¿CUÁL TRANSICIÓN?
Gehard Cartay Ramírez
Culmina abril, casi cuatro
meses después de la extracción de Maduro, y aún no puede hablarse en propiedad
que se haya iniciado la anhelada transición en Venezuela.
La verdad es que, salvo el
evento del 3 de enero, ningún otro podría anunciar un proceso de transición. La
excarcelación de unos tres centenares de presos políticos -casi todos sometidos
a medidas cautelares- y la permanencia todavía de muchos cientos en las
cárceles del régimen demuestran la poca o nula disposición de su cúpula para
contribuir a abrir una nueva etapa que implique cambios sustantivos y
verdaderos, luego de la desgraciada experiencia de los 27 años que vienen desde
1999.
La mal llamada Ley de
Amnistía, tal como fue concebida, no es apta para iniciar una auténtica
transición precisamente porque no facilita la liberación incondicional de los
presos políticos y tampoco se compadece con la definición del concepto de
amnistía, que según el diccionario de la Real Academia Española es “el olvido
de los delitos políticos, otorgado por una ley”.
Sin embargo, el mero hecho
de que la mencionada ley haya sido dictada para discriminar a algunos y
favorecer a otros imposibilita una real amnistía. Se diría que se trata de un
dispositivo discrecional del régimen, que lo viene utilizando por cuenta gotas
a su servicio, con lo que, al mismo tiempo, revela su indisposición a
contribuir a una amnistía verdadera.
Tampoco el interinato de los
hermanos Rodríguez muestra disposición alguna a dialogar y consultar con la
oposición mayoritaria la designación de altos funcionarios del Estado, como
ocurrió con el nombramiento del fiscal general y de la Defensora del Pueblo.
Otro tanto parece que sucederá con la designación de los nuevos magistrados del
Tribunal Supremo de Justicia. Al Rodrigato, como ya se ha visto, le basta con
darle alguna cuota minúscula a los “alacranes” y punto.
No obstante, el
fortalecimiento indiscutible del liderazgo de María Corina Machado y de la
mayoritaria oposición democrática ejerce sobre ellos una presión cada vez más
fuerte, no sólo dentro del país sino también afuera. La gira europea cumplida
por Machado sigue desenmascarándolos y exponiéndolos como un régimen
autoritario y corrupto, pese a los ejercicios de mutación y acomodo que viene
practicando desde el pasado tres de enero.
Primero los negocios
petroleros y después la democracia
Tanto el gobierno de Trump
como el Rodrigato continúan aferrados a su programa inicial, como tutor el primero
y como tutelado el segundo: la repetida fórmula de estabilización, recuperación
económica y fiscal y, por último, el retorno a la democracia.
A los dos le conviene esa
jerarquía de prioridades. El gobierno de Estados Unidos prefiere que se adelanten
los negocios petroleros y al de aquí también. A aquél porque, en el fondo, esa
pareciera ser su prioridad más urgente por ahora. Y al de aquí porque mientras
más lejos se programen las elecciones mejor para ellos, pues de esa manera
pueden prorrogar su interinato.
Ya se sabe que, en el fondo,
su propósito es quedarse en el poder el mayor tiempo posible y en ese objetivo
están dispuestos a complacer a Trump en todo lo que les ordene, comportándose
como buenos vasallos. La retórica antiestadounidense del chavomadurismo ya es
cosa del pasado, sustituida ahora por discursos melifluos y convenientes
halagos hacia Trump, en tanto que no dejan de aparecer algunos insultos de
gente que aparentemente ha sido sustituida y apartada por el Rodrigato.
El nuevo encargado de
negocios de Estados Unidos en Venezuela, John Barrett, recién llegado a
mediados de abril, ha ratificado el pasado lunes la posición de su país con
respecto al interinato actual, confirmando así la actuación de su predecesora
Laura Dogu.
Resaltó el diplomático que
“juntos estamos construyendo una nueva Venezuela, profundamente ligada a
nuestra región”. Resaltó, igualmente, que el sector privado y particularmente
la inversión de Estados Unidos “es el motor de la transformación de Venezuela
en un centro energético mundial, y un pilar esencial para la estabilización y
la recuperación económica” (El Nacional, 28 de abril de 2025).
