26/08/2026:
https://www.youtube.com/watch?v=y7Qowwvmqw8&list=RDy7Qowwvmqw8&start_radio=1
“Dejando caer la cabeza, el censor nuevo exhaló un suspiro.
—No tendría que haber estado pensando.
—Exacto. Un censor de libros no debe jamás adentrarse en las aguas de la interpretación.
—Sí.
—Y usted… usted está nadando en ella”
Bothayna Al-Essa
(“La biblioteca del censor de libros”, Fiordo Editorial, Buenos Aires, 2025: 63)
Reproducción: Aad Goudappel.
- Laura Weffer Cifuentes entrevista a Darcy Ribero con fotografías de Luis Vallenilla. El Globo, Caracas, 02/06/1993.
- Edith Guzmán entrevista a Morella Múñoz. El Nacional, Caacas,03/06/84.
- Junio Pérez Blasini y Luis Piñerúa Ordaz. Economía Hoy, Caracas, 04/08/89.
- Gerver Torres. “Privatizaiones indesebles: una alerta para la izquierda”. El Nacional, edición aniversaria, 03/08/92.
- David Morales Bello. “La hipoteca del progreso social”. 2001, Caracas, 16/03/79.
Reproducción: Jesús Soto según Ras. El Nacional, 16/10/69.
ESPECTROS DE UNA REALIDAD POLÍTICA QUE YA CAMBIÓ
Luis Barragán
Los
hechos políticos nos remiten a acontecimientos, conductas, decisiones o
relaciones concretas de poder que se imponen como realidades inmediatamente
perceptibles y difícilmente modificables. Ejercen una irresistible influencia a
veces intimidante o perturbadora en la población y en el ámbito personal, tras
su formidable impacto en la dirección, organización y distribución del poder.
Exactamente
fue lo que ocurrió el 3-E para sorpresa de todos, por cierto, aflorando una corriente
de optimismo en las redes digitales que compensan la falta de medios
alternativos para medir el bienestar o malestar del país. Con todo lo trampeadas
que también están, en una sociedad reprimida y (auto)censurada, se notó en
principio una genuina corriente de opinión que impregnó de optimismo las redes
con todo y lo trampeadas que también están a propósito de la consabida extracción
de Nicolás Maduro.
Extracción
que nos condujo a un proceso político antes inimaginable y con un poderoso
imaginario social que rápido se infla y rápido se desinfla para escarnio o celebración
de un liderazgo político realmente atomizado en las dos aceras, forzado a
dejarse representar por actores transitorios como más o menos ha ocurrido en la
última década y media. El papel que ha jugado la Constitución de la República
ha sido prácticamente nulo frente al arrollador hecho político que obliga al
gobierno a invocar el texto como un relato mínimo y posible para intentar
preservar la lealtad de sus cuadros, incluida una mesa de negociación que, a
ratos, presentan como si fuese una concesión graciosa al “oposicionismo”.
Poco
importa que coincida la excarcelación de prisioneros políticos, quedando otros
pendientes, con las sesiones formales e informales de la consabida mesa, pues
algunos voceros oficiales niegan que la excarcelación haya sido objeto de
discusión formal o informal a favor del relato en cuestión. E, igualmente, se
hacen y nos hacemos los pendejos porque no se llenaron los extremos de los
artículos 233 y 234 constitucionales, quedando la queja por ahí la queja doctrinaria
de los más avisados y la improvisada de los leguleyos de ocasión en torno a las
faltas absoluta y temporal del presidente de la República.
Nos
hemos deslizado hacia un país fantasmal: de nuevo Comala, en lugar de Macondo,
en país en el que la Constitución es invocada retóricamente para sostener algo más
que un relato que es el de la apariencia de continuidad institucional. El hecho
político se impone a la norma constitucional porque las instituciones han perdido
capacidad efectiva para procesarlo. Luego, la Constitución permanece como
lenguaje de legitimación, pero ya no funciona con igual eficacia como
instrumento de ordenación de la realidad política y de esa fractura surge la Venezuela
fantasmada al sobrevivir ciertas formas, discursos y rituales del Estado
mientras disminuye su correspondencia con el poder efectivo.
