“Se oyó cómo unas lágrimas caían sobre el tatami. Era un sonido extrañamente exagerado. Por un momento, Junpei creyó que era él quien estaba llorando sin darse cuenta. Pero era Sayoko quien lloraba. Tenía el rostro sepultado entre las rodillas, sus hombros se estremecían en silencio”
Haruki Murakami
(“Después del terremoto”, Tusquets, Barcelona, 1999: 113)
- Martha Fuentes, Florencia Tovar y Txomin las Heras. Foro con Chi-Yin Chin (decano de Economía UCAB): “En el país no hay lugar para un nuevo ajuste”. Economía Hoy, Caracas, 31/05/1993.
- Juan Herrera. “Es incierto que seamos psivos en el gobierno y beligerantes en la oposición”. AD, Caracas, 21/10/82.
- Luis Herrera Campíns. “Al momento: Carter y el nuevo estilo de política d EUA”. El Universal, Caracas 20/03/77.
- Joaquín Marta Sosa entrevista a Atahualpa Yupanqui. El Nacional, Caracas, 10/09/72.
- Luis Herrera Campíns analiza el caso de Chile. Resumen, Caracas, 24/03/74.
Reproducción: “Opina Eduardo Machado: Los marcusianos son una legión de contrabandistas ideológicos”. Deslinde, Caracas, 15 al 21/08/1969.
Podemos aseverar la existencia de un patrón recurrente
de irregularidades en torno al manejo de la ayuda humanitaria en nuestro país,
sobre todo a la luz del tristemente célebre deslave del estado Vargas a finales
de 1999. Ahora, está generalizada la sospecha a propósito de las consecuencias
del poderoso impacto del doble sismo que enlutó a la ciudad capital y al
litoral central semanas atrás.
El nefasto precedente de casi tres décadas en la
costa, naturalmente contribuye a la desconfianza hacia el Estado y, específicamente,
a su dirección política. Por entonces, fue masivo el auxilio internacional,
llegaron millones de dólares en donaciones, ayuda material y equipos
rescatistas, pero jamás hubo una rendición convincente de cuentas y Hugo Chávez
decididamente partidizó la tragedia convirtiéndose en el benefactor de todos
los benefactores para adjudicarse – junto a su sucesor – la aparente
reconstrucción de una entidad federal que desgraciadamente se vino abajo otra
vez.
De nuevo hay descontento con la actuación del sector
oficial, incluyendo la tardía de la Fuerza Armada Bolivariana. La encargada
presidencial aseguró la existencia de una campaña de desprestigio, palabras
más, palabras menos, que olvida el dato del otro y no menos célebre sismo del 3
de enero del presente año que sorprendió al país entero: ni una pedrada le
lanzaron a los drones como respuesta. Sin embargo, ojalá no desaparezcan las
imágenes, las redes digitales están colmadas por el video testimonial de
quienes afrontaron inmediatamente la realidad varguense, lamentaron la ausencia
del funcionariado y reprocharon con coraje la conducta asumida por las
autoridades públicas.
Hacia el estado
Monagas llegó injustificadamente el cargamento de ayuda para Vargas enviado por
Mayer Mizrachi, alcalde panameño, quien ordenó la colocación de un pequeño
dispositivo de rastreo para asegurarse del éxito de la operación de
solidaridad. Y, entre otros señalamientos más, como el saqueo selectivo de los
llamados colectivos, se ha dicho de las bolsas de agua potable de distribución
gratuita en Vargas, ahora vendidas en Caracas.
El gobierno debe
saber que la reconciliación, la concordia, la armonía entre los venezolanos
pasa por el respeto a la verdad, la radical honestidad, la solidaridad construida sobre la dignidad
de la persona humana. Los varguenses fueron muy claros en cada instante de la
tragedia sísmica, denunciando con coraje los hechos que desmientieron a la
encargada presidencial (https://x.com/la_patilla/status/2073748770819285379), el descarado robo de los bienes de las familias afectadas (https://x.com/_Provea/status/2072834656307995049), el reclamo encendido de una
ciudadanía activa, esforzada y muy firme, ante los impasibles efectivos armados
que ni balbucearon (https://x.com/AlertaMundoNews/status/2071373596757315634).