Sin embargo, la cruda
realidad ahora es que Venezuela no se está recuperando, sino coadyuvando a un
sistema energético que favorece primero que nada a Estados Unidos. En
consecuencia, pareciera que para el gobierno de Trump la prioridad no es el
retorno de la democracia venezolana, sino la estabilidad de su propio mercado
petrolero y la garantía de suministro sin problemas, sobre todo en estos
momentos en que se ha embarcado en una nueva confrontación bélica con Irán.
La recuperación de la
democracia en Venezuela, por lo tanto, puede esperar.
No hay mejoría en lo social,
aumenta la inflación y los sueldos no alcanzan
Pero las optimistas cifras
macroeconómicas que muestra el gobierno norteamericano en los resultados de la
nueva política petrolera que aplica en Venezuela como resultado de su tutelaje
y dirección no existen para el venezolano de a pie, que sigue sufriendo una
inflación feroz y devengando un sueldo mínimo, el peor del continente, por
debajo de Cuba y Haití (¡!), lo cual ya es mucho decir.
Mientras esta situación se
mantenga, nada va a cambiar en beneficio del país y su gente. Miles de millones
de dólares producidos por esa nueva política petrolera, supervisados y
controlados por las autoridades estadounidenses, no se han invertido para
mejorar las condiciones de vida de nuestros ciudadanos.
No han servido para mejorar
su nivel adquisitivo con mejores sueldos, ni tampoco para paliar los pésimos
servicios públicos elementales como la electricidad y el suministro de agua
potable, ni tan siquiera para corregir los gravísimos problemas de servicios de
salud pública y de educación.
“No se le ha visto el queso
a la tostada”, diríamos utilizando un dicho popular muy conocido…
Un gobierno de facto,
tutelado desde afuera
La semana anterior, en el
acto de entrega del premio “Valores Democráticos Padre Francisco Virtuoso
s.j.”, celebrado en la Universidad Católica Andrés Bello, el doctor Rafael
Tomás Caldera, uno de los homenajeados, pronunció unas palabras que merecen ser
citadas porque reflejan la penosa situación por la que atraviesa Venezuela en
estos días posteriores al 3 de enero, y que venimos comentado en las presentes
líneas.
Vale la pena citar las
palabras del doctor Caldera:
“Hace setenta y cinco años,
en su muy leído Mensaje sin destino, escribía don Mario Briceño Iragorry:
Nunca como al presente
necesitó nuestro país una atención mayor en el examen de sus problemas de
pueblo, porque nunca como ahora se hizo tan notoria la crisis de los valores
sustantivos. Tampoco jamás desde la edad heroica nuestro país se había
confrontado con mayor número de problemas a la vez.
“Ha sido larga la lucha por
instaurar una forma política justa en el país y ahora nos toca renovarla”,
agregó Rafael Tomás Caldera.
“No podía imaginar don Mario
la situación a la que hemos llegado en nuestra vida republicana.”
“Por primera vez en su
historia como nación independiente, el país está presidido por un gobierno de
facto, impuesto por una potencia extranjera.”
“Como quiera que se mire, es
una situación precaria e intrínsecamente inestable. No se tenga duda.”
(…)
“El texto constitucional,
como ha recordado la Academia de Ciencias Políticas, exige decisiones
impostergables.”
“En nuestro caso, tras más
de cien días, no puede haber vacilación alguna acerca del carácter absoluto de
la ausencia.”
“Ello exige convocar elecciones
presidenciales. Venezuela debe represar pronto a la normalidad democrática, que
ha sido -es verdad- excepcional en nuestra historia, pero sin la cual no habrá
paz ni podemos retomar el camino del desarrollo de nuestro pueblo.”
El “Rodrigato” comienza a
moverse
Mientras tanto, la cúpula
del régimen comienza a moverse, no sólo en su propósito de continuar en el
poder, sino también ante la eventualidad -sin duda muy posible- de unas
elecciones a finales de este año o en la primera mitad del próximo.
Ya iniciaron un intenso
recorrido por el país, bajo el cognomento de una supuesta “peregrinación”, cuyo
objetivo es consolar a la gente que aún los respalda mediante un discurso
populista que intenta justificar el tutelaje de Estados Unidos, mientras ellos
asumen el papel de víctimas del “imperialismo gringo” en una maniobra
distraccionista tan estúpida como inútil.
