domingo, 5 de julio de 2026

Caza de citas

“El cristianismo era una forma de poder ideológico. No se difundió por la fuerza de las armas; tardó varios siglos en institucionalizarse y verse respaldado por el poder del Estado; ofrecía pocos atractivos o sanciones de tipo económico”

Michael Mann

(“Las fuentes del poder social”, Alianza Editorial, Madrid, 1991: I, 428)

Ilustración: Gebhard Fugel.

Noticiero retrospectivo

- Mateo Manaure. “Aquí no puede pasar nada”. El Diario de Caracas, 01/10/1982.

- Joaquín Marta Sosa y los presidenciables. Summa, Caracas, N° 52 del 15&06/72.

- Alfredo José Schael. “¿Agoniza el Litoral Central? Autonomía municipal piden los habitantes del Departamento Vargas”. El Universal, Caracas, 15/08/68.

- Euro Fuenmayor entrevista al sociólogo Heinz Sonntag. El Globo, Caracas, 22/05/93.

- P. J. Blanco Negrón. “El litoral y sus paseos”. El Nacional, Caracas, 16/10/79.

Reproducción  Procesado a través de la IA, Arquímides Rivero. Bohemia, Caracas, N° 163 del 15/06/1966.

Sismografía

REPÚBLICA Y TERREMOTO, UNIVERSIDAD E INDEPENDENCIA

Luis Barragán

Consabido, fueron muy duros nuestros inicios republicanos al añadir una doble circunstancia: la inmediata y literal  desaparición de la promoción generacional que ideó y declaró la independencia, como el terrible sismo propagandizado como castigo de los cielos. Se dirá que son cosas de la guerra, pero lo cierto es que perdimos a la vuelta de la esquina la deliberación más cercana a nuestras precursoras prácticas democráticas y ganamos en confusión más por la confiscación militar de la conducción del naciente Estado que por los asuntos de la fe.

Puede aseverarse que la patria nació también en las aulas universitarias donde esa generación hizo de la inquietud una ilusión y ésta devino proyecto histórico a desarrollar, quedando medianamente sepultado en las perdurables ruinas del terremoto, pues Caracas las exhibió por largas décadas en fiel testimonio de las estrecheces económicas del país que fuimos. Formalmente independizados, pero jamás encapsulados, trillamos los más duros caminos y 200 años más, cuando creímos profundamente que vivíamos lo peor de lo peor históricamente, nos hicimos resueltamente bolivarianos según el canon.

Ahora, otro 5 de julio, doblemente terremoteados, experimentamos la natural desdicha, el desconcierto, la desesperanza que definen nuestros dolores. En un prolongadísimo instante, recogimos todos los sismos que partieron de aquella movilización de los tanques cuando Simón Alberto Consalvi era el encargado presidencial por el viaje al exterior de Jaime Lusinchi, pasando por El Caracazo, los golpes fracasados y toda la era que parió el corazón de Silvio Rodríguez una lejanísima tarde de concierto en la Concha Acústica de Bello Monte a veinte bolos la entrada: el socialismo del siglo XXI.

Entre los escombros, buscamos la libertad e independencia perdida desde hace un buen rato porque las actuales generaciones ya no tienen - en casi treinta años continuos - las aulas de antes para formarse: ¿acaso no fue devastación el impune saqueo vandálico que padeció la Universidad de Oriente (UDO) por largo tiempo?, y, además, que sepamos, no hay soldados estadounidenses ni siquiera pidiéndoles la cédula de identidad a los muchachos en la calle, como acontecía  con las guerrillas colombianas y vaya usted a saber cuáles más, aparentemente hoy neutralizadas,  con un asombroso dominio y provecho  territorial de Venezuela, no de la Nueva Granada ni de Teherán, por dar un modesto ejemplo.  Entonces, ¿a quiénes les piden la cédula de identidad?

