Barbara
F. Walter
(“Cómo
empieza una guerra civil y cómo evitar que ocurra”, Ediciones Península, Barcelona,
2025: 105)
Ilustración: Saul Steinberg.
Barbara
F. Walter
(“Cómo
empieza una guerra civil y cómo evitar que ocurra”, Ediciones Península, Barcelona,
2025: 105)
Ilustración: Saul Steinberg.
VENEZUELA: LA GUERRA CIVIL EN LA INDEPENDENCIA (I)
Ángel R. Lombardi G.
Hay Historias buenas. Cuya solvencia profesional recae más en el autor que en sus propias conclusiones.
Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo. Lo esencial es la calidad de su trabajo. Y la posibilidad de debatir sus ideas desde la amplitud de pareceres.
Además, la ineludible ideología del autor, se sublima en el hilo argumental que es capaz de producir. Y si ese autor es extranjero y está opinando sobre la Independencia de Venezuela es algo mucho mejor.
Un venezolano que estudie la Independencia de Venezuela con voz crítica ya es sospechoso de anti patriotismo. Y resulta que los historiadores no hemos sido formados para exaltar a la Patria. Nuestro oficio es mucho más modesto: recuperar un pasado roto de memorias encontradas bajo el imperio del olvido.
Jaime Edmundo Rodríguez Ordóñez (1940-2022) es ecuatoriano de nacimiento, aunque estadounidense por formación, desempeño profesional y periplo vital. Su obra dedicada al período de la emancipación hispanoamericana es una de las más apreciadas.
En la “Independencia de la América Española” del año 1996, uno de sus libros más importantes, hay un apartado dedicado a Venezuela que quisiéramos comentar.
1808 fue un año clave: Francia y Napoleón Bonaparte invade España. Los reinos americanos se mantuvieron expectantes ante el descabezamiento de la monarquía. La lealtad prevaleció sobre los pensamientos emancipadores. Los americanos en términos generales estuvieron a gusto bajo el gobierno de los borbones.
Inglaterra, dueña de los mares, pasó de enemiga a ser aliada de la causa española contra Francia. El comercio venezolano creció espectacularmente. La elite criolla en alianza con los peninsulares decidió actuar.
Era mejor un autogobierno a través de una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII que seguir bajo las intrigas del impopular Vicente de Emparan. Sobre Emparan aún no se sabe toda la verdad histórica. Incluso, la principal acusación que recae sobre su persona: la de afrancesado, hoy es cuestionada por historiadores muy solventes y con documentación de primera mano.
El 19 de abril de 1810 no fue un acto revolucionario. Todo lo contrario: un acto de preservación social de la élite blanca en ese entonces. Sólo que Caracas no encontró unanimidad en el resto de las provincias de la Capitanía General de Venezuela. Maracaibo, Coro y Guayana se mantuvieron leales a la Regencia con base en Cádiz. Ya esto fue un conato abierto de guerra entre provincias.
Además, la Regencia fue hostil a Caracas y la sometió a un bloqueo marítimo. Los ánimos se exacerbaron y apareció un grupo radical, la mayoría jóvenes, entre la élite blanca. Desde la Sociedad Patriótica actuaron para promover la Independencia total de España. Los moderados fueron superados y en ello contribuyó mucho la ascendencia de Francisco de Miranda.
El 5 de julio de 1811 se proclamó la Independencia. Es bueno acotar que en la misma hubo protagonismo de blancos peninsulares. El Congreso dominado por la elite blanca intentó tres acciones claves: 1. Hacer de Caracas la provincia dominante sobre el resto; 2. Mantener el status quo político y económico a su medida y 3. Poner a raya a los pardos, llaneros y esclavos negros que demográficamente les superaban 3 a 1 y cuidado sino más.
La Independencia se hacía a pesar propio. La élite blanca “no acusó al régimen español de haber explotado a Venezuela”. Y quizás esto fue así porqué en realidad quienes sí la venían explotando para su propio beneficio eran los mismos blancos pudientes; los llamados, mantuanos. Esto obviamente trajo el resentimiento de los sectores populares y étnicos relegados. “El nuevo gobierno constituía una amenaza para la gente de color, la mayoría de la población venezolana”.
