“—Buscamos muchas cosas. —Se quedó callado un momento—. El aspecto de nuestro trabajo que tiene que ver con las anomalías es una investigación continua sobre si vivimos en una simulación”
Emily St. John Mandel
(“Ático de los Libros”, Ático de los Libros, Barcelona, 2022: 118)
Transición o continuismo: el
caso de la Universidad Simón Bolívar
Luis Barragán
La crisis se expresa en los
más variados ámbitos y tiende, así, a confundir a la propia opinión pública,
mientras la estrategia comunicacional del oficialismo procura frenar o
neutralizar cualquier animadversión, disidencia u oposición aparentando una transición
que todavía no reconoce explícitamente, ganando tiempo para un reacomodo que,
en definitiva, encubre el más vulgar continuismo. El caso de la Universidad
Simón Bolívar resulta francamente patético al ejemplificar los lineamientos de
la encargaduría presidencial, pero también al revelar el forcejeo interno del
chavismo, al que igualmente le falta conducción política.
Recordemos que la casa de
estudios fue intervenida hace cinco años por el Gobierno nacional, bajo un
mandato constitucional y legal muy claro para realizar los comicios rectorales
en un plazo perentorio de 180 días, pero aquellas autoridades escogidas a dedo
terminaron demostrando una manifiesta incompetencia. Los interventores tienen,
en efecto, poco más de cinco años de un eterno interinato, en abierto conflicto
con los gremios, incluyendo la confiscación de la Casa del Profesor, mientras
estiran la provisionalidad a más no poder en nombre, santo y seña del chavismo.
Es inevitable señalar, por
otra parte, la negligencia y destrucción de la universidad, largamente
denunciadas por los medios disponibles y planteadas oficialmente, hasta el
punto de recomendarse el reemplazo inmediato del elenco responsable del
desastre. Fue tan evidente la gravedad de la situación que la otrora novísima
ministra de Educación Superior invitó públicamente al gremio profesoral a
conversar, y este, incorporando al estudiantado y a los egresados, aceptó la
invitación para un diálogo que efectivamente aconteció en la sede ministerial.
Toda la gravedad del caso
fue expuesta en aquella oportunidad y se anunció una pronta solución a los
problemas materiales inmediatos de la sede académica, así como a la situación
de unas autoridades abiertamente cuestionadas que, por cierto, jamás han
respondido a los señalamientos formulados y simple y olímpicamente desconocen a
los dirigentes legítimamente electos por cada gremio. Se pidió paciencia, y lo
conducente era, y todavía es, sustituir la terna interventora para designar
otra con el propósito de regularizar la vida institucional de la Simón Bolívar,
golpeada durante más de una década.
Todo estaba encaminado al
cumplimiento de la solución más sensata y realista, cónsona, además, con el
espíritu de una transición democrática en los términos en que socialmente se ha
entendido, pues, como ocurre en el escenario nacional, todavía no están dadas
las condiciones para unas elecciones rectorales, aunque algunas voces hayan
llegado a sugerir que estas podrían favorecer a los propios interventores. Hubo
comprensión y consenso para resolver el caso de la mejor manera, pues ¿cómo
dialogar con unos interventores cuyo mandato, limitado a 180 días, ha sido
prolongado durante cinco años y que, literalmente, le han cerrado la puerta a
la dirigencia gremial?
¿Por qué confiarles la
organización de unos comicios, lo que equivaldría a llamar y apersonar a
Nicolás Maduro para que vele por las próximas elecciones presidenciales? La
pregunta inevitable es qué reflejo exacto emana de este enredijo político
interno del Gobierno, cuando incluso una solución elemental —sustituir a
quienes han fracasado por otros que permitan recuperar progresivamente la
institucionalidad— parece convertirse en materia de una dura disputa.
En voz baja circuló la terna
que sustituiría a los interventores, compuesta ciertamente por chavistas, pero
integrada por personas reconocidas por una limpia trayectoria académica y
profesional que inspiraba confianza y demostraba una voluntad de entendimiento.