De los cinco grandes
discursos en los que Mateo condensa el mensaje de Jesús, el tercero ocupa el
capítulo 13 de su evangelio y es conocido como el "discurso
parabólico", porque en él se han reunido las parábolas del Maestro.
Se trata de siete
narraciones, tomadas de la tradición y agrupadas en un solo bloque: el
sembrador, la cizaña en el trigo, la mostaza, la levadura, el tesoro en el
campo, el mercader de perlas y la red.
El objetivo que pretende el
evangelista, en este tercer discurso, es mostrar a Jesús como maestro: de
hecho, empieza el mismo insistiendo –por dos veces- en que "Jesús se
sentó": sentarse equivale a enseñar (o, en otros contextos, a juzgar:
quien se "sienta" es el maestro o el juez).
Tal como ha llegado a nosotros,
en el relato completo pueden distinguirse claramente tres partes: una parábola
breve, una explicación más extensa y un "intermedio" en el que se
intenta explicar por qué el mensaje se Jesús, el maestro, no fue acogido por el
pueblo judío.
Una lectura atenta, que
observa fácilmente la diferencia de estilo y de acentos, busca dar razón de
cada una de esas tres partes.
De toda la narración, habría
que atribuir al propio Jesús probablemente la parábola original (13,3-9), sin
más explicaciones. La parábola es un relato provocativo y abierto, que espera
una respuesta del propio oyente o lector.
Lo característico de la
parábola parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de
una cosecha sobreabundante. Por una parte, el relato muestra un interés
manifiesto por subrayar el comportamiento del sembrador que, sin importarle el
resultado, siembra por doquier, incluso en lugares donde se sabe que la semilla
no podrá germinar, como los caminos o las zarzas...
La parábola original habla,
antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche... Podemos adivinar,
entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: "Dios es así". ¡Tantas
veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo "de los nuestros",
reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o
incluso crueles...!
Dios es Donación permanente
y gratuita: sólo sabe y sólo puede dar. Eso es lo que "constituye" su
ser: no es un "Individuo" separado, creado a nuestra imagen; es un
"Darse" permanentemente –más verbo que sustantivo-, que en todo se
manifiesta.
Me gusta contar una anécdota
entrañable y sabia. En una ocasión, en el grupo de catequesis, una niña
preguntó a la catequista: "Señorita, ¿por qué Dios es siempre Dios, y no
podemos serlo una cada semana?". (Cuando uno ha crecido con una imagen
antropomórfica de Dios, y lo imagina como un "Ser separado", es
inevitable que aparezcan interrogantes como los que plantean los adolescentes
en clase de religión: "¿Y a Dios quién lo creó?; ¿cómo nació?; ¿quién le
puso ese nombre?; ¿por qué lo llamamos así?...").
Pues bien, aquella
catequista, tras el "susto" inicial, contestó a la niña: "El día
en que tú seas amor, y nada más que amor, serás Dios". No podía haber dado
una respuesta mejor. Dios es "ser-donación" –todos nuestros conceptos
y palabras se quedan irremediablemente muy pobres-, Dinamismo sabio, luminoso y
amoroso, Fuente de todo lo que es y en quien somos, sin ninguna distancia,
separación ni costura.
Este es, a mi parecer, el
Dios del que habla Jesús. Un Dios que es "siembra" permanente: ésta
es la Buena Noticia, el "evangelio" del Maestro de Nazaret.
El segundo rasgo que acentúa
la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un
exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha
del siete por uno era considerada excelente, hablar de un rendimiento del
treinta, sesenta o cien, equivalía a desbordar la previsión más optimista, una
"exageración" conscientemente provocativa.
Para que eso se dé –parece
concluir la parábola-, sólo hace falta "oír": "el que tenga
oídos, que oiga". Hace falta abrir los ojos, caer en la cuenta... Tomar un
poco de distancia de nuestra mente, venir al presente... y reconocer la Quietud
y el Misterio de todo lo que es.
