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domingo, 14 de diciembre de 2025

Noticiero retrospectivo


- Eduardo Delpretti entrevista a Ramón Piñango: “En el IESA sí tenemos corazón”. El Globo, Caracas,  17/12/1992.

Teodoro Petkoff. “Deterioro partidista y sistema lectoral”. El Nacional, Caracas, 17/10/79.

-  Manuel Bermúdez. “El presidente y las novelas” (Telenovelas). El Nacional, 05/01/83.

- Gisela Ortega. “TV, opinión y público”. El Nacional, 19/10/90.

- Euro Faría. “División de la izquierda, recurso de la derecha”. Tribuna Popular, Caracas, 17/10/86.

Reproducción: Últimas Noticias, Caracas, 07/03/1948.

Noticiero retrospectivo

martes, 22 de julio de 2025

Autoritarismo sentimental

PENSAR Y DEJAR (DE) PENSAR ... POLÍTICAMENTE

Luis Barragán

Debemos admitirlo, ya no luce tan obvio que el pensamiento sea un elemento fundamental de la política, pues, ahora, ella jura hacerse únicamente de las emociones y, en buena medida, lo ha logrado por lo que respecta al presente siglo venezolano: principalmente en, desde y por el poder forzado de alguna u otra manera a zanjar sus contradicciones, diferencias y liderazgos, con mayor facilidad y holgado ventajismo frente a sus adversarios. Quizá contrariando a Manuel Arias Maldonado y uno de sus específicos libros sobre la democracia, asistimos al cabal desarrollo de un autoritarismo sentimental que obliga a caracterizarlo y a escrutarlo como toda una experiencia inédita de ese marxismo guevarista obcecado por el socialismo de la renta inalcanzable; por cierto, habrá que indagar en qué medida las actuales heredaron de las viejas generaciones la propensión a dramatizar la vida propia más que la ajena, en clave de radio/telenovela para facilitar la realización de un proyecto político devenido espectáculo.

Comprendemos y asumimos nuestras urgencias, pero – entre ellas – está la impostergable reflexión de profundidad sobre las alternativas pendientes y la conquista de un consenso indispensable que obligue a la reinvención del liberalismo, la socialdemocracia, el humanismo cristiano, el propio marxismo, o la actualización de aquellas novedades que reclaman un nombre definitivo, como aportantes. No pretendemos la ociosa academización de los partidos de naturaleza esperamos que consabida, pero sí de la politización del pensamiento requerido de liderazgos con una materia gris un poco más densa, acotemos, algo típico de aquellos propulsores de la transición democrática de la pasada centuria; vale decir, reivindicando la razón que es tan esencial hasta para idear, discutir, elaborar y realizar una estrategia de oposición que no ha de ganar su identidad confiándose a una simple apuesta por las circunstancias y a los juegos digitales que suscita.

Quien no quiera hacerlo tampoco debe impedir que otros lo hagan, pretendiendo encarnar toda la habilidad, destreza y pericia de sus aún más modestas actuaciones, fallando consecutivamente, y descalificando a quienes demandan una mínima racionalidad. Lo peor es dejar de pensar, induciendo a otros, renunciando a una básica colegiación de la conducción política y de la formulación estratégica, suponiendo que todo dependerá del más sórdido pragmatismo y de una viveza que la aseguran inherente a nuestro gentilicio.

Por definición, la democracia liberal es competitiva, o creciente y fuertemente competitiva, capaz de ofrecer resistencia, como ocurre, según la fortaleza de sus instituciones, frente a la manipulación de las emociones que ejercen o tienden a ejercer un sobrepeso considerable, y, por ello, es importante el seguimiento de todo lo acaecido y lo que acaezca en  la era Trump, algo más que una administración. Convengamos que el miedo y el resentimiento como artificios, por ejemplo, empleados sistemáticamente para fines arbitrarios, nunca expresarán una sentimentalidad genuinamente limpia y democrática, y esa “intimidad pública” de la que habla Lauren Berlant habrá de convertirse en una franca, cotidiana y descarada intimidación.

