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jueves, 24 de julio de 2025

Breve crónica de la Venezuela Saudita

EL JEQUE QUE BAILABA SALSA Y FIRMABA CHEQUES SIN FONDO

Luis Perozo Padua 

En julio de 1982, la habitación 5003 del Hotel Tamanaco, una “Junior Suite” de 420 bolívares por noche, fue testigo silencioso de una de las estafas más extravagantes de la historia venezolana.

Durante los primeros cinco días, el huésped —alto, moreno, elegante y con voz grave— caminaba solo por los pasillos. Hablaba un inglés fluido con cierto acento latino, cargaba fajos de billetes en bolívares y dólares, y sonreía con naturalidad a todo el que lo saludaba. Se hacía llamar Alá Al Fadelli Al Tamini.

Pronto llegaron dos amigos rubios desde Boston, uno de ellos de apellido Fortuchi, invitados por el mismo jeque a través de Pan Am. Se hospedaron en la habitación contigua.

Fue uno de ellos quien, en voz baja, con aire de importancia, reveló en la recepción: —Es un jeque de los Emiratos Árabes Unidos. Tiene muchos contactos en Venezuela. Quiere invertir en grande.

El rumor encendió las pasiones. Caracas, ciudad propensa a la exageración, comenzó a ver en ese huésped un mesías financiero. En pocos días, joyeros, banqueros, políticos e inversionistas lo buscaban.

Querían invitarlo a sus clubes, a sus fincas, a sus mesas. Lo llevaron a Canaima, Guayana, Mérida y Valencia. Los fines de semana viajaba a Aruba. Vestía con distinción. Lucía túnicas de lino, trajes hechos a la medida y un reloj Cartier de oro, brillante como una promesa.

Según se decía, el jeque había venido con intenciones grandiosas: invertir millones en la banca venezolana, adquirir participación en el negocio petrolero y apostar por empresas de minería nacional. Su llegada despertó expectativas en los círculos financieros, que lo recibieron como a un magnate dispuesto a transformar sectores clave de la economía.

Llegó a Caracas como invitado del empresario Juan Manuel Mezquita, dueño de explotaciones auríferas en la región de Guayana. Ambos se habían conocido poco tiempo antes en Curazao, donde el magnate venezolano quedó cautivado por el encanto y la supuesta opulencia del visitante árabe.

Para deslumbrar a sus incautos anfitriones, el supuesto jeque comenzó a obsequiar pequeñas pepitas de oro a empresarios venezolanos como prueba tangible de su fortuna. Sin embargo, esas mismas piezas doradas no eran otra cosa que las que él mismo había recibido de Mezquita durante su paso por Curazao. El oro no provenía de sus míticas minas en Arabia, sino del engaño hábilmente tramado.

Joyas, Rolex y cheques de viajero

En la joyería del Hotel Tamanaco el jeque se interesó por una gargantilla de zafiros valorada en 100 mil bolívares. Abrió su maletín. Comenzó a sacar billetes de 100 dólares en fajos gruesos.

—Es para una amiga venezolana —dijo. Luego, pausadamente, cambió de opinión. —No. Mejor pago con cheque. Era un gesto repetido, casi un ritual. Entregaba los cheques con la misma solemnidad con la que un príncipe firmaría un decreto. En su rostro, serenidad. En sus ojos, estrategia.

Samuel Milgran, dueño de la Orfebrería Milán, también cayó en la trampa. Le vendió relojes Rolex y joyas por 96.000 dólares, pagados con un cheque de gerencia falso contra el National City Bank.

El sastre de presidentes también cayó

Una tarde llegó a la boutique de Álvaro Clement, el reputado sastre de presidentes y embajadores. Iba acompañado de un conocido hombre de negocios caraqueño.

Estrechó la mano de Clement y, en inglés refinado, le expresó:

—Quiero varios trajes. Pronto ofreceré una cena en la Suite Presidencial. Se probó varias piezas, encargó siete trajes adicionales y entregó un cheque por 40.000 bolívares. Clement, aunque intrigado, no quiso perder el negocio.

—Hay algo que no me gusta de este sujeto —diría después. Recién había llegado de Europa y en España, precisamente había oído hablar de un falso jeque buscado por la Interpol.