Es indudable que, dentro de cada
uno de nosotros, sigue habiendo "caminos" endurecidos, "terrenos
pedregosos" con apenas fondo, "zarzas" asfixiantes y
reductoras... Empecemos por reconocerlo y aceptarlo, reconciliémonos con toda
nuestra realidad interior, abrazándola con humildad. De ese modo, al crecer en
unificación –integrando también los aspectos más oscuros y vulnerables de
nuestra propia sombra-, se estará disponiendo un buen "humus", la
"tierra buena" –que no está hecha de perfeccionismos, sino de
humildad-, en la que la semilla brotará por sí misma.
En la tercera parte de su
relato (13,18-23), lo que hace Mateo es "aplicar" la parábola a la
situación de su propia comunidad. De este modo, se modifica en cierto sentido
el acento: de ser prioritariamente "buena noticia", anuncio gozoso de
la Realidad de Dios y afirmación de confianza incondicional, se transforma en
"exhortación moral" dirigida a cada discípulo.
Este modo de hacer, no sólo
es legítimo, sino que resulta imprescindible cuando una persona o comunidad
trata de "aplicarse" a sí misma una determinada enseñanza. Pero me
parece importante no olvidar que eso tiene un "coste": la parábola se
transforma en alegoría, desplazando el sentido original, que nunca deberíamos
olvidar.
Finalmente, la segunda parte
(13,10-17) constituye una especie de "intermedio", en el que se
aborda una cuestión candente para una comunidad judeocristiana, como la de
Mateo: ¿Cómo es posible que nuestro propio pueblo, el "pueblo
elegido", pueblo de las promesas de Dios, no haya aceptado a Jesús? Sin
duda, fue uno de los mayores enigmas para aquellas primeras comunidades.
En búsqueda de una
respuesta, encontraron, entre otros, el texto de Isaías 6,9-10, que cita
expresamente Mateo. Usando un recurso familiar en toda la tradición bíblica
–"miran y no ven; oyen y no entienden; tienen el corazón
endurecido"-, se achaca al "endurecimiento" del propio pueblo su
incapacidad para acoger el evangelio.
Y ahí se introduce un dicho
usual en la época: "Al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no
tiene se le quitará hasta lo que tiene". Más allá del significado original
de esas palabras, en una cultura diferente a la nuestra, para nosotros
encierran una sabiduría, que se convierte en invitación a estar atentos.
El "Exceso" o
"Derroche" de todo lo que es nos alcanzará en la medida en que nos
abramos a él. En tanto en cuando nos abrimos a la verdad de quienes somos, más
allá de las "etiquetas" y "sueños" de nuestra mente,
percibiremos la sobreabundancia del Misterio ("tendremos de sobra").
Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro
ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra
existencia.
De ese modo, para concluir,
me parece ver en todo el relato la proclamación de una Buena Noticia que se
convierte en Invitación vital: todo está ya; sólo necesitamos
"verlo". Ven al presente, acalla la mente y reconoce quién eres,
cuando no te "piensas".
Venimos de un pasado que
había reducido nuestra identidad a la mente ("pienso, luego existo",
según la fórmula acuñada por el padre de la filosofía moderna). Necesitamos
experimentar que no todo acaba ahí: ¡hay vida después de la mente!
Más allá del pensamiento
–aunque, evidentemente, asumida e integrada la razón crítica como uno de los
grandes regalos de la modernidad, que nos previene contra la irracionalidad-,
se halla un "No-lugar" –más allá de los "mapas", el
"Territorio"-, que constituye nuestra verdadera identidad.
Hay un evidente agotamiento del ciclo autoritario en
Venezuela que no debemos confiar ingenuamente a una automática respuesta
democratizadora y, menos, al voluntarismo extremo que la promueve en nombre de
sus particulares vivencias opositoras. Pocos logran apreciar y asumir las
magnitudes de un cambio que tiende a sobrepasarnos política, intelectual y anímicamente,
trastocado en un complejo proceso, una empresa de alto riesgo y un enorme
desafío luego de casi treinta años de desaprendizaje cívico, polarización,
confrontación y deterioro institucional.
La transición nos remite a un proceso de procesos y a una
experiencia cargada de amenazas y peligros de índole incluso personal,
configurándose definitivamente como una oportunidad imperdible. Además, impone retos que someten a una dura
prueba la capacidad de conducción y exponiendo las vulnerabilidades de los
actores que actúan en un escenario naturalmente controversial, estos deben
lidiar con el vértigo políticamente entendido a través de sus elementos en la
medida que no se tiene certeza alguna de lo que ocurrirá (cognitivo),
desconociendo cuán correctas son o no las decisiones adoptadas (moral), y la
consistencia o no de las instancias empleadas o por emplearse (institucional), aunque
el decisor sepa o diga saber la real incidencia en la correlación de fuerzas
que pugnan por continuar o emerger (estratégico).
