filosofía política es comprender. A ese empeño he dedicado mis mayores esfuerzos durante los últimos años, con una terquedad que hoy se me revela trágica. Porque debo confesarlo sin rodeos ni complacencias: siento un fracaso consistente. No comprendo. A ratos me asalta la duda de si este abismo de incomprensión no es más que el desgarro inevitable del exilio, ese extrañamiento feroz que nos hace mirar la tierra en que nacimos como si fuera un territorio de sombras cuya gramática moral hemos olvidado.

¿Cómo comprender a compatriotas que ríen, se mofan y convierten en chiste de red social el contrapunteo grotesco entre la vocera del régimen y la retórica del imperio en la tribuna de las Naciones Unidas? Ese teatro diplomático se digiere en nuestras pantallas como simple comedia de consumo. La burla ramplona se ha convertido en nuestra anestesia preferida, esa catarsis portátil que nos persuade de estar combatiendo al poder mientras solo acumulamos interacciones. Pero cada risa dirigida contra el adversario de turno es, en rigor, una mueca contra nosotros mismos; revela el júbilo patético del siervo que celebra la torpeza del capataz sin percatarse de que comparte el mismo cepo y respira la misma mugre. La sátira no es aquí el estilete de los libres, sino el consuelo de los vencidos.

Entretanto, el debate público nacional —si es que aún podemos usar semejante categoría sin caer en el sarcasmo más vil— se reduce a la histeria episódica: que si una dirigente entra o no entra al país, que si las encuestas la coronan como la salvadora definitiva de nuestras miserias. ¿Acaso ese es el problema político de fondo? Nos hemos vuelto adictos a la figura del redentor, incapaces de asumir la libertad como un ejercicio exigente y cotidiano de una comunidad con un horizonte de sentido. El personalismo lo tenemos tan incrustado en los tuétanos que nos resulta imposible pensar la política como una empresa comunitaria. Aguardamos al taumaturgo de turno mientras el presidente norteamericano nos trata como simple botín de guerra, declarando con brutal desenvoltura que tiene derechos sobre nuestros recursos naturales y fijando el precio de nuestra dignidad. Y la respuesta social es el encogimiento de hombros.

La conducta del imperio no debería sorprender a nadie: la fuerza que se expande sin contrapesos obedece a la fría lógica del dominio, la oportunidad y el saqueo legitimado. Tampoco sorprende la obsesión de quienes usurpan el poder en Caracas. Si Maquiavelo describe que la realidad del ejercicio del poder es conservarlo a toda costa, aquí hemos presenciado su versión más vil y descompuesta: ante la incapacidad de sostener el Estado, la táctica predilecta del régimen ha sido subastar la soberanía al mejor postor y perfeccionar los mecanismos de control social para garantizar su propia supervivencia. Eso no es alta política; es la botánica primaria de la tiranía. Lo verdaderamente incomprensible, lo que produce una indignación amarga y una náusea intelectual, es la pasividad complaciente de la comunidad.

Vivimos en una apatía suspendida, esperando a que los dueños de la fuerza decidan conceder unas elecciones para entonces, sí, activar el modo campaña, desempolvar los mitos patrios, citar las encuestas con fe carbonera y autoengañarnos pensando que la historia cambiará por arte de magia o porque una dirigente recorra el país cargada de rosarios. Se nos olvidó —o tal vez nunca lo supimos— que la política no es la contemplación pasiva de espectáculos ajenos ni el consumo analfabeto de slogans, sino el arte de la acción concertada: la creación de un espacio compartido de pluralidad donde la palabra ciudadana cobra peso al hacerse acto y transformar la realidad.