Entonces, cuando todo parecía comprometido para la debida sustitución, el
Consejo Nacional de Universidades terminó colocando dos medallas, que en última
instancia corresponden a la mesa de negociación que tiene a la citada ministra
como integrante: la continuidad de los interventores que tuvieron cinco largos
años para dialogar y arrogantemente no lo hicieron, impidiendo las elecciones
ni ahora ni más adelante y llegando incluso a suspender los comicios en la
Universidad de Los Andes bajo cualquier pretexto.
Es excesivamente evidente
que no hay siquiera la intención de un reacomodo en la Universidad Simón
Bolívar, sino la continuidad de una destrucción manifiesta que impide recuperar
la institucionalidad, clave de todo cambio sustancial, al tiempo que se
desconoce la trayectoria de potenciales sucesores en el rectorado tan chavistas
como los actuales interventores. El reflejo, indudablemente, es el de una
resistencia nacional del madurismo al menor cambio posible, por milimétrico que
sea, en una dura batalla cuyo horizonte parece ser obstaculizar la gestión de
la encargada presidencial, aunque jamás honrarán con su propio pellejo el
compromiso de defender la soberanía territorial.
Guillermo O’Donnell, el
transitólogo por excelencia en América Latina, identificó como zonas marrones
aquellas en las que la autoridad del Estado resulta demasiado precaria, las
leyes no se cumplen y predominan los intereses de hecho, sin protección
efectiva para la ciudadanía. Esta es la etiqueta que debemos colocar a las
puertas de la Universidad Simón Bolívar: una zona marrón al lado de la
roja-rojita, donde la provisionalidad se hizo permanente, la excepción pretende
hacerse regla y la recuperación de la institucionalidad continúa siendo,
paradójicamente, el principal obstáculo para cualquier transición.
Una lectura infantil
convierte a esta parábola en una historia de «buenos y malos» y presenta a Dios
como un ser separado –incluso distante físicamente: «se marchó de viaje»- que,
sin embargo, controla y exige a quienes dejó en sus tierras…
Una lectura infantil
convierte a esta parábola en una historia de «buenos y malos» y presenta a Dios
como un ser separado –incluso distante físicamente: «se marchó de viaje»- que,
sin embargo, controla y exige a quienes dejó en sus tierras. No es extraño que
se haya leído así, ya que las dos características señaladas –Dios como ser
separado e intervencionista (exigente)- son muy típicas de los mitos.
Por eso, en cuanto tomamos
distancia del mito –es decir, pasamos de un nivel mítico de conciencia a otro
racional-, algo nos dice que ésa no puede ser la lectura adecuada.
La primera clave de
comprensión nos viene cuando captamos el objetivo que la parábola pretende:
sintetizar la historia de Israel desde la perspectiva de la primera comunidad
cristiana que, por otra parte, se considera a sí misma como el «nuevo pueblo»
que «produce frutos».
Lo que se nos ofrece, por
tanto, es un resumen de la historia del pueblo judío que, no sólo no dio los
frutos esperados, sino que persiguió y ejecutó a profetas y enviados de Dios,
incluido su propio Hijo (Jesús). Por eso –concluye aquella comunidad-, ese
pueblo ha sido reprobado –el castigo que se menciona evoca la ruina de
Jerusalén, en el año 70- y sustituido por un nuevo pueblo elegido: los que han
creído en Jesús, «la piedra desechada» que, sin embargo, ha resultado ser «la
piedra angular».
La cita está tomada del
Salmo 118, uno de los textos del Antiguo Testamento, al que la comunidad
cristiana alude con frecuencia. Parece que encontró en él la explicación de la
paradoja de la cruz: ¿cómo podía ser que el crucificado fuera el Señor? El
Salmo les ofrecía una respuesta contundente.
Hoy podemos comprender que
aquella primera comunidad hiciera esa lectura de la historia del pueblo judío,
teniendo en cuenta, además, el creciente enfrentamiento que vivía con la
sinagoga.
Sin embargo, una necesaria
toma de distancia nos permite acercarnos al texto con nuevos ojos. Y ahí surge,
inevitable, la pregunta: ¿cómo vería Jesús todo eso?, ¿cómo lo viviría?