Por supuesto, debemos bregar por una transición independiente e independentista, aunque los términos causen temor, asumiendo la más adecuada perspectiva de la irrenunciable  responsabilidad que tenemos de protegernos. Es necesario aceptarlo, la cuestión no se puede despachar con la comodidad de las consignas.

Ilustración: LB/IA.

05/07/2026:


sábado, 4 de julio de 2026

Momentos cismáticos

CÓMO PIENSA Y ACTÚA JESÚS

(San Mateo, 11: 25-30)

José Enrique Galarreta

Es un pasaje recogido por Mateo y Lucas, con algunas connotaciones diferentes. Tiene tres ideas, yuxtapuestas por el redactor de forma más bien artificial:

- La exclamación de gozo de Jesús por la revelación a los sencillos.

- La declaración sobre el Padre y el Hijo

- La invitación a tomar el suave yugo de Jesús.

En nuestra reflexión vamos a centrarnos en la primera, por lo que insinuamos aquí alguna vía de comentario de las otras dos. La declaración sobre el Padre y el Hijo muestra bien que las primeras comunidades tenían una clara conciencia de que Dios hablaba por Jesús.

La conciencia misma de Jesús parece reflejada aquí. Estos versos, que hacen recordar tanto algunas expresiones del cuarto evangelio, lo muestran claramente. Es muy de señalar, sin embargo, que hemos insistido quizá demasiado en el carácter trinitario de estas expresiones. Cuando Jesús se refiere a "el Hijo", se refiere sin más a sí mismo, a su conciencia filial y a su relación con Abbá, aspecto mucho más importante que una mera especulación metafísica sobre las Personas Divinas.

La tercera parte es una prolongación natural del mensaje del domingo pasado. Todos los humanos estamos fatigados y sobrecargados, en toda vida humana hay cruz; se nos invita a llevar la cruz con él, con su misma disposición, con su mismo corazón, para que la vida sea mucho más llevadera, para que la cruz de la vida tenga más sentido.

Mateo constata simplemente que Jesús "tomó la palabra y dijo...". Lucas lo expresa así: "Lleno del júbilo del Espíritu Santo, dijo...".

Jesús siente este sobrenatural júbilo al constatar que la Palabra es bien recibida y entendida por la gente sencilla, mientras que los grandes, los ricos, los poderosos, los sabios, no la entienden, no la aceptan. Jesús siente júbilo por ello.

Una vez más, los criterios y valores de Jesús chocan con los normales del mundo. Si los ricos, sabios y poderosos no aceptan la palabra de Jesús, parece evidente que toda su labor está destinada al fracaso; no será más que una doctrina popular sin influencia, sin futuro. Jesús no lo cree así: se alegra de que la gente normal se entere y se alegra también de que los poderosos se cierren. Una vez más, nos encontramos ante el desafío de aceptar los criterios y los valores de Jesús.

Ante todo, para Jesús los poderosos, ricos, sabios... no son más que los sencillos. Si miramos detenidamente las relaciones de Jesús con las personas, advertimos que para él no tiene ninguna importancia el status social. Jesús atiende a todos, sin importarle nunca su dinero, su sabiduría, su rango. Con una distinción: sus relaciones con los poderosos y con los sabios de Israel suelen ser tensas, incluso cuando está invitado a comer en sus casas, mientras que sus relaciones con la gente normal son cariñosas, cercanas, sobre todo cuando se trata de gente especialmente necesitada, enfermos, rechazados, marginados ...

Que sean precisamente éstos los que mejor reciben la Palabra es una enorme alegría para Jesús. Y que los sabios y poderosos no la acepten, también, porque muestra a las claras que Dios es justo y bueno, no se deja comprar, y que el dinero y el poder no pueden cambiar a Dios. Jesús se alegra de que Dios es de todos, sobre todo del que más lo necesita, y especialmente de que no es patrimonio del saber, del poder, del poseer.

