domingo, 30 de agosto de 2026

Se deja constancia


26/08/2026:

https://www.youtube.com/watch?v=y7Qowwvmqw8&list=RDy7Qowwvmqw8&start_radio=1 

Caza de citas


“Dejando caer la cabeza, el censor nuevo exhaló un suspiro.

—No tendría que haber estado pensando.

—Exacto. Un censor de libros no debe jamás adentrarse en las aguas de la interpretación.

—Sí.

—Y usted… usted está nadando en ella”

Bothayna Al-Essa

(“La biblioteca del censor de libros”, Fiordo Editorial, Buenos Aires, 2025: 63)

Reproducción:  Aad Goudappel.

Noticiero retrospectivo

- Laura Weffer Cifuentes entrevista a Darcy Ribero con fotografías de Luis Vallenilla. El Globo, Caracas, 02/06/1993.

- Edith Guzmán entrevista a Morella Múñoz. El Nacional, Caacas,03/06/84.

- Junio Pérez Blasini y Luis Piñerúa Ordaz. Economía Hoy, Caracas, 04/08/89.

- Gerver Torres. “Privatizaiones indesebles: una alerta para la izquierda”. El Nacional, edición aniversaria, 03/08/92.

- David Morales Bello. “La hipoteca del progreso social”. 2001, Caracas, 16/03/79.

Reproducción: Jesús Soto según Ras. El Nacional, 16/10/69.

Comala

ESPECTROS DE UNA REALIDAD POLÍTICA QUE YA CAMBIÓ

Luis Barragán

Los hechos políticos nos remiten a acontecimientos, conductas, decisiones o relaciones concretas de poder que se imponen como realidades inmediatamente perceptibles y difícilmente modificables. Ejercen una irresistible influencia a veces intimidante o perturbadora en la población y en el ámbito personal, tras su formidable impacto en la dirección, organización y distribución del poder.

Exactamente fue lo que ocurrió el 3-E para sorpresa de todos, por cierto, aflorando una corriente de optimismo en las redes digitales que compensan la falta de medios alternativos para medir el bienestar o malestar del país. Con todo lo trampeadas que también están, en una sociedad reprimida y (auto)censurada, se notó en principio una genuina corriente de opinión que impregnó de optimismo las redes con todo y lo trampeadas que también están a propósito de la consabida extracción de Nicolás Maduro.

Extracción que nos condujo a un proceso político antes inimaginable y con un poderoso imaginario social que rápido se infla y rápido se desinfla para escarnio o celebración de un liderazgo político realmente atomizado en las dos aceras, forzado a dejarse representar por actores transitorios como más o menos ha ocurrido en la última década y media. El papel que ha jugado la Constitución de la República ha sido prácticamente nulo frente al arrollador hecho político que obliga al gobierno a invocar el texto como un relato mínimo y posible para intentar preservar la lealtad de sus cuadros, incluida una mesa de negociación que, a ratos, presentan como si fuese una concesión graciosa al “oposicionismo”.

Poco importa que coincida la excarcelación de prisioneros políticos, quedando otros pendientes, con las sesiones formales e informales de la consabida mesa, pues algunos voceros oficiales niegan que la excarcelación haya sido objeto de discusión formal o informal a favor del relato en cuestión. E, igualmente, se hacen y nos hacemos los pendejos porque no se llenaron los extremos de los artículos 233 y 234 constitucionales, quedando la queja por ahí la queja doctrinaria de los más avisados y la improvisada de los leguleyos de ocasión en torno a las faltas absoluta y temporal del presidente de la República.

Nos hemos deslizado hacia un país fantasmal: de nuevo Comala, en lugar de Macondo, en país en el que la Constitución es invocada retóricamente para sostener algo más que un relato que es el de la apariencia de continuidad institucional. El hecho político se impone a la norma constitucional porque las instituciones han perdido capacidad efectiva para procesarlo. Luego, la Constitución permanece como lenguaje de legitimación, pero ya no funciona con igual eficacia como instrumento de ordenación de la realidad política y de esa fractura surge la Venezuela fantasmada al sobrevivir ciertas formas, discursos y rituales del Estado mientras disminuye su correspondencia con el poder efectivo.

Esa discursividad puede advertirse en escenas casi espectrales: la pequeña tropa de la Guardia Nacional que trota de madrugada por las calles adyacentes, coreando a viva voz la hazaña del 4-F; o, de manera todavía más gráfica, en la valla colocada a la entrada de la Comandancia General en El Paraíso, Caracas, que reclama la devolución de Maduro y de su esposa. Vecinos y transeúntes coexisten con esa versión de la realidad de un poder que se supone del Estado, por cierto, en los términos del artículo 328 de la Constitución.

Un ritual del pasado, remembranza de los soldados que ni siquiera habían nacido en 1992, o la negación simbólica del presente con una valla que está ahí, en el paisaje cotidiano, mientras la realidad atenaza cruelmente a peatones y conductores de todos los estratos sociales del lejano oeste capitalino. Sobre todo al apuntar a la inflación despiadada y a esa sensación pesimista que luce natural, siendo imposible simularla.

30/08/2026:

https://lapatilla.com/2026/08/30/luis-barragan-espectros-de-una-realidad-politica-que-ya-cambio/

Amplitud

EGO Y VIDA

(San Mateo, 16: 21-27)

Enrique Martínez Lozano

El ego tiene una mirada miope e interesada y se rige por la ley del apego (a lo que le gusta) y de la aversión (hacia lo que no le gusta). Como resultado de ello, nos encierra en una jaula estrecha que, antes o después, se manifiesta como un laberinto de sufrimiento, del que –por más trabajo psicológico que realicemos- resulta imposible salir mientras permanezca la identificación con él.

Las crisis –los contratiempos de todo tipo-, que frustran al ego, suelen ser mensajeros, a través de los cuales, la Vida busca enseñarnos la sabiduría que nos permita salir de aquella jaula.

Al sentirse frustrado, el ego puede “rebotar” y acomodarse de nuevo, alimentándose de compensaciones y expectativas. Pero no será raro que llegue a un punto en que se encuentre sin salida. Es precisamente entonces –la mente piensa que se derrumba todo- cuando puede producirse la oportunidad de un cuestionamiento mayor, que haga ver la inconsistencia del ego, así como sus modos de funcionamiento.

Si eso ocurre, empieza a cesar la identificación con el ego, se hace posible salir de su jaula y aquella mirada miope e interesada empieza a ampliarse: el centro de interés se ha desplazado hacia la Vida, como aquella identidad que todos compartimos. Y es precisamente ahí donde es posible la libertad y la liberación del sufrimiento. La crisis ha cumplido su papel y no nos quedará sino gratitud por todo lo vivido.

Esta lectura, realizada desde la psicología transpersonal y el modelo no-dual, es totalmente coherente con las sabias palabras de Jesús que leemos en el texto que da pie a este comentario.

Tras la bienintencionada, aunque totalmente equivocada reacción de Pedro –es la reacción característica del ego: rechazar siempre lo que él considera “malo”-, Jesús responde con firmeza: ese modo de pensar no es de Dios, es decir, no se corresponde con nuestra verdadera identidad. Al contrario, tal reacción, por más que a nuestra mente le parezca la mejor, se convierte para nosotros en “Satanás” (= adversario), en un tropiezo que nos impide avanzar en la dirección adecuada.

Esto no significa que Jesús haya tomado un camino dolorista, en el que se valora el dolor por sí mismo. En absoluto. Jesús vive en la sabiduría de donde brota la fidelidad. No vive para el ego que busca siempre su interés y comodidad, sino que está anclado en aquella identidad profunda, en la que se permite que la Vida fluya a través de nosotros, en una actitud de aceptación o de rendición sabia. Y así es como lo explica en las palabras que añade a continuación.

El que quiere salvar su ego, pierde la Vida. Porque se encierra en aquella estrecha jaula de que hablaba más arriba y se introduce en un laberinto de inevitable sufrimiento y, en último término, de vacío y sinsentido. Una existencia egocentrada, aunque aparentemente satisfactoria para el ego (incluso hasta “ganar el mundo entero”), no puede evitar una sensación de profunda insatisfacción.

Por el contrario, al descubrir la trampa de ese encierro reductor, al dejar de identificarnos con el ego, lo primero que experimentamos es una sensación de Amplitud, donde sentimos que nuestro corazón se ensancha y descubrimos que el horizonte es en realidad infinito.

En personas que inician un camino espiritual, me es dado ser testigo de esa sensación de amplitud que descubren y disfrutan, como germen de transformación.

Si quieres hacer “operativa” la palabra de Jesús, puedes probar algo así: no te reduzcas a tu personalidad –la “persona” es solo la máscara- o yo psicológico. Tienes un psiquismo –igual que tienes un cuerpo- al que cuidar, pero tu identidad no es esa. Eres Vida, la Vida única, que en ti ha tomado transitoriamente esta forma. Deja caer todos los pensamientos, para que puedas ver el engaño que supone identificarnos con la mente. Nota la pura y desnuda consciencia de ser, hasta reconocerte en ella. Al haber “perdido” el ego (la identificación con la mente), has encontrado la Vida.

Ilustración: S/a: https://www.etsy.com/fr/market/j%C3%A9sus_disciples_art

28/08/2014:

https://www.feadulta.com/ego-y-vida/

Padre S. Martín. Nadie hace caso al Papa:

https://www.youtube.com/watch?v=Ug-zRSwGQMU

Padre Guzmán Karadima: 

https://www.youtube.com/watch?v=AZBtB6v4Fs4

Papa León:

https://www.youtube.com/watch?v=mPy90tc5XRc

Padre S. Martín: 

https://www.youtube.com/watch?v=7DidO7k2fWQ

Monseñor Porras:

https://www.youtube.com/watch?v=gd4lSrk3vuQ&t=42s

José León:

https://www.youtube.com/watch?v=LWnDhNeaJV8

Monseñor Munilla: 

https://www.youtube.com/watch?v=ICx_oKNfNHE&t=49s

sábado, 29 de agosto de 2026

Regressus

LOS JUDÍOS DEL SIGLO XXI

José Rafael Herrera

Cuando se habla de regreso necesariamente se está hablando de volver. Hay regresos que comienzan cuando ya no es posible volver al lugar del que se partió. Un desplazado lleva consigo el peso del mundo que ha perdido mientras reconstruye su inteligibilidad. El regreso no es solo una cuestión de geografía: es esencialmente una cuestión histórica. Un regressus es un re-tornar sobre lo vivido, un intento de comprensión de aquello que, mientras se vivía, permanecía oculto bajo la apariencia de lo cotidiano. No todo el que se ve obligado a dejar su tierra puede volver. Pero no todo el que se va tiene la posibilidad de decidir dónde vivir y esta parece ser la experiencia más desconcertante y dolorosa de la diáspora venezolana del presente.

Más de nueve millones de venezolanos viven hoy fuera del país. No todos se fueron por las mismas razones, ni todos conservan la misma relación con Venezuela. Algunos desean regresar. Otros no. Algunos esperan que las condiciones políticas cambien para hacerlo. Otros han reconstruido sus vidas lejos de su patria. Pero existe algo que los marca, más allá de sus deseos individuales: muchos no pueden decidir libremente dónde tendrán que continuar sus vidas. Unos no pueden regresar, porque las condiciones políticas o económicas que provocaron su salida permanecen intactas. Otros, que tienen razones para temer la persecución, no pueden ser devueltos sin poner en riesgo la propia existencia. Y otros están siendo expulsados de los países donde habían conseguido rehacer sus vidas. La paradoja es cruel: los que se fueron porque no podían quedarse descubren que tampoco pueden decidir libremente dónde establecerse.

Hannah Arendt comprendió como pocos esta condición. En Nosotros, los refugiados, compuesto desde su propia experiencia del exilio, no presenta al refugiado como una simple víctima de las circunstancias ni como alguien que se ha trasladado de un territorio a otro. El refugiado constituye una nueva figura histórica: la de aquel que ha perdido el lugar jurídico-político desde el cual podía aparecer ante los demás como alguien. No basta con tener derechos abstractamente reconocidos. Es necesario pertenecer a una comunidad política capaz de reconocer efectivamente a sus ciudadanos.

