EL PAÍS. Madrid, 11/07/2026.
miércoles, 15 de julio de 2026
martes, 14 de julio de 2026
Gracias por tu nota, Hermann
ESPIRAL DEGRADATIVA DEL ESTADO
Hermann Alvino
Muy interesante tu
reflexión. Sin duda, el Estado venezolano conservó casi todas las apariencias
institucionales al tiempo que se iba desprendiendo de sus "capacidades más
elementales", lo cual, como tú dices, ciertamente no es atribuible a la
común adjetivación de "Estado fallido", porque este no es la causa de
ese "desprendimiento", sino el efecto final.
Un ejemplo muy pertinente es
el del cuento de la rana que se va cocinando sin percatarse de ello mientras la
temperatura se incrementa imperceptiblemente, hasta que ya es tarde para
reaccionar.
Como siempre te digo, no
hace falta autoflagelarnos, puesto que ese fenómeno ya ocurrió en Italia, que
es el ejemplo más directo porque ese país ya ha llegado a extremos impensables
para una democracia occidental, o europea. El poder casi absoluto de la Democracia
Cristiana fue tragándose todos los protocolos destinados al control de gestión
a cargo de los diversos poderes del Estado, en un proceso siempre tutelado por
EE. UU. a cuenta del temor a que el comunismo soviético penetrara formalmente
en las instituciones italianas. Esa pérdida de controles administrativos desató
una corrupción sistémica irreversible que provocó un juicio histórico que, al
final, liquidó aquella república. Pero, paradójicamente, en vez de acabar con
la corrupción, se abrió el ciclo histórico de Berlusconi, con su rostro joven
de promesas de tipo chavista de renovación total, cuando en realidad él era el
mal estatal en persona, un pionero de la descomposición institucional frente al
cual Trump es un angelito. Ahorro detalles de las travesuras ocurridas en los
últimos treinta años, de todos los partidos, inspiradas en ese berlusconismo y
avaladas por los mismos italianos. Italia, en la actualidad, dejó de ser una
democracia seria.
Pero aquella degeneración
institucional no fue cosa de un día, ni de un período legislativo, sino que se
fue consolidando durante las décadas, con una que otra ley al parecer
inofensiva, uno que otro tribunal o juez prevaricador al cual no se le puso
correctivo porque los políticos comenzaron a cuidar sus cargos y ello exigía no
"mojarse", no hacer adversarios. De repente, uno que otro amiguito(a)
ocupa un cargo interesante pasando por encima de la carrera administrativa; un
contralor mira para otro lado con relación a una licitación cuyo monto fue
dividido en varias partes para saltarse los controles, etc., y al final el
Estado, como tal, deja de reaccionar, puesto que la dejadez o laxitud
institucional, y la prevaricación y la corrupción, coparon esos centros de
decisión.
Otro buen ejemplo es el
mantenimiento de infraestructuras. Dejemos de inspeccionar un ascensor cuyo uso
es intensivo y a veces abusivo, o eliminemos una rutina de limpieza en las
estaciones del metro, o una pequeña inspección en los rodamientos de las ruedas
de los vagones, o dejemos de parchear los huecos de las calles, o parchearlos
mal, y al final todo se nos vendrá encima por la acumulación de esos pequeños
detalles cuyo abordaje se iba descuidando.
Lo que genera indignación es
que todo ello se sabía, porque todos sabían que la dejadez tribunalicia o la
permisividad ante la corrupción no se autorregula, sino que tiende a crecer
como la entropía; al fin y al cabo, ambos términos son sinónimos de desorden.
Todos saben que descuidar el mantenimiento equivale a la degradación de una
infraestructura que, al final, será irreversible y se tendrá que sustituir por
una nueva.
Por eso es que en Venezuela
hará falta un Estado "nuevo", sin andar perdiendo tiempo en los
detalles de las causas de la actual degeneración, porque estas están más que
claras; esto es, una élite civil de la democracia y luego del chavismo, con una
élite militar junto a esta última, que, en vez de gobernar en función del bien
común y de la preservación del Estado, se dedicaron a esquilmarlo, pensando
cada uno de ellos(as) que su pecadillo de corruptelas, de prevaricación o de
mirar para otro lado era solo un gesto insignificante que no iría a cambiar
nada, sin percatarse de que, si gestos así los realizan miles de funcionarios,
el efecto final será el derrumbamiento institucional.
