TERREMOTO EN VENEZUELA:
CUATRO SIGLOS DE CIUDADES CAÍDAS, MIEDOS Y MEMORIA BAJO LA TIERRA
Luis Perozo Padua
La tierra comenzó a hablar
antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si
una carreta inmensa avanzara bajo las calles.
Después vino el
estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y
el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.
Venezuela, que muchas veces
se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones,
también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por
el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias
convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el
suelo con respeto.
No hubo siglo tranquilo.
Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque
hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una
advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se
concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la
Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria.
Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica.
Pero esa cifra, por sí sola,
no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó
desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde
en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche
caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con
el ruido de un terremoto.
El día que Caracas corrió
hacia las calles
El 11 de junio de 1641,
entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad
extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña,
de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que
organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de
siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores,
puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.
Entonces la tierra se movió.
El terremoto de San Bernabé
fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La
población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban,
los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se
extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación
científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal
sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del
cielo.
Caracas quedó gravemente
dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que
durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación
contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía
inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.
Aquella mañana de 1641 dejó
una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede
política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la
provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad
humana.
Cumaná bajo el amanecer de
1766
Más de un siglo después, el
21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor
terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas
comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una
magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados
Sucre y Nueva Esparta.
La tragedia tuvo su rostro
más severo en Cumaná.
La ciudad oriental, antigua,
marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las
casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una
nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las
poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los
habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; solo podían
contar ruinas, ausencias, grietas y campanas mudas.
En Caracas también hubo
estragos. La Catedral, San Pablo, San Lázaro y otros templos sufrieron daños
severos. El terremoto no respetó distancias ni jerarquías: estremeció pueblos,
ciudades, iglesias y haciendas. No se conoce con precisión el número de
muertos. En el siglo XVIII, las cuentas oficiales llegaban tarde, incompletas o
no llegaban nunca. Muchas víctimas quedaron sin nombre en los registros, pero
no sin lugar en la memoria.
El terremoto de 1766
confirmó que Venezuela era un territorio sísmico antes de que el país tuviera
conciencia moderna de esa condición. Las autoridades coloniales podían ordenar
reparaciones, levantar informes y reconstruir templos, pero no podían evitar
que el subsuelo continuara acumulando tensión.
El Jueves Santo que sacudió
la República
El 26 de marzo de 1812,
Venezuela estaba partida por la guerra. Apenas un año antes se había declarado
la Independencia y la Primera República trataba de sostenerse en medio de
conspiraciones, campañas militares, conflictos internos y una población profundamente
dividida entre patriotas y realistas. Era Jueves Santo. Las iglesias estaban
llenas. En Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras
poblaciones, la liturgia reunía a miles de fieles.
A esa hora, la tierra
intervino en la historia política.
El terremoto de 1812 no fue
únicamente un desastre natural. Fue también un golpe moral contra la causa
republicana. Su magnitud ha sido estimada entre 7,7 y 8,0. En algunos lugares
se habla de dos movimientos sísmicos que devastaron una parte importante del
territorio. Caracas perdió miles de habitantes. La Guaira quedó herida. Mérida
sufrió una mortandad considerable. Barquisimeto, Santa Rosa y San Felipe
quedaron entre las poblaciones más castigadas.
Los muertos se contaron por
millares. Algunas estimaciones hablan de 10 mil fallecidos en Caracas, 3 mil en
La Guaira, 5 mil en Mérida, entre 4 mil y 5 mil en Barquisimeto y 3 mil en San
Felipe. En total, varios historiadores han ubicado la cifra nacional alrededor
de 20 mil o incluso 26 mil víctimas. No todos los cuerpos pudieron ser
rescatados. Muchos cadáveres, atrapados bajo escombros y expuestos al calor,
fueron quemados en montones para contener la descomposición y el riesgo
sanitario.
En medio de aquella
devastación, algunos religiosos difundieron la idea de que el terremoto era un
castigo divino contra la sublevación patriota. La interpretación cayó sobre una
población aterrorizada y profundamente creyente. Los realistas encontraron en
la tragedia un argumento político: Dios, decían, había castigado la rebelión
contra Fernando VII.
La República, debilitada por
las armas, sufrió también el golpe del miedo.