Esa
discursividad puede advertirse en escenas casi espectrales: la pequeña tropa de
la Guardia Nacional que trota de madrugada por las calles adyacentes, coreando
a viva voz la hazaña del 4-F; o, de manera todavía más gráfica, en la valla
colocada a la entrada de la Comandancia General en El Paraíso, Caracas, que
reclama la devolución de Maduro y de su esposa. Vecinos y transeúntes coexisten
con esa versión de la realidad de un poder que se supone del Estado, por
cierto, en los términos del artículo 328 de la Constitución.
Un
ritual del pasado, remembranza de los soldados que ni siquiera habían nacido en
1992, o la negación simbólica del presente con una valla que está ahí, en el
paisaje cotidiano, mientras la realidad atenaza cruelmente a peatones y
conductores de todos los estratos sociales del lejano oeste capitalino. Sobre
todo al apuntar a la inflación despiadada y a esa sensación pesimista que luce
natural, siendo imposible simularla.
30/08/2026:
https://lapatilla.com/2026/08/30/luis-barragan-espectros-de-una-realidad-politica-que-ya-cambio/
EGO Y VIDA
(San Mateo, 16: 21-27)
El ego tiene una mirada
miope e interesada y se rige por la ley del apego (a lo que le gusta) y de la
aversión (hacia lo que no le gusta). Como resultado de ello, nos encierra en
una jaula estrecha que, antes o después, se manifiesta como un laberinto de
sufrimiento, del que –por más trabajo psicológico que realicemos- resulta
imposible salir mientras permanezca la identificación con él.
Las crisis –los
contratiempos de todo tipo-, que frustran al ego, suelen ser mensajeros, a través
de los cuales, la Vida busca enseñarnos la sabiduría que nos permita salir de
aquella jaula.
Al sentirse frustrado, el
ego puede “rebotar” y acomodarse de nuevo, alimentándose de compensaciones y
expectativas. Pero no será raro que llegue a un punto en que se encuentre sin
salida. Es precisamente entonces –la mente piensa que se derrumba todo- cuando
puede producirse la oportunidad de un cuestionamiento mayor, que haga ver la
inconsistencia del ego, así como sus modos de funcionamiento.
Si eso ocurre, empieza a
cesar la identificación con el ego, se hace posible salir de su jaula y aquella
mirada miope e interesada empieza a ampliarse: el centro de interés se ha
desplazado hacia la Vida, como aquella identidad que todos compartimos. Y es precisamente
ahí donde es posible la libertad y la liberación del sufrimiento. La crisis ha
cumplido su papel y no nos quedará sino gratitud por todo lo vivido.
Esta lectura, realizada
desde la psicología transpersonal y el modelo no-dual, es totalmente coherente
con las sabias palabras de Jesús que leemos en el texto que da pie a este
comentario.
Tras la bienintencionada,
aunque totalmente equivocada reacción de Pedro –es la reacción característica
del ego: rechazar siempre lo que él considera “malo”-, Jesús responde con
firmeza: ese modo de pensar no es de Dios, es decir, no se corresponde con
nuestra verdadera identidad. Al contrario, tal reacción, por más que a nuestra
mente le parezca la mejor, se convierte para nosotros en “Satanás” (=
adversario), en un tropiezo que nos impide avanzar en la dirección adecuada.
Esto no significa que Jesús
haya tomado un camino dolorista, en el que se valora el dolor por sí mismo. En
absoluto. Jesús vive en la sabiduría de donde brota la fidelidad. No vive para
el ego que busca siempre su interés y comodidad, sino que está anclado en
aquella identidad profunda, en la que se permite que la Vida fluya a través de
nosotros, en una actitud de aceptación o de rendición sabia. Y así es como lo
explica en las palabras que añade a continuación.
El que quiere salvar su ego,
pierde la Vida. Porque se encierra en aquella estrecha jaula de que hablaba más
arriba y se introduce en un laberinto de inevitable sufrimiento y, en último
término, de vacío y sinsentido. Una existencia egocentrada, aunque
aparentemente satisfactoria para el ego (incluso hasta “ganar el mundo
entero”), no puede evitar una sensación de profunda insatisfacción.
Por el contrario, al
descubrir la trampa de ese encierro reductor, al dejar de identificarnos con el
ego, lo primero que experimentamos es una sensación de Amplitud, donde sentimos
que nuestro corazón se ensancha y descubrimos que el horizonte es en realidad
infinito.
