lunes, 29 de junio de 2026

Autoconstrucción cultural

CÓDIGO 

Hermann Alvino (*)

He leído con atención la reseña sobre tu llamado de alerta, efectuado hace años, acerca de las medidas que debían tomarse en caso de catástrofes como la de los terremotos. Es inútil insistir en que el país no está preparado, porque nunca lo estuvo. Recordemos El Limón, en Aragua, por ejemplo, en plena democracia.

Y no está preparado porque en el código cultural venezolano no existe el concepto de prevención ni de mantenimiento, aunque tampoco conviene autoflagelarnos, pues esa carencia está presente en casi todos los países no angloparlantes, España incluida. Si observas el estado de las carreteras o de las instalaciones urbanas básicas, verás algo muy similar a lo que se aprecia en Venezuela, especialmente cuando esa prevención y ese mantenimiento dependen de los gobiernos locales.

Yo estoy convencido de que la degradación de los partidos ha acelerado este descuido, porque, si la ciudadanía no participa en la vida partidista, terminan colándose los trepadores y los incompetentes, quienes al final serán los candidatos y, posteriormente, los gobernantes electos.

Pero, apartando ese tema, la misma degradación generalizada de la estructura pública venezolana, incluyendo la de la era democrática, se debe a la inexistencia de una cultura de prevención y mantenimiento. Yo puedo hablar de lo que recibimos de los adecos en 1979: el IMAU, el aeropuerto, el IMTC, los huecos de las calles, etc. Pero también puedo hablar de lo que encontramos cuando Pedro Pablo dejó la Secretaría General de COPEI y entramos al edificio de Zamuro con Dr. Díaz: una pocilga. Para sus usuarios aquello no era de nadie, exactamente igual que ocurre con la infraestructura venezolana.

Las empresas públicas caraqueñas, de las que me ocupé durante algunos años, daban vergüenza ajena, y ya sabemos cuánto se robaron. Lo mismo ocurría con las oficinas públicas: los escritorios, los baños, la iluminación, las escaleras... Todo estaba destrozado y deteriorado. Pero no creas que con LHC la situación mejoró mucho, porque el código cultural copeyano era el mismo que el del resto de los paisanos.

Un ejemplo sencillo de esa ausencia de prevención lo viví apenas me encargué del aeropuerto. Lo primero que hice fue revisar el sistema de emergencia, el cual descansaba sobre cinco enormes plantas eléctricas, algo apartadas de los edificios que todos conocen. No encendían porque no tenían baterías. Las compré por caja chica y, en dos horas, ya funcionaban. Pero no suministraban electricidad donde debían, porque los amigotes habían desviado el cableado hacia la farmacia, el banco, la librería y la hamburguesería, en lugar de llevarlo a la pista, a las correas de equipaje y a los sistemas de apoyo aéreo. De inmediato ordené restituir todo como era debido y, a los dos días, una tormenta con rayos reventó la central eléctrica de Catia La Mar. Toda la región quedó sin electricidad, menos los sistemas vitales del aeropuerto.

Por supuesto, la fama de brujo —similar a la tuya, reflejada en la reseña que enviaste— no era más que producto del sentido común y del deber. Ese aviso tuyo sobre lo que podría venir yo lo hice, más o menos de manera similar, en la Comisión de Administración y Servicios del Senado, cuando me tocó estar allí. En aquella oportunidad era con relación al Metro. Y mira cómo ha quedado ese pobre sistema de transporte bajo el mantenimiento del chavismo, al igual que CADAFE, el suministro de agua y la propia PDVSA. El fondo del problema es exactamente el mismo, y roguemos que no se repita la tragedia de la represa mirandina, aunque esta vez en grande, con las de Guayana.

El deterioro de lo público, entonces, se explica porque a nadie le importa, porque se piensa que eso no es de nadie. ¿Cómo pueden caerse las vigas del terminal aéreo? Pues porque durante cuarenta años nadie revisó las soldaduras ni el inevitable avance de la corrosión sobre las cabillas dentro del concreto, en un entorno con salitre, además. Y así podemos describir prácticamente todo lo que el país construyó desde los años cincuenta, pasando incluso por los pasillos de la UCV, que se derrumban solos.

Así que no solamente la corrupción y la irresponsabilidad causan muchas muertes al construir mal, al no revisar ni mantener debidamente las obras, mientras se cobra por servicios que nunca se prestan y se pagan completas construcciones defectuosas. Se trata también de un problema cultural que va desde ensuciar las calles arrojando cualquier cosa hasta robarse los tapones de los lavamanos públicos. ¿Cómo se puede destruir literalmente un camión del aseo urbano, por más que exista un mal uso del vehículo? Lo mismo ocurre con los ascensores y las escaleras mecánicas. Todo lo que tocamos lo convertimos en chatarra y, finalmente, en rancho.

Todo ese conjunto de problemas sale a relucir cuando ocurre un terremoto. Demasiado han resistido las torres de El Silencio y las de Parque Central, pese a casi medio siglo de abandono. Y, claro está, cuando esa ausencia del concepto de prevención se traslada a la organización y a la gobernanza, vemos cómo el Estado se paraliza por falta de recursos materiales y humanos, por no entrenar debidamente a los cuerpos especializados, por no educar a la población, etc.

