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lunes, 29 de junio de 2026

La historia sísmica es también la historia del Estado y sus capacidades en Venezuela

TERREMOTO EN VENEZUELA: CUATRO SIGLOS DE CIUDADES CAÍDAS, MIEDOS Y MEMORIA BAJO LA TIERRA

Luis Perozo Padua  

La tierra comenzó a hablar antes de que nadie pudiera entenderla. Primero fue un crujido remoto, como si una carreta inmensa avanzara bajo las calles.

Después vino el estremecimiento: las paredes se abrieron, las tejas cayeron como lluvia roja y el polvo cubrió altares, retratos, balcones, campanas y cuerpos.

Venezuela, que muchas veces se ha contado a sí misma desde las guerras, los caudillos y las revoluciones, también tiene otra historia menos visible: la de sus ciudades sorprendidas por el temblor, la de sus habitantes corriendo hacia las plazas, la de las iglesias convertidas en escombros, la de los sobrevivientes que aprendieron a mirar el suelo con respeto.

No hubo siglo tranquilo. Desde la colonia hasta la República petrolera, desde las casas de bahareque hasta los edificios de concreto armado, la tierra venezolana ha repetido una advertencia que atraviesa generaciones. En el norte del país, donde se concentra la mayor parte de la población, la placa del Caribe roza con la Sudamericana y esa tensión se traduce en fallas, sacudidas, grietas y memoria. Cerca del 80 por ciento de los venezolanos vive en zonas de amenaza sísmica.

Pero esa cifra, por sí sola, no cuenta la historia. La historia está en la mañana en que Caracas creyó desaparecer, en el día en que Cumaná quedó tendida frente al mar, en la tarde en que El Tocuyo perdió buena parte de su rostro colonial, en la noche caraqueña de 1967 cuando una canción navideña quedó mezclada para siempre con el ruido de un terremoto.

El día que Caracas corrió hacia las calles

El 11 de junio de 1641, entre las ocho y las nueve de la mañana, Caracas no era todavía la ciudad extensa y ruidosa que sería siglos después. Era una capital colonial pequeña, de calles estrechas, casas bajas, patios interiores, techos de teja y templos que organizaban la vida diaria. La jornada había comenzado con la rutina de siempre: oficios religiosos, tránsito de animales, voces en los corredores, puertas de madera que se abrían al calor de la mañana.

Entonces la tierra se movió.

El terremoto de San Bernabé fue uno de los primeros grandes avisos de la historia sísmica venezolana. La población salió despavorida. Nadie sabía a dónde ir. Las casas se bamboleaban, los edificios públicos cedían, los templos amenazaban ruina y el miedo se extendió como una segunda sacudida. En aquel mundo colonial, sin explicación científica ni mapas de fallas, el temblor fue leído como una señal sobrenatural. Se rezó en las calles. Se pidió perdón. Se esperó otro golpe del cielo.

Caracas quedó gravemente dañada. Muchos edificios importantes cayeron y otros quedaron tan afectados que durante largo tiempo inspiraron temor. La ciudad comenzó entonces una relación contradictoria con su propio suelo: lo necesitaba para crecer, pero lo sabía inestable; lo pisaba cada día, pero lo presentía capaz de abrirse.

Aquella mañana de 1641 dejó una lección temprana. La capital no estaba protegida por su condición de sede política ni por sus templos ni por sus santos. Bajo la aparente quietud de la provincia colonial se acumulaba una fuerza más antigua que cualquier autoridad humana.

Cumaná bajo el amanecer de 1766

Más de un siglo después, el 21 de octubre de 1766, el país sufrió el que ha sido considerado el mayor terremoto de su historia sísmica. Ocurrió al amanecer, cuando la luz apenas comenzaba a levantar los contornos de las ciudades. El movimiento alcanzó una magnitud estimada de 7,9 y se sintió desde Maracaibo hasta los actuales estados Sucre y Nueva Esparta.

La tragedia tuvo su rostro más severo en Cumaná.

La ciudad oriental, antigua, marítima, expuesta al sol y al salitre, quedó prácticamente destruida. Las casas se desplomaron, los templos cedieron y las calles desaparecieron bajo una nube espesa de cal, tierra y madera rota. Desde el golfo de Cariaco hasta las poblaciones cercanas, el miedo viajó más rápido que las noticias. Los habitantes no tenían cifras ni escalas para medir la catástrofe; solo podían contar ruinas, ausencias, grietas y campanas mudas.

En Caracas también hubo estragos. La Catedral, San Pablo, San Lázaro y otros templos sufrieron daños severos. El terremoto no respetó distancias ni jerarquías: estremeció pueblos, ciudades, iglesias y haciendas. No se conoce con precisión el número de muertos. En el siglo XVIII, las cuentas oficiales llegaban tarde, incompletas o no llegaban nunca. Muchas víctimas quedaron sin nombre en los registros, pero no sin lugar en la memoria.

El terremoto de 1766 confirmó que Venezuela era un territorio sísmico antes de que el país tuviera conciencia moderna de esa condición. Las autoridades coloniales podían ordenar reparaciones, levantar informes y reconstruir templos, pero no podían evitar que el subsuelo continuara acumulando tensión.

El Jueves Santo que sacudió la República

El 26 de marzo de 1812, Venezuela estaba partida por la guerra. Apenas un año antes se había declarado la Independencia y la Primera República trataba de sostenerse en medio de conspiraciones, campañas militares, conflictos internos y una población profundamente dividida entre patriotas y realistas. Era Jueves Santo. Las iglesias estaban llenas. En Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras poblaciones, la liturgia reunía a miles de fieles.

A esa hora, la tierra intervino en la historia política.

El terremoto de 1812 no fue únicamente un desastre natural. Fue también un golpe moral contra la causa republicana. Su magnitud ha sido estimada entre 7,7 y 8,0. En algunos lugares se habla de dos movimientos sísmicos que devastaron una parte importante del territorio. Caracas perdió miles de habitantes. La Guaira quedó herida. Mérida sufrió una mortandad considerable. Barquisimeto, Santa Rosa y San Felipe quedaron entre las poblaciones más castigadas.

Los muertos se contaron por millares. Algunas estimaciones hablan de 10 mil fallecidos en Caracas, 3 mil en La Guaira, 5 mil en Mérida, entre 4 mil y 5 mil en Barquisimeto y 3 mil en San Felipe. En total, varios historiadores han ubicado la cifra nacional alrededor de 20 mil o incluso 26 mil víctimas. No todos los cuerpos pudieron ser rescatados. Muchos cadáveres, atrapados bajo escombros y expuestos al calor, fueron quemados en montones para contener la descomposición y el riesgo sanitario.

En medio de aquella devastación, algunos religiosos difundieron la idea de que el terremoto era un castigo divino contra la sublevación patriota. La interpretación cayó sobre una población aterrorizada y profundamente creyente. Los realistas encontraron en la tragedia un argumento político: Dios, decían, había castigado la rebelión contra Fernando VII.

La República, debilitada por las armas, sufrió también el golpe del miedo.

En esa escena de ruinas se ubica una de las frases más conocidas atribuidas a Simón Bolívar. Ante la naturaleza desatada, habría dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Más allá de las discusiones sobre el contexto exacto de la expresión, la frase sobrevivió porque condensó una voluntad: no rendirse ni ante la guerra ni ante la catástrofe.

Pero lejos de los grandes nombres de la Independencia, el terremoto también tuvo una geografía íntima. En Cabudare, según investigaciones del cronista Taylor Rodríguez García, la tradición oral exageró durante años la destrucción del poblado. Para 1812 no existía allí un casco urbano consolidado, sino apenas viviendas rurales dispersas. La única edificación demolida por el sismo habría sido el oratorio de Santa Bárbara, situado en la hacienda del mismo nombre, propiedad de Juan José Alvarado de la Parra, alférez real del Cabildo de Barquisimeto.