No parece que sea posible
responder a esas cuestiones con certeza. Por un lado, es indudable el conflicto
que vivió con la autoridad religiosa de su pueblo; pero, por otro, no casa bien
con su mensaje la idea de un Dios separado («el Padre y yo somos uno»), ni la
de la «venganza» divina, ni el proselitismo que desecha a su propio pueblo.
Todo ello parece más típico de la comunidad naciente que del maestro de
Nazaret.
En cualquier caso, podemos
acercarnos al texto desde nuestra conciencia racional, o incluso transpersonal,
para acogerlo desde ella, y permitir que pueda ser «traducido» a nuestro nuevo
«idioma cultural».
Al hacer así, caemos en la
cuenta de que la parábola habla de todos nosotros, cuando no damos fruto. Eso
ocurre cuando vivimos egocentrados, girando en torno a los intereses de nuestro
ego. La identificación con él puede llegar al extremo de «matar a los
enviados», con tal de obtener «beneficios».
Frente a esa trampa, que
conduce a la muerte, la parábola constituye una llamada para que demos «fruto».
Ahora bien, de acuerdo con el propio mensaje del evangelio –tal como hemos ido
viendo en las semanas inmediatamente anteriores-, «dar fruto» no tiene que ver
con las ideas del mérito y la recompensa, sino que es necesario entenderlo
desde la gratuidad.
En este sentido, el «fruto»
–siempre a favor de la vida y de las personas- brota de la comprensión de
quienes somos y pasa a través de nosotros, como de un «cauce» que ni retiene,
ni se apropia, ni presume de ello.
Cada vez que surge alguna de
las actitudes contrarias –apropiación, orgullo, vanagloria…-, es señal de que
nos hemos reducido a nuestro ego: hemos vuelto a vivir egocentrados y a
bloquear el flujo de la vida y del amor a todos los seres.
Parece claro, por tanto, que
el «dar fruto» implica tomar distancia del ego. Lo cual, a su vez, es posible
en tanto en cuanto vamos despertando a nuestra verdadera identidad. Porque,
mientras piense que soy el yo, no podré sino –a pesar de mis buenas
intenciones- vivir para él; sólo en la medida en que comprendo la Identidad
«compartida» (no-dual) que somos, resultará posible una forma de vivir
desegocentrada. No somos el yo, sino la Conciencia que se expresa en la «forma»
de este yo. Para percibirlo, hay que tomar distancia de él, acallando la mente.
Por eso, en cuanto te paras –queda conciencia sin pensamiento-, puedes percibir
que no eres nada de lo que ocurre (nada de lo que piensas que eres), sino el
«espacio consciente» en el que todo ocurre. Y en cualquier momento, aunque sea
fugazmente, puedes experimentarlo.
¿Qué significa, en esta
«traducción», la referencia a Jesús como «piedra angular»? En la tradición
cristiana, reconocemos a Jesús como el «espejo» luminoso en el que todos nos
vemos reflejados, en la No-dualidad que somos. Por eso, podemos llamarlo
«piedra angular» (que no descarta ni –como ocurría en la conciencia mítica-
entra en comparaciones con otras posibles «piedras angulares»: nada de eso
tiene sentido en la conciencia no-dual, porque nada está separado de nada).
Por la misma razón, caen los
conceptos de «pueblo elegido» y «única religión verdadera»: porque cae el
presupuesto (mítico y mental) en el que se apoyaba precisamente la misma
comparación. Lo cual no significa olvidar la razón crítica, ni igualar todo en
un irenismo amorfo, ni apostar por el relativismo… Nada de eso. Es algo
radicalmente más profundo, nada menos que un «cambio de conciencia»: dejamos de
ver las cosas desde la mente (y el yo: todas las religiones son religiones del
yo) para empezar a percibirlas desde la Conciencia, que es no-separación. La
mente sigue ocupando su lugar, continuamos apreciando las diferencias y
discriminando lo que nos parece adecuado y lo que no… Pero todo ello lo hacemos
ahora desde la «nueva conciencia» que ve en profundidad.
Esta es la visión de la
espiritualidad genuina: una espiritualidad que, reconociendo la riqueza de las
religiones y de los textos sagrados de las diferentes tradiciones, las
trasciende. Una espiritualidad, por tanto, transreligiosa y transconfesional.
