El escriba que era Mateo se
vio atrapado en un conflicto, al igual que la mayor parte de su comunidad:
¿cómo conciliar la novedad de Jesús con la fidelidad a la ley de Moisés?
Es ese dilema el que
produce, en el evangelio, afirmaciones que suenan contradictorias (por más que
los exegetas traten luego de armonizarlas): así, se dice que se ha de cumplir
hasta la última tilde de la ley pero, al mismo tiempo, se habla de una
"justicia" mayor que la de los letrados y fariseos; se afirma que
Jesús no viene a abolir la ley, pero a continuación se formulan las famosas
"antítesis" ("se dijo..., pero yo os digo..."), que suponen
una auténtica ruptura con la ley anterior.
En cierto modo, da la
impresión de que las primeras comunidades judeocristianas –como la del propio
Mateo- se vieron obligadas a mantener un equilibrio no siempre fácil entre
quienes enfatizaban la novedad y quienes, por el contrario, buscaban salvar a
toda costa la ortodoxia tradicional.
Con esta clave de lectura,
resulta más fácil dar razón de las contradicciones del texto. Por otro lado,
las dificultades surgidas en la vida cotidiana de la comunidad explicarían también
esas referencias minuciosas acerca de los pleitos.
Con respecto a las conocidas
antítesis, lo más llamativo, sin duda, es su radicalidad. Una radicalidad que
apunta al corazón: no se trata solo de "no matar", "no
adulterar" o "no jurar". Recurriendo a un estilo hiperbólico,
tan del gusto oriental, Jesús apunta directamente a la necesidad de vivir en
conexión constante con lo mejor de nosotros mismos, es decir, anclados en esa
identidad profunda que compartimos con todo y con todos.
Solo desde ese "lugar"
–con esfuerzo, pero sin ningún tipo de voluntarismo- es posible "ver"
de tal manera que lo que brote de nosotros lleve el sello del amor, hasta en lo
más pequeño.
Esa forma de "ver"
y de vivir está por encima del culto. Por ello, el texto insiste en priorizar
la reconciliación por encima de la ofrenda del altar.
Cuando uno se asoma por
determinados portales de Internet que se dicen cristianos y lee los insultos
groseros con los que se descalifica a quien manifiesta una opinión diferente,
le duele constatar lo lejos que estamos aún de las palabras del Maestro, lo
lejos que estamos aún de "ver".
El relato se presenta sólo en Lucas. El carácter de ambas hermanas es muy similar al de la Marta y María que presenta el cuarto evangelio en la escena de la resurrección de Lázaro. Otras Marías "amigas" de Jesús, y la "María" Magdalena, la pecadora que unge los pies de Jesús, y la escena en Betania, donde María unge los pies a Jesús, inducen a los exegetas a ver en estas dos hermanas del texto de Lucas a las mismas de los otros acontecimientos, aunque, evidentemente, la identificación de esta María de Betania con María de Magdala es inadecuada.
Por otra parte, esta mujer llamada Marta que le recibe en su casa no parece tener un hermano, que sería el jefe de la familia (como no fuese menor de edad); y la localización de esta escena en Betania, tan cerca de Jerusalén, es difícil en el itinerario de Lucas (Jesús está todavía lejos de Jerusalén, y tiene que pasar aún por Jericó...) aunque sabemos que el itinerario de Lucas es sólo un recurso literario.
Prescindiendo por tanto de localizaciones e identificaciones, la esencia del relato es sencilla y no necesita mayor explicación para su comprensión. Jesús no llega solo; le acompañan muchas personas, y alojarle es un problema (algo así está en el trasfondo de la falta de vino en Caná).
Hay una variante en los textos; en vez de la expresión "una sola cosa es necesaria", algunos prefieren "hay necesidad de pocas cosas" o incluso "a mí me basta con poco". La fórmula "sólo una cosa es necesaria" tiene más resonancias teológicas y probablemente es una elaboración de la fórmula primitiva. Ha tenido más fortuna probablemente por su mayor resonancia "espiritual".