La política es vida ineludiblemente compartida, e, igualmente, oficio y trayectoria, por lo que, encaminados hacia una sociedad abierta y competitiva, centrada en la dignidad de la persona humana, ha de combatir los sesgos y prejuicios a través de una pedagogía de sus modos y formas que son tan importantes como el fondo y trasfondo. La legítima reprofesionalización de la política, apostolado y servicio que exige vocación y talento, no debe confundir jamás un comunicado de prensa orientador de la opinión pública, con un documento de trabajo, verbal o escrito, cuya densidad puede hablar de una especialidad, una determinada formación y experiencia acumulada, y un fuerte compromiso conciudadano; además, la política es también actuar y dejar (de) actuar con sus variadas (in)satisfacciones.

Probablemente, el curso ambiental que ha tomado el país hoy emotivamente condicionado, tenga por remoto origen la absurda renuencia de determinados sectores a aceptar la derrota guerrillera desde mediados de los años sesenta, convertida en cultura y aptitud, frente a aquellos compañeros de armas que acogieron luego la política de pacificación y protagonizaron un extraordinario debate que marcó época y, no por casualidad, produjo una copiosa y meritoria bibliografía. Todo lo ocurrido posteriormente, desembocó en una cancha electrificada de tensiones de variado voltaje, en rechazo de cualquier reflexión y polémica, afecto y sensatez, respeto y tolerancia, a favor del sectarismo, el fanatismo y la satanización de la contraparte.

Aceptemos que no siempre fue así, y viene a nuestra memoria un encuentro con Iván Loscher en la FIA de 2013: recordemos que fue un exitoso locutor y publicista radial, como un reconocido amante del rock, e, igualmente, inclinado a la izquierda, le interesó la filosofía política e hizo buenas entrevistas a dirigentes e intelectuales trastocando el micrófono en dos o tres libros relacionados. Y es que a la política le concernía el irrenunciable deber de pensarla, y, así no fuese la persona un profesional u oficiante de ella, ajena a la pugna interpartidista, la invocaba sin temor a la controversia en un clima de libertades públicas.  

Fotografía: LB, Iván Loscher en la Feria Iberoamericana de Arte (Caracas, 2013).

lunes, 14 de octubre de 2024

Cajerío

BARATURA DE UNA  AMARGA EXPERIENCIA

Luis Barragán

Entre nosotros, difícilmente haya precedentes respecto a un régimen de tan extraordinarios bajos costos económicos y, a juro, políticos. Gracias al empleo selectivo y eficaz de la fuerza bruta, a una aparente superioridad moral que la mentira más descarada les reporta, y a las guerras foráneas que cumplen con ese otro convencionalismo como es el incremento inmediato de los precios del petróleo, el socialismo del siglo XXI se le antoja lo mejor, bueno, bonito y barato a una izquierda comprometidamente antioccidental, mientras duren sus afanes suicidas.

Por numerosas que sean las protestas espontáneas, no tienen la presión política necesaria para convertirse en una demanda actualizadora, eficaz y consistente, por poderosa y sentida que se diga y realmente lo fuese. Vaciada por la (auto)censura, no hay caja de memoria alguna respecto a los fundamentales indicadores económicos, demográficos, educativos, nutricionales, u otros que le den energía y sensatez a las fórmulas alternativas a un sistema (y sistemia) profundamente depresivo.

El gobierno socialista de esta centuria no soportaría siquiera el mínimo peso que conocieron muy antes los gobiernos democráticos respecto a las grandes y pequeñas exigencias salariales, alimentarias,  hospitalarias, inmobiliarias, transportivas, antidelictivas, con moderación del costo de la vida. Y tampoco resistiría las bulliciosas y perturbadoras denuncias e investigaciones periodísticas y parlamentarias, forzando el juego institucional, o las recurrentes perturbaciones del orden público, incluyendo las protagonizadas por los celebérrimos encapuchados de motivos tan fútiles como el adelanto de los días de asueto en alguna universidad.

Puede conocerse con demasiada dificultad de la ejecución del presupuesto público nacional, su monto definitivo y los niveles de endeudamiento, y los verdaderos aportes que cada órgano, despacho e instancia del gigantesco Estado hace a la población, incurriendo en la menor inversión posible, configurando partidas muy exiguas que dependerán de un eventual crédito adicional, o procurando medios lo suficientemente precarios para suscitar una suerte de lobby clientelar. Además de la consabida y enorme carga fiscal y parafiscal que recae sobre la ciudadanía, reservada enteramente la administración de los fondos petroleros a favor del ejecutivo, permite deducir el bajísimo costo económico y político de un prolongado ciclo, cual pieza maestra de la preingeniería totalitaria.  No obstante, inadvertido todavía por la genuina oposición, seguimos entendiéndonos en un particular lenguaje que nos relega a la única caja de diálogo con insumos que rápidamente empobrecen por sus eufemismos e invectivas.

