PAN PARA CELEBRAR LA FIESTA
(San Juan, 6: 51-58)
José Enrique Galarreta
Dando por comentado en
anteriores homilías el tema central de este capítulo 6º de Juan, atendemos a
aspectos complementarios.
¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?, es una pregunta demasiado lógica. No nos cabe en la cabeza que
nadie haya pensado nunca en masticar la carne física de Jesús, ni en chupar
físicamente su sangre, ni que sus interlocutores lo pensaran. Sin duda, el
evangelista está haciendo una pregunta retórica, para tener ocasión de insistir
en el mensaje.
Es significativa la
repetición de la expresión "comer mi carne y beber mi sangre" (cuatro
veces en tres versículos, más otras expresiones semejantes en el contexto
inmediato).
Se está iniciando el final
del episodio: el rechazo de los interlocutores y la insistencia de Jesús en que
él es el alimento y la bebida enviados por el Padre. Éste será el tema del
próximo domingo.
El que se alimenta de este pan tiene vida eterna
"No como el de vuestros
padres, que lo comieron y murieron". Alimentos para la vida, alimentos
para la muerte. Cebar la carne para que se pudra más materia, alimentar el
espíritu para que todo sea eterno.
Es un acto de fe en el ser
humano lo que se nos pide al creer en Jesús. Es un acto de fe en que el ser
humano es mucho más que carne, que posesión, que placer, que venganza, que
poder ...
Desde el capítulo 2 del
libro del Génesis se proclama que el ser humano es barro, pero con espíritu de
Dios, que tiene el mismo aliento con que Dios respira.
Jesús viene a alimentar el
Espíritu. Jesús viene a que vivamos con Espíritu, alentados, elevados por el
Viento de Dios muy por encima de las permanentes insatisfacciones de nuestro
barro.
Se alimenta de Jesús
"el espíritu", no "la carne". El espíritu es lo que tira
para arriba, la carne lo que tira para abajo. "Arriba y abajo" tienen
el mismo significado que en la fiesta de la Ascensión; en definitiva, hacia la
plenitud en Dios o hacia el fracaso vital.
Espíritu significa siempre
viento, volar, ascender, navegar, alentar, animar.... Carne significa siempre
corrupción, provisionalidad, pesadez, conformismo, gravedad, peso.
La carne de Jesús
El cuarto evangelio, que a
tantos (incluso de los mejores teólogos de la iglesia) ha inducido – por leer
mal – a un docetismo alarmante, haciendo concebir a Jesús como un ser divino
con apariencia humana, es sumamente explícito y cuidadoso en afirmar su
humanidad verdadera, real, indispensable. La carne y la sangre son la
humanidad, la carne y la sangre hacen evidente la realidad humana, carnal,
sólida, tocable, mortal.
La carne y la sangre son la
fiabilidad de nuestra fe en Jesús. Si no fuera carne y sangre sería mentira. Si
no fuera carne y sangre sería mito. La carne vaciada de sangre que exhibe Jesús
muerto, tan cruelmente reseñada por el mismo cuarto evangelio, y tantas veces
comentada desde delirios místicos, es ante todo la proclamación clamorosa de la
fe en la humanidad. Es esta fe en la humanidad el punto de partida de toda fe.
Si no tragamos enteramente la humanidad jamás nos alimentaremos de la
divinidad.
Muchos han vuelto a
Calcedonia para volver a insistir en divinidad. Muchos hoy creen alimentarse de
Cristo olvidando la carne y la sangre. Muchos han vuelto a descubrir la carne y
la sangre, la humanidad de Jesús, como alimento de su fe, como sustento de lo
divino de Jesús. Pero solo tiene vida eterna el que se traga la carne y la
sangre, la humanidad real de Jesús.
Comer su carne, beber su sangre
¿Habrá alguien todavía tan
tonto como para hacer la misma pregunta que el evangelio atribuye a los judíos?
¿Habrá alguien todavía que se imagine que le pasa algo a su espíritu dando un
mordisco a Jesús o bebiéndole la sangre? ¿Habrá alguien todavía tan influido por
la magia ancestral y el residuo de los mitos primitivos?