Si quieres hacer “operativa”
la palabra de Jesús, puedes probar algo así: no te reduzcas a tu personalidad
–la “persona” es solo la máscara- o yo psicológico. Tienes un psiquismo –igual
que tienes un cuerpo- al que cuidar, pero tu identidad no es esa. Eres Vida, la
Vida única, que en ti ha tomado transitoriamente esta forma. Deja caer todos
los pensamientos, para que puedas ver el engaño que supone identificarnos con
la mente. Nota la pura y desnuda consciencia de ser, hasta reconocerte en ella.
Al haber “perdido” el ego (la identificación con la mente), has encontrado la
Vida.
Ilustración: S/a: https://www.etsy.com/fr/market/j%C3%A9sus_disciples_art
28/08/2014:
https://www.feadulta.com/ego-y-vida/
Padre S. Martín. Nadie hace caso al Papa:
https://www.youtube.com/watch?v=Ug-zRSwGQMU
Padre Guzmán Karadima:
https://www.youtube.com/watch?v=AZBtB6v4Fs4
Papa León:
https://www.youtube.com/watch?v=mPy90tc5XRc
Padre S. Martín:
https://www.youtube.com/watch?v=7DidO7k2fWQ
Monseñor Porras:
https://www.youtube.com/watch?v=gd4lSrk3vuQ&t=42s
https://www.youtube.com/watch?v=LWnDhNeaJV8
Monseñor Munilla:
LOS JUDÍOS DEL SIGLO XXI
José Rafael Herrera
Cuando se habla de regreso
necesariamente se está hablando de volver. Hay regresos que comienzan cuando ya
no es posible volver al lugar del que se partió. Un desplazado lleva consigo el
peso del mundo que ha perdido mientras reconstruye su inteligibilidad. El regreso
no es solo una cuestión de geografía: es esencialmente una cuestión histórica.
Un regressus es un re-tornar sobre lo vivido, un intento de comprensión de
aquello que, mientras se vivía, permanecía oculto bajo la apariencia de lo
cotidiano. No todo el que se ve obligado a dejar su tierra puede volver. Pero
no todo el que se va tiene la posibilidad de decidir dónde vivir y esta parece
ser la experiencia más desconcertante y dolorosa de la diáspora venezolana del
presente.
Más de nueve millones de
venezolanos viven hoy fuera del país. No todos se fueron por las mismas
razones, ni todos conservan la misma relación con Venezuela. Algunos desean
regresar. Otros no. Algunos esperan que las condiciones políticas cambien para
hacerlo. Otros han reconstruido sus vidas lejos de su patria. Pero existe algo
que los marca, más allá de sus deseos individuales: muchos no pueden decidir
libremente dónde tendrán que continuar sus vidas. Unos no pueden regresar,
porque las condiciones políticas o económicas que provocaron su salida
permanecen intactas. Otros, que tienen razones para temer la persecución, no
pueden ser devueltos sin poner en riesgo la propia existencia. Y otros están
siendo expulsados de los países donde habían conseguido rehacer sus vidas. La
paradoja es cruel: los que se fueron porque no podían quedarse descubren que
tampoco pueden decidir libremente dónde establecerse.
Hannah Arendt comprendió
como pocos esta condición. En Nosotros, los refugiados, compuesto desde su
propia experiencia del exilio, no presenta al refugiado como una simple víctima
de las circunstancias ni como alguien que se ha trasladado de un territorio a
otro. El refugiado constituye una nueva figura histórica: la de aquel que ha
perdido el lugar jurídico-político desde el cual podía aparecer ante los demás
como alguien. No basta con tener derechos abstractamente reconocidos. Es
necesario pertenecer a una comunidad política capaz de reconocer efectivamente
a sus ciudadanos.
De ahí proviene una de las
intuiciones más estremecedoras de Arendt: "el problema del refugiado no
consiste únicamente en haber perdido determinados derechos, sino en haber
perdido aquello que hace posible tener derechos". El refugiado queda
suspendido en un espacio intermedio: ya no pertenece al mundo que abandonó, pero
tampoco pertenece plenamente al mundo que lo recibe. Al igual que los judíos,
los venezolanos conocen demasiado bien esta experiencia. Se trata de una
semejanza histórica que no puede ser ignorada. Es evidente que hablar del
venezolano desplazado no es lo mismo que hablar del judío europeo perseguido
por el nazismo. La Shoá, el Holocausto, constituye una singularidad histórica
que no necesita analogías fáciles para revelar su horror. Sería irresponsable
establecer una equivalencia entre ambas experiencias. Pero reconocer la
diferencia no impide advertir las semejanzas. Y esta última se halla en la
condición histórica que adquiere un pueblo cuando la dispersión deja de ser una
circunstancia individual para convertirse en una forma colectiva de existencia.
