“No existe una clase
independiente de intelectuales, sino que todo grupo social tiene su propio
sector intelectual o tiende a formarlo pero intelectuales de la clase
históricamente (y de manera real) progresiva, en condiciones dadas, ejercitan
un poder tal que termina, en último análisis, subordinando a los intelectuales
de otros grupos sociales y creando, por ende, un sistema de solidaridad entre
todos los intelectuales con vínculos de orden psicológico (vanidad, etc.) y, a
menudo, de casta (técnico-jurídico, corporativo, etc.)”
Antonio Gramsci
(“El ´Risorgimento´”,
Granica Editor, Buenos Aires, 1974: 98)
Puede decirse, protesta y media en las calles de la ciudad
capital ha prendido en reclamo del aumento general de sueldos y salarios. Quince
días atrás, la primera actividad consistió en una modesta concentración en la
Plaza Morelos, saboteada por una inmensa tarima oficialista de estridentes
equipos de sonido en la avenida México que no impidieron que un grupo de reclamantes
partiera y llegase a las inmediaciones del Capitolio Federal; y, recientemente,
otro grupo semejante de peticionarios quisieron reeditar la escena, amedrentados
y disueltos tranquilamente por la policía y los colectivos motorizados.
Obviamente, la situación no habla precisamente del
inicio de una transición, revelando la falta de coordinación de las fuerzas
sociales y políticas para demandar mejoras al gobierno que esperará a finales
de abril para anunciar la elevación insignificante de los consabidos bonos. Y
es, faltando poco, no se evidencia la existencia y ampliación de un debate en
una materia necesaria de contextualizar en términos sociales y económicos.
Dicho en anteriores ocasiones, somos partidarios del
reconocimiento del daño laboral en Venezuela, con la consiguiente reparación
social e indemnización económica de los trabajadores, en lugar del exclusivo e
inmediato aumento salarial. No habrá mejor oportunidad que los ingresos
extraordinarios del petróleo para generar las palancas indispensables a objeto
de saldar la colosal deuda con las cajas de ahorro del sector público y reactivar
el crédito, lograr la participación accionaria de los trabajadores en las empresas
a reprivatizar gracias un modelo económico alternativo, entre otros varios
ejemplos.
Grata sorpresa la de esta semana, cuando la periodista
Goizeder Azúa entrevistó al reconocido experto petrolero Humberto Calderón
Berti (https://www.youtube.com/watch?v=GnMaATCDzII), quien hizo un responsable señalamiento en torno a la
situación de los miles de empleados de PDVSA otrora despedidos por Hugo Chávez
y esbozó al mismo tiempo – entusiasta – una solución necesaria. Por una parte,
con sentido realista, señaló que no habrá los recursos indispensables a corto
plazo para resarcir a la asombrosa cantidad de personas que el barinés botó de
la industria con un par de prepotentes pitazos televisivos; y, por otra,
planteó la posibilidad de que los venezolanos que se encuentran en el exterior,
ingenieros que trabajan en el área petrolera en diferentes latitudes, así como
los obreros calificados, regresen a nuestro país ya no como empleados, sino
como empresarios privados capaces de motorizar la industria en todos sus
ámbitos.
Nadie pretende afirmar que el exministro Calderón
Berti expresamente está de acuerdo con la tesis del daño laboral, aunque luce
obvio que coincide implícitamente. Significa la inversión de ahorros y la reinserción
en el proceso productivo de aquellos que no sólo despidieron de PDVSA, sino que
perdieron oportunidades laborales, justos salarios, la debida actualización,
etc.
La celebración de hoy tiene
dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un
único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola
de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no solo los sucesos son
un todo sino el mensaje es único.
Nuestra tendencia es
celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey
terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una
entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino
del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos
sino a convertir los corazones a Dios.
Aunque los rasgos de la
entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para
mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la
modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a
conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura).
El cuarto evangelio subraya
mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada
con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.
Es por tanto importante que
nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales
aclamaciones triunfalistas. Los mismos textos, y especialmente la profunda
elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados
por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su
mesianismo.
Como siempre, los evangelios
se preocupan de subrayar que los discípulos no se han enterado de gran cosa, y
siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y
la izquierda del Rey. No podemos caer en la misma tentación, sino atender al
mensaje de Jesús.
Y para eso están ahí las dos
primeras lecturas de la Eucaristía, que nos darán un contexto estupendo en el
que enmarcar toda la celebración.
Ver textos y comentario de
las lecturas
En contraposición con estas
lecturas, los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46)
parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior.
Deberemos cuidar de que
nuestras aclamaciones a Cristo Señor no hagan olvidar que, al decidirse a
entrar en Jerusalén, Jesús está subiendo a la cruz, precisamente por el rechazo
de los jefes, el olvido del pueblo y la cobardía de los discípulos. Serían
perfectamente aplicables a esta celebración las consideraciones que solemos
hacer al celebrar la fiesta de Cristo Rey.