Comulgar es todavía para
bastantes personas tragarse algo que parece pan pero es Dios. Y desde el
estómago o desde cualquier rincón físico de su cuerpo, ese Dios que parece pan
actúa, como una tableta de medicina efervescente que en el tubo parece inerte,
pero puesta en agua empieza a soltar un sorprendente flujo de burbujas
curativas.
Para muchas personas esto es
ya simple magia superada, pero para algunas (¿muchas?) otras, todavía es la
creencia habitual. Si las líneas anteriores nos han sobresaltado o
escandalizado, quizá sea porque necesitamos revisar nuestro concepto de
comunión.
Ya hemos tratado en los
domingos anteriores sobre lo esencial del tema. Expondremos aquí un aspecto
complementario, inducido por la primera lectura y muy central en los
evangelios: el banquete, el Reino como banquete, Jesús como banquete. No
simplemente como comida, alimento, sino como fiesta y abundancia.
Es un tema que recorre
horizontalmente todos los demás de la Buena Noticia, y que olvidamos con
demasiada frecuencia. Una nueva Ley, más exigente aún que la anterior no es una
noticia demasiado buena. Una renuncia a todo lo que nos atrae para merecer el
premio eterno (más aún si es para evitar el eterno castigo) tampoco lo es.
Pero Jesús centra su
predicación en dos expresiones similares: la Buena Noticia / el Reino. Y lo
expresa en acciones festivas: los discípulos no ayunan "porque están con
el novio"; el ministerio de Jesús se inicia en el cuarto evangelio con una
boda en que Jesús ofrece el vino en abundancia, significativas parábolas tienen
al banquete como clímax... no repetiremos todos los pasajes en que aparece esta
idea. Sí insistiremos en el profundo paralelismo de estas expresiones con la
parábola del Tesoro, tan medular en el mensaje de la Buena Noticia, y en lo
significativo de la primera palabra de cada "bienaventuranza":
dichosos.
Lo de Jesús es una fiesta;
es de gente bien alimentada, que dispone de agua abundante y vino a discreción,
a plena luz, en medio de amigos, disfrutando de la invitación y la presencia
del Padre. Esto es una imagen del mundo definitivo, y Jesús alude a ese
Banquete definitivo en varias ocasiones, pero es también una imagen de la
situación interior de los que siguen a Jesús.
Tener la vida llena de
sentido, sentirse liberado de tantas necesidades que no hacen más que
encadenarnos, sentirse estimulado por el amor, no por el miedo, saberse
querido, útil, necesario, atender a valores válidos para la humanidad entera,
vivir comprometido, compartiendo, humanizando y humanizándose, fundar la
esperanza de vida eterna en el amor de un Padre...
Y, por encima de todo,
conocer a Dios, y liberarse así de todo miedo, al juicio, al pecado, a la
muerte, a la propia debilidad.... Vivir así es un regalo indescriptible,
estupendamente calificado por Jesús como Tesoro, como Fiesta, como boda con
abundancia del mejor vino, como Banquete, como Reino.
A veces, nuestra pequeñez
mental pide de Dios simplemente parches para los dolores pasajeros o, peor aún,
que nos ayude a conseguir bienes de tierra, de los que esclavizan el corazón y
nunca producen felicidad. Si desnudamos nuestras oraciones de petición,
probablemente encontraremos en el fondo de todas ellas el deseo de disfrutar de
este mundo, de no comprometernos con nadie, de vivir bien aquí sin dolor ni
muerte...
Somos desgraciados deseando
todo esto y más aún porque Dios no nos lo da. Cambiemos a Jesús. Vivimos para
construir el reino, como ciudadanos de la Ciudad Definitiva. Nuestros valores
no son de tierra ni para la tierra, aceptamos la misión: y entonces –y
solamente entonces– experimentaremos que lo de Jesús es una Estupenda Noticia,
un modo de vivir fascinante, satisfactorio, aquí y para siempre.
Fuente:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1440-pan-para-celebrar-la-fiesta.html
Ilustración: Juan de Juanes:
https://www.ncregister.com/blog/corpus-christi-scriptures-and-art
Breve nota LB: Curioso que Vatican News señale otra lectura, como san Marcos 12, 28b-34.
Padre S. Martín: León CIV en España:
https://www.youtube.com/watch?v=Dbs-TSZPDMI
Monseñor Munilla:
https://www.youtube.com/watch?v=Lw3XSyWhyUs