Los ricos, los sabios, los poderosos... los sencillos, los pobres, los necesitados. Jesús sabe que serán éstos los que reciban la palabra. Jesús sabe que aquellos difícilmente la recibirán. Estamos ante el mismo mensaje de otros mensajes de los evangelios, en que Jesús desconfiaba del dinero y constataba que nadie sirve bien a dos señores.

Una vez más, constatamos la singularidad de Jesús. Las religiones se instauran siempre desde el poder, el poder sagrado que se origina en la posesión de la palabra sagrada y la condición sagrada de sus dirigentes, y atraen inmediatamente la riqueza, que da a sus miembros respetabilidad social. Las religiones se instalan confortablemente entre sabios, santos, poderosos: construyen maravillosos monumentos, asesoran a reyes, gobiernan, cobran...

Y Jesús no es así: ni él ni su movimiento es así. Teme al dinero como a un peligro, desconfía de la sabiduría humana, no idolatra la ley, no aprecia gran cosa a los santos oficiales, no tiene buenas relaciones con el poder, no da mucho valor al templo y sus actos de culto... Pero valora enormemente a la gente sencilla, su compasión, a su solidaridad, a la limosna de la viuda, al que visita enfermos, al que pelea por la justicia...

Es éste un despiadado espejo en que hemos de mirarnos nosotros, la Iglesia. La Iglesia como institución tiene el peligro constante de convertirse en una religión como todas: poseedora de la palabra, prestigiosa, rica, constructora de maravillas costosísimas para el honor de Dios, instalada en las capas superiores de la sociedad...

Es una tentación, y no podemos afirmar que no hayamos caído en ella. Y cada uno de nosotros estamos tentados a apreciar más al rico, al sabio, al influyente, al triunfador, y a sus criterios y valores: el éxito, la respetabilidad inaccesible, la influencia social...

Estamos tentados a valorar poco al más sencillo y a sus valores: la sinceridad, la colaboración, la capacidad de sacrificio, la predisposición a compartir.

¿Dónde está tu Dios? es una pregunta inquietante. ¿en el Templo, en el palacio, en los bancos, en la fama, en la erudición, en el prestigio, en la influencia? Jesús se muestra feliz, lleno de júbilo, porque encuentra a Dios en el corazón de la gente.

Dejemos que la palabra de Jesús desnude nuestra religión, que la limpie de todos los añadidos, de todos los vestigios de "carne", de tierra.

Si hemos manchado a Jesús con extrañas religiosidades llenas de poder y dinero, de prestigio y vanas sabidurías, reconozcámoslo.

Si en nuestra vida personal nos sentimos más religiosos en el templo que cuidando a un enfermo, si damos más gracias a Dios por ser ricos que por ser compasivos, si nos sentimos mejor en compañía de ricos poderosos que con gente sencilla... pidamos a Dios fervientemente que nos cambie el corazón: que haga que nuestros sentimientos sean los de Jesús. Porque es posible que toda nuestra religiosidad sea un gran error.

El domingo pasado celebramos la fiesta que llamamos "el Corpus". Lo más significativo de su celebración es la fastuosa procesión, el desfile de autoridades civiles y militares (aunque no sean creyentes) la formidable custodia de plata y oro, los valiosísimos ornamentos del clero. ¿Es el estilo de Jesús?

Pronto celebraremos el aparatoso evento del JMJ, espectacular, carísimo, financiado por el Estado y por la gente más rica del país. ¿Es el estilo de Jesús?

Cada uno ha de pensarlo, ya somos adultos como para esperar siempre que otros nos lo digan.

Ilustración: https://www.etsy.com/

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/931-c%C3%B3mo-piensa-y-act%C3%BAa-jes%C3%BAs.html

Padre S. Martín. CISMA: lefebvrianos declaran hereje a la Iglesia y el Papa responde excomulgando a los lefebvrianos:




Pieza de antología

¡COÑO, ADRIANA!