Ha sido fácil enunciarla, pero una transición no es
algo ya dado, un producto preelaborado, un manual y tampoco un recetario, sino
un esfuerzo históricamente creador, cargado de responsabilidades y
determinaciones que pueden intimidar, desorientar, descolocar o desestabilizar
a la dirigencia que está obligada a acertar, probando aptitudes que no se
improvisan. Más allá o más acá de su dimensión emocional o psicológica, el
vértigo político entraña una profunda incertidumbre y una inevitable y mutua
desconfianza entre propios y extraños, equipos negociadores, añadida la población
misma, tras la formalización de un tránsito que procura garantías para evitar
retroceder.
Nada casual, Adam Przeworski
sostiene que la incertidumbre no es un episodio accidental del proceso
democratizador, sino uno de sus requisitos constitutivos. Precisamente, no
existiendo protagonista ni espectador que predigan el desenlace y la propia
permanencia de los acuerdos alcanzados, la transición exige prudencia,
aprendizaje y una excepcional capacidad política.
La apertura del proceso sincera la resistencia
militante de las llamadas áreas marrones (brown
areas), útil categoría de análisis aportada por Guillermo O´Donnell
respecto a los territorios donde no llegan la autoridad estatal ni la legalidad
democrática, que nos sirve para metaforizar un imaginario de cínica
victimización e idealización del oficialismo y de sus intereses vitales,
generalmente patrimoniales. La obstinada propaganda gubernamental siembra
percepciones, emociones, actitudes y comportamientos generadores de confusión
entre adversarios, aliados y medios de opinión, distorsionando los hechos.
Inaceptable, aunque comprensible, la angustia de los
elencos del poder apunta a la posibilidad de ser juzgados, despojados de
privilegios, extraditados o desplazados inmediatamente de sus posiciones y
jerarquías, aspirando a algún salvoconducto; y, en el caso de los opositores,
existen temores de un nuevo engaño, y la probabilidad de padecer una persecución
o retaliación no convencional, dividirse por la más modesta diferencia, o
sufrir directa o indirectamente las consecuencias de la traición. Angustias o
temores que, en alguna medida, modifica la presencia estadounidense. Sin
embargo, el mejor aval de una transición duradera sigue siendo el liderazgo
dispuesto al sacrificio, representativo de una población pacífica y desarmada,
consciente de la política como compromiso y servicio, mas no como una profesión
narcisista de asegurado éxito, riqueza y estrellato.
Diferente al de la década de los ochenta, el “último” O´Donnell, el de los noventa,
versó sobre dos transiciones consecutivas que hoy podemos concebirlas como
etapas de una sola que nos permite augurar el largo período que está pendiente
para nuestro país: el que va de la apertura hasta la celebración de las
elecciones convincentemente pulcras y democráticas, y de éstas a su
consolidación. Entonces, por una parte, resulta indispensable el intenso y
constante debate de las direcciones políticas con el propósito de incurrir en
el menor número posible de errores (cual 1958, por entonces, una transición
insegura);y, por otra, en reclamo de
humildad, una necesarísima madurez y rectitud ante la megalomanía y las
tentaciones mesiánicas (frenéticamente digitalizadas).
Tratamos de despedir un ciclo político de específico activismo
(denuncia, protesta, presión internacional, etc.), para ahondar en otro de una
superior energía que será el de la gobernabilidad y gobernanza democrática (institucionalidad,
negociación, agregación de genuinos intereses, etc.). Una poderosa ilusión óptica nos hace creer en
un simple relevo del ejecutivo nacional con el correspondiente ceremonial de
Estado, faltando poco, auspiciada por una mera declaración de prensa.
Antes de discutir sobre programas, instituciones o
liderazgos, conviene reconocer el vértigo y comprender la naturaleza
excepcional de la empresa que se abre —o que luchamos por abrir— en Venezuela.
De lo contrario, perderemos el tren.