De ese modo, vamos
abandonando la «estrechez» de la mente y nos podemos abrir a la Vida, a toda
vida, reconociendo en ella a la Mismidad de Lo Que Es, que Jesús llamaba Abbá,
y que las religiones han nombrado Dios.
CANTO A LA VIDA
(Jiddu Krishnamurti)
No tengo nombre,
soy como la fresca brisa de
los montes;
no tengo asilo,
soy como las aguas sin abrigo;
no tengo santuario, como los
dioses misteriosos,
ni estoy en la sombra de los
templos solemnes;
no tengo sagradas
escrituras,
ni estoy sazonado en la
tradición.
No estoy en el incienso
que sube a los altares,
ni en la pompa de las
grandes ceremonias;
tampoco estoy en la dorada
imagen,
ni en el sonoro canto de una
voz melodiosa.
No estoy limitado por
teorías,
ni corrompido por creencias;
no soy esclavo de las
religiones,
ni de la pía asistencia de
sus sacerdotes;
no soy engañado por
filosofías,
ni el poder de sus sectas me
da nombre.
No soy humilde ni conspicuo,
ni apacible, ni violento;
yo soy el Adorador y el
Adorado,
yo soy libre.
Mi canción es la canción del
río
en su anhelo por los mares
inmensos
divagando, divagando.
Yo
soy la Vida…
Ilustración: Christ Pantocrator, VIe siècle. Encaustique, 84 x 45,5 cm. Monastère Sainte-Catherine du Mont Sinaï, Mont Sinaï. Tomado de: Ernest Renan (2010) "Le Christ dans l´art". Parkstone Press, N.Y.
Los primeros días de septiembre del presente año,
atestiguamos el talado paulatino de un gran árbol ubicado a la entrada del
liceo Eduardo Crema (antes, de Aplicación), en la avenida Páez de El Paraíso de
la ciudad capital. Podía caer sobre el inmueble educativo con las consecuencias
del caso, además, ahora ocupado por refugiados del doble terremoto,
aparentemente muy organizados, con gran presencia policial y de organismos
públicos de apoyo; significativo, con cámaras de seguridad, una capa de pintura
para la edificación y sendos policías acostados
portátiles. Un hecho lamentable, se nos comentó que, al segundo o tercer día,
murió un talador quizá por un chispazo eléctrico que no tuvo trascendencia: lo
más probable, no era del oficio, no contaba con una confiable póliza de seguro,
dejó al desamparo a la prole.
Hay un proceso de desarboladura de Caracas que termina
integrándose a esa nueva normalidad ya vieja de la metrópoli siglo XXI
cambalache. Empero, la cuestión está en el derribamiento por urgencia de los
hermosos y centenarios árboles, después olvidados: puede preverse siempre el
crecimiento y la dirección del árbol con una poda oportuna y especializada, nos
imaginamos. Evidentemente, no ha ocurrido hacia arriba ni hacia bajo, porque la
otra tala, dejado los restos mortales en las aceras, se debe al levantamiento
excesivo del pavimento que un profesional del ramo sabe cómo tratar, precaver y
resolver garantizando la sombra y el oxígeno de un también disputado hogar que el
árbol adentro.
Referencia; José Ortega y Gasset (2025). “Mirabeau o el
político. Escritos políticos II (1920-1930)”.
Alianza Editorial, Madrid. Diseño de colección: Estrada Design Diseño de
cubierta: Manuel Estrada Fotografía de Javier Ayuso.
Quizá pudiera parecer prematura una consideración en
torno a los adversarios de la transición, cuyo proceso apenas esbozamos.
Presumiéndola camino a la libertad y la democracia, mayor facilidad tenemos de identificar
a sus enemigos naturales.
En efecto, es el enfermizo continuismo gubernamental
el que maniobra angustiado por una supervivencia antes garantizada por las
armas del patio. Ahora, bajo la inevitable vigilancia y supervisión de armas
extranjeras que ojalá lo permitan, el cambio histórico ha de depender de la
ciudadanía, de la sociedad civil organizada y de los ineludibles partidos que
tienen contendores incapaces de reemplazarlos institucionalmente.