Pese a su sospecha, entregó dos trajes valorados en 6.000 bolívares. Al día siguiente recibió una elegante invitación: “Fiesta del jeque Alá Fadelli Tamini”. Y asistió.

Una noche de alfombra roja

Fue él mismo quien organizó aquella fiesta memorable en la Suite Presidencial del Hotel Tamanaco, un escenario de lujo que ayudaba a reforzar su leyenda de magnate árabe. Todo estaba calculado: el derroche, la música, el escándalo. Cada detalle formaba parte del montaje cuidadosamente orquestado para impresionar y engañar.

Aquel salón fue decorado como un palacio de Las Mil y Una Noches. El menú, preparado por el restaurante El Rincón del Medio Oriente, costó 15.000 bolívares. Champaña francesa, cordero especiado, dátiles, pan árabe y dulces. El conjunto de Carlos Pinto puso la música. Todo era esplendor.

El jeque, en traje Clement, se quitó la túnica y salió a bailar salsa con una hermosa y atractiva joven de cabello castaño.

No tardó en robarse las miradas: bailaba con una destreza inesperada, combinando pasos modernos con un ritmo contagioso que desmentía cualquier cliché sobre la rigidez oriental.

Sorprendía también su afición por el whisky, que consumía en cantidades generosas, un rasgo poco común —y casi herético— para alguien que decía provenir de la península arábiga.

—Qué sencillo Su Majestad… hasta salsa baila —le susurró ella. Él sonrió, galante.

Recibía a cada invitado con una reverencia solemne y una sonrisa medida, pronunciando en un español impecable: '¡Alá te proteja y el emir te colme de riquezas!' La frase, repetida como un mantra oriental, añadía un aire de autenticidad a su personaje de noble del desierto, y dejaba a muchos convencidos de estar ante un verdadero príncipe del petróleo.

En la madrugada del 26 de agosto de 1982, tras una noche de lujo y excesos, Alá Al Fadelli Al Tamini se despidió con cortesía de sus invitados y se retiró a sus aposentos en la suite presidencial. Poco después, el personal del Hotel Tamanaco descubría la otra cara del espectáculo: una cuenta por 27.000 bolívares —la mitad de los gastos de la fastuosa velada— había sido cancelada con un cheque del Banco del Caribe. También sin fondos. El telón comenzaba a caer.

Cuentas, papeles y un jet sin alas

El comisario Efraín Prato Castillo, jefe de la División Criminal de la PTJ, informó que el jeque abrió cuentas en City Bank y Banco del Caribe por 300.000 bolívares cada una. Todo parte del montaje.

Entre sus pertenencias se halló un documento de inversión firmado por dos empresarios venezolanos: un compromiso por 76 millones de bolívares para levantar un centro comercial de lujo. Incluso compró un jet al diputado Rafael Tudela. El motor no encendió. El cheque tampoco.

Lo más llamativo era el método: usaba cheques de viajero, aprovechándose de la lentitud del sistema bancario nacional. Para cuando el cheque era verificado, ya había cambiado de habitación… o de ciudad.

Un harén criollo

Al glamur financiero se sumaba el sentimental. Se le veía rodeado de bellas jóvenes venezolanas. A cada una le prometía viajes, regalos, joyas, cenas exclusivas y protección eterna. Algunas creyeron haber sido cortejadas por un príncipe verdadero.

Las revistas de la época, entre discretas y divertidas, hablaban del “harén criollo del Tamanaco”. Un jeque, decían, que no solo invertía… también enamoraba.

El silencio de la vergüenza

Se estima que el impostor estafó más de 20 millones de dólares en bienes, servicios, promesas y documentos. Sin embargo, nadie lo denunció. Ni los banqueros, ni los modistas, ni los joyeros. La vergüenza pudo más que el escándalo. La PTJ y su director Fermín Mármol León investigaron en secreto. Sin éxito.

La ciudad no olvidó. En los meses siguientes, en tiendas, vitrinas y restaurantes aparecieron letreros improvisados: “NO SE ACEPTAN CHEQUES, NI JEQUES”. Era el escarnio hecho cartel.

La televisión no perdonó

Ese mismo año, RCTV produjo la película El jeque sin fondos, escrita por Ibsen Martínez, dirigida por Luis Alberto Lamata y producida por Esteban Trapiello. Fue transmitida en horario estelar.