En un texto anterior —“El veto republicano contra el remate de la soberanía”— me atreví a formular una propuesta directa a nuestra comunidad: ¿acaso no podemos impulsar un referéndum para deslegitimar, desde la soberanía ciudadana, todo acuerdo o convenio que los déspotas locales firmen con las potencias internacionales? ¿No es factible utilizar los instrumentos a nuestro alcance para gritarle al mundo que nos negamos a ser mercancía? La respuesta fue el vacío. El silencio temeroso. Y, en los sectores más "atrevidos", el rechazo de plano bajo la premisa de la imposibilidad. Perfecto, el disenso es legítimo. Pero, ¿cuál es la alternativa que proponen? ¿El tuit mordaz? ¿La plegaria al diplomático extranjero? ¿La resignación del espectador que celebra su propia ruina con un meme ingenioso?

El verdadero drama no es únicamente la tiranía que nos oprime, sino la servidumbre voluntaria que hemos aprendido a naturalizar: esa huelga de cerebros colectiva y al parecer indefinida. El vasallaje es nuestra verdadera enfermedad moral. Resulta mediocre y degradante que la conversación de un país en ruinas se circunscriba a la peripecia individual de un líder o a la sátira del momento, mientras renunciamos cobardemente a constituirnos como pueblo libre y a reclamar la conducción de nuestro destino.

Cierro estas líneas con una sospecha amarga. A veces dudo del sentido de insistir en la palabra cuando el ruido sordo del espectáculo y el sarcasmo en las redes lo invalidan todo. Sin embargo, escribir no es aquí un consuelo ni un desahogo privado; es la negación contundente a aceptar la servidumbre como destino. Si la política se ha degradado a la espera pasiva de un milagro, la tarea del pensamiento exige rescatar la verdadera deliberación: esa capacidad de encontrarnos en el diálogo honesto y en la acción orientada para juzgar con prudencia cada paso. La dignidad de un pueblo no se delega en mesías ni se subasta al mejor postor; se aprende y se ejercita en el discernimiento colectivo. O recuperamos la capacidad de hablar, pensar y actuar juntos en el espacio público, o terminaremos siendo los cómplices sonrientes de nuestra propia esclavitud.

26/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/la-risa-del-vasallo-y-la-agonia-de-la-plaza-publica/

Cfr. 

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/el-veto-republicano-contra-el-remate-de-la-soberania/

Unidad y diversidad, diversidad y unidad

EX–PAÑA O EL REGOCIJO FRENTE AL FRACASO

José Rafael Herrera

A mis queridos amigos, José Luis Villacañas y Alexandre Carrodeguas

Nunca imaginó monsieur Prósper Mérimée, apasionado descifrador de misterios esotéricos, que terminaría por develar el más íntimo de los misterios españoles. No han sido pocas las veces que se descubren maravillas por accidente. Y tal vez ese sea el caso de quien, casi por instinto, solía hurgar bajo el fango de los extremos polares de la geografía europea —Rusia y España— como fuentes predilectas de su inspiración. A veces lo que se oculta termina siendo lo más evidente. Cuando se remueven las cenizas dejadas por la historia suelen regresar aquellos asuntos que nunca llegaron a resolverse del todo. No regresan, sin embargo, como regresan las cosas que se repiten. Regresan transformados, bajo nuevas figuras, reclamando una conciencia capaz de comprender aquello que en otro momento apenas podía ser soportado. Este pareciera ser el caso del reino de España y de su persistente dificultad para conciliar la unidad política con la diversidad histórica y cultural de sus regiones.

Catalanes, vascos, gallegos, valencianos y otros pueblos de España han desarrollado identidades lingüísticas, culturales e históricas de extraordinaria riqueza. Pero en lugar de comprenderse como determinaciones concretas de una totalidad que los trasciende, la diferencia se convierte en fundamento de una ideología de separación absoluta. Entonces aparece, cual estribillo, ese aut-aut que resulta tan sospechoso para la inteligencia: o España como unidad homogénea o las regiones como unidades políticas independientes. O la nación, o sus partes. O la unidad, o la diversidad.