En efecto, herencia de una larga tradición descompuesta y tergiversada, políticamente nos entendemos en clave de telenovela de baja producción que posterga el capítulo final ad infinitum, consumadamente maniquea y cursilera, promesa de sendos momentos estelares que le deben más a la fantasía que a la realidad, holgura de todo resentimiento vanidoso (o vanidad resentida), compendio de gestos grandilocuentes y efímeros, profundamente ignorante, obstinadamente temeraria.   Suele fracasar con el suspenso, irremediablemente artificioso, más de las veces, generando expectativas que parten de un supuesto inadmisible: la inmadurez política de una masiva audiencia a la que se puede ilusionar con la inminencia de un milagro de redención, como aquella pobrísima doncella vilmente engañada por el embarazador de un único acto de los mil apuros que se descubre heredera de un significativo porcentaje de acciones de SpaceX que resultaron mejores que las arqueológicas de CANTV.

El discurso del poder (e, ¿inevitable?, contrapoder retroalimentador), apela a la misma y tediosa escenografía, los empeños de un manido protagonista, el espejismo de un capitulo superdefinitivo que ha tardado veinticinco años. No es común el escaso costo económico de una experiencia política por la que absolutamente nadie responde, apostando por pasar la página.

Habitual recomendación, importa y mucho pensar fuera de la caja, por lo demás, lanzada a la intemperie, que yace como una obra de arte contemporáneo en tributo de nuestras necedades telenovelescas. Ya no hay cartón para que el CLAP distribuya, comprendidos todos como los bolsas de la ínsula de Barataria: valga acotar, alguna vez soñamos el Arauca, uno de los cuatro cajones apureños.

 Fotografías: LB (CCS, 01/06/2024). 

15/10/2024:

https://www.elnacional.com/opinion/baratura-de-una-amarga-experiencia/

https://morfema.press/opinion/baratura-de-una-amarga-experiencia-por-luis-barragan-luisbarraganj/

https://www.eastwebside.com/luis-barragan-baratura-de-una-amarga-experiencia.html

Breve nota LB: A Eduardo Martínez (Eastside), le llamó la atención una expresión: baratura, e investigó hasta conseguir la pieza chilena para publicar el texto. Le dio tonalidad de antigua fotografía.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Pero los socava

El Nacional, lunes 5 de septiembre de 2011, C-3

El foro del lunes 

IBSEN MARTÍNEZ: LAS TELENOVELAS NO TUMBAN GOBIERNOS

«Carlos Andrés Pérez no fue una mezcla de Lincoln con Gandhi»

El escritor cree que la crisis política ha dado pie para exculpar los errores del ex presidente. Asegura que Petroleros suicidas no es una obra concebida para desprestigiar a la antigua Pdvsa

Carmen V. Méndez 

Cuando en México se desató la crisis del PRI, una televisora contactó a Ibsen Martínez, pues en ese país había llegado el momento de poner al aire la receta infalible que el autor de Por estas calles tenía para influir en política. Otro tanto sucedió en 2001, en Argentina, a raíz de la salida de Fernando de La Rúa de la Presidencia. El dramaturgo y articulista aún se pregunta cómo un producto cultural que considera vacuo puede suscitar tales expectativas en quienes aspiran a lograr un cambio político. Sin embargo, su sello sigue siendo el mismo: bien sea en la televisión, la prensa o el teatro, su tema más consistente es el retrato que hace de una sociedad a la que parecieran perseguirla los malos gobiernos. Las piezas Como vaya viniendo y Petroleros suicidas dan fe de ello. 

Como vaya viniendo ha agotado las funciones, y el libro La rebelión de los náufragos de Mirtha Rivero va por la quinta edición. ¿Revisionismo o pura nostalgia? ¬Empecemos con el libro de Mirtha Rivero. A mí, en lo particular, me irritó mucho el epígrafe que dice: ¿de qué se quejan? También me llama la atención el tono exculpador que tiene con respecto a la figura de Carlos Andrés Pérez. 