Carlos Olivier interpretó al jeque. Lo acompañaron Julie Restifo, Chelo Rodríguez, Carlos Márquez y Amalia Pérez Díaz.

El guion era comedia, pero el trasfondo era trágico: Venezuela había sido burlada en su corazón más frágil: el deseo de grandeza.

La verdad detrás del turbante

En febrero de 1984, la Interpol logró su captura. Fue identificado como Paulino Cipriano Nieto, nacido en Ámsterdam en marzo de 1952, hijo de padres segovianos, nacionalidad belga. Usaba pasaportes diplomáticos falsos, como el del supuesto embajador “Said Ben Zayl Al Nihayyan”.

Había estafado bancos y comerciantes de arte en Bélgica, Holanda y España, y robado piezas de museos y estudios de televisión flamencos. Viajaba en un Rolls-Royce con matrícula holandesa, acompañado por un asistente disfrazado. Hablaba cinco idiomas y tenía carisma.

Fue detenido en Madrid el 13 de febrero de 1984. España no le imputó delitos, y fue extraditado a Países Bajos, donde lo esperaba una larga lista de cargos.

Una nota como despedida

Cuando el personal del Tamanaco subió al día siguiente a la suite presidencial, el jeque ya no estaba. No había maletas, ni trajes de lino, ni pasaportes de bordes dorados. Solo quedaba el eco del escándalo y una hoja sobre el escritorio, escrita con pulso sereno:

“Dígales a mis amigos… que pronto volveré.”

Nunca más lo vieron.

20/07/2025:

https://www.opinionynoticias.com/opinionhistoria/43220-el-jeque-que-bailaba-salsa-y-firmaba-cheques-sin-fondo

jueves, 17 de abril de 2025

Gomecidio

 

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EL COMPLOT AÉREO CONTRA JUAN VICENTE GÓMEZ: TERRORISMO ANTES DEL TERRORISMO

Luis Alberto Perozo Padua

Una investigación de los historiadores Alfredo Schael y Fabián Capecchi, incluida en el tomo II de Sobrevuelo 1785-2021 (Rivero Blanco Editores, Caracas, 2021), revela el plan de un grupo de jóvenes comunistas venezolanos que, en 1931, intentaron perpetrar el primer atentado terrorista aéreo del mundo

Caracas, 1931. En los pasillos sombríos de la Universidad Central y los cafés discretos del centro de la capital, corre un rumor que hiela la sangre. Un grupo de estudiantes, con simpatías comunistas y formación clandestina, estaría planeando nada menos que el asesinato del presidente Juan Vicente Gómez. Pero esta vez no se trata de una emboscada ni de un atentado con arma blanca: se trata de bombardear su residencia desde el cielo.

El vehículo del crimen sería un avión Latécoere 28, perteneciente a la Compagnie Aéropostale Francesa, utilizado para vuelos regulares entre Maracaibo y Maracay. El objetivo: lanzar explosivos sobre la casa presidencial. El plan, de haberse concretado, habría convertido a Venezuela en la pionera mundial del terrorismo aéreo… dos años antes del ataque al Boeing 247 de United Airlines en Estados Unidos.

Un ataque sin precedentes

La historia permaneció oculta por casi un siglo, hasta que los historiadores venezolanos Alfredo Schael y Fabián Capecchi, en su monumental obra Sobrevuelo 1785-2021, reveló el operativo con detalles inéditos. El hallazgo figura en el Tomo II, editado por Rivero Blanco Editores en Caracas, año 2021. 

El plan no fue un mero delirio juvenil. Fue una operación pensada y articulada por una facción marxista del Partido Comunista de Venezuela (PCV), que veía en el dictador Juan Vicente Gómez al principal obstáculo para la modernización del país y el avance de los movimientos de masas.

El plan, paso a paso

Schael y Capecchi reconstruyen los hechos a partir de múltiples fuentes documentales, entre ellas el testimonio del dirigente político y académico Juan Bautista Fuenmayor, quien dejó evidencia del intento fallido en su libro 1928-1948: Veinte años de política (Editorial Mediterráneo, 1968). Allí describe con precisión quirúrgica cómo sería el atentado:

“Quince estudiantes audaces debían ocupar, como pasajeros, el avión que hacía el vuelo de Maracaibo a Maracay. En las maletas, las bombas que habrían de ser arrojadas sobre la casa de Gómez. Entre los ocupantes habría un piloto y un radiotelegrafista, para sustituir, una vez en vuelo, al piloto y al radiotelegrafista del avión. Consumado el propósito, tomarían rumbo a Curazao o a otro lugar cercano, para esperar los resultados del bombardeo. La fabricación de las bombas se llevó buena parte del tiempo y consumió gran parte de los recursos…”, apunta Fuenmayor.