Lo paradójico de ésta situación es que la monarquía decapitada tenía más adeptos en los sectores populares. Los pardos sabían, que los hacendados blancos y sus aliados en el rubro del comercio, eran sus más directos explotadores. Y al no haber ejército de ocupación imperial en América el conflicto civil ya estaba dibujado. “La mayor parte de los venezolanos no estaba en favor de la separación de España, y en Caracas la declaración de la independencia había sido apresurada por presiones políticas”.
Los complots en contra de la nueva república estallaron de inmediato. Los blancos canarios se hicieron nombrar entre los primeros: su resentimiento social contra la élite criolla blanca fue desmedido. Valencia se alzó contra Caracas y exigió el mismo derecho de ésta: la de conseguir su propia independencia. O en todo caso, mantenerse dentro de las filas realistas. Caracas, decidió aplastar esa aspiración. “Con el fin de afrontar esta amenaza, los realistas de Valencia armaron a los pardos y este acto se convirtió en el principio de una guerra racial virulenta en Venezuela”.
Los contemporáneos, entre 1808 y 1831, que estuvieron involucrados en la Independencia, bien supieron que se trató de una feroz e implacable guerra de exterminio. Venezuela se destruyó y desangró por sí misma. Esta realidad fue solapada posteriormente por parte de los nuevos amos de la república.
Se blanqueó ese oprobioso recuerdo por uno más conveniente asociado al mito y la épica. Los traidores fueron reformados a la condición de héroes. El poder sin vigilantes permitía el abuso de las leyes y los autores de tropelías infamantes no tenían consecuencias que lamentar.
Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936), inesperadamente, fue el primero en asumir en el año 1919, la tesis de la guerra civil en la Independencia de Venezuela sin complejos de ningún tipo. En su libro, el de un adelantado, “Cesarismo Democrático”, va destejiendo el supuesto de una independencia entre buenos y malos.
06/09/2024:
https://opinionynoticias.com/opinionhistoria/41779--venezuela-la-guerra-civil-en-la-independencia-i
Ilustración: Martín Tovar y Tovar.
VENEZUELA: LA GUERRA CIVIL EN LA INDEPENDENCIA (II)
Ángel R. Lombardi G.
Sobre Francisco de Miranda es a quién mojan las barbas cuando se trata de culpabilizar el fracaso de la Primera República en 1811-1812.
Miranda pasó a sangre y fuego a la ciudad de Valencia, alzada contra los designios de Caracas de primar sobre ella y el resto de las capitales de provincia. Maracaibo, Coro y Guayana no aceptaron la “independencia” de los caraqueños.
De hecho, en el año 1810, ya los caraqueños habían intentado una invasión sobre la comarca de Coro. Pero fueron vapuleados y su principal jefe, un Marqués, puesto en ridículo.
La reacción contra Miranda y los patriotas de las primeras horas provino de Coro. Un capitán hasta ese momento sin nombre se hizo un nombre propio en la Historia de Venezuela: nos referimos a Domingo de Monteverde.
Sostiene Jaime E. Rodríguez: “En gran parte, sus victorias fueron resultado del creciente descontento con la república y, en la mayoría de los casos, las poblaciones cambiaron de manos sin que se disparara un solo tiro”.
La gloria militar de Monteverde hay que entenderla también por una desgracia descomunal de la propia naturaleza. El 26 de marzo de 1812 un terremoto acabó con las ciudades de Caracas, La Guaira, Barquisimeto, Mérida y San Felipe. Todas ellas bajo control patriota.
Y al coincidir con un Jueves Santos los líderes de la Iglesia católica en Venezuela sentenciaron que se trató de un castigo de Dios. La desmoralización cundió entre los nuevos republicanos cuya fe en la victoria ante la reacción pro-realista se vino al suelo.
A Miranda se le otorgaron poderes dictatoriales para que hiciera lo legal e ilegal para sostener la causa de la elite blanca. La ley marcial se aplicó y con ello la persecución a los blancos peninsulares. Ya ésta medida planteó una fractura entre la elite gobernante.