Aquel oratorio tenía su propia historia. En 1793, Alvarado de la Parra había solicitado permiso para levantar una capilla pública en Cabudare, donde poseía haciendas de trapiche, cacao y añil. La licencia eclesiástica fue concedida, pero la construcción se demoró. En 1797 pidió nuevamente autorización, esta vez al obispo fray Juan Antonio de la Virgen María Viana, y comenzó la fabricación del templo. La capilla sirvió de consuelo espiritual a los habitantes de la zona hasta que el terremoto la derribó.

En su testamento, Alvarado de la Parra pidió que se rescataran los objetos sagrados, se removieran las ruinas y se reconstruyera la casa de oración manteniendo, en lo posible, la arquitectura anterior. También expresó su voluntad de ser sepultado allí. Murió en 1819, cuando la obra no estaba concluida. Así, el terremoto de 1812 no solo dejó muertos y ciudades destruidas; también interrumpió proyectos, devociones familiares, capillas rurales y pequeñas historias que rara vez entran en los manuales.

San Narciso y el presidente que saltó del balcón

La madrugada del 29 de octubre de 1900, Caracas volvió a despertar con violencia. El terremoto de San Narciso sorprendió a la ciudad cuando aún no clareaba el día. La magnitud se ha estimado entre 7,6 y 8,0. El movimiento afectó principalmente el noreste del estado Miranda, Caracas y poblaciones como Macuto, Caraballeda, Naiguatá, Carenero, Higuerote, Guatire y Guarenas.

La capital, que ya no era la villa colonial de 1641 ni la ciudad republicana de 1812, seguía siendo vulnerable. La Universidad Central, la Santa Capilla, las iglesias de San José, La Pastora, Las Mercedes, La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía sufrieron daños de consideración. También resultaron afectados edificios públicos y numerosas viviendas particulares. En Caracas se reportaron casas caídas, muertos y heridos. Algunas fuentes hablan de al menos 56 fallecidos en el área impactada; otras crónicas registran 21 muertos y más de 50 heridos en la capital.

El episodio dejó, además, una imagen que la memoria popular conservó con una mezcla de tragedia y sarcasmo político. Cipriano Castro, entonces presidente de Venezuela, fue sorprendido por el terremoto en la Casa Amarilla. Presa del pánico, saltó desde uno de los balcones y se fracturó un pie o una pierna, según las distintas versiones repetidas por la tradición.

La escena tiene algo de retrato nacional: el poder, que suele presentarse firme sobre los balcones, descubierto de pronto como un cuerpo vulnerable frente a la tierra. En un instante, el mandatario y el ciudadano común compartieron la misma intemperie. No había uniforme, cargo ni escolta capaz de detener el movimiento.

El terremoto de San Narciso ocurrió en un país que acababa de entrar al siglo XX con tensiones políticas, caudillos armados y una institucionalidad frágil. La sacudida no cambió por sí sola el curso del poder, pero recordó que la precariedad no estaba únicamente en la vida pública. También estaba en las paredes, en los templos, en las calles y en la forma en que las ciudades habían sido levantadas.

Cumaná volvió a caer frente al mar

El 17 de enero de 1929, Cumaná recibió otro golpe histórico. La ciudad que ya había sido arrasada en 1766 volvió a estremecerse bajo un terremoto de magnitud cercana a 7,0, con epicentro en el golfo de Cariaco. Esta vez la tragedia tuvo un ingrediente adicional: el mar.

El movimiento destruyó buena parte de la ciudad y generó un tsunami con olas estimadas entre cuatro y cinco metros. Para una población costera, acostumbrada a mirar el horizonte como promesa de pesca, comercio y viaje, el mar se convirtió en amenaza. El agua avanzó con violencia sobre una ciudad ya herida por el temblor.

El saldo fue devastador: aproximadamente 1.600 muertos, según recuentos históricos. Las casas colapsaron, los muelles quedaron afectados, las calles se llenaron de escombros y la ciudad antigua volvió a ver interrumpida su continuidad. Cumaná, una de las poblaciones más viejas del continente, parecía condenada a reconstruirse una y otra vez sobre los rastros de sus propias ruinas.

En 1929 gobernaba Juan Vicente Gómez. El país vivía bajo una dictadura férrea, centralizada, con una modernización desigual impulsada por el petróleo y controlada por el poder militar. Las noticias sobre los desastres circulaban con limitaciones, filtradas por la estructura política del momento. Pero ningún control informativo podía ocultar la magnitud de lo ocurrido en Cumaná. Había muertos, damnificados, edificios destruidos y una ciudad nuevamente obligada a empezar.

El terremoto y el tsunami de 1929 forman parte de los episodios más trágicos de la historia venezolana. También muestran que la amenaza sísmica del país no se limita al movimiento de la tierra. En las zonas costeras, la sacudida puede despertar al mar.

El Tocuyo, la ciudad demolida dos veces

El 3 de agosto de 1950, la historia sísmica venezolana entró con violencia en el estado Lara. El Tocuyo, llamada con frecuencia la Ciudad Madre de Venezuela, sufrió un terremoto que partió su historia en dos.

Era una población de profunda tradición colonial, con templos, casas antiguas y una identidad urbana formada durante cuatro siglos. Sus habitantes vivían entre calles cargadas de memoria, fachadas de otro tiempo y una religiosidad visible en la presencia de sus siete templos. Aquel día, la tierra hizo un sonido que algunos sobrevivientes compararían después con “una manada de toros bravos”.

El sismo tuvo una magnitud estimada de 6,3 y duró aproximadamente 35 segundos. Bastó menos de un minuto para afectar el 93 por ciento de las viviendas. De las casas restantes, apenas una pequeña parte quedó en condiciones de ser habilitada. Los siete templos, símbolos religiosos y arquitectónicos de la ciudad, se derrumbaron o quedaron gravemente comprometidos. El saldo humano fue de 17 muertos y 80 heridos.

Pero la tragedia de El Tocuyo no terminó cuando dejó de temblar.

Según testimonios y estudios posteriores, entre ellos los del geólogo tocuyano Lermit Figueira Anzola, la ciudad no fue destruida únicamente por el terremoto. La segunda demolición vino después, de la mano del hombre. Tractores y cuadrillas terminaron de derribar lo que aún permanecía en pie, incluyendo importantes testimonios arquitectónicos coloniales. Lo que pudo ser restaurado o preservado fue, en muchos casos, arrasado bajo la lógica de la reconstrucción.

El Tocuyo perdió entonces no solo casas y templos. Perdió continuidad visual, memoria edificada, vínculos materiales con su pasado. En nombre de la seguridad y de la modernización, desaparecieron muros que habían sobrevivido a generaciones. El terremoto abrió las grietas; la mano humana las convirtió en vacío.

Para Lara, aquel desastre fue una herida territorial. No se trataba de una población cualquiera. El Tocuyo había sido centro fundador, referencia histórica, ciudad de arraigo. Después de 1950, sus habitantes no solo tuvieron que reconstruir viviendas. Tuvieron que aprender a reconocerse en una ciudad distinta.

La crónica del terremoto tocuyano es, por eso, una de las más dolorosas de la historia sísmica venezolana: enseña que una ciudad puede morir por la naturaleza y volver a morir por las decisiones que se toman después.

Caracas, 1967: la noche en que se quebró la modernidad

Pasadas las ocho de la noche del 29 de julio de 1967, Caracas vivía una de esas jornadas urbanas propias de la Venezuela moderna. La ciudad crecía hacia el este, levantaba torres, multiplicaba urbanizaciones y celebraba una idea de progreso asociada al concreto, al automóvil, a las avenidas y a los edificios altos. Altamira, Los Palos Grandes y otras zonas del este representaban una capital que se miraba a sí misma como moderna, ascendente, segura.