Pero, infortunadamente, ese
crimen de gobernanza no solo es protagonizado por esas élites, sino que también
lo es por el ciudadano, con su indiferencia, con su voto cómplice, con su falta
de voluntad para participar en la selección de gente decente para ser
candidatos de los diversos partidos. Y con ello se cierra el círculo.
Pero, por otra parte, que no
nos quepa duda de que, por más que un país, un pueblo y unas élites gobernantes
decentes se propongan mantener la decencia y la eficacia estatal, la gobernanza
siempre sufrirá fuerzas centrífugas que, con el paso del tiempo, costará cada
vez más mantener a raya. Es en medio de ciertos descuidos institucionales, sea
por mala voluntad o porque en ese ciclo le tocó a una camada de gobernantes más
incompetente o insensible a esta realidad, que se van colando los farsantes
cuyo trabajo será comerse al sistema desde sus mismas entrañas, con esa ley al
parecer inofensiva mencionada anteriormente, o directamente con una labor de
zapa manifestada en los conocidos mensajes antisistema, a los cuales siempre
habrá alguien dispuesto a aceptar. En este sentido, con relación a eternizar
una democracia decente, creo que hay que ser pesimistas y tener claro que, en
algún momento, nuestra imperfección humana degradará el Estado que nos ha
tocado gestionar y habrá que empezar de nuevo, con nueva gente que crea en los
valores de ese contrato social que sus antecesores liquidaron sin pestañear.
Pero bueno, estas son ideas
sueltas... Gracias por enviarme tus posts.
(*) Respuesta por WhatsApp al articulo LB sobre estatalidad y transición:
Ilustración: Burt Lewis.
Cfr.
https://apuntaje.blogspot.com/2026/07/el-curso-natural-de-las-cosas.html
¿El curso natural de las cosas?
ESTATALIDAD Y TRANSICIÓN
Justificadamente,
propendemos a reclamar la democracia como soporte del cambio histórico, por supuesto,
concibiéndola, aun sin advertirlo, como democracia liberal en los términos
universalmente aceptados. Sin embargo, desgraciadamente probado por los
recientes terremotos, todo parece indicar que la democratización difícilmente
podrá consolidarse sin la reconstrucción de la estatalidad como objeto
fundamental de una transición que exige discutir su naturaleza, características
y alcances.
Al indagar sobre las fuerzas
organizadoras del poder, Michael Mann recuerda que las hay en el orden ideológico,
económico, militar y propiamente político que generan, a su vez, recursos y
organizaciones particulares con una lógica capaz de redondear la autonomía
relativa del Estado. Y ese Estado crecientemente fantasmal en el presente siglo,
ya no se le concibe y, menos todavía, actúa como un conjunto diferenciado de
instituciones y funcionariado que implica una centralidad de las relaciones
políticas, abarcando un territorio demarcado, capaz de imponer normas
vinculantes con el respaldo de una fuerza física organizada, porque está
reducido al gobierno como única expresión.
En efecto, por una parte, lo
que se entiende por Estado ha dependido
casi exclusivamente del empleo de la fuerza que reclama como suyo el poder
político que deviene despótico cuando prescinde del resto de las capacidades
que, por otra, configuran el llamado poder infraestructural. Entonces,
convengamos que la existencia del Estado no obedece exclusivamente al monopolio
lícito y legítimo de la fuerza, sino que lo conjuga una variedad de funciones de
razonable equilibrio que también lo legitiman en el orden de la seguridad, educación,
telecomunicaciones, administración de justicia, recaudación fiscal, etc.
Además, concebido el Estado
como la extraordinaria empresa política de una simultánea integración
territorial, económica, social y cultural que organiza y coordina, desplegando
todas sus capacidades, encuentra en la vida democrática y la realización de las
libertades el más adecuado camino para canalizar y resolver los naturales
conflictos en paz, reivindicando la dignidad de la persona humana. Degradadas
esas capacidades, como la evidencia empírica lo demuestra con las consecuencias
inmediatas del doble desastre natural, a punto de desaparecer, el Estado entra
en una espiral de debilidad y confusión gracias a la expansión de los poderes
paralelos de un despotismo infuncional, con territorios en los que ejerce una
dudosa autoridad y la conformación de una ciudadanía desigual que ensaya
constantemente con una migración interna y externa para la difícil subsistencia
personal y familiar.