Aceptemos, a
medida que avance el proceso habrá quienes definitivamente lo acepten, aunque
disientan de sus actores, reglas, costos, condiciones, oportunidades,
institucionalidades sobrevenidas, grados de autonomía; y, a la inversa,
aceptando en buena medida aquellas coyunturas previstas e imprevistas, no
admitirán y avalarán sus resultados. De apelar a la nefasta moralina de
costumbre, naufragando en jornadas de descalificación personal en lugar de los
hechos políticamente delictivos, no lograremos distinguir entre la competencia leal,
la rivalidad circunstancial, la disidencia creadora, soportes de un necesario y
posible gobierno de unidad nacional de las fuerzas opositoras por un tiempo
moderado, y la resuelta animadversión, el enconado odio, la intención de
sabotear y dañar una distinta experiencia cívica.
La falta de precisión entre unos y otros, permitirá a
la postre frustrar cualquier tentativa de transformación social en Venezuela,
colado el enemigo existencial entre las filas democráticas, e, incluso,
impidiendo una deseable evolución política e ideológica de las corrientes
oficialistas. Cualquier inexactitud, puede dar ocasión a una entretenida
sociología de los contrincantes de ociosa aplicación política en el nombre de
un falso y postizo pluralismo que puede perder un dato vital: lo entendemos
así, aun inconformes, el tutelaje estadounidensese inscribe en un
arriesgadísimo conflicto superior que ya nos había convertido en rehenes de
intereses de potencias geográfica y culturalmente distantes bajo la principalísima
fiscalización cubana.
La identidad y clasificación definitiva de los actores
de la transición proyectada, solo la dispensará el propio proceso que buscará –
bajo una obvia disputa – definirse, caracterizarse, escenificarse, relacionarse
en el contexto de una creciente libertad, pero también una lograda disciplina
política de las fuerzas opositores que urgen superar una peligrosa
fragmentación y compartir responsabilidades, y de las oficiales, oficialistas y
oficiosas de una todavía bien (auto)censurada desintegración que la decadencia
agravara: ¿acaso no constituyen un artificio levantado a la sombra de los
poderes materiales y simbólicos del Estado?
La indispensable identidad del proceso la
construiremos a través del libre debate público al que no debemos renunciar,
lógicamente susceptible de voces portadoras de intereses ocultos, pero el
asunto no se resuelve bajo una premisa emocional y moral, sino con un esfuerzo
de estructuración de conductas fiables, consecuentes, correspondientes a través
de las decisiones adoptadas, los incentivos generados, las presiones y
tensiones reveladas, los pactos honrados, el cumplimiento de la palabra
empeñada. Un enemigo de la transición no exige una declaración y un
reconocimiento solemnes como el más ejemplar de los combatientes, sino que
infiltra, interpone obstáculos, desnaturaliza, procura contaminar, como el buen
quintacolumnista que igualmente hemos visto por todos estos años.
Acotemos, la defensa de la soberanía territorial puede
formularse como un sincero testimonio de sentimiento patrio, pero asimismo
convertirse en una coartada contra la transición a la que aspiran los
venezolanos. ¿Cómo creer a quienes consintieron con antelación la penetración y
permanencia de otras potencias y organizaciones criminales en el país?, por
ejemplo.
Lo peor que pudiera ocurrir es ver al enemigo donde no
lo hay ni está, gracias a la confusión generalizada que no siempre disipan los
comunicados partidistas faltantes de claros lineamientos políticos y
estratégicos. Importa y mucho, inicialmente, la reconquista inmediata de la
libertad de expresión y la de prensa para afrontar una transición que
definitivamente nos transparente ya hastiados de eufemismos.
A modo de ilustración, el doble fenómeno del
militarismo y la antipolítica nos remite al papel que pueden cumplir la
corporación castrense y la sociedad civil en un período excepcional como el que
se avecina. Ambos pueden llevar a apuntalar como enemigo aquello que en
realidad es un componente necesario de la reconstrucción política: la
institución militar o los partidos.