“El deseo real del amante, como vemos en ese puñado de hielo, es eludir las certezas de la física y flotar en las ambigüedades de un espacio-tiempo donde lo ausente está presente y el ahora puede incluir al luego sin cesar de ser ahora”
Anne Carson
(“Eros dulce y amargo”, Editorial Lumen, Barcelona, 2020: 145)
Las protestas del estudiantado francés de secundaria
han recorrido los circuitos noticiosos como una extraordinaria novedad, pero
también bajo el signo de una profunda sospecha, pues hacía mucho tiempo que no
se tenía idea de una movilización estudiantil de semejante significación y la
minoría de edad de sus protagonistas parece sugerir, para algunos, la presencia
de grupos manipuladores tras bastidores. El repertorio de denuncias de la
muchachada luce sorprendente en un país desarrollado y solo aparentemente
cómodo, donde la crisis del Estado de bienestar, la polarización política e
ideológica y las tensiones asociadas al fundamentalismo religioso contribuyen a
una terca inestabilidad a las puertas de los comicios presidenciales.
En Venezuela, quizá las nuevas generaciones vean con
curiosidad y asombro que sus pares europeos incursionen precozmente en
actividades de calle, reivindicando su condición de estudiantes y haciendo
valer sus propias demandas. Acá, los adolescentes y los más jóvenes apenas
parecen haber tenido una participación significativa en las grandes protestas
callejeras, pues las jornadas de 2014 y 2017 quedan ya a considerable distancia
de su experiencia directa, y tampoco imaginan con facilidad que, décadas atrás,
hubo entre nosotros un vigoroso y legítimo movimiento liceísta, portador de
importantes reivindicaciones y de un poderoso mensaje político.
En efecto, a comienzos de la década de 1950, la
dictadura militar conoció la bravía presencia del alumnado de bachillerato,
cuyas organizaciones juveniles partidistas canalizaron y expresaron buena parte
de sus inquietudes, aunque habrá quien lo haya lamentado —y todavía lo lamente—
desde posiciones absolutamente prejuiciadas. Fundamentalmente procedente de las
instituciones públicas, aquel movimiento tenía entre sus propósitos elevar la
voz en las calles y lanzar unas buenas pedradas contra la policía, como
posiblemente hoy no atinan a hacerlo los infantes galos, mientras que la
participación de los colegios privados fue más limitada, salvo episodios como
las protestas contra el decreto 321 de 1946, durante el Trienio Adeco.
Al igual que en cualquier muchacho puede despuntar la vocación
de cantante, médico, futbolista o carpintero, acompañada de grandes ilusiones,
también puede hacerlo una temprana inclinación política que lo impulse a luchar
por la libertad, expresarse públicamente y someterse a prueba para descubrir
hasta dónde puede llegar. Grandes líderes políticos, estupendos profesionales
de las más variadas disciplinas y ciudadanos convertidos en referentes
inolvidables fueron dirigentes liceístas que asumieron los retos de su tiempo,
adquirieron un valioso aprendizaje cívico y continuaron por el camino de la
política o emprendieron otros de gran satisfacción personal y ciudadana.
Estudiosos como Orlando Albornoz aportaron luces sobre
la existencia de un vasto movimiento estudiantil venezolano y, concretamente,
liceísta, cuya historia merece todavía nuevas indagaciones y una revisión
desprejuiciada de sus alcances. Seguramente habrá numerosos estudios y
olvidadas tesis de grado que permitan profundizar en el tema, pero América
Latina ofrece sobradas lecciones históricas acerca del papel del estudiantado
en la lucha por sus ideales de libertad y democracia, así como en la formación de
generaciones dispuestas a asumir responsabilidades públicas.
Una importante conquista de aquel movimiento fue que
los más jóvenes entre los jóvenes pudieran elegir, mediante sufragio directo y
secreto, a los integrantes de los centros de estudiantes de sus respectivos
liceos, una práctica que también alcanzó a algunos colegios privados y que
convirtió la representación estudiantil en una escuela de ciudadanía. Con sus
errores y aciertos, aquella experiencia se fue debilitando hasta perder buena
parte de su vigor, y Nicolás Maduro intentó devolverla a la agenda nacional con
la pretensión de instrumentalizarla políticamente, desnaturalizando así el
sentido autónomo que debería distinguirla.
Veremos hasta dónde llegan las jornadas de protesta en
Francia, un país que seguimos, entre otras referencias, a través de la pluma de
Michel Houellebecq, uno de los escritores que cultivan la irreverencia en medio
de las convenciones y del hastío mediático contemporáneo. Ojalá el asunto suscite
algún interés entre nosotros, porque el relevo político nacional no se forja al
margen de la experiencia reivindicativa cotidiana ni de la participación
efectiva en las realidades sociales, y mucho menos puede descansar en el
insolente oportunismo digital: requiere formación, organización, compromiso y
aprendizaje cívico.