Ilustración; Michiel Schrijver.
02/05/2026:
https://americanuestra.com/gehard-cartay-ramirez-bitacora-venezolana-abril-2026-cual-transicion/
LOS MILITARES Y LAS
TRANSICIONES POLÍTICAS
Gehard Cartay Ramírez
Observo cierta
superficialidad en algunos análisis sobre transiciones políticas foráneas,
pretendiendo calcarlas para nuestro país cuando sea pertinente en el futuro.
Esos analistas obvian que
cada transición tuvo sus actores y contextos particulares y que ningún caso se
parece a otro. Todos resultaron distintos entre sí, por lo que sería una
extravagancia, por decir lo menos, señalar que se siguió una especie de “manual
de procedimiento” para adelantarlas. Lo que afirmo es una perogrullada, por
supuesto, pero noto que hay quienes discurren sobre transiciones y establecen
comparaciones entre algunos casos, todo ello sin rigor analítico ni profundidad
alguna, pretendiendo transponer algunas experiencias de otros países para
ensamblarlas aquí, como si se tratara de equipos armables.
No es así, por cierto. Desde
luego que existen elementos concomitantes entre algunas de esas experiencias y
por ello merecen un estudio más detenido. Pero, insisto, así como existen
estas, hay también elementos dispares y hasta contradictorios entre sí, por lo
cual pienso que cada transición política ha sido única en cierto modo, y así
serán las que se sucedan en futuro.
Sí debo destacar que entre
las escasas características casi comunes que registran las transiciones
sucedidas hasta ahora hay una fundamental: el papel cumplido por la institución
armada de cada país, ya como actor o como facilitador de las mismas. Sea dicho
todo esto a pesar de que esas dictaduras militares por lo general fueron
sanguinarias y represivas.
Hasta donde conozco sobre
este tema en particular, las experiencias de España, Brasil, Argentina, Chile y
Uruguay –por citar las que se mencionan como transiciones políticas exitosas y
nos resultan cercanas– lo fueron porque los mandos militares actuaron a favor
o, al menos, no se opusieron a ellas. La misma transición ocurrida aquí en
Venezuela en 1958 fue posible por haber contado con el apoyo de una mayoría de
la institución castrense, como más adelante se reseñará.
Una referencia sumaria y
brevísima de algunos casos puede demostrarlo, sin pretender agotar el tema y
muchísimo menos señalar la participación militar como la única, pues bien se
sabe que las transiciones políticas implican a muchos factores, actores y
contextos, como señalé al principio de estas notas.
En España, tras la muerte de
Franco, la evolución política tuvo dos pivotes centrales: por una parte, el
clima de diálogo, debate y entendimiento entre todas las fuerzas políticas, una
vez aislado el sector extremista del franquismo. Por la otra, la activa participación
del entonces novel rey Juan Carlos, quien designó como presidente del gobierno
a un dirigente centrista, moderado e inteligente, abierto a todos los sectores
políticos, como Adolfo Suárez.
Pero, en paralelo, el propio
rey garantizó el apoyo de la Fuerza Armada, la única institución con poder real
que pudo haber bloqueado esa transición. En ese momento, el liderazgo del
monarca cohesionó a los militares, casi como lo había hecho Franco durante
cuatro décadas. Fue en este ambiente amplio y distendido que se produjo la
redacción de la Constitución de 1978, aprobada ese año por un referendo popular
con el 90 % de los votos emitidos. Tres años después, Juan Carlos volvió a
blindar ese proceso al oponerse a la tentativa golpista de un grupo de oficiales
que llegaron incluso a tomar el Congreso de los Diputados, mientras esperaban
un apoyo que nunca llegó por parte de la mayoría de los militares. Obviamente,
el respaldo de la institución castrense a la transición española fue
fundamental.