Los relatos de la Pasión,
que son sin duda desarrollo de las más antiguas tradiciones orales y escritas
sobre Jesús, constituyen el núcleo del Kerygma primitivo, y una de las pruebas
más importantes de dos aspectos básicos de nuestra fe en Jesús:
· Son un argumento
irrefutable de la historicidad básica de los evangelios. La dificultad que
suponía para las primeras comunidades predicar la fe en el ajusticiado muestra
bien que no inventan sus relatos a su conveniencia, sino que repiten el mensaje
recibido por muy molesto que este sea.
Ejemplos evidentes de esto
son por ejemplo la unanimidad de los textos en no ocultar (al revés, en
insistir en) las negaciones de Pedro y la desbandada de los Once, más el mismo
hecho de los sufrimientos, Getsemaní etc., etc.
· El anuncio de Jesús no
tiene ningún matiz mítico. Jesús no es un mito sagrado que se viste luego con
narraciones realistas para consumo popular. Esta es precisamente la vía errada
de los Apócrifos, y la razón de su rechazo por las comunidades.
Si en otros momentos de los
evangelios los aspectos simbólicos o las citas de los profetas hacen casi
irreconocible la historia, aquí el mensaje es la historia, lo que pasó, y los
añadidos interpretativos o simbólicos son pocos y sirven para señalar el valor
y sentido de la historia, de lo que vieron los ojos.
La entrada de Jesús en
Jerusalén, en vísperas de la Pascua, entrada pública, no a escondidas, fue una
imprudencia y un desafío. Le buscan para matarle y han puesto a precio su
cabeza. Hasta este momento, Jesús se ha ocultado, se ha alejado del peligro. La
gente piensa que no se va a atrever a venir a la ciudad por Pascua. Pero Jesús
toma la decisión de subir a Jerusalén y entra en la ciudad públicamente.
Es posible que sus
discípulos aprovecharan la ocasión para hacer de esa entrada una manifestación
triunfal, incluso con signos mesiánicos. Es claro que las comunidades
posteriores vieron en ese suceso la entrada del Mesías en su ciudad, y así la
interpretaron.
Los datos de los evangelios
permiten adivinar los hechos: los galileos que han subido a la fiesta aclaman a
Jesús. La gente de Jerusalén se extraña, preguntan qué pasa, y algunos se
juntan a la fiesta.
Jesús estropea la fiesta y
entra en la ciudad llorando. Jesús convierte los signos de triunfo davídico en
signos de mesianismo inverso: el pollino (no caballo regio), el llanto sobre
Jerusalén... Jesús sabe que entra en la ciudad a morir, y que ese, no las
aclamaciones de la multitud, será su triunfo.
Los discípulos no se dieron
cuenta entonces de lo que estaba pasando. Solamente comprendieron más tarde...
como tantas veces. Como nosotros, cuando celebramos esta fiesta como un triunfo
davídico, con palmas y cánticos de gloria, sin pensar en que Jesús llora por
Jerusalén y se dirige, consciente y decidido, hacia la muerte.
Lo que ve la gente y lo que ve Jesús
La gente de Jerusalén ven un
espectáculo un tanto sorprendente, a algunos les parece ridículo: un puñado de
galileos aclamando a su líder, un carpintero sin cualificación del que dicen –
insensatos – que es el Mesías. Como tantos otros, como tantas veces.
Los escribas, los doctores,
los sacerdotes, ven un posible peligro: fue un predicador dudoso, de doctrina y
costumbres nada ortodoxas. Llamó la atención por presuntas curaciones, tiene
algunos discípulos. Pero tiene la osadía de presentarse en el Templo, le
aclaman como Mesías. Esto se puede ir de las manos, provocar la reacción de los
romanos. Esto se tiene que acabar.
Los discípulos ven el
triunfo definitivo de Jesús Mesías. Ha llegado el momento, Jesús se instalará
en el Templo, el Altísimo lo respaldará con algún prodigio cósmico, los
doctores y los sacerdotes se postrarán ante él, los romanos serán expulsados.
Comienza el Reinado de Israel sobre las Naciones, que vendrán a adorar a Dios
en su (de Israel) santo Templo.
Jesús ve la ciudad
engalanada para la fiesta. Ve la Fiesta de la Pascua, un gran negocio para
Jerusalén. Ve Escribas y Doctores ciegos, que impiden que el pueblo crea en
Dios. Ve Sacerdotes dueños del Templo y de la conciencia de la gente. Ve gente
aclamando a otro, porque él no es como el que aclaman. Ve discípulos galileos
sin convertir.
Jesús ve el camino de la
muerte. Adivina el Gólgota al otro lado de las murallas del Templo. Ve el
esplendor del Templo, sabe que de todo eso no quedará nada... Y SE ECHA A
LLORAR. Llora porque Jerusalén no va a aceptar la Buena Noticia, no va a entrar
en el Reino, no va a conocer al Padre.