Jesús, predicador itinerante al que acompañan discípulos y discípulas, acogido con reverente hospitalidad... es una buena imagen del Jesús real. Nada posee, no tiene dónde reclinar la cabeza, pero su condición de profeta, la fe en él como mesías, le hace ser recibido muchas veces con gran solicitud, aunque otras veces es rechazado, como vimos en el evangelio del domingo 13º (Lucas 9,51) en una aldea de Samaria.
La preocupación de Marta es lo lógico: huéspedes (al menos trece), huésped importante, tirar la casa por la ventana, muchísimo trabajo... El comportamiento de María es incorrecto; le deja a su hermana con todo el trabajo. Jesús da la razón a lo incorrecto. Una vez más, Jesús presenta una inversión de valores.
Es un tema permanente en los evangelios, y se nos ha presentado varias veces en los últimos domingos. En la profesión de fe de Pedro, en quién es el más grande, en el rechazo de los que quieren seguirle, en el evangelio proclamado a los sencillos, en el buen samaritano... La imagen de Jesús invirtiendo los criterios y los valores habituales está presente en todo el evangelio (y culminará, dentro de pocos domingos, en el capítulo 15 de Lucas, con las paradójicas parábolas de la misericordia).
Tratar bien al huésped es un criterio honroso. Pero cuando llega la Buena Noticia, el Reino, todas estas honras quedan purificadas. Tratar bien al huésped revierte en honra del que lo hace: quedar bien con todo el mundo. Y éste ya no es un criterio que a Jesús le importe mucho. Sobre todo, porque hay otra cosa más importante en aquel momento. Llega Jesús, y es importante recibirle como se merece; pero es más importante escucharle. A María no le importa tanto lo primero; escuchar a Jesús, mano a mano, en su propia casa, ¡eso sí que es fascinante!
En este sentido, cobra gran importancia la interpretación olvidada de las palabras de Jesús: "Marta, tranquila, no se trata de tirar la casa por la ventana, que nos basta con cualquier cosa", es mucho más profundo que una fórmula de cortesía del huésped que no quiere molestar. Expresa una manera de ser de Jesús, coherente con la actuación de toda su vida. Es coherente sobre todo con el "mesianismo" que Jesús rechaza y con el que ofrece. La gloria externa, el agasajo, los honores al Rey... no son lo de Jesús.
Pero en el texto no solamente se afirma que todo eso no tiene importancia, sino que se aclara qué tiene importancia: escuchar la palabra. La llegada de Jesús a la casa es una oportunidad sin igual de escuchar la palabra: eso es lo importante. Por eso tiene razón María.
Aplicar este evangelio a la superioridad de la vida contemplativa sobre la vida activa es una deformación del mensaje. Cuando se redacta este texto, no existía esa "vida contemplativa" a que suele referirse tal interpretación. No hagamos que los textos digan lo que a nosotros nos parece. Aquí podríamos extendernos sobre esa presunta "superioridad", pero evidentemente no es el lugar adecuado.
Escuchar la palabra. Todos los seguidores de Jesús, no solamente los "contemplativos profesionales", tenemos que atender a "lo único absolutamente imprescindible", que es escuchar la Palabra. Absolutamente imprescindible porque escuchar la palabra es el alimento, el agua. Sin eso, no hay vida espiritual. Jesús mismo se define como Palabra, que es Agua viva venida del cielo, que es maná dado por el Padre... Los mejores símbolos del AT. se aplican de este modo a Jesús.
"Oyente de la Palabra" ha sido una de las más bellas fórmulas inventadas para describir al que sigue a Jesús. Nos viene a la mente la importancia de aquel pasaje, breve y desapercibido a veces, de Lucas 11,27.
"Estando él diciendo estas cosas, una mujer del pueblo alzó la voz:
- ¡Dichoso el vientre que te levó y los pechos que te amamantaron!.