María Elena Lavaud

¡Qué te puedo decir, Adriana! Ya debes saber que el video de tu rescate ha recorrido el mundo, que ese diálogo en medio de los escombros que dejaron los dos terremotos en Venezuela, le ha sacado lágrimas de impotencia, pero también una sonrisa inesperada a todo aquel que lo ha visto. Porque me atrevo a decir que para la mayoría, ese intercambio con tu gordo, tu negro o tu flaco, no sé cómo lo llames y no importa, —porque gracias a Dios allá eso no es pecado—; ese diálogo, es como un espejo de lo que somos, hombres y mujeres que amamos con fiereza, pero con una lealtad profunda hasta en las situaciones más extremas.

—No me quites... no me quites, no me quites la respiración… —tartamudeaba él, sabiendo que estaba contra reloj.

—¡Yo sé lo que hago, nojoda! Estoy más cerca de ti de lo que tú te imaginas, ¿oíste? decía con el corazón a mil.

—Cuidado se viene la pared —alertabas tú como si nada, pero yo sé que has debido estar aterrada.

—¡No se va a venir, Adrianaaaa… coñoooo! —jadeaba él alumbrado apenas con un teléfono.

—Cuidado con esto de aquí... pero es que... —insistías con una naturalidad brutal en medio de tu claustrofobia.

—¡Cooño, Adrianaaa! Yo estoy aquí arriba, mami, ¡tengo todo bajo control!

—Es que aquí hay una cosa...

—¡Tápate la cara, tápate la cara, tápate la cara, ahí! ¡Tápate la caaraaaa! —decía con frenesí y a toda velocidad sin dejar de martillar.

— ¿Me viste? —preguntó luego sin aflojar ni un segundo.

—¡Síí!

—¡¿Entonces qué haces tapándote la cara, pues?! 

—¿Y yo voy a pasar por debajo? —preguntaste no muy convencida con el panorama.

—¡Ya va! Yo te voy a sacar por aquí —te prometía con toda la seguridad del planeta.

—Noo, pero...

—¡Te voy a sacar por aquíiii, nojodaaa!

Y lo hizo. Supongo que se abrazaron, que lo regañaste por cualquier otra cosa, porque así somos las mujeres cuando alguien nos importa de verdad. Aunque ya sabes lo que dicen ellos, que mujer que no jode es hombre, pero nos adoran y nos cuidan, porque saben que la mujer venezolana es así, molestosa y amorosa a la vez, ruidosa, imperfecta y terca, coqueta, muy mujer y siempre heroica. Sobre todo eso, heroica.

Ya debes saber que mientras estabas atrapada y tratabas de controlar la situación, otras mujeres, envalentonadas —como siempre que hace falta—, pusieron a temblar a unos policías, simplemente porque tienen muy claro que la dignidad no tiene precio, aun en las peores circunstancias. Los amenazaron con romper una paca de dólares que encontraron entre las ruinas y ellos terminaron entregándolos. Luego los pusieron presos. Porque cuando una venezolana se impone, ya sabemos lo que pasa. Tú lo sabes.

Te habrás enterado también de las muchas mujeres que han encontrado sin vida, abrazadas a sus hijos convertidas en escudo para salvarles la vida. Es desgarrador y luminoso al mismo tiempo, como la escena de tu rescate. ¡Cómo es posible tanta paradoja!

El cielo amaneció de un rojo degradado pocos días después de los terremotos, mientras la tierra se ha seguido moviendo y uno no sabe si admirar aquello o asustarse. Así estamos todos. Aquí y allá, donde sea, todos estamos atrapados hace décadas, entre luces y sombras, entre lamento y esfuerzo también.

Te cuento que yo tengo 12 años en Miami y todavía siento que llegué ayer. No me acostumbro al silencio de las calles, de la gente. A la prudencia absurda de no expresar ese cariño natural que nos define, que me refrescó tu video, pues es mejor tragárselo para no meterse en problemas.