Se trata, por cierto, de la lógica del entendimiento abstracto. De hecho, el Verstand —precisamente, el entendimiento— profesa la fascinación por fijar las determinaciones, separarlas y convertirlas en alternativas excluyentes. Y es comprensible que una cultura que hizo de la teología filosofante su morada durante siglos tenga al entendimiento abstracto como su presupuesto esencial. Y es que donde hay una relación viva, el Verstand introduce la frontera de lo muerto; donde hay diferencias que se determinan recíprocamente, sentencia incompatibilidades. Por eso mismo, tal vez no convenga preguntarse si España deba desaparecer para que existan Cataluña, Euskadi, Galicia o Valencia, o si sus diferencias deban ser sofocadas para que España pueda conservarse unida. Más bien, la cuestión de fondo parece ser esta: ¿cómo puede la unidad hacerse más concreta mediante el libre desarrollo de las diferencias?

La Constitución española contiene, al menos en su formulación, una respuesta significativa. En su artículo segundo, afirma simultáneamente la "indisoluble unidad" de la nación española y el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones, junto con la solidaridad entre todas ellas. No se trata, en consecuencia, de elegir entre unidad o autonomía, sino de saber articularlas. La autonomía no tiene que ser entendida como el primer paso hacia la desaparición de la unidad, del mismo modo que la unidad no puede confundirse con el abrazo mortal que sofoca las diferencias.

La dificultad aparece cuando la diferencia necesita convertirse en separación para poder autoafirmarse. But una identidad que solo puede conservarse negando al otro termina convirtiéndose en una identidad empobrecida. Lo que conduce a una quaestio todavía más preocupante: su relación con "el extraño". El otro es concebido como una amenaza, como aquel que viene a alterar una identidad supuestamente acabada, en lugar de ser comprendido como aquello mediante lo cual dicha identidad se determina y transforma. La primera posibilidad conduce al claustro teologal; la segunda a la realidad efectual de las cosas.

El miedo al otro es, en última instancia, miedo a la transformación de sí mismo. Por eso las ideologías que absolutizan la identidad —sean nacionales, regionales, étnicas o culturales— pueden terminar encontrando un terreno común con formas más radicales de exclusión. No porque todo nacionalismo sea fascista, ni porque todo movimiento separatista pueda ser reducido a esa categoría, sino porque existe una estructura compartida cuando la diferencia deja de ser una determinación de la convivencia y pasa a convertirse en una frontera absoluta entre el "nosotros" y el "ellos". El extraño deja entonces de ser aquel con quien se establece una relación y comienza a ser aquello de lo cual hay que defenderse.

La historia no se alimenta de identidades inmóviles. Vive de intercambios, conflictos, apropiaciones, traducciones, mestizajes, desplazamientos. Una cultura crece cuando entra en relación con aquello que no es inmediatamente ella misma. Incluso puede afirmarse que el otro forma parte de la constitución del sí mismo. Y es que un sí mismo que pretende existir sin alteridad termina descubriendo que se ha convertido en una abstracción.

Quizá como nunca antes, en este punto la palabra "concrecimiento" resulte ser tan sugerente. Porque con-crecer quiere decir: crecer-con los otros, crecer-mediante-los-otros. No hay concreción ahí donde cada diferencia pretende aislarse de las demás. La concreción comienza cuando las diferencias entran en relación y, sin dejar de ser diferentes, producen una nueva totalidad. España ofrece, en este sentido, una experiencia histórica particularmente compleja. Fue capaz de proyectarse mucho más allá de la península hasta convertirse en aquel imperio sobre el cual, según la célebre expresión, no se ponía el sol. Y sin embargo, parece haber desarrollado, a lo largo de su historia moderna y contemporánea, una extraña inclinación por el ocaso, la derrota y la fractura. No se trata de afirmar la existencia de un "inconsciente español" autodestructivo —una afirmación quizá demasiado fácil para una historia demasiado compleja—, sino de reconocer una persistente tentación cultural que tiende a convertir el sentimiento de la derrota en una forma de autocomprensión compasiva.