Pero Jesús le dijo:
- Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica".
Este evangelio nos invita por tanto a reflexionar sobre la fuente misma de nuestra conversión, de nuestra vida cristiana. El itinerario interior del que sigue a Jesús se resume en: atender constantemente a la Palabra, dejarse guiar por la Palabra, ponerla en práctica. La Palabra y nuestra respuesta van cambiando nuestros criterios, van produciendo nuestra conversión. Nos identificamos quizá con Marta: la Palabra está ahí, pero nosotros nos dedicamos a otras muchas cosas, no a lo verdaderamente necesario.
Como aplicación práctica para nuestra vida, debemos hacer dos reflexiones: la enorme responsabilidad de los sacerdotes que en las homilías dominicales tienen la misión de presentar la Palabra; la enorme urgencia que tenemos todos los que queremos seguir a Jesús: conocer a Jesús en los evangelios, dedicar un tiempo a orar, no a pedir, sino a escuchar.
Deberíamos ser insaciables en nuestra dedicación a conocer a Jesús, a contemplarlo: es eso lo que puede transformar nuestras vidas, ése es el grano de mostaza, la levadura que ha de fermentar la masa.
Y aquí, no podemos menos que subrayar esta grave carencia del pueblo cristiano: orar, orar con la Palabra. Insistimos una vez más: muchos cristianos rezan mucho y escuchan poco. Escuchar la Palabra, entender el mensaje, masticarlo, asimilarlo. Contemplar a Jesús, para que se nos vaya metiendo dentro y sea levadura que nos vaya cambiando, desde dentro.
La dificultad que muchos sienten es "no tengo tiempo". No es verdad. "No tengo tiempo" significa, simplemente, "otras cosas me importan más". Si no tenemos tiempo para orar, esto significa que escuchar la palabra nos importa poco.
Leemos hoy el final del capítulo 4. Si no explicamos un poco de qué va, da la sensación de tomar un tren en marcha sin saber de dónde viene ni a dónde va.
Después de enseñar en Cafarnaúm y sus alrededores, dejando bien clara la reacción de los jefes religiosos, de los que le siguen e incluso de sus familiares, narra Marcos en el cap.4 varias parábolas y termina con el relato de la tempestad calmada, que acabamos de leer. Se trata de un milagro muy complicado. Los milagros, llamados de naturaleza, son los que menos visos tienen de responder a hechos reales. Están tan cargados de simbolismos que no es preciso que partan de un suceso concreto para justificar la narración.
La Biblia utiliza varias palabras griegas para expresar lo que nosotros denominamosmilagro:
"thauma" = maravilla,
"dynameis" = portento,
"teras" = prodigio,
"semeion" = signo.
El concepto de milagro que manejamos hoy, es relativamente reciente. No tiene ningún sentido preguntarnos hoy si los evangelios nos hablan de milagros (tal como los entendemos hoy), Pero tampoco tiene sentido poner en duda que Jesús hizo milagros, (tal como lo entendían entonces). Lo que nos importa hoy, es descubrir el verdadero sentido de esa manera de hablar. El milagro era un modo de expresarse, comprensible para todos los que vivían en tiempos de Jesús.
Decía Evely: "Nuestros mayores creyeron a causa de los milagros, nosotros creemos a pesar de ellos".
Explicación
El significado general del relato está en la apertura del mensaje de Jesús a todas las gentes. Jesús pide a los discípulos que vayan a la otra orilla. Ya tenemos el primer simbolismo. Está haciendo referencia al paso del mar Rojo y la travesía del desierto. Aquellos pasos, a pesar de los peligros que supusieron, les llevaron a la tierra prometida. Están en el mar de Galilea y la otra orilla era tierra de gentiles. Es una invitación a la universalidad del mensaje, más allá del ámbito Judío, que se opone a la apertura. La primera "tormenta" que se desató en el seno de la primera comunidad cristiana, que nos narra el NT, fue precisamente por el intento de apertura a los paganos.