Como dice, tan sabiamente,
nuestro villancico popular: "todo el mundo sonríe, solo Dios llora".
Algo más que una disciplina
académica, la política es un hecho social ineludible. Incluso, valga la
paradoja, aun negándola o combatiéndola, se hace política.
Ocupada del destino común y,
a pesar de su mala e interesada fama, constituye la región más transparente de
la sensatez, aunque no siempre notamos sus verdaderos disparates y solemos
tardar en enmendar la plana. Por ello, la política requiere de una perspectiva
estratégica que aspire a proyectarse históricamente. Sin embargo, en el complejo
tránsito por la vida pública, quizá la principal confrontación se da entre los
políticos cuerdos y los variopintos locos
de carretera de acuerdo a la feliz expresión venezolana.
Los más juiciosos que
entienden, asumen y aspiran a la política como vocación y especialidad,
profesión y talento, imaginación y experiencia, deben soportar la desleal
competencia de los más improvisados que, ahora, los azares digitales elevan a
un olimpo de deidades de enfermiza rotación: la moda, simplemente la moda, tiende
a marcar la pauta. Prolongándola, se agotan en la coyuntura, dependen de las
presiones inmediatas, deciden antes de comprender porque no se explican en el
marco de un proceso ni de las instituciones – al menos- necesarias, reduciendo
lo estratégico a lo urgente y lo táctico a mera narrativa.
Observemos al Estado
descarrilado como un modelador de conductas que irradia una perversa pedagogía:
por ejemplo, por mucho tiempo la regla fue la de autorizar por vía parlamentaria
y judicial los créditos públicos, siendo una excepción la de presupuestar
sinceramente los recursos disponibles del país; soslayar la necesaria inversión
en el complejo hidroeléctrico de El Guri, convirtiendo el colapso de los
servicios en un mecanismo más de control social; subestimar la representación y
rendición de cuentas, favorecida la participación como fetiche. Fuera de la protección del Estado confundido
con un partido, el de gobierno y sus organizaciones subsidiarias, el dirigente
de oposición debe ser previsivo, capaz de corregir sus decisiones ante la más
endiablada de las sorpresas, reivindicando los mecanismos colegiados que llevan
a las decisiones acertadas, desconfiando de la iluminación mesiánica, generando
una agenda de ideas y tareas, presumiendo y asumiendo los costos: el conductor
político que espera el país que lo tuvo e hizo libre, democrático e
independiente en dos siglos, no anda por la vía acelerando sin cálculo, ni
cambia de canal arbitrariamente disparando a los cielos, no pone en peligro la
vida ajena, ni funde el motor de una esperanza viva y manifiesta que sintetiza
a las grandes mayorías.
El loco en cuestión, un
vulgar apostador, jamás será el sujeto impredecible que valora estratégicamente
un autor clásico como Thomas Schelling, quien versa sobre la racionalidad del
riesgo que sabe gestionar y de las expectativas que no pierden el sentido de
las realidades, concebido el conflicto como una negociación implícita. Por lo
pronto, es necesario volantear bien el vehículo, con suficiente gasolina; pilotarlo
y copilotarlo adecuadamente para cubrir - con paciencia - todo el itinerario; turnar
a los conductores cuando sea conveniente, ya que todos pertenecen a la misma
escudería; y no cantar victoria sino después de cruzar la meta, u otras
tentaciones festivas.
Capturas
de pantalla: Escenas de persecución tomadas de “One Battle After Another” de
Paul Thomas Anderson (2025)
La introducción del azar en la teoría de juegos (´de suma distinta de cero´) no tiende exclusivamente a impedir que sea prevista y adivinada la propia estrategia. Como ya se ha hecho notar anteriormente, en estos juegos uno tiene más interés, muchas veces, en que el otro anticipe nuestra manera de jugar que en disfraza nuestra propia estrategia (…) En los juegos que combinan el conflicto con el mutuo interés, sin embargo, no es tan importante el papel que desempeñan las jugadas en que intervine el azar y, en todo caso, es notoriamente distinto”
Thomas C. Schelling
(“La estrategia del conflicto”, Tecnos, Madrid, 1964: 199 s.)
- Ramón Hernández con fotografía de Tom Grillo. “El país como oficio. Juan Antonio Yanes (Yanesito): Arrebato de mística”. El Nacional, Caracas, 09/12/1984.
- Sanín. “Cultura política”. Bohemia, Caracas, N° 793 del 05 al 11/06/78.
- Félix Rossi Guerrero. “Temas políticos-petroleros: La solución ideal”. Economía Hoy, Caracas, 24/10/90.
- José Luis Vethencourt. “Los jueces: críticos del sistema penal”. El Nacional, 11/09/79.
- Martín Cayaunare. “Memoria de un lector: Literatura comprometida de Rufino Blanco Fombona”. Últimas Noticias, 30/12/73. Suplemento Cultural.
Reproducción: Juan Antonio Yanes (Yanesito). Élite, Caracas, N° 1164 del 24/01/1948.