En esa escena de ruinas se
ubica una de las frases más conocidas atribuidas a Simón Bolívar. Ante la
naturaleza desatada, habría dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos
contra ella y haremos que nos obedezca”. Más allá de las discusiones sobre el
contexto exacto de la expresión, la frase sobrevivió porque condensó una
voluntad: no rendirse ni ante la guerra ni ante la catástrofe.
Pero lejos de los grandes
nombres de la Independencia, el terremoto también tuvo una geografía íntima. En
Cabudare, según investigaciones del cronista Taylor Rodríguez García, la
tradición oral exageró durante años la destrucción del poblado. Para 1812 no
existía allí un casco urbano consolidado, sino apenas viviendas rurales
dispersas. La única edificación demolida por el sismo habría sido el oratorio
de Santa Bárbara, situado en la hacienda del mismo nombre, propiedad de Juan
José Alvarado de la Parra, alférez real del Cabildo de Barquisimeto.
Aquel oratorio tenía su
propia historia. En 1793, Alvarado de la Parra había solicitado permiso para
levantar una capilla pública en Cabudare, donde poseía haciendas de trapiche,
cacao y añil. La licencia eclesiástica fue concedida, pero la construcción se
demoró. En 1797 pidió nuevamente autorización, esta vez al obispo fray Juan
Antonio de la Virgen María Viana, y comenzó la fabricación del templo. La
capilla sirvió de consuelo espiritual a los habitantes de la zona hasta que el
terremoto la derribó.
En su testamento, Alvarado
de la Parra pidió que se rescataran los objetos sagrados, se removieran las
ruinas y se reconstruyera la casa de oración manteniendo, en lo posible, la
arquitectura anterior. También expresó su voluntad de ser sepultado allí. Murió
en 1819, cuando la obra no estaba concluida. Así, el terremoto de 1812 no solo
dejó muertos y ciudades destruidas; también interrumpió proyectos, devociones
familiares, capillas rurales y pequeñas historias que rara vez entran en los
manuales.
San Narciso y el presidente
que saltó del balcón
La madrugada del 29 de
octubre de 1900, Caracas volvió a despertar con violencia. El terremoto de San
Narciso sorprendió a la ciudad cuando aún no clareaba el día. La magnitud se ha
estimado entre 7,6 y 8,0. El movimiento afectó principalmente el noreste del
estado Miranda, Caracas y poblaciones como Macuto, Caraballeda, Naiguatá,
Carenero, Higuerote, Guatire y Guarenas.
La capital, que ya no era la
villa colonial de 1641 ni la ciudad republicana de 1812, seguía siendo
vulnerable. La Universidad Central, la Santa Capilla, las iglesias de San José,
La Pastora, Las Mercedes, La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía sufrieron
daños de consideración. También resultaron afectados edificios públicos y
numerosas viviendas particulares. En Caracas se reportaron casas caídas,
muertos y heridos. Algunas fuentes hablan de al menos 56 fallecidos en el área
impactada; otras crónicas registran 21 muertos y más de 50 heridos en la
capital.
El episodio dejó, además,
una imagen que la memoria popular conservó con una mezcla de tragedia y
sarcasmo político. Cipriano Castro, entonces presidente de Venezuela, fue
sorprendido por el terremoto en la Casa Amarilla. Presa del pánico, saltó desde
uno de los balcones y se fracturó un pie o una pierna, según las distintas
versiones repetidas por la tradición.
La escena tiene algo de
retrato nacional: el poder, que suele presentarse firme sobre los balcones,
descubierto de pronto como un cuerpo vulnerable frente a la tierra. En un
instante, el mandatario y el ciudadano común compartieron la misma intemperie.
No había uniforme, cargo ni escolta capaz de detener el movimiento.
El terremoto de San Narciso
ocurrió en un país que acababa de entrar al siglo XX con tensiones políticas,
caudillos armados y una institucionalidad frágil. La sacudida no cambió por sí
sola el curso del poder, pero recordó que la precariedad no estaba únicamente
en la vida pública. También estaba en las paredes, en los templos, en las
calles y en la forma en que las ciudades habían sido levantadas.
Cumaná volvió a caer frente
al mar
El 17 de enero de 1929,
Cumaná recibió otro golpe histórico. La ciudad que ya había sido arrasada en
1766 volvió a estremecerse bajo un terremoto de magnitud cercana a 7,0, con
epicentro en el golfo de Cariaco. Esta vez la tragedia tuvo un ingrediente
adicional: el mar.