Los protagonistas de ese libro llegan al extremo de decir que Por estas calles formaba parte de una conspiración deliberada. En el texto hay una entrevista de la que no me retracto un ápice, pero cuando estaba escribiendo el espectáculo de Eudomar, que en principio iba a ser un monólogo, me sentí movido a responderle a la autora. Me parece muy característico del período que estamos viviendo el hecho de que un libro sea objeto de un comentario en el teatro. 

Ahora, no podría asegurar que sea nostalgia por una época. Sí hay mucha gente que piensa que vivíamos mejor en los años noventa. Creo que hay una salvedad que hacer: el tema de las libertades públicas. 

Hay que resaltar, por ejemplo, que con toda la irritación que produjo. Por estas calles en la clase política y en ciertos sectores del empresariado, a nadie se le ocurrió sacarla del aire y cerrar un canal. Es lo que puedo decir en abono del pasado. 

¿La telenovela no tenía una intención política? ¬Las telenovelas no tumban gobiernos. Afirmar lo contrario sería caer en las pendejadas marxistas que se repiten tanto ahora. Lo que pasa es que la rabia y el desconcierto que produce el actual estado de las cosas lleva a mucha gente a interpretar, con la frivolidad característica de los venezolanos, un programa de televisión. Mientras la oposición, la clase media venezolana, sea tan comemierda (te ruego que pongas "comemierda") seguirá habiendo sospechosos habituales como Ibsen Martínez, que acabó con esa mezcla de Abraham Lincoln con Gandhi que era Carlos Andrés Pérez, una víctima de los intolerantes venezolanos que no lo supimos comprender. ¡Cómo si no hubieran existido Cecilia Matos, Vinicio Carrera ni Blanca Ibáñez! 

Pero ese mismo razonamiento debe rondar la cabeza de quienes han agotado las funciones de Como va- ya viniendo... Y usted no ha cambiado de tema. 

Como vaya viniendo es, estrictamente hablando, una operación de empresariado teatral. Dos amigos que trabajaron juntos en una telenovela deciden hacer un espectáculo, entre otras cosas porque no hay un canal que pueda emitir de nuevo la telenovela y tienen cosas que decir. 

¿Se despidió para siempre de la televisión? ¬No tengo el menor interés en el medio, ni siquiera tengo televisor en mi casa, pero sé que actualmente hay al aire apenas dos producciones nacionales. En el caso de Venevisión (cualquiera que trabaje allí lo puede atestiguar, aunque seguramente bajo condición de anonimato), la telenovela no sólo se ve vulnerada por la reducción de la producción sino también por la autocensura. Se torpedean ideas muy creativas que podrían tener mucho futuro en un ambiente menos polarizado. 

Esa es su fórmula. ¬Eso fue más o menos lo que hicimos en Por estas calles. En una boda,un miembro de la Federación Médica me decía que al poner a un médico corrupto en la telenovela yo estaba desacreditando a todo el gremio. Eso suele ocurrir. Igual sucede ahora con Petroleros suicidas: la Gente del Petróleo cree que yo escribí una pieza para denigrar de un colectivo político. Todo lo contrario, si la vieran se darían cuenta de que no. 

Hay dos tabúes en Petroleros suicidas: el primero es el petróleo, y el segundo es la idea de que el venezolano no se suicida. ¬Hay varios planos para entender la pieza. Uno: el desconocimiento que el venezolano medio tiene de cómo funciona esa industria que le da de comer y suscita el clientelismo político. Dos: el venezolano se conforma con fórmulas vacuas. Ni siquiera la academia está atenta ni tiene claro qué significa el petroestado para Venezuela. Creo que el teatro no es el medio para discurrir sobre ello, pero lo que sí puede aportar, como lo ha hecho desde Shakespeare para acá, es preguntas. Y en eso, pues lo lamento, soy mejor dramaturgo que Horacio Medina y Juan Fernández. Con respecto al suicidio, siempre me ha llamado la atención que en el país las crisis bancarias terminan con un banquero fugado en Miami; es curioso que en el extranjero no es raro que el banquero expuesto a la deshonra pública se pegue un tiro, se tire de un puente... Eso no ocurre entre nosotros, y es algo que vinculo mucho con la ambigüedad moral del venezolano. 