De ahí proviene una de las intuiciones más estremecedoras de Arendt: "el problema del refugiado no consiste únicamente en haber perdido determinados derechos, sino en haber perdido aquello que hace posible tener derechos". El refugiado queda suspendido en un espacio intermedio: ya no pertenece al mundo que abandonó, pero tampoco pertenece plenamente al mundo que lo recibe. Al igual que los judíos, los venezolanos conocen demasiado bien esta experiencia. Se trata de una semejanza histórica que no puede ser ignorada. Es evidente que hablar del venezolano desplazado no es lo mismo que hablar del judío europeo perseguido por el nazismo. La Shoá, el Holocausto, constituye una singularidad histórica que no necesita analogías fáciles para revelar su horror. Sería irresponsable establecer una equivalencia entre ambas experiencias. Pero reconocer la diferencia no impide advertir las semejanzas. Y esta última se halla en la condición histórica que adquiere un pueblo cuando la dispersión deja de ser una circunstancia individual para convertirse en una forma colectiva de existencia.

Durante siglos, ser judío significó, entre otras cosas, vivir en la diáspora: conservar su lengua, sus costumbres, sus vínculos y el recuerdo común lejos del propio territorio. La expulsión, la persecución y el rechazo convirtieron al extraño en una condición histórica. El pueblo judío podía integrarse, trabajar, hablar la lengua del país de acogida y participar de su vida cotidiana, pero la experiencia de haber sido humillado y expulsado una y otra vez se transformó en una constante de su historia. Algo de esa estructura histórica ha vuelto a aparecer hoy día, bajo otras determinaciones. No porque los venezolanos no sean judíos (aunque los hay). No porque sus tragedias sean equivalentes. No por causa de su religión o de sus tradiciones, sino porque una parte del mundo contemporáneo se ha empeñado en revivir el prejuicio del hombre “puro”, ario o gentil, para quien la figura del strange deja de ser una condición transitoria para devenir “el enemigo”, el causante principal de sus desgracias.

La diáspora venezolana constituye uno de los casos más visibles de esta nueva condición. El venezolano que abandonó su país tuvo que aprender a vivir fuera de casa, reconstruir sus vínculos, reinventar sus oficios, aprender otras costumbres y demostrar continuamente que merecía estar allí, donde había decidido estar. Tuvo que explicar su procedencia, justificar su presencia, acreditar su honradez, demostrar su capacidad de trabajo y, muchas veces, desmentir los prejuicios asociados con su nacionalidad. Espontáneamente debió convertirse en extranjero vigilante de sí mismo.

Pero en distintos lugares, el venezolano que logró rehacer su vida de pronto quedó sometido a la incertidumbre de la expulsión. Ya no se trataba de la vieja figura del extranjero que debe integrarse, sino de alguien que puede ser obligado a abandonar el lugar donde construyó su nueva residencia y, en determinados casos, ser enviado de regreso a un país donde teme ser perseguido, encarcelado o en el que no encuentra las condiciones materiales para reconstruir su vida. Y, por si fuese poco, la deportación hacia terceros países introduce una figura premeditadamente cruel. El hombre que no puede regresar a su país de origen puede ser enviado a un país con el que no posee vínculos. En 2026, se han documentado deportaciones desde los Estados Unidos hacia terceros países, y los venezolanos constituyen una proporción particularmente significativa de esas expulsiones.

El mapa de la diáspora comienza a adquirir una dimensión absurda: quien huyó de Venezuela puede terminar en El Salvador, en Liberia o en cualquier otro territorio. El exiliado deja de ser alguien que vive fuera de su país para convertirse en alguien a quien tampoco se le permite decidir cuál será su destino. La condición de la diáspora no solo consiste en estar lejos de su patria. Consiste en experimentar la ruptura del vínculo espontáneo entre hombre, territorio, comunidad y pertenencia. El extranjero ya no es únicamente quien vive en otro lugar: es aquel cuya pertenencia puede ser puesta en permanente cuestionamiento. Es por eso que el problema del regreso adquiere un significado distinto. El judío de la diáspora tuvo durante siglos que vivir con la paradoja de pertenecer a una historia sin disponer de un territorio político propio. El venezolano del siglo XXI comienza a experimentar, bajo condiciones históricas enteramente diferentes, una paradoja semejante: pertenecer a un país al que no puede regresar y vivir en países que pueden decidir que tampoco puede permanecer en ellos.