El caso de Brasil es más
complejo. Luego del golpe de Estado contra Joao Goulart en 1964, vinieron 20
años de gobiernos militares, lo que, en cierto modo, constituyó luego un
proceso gradual de transición tutelada por ellos mismos, pues respetaron el
sistema federal y la elección directa de gobernadores. Esa larga dictadura se
inició con el nombramiento del general Castelo Branco como presidente por parte
del Congreso. Luego serían nombrados los también militares Costa e Silva
(1967), Garrastázu Médici (1969), Geizel (1974) y Baptista Figueiredo (1979)
hasta que en 1985, luego de intensas negociaciones entre militares y civiles,
los primeros aceptaron la elección directa y universal del presidente de la
república, siendo electo Tancredo Neves, quien falleció antes de asumir el
cargo, y fue sustituido por su vicepresidente José Sarney. Desde entonces,
Brasil ha mantenido la alternancia democrática de sus presidentes y gobiernos.
En Argentina, luego del
derrocamiento de la presidente Isabel Martínez –viuda del general Juan Domingo
Perón, a quien sucedió en 1976–, tomaron el poder los militares, cuyo
desprestigio comenzó a crecer en la misma medida en que sus crímenes iban en
ascenso, hasta llegar al capítulo tragicómico de Las Malvinas. Luego de tan
humillante derrota militar frente a los británicos, a los gorilas argentinos no
les quedó otra opción que devolverle el poder a los líderes civiles y
democráticos, quienes iniciaron una inteligente evolución política encabezada
por el presidente Raúl Alfonsín –electo en 1983–, la cual, aparentemente, ha
consolidado la democracia en aquel país.
En Chile la transición se
inició luego del referendo convocado por Pinochet y la cúpula militar en
octubre de 1988, mediante el cual pretendieron prorrogarse en el poder hasta
1997. Inicialmente, solo el Partido Demócrata Cristiano estuvo de acuerdo con
participar en ese evento, pero luego se fueron incorporando casi todas las
demás fuerzas políticas opositoras, y tras una inteligente y atractiva campaña
electoral fue derrotado Pinochet en las urnas. La decisión mayoritaria de los
chilenos fue acatada por los militares, a pesar de los intentos del dictador
para desconocerla. A partir de ese momento se puso en marcha una transición
democrática que superó escollos y tuvo un admirable desempeño.
En Uruguay se produjo
también una transición muy particular, iniciada por los militares –quienes se
habían alzado con el poder desde 1976–, luego de la derrota que sufrieran en el
referendo de 1983 cuando pretendieron aprobar una constitución a su medida, mediante
la cual impondrían su concepto de Estado a la sociedad civil y los partidos.
Rechazada aplastantemente esta propuesta, militares y civiles comenzaron a
negociar la transición y en 1984 se realizaron elecciones para presidente de la
república, ganadas por Julio María Sanguinetti, iniciándose así lo que puede
ser considerado como un ejemplar proceso democrático hasta hoy.
Finalmente, habría que
añadir la transición política cumplida en Venezuela con motivo de la caída de
la dictadura pérezjimenista, cuyo análisis merecería un espacio mayor del que
disponemos ahora. En todo caso, resulta claro que ese proceso transicional se
inició el primero de enero de 1958 con el alzamiento de un grupo de oficiales
de la Aviación y del Ejército en Caracas y Maracay que, independientemente de
su fracaso, puso de manifiesto las grietas que existían en el apoyo militar al
dictador. A partir de allí se conjugaron la protesta civil y callejera que, al
final, conducirían al golpe castrense que derrocó a Pérez Jiménez.
El proceso de transición se
abriría plenamente durante 1958 con la firma del Pacto de Puntofijo por parte
de Betancourt, Caldera y Villalba –los tres líderes democráticos principales– y
después cuando en diciembre resultó electo el primero como presidente. Sin
embargo, ese mismo año hubo varias intentonas golpistas a cargo de altos
oficiales, algunas de cierta gravedad, pero todas derrotadas por los sectores
institucionalistas de las Fuerzas Armadas y por la presencia combativa de la
sociedad civil que en las calles protestaron y se opusieron a tales
alzamientos. La actitud de la mayoría de los militares –entonces y después–
apoyando la transición en marcha fue un factor clave para que, al final,
aquella diera sus frutos y trajera consigo la instauración de la democracia en
Venezuela.
Insisto, para finalizar: la
contribución de los mandos militares ha constituido un elemento fundamental
–aunque no el único, desde luego– para que algunas transiciones políticas
tengan éxito. Y así lo señala la historia.
Ilustración: Thomas Danthony.
24/08/2023:
https://revistasic.org/los-militares-y-las-transiciones-politicas/