Esta primera violencia abrió otras puertas que incrementaron la violencia. Los diques institucionales quedaron derruidos. Líderes con ascendencia, pero ésta vez en el campo realista, como el arzobispo de Caracas Narciso Coll y Prat: “Ordenó en secreto al clero que alentara a los negros, tanto libres como esclavos, a luchar en favor de la Corona”.
La demografía estaba a favor de los pardos, negros e indios. Y como no había ejércitos del rey prestos a luchar en la Costa Firme se crearon los primeros brotes de la guerra civil. Un nuevo Haití empezaba a producirse en Venezuela.
En julio de 1812 la Primera República se derrumbó. Los ex esclavos avanzaron desde la costa hasta Caracas. El tumulto obligó a Miranda a recogerse en Valencia. Bolívar perdió la fortaleza de Puerto Cabello dónde se resguardaban las municiones.
Miranda, antes que Bolívar, temió a la pardocracia. Si bien era un revolucionario cuya militancia nadie podía poner en duda, fue siempre contrario al desorden social. Conoció desde adentro los horrores y excesos de la Revolución Francesa (1789) y no estuvo dispuesto en tolerar la anarquía.
Miranda capitula ante Monteverde el 25 de julio de 1812 bajo la creencia de la caballerosidad de los regalistas.
“Bolívar y otros dos oficiales republicanos arrestaron a Miranda y lo entregaron a los peninsulares. Bolívar, quien confiaba en conservar sus propiedades, también aceptó un pasaporte de Monteverde y abandonó Venezuela, aparentemente para unirse al ejército británico que luchaba en la Península contra los franceses. Sin embargo, el posterior descubrimiento de que sus vastas riquezas habían sido confiscadas reavivó sus simpatías, que había descartado en favor de los republicanos y de nuevo se volvió en contra de España. Miranda murió más tarde en una prisión española”.
13/09/2024:
https://opinionynoticias.com/opinionhistoria/41806-venezuela-la-guerra-civil-en-la-independencia-ii
Ilustración: Cristóbal Rojas.
Ángel R. Lombardi G.
“La caída de la Primera República señaló el final de la participación política amplia en Venezuela.
A continuación, la lucha por el dominio político enfrentó a caudillos despiadados uno contra el otro. La disputa se hizo violenta en extremo, pues se produjo en una región donde se había desencadenado el odio racial”.
Jaime E. Rodríguez O. en su libro: “La Independencia de la América Española” (1996), ya todo un clásico sobre el tema, establece que la independencia de la América hispánica no fue un movimiento anti colonial. El quiebre de la Monarquía como resultado de la invasión napoleónica en 1808 y la revolución política que representó el gobierno constitucional de tradición liberal en las Cortes de Cádiz, dieron la pauta de la disputa entre los americanos. Para unos el horizonte monárquico era indeclinable. Para otros, la idea de nación, la principal vanguardia.
Y al no haber los acuerdos y el respeto al marco institucional viejo y nuevo, la guerra civil fue una constante. En el caso de Venezuela, fue brutal. Doscientos mil fallecidos de una población de un millón de habitantes: el 20%. Agreguemos la desolación material del aparato productivo y la migración forzada hacia el extranjero.
Un nuevo Haití se instaló en Venezuela a partir del año 1813. Los blancos, sin apenas poder de fuego, alentaron el conflicto entre las castas. Primero lo hicieron los realistas y esto socavó los fundamentos de la Primera República con Miranda en el año 1812. A las castas se les utilizó bajo ambiguas promesas de redención social que nunca se concretaron.
Por el contrario, el canario Monteverde aupó a sus propios compatriotas a tomar las leyes en sus propias manos. El Partido Canario se hacía presente como uno de los más activos de la guerra civil en Venezuela. Monteverde se hizo el loco y nunca acató los dictados de la Constitución de Cádiz. Puede que sea el primer dictador en la Historia de Venezuela.