La Carmen de Mérimée —¡y Bizet!— define con maestría la clave estética de esta figura de la experiencia de la conciencia española, porque en la configuración de su trama la libertad de la protagonista y la intención de opresión de Don José se encuentran inseparablemente ligadas a una existencia que avanza inevitablemente hacia la tragedia. E igualmente está presente en la literatura del desastre, en la conciencia de la generación del '98 y en otras representaciones estético-literarias de la conciencia española que parecen haber encontrado en la derrota una forma particularmente intensa de autocomprensión. Como si en ocasiones la conciencia española hubiese sentido una extraña fascinación por las tonalidades crepusculares. La paradoja parece haber terminado por convertirse en el fundamento de su programa político, dado que la conciencia de la diferencia exige, para poder afirmarse, la destrucción de aquello dentro de lo cual esa diferencia ha llegado históricamente a existir. En esa misma dirección, la América hispana es el dolor punzante de las heridas de Carmen, especialmente en el caso de Venezuela, apuñalada por la espalda, moribunda, arrojada sobre el estiércol del diablo.

Y sin embargo, existe otra posibilidad: ni la implosión del reino ni la uniformidad del Estado. Ni la desaparición de las regiones ni la fragmentación de la nación. Se trata del fortalecimiento de las partes a objeto de fortalecer el todo. Una España capaz de reconocer en sus regiones la riqueza de la diversidad de sus comunidades históricas, culturales y políticas, dotadas de una autonomía cada vez más con-creciente, sin por ello convertir la autonomía en negación de la totalidad.

La figura de la antigua polis griega es una figura sugestiva. No como modelo que deba ser copiado —la historia no admite semejantes regresiones—, sino como recuerdo de que la unidad política puede coexistir con una extraordinaria determinación de sus partes. Las antiguas ciudades-Estado o incluso ciertas repúblicas italianas del Renacimiento, como Florencia, muestran que la intensidad de una comunidad particular no tiene por qué significar la negación inmediata de toda forma superior de relación.

Quizá sea necesario inteligir, una vez más, una política en la que las regiones puedan llegar a ser, en cierto sentido, pequeñas "repúblicas florentinas": comunidades intensamente determinadas, capaces de desarrollar su propia lengua, cultura, instituciones y formas de vida, precisamente porque pertenecen a una totalidad que no se propone asfixiarlas.

La cuestión no consiste en escoger entre Estado y región, entre España y Cataluña o Galicia, entre unidad y diversidad. Esa elección forma parte del reino de las abstracciones. La cuestión consiste en superar esa oposición conservando sus términos y transformando sus relaciones. Hegel lo llamaba Aufhebung, que quiere decir superar conservando. Y de eso se trata, porque la unidad que destruye la diversidad es vacía y la diversidad que destruye la unidad es ciega. La unidad necesita de la diferencia para concrecer; la diferencia necesita de la unidad para superar la abstracción.

España no tiene que elegir entre la unidad y la diversidad: tiene que hacer un esfuerzo para producir la unidad mediante la diversidad y la diversidad mediante la unidad. Tal vez el futuro político de los Estados nacionales no consista en desaparecer ni en encerrarse sobre sí mismos. Tal vez consista en transformarse: conservar la unidad política al tiempo de multiplicar las formas concretas de autonomía, participación y autodeterminación cultural. Después de todo, una vieja y noble nación puede llegar a encontrar una nueva forma de existencia histórica: no en la negación de sus partes, ni en la ruptura con ellas, sino en el descubrimiento de que sólo una unidad capaz de dejar crecer libremente sus diferencias puede llegar a ser una unidad efectivamente concreta.

25/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/ex-pana-o-el-regocijo-frente-al-ocaso/

https://www.microfilosofia.com/2026/09/ex-pana-o-el-regocijo-frente-al-ocaso.html

martes, 22 de septiembre de 2026

Los goles de goles

COMPETENCIA EN LA TRANSICIÓN

Luis Barragán

Convengamos: la presente etapa pretransicional levanta las más obvias expectativas en torno a las distintas elecciones que debemos celebrar para convencernos de trillar el camino del cambio definitivo. Sin embargo, es necesario advertir que el proceso que nos compromete no suprime la competencia, sino que modifica y transparenta radicalmente sus condiciones.

Habrá quienes apuesten por la construcción de sendas barricadas comiciales, trincheras cerradas para no someter a prueba la realidad interna de los partidos, como también suelen evitar las organizaciones de la sociedad civil. Siendo la competencia un dato natural en la búsqueda del poder político, da soporte y fundamento a las aspiraciones, intereses, alianzas, concertaciones y disputas mediante reglas que legitiman el proceso, en lugar de aquella competencia nominal o formal caracterizada por la deslealtad, el ventajismo, la mentira, la extorsión y la coacción que hicieron perdurable, acumulativo y artificioso todo conflicto, a juzgar por lo transcurrido en el presente siglo.

La propia transición es objeto de rivalidades empeñadas en interpretarla y construirla, por no mencionar las que se esfuerzan en obstruirla, procurando imponer su interpretación, tiempos y condiciones que el fortísimo tutelaje olímpicamente ignora, dándole poco o ningún margen de disputa interna y externa a los negociadores que actúan sobre reglas que ya vienen decididas. La fidelidad transicional es lo mínimo que se les pide a las partes, aunque —al menos públicamente— desconocemos las reglas pendientes de considerar y aplicar para aquellas fases avanzadas en las que presumimos habrá una redistribución de intereses, oportunidades y costos políticos, provocando nuevas adhesiones y animadversiones.

Aceptamos que no todos los que juran aspirar al cambio coinciden en el mismo modelo transicional, como tampoco todos desean que concluya. Hay quienes se esforzarán en conquistar el poder con las nuevas reglas y otros en preservarlo, o preservar cuotas importantes, mediante una modificación gatopardiana de conveniencia y cálculo.

De asumir la transición como una recomposición continua de incentivos y costos políticos, comprenderemos que preservar las posiciones, ceder, negociar, retardar, acelerar, bloquear o pactar no siempre tiene el mismo precio. Siendo indispensable la participación abierta para la legitimación del proceso, aparecerán nuevos actores y exigencias en un espacio social nada homogéneo, cancelado durante casi tres décadas, con demandas muy definidas e impostergables, exigencias de justicia y rendición de cuentas, protagonistas de una —ojalá— distinta competencia pluralista al compás de la inevitable incertidumbre y también de las emboscadas, ardides y tramas propias de las pugnas que escapan de las reglas.

Importa, por ello, la capacidad de competir, porque pregonar la sola condición opositora no hará automáticamente competitivo al partido o al dirigente. Hasta nuevo aviso, entendemos que deben contar con credibilidad, capacidad de convocatoria, organización, reconocimiento social, propósito definido, capacidad de articulación de intereses diversos, trayectoria y, sobre todo, una propuesta de poder y capacidad para convertir el descontento en un esfuerzo políticamente eficaz.

Dadas las asfixiantes condiciones de la centuria, reaprendamos a ser competitivos, aunque – admitamos – no será suficiente para atajar el nivel de atomización hábilmente inducida de los sectores políticos y sociales de la oposición. La competencia misma puede facilitar la unidad esencial y convincente, remontando la cuesta de coaliciones específicas y concretas para afrontar los desafíos electorales, garantizar la continuidad del cambio y sortear exitosamente las triquiñuelas de un oficialismo que, a lo mejor, se hará irremediablemente competitivo, como lo supo hacer un ya remoto día de la mano de Luis Miquilena.

La competencia transicional abre la posibilidad de una genuina, limpia y convincente disputa por el poder, que incluye la posibilidad de perderlo en cualquier nivel y escala, pero con la continuidad garantizada de esas reglas. Éstas deberán escapar del control absoluto de alguna individualidad o de la mayoría ganadora de los cuerpos deliberantes, por más que lo diligencie, suscitando el celo permanente de todos.

Atentos, pues, a no confundir los indicios ciertos y fundados de una transición con la transición misma hacia la libertad y la democracia y, muchísimo menos, con una maniobra de reacomodo del orden existente. La distinción importa algo más que metodológicamente, porque allí donde inicia una competencia por la transición, también propicia la aparición o el regreso de aquellos que procurarán condicionarla, retardarla o impedirla.

Fotografías: LB, campo deportivo de la UPEL, El Paraíso (Caracas, 25/08/2025).

26/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/competencia-en-la-transicion/

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

Los pasos perdidos

DE LA TRANSICIÓN Y LA UNIVERSIDAD EN VENEZUELA

Luis Barragán

Desde hace mucho tiempo es evidente que las grandes mayorías desean un cambio en Venezuela de dimensiones históricas, más allá de las cosméticas que delatan a no pocos pregoneros del oficialismo y de la oposición. Está planteada una transición como la más firme demanda política del momento y, a pesar de la resistencia oficial, negando la libertad a numerosos venezolanos tan injustamente detrás de los barrotes, insistimos en la posibilidad de una experiencia pacífica y reconciliadora.

Las fuerzas gubernamentales deben reconocer con una franqueza que, a pesar de todo lo sufrido, le agradeceríamos, que la situación que padecemos es algo más que coyuntural. Con o sin 3-E, son los responsables directos del colapso desde cualquier perspectiva política, económica, social y cultural con la que quiera mirarse, y la represión y la censura sostenidas y feroces únicamente prolongan la agonía de un Estado cuyas capacidades han sido sistemáticamente demolidas.

Entonces, la exigencia es la de una mayor sobriedad y madurez para afrontar estas realidades tan inhóspitas para todos y, peor aún, para los más empobrecidos desde antes de la vigencia de las sanciones internacionales. Por ello, nos permitimos ejemplificar el asunto con el problema universitario de dimensiones colosalmente acumuladas y agravadas por casi treinta años de un mismo gobierno: ¿para qué repetir en qué consiste el problemario?, ¿por qué habríamos de pretender solventar la cuestión mediante una nueva ley de universidades, en lugar de asumir la transición política?, ¿acaso no perdieron los pasos más que los zapatos en el larguísimo ejercicio del poder?

Luce urgente que el Estado recupere sus capacidades infraestructurales, demolidas por el poder despótico, pues, negado el justo presupuesto de todas las anualidades del presente siglo, la deuda social y económica se ha incrementado hasta niveles insostenibles con nuestras casas de estudios, por citar un ejemplo. Es tal el nivel de la quiebra económica que lo conducente está en reconstruir al propio Estado y sus capacidades, cuyo fortalecimiento institucional debe hacerse sentir en la recuperación de la autonomía y en las elecciones rectorales de todas las universidades, ya que —simplemente— el poder central demasiado poco puede hacer para echarles aunque sea una mano de pintura, y conste que no hablamos de las deserciones estudiantiles y profesorales, de los salarios, del envejecimiento tecnológico de las entidades públicas, entre otros aspectos.

La universidad es uno de los ámbitos en los que puede comprobarse la destrucción de las capacidades estatales y, por tanto, su reconstrucción forma parte de la propia transición. ¿Qué autoridad conservan los funcionarios de un Estado cuyos responsables deben, cuanto antes, abandonar el poder que les quedó demasiado grande, a objeto de facilitar el tránsito hacia una actualización urgente con el siglo en libertad? ¿Inventarán de nuevo las tales constituyentes universitarias que absolutamente ninguna novedad reportan, como quisieron maquillar el drama laboral con otro fetichista artefacto verbal, o hasta dónde pueden estirar la cuerda para atrapar a incautos con promesas legislativas que requieren, ante todo, del fiel cumplimiento de la Constitución de 1999 que ellos mismos hicieron y violentaron?

Fotografías: LB (CCS, 27/12/2025).

21/09/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44969-de-la-transicion-y-la-universidad-en-venezuela

Carujo siglo XXI

DELCY VA, DELCY VIENE William Anseume No creo que desde el 3 de enero todo esté igual. Es irreal un planteamiento como ese. ¿Queremos má...