Al hablar de la tempestad, está haciendo referencia a Jonás. Por cierto, también Jonás se echó a dormir cuando empezó la tormenta, y también fue increpado por el capitán por estar durmiendo mientras ellos estaban muertos de miedo. Por otra parte, el mar es en la Biblia, símbolo del caos, lugar tenebroso de constantes peligros. Dominar el mar era exclusivo de Dios.
Con estos elementos, podemos sacar la enseñanza simbólica. El mensaje de Jesús tiene que llegar a todos los hombres, pero no se conseguirá si no se abandona la falsa seguridad de pertenecer a un pueblo elegido; y a través de constantes luchas con las fuerzas del mal. Jesús manifiesta su poder sobre la tempestad como símbolo del mal.
El verdadero mensaje del relato es la tranquilidad de Jesús en medio de la tormenta. Mientras todos estaban muertos de miedo, él dormía tranquilamente... Hay que tener en cuenta que se llamaba también "cabezal" a la especie de almohada, donde se colocaba la cabeza de un muerto. "Dormir" y "cabezal" están haciendo clara referencia a una situación post-pascual. La primera comunidad tiene claro que Jesús está con ellos pero de una manera muy distinta a cuando vivía. Aunque no lo vean, tienen que seguir confiando en él.
¿No te importa que nos hundamos? La necesidad extrema les obliga a pedir ayuda a Jesús como último recurso. Las palabras que le dirigen nos indican su estado de ánimo. No dudan que Jesús pueda salvarlos, dudan que esté interesado en hacerlo, lo cual es el colmo de la desconfianza. Es dudar de su amor. Esta actitud es la que Jesús reprocha a los discípulos. Siguen necesitando de la acción externa para encontrar la seguridad.
Increpó al viento y dijo al mar: ¡Cállate! Son las mismas palabras que Jesús dirige a los espíritus inmundos cuando los expulsa. Además en singular, como queriendo personalizar al viento. Recordad que la palabra "ruah" (viento) es la misma que significa espíritu. Viento que perjudica, equivale a mal espíritu. El "poder" de Jesús se dirige contra la fuerza del mal, no contra los elementos, que aunque sean hostiles, nunca son malos.
¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe? No son preguntas, sino constataciones de una evidencia palpable. Ni confiaban en sí mismos ni confiaban en él. Aquí tenemos otra clave para la reflexión. Confiar en un Dios que está fuera y actuará desde allí, nos ha llevado siempre al callejón sin salida del infantilismo religioso. Una vez más queda manifiesto que, en la Biblia, la fe no es la aceptación de unas verdades teóricas, sino la adhesión confiada a una persona. Jesús les acusa de no confiar, ni en Dios ni en él.
¿Quién es este? El miedo y la pregunta final de los apóstoles, deja bien a las claras que no habían entendido quién era Jesús. El relato no tiene en cuenta varios títulos divinos aplicados a Jesús, que Marcos ya había adelantado desde la primera línea de su evangelio: "Orígenes de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios". Queda demostrado que no vale una respuesta intelectual. Lo que es Jesús, no hay manera de mostrarlo ni demostrarlo. El descubrimiento tiene que ser experiencia personal de la cercanía de Jesús.
Aplicación
A todos nosotros nos invita hoy el evangelio a cruzar a la otra orilla. Estamos tan seguros en nuestra orilla que no será fácil que nos arriesguemos a cruzar el mar. Ni siquiera estamos convencidos de que exista otra Orilla, más allá de las comodidades y las seguridades que tenemos. Sin embargo, nuestra meta está al otro lado del riesgo y del peligro. La falta de confianza sigue siendo la causa de que no nos atrevamos a dar el paso. No terminamos de creernos que Él va en nuestra propia barca.