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Un laboratorio clandestino

El cuartel general de la conspiración estaba ubicado en una vivienda entre las esquinas caraqueñas de San Pedro y Albañales, en la parroquia San Juan. En esa modesta residencia funcionaba un laboratorio secreto, donde un joven químico —militante del grupo— se encargó de fabricar el material explosivo.

Allí, utilizando algodón pólvora, fulminantes de mercurio y niples metálicos, construyeron una docena de bombas rudimentarias, dotadas de espoletas. Sin embargo, una prueba realizada en las afueras de Caracas, en una zona rural cercana a Turmerito, reveló un fallo clave: los artefactos no contaban con un sistema de estabilización que garantizara que cayeran con la espoleta hacia abajo.

Dilema moral y fracaso

Además de los inconvenientes técnicos, surgió una fractura interna de orden ideológico. El grupo se debatía entre la eficacia de un acto violento y la legitimidad de un acto terrorista desligado de las masas.

Incluso, uno de los estudiantes viajó a Maracaibo para tomar el avión de regreso a Maracay a fin de observar la ruta, y las maniobras del piloto, así como las comunicaciones con tierra.

En Sobrevuelo 1785-2021, los historiadores citados, recogen esta tensión fundamental en el seno del movimiento, y destacan cómo algunos miembros terminaron por rechazar el atentado al considerar que el terrorismo, sin respaldo del pueblo, estaba condenado al fracaso.

Por su parte, el académico Fuenmayor lo resume con precisión: el plan fue desechado “fundamentalmente porque, del reiterado cruce de ideas entre los autores, tomó cuerpo el criterio de algunos de que el terrorismo, es decir, toda acción desligada del movimiento de masas estaba condenado al fracaso”.

Silencio cómplice

El plan fue abandonado, pero nunca descubierto. No hubo detenciones, ni procesos judiciales, ni titulares. Los conspiradores optaron por el silencio absoluto, tal vez para evitar exponer sus propias vulnerabilidades ideológicas. Ninguno de los partidos políticos posteriores, muchos de los cuales se formaron con antiguos simpatizantes del PCV, hicieron mención del hecho.

El desconocimiento absoluto de este plan, solo confesado en unas memorias en 1968 creó la falsa imagen de que Venezuela era un país ajeno a los métodos violentos del extremismo ideológico.

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Cuando el cielo era ya un arma

El atentado frustrado de 1931 representa un capítulo asombroso y poco conocido de la historia venezolana. Si se hubiese ejecutado, habría sido el primer acto de terrorismo aéreo del mundo, adelantándose al caso estadounidense de 1933 por al menos dos años. Y lo más sorprendente: ideado no por potencias beligerantes ni células fanáticas, sino por estudiantes criollos con convicción ideológica y conocimientos técnicos precarios.

Schael y Capecchi no solo rescatan el dato, sino que lo contextualizan en el marco de una reflexión urgente sobre el uso de la tecnología como herramienta política, y sobre la delgada línea que separa la acción revolucionaria de la violencia extrema.

Fotografías:

1.- Avión Latécoere 28 de la Aeropostal Francesa en el campo de aviación de Maracaibo, 1929 / Colección familia Von Jess.

2.-  Juan Vicente Gómez, de visita a los hangares de Maracay (1928) / Luis Felipe Toro ©Archivo Fotografía Urbana.

3.- Avión Latécoere 28 de la Aeropostal Francesa en el campo de aviación de Maracaibo, 1929 / Colección familia Von Jess.

14/04/2025:

https://www.elnacional.com/opinion/el-complot-aereo-contra-juan-vicente-gomez-terrorismo-antes-del-terrorismo/

lunes, 24 de febrero de 2025

Pecar de ingenuos

EN 1959 FIDEL CASTRO FUE RECIBIDO COMO UN HÉROE EN VENEZULA

Luis Perozo Padua 

Venezuela fue el destino elegido, en un contexto de fervor revolucionario tanto en Cuba como en el país suramericano que conmemoraba el primer aniversario del derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

El viaje no fue una simple visita de cortesía. Castro, invitado por el presidente electo Rómulo Betancourt, llegó a Caracas con una agenda política y diplomática clara: agradecer el apoyo venezolano a su lucha contra Fulgencio Batista, fortalecer los lazos con el gobierno democrático que se instauraba y asegurar respaldo económico para la naciente revolución cubana.

Viaje en nave venezolana

A la 1:25 p.m., la aeronave de matrícula venezolana que transportaba a Fidel y su comitiva aterrizó en el Aeropuerto de Maiquetía. Lo acompañaban figuras clave de la Revolución Cubana como Raúl Castro, su hermano y futuro presidente de Cuba, Ernesto “Che” Guevara, el célebre guerrillero argentino-cubano, Camilo Cienfuegos, el carismático comandante, Celia Sánchez, su compañera sentimental y figura clave en la organización del movimiento, Pedro Miret, combatiente del asalto al Moncada y alto dirigente del nuevo régimen, Paco Cabrera y Violeta Casals, colaboradores del proceso revolucionario, Luis Orlando Rodríguez, periodista y político vinculado a la izquierda cubana, así como otros “camaradas” de la lucha armada, que conformaban el grupo de confianza del líder cubano.

Un recibimiento político

El recibimiento de Fidel Castro en Venezuela fue multitudinario. En el aeropuerto lo esperaron altos dirigentes políticos venezolanos, representantes del movimiento revolucionario y miles de ciudadanos que veían en él un símbolo de lucha contra las dictaduras latinoamericanas.

Entre los presentes destacaban: Fabricio Ojeda, presidente de la Junta Patriótica, hombre clave en la caída de Pérez Jiménez, Luis Beltrán Prieto Figueroa, en representación de Acción Democrática (AD), Jóvito Villalba, líder de la Unión Republicana Democrática (URD), entre otras personalidades políticas y militares que respaldaban la causa democrática.

La autopista que enlazaba Maiquetía-Caracas, desde horas de la madrugada, estuvo congestionada por la muchedumbre expectante. A su paso el jefe rebelde fue vitoreado.

La primera parada de la caravana se efectuó en el restaurante El Pinar donde la Junta de Gobierno le ofreció a Castro un suntuoso banquete. 

La estancia en el elegante restaurante se prolongó hasta cercanas las seis de la tarde. Al lado de Fidel se sentaron el canciller René de Sola y el ministro del Interior, Augusto Márquez Cañizares.

Se prescindió de todo ceremonial y protocolo. Largas conversaciones, estruendosas risas y, no faltaron las anécdotas de la Sierra, intercalados con los dramáticos episodios del 23 de enero de 1957, que marcó el derrocamiento de la tiranía de Pérez Jiménez

También asistieron Gustavo Machado, secretario general del Partido Comunista, Miguel Otero Silva, director del periódico El Nacional, Gonzalo Barrios de Acción Democrática, Fabricio Ojeda, y entre otros, el vicealmirante Wolfgang Larrazábal, presidente de la Junta de Gobierno de Venezuela en 1958 y quien apoyó a la Revolución cubana facilitando el suministro de armas a las fuerzas de Castro en la Sierra Maestra, así como proporcionando un refugio para el gobierno cubano en el exilio. En junio de 1958, la revista Time remarcó que Larrazábal “se ha esforzado de manera desconcertante por ser amable con los comunistas”.

Mientras tanto, Caracas aguardaba impaciente a Castro en la Plaza del Silencio. Se advertía el mismo delirio del Aeropuerto de Maiquetía.

Un reportero cubano escribirá para la agencia UPI: “En la capital de Venezuela, hasta donde permite la vista se extiende un mar de cabezas. Las gentes se apretujan en los balcones y azoteas engalanados de banderas”. La concurrencia -certifica la prensa de entonces-, excede a las 300 mil personas.

El público enloquecido intentó subir a la tribuna que amenazaba con desplomarse. Por los micrófonos pertinentemente exclamaron ruegos y apelaciones a la calma.

Al poco tiempo el desorden se transformó en aplausos y vítores cuando se advirtió la presencia de Castro y algunos integrantes de su comitiva.

Fabricio Ojeda, en representación de la Junta Patriótica, la organización clave en el derrocamiento de la dictadura el 23 de enero, fue el encargado de abrir el acto. Su discurso, aunque breve, incluyó un reconocimiento a Fidel Castro. Sin embargo, cerró su intervención con una frase cargada de esperanza: “La hora de América, la hora de la justicia ha llegado. El espíritu de la revolución popular está cabalgando sobre los suelos de América”. "Palabras que, con el tiempo, quedarían en entredicho frente a las acciones de los líderes de la revolución cubana, que terminarían por sepultar las expectativas y promesas de un pueblo sediento de libertad bajo el peso de su propia traición.

Huésped de honor

En la mañana del sábado 24, el Concejo Municipal de Caracas en sesión solemne declaró a Fidel Castro, Huésped de Honor.

El líder cubano agradeció la distinción. En aquel salón un óleo llamó su atención. Aquella pintura recogía el momento en que un puñado de próceres venezolanos firman el Acta de Independencia el 5 de julio de 1811. Castro los comparó con su gesta.

En el Ayuntamiento capitalino, Castro y su comitiva esperaron la comisión del Congreso compuesta por Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios, Miguel Ángel Landáez y César Rondón Lovera, que lo acompañaron hasta la sede del Congreso Nacional, donde el revolucionario cubano ofreció un discurso.

Comparado con Simón Bolívar

En horas del mediodía, exactamente a las doce, comenzó la sesión conjunta del Congreso para rendirle homenaje “al ilustre visitante”, como lo calificaron los medios de comunicación.

Cuando Castro atravesó el umbral del hemiciclo, uno e los diputados que más euforia denunció fue el poeta Gonzalo García Bustillos que cuarenta años más tarde será el embajador de Venezuela en Cuba.

Rafael Caldera, presidente de la Cámara, visiblemente emocionado recibió al “ilustre visitante” declarando abierta la Sesión Especial concediéndole el uso de la palabra a Domingo Alberto Rangel, de Acción Democrática, quien habló en nombre de los congresistas.

Estamos recibiendo a un hijo de Venezuela -afirmó con vehemencia-, porque Fidel Castro tiene carta de naturaleza en nuestro país. Venezuela, madre de libertadores, debe premiar como hijo suyo a quien ha sabido liberar de la opresión y el terror a un país hermano.

Y prosiguió resaltando: “La figura que ahora nos visita, y quiero decirlo sin incurrir en el pecado de sacrilegio, tiene rasgos que lo semejan de manera notoria, con aquel joven Simón Bolívar.”

Rangel hizo una breve pausa mientras cesaba la ovación, y precisó: “Castro es hoy un héroe, quizás el único héroe que ha producido América Latina desde que terminó la gesta de los libertadores.”

La presencia de Castro en el parlamento venezolano reflejó el interés del naciente gobierno cubano en estrechar lazos con Venezuela. Sin embargo, el momento más emblemático de la visita ocurrió en la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde fue recibido por una multitud de estudiantes, dirigentes políticos y simpatizantes de izquierda que lo aplaudieron sin pausa.

En el Aula Magna, Fidel pronunció un discurso incendiario, lleno de referencias a la “lucha antiimperialista” y la necesidad de consolidar gobiernos revolucionarios en la región.

Su mensaje fue vitoreado por militantes de Acción Democrática, Copei, URD y el Partido Comunista, quienes lo veían como una inspiración para la transformación política y social de América Latina.

Punto de quiebre con Betancourt

A pesar del respaldo y el entusiasmo inicial, la relación entre Venezuela y Cuba se fracturó poco después. Cuando Rómulo Betancourt asumió la presidencia de la República en febrero de 1959, negándose a otorgar la ayuda económica que con tanto fervor Castro solicitaba.

Betancourt, un político de larga trayectoria en la lucha contra dictaduras, veía con sospecha el rumbo comunista que tomaba la Revolución Cubana y decidió mantener distancia de Castro. Esta negativa marcó el inicio de una relación tensa entre ambos gobiernos.