Eso también está presente en la figura del "radical libre", que ahora controla Pdvsa pero hace negocios con los que participaron en el paro. Volviendo al teatro, lo más importante para mí es el espaldarazo del público. Como decía Ibsen "el Bueno": si un autor teatral no está dispuesto a decir cosas impopulares no vale la pena.

viernes, 14 de junio de 2024

Noticiero retrospectivo

- Gilberto Antolínez. “Indigenismo venezolano: Motilones”. El Universal, Caracas, 11/05/1947.

- Hugo López con fotografía de Pedro Garrido, entrevista a Esteban Zarikian. “El contrabando de textiles le ha quitado a la industria el 50 por ciento del mercado”. El Nacional, Caracas, 08/02/80.

- Pascual Venegas Filardo. “Génesis de una economía: La ruta del cacao”. El Universal, 28/08/72.

-     Víctor Vidal. “El derecho a la privacidad”. El Nacional, 18/02/82. 

-     Max Mara, con fotografías de Toledo. “El mejor libreto y elenco para ´María Soledad´” (Telenovela: Lupita Ferrer, Jorge Palacios, Pierina España, entre otros). Momento, Caracas, N° 900 del 14/10/73.

Reproducción: Publicidad electoral de Pedro Tinoco, candidato presidencial. El Mundo, Caracas, 03/04/1973.

domingo, 27 de febrero de 2022

Weltanschaunng caribeña

DE VILLANÍAS Y MEDIANÍAS

José Rafael Herrera 

No resulta fácil ponderar la profundidad de los daños que cierto tipo de telenovelas -obviamente, las más populares, las de mayor raiting- pudieron haber ocasionado sobre la consciencia social de los venezolanos. No hace mucho tiempo, la selección de fútbol venezolana -la “Vinotinto”- debía enfrentar a la selección chilena -la “roja”. Días previos a la confrontación deportiva, en Chile, los medios de comunicación anunciaban el partido bajo la siguiente premisa: “Ellos saben de telenovelas. Nosotros sabemos de fútbol”. A pesar de la dureza de la frase, e incluso, a pesar de que tampoco es que los chilenos sean precisamente los mayores exponentes del fútbol en América Latina, algo de verdad retumbaba en los intersticios de aquella mordaz, abigarrada y, sobre todo, vanidosa consigna de quienes finalmente terminarían aprendiendo a hablar -no sin ciertos bemoles- el idioma español gracias a don Andrés Bello.

Desde el comienzo de los años sesenta del siglo pasado, poco después de que comenzaran a llegar los primeros exiliados cubanos a Venezuela, Diego Cisneros fundó Venevisión, con lo cual una suerte de Weltanschaunng caribeña, heredera tropical de Corín Tellado, se fue abriendo espacio y tiempo en territorio venezolano. La primera novela que transmitió el canal se llamaba La cruz del diablo. Ya para 1965 la estación televisiva emitía 18 de los 20 espacios de mayor audiencia en Venezuela. Y en 1971, la telenovela Esmeralda, escrita por la cubana Delia Fiallo, protagonizada por Lupita Ferrer y José Bardina, se había convertido en un auténtico acontecimiento nacional. Como en su tiempo lo fue, sin duda, El derecho de nacer, de Felix Caignet, protagonizada por Conchita Obach y Raúl Amundaray -“Albertico Limonta”-, que comenzó a ser transmitida en 1965 por el canal de la competencia, RCTV. Una telenovela que duró, nada menos, que 600 capítulos. De ahí en adelante, y no sin razón, los jocosos caraqueños comenzarían a llamarlas “teleculebras”. Y no sólo por su longitud, por cierto, sino, además, por sus enredos, torciones, intrigas, “colmillos” punzantes y por el respectivo “veneno” administrado. Todo lo absolutamente extraño a un mínimo de buen sentido y, por supuesto, de sentido estético. Desde entonces, la gran industria de la pobreza espiritual fue marchando “a paso de vencedores”.