Durante siglos, ser judío
significó, entre otras cosas, vivir en la diáspora: conservar su lengua, sus
costumbres, sus vínculos y el recuerdo común lejos del propio territorio. La
expulsión, la persecución y el rechazo convirtieron al extraño en una condición
histórica. El pueblo judío podía integrarse, trabajar, hablar la lengua del
país de acogida y participar de su vida cotidiana, pero la experiencia de haber
sido humillado y expulsado una y otra vez se transformó en una constante de su
historia. Algo de esa estructura histórica ha vuelto a aparecer hoy día, bajo
otras determinaciones. No porque los venezolanos no sean judíos (aunque los
hay). No porque sus tragedias sean equivalentes. No por causa de su religión o
de sus tradiciones, sino porque una parte del mundo contemporáneo se ha
empeñado en revivir el prejuicio del hombre “puro”, ario o gentil, para quien
la figura del strange deja de ser una condición transitoria para devenir “el
enemigo”, el causante principal de sus desgracias.
La diáspora venezolana
constituye uno de los casos más visibles de esta nueva condición. El venezolano
que abandonó su país tuvo que aprender a vivir fuera de casa, reconstruir sus
vínculos, reinventar sus oficios, aprender otras costumbres y demostrar
continuamente que merecía estar allí, donde había decidido estar. Tuvo que
explicar su procedencia, justificar su presencia, acreditar su honradez,
demostrar su capacidad de trabajo y, muchas veces, desmentir los prejuicios
asociados con su nacionalidad. Espontáneamente debió convertirse en extranjero
vigilante de sí mismo.
Pero en distintos lugares,
el venezolano que logró rehacer su vida de pronto quedó sometido a la
incertidumbre de la expulsión. Ya no se trataba de la vieja figura del
extranjero que debe integrarse, sino de alguien que puede ser obligado a
abandonar el lugar donde construyó su nueva residencia y, en determinados
casos, ser enviado de regreso a un país donde teme ser perseguido, encarcelado
o en el que no encuentra las condiciones materiales para reconstruir su vida.
Y, por si fuese poco, la deportación hacia terceros países introduce una figura
premeditadamente cruel. El hombre que no puede regresar a su país de origen
puede ser enviado a un país con el que no posee vínculos. En 2026, se han
documentado deportaciones desde los Estados Unidos hacia terceros países, y los
venezolanos constituyen una proporción particularmente significativa de esas
expulsiones.
El mapa de la diáspora
comienza a adquirir una dimensión absurda: quien huyó de Venezuela puede
terminar en El Salvador, en Liberia o en cualquier otro territorio. El exiliado
deja de ser alguien que vive fuera de su país para convertirse en alguien a
quien tampoco se le permite decidir cuál será su destino. La condición de la
diáspora no solo consiste en estar lejos de su patria. Consiste en experimentar
la ruptura del vínculo espontáneo entre hombre, territorio, comunidad y
pertenencia. El extranjero ya no es únicamente quien vive en otro lugar: es
aquel cuya pertenencia puede ser puesta en permanente cuestionamiento. Es por
eso que el problema del regreso adquiere un significado distinto. El judío de
la diáspora tuvo durante siglos que vivir con la paradoja de pertenecer a una
historia sin disponer de un territorio político propio. El venezolano del siglo
XXI comienza a experimentar, bajo condiciones históricas enteramente
diferentes, una paradoja semejante: pertenecer a un país al que no puede
regresar y vivir en países que pueden decidir que tampoco puede permanecer en
ellos.
Regressus no significa el
deseo en abstracto de volver a Venezuela. Es, más bien, el movimiento
reconstructivo mediante el cual el desplazado vuelve sobre aquello que perdió
para intentar comprender y superar. La distancia convierte la experiencia en
problema. Lo que desde adentro parecía natural -la lengua, la calle, los afectos,
las instituciones, los hábitos, la vida cotidiana- aparece desde afuera como
algo que amerita ser comprendido. El exiliado descubre la paradoja: sólo
después de perder su mundo comienza verdaderamente a contemplarlo. Gris sobre
gris. Este es un descubrimiento que no tiene por qué producir nostalgia.
Tampoco exige el regreso de todos. Porque también el que no quiere volver está
atravesado por la historia de aquello que ha dejado atrás. Puede incluso querer
olvidarlo, pero el mundo perdido continuará actuando en él. Un país no
desaparece cuando se abandona su territorio. Permanece en las imágenes, las
palabras, las costumbres, los afectos, las formas de relacionarse, los
recuerdos familiares y los sueños, las maneras de comprender la autoridad, el
trabajo, la amistad, la política. En fin, en el amor Dei intellectualis. El
desplazado lleva consigo mucho más que un pasaporte: lleva consigo una forma
histórica de ser. Regressus no significa, pues, el simple deseo de regresar a
Venezuela. Significa volver sobre aquello que ha hecho posible ser quien se es.
La historia no vuelve como
vuelve una rueda. Vuelve transformada, bajo otras circunstancias y con otros
protagonistas. Quizá por eso resulte tan inquietante contemplar hoy la
aparición de nuevas diásporas, nuevos extranjeros y nuevas formas de expulsión.
Lo que se creía definitivamente superado reaparece bajo otras figuras. Si bien
el venezolano de la diáspora no es el judío de la historia europea, puede
experimentar algo que la historia judía conoció durante siglos: la expulsión no
termina necesariamente cuando se cruza una frontera. A veces comienza ahí.
En tiempos de xenofobia, los
venezolanos experimentan una condición histórica que recuerda, bajo otras
determinaciones, algunas de las injusticias que durante siglos sufriera el
pueblo judío. Ambos pueblos se han esparcido por el mundo, conservan su lengua,
su religión, sus costumbres y sus recuerdos. Reconstruyen sus comunidades lejos
de la patria, aunque su relación con la tierra abandonada permanece abierta, aun
habiendo tenido que rehacer sus vidas. Quizá la tragedia del exilio no consista
en la imposibilidad de volver, sino en el hecho de que el regreso pueda dejar
de ser una decisión propia. Al final, el regressus es el movimiento del
espíritu de un pueblo que intenta comprender la causa de la experiencia que lo
ha despojado de su derecho a tener un lugar en el mundo.
Ilustración: El Nacional.
29/08/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/los-judios-del-siglo-xxi/
CIUDADANÍA O VASALLAJE
Jonatan Alzuru Aponte
¿Elecciones para qué? Esta
pregunta me la hice con un dolor en el alma. Imagino la escena: una multitud
frente a mi escritorio me grita al unísono que la respuesta es obvia, que se
trata de derrotar a la autocracia, de restituir la democracia. La masa se impacienta,
me interpela con agresión y me acusa de infiltrado por el solo hecho de
preguntar.
La escena no es ficticia; es
el mapa exacto de las redes sociales. Ese no es un espacio de diálogo, sino de
reafirmación de lo que piensa y del linchamiento de la discrepancia: la soledad
disfrazada de multitud. Una interacción cacofónica, incapaz de concierto, donde
se invalida la pluralidad. Rechazo ese no-lugar por una razón estética y
política: entiendo la comunidad como un concierto de voces, una trama heterogénea
de historias e intereses diversos y opuestos que se encuentran para responder
cómo convivir, concibiendo el país como una obra de arte colectiva en
permanente gestación.
No escribo desde la
distancia de un espectador ajeno: escribo para comprender la comunidad que me
constituye. Mi cuerpo no es independiente de la tierra donde nací; el azar me
arrojó a ella, pero con conciencia la elijo y, aun marcando mi diferencia, me
habita. Comprender mi sociedad es comprender mi propia existencia. Por eso la pregunta
no es una provocación vacía, nos va la vida en ella: ¿Qué deseamos realmente
cuando pedimos elecciones?