Su jefatura fue fugaz e impopular ya que las arbitrariedades se impusieron sobre los adversarios. Su represión, a pesar de todo, fue moderada si la comparamos con la de Bolívar (1813) y Boves (1814).
Bolívar con un ejército de la Nueva Granada irrumpe sobre el occidente de Venezuela y le gana la carrera a los jefes orientales que tenían el mismo propósito de llegar primero hasta la capital, Caracas.
El Decreto de Guerra a Muerte del 15 de junio de 1815 fue una acción terrible que supuso pasar por las armas a todos los españoles europeos. Este nuevo reino del terror debía disuadir a la elite criolla sobre el acatamiento sin resistencias al nuevo caudillo e invitar a las masas a sumarse a éste bando bajo amenaza y coacción.
La Segunda República (1813-1814) fue tan fugaz y más impopular que la anterior. Su oferta fue exclusivamente militar y represiva. Ni se ganó a la elite criolla y mucho menos a las castas. Además, la idea republicana siempre terminaba ahogada por la violencia de la guerra. El dictador Bolívar sucumbió tan penosamente como lo hizo el dictador Miranda.
“Las fuerzas realistas, al igual que los ejércitos republicanos, estaban constituidos por criollos; por tanto, tales divisiones en un territorio que, fundamentalmente, no estaba poblado por blancos, ofrecía los peores augurios para las clases altas”.
Dice nuestro autor a quién le comentamos sus ideas sobre la Independencia de Venezuela: “Un impensado dirigente realista, José Tomás Boves, surgió para desafiar a los republicanos”.
¿Quién fue Boves? Un asturiano pobre que vivió del contrabando en los llanos de Venezuela. Pudo haber sido republicano o monárquico. Unos oscuros agravios determinaron su cruzada personal atizando el odio social y étnico. Su objetivo fue matar a todos los blancos. Y en esto siguió a Bolívar. Sólo que Boves apenas hizo distinción entre europeos y criollos.
Boves también fue un insubordinado. Lope de Aguirre conecta con José Tomás Boves. Mientras que para el primero la motivación de todos sus actos fue El Dorado, para el segundo y su “caballería infernal”: las tierras y propiedades de los blancos.
Ironía de la Historia: que un blanco europeo y de origen español haya acaudillado a los sectores populares. En cambio, el aristócrata Bolívar, apenas tuvo conciencia o la convicción de que el proyecto republicano pudiera servir para redimir a los pardos.
“Boves les daba rienda suelta en su pasión por el saqueo, el asesinato y la violación. Así, el terror republicano afrontó una respuesta realista igual de violenta. Venezuela tuvo que soportar ahora los peores aspectos de la guerra civil”.
No se vaya a creer que Boves tuvo un programa político. Boves fue tan rebelde como Bolívar para los criollos y españoles defensores del viejo orden colonial. La élite blanca nunca hizo la independencia a partir de 1810 para auto inmolarse. Morillo llegó a Venezuela en 1815 para poner en cintura al rebelde Boves. Bolívar vagaba por el Caribe buscando refugios.
Conclusión: “Ninguno resultó vencedor en la guerra civil venezolana. La élite americana no logró alcanzar el autogobierno, ya fuera dentro de la nación española o por medio de la independencia. Los españoles europeos quedaron virtualmente exterminados. Los pardos, negros y esclavos tampoco alcanzaron ni la igualdad ni la libertad. Venezuela quedó devastada y fueron necesarios muchos años para restaurar el orden y la prosperidad”.
"Terminó pues el tiempo de la satisfacción y el orgullo y empezó el del dolor y la traición. Sin embargo, Leovigildo, como siempre, se empeñó en sobrevivir y en luchar a muerte para salvar lo que estaba construyendo: un reino fuerte. Un reino que ahora se vería cubierto por las rojas aguas de una guerra civil que era, al tiempo, la sublimación de toda guerra civil: un combate entre padre e hijo y entre hermano y hermano"
José Soto Chica
("Leovigildo, rey de los hispanos", Desperta Ferro Ediciones, Madrid, 2023: 269)
Ilustración: Franck Gerard.