Con los años, las cosas se fueron empeorando, y el perfeccionamiento de la villanía como modo de ser fue concreciendo. Las “malas” o los “malos” se hicieron de un nombre, hasta transformarse en modelo de vida de todo aquel que aspirara a abrirse paso en la vida, no precisamente por las calles del medio sino por los atajos o los “caminos verdes”. Por fortuna, hubo toda una generación entera de escritores que, más que raiting, dejaron un mensaje de ciudadanía, ubicado muy por encima de los grotescos embrollos y la vulgaridad. Los trabajos dejados por José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia, César Miguel Rondón, César Bolívar, Pilar Romero, Julio César Mármol, Boris Izaguirre, Carolina Espada, Leonardo Padrón, entre muchos otros, dan cuenta de ese importante esfuerzo por salir de la interminable pesadilla sembrada, que en mucho afectó -y logró colmar de pasiones tristes- la idiosincrasia de los venezolanos.

Un ejercicio interesante consistiría en imaginarse a ciertos dirigentes políticos de hoy en su pubertad, sentados en el sillón frente a la tele, con su gorrita tricolor y sus “chancletas de la victoria”, viendo -¡y aprendiendo!- no del Rey Lear, Macbeth, Hamlet, y ni siquiera de la Doña Bárbara de Gallegos o del Boves el Urogallo de Herrera Luque, sino nada menos que del estribillo de trapisondas de Leonela, Topacio, Cristal o Paraíso. He ahí las “obras completas” de unos cuantos “líderes” del gansterato y de la llamada “oposición”, los mismos que no tienen ni la menor idea de lo que significa ese concepto de origen aristotélico, por cierto. ¿Alguien podría imaginarse a Nicolás Maduro o a Diosdado Cabello leyendo a Shakespeare, a Lope de Vega o a Goethe? ¿Alguien, en su sano juicio, podría representarse al “doctor” Bernal acariciando las páginas del Tratado sobre la tolerancia de François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, o el Tratado Teológico-Político de Spinoza?

Pareciera que la actual situación que padece Venezuela es asumida por su dirigencia política en clave de la peor telenovela. Su modelo puede instintivamente saltar desde la buena y humilde campesina -o campesino- venida -o venido- a la ciudad en busca de oportunidades y, por supuesto, del “amor verdadero”, hasta el papel de “la mala” -o el villano-, una “bicha” -o un “bicho”- intrínsecamente malvado. La maldad por naturaleza, generadora de la desgracia de sus potenciales rivales, capaz de hacer “lo que sea” para verlos arrastrados ante sus pies, suplicando piedad, mientras muerde el polvo. De ahí a arrojar a un concejal por la ventana de un décimo piso no hay, en el estricto sentido de la retorsión, mucha distancia. O presidir la resistencia estudiantil para terminar haciendo el papelazo de burócrata del gansterato en las medianías universitarias. Cosas de la concupiscencia telenovelezca, efímeras, propias de toda ficción de poder. Los unos porque son fascistas, pero se niegan a reconocerlo. Los otros porque también lo son, aunque no lo sepan. La conciencia dice lo que no sabe y sabe lo que no dice, observaba Hegel.

Caso de excepcional mención merecen los villanos de la oposición “radical”, los “puristas”, los managers profesionales de tribuna, liberales “desprendidos”, que imaginan formar parte esencial de una gran cruzada cívica y nacionalista, de una epopeya hecha de los retazos que brotan de las medianías espirales de sus teclados, al que conciben como núcleo central de una suerte de teodicea infinita. “Without merci!”. Inteligentes, sin duda. Pero hábilmente falaces. Son los expertos en “revelaciones”, los que sólo logran ver sombras, oscuridad y gatos pardos en la noche, los remedos de los Schelling,  los Schopenhauer y los Nietzsche del presente. Los mejores aliados del totalitarismo. Terroristas cómodos y a ratos ingenuos. Villanos snug, maniqueistas de papel maché, que ni por un instante se atreven a decir del régimen gansteril lo que gritan de viva voz contra quienes consideran como sus enemigos, a quienes califican de “oposición blandengue”. Forman, en suma, la villanía de la medianía. Cuando la visión del mundo de un país está mediada por la truculencia de sus peores telenovelas, las cosas sólo pueden llegar a tener un “final” de yeso, pero no de mármol. De ahí la necesidad de recomponer las ideas y los valores. ¡Vaya daño el de los mass media, sus ratings y sus “culebrones”!

Fotografía: Marina Baura y Raúl Amundaray, tomada de la red.

24/02/2022:

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY