Luis Manuel Marcano y Luis Barragán
Solidaridad es definida por
el Diccionario de la Real Academia Española como la “adhesión circunstancial a
la causa o a la empresa de otros”. La definición parece breve, incluso
insuficiente para la magnitud ética que intenta contener, pero detrás de esas
pocas palabras se esconde uno de los conceptos más profundos que la humanidad
ha construido para resistir el paso del tiempo, las guerras, las enfermedades,
el exilio y la soledad. La palabra proviene del latín solidus, que remite a
aquello que es firme, entero, unido, donde cada parte sostiene a las demás para
evitar el derrumbe del conjunto. Hay algo profundamente revelador en ello: la
solidaridad no nació como una emoción sino como una estructura de sostén. Antes
que una virtud, fue una necesidad. El ser humano descubrió muy temprano que
aislado podía sobrevivir algunos días, pero solo acompañado podía construir
civilización. Allí donde una persona cayó y otra extendió la mano nació una
primera forma de solidaridad. Allí donde alguien compartió alimento, refugio o
tiempo nació la idea de que la vida humana solo adquiere sentido pleno cuando
reconoce la existencia del otro.
La historia de la
solidaridad no puede entenderse únicamente como una categoría moral
contemporánea ni como un principio jurídico o religioso. Es mucho más antigua
que eso. Está presente en las primeras aldeas agrícolas donde las cosechas eran
compartidas porque una mala temporada podía significar la desaparición del
grupo completo; está en las ciudades antiguas donde el incendio de una vivienda
movilizaba a toda una comunidad; está en las grandes tradiciones religiosas que
enseñaron que el prójimo no era una figura abstracta sino una responsabilidad
concreta. Más tarde, la filosofía moderna convertiría esa intuición en teoría y
las revoluciones sociales del siglo XIX comenzarían a hablar de fraternidad,
justicia social y cooperación. Pero quizás uno de los momentos históricos donde
la palabra adquirió una dimensión verdaderamente universal ocurrió en Polonia
durante el siglo XX, cuando un grupo de trabajadores decidió llamar a su
movimiento simplemente: Solidaridad.
El movimiento Solidaridad,
liderado por Lech Wałęsa, no fue solamente una organización sindical ni una
expresión de protesta económica. Fue un acontecimiento moral e histórico. Nació
en los astilleros de Gdansk bajo condiciones políticas difíciles y terminó
convirtiéndose en una de las fuerzas sociales más influyentes del siglo XX
europeo. Lo extraordinario no fue únicamente que cuestionara estructuras de
poder aparentemente inamovibles, sino que demostrara algo mucho más profundo:
que una sociedad organizada desde el apoyo mutuo podía recuperar espacios de
dignidad incluso cuando el Estado parecía haber perdido capacidad de
representación. Solidaridad dejó una enseñanza que trasciende la política
polaca: cuando las instituciones se agotan, cuando los mecanismos tradicionales
dejan de responder, las comunidades humanas suelen descubrir nuevamente el
valor de acompañarse unas a otras. La solidaridad aparece entonces no como
caridad sino como resistencia; no como limosna sino como afirmación de
humanidad.
Pero existe otra dimensión
de la solidaridad que rara vez ocupa titulares o páginas de historia. Es la
solidaridad pequeña, cotidiana, casi invisible. La de quien envía un mensaje
preguntando si hace falta algo. La de quien presta atención. La de quien
acompaña en silencio. La de quien comparte información, tiempo o recursos sin
esperar reconocimiento. Esa solidaridad no cambia mapas ni derriba gobiernos,
pero sostiene vidas concretas. Y quizás allí reside su grandeza. Porque la
humanidad escrita con mayúsculas se construye precisamente desde esos actos
humanos escritos en minúsculas.
Venezuela, en estos años
difíciles, ha conocido de cerca esa solidaridad silenciosa. Allí donde tantas
veces las estructuras públicas dejaron de responder con suficiencia; allí donde
la salud se volvió incertidumbre para miles de familias; allí donde hospitales
dejaron de ser garantía y comenzaron a convertirse para muchos en una carrera
angustiosa contra el tiempo; allí donde tantas familias fueron separadas por la
migración y el exilio, comenzó a aparecer otra red, menos visible pero
profundamente eficaz: la red de personas ayudando personas. Los venezolanos
dentro y fuera del país aprendimos a reconstruir una forma de comunidad
apoyándonos mutuamente mediante colectas, campañas espontáneas, grupos de
ayuda, transferencias pequeñas y plataformas solidarias que han permitido
tratamientos médicos, emergencias familiares, estudios y acompañamientos que en
otras circunstancias corresponderían a estructuras institucionales más
robustas.
Muchos de quienes vivimos
fuera del país sabemos que esa solidaridad tiene rostros concretos. Sabemos que
hay días donde una conversación sostiene más que una política pública y donde
una ayuda pequeña adquiere una dimensión inmensa. Sabemos también que el
exilio, además de una experiencia política, es una experiencia profundamente
humana donde las redes de afecto y apoyo adquieren un valor extraordinario. Y
dentro de esas redes también existe una solidaridad intelectual, igualmente
importante: la de quienes han abierto espacios para que otros puedan escribir,
pensar, disentir, denunciar, reflexionar, reconocer triunfos, dejar memoria y
construir historia.
Durante muchos años, quienes
escribimos para El Nacional conocimos -aunque muchas veces el lector no lo
percibiera- el trabajo silencioso y constante de Patricia Molina. Periodista de
amplia trayectoria, conocida por medio país, ha sido durante años coordinadora
de la sección de Opinión del diario. Por sus manos han pasado textos, columnas,
debates, ideas y discusiones de decenas de autores venezolanos. Su labor
consiste muchas veces en algo que parece pequeño pero que en realidad es
inmenso: cuidar el espacio donde circula la palabra. Leer, ordenar, coordinar,
insistir, recordar plazos, acompañar procesos editoriales y sostener una sección
que terminó convirtiéndose en parte de la memoria intelectual venezolana
incluso después del cierre del formato impreso y durante la travesía digital
del diario.
Quienes escribimos conocemos
bien que detrás de cada texto publicado existe un trabajo invisible. Detrás del
autor visible existen personas que leen, que corrigen, que llaman, que
preguntan, que mantienen abierto el espacio para que las ideas lleguen a otros.
Patricia es desde hace años una de esas personas. Muchas veces ha estado allí
sin pedir reconocimiento. Muchas veces facilitó que otros tuvieran voz. Muchas
veces hizo posible que artículos que denunciaban, analizaban, registraban o
simplemente pensaban el país encontraran un lugar donde existir. Hoy,
humildemente, Patricia necesita de nosotros por temas importantes de salud.
Y quizás allí aparece la
verdadera prueba de la solidaridad. Porque es sencillo admirar a quienes ayudan
cuando están fuertes; lo difícil y lo verdaderamente humano es estar presentes
cuando quien sostuvo necesita ser sostenido. La solidaridad auténtica no
funciona como una cuenta de retorno ni como una obligación moral automática.
Funciona como una memoria ética. Recordamos quién estuvo. Recordamos quién
abrió puertas. Recordamos quién sostuvo espacios. Recordamos quién acompañó
procesos. Por eso este llamado no nace desde el deber frío ni desde la lástima
distante. Nace desde el reconocimiento y desde la gratitud. Muchos de quienes
escribimos para El Nacional, muchos de quienes utilizamos esos espacios para
denunciar, reflexionar, reconocer logros o dejar testimonio del país que hemos
vivido, encontramos también esa ventana gracias al trabajo de Patricia Molina.
Hoy queremos pedir que esa solidaridad regrese convertida en gesto.
Por ello, nosotros, Luis
Barragán y Luis Manuel Marcano Salazar, autores de El Nacional, acudimos
respetuosamente a ustedes para solicitar apoyo para la amiga de todos los
autores y lectores, Patricia Molina. No existe aporte pequeño cuando nace del
deseo sincero de acompañar. Cada transferencia, cada colaboración, cada
difusión suma y representa mucho más que un monto: representa la decisión de no
dejar sola a una persona que durante años ha acompañado el trabajo intelectual
y periodístico de tantos.
Las señas para colaborar
son:
PAGO MÓVIL – Banesco
CI V-6.810.349
Tlf . 0412 333 27 94
ZELLE
Antonio Molina
antonio_molina@graficheck.com
Cualquier monto, desde el
más pequeño, SUMA.
Porque una sociedad no se
mide únicamente por sus discursos ni por sus instituciones. También se mide por
su capacidad de mirar hacia quien necesita ayuda y decirle, con hechos y no con
palabras: no está sola.
20/05/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/05/solidaridad-2/
Cfr.
https://www.elnacional.com/author/luis-barragan-y-luis-manuel-marcano/