El movimiento destruyó buena
parte de la ciudad y generó un tsunami con olas estimadas entre cuatro y cinco
metros. Para una población costera, acostumbrada a mirar el horizonte como
promesa de pesca, comercio y viaje, el mar se convirtió en amenaza. El agua
avanzó con violencia sobre una ciudad ya herida por el temblor.
El saldo fue devastador:
aproximadamente 1.600 muertos, según recuentos históricos. Las casas
colapsaron, los muelles quedaron afectados, las calles se llenaron de escombros
y la ciudad antigua volvió a ver interrumpida su continuidad. Cumaná, una de
las poblaciones más viejas del continente, parecía condenada a reconstruirse
una y otra vez sobre los rastros de sus propias ruinas.
En 1929 gobernaba Juan
Vicente Gómez. El país vivía bajo una dictadura férrea, centralizada, con una
modernización desigual impulsada por el petróleo y controlada por el poder
militar. Las noticias sobre los desastres circulaban con limitaciones,
filtradas por la estructura política del momento. Pero ningún control
informativo podía ocultar la magnitud de lo ocurrido en Cumaná. Había muertos,
damnificados, edificios destruidos y una ciudad nuevamente obligada a empezar.
El terremoto y el tsunami de
1929 forman parte de los episodios más trágicos de la historia venezolana.
También muestran que la amenaza sísmica del país no se limita al movimiento de
la tierra. En las zonas costeras, la sacudida puede despertar al mar.
El Tocuyo, la ciudad
demolida dos veces
El 3 de agosto de 1950, la
historia sísmica venezolana entró con violencia en el estado Lara. El Tocuyo,
llamada con frecuencia la Ciudad Madre de Venezuela, sufrió un terremoto que
partió su historia en dos.
Era una población de
profunda tradición colonial, con templos, casas antiguas y una identidad urbana
formada durante cuatro siglos. Sus habitantes vivían entre calles cargadas de
memoria, fachadas de otro tiempo y una religiosidad visible en la presencia de
sus siete templos. Aquel día, la tierra hizo un sonido que algunos
sobrevivientes compararían después con “una manada de toros bravos”.
El sismo tuvo una magnitud
estimada de 6,3 y duró aproximadamente 35 segundos. Bastó menos de un minuto
para afectar el 93 por ciento de las viviendas. De las casas restantes, apenas
una pequeña parte quedó en condiciones de ser habilitada. Los siete templos,
símbolos religiosos y arquitectónicos de la ciudad, se derrumbaron o quedaron
gravemente comprometidos. El saldo humano fue de 17 muertos y 80 heridos.
Pero la tragedia de El
Tocuyo no terminó cuando dejó de temblar.
Según testimonios y estudios
posteriores, entre ellos los del geólogo tocuyano Lermit Figueira Anzola, la
ciudad no fue destruida únicamente por el terremoto. La segunda demolición vino
después, de la mano del hombre. Tractores y cuadrillas terminaron de derribar
lo que aún permanecía en pie, incluyendo importantes testimonios
arquitectónicos coloniales. Lo que pudo ser restaurado o preservado fue, en
muchos casos, arrasado bajo la lógica de la reconstrucción.
El Tocuyo perdió entonces no
solo casas y templos. Perdió continuidad visual, memoria edificada, vínculos
materiales con su pasado. En nombre de la seguridad y de la modernización,
desaparecieron muros que habían sobrevivido a generaciones. El terremoto abrió
las grietas; la mano humana las convirtió en vacío.
Para Lara, aquel desastre
fue una herida territorial. No se trataba de una población cualquiera. El
Tocuyo había sido centro fundador, referencia histórica, ciudad de arraigo.
Después de 1950, sus habitantes no solo tuvieron que reconstruir viviendas.
Tuvieron que aprender a reconocerse en una ciudad distinta.
La crónica del terremoto
tocuyano es, por eso, una de las más dolorosas de la historia sísmica
venezolana: enseña que una ciudad puede morir por la naturaleza y volver a
morir por las decisiones que se toman después.
Caracas, 1967: la noche en
que se quebró la modernidad
Pasadas las ocho de la noche
del 29 de julio de 1967, Caracas vivía una de esas jornadas urbanas propias de
la Venezuela moderna. La ciudad crecía hacia el este, levantaba torres,
multiplicaba urbanizaciones y celebraba una idea de progreso asociada al
concreto, al automóvil, a las avenidas y a los edificios altos. Altamira, Los
Palos Grandes y otras zonas del este representaban una capital que se miraba a
sí misma como moderna, ascendente, segura.
