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sábado, 19 de abril de 2025

Casa, causa y honor

VARGAS LLOSA, DOCTOR HONORIS CAUSA DE LA USB

William Anseume

Mario Vargas Llosa siempre será recordado en nuestra Universidad Simón Bolívar, aunque las autoridades interinas, impuestas desde el poder central del país sin elecciones previstas siquiera, pretendan hacer ver que la institución sufre algún ataque de desmemoria.

No porque sus textos, especialmente los novelescos, yazcan como muertos en la también destruida biblioteca cuyo uso resulta extremadamente limitado, por decir no más que sigue existiendo, en medio del caos mayor infraestructural o académico.

En tiempos de libertades autonómicas, la USB se complació hiperbólicamente en hacer entrega al escritor descomunal de su doctorado honoris causa, cuando causa y honor había. Un reto a Miraflores entonces, su presencia en Venezuela, el reconocimiento de la exaltación de una pluma legendaria, la palabra dicha ese día 8 de diciembre de 2008, la escrita antes y después como pegada al hígado de una revolución desecada, desecante. Vargas Llosa sin equivocaciones, sigue, aún muerto, horadando los tuétanos del socialismo y más el del siglo XXI.

Vino el afamado escritor a Sartenejas y fue recibido por las palabras de otro nunca olvidado en la USB, Carlos Pacheco, y Rafael Arráiz Lucca, miembros de la Academia Venezolana de la Lengua. Legó ese día, entre tantas otras luminosidades, que: «… la barbarie que representan los antiguos militares, las dictaduras de los hombre fuertes, todas sin excepción, de derecha o de izquierda, el estúpido machismo, el nacionalismo que es la gran cortina de humo tras la cual los gobiernos justifican el armamentismo y los cuantiosos robos, la visión patriotera y provinciana de la política, son la mejor receta para no salir nunca del subdesarrollo».

Premiarlo, traerlo a la USB en esos momentos constituyó un inmenso desafío institucional ante el poder que apenas se consolidaba. Esto subrayado en su encuentro con la prensa, donde manifestó su repudio al gobierno de Chávez tanto como a la reforma constitucional prevista para 2009. «Si el proyecto autoritario de Chávez echa raíces, la libertad no solo se empobrecerá en  Venezuela sino en muchos países de América Latina», dijo. Menos mal que en Ecuador en este instante prevaleció la libertad, digo.

Hasta tomó café en la Asociación de Profesores el justamente laureado escritor quien nos premió con su presencia y su palabra. Inolvidable su paso indeleble por la USB. Inocultable por ningún humo de este desesperado quiste poderoso.

19/04/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/vargas-llosa-doctor-honoris-causa-de-la-usb/

viernes, 18 de abril de 2025

De una severa y oportuna advertencia (II)

VARGAS LLOSA,  EL PROFETA ARMADO

Luis Barragán

Nuestra generación creció familiarizada tempranamente con el polémico novelista, por lo que siempre nos fue fácil reconocer a los genuinos y consecuentes seguidores del peruano, independientemente de sus posturas políticas e ideológicas, en contraste con los esnobistas que secretamente amaban a Marcial Lafuente, o a Corín Tellado. Y es que la ligadura de Gabriel García Márquez con la Venezuela que él domicilió en los cincuenta del veinte, no fue la misma de Mario Vargas Llosa, quien nunca lo hizo, pero aún la habita ahora que está más allá del extranjero: viva y constante preocupación por nuestra suerte, le palpitaba desde el primer momento que lo vimos personalmente, desde lejos, asediado por las grandes y menores personalidades al autografiar numerosos ejemplares de una novela, con paciencia extrema y sonrisa casi parecida a la de Emilio Lovera, Freddie Mercury, Edgar Barrios, en la librería “Lectura” de la planta baja del caraqueñísimo Centro Comercial Chacaíto y sus Cinemas

La supuesta República de la Creole, empedernida y caprichosa agresora de la revolución cubana, le concedió el Premio Internacional Rómulo Gallegos en agosto de 1967, al autor de “La casa verde”, por entonces, entusiasta defensor de la dictadura isleña que también lo hizo su emblema hasta que el sonadísimo y, luego, tristemente olvidado caso Heberto Padilla desenmascaró completamente a La Habana. El gran público venezolano curioseó y trilló la senda de las innovaciones literarias y, un magazine de interés general, como Momento (Caracas, 16/07/1967), daba noticias de aquél que ganó el codiciado premio Biblioteca Breve de Seix-Barral, por 1962, festejándolo como después se hizo con Adriano González León, por 1968.

Temido por el discurso que daría el beneficiario en el acto de entrega del Gallegos, el presidente Leoni tuvo el coraje de asistir al teatro París y galardonar personalmente a Varguitas. La prensa libre e independiente de la época, hizo saber del galardonado, como no ha ocurrido en la presente centuria con la presea. A pesar del recentísimo y devastador terremoto de la ciudad capital, por citar el diario El Nacional, igualmente orientaba a sus lectores en torno a “La casa verde” y el idioma (Caracas, 01/08/67), Luis Serrano la vinculaba a la técnica de la novela de caballería (02/08), Miyó Vestrini entrevistaba al narrador con los trazos de RAS (03/08), lo puntualizaban Germán Arciniegas y Sanín (06 y 07/08), o Augusto Germán Orihuela lo asociaba al cine (11/08).

De modo que la recepción de Mario en Venezuela, es necesario acotarlo, fue tan extraordinaria como la del resto de los ganadores del siglo, en nada parecida a la de los beneficiarios del veintiuno. Y esto, porque - miles de años atrás, dirán los más jóvenes – los periódicos de mayor éxito fueron aquellos que desarrollaron distintas fuentes especializadas y un protagonista de la literatura, era tan conocido como el beisbolista, el jefe civil, el juez, el cantante, o el homicida reales y vivamente noticiosos.

Es fácil de imaginar las imprecaciones de la izquierda borbónica latinoamericana, obviamente, incluyendo a la nuestra, cuando el miraflorino no sólo asumió una firme y recia posición crítica ante el castrismo, o comenzó a acercarse al liberalismo como no se atrevieron otros intelectuales de la región (cfr. https://www.youtube.com/watch?v=quYg4PXwuic),  sino que, por 1977, visitó en la biblioteca de Pacairigua nada más y nada menos que al denostado Rómulo Betancourt. Sin embargo, muy densa, sostenida y creadora fue su mecanografía hasta hacerse acreedor del Nobel que tampoco le hacía falta para trascender, como ha trascendido, con excepción del ataque de vanidad senil con la Presley.

Cuestionado el terco modelo de desarrollo propugnado en este lado del mundo, motivo de una ilimitada crisis estructural, predicador de las plenas libertades económicas como el secreto a voces para reencontrarnos con el bienestar, empleando la palabra como única arma, decidió Vargas Llosa aspirar  la presidencia de su natal Perú,  perdiendo en la segunda vuelta con Alberto Fujimori hacia junio de 1990. Toda una ironía, porque – sintetizando – la derrota fue por decir la verdad, mientras el triunfador apeló a la mentira para derivar posteriormente en una terrible dictadura denunciada militantemente y a pulmón lleno por Mario; valga la acotación, semejantes circunstancias vivió Eduardo Fernández en 1988, quien tuvo por varios años una gráfica en su oficina con el limeño, frente a Carlos Andrés Pérez que, contrariando su oferta electoral, implementó y, además, inadecuadamente el programa de ajustes y reforma estructural, trastocado a la vuelta de pocos años en lo que tenemos para esta centuria.

Simultáneamente a sus afanes profesionales, tuvo la mirada puesta en la Venezuela que cedió enteramente a la tentación, siendo mucha la angustia experimentada por el novelista respecto a nuestro futuro y, mientras el país hizo de la constituyente una fiesta irresponsable, compendio de todas las promesas luego incumplidas, cual profeta bíblico, clamó a los cielos y publicó un artículo de opinión decididamente histórico en El País (Madrid, 08/08/99), replicado una semana después por El Nacional, cuyo título fue excesivamente lúcido y contundente: “El suicidio de una nación”. Muy pocos se atrevieron a contestarle y con un gesto ritual, y ninguno a refutar al aguafiesta de entonces que no dejó de testimoniar su solidaridad con la causa democrática; e, incluso, junto a Enrique Krauze y Jorge Castañeda, aceptó el reto estridentemente formulado por Hugo Chávez para un debate, en una emisión de “Aló, presidente” (29/05/2009), sobre liberalismo, socialismo, economía y democracia; Vargas Llosa reiteró su disposición a debatir, pero el mandatario arrugó. Y, para nuestro infortunio, la profecía se cumplió.

Cfr. Texto del artículo referido de 1999: https://apuntaje.blogspot.com/2025/04/de-una-severa-y-oportuna-advertencia-i.html

Fotografías: El juego inicial, tomado de la cuenta facebookeana de Vasco Szinetar. La posterior, tomada de la red.

18/04/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/vargas-llosa-el-profeta-armado/

19/04/25:

https://www.costadelsolfm.org/2025/04/19/luis-barragan-vargas-llosa-el-profeta-armado/

https://www.youtube.com/watch?v=zK5B9zlYbeM

jueves, 17 de abril de 2025

viernes, 21 de junio de 2024

Entomología, tuberculización y la Negra Josefina

MARIO VARGAS LLOSA CHARLA CON UN VIEJO ZORRO: RÓMULO BETANCOURT (1977)

Estaba alistando maletas para partir de Caracas cuando me avisaron que Rómulo Betancourt quería verme. El intermediario, por lo demás, me hizo saber que el expresidente, representante de Venezuela en la comisión que hace las invitaciones anuales para ocupar la cátedra Simón Bolívar, en Cambridge, había votado mi nombre. Pero no solo fui a su casa por una razón de cortesía, sino sobre todo por curiosidad: las figuras políticas me han producido siempre una fascinación entomológica (y, al mismo tiempo, una especie de alegría).
Su casa, la Quinta Pacairigua, en un barrio residencial, no es demasiado lujosa para los niveles sauditas venezolanos. Me sorprendió el numeroso servicio de guardaespaldas, en el interior y el exterior. Además de su hija Virginia, sencilla y muy simpática, estaba allí su esposa, una exprofesora, creo, que habló de libros con soltura, y había también periodistas y fotógrafos. Betancourt lleva bastante bien sus setenta años. Hace algunos meses corrieron rumores sobre una enfermedad gravísima, pero él dice que el peligro se ha disipado: se trató apenas de una intoxicación causada por los remedios. Se siente ahora, repite, como nuevo.
«Usted sabrá que, en la época de las guerrillas, yo fui uno de los hombres más odiados y atacados en América Latina», es una de las cosas que le oí decir en la hora y media que pasé con él. Por supuesto que lo sabía. Su Gobierno me pareció también a mí, como a tantos en América Latina, represivo y con ribetes autoritarios. Pero lo que ha ocurrido luego en el continente, y el contraste entre ello y el caso de Venezuela, me ha llevado a revisar ese juicio. El Gobierno de Betancourt reprimió duramente a quienes se alzaron en armas y no hay duda de que, en esa lucha, cometió abusos y violaciones de la legalidad y de los derechos humanos.
Pero es cierto, también, que su régimen sentó las bases de un sistema democrático que viene funcionando sin interrupciones y que parece hoy (toquemos madera) bastante sólido. Es lo que dice a Betancourt el ensayista francés Jean-François Revel –el autor de La tentación totalitaria– en una carta que aquel me enseña: «Es usted el único dirigente político sudamericano que encontró la manera de enrumbar a su país por un sendero democrático». Hay una pregunta, sin embargo, que surge cada vez que uno observa el caso venezolano: ¿la bonanza económica, esa prosperidad que golpea al forastero desde el aeropuerto, no ha sido el elemento decisivo para que las instituciones democráticas resultaran allí operantes?
Varias de mis preguntas a Betancourt se refieren a este asunto: ¿Por qué en su país los militares respetan el poder constitucional y en otros no ocurre lo mismo?
Su respuesta es larga y elaborada, y no tengo más remedio que abreviarla. Nosotros (es decir, su partido, Acción Democrática), dice, desde 1945 trabajamos con un grupo de oficiales jóvenes, constitucionalistas, partidarios de reformas profundas en la estructura del país. Ellos, a la caída de Pérez Jiménez, se convirtieron en la espina dorsal de la reforma de las Fuerzas Armadas, que pasó a retiro a los elementos golpistas y se empeñó en hacer del Ejército un cuerpo esencialmente técnico y educado de manera sistemática en el respeto del orden legal.
El momento crítico, prosigue Betancourt, sobrevino al estallar el movimiento guerrillero contra mi Gobierno. La lucha contra la guerrilla no la dirigió el Ejército; la dirigí yo. Mi Gobierno no abdicó de esa responsabilidad, como hicieron otros Gobiernos civiles en América Latina, por cautela política, prefiriendo que fueran los militares quienes se ensuciaran las manos. Aquí fue el Gobierno civil quien, desde el primer momento, asumió esa tarea, arrostrando la impopularidad y a pesar de la feroz campaña internacional en contra nuestra. Los militares respetan a quienes saben mandar. (No hay duda que él sabe y que le gusta hacerlo: al decir estas cosas, gesticula con energía).
Veo sus manos con las cicatrices de las quemaduras del atentado que preparó contra él un comando enviado por el generalísimo Trujillo (que lo odiaba, dicen, más que a Fidel Castro). He oído contar la historia de su comportamiento en esas circunstancias, y él me la reseña de nuevo: cómo habló por la radio estando herido y cómo se hizo llevar al palacio presidencial de Miraflores («el símbolo del poder», dice) para mostrar al país que la jefatura del Gobierno se mantenía en pie.
Está escribiendo ahora sus memorias y cuenta que haber leído, hace poco, la autobiografía de Arthur Koestler lo ha inducido a cambiar todo su plan. Al principio había decidido escribir un libro puramente político, dejando de lado lo que fuera personal e íntimo. Ahora, en cambio, hablará también de su vida privada. ¿Hasta qué extremos llegará la confidencia? Durante la charla, deja ver algunos cabos sueltos. De joven escribió cuentos, inspirados en ciertas lecturas, como Emile Zola. Su esposa lo refuta con convicción: la influencia ostentosa, le asegura, es la de Anatole France, Él habla de uno de esos relatos con melancolía y burla. Se llamaba (horriblemente) «Maritza la nómada» y la musa que lo estimuló a escribirlo era una españolita de ese nombre de la que estaba enamorado, Se empeña en hablar de literatura, en tanto que yo trato de empujarlo hacia el terreno político (en el que lo supongo mucho más competente). Se entusiasma recordando la autobiografía de Trotski, una novela («de 1.400 páginas») sobre la fundación del estado de Luisiana y me cita algunas tradiciones de Ricardo Palma. Durante mucho tiempo se ganó la vida escribiendo artículos, de manera que se siente también, en cierta forma, periodista. Ha pasado veinte años en el exilio, cinco en la cárcel y a fin de año celebrará medio siglo de actividad política.
Durante buena parte de la hora y media me pareció hablar con espontaneidad. Solo en un momento tuve la impresión de que (lo que me ha ocurrido siempre con todos los políticos que he entrevistado) pronunciaba un discurso. Una tirada algo solemne sobre la vocación rebelde y heroica del pueblo venezolano, que es, afirma golpeando el brazo del sillón, quien ha hecho la verdadera revolución en América Latina: la democrática. «¿Por qué cree usted que se fueron esos hombres detrás de Bolívar hasta el Titicaca?». Cree que el mestizaje generalizado y precoz que experimentó la sociedad venezolana creó ese tipo audaz y combativo. «Aquí nos mezclamos todos muy pronto, no ocurrió lo que en el Perú», dice. Y me cuenta una anécdota. En los años treinta estuvo en Lima, con una delegación, y lo impresionó mucho una entrevista que tuvo, en el diario El Comercio, donde él y sus compañeros fueron recibidos «por dos caballeros con monóculo, que se llamaban, uno, Miró Quesada y, el otro, Manzanilla». Uno de ellos le habría preguntado: «¿Qué raza es la que predomina en su país?». «Los mulatos como yo, señor». «Ajá», habría respondido, pensativamente, uno de los caballeros. Mientras el otro comentaba: «¿Sabía usted que aquí en el Perú se le decía a Bolívar el Zambo Bolívar?».
Me asegura que hay una carta del Libertador, firmada en la Magdalena, pidiéndole a un amigo de Caracas que enviara mulatos a socorrerlo, pues las impetuosas limeñas lo estaban tuberculizando.
Pese a la abundancia de dictaduras en el continente, se muestra optimista respecto al futuro de América Latina. Piensa que la política del presidente Carter de los derechos humanos ha creado una dinámica muy fuerte a favor de la instalación de gobiernos constitucionales. «Hasta Stroessner se ha visto obligado a hablar de dejar el poder», bromea. Se refiere con elogio al movimiento cívico en Brasil, a los manifiestos intelectuales («presidido por nuestro amigo Jorge Amado»), de periodistas, de profesionales, «hasta de futbolistas» pidiendo la transferencia de poder a los civiles mediante elecciones. Está convencido de que en pocos años puede ocurrir lo que al finalizar la Segunda Guerra Mundial: una oleada democrática por todo el continente. Respecto al acercamiento diplomático entre Cuba y Estados Unidos, se limita a comentar:
«Por el momento el acercamiento se reduce a que Cuba mandará a Washington dieciséis agentes del G-Dos y Washington a La Habana dieciséis agentes de la CIA».
Como voy a perder el avión, tengo que despedirme precipitadamente. En la puerta de calle, me regala una especie de estampa que no tengo tiempo de ojear. Aquí, en el largo vuelo trasatlántico, descubro que es la historia de una estatuilla que he visto en su escritorio. La Negra Josefina, una vagabunda de las calles de Caracas que asaltaba a los transeúntes pidiendo «un mediecito»; hace unos treinta años, sirvió de modelo al autor de la obra, Santiago Poletto Lamberti. Se trata de una mulata, por supuesto.
Sobre el Atlántico, sept. 77
Fuentes: 
Sobre el Atlántico / Publicado en noviembre de 1977. Tomado de sus Obras completas IX. Piedra de Toque I (1962-1983), 2012, pp. 655-659.
WordPress «Lo Afirmativo venezolano» de GUILLERMO RAMOS FLAMERICH:
17/06/2024:

martes, 5 de marzo de 2024

Ingeniería del poder

DEL ENSAYO POLÍTICO EN MÁS DE UN SENTIDO

Luis Barragán

Depara todavía sorpresas un régimen que capitaliza muchos de los cursos académicos en el mundo sobre las novísimas dimensiones autoritarias alcanzadas, según los eufemismos en boga que logran esconder una vocación y un propósito francamente totalitarios. Esta vez, el secuestro en Chile del teniente Ronald Ojeda, sus más variadas y trágicas circunstancias, incluyendo el silencio y la posterior versión oficial de Caracas, negando toda responsabilidad, expone una faceta inédita, por ahora,  en torno a la realización continental y efectiva del socialismo del siglo XXI, dejando muy atrás casos como el muy consabido de Alberto Lovera que supo de una intensa y libérrima campaña de medios, parlamentaria y judicial, arribando a la correspondiente sentencia condenatoria de los autores del vil homicidio.

Algo propensos a la sola consideración criminal y criminológica de lo que empezó como un “proceso”, después trastocado en “revolución”, sin que tenga ya otros rincones del lenguaje que tomar por asalto (por lo demás, vulgar asalto), olvidamos – en un sentido – la (des)acumulación de todas las experiencias vividas y contadas, triunfos y postergaciones, marchas y contramarchas, tentativas y frustraciones, coincidencias y discrepancias, errores y ensayos, por estos más de veinte años. Los felones de 1992, aprendieron del poder desde el poder mismo, improvisándose en medio de la perpetua voluntad de sobrevivir a cualquier precio, al mismo tiempo que el liderazgo opositor, irreductiblemente plural, ha probado los más variados caminos para alcanzar una transición democrática.

Nos explica un gigantesco repertorio de hechos y actores, como de presentimientos, increíblemente fáciles de soslayar por los decisores de una oposición de varios ciclos, después que determinados sectores de la sociedad civil creyeron que ésta se bastaba por sí misma para generar el cambio, y, fracasada, supo de la Coordinadora Democrática, la MUD y la Plataforma Unitaria, hoy, en trance de una insospechada y dura prueba.  Siendo tan desleal la competencia con una innovadora y cruel ingeniería del poder, en propiedad, la de los aventajados servicios de (contra)inteligencia, nada más y nada menos que los del Estado, importa y demasiado el esfuerzo unitario, colegiado, mancomunado, concursado, común de una oposición fundada en la memoria – al menos – estratégica: luce inaceptable que los más o menos recientes sucesos, sean tomados literalmente como una absoluta primicia para agravar defectos de un elevado costo, cuales autosuficiencia, vanidad, o improvisación convertida en un obsceno dato cultural.

Convengamos, cada quien se presenta y mueve con el peso de todo su equipaje de conocimientos y vivencias en el escenario político, proclives a la exaltación del propio genio, aunque – en otro sentido – sepamos que la muy antes Venezuela fue también obra de una rica tradición de debate que, por ironía, jurándose en otra etapa republicana y socialista, cuidó esmeradamente de no dar Chávez Frías ni Miquilena, y muchísimo menos en el ámbito de la consabida constituyente, convertido en un nefasto legado y doctrina oralmente transmitida. Más adelante, retado el barinés, se sirvió de una ridícula excusa para no polemizar in situ con el bien dispuesto Mario Vargas Llosa, quien – despuntando la otra centuria – escandalizó a propios y hasta a extraños con un texto portador de una extraordinaria advertencia que todavía agradecemos, intitulado “El suicidio de una nación”, pues, arraigada la costumbre, discusión alguna merece el fondo, en el nombre de todas nuestra prisas, urgencias y exasperaciones.

Viejo hábito el de la controversia que garantizó una rica herencia de bienes y valores políticos, el dirigente partidista y social igualmente incursionaba en la imprenta para ensayar una perspectiva de fondo, o buscarla a través de la compilación de sus columnas de opinión, discursos y entrevistas, agreguemos, realizadas por periodistas formados e informados en la fuente. Hoy, debemos bregar en una era de la digitalización para mercados efímeros, sucedáneos y banales, aún quebrados como el nuestro, exactamente lo más conveniente y adecuado para este socialismo del siglo XXI que no quiere saber de liberales, socialcristianos, socialdemócratas, tecnotrónicos, tampoco de los otros marxistas que le irriten, u otras escuelas formadas o en formación.
Composiciones gráficas: LB.
05/03/2024:
06/03/2024:

domingo, 17 de diciembre de 2023

El último texto de opinión

PIEDRA DE TOQUE

Mario Vargas Llosa 

No sé si fue Juan Luis Cebrián, su primer director, o Jesús de Polanco, el principal accionista de El País, quien fijó una línea desde el inicio, pero lo claro es que quien lo hizo tenía una idea muy moderna de la prensa escrita, porque la aparición de El País, en plena Transición, fue de lo mejor que tenía que ofrecer España en el nuevo régimen. Todo era novedoso, incluyendo la diagramación y el formato, pero lo más importante era la veracidad de la información, el hecho de que las cosas de las que se daba cuenta en los textos correspondían a una verdad que podían verificar los lectores mediante sus conflictos con la realidad siempre cambiante. Esa fue la gran revolución que introdujo El País en el mundo de las noticias, en una época en que los españoles (y latinoamericanos que vivían todavía en dictadura) estaban ávidos de prensa libre: una clara diferencia entre las cosas que defendía el diario, sus opiniones, y las cosas que el periódico informaba o anunciaba, comprobables simplemente prestando atención a lo que sucedía o iba a suceder. Después de tantos años de propaganda, los españoles no estaban acostumbrados a esa división entre la verdad de los hechos y la opinión. La revolución que supuso el diario tenía este carácter singular: los hechos reales, por un lado, y, por el otro, lo que el diario defendía o atacaba.

Esta pequeña revolución que introdujo el nuevo diario obligó a sus congéneres a optar por una división tan similar que, entre los hechos ocurridos y la opinión del periódico, había a veces enormes distancias. No todos lograron esa diferenciación, pero la existencia de El País los obligó a intentarlo.

Los lectores se acostumbraron a leer las noticias, cuya verosimilitud era flagrante, y los comentarios que estas suscitaban, favorables o adversos, frente a las ocurrencias que se transmitían. Hay que situarse en el contexto de la época para entender el cambio. Yo recuerdo, con mi pequeño bagaje de lector de diarios, lo que esto significó. Como lector de prensa, mi experiencia era limitada. Hasta entonces, en la prensa en español resultaba muy difícil diferenciar aquello que ocurría de lo que daba cuenta el periódico, porque a menudo venía mezclado con las posiciones del diario. Decir la verdad desnuda fue el gran éxito de El País, con prescindencia de las opiniones que sobre este acontecer ofrecía.

Contrató mi columna en El País, en 1990, quien había asumido la dirección hacía poco, Joaquín Estefanía, y desde el comienzo decidí que se llamara Piedra de Toque. Pocos días o semanas después, al opinar sobre un asunto en el que el diario mantenía una línea diferente, Jesús de Polanco defendió mi posición en contra de la línea del periódico, argumentando que los columnistas del diario tenían derecho a la defensa de sus opiniones, tanto si estas eran adversas o simpatizantes con las del propio diario.

Estoy convencido de que la verdad de los redactores, aunque se equivoquen, también debe ser publicada, siempre y cuando los editores no detecten errores comprobables, porque son ellos quienes están más cerca de la noticia y la calle. Los columnistas tienen una función distinta, con más libertad que quien cumple una función informativa, pero eso no implica que tengan menos responsabilidad a la hora de transmitir la verdad tal y como la entienden. Una vez que estén convencidos de haberla encontrado, los articulistas deben estar dispuestos a defenderla incluso contra la voluntad del periódico, si hace falta. Yo he tenido mucha suerte, las expresiones que me han acompañado han sido siempre mías, coincidieran o discreparan de la línea política del periódico, lo que quiere decir que, cuando me he equivocado, lo he hecho sin ser previamente “corregido”, pues El País ha respetado mi punto de vista.

Ese sería el único consejo que transmito a los jóvenes que se inician como escritores en la prensa diaria: decir y defender su verdad, coincida o discrepe con lo que el diario defiende editorialmente. Creo que el ejemplo de El País ha cundido y que ahora, aunque hay excepciones, esa es una política más o menos general, o por lo menos el intento. Así como la Transición española sirvió a muchos países del otro lado del Atlántico que se inspiraron en ella al dejar atrás sus dictaduras y democratizarse en la década de los ochenta, El País también fue una referencia para los diarios que recuperaron su libertad o se fundaron en la nueva etapa democrática.

A veces, es difícil decir la verdad tal como la entendemos desde nuestra posición particular, y hay el riesgo de equivocarse porque la verdad puede ser esquiva, compleja, diversa (Isaiah Berlin hablaba, en otro contexto, de “las verdades contradictorias”). Pero en este caso, la confesión del error vale tanto como haber acertado en la defensa de lo propio.

Aparte del riesgo de equivocarse, los columnistas enfrentan otro problema. A menudo es difícil estar siempre con el humor de la página escrita y muchas veces las columnas no salen bien porque pecan de suficiencia o de esas infracciones en las que incurren los periodistas mal instruidos. Es preferible, en ese caso, reconocer la incertidumbre antes que defender una verdad de manera deforme o escondida, pues ante el hecho verosímil siempre será factible opinar con reticencias, con dudas, antes que equivocarse garrafalmente.

Siempre y cuando un periódico reconozca que algunos hechos difieren de las verdades que promueve, su credibilidad se mantiene. Cuando hay discrepancia entre su verdad y ciertos hechos, las costumbres de los diarios son distintas, porque algunos, siempre de calidad, prefieren abstenerse de decir su verdad y publicar los hechos. O reconocer el error de haber puesto al frente una versión equivocada. Mientras esto se haga de manera honesta, vale. Lo grave es empantanar la verdad o velarla para evitar dar armas al competidor o contradecir las convicciones propias.

Nunca he dejado de decir mi verdad, en la que hay un margen de error, a veces grande, y que puede ir evolucionando, incluso de manera drástica. Cuando he publicado compilaciones de artículos, como Contra viento y marea, donde se puede seguir mi trayectoria del socialismo al liberalismo en textos de hace muchos años, he querido que mis lectores asistan a través de esos artículos contradictorios y discrepantes entre sí a mi propio aprendizaje moral y político. Aquí, en mi Piedra de toque, he opinado sobre todas las cosas que me favorecían o perjudicaban, siempre de buena fe, coincidiera o discrepara con la línea del periódico. En muchas cosas he sido consistente a lo largo de las décadas y en otras he ido variando mi manera de pensar. Y quizá ese es el mérito de las columnas que duran tantos años: transparentar el debate que un columnista tiene consigo mismo a lo largo del tiempo cuando se esfuerza por acercar sus ideas a la realidad, que es siempre cambiante en función del contexto.

Mi consejo, decía antes, a los periodistas jóvenes, es decir siempre la verdad, aunque ella sea difícil de asimilar y describir, en función de la realidad. Aunque a menudo esto resulta arduo, siempre hay maneras de acercarse a ella, y creo que si el periodista renuncia a su obligación de decir la verdad, esa es la fuente de la que derivan todos los males de la prensa, desde el pequeño disfuerzo hasta el maremoto que puede provocar la mentira. El periodista de talento busca la verdad como una espada que se abre paso por doquier. Decir mentiras, manipular, es fácil, pero tarde o temprano queda en evidencia. El que dice la verdad y la defiende presta un servicio a sus lectores y a su tiempo. Eso es a lo que tímidamente he aspirado con el nombre —Piedra de toque— de mi columna en El País.

(*) Última columna del escritor Mario Vargas Llosa en el diario El País de España.

Referencias: 

EL PAÍS, Madrid, 17/12/23

https://www.memo.com.ar/poder/ultima-columna-vargas-llosa/

https://www.elnacional.com/opinion/piedra-de-toque/

viernes, 24 de marzo de 2023

Un puñetazo todavía de alta cotización

LOS GENIOS

Jaime Bayly

Hace muchos años, allá por 1982, un joven alto, delgado, de barba negra y mirada penetrante de intelectual, se presentó en un periódico conservador en el centro de Lima, “La Prensa”, y pidió trabajo. Dijo que se llamaba Álvaro Vargas Llosa, era el hijo mayor del famoso escritor y había abandonado sus estudios en la universidad de Princeton, en Nueva Jersey, porque quería ser periodista y escritor, como su padre. También dijo que era de izquierdas y simpatizaba con la revolución sandinista y la revolución cubana. El director del periódico lo fichó de inmediato.

Contrariado porque su hijo mayor había suspendido sus estudios en Princeton, una de las mejores universidades del mundo, Mario Vargas Llosa le exigió que se retirase de la casa familiar en Barranco, Lima, y volviese de inmediato a Nueva Jersey para reanudar su vida académica. Álvaro se negó a seguir estudiando. Después de vivir unas semanas en casa del pintor Fernando de Szyszlo, se mudó al apartamento en el centro de Lima de un fotógrafo del periódico, Jorge Seoane, Coco Seoane. Siendo Coco homosexual y Álvaro heterosexual, encontraron la manera de cohabitar sin intercambiar besos ni caricias.

Álvaro era extraordinariamente inteligente, aún más que su padre, y hacía gala de una prosa lúcida y aguerrida cuando escribía editoriales en el periódico. Yo era columnista de ese diario. No tardamos en hacernos amigos. Curiosamente, ambos decíamos estar enamorados de la actriz Brooke Shields: Álvaro la había conocido en el campus de Princeton, yo solo la había visto en sus películas.

Por esos días Álvaro me contó que su padre estaba en Lima y lo había citado a conversar en un parque de Miraflores. No sabía si debía reunirse con él. Mario era estricto: si su hijo quería disfrutar de su protección económica, debía retomar sus estudios en Princeton y abandonar la bohemia periodística en Lima. Por su parte, Álvaro era porfiado: quería ser un periodista, y decía que eso no se aprendía en Princeton ni en ninguna universidad, sino en la vibrante redacción de un periódico como “La Prensa”. Como Mario, en su juventud, había sido reportero de un periódico y luego jefe de noticias de una radio, temía que el ejercicio del periodismo hundiera en la mediocridad intelectual y la ruina económica a su hijo mayor, que, de sus tres hijos, era ciertamente quien más se le parecía, por su curiosidad intelectual, su pasión por la política y su familiaridad con las ideas, las palabras y las historias.

Álvaro salió una tarde del periódico, tras decirme que se reuniría con su padre donde este lo había citado: no en la casa familiar de Barranco, ni en la del pintor de Szyszlo en San Isidro, sino en un parque de Miraflores. Le aconsejé que hablase con su padre, tal vez porque yo no hablaba con mi padre, a quien no quería ver más. Unas horas después, Álvaro regresó al periódico ofuscado, tembloroso y con el ojo morado. Me dijo que su padre y él habían discutido acaloradamente en el parque, que él se había negado a volver a Princeton y que Mario, en un momento de amargura y frustración, le había dado un puñetazo.

Recordé entonces que seis años atrás, en 1976, en un teatro de la capital mexicana, Vargas Llosa le había dado una trompada a Gabriel García Márquez, dejándolo nocaut, inconsciente, con el ojo morado, después de decirle:

-Esto es por lo que le hiciste a Patricia.

Yo había leído los libros de Vargas Llosa. Sus mejores novelas me parecían “Conversación en La Catedral” y “La guerra del fin del mundo”. Sabía que había tenido un padre, Ernesto Vargas, que lo insultaba y le pegaba, como hizo mi padre conmigo. Sabía que había aprendido a pelear a golpes en el colegio militar: mi padre amenazó con meterme en ese colegio, pero no lo hizo. Sabía por qué le había pegado a su hijo Álvaro, por no volver a la universidad de Princeton, pero no por qué le había dado una trompada a García Márquez. Por supuesto, se lo pregunté a Álvaro, quien me dijo, sin entrar en detalles, replegándose, ensimismándose, que Gabo le había hecho una cosa muy fea a Mario y por eso Mario lo había derribado de un puñetazo en un evento público en el DF.

También se lo pregunté, en aquellos años, a un periodista peruano de origen vasco, Francisco Igartua, Paco Igartua, director de la revista “Oiga”, donde yo colaboraba como columnista, tras la quiebra del diario “La Prensa”. De bigotes y con ponchos de colores que le daban un aire sacerdotal, Igartua era un periodista culto, valeroso, insobornable. Había estado con Vargas Llosa, en el teatro de la capital mexicana, en febrero de 1976, cuando este le dio el puñetazo a García Márquez. Luego del incidente, cenó esa misma noche con Mario y Patricia Llosa, la esposa del escritor. Paco Igartua creía saber qué había pasado entre los dos talentosos escritores para que uno hubiese acusado al otro de traidor, dándole a continuación un derechazo fulminante. Paco Igartua me contó su versión, que en cierto modo reivindicaba el honor de Vargas Llosa y dejaba mal parado a García Márquez.

Yo tenía entonces solo dos versiones, y ambas se parecían bastante: la de Paco Igartua y la de Álvaro. Conocía ya a Vargas Llosa, pero no me atrevía a preguntarle por qué se había peleado con Gabo. Se lo mencioné tímidamente una vez, a mediados de los ochenta, en su auto BMW dorado, manejando por las playas de Paracas, al sur de Lima, pero sonrió con gran elegancia y me dijo que no hablaría nunca de ese tema, que eso debían averiguarlo sus biógrafos, y enseguida me contó que García Márquez había enfermado de cáncer. Unos años después, entrevisté a Patricia Llosa en la televisión, pero no encontré valor para preguntarle por qué su esposo le había pegado a García Márquez y por qué eran enemigos irreconciliables desde entonces. No quise incomodar a Patricia, una señora elegante y reservada, que ya bastante se arriesgó dándome una entrevista en la televisión.

A García Márquez lo conocí unos años más tarde, en Washington DC, cuando Clinton era presidente. Clinton había leído varias novelas de Gabo y era capaz de citar párrafos de memoria. Con frecuencia invitaba a cenar a Gabo y a Carlos Fuentes, que hacía de traductor, porque Gabo no hablaba en inglés, aunque había tratado de aprenderlo en Londres. Me lo presentó un amigo, César Gaviria, expresidente colombiano, un político raro, sensible al arte, a la cultura, a las novelas. Cuando le pregunté a Gabo, en un aparte, por qué se había peleado con Vargas Llosa, sonrió con aires de mago magnánimo y me dijo:

-Yo no me peleé con él. Él se peleó conmigo.

Luego le pregunté cuál había sido el origen de la pelea. Astuto, evasivo, encantador, me dijo que había comprado mi novela “No se lo digas a nadie” en una librería en París y le había gustado mucho. Nos reímos. Después me sugirió que hablase con sus amigos, porque él no me diría nada. Le tomé la palabra. Invité a mi programa de entrevistas en Miami, todos los gastos pagados, incluyendo hotel cinco estrellas y limusina, a algunos de sus mejores amigos, tres escritores de gran talento: el colombiano afincado en el DF, Álvaro Mutis; el profesor argentino en Nueva Jersey, Tomás Eloy Martínez; y el colombiano itinerante, varias veces embajador de su país, Plinio Apuleyo Mendoza. A los tres los leí, los entrevisté en la televisión y después, en el hotel, tomando unos tragos, les pregunté, off the record, por qué Vargas Llosa le había pegado a García Márquez en 1976, dando por terminada una amistad que había sido legendaria, una amistad que duró nueve años, una amistad que los tuvo casi como vecinos en Barcelona, pues vivían a una cuadra de distancia, y que hizo de Gabo el padrino de Gonzalo Vargas Llosa, el segundo hijo de Mario y Patricia. Escuchando las versiones de Mutis, de Tomás Eloy y de Plinio, que no siempre coincidían, pero que dejaban bien parado a García Márquez, empecé a armar el rompecabezas.

También me ayudó conversar con el gran escritor chileno Jorge Edwards, quien, como Plinio Apuleyo Mendoza, había obrado el milagro de seguir siendo amigo de Mario y de Gabo al mismo tiempo, sin que ninguno desconfiara de él ni lo acusara de desleal: a Edwards lo invité a mi programa de televisión en Miami y después escuché su versión caballerosa y diplomática sobre el pleito entre los genios literarios, una cuidadosa narración que me obsequió tanto en el vestíbulo de un hotel en Miami, como en el restaurante de un hotel en Santiago de Chile, donde cenamos tiempo después.

Fue entonces, hace veinticinco años, cuando comprendí que estaba fatalmente condenado a escribir una novela sobre los tiempos gloriosos en que Vargas Llosa y García Márquez fueron amigos, vecinos y compadres, mucho antes de que ambos ganaran el premio Nobel, y sobre las circunstancias íntimas que envenenaron aquella relación que parecía inquebrantable y dieron origen al puñetazo que Mario le dio a Gabo, dejándolo nocaut y sepultando para siempre la amistad, pues nunca más se vieron ni se hablaron, a pesar de los esfuerzos de su agente literaria Carmen Balcells para reconciliarlos.

La novela se titula “Los genios” y saldrá en los próximos días en España y América, editada por Galaxia Gutenberg. En ella he armado por fin el rompecabezas, he postulado mi visión literaria de los años en que los genios fueron amigos, he descrito los hechos más o menos íntimos que Vargas Llosa entendió como una traición y he tratado de explicar por qué se jodió lo que nunca debió joderse: la amistad entre los genios.

19/03/2023:

https://www.lanacion.com.ar/opinion/los-genios-nid19032023/

Brevísima nota LB: Coincidiendo en nuestra apreciación sobre el autor, agradecido con Hermann Alvino por la remisión del artículo.

viernes, 17 de febrero de 2023

Sonreír con los ojos y exhibir dientes desprovistos de maldad

EL Nacional, Caracas, 15 de enero de 1982

VARGAS LLOSA: SIENTO UN ANGUSTIOSO VACÍO CUANDO TERMINO UNA NOVELA

José Pulido (*)

Una bala pasó cerca de la cara de Mario Vargas Llosa, quien se lanzó al suelo exactamente en medio del estruendo de la guerra de Canudos. El cabello liso se le fue a la frente cuando levantó la cabeza y vio cuando los cangaceiros y unas mujeres descalzas disparaban, cargaban las armas, corrían, gritaban, contra un bosque de soldados que se hincaba y disparaba, se levantaba y disparaba, se lanzaba a tierra y disparaba.

Mario Vargas Llosa en la ráfaga de un salto observó a Joao Abade y más allá en una trinchera a una mujer delgadísima que casi cargaba a cuestas con un hombre de lentes rotos; entre una maraña de heridos, muertos y gente en retroceso vio un lomo que andaba, una melena sucia que se escondía tras los montones de cadáveres: “es el León de Natuba”, pensó Mario. Sintió húmedas las manos y al detallarlas se percató de que a su lado se desangraba un caballo.

—¿Cómo dice?— preguntó Vargas Llosa mirando con fruición casi infantil las plantas ornamentales goteadas con lluvia del hotel Tamanaco.

—¿Cuál ha sido el cambio más importante registrado en su estilo de escribir con La guerra del fin del mundo? —esa fue la pregunta.

—Para mí, el hecho de escribir una novela con personajes brasileños del siglo XIX, significó algo distinto en relación con mis otras novelas… no sólo eran personajes de otra época sino que hablaban un portugués del siglo XIX. Es un libro despersonalizado, los otros surgieron en base a experiencias directas, éste no. Hay cosas personales que ni yo mismo capto, pero no en el plano anecdótico. El viaje en el tiempo, el espacio y lo concerniente a la lengua fueron tres desafíos que desconocía hasta ahora. La guerra del fin del mundo es una novela que me costó empezar y me dio un trabajo enorme, pero me resultó más exaltante, más emocionante… era algo que quería escribir: la historia de Canudos me fascinó.

—¿Investiga mucho antes de escribir?

—En este caso sí, por ser un hecho histórico… —responde. Se sonríe con los ojos y los dientes completamente desprovistos de maldad o de pedantería.
Cuando se queda en silencio esperando una interrogante que haga continuar la conversación, da la impresión de estar inmerso en una nueva trama o de hallarse apresado en los movimientos de Canudos.

—Después de lograr una novela que parece marcar una nueva y exitosa etapa ¿cuál es la meta más deseada de Mario Vargas Llosa?

—Tengo tantos proyectos para escribir —dice— que no voy a tener vida suficiente para llevarlos todos a cabo, aunque tenga muchos años de existencia… no voy a tener vida suficiente para escribir lo que quiero, no voy a tener tiempo suficiente. Mi proyecto inmediato es hacer una obra de teatro, una cosa distinta, una farra, una obra de humor grueso, truculento, algo de exageración, como el humor latinoamericano. He descubierto la posibilidad del teatro… pensaba que en la novela se podía hacer todo, pero en un escenario tan reducido puede caber todo lo que se quiera expresar. Creo, por otra parte, que no hay motivos para sentirme exaltado o agotado: lo importante es no sentirse importante, darse uno cuenta que está en pleno proceso.

—Hay muchos personajes inventados en su novela, que se funden con los verdaderos: ¿cuál de esos personajes le emocionó más poner en acción?

La pregunta pasa sobre una taza de café que se enfría. “Yo quiero un cortico”, había dicho Vargas Llosa.

—Primero se me apareció Antonio El Consejero, un personaje que existió. Decidí tratarlo a distancia porque cuando intenté hacerlo desde adentro, íntimamente, lo mataba. En la primera versión, el personaje que me estimulaba era el coronel Moreira César. En la segunda versión los lugartenientes: Pajeú, Joao Abade… luego fue el León de Natuba. Llegué a tener tres referencias superficiales sobre el León de Natuba: una aseguraba que había un escriba que anotaba todo lo que decía o hacía el Consejero; un personaje así donde había más del 90 por ciento de analfabetismo me interesó mucho. Otra referencia fue que su nombre era León de Natuba, de un sitio llamado Natuba; y la tercera que era un monstruo con deformaciones físicas. Poco a poco se convirtió en una obsesión para mí, me conmovía muchísimo ese personaje, en ese mundo tan primitivo y analfabeta. Representa algo así como lo más patético que tiene el intelectual, la confusión, lo indefenso, la impotencia de esa pluma rasgando el papel… Después me interesaron el periodista miope que es Euclides Da Cunha, sin cuya historia se habría olvidado casi enteramente lo de Canudos. También el Barón de Cañabrava toma fuerza luego y llega a entender el malentendido general que fue Canudos… a Galileo, el extranjero, lo tenía para otra obra, pero encontró en La guerra del fin del mundo su lugar.

De improviso desea explicar que investigó bastante antes de escribir la novela “no por fidelidad sino para mentir con conocimiento de causa”. Cuenta que uno de los Vilanova sobrevivió y ya anciano fue entrevistado por un periodista, que escribió un libro muy relativo porque Vilanova estaba demasiado anciano.

—¿Sabe? estuve en un poblado brasileño llamado Bon Jesús y allí se conserva intacta la iglesita que construyó Antonio Consejero. Tenía aún el letrero que él ponía a sus iglesias: “Deus es grande”. Ahí entramos en una casita donde estaba una ancianita limpiando maíz. Hablé con ella sobre Canudos y me sorprendió, porque estaba completamente convencida de que Antonio Consejero todavía vive —“espero verlo”— me dijo la viejecita.

Vargas Llosa disfruta esa experiencia. La viejecita le sirvió para crear al personaje que al final de la novela dice que a Joao Abade se lo había llevado un ángel.

LA FAMA

—¿Qué tipo de tristeza le ha traído la fama?

—Sobre todo —explica— complicaciones, pérdida de libertad, de privacidad, tienes siempre que tratar de defender tu tiempo. Quisiera quedarme viviendo en Lima, pero debo irme a Europa para poder escribir. La televisión lo convierte a uno en un objeto público, invadido, asediado por cosas diversas, unas importantes y otras tontas pero que me quitan tiempo. La fama crea enemigos, los amigos de repente se vuelven enemigos y no sabes por qué. Te odian a muerte… el ser figura pública es algo muy mediatizador. Yo deseo libertad para romperme la cabeza si quiero… la fama te petrifica a la larga, si no luchas y sobre todo si no te convences de que lo importante es no sentirse importante. Pienso que si mis libros no hubiesen sido editados en el momento justo y por una editorial importante, tal vez habrían pasado desapercibidos.

Más adelante, hablando un poco de política, dijo que la situación polaca le parece muy trágica. Los obreros crearon un movimiento que no es antisocialista, quieren un socialismo en libertad y aun así han sido reprimidos en contra de los planteamientos marxistas originales.

Él participó en una marcha que se hizo en Lima como protesta contra la represión hacia los obreros polacos, y señala que la izquierda peruana mostró un cambio positivo en su mentalidad, al participar en esta acción.

Sin embargo, manifiesta que “el socialismo en libertad parece cada vez más remoto”.

Como vicepresidente del Pen Club, apunta que es una cosa terrible la lista de escritores y poetas presos que hay en muchos países de todo el mundo.

“Ningún país tiene el monopolio de la barbarie” asegura, refiriéndose al hecho de que en el capitalismo y el socialismo hay creadores presos o sometidos a la represión constante.

“Me parece una aberración incomprensible denunciar lo de Pinochet y silenciar lo de Polonia”, dice.

MIEDO DE ESCRITOR

La lluvia amenaza a Caracas y unas gotas pulverizadas comienzan a mojar el exterior.

—¿A qué le teme Vargas Llosa?

El escritor confiesa: —Quizás a la esterilidad intelectual… Si en algún momento quedara privado de eso, que es lo más importante, realmente sería peor que quitarme la vida. Las cosas que escribo son mi manera de vivir, temo al apolillamiento en vida… me asusta. Uno descubre que hacerse famoso escribiendo no es lo importante sino el tránsito hacia el libro, escribir un libro, el ejercicio en sí mismo es lo que te hace vivir.

Se calla y luego repite:

-Me asusta. Escribir es mi orden vital, es lo que me organiza la vida. El momento más horrible llega cuando termino un libro… siento un vacío muy angustioso, pero cuando me embarco en otra novela se me organiza el mundo: es como un centro de gravedad.

—¿Cuál de sus libros se ha vendido más?

—No llevo estadísticas, pero creo que Pantaleón y las visitadoras.

—¿Nota algo de Carpentier en La guerra del fin del mundo?

—No. Yo admiro muchísimo Los pasos perdidos y El siglo de las luces, pero el mundo carpenteriano es muy frío, casi glacial, la prosa de Carpentier es petrificante, congela totalmente todo lo que toca con su perfección formal y su erudición libresca… es un mundo estatuario. La acción es el eje de mi novela, el acto prevalece en ella, la cronología es casi lineal y la estructura es simple y transparente: Es una novela de aventuras.

Vargas Llosa dice que, probablemente en septiembre de este año, se montará en Venezuela su obra teatral La señorita de Tacna, que ha sido bien recibida en Lima y Madrid por el público y la crítica.

El silencio parece envolverlo con un celofán a través del cual Caracas se esfuma. Antes había dicho que trata de no recordar Canudos, la historia, la novela. Ahora parece irse hacia aquella trama que revivió y lanzó al mundo. Oye los balazos, los gritos, los vivas a Dios y los mueras a la República. Miles de balazos le lanzan tierra en la cara. Se esconde detrás de un árbol de pocas hojas y tronco achatado.

Una pelota de tenis cae y con un diminuto tamborileo blanco se detiene cerca de los pies de Mario Vargas Llosa. Unas piernas doradas y suaves, y una cabellera casi albina, dan un paso hacia la pelota. Dos ojos verdes, con centros negros, observan al escritor con asombro y esas pupilas reflejan a dos Vargas Llosa tomando la pelotita con temor ¿una bala? Una mano se agranda en el video tape de los ojos femeninos. La tenista da las gracias en inglés y un tanto confundida se va hacia las canchas pese a la amenaza de lluvia. La faldita blanca se detiene en un ángulo de la escalera, como una banderita que ondea demasiado. Vuelve el rostro y sonríe.
(*)  Una entrevista que le hice a Vargas Llosa en 1982. En la foto aparece con su hijo Álvaro.
17/02/2023:

jueves, 22 de diciembre de 2022

Hablar con el viento

Entrevista a Mario Vargas Llosa: 24 HORAS - TVN Chile (diciembre, 2022):  https://www.youtube.com/watch?v=ixut-OpoobA


EL PAÍS, Madrid (2022). Biblioteca de Mario Vargas Llosa: https://www.youtube.com/watch?v=mKRCJBDtP68



LOS VIENTOS
Mario Vargas Llosa

En el cuento que presentamos este mes en exclusiva, Mario Vargas Llosa dibuja un Madrid distópico y a la vez fácilmente imaginable. Crepuscular y escatológico en varios sentidos, melancólico y humorístico, este relato sobre la soledad tiene algo de mirada anticipatoria del mundo que viene.
Mario Vargas Llosa
Fui a la manifestación por la clausura de los cines Ideal, en la Plaza de Jacinto Benavente y, apenas acababa de comenzar, me sobrevino uno de esos vientos intempestivos que ahora me asaltan con frecuencia. Pero nadie se dio cuenta a mi alrededor. Lamenté haber ido porque éramos apenas cuatro gatos y casi todos unas ruinas humanas como yo. A ningún joven madrileño le importa que desaparezcan los últimos cines de Madrid; jamás ponían los pies en ellos, se habían acostumbrado desde niños a ver las películas que ordenaban –si se puede llamar películas a esas imágenes que divierten a las nuevas generaciones– en las pantallas de sus ordenadores, sus tabletas electrónicas y móviles.
Osorio, posando de optimista, dice que ahora que han desaparecido los cines tendré que habituarme a ver películas en las pantallas pequeñas. Pero no lo haré; también en esto seguiré fiel a mis viejas aficiones. He vivido demasiado para importarme que me digan fósil, ludita o, como me llama Osorio haciendo ascos, “irredento conservador”. Lo soy y lo seguiré siendo mientras el cuerpo aguante (no creo, dicho sea de paso, que por mucho tiempo más). Vaya, otro viento; pero tampoco nadie lo ha notado, a juzgar por la indiferencia de las caras que me rodean.
Osorio debe de ser el último amigo que me queda. Nos llamamos todos los días, a ver si seguimos vivos. “Buenos días. ¿Qué tal? ¿En pie, todavía?” “Por lo visto, sí, me parece al menos.” “¿Nos vemos más tarde, para el cafecito?” “Oqui doqui.” No sé cuándo nos conocimos; no, en todo caso, desde la juventud. Esa legañosa ciénaga que es mi memoria me dice que hace solo unos veinte o treinta años. Yo sé que fui periodista de joven; Osorio dice que enseñó filosofía en los colegios, pero no estoy nada seguro de que haya sido profesor y menos de filosofía, porque sabe muy poco de esos temas. Por ejemplo, nunca leyó a Pascal, que a mí me gusta mucho. Tal vez se haya olvidado qué cosa fue en la vida y tiene la memoria tan en ruinas como yo; que trate de engañarme y engañarse inventándose un pasado. Le asiste todo el derecho del mundo, por lo demás. Nuestro acuerdo es llamarnos todas las mañanas para saber si alguno de los dos se despidió de este mundo en el sueño y dar parte a la autoridad a fin de que nos incineren y desaparezcamos del todo.
“Se cerraron los últimos cines, pero han abierto una nueva librería”, me levantó el ánimo Osorio cuando terminó la triste manifestación de despedida a los Ideal. “Ya hay cuatro, ahora, en Madrid. No te quejarás. ¡Cuatro librerías! ¡Más que en París y en Londres, te lo aseguro! ¡Créeme! ¡Todo un lujo!”
Un cuento más, producto del patológico optimismo de Osorio. Lo que él llama “librería” es uno de esos simulacros que nos rodean, una de esas luciérnagas que en la noche se prenden y se apagan casi al mismo tiempo. La supuesta librería –ayer o antes de ayer fuimos a verla– era la biblioteca de un vejete de Malasaña que ha puesto en venta sus existencias antes de partir al otro mundo, una colección variopinta de libracos mal conservados que el puñado de personas que estaba allí cuando Osorio y yo entramos a echar un vistazo hojeaba y manoseaba antes de devolverlos a los polvorientos estantes. Solo compré un librito de Azorín que no conocía, una recopilación de artículos sobre literatura argentina, el Martín Fierro principalmente, que me costó pocos centavos. Y, por supuesto, en la librería del vejete tuve un viento que no pude disimular. Nadie le dio importancia, salvo Osorio, por supuesto, que sonrió con una de sus sonrisas luciferinas y movió por un instante, disgustado, las aletas de su nariz.
No encontré ninguna de esas novelitas viejas que me gustan ahora. Desde que se generalizó la costumbre de leer novelas encargadas al ordenador renuncié a leer las que se producen –sería ridículo decir “escriben”– en nuestros días. Cuando se inventó el sistema, parecía una diversión más, de las tantas que aparecen cada día, y que duraría lo que las modas pasajeras. Quién iba a tomar en serio una novela fabricada por un ordenador de acuerdo a las instrucciones del cliente: “Quiero una historia que ocurra en el siglo XIX, con duelos, amores trágicos, bastante sexo, un enano, una perrita King Charles Cavalier y un cura pederasta.” Como quien encarga una hamburguesa o un perrito caliente, con mostaza y mucha salsa de tomate. Pero la moda prendió, se quedó y ahora la gente –la poca que lee– solo lee las novelas que encarga a sus esqueletos de metal o de plástico. Ya no se puede decir que haya novelistas; mejor dicho, todos nos hemos vuelto novelistas. Aunque también esto es falso. El único novelista que queda vivo y pataleando en este planeta es el ordenador. Por eso, los lectores aferrados a la tradición, a la novela de verdad, la de Cervantes, Tolstói, Virginia Woolf o Faulkner, no tenemos más remedio que leer a los novelistas muertos y olvidarnos de los vivos.
Esa falsa librería de Malasaña durará lo que tarden en venderse las vejeces que se agolpan en sus estantes, si es que antes no prospera la campaña para que el Estado expropie todos los papeles impresos de cualquier orden y los incinere, a fin de evitar las supuestas bacterias nocivas para la salud con que los militantes de esa odiosa campaña Paper free society! nos martillan la vista y los oídos desde hace buen tiempo. Por supuesto que yo no les creo, por más que haya tantos científicos, algún nobel entre ellos, que dicen haber comprobado tras muchas pruebas de laboratorio que la combinación de papel y tinta impresa es tan maligna como la del tabaco y el papel cuando los cigarrillos existían y mataban a generaciones de fumadores de cáncer de garganta y pulmón. Yo creo que se trata de otra moda, una manera de divertirse para tanto ocioso que anda suelto. Me temo que al final ellos terminen por ganar la partida y que, al igual que Singapur, la primera ciudad paper free del mundo, también España y Europa entera acaben carbonizando sus libros, bibliotecas y hemerotecas privadas y públicas.
“Qué te importa que las quemen”, me dice Osorio, siempre defendiendo lo que él cree la vanguardia política de nuestro tiempo, “si todos esos libros, revistas y periódicos están ya digitalizados y los puedes consultar cómoda y asépticamente en las pantallas de tu propia casa”. Por lo pronto, no tengo “una casa” sino un cuartito diminuto con su baño, y, en segundo lugar, mi ordenador es casi tan pequeñito como un libro antiguo. Su argumento no vale para mí. Además, no creo que él crea lo que me dice. Lo hace por fastidiarme. Claro que, si no fuera así, nos aburriríamos mucho.
Osorio afirma que él no tiene nostalgia alguna de esos remotos años en que mucha gente, como yo, iba a leer a bibliotecas. En cambio, yo sí. Me gustaba la atmósfera tranquila y algo conventual de la Biblioteca Nacional del Paseo de Recoletos, el silencio religioso de sus salones de lectura, la secreta complicidad entre los que estábamos allí, en nuestras carpetas, leyendo al resplandor de las lamparitas de luz azulada. Cuando la Biblioteca Nacional de España cerró sus puertas también hubo una manifestación, pero, a diferencia de la de hoy, allí sí acudió bastante gente. La tristeza por la desaparición de esa institución parecía compartida por todos los presentes, en los ojos de algunos de los cuales juro que vi lágrimas. En Madrid aquella despedida fue pacífica. No así en París, donde el día que cerraron la Biblioteca Nacional la protesta fue violenta, con incendio y hasta muertos y heridos, creo.
Es verdad que todo lo que había en ese gran caserón de Recoletos está ahora digitalizado, al alcance de cualquier pantalla. Pero, para gentes como yo, de otra época, la vida sin librerías, sin bibliotecas y sin cinemas es una vida sin alma. Si eso es el progreso, que se lo guarden donde el sol no les alumbre. “Eres un pterodáctilo, un dinosaurio, un antediluviano”, me dice Osorio. No es imposible que tenga razón.
Que yo sepa, Osorio nunca tuvo familia. Tendría padres, sí, pero no se acuerda de ellos, ni de si tuvo hermanos, y asegura definitivamente que nunca estuvo casado. Yo, en cambio, me acuerdo apenas de mis padres, con los que, creo, nunca me llevé bien, y no sé si tuve hermanos o no; en todo caso se han borrado de mi mente. Pero, en cambio, de Carmencita, mi mujer por muchos años, me acuerdo muy bien. Solo que no hablo con Osorio nunca de ella. Todas las noches, parece mentira, desde que cometí la locura de abandonarla pienso en ella y me asaltan los remordimientos. Creo que solo una cosa hice mal en la vida: abandonar a Carmencita por una mujer que no valía la pena. Ella nunca me perdonó, por supuesto, jamás pude amistarme con ella, y, para colmo, Carmencita se casó con Roberto Sanabria, mi mejor amigo hasta entonces. Es el único episodio de mi remoto pasado que mi memoria no ha olvidado y que me atormenta todavía. Todas las noches, antes de dormir, pienso en Carmencita y le pido perdón. Ella no lo sabe, por supuesto, a no ser que haya otra vida después de esta y los muertos se entretengan espiándonos a los vivos. Nunca más volví a verla, y solo muchos años después de ocurrido me enteré del accidente en el que había perdido la vida. Ya me olvidé del nombre de aquella mujer por la que abandoné a Carmencita; volverá a mi memoria, sin duda, aunque, si no volviera, tampoco me importaría. Nunca la quise. Fue un enamoramiento violento y pasajero, una de esas locuras que revientan una vida. Por hacer lo que hice, mi vida se reventó y ya nunca más fui feliz.
No es cierto que sea un pterodáctilo. No lo soy en muchos sentidos, en todo caso. Reconozco que, en muchos aspectos, el mundo de hoy es mejor que el de mi juventud. Hay menos pobreza que antes, por ejemplo, y eso es una gran cosa. Las estadísticas dicen que las clases medias son el ochenta por ciento de la humanidad. Un gran logro, sin duda, ojalá sea cierto. Pero que todavía quede una quinta o sexta parte de pobres y de miserables quiere decir que aún estamos lejos de haber erradicado la pobreza de este planeta. Derrotar al cáncer y al sida parecía imposible y los científicos lo han conseguido. Yo sobreviví a un cáncer de la sangre, sin ir más lejos. Tampoco imaginamos nunca que fuera tan común que las gentes llegaran a vivir cien años, y, sin embargo, ahí estamos buen número de bípedos para demostrar que no era inalcanzable. Y, sobre todo, que hombres y mujeres pudiéramos durar tanto conservando la lucidez y disfrutando de la vida, incluido el sexo. No hablo por mí, claro, pero mucha gente que debe de tener mi edad, más o menos, disfruta todavía haciendo el amor, aunque yo no forme parte de ella. En cuanto a la libertad, creo, hoy día –mañana puedo haber cambiado de opinión–, que ha desaparecido enteramente de nuestras vidas. Este es un motivo de permanentes discusiones con Osorio. Él cree –lo dice al menos– que somos más libres que nunca y se escandaliza cuando yo sostengo que este es un mundo de esclavos contentos y sometidos. Eso sí, a veces, sobre todo cuando está de mal humor, me da la razón.
Estaba pensando en todo aquello –Osorio, los cines desaparecidos, los jóvenes con sus ordenadores portátiles–, cuando sentí algo extraño en la cabeza, algo que pasó luego a recorrerme todo el cuerpo, como un escalofrío. Era una sensación extraña. Me palpé de manera disimulada y tuve la impresión de que nada me había ocurrido ni en la cabeza ni en el cuerpo. ¿Qué había sido aquello entonces? Y, por primera vez y con creciente angustia, comprendí exactamente lo que me había pasado: no sabía cómo volver a mi casa. Había olvidado la dirección. Muchas veces había pensado apuntarla en un papelito que llevaría en todas mis salidas, pero nunca lo hice. Ahora me ocurría algo peor: también había olvidado qué calles tomar para volver a mi casa, es decir, a mi cuartito con su baño. Miré con angustia a mi alrededor: la gente que había acudido a la manifestación de protesta por el cierre de los Ideal ya se había retirado. Osorio había partido entre los primeros, alegando que tenía que llevar unos papeles a no sé qué ministerio. Estaba, pues, solo en aquel rinconcito de la Plaza Benavente, aunque rodeado de gente, automóviles, buses y camiones. No tenía noción alguna de qué dirección tomar. Llevaba mucho rato soltando vientos, como siempre que me pongo nervioso. Disimulando, como si la turbación que sentía pudiera ser advertida por la rala gente que pasaba, me acerqué a la esquina y observé atentamente el letrero que colgaba en lo alto de la pared: Plaza Jacinto Benavente. No me decía nada, por supuesto, aunque sabía que si rebuscaba en mi memoria aquel nombre se me iría revelando poco a poco, encendiéndose como un foco de luz. Siempre disimulando, di una vuelta a la plaza, escrutando los nombres de las calles. Solo sentí un pequeño estremecimiento cuando leí Plaza del Ángel, que, estaba seguro, conocía y me decía algo, aunque no sabía qué. Finalmente, cuando hice el círculo completo, me senté en una banca, tratando de serenarme. Porque estaba muy asustado. Nunca me había sucedido algo así. Y en maldita hora el amigo Osorio me había dejado allí, solo y olvidado –¿cómo se llamaba mi amigo? Osorio, sí–, hasta de mi propio nombre me olvido a veces; tratando de recordarlo y soltando vientos, vaya huevón. ¿Cómo olería mi rededor? Porque el olfato es algo que yo he perdido hace tiempo. Mejor echarme a caminar, tal vez moviéndome volverían los recuerdos. Sí, sí, volverían a medida que fuera cambiando de lugar y recuperando la serenidad.
Elegí una calle llamada Carretas, que era de bajada. Tenía la sensación, casi la certeza, de que mi casa no estaba lejos. No había tardado mucho esa mañana caminando hasta el lugar de la manifestación. Media hora cuando más, quizá menos, tal vez solo quince o veinte minutos. O sea, nada. Caminaba muy despacio para no tropezar y caerme. Mientras, recordaba cosas y personas, seguramente la dirección de la casa volvería. Poquito a poco irían apareciendo en mi cabeza las calles que me separaban del cuartito lleno de libros y papeles, y del bañito donde hacía pipí, cagaba, me afeitaba, duchaba y peinaba mis pocos pelos todos los días, antes de salir a caminar y tomar aquel cafecito conversando con Osorio.
Sin embargo, no reconocía nada ni a nadie, y menos las calles en que me paraba a leer los nombres en todas las esquinas. Otro viento, más bien largo y ruidoso. ¿Por qué tenía tantos? Porque estaba nervioso, siempre me ocurre. Cuando recordara mi dirección, me tranquilizaría. Llegué por fin a una plaza: la Puerta del Sol. Tuve la sensación de que ese lugar, donde había mucha gente y además placas, un reloj, banderas, policías y entradas y salidas del metro, tenía que ser importante. Pero no reconocía nada. Y para qué preguntar a nadie. ¿Qué podía preguntar? No tenía un solo papel encima; lo más probable es que, al verme confuso, llamaran a la policía y que esta me llevara a una comisaría. Mientras averiguaban quién era y dónde vivía me meterían en un calabozo. Y yo tenía la seguridad de que no saldría vivo de allí. Sentí un escalofrío que me hizo temblar de nuevo de la cabeza a los pies. Mejor detenerme a descansar un rato y luego seguir caminando, despacio, a ver si con el movimiento de mi cuerpo volvía la memoria a mi cabeza y por lo menos recordaba el nombre de la calle de mi casa. Allí tenía que subir una larga escalera de varios pisos, por lo menos de eso me acordaba.
Como en la Puerta del Sol no había bancas, me había sentado, al igual que un grupo de jóvenes de ambos sexos, en el bordillo de una fuente. Recibíamos de tanto en tanto unas gotas de agua en la cabeza y los hombros. Me sentía algo cansado, pero mi mente seguía muy activa tratando de recordar la dirección de mi casa. Una vez más revolví los ojos en redondo. ¿Había venido por aquí? Seguramente, aunque no lo recordaba. ¿Era la primera vez que tenía una pérdida de memoria tan seria? Probablemente. Ni siquiera me acordaba de eso, tampoco.
Vi que las muchachas y muchachos con los que compartía la fuente se levantaban, tapándose las narices y lanzándome miradas reprobadoras. “He soltado un viento”, pensé. Y ni siquiera me había dado cuenta. ¿Cuánto hacía que perdí el olfato? Muchos años. Me levanté también. Me dolía un poco la espalda y di una vuelta a la Puerta del Sol, caminando despacio. Vagamente tenía la impresión de haber estado aquí en la mañana temprano, sin que hubiera tanta gente como ahora, pero la memoria no me decía nada sobre qué calle tomar para regresar a la casa. Y de la Puerta del Sol salían muchas calles, en todas las direcciones de Madrid. El sol estaba muy alto en el cielo y debía ser pasado el mediodía.
Es verdad que todo lo que había en el caserón de Recoletos está ahora digitalizado, al alcance de cualquier pantalla. Pero, para mí, de otra época, la vida sin bibliotecas es una vida muerta. Y en ese mismo momento –había dado ya, siempre caminando despacito, una vuelta a la Puerta del Sol– tuve la seguridad de que la calle del Arenal, que tenía al frente, me llevaría en la dirección de mi casa. El corazón me palpitaba muy fuerte en el pecho. Sí, esta mañana había recorrido esta calle. Sí, ella me llevaría a mi cuartito.
No soy un antediluviano en todos los sentidos, por lo demás. Reconozco que, en muchos aspectos, el mundo de hoy es mejor que el de mi juventud. Hay menos pobreza que antes, por ejemplo, y eso es una gran cosa. Un enorme logro, ojalá sea cierto. Pero que todavía quede una quinta o sexta parte de pobres y miserables en el planeta quiere decir que aún estamos lejos de haber erradicado la miseria. Que haya ahora países africanos que se disputen con los del primer mundo la modernidad y el desarrollo, como África del Sur, es increíble. Derrotar al cáncer y al sida parecía algo imposible y se consiguió. Y eso que llaman mieloma, que me hizo perder cerca de veinte quilos y que me vuelve a ratos, porque el mieloma es una enfermedad muy rara, nadie sabe por qué viene, ni cuánto dura, y no suele matar a los pacientes, pero nunca se va del todo. (A mí hace como dos años que no me ha vuelto ese cáncer de la sangre.) Tampoco imaginamos que fuera tan común que las gentes llegaran a vivir tanto y sin embargo ahí estamos muchos bípedos centenarios para demostrar que no era fantasía. Y, sobre todo, que hombres y mujeres pudiéramos durar lo que duramos conservando la lucidez –no así la memoria, hélas– y disfrutando de la vida. (La última vez que hice el amor sin ayuda química fue hace unos diez años, creo, o por ahí, me parece.)
Pero, a pesar de tantos progresos, no se ha podido acabar con las guerras, ni con los accidentes atómicos, lo que significa que, por muy adelantado que ande el mundo, en cualquier momento podría desaparecer. Las matanzas entre israelíes y palestinos siguen allí como demostración cotidiana de nuestra vocación autodestructiva. Y es curioso que un pueblo como el judío, que fue perseguido en toda la historia, se haya vuelto imperialista y colonial, por lo menos con los desdichados palestinos. El accidente nuclear en la ciudad de Lahore –accidente que se pudo deber a una acción terrorista, nunca se logró determinar el origen– causó más de un millón de muertos, en cuestión de pocos minutos. Pese a ello, sigue siendo imposible un acuerdo internacional para desactivar los polvorines atómicos. La posibilidad de que estalle una guerra en cualquier momento entre China y la India es una realidad que nadie ignora, pues cada día nos parece más cercana. Los pesimistas creen que, si estalla, el globo entero se desintegrará por el cataclismo nuclear. Entre ellos no está Osorio, por supuesto. “Si estalla, desaparecerá solo el Asia, créeme. Hay estudios científicos y militares al respecto. Nosotros, que estamos muy lejos, sobreviviremos, no te preocupes. Y, acaso, luego del desastre, se impondrá la sensatez y reinará la paz sobre lo que quede de la tierra. El mundo será un museo de esos que te gustan.” A veces, mi amigo Osorio suelta semejantes idioteces solo para irritarme. Siempre lo consigue, por supuesto.
Había recorrido ya toda la calle del Arenal y estaba en la Plaza de Isabel II, frente al edificio del Teatro Real, donde anunciaban una temporada de cinco óperas de Verdi. Me sentía muy cansado y nervioso y en todo el trayecto había soltado muchos vientos, largos y seguramente olorosos. Sentía que las piernas me temblaban. Me senté en una de las sillas solitarias de la Plaza de Isabel II, en el corazón del viejo Madrid de los Austrias, a ver si los recuerdos volvían y encontraba mi casita que debía de estar por estos pagos. La extrañaba.
Osorio debe de ser el último amigo que me queda. No sé cuándo nos conocimos; no, en todo caso, desde la juventud. La ciénaga que es mi memoria me dice que solo hace unos veinte o treinta años. Yo sé que fui periodista de joven; Osorio dice que enseñó filosofía en los colegios, pero no estoy nada seguro de que haya sido profesor y menos de filosofía, porque sabe muy poco de esos temas. Nunca leyó a Pascal, por ejemplo, al que yo leí mucho en una época y estuve a punto, gracias a él, de volver al catolicismo de mi juventud. Tal vez Osorio se haya olvidado de qué cosa fue en la vida, porque tiene la memoria tan disuelta como yo, o trata de engañarme y engañarse inventándose un pasado. Tiene todo el derecho del mundo a hacerlo, por supuesto. Nuestro acuerdo solo es llamarnos todas las mañanas para saber si alguno de los dos se ha despedido de este mundo y dar parte a la policía, para que desaparezcamos en el fuego. Esto ya lo pensé y lo dije, creo.
Una vez más revisé todos los bolsillos, como había hecho muchas veces en la mañana, creyendo que esta vez encontraría el teléfono móvil, para llamar a Osorio y preguntarle la dirección de mi casa. Pero lo había olvidado, por salir con tanta prisa a esa desdichada protesta por la clausura de los cines Ideal. Maldita sea.
Que yo sepa, Osorio nunca tuvo familia. Tendría padres, sí, pero no se acuerda de ellos, ni de si tuvo hermanos, y asegura definitivamente que nunca estuvo casado. Yo, en cambio, me acuerdo algo de mis padres, con los que, creo, nunca me llevé bien, y no sé si tuve hermanos o no, porque no los recuerdo, se borraron de mi mente. En cambio, de Carmencita, mi mujer por varios años, me acuerdo muy bien. Solo que nunca hablo de ella con Osorio. Todas las noches, desde que cometí la locura de abandonarla, pienso en ella y me asaltan los remordimientos. Creo que solo una cosa hice mal en la vida: abandonar a Carmencita. Nunca me perdonó, por supuesto, jamás pude amistarme con ella y, para colmo, ella se casó con Sanabria, un buen amigo del barrio. Es el único episodio de mi remoto pasado que mi memoria no ha olvidado; y me atormenta todavía, sobre todo en las noches. Fue un enamoramiento de la pichula, no del corazón. De esa pichula que ahora ya no me sirve para nada, salvo para hacer pipí. ¿Por qué sigo diciendo “pichula”, algo que no dice nadie en España? La fuerza de la costumbre, por supuesto. Abandonar a Carmencita es un episodio que me atormenta todavía. Nunca más volví a verla y solo mucho después de ocurrido supe que había perdido la vida atropellada por un auto. Nunca he podido recordar el nombre de la mujer por la que abandoné a Carmencita. Como la dirección de mi casa, que se me ha desvanecido de la memoria en el peor momento. Volverá, sin duda, cuando menos lo necesite. Aquel vientecito fue largo, pero tan discreto que apenas lo sentí. ¿Cuánto tiempo llevaba sentado en la Plaza de Isabel II? Mucho rato, tal vez una hora, acaso dos. Sentía las piernas amodorradas y pensé que me convendría dar un paseo. Seguía totalmente perdido, pero, en cambio, me sentía ahora más tranquilo. Debía de ser pasado el mediodía, y, aunque no estaba seguro, me pareció recordar que no había tomado desayuno ni almorzado, ni siquiera bebido un vaso de agua en toda la mañana. Pregunté a una persona que pasaba qué hora era y me respondió que cerca de las tres.
¡Las tres de la tarde! ¿Encontraría mi casa, por fin? ¿O tendría que ir a la policía a que me ayudaran? Debería presentar papeles, que, por supuesto, no tenía conmigo, y todo sería confusión y una terrible pérdida de tiempo. Había llegado a una gran plaza al fondo de la cual había un edificio que inmediatamente identifiqué como el Palacio Real. ¿Era esta la Plaza de Oriente? Sí, lo era. Recordaba este lugar e, incluso, pensé que allá, en la noche de los tiempos, había paseado por aquí, cuando caminaba o incluso corría en el Paseo del Pintor Rosales, que, por supuesto, estaba cerquita, en esa dirección. Si seguía, vería a mi izquierda el Parque del Oeste que se repletaba en las noches de putas extranjeras, sobre todo dominicanas y haitianas. Entonces reconocí, no lejos de donde estaba, un caño de agua fresca en el que la gente llenaba unas botellas o bebía. Hice la cola y tomé unos buenos tragos de agua fresca que me sentaron muy bien. Y rematé todo aquello con un vientecito rápido, secreto, que a nadie molestó.
Mientras caminaba por el Paseo del Pintor Rosales, pensé que era bueno que no hubieran desaparecido los museos todavía. ¿No íbamos a eso, también? ¿No están acaso digitalizados los cuadros y esculturas que hay en ellos? Sin duda esa es la razón de que tan poca gente los visite. Incluso el Prado, que solía estar siempre lleno, sobre todo en los veranos. Mucha gente prefiere ahora ver los cuadros en las pantallas, igual que Osorio. ¡Como si fuera lo mismo ver a un Goya o a un Velázquez o a un Rembrandt originales que en la imagen de una computadora! Lo extraordinario es que haya críticos y profesores que sostienen semejante barbarie: que es preferible, no solo por comodidad del espectador, sino porque la imagen digital es más precisa y exacta que la original. Según ellos, el objeto artístico puede verse en la pantalla con la minucia, lentitud y totalidad que la simple vista no nos permite. Mucha gente se traga estos embustes y los museos se van quedando huérfanos. Tengo que volver al Prado uno de estos días, hace tiempo que no voy. Por eso, por falta de gente, les recortan los presupuestos y los abren menos horas cada día, menos días a la semana y menos semanas al año. Terminarán cerrándolos por falta de público. Y cualquier día los científicos descubrirán que la mezcla del óleo y el lienzo es letal para la salud y habrá que quemar todas las pinturas por razones de sanidad pública. Espero no estar acá todavía cuando ocurra esa tragedia. ¡Vaya que estoy pesimista hoy día! Había llegado al Parque de Debod, allí estaba la mole egipcia que vagamente recordaba y, como no había sillas y estaba cansado, me senté en el pasto. Sentía mi corazón latiendo fuerte en el pecho y pensé inmediatamente en el infarto. Pero a los pocos minutos me calmé: era una falsa alarma.
No me levanté todavía. Estaba bien allí. No había mucha gente en el Parque de Debod. Unos pocos turistas tomándole fotos al monumento egipcio. Alguien me había dicho que aquí mismo, durante la guerra civil, estaba el Cuartel de la Montaña. Y que, cuando se levantó Franco, los militares de este cuartel se levantaron también, pero el pueblo de Madrid vino en masa, abrió las puertas del cuartel y perpetró una gran matanza de soldados. ¡Qué tiempos aquellos! Ahora nada se mueve en España, donde no volverá a haber guerras civiles. Menos mal. El “franquismo” actual es de otra índole: sin caudillos ni partidos extremistas, sin fusilamientos ni torturas, todo muy científico, apoyado en la física y las matemáticas, y, sobre todo, en el dominio absoluto de las pantallas y las imágenes sobre la razón y las ideas.
Me había echado en el pasto y me sentía tranquilo. Echaría tal vez un sueñecito y, acaso, en el sueño recordaría la dirección de mi casa.
Pensaba en los museos serios, no en las galerías, que ya no eran, por lo menos en el sentido estético, lo que fueron alguna vez. Ahora se habían convertido en pequeños circos, menos interesantes que los grandes circos, las únicas instituciones, confieso, que han progresado en esta época hasta transformarse en verdaderos espectáculos artísticos. Era algo que yo reconocía ya hace tiempo, aunque en secreto. Nunca se lo diría a Osorio, porque daría saltos de alegría, exclamando: “¡Te vendiste a la modernidad!” No me he vendido ni hecho concesión alguna. Simplemente, compruebo un dato objetivo. En tanto que todo lo que era artístico en el pasado, como el ballet, la ópera, la pintura, la escultura, la literatura, la música culta, las humanidades, se ha deteriorado al extremo de desaparecer o cambiar de naturaleza para peor, el circo, antes un entretenimiento para niños, o para adultos y viejos que añoraban su niñez, y que nadie hubiera llamado arte hace medio siglo, ha ido refundándose, enriqueciéndose, alcanzando unos grados de rigor, elegancia, audacia y perfección que dan a muchos de sus números la belleza de una antigua obra de arte. Claro que el desarrollo de la tecnología ha contribuido en parte a esa conversión de los circos en espectáculos artísticos de alto nivel. Los jóvenes, que antes querían ser arquitectos, luego cineastas, luego cantantes, luego chefs de cocina o futbolistas, ahora sueñan con ser cirqueros, trapecistas, payasos, equilibristas, magos. Así cambian los tiempos.
¿Me había quedado dormido? Estaba a punto de hacerlo, en todo caso. Me sentía bien. Había una brisa agradable; eso sí, tenía la sensación de que me estaban picando los bichos, sobre todo las hormigas. El estómago me daba un poco de paz. No me venían esos vientos desagradables que me hacían pasar tantas vergüenzas.
Hacía algunas semanas –¿o meses?–, por ejemplo, después de esperar un buen tiempo, conseguí una entrada y fui a ver al célebre Adonis Mantra. Un verdadero prodigio ese mago de Silesia; hacía desaparecer gente del público ante los ojos de los espectadores, los hacía levitar, él mismo volaba hasta el techo del auditorio y, luego de un segundo en que se apagaban todas las luces y volvían a encenderse, aparecía amarrado en el fondo de un baúl. Trucos inverosímiles, absoluta genialidad.
Lo mismo pasa con los dibujos animados. Y sin duda que por las mismas razones: los adelantos tecnológicos. Es curioso. De chico, a diferencia de mis compañeros de colegio, a mí los circos no me gustaban. Sobre todo las fieras amaestradas, que me daban miedo. Iba, cuando me llevaban mis padres, pero no me moría por ellos, como mis amigos. Y todavía menos por los dibujos animados. Cuando discutían sobre qué película irían a ver, yo estaba siempre contra la idea de soplarme alguna del Pato Donald, el Ratón Mickey o Popeye y la flaca Olivia. Me aburrían. Y, sin embargo, ahora son las únicas películas de la televisión que veo con agrado. Increíbles los efectos que consiguen. Las figuritas saltan de las pantallas, te miran a los ojos, se te sientan en las rodillas, se esconden debajo del sofá. Así lo parecía al menos. Debe ser cierto aquello de que con la vejez uno regresa a la niñez. A mis años, me había dado por los circos y los dibujos animados, los dos únicos campos en los que reconocía que la cultura –¿la cultura?– de hoy había superado a la de ayer.
De todas maneras, no deja de ser triste que en una época en la que sería imposible que aparecieran un Cervantes, un Miguel Ángel, un Beethoven, lo único comparable a esos gigantes en originalidad y belleza sean los saltimbanquis de los circos y los monigotes de los dibujos animados. Soy injusto pensando así, porque, la verdad, ahora solo esas dos cosas me producen la sensación de haber alcanzado la plenitud absoluta que de joven me dio leer Guerra y paz o ver por primera vez en la Galería de los Uffizi de Florencia El nacimiento de la primavera y la Gioconda en el Louvre.
Me sentía bien y seguía durmiendo tirado en el pastito del Parque de Debod. No recuerdo la dirección de mi casa y no me importa. Las llamadas galerías de arte, en cambio, me parecen unos cirquitos fracasados en la gran mayoría de los casos. O teatros de unas mojigangas ridículas. En la última que visité, hace unos meses (¿o años?), la Marlborough, de Madrid, exhibía bajo el título Arte para la fantasía y la imaginación unas pinturas inmateriales del famoso Emil Boshinsky. Por lo pronto, no sé por qué es tan famoso ese estafador. Sus engendros se podían ver en grandes pantallas. Lucían unos títulos bastante llamativos como Tiburcio, hacedor de tempestades, La caperuza del monje Romualdo. Eran unos fuegos artificiales, como las figuras de los calidoscopios, esas cajitas que muestran vidrios de colores en movimiento, con los que se intentaba distraer a los niños cuando yo era uno.
A propósito, ya nadie sabe qué eran los calidoscopios; los niños ya no juegan con esos juguetes, por supuesto; ahora desde que nacen manejan computadoras. El otro día discutí con Osorio, pues me juraba que él nunca había conocido esos tubos con vidriecitos de colores que al moverse cambiaban de figura. Eran entretenidos y bonitos, y, me parece, yo pasaba horas con ellos, moviendo la muñeca de mi mano derecha para que las figuras bailaran. Me parecía, al menos, quizá sea un falso recuerdo.
La gracia de la exposición de Emil Boshinsky está en que sus cuadros no existen: salvo sus títulos, la telas tienen una existencia digital. Pero pueden ser adquiridos en la Marlborough, la que expide a los clientes que los compran un certificado de propiedad. Me pareció una simple broma, y peor todavía cuando la galerista me dio toda una explicación sociopolítica para justificar la pantomima. Me aseguró que con esta invención plástica Boshinsky ha resuelto un problema antiquísimo, el de la propiedad privada y sus detractores. Ella siempre fue considerada un robo y una injusticia de los ricos contra los pobres. Las “pinturas inmateriales” tienen dueños, de modo que la propiedad privada se respeta, y, al mismo tiempo, todos pueden disfrutar de esa propiedad privada sin arrebatársela al propietario a través de la red. Me aseguró que se habían vendido ya varias “pinturas inmateriales”, a precios muy módicos –iban de 20 a 25,000 euros apenas–, y la galería consideraba esto un éxito. Yo le dije –no sé cómo me acordé– que un poeta y pintor peruano, Jorge Eduardo Eielson, había inventado las “esculturas imaginarias” hace unos ochenta años (o mucho más). Las instaló en sitios muy vistosos, la Torre de Pisa, el Arco de Triunfo, la Estatua de la Libertad y hasta envió una de ellas a la luna en una nave espacial de la NASA. Sin cobrar un centavo por ello. Pensé que a la galerista le divertiría saber que Boshinsky tenía un antecesor, pero ella me miró con un aire incrédulo y un tanto lúgubre. Me vinieron dos vientos mientras conversaba con ella, que conseguí disimular encogiéndome un poco, como para rascarme una pierna.
Cuando me desperté estaba con escalofríos y había disminuido la luz natural. Tenía la horrible sensación de que, cuando dormía, además de despedir vientos, se me había soltado el estómago y salido la caca. ¡El maldito estómago! No era la primera vez que me ocurría esto. Me había pasado antes, en un cine, viendo una película de John Ford, un cineasta que admiro mucho. Ahora tendría que hacer lo mismo. Limpiarme con cuidado, lavar con lejía el calzoncillo y el pantalón llenos de mierda. Qué asco. Siempre que encontrara mi casa. Todavía había un poco de sol. Tenía escalofríos y seguramente me habían picado los bichos, sobre todo las hormigas, mientras dormía. No me acordaba, por supuesto, de la dirección de mi casa, ni del nombre de su calle, pero el miedo había disminuido. Me sentía más resignado con mi suerte. Me levanté con dificultad y pregunté la hora a un transeúnte. Eran las cinco y diez de la tarde. Todavía tenía tiempo de recordar la dirección de mi casa. Si no la recordaba –pero me sentía optimista, tenía la sensación de que estaba cerca, este barrio me parecía conocido– iría a la policía, para no pasar la noche a la intemperie. Tal vez no saldría nunca más de los calabozos. Pero por lo menos en la policía, mientras averiguaban quién era, estaría bajo techo. ¿Qué haría si llovía? Eché a caminar pasito a paso por la avenida del Pintor Rosales.
Osorio me arrastró hace unos meses –tal vez fueran semanas– a una galería nueva, “rompedora”, me dijo, en Lavapiés. La exposición se titulaba Esculturas para el olfato. Había una veintena de muñecotes que vomitaban, orinaban, defecaban o supuraban unos líquidos –llamémoslos por su nombre: mocos– por las orejas y por las narices, que, para apreciar a cabalidad el significado de la muestra, uno tenía que oler en unos recipientes donde dos muñecotes escurrían esas excreciones. Desde que entré sentí tanto asco que me dieron ganas a mí también de arrojar el alma en aquellos pudrideros. Y, por supuesto, me vino una cadena de vientos. Siempre me ocurre cuando algo me altera los nervios. Pero Osorio –cuándo no– me aseguró que, luego de un primer momento difícil, el olfato pertinaz perdía el asco y empezaba a entender el significado profundo de la muestra. Y añadió: “su sentido metafísico”. Creía, el pobre ingenuo, que me intimidaría. “Nunca imaginé que la metafísica oliera a pedo”, le contesté. “Ya me basta con los míos.” Al final del recorrido, el propio artista, un joven peludo con mirada de loco, que parecía no haberse bañado nunca y que decía llamarse Gregorio Samsa, gratificaba al heroico visitante con un texto traducido de Baudelaire sobre el valor artístico de los olores.
Ya casi no voy al teatro ni a la ópera, pese a lo mucho que antes me gustaban. Precisamente por eso no voy. Porque ahora se han vuelto también una astracanada, un pretexto para usar las pantallitas, como todo en este mundo electrónico y digital en que hemos venido a parar gracias al progreso.
Y pensar que se celebró como un gran invento –yo lo recuerdo muy bien, ocurrió hace unos cuarenta años, o veinte, o diez: eso que llaman el espectáculo multimedia comentado–. Pareció un avance que se pudiera oír una ópera y, a la vez, en la pantallita portátil recibir información sobre la obra, el compositor, el libretista, el director de orquesta, el contexto histórico de la pieza, y, para colmo, que fuera posible también comentar con otras personas la representación a la que se asistía, con espectadores próximos o que estaban lejos de lo que ocurría en el escenario. Bravo, bravísimo. Solo que como la atención es una sola, y el cerebro también uno, una operación simultánea de esta índole hace que el espectador termine concentrándose en los pedacitos de pantalla portátil y distrayéndose completamente de la ópera que, en teoría, fue a oír y ver. Todo el teatro se convierte en una muchedumbre de gente que, en vez de escuchar y paladear la música, está totalmente absorbida por las pantallitas, informándose sobre una obra que ni oyen ni ven sino a puchitos, y comentando –chismorreando más bien– con otros cacasenos como ellos, imantados por las pantallitas. Es imposible gozar de un concierto, o de una ópera y hasta de una comedia ligera, rodeado de gente que no hace más que teclear o acariciar las tabletas que tiene bajo los ojos y que lanzan guiños incesantes alrededor del pobre espectador que fue al teatro con la estúpida ilusión de escuchar y ver las cosas que ocurrían en el escenario. El único espectador serio que se admite hoy es el que produce el propio bípedo en su artefacto portátil, ese incinerador de todo lo que es genuino y auténtico, algo que ha desaparecido prácticamente en este mundo donde solo reina y fulgura lo postizo y artificial.
¿No era ese el Teatro Real? ¿No estaba otra vez ante el Palacio de Oriente? Sí, por supuesto. Aquello era el Palacio Real, donde los reyes recibían las credenciales de los embajadores. ¿Cómo había llegado hasta aquí? Tenía la sensación de que caminaba en la otra dirección. En algún momento habría dado la vuelta y rehecho el camino que hice en la mañana. Sí, ese era el Teatro Real. Estaba muy cansado y me había deprimido de nuevo. Sentí algo raro en la cara, me toqué los ojos y descubrí que estaban llenos de lágrimas. Tuve la valentía de contenerme, para no llorar a gritos. ¿Nunca llegaría a mi casa? Estaba ya muy cansado, me temblaba el cuerpo y tenía muchas ganas de acostarme. Qué rico, taparse bien y dormirse sabiendo que me despertaría varias horas después, con la luz natural, y que aquella sería mi casa, bueno, mi cuarto y mi bañito. Sí, qué rico. Me horroriza la idea de pasar toda la noche sentado en una banca, muerto de frío. Estoy seguro de que, si debo estar toda la noche a la intemperie, me moriré como un perro. Estaba muy cansado y busqué un banco donde sentarme a ver pasar el tiempo.
Cuando me senté, en una esquina de la Plaza de Oriente, medio de cara y medio de espalda al Palacio Real, me sentí más tranquilo. Me toqué los ojos y había dejado de llorar. Miré al cielo y estaba limpio y radiante. Habían salido algunas estrellas.
A veces pienso que, sin darme cuenta, lo que ocurre a mi alrededor me va contaminando a mí también y ya no sé realmente distinguir entre lo que es cultura y eso que hace sus veces en el mundo disparatado en que ahora vivimos. Lo digo por mi discusión del otro día con Osorio después de la cena donde los Arismendi, esos millonarios o más bien billonarios. La cena me impresionó mucho, es cierto, no por la comida, nada del otro mundo, sino por los hologramas. La verdad, qué notable: un espectáculo feérico. Nos tuvo, a la media docena de invitados, sorprendidos y maravillados del principio al fin de la noche. Yo ya había visto hologramas en ferias y exposiciones y en museos, pero esas figuritas en tercera dimensión nunca me dejaron maravillado. Esa noche sí. Ni siquiera sabía que la tecnología de los hologramas hubiera evolucionado tanto como para producir los prodigios que vimos donde los Arismendi.
De entrada, me quedé boquiabierto cuando advertí, junto al mayordomo que me abrió la puerta y me ayudó a quitarme el abrigo y la bufanda, que había un doble holográfico de él, otro mayordomo con su misma cara y atuendo, repitiendo sus gestos, sonrisas y venias. Eso fue solo el comienzo. Toda la noche estuvimos rodeados de esos personajes fantasmales, duplicando a camareros o camareras, sirviendo la mesa, pasando las fuentes con bocaditos y bebidas, tan absolutamente idénticos a los reales que aquello se convirtió en un delirio; nos dio a todos la sensación de haber entrado a un mundo onírico, de estar viviendo en un poema surrealista, verificando que lo maravilloso cotidiano existe, no sé cómo llamarlo, un mundo en el que resulta difícil distinguir las fronteras entre la realidad, los personajes de carne y hueso y sus dobles, esos fantoches de la ilusión tecnológica. El broche de oro vino al final, cuando, para despedirnos en la puerta de la casa, aparecieron duplicados nuestros anfitriones, los Arismendi ficticios, que nos dieron también las buenas noches y nos desearon toda clase de felicidades.
Mi discusión con Osorio estalló cuando le conté la impresión que me causó aquella cena holográfica. Me interrumpió, feliz, como si me hubiera sorprendido haciendo algo malísimo, masturbándome por ejemplo. “Ahora, dime, ¿eso que vimos es o no es arte?” Yo le dije que no lo era, solo una notable proeza de la técnica. Él replicó: “Pues es eso lo que ha sido toda la vida el arte también, una hazaña tecnológica. En eso consiste el arte de nuestros días.” Fue una discusión de varias horas, en que yo me negaba a aceptar su teoría según la cual los verdaderos artistas de nuestro tiempo son los ingenieros electrónicos, los programadores informáticos, los grandes especialistas del sonido y la imagen y los profesionales de la Red. Pero, aunque nunca le di la razón, en los argumentos de Osorio hay una deprimente verdad: vivimos en un mundo en el que lo que antes llamábamos arte, literatura, cultura, ya no es obra de la fantasía y la destreza de unos creadores individuales sino de los laboratorios, los talleres y las fábricas. Es decir, de las malditas maquinitas. (¿Soy acaso un ludita? Tal vez lo sea.)
Sentía que me vencía el sueño otra vez. Si me quedaba dormido, cuando despertara habría muchas estrellas en el cielo. Todo un día buscando mi casa, bueno, mi cuartito, con la seguridad de que estaba por acá, muy cerca, sin poder encontrarlo. Ahora, en este momento, no me importaba. Sabía que tenía los calzoncillos llenos de mierda, porque en el sueñecito de la avenida del Pintor Rosales se me había salido la caca, y no me importaba tampoco. Me acurruqué en mí mismo y pensé que me sentía bien y que iba a dormir otro ratito más.
¿Será que la cultura ya no tiene ninguna función que cumplir en esta vida? ¿Que sus razones antiguas, aguzar la sensibilidad, la imaginación, hacer vivir el placer de la belleza, desarrollar el espíritu crítico de las personas, ya no hacen falta a los seres humanos de hoy, pues la ciencia y la tecnología pueden sustituirlos con ventaja? Por eso será que ya no hay departamentos de Filosofía en ninguna universidad de los países cultos de la tierra. (Hice una exploración el otro día y el internet me hizo saber que entre los últimos departamentos de Filosofía que sobreviven están, uno, en una Universidad de Cochabamba, Bolivia, y el otro en la Facultad de Letras de las Islas Marquesas. Pero, en esta última, la Filosofía comparte el departamento académico con Teología y Cocina. ¡Vaya mezcla! Me imagino el diploma de doctor en Filosofía, Teología y Gastronomía y me muero de risa.)
Pero, si las ideas en sí, desasidas de finalidades prácticas inmediatas, hubieran desaparecido, toda forma de disidencia y contestación se habría evaporado también como consecuencia de aquello en nuestras sociedades. Por fortuna todavía no es así, aunque, me temo, vamos por este camino hacia ese fin: una sociedad de autómatas. Mi esperanza está en el movimiento de los “desequilibrados” que se ha extendido tanto por el globo, no solo por España. Aunque tengo sentimientos encontrados respecto a los “desequilibrados”. A ratos, me inspiran simpatía, porque este mundo no les gusta y por su forma de vida es obvio que quisieran cambiarlo. Hay en ellos una actitud desinteresada, de pureza y espiritualidad, todo lo que parece haberse extinguido en el resto de nuestra sociedades frenéticamente entregadas a trabajar, a producir, ganar dinero, y llenarse de maquinitas entretenidas.
Pero estoy lejos de compartir todas sus tesis y manías. También me asusta su actitud fanática contra ciertas cosas como el sexo y la carne, sin los cuales mi juventud y mis años de madurez se hubieran visto privados de muchos placeres que recuerdo con una emoción que ciertos días me cuaja los ojos de lágrimas. (Con los años me he vuelto bastante lloroncito.) No estoy diciendo que hacer el amor y comerse un jugoso churrasco fueran equivalentes, no soy tan imbécil. Eso sí, creo que hacer el amor era algo maravilloso, sobre todo cuando yo era joven. Recordé a Carmencita. ¿No era riquísimo desnudarse y enredarse en la cama durante horas y hacer el amor al volver de la oficina de noticias en la que trabajaba? Ver por primera vez el cuerpo desnudo de una muchacha, hacerle el amor con la delicadeza con que entonces se escribía un poema, gozar juntos ebrios de deseo y de felicidad, sentir que se abolía el tiempo y uno alcanzaba esa inmortalidad del instante que da el éxtasis carnal: ¡qué maravilla! Ahora tengo la seguridad de que el sexo ya no representa tanto como cuando uno, en aquellos lejanos años, iba poco a poco venciendo los tabúes y veladuras que rodeaban el amor físico y llegaba por fin al acto sexual como quien llega al paraíso. Por lo demás, en esas épocas zamparse un buen filete, un chuletón o unos riñoncitos al vino era algo deleitable, algo que el común de los mortales hacía con perfecta buena conciencia, sin los problemas morales y políticos que eso plantea hoy, cuando todo el mundo hace chistes, sigue las instrucciones de los dietistas y los platos de comida parecen remedios, medicinas. Uy, qué asco es comer y beber en este tiempo. Lo dice alguien que casi nunca come en exceso y rara vez bebe esos líquidos farmacéuticos que ahora llaman vino.
Dormía y soñaba tranquilo, en perfecta paz conmigo mismo. Se me habían quitado el miedo y el frío. Me sentía bien en el sueño.
Dicen que el movimiento de los “desequilibrados” nació en el Japón hace ya medio siglo. En todo caso, su expansión por el mundo ha sido lenta, ha ocurrido como un fenómeno natural, al igual que se van abriendo camino los ríos, no por obra de la propaganda y la evangelización, pues, dado su individualismo desenfrenado, lo último que sus adeptos harían sería convertirse en propagandistas y apóstoles de su filosofía de vivir. No constituyen una nueva religión ni mucho menos. ¿Qué son, entonces? Algo así como una fraternidad pacífica e iconoclasta, que, allende o dentro de las propias fronteras, hermana sobre todo a la gente joven. La llamo “fraternidad” porque hablar de “ideología” sería un anacronismo: ya nadie sabe ahora qué es o qué fue eso. Ya no hay ideologías dignas de ese nombre tampoco. Todo se ha vuelto muy práctico en esta vida, sobre todo la política. Quizás el movimiento de los “desequilibrados” sea una reacción contra el pragmatismo materialista universal que se ha impuesto como única forma de vida, una singular protesta contra un mundo de gentes que parecen estar de acuerdo en casi todo y no ven más allá de las orejeras que llevan puestas –que llevamos, no sé por qué me excluyo– sin saberlo. No, los “desequilibrados” no hacen adoctrinamiento ni apostolado, al menos que yo sepa. Eso sí, predican con su ejemplo. Y este ha ido cundiendo, extendiéndose. Ahora están por todas partes, aunque las pantallas que pululan por las calles que difunden noticiarios no suelen hablar de ellos. Pero lo cierto es que su manera de ser y de vivir ha tocado alguna fibra íntima de muchos jóvenes de la última generación. Como son tan pacíficos y no suelen hacer mítines, ni acampadas, rehúyen a los medios y son antigregarios, pasan algo desapercibidos. Pero están ahí, rodeándonos. Miles, decenas de miles, acaso millones. Y, eso sí, todos jóvenes. Supongo que a medida que van ganando años, volviéndose viejos, se retiran. O acaso los matan los más jóvenes. En el sueño, me reí, divertido con aquella ocurrencia. ¡Qué va! Los “desequilibrados” son pacíficos y no creo que maten ni a las moscas.
¿Qué quieren? ¿En qué forma les gustaría que cambiara el mundo? Yo conversé una vez con un grupito de ellos, aquí en Madrid. Estaban asoleándose, tirados en la hierba, en el Parque de Debod, junto al pequeño templete egipcio, contemplando, bajo un cielo despejado, el Parque del Oeste a sus pies.
Al principio, me miraron con desconfianza, aunque sin hostilidad. Cuando les expliqué que solo quería saber un poco más de lo que hacían, creían y deseaban para la sociedad, se quedaron desconcertados. Por fin, luego de cambiar miradas entre ellos, asintieron. Uno me preguntó si yo era de la policía. Y todos se rieron, viendo mi aspecto de pordiosero. Conversamos cerca de una hora, tirados en el pasto, yo como un bisabuelo o tatarabuelo rodeado de sus bisnietos y tataranietos. Había algunos chicos y chicas extranjeros entre ellos que apenas chapurreaban el español. Este fue el idioma en el que hablamos, con algunas frasecitas de cuando en cuando en inglés, italiano o francés.
Me quedé un poco confuso con tantas contradicciones y vaguedades, la verdad. Después, reflexionando sobre aquello que hacen los “desequilibrados”, llegué a la convicción de que lo hacen más por instinto que por reflexión. Lo suyo no son las ideas, tan totalmente devaluadas en el mundo de hoy, sino los impulsos, las intenciones, la acción. Lo que me quedó más claro, en lo que todos ellos están de acuerdo: nuestro sistema no deja a la gente tiempo para malgastarlo. Hacen una defensa apasionada del ocio. Perder el tiempo como ellos, allí, tumbados en la hierba, les parece un gran privilegio, porque es una rareza en el mundo de hoy. No hacer nada, estar ahí, fantaseando, gozando del solcito tibio, cantando o contando chistes. “Esto es vida”, afirmó uno de ellos. “Y no pasarse mañana y tarde haciendo clic clic en el ordenador, rodeado de paredes y de tedio.” “No todo puede ser trabajo, hay otras cosas que debemos valorar”, añadió una chica pelirroja, con convicción. Los demás asintieron.
Cuando yo les pregunté cómo hacían para comer, cómo ganan su vida, se sorprendieron, igual que si se tratara de algo sin importancia. Hacían trabajitos a veces y compartían entre ellos todo lo que tenían, me dijeron. Algunos se habían arreglado para recibir pensiones del Estado. En todo caso, compartían los ingresos y los gastos que tenían. Además, no comían mucho y, por supuesto, todo era de todos.
Después, cuando yo les pregunté por qué se preocupaban tanto por las cremas, los ungüentos, los afeites, los noté incómodos, como si hubiera violado un terreno íntimo. Luego de una larguísima pausa, uno de ellos murmuró: “Nuestro cuerpo es sagrado y hay que cuidarlo.” Para ellos, en verdad, lo sagrado son las perfumerías y las farmacias. Me preguntaron si no me había echado algo para el sol y como les dije que no, que nunca usaba cremas protectoras, se escandalizaron. Me confesaron que todo el dinerito que ganan con trabajos eventuales y las pensiones que recibían por el mero hecho de existir lo invertían en comprarse pastillas, lociones, tónicos, todo aquello que impide el deterioro de la piel, los ojos, los dientes. Por razones de estética, también, pero sobre todo de salud. Decían que, aunque hay muchas cosas malas en nuestro tiempo, hay una buenísima, y es todo lo que ha inventado la ciencia para defendernos contra la decadencia física: desinfectantes, reconstituyentes, bálsamos, hidroterapias, baños térmicos, masajes, un arsenal de drogas y productos naturales que, usados con sabiduría, mantienen a los seres humanos sanos, bellos, en pleno uso de sus facultades hasta el último día. Uno de los chicos, de cuerpo estilizado y ascético, dijo que lo más importante era tener el estómago siempre limpio y que haber acabado con el estreñimiento era la máxima gloria de la ciencia contemporánea. (Pero para todo esto se necesita mucho dinero y ellos, que son vagos, no lo tienen: ¿cómo hacen?) Porque gozar de un estómago que funciona con la puntualidad de un reloj suizo impedía a las personas sucumbir a la neurosis, la causa primordial de los suicidios que se registran a diario en toda Europa. Otro le discutió que más importante es el descubrimiento de la jalea que mantiene fresca y alerta la memoria. Otro los refutó a ambos, asegurando que una proeza mayor todavía era la de haber fabricado la píldora que sosiega la libido y que hubiera hombres y mujeres sin preocupaciones sexuales como antaño.
Aproveché para preguntarles por qué los “desequilibrados” estaban contra el sexo y practicaban –por lo menos muchos de ellos– la castidad. Advertí que algunos del grupo se ruborizaban y desviaban la vista. Por fin, la pelirroja tomó la palabra y me explicó: “Es que nosotros estamos a favor de la limpieza, tanto corporal como espiritual.” “Yo también lo estoy”, les aseguré. “Pero eso no puede significar que no haya que hacer nunca el amor, una cosa tan saludable y placentera.” Me miraron como lo que soy, un hombre de las cavernas. “¿No basta con que tengamos que expulsar cada día nuestros excrementos?”, intervino con beligerancia un jovencito, casi un niño, que hasta entonces no había hablado. “¿Tenemos que dedicarnos también a expulsar diariamente nuestro semen?” No entendí qué quería decirme, pero, al parecer, sus compañeros sí, pues todos sonrieron al oírlo, como si me hubiera derrotado. Les dije que, cuando yo era chico, eso era lo que trataban de inculcarnos los curas: que el sexo era algo sucio, feo y pecaminoso, y, por lo tanto, prescindible. Se encogieron de hombros. Ninguno de ellos practicaba religión alguna, solo una chica confesó que, aunque no era seguidora de ningún credo, tampoco podía ser atea, pues creía en “un principio primero para todas las cosas”. Su defensa del ascetismo no estaba inspirada en la fe religiosa, sino en una moral laica, o, sorprendentemente, en la higiene.
No he visto un ejemplo más flamante de la devaluación del sexo entre los jóvenes, justamente ahora que se ha alcanzado lo que hace apenas medio siglo parecía inalcanzable: la libertad irrestricta para practicar el sexo de cualquier manera, en cualquier parte y con quien sea. Tal vez esa celebérrima libertad sea la causa de su devaluación. El sexo excitaba mucho a la gente cuando lo rodeaban prohibiciones y tabúes; desaparecidos estos, perdió su magia, y ahora los jóvenes le hacen ascos. ¡Quién lo hubiera dicho!
Cuando susurré que si todo el mundo los imitara y se volviera casto desaparecería la humanidad, uno de ellos me repuso: “La ciencia resolverá eso, fabricando gente en los laboratorios.” Pero lo que divirtió mucho al grupo fue que otro añadiera: “¿Y a quién le importaría que desaparezcamos? No a las plantas ni a los animales en todo caso.”
Les pregunté por qué los llamaban “desequilibrados” y no lo sabían. Alguien fantaseó: “Tal vez nos pusieron ese nombre los que creían que éramos un peligro para la sociedad. Aunque después se dieron cuenta de que eso no era así, el nombre quedó. A nosotros… o por lo menos a mí, no me importa.” “A esa palabra, ‘nosotros’, la hemos desahuciado”, afirmó una de las chicas. “De haber sido un insulto, la volvimos una virtud”, la apoyó su vecino.
Aman los afeites y los fármacos, menosprecian el sexo y son vegetarianos recalcitrantes. El único momento de la charla en que se exaltaron fue cuando les dije que la prohibición de comer carne me parecía absurda, que iba contra la libertad y los derechos humanos, contra el derecho al placer. Lo peor es que el Estado, o el gobierno, los secunde en este prejuicio. Que encontraba una monstruosidad que se multara o enviara a la cárcel a quienes se descubría transgrediendo esta prohibición. Entonces sí que perdieron las buenas maneras. Les vi alzar la voz y gesticular mientras me criticaban. ¿Qué hubiera sucedido si les decía que me horrorizaba la prohibición de las corridas de toros? Me hubieran linchado, tal vez. Opté por despedirme antes de que empezaran a insultarme. En mi juventud, la rebelión de los jóvenes se inspiraba en ideas como traer el paraíso a la tierra, instaurar la sociedad igualitaria, acabar con las desigualdades, el sexo libre, el feminismo, el aborto, la muerte piadosa (o sea la eutanasia). Pero, ahora, el objetivo de los adolescentes inconformes es que el planeta entero se alimente solo de frutas y verduras. Si eso no es decadencia, no sé cómo llamarlo.
Lo curioso es que el odio a la carne de los “desequilibrados” no tiene que ver tanto con el amor a los animales como con una supuesta certeza médica que se agitó mucho cuando se prohibieron las corridas: que la carne es dañina, produce enfermedades, “ensucia” el cuerpo humano, “afea” a la gente y vuelve “violentos” a las mujeres y a los hombres. Y corrían leyendas ridículas, como que, a la salida de los toros, los aficionados ¡a veces linchaban gentes! (Repito los disparates que les oí.) La idea que se hacen de la limpieza estos jóvenes es enfermiza y neurótica. En torno a esta obsesión han construido toda clase de fantasías quiméricas y sanitarias.
Los “desequilibrados” no serían rebeldes si no tomaran distancias con ese animalismo perverso que se ha apoderado del mundo entero. A mí me gustaron mucho los animales en mi juventud e incluso en mi madurez tuve un perro al que le leía poemas de Cernuda y García Lorca. Pero, tal como van las cosas, he tomado cierta fobia por el reino animal. No sería raro que acabara con nosotros, los humanos. Incluso, sin decírselo a nadie, y menos que a nadie a Osorio, ya no veo con tanta antipatía a esos comandos antianimalistas que aparecen por aquí y por allá en el mundo entero y perpetran esos actos terroristas contra perros, gatos, ratas, zorrinos, moscas y demás animales considerados domésticos. El otro día un tribunal madrileño de menores condenó a un año de encierro en un reformatorio a un niño de diez años porque la policía lo sorprendió disparando piedrecitas con una honda a las golondrinas. A mí no me parece bien que apedreen a las golondrinas, ni a ningún animal, por supuesto, nunca lo hice cuando las hondas no eran consideradas “armas homicidas”. Pero mandar un año a una correccional a un crío por eso me parece un acto de sectarismo estúpido. Y me pareció grotesco que el juez llamara a las golondrinas, según la fórmula acostumbrada, “un ser vivo de sangre caliente cuyo derecho a la vida debía ser respetado”.
Lo que mitigó mucho mi simpatía por los animales fue que los veterinarios dijeran que las ratas de nuestros días ya no acarrean enfermedades, que la ciencia ha conseguido erradicar en ellas todos los gérmenes y microbios de que eran antes portadoras y que por lo tanto pasarían a la categoría de animales domésticos, como pedían tantas asociaciones animalistas. Tuve pesadillas y todavía las tengo, pues siempre detesté a esos horribles roedores. Se me ponen los pelos de punta cuando pienso que viven ahora en tantas casas alimentadas y mimadas por sus dueños, que les dan de comer en la boca y sin duda las meten a su cama para que no tengan frío en las noches de invierno. Menos mal que a los gatos no han podido erradicarles el instinto homicida contra los roedores a los que siguen despanzurrando cada vez que se ponen a su alcance. ¡Vivan los gatos! Por las ratas he dejado de pasear en el Retiro las mañanas de buen tiempo, algo que antes me encantaba. Ellas se han apoderado de ese hermoso parque; están por todas partes, trepándose a los árboles, bañándose en el estanque, se suben a los pies de los paseantes y mueven sus colas pardas para que les echen comida. Y hay que espantarlas con delicadeza para que no te llamen la atención los vigilantes o te pongan una multa por ser desconsiderados con esos prójimos “de sangre caliente”. ¿Qué sangre no es caliente?
Por eso, cuando la invasión de los zorros a Madrid, creo que yo fui uno de los pocos vecinos que no se asustó y, más bien, me alegré de ver que manadas de esos cánidos se aquerenciaban en todos los parques, alamedas y paseos madrileños. Mientras esos plateados inmigrantes estuvieron instalados aquí, desaparecieron las ratas de las calles de la ciudad: se escondieron o los zorros se las comieron. Osorio fue uno de los vecinos más asustados y uno de los que fue a manifestarse a la Puerta del Sol contra las campañas de todas esas ong proclamando “Bienvenidos, hermanos zorros, a Madrid”, “Madrid, patria de los zorros”, etcétera, que llevaban a cabo para que los invasores se quedaran a vivir en la ciudad y esta fuera acondicionada para darles albergue permanente. A mí no me molestó nada la presencia de los zorros en la Villa y Corte. Lo único incómodo, lo reconozco, el olor a pis del zorro: es penetrante e impregnó el aire madrileño esos días. Se mezclaba con mis propios olores y era un asco. La orina del zorro apesta y en esas semanas se vio a mucha gente en la calle con arcadas o vomitando, descompuesta por el mal olor que todo lo impregnaba. Los zorros, al cabo de un tiempo, se fueron, tan misteriosamente como habían venido. Y las malditas ratas, poco a poco, volvieron a la ciudad.
Osorio dice que ahora hay añoranza por esos animales, otro de los hitos de la cultura de hoy en el mundo, que va a romper todos los límites de lo concebible. El otro día me juró que ya hay, en distintas ciudades, colectivos y fundaciones que piden que se autoricen los matrimonios mixtos de seres humanos y animales. Tal vez me tomaba el pelo, porque no me dio pruebas tangibles de que esas instituciones existan. Pero si no existen todavía, ya aparecerán. Será divertido asistir al primer matrimonio de un hombre y una perra o entre una mujer y un mono. Y lo será más si no solo se celebra en el ayuntamiento sino también en una iglesia, a los compases de la Marcha nupcial.
Cuando le conté mi experiencia con los “desequilibrados”, Osorio me bromeó que cualquier día un comando de fanáticos del vegetarianismo iría a prender fuego en el restaurante clandestino donde, una vez al mes, él y yo vamos a zamparnos un buen rabo de toro o un filete poco hecho. Creo que gracias a la prohibición, ahora, los carnívoros disfrutamos mucho más con los atracones de carne. En eso, la naturaleza humana no ha cambiado nada. El riesgo, el tabú, los interdictos que rodean a cualquier cosa la hacen infinitamente más deseable y atractiva. Un amigo mío, fumador secreto, me decía eso mismo hace algún tiempo: que él y sus amigos disfrutan ahora muchísimo más en los fumaderos clandestinos, sabiendo que podrían ir a la cárcel por los pitillos que se fuman, que antes, cuando podían fumárselos en cualquier parte sin riesgo alguno.
Osorio defiende a los “desequilibrados” y creo que lo hace por convicción, no por practicar su deporte favorito que es llevarme la contra. Según él, los viejos ideales de justicia social y de sociedades igualitarias y perfectas simplemente ya no exaltan a las nuevas generaciones, pues lo que había en ellos de realizable ya forma parte de la vida moderna. Y lo que no, lo que albergaban esos ideales de quimérico e imposible, no los ilusiona, más bien los repele, porque, educados en el “realismo”, el sesgo principal de nuestra cultura actual, son pragmáticos y no quieren perder su tiempo y su energía en cosas que nunca lograrán, con las consecuencias que tuvo en el pasado la búsqueda de la sociedad perfecta: guerras civiles, revoluciones sangrientas y peores injusticias que las que se querían remediar. Según Osorio, hay una gran sensatez y hasta sabiduría en los jóvenes de hoy al reemplazar el anhelo de un mundo perfecto por algo más humano, un mundo donde los jóvenes vacíen puntualmente el estómago y no padezcan del suplicio del acné. Le celebré la broma, pero, unos instantes después, me embargó una gran tristeza al darme cuenta de que no bromeaba.
Cuando le dije que me parecía una curiosa paradoja que los jóvenes hayan empezado a despreciar el sexo, es decir, a materializar lo que los curas querían inculcarnos cuando éramos jóvenes –aunque muchos curas lo practicaban a escondidas al derecho y al revés, sobre todo al revés–, precisamente cuando las religiones comienzan a encogerse como pieles de zapa, Osorio me rectificó: “Se encogen las iglesias, no la religión.” Tuve que darle la razón.
Había llegado a un punto en el que tanto Osorio como yo solíamos estar de acuerdo: ¿éramos libres o meros autómatas? George Orwell no había vivido ese problema, pues escribió en las épocas del estalinismo más rabioso y lo combatió sin vacilar en libros espléndidos como La granja de los animales y 1984, como el hombre de izquierda que siempre fue, defensor de una izquierda democrática, si es que eso existió alguna vez. Era un socialista que no lo era, que debajo de su socialismo democrático defendía el capitalismo democrático, pues sabía muy bien que sin empresas libres y privadas no hay libertad que sobreviva y que, si el Estado controla la producción de bienes y el empleo, a la larga o a la corta se instala el comunismo de siempre, y, con él, el totalitarismo y la pobreza. Por eso es que desaparecieron la Unión Soviética y China Popular se convirtió en una dictadura capitalista de amiguetes. Pues en China existe una empresa privada de empresarios millonarios que se tragan todas las mentiras del régimen, pero ese régimen es una caricatura del capitalismo y la falta de libertad lo asfixiará a la corta o a la larga.
¿En qué régimen vivimos ahora? Imposible saberlo, pero lo seguro es que vivimos en la mentira sistemática. La economía funciona gracias a la empresa privada y a la economía de mercado, a la competencia, por supuesto. ¿Pero somos libres? Ni yo ni Osorio lo creemos, aunque este se lo crea a ratos. Yo tengo esa sensación desde que desaparecieron los periódicos. Es verdad que en casi todas las esquinas hay pantallas en las que se dan noticias todo el día, y que aparentemente representan a empresas que defienden diversas ideologías y sistemas. ¿Es eso verdad? Él y yo tenemos la impresión de que no, de que, por debajo de las supuestas diferencias, las pantallas defienden una sola verdad –una mentira rigurosamente guardada–, que todas están de acuerdo en su base más secreta en defender un sistema en el que gobierno y empresas, como ocurría en China en aquel tiempo lejano, están básicamente de acuerdo en mentir juntos, simulando unas discrepancias que en verdad son superficiales, porque hay un acuerdo sustancial en mantener este sistema que engaña a todo el mundo, pues parece funcionar bastante bien, ya que hay trabajo, pensiones, medicinas y educación para todos y una libertad que es una mera cortina de humo inventada por esa tecnología de punta que mantiene entretenido a todo el mundo. Hombres y mujeres se han vuelto incultos y manipulados casi totalmente por la desaparición de la cultura, o, mejor dicho, su conversión en mera diversión. En otras palabras, somos unos esclavos más o menos felices y contentos con su suerte. Orwell no imaginó que esta podía ser la evolución de ese “socialismo libre” que él imaginaba y que era simplemente imposible. Pues ahora hemos perdido la libertad sin darnos cuenta, y, lo peor, estamos contentos y nos creemos hasta libres. ¡Vaya cojudos!
¿No resulta extraño que en estas condiciones el sexo haya perdido interés cuando su gran enemiga, la que más hizo por erradicarlo de nuestras vidas –por lo menos en teoría–, la Iglesia católica, pierde fieles, catecúmenos, sacerdotes, hasta haberse quedado convertida en algunos países en una especie de sociedad filatélica? Muchas veces hemos discutido con Osorio por qué las grandes iglesias, y esos fanáticos terroristas que querían acabar con ellas a punta de bombas y asesinatos, se van eclipsando en nuestro tiempo, pues lo mismo que con el catolicismo pasa con el judaísmo, el protestantismo, la Iglesia ortodoxa y hasta con las iglesias orientales como el islam (en sus dos ramas) y el budismo: pierden fieles, vigencia, se van marchitando, tanto que muchos piensan que acabarán por extinguirse. Luego de haber tenido tanta influencia en la historia, de haberla marcado a fuego, ahora, sin que nadie las ataque, y pese a que todos los gobiernos las subvencionan y nadie las hostiliza, las iglesias van desapareciendo poco a poco pues aquella lejana observación de Nietzsche se ha hecho realidad: Dios ha muerto y a nadie le importa, pues hombres y mujeres han aprendido por fin a vivir sin Dios. Era también un producto de la cultura y, como esta se ha transformado en diversión, ni nos hemos dado cuenta de que a los viejos dioses los han reemplazado los futbolines, las imágenes de la pantalla, los circos, los dibujos animados y, sobre todo, la publicidad y sus múltiples manifestaciones que comienzan a no parecerlo.
Yo sospecho que la Iglesia católica selló su partida de defunción cuando comenzó a modernizarse, cuando ese bastión del machismo y conservadurismo, intolerancia y dogmatismo que fue antaño, empezó a relajarse, a resquebrajarse, a hacer concesiones a los curas y laicos progresistas. Estos se salieron con la suya, pero, en vez del aggiornamento que reclamaban, le dieron a la Iglesia el puntillazo. O sea, el tiro les salió por la culata. Parecía imposible y sin embargo ocurrió: la Iglesia comenzó a ordenar mujeres y nombrarlas obispos, autorizó que los curas se casaran, como los pastores protestantes, y el papa en persona celebró un matrimonio gay en la mismísima basílica de San Pedro. Mi pobre madre, que en paz descanse, cuando escuchó estas noticias y vio la escena en la tablilla digital lanzó un grito desgarrador y perdió la conciencia. Se derramó de la silla de ruedas al suelo. Pobre viejita. “Eran adelantos indispensables para adaptarse a la época”, dice Osorio. “Si no lo hacían, la Iglesia habría comenzado a marchitarse como una rosa expuesta al sol durante mucho tiempo.” ¿No es lo que ha ocurrido, acaso?
Yo también discrepo con él en eso, por supuesto. A la gente le gustaba la Iglesia porque no se parecía a la vida, a la sociedad tal cual es, porque representaba lo contrario de la existencia en el siglo. Dentro de la Iglesia uno se sentía ya en el otro mundo, un territorio muy distanciado del de la rutina cotidiana. Era una ilusión bonita, hecha de ritos, de cantos, de incienso, de frases en latín que, como no las entendían, a los fieles les parecían sabias, celestiales, alusiones a vidas perfectas, heroicas y marcadas por la pureza, la inocencia y la paz interior. Ahora la Iglesia ha dejado de ser ese refugio: es una prolongación de la vida de todos los días, donde casi todo está permitido, donde ya no hay tabúes ni dogmas inflexibles. La Iglesia ha perdido misterio y dejado de ser interesante, pues se parece a esos partidos políticos en los que nadie cree, a las fraternidades universitarias o a los clubes de fútbol. Cuando el Vaticano estableció que el limbo no existe, las cosas se orientaron para ella por el mal camino. La abolición del infierno tranquilizó a muchos creyentes pecadores, desde luego, pero decepcionó a otros, a quienes soñaban con que sus enemigos, quienes los habían maltratado y explotado, se quemaran eternamente en las llamas de Belcebú. Sin llamas y sin Belcebú el más allá perdió mucho atractivo para gran cantidad de fieles. Ahora se dice que el Vaticano también va a declarar que el cielo solo existía como algo simbólico y metafórico, pero que, en verdad, tampoco existe en un sentido tangible y material. ¡Pobres mártires cristianos! Se hicieron descoyuntar en el potro, destrozar por las fieras, quemar vivos defendiendo los principios y verdades de la fe cristiana y resulta que ni el infierno ni el limbo ni el cielo existen. De qué y a quién podía servir la Iglesia en esas condiciones.
Ahora, conviene aclarar un punto en el que insiste mucho Osorio, y creo que con razón. La decadencia de las grandes iglesias no ha acabado con la religiosidad. Solo que esta se ha vulgarizado y encanallado de una manera bochornosa. Ahora que ya nadie cree en los curas, la gente se ha puesto a creer en los brujos, hechiceros, chamanes, adivinos, palmistas, santones, hipnotizadores, toda esa canalla de embusteros y estafadores que, por unos cuantos pesos, hacen creer a sus incautos clientes que existe el otro mundo y que ellos lo conocen, que el futuro está escrito y es descifrable leyendo la borra de café, las hojas de la coca, consultando los naipes o una bola de cristal. Lo que las religiones serias hacían con elegancia, belleza, complejidad intelectual, ahora es monopolio y ganapán de pícaros, hechiceros de tres al cuarto y analfabetos. O sea, en los momentos de más alta modernidad científica y tecnológica, volvemos al paganismo, a la hechicería primitiva. A eso nos ha conducido la cultura de nuestro tiempo. Y el huevón de Osorio llama a eso el progreso.
Y en eso, de repente, me desperté. Sí, me había despertado. Era noche cerrada y el cielo se había convertido en un mar de estrellas. Estaba sentado en el asiento de piedra de la Plaza de Oriente y a mi derecha, al frente, tenía el Teatro Real, a la espalda el Palacio, y, frente a mí, la callecita de los restaurantes y de la puerta falsa del teatro por donde entraban los empleados, y, cuando había ensayos, los actores, las actrices y los músicos. Sabía perfectamente que, bajando por esa callecita encontraría, en la esquina y a la derecha, la Plaza de Isabel II, y que de allí arrancaba la callecita de mi casa. Se llamaba la calle de la Flora, por supuesto. El número uno era el de mi cuartito y su baño, en la azotea. No estaba exaltado ni triste. Ahora recordaba que esa corta callecita era la de mi casa y que se llamaba, por supuesto, claro que sí, y lo repito de nuevo: la calle de la Flora. Es muy corta. Mi casa estaba en la próxima esquina, en el encuentro con la calle Hileras, exactamente donde comienza la placita de San Martín, que, luego, se abre y se ensancha en la Plaza de las Descalzas. Allí se halla uno de los conventos más antiguos de Madrid, lleno de cuadros, que solo se abre al público los domingos y donde hay siempre una larga cola de gente para entrar.
Había recuperado la memoria. Recordaba que, poniéndome de pie y recorriendo ese par de calles, podría entrar a mi casa, luego de perder todo un día buscándola. Nada de eso me exaltó ni alegró. Yo sabía que iba a ser así. Había pasado mucho miedo, sin duda, pensando que me moriría en la calle como un perro vagabundo. Pero ahora estaba tranquilo. Seguía sentado. ¿Qué hora sería? No había mucha gente a mi alrededor. Probablemente en la Plaza de Isabel II encontraría algunos borrachitos. No me ponía en pie todavía.
Pensé: “¿Ha sido un día perdido?” No, no lo había sido. Había sentido la muerte más cerca que nunca, sin duda, mientras, caminando alrededor de esta plaza, intuía que mi casa estaba por aquí. Ahora, había recobrado la memoria. Luego de dormir y recuperarme, llamaría a Osorio y le contaría esta aventura. Había sentido la muerte más cerca, pero no había sido una pérdida de tiempo. Ahora sabía que nunca más dejaría mi casa –bueno, mi cuartito– sin llevar un papel con mi nombre y dirección, y con las instrucciones de que si caía muerto dieran parte a Osorio, cuyo teléfono y dirección pondría en esa misma tarjeta.
Respiraba sin dificultad, no tenía frío ni hambre ni sed. No me sentía feliz ni tampoco triste. Había sido una aventura. Una nueva aventura. También una enseñanza. Podía perder la memoria y pasarme un día entero buscando mi casa, sin encontrarla. Tomaría precauciones, andaría siempre con aquel documento encima recordando mi nombre y dirección y el teléfono de Osorio. Era algo que había aprendido. Era algo que había ganado.
Me puse de pie con alguna dificultad. Sentí algo de frío. Nada grave. Sabía que podía caminar, pero, eso sí, despacio, alargando las piernas, la derecha, la izquierda, sintiendo algunos calambres, la derecha, la izquierda, pero con la confianza que me daba haber recuperado la memoria y saber perfectamente dónde estaba mi casa. Llegaría hasta allí, subiría los cinco pisos despacio, sin agitarme, lavaría los pantalones con jabón y lejía, y luego me acostaría, tranquilo, con la conciencia de haber sobrevivido a una experiencia nueva que me había acercado un poquito más a la muerte. Me lo decía a mí mismo, sin tristeza ni cólera, con esa tranquilidad nueva: haber descubierto que podía perder la memoria y no encontrar mi casa y no saber quién era y perder todo un día tratando de recordar. Ahora sabía quién era y dónde estaba mi cuarto y mi bañito. Eché a caminar, sin apresurarme, tranquilo, como un hombre que ha salido a estirar las piernas y vuelve ya a su casa. “A mi casita”, pensé, con cariño. Y sentí que me corrían algunas lágrimas por la cara. (Repito que con los años me he vuelto muy llorón.)
La callecita de la puerta falsa del Teatro Real la conozco muy bien. Ya habían cerrado la mayoría de los restaurantes, pero quedaba uno abierto, con dos parejas sentadas en las mesitas de fuera y pagando la cuenta. Al pasar junto a ellas, caminando despacio, les di las buenas noches. Me respondieron en silencio, con movimientos de cabeza.
Temía caerme y por eso daba pasos muy cortos. Al llegar a la esquina, doblé a la derecha y menos de un minuto después estaba en la Plaza de Isabel II, bien iluminada todavía. Respiré tranquilo. Había allí el espectáculo acostumbrado: la cola de taxis, los choferes formando grupos y fumando o conversando, una parejita muy joven, sentada en una banca y acariciándose, los dos quioscos de periódicos cerrados y, en la desembocadura de la calle Arenal, que iba hacia la Puerta del Sol, un perrito solitario tratando de morderse la cola. A su izquierda tenía la calle que conducía a mi casa, bueno, a mi cuartito con su baño. Me repetí una vez más que subiría muy despacio las escaleras, sin agotarme, aunque fuera sentándome un rato en todos los descansos. Se llamaba la calle de la Flora. ¿Cómo había podido olvidarla? Caminaba por ella despacio, muy seguro de mí mismo, sintiendo que había hecho el ridículo todo el día buscando mi casa. Ella estaba ahí, al final de la calle. Había recobrado la confianza. Había pensado en muchas cosas. Y tenido mucho miedo, por supuesto.
Lo tuve otra vez, cuando llegué a la esquina donde la calle de la Flora se encuentra con la de Hileras y toca la minúscula Plaza de San Martín, que se convertirá luego en la Plaza de las Descalzas, y donde descubrí, palpándome los bolsillos, que tampoco tenía la llave que abre el gran portón del número uno, donde vivo. Sentí de nuevo el ramalazo del terror que había tenido todo el día. ¿Me pasaría el resto de la noche sentado aquí, en el suelo, esperando que apareciera alguien que viviera en este edificio? Sin embargo, tuve suerte. A solo diez o quince minutos de estar esperando, apareció un señor con bastón, que reconocí a medias. Se paró junto a la puerta y sacó una llave y la abrió.
Me acerqué a él y le dije: “Al fin llegó usted. He olvidado mi llave. ¿Me deja entrar?” El señor –era algo mayor– me miró con desconfianza. “Vivo aquí”, le aseguré. “En uno de los pisitos de la azotea. He estado todo el día caminando. Estoy muy cansado. Le ruego que me permita pasar.” El señor asintió y me abrió la puerta y se retiró para que yo entrara primero. Cuando estuve en el largo vestíbulo de adoquines, le agradecí de nuevo, efusivamente. El señor iba también a la izquierda, es decir, no a las oficinas de los contadores, que están a la derecha, sino a la puerta contraria. Estuvo muy amable. Abrió la puertecita del ascensor con otra llave y, con un gesto, me preguntó si subiría con él. Aproveché y subí. Nosotros, los de la azotea, no tenemos derecho a usar el ascensor. Eso sí que había sido una sorpresa. El señor vivía en el tercer piso y desde allí solo me quedan dos pisos para llegar a mi cuartito.
Subí aquellas gradas muy despacio, parándome unos segundos en cada escalón, animado por una alegría íntima, que, sin embargo, contenía los latidos de mi pecho; con el esfuerzo, se me había agitado mucho el corazón. Lo sentía en mi pecho crecido y latiendo de manera exagerada. Vagamente pasó por mi cabeza la idea de que podía quedarme muerto de un síncope antes de llegar a mi cuartito y a mi baño.
Subí el resto de los escalones en cámara lenta. Lentísima. Apoyaba un pie en el escalón de arriba y no podía creer que aquel esfuerzo de izarme al nuevo escalón me costara tanto. Cuando llegué a la azotea, respiré más tranquilo. Si aquí me daba un síncope, ya no me importaba. La gente, los vecinos me conocían, podrían dar parte a la policía, e incluso a Osorio, que había venido a buscarme algunas veces. Respiré más calmado y al llegar a la puerta de mi cuartito descubrí que ahí estaba, colgando de la puerta, la llave. Mejor dicho, el llavero, con la llave que abre el portón del edificio y la puertecita de mi cuarto. Había salido tan de prisa esa mañana que me olvidé de sacar esas llaves, pues las dejé colgadas donde estaban todavía. Tuve un instante de felicidad al sentir que aquella llave abría la puerta y que –por fin, por fin– entraba a mi cuartito.
Es muy pequeño y lo tengo lleno de libros y papeles. Pero muy limpio y ordenado, eso sí. Lo barro y arreglo todas las mañanas, antes de salir a tomar mi cafecito y platicar con Osorio. Tiendo siempre la cama y doy a lavar las sábanas todas las semanas; no la frazada, esta solo cada quince días. Lo mismo hago con mi bañito, con su ducha, lavador y retrete, que también esta mañana limpié, barrí y sacudí como lo hago todos los días, después de tomar una ducha en la que me jabono con cuidado, sobre todo el trasero, que, con los constantes vientos del día, tengo casi siempre sucio. Y esta noche, con todos los vientos que he soltado en el día, debía de estar más sucio que otras veces.
Por eso, apenas entré prendí la luz, comprobé con satisfacción que mi cuarto estaba limpio y ordenado; fui al baño muy despacio pues seguía agitado, me quité los zapatos y el pantalón. Fue una larga operación, pues seguía muy cansado y con mi corazón latiendo en mi pecho como desbocado.
Cuando descubrí que mi calzoncillo estaba lleno de caca, me embargó una gran tristeza. Había sentido los vientos, por supuesto, pero no que se me salía la mierda. Había desbordado el calzoncillo y manchado las piernas. Estaba convertido en el hombre-caca, del culo para abajo. Sentí mucho asco de mí mismo. Pero en vez de quedarme idiotizado, compadeciéndome de esa pequeña catástrofe, me saqué el calzoncillo, eché toda la caca que contenía en el retrete y jalé la cadena. Funcionaba muy bien y, una vez que la caca desapareció y el retrete estuvo otra vez limpiecito, solté la ducha y calculé que saliera el agua tibia y me bañé, limpiándome las piernas y el trasero con cuidado, hasta comprobar, una y diez veces, que tanto mi trasero como mis piernas quedaban impecables. Luego lavé en la ducha el calzoncillo con jabón y lejía hasta que quedó limpio también y lo colgué con un par de ganchitos en la barrita de la ducha para que se secara. Luego me sequé yo, cuidadosamente, sintiendo que me dormía, bostezando sin cesar.
Fui a mi cuarto y no me puse el pijama que tengo doblado bajo la almohada de mi cama. Estaba muy cansado pero contento de haberme duchado y limpiado mis piernas de toda esa mierda pestilente que las había ensuciado durante horas y horas sin que yo me diera cuenta.
Me sequé la cabeza con insistencia, pasando la toalla por mis pelos una y otra vez, recordando una vez más que mi abuelito, en la noche perdida del tiempo, solía decirme que no era bueno dormir con la cabeza mojada, porque me podía volver loco. Y el viejecito se llevaba un dedo a la sien y se reía, imitando a Napoleón, que al parecer perdió el juicio en Santa Elena. Es uno de los escasos recuerdos de mi niñez, de esa infancia que se me ha borrado, salvo recordar que fui feliz mientras no supe la horrible manera en que las señoras se quedan embarazadas y paren a los niños. Mientras creía que a estos se los encargaba a París y que los traían las cigüeñas, fui feliz. Creo que cuando supe la verdad ya nunca más fui feliz.
Por fin, me metí a la cama, me abrigué bien, me encogí y apagué la luz.
Casi al instante comenzó eso que llaman una taquicardia acelerada. Pero lo que me asustó no fue el corazón sino el sudor. No hacía calor, más bien fresco o frío –eran los finales del otoño, la época más bonita de Madrid–, y estaba empapado con la transpiración. Me limpié la cara con las manos y luego con el pañuelo y finalmente con la misma sábana; pero era inútil porque el sudor brotaba casi de inmediato y me volvía a mojar la frente, el cuello y ahora sentía que bajaba y me había tomado también el pecho, la espalda y hasta las piernas. ¿Qué tenía? Pensé inmediatamente en llamar a Osorio, pero me desanimó la idea de que era muy tarde y mi amigo solía acostarse muy temprano. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué estaba con taquicardia y sudando? Se reiría de mí. “Me olvidé de la dirección de mi casa y he estado todo el santo día buscándola, hasta hace un momento. He lavado mi calzoncillo que estaba lleno de mierda, me duché, me he acostado y ahora estoy con taquicardia y bañado de sudor.” Osorio me respondería con alguna broma: “¿Y me despiertas por esa tontería?”
En vez de llamarlo me acurruqué; traté de olvidarme del sudor, me encogí mucho, hasta tocar con mis rodillas mi mentón, y esperé que llegara el sueño. Pero, en vez de eso, los latidos de mi corazón aumentaron. Para poder respirar debía tener la boca abierta todo el tiempo. En la oscuridad del cuartito, pensé, asustado: “¿Me voy a morir?” Lo había pensado muchas veces, sobre todo en los últimos tiempos, cada vez que tenía un malestar. Pero ello siempre había pasado, sobre todo cuando me dormía. Ahora, mi corazón seguía latiendo como un bombo en el pecho y seguía con la boca abierta para poder respirar pues sentía que me faltaba el aire. Además, había comenzado a dolerme el pecho, el hombro y el brazo derecho. ¿Llamaría a Osorio? ¿Lo despertaría? Pensé que oiría su risita burlona: “¿Te estás muriendo, hermano?” Y me contuve.
Ahora no solo me dolía el pecho sino también el hombro y el brazo izquierdo y seguía sudando de la cabeza a los pies. Y me dolían mucho el pecho, el hombro, el cuello y hasta la espalda. Era un dolor múltiple, que interesaba los músculos, los huesos, las venas, los tendones. Y mi corazón seguía latiendo con mucha fuerza en el pecho. Sentía que me iba hundiendo en algo que no era el sueño, sino un desmayo. ¿Me iría a desmayar? Ahora sentía que temblaba todo mi cuerpo, de la cabeza a las plantas de los pies. Y tenía un mareo en el que me iba hundiendo como en un remolino. Bueno, tal vez era lo mejor. Que la muerte me sorprendiera en el sueño era una buena manera de morir. Osorio me llamaría en la mañana, según el acuerdo que teníamos, y al no obtener respuesta sabría que había muerto en el sueño y daría parte de inmediato, para que viniera la ambulancia. Los enfermeros constatarían que ya estaba muerto y llevarían mi cuerpo al columbario de Madrid. De inmediato, o, más bien, después de algún inevitable papeleo, lo incinerarían. Ya los gusanos habrían hecho presa de mi cadáver, pero el fuego los destruiría. Me dolía muchísimo el pecho. Sí, este no era un simple amago. Era el final. No estaba asustado, solo adolorido. Sentía que me iba hundiendo en algo viscoso y confuso, evidentemente no era el sueño sino los albores, la bienvenida de la muerte. No me consoló imaginar que dentro de pocos minutos (¿segundos?) sabría si existía Dios, si teníamos un alma que sobreviviera a la desaparición de esa energía corporal que tenía a mi corazón latiendo y a la sangre corriendo por mis venas, o si en el futuro solo habría silencio y olvido, una lenta descomposición del organismo, hasta que las lenguas del fuego extinguieran esa carne sucia y mojada que ya comenzaba a pudrirse cuando la quemaron. ~
Madrid, 15 de diciembre de 2020.
Ilustración: Nerea Pérez
01/10/2021:

Narrador

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