En los años siguientes, Venezuela se convirtió en un bastión de la lucha contra la influencia cubana en América Latina. Betancourt impulsó la doctrina que lleva su nombre, que promovía el aislamiento de regímenes no democráticos y la defensa de la institucionalidad en la región.

Por su parte, Fidel Castro intensificó su apoyo a los movimientos insurgentes en Latinoamérica, incluyendo grupos guerrilleros en Venezuela, lo que terminó por romper por completo los lazos entre ambos países.

Con la llegada de Hugo Chávez Frías al poder en 1999, la relación bilateral sufrió un giro drástico, cimentando una alianza que redefiniría el destino de Venezuela bajo la sombra de Cuba. Para muchos, el país dejó de ser un actor soberano para convertirse en un peón del régimen castrista, un satélite dócil orbitando alrededor de los designios de La Habana. En la actualidad, Venezuela no es solo un apéndice de la isla, sino una extensión colonial sometida a su influencia, donde la independencia forjada por nuestros libertadores se desmorona en el eco de una revolución prometida, pero pervertida desde su origen.

Fotografía: Tomada de la edición de El Nacional. 

21 y 24/02/2025:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/42498-en-1959-fidel-castro-fue-recibido-como-un-heroe-en-venezuela

 https://www.elnacional.com/opinion/en-1959-fidel-castro-fue-recibido-como-un-heroe-en-venezuela/

sábado, 1 de febrero de 2025

Hito

JUICIO A MARCOS PÉREZ JIMÉNEZ: DEL PODER A LA CÁRCEL

Luis Alberto Perozo Padua

El proceso judicial contra Marcos Pérez Jiménez, dictador de Venezuela entre 1952 y 1958, representó un momento histórico al ser uno de los primeros casos en América Latina donde un exjefe de Estado fue juzgado por corrupción. Tras ser extraditado desde Estados Unidos en agosto de 1963, fue recluido en la Cárcel Modelo de Caracas y sometido a un proceso judicial que culminó el 9 de abril de 1968, cuando el Tribunal Supremo lo condenó a cuatro años, un mes y 15 días de prisión por peculado

En la historia contemporánea de Venezuela, pocos personajes generan tanto debate como Marcos Pérez Jiménez, el dictador que marcó una época con obras faraónicas y un férreo control político. 

Desde su ascenso al poder hasta su caída, juicio y posterior exilio, su vida fue un reflejo de los contrastes de una Venezuela en transformación.

El principio del fin: La caída del régimen

El 23 de enero de 1958, Venezuela despertó con la noticia de que Marcos Pérez Jiménez, quien gobernaba el país con mano de hierro desde 1952, había huido a República Dominicana en el legendario avión “La Vaca Sagrada”. 

Su salida fue la culminación de una serie de protestas populares, unidas al descontento militar, que exigían el fin de un régimen autoritario marcado por la censura, la represión y el enriquecimiento ilícito de la élite gobernante.

En medio del caos político, el país inició un proceso de transición democrática. Sin embargo, la huella de Pérez Jiménez permaneció, especialmente en sus grandes obras de infraestructura que, para bien, cambiaron el rostro y modernizaron el país.

Exilio y persecución judicial

Tras refugiarse en República Dominicana, Pérez Jiménez buscó asilo en Estados Unidos, instalándose en Miami. Durante esos años, vivió en un cómodo exilio financiado, según las acusaciones, con el dinero sustraído del erario venezolano.

En 1963, el gobierno venezolano, liderado por Rómulo Betancourt, intensificó los esfuerzos para extraditar al exdictador. Las autoridades estadounidenses recibieron la solicitud de extradición de Pérez Jiménez el 21 de agosto de 1959 y fue detenido el día 25. Presionados por las acusaciones de malversación de fondos públicos y peculado, finalmente entregaron el reo a la justicia venezolana el viernes 16 de agosto de 1963. 

Estuvo detenido en la cárcel del condado de Dade, en Miami, desde diciembre de 1962 con el número 1.374. El mismo Pérez Jiménez, había declarado a los periodistas que en la prisión norteamericana había “rebajado 22 kilos”.

La propia primera dama, Flor Chalbaud, declarará desde Estados Unidos, -pues no pudo viajar a Venezuela sino un tiempo después-, que las condiciones de que gozaba su esposo, “conforme lo establece la ley venezolana”, eran “extraordinariamente superiores a las que le dieron las autoridades estadounidenses”.