Entonces tembló.
El terremoto tuvo una
magnitud estimada entre 6,5 y 6,7. Su epicentro se ubicó a unos 20 kilómetros
de Caracas. Duró entre 35 y 55 segundos, según distintos registros. No fue el
mayor terremoto de la historia venezolana, pero sí uno de los más impactantes
por su carácter urbano y por la forma en que golpeó a una capital que creía
haber dejado atrás la fragilidad colonial.
Varios edificios colapsaron.
Otros quedaron inhabitables. Las cifras oficiales registraron 236 muertos y
cerca de 2.000 heridos. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Seis edificios
resultaron destruidos, 40 fueron declarados no habitables y 180 sufrieron daños
graves. Las pérdidas materiales superaron los 10 millones de dólares.
La tragedia reveló fallas de
diseño, construcción y supervisión. El concreto, símbolo de modernidad, también
podía ser mortal si no respetaba las exigencias sísmicas. La ciudad aprendió a
mirar sus edificios con sospecha. Los ascensores, las escaleras, las columnas y
los estacionamientos dejaron de ser elementos neutros. Se convirtieron en
preguntas.
En aquella noche hubo
gritos, carreras, polvo, vidrios rotos, llamadas desesperadas y familias que
bajaron a la calle sin saber si podrían volver a sus apartamentos. Pero también
quedó un documento sonoro extraordinario. En los estudios Sonomatrix se
realizaba un playback con la canción “Mi Navidad”, del coro Armonía Navideña. Como
las voces infantiles ya habían sido grabadas antes, en el estudio solo estaban
el organista y los técnicos encargados de efectos especiales. Cuando comenzó el
terremoto, el ruido de la sacudida quedó mezclado con la música.
Por eso en la cinta no se escuchan
gritos de niños. Se escucha algo más inquietante: la irrupción de la tierra
dentro de una canción. La Navidad, asociada a infancia, hogar y celebración,
quedó atravesada por el estruendo de un desastre. Es uno de los registros más
singulares de la memoria venezolana: un terremoto entrando, sin permiso, en una
grabación.
La Caracas de 1967 no volvió
a ser la misma. El sismo impulsó nuevas reflexiones sobre normas de
construcción, vulnerabilidad urbana y preparación ciudadana. También dejó una
marca emocional en quienes lo vivieron. Durante años, muchos caraqueños
recordaron exactamente dónde estaban cuando comenzó el movimiento: en la mesa,
en el cine, en una fiesta, en un ascensor, en la sala de un apartamento o
frente a un televisor que de pronto dejó de importar.
La modernidad se había
quebrado en menos de un minuto.
Cariaco, 1997: la escuela
bajo los escombros
El 9 de julio de 1997, a las
3:23 de la tarde, el estado Sucre volvió a ocupar el centro de la tragedia
sísmica venezolana. Un terremoto de magnitud cercana a 6,9 o 7,0 sacudió con
fuerza la zona de Cariaco y Cumaná. El movimiento ocurrió en horas de la tarde,
cuando la vida cotidiana estaba en pleno desarrollo: comercios abiertos,
estudiantes en actividades, familias en sus casas, calles bajo el calor
oriental.
Cariaco fue el nombre que quedó unido al desastre.
El sismo causó más de 70
muertes y graves daños en infraestructura. Entre las imágenes más dolorosas
estuvieron las de edificaciones escolares afectadas, con niños y jóvenes entre
las víctimas. La tragedia golpeó una fibra especialmente sensible: la infancia
sorprendida por el colapso, la escuela convertida en lugar de duelo, los padres
buscando respuestas entre concreto y polvo.
El terremoto de Cariaco
ocurrió en una Venezuela que ya contaba con instituciones sismológicas,
registros técnicos, medios de comunicación de alcance nacional y una ciudadanía
más consciente de la amenaza. Pero nada de eso eliminó el dolor esencial del
desastre. La ciencia podía explicar el movimiento; no podía consolar a una
madre ante una lista de fallecidos.
Cariaco recordó que la
vulnerabilidad no depende solo de la magnitud de un sismo. Depende también de
dónde ocurre, a qué hora, sobre qué edificaciones y en medio de qué condiciones
sociales. Un movimiento menor que otros grandes terremotos históricos puede
convertirse en tragedia si encuentra estructuras frágiles y comunidades
expuestas.