No es de recibo que, en Hiroshima y Nagasaki, apenas dos días después de haber sufrido el lanzamiento de las bombas atómicas, ya circularan algunas líneas de autobuses por las zonas afectadas. Ni hablemos de la preparación frente a terremotos y maremotos. Japón y China, al igual que los países angloparlantes, Alemania y otros similares, tienen muy claro el valor de la prevención; también, en cierta medida, Francia. Pero, si recorres el ámbito hispanohablante, además de Italia, Grecia, Pakistán y otros países, encontrarás realidades muy parecidas a la venezolana: ahí están los deslaves en Colombia o los terremotos de Chile, México y Nicaragua.

Es nuestro destino, aunque, en buena medida, nosotros mismos lo hemos construido. Y solo queda esperar la próxima tragedia.

(*) Respuesta de H.A. a nuestro texto:

https://apuntaje.blogspot.com/2026/06/es-que-ya-estaban-prescritas-todas-las.html

Fotografías: The New York Times, NY, 28/06/2026.

La improvisación como sistema

DE LOS CABLES METROPOLITANOS

Luis Barragán

Muy antes, en la diaria jerga de las mesas de redacción,  el término hacía referencia a los cablegramas noticiosos y, si de reparación vehicular se trataba, al auxiliar para la batería, cuando no al tendido eléctrico y telefónico.  E, incluso, expresiones como “comerse un cable” o de alguien con el “cable pelao”, se equiparaban al bolsillo vacío o mísero, y a la dudosa lucidez de una persona. Agreguemos otro término asociado a la falta de soberanía, pues, el cable submarino es por excelencia el que extendió el chavismo con la dictadura habanera y de cuya suerte no se ha hablado más.

El cable de la más numerosa variedad de formatos, propiedades, características y usos, explicará aún por largo tiempo nuestra vida cotidiana, aunque distintas aplicaciones prometen  la interconexión con prescindencia del magnífico recurso. Con la llegada de la electricidad, su prestigio alcanzó extraordinarios niveles, sobre todo en las ciudades tejidas a simple vista para el iluminado progreso que alcanzaban. No obstante, llegó la etapa en la que estéticamente representaba un retroceso, porque el flexible cableado de disímiles grosores, al igual que la tubería (la otra versión del cable), debía esconderse en el subsuelo, reduciendo los peligros de una exposición aérea con el azote constante del viento y demás elementos naturales.

En efecto, hay testimonios de la vieja prensa respecto a la progresiva sustitución del tendido eléctrico a la vista de todos los caraqueños, alguna vez festejado por sus grandes postes de madera de los que la siderurgia dio cuenta sobre todo a partir de los años cincuenta. Los sótanos de la ciudad explicaban ese otro paisaje libre de las grandes telarañas, siendo las crecientes áreas marginales, después consolidadas, las que todavía las tienen para dar cuenta de una agigantada y peligrosa improvisación.

Por estos años, las telarañas han vuelto, esta vez, prometiendo cumplida e incumplidamente el servicio internetiano. No hay rincón de cualquier localidad que no haya recibido el propósito de las múltiples empresas de servicios de todo pelaje, desde las más serias hasta las más descaradas, que no tomen la calle, la siembren de postes y festejen un cableado aéreo de nudos impresionantes y también endebles.

¿Para qué esforzarse por una instalación sotanera, algo que es más costoso  y que tampoco cuenta con los debidos planes municipales que la integre adecuada y promisoriamente? ¿Acaso, los nichos de un material plástico en superficie que revelan una instalación de fibras en el subsuelo, no son objeto de sendos e impunes actos vandálicos?

La temporada de lluvia ya ha dado cuenta de la riesgosa y literal caída de estos cables digitalizadores de hogares y establecimientos comerciales de toda índole, pero con el doble y reciente terremoto ha empeorado la situación. Parecen ennegrecidos espaguetis que enredan nuestras vías de tránsito peatonal y vehicular sin que las autoridades digan absolutamente nada o, por lo menos, alerten a la ciudadanía. Claro, tampoco lo han dicho porque están ocupados con sus sobrevenidos especialistas,  fiscales o inspectores que hasta piden quitar las rejas de casas o de las áreas internas de los edificios para escapar mejor ante cualquier vicisitud natural quizá porque ya no hay delincuentes comunes en Venezuela.

La rutina citadina significa ahora lidiar con esos mal rebobinados cables aéreos que ponen en peligro nuestra pisada, por decir lo menos. Un motivo más para esta fallida interconectividad venezolana, por cierto.

Fotografías: LB (CCS, 28/06/2026).

29/06/2026:


La historia sísmica es también la historia del Estado y sus capacidades en Venezuela

TERREMOTO EN VENEZUELA: CUATRO SIGLOS DE CIUDADES CAÍDAS, MIEDOS Y MEMORIA BAJO LA TIERRA

Luis Perozo Padua  

La tierra comenzó a hablar antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si una carreta inmensa avanzara bajo las calles.

Después vino el estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.

Venezuela, que muchas veces se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones, también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el suelo con respeto.

No hubo siglo tranquilo. Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria. Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica.

Pero esa cifra, por sí sola, no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con el ruido de un terremoto.

El día que Caracas corrió hacia las calles

El 11 de junio de 1641, entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña, de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores, puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.

Entonces la tierra se movió.

El terremoto de San Bernabé fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban, los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del cielo.