Hace 12 años también que terminó mi carrera periodística en los medios. Le puse un candado a esa parte de mi vida, con mucha nostalgia y con mucho dolor. Ahora soy editora de libros y mentora de escritura. Y si decidí aceptar esta posibilidad de escribir en El Nacional, que agradezco profundamente, fue porque la única instrucción que me dieron fue que debía mandar una foto. Nada más. Entonces me sentí libérrima y lo primero que me provocó fue escribirte, Adriana, para darte las gracias. Porque ese video de tu rescate me sacó del estupor que he sentido desde la tarde de los terremotos. Me sacó una sonrisa.

En este Armagedón que vivimos hace décadas, ese video, esa vivencia tuya se hizo viral debido a que, gracias a Dios, las redes se han convertido en nuestro sistema nervioso. Lo he visto mil veces y siempre descubro algo nuevo, escucho mejor una frase, y me vuelvo a sonreír con los ojos aguados, porque también me muestra lo rotos y enteros que estamos al mismo tiempo. Entonces desgarra que no hayamos podido rescatar de una buena vez la libertad y el derecho que tenemos a vivir en paz, sin abusos, hasta en medio de una tragedia.

Gracias de verdad, Adriana, por recordarme que a pesar del odio y el resentimiento que quisieron sembrar entre nosotros en este tiempo infinito, seguimos siendo una gente aguerrida y con temple que no se rinde, aunque el mundo se le caiga encima; una gente amorosa, noble y dispuesta a salvarse mutuamente, aunque duela.

Gracias por ese minuto de felicidad y esperanza que nos diste a todos los que, entre quejas y esfuerzo, seguimos luchando por salir de nuestros propios escombros.

Siempre luz,

@Lalavaud

Mira el video de Adriana aquí:

https://www.instagram.com/reel/DaL0p7pRwFi/?igsh=YTlsZ3pqcm81d2o5

04/07/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/cono-adriana/

Mercaderes de la esperanza

LA ADMINISTRACIÓN DEL ALMA

José Rafael Herrera

“La muerte de cualquier hombre

me disminuye, porque estoy involucrado

en la humanidad; y por lo tanto,

no preguntes por quién doblan las campanas,

doblan por ti”

John Donne

(Meditación XVII, 1624)

Toda época produce las formas de consuelo que le son necesarias para no tener que pensar en las contradicciones que ella misma engendra. No deja de ser paradójico que justamente en una época que se proclama como la más científica de la historia, proliferen con inusitada fuerza los nuevos mercaderes de la esperanza. Cambian los nombres, cambian los lenguajes y cambian los instrumentos, pero permanece inalterada la promesa de aliviar la incertidumbre, de disipar el miedo, de ofrecer un método seguro para alcanzar la serenidad. Donde antiguamente hablaban los oráculos, hoy hablan los protocolos; donde antes se consultaban los augurios, hoy se consultan manuales, algoritmos conductuales, técnicas de motivación, programas de bienestar emocional y recetas para alcanzar la felicidad. El antiguo sacerdote le cedió su lugar al coach especialista, al entrenador emocional, al terapeuta de turno. Solo que la estructura permanece sorprendentemente intacta.

No se trata, desde luego, de negar el valor que pueda tener la psicología clínica o la psiquiatría, cuando se enfrentan a patologías que requieren atención profesional. Una crítica indiscriminada sería tan injusta como filosóficamente improcedente. El problema real comienza cuando una parte considerable de la psicología contemporánea deja de interrogar por el origen histórico del sufrimiento para concentrarse en la administración técnica de sus síntomas. En este deslizamiento ocurre una transformación decisiva: el malestar deja de ser comprendido como expresión de una realidad histórica contradictoria para convertirse en una anomalía personal, susceptible de “sanación”. Un cambio que no es simplemente metodológico, dado que representa la renuncia de la psicología a sus propios orígenes filosóficos.