Desde entonces, el nombre de
Cariaco quedó inscrito en la memoria venezolana junto al de Cumaná, Caracas, El
Tocuyo y Barquisimeto. Cada ciudad herida agregó una página a ese archivo
subterráneo que el país revisa cada vez que vuelve a temblar.
Carabobo, 2009: el susto sin
luto nacional
El 12 de septiembre de 2009,
un sismo de magnitud 6,4 ocurrió frente a las costas del estado Carabobo. Se
sintió en buena parte del centro norte del país, incluyendo Carabobo, Aragua y
Caracas. No dejó víctimas mortales, pero sí daños en edificaciones y al menos
16 lesionados.
A diferencia de otros
episodios, el terremoto de Carabobo no pasó a la historia como una gran
tragedia nacional. Fue más bien un recordatorio. Una sacudida capaz de
interrumpir la rutina, sacar a la gente de edificios y viviendas, activar el
miedo colectivo y poner nuevamente sobre la mesa la pregunta de siempre:
¿estamos preparados?
El país ya conocía
suficientes antecedentes para no tomarlo a la ligera. San Bernabé, 1766, 1812,
San Narciso, Cumaná, El Tocuyo, Caracas y Cariaco componían una larga
advertencia. Sin embargo, la memoria de los terremotos suele debilitarse con el
tiempo. Cuando pasan años sin una gran tragedia, las ciudades vuelven a
confiarse. Se construye, se remodela, se improvisa, se olvida.
El sismo de 2009 no produjo
luto masivo, pero sí cumplió una función incómoda: recordó que la amenaza
seguía allí, activa, silenciosa, acumulando energía frente a las costas y bajo
las montañas.
2018: la Torre de David
inclinada sobre la memoria
El 21 de agosto de 2018,
Venezuela sintió uno de los sismos más fuertes del siglo XXI. La magnitud fue
reportada en 7,3 por algunas fuentes, aunque otros registros la ubicaron en
6,9. El movimiento se produjo en horas de la tarde y fue sentido en buena parte
del país y del Caribe.
No dejó fallecidos ni una
destrucción comparable con los grandes terremotos históricos. Pero sí produjo
una imagen poderosa: los últimos pisos del Centro Financiero Confinanzas,
conocido popularmente como la Torre de David, quedaron visiblemente inclinados.
La imagen tuvo una carga
simbólica difícil de ignorar. La Torre de David, rascacielos inconcluso y
abandonado, ya era para entonces una metáfora de la crisis urbana venezolana:
ambición financiera, obra paralizada, ocupación informal, abandono, ruina vertical.
El terremoto no la derribó, pero inclinó su parte superior como si subrayara
físicamente una fragilidad que el país ya conocía.
El ministro de Interior,
Justicia y Paz, Néstor Reverol, informó entonces que no se habían reportado
daños mayores ni hechos que lamentar. Hubo réplicas, alarma ciudadana y una
intensa circulación de imágenes por redes sociales. A diferencia de 1812 o
1900, el miedo ya no viajaba solo por rumores o cartas: viajaba por videos,
mensajes de WhatsApp, transmisiones en vivo y fotografías tomadas segundos
después del sacudón.
El terremoto de 2018 mostró
otra dimensión de la memoria sísmica contemporánea. La gente ya no solo corre a
la calle; también graba, comparte, compara magnitudes, busca reportes
oficiales, revisa mapas y espera réplicas mirando el teléfono. La tecnología
cambió la forma de narrar el miedo, pero no el miedo mismo.
2026: el país vuelve a mirar
hacia abajo
El 24 de junio de 2026, un
nuevo terremoto reavivó en Venezuela la pregunta por su historia sísmica. El
movimiento, reportado con magnitud 7,1 y ubicado en el municipio Montalbán,
estado Carabobo, con réplica de 7.5, llevó a miles de usuarios en redes sociales
a preguntarse cuáles habían sido los terremotos más potentes y devastadores del
país.
El dato técnico importaba,
desde luego. Pero lo que se activó ese día fue algo más profundo: la memoria.
Y mientras los organismos
venezolanos continúan el levantamiento de información en las zonas afectadas,
las primeras estimaciones internacionales reflejan la incertidumbre propia de
las horas posteriores al desastre. El Servicio Geológico de Estados Unidos
(USGS), mediante sus modelos automáticos de evaluación de impacto, proyecta un
escenario potencial de entre 10.000 y 100.000 víctimas mortales como
consecuencia de los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. De acuerdo con ese
análisis preliminar, existe un 42 % de probabilidad de que el número de
fallecidos se ubique dentro de ese rango, un 33 % de que oscile entre 1.000 y
10.000, y un 17 % de que supere las 100.000 personas.
Sin embargo, estas
proyecciones corresponden a cálculos probabilísticos elaborados en tiempo real
y no a un balance oficial de víctimas. De hecho, las autoridades venezolanas
informan un registro preliminar de 164 fallecidos y alrededor de un millar de
heridos, cifras que continúan en aumento y permanecen sujetas a revisión
conforme avanzan las labores de búsqueda, rescate y verificación en las áreas
más golpeadas.
Cada gran sacudida despierta
las anteriores. Cuando tiembla en Carabobo, vuelve Caracas 1967. Cuando se
menciona Sucre, aparecen Cumaná y Cariaco. Cuando Lara siente el movimiento,
regresan Barquisimeto, Santa Rosa, Cabudare y El Tocuyo. Los terremotos no son
episodios aislados en la conciencia colectiva venezolana; forman una cadena de
recuerdos que se enciende cada vez que el suelo pierde estabilidad.
Los científicos han
explicado que estos eventos se relacionan con el choque y desplazamiento
relativo entre la placa Sudamericana y la del Caribe. Pero para la población,
la experiencia inmediata sigue siendo corporal: la lámpara que se mueve, el
piso que ondula, el perro que ladra antes de tiempo, el ruido de vidrios, el mareo,
la puerta que no abre, el vecino que grita desde el pasillo, la madre que toma
a sus hijos y baja las escaleras sin mirar atrás.
Los terremotos devuelven al
ser humano a una verdad elemental: toda ciudad, por sólida que parezca, depende
de un suelo que no controla.
La memoria debajo de las
ciudades
Venezuela ha reconstruido
muchas veces sobre sus propios escombros. Caracas lo hizo después de 1641,
1812, 1900 y 1967. Cumaná después de 1766 y 1929. El Tocuyo después de 1950.
Cariaco después de 1997. Cada reconstrucción dejó decisiones, aciertos,
pérdidas y olvidos.
En algunos casos, la
tragedia impulsó aprendizajes. En otros, la urgencia borró patrimonios. A veces
se levantaron mejores edificaciones. Otras veces se repitieron
vulnerabilidades. La historia sísmica del país demuestra que el desastre
natural nunca es completamente natural: la magnitud del daño depende de la
calidad de las construcciones, de la planificación urbana, de la memoria
institucional, de la educación ciudadana y de la capacidad de actuar antes de
que vuelva a temblar.
Los terremotos son breves.
Sus consecuencias, no.
Un movimiento puede durar 35
segundos y alterar una ciudad durante décadas. Puede derribar un templo, pero
también cambiar una legislación. Puede destruir una escuela, pero también
despertar nuevas exigencias de seguridad. Puede inclinar una torre abandonada y
convertirla en símbolo. Puede borrar un casco colonial y dejar una pregunta
ética sobre cómo reconstruir sin destruir lo que queda.
En Venezuela, la tierra ha
sido cronista severa. No escribe con tinta, sino con grietas. No firma
documentos, pero deja marcas en fachadas, cementerios, archivos parroquiales,
fotografías de damnificados, relatos familiares y silencios que pasan de una generación
a otra.
Quizás por eso cada
terremoto conmueve tanto al país. Porque no solo mueve el suelo: remueve la
memoria.
Cuando la lámpara oscila y
las paredes crujen, Venezuela entera recuerda que bajo sus ciudades hay una
fuerza antigua, paciente, invisible. Recuerda a los muertos sin nombre de 1766,
a los fieles atrapados en los templos de 1812, al presidente que saltó desde la
Casa Amarilla, a Cumaná frente al tsunami, a El Tocuyo demolido dos veces, a la
Caracas moderna quebrada en 1967, a los niños de Cariaco, a la Torre de David
inclinada sobre el horizonte.
Y cuando todo pasa, cuando
vuelve el silencio y el polvo comienza a asentarse, queda siempre la misma
imagen: un país que mira hacia abajo, respira hondo y entiende que la tierra,
de vez en cuando, también exige ser escuchada.
28/06/2026:
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