Regressus no significa el deseo en abstracto de volver a Venezuela. Es, más bien, el movimiento reconstructivo mediante el cual el desplazado vuelve sobre aquello que perdió para intentar comprender y superar. La distancia convierte la experiencia en problema. Lo que desde adentro parecía natural -la lengua, la calle, los afectos, las instituciones, los hábitos, la vida cotidiana- aparece desde afuera como algo que amerita ser comprendido. El exiliado descubre la paradoja: sólo después de perder su mundo comienza verdaderamente a contemplarlo. Gris sobre gris. Este es un descubrimiento que no tiene por qué producir nostalgia. Tampoco exige el regreso de todos. Porque también el que no quiere volver está atravesado por la historia de aquello que ha dejado atrás. Puede incluso querer olvidarlo, pero el mundo perdido continuará actuando en él. Un país no desaparece cuando se abandona su territorio. Permanece en las imágenes, las palabras, las costumbres, los afectos, las formas de relacionarse, los recuerdos familiares y los sueños, las maneras de comprender la autoridad, el trabajo, la amistad, la política. En fin, en el amor Dei intellectualis. El desplazado lleva consigo mucho más que un pasaporte: lleva consigo una forma histórica de ser. Regressus no significa, pues, el simple deseo de regresar a Venezuela. Significa volver sobre aquello que ha hecho posible ser quien se es.

La historia no vuelve como vuelve una rueda. Vuelve transformada, bajo otras circunstancias y con otros protagonistas. Quizá por eso resulte tan inquietante contemplar hoy la aparición de nuevas diásporas, nuevos extranjeros y nuevas formas de expulsión. Lo que se creía definitivamente superado reaparece bajo otras figuras. Si bien el venezolano de la diáspora no es el judío de la historia europea, puede experimentar algo que la historia judía conoció durante siglos: la expulsión no termina necesariamente cuando se cruza una frontera. A veces comienza ahí.

En tiempos de xenofobia, los venezolanos experimentan una condición histórica que recuerda, bajo otras determinaciones, algunas de las injusticias que durante siglos sufriera el pueblo judío. Ambos pueblos se han esparcido por el mundo, conservan su lengua, su religión, sus costumbres y sus recuerdos. Reconstruyen sus comunidades lejos de la patria, aunque su relación con la tierra abandonada permanece abierta, aun habiendo tenido que rehacer sus vidas. Quizá la tragedia del exilio no consista en la imposibilidad de volver, sino en el hecho de que el regreso pueda dejar de ser una decisión propia. Al final, el regressus es el movimiento del espíritu de un pueblo que intenta comprender la causa de la experiencia que lo ha despojado de su derecho a tener un lugar en el mundo.

Ilustración: El Nacional. 

29/08/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/los-judios-del-siglo-xxi/

El llamado a deliberar

CIUDADANÍA O VASALLAJE

Jonatan Alzuru Aponte

¿Elecciones para qué? Esta pregunta me la hice con un dolor en el alma. Imagino la escena: una multitud frente a mi escritorio me grita al unísono que la respuesta es obvia, que se trata de derrotar a la autocracia, de restituir la democracia. La masa se impacienta, me interpela con agresión y me acusa de infiltrado por el solo hecho de preguntar.

La escena no es ficticia; es el mapa exacto de las redes sociales. Ese no es un espacio de diálogo, sino de reafirmación de lo que piensa y del linchamiento de la discrepancia: la soledad disfrazada de multitud. Una interacción cacofónica, incapaz de concierto, donde se invalida la pluralidad. Rechazo ese no-lugar por una razón estética y política: entiendo la comunidad como un concierto de voces, una trama heterogénea de historias e intereses diversos y opuestos que se encuentran para responder cómo convivir, concibiendo el país como una obra de arte colectiva en permanente gestación.

No escribo desde la distancia de un espectador ajeno: escribo para comprender la comunidad que me constituye. Mi cuerpo no es independiente de la tierra donde nací; el azar me arrojó a ella, pero con conciencia la elijo y, aun marcando mi diferencia, me habita. Comprender mi sociedad es comprender mi propia existencia. Por eso la pregunta no es una provocación vacía, nos va la vida en ella: ¿Qué deseamos realmente cuando pedimos elecciones?