Entonces tembló.

El terremoto tuvo una magnitud estimada entre 6,5 y 6,7. Su epicentro se ubicó a unos 20 kilómetros de Caracas. Duró entre 35 y 55 segundos, según distintos registros. No fue el mayor terremoto de la historia venezolana, pero sí uno de los más impactantes por su carácter urbano y por la forma en que golpeó a una capital que creía haber dejado atrás la fragilidad colonial.

Varios edificios colapsaron. Otros quedaron inhabitables. Las cifras oficiales registraron 236 muertos y cerca de 2.000 heridos. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Seis edificios resultaron destruidos, 40 fueron declarados no habitables y 180 sufrieron daños graves. Las pérdidas materiales superaron los 10 millones de dólares.

La tragedia reveló fallas de diseño, construcción y supervisión. El concreto, símbolo de modernidad, también podía ser mortal si no respetaba las exigencias sísmicas. La ciudad aprendió a mirar sus edificios con sospecha. Los ascensores, las escaleras, las columnas y los estacionamientos dejaron de ser elementos neutros. Se convirtieron en preguntas.

En aquella noche hubo gritos, carreras, polvo, vidrios rotos, llamadas desesperadas y familias que bajaron a la calle sin saber si podrían volver a sus apartamentos. Pero también quedó un documento sonoro extraordinario. En los estudios Sonomatrix se realizaba un playback con la canción “Mi Navidad”, del coro Armonía Navideña. Como las voces infantiles ya habían sido grabadas antes, en el estudio solo estaban el organista y los técnicos encargados de efectos especiales. Cuando comenzó el terremoto, el ruido de la sacudida quedó mezclado con la música.

Por eso en la cinta no se escuchan gritos de niños. Se escucha algo más inquietante: la irrupción de la tierra dentro de una canción. La Navidad, asociada a infancia, hogar y celebración, quedó atravesada por el estruendo de un desastre. Es uno de los registros más singulares de la memoria venezolana: un terremoto entrando, sin permiso, en una grabación.

La Caracas de 1967 no volvió a ser la misma. El sismo impulsó nuevas reflexiones sobre normas de construcción, vulnerabilidad urbana y preparación ciudadana. También dejó una marca emocional en quienes lo vivieron. Durante años, muchos caraqueños recordaron exactamente dónde estaban cuando comenzó el movimiento: en la mesa, en el cine, en una fiesta, en un ascensor, en la sala de un apartamento o frente a un televisor que de pronto dejó de importar.

La modernidad se había quebrado en menos de un minuto.

Cariaco, 1997: la escuela bajo los escombros

El 9 de julio de 1997, a las 3:23 de la tarde, el estado Sucre volvió a ocupar el centro de la tragedia sísmica venezolana. Un terremoto de magnitud cercana a 6,9 o 7,0 sacudió con fuerza la zona de Cariaco y Cumaná. El movimiento ocurrió en horas de la tarde, cuando la vida cotidiana estaba en pleno desarrollo: comercios abiertos, estudiantes en actividades, familias en sus casas, calles bajo el calor oriental.

Cariaco fue el nombre que quedó unido al desastre.

El sismo causó más de 70 muertes y graves daños en infraestructura. Entre las imágenes más dolorosas estuvieron las de edificaciones escolares afectadas, con niños y jóvenes entre las víctimas. La tragedia golpeó una fibra especialmente sensible: la infancia sorprendida por el colapso, la escuela convertida en lugar de duelo, los padres buscando respuestas entre concreto y polvo.

El terremoto de Cariaco ocurrió en una Venezuela que ya contaba con instituciones sismológicas, registros técnicos, medios de comunicación de alcance nacional y una ciudadanía más consciente de la amenaza. Pero nada de eso eliminó el dolor esencial del desastre. La ciencia podía explicar el movimiento; no podía consolar a una madre ante una lista de fallecidos.

Cariaco recordó que la vulnerabilidad no depende solo de la magnitud de un sismo. Depende también de dónde ocurre, a qué hora, sobre qué edificaciones y en medio de qué condiciones sociales. Un movimiento menor que otros grandes terremotos históricos puede convertirse en tragedia si encuentra estructuras frágiles y comunidades expuestas.

Desde entonces, el nombre de Cariaco quedó inscrito en la memoria venezolana junto al de Cumaná, Caracas, El Tocuyo y Barquisimeto. Cada ciudad herida agregó una página a ese archivo subterráneo que el país revisa cada vez que vuelve a temblar.

Carabobo, 2009: el susto sin luto nacional

El 12 de septiembre de 2009, un sismo de magnitud 6,4 ocurrió frente a las costas del estado Carabobo. Se sintió en buena parte del centro norte del país, incluyendo Carabobo, Aragua y Caracas. No dejó víctimas mortales, pero sí daños en edificaciones y al menos 16 lesionados.

A diferencia de otros episodios, el terremoto de Carabobo no pasó a la historia como una gran tragedia nacional. Fue más bien un recordatorio. Una sacudida capaz de interrumpir la rutina, sacar a la gente de edificios y viviendas, activar el miedo colectivo y poner nuevamente sobre la mesa la pregunta de siempre: ¿estamos preparados?

El país ya conocía suficientes antecedentes para no tomarlo a la ligera. San Bernabé, 1766, 1812, San Narciso, Cumaná, El Tocuyo, Caracas y Cariaco componían una larga advertencia. Sin embargo, la memoria de los terremotos suele debilitarse con el tiempo. Cuando pasan años sin una gran tragedia, las ciudades vuelven a confiarse. Se construye, se remodela, se improvisa, se olvida.

El sismo de 2009 no produjo luto masivo, pero sí cumplió una función incómoda: recordó que la amenaza seguía allí, activa, silenciosa, acumulando energía frente a las costas y bajo las montañas.

2018: la Torre de David inclinada sobre la memoria

El 21 de agosto de 2018, Venezuela sintió uno de los sismos más fuertes del siglo XXI. La magnitud fue reportada en 7,3 por algunas fuentes, aunque otros registros la ubicaron en 6,9. El movimiento se produjo en horas de la tarde y fue sentido en buena parte del país y del Caribe.

No dejó fallecidos ni una destrucción comparable con los grandes terremotos históricos. Pero sí produjo una imagen poderosa: los últimos pisos del Centro Financiero Confinanzas, conocido popularmente como la Torre de David, quedaron visiblemente inclinados.

La imagen tuvo una carga simbólica difícil de ignorar. La Torre de David, rascacielos inconcluso y abandonado, ya era para entonces una metáfora de la crisis urbana venezolana: ambición financiera, obra paralizada, ocupación informal, abandono, ruina vertical. El terremoto no la derribó, pero inclinó su parte superior como si subrayara físicamente una fragilidad que el país ya conocía.

El ministro de Interior, Justicia y Paz, Néstor Reverol, informó entonces que no se habían reportado daños mayores ni hechos que lamentar. Hubo réplicas, alarma ciudadana y una intensa circulación de imágenes por redes sociales. A diferencia de 1812 o 1900, el miedo ya no viajaba solo por rumores o cartas: viajaba por videos, mensajes de WhatsApp, transmisiones en vivo y fotografías tomadas segundos después del sacudón.

El terremoto de 2018 mostró otra dimensión de la memoria sísmica contemporánea. La gente ya no solo corre a la calle; también graba, comparte, compara magnitudes, busca reportes oficiales, revisa mapas y espera réplicas mirando el teléfono. La tecnología cambió la forma de narrar el miedo, pero no el miedo mismo.

