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sábado, 12 de julio de 2025

"... La hipérbole busca provocar y descolocar al oyente"

TRASFONDO DE LAS ANTÍTESIS

(San Mato, 5: 17-37)

Enrique Martínez Lozano

Después de la proclamación de las Bienaventuranzas, que convierten en "sal" y "luz" a quien las vive, empieza propiamente el "cuerpo" del Sermón de la montaña, que se va a desarrollar en tres bloques:

       la "justicia nueva" del Reino, que regula la relación con los otros (5,21-48);

       la vivencia limpia de la religiosidad, evitando el riesgo siempre acechante de la hipocresía y el fariseísmo (6,1-18);

        y la invitación a una confianza radical en el Padre (6,19-7,11).

Como trasfondo de todo el primer bloque, no es difícil percibir la polémica –que había ocupado un primer lugar en las Cartas de Pablo y que constituyó una de las causas de mayor enfrentamiento en las primeras comunidades- entre la "ley" y el "evangelio".

A diferencia de la postura tajante de Pablo –tal como queda magníficamente reflejada en las Cartas a los Romanos y a los Gálatas-, Mateo parece querer contentar a todos; probablemente, porque su propia comunidad se hallaba dividida a partes iguales entre partidarios de ambas posturas.

En su escrito parece reflejarse la tensión entre los partidarios de seguir literalmente la ley y quienes creían que había quedado definitivamente superada. Pareciera incluso como si, en aquella comunidad, se estuviera viviendo un consenso bastante inestable.

Ese enfrentamiento puede explicar la actitud de Mateo para quien, por un lado, "tiene que cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley" y, por otro, es necesario "ser mejores que los letrados y fariseos" (es decir, parece exigirse la vivencia de una "justicia" que trasciende la ley).

Y es precisamente esa "justicia" –un término particularmente querido para Mateo, y que podría traducirse como "ajustarse a Dios"-, una justicia que es infinitamente superior a la "ley", la que va a ser descrita en cinco antítesis llamativas (en el texto de hoy se abordan las tres primeras).

Y resultan llamativas, no sólo por el contraste manifiesto, subrayado a veces incluso de forma hiperbólica –como veremos-, sino por el modo de presentar a Jesús, con una autoridad superior a la propia Ley, a la que radicaliza, remitiéndose únicamente a su propia persona: "Se os dijo..., pero yo os digo...".

Indudablemente, la autoridad –en el sentido más genuino de la palabra- que se desprende de esa actitud no tiene equivalente en toda la literatura bíblica. Acerquémonos ahora a las tres primeras antítesis.

1ª. ¿Sólo no matar?

Tras la cita correspondiente ("No matarás": Libro del Éxodo 20,13 y Deuteronomio 5,17), la palabra de Jesús enfatiza hasta el extremo el respeto al hermano.

No sólo porque quiera eliminar hasta el insulto más pequeño –los que la versión castellana traduce como "imbécil" (raka) o "renegado" (moros) eran bastante usuales e inocuos-, sino porque coloca la relación con los otros por encima incluso de la ofrenda religiosa, es decir, por encima del Templo.

Es patente cómo la religión queda "enmarcada" sanamente en una actitud amorosa hacia los demás.

2ª. ¿Sólo no adulterar?

Sin duda, la expresión de Jesús ("todo el que mira a una mujer...") suena a exageración; según el gusto oriental, la hipérbole busca provocar y descolocar al oyente.

Pero aparece cargada de sabiduría. Si la tendencia característica del yo es la posesión y la apropiación, la palabra del Maestro quiere situarnos en la sabiduría de la primera de las Bienaventuranzas: son felices quienes son "pobres de espíritu", quienes no giran en torno a las pretensiones del yo.

La alusión al ojo y a la mano que son "ocasión de pecado" hay que leerla, obviamente, en clave simbólica: son los deseos y las acciones que hacen daño los que tienen que ser "cortadas". (En la antropología semita, bien anclada en lo somático, las diferentes partes del cuerpo designan actitudes y acciones).