Deseamos la aplicación de una regla de juego, un procedimiento para dirimir quién ejercerá el poder público. Sin embargo, suponer que la mera mecánica electoral generará, por sí sola, una transformación sociocultural es puro pensamiento mágico. La elección es una herramienta, no una virtud moral. No se es demócrata por acudir a las urnas; se acude a las urnas y se acata el resultado porque previamente se ha asumido una forma de ser y estar en el mundo centrada en la celebración de la diferencia y en el debate riguroso de las ideas para construir un horizonte de sentido colectivo, asumiendo las discrepancias, los disensos y los consensos.

El voto no transforma la realidad; lo que transforma a una sociedad es el cambio en sus prácticas políticas y en la acción de sus ciudadanos. Quien deposita toda su fe en el acto comicial muestra una credulidad ciega que supera incluso a la fe religiosa. En el cónclave papal, antes de la votación, los cardenales deliberan de manera racional, jerarquizan las necesidades de la institución y fijan los compromisos que el electo deberá asumir. No delegan el destino de la comunidad a la divinidad, ni a la voluntad individual de los electores... ni de quien será electo. Se hacen corresponsables del destino de la institución: aun desde la fe, se trata de una acción de razón y de Gracia.

En la Venezuela actual, la transformación exige comprender que el procedimiento electoral es estéril sin una deliberación previa. La reconstrucción del país no deriva del triunfo de un nombre, sino del acuerdo de la nación; un pacto republicano gestado en espacios reales de discusión pública, cuyo cumplimiento sea el marco vinculante para quien resulte electo. Lo que afirmamos para el futuro electoral aplica con mucha más razón para el proceso de transición.

Entender que la transformación exige deliberación implica abordar los verdaderos nudos gordianos del país, comenzando por la reestructuración de la institución militar.

Este no es un asunto técnico para especialistas o conciliábulos de antiguos generales. La Fuerza Armada padece una deformación estructural: a la hipertrofia de una alta oficialidad desproporcionada se suma, junto al monopolio de la violencia, un vasto poder económico que administra mediante decretos hidrocarburos, minería, finanzas, alimentos y medios. Al deliberar políticamente y acumular tal escala de poder, el estamento militar se convirtió en el factor decisivo para estabilizar o descarrilar cualquier cambio, actuando como árbitro fáctico en el despojo de la soberanía popular y en la negociación de la soberanía nacional frente a potencias como Estados Unidos. Es inexplicable el régimen de Delcy Rodríguez sin la bendición de la institución armada.

Precisamente porque custodian las armas de la nación, la reforma militar es el debate político de primer orden. Exige un acuerdo nacional donde las fuerzas políticas, económicas y la sociedad pacten la subordinación del poder militar al civil. Lo propio ocurre con el sistema de salud o el modelo educativo: su colapso no se resuelve con promesas de campaña ni con la llegada de un nuevo gobierno, sino fijando de forma deliberada las prioridades de su reconstrucción y el modo de ejecutarla. Sin este debate y sin una conciencia colectiva sobre los fines del país, la sociedad abdica de su soberanía: cualquier elección no será más que un cambio de rostro bajo la misma tutela de las armas, el mismo desamparo institucional y la misma disposición al vasallaje. Una comunidad que renuncia a discutir su propio destino está condenada a la sumisión.

La gran ausencia venezolana no es técnica, sino propiamente política: la renuncia deliberada al debate público. Cuando la dirigencia política —de cualquier signo— asume que la sociedad no está capacitada para participar en la discusión de los fines nacionales, la condena a una perpetua minoría de edad en sentido kantiano. Menospreciar la madurez de la comunidad bajo el pretexto de sus urgencias o su fragilidad, y erigirse en el gendarme ilustrado o el tutor necesario, no es más que una práctica aristocrática que reproduce exactamente la lógica que se pretende transformar. Quien niega la deliberación no busca ciudadanos, sino menores de edad necesitados de tutelaje. La verdadera democratización no consiste en cambiar la mano que sostiene las riendas, sino en devolver a la sociedad su condición de sujeto político soberano, capaz de dictar las reglas y los fines de su propia convivencia.

Ilustración: El Nacional. 

29/08/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/ciudadania-o-vasallaje/

Se deja constancia

26/08/2026: https://www.youtube.com/watch?v=y7Qowwvmqw8&list=RDy7Qowwvmqw8&start_radio=1