2026: el país vuelve a mirar hacia abajo

El 24 de junio de 2026, un nuevo terremoto reavivó en Venezuela la pregunta por su historia sísmica. El movimiento, reportado con magnitud 7,1 y ubicado en el municipio Montalbán, estado Carabobo, con réplica de 7.5, llevó a miles de usuarios en redes sociales a preguntarse cuáles habían sido los terremotos más potentes y devastadores del país.

El dato técnico importaba, desde luego. Pero lo que se activó ese día fue algo más profundo: la memoria.

Y mientras los organismos venezolanos continúan el levantamiento de información en las zonas afectadas, las primeras estimaciones internacionales reflejan la incertidumbre propia de las horas posteriores al desastre. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), mediante sus modelos automáticos de evaluación de impacto, proyecta un escenario potencial de entre 10.000 y 100.000 víctimas mortales como consecuencia de los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. De acuerdo con ese análisis preliminar, existe un 42 % de probabilidad de que el número de fallecidos se ubique dentro de ese rango, un 33 % de que oscile entre 1.000 y 10.000, y un 17 % de que supere las 100.000 personas.

Sin embargo, estas proyecciones corresponden a cálculos probabilísticos elaborados en tiempo real y no a un balance oficial de víctimas. De hecho, las autoridades venezolanas informan un registro preliminar de 164 fallecidos y alrededor de un millar de heridos, cifras que continúan en aumento y permanecen sujetas a revisión conforme avanzan las labores de búsqueda, rescate y verificación en las áreas más golpeadas.

Cada gran sacudida despierta las anteriores. Cuando tiembla en Carabobo, vuelve Caracas 1967. Cuando se menciona Sucre, aparecen Cumaná y Cariaco. Cuando Lara siente el movimiento, regresan Barquisimeto, Santa Rosa, Cabudare y El Tocuyo. Los terremotos no son episodios aislados en la conciencia colectiva venezolana; forman una cadena de recuerdos que se enciende cada vez que el suelo pierde estabilidad.

Los científicos han explicado que estos eventos se relacionan con el choque y desplazamiento relativo entre la placa Sudamericana y la del Caribe. Pero para la población, la experiencia inmediata sigue siendo corporal: la lámpara que se mueve, el piso que ondula, el perro que ladra antes de tiempo, el ruido de vidrios, el mareo, la puerta que no abre, el vecino que grita desde el pasillo, la madre que toma a sus hijos y baja las escaleras sin mirar atrás.

Los terremotos devuelven al ser humano a una verdad elemental: toda ciudad, por sólida que parezca, depende de un suelo que no controla.

La memoria debajo de las ciudades

Venezuela ha reconstruido muchas veces sobre sus propios escombros. Caracas lo hizo después de 1641, 1812, 1900 y 1967. Cumaná después de 1766 y 1929. El Tocuyo después de 1950. Cariaco después de 1997. Cada reconstrucción dejó decisiones, aciertos, pérdidas y olvidos.

En algunos casos, la tragedia impulsó aprendizajes. En otros, la urgencia borró patrimonios. A veces se levantaron mejores edificaciones. Otras veces se repitieron vulnerabilidades. La historia sísmica del país demuestra que el desastre natural nunca es completamente natural: la magnitud del daño depende de la calidad de las construcciones, de la planificación urbana, de la memoria institucional, de la educación ciudadana y de la capacidad de actuar antes de que vuelva a temblar.

Los terremotos son breves. Sus consecuencias, no.

Un movimiento puede durar 35 segundos y alterar una ciudad durante décadas. Puede derribar un templo, pero también cambiar una legislación. Puede destruir una escuela, pero también despertar nuevas exigencias de seguridad. Puede inclinar una torre abandonada y convertirla en símbolo. Puede borrar un casco colonial y dejar una pregunta ética sobre cómo reconstruir sin destruir lo que queda.

En Venezuela, la tierra ha sido cronista severa. No escribe con tinta, sino con grietas. No firma documentos, pero deja marcas en fachadas, cementerios, archivos parroquiales, fotografías de damnificados, relatos familiares y silencios que pasan de una generación a otra.

Quizás por eso cada terremoto conmueve tanto al país. Porque no solo mueve el suelo: remueve la memoria.

Cuando la lámpara oscila y las paredes crujen, Venezuela entera recuerda que bajo sus ciudades hay una fuerza antigua, paciente, invisible. Recuerda a los muertos sin nombre de 1766, a los fieles atrapados en los templos de 1812, al presidente que saltó desde la Casa Amarilla, a Cumaná frente al tsunami, a El Tocuyo demolido dos veces, a la Caracas moderna quebrada en 1967, a los niños de Cariaco, a la Torre de David inclinada sobre el horizonte.

Y cuando todo pasa, cuando vuelve el silencio y el polvo comienza a asentarse, queda siempre la misma imagen: un país que mira hacia abajo, respira hondo y entiende que la tierra, de vez en cuando, también exige ser escuchada.

28/06/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionhistoria/44573-terremoto-en-venezuela-cuatro-siglos-de-ciudades-caidas-miedo-y-memoria-bajo-la-tierra

jueves, 24 de julio de 2025

Breve crónica de la Venezuela Saudita

EL JEQUE QUE BAILABA SALSA Y FIRMABA CHEQUES SIN FONDO

Luis Perozo Padua 

En julio de 1982, la habitación 5003 del Hotel Tamanaco, una “Junior Suite” de 420 bolívares por noche, fue testigo silencioso de una de las estafas más extravagantes de la historia venezolana.

Durante los primeros cinco días, el huésped —alto, moreno, elegante y con voz grave— caminaba solo por los pasillos. Hablaba un inglés fluido con cierto acento latino, cargaba fajos de billetes en bolívares y dólares, y sonreía con naturalidad a todo el que lo saludaba. Se hacía llamar Alá Al Fadelli Al Tamini.

Pronto llegaron dos amigos rubios desde Boston, uno de ellos de apellido Fortuchi, invitados por el mismo jeque a través de Pan Am. Se hospedaron en la habitación contigua.

Fue uno de ellos quien, en voz baja, con aire de importancia, reveló en la recepción: —Es un jeque de los Emiratos Árabes Unidos. Tiene muchos contactos en Venezuela. Quiere invertir en grande.

El rumor encendió las pasiones. Caracas, ciudad propensa a la exageración, comenzó a ver en ese huésped un mesías financiero. En pocos días, joyeros, banqueros, políticos e inversionistas lo buscaban.

Querían invitarlo a sus clubes, a sus fincas, a sus mesas. Lo llevaron a Canaima, Guayana, Mérida y Valencia. Los fines de semana viajaba a Aruba. Vestía con distinción. Lucía túnicas de lino, trajes hechos a la medida y un reloj Cartier de oro, brillante como una promesa.

Según se decía, el jeque había venido con intenciones grandiosas: invertir millones en la banca venezolana, adquirir participación en el negocio petrolero y apostar por empresas de minería nacional. Su llegada despertó expectativas en los círculos financieros, que lo recibieron como a un magnate dispuesto a transformar sectores clave de la economía.

Llegó a Caracas como invitado del empresario Juan Manuel Mezquita, dueño de explotaciones auríferas en la región de Guayana. Ambos se habían conocido poco tiempo antes en Curazao, donde el magnate venezolano quedó cautivado por el encanto y la supuesta opulencia del visitante árabe.

Para deslumbrar a sus incautos anfitriones, el supuesto jeque comenzó a obsequiar pequeñas pepitas de oro a empresarios venezolanos como prueba tangible de su fortuna. Sin embargo, esas mismas piezas doradas no eran otra cosa que las que él mismo había recibido de Mezquita durante su paso por Curazao. El oro no provenía de sus míticas minas en Arabia, sino del engaño hábilmente tramado.