La nada convencional
transición que nos espera, inaplazable en defensa nada más y nada menos que de
la mismísima estatalidad, requiere de una extraordinaria conducción opositora
que convierta la experiencia democrática, la liberación y la libertad como
soporte esencial para la edificación y consolidación de un modelo alterno y
consensuado de desarrollo. Agreguemos la adecuada implementación táctica y
estratégica para salvaguardar el cambio de los accidentes, incidentes y
coyunturas tan difíciles de prever, con la ineludible reacción de los
adversarios.
La falta de Estado y el
exceso de gobierno que aprendió a actuar sin negociar con la sociedad agobiada
por una intensa propaganda que ha comprometido a la tesorería nacional por
varias generaciones, desemboca en un hecho paradójico. Así, los elencos del
poder establecido no gobiernan, sino que procuran sobrevivir a cualquier precio
al frente de un Estado que no lo es, por lo menos, parecido al que comenzó a
desarrollar sus mejores capacidades funcionales o infraestructurales desde la
dictadura de Gómez, perfeccionándose con la era democrática, en el siglo XX,
descompuestas progresiva y peligrosamente en la presente centuria.
Definido el objeto de la transición como la reconstrucción de la estatalidad, resta responder una pregunta decisiva: ¿Qué ocurrió con el Estado venezolano para que conservara tantas apariencias institucionales mientras perdía progresivamente sus capacidades más elementales? Quizá la respuesta no se encuentre en las conocidas categorías del Estado fallido o de otras adjetivaciones ampliamente difundidas, sino en un proceso más complejo que convendrá examinar antes de proponer cualquier estrategia de reconstrucción nacional.
Ilustración: Ernest Dewey Albinson.
Ilustración intermedia: De El Nacional. Evidentemente procesada por IA,
Fotografía: LB (CCS, 02/05/2026)..
Cfr. https://apuntaje.blogspot.com/2026/07/gracias-por-tu-nota-hermann.html
14/07/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/estatalidad-y-transicion/
lunes, 13 de julio de 2026
Íes y puntos
EL ESCOMBRO Y LA ESPERANZA: LA SOCIOLOGÍA DE UN PAÍS QUE APRENDIÓ A SALVARSE A SÍ MISMO
Vanessa Carolina Rodríguez
Lupo / MiamiNews24
El reciente desastre natural
que sacudió a Venezuela no solo ha dejado una huella física imborrable en el
territorio, sino que ha desnudado, con una claridad casi brutal, la anatomía de
una sociedad que, ante el colapso de sus instituciones, ha aprendido a
reconfigurarse orgánicamente. Lejos de la parálisis que el caos suele inducir,
el país vivió una respuesta colectiva inédita: una coreografía de voluntades
que actuaron con precisión, sin manuales ni directrices estatales.
Para comprender este
fenómeno desde el rigor académico, conversamos con el profesor Samuel J. Pérez
Hermida, sociólogo, docente de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Jefe
del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología de la
FaCES-UCV, y Representante Profesoral Principal ante el Consejo de la Facultad
de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV. Su análisis nos invita a ver este
despliegue de solidaridad no como un hecho anecdótico, sino como un objeto de
estudio clásico de la sociología de la crisis y la acción colectiva.
El orden emergente: La
sociedad como nodo decisorio
Contrario a la creencia
popular de que el desastre desencadena el descontrol, el profesor Pérez Hermida
señala que fuimos testigos de la «emergencia de la comunidad altruista». En un
contexto, donde la estructura institucional estuvo ausente, el sistema social
no se detuvo; simplemente cambió su lógica de jerárquica a reticular. El
especialista sostiene que el venezolano ha desarrollado un habitus de
autogestión tras años de convivir en la incertidumbre. “Ante la ausencia de un
mando central, la sociedad activó lo que denomina capital social compensatorio».
Es decir, «cuando los ciudadanos sienten que el Estado ha dejado de proveer
seguridad o dirección, se activa el capital social de la comunidad», explica el
académico.
En este sentido, destaca
que, en esta dinámica no existió un «gran plan», sino miles de micro-planes
coordinados por la necesidad y una identidad compartida donde cada individuo se
transformó en un nodo decisorio. La legitimidad, en esos días aciagos, no
provino de cargos oficiales, sino del reconocimiento práctico de la utilidad de
la acción en el terreno.
Solidaridad global:
Venezuela dejó de ser un país lejano
La respuesta ante la
tragedia trascendió las fronteras, logrando una movilización de ayuda
internacional y de rescatistas voluntarios que superó las expectativas. Según
Pérez Hermida, esto fue resultado de una convergencia de factores: la diáspora
y la globalización de la empatía.
Por un lado, la migración
masiva ha funcionado como una red transnacional de «embajadores sentimentales».
La tragedia no llegó a un país abstracto, sino a un territorio que el mundo ya
reconoce gracias a los millones de venezolanos que hoy forman parte del tejido
social en otras latitudes. Asimismo, el ruido político de las últimas décadas
situó a Venezuela en el radar global, facilitando que el sufrimiento fuera
comprendido de inmediato.
En la era del conocimiento
en tiempo real, la distancia física ha cedido ante un imperativo ético
cosmopolita donde la viralización del dolor se traduce, inevitablemente, en
acción solidaria.
La fe como refugio cuando todo
se derrumba
En medio de la devastación,
una frase se volvió omnipresente: “gracias a Dios”. No como resignación, sino
como afirmación de vida. Incluso quienes perdieron familiares, casas o medios
de subsistencia encontraron en la fe un punto fijo en un mundo que se volvió
líquido.
Pérez Hermida lo llama
teodicea de la supervivencia: la fe como mecanismo cognitivo para sostener el
sentido cuando la realidad amenaza con destruirlo. «Dar gracias a Dios en medio
de la calamidad es una forma de declarar que, a pesar de la destrucción, el
sentido de la existencia del individuo no ha sido aniquilado». Es un acto de
resistencia cognitiva. En un entorno donde las instituciones racionales y
políticas han fallado constantemente, la fe se ha erigido como el lenguaje
capaz de articular la esperanza.
La religión opera aquí como
un capital social de consuelo, donde las comunidades de fe suplen las carencias
de un Estado desarticulado, convirtiéndose en redes de contención
fundamentales.
La síntesis del sociólogo es
clara: Venezuela sobrevivió gracias a dos fuerzas simultáneas.
La red global, activada por
la diáspora y la solidaridad internacional, que sostuvo la supervivencia material.
La fe, que sostuvo la
supervivencia emocional y espiritual.
Para el académico, ambas
surgieron porque el país lleva años viviendo en desinstitucionalización
profunda. Cuando el Estado no provee futuro, la sociedad se inventa uno. Sin
embargo, destaca que quedan preguntas abiertas: “¿Qué pasará con este ethos de
sobrevivencia cuando la emergencia pase?”, y “¿Esta capacidad de articularse en
redes globales y refugiarse en la fe será el cimiento de una nueva
institucionalidad, o viviremos en un estado de excepción permanente?”. La
respuesta no está escrita. Venezuela demostró que puede sostenerse sola. La
pregunta es si podrá reconstruirse sin que esa sobrevivencia se convierta en
destino.
En tal sentido, el terremoto
reveló algo que estaba allí, escondido bajo años de crisis: la capacidad de los
venezolanos para autogobernarse cuando las estructuras formales fallan. La
emergencia mostró que el país tiene músculo social, inteligencia colectiva y
una resiliencia que desafía cualquier teoría.
La reconstrucción dependerá
de si ese músculo se convierte en institución o si seguirá siendo la respuesta
permanente a un Estado ausente.
Fotografía: Mario Flores (Miamio News 24).
Video: LB, Las Fuentes (CCS, 10/07/26).
13/07/2026:
domingo, 12 de julio de 2026
El otro horizonte
DE LA INTERNALIZACIÓN Y DEFENSA DE LOS VALORES Y DE LA TRANSICIÓN MISMA
Semanas atrás, en un texto crítico en torno a Trump y
su país, Eduardo Serra aseguró para ABC de Madrid que Estados Unidos ha
interiorizado la democracia liberal hasta en los tuétanos. Y, siendo harto
interesantes las razones por las cuales le resulta imposible cultivar
exclusivamente sus propios intereses, en la era del terrorismo y la
deslocalización industrial, no luce difícil constatar la profundidad de sus
creencias en un régimen de libertades democráticas. No obstante, es cuestión de
las pocas o muchas horas que se tengan acumuladas de una vida inspirada en los
principios y valores correspondientes.
En efecto, mal que bien, con todos sus vicios y
fallas, Venezuela tuvo una cultura democrática con la hondura de varias décadas
consecutivas que hizo ingenuamente posible el ascenso de Hugo Chávez al poder a
través de unos limpios comicios como él mismo, después, jamás llegó a ver de
nuevo. Progresivamente, algo por todos conocido, aquella primigenia promesa de
un saneamiento de la administración de justicia de cuyo principal operador
nadie se acuerda, se convirtió en un desmontaje calculado y progresivo del
Estado de Derecho hasta llegar a extremos inauditos ¡en nombre de la mismísima Constitución!