Un juicio histórico

Al llegar a Venezuela, Pérez Jiménez fue recluido en la Penitenciaría de San Juan de Los Morros, en donde sus familiares y amigos pudieron visitarlo. Jamás estuvo incomunicado o fue maltratado, según sus propias declaraciones corroboradas por sus cercanos.

Más tarde, sería trasladado a la Cárcel Modelo, en Caracas, convertido en el centro de uno de los juicios más emblemáticos de la región. Era la primera vez que un dictador latinoamericano enfrentaba cargos formales por corrupción.

En el juicio, llevado a cabo por el Tribunal Supremo de Justicia, y que tuvo una fuerte cobertura mediática, se presentaron pruebas de desvío de fondos relacionados con emblemáticos proyectos de su gobierno, como la autopista Caracas-La Guaira, el Teleférico de Mérida y la Ciudad Universitaria. 

Mientras tanto, su defensa integrado por los doctores Carlos Berrizbeitia, Rafael Naranjo Ostty, Morris Sierralta y Rafael Pérez Perdomo, argumentaba que el dinero se había utilizado para modernizar al país, posicionándolo como una de las naciones más desarrolladas de la región.

Pérez Jiménez enfrentó el proceso con la misma actitud de autoridad que había caracterizado su gobierno.

El juicio terminó el 9 de abril de 1968, cuando Pérez Jiménez fue condenado a cuatro años, un mes y 15 días de prisión por malversación de fondos públicos. Sin embargo, como ya había pasado más tiempo detenido en espera de juicio, fue liberado poco después. Jamás se le juzgó por crímenes contra la humanidad.

Exilio definitivo y legado polémico

Tras su liberación, Pérez Jiménez se exilió en Madrid, España, donde vivió cómodamente hasta su muerte el 20 de septiembre de 2001, en Alcobendas. 

Desde su exilio no estuvo ausente de la política activa venezolana, postulándose a senador por la agrupación política de derecha Cruzada Cívica Nacionalista (CCN) para las elecciones generales de 1968, saliendo en ausencia; sin embargo, la Corte Suprema de Justicia invalidó su elección.

El partido Cruzada Cívica Nacionalista (CCN) logró postular a Marcos Pérez Jiménez como candidato a la Presidencia en las elecciones de 1973, confiando en su amplia popularidad. Sin embargo, los principales partidos políticos promovieron y aprobaron en el Congreso Nacional una enmienda constitucional diseñada específicamente para inhabilitarlo políticamente. 

Esta enmienda, aplicada de forma retroactiva, prohibía a personas con sentencias firmes de más de tres años ocupar cargos públicos, impidiendo así su candidatura. Su figura siguió siendo un tema de discusión en Venezuela por décadas hasta que el presidente Hugo Chávez le otorgó el perdón y lo invitó volviera a Venezuela, pero el exdictador se negó alegando problemas de salud. En ese entonces vivía en La Moraleja, una de las zonas más exclusivas de Madrid.

El expresidente y general de División retirado, Marcos Pérez Jiménez, falleció el 20 de septiembre de 2001 en Alcobendas, España, a causa de un ataque al corazón, tras haber permanecido inconsciente durante sus últimas semanas de vida. Al día siguiente, el 21 de septiembre, su cuerpo fue incinerado. Sus familiares manifestaron su deseo de repatriar sus restos a Venezuela “algún día”, como un anhelo de reconciliación con la tierra que marcó su vida y su legado histórico.

Para algunos, fue un arquitecto del progreso, responsable de la modernización del país. Para otros, fue un dictador que silenció a la disidencia y dejó un legado de represión y desigualdad.

Un hito en la justicia 

El juicio de Marcos Pérez Jiménez sentó un precedente en América Latina, demostrando que incluso los líderes más poderosos pueden rendir cuentas ante la justicia. 

Sin embargo, también dejó preguntas abiertas sobre la capacidad de las democracias nacientes para garantizar justicia plena y evitar la repetición de regímenes autoritarios.

30/01/2025:

https://www.lapatilla.com/2025/01/30/juicio-a-marcos-perez-jimenez-del-poder-a-la-carcel-por-luis-alberto-perozo-padua/

La extinción del marxismo

https://www.youtube.com/watch?v=kDN2PVfq5NY