Caracas quedó gravemente dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.

Aquella mañana de 1641 dejó una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad humana.

Cumaná bajo el amanecer de 1766

Más de un siglo después, el 21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados Sucre y Nueva Esparta.

La tragedia tuvo su rostro más severo en Cumaná.

La ciudad oriental, antigua, marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; solo podían contar ruinas, ausencias, grietas y campanas mudas.

En Caracas también hubo estragos. La Catedral, San Pablo, San Lázaro y otros templos sufrieron daños severos. El terremoto no respetó distancias ni jerarquías: estremeció pueblos, ciudades, iglesias y haciendas. No se conoce con precisión el número de muertos. En el siglo XVIII, las cuentas oficiales llegaban tarde, incompletas o no llegaban nunca. Muchas víctimas quedaron sin nombre en los registros, pero no sin lugar en la memoria.

El terremoto de 1766 confirmó que Venezuela era un territorio sísmico antes de que el país tuviera conciencia moderna de esa condición. Las autoridades coloniales podían ordenar reparaciones, levantar informes y reconstruir templos, pero no podían evitar que el subsuelo continuara acumulando tensión.

El Jueves Santo que sacudió la República

El 26 de marzo de 1812, Venezuela estaba partida por la guerra. Apenas un año antes se había declarado la Independencia y la Primera República trataba de sostenerse en medio de conspiraciones, campañas militares, conflictos internos y una población profundamente dividida entre patriotas y realistas. Era Jueves Santo. Las iglesias estaban llenas. En Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras poblaciones, la liturgia reunía a miles de fieles.

A esa hora, la tierra intervino en la historia política.

El terremoto de 1812 no fue únicamente un desastre natural. Fue también un golpe moral contra la causa republicana. Su magnitud ha sido estimada entre 7,7 y 8,0. En algunos lugares se habla de dos movimientos sísmicos que devastaron una parte importante del territorio. Caracas perdió miles de habitantes. La Guaira quedó herida. Mérida sufrió una mortandad considerable. Barquisimeto, Santa Rosa y San Felipe quedaron entre las poblaciones más castigadas.

Los muertos se contaron por millares. Algunas estimaciones hablan de 10 mil fallecidos en Caracas, 3 mil en La Guaira, 5 mil en Mérida, entre 4 mil y 5 mil en Barquisimeto y 3 mil en San Felipe. En total, varios historiadores han ubicado la cifra nacional alrededor de 20 mil o incluso 26 mil víctimas. No todos los cuerpos pudieron ser rescatados. Muchos cadáveres, atrapados bajo escombros y expuestos al calor, fueron quemados en montones para contener la descomposición y el riesgo sanitario.

En medio de aquella devastación, algunos religiosos difundieron la idea de que el terremoto era un castigo divino contra la sublevación patriota. La interpretación cayó sobre una población aterrorizada y profundamente creyente. Los realistas encontraron en la tragedia un argumento político: Dios, decían, había castigado la rebelión contra Fernando VII.

La República, debilitada por las armas, sufrió también el golpe del miedo.

En esa escena de ruinas se ubica una de las frases más conocidas atribuidas a Simón Bolívar. Ante la naturaleza desatada, habría dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Más allá de las discusiones sobre el contexto exacto de la expresión, la frase sobrevivió porque condensó una voluntad: no rendirse ni ante la guerra ni ante la catástrofe.

Pero lejos de los grandes nombres de la Independencia, el terremoto también tuvo una geografía íntima. En Cabudare, según investigaciones del cronista Taylor Rodríguez García, la tradición oral exageró durante años la destrucción del poblado. Para 1812 no existía allí un casco urbano consolidado, sino apenas viviendas rurales dispersas. La única edificación demolida por el sismo habría sido el oratorio de Santa Bárbara, situado en la hacienda del mismo nombre, propiedad de Juan José Alvarado de la Parra, alférez real del Cabildo de Barquisimeto.

Aquel oratorio tenía su propia historia. En 1793, Alvarado de la Parra había solicitado permiso para levantar una capilla pública en Cabudare, donde poseía haciendas de trapiche, cacao y añil. La licencia eclesiástica fue concedida, pero la construcción se demoró. En 1797 pidió nuevamente autorización, esta vez al obispo fray Juan Antonio de la Virgen María Viana, y comenzó la fabricación del templo. La capilla sirvió de consuelo espiritual a los habitantes de la zona hasta que el terremoto la derribó.

En su testamento, Alvarado de la Parra pidió que se rescataran los objetos sagrados, se removieran las ruinas y se reconstruyera la casa de oración manteniendo, en lo posible, la arquitectura anterior. También expresó su voluntad de ser sepultado allí. Murió en 1819, cuando la obra no estaba concluida. Así, el terremoto de 1812 no solo dejó muertos y ciudades destruidas; también interrumpió proyectos, devociones familiares, capillas rurales y pequeñas historias que rara vez entran en los manuales.

San Narciso y el presidente que saltó del balcón

La madrugada del 29 de octubre de 1900, Caracas volvió a despertar con violencia. El terremoto de San Narciso sorprendió a la ciudad cuando aún no clareaba el día. La magnitud se ha estimado entre 7,6 y 8,0. El movimiento afectó principalmente el noreste del estado Miranda, Caracas y poblaciones como Macuto, Caraballeda, Naiguatá, Carenero, Higuerote, Guatire y Guarenas.