Una vez más, Mateo convierte
en alegoría una parábola que había recibido de la tradición. Lo que
encontramos, por tanto, en el relato, más que las palabras originales de Jesús,
es la «adaptación» o «traducción» que el autor del evangelio hizo de las
mismas, para aplicarlas a su propia comunidad…
Una vez más, Mateo convierte
en alegoría una parábola que había recibido de la tradición. Lo que
encontramos, por tanto, en el relato, más que las palabras originales de Jesús,
es la «adaptación» o «traducción» que el autor del evangelio hizo de las mismas,
para aplicarlas a su propia comunidad.
Por eso, no es extraño que,
tal como ha llegado a nosotros, aparezca algún dato anacrónico que muestra lo
que acabo de decir:
· el incendio y la ruina de
Jerusalén («su ciudad») se narra como algo ya acontecido (año 70);
· el último grupo de
enviados representa a los primeros misioneros cristianos (de la comunidad de
Mateo), que reúnen tanto «a los buenos como a los malos»;
· los que rehúyen la
invitación –con sus tierras y sus negocios-, así como los que maltratan y matan
a los criados, representan, en la intención de Mateo, a las autoridades
religiosas judías, que no aceptaron el mensaje de Jesús;
· por su parte, los
desprotegidos que terminan llenando la sala del banquete son los miembros de la
propia comunidad mateana;
· el «traje de fiesta» es
una alusión directa al bautismo; parece significar que para formar parte de la
comunidad –del «banquete de bodas»- se requiere una conducta acorde con los
compromisos bautismales;
· el castigo señalado para
éstos es la expulsión (a las «tinieblas»: fuera de la luz de la comunidad), con
el dolor y la desesperación que conlleva («llanto y rechinar de dientes»);
· la alegoría concluye con
un dicho frecuente en el mundo judío, cuya veracidad podrían constatar aquellas
primeras comunidades: «muchos son los llamados y pocos los elegidos»; en grupos
de tipo sectario –en el sentido neutro, sociológico, no peyorativo, del
término-, los miembros se sienten objeto de la «elección divina», por lo que
las deserciones se ven como «traiciones».
Hechas estas precisiones
para «ubicar» el relato adecuadamente, podemos acercarnos ahora a su contenido,
queriendo descubrir lo que el Espíritu, a través del mismo, quiera regalarnos.
Tanto la parábola original
como la alegoría que elabora Mateo, se construyen a partir de la imagen de la
boda, figura bíblica por antonomasia para referirse a la unión de Dios con el
pueblo.
El relato arranca con una
invitación para la boda del hijo, que tiene como trasfondo los usos de la
época. Los ricos invitaban dos veces: la primera por escrito; la segunda, por
medio de personas. Eso permitía que el invitado reflexionara sobre su
posibilidad de devolver la invitación, y que conociera los nombres de los otros
comensales. Por eso, un comentario rabínico dice: «Nadie asistirá a un banquete
si no ha sido invitado dos veces».
Después de la segunda
invitación, rehusar acudir al banquete se consideraba como una afrenta social
que dañaba el honor del anfitrión.
Sin embargo –aquí hay que
encontrar la novedad de la parábola-, la indignación no lleva al rey a
castigarlos, sino que le impulsa a buscar a otros, precisamente los más
desprotegidos. Con lo cual, se pone de relieve el núcleo del mensaje que la
parábola busca transmitir: el acento no se pone en los que se excusan, sino en
el interés del anfitrión por llenar su mesa, que no ceja hasta que «la sala se
llenó de comensales».
Se trata de un acento que
aparece también en otras parábolas –piénsese, por ejemplo, en el sembrador que
no escatima la semilla-, y que muestra a Dios como Derroche y Exceso.
De los primeros invitados se
dice que rechazaron la invitación. A unos pareció más interesante centrarse en
sus tierras y en sus negocios; otros reaccionaron maltratando o matando a los
enviados.
Más allá de la alusión
alegórica a la historia de Israel y a su relación con los profetas, no es
difícil percibir en el texto un mensaje de sabiduría, válido para cualquier
tiempo. Veámoslo desde una perspectiva genuinamente espiritual o transpersonal.
En ésta, la «boda» significa
el reconocimiento de la Unidad de todo lo real –unidad que no niega, sino que
abraza las diferencias- y, en ella, de nuestra identidad más profunda.
Participar de la boda supone haber descubierto y experimentado la Verdad de quienes
somos, más allá de la identidad relativa de nuestro pequeño yo. Por eso, la
boda es símbolo de Plenitud y de Dicha que, en un modelo dual, se nombraba como
«encuentro con Dios».
Más allá de los nombres que
usemos, lo importante es la experiencia a la que el texto nos invita: tomar
distancia del propio ego, comprendiendo que nuestra verdadera identidad no se
halla en él –con sus «tierras», sus «negocios» y sus intereses-, sino en la
«Boda» (Identidad no-dual) que somos con todo lo que es.
Conocemos bien que el
mecanismo primario del ego es la identificación y la apropiación. El ego se
aferra a lo que cree que necesita para ser feliz. De niño lo vivió así, y sigue
todavía con aquel «mapa» –los mapas infantiles se graban poderosamente en
nuestro inconsciente-. Por eso, aunque la persona se haga consciente de la
trampa y el engaño, seguirá cayendo en él, mientras perdure la identificación
con el ego.
Las «tierras» y los
«negocios» son los pequeños intereses del ego, de los que no podemos prescindir
mientras estemos identificados con él. Porque el ego nos hace creer que es en
ello donde se juega nuestra felicidad.
La verdad, sin embargo, es
otra. A veces son las crisis las que nos ayudan a abrir los ojos, y el
desencanto el que tambalea nuestras creencias egoicas más arraigadas. Crisis y
desencanto nos han convertido en «desprotegidos», como los últimos invitados de
la parábola. Entonces empezamos a descubrir que ni somos ese ego con el que nos
habíamos identificado, y que no seremos más felices por más que consiga todo lo
que desea.
No somos el ego, ni tiene
que importarnos demasiado como le vaya. Somos la Presencia, el Espacio abierto,
aquello precisamente que «no podemos saber», porque es infinitamente más que
nuestra mente. Pero en lo que nos reconocemos, cuando logramos silenciarla, y
que percibimos como «Nada», que es un «Todo» transmental, que sabe a Plenitud:
eso es lo que somos. ¿Quién quiere identificarse con su ego?
Rota la identificación
engañosa, nos encontramos ya participando de la Boda. Siempre lo habíamos
estado, pero ni lo habíamos hecho consciente, ni lo habíamos podido disfrutar.
Al caer en la cuenta, aceptamos gozosos y agradecidos la invitación al
banquete, en el que no falta nadie ni nada.
Ilustración: Andy Warhol, "Black Light Last Supper" (1986), en: Martien E. Brinkman (2013) "Jesus incognito. The Hidden Christ in Western Art since 1960". Rodopi, Amsterdam-New York: 194).
«VELEMOS POR LA DEROGACIÓN DE LA LEY DEL ODIO Y BREGUEMOS POR LA URGIDA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA»
“Existe la convicción
generalizada en torno a la radical inconstitucionalidad de la Ley del Odio en
Venezuela, pero también de su aún más arbitrario empleo como herramienta
sistemática de persecución y represión que debe ser inmediatamente derogada;
pero – no obstante – advirtamos que ahora la pretendida reforma legislativa
puede convertirse en un instrumento de distracción respecto al objetivo
principal: la transición democrática”, señaló Luis Barragán, dirigente nacional
de Encuentro Ciudadano.
En una entrevista realizada
para “Termómetro Social” de la Radio Fe y Alegría 1390 AM conducido por Freddy
Marcano, el exparlamentario y columnista de prensa, reiteró las objeciones
jurídicas que en su momento se le hicieron a una ley calificada de constitucional
por la espuria asamblea constituyente de 2017, cuando la materia siempre tuvo
solución en ordenamiento jurídico ordinario.
“Hoy – agregó – lo
conducente es derogar esa ley que el oficialismo la ha planteado como un
recurso de distracción y quién sabe si de extorsión haciendo depender de esa
reforma la excarcelación y el condicionamiento de los numerosos presos
políticos que faltan por liberar para darle autenticidad y credibilidad al
proceso de transición que todavía no es”.
Reiteró el otrora diputado
electo en 2010 y 2015 que esa Ley del Odio afecta la vida cotidiana de toda la
ciudadanía: “Métase o no en el problema político actual, el ciudadano de a pie
ha sido y es víctima del instrumento aplicado dizque para resolver un vulgar
problema vecinal o de tránsito terrestre, sometiéndolo a una posible extorsión
de la autoridad pública”.
“Velemos por la derogatoria
real, efectiva e inmediata de la Ley del Odio, pero siempre desde la
perspectiva de una transición democrática cada vez más urgente”, puntualizó.
Los modelos probados de transición pacífica y
democrática no están limitados a un relevo de elencos en la más alta dirección
del Estado, siendo lo más importante y decisivo la recuperación de las
instituciones y capacidades que lo hagan posible después de desnaturalizadas
por el poder despótico. Por ello, la corporación castrense ha de inscribirse en
el proceso de cambio planteado y no al revés. Cuenta con particularidades como
una capacidad coercitiva institucionalizada, interacción y jerarquía propias,
en un ineludible cuadro de vinculación y lógica subordinación constitucional al
poder civil: puede aportar a la crucial y urgida reconstrucción del Estado,
aunque también contribuir a obstaculizarla o deformarla.
John Magdaleno ha advertido sobre la necesidad de no
subestimar el papel de la Fuerza Armada Nacional (FAN) en una transición y, nos
permitimos añadir, por desprestigiada que se encuentre, como lo revela el
contraste entre los estudios de opinión del presente siglo y los del anterior. Muy
fragmentaria la información disponible en torno a la vida interna de la
entidad, en nuestro caso, hemos seguido a Sebastiana Barráez, quien advierte determinadas variaciones en los mandos
militares que reflejan, en alguna medida, el actual momento histórico.
Convengamos: la sola invocación de la Constitución no
es suficiente para interpretar y resolver la cuestión castrense en relación con
la transición, existiendo múltiples aspectos que atender en el campo legal,
reglamentario, procedimental, educativo, presupuestario y meritocrático, así
como las prácticas cotidianas arraigadas en las últimas décadas que no deben
soslayarse. La entidad armada fue atada en la presente centuria a una
concepción y expansión política, administrativa y económica ilimitada del Estado
que confundió las responsabilidades civiles y militares, apelando a las
bayonetas para sostenerse: el Estado Cuartel echó las bases del sucesivo e
improvisado Estado Comunal, comprometido definitivamente en una variedad de
funciones que excedieron el estricto ámbito militar hasta desnaturalizarlo,
militarizando a la sociedad.
El soldado sencillamente dejó de serlo, proyectado
como un simple funcionario público, agente de seguridad interna, operador
político, comisario ideológico, gerente empresarial, gestor público, realizador
local de la doctrina de guerra prolongada. La solución de imposible continuidad
entre el Estado Cuartel y el Estado Comunal condujo posteriormente a la derrota
militar de una forma de poder como la alcanzada y agudizada por el madurato:
acaso, ¿la hipertrofia político-militar fundada en la terca y arbitraria
configuración del enemigo interno no hizo posible que una potencia extranjera
consiguiera extraer de Caracas al entonces comandante en jefe de la FAN y,
además, en tiempo récord? Sin embargo, esa derrota, igualmente moral, no
resolvió el problema venezolano: Miraflores capituló ante Washington y no ante
el país.
Luce obvia la necesidad de recuperar al soldado
profesional que viene de serlo anómico y comunal, afectando las capacidades
operacionales y confundiendo la misión misma de la entidad de adscripción y
vida. Vale decir, un soldado profesional, institucional y especializado,
subordinado a un transparente y sobrio poder civil, capaz en lo doctrinario,
tecnológico, personal y corporativo de velar por las armas de la República que
se le confían y ante la eventualidad de un legítimo escenario bélico en defensa
de la nación a la que sirve: la nuestra.
Múltiples las iniciativas pendientes, como la
constitucionalización de las leyes militares con atención a un severo universo
normativo, de control y rendición de cuentas, procedimientos y prácticas
administrativas que no pueden depender de una coyuntura política por más que se
la extienda artificialmente. O los ascensos, que hacen a la institución,
permitiendo seleccionar y configurar los mandos, construir jerarquías,
determinar la carrera, proyectar el porvenir de la corporación armada; valga
acotar, oportunamente introdujimos un proyecto de Ley de Ascensos Militares en
la Asamblea Nacional por 2020.
El control civil de la institución castrense no ha de
significar control partidista alguno, como ha ocurrido irrefutablemente en esta
centuria a pesar de las disposiciones constitucionales, conscientes de las
dificultades que toda transición reporta sobre las fuerzas armadas, que bien
las ilustran los procesos acaecidos al sur del continente décadas atrás. El
soldado profesional no debe desperdiciar y arriesgar su vocación y talento en
tareas distintas a la defensa de la soberanía nacional, integridad territorial,
protección de la infraestructura estratégica, respondiendo a toda amenaza y
peligro externo, permitiendo la confiable administración del monopolio estatal
de la fuerza sin incurrir en un monopolio ilegítimo del debate y la persuasión.
Inferimos de los aportes de Harold Trinkunas que la
subordinación de la FAN no aparecerá espontáneamente con la apertura y
democratización, pues la transición, reivindicada como proceso, exige
capacidades civiles para la gobernanza de la defensa y arreglos institucionales
que confieran estabilidad a las reglas acordadas. La dinámica transicional
obliga a señalar e implementar correcciones, incentivos, logros y
reconocimientos concretos que permitan que haya cabalmente Estado.
Con la transición pacífica y democrática gana la FAN
profesional, institucional y especializada. Y, lo mejor, recobra todo su
sentido republicano.