El verdadero mensaje de Jesús es que debemos confiar siempre, aunque nos parezca que Dios se ha ausentado y no se preocupa de nosotros. Para Jesús, el enemigo del ser humano no es la naturaleza, sino una falsa visión de la misma. La naturaleza y todas sus leyes son siempre buenas. No tiene sentido que Dios tenga que rectificar su propia obra para hacer que los hombres le descubran y confíen en Él. Flaco favor haría Jesús a sus discípulos si accediera a entrar en la dinámica del dios que pone su poder al servicio de los buenos. Jesús les habla de un Dios que se identifica con ellos en todas las circunstancias.
El libro de Job planteó una cuestión muy seria, pero la solución que le da, está muy lejos de ser la adecuada. Dios tiene que devolver a Job todo lo que le había quitado para que su fidelidad sea creíble. Ese Dios materialmente útil, sigue siendo el poderoso que tratamos de poner a nuestro servicio. El Dios en quien Jesús confió, no fue el que se manifiesta en acciones espectaculares a favor de los buenos, sino el Dios escondido, en quien hay que confiar aunque no lo veamos. Dios está siempre dormido. Su silencio será siempre absoluto. Ni tiene palabras ni tiene instrumentos para hacer ruido. Mientras no busquemos a Dios en el silencio, nos encontraremos con un ídolo fabricado por nosotros.
No son las acciones espectaculares de Dios, las que nos tienen que llevar a confiar en Él. Cuando una persona dice: Yo amo mucho en Dios porque me ha concedido todo lo que le he pedido, estamos ante un autoengaño nefasto para la vida espiritual. El maestro Eckhart decía que tomamos a Dios por una vaca de la que podemos sacar leche y queso. Pero también decía que utilizamos a Dios como una vela para buscar algo; y cuando lo encontramos, tiramos la vela. La idea de un Dios poderoso que pone su poder a mi servicio si me porto bien, es nefasta para la vida espiritual. No se trata de confiar en otro, si no de confiar en que Él está más cerca de mí que yo mismo. Recordad lo que hemos dicho sobre el ágape. Solo si nos sentimos embebidos en Dios podremos sentirnos seguros.
Meditación-contemplación
"¿Quién es este?"
Lo importante no es encontrar respuestas.
Lo verdaderamente importante es hacerte la pregunta adecuada.
La respuesta debe ser tu vida entera.
...............
Lo que es Jesús, es lo que tú eres en el fondo.
Jesús ha desplegados sus posibilidades de ser.
Tú tienes esa tarea aún por hacer.
Sin ningún miedo tienes que bregar en esa dirección.
...............
Desde la orilla de tu falso yo,
Debes embarcarte en la tarea de atravesar el mar.
Sin apegarte a la comodidad de lo ya adquirido,
debes lanzarte, si miedo, a la consecución de lo que ya eres,
“Padre, he pecado contra el cielo
y contra tí” (Lc 15, 1-3, 11-32)
(Diálogo sobre el Evangelio de hoy: Hijo Pródigo)
José Martínez de Toda, SJ
La parábola del ‘Hijo Pródigo’
es muy bonita, pero desconcertante: el padre perdona, pero ese perdón crea
malestar. El hijo mayor reclama: "Eso
no es justo. Ese hijo no debería haber sido readmitido en casa." ¿Qué tipo
de familia era?
Se trata de una familia
constituida por un padre buenísimo y sus dos hijos egoístas.
Al hijo menor se le ocurrió reclamar su parte
de la herencia. Y su padre se la da, aunque típicamente,
los hijos reciben él total de su herencia después de la muerte del padre.
El padre podía repartir parte o
toda su herencia antes de su muerte. Pero en ese caso, la iniciativa era del
padre, no del hijo. Y si un hijo recibía su herencia antes de la muerte del
padre, el hijo se quedaba en casa para atenderlo en su ancianidad.
Tampoco podía vender la tierra de los antepasados. Sin embargo, este hijo menor recibe su herencia y la vende toda unos días después para tenerlo todo en efectivo e irse.
¿Cuánto le tocaba al hijo menor?
Si hay dos hijos, la propiedad se
divide en tres partes: dos van al hijo mayor, y la tercera va al hijo menor (Deuteronomio
21:17).