LA PLANTA INSOLENTE QUE PROFANÓ EL SAGRADO SUELO DE LA PATRIA
Ángel R. Lombardi
Para entender el fracaso de Venezuela en el siglo XIX sólo basta señalar que se perdieron el 44% del territorio nacional.
Una Independencia chucuta. Sólo el petróleo nos dio un respiro y a diferencia de Noruega no lo supimos invertir adecuadamente ni ahorrarlo para el futuro. Dios bendijo a Venezuela pero ni eso fue suficiente para perseverar en el error como política de Estado de una forma permanente.
Toda la épica de la Independencia, una edad de oro, de acuerdo al discurso oficial, es un grandísimo espejismo. Los Padres Fundadores, con muy pocas virtudes republicanas, se dedicaron más bien al saqueo del erario público, bastante desfalleciente por si acaso, en la centuria triste que fue nuestro siglo XIX. “Son repúblicas en el nombre, pero en el hecho son campamentos militares desorganizados. El gobierno no tiene continuidad ni prestigio". Dictaminó César Zumeta en la obra El continente enfermo (1899).
Según Manuel Caballero la Independencia no acabó en 1821 luego de la Batalla de Carabobo sino que se siguió disputando como guerra civil permanente hasta el año 1903 en que Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, dos caudillos andinos, derrotaron en la Batalla de Ciudad Bolívar la coalición de los principales caudillos regionales. Hasta ese momento Venezuela fue un país Archipiélago identificado con un federalismo de formalidades y de realidades históricas autónomas. El primer padre imperfecto del centralismo fue Simón Bolívar y más luego le siguió Antonio Guzmán Blanco. Propuesta ésta que empezó a bosquejar el predominio de Caracas y sus alrededores sobre el resto de las regiones de Venezuela.
Fue tan díscolo y violento nuestro siglo XIX que se han podido contabilizar entre 1826 y 1888: cuarenta revoluciones “nacionales” y entre 1749 a 1888 hasta setecientos cuarenta “locales” (Manuel Landaeta Rosales). Y Pedro Manuel Arcaya apunta que sólo hubo dieciséis años de paz en el siglo XIX: una paz armada. El petróleo en el siglo XX, y ésta es otra tesis de Manuel Caballero, nos trajo una benéfica paz urbana y algunos destellos civilizadores bajo el protagonismo del mundo civil. Algo que hoy está en vías de desaparecer para volver a conectarnos con la violencia social y el atraso del siglo XIX.
Este desorden pigmeo, de una nación que hizo un juramento ficticio de grandeza, alrededor de su propio Destino Manifiesto, -el proyecto de la Gran Colombia (1819-1831)- quedó sólo en buenas intenciones. Los caraqueños bajo el comando de Páez no hicieron la Independencia para delegar sus mieles en otros como los odiados neogranadinos o zulianos. El Mito/Bolívar, erigido en 1842 por José Antonio Páez (1790-1873) y profundizado más luego por Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), vino a compensar el fracaso nacional en la realidad. El tema en sí es para un animado como necesario debate.
Lo cierto del caso es que nuestros presidentes, caudillos, militares y demás cargos en la cúspide de la dirección del Estado venezolano, si es que existió éste, fueron muy negligentes en el resguardo de la soberanía territorial. Y éste es un tema tabú porque nos lleva a la vergüenza histórica de contradecir toda la propaganda que se ha elaborado sobre una Venezuela como destino de grandeza. Bolívar, en todo caso, traicionado en lo que fue su gran obra de liberación ya no sólo nacional sino también continental. La Monarquía hispánica tuvo mayores habilidades en resguardar los territorios de la Costa Firme que cuando tuvimos vida republicana. Para muestra los intentos de invasión del enemigo inglés en repetidas oportunidades y sus derrotas.
Dicen los mexicanos que: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Entre los años 1846 y 1848 los Estados Unidos invadieron México. Desembarcaron en Veracruz y tomaron más luego la capital. ¿Motivos? El expansionismo estadounidense alojado en Texas. México, era en ese entonces un país dislocado e invertebrado, lo mismo que Venezuela. Aún hoy lo sigue siendo. Pérdidas territoriales: Alta California, Nuevo México y Texas, que hoy forman los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Colorado y parte del hoy llamado Wyoming. Estamos hablando de una pérdida del cincuenta y cinco por ciento de la totalidad de la geografía originaria de México.