La referencia al divorcio parece reflejar también una problemática de la comunidad de Mateo, en la que ya se habría aceptado alguna causa para el mismo: la "porneia", que no se sabe bien cómo traducir: "prostitución", "fornicación", "unión ilegítima"... En cualquier caso, según los expertos, es discutible que este tema hubiera entrado en la enseñanza de Jesús.

3ª. ¿Sólo no jurar?

La insistencia de Jesús en la veracidad y transparencia de la palabra es admirable. Todos los maestros espirituales han valorado siempre el hecho de expresar con sencillez la propia verdad. Y entre muchos grupos humanos no se reconocía valor mayor que el de la "palabra dada".

Sí o no: el lenguaje de la verdad es indicio de la libertad interior de quien, de una manera u otra, ha trascendido su ego. Porque el ego tiene otros "valores" por encima de la verdad, aquéllos que lo sostienen y alimentan. De ahí que sea tan hábil en la racionalización, la justificación y tantos otros mecanismos de defensa.

Sin embargo, quien no tiene que "proteger" su yo (su imagen) puede mostrarse sencillamente en su verdad, con todos sus claroscuros. Y viene a descubrir que es precisamente el reconocimiento de la propia verdad la mayor fuente de descanso, paz y libertad interior... Y la actitud capaz de construir fraternidad en torno a sí, una fraternidad que sólo es posible desde la desegocentración.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1334-trasfondo-de-las-ant%C3%ADtesis.html

Ilustración: Caravaggiio, "Las siete obras de la misericordia".

UNA IGLESIA SAMARITANA

(San Lucas, 10: 25-37)

Enrique Martínez Lozano

Los letrados eran los "teólogos oficiales" del judaísmo. Este se acerca a Jesús, queriendo "ponerlo a prueba", con una pregunta característica del yo religioso: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?".

Como sabemos, el yo se define por su afán protagónico y alimenta su sensación de existir como entidad autónoma, a partir de los mecanismos de la identificación y de la apropiación. En la pregunta del letrado, es él quien tiene que hacer algo para conseguir un beneficio para sí mismo.

Por esa misma razón, la religión del yo no puede ser sino la del mérito y la recompensa, entendida además en clave individualista: hago "algo" para obtener "algo" para mí (aunque eso sea la salvación del alma).

Por otro lado, aquella pregunta denota también la ignorancia en la que el yo se mueve: considerar la "vida eterna" como un objeto que poder atrapar. El yo, al no poder conocer la felicidad, la proyecta siempre hacia el futuro, en la creencia (generalmente inconsciente) de que, por fin, algún día la alcanzará. Eso le hace vivirse proyectado hacia delante, víctima de la ansiedad que nace de su propio vacío.

Pues bien, acostumbrado a perseguir el futuro, no es extraño que se imagine la "vida eterna" como el futuro definitivo en el que, finalmente, él va a ser completamente feliz: ¿Cómo no hacer cualquier cosa para "heredarla"?

De entrada, Jesús se sitúa en el nivel de quien le pregunta y lo remite a algo que era totalmente familiar para un experto religioso: a la Ley.

En su contestación sobre lo que pide la Ley, el letrado combina dos textos: uno del libro del Deuteronomio (6,5) –"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser"- con otro del Levítico (19,18) –"Amarás a tu prójimo como a ti mismo"-.

Parece que la idea del amor al prójimo constituía un principio ético muy claro en el judaísmo anterior a Jesús. Y gracias al influjo de los judíos helenistas, poco a poco se había ido unificando la doble dimensión del amor –a Dios y a los otros-, de acuerdo a las dos reglas básicas del helenismo: la eusebia (adoración a Dios) y la dikaiosyne (el amor al prójimo).

A Jesús le agrada la contestación, le anima a vivirlo y parece así zanjar la cuestión: "Haz eso y tendrás la vida". Por un lado, el Maestro de Nazaret vincula estrechamente el amor y la vida; por otro, no habla ya de "vida eterna" como si fuera un "premio" a conseguir, sino de experimentar la vida. Eso es lo que ocurre precisamente cuando nos abrimos al amor, en un proceso creciente de desegocentración. Pareciera como si Jesús hubiera encontrado una puerta para ayudar a aquel hombre a salir del círculo de un yo que buscaba su "premio eterno".

Pero el letrado no da el diálogo por terminado. Más que "aparecer como justo", necesita "justificarse", es decir, intentar demostrar que su pregunta no había sido tan tonta. Pero, a pesar de haber caído en otro mecanismo propio del yo –la justificación-, su nueva intervención va a dar la ocasión para que contemos con esta admirable parábola, que resume el corazón mismo de todo el evangelio.

Se trata de un relato exclusivo de Lucas, aunque se remonta a una tradición anterior. Y refleja una cuestión viva en el judaísmo del siglo I, así como en las primeras comunidades cristianas: ¿a quiénes debemos considerar como prójimos? No pocos excluían de esa categoría a los extranjeros y a los samaritanos.

La parábola tiene bien elegidos los personajes: dos profesionales del templo –el sacerdote y el levita- y un hereje, a quien cualquier judío piadoso debía evitar.

De un modo provocativo, Jesús hace de este último –excluido de los círculos "honorables"-, el protagonista bueno, frente a los dos hombres religiosos, en un contraste que habría de resultar a su auditorio tan hiriente como polémico.

De esa manera, introduce un principio radicalmente revolucionario en el mundo de la religión: hay un camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo. El sacerdote y el levita imaginaban hallar a Dios en el templo; sin embargo, según Jesús, quien realmente se encuentra con Dios es el que atiende al hombre necesitado. Se trata de un criterio luminosamente claro, pero tan subversivo que la misma religión tiende a olvidarlo.

Dicho en otras palabras: lo que Dios nos pide –según Jesús- no es que seamos "religiosos", sino que seamos "humanos", viviendo la compasión hacia los otros.

Eso es precisamente lo que caracteriza al samaritano: su corazón compasivo. Compasión es la capacidad de "meterse" en la piel del otro, para ver las cosas como él las ve, y sentirlas como él las siente.

Pertenece a la misma familia semántica –aunque sea en griego- que la "simpatía" y la "empatía". Por eso, la compasión no es en absoluto un sentimiento superficial o efímero, como sería una lástima pasajera, sino tan profundo que conmueve a la persona y la lleva a una acción eficaz –sin esa acción no hay compasión, sino apenas "lástima" superficial y pasajera-, haciendo todo lo que está a su alcance para aliviar él la necesidad del otro que sufre.

Con la parábola –que critica a un sistema religioso de corazón endurecido-, Jesús hace ver que la pregunta del letrado era engañosa.

No se trata de preguntarse "¿cuál es mi prójimo?", sino "¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo?".

Y concluye dando respuesta a la cuestión primera: "¿qué tengo que hacer?". Jesús contesta: "Haz tú lo mismo". No debió resultar agradable para un letrado que le pusieran como modelo de comportamiento al detestado samaritano. Pero, más allá de la anécdota y de la ironía que el relato destila, el criterio sigue en pie. Lo que "hay que hacer" es vivir la bondad compasiva con quien se halla en necesidad. No hay criterio religioso por encima de éste.

Por eso producen tristeza no pocas reacciones de las autoridades eclesiásticas que parecen actuar más de acuerdo al propio establishment religioso que al mensaje de Jesús. La postura de L'Osservatore Romano, a raíz de la muerte del escritor y premio Nobel José Saramago, es un ejemplo de lo que, en nombre de Jesús, no deberíamos hacer jamás.

Reproduzco a continuación un breve artículo del periodista Manuel Alcántara, comentando el texto aludido del diario vaticano.

"El diario oficial de la Santa Sede ha aprovechado la muerte de Saramago para reprocharle su conducta, que aparte de haber sido ejemplar desde un punto de vista personal, estuvo siempre a favor de los más desamparados.

Con una escandalosa falta de piedad, que hace sospechar que quienes redactan las páginas del frecuentemente hirsuto diario no tienen a los Evangelios entre sus lecturas predilectas, acusan al gran escritor de profesar «una ideología antirreligiosa» y le piden cuentas póstumas por ser marxista. Una madre no debe despedirse así de uno de sus pobres hijos. Ni siquiera la Santa Madre Iglesia.

Saramago, que no es uno de mis escritores favoritos, ni siquiera entre los que más me han ayudado a vivir entre los que nacieron en su tierra, era un ser humano importante, o sea, alguien a quien le importaban los otros seres humanos. Estuvo siempre comprometido con la vida, a pesar de que nunca esperó nada de ella, y nunca disfrazó sus ideas.

Era muy callado, muy reservado, muy cortés. ¿Por qué aprovecharse para zaherirle su comportamiento a que la muerte le obligue a mantener una reserva aún mayor? Los muertos, sean quienes sean, quiero decir quienes hayan sido, merecen indulgencia. Ya lo saben todo, o siguen ignorándolo todo. Un respeto para ellos.

La falta de piedad mostrada por las páginas del diario vaticanista no sólo es sobrecogedora, sino que desmiente la teoría del perdón, que es lo único que nos permite rectificar el pasado. Repito que esa actitud es impropia de la madre misericordia, pero además aquella dignísima persona tenía derecho a sospechar la verisimilitud de algunos mitos que le fueron transmitidos.

Hay que ser o creyente o pensante, dijo Schopenhauer, pero eso ha sido desmentido en ocasiones. ¿Qué culpa pueden tener algunos de no creerse las promesas post mortem? La fe es un don, según dicen sus usuarios. No hay que reñirle a los muertos. Está muy mal que lo haga una madre. Todos somos hijos de Dios".

Finalmente, bajo la perspectiva de la parábola que venimos comentando, tiene razón el obispo Jacques Gaillot cuando afirma que "una Iglesia que no sirve, no sirve para nada" –es el titulo de un libro que publicó en 1995, en la editorial Sal Terrae-. Y es que la Iglesia que se remite a Jesús únicamente puede ser fiel al Maestro si es, en la práctica, "una Iglesia samaritana".

Pero, a su vez, sólo podrá ser esa Iglesia, cuando quienes la integramos vayamos creciendo en capacidad de amar, porque hayamos empezado a descubrir que el Amor es el núcleo de nuestra misma identidad.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1866-una-iglesia-samaritana.html

Ilustración:  Rembrandt. 

Brevísima nota LB: Nos equivocamos y, en lugar de san Lucas, colocamos a san Mateo. 

Padre S. Martín: Sinodalidad, clero agobiado: https://www.youtube.com/watch?v=gwR9CM0rxCw

Padre Peraza: https://www.facebook.com/arperaza/videos/1181385063757267

León XIV: https://www.youtube.com/watch?v=66gKiWNYfnA


Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=1rmE1h8BO2E&list=RD1rmE1h8BO2E&start_radio=1


Monseñor Biord:https://www.youtube.com/watch?v=e-Q7JSGRRBc&list=RDe-Q7JSGRRBc&start_radio=1



sábado, 24 de junio de 2023

Sentirse salvados

ANALIZA CON CUIDADO TUS MIEDOS, VERÁS QUE TODOS SON RIDÍCULOS

Fray Marcos (Rodríguez)

 San Mateo. 10: 26-33

El "no tengáis miedo", que hoy hemos escuchado una y otra vez en el evangelio, está encuadrado en el contexto de la misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán y les encarcelarán.

Sin embargo, está claro que la advertencia podemos aplicarla a todas las situaciones de miedo paralizante que podemos encontrar en la vida. No sólo porque Jesús dice lo mismo en otros contextos, sino porque así lo insinúan las bellísimas imágenes de los gorriones y los cabellos.

El miedo es un sentimiento que surge en el hombre ante un estímulo que interpreta como peligroso para su subsistencia. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto primero es defendernos; sea huyendo, sea dando energía para enfrentarse a la amenaza.

Pero el ser humano puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar su humanidad. Este miedo artificial, en lugar de defender, aniquila. Este miedo es lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.

¿Por qué tenemos miedo? Anhelamos lo que no podemos conseguir y surge en nosotros el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo bueno que creemos tener y surge el temor. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos.

Creemos ser lo que no somos y quedamos enganchados a ese falso "yo". No hemos descubierto lo que realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente.

Jesús dijo: "La verdad os hará libres". Todos los miedos son causa de la ignorancia. Si conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para el miedo que nos impide ser nosotros mismos. Si no experimentamos por nosotros mismos la realidad que nos fundamenta, estaremos siempre intranquilos y surgirán los miedos.

Si Jesús nos invita a no tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o de que si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego.

Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades, sabiendo que los contratiempos no pueden anular tu ser. Dios no es la garantía de que todo va a ir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso.

La confianza no surge de un voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es para nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza.

La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no depende de mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí, no es una pérdida, sino una ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado es Dios mismo, mi futuro es también Dios; mi presente está en manos de Dios y no tengo nada que temer.

Sólo el afán de seguridades y de controlar mi propio ser, es el que me mete por ese callejón sin salida que es la zozobra, el malestar, la inseguridad, en una palabra, el miedo.

Hablar de una verdadera confianza en Dios es meternos en un terreno muy peligroso, porque nos obliga a salir de las falsas imágenes que tenemos de Dios.

Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de confiar en un ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera, aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí.

Por grande que sea el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para confiar. Confiar en Dios es aceptar la realidad que Él quiso, tal como la quiso. Confiar en Dios no es esperar su intervención desde fuera para que rectifique la creación. Es entrar en la dinámica de la creación y no violentarla.

Es dejarse llevar por la energía de la vida que sabe perfectamente a donde tiene que llevarme. Es dejar que la vida fluya por los cauces que le ha preparado su creador, y no por los que una criatura, que se cree la reina de la creación, quiere llevarle.

El miedo no sólo es explotado por empresas que se dedican a toda clase de seguros, sino también por las religiones, que explotan a sus seguidores vendiéndoles seguridades, después de haberles infundido un miedo irracional a lo sagrado.

Creo que todas las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas. El miedo inducido es el instrumento más eficaz para dominar a los demás. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir la docilidad de sus súbditos.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La misma jerarquía ha caído en la trampa. La causa de la falta de actualización de doctrinas, ritos y normas morales, es el miedo.

La institución se ha dedicado a vender, muy baratas por cierto, seguridades de todo tipo, y ahora ella misma está sustentada en las seguridades externas que ha vendido, y no en la confianza en Dios, que sería la verdadera fe bíblica.

Hay que tener mucho cuidado, porque a veces los hombres están en contra nuestra, no porque seguimos a Jesús, sino por habernos apartado del evangelio.

Las religiones siguen necesitando un Dios que sea todopoderoso, y que ese poder omnímodo lo ponga al servicio de nuestros intereses. Dios es nadapoderoso, porque todo su poder ya lo ha desplega­do, mejor dicho lo está desplegando constantemente, por lo tanto no puede en un momento determinado actuar con un poder puntual.

Por eso mismo, tenemos que confiar totalmente en él, porque nada puede cambiar de su amor y compromiso con los hombres. La causa de Dios es la causa del hombre.

No nos engañemos, ponerse de parte de Jesús es ponerse de parinextricablemente. Su voluntad es eterna e inmutable, pero no es algo añadido a la creación, sino la misma creación.

Si de verdad nos creemos que Dios es creador; es decir que e este momento Él está creándome y está involucrado en mi existencia. Si de verdad me creo que vistas desde Dios, las criaturas no se distinguen del creador, entonces surgirá en mí un sentimiento de total seguridad, de total confianza en mí, en lo que soy y en lo que yo significo para Dios. Descubriré lo que Dios significa para mí.

Esta experiencia no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos.

Jesús nos invita a no tener miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de ti mismo. El miedo a no ser suficientemente bueno, es la tortura de los más religiosos.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida.

La muerte sólo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de egoísmo. Temer la muerte es temer perder todo eso. Es un contrasentido intentar alcanzar la plenitud y seguir temiendo la muerte.

En el evangelio está hoy muy claro. Aunque te quiten la vida, ¿qué te quitan en realidad? Lo que te arrebatan es lo que no eres.

Meditación-contemplación

¡No tengas miedo!

Si analizas detenidamente tus miedos, descubrirás dos cosas:

que no has hecho tuya la salvación que Jesús te ofrece

y que sigues buscando la salvación donde no está.

Si has conseguido no temer a los hombres,

pero sigues temiendo a Dios,

en vez de avanzar en tu liberación,

te has metido por un callejón oscuro y sin salida.

Jesús deja muy claro en el evangelio

que no debes temer a nada ni a nadie.

Ni a los hombres, ni a Dios, ni a ti mismo.

Esto último es lo más difícil, porque supone desapego total.

No sigas pensando que tienes que ser bueno

para alcanzar la salvación.

Tienes que sentirte ya salvado para ser mejor.

Ilustración: La vocación de san Mateo, de Caravaggio.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/2683-analiza-con-cuidado-tus-miedos-ver%C3%A1s-que-todos-son-rid%C3%ADculos.html

Cardenal Porras: https://www.youtube.com/watch?v=hzB60lR_jqw

domingo, 16 de abril de 2023

Colocar nuestros dedos en las llagas de Crito

AMANDO, PODEMOS DESCUBRIR A JESÚS VIVO

Fray Marcos (Rodríguez)