Ya fuera de casa, el hijo menor fue pródigo, es decir, derrochador, como un nuevo rico. Y cuando
gastó todo, el hambre le obligó hasta cuidar cerdos (animales impuros para los judíos) y a
querer comer lo que a ellos les daban.
¿Qué
solución se le ocurre para salir del hambre?
Él se acuerda de su casa:
"Cuántos jornaleros en casa de mi
padre tienen de sobra para comer y yo aquí me muero de hambre. Me levantaré y
volveré".
Lo
único que le preocupa es cómo satisfacer su hambre.
Prepara un discurso calculado: "Padre, he pecado contra el cielo y contra
ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".
No
pretende ser criado o esclavo, que le obligaría a vivir más cerca de su padre.
Además el jornalero tiene más libertad para ser contratado por otros amos.
Un
día su padre lo vio de lejos, y se
conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y le dio un largo beso. Su
hijo comenzó su discurso. Pero el padre lo interrumpió, diciendo a sus criados:
-“Saquen en seguida el mejor
traje, y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies;
traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete; porque este hijo
mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y
así recibió a su hijo, sin pedir cuentas ni poner condiciones, sin una recriminación ni un
reproche, invitando a jornaleros y vecinos, pues un becerro da para muchos
invitados.
¿Cómo era
el hijo mayor?
Trabaja
con su padre, pero le reclama:
– “Mira: en tantos años
como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un
cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo
que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
Es
decir, no se considera como hijo, sino como un trabajador mal pagado. No le llama
“padre”. Vive en casa del padre, pero está
lejos de él en su corazón.
Echa de menos a sus amigos, pero
no a su hermano, a quien llama ‘tu hijo’.
Su padre le contesta con mucha
ternura:
-“Mi pequeño, tú siempre estás conmigo, y todas
mis cosas son tuyas; deberías
alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba
perdido, y lo hemos encontrado”.
¿Qué
pretende Jesús con esta parábola?
Va
dirigida a los fariseos, que se consideraban personas de bien, y criticaban a
Jesús por andar demasiado entre pecadores. Jesús les recuerda que todos somos
pecadores, que Él ha venido precisamente a salvar a los pecadores, que todos
necesitamos arrepentirnos y volver a la casa del padre.
Además no basta con obedecer,
servir y guardar los mandamientos. Hace falta amar al padre y al hermano, sobre
todo si éste se halla en problemas; y no vivir con amargura, orgullo, egoísmo,
resentimiento, celos y envidia.
¿A quién representa el padre?
El padre
personifica el amor de Dios, perdonador y generoso.
Si te regalan un billete de
dinero todo sucio y raído, tú, seguro que lo aceptarás inmediatamente. Así hace
Dios con nosotros. Nos acepta como si fuéramos un billete de dinero todo nuevo
y estirado.
Éste es el mejor retrato de Dios que la
Biblia nos ha dejado. El centro de la parábola no
son los hijos sino el padre, que quiere restaurar a la familia que se ha roto.
Dios vive tu drama de padre y madre,
que a las seis de la mañana del domingo, ves que tu hijo o hija no ha vuelto a
casa. Miras por la ventana, estás atento a la puerta y no puedes dormir. Y
cuando llega, ¡qué descanso y qué paz! Así es Dios.
<Un catequista contó a sus alumnos esta
parábola. Y al final preguntó: “En esta parábola todos sufren. Pero, ¿quién
sufre el que más?” Un niño levantó rápido la mano y contestó: “El becerro”. Así es, y después el hijo mayor, que se quedó fuera
durante la fiesta. Ni siquiera saboreó el becerro, que había ayudado a
engordar. Sólo por envidia y rabia.>
Despedida
Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento
del amor. Ahí nos espera papá Dios con los brazos abiertos y nos ofrece una
fiesta alegre con los demás de la familia de Dios, especialmente con los más
necesitados.