¿Y Venezuela? En 1824, el Mariscal Antonio José de Sucre (1795-1830), al mando de un ejército republicano formado por fuerzas mixtas de todos los países de América del Sur, logró ponerle fin al dominio continental de la Monarquía hispánica en Ayacucho. Venezuela tuvo que lidiar en su frontera oriental con otro coloso: Inglaterra. Y en la occidental con Colombia, no tan coloso, pero con una diplomacia clarividente y habilidosa.
Ambos países nos arrebataron el cuarenta y cuatro por ciento del territorio nacional. Estos datos parecen ser reveladores y concluyentes: año 1882: 1.639.398 kms2; año 2021: 916.445 kms2; pérdidas territoriales: 722.953 kms2. Si nos vamos a los mapas de la Capitanía General de Venezuela en 1777 y a los del año 1810 es muy fácil constatar que la amputación territorial de nuestro territorio puede que sea hasta mayor que el sufrido por México. Afortunadamente el Mar Caribe se nos convirtió en una fortaleza natural. Porqué de haber tenido como vecino a los Estados Unidos hoy Venezuela no existiría.
A la mayoría de los venezolanos nos han hecho creer que el “Esequibo es Nuestro” y ya en la práctica no lo es. Y que el despojo más grande sucedió en esa frontera oriental. Y resulta que en la frontera occidental el zarpazo fue tan grande o hasta mayor. Las pérdidas territoriales en la frontera occidental con Colombia son más increíbles aún porque se trata de un país con los mismos rasgos sociológicos de atraso social como el nuestro. Lo que demostró que la oligarquía de Bogotá fue más habilidosa que la oligarquía de Caracas. El Laudo Arbitral Español de 1891 no sólo implicó la pérdida de la Península de la Guajira sino de extensos territorios al sur de la frontera occidental en torno a los ríos Sarare, Arauca, Meta, Orinoco y Negro.
Cuando un país en la Historia se expande a costa de sus vecinos es porqué posee una lógica geopolítica de conquista y resguardo de lo conquistado desde posiciones nacionalistas reales y tangibles. No es el caso de la cenicienta Venezuela que prefirió encubrir el deshonor de perder el 44% de su territorio en manos de: “la planta insolente que profanó el sagrado suelo de la Patria”. Esta última sentencia, del dictador Cipriano Castro, la utilizó en la Crisis del Bloqueo del año 1902, desde una demagogia irresponsable, cuando Venezuela estuvo a punto de ser invadida por Inglaterra, Alemania e Italia. Paradójicamente nos salvó los Estados Unidos y su Doctrina Monroe (1823). Que no iba a permitir que en su “Patio Trasero” otras potencias le disputaran su emergente preeminencia en toda América.
18/05/2023:
EL NACIONAL - VIERNES 9 DE ABRIL DE 1999
60 AÑOS ATRÁS
Luis Barragán
"Numerosos teorizantes afirmaban que sí, que España,
liberada del acné político, que atávicamente le
intoxicaba la sangre, y canalizada con mano firme
en una sola dirección, rendiría el ciento por uno
y resucitaría con vigor inesperado"
José María Gironella
("Ha estallado la paz")
A finales de marzo de 1939, las guarniciones republicanas del centro y sur rubricaron su rendición incondicional y Madrid, domicilio de todo silencio, recibió el paso sigiloso de las fuerzas victoriosas que unas veces alzaban los pendones de la monarquía universal originada en la cama de Isabel y Fernando, en nombre de una compleja política de alianza matrimonial y, otras, los de la monarquía nacional, resignada desde el siglo XVIII a la opacidad paulatina del imperio, sin adivinar que Francisco Franco, el autor de un paciente golpe de Estado por etapas, perduraría en el poder hasta que los párpados se le cansaran, arrastrando por siempre el espectro que Carlos Fuentes bien dibujó en "Terra nostra".
No debemos olvidar aquel primero de abril en el que "cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares", concluyendo la guerra civil española, según el parte final surgido del Caudillo y Generalísimo, enfebrecido y engripado, sorprendiendo a propios y extraños con el experimento de sí mismo en el largo ejercicio del poder. Hay una ilusión absurda, una creencia estúpida, enlatada al vacío, sobre la imposibilidad de otros ensayos totalitarios en un mundo presuntamente satisfecho, donde los problemas pueden administrarse con un poco de distracción absolutoria y el ¿para qué volver 60 años atrás?
Hablamos de una guerra fraguada en la más absoluta intolerancia, plataforma de las utopías radicales de cualquier signo, inicialmente creída una breve sucesión de escaramuzas capaces de domesticar las pasiones. Sin embargo, tanta sangre y sudor cupo en la fría planimetría de un combatiente que gozaba de su propia estampa en Marruecos, sin más emoción que la de su sola voluntad cumplida, abrigado por una tímida risa burlona cuando leía los diarios suplementarios de Manuel Azaña, un magnífico botín que refozaba la confianza en el único testigo de sus oscuras catarsis vespertinas: la lámpara de la decorativa biblioteca de palacio.
El triunfo de los más puros entre los puros amantes de la España Eterna se tradujo en la inmediata persecución de justos y pecadores. La aniquilación total del enemigo supo de la increíble Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada el 13 de febrero de 1939, con efectos retroactivos a partir de octubre de 1934, tipificado incluso el delito de "pasividad grave" en favor de la república "ilegítima", para afianzar el Estado militar y teocrático, fruto distante y diferido de la reconquista que, al luchar contra el Islam, feroz y paradójicamente se islamiza por todo el sedimento de fanatismo removido, según dijera Luis Araquistáin en su ensayo El pensamiento español contemporáneo (1962), de ribetes positivistas y marxistas con prólogo del insigne penalista Luis Jiménez de Asúa.
El maniqueísmo campeará a su antojo por los campos que eran de la imaginación. Germán Borregales, en Venezuela, realzó la cruzada contra toda suerte de marxismo, liberalismo y masonería que condensaba la república, extraviando los matices que supieron de un Giménez Fernández o Indalacio Prieto, ahogados el realismo y la moderación en los gobiernos de signo contrario que tejieron el drama.
Y pudo pasar al revés. Un triunfo republicano que, a lo mejor, hubiera degenerado en un reivindicado y expansivo movimiento fascista como lo novelara Fernando Díaz-Plaja, o en la parsimonia de un entusiasmo endurecido y sobreviviente a los gigantescos conflictos de entonces, como Jesús Torbado ha sugerido brindándole un papel al Hemingway que pudo suicidarse en la península.
"Alzando nuestro corazón a Dios, damos sinceras gracias con Su Excelencia por la victoria de la católica España", decía Pío XII a Franco en un telegrama que era de absolución, aunque -afortunadamente- el Vaticano no condenara por herejía al sacerdocio que tomó su opción en una perspectiva distinta que muy bien sepultó la propaganda. Es la guerra como penitencia: "Que España soporte cristianamente su dolor inmenso, españoles. Si vaciamos de sentido cristiano esta guerra no quedarán de ella más que las ruinas que acumule sobre nuestro suelo. De ellas no saldrá la restauración de la España vieja, antes podrían esconderse en ella gérmenes de nuevas discordias", señaló en 1937 el Cardenal Isidro Gomá y Tomás.
El exilio masivo, voluntario o no, marcó la pauta en los cuarenta, balanceados por Araquistáin el instinto de conservación frente al sacrificio estéril. No bastó con la represión, sino la economía fue presa de la depresión, la escasez de todo tipo de bienes y el proceso de modernización y crecimiento que originó la república quedó interrumpido, como señalara José Luis García Delgado (http://vespito.net/historia/franco/ecofran.hrml).
El gobierno de Franco no duraría mucho, se dijo. Y todos sabemos lo que ocurrió: labios y párpados que arrastran un cuerpo putrefacto.