La del gran país del norte tiene una reconocida
trascendencia de dos continuos siglos y medio, pero aún en medio de una cultura
del pluralismo, bajo el imperio de la ley y la funcionalidad de las
instituciones democráticas, puede prosperar un autoritarismo o un totalitarismo
de novedosos perfiles y hábiles ropajes. Por cierto, una distopía de interés
para la literatura que ejemplificamos con Sinclair Lewis y su “Eso no puede
pasar aquí” (1935), o Margaret Atwood y su “El cuento de la criada” (1985)
llevada al cine por Volker Schlöndorff (1990).
Serra tiene razón al destacar la fuerza de una cultura
democrática, pero sería erróneo deducir que, por muy arraigada que ésta se
encuentre, un sistema político está exento de amenazas y peligros. Agreguemos
que una cultura democrática consolidada dispone de mecanismos de prevención y
alerta que ayudan a preservar las libertades: no es casual que una sociedad
como la estadounidense cuente con un vigoroso mercado editorial y
cinematográfico capaz de anticipar, debatir e incluso perfilar los riesgos
autoritarios. Se trata de un recurso cultural del que carecemos ampliamente en
Venezuela y cuya reconstrucción también forma parte de las tareas de una futura
transición democrática.
Entonces, importa y mucho la interiorización o
internalización de los principios y valores democráticos, aunque no constituya
la única garantía para ahorrarnos las amargas experiencias autoritarias. Desde
el instante en que dejamos de promover y hacer, pregonar y testimoniar esos
principios y valores, hubo oportunidades para el pesimismo distópico pintado de
un irresponsable festejo del futuro concedido gratuitamente por los mesianismos
de ocasión, los benefactores de circunstancias, los dadores de una coyuntura
fríamente elaborada.
Promoción, pregón y testimonio que resultan
indispensables al entrar en la fase de transición y en el intento de enderezar
los entuertos mientras caminamos hacia ella, y que tenga a todas las
organizaciones de la sociedad civil y la más especializada de sus expresiones,
los partidos, como propulsores estelares. Además, en estos tiempos digitales,
abaratando mucho el esfuerzo que antes requería únicamente de la
presencialidad, importan los cursos, talleres, conferencias, cuñas, libros, conversaciones,
foros, magazines y hasta dramatizaciones
que nos digan para comenzar qué es la libertad democrática y sus cómo, dónde,
cuándo, etc.
Un modo eficaz de internalizar y defender los valores
y la transición democrática misma.
Ilustración: Guy Billout.
13/07/026:
Caza de citas
“Se oyó cómo unas lágrimas caían sobre el tatami. Era un sonido extrañamente exagerado. Por un momento, Junpei creyó que era él quien estaba llorando sin darse cuenta. Pero era Sayoko quien lloraba. Tenía el rostro sepultado entre las rodillas, sus hombros se estremecían en silencio”
Haruki Murakami
(“Después del terremoto”, Tusquets, Barcelona, 1999: 113)
Ilustración: Zalas Anderzak.
Noticiero retrospectivo
- Martha Fuentes, Florencia Tovar y Txomin las Heras. Foro con Chi-Yin Chin (decano de Economía UCAB): “En el país no hay lugar para un nuevo ajuste”. Economía Hoy, Caracas, 31/05/1993.
- Juan Herrera. “Es incierto que seamos pasivos en el gobierno y beligerantes en la oposición”. AD, Caracas, 21/10/82.
- Luis Herrera Campíns. “Al momento: Carter y el nuevo estilo de política d EUA”. El Universal, Caracas 20/03/77.
- Joaquín Marta Sosa entrevista a Atahualpa Yupanqui. El Nacional, Caracas, 10/09/72.
- Luis Herrera Campíns analiza el caso de Chile. Resumen, Caracas, 24/03/74.
Reproducción: “Opina Eduardo Machado: Los marcusianos son una legión de contrabandistas ideológicos”. Deslinde, Caracas, 15 al 21/08/1969.
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VENEZUELA DESPUÉS DE LOS TERREMOTOS Antonio de la Cruz Hay catástrofes que destruyen ciudades y otras que, además, derriban ficciones. L...
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