De hecho, mientras la antigua reflexión sobre el alma formaba parte de la filosofía, el problema consistía en comprender la unidad viva del individuo, la sociedad, la historia y el mundo. El alma no aparecía como un objeto aislado que pudiera manipularse mediante técnicas especializadas, sino como una instancia inherente a la totalidad del ethos. Pero al constituirse en ciencia independiente bajo los presupuestos de la modernidad, la psicología aceptó también la visión que la modernidad le ofrecía: la separación de sujeto y objeto, de individuo y sociedad, de conciencia y realidad histórica. A partir de entonces dejó de pensar el espíritu para dedicarse a la administración de conductas. Y fue ahí donde comenzó a transformarse, muchas veces sin advertirlo, en uno de los instrumentos favoritos del entendimiento abstracto. Porque el entendimiento necesita clasificar, separar, cuantificar, protocolizar. Solo puede operar fijando, poniendo, a pesar de que la realidad permanezca en movimiento. Su ideal es la sustitución de la complejidad por el esquema y la contradicción por el procedimiento. Donde el pensamiento descubre procesos históricos, el entendimiento encuentra variables; donde la filosofía encuentra mediaciones, el protocolo encuentra indicadores; donde la razón reconoce la negatividad, el manual prescribe técnicas de adaptación. Semejante operación suele ser presentada bajo el prestigioso sticker de “científica”.

Tal vez convenga recordar una vieja advertencia de Vico: los divinari, aquellos antiguos administradores de los oráculos, no obtenían su autoridad porque conocieran el porvenir, sino porque ofrecían certezas ahí donde reinaba la incertidumbre. Su función consistía en domesticar el miedo. No resulta difícil advertir que muchas de las modernas industrias de la autoayuda reproducen exactamente la misma estrategia. No les interesa la verdad, sino la venta de confort. No se trata de comprender el mundo, sino de soportarlo. Es un gran negocio: una inmensa industria dedicada a comercializar la esperanza.

Spinoza comprendió la lógica de este artificio. Los dogmas -afirmaba- prosperan donde el miedo sustituye al conocimiento. La dominación no solo necesita la fuerza. Necesita administrar las pasiones. Una vez que el temor ocupa el lugar del pensamiento, la obediencia aparece espontáneamente como virtud. La psicología positiva, el inmenso mercado del bienestar emocional y buena parte de la cultura contemporánea de la autoayuda participan, con frecuencia, de esta misma inversión. Ahí donde existen problemas públicos se ofrecen soluciones privadas; donde existen conflictos sociales se prescriben ejercicios individuales; donde la realidad exige transformaciones profundas se recomienda resiliencia. El sujeto termina siendo responsabilizado de sus padecimientos, a pesar de que no pocas veces es la víctima de los intereses del poder.

Y así, la represión, la pobreza, el exilio, la incertidumbre permanente, la violencia cotidiana, la destrucción institucional, etc., dejan de aparecer como contradicciones objetivas para convertirse en estados emocionales que requieren entrenamiento, medicación o intervención terapéutica. La sociedad permanece intacta; el individuo es quien debe corregirse y “sanarse” para adaptarse a ella. Por eso no sorprende que semejante perspectiva encuentre un aliado formidable en la expansión de la industria farmacológica. Es mucho más sencillo medicar el sufrimiento que interrogar por las condiciones históricas que lo producen. La ansiedad, la angustia, la desesperanza, dejan de ser interpretadas como experiencias humanas inseparables de determinadas circunstancias históricas para transformarse en desórdenes susceptibles de regulación química. No se cuestiona el mundo, se regula al individuo. Es, dependiendo del ángulo desde el que se le perciba, 1984 o Un mundo feliz.

En momentos de catástrofe colectiva, como los que atraviesa Venezuela, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Allí donde una sociedad entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan inevitablemente quienes ofrecen fórmulas para conservar el optimismo, administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento. Porque pensar nunca ha consistido en evadir las dificultades. Pensar significa precisamente atravesarlas para poder superarlas. La libertad no nace de la supresión del conflicto, sino de su comprensión. Allí donde todo malestar debe ser inmediatamente neutralizado, desaparece la posibilidad de que el espíritu descubra en la crisis el comienzo mismo de su recomposición. Comprender es superar.

Quizá el mayor fraude de nuestro tiempo no consista en la difusión de errores manifiestos, sino en algo mucho más sutil: en la sustitución de la verdad por la certeza. Ahí donde la filosofía interrogaba por el sentido de la existencia, se ofertan procedimientos para administrar la adaptación. Donde el espíritu era concebido como historia viva, aparece el individuo aislado que debe aprender a funcionar correctamente. La administración del alma ha terminado por ocupar el lugar del pensamiento. En una época saturada de métodos e instructivos para vivir mejor, resulta cada vez más difícil poder comprender el mundo de la razón y la razón del mundo.

En momentos de catástrofe colectiva, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Cuando una sociedad entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan quienes ofrecen fórmulas magistrales para conservar el optimismo, administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento.

Sin duda, es difícil. Pero las cosas bellas son difíciles. La cuestión decisiva consiste en comprender que el pensar no es una técnica de adaptación. El pensamiento no existe para reconciliar al individuo con un mundo que permanece inmutable, sino para descubrir que tanto el individuo como el mundo constituyen un mismo proceso histórico. Esa es la diferencia entre el entendimiento (Verstand) y la razón (Vernunft). El primero fija las determinaciones, separa, clasifica y las convierte en objetos susceptibles de manipulación. La segunda descubre el movimiento interno de las determinaciones, reconoce sus contradicciones y comprende que toda realidad es, en sí misma, devenir. Mientras el entendimiento administra lo existente, la razón revela su historicidad.

Sin duda, la psicología positiva ha encontrado en el entendimiento abstracto su fundamento más sólido. Al separar al sujeto de su realidad social, convierte el sufrimiento en propiedad privada. Lo que caracteriza a una época aparece como un desorden individual; lo que constituye una contradicción social termina siendo interpretado como un déficit emocional. La historia desaparece detrás del diagnóstico y el conflicto objetivo se disuelve en protocolo terapéutico.

Las consecuencias son, cuando menos, significativas. El individuo ya no comparece ante la crisis sociedad como sujeto de transformación, sino como objeto de intervención. Debe ser corregido, entrenado, medicado o motivado para restablecer su capacidad de adaptación. La contradicción deja de ser el motor del desarrollo del espíritu para convertirse en un síntoma que conviene neutralizar lo más pronto. Y donde el pensamiento encontraba el comienzo de la libertad, la técnica detecta anomalías que deben ser administradas. Toda techné presupone una determinada comprensión del ser. No existe técnica alguna que sea filosóficamente inocente. La pretendida neutralidad científica oculta, en realidad, una decisión ontológica: considerar al individuo como una entidad separada del ser social que lo constituye. Y así, bajo la égida positivista, la psicología dejó de ser una investigación acerca del espíritu para convertirse en un dispositivo destinado a gestionar conductas. Es el triunfo cultural de la modernidad.

La diferencia entre una técnica de adaptación y la filosofía consiste en que la primera procura acomodar al individuo al mundo existente, mientras que la segunda comprende que el individuo no es una sustancia aislada, sino un momento del devenir histórico, un modo inmanente de la realidad. Pensar no significa administrar el sufrimiento: significa reconocer en él la expresión de un mundo que reclama ser comprendido para poder ser transformado. No se piensa para sobrevivir a la historia. Se piensa porque el pensamiento, siendo resultado, es el punto de partida en el que la historia comienza a transformarse a sí misma.

Ilustraciones: Huertas para un texto de Ron Charles, " Ron Charles For this Little family, no stable place in a shiftinh world" (The Washingron Post", 25/05/25); y Guy Billout (tomada de las redes). 

04/07/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/la-administracion-del-alma/  

Caza de citas

“El cristianismo era una forma de poder ideológico. No se difundió por la fuerza de las armas; tardó varios siglos en institucionalizarse y ...