La capital, que ya no era la villa colonial de 1641 ni la ciudad republicana de 1812, seguía siendo vulnerable. La Universidad Central, la Santa Capilla, las iglesias de San José, La Pastora, Las Mercedes, La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía sufrieron daños de consideración. También resultaron afectados edificios públicos y numerosas viviendas particulares. En Caracas se reportaron casas caídas, muertos y heridos. Algunas fuentes hablan de al menos 56 fallecidos en el área impactada; otras crónicas registran 21 muertos y más de 50 heridos en la capital.

El episodio dejó, además, una imagen que la memoria popular conservó con una mezcla de tragedia y sarcasmo político. Cipriano Castro, entonces presidente de Venezuela, fue sorprendido por el terremoto en la Casa Amarilla. Presa del pánico, saltó desde uno de los balcones y se fracturó un pie o una pierna, según las distintas versiones repetidas por la tradición.

La escena tiene algo de retrato nacional: el poder, que suele presentarse firme sobre los balcones, descubierto de pronto como un cuerpo vulnerable frente a la tierra. En un instante, el mandatario y el ciudadano común compartieron la misma intemperie. No había uniforme, cargo ni escolta capaz de detener el movimiento.

El terremoto de San Narciso ocurrió en un país que acababa de entrar al siglo XX con tensiones políticas, caudillos armados y una institucionalidad frágil. La sacudida no cambió por sí sola el curso del poder, pero recordó que la precariedad no estaba únicamente en la vida pública. También estaba en las paredes, en los templos, en las calles y en la forma en que las ciudades habían sido levantadas.

Cumaná volvió a caer frente al mar

El 17 de enero de 1929, Cumaná recibió otro golpe histórico. La ciudad que ya había sido arrasada en 1766 volvió a estremecerse bajo un terremoto de magnitud cercana a 7,0, con epicentro en el golfo de Cariaco. Esta vez la tragedia tuvo un ingrediente adicional: el mar.

El movimiento destruyó buena parte de la ciudad y generó un tsunami con olas estimadas entre cuatro y cinco metros. Para una población costera, acostumbrada a mirar el horizonte como promesa de pesca, comercio y viaje, el mar se convirtió en amenaza. El agua avanzó con violencia sobre una ciudad ya herida por el temblor.

El saldo fue devastador: aproximadamente 1.600 muertos, según recuentos históricos. Las casas colapsaron, los muelles quedaron afectados, las calles se llenaron de escombros y la ciudad antigua volvió a ver interrumpida su continuidad. Cumaná, una de las poblaciones más viejas del continente, parecía condenada a reconstruirse una y otra vez sobre los rastros de sus propias ruinas.

En 1929 gobernaba Juan Vicente Gómez. El país vivía bajo una dictadura férrea, centralizada, con una modernización desigual impulsada por el petróleo y controlada por el poder militar. Las noticias sobre los desastres circulaban con limitaciones, filtradas por la estructura política del momento. Pero ningún control informativo podía ocultar la magnitud de lo ocurrido en Cumaná. Había muertos, damnificados, edificios destruidos y una ciudad nuevamente obligada a empezar.

El terremoto y el tsunami de 1929 forman parte de los episodios más trágicos de la historia venezolana. También muestran que la amenaza sísmica del país no se limita al movimiento de la tierra. En las zonas costeras, la sacudida puede despertar al mar.

El Tocuyo, la ciudad demolida dos veces

El 3 de agosto de 1950, la historia sísmica venezolana entró con violencia en el estado Lara. El Tocuyo, llamada con frecuencia la Ciudad Madre de Venezuela, sufrió un terremoto que partió su historia en dos.

Era una población de profunda tradición colonial, con templos, casas antiguas y una identidad urbana formada durante cuatro siglos. Sus habitantes vivían entre calles cargadas de memoria, fachadas de otro tiempo y una religiosidad visible en la presencia de sus siete templos. Aquel día, la tierra hizo un sonido que algunos sobrevivientes compararían después con “una manada de toros bravos”.

El sismo tuvo una magnitud estimada de 6,3 y duró aproximadamente 35 segundos. Bastó menos de un minuto para afectar el 93 por ciento de las viviendas. De las casas restantes, apenas una pequeña parte quedó en condiciones de ser habilitada. Los siete templos, símbolos religiosos y arquitectónicos de la ciudad, se derrumbaron o quedaron gravemente comprometidos. El saldo humano fue de 17 muertos y 80 heridos.

Pero la tragedia de El Tocuyo no terminó cuando dejó de temblar.

Según testimonios y estudios posteriores, entre ellos los del geólogo tocuyano Lermit Figueira Anzola, la ciudad no fue destruida únicamente por el terremoto. La segunda demolición vino después, de la mano del hombre. Tractores y cuadrillas terminaron de derribar lo que aún permanecía en pie, incluyendo importantes testimonios arquitectónicos coloniales. Lo que pudo ser restaurado o preservado fue, en muchos casos, arrasado bajo la lógica de la reconstrucción.

El Tocuyo perdió entonces no solo casas y templos. Perdió continuidad visual, memoria edificada, vínculos materiales con su pasado. En nombre de la seguridad y de la modernización, desaparecieron muros que habían sobrevivido a generaciones. El terremoto abrió las grietas; la mano humana las convirtió en vacío.

Para Lara, aquel desastre fue una herida territorial. No se trataba de una población cualquiera. El Tocuyo había sido centro fundador, referencia histórica, ciudad de arraigo. Después de 1950, sus habitantes no solo tuvieron que reconstruir viviendas. Tuvieron que aprender a reconocerse en una ciudad distinta.

La crónica del terremoto tocuyano es, por eso, una de las más dolorosas de la historia sísmica venezolana: enseña que una ciudad puede morir por la naturaleza y volver a morir por las decisiones que se toman después.

Caracas, 1967: la noche en que se quebró la modernidad

Pasadas las ocho de la noche del 29 de julio de 1967, Caracas vivía una de esas jornadas urbanas propias de la Venezuela moderna. La ciudad crecía hacia el este, levantaba torres, multiplicaba urbanizaciones y celebraba una idea de progreso asociada al concreto, al automóvil, a las avenidas y a los edificios altos. Altamira, Los Palos Grandes y otras zonas del este representaban una capital que se miraba a sí misma como moderna, ascendente, segura.

Entonces tembló.

El terremoto tuvo una magnitud estimada entre 6,5 y 6,7. Su epicentro se ubicó a unos 20 kilómetros de Caracas. Duró entre 35 y 55 segundos, según distintos registros. No fue el mayor terremoto de la historia venezolana, pero sí uno de los más impactantes por su carácter urbano y por la forma en que golpeó a una capital que creía haber dejado atrás la fragilidad colonial.

Varios edificios colapsaron. Otros quedaron inhabitables. Las cifras oficiales registraron 236 muertos y cerca de 2.000 heridos. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Seis edificios resultaron destruidos, 40 fueron declarados no habitables y 180 sufrieron daños graves. Las pérdidas materiales superaron los 10 millones de dólares.

La tragedia reveló fallas de diseño, construcción y supervisión. El concreto, símbolo de modernidad, también podía ser mortal si no respetaba las exigencias sísmicas. La ciudad aprendió a mirar sus edificios con sospecha. Los ascensores, las escaleras, las columnas y los estacionamientos dejaron de ser elementos neutros. Se convirtieron en preguntas.

En aquella noche hubo gritos, carreras, polvo, vidrios rotos, llamadas desesperadas y familias que bajaron a la calle sin saber si podrían volver a sus apartamentos. Pero también quedó un documento sonoro extraordinario. En los estudios Sonomatrix se realizaba un playback con la canción “Mi Navidad”, del coro Armonía Navideña. Como las voces infantiles ya habían sido grabadas antes, en el estudio solo estaban el organista y los técnicos encargados de efectos especiales. Cuando comenzó el terremoto, el ruido de la sacudida quedó mezclado con la música.

Por eso en la cinta no se escuchan gritos de niños. Se escucha algo más inquietante: la irrupción de la tierra dentro de una canción. La Navidad, asociada a infancia, hogar y celebración, quedó atravesada por el estruendo de un desastre. Es uno de los registros más singulares de la memoria venezolana: un terremoto entrando, sin permiso, en una grabación.

La Caracas de 1967 no volvió a ser la misma. El sismo impulsó nuevas reflexiones sobre normas de construcción, vulnerabilidad urbana y preparación ciudadana. También dejó una marca emocional en quienes lo vivieron. Durante años, muchos caraqueños recordaron exactamente dónde estaban cuando comenzó el movimiento: en la mesa, en el cine, en una fiesta, en un ascensor, en la sala de un apartamento o frente a un televisor que de pronto dejó de importar.

La modernidad se había quebrado en menos de un minuto.

Cariaco, 1997: la escuela bajo los escombros

El 9 de julio de 1997, a las 3:23 de la tarde, el estado Sucre volvió a ocupar el centro de la tragedia sísmica venezolana. Un terremoto de magnitud cercana a 6,9 o 7,0 sacudió con fuerza la zona de Cariaco y Cumaná. El movimiento ocurrió en horas de la tarde, cuando la vida cotidiana estaba en pleno desarrollo: comercios abiertos, estudiantes en actividades, familias en sus casas, calles bajo el calor oriental.

Cariaco fue el nombre que quedó unido al desastre.

El sismo causó más de 70 muertes y graves daños en infraestructura. Entre las imágenes más dolorosas estuvieron las de edificaciones escolares afectadas, con niños y jóvenes entre las víctimas. La tragedia golpeó una fibra especialmente sensible: la infancia sorprendida por el colapso, la escuela convertida en lugar de duelo, los padres buscando respuestas entre concreto y polvo.

El terremoto de Cariaco ocurrió en una Venezuela que ya contaba con instituciones sismológicas, registros técnicos, medios de comunicación de alcance nacional y una ciudadanía más consciente de la amenaza. Pero nada de eso eliminó el dolor esencial del desastre. La ciencia podía explicar el movimiento; no podía consolar a una madre ante una lista de fallecidos.

Cariaco recordó que la vulnerabilidad no depende solo de la magnitud de un sismo. Depende también de dónde ocurre, a qué hora, sobre qué edificaciones y en medio de qué condiciones sociales. Un movimiento menor que otros grandes terremotos históricos puede convertirse en tragedia si encuentra estructuras frágiles y comunidades expuestas.

Desde entonces, el nombre de Cariaco quedó inscrito en la memoria venezolana junto al de Cumaná, Caracas, El Tocuyo y Barquisimeto. Cada ciudad herida agregó una página a ese archivo subterráneo que el país revisa cada vez que vuelve a temblar.

Carabobo, 2009: el susto sin luto nacional

El 12 de septiembre de 2009, un sismo de magnitud 6,4 ocurrió frente a las costas del estado Carabobo. Se sintió en buena parte del centro norte del país, incluyendo Carabobo, Aragua y Caracas. No dejó víctimas mortales, pero sí daños en edificaciones y al menos 16 lesionados.

A diferencia de otros episodios, el terremoto de Carabobo no pasó a la historia como una gran tragedia nacional. Fue más bien un recordatorio. Una sacudida capaz de interrumpir la rutina, sacar a la gente de edificios y viviendas, activar el miedo colectivo y poner nuevamente sobre la mesa la pregunta de siempre: ¿estamos preparados?

El país ya conocía suficientes antecedentes para no tomarlo a la ligera. San Bernabé, 1766, 1812, San Narciso, Cumaná, El Tocuyo, Caracas y Cariaco componían una larga advertencia. Sin embargo, la memoria de los terremotos suele debilitarse con el tiempo. Cuando pasan años sin una gran tragedia, las ciudades vuelven a confiarse. Se construye, se remodela, se improvisa, se olvida.

El sismo de 2009 no produjo luto masivo, pero sí cumplió una función incómoda: recordó que la amenaza seguía allí, activa, silenciosa, acumulando energía frente a las costas y bajo las montañas.

2018: la Torre de David inclinada sobre la memoria

El 21 de agosto de 2018, Venezuela sintió uno de los sismos más fuertes del siglo XXI. La magnitud fue reportada en 7,3 por algunas fuentes, aunque otros registros la ubicaron en 6,9. El movimiento se produjo en horas de la tarde y fue sentido en buena parte del país y del Caribe.

No dejó fallecidos ni una destrucción comparable con los grandes terremotos históricos. Pero sí produjo una imagen poderosa: los últimos pisos del Centro Financiero Confinanzas, conocido popularmente como la Torre de David, quedaron visiblemente inclinados.

La imagen tuvo una carga simbólica difícil de ignorar. La Torre de David, rascacielos inconcluso y abandonado, ya era para entonces una metáfora de la crisis urbana venezolana: ambición financiera, obra paralizada, ocupación informal, abandono, ruina vertical. El terremoto no la derribó, pero inclinó su parte superior como si subrayara físicamente una fragilidad que el país ya conocía.

El ministro de Interior, Justicia y Paz, Néstor Reverol, informó entonces que no se habían reportado daños mayores ni hechos que lamentar. Hubo réplicas, alarma ciudadana y una intensa circulación de imágenes por redes sociales. A diferencia de 1812 o 1900, el miedo ya no viajaba solo por rumores o cartas: viajaba por videos, mensajes de WhatsApp, transmisiones en vivo y fotografías tomadas segundos después del sacudón.

El terremoto de 2018 mostró otra dimensión de la memoria sísmica contemporánea. La gente ya no solo corre a la calle; también graba, comparte, compara magnitudes, busca reportes oficiales, revisa mapas y espera réplicas mirando el teléfono. La tecnología cambió la forma de narrar el miedo, pero no el miedo mismo.

2026: el país vuelve a mirar hacia abajo

El 24 de junio de 2026, un nuevo terremoto reavivó en Venezuela la pregunta por su historia sísmica. El movimiento, reportado con magnitud 7,1 y ubicado en el municipio Montalbán, estado Carabobo, con réplica de 7.5, llevó a miles de usuarios en redes sociales a preguntarse cuáles habían sido los terremotos más potentes y devastadores del país.

El dato técnico importaba, desde luego. Pero lo que se activó ese día fue algo más profundo: la memoria.

Y mientras los organismos venezolanos continúan el levantamiento de información en las zonas afectadas, las primeras estimaciones internacionales reflejan la incertidumbre propia de las horas posteriores al desastre. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), mediante sus modelos automáticos de evaluación de impacto, proyecta un escenario potencial de entre 10.000 y 100.000 víctimas mortales como consecuencia de los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. De acuerdo con ese análisis preliminar, existe un 42 % de probabilidad de que el número de fallecidos se ubique dentro de ese rango, un 33 % de que oscile entre 1.000 y 10.000, y un 17 % de que supere las 100.000 personas.

Sin embargo, estas proyecciones corresponden a cálculos probabilísticos elaborados en tiempo real y no a un balance oficial de víctimas. De hecho, las autoridades venezolanas informan un registro preliminar de 164 fallecidos y alrededor de un millar de heridos, cifras que continúan en aumento y permanecen sujetas a revisión conforme avanzan las labores de búsqueda, rescate y verificación en las áreas más golpeadas.

Cada gran sacudida despierta las anteriores. Cuando tiembla en Carabobo, vuelve Caracas 1967. Cuando se menciona Sucre, aparecen Cumaná y Cariaco. Cuando Lara siente el movimiento, regresan Barquisimeto, Santa Rosa, Cabudare y El Tocuyo. Los terremotos no son episodios aislados en la conciencia colectiva venezolana; forman una cadena de recuerdos que se enciende cada vez que el suelo pierde estabilidad.

Los científicos han explicado que estos eventos se relacionan con el choque y desplazamiento relativo entre la placa Sudamericana y la del Caribe. Pero para la población, la experiencia inmediata sigue siendo corporal: la lámpara que se mueve, el piso que ondula, el perro que ladra antes de tiempo, el ruido de vidrios, el mareo, la puerta que no abre, el vecino que grita desde el pasillo, la madre que toma a sus hijos y baja las escaleras sin mirar atrás.

Los terremotos devuelven al ser humano a una verdad elemental: toda ciudad, por sólida que parezca, depende de un suelo que no controla.

La memoria debajo de las ciudades

Venezuela ha reconstruido muchas veces sobre sus propios escombros. Caracas lo hizo después de 1641, 1812, 1900 y 1967. Cumaná después de 1766 y 1929. El Tocuyo después de 1950. Cariaco después de 1997. Cada reconstrucción dejó decisiones, aciertos, pérdidas y olvidos.

En algunos casos, la tragedia impulsó aprendizajes. En otros, la urgencia borró patrimonios. A veces se levantaron mejores edificaciones. Otras veces se repitieron vulnerabilidades. La historia sísmica del país demuestra que el desastre natural nunca es completamente natural: la magnitud del daño depende de la calidad de las construcciones, de la planificación urbana, de la memoria institucional, de la educación ciudadana y de la capacidad de actuar antes de que vuelva a temblar.

Los terremotos son breves. Sus consecuencias, no.

Un movimiento puede durar 35 segundos y alterar una ciudad durante décadas. Puede derribar un templo, pero también cambiar una legislación. Puede destruir una escuela, pero también despertar nuevas exigencias de seguridad. Puede inclinar una torre abandonada y convertirla en símbolo. Puede borrar un casco colonial y dejar una pregunta ética sobre cómo reconstruir sin destruir lo que queda.

En Venezuela, la tierra ha sido cronista severa. No escribe con tinta, sino con grietas. No firma documentos, pero deja marcas en fachadas, cementerios, archivos parroquiales, fotografías de damnificados, relatos familiares y silencios que pasan de una generación a otra.

Quizás por eso cada terremoto conmueve tanto al país. Porque no solo mueve el suelo: remueve la memoria.

Cuando la lámpara oscila y las paredes crujen, Venezuela entera recuerda que bajo sus ciudades hay una fuerza antigua, paciente, invisible. Recuerda a los muertos sin nombre de 1766, a los fieles atrapados en los templos de 1812, al presidente que saltó desde la Casa Amarilla, a Cumaná frente al tsunami, a El Tocuyo demolido dos veces, a la Caracas moderna quebrada en 1967, a los niños de Cariaco, a la Torre de David inclinada sobre el horizonte.

Y cuando todo pasa, cuando vuelve el silencio y el polvo comienza a asentarse, queda siempre la misma imagen: un país que mira hacia abajo, respira hondo y entiende que la tierra, de vez en cuando, también exige ser escuchada.

28/06/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionhistoria/44573-terremoto-en-venezuela-cuatro-siglos-de-ciudades-caidas-miedo-y-memoria-bajo-la-tierra

domingo, 28 de junio de 2026

Reivindicación

EL DERECHO A SER SOLIDARIO

María Gabriela Mata

"La verdadera generosidad para con el futuro

consiste en entregarlo todo al presente"

Albert Camus

Cuando la tierra se abre bajo tus pies y  las paredes que te protegían de la intemperie se derrumban sobre tus seres queridos, las emociones se desbordan y el corazón se abre al prójimo. ¡Qué pena que el Estado pretenda controlar ese impulso!  Venezuela ya aprendió, a un costo humano enorme, que en las grandes tragedias la solidaridad no debería quedar atrapada por la lógica del poder.

Basta pensar en el deslave de Vargas en 1999. La primera asistencia llegó de iglesias que abrieron sus puertas, de universidades que organizaron brigadas, de empresas que donaron insumos, de organizaciones sociales que crearon centros de acopio y de miles de ciudadanos que, sin preocuparse por ideologías, simplemente salieron a dar una mano.  El Gobierno, en cambio, rechazó ofertas de asistencia internacional, entre ellas la de los Estados Unidos, invocando razones de soberanía. Aquella decisión generó un intenso debate sobre los límites entre la conducción política de una emergencia y la protección efectiva de las víctimas.

La verdad es que la solidaridad de la gente común constituye uno de los mayores recursos de una nación en tiempos de desastre. El deber del Estado no es reemplazarla o represarla, sino gestionar su despliegue de manera ordenada, segura y eficaz.

Más de veinticinco años después, el terremoto del 24 de junio de 2026 vuelve a plantear el mismo desafío. A diferencia de lo ocurrido en Vargas, el actual gobierno no puede permitirse rechazar la ayuda internacional, especialmente la procedente de Estados Unidos. Sin embargo, han surgido denuncias sobre obstáculos impuestos a algunos centros de acopio organizados por sectores de la sociedad civil, en particular por Vente Venezuela. Más allá de las circunstancias concretas de cada caso, la pregunta sigue siendo la misma: ¿hasta dónde puede llegar el Estado en la dirección de una emergencia sin transformar su deber de coordinación en un monopolio político de la ayuda humanitaria?

El Derecho Internacional ofrece una respuesta clara.

La Resolución 46/182 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, piedra angular del sistema internacional de asistencia humanitaria, establece:

"Cada Estado tiene la responsabilidad primordial de atender a las víctimas de los desastres naturales y otras emergencias ocurridas en su territorio. En consecuencia, el Estado afectado desempeña el papel principal en la iniciación, organización, coordinación y ejecución de la asistencia humanitaria dentro de su territorio."

 Pero la misma resolución añade un límite importante:

"La asistencia humanitaria deberá prestarse de conformidad con los principios de humanidad, neutralidad e imparcialidad".

La primera disposición reconoce el liderazgo del Estado. La segunda establece cómo debe ejercerse ese liderazgo.

Los principios de humanidad e imparcialidad protegen, ante todo, a las víctimas. Exigen que la ayuda tenga como único propósito aliviar el sufrimiento y que se distribuya exclusivamente según las necesidades de las personas afectadas. El principio de neutralidad, en cambio, protege la propia acción humanitaria frente a la instrumentalización política. Impide que la asistencia sea utilizada para favorecer o perjudicar a determinados actores por razones ideológicas o partidistas. En consecuencia, si la posibilidad de organizar centros de acopio o canalizar ayuda depende de la identidad política de quienes la promueven, deja de discutirse un problema de coordinación administrativa y surge un serio interrogante sobre el respeto del principio de neutralidad de la acción humanitaria.

En otras palabras, según el Derecho Internacional el Estado conserva la responsabilidad primaria de dirigir la respuesta frente a una emergencia, pero esa responsabilidad no le confiere el monopolio sobre la ayuda. Aunque el "derecho a ser solidario" no aparezca expresamente en ningún tratado, puede sostenerse como una expresión de la libertad de asociación, de participación ciudadana y del propio sistema de coordinación humanitaria, que organiza la ayuda por sectores especializados (como salud o alimentos) incorporando por diseño tanto a las agencias globales como a las organizaciones locales en un ejemplo de articulación.

Porque, en caso de desastres, la ayuda humanitaria no pertenece al gobierno ni a la oposición, ruego a Dios para que esta tragedia fomente la unidad nacional y que el trabajo en conjunto, además de favorecer a las víctimas, abra las puertas a una transición real. El corazón venezolano ya ha sufrido demasiado y merece, por fin, un respiro. Un respiro que solo será posible en democracia.

La solidaridad de la que hemos sido testigos en las horas posteriores a esta tragedia nos permite creer que una nueva Venezuela es posible.

La solidaridad es el cimiento más firme sobre el que puede reconstruirse una nación.

Fotografías: The New York Times, NY, 27/06/26.

28/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/el-derecho-a-ser-solidario/

Caza de citas

 “Además, la evolución humana es una entre muchos otros procesos similares. Su duración excepcionalmente breve en el gran libro de la historia natural no nos permite la aseveración de que con ella se alcanza la culminación de la plenitud del Universo. Ni siquiera la posesión de la razón nos distingue de modo radical de la evolución de otros seres vivientes. Esto confirma las viejas convicciones de las grandes confesiones orientales y de los credos animistas. Y justamente esa duración tan corta de la especie humana no le da ningún derecho para destruir lo ecosistemas en un lapso temporal reducidísimo y para conseguir ventajas materiales en el fondo mezquina …”

H.C.F. Mansilla

(“Tradición, modernidad y posmodernidad”, Centro de Investigaciones Post-Doctorales, UCV, 1999:56 s.)

Ilustración: Gary Larson.

Noticiero retrospectivo


- Diana Ramón Vilarasau. “´Medio Evo´: una respetable institución con fines de lucro”. El Diario de Caracas, 20/12/1982.

- Seminario sobre materia petrolera para educadores municipales del Distrito Federal. 2001, Caracas, 20/07/77.

- José Muci-Abraham. “Un Código (Civil) con magulladuras”. El Nacional, Caracas,  08/12/82.

- Manuel Malaver. “El auge de la cuestión militar”. El Diario de Caracas, 07/06/81.

- Gehard Cartay Ramírez. “La oportunidad del debate ideológico”. Summa, Caracas, N° 52 del 15/06/72.

Reproducción: El Universal, Caracas, 12/01/1926. Pieza procesada a través de Chat GPT.

Jesús universal



Fotografías: LB. Misa en el estacionamiento de la Iglesia de la Coromoto, El Paraíso (Caracas, 28/06/26), oficiada por el padre Gonzalo. La Iglesia interiormente está afectada como consecuencia del reciente terremoto (vitrales, etc.). 
Breve nota LB: El acostumbrado portal Fe Adulta solamente tiene una entrada para la lectura de hoy, suscrita por fray Marcos Rodríguez que hemos citado en otras ocasiones y, por ello, sugerimos lecturas recogidas en el viejo blog.

Fray Marcos (Rodríguez): 

José Martínez de Toda, SJ:

Padre S. Martín. Sólo el Papa puede frenar el Cisma:


Papa León:
Cardenal Porras:
Monseñor Biord:
J. Martín:
Monseñor Munilla:

Autoconstrucción cultural

CÓDIGO  Hermann Alvino (*) He leído con atención la reseña sobre tu llamado de alerta, efectuado hace años, acerca de las medidas que d...