Deseamos la aplicación de
una regla de juego, un procedimiento para dirimir quién ejercerá el poder
público. Sin embargo, suponer que la mera mecánica electoral generará, por sí
sola, una transformación sociocultural es puro pensamiento mágico. La elección
es una herramienta, no una virtud moral. No se es demócrata por acudir a las
urnas; se acude a las urnas y se acata el resultado porque previamente se ha
asumido una forma de ser y estar en el mundo centrada en la celebración de la
diferencia y en el debate riguroso de las ideas para construir un horizonte de
sentido colectivo, asumiendo las discrepancias, los disensos y los consensos.
El voto no transforma la
realidad; lo que transforma a una sociedad es el cambio en sus prácticas
políticas y en la acción de sus ciudadanos. Quien deposita toda su fe en el
acto comicial muestra una credulidad ciega que supera incluso a la fe
religiosa. En el cónclave papal, antes de la votación, los cardenales deliberan
de manera racional, jerarquizan las necesidades de la institución y fijan los
compromisos que el electo deberá asumir. No delegan el destino de la comunidad
a la divinidad, ni a la voluntad individual de los electores... ni de quien
será electo. Se hacen corresponsables del destino de la institución: aun desde
la fe, se trata de una acción de razón y de Gracia.
En la Venezuela actual, la
transformación exige comprender que el procedimiento electoral es estéril sin
una deliberación previa. La reconstrucción del país no deriva del triunfo de un
nombre, sino del acuerdo de la nación; un pacto republicano gestado en espacios
reales de discusión pública, cuyo cumplimiento sea el marco vinculante para quien
resulte electo. Lo que afirmamos para el futuro electoral aplica con mucha más
razón para el proceso de transición.
Entender que la
transformación exige deliberación implica abordar los verdaderos nudos
gordianos del país, comenzando por la reestructuración de la institución
militar.
Este no es un asunto técnico
para especialistas o conciliábulos de antiguos generales. La Fuerza Armada
padece una deformación estructural: a la hipertrofia de una alta oficialidad
desproporcionada se suma, junto al monopolio de la violencia, un vasto poder
económico que administra mediante decretos hidrocarburos, minería, finanzas,
alimentos y medios. Al deliberar políticamente y acumular tal escala de poder,
el estamento militar se convirtió en el factor decisivo para estabilizar o
descarrilar cualquier cambio, actuando como árbitro fáctico en el despojo de la
soberanía popular y en la negociación de la soberanía nacional frente a
potencias como Estados Unidos. Es inexplicable el régimen de Delcy Rodríguez
sin la bendición de la institución armada.
Precisamente porque
custodian las armas de la nación, la reforma militar es el debate político de
primer orden. Exige un acuerdo nacional donde las fuerzas políticas, económicas
y la sociedad pacten la subordinación del poder militar al civil. Lo propio
ocurre con el sistema de salud o el modelo educativo: su colapso no se resuelve
con promesas de campaña ni con la llegada de un nuevo gobierno, sino fijando de
forma deliberada las prioridades de su reconstrucción y el modo de ejecutarla.
Sin este debate y sin una conciencia colectiva sobre los fines del país, la
sociedad abdica de su soberanía: cualquier elección no será más que un cambio
de rostro bajo la misma tutela de las armas, el mismo desamparo institucional y
la misma disposición al vasallaje. Una comunidad que renuncia a discutir su
propio destino está condenada a la sumisión.
La gran ausencia venezolana
no es técnica, sino propiamente política: la renuncia deliberada al debate
público. Cuando la dirigencia política —de cualquier signo— asume que la
sociedad no está capacitada para participar en la discusión de los fines
nacionales, la condena a una perpetua minoría de edad en sentido kantiano.
Menospreciar la madurez de la comunidad bajo el pretexto de sus urgencias o su
fragilidad, y erigirse en el gendarme ilustrado o el tutor necesario, no es más
que una práctica aristocrática que reproduce exactamente la lógica que se
pretende transformar. Quien niega la deliberación no busca ciudadanos, sino
menores de edad necesitados de tutelaje. La verdadera democratización no
consiste en cambiar la mano que sostiene las riendas, sino en devolver a la
sociedad su condición de sujeto político soberano, capaz de dictar las reglas y
los fines de su propia convivencia.
Ilustración: El Nacional.
29/08/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/ciudadania-o-vasallaje/
26/08/2026: https://www.youtube.com/watch?v=y7Qowwvmqw8&list=RDy7Qowwvmqw8&start_radio=1