COMPETENCIA EN LA TRANSICIÓN
Luis Barragán
Convengamos: la presente
etapa pretransicional levanta las más obvias expectativas en torno a las
distintas elecciones que debemos celebrar para convencernos de trillar el
camino del cambio definitivo. Sin embargo, es necesario advertir que el proceso
que nos compromete no suprime la competencia, sino que modifica y transparenta
radicalmente sus condiciones.
Habrá quienes apuesten por
la construcción de sendas barricadas comiciales, trincheras cerradas para no
someter a prueba la realidad interna de los partidos, como también suelen
evitar las organizaciones de la sociedad civil. Siendo la competencia un dato
natural en la búsqueda del poder político, da soporte y fundamento a las
aspiraciones, intereses, alianzas, concertaciones y disputas mediante reglas
que legitiman el proceso, en lugar de aquella competencia nominal o formal
caracterizada por la deslealtad, el ventajismo, la mentira, la extorsión y la
coacción que hicieron perdurable, acumulativo y artificioso todo conflicto, a
juzgar por lo transcurrido en el presente siglo.
La propia transición es
objeto de rivalidades empeñadas en interpretarla y construirla, por no
mencionar las que se esfuerzan en obstruirla, procurando imponer su
interpretación, tiempos y condiciones que el fortísimo tutelaje olímpicamente
ignora, dándole poco o ningún margen de disputa interna y externa a los
negociadores que actúan sobre reglas que ya vienen decididas. La fidelidad
transicional es lo mínimo que se les pide a las partes, aunque —al menos
públicamente— desconocemos las reglas pendientes de considerar y aplicar para
aquellas fases avanzadas en las que presumimos habrá una redistribución de
intereses, oportunidades y costos políticos, provocando nuevas adhesiones y
animadversiones.
Aceptamos que no todos los
que juran aspirar al cambio coinciden en el mismo modelo transicional, como
tampoco todos desean que concluya. Hay quienes se esforzarán en conquistar el
poder con las nuevas reglas y otros en preservarlo, o preservar cuotas
importantes, mediante una modificación gatopardiana de conveniencia y cálculo.
De asumir la transición como
una recomposición continua de incentivos y costos políticos, comprenderemos que
preservar las posiciones, ceder, negociar, retardar, acelerar, bloquear o
pactar no siempre tiene el mismo precio. Siendo indispensable la participación
abierta para la legitimación del proceso, aparecerán nuevos actores y
exigencias en un espacio social nada homogéneo, cancelado durante casi tres
décadas, con demandas muy definidas e impostergables, exigencias de justicia y
rendición de cuentas, protagonistas de una —ojalá— distinta competencia
pluralista al compás de la inevitable incertidumbre y también de las
emboscadas, ardides y tramas propias de las pugnas que escapan de las reglas.
Importa, por ello, la
capacidad de competir, porque pregonar la sola condición opositora no hará
automáticamente competitivo al partido o al dirigente. Hasta nuevo aviso,
entendemos que deben contar con credibilidad, capacidad de convocatoria,
organización, reconocimiento social, propósito definido, capacidad de
articulación de intereses diversos, trayectoria y, sobre todo, una propuesta de
poder y capacidad para convertir el descontento en un esfuerzo políticamente
eficaz.
Dadas las asfixiantes
condiciones de la centuria, reaprendamos a ser competitivos, aunque – admitamos
– no será suficiente para atajar el nivel de atomización hábilmente inducida de
los sectores políticos y sociales de la oposición. La competencia misma puede
facilitar la unidad esencial y convincente, remontando la cuesta de coaliciones
específicas y concretas para afrontar los desafíos electorales, garantizar la
continuidad del cambio y sortear exitosamente las triquiñuelas de un
oficialismo que, a lo mejor, se hará irremediablemente competitivo, como lo
supo hacer un ya remoto día de la mano de Luis Miquilena.
La competencia transicional
abre la posibilidad de una genuina, limpia y convincente disputa por el poder,
que incluye la posibilidad de perderlo en cualquier nivel y escala, pero con la
continuidad garantizada de esas reglas. Éstas deberán escapar del control
absoluto de alguna individualidad o de la mayoría ganadora de los cuerpos
deliberantes, por más que lo diligencie, suscitando el celo permanente de
todos.
Atentos, pues, a no
confundir los indicios ciertos y fundados de una transición con la transición
misma hacia la libertad y la democracia y, muchísimo menos, con una maniobra de
reacomodo del orden existente. La distinción importa algo más que
metodológicamente, porque allí donde inicia una competencia por la transición,
también propicia la aparición o el regreso de aquellos que procurarán
condicionarla, retardarla o impedirla.
Fotografías: LB, campo deportivo de la UPEL, El Paraíso (Caracas, 25/08/2025).
26/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/competencia-en-la-transicion/
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