DOMINGO 2º DE PASCUA (A)
Jn 20,19-31
Es esclarecedor que en los relatos pascuales Jesús solo se aparece a los miembros de la comunidad. O como es el caso de hoy, a la comunidad reunida. No hace falta mucha perspicacia para comprender que están elaborados cuando las comunidades estaban ya constituidas. No tiene mucho sentido pensar, como sugieren los textos, que el domingo a primera hora de la mañana o por la tarde ya había una comunidad establecida. Los exégetas han descubierto que los textos quieren decir algo muy distinto.
“Todos lo abandonaron y huyeron”. Eso fue lo más lógico, desde el punto de vista histórico y teológico. La muerte de Jesús en la cruz perseguía precisamente ese efecto demoledor para sus seguidores. La muerte en la cruz no pretendía solo matar a la persona sino borrar completamente su memoria. Seguramente lo dieron todo por perdido y escaparon para no correr la misma suerte. Todos eran galileos, que habían venido a la fiesta para volver a su tierra. La muerte de Jesús solo pudo acelerar esa vuelta.
Cómo se fueron estructurando esas primeras comunidades, es una incógnita. Ese proceso de maduración de los seguidores de Jesús no ha quedado reflejado en ninguna tradición. Los relatos pascuales nos hablan ya de la convicción absoluta de que Jesús está vivo. Es una falta de perspectiva histórica el creer que la fe de los discípulos se basó en las apariciones. Los evangelios nos dicen que para “ver” a Jesús después de su muerte, hay que tener fe. El sepulcro vacío, sin fe, solo lleva a la conclusión de que alguien lo ha robado y las apariciones, a pensar en un fantasma.
Esa experiencia de que seguía vivo, y además, les estaba comunicando a ellos mismos Vida, no era fácil de comunicar. Antes de hablar de resurrección, en las comunidades primitivas, se habló de exaltación y glorificación, del juez escatoló­gico, del Jesús taumaturgo, de Jesús como Sabiduría. Estas maneras de entender a Jesús después de morir, fueron condensándose en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado para explicar la vivencia de los seguidores de Jesús. En ninguna parte de los escritos canónicos del NT se narra el hecho de la resurrección. La resurrección no es un fenómeno constata­ble empíricamente.
La experiencia pascual de los seguidores sí fue un hecho histórico. Cómo llegaron los primeros cristianos a esa experiencia no lo sabemos. En los relatos se manifiesta la dificultad del intento de comunicar a los demás esa vivencia de una realidad que está fuera del tiempo y el espacio. Fueron elaborando unos relatos que intentan provocar en los demás lo que ellos estaban viviendo. Para transmitir esa experiencia, no tuvieron más remedio que encuadrarla en el tiempo y el espacio para que fuera comprensible.
Reunidos el primer día de la semana. Jesús comienza la nueva creación el primer día de una nueva semana. El texto manifiesta la práctica de reunirse el domingo que se hizo común muy pronto entre los cristianos. Los que seguían a Jesús, todos judíos, empezaron a reunirse después de terminar la celebración del sábado, que seguían manteniendo como buenos judíos. Al reunirse en la noche, era ya para ellos el domingo. En el texto se ve que estaba ya consolidado el ritmo de las reuniones litúrgicas.
Se hizo presente en medio sin recorrer ningún espacio. Jesús había dicho: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Él es para la comunicad fuente de Vida, referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús y solamente en él. Jesús se manifiesta, se pone en medio y les saluda. No son ellos los que buscan la experiencia, sino que se les impone. Después de lo que habían vivido, era imposible que no pensaran en Jesús que estaba vivo.
Los signos de su amor (las manos y el costado) evidencian que ese Jesús que están viendo es el mismo que murió en la cruz. Este es el objetivo de todos los relatos pascuales. Lo que ven no es un fantasma ni una elucubración o alucinación mental de cada uno. El miedo que les había atenazado al ser testigos de su muerte en la cruz, desaparece. Ahora descubren que la verdadera Vida nadie puedo quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales indica la permanencia de su amor. La comunidad tiene la experiencia de que Jesús comunica su misma Vida.
Sopló" es el verbo usado por los LXX en Gn 2,7 para indicar que Dios convirtió el hombre barro en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da la verdadera Vida. Queda completada así la creación del hombre nuevo. "Del Espíritu nace espíritu" había dicho Jesús (Jn 3,6). Ahora toman conciencia de lo que significa nacer de Dios. Se ha Hecho realidad en Jesús y en ellos, la capacidad para ser hijos de Dios. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu, objetivo de la creación.
Al dejar claro en el relato que Tomás no estaba con ellos, pretende aportar una lección magistral para todos los cristianos. Separado de la comunidad, es imposible llegar a la experiencia de un Jesús vivo. El separado está en peligro de perderse. Solo cuando se está unido a la comunidad se puede ver a Jesús, porque solo se manifiesta en el amor a los demás que sería imposible si no hay alguien a quien amar. Nadie puede pensar en un amor intimista que pudiera existir sin hacerse efectivo en los demás.
Cuando los otros le decían que habían visto al Señor, le están comunicando la experiencia de la presencia de Jesús, que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida, de la que tantas veces les había hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. De todos modos, queda demostrado en el relato, que los testimonios de otros no pueden suplir la experiencia personal.
¡Señor mío y Dios mío! La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Se negó a creer si no tocaba sus manos traspasadas. Ahora renuncia a la certeza física y va mucho más allá de lo que ve. Al llamarle Señor y Dios, reconoce la grandeza, y al decir mío, el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión. Naturalmente Tomás no es una persona concreta sino un personaje que representa a cada uno de los miembros de la comunidad que dudan, pero terminan por superar esas dudas.
Dichosos los que crean sin haber visto. Todos tienen que creer sin haber visto. Lo que se puede ver no hace falta creerlo. Lo que Jesús le reprocha es la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Eso ya no es posible. Solo el marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo pero desde una perspectiva nueva.
Ilustración: Caravaggio, la incredulidad de santo Tomás. 
13/04/2023:


Obispo Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=f_7zEX-8QqE

Narrador

  https://www.youtube.com/watch?v=4SJWVmLKTlY