Joyas, Rolex y cheques de viajero

En la joyería del Hotel Tamanaco el jeque se interesó por una gargantilla de zafiros valorada en 100 mil bolívares. Abrió su maletín. Comenzó a sacar billetes de 100 dólares en fajos gruesos.

—Es para una amiga venezolana —dijo. Luego, pausadamente, cambió de opinión. —No. Mejor pago con cheque. Era un gesto repetido, casi un ritual. Entregaba los cheques con la misma solemnidad con la que un príncipe firmaría un decreto. En su rostro, serenidad. En sus ojos, estrategia.

Samuel Milgran, dueño de la Orfebrería Milán, también cayó en la trampa. Le vendió relojes Rolex y joyas por 96.000 dólares, pagados con un cheque de gerencia falso contra el National City Bank.

El sastre de presidentes también cayó

Una tarde llegó a la boutique de Álvaro Clement, el reputado sastre de presidentes y embajadores. Iba acompañado de un conocido hombre de negocios caraqueño.

Estrechó la mano de Clement y, en inglés refinado, le expresó:

—Quiero varios trajes. Pronto ofreceré una cena en la Suite Presidencial. Se probó varias piezas, encargó siete trajes adicionales y entregó un cheque por 40.000 bolívares. Clement, aunque intrigado, no quiso perder el negocio.

—Hay algo que no me gusta de este sujeto —diría después. Recién había llegado de Europa y en España, precisamente había oído hablar de un falso jeque buscado por la Interpol.

Pese a su sospecha, entregó dos trajes valorados en 6.000 bolívares. Al día siguiente recibió una elegante invitación: “Fiesta del jeque Alá Fadelli Tamini”. Y asistió.

Una noche de alfombra roja

Fue él mismo quien organizó aquella fiesta memorable en la Suite Presidencial del Hotel Tamanaco, un escenario de lujo que ayudaba a reforzar su leyenda de magnate árabe. Todo estaba calculado: el derroche, la música, el escándalo. Cada detalle formaba parte del montaje cuidadosamente orquestado para impresionar y engañar.

Aquel salón fue decorado como un palacio de Las Mil y Una Noches. El menú, preparado por el restaurante El Rincón del Medio Oriente, costó 15.000 bolívares. Champaña francesa, cordero especiado, dátiles, pan árabe y dulces. El conjunto de Carlos Pinto puso la música. Todo era esplendor.

El jeque, en traje Clement, se quitó la túnica y salió a bailar salsa con una hermosa y atractiva joven de cabello castaño.

No tardó en robarse las miradas: bailaba con una destreza inesperada, combinando pasos modernos con un ritmo contagioso que desmentía cualquier cliché sobre la rigidez oriental.

Sorprendía también su afición por el whisky, que consumía en cantidades generosas, un rasgo poco común —y casi herético— para alguien que decía provenir de la península arábiga.

—Qué sencillo Su Majestad… hasta salsa baila —le susurró ella. Él sonrió, galante.

Recibía a cada invitado con una reverencia solemne y una sonrisa medida, pronunciando en un español impecable: '¡Alá te proteja y el emir te colme de riquezas!' La frase, repetida como un mantra oriental, añadía un aire de autenticidad a su personaje de noble del desierto, y dejaba a muchos convencidos de estar ante un verdadero príncipe del petróleo.

En la madrugada del 26 de agosto de 1982, tras una noche de lujo y excesos, Alá Al Fadelli Al Tamini se despidió con cortesía de sus invitados y se retiró a sus aposentos en la suite presidencial. Poco después, el personal del Hotel Tamanaco descubría la otra cara del espectáculo: una cuenta por 27.000 bolívares —la mitad de los gastos de la fastuosa velada— había sido cancelada con un cheque del Banco del Caribe. También sin fondos. El telón comenzaba a caer.

Cuentas, papeles y un jet sin alas

El comisario Efraín Prato Castillo, jefe de la División Criminal de la PTJ, informó que el jeque abrió cuentas en City Bank y Banco del Caribe por 300.000 bolívares cada una. Todo parte del montaje.

Entre sus pertenencias se halló un documento de inversión firmado por dos empresarios venezolanos: un compromiso por 76 millones de bolívares para levantar un centro comercial de lujo. Incluso compró un jet al diputado Rafael Tudela. El motor no encendió. El cheque tampoco.

Lo más llamativo era el método: usaba cheques de viajero, aprovechándose de la lentitud del sistema bancario nacional. Para cuando el cheque era verificado, ya había cambiado de habitación… o de ciudad.

Un harén criollo

Al glamur financiero se sumaba el sentimental. Se le veía rodeado de bellas jóvenes venezolanas. A cada una le prometía viajes, regalos, joyas, cenas exclusivas y protección eterna. Algunas creyeron haber sido cortejadas por un príncipe verdadero.

Las revistas de la época, entre discretas y divertidas, hablaban del “harén criollo del Tamanaco”. Un jeque, decían, que no solo invertía… también enamoraba.

El silencio de la vergüenza

Se estima que el impostor estafó más de 20 millones de dólares en bienes, servicios, promesas y documentos. Sin embargo, nadie lo denunció. Ni los banqueros, ni los modistas, ni los joyeros. La vergüenza pudo más que el escándalo. La PTJ y su director Fermín Mármol León investigaron en secreto. Sin éxito.

La ciudad no olvidó. En los meses siguientes, en tiendas, vitrinas y restaurantes aparecieron letreros improvisados: “NO SE ACEPTAN CHEQUES, NI JEQUES”. Era el escarnio hecho cartel.

La televisión no perdonó

Ese mismo año, RCTV produjo la película El jeque sin fondos, escrita por Ibsen Martínez, dirigida por Luis Alberto Lamata y producida por Esteban Trapiello. Fue transmitida en horario estelar.

Carlos Olivier interpretó al jeque. Lo acompañaron Julie Restifo, Chelo Rodríguez, Carlos Márquez y Amalia Pérez Díaz.

El guion era comedia, pero el trasfondo era trágico: Venezuela había sido burlada en su corazón más frágil: el deseo de grandeza.

La verdad detrás del turbante

En febrero de 1984, la Interpol logró su captura. Fue identificado como Paulino Cipriano Nieto, nacido en Ámsterdam en marzo de 1952, hijo de padres segovianos, nacionalidad belga. Usaba pasaportes diplomáticos falsos, como el del supuesto embajador “Said Ben Zayl Al Nihayyan”.

Había estafado bancos y comerciantes de arte en Bélgica, Holanda y España, y robado piezas de museos y estudios de televisión flamencos. Viajaba en un Rolls-Royce con matrícula holandesa, acompañado por un asistente disfrazado. Hablaba cinco idiomas y tenía carisma.

Fue detenido en Madrid el 13 de febrero de 1984. España no le imputó delitos, y fue extraditado a Países Bajos, donde lo esperaba una larga lista de cargos.

Una nota como despedida

Cuando el personal del Tamanaco subió al día siguiente a la suite presidencial, el jeque ya no estaba. No había maletas, ni trajes de lino, ni pasaportes de bordes dorados. Solo quedaba el eco del escándalo y una hoja sobre el escritorio, escrita con pulso sereno:

“Dígales a mis amigos… que pronto volveré.”

Nunca más lo vieron.

20/07/2025:

https://www.opinionynoticias.com/opinionhistoria/43220-el-jeque-que-bailaba-salsa-y-firmaba-cheques-sin-fondo

jueves, 17 de abril de 2025

Gomecidio

 

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EL COMPLOT AÉREO CONTRA JUAN VICENTE GÓMEZ: TERRORISMO ANTES DEL TERRORISMO

Luis Alberto Perozo Padua

Una investigación de los historiadores Alfredo Schael y Fabián Capecchi, incluida en el tomo II de Sobrevuelo 1785-2021 (Rivero Blanco Editores, Caracas, 2021), revela el plan de un grupo de jóvenes comunistas venezolanos que, en 1931, intentaron perpetrar el primer atentado terrorista aéreo del mundo

Caracas, 1931. En los pasillos sombríos de la Universidad Central y los cafés discretos del centro de la capital, corre un rumor que hiela la sangre. Un grupo de estudiantes, con simpatías comunistas y formación clandestina, estaría planeando nada menos que el asesinato del presidente Juan Vicente Gómez. Pero esta vez no se trata de una emboscada ni de un atentado con arma blanca: se trata de bombardear su residencia desde el cielo.

El vehículo del crimen sería un avión Latécoere 28, perteneciente a la Compagnie Aéropostale Francesa, utilizado para vuelos regulares entre Maracaibo y Maracay. El objetivo: lanzar explosivos sobre la casa presidencial. El plan, de haberse concretado, habría convertido a Venezuela en la pionera mundial del terrorismo aéreo… dos años antes del ataque al Boeing 247 de United Airlines en Estados Unidos.

Un ataque sin precedentes

La historia permaneció oculta por casi un siglo, hasta que los historiadores venezolanos Alfredo Schael y Fabián Capecchi, en su monumental obra Sobrevuelo 1785-2021, reveló el operativo con detalles inéditos. El hallazgo figura en el Tomo II, editado por Rivero Blanco Editores en Caracas, año 2021. 

El plan no fue un mero delirio juvenil. Fue una operación pensada y articulada por una facción marxista del Partido Comunista de Venezuela (PCV), que veía en el dictador Juan Vicente Gómez al principal obstáculo para la modernización del país y el avance de los movimientos de masas.

El plan, paso a paso

Schael y Capecchi reconstruyen los hechos a partir de múltiples fuentes documentales, entre ellas el testimonio del dirigente político y académico Juan Bautista Fuenmayor, quien dejó evidencia del intento fallido en su libro 1928-1948: Veinte años de política (Editorial Mediterráneo, 1968). Allí describe con precisión quirúrgica cómo sería el atentado:

“Quince estudiantes audaces debían ocupar, como pasajeros, el avión que hacía el vuelo de Maracaibo a Maracay. En las maletas, las bombas que habrían de ser arrojadas sobre la casa de Gómez. Entre los ocupantes habría un piloto y un radiotelegrafista, para sustituir, una vez en vuelo, al piloto y al radiotelegrafista del avión. Consumado el propósito, tomarían rumbo a Curazao o a otro lugar cercano, para esperar los resultados del bombardeo. La fabricación de las bombas se llevó buena parte del tiempo y consumió gran parte de los recursos…”, apunta Fuenmayor.

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Un laboratorio clandestino

El cuartel general de la conspiración estaba ubicado en una vivienda entre las esquinas caraqueñas de San Pedro y Albañales, en la parroquia San Juan. En esa modesta residencia funcionaba un laboratorio secreto, donde un joven químico —militante del grupo— se encargó de fabricar el material explosivo.

Allí, utilizando algodón pólvora, fulminantes de mercurio y niples metálicos, construyeron una docena de bombas rudimentarias, dotadas de espoletas. Sin embargo, una prueba realizada en las afueras de Caracas, en una zona rural cercana a Turmerito, reveló un fallo clave: los artefactos no contaban con un sistema de estabilización que garantizara que cayeran con la espoleta hacia abajo.

Dilema moral y fracaso

Además de los inconvenientes técnicos, surgió una fractura interna de orden ideológico. El grupo se debatía entre la eficacia de un acto violento y la legitimidad de un acto terrorista desligado de las masas.

Incluso, uno de los estudiantes viajó a Maracaibo para tomar el avión de regreso a Maracay a fin de observar la ruta, y las maniobras del piloto, así como las comunicaciones con tierra.

En Sobrevuelo 1785-2021, los historiadores citados, recogen esta tensión fundamental en el seno del movimiento, y destacan cómo algunos miembros terminaron por rechazar el atentado al considerar que el terrorismo, sin respaldo del pueblo, estaba condenado al fracaso.

Por su parte, el académico Fuenmayor lo resume con precisión: el plan fue desechado “fundamentalmente porque, del reiterado cruce de ideas entre los autores, tomó cuerpo el criterio de algunos de que el terrorismo, es decir, toda acción desligada del movimiento de masas estaba condenado al fracaso”.

Silencio cómplice

El plan fue abandonado, pero nunca descubierto. No hubo detenciones, ni procesos judiciales, ni titulares. Los conspiradores optaron por el silencio absoluto, tal vez para evitar exponer sus propias vulnerabilidades ideológicas. Ninguno de los partidos políticos posteriores, muchos de los cuales se formaron con antiguos simpatizantes del PCV, hicieron mención del hecho.

El desconocimiento absoluto de este plan, solo confesado en unas memorias en 1968 creó la falsa imagen de que Venezuela era un país ajeno a los métodos violentos del extremismo ideológico.

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Cuando el cielo era ya un arma

El atentado frustrado de 1931 representa un capítulo asombroso y poco conocido de la historia venezolana. Si se hubiese ejecutado, habría sido el primer acto de terrorismo aéreo del mundo, adelantándose al caso estadounidense de 1933 por al menos dos años. Y lo más sorprendente: ideado no por potencias beligerantes ni células fanáticas, sino por estudiantes criollos con convicción ideológica y conocimientos técnicos precarios.

Schael y Capecchi no solo rescatan el dato, sino que lo contextualizan en el marco de una reflexión urgente sobre el uso de la tecnología como herramienta política, y sobre la delgada línea que separa la acción revolucionaria de la violencia extrema.

Fotografías:

1.- Avión Latécoere 28 de la Aeropostal Francesa en el campo de aviación de Maracaibo, 1929 / Colección familia Von Jess.

2.-  Juan Vicente Gómez, de visita a los hangares de Maracay (1928) / Luis Felipe Toro ©Archivo Fotografía Urbana.

3.- Avión Latécoere 28 de la Aeropostal Francesa en el campo de aviación de Maracaibo, 1929 / Colección familia Von Jess.

14/04/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/el-complot-aereo-contra-juan-vicente-gomez-terrorismo-antes-del-terrorismo/

lunes, 24 de febrero de 2025

Pecar de ingenuos

EN 1959 FIDEL CASTRO FUE RECIBIDO COMO UN HÉROE EN VENEZULA

Luis Perozo Padua 

Venezuela fue el destino elegido, en un contexto de fervor revolucionario tanto en Cuba como en el país suramericano que conmemoraba el primer aniversario del derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

El viaje no fue una simple visita de cortesía. Castro, invitado por el presidente electo Rómulo Betancourt, llegó a Caracas con una agenda política y diplomática clara: agradecer el apoyo venezolano a su lucha contra Fulgencio Batista, fortalecer los lazos con el gobierno democrático que se instauraba y asegurar respaldo económico para la naciente revolución cubana.

Viaje en nave venezolana

A la 1:25 p.m., la aeronave de matrícula venezolana que transportaba a Fidel y su comitiva aterrizó en el Aeropuerto de Maiquetía. Lo acompañaban figuras clave de la Revolución Cubana como Raúl Castro, su hermano y futuro presidente de Cuba, Ernesto “Che” Guevara, el célebre guerrillero argentino-cubano, Camilo Cienfuegos, el carismático comandante, Celia Sánchez, su compañera sentimental y figura clave en la organización del movimiento, Pedro Miret, combatiente del asalto al Moncada y alto dirigente del nuevo régimen, Paco Cabrera y Violeta Casals, colaboradores del proceso revolucionario, Luis Orlando Rodríguez, periodista y político vinculado a la izquierda cubana, así como otros “camaradas” de la lucha armada, que conformaban el grupo de confianza del líder cubano.

Un recibimiento político

El recibimiento de Fidel Castro en Venezuela fue multitudinario. En el aeropuerto lo esperaron altos dirigentes políticos venezolanos, representantes del movimiento revolucionario y miles de ciudadanos que veían en él un símbolo de lucha contra las dictaduras latinoamericanas.

Entre los presentes destacaban: Fabricio Ojeda, presidente de la Junta Patriótica, hombre clave en la caída de Pérez Jiménez, Luis Beltrán Prieto Figueroa, en representación de Acción Democrática (AD), Jóvito Villalba, líder de la Unión Republicana Democrática (URD), entre otras personalidades políticas y militares que respaldaban la causa democrática.

La autopista que enlazaba Maiquetía-Caracas, desde horas de la madrugada, estuvo congestionada por la muchedumbre expectante. A su paso el jefe rebelde fue vitoreado.

La primera parada de la caravana se efectuó en el restaurante El Pinar donde la Junta de Gobierno le ofreció a Castro un suntuoso banquete. 

La estancia en el elegante restaurante se prolongó hasta cercanas las seis de la tarde. Al lado de Fidel se sentaron el canciller René de Sola y el ministro del Interior, Augusto Márquez Cañizares.

Se prescindió de todo ceremonial y protocolo. Largas conversaciones, estruendosas risas y, no faltaron las anécdotas de la Sierra, intercalados con los dramáticos episodios del 23 de enero de 1957, que marcó el derrocamiento de la tiranía de Pérez Jiménez

También asistieron Gustavo Machado, secretario general del Partido Comunista, Miguel Otero Silva, director del periódico El Nacional, Gonzalo Barrios de Acción Democrática, Fabricio Ojeda, y entre otros, el vicealmirante Wolfgang Larrazábal, presidente de la Junta de Gobierno de Venezuela en 1958 y quien apoyó a la Revolución cubana facilitando el suministro de armas a las fuerzas de Castro en la Sierra Maestra, así como proporcionando un refugio para el gobierno cubano en el exilio. En junio de 1958, la revista Time remarcó que Larrazábal “se ha esforzado de manera desconcertante por ser amable con los comunistas”.

Mientras tanto, Caracas aguardaba impaciente a Castro en la Plaza del Silencio. Se advertía el mismo delirio del Aeropuerto de Maiquetía.

Un reportero cubano escribirá para la agencia UPI: “En la capital de Venezuela, hasta donde permite la vista se extiende un mar de cabezas. Las gentes se apretujan en los balcones y azoteas engalanados de banderas”. La concurrencia -certifica la prensa de entonces-, excede a las 300 mil personas.

El público enloquecido intentó subir a la tribuna que amenazaba con desplomarse. Por los micrófonos pertinentemente exclamaron ruegos y apelaciones a la calma.

Al poco tiempo el desorden se transformó en aplausos y vítores cuando se advirtió la presencia de Castro y algunos integrantes de su comitiva.

Fabricio Ojeda, en representación de la Junta Patriótica, la organización clave en el derrocamiento de la dictadura el 23 de enero, fue el encargado de abrir el acto. Su discurso, aunque breve, incluyó un reconocimiento a Fidel Castro. Sin embargo, cerró su intervención con una frase cargada de esperanza: “La hora de América, la hora de la justicia ha llegado. El espíritu de la revolución popular está cabalgando sobre los suelos de América”. "Palabras que, con el tiempo, quedarían en entredicho frente a las acciones de los líderes de la revolución cubana, que terminarían por sepultar las expectativas y promesas de un pueblo sediento de libertad bajo el peso de su propia traición.

Huésped de honor

En la mañana del sábado 24, el Concejo Municipal de Caracas en sesión solemne declaró a Fidel Castro, Huésped de Honor.

El líder cubano agradeció la distinción. En aquel salón un óleo llamó su atención. Aquella pintura recogía el momento en que un puñado de próceres venezolanos firman el Acta de Independencia el 5 de julio de 1811. Castro los comparó con su gesta.

En el Ayuntamiento capitalino, Castro y su comitiva esperaron la comisión del Congreso compuesta por Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios, Miguel Ángel Landáez y César Rondón Lovera, que lo acompañaron hasta la sede del Congreso Nacional, donde el revolucionario cubano ofreció un discurso.

Comparado con Simón Bolívar

En horas del mediodía, exactamente a las doce, comenzó la sesión conjunta del Congreso para rendirle homenaje “al ilustre visitante”, como lo calificaron los medios de comunicación.

Cuando Castro atravesó el umbral del hemiciclo, uno e los diputados que más euforia denunció fue el poeta Gonzalo García Bustillos que cuarenta años más tarde será el embajador de Venezuela en Cuba.

Rafael Caldera, presidente de la Cámara, visiblemente emocionado recibió al “ilustre visitante” declarando abierta la Sesión Especial concediéndole el uso de la palabra a Domingo Alberto Rangel, de Acción Democrática, quien habló en nombre de los congresistas.

Estamos recibiendo a un hijo de Venezuela -afirmó con vehemencia-, porque Fidel Castro tiene carta de naturaleza en nuestro país. Venezuela, madre de libertadores, debe premiar como hijo suyo a quien ha sabido liberar de la opresión y el terror a un país hermano.

Y prosiguió resaltando: “La figura que ahora nos visita, y quiero decirlo sin incurrir en el pecado de sacrilegio, tiene rasgos que lo semejan de manera notoria, con aquel joven Simón Bolívar.”

Rangel hizo una breve pausa mientras cesaba la ovación, y precisó: “Castro es hoy un héroe, quizás el único héroe que ha producido América Latina desde que terminó la gesta de los libertadores.”

La presencia de Castro en el parlamento venezolano reflejó el interés del naciente gobierno cubano en estrechar lazos con Venezuela. Sin embargo, el momento más emblemático de la visita ocurrió en la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde fue recibido por una multitud de estudiantes, dirigentes políticos y simpatizantes de izquierda que lo aplaudieron sin pausa.

En el Aula Magna, Fidel pronunció un discurso incendiario, lleno de referencias a la “lucha antiimperialista” y la necesidad de consolidar gobiernos revolucionarios en la región.

Su mensaje fue vitoreado por militantes de Acción Democrática, Copei, URD y el Partido Comunista, quienes lo veían como una inspiración para la transformación política y social de América Latina.

Punto de quiebre con Betancourt

A pesar del respaldo y el entusiasmo inicial, la relación entre Venezuela y Cuba se fracturó poco después. Cuando Rómulo Betancourt asumió la presidencia de la República en febrero de 1959, negándose a otorgar la ayuda económica que con tanto fervor Castro solicitaba.

Betancourt, un político de larga trayectoria en la lucha contra dictaduras, veía con sospecha el rumbo comunista que tomaba la Revolución Cubana y decidió mantener distancia de Castro. Esta negativa marcó el inicio de una relación tensa entre ambos gobiernos.

En los años siguientes, Venezuela se convirtió en un bastión de la lucha contra la influencia cubana en América Latina. Betancourt impulsó la doctrina que lleva su nombre, que promovía el aislamiento de regímenes no democráticos y la defensa de la institucionalidad en la región.

Por su parte, Fidel Castro intensificó su apoyo a los movimientos insurgentes en Latinoamérica, incluyendo grupos guerrilleros en Venezuela, lo que terminó por romper por completo los lazos entre ambos países.

Con la llegada de Hugo Chávez Frías al poder en 1999, la relación bilateral sufrió un giro drástico, cimentando una alianza que redefiniría el destino de Venezuela bajo la sombra de Cuba. Para muchos, el país dejó de ser un actor soberano para convertirse en un peón del régimen castrista, un satélite dócil orbitando alrededor de los designios de La Habana. En la actualidad, Venezuela no es solo un apéndice de la isla, sino una extensión colonial sometida a su influencia, donde la independencia forjada por nuestros libertadores se desmorona en el eco de una revolución prometida, pero pervertida desde su origen.

Fotografía: Tomada de la edición de El Nacional. 

21 y 24/02/2025:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/42498-en-1959-fidel-castro-fue-recibido-como-un-heroe-en-venezuela

 https://www.elnacional.com/opinion/en-1959-fidel-castro-fue-recibido-como-un-heroe-en-venezuela/

sábado, 1 de febrero de 2025

Hito

JUICIO A MARCOS PÉREZ JIMÉNEZ: DEL PODER A LA CÁRCEL

Luis Alberto Perozo Padua

El proceso judicial contra Marcos Pérez Jiménez, dictador de Venezuela entre 1952 y 1958, representó un momento histórico al ser uno de los primeros casos en América Latina donde un exjefe de Estado fue juzgado por corrupción. Tras ser extraditado desde Estados Unidos en agosto de 1963, fue recluido en la Cárcel Modelo de Caracas y sometido a un proceso judicial que culminó el 9 de abril de 1968, cuando el Tribunal Supremo lo condenó a cuatro años, un mes y 15 días de prisión por peculado

En la historia contemporánea de Venezuela, pocos personajes generan tanto debate como Marcos Pérez Jiménez, el dictador que marcó una época con obras faraónicas y un férreo control político. 

Desde su ascenso al poder hasta su caída, juicio y posterior exilio, su vida fue un reflejo de los contrastes de una Venezuela en transformación.

El principio del fin: La caída del régimen

El 23 de enero de 1958, Venezuela despertó con la noticia de que Marcos Pérez Jiménez, quien gobernaba el país con mano de hierro desde 1952, había huido a República Dominicana en el legendario avión “La Vaca Sagrada”. 

Su salida fue la culminación de una serie de protestas populares, unidas al descontento militar, que exigían el fin de un régimen autoritario marcado por la censura, la represión y el enriquecimiento ilícito de la élite gobernante.

En medio del caos político, el país inició un proceso de transición democrática. Sin embargo, la huella de Pérez Jiménez permaneció, especialmente en sus grandes obras de infraestructura que, para bien, cambiaron el rostro y modernizaron el país.

Exilio y persecución judicial

Tras refugiarse en República Dominicana, Pérez Jiménez buscó asilo en Estados Unidos, instalándose en Miami. Durante esos años, vivió en un cómodo exilio financiado, según las acusaciones, con el dinero sustraído del erario venezolano.

En 1963, el gobierno venezolano, liderado por Rómulo Betancourt, intensificó los esfuerzos para extraditar al exdictador. Las autoridades estadounidenses recibieron la solicitud de extradición de Pérez Jiménez el 21 de agosto de 1959 y fue detenido el día 25. Presionados por las acusaciones de malversación de fondos públicos y peculado, finalmente entregaron el reo a la justicia venezolana el viernes 16 de agosto de 1963. 

Estuvo detenido en la cárcel del condado de Dade, en Miami, desde diciembre de 1962 con el número 1.374. El mismo Pérez Jiménez, había declarado a los periodistas que en la prisión norteamericana había “rebajado 22 kilos”.

La propia primera dama, Flor Chalbaud, declarará desde Estados Unidos, -pues no pudo viajar a Venezuela sino un tiempo después-, que las condiciones de que gozaba su esposo, “conforme lo establece la ley venezolana”, eran “extraordinariamente superiores a las que le dieron las autoridades estadounidenses”.

Un juicio histórico

Al llegar a Venezuela, Pérez Jiménez fue recluido en la Penitenciaría de San Juan de Los Morros, en donde sus familiares y amigos pudieron visitarlo. Jamás estuvo incomunicado o fue maltratado, según sus propias declaraciones corroboradas por sus cercanos.

Más tarde, sería trasladado a la Cárcel Modelo, en Caracas, convertido en el centro de uno de los juicios más emblemáticos de la región. Era la primera vez que un dictador latinoamericano enfrentaba cargos formales por corrupción.

En el juicio, llevado a cabo por el Tribunal Supremo de Justicia, y que tuvo una fuerte cobertura mediática, se presentaron pruebas de desvío de fondos relacionados con emblemáticos proyectos de su gobierno, como la autopista Caracas-La Guaira, el Teleférico de Mérida y la Ciudad Universitaria. 

Mientras tanto, su defensa integrado por los doctores Carlos Berrizbeitia, Rafael Naranjo Ostty, Morris Sierralta y Rafael Pérez Perdomo, argumentaba que el dinero se había utilizado para modernizar al país, posicionándolo como una de las naciones más desarrolladas de la región.

Pérez Jiménez enfrentó el proceso con la misma actitud de autoridad que había caracterizado su gobierno.

El juicio terminó el 9 de abril de 1968, cuando Pérez Jiménez fue condenado a cuatro años, un mes y 15 días de prisión por malversación de fondos públicos. Sin embargo, como ya había pasado más tiempo detenido en espera de juicio, fue liberado poco después. Jamás se le juzgó por crímenes contra la humanidad.

Exilio definitivo y legado polémico

Tras su liberación, Pérez Jiménez se exilió en Madrid, España, donde vivió cómodamente hasta su muerte el 20 de septiembre de 2001, en Alcobendas. 

Desde su exilio no estuvo ausente de la política activa venezolana, postulándose a senador por la agrupación política de derecha Cruzada Cívica Nacionalista (CCN) para las elecciones generales de 1968, saliendo en ausencia; sin embargo, la Corte Suprema de Justicia invalidó su elección.

El partido Cruzada Cívica Nacionalista (CCN) logró postular a Marcos Pérez Jiménez como candidato a la Presidencia en las elecciones de 1973, confiando en su amplia popularidad. Sin embargo, los principales partidos políticos promovieron y aprobaron en el Congreso Nacional una enmienda constitucional diseñada específicamente para inhabilitarlo políticamente. 

Esta enmienda, aplicada de forma retroactiva, prohibía a personas con sentencias firmes de más de tres años ocupar cargos públicos, impidiendo así su candidatura. Su figura siguió siendo un tema de discusión en Venezuela por décadas hasta que el presidente Hugo Chávez le otorgó el perdón y lo invitó volviera a Venezuela, pero el exdictador se negó alegando problemas de salud. En ese entonces vivía en La Moraleja, una de las zonas más exclusivas de Madrid.

El expresidente y general de División retirado, Marcos Pérez Jiménez, falleció el 20 de septiembre de 2001 en Alcobendas, España, a causa de un ataque al corazón, tras haber permanecido inconsciente durante sus últimas semanas de vida. Al día siguiente, el 21 de septiembre, su cuerpo fue incinerado. Sus familiares manifestaron su deseo de repatriar sus restos a Venezuela “algún día”, como un anhelo de reconciliación con la tierra que marcó su vida y su legado histórico.

Para algunos, fue un arquitecto del progreso, responsable de la modernización del país. Para otros, fue un dictador que silenció a la disidencia y dejó un legado de represión y desigualdad.

Un hito en la justicia 

El juicio de Marcos Pérez Jiménez sentó un precedente en América Latina, demostrando que incluso los líderes más poderosos pueden rendir cuentas ante la justicia. 

Sin embargo, también dejó preguntas abiertas sobre la capacidad de las democracias nacientes para garantizar justicia plena y evitar la repetición de regímenes autoritarios.

30/01/2025:

https://www.lapatilla.com/2025/01/30/juicio-a-marcos-perez-jimenez-del-poder-a-la-carcel-por-luis-alberto-perozo-padua/

Para la coincidencia y la discrepancia

  https://www.youtube.com